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lunes, 20 de marzo de 2017

POLÍTICA PRETERINTENCIONAL

La imperdonable frivolidad de la izquierda británica
John Carlin

“Las quejas irresponsables de gente que nunca ha estado y nunca espera estar en una posición de poder.” George Orwell, escritor inglés.

¿Qué tienen en común Donald Trump, el craso capitalista que ocupa la Casa Blanca, y Jeremy Corbyn, el viejo rockero de izquierdas que lidera el partido laborista británico? A primera vista, no mucho. A la segunda, bastante. Ninguno de los dos estaría donde está si no fuese por la frivolidad de la gente que les votó.

Que Corbyn esté acabando con un gran partido político, o que gracias a él Reino Unido se arriesgue a seguir siendo un Estado de partido único durante demasiados años más, sería un tema de interés poco más que local si no fuera por el problema del Brexit, que arrastra a todo el resto de Europa.

Observar aquí en Londres el dominio absoluto del Brexit en el discurso político, ir absorbiendo lo complejo y desgastador que va a ser el proceso de extraer Reino Unido de la Unión Europea, es entender cada día más que se ha generado un lío tremendamente innecesario. En el mejor de los casos, cuando llegue el lejano día en el que las negociaciones con Bruselas concluyan, todo seguirá más o menos igual. En el peor, todos saldrán perdiendo, tanto los isleños como los habitantes de la Europa continental.

Se ha convertido en una verdad universalmente aceptada que David Cameron es el principal culpable de este absurdo. Fue Cameron, como primer ministro, quien aprobó el referéndum sobre la permanencia de su país en la UE y lo hizo no por el bien del país, sino en un intento de crear paz dentro de su dividido partido conservador. Bien. Pero es hora de ser un poco más equilibrados, de atribuir al partido laborista de Corbyn la cuota importante de culpabilidad que también se merece.

Cuando Cameron tomó su histórica decisión pensó que contaría en la campaña a favor de la permanencia con el apoyo de la mitad de su partido y de la totalidad de la oposición laborista. Los números le convencieron de que no podía perder. Lo que no había manera de calcular era la abismal ineptitud laborista bajo el liderazgo de Corbyn.

En teoría Corbyn estaba a favor de la permanencia, pero lo estuvo con la boca pequeña, el único tamaño de boca que tiene, para ser justos, como persuasor político. Estuvo tan ausente durante la campaña electoral más importante de la historia de Reino Unido, dio tanto la impresión de que a su partido le daba igual el resultado, que los protagonistas del debate acabaron siendo, por un lado, el ala blanda cameronista del partido conservador y, por otro, el ala dura de los mismos tories más los payasos xenófobos del UKIP de Nigel Farage.

Corbyn sigue ausente hoy. Cero presión de su parte sobre la primera ministra, Theresa May, a la hora de influir en los términos de la inminente negociación con la UE; o de insistir en que se den garantías ya, hoy, a los europeos residentes en Reino Unido de que jamás serán deportados; o de lanzar un clamor a favor de que el Parlamento británico tenga la última palabra sobre el estatus británico en relación con la UE una vez que se haya llegado a un acuerdo con Bruselas. El único laborista que se ha atrevido a proponer que, llegado ese día, habría que hacer otro referéndum para evaluar si la voluntad del pueblo ha cambiado ha sido Tony Blair, que dejó de ser primer ministro hace una década. El único debate sustancial que hay dentro del Parlamento británico sobre el Brexit es el que sigue sacudiendo al propio partido conservador.

Una de las instituciones más sagradas y más mundialmente admiradas de la política británica es el prime minister’s questions, un choque parlamentario semanal entre el jefe de Gobierno y el jefe del principal partido de oposición. Lo habitual es que el jefe de Gobierno sea el que sienta más presión. Rendir cuentas desde el poder es más complicado que lanzar bombas dialécticas cuando uno solo sueña con gobernar. No ha sido el caso desde que May se empezó a enfrentar a Corbyn el verano pasado. Ver el duelo semanal entre los dos recuerda a una profesora castigando a un niño que nunca hace los deberes.

Corbyn ha logrado la nada despreciable hazaña de hacer que un Gobierno conservador internamente dividido, perplejo ante las exigencias de la salida de la UE y con una tendencia a cometer graves errores parezca mucho más fuerte de lo que es. La prueba está en los números. No solo en las encuestas, que indican que si hubiese una elección general hoy la mayoría tory ascendería de 17 escaños a 100, y no solo en el hecho de que apenas 20 de los 229 diputados parlamentarios laboristas apoyan a Corbyn, sino que en una elección el mes pasado una circunscripción tradicionalmente bajo control laborista cayó por primera vez en 80 años en manos del partido de Theresa May.

No fueron los parlamentarios sino los miembros del partido los que votaron a Corbyn como líder. Ahí está la imperdonable frivolidad, ahí está el onanismo infantil de aquellos que prefieren la irrelevante limpieza ideológica a la responsabilidad del poder, que ven más valor en formar parte de un club de autosatisfechos biempensantes que incidir materialmente en las vidas de las clases desfavorecidas a las que juegan a defender pero, en realidad, abandonan a sus miserias. Reconocieron a Corbyn como uno de los suyos. Jamás Corbyn tuvo el sincero deseo de ensuciarse las manos asumiendo el mando del Gobierno.

Todo lo cual sería de interés meramente folclórico si no fuera por el resultado del referéndum británico del año pasado. Una de la infinidad de diferencias entre Corbyn y Trump es que Trump sí posee el atributo elemental de un líder político: sabe vender su mensaje a las grandes masas. Tony Blair, por más odioso que nos resultara a muchos, también lo tenía. Una pena que Blair o casi cualquiera de los 200 actuales diputados laboristas que aborrecen a Corbyn no estuvieran al frente del partido durante el referéndum. Casi con total seguridad, el lío del Brexit se hubiera evitado.

Fuente:
http://elpais.com/elpais/2017/03/19/opinion/1489941925_621375.html
Fotografía:
http://www.independent.co.uk/news/uk/jeremy-corbyn-labour-mps-are-plotting-a-coup-against-the-potential-leader-if-he-is-elected-10399272.html

martes, 21 de febrero de 2017

JUGGERNAUT

EL MUNDO, Barcelona, 17 de febrero de 2017
El triunfo de la fuerza irracional
Felipe Fernández-Armesto  

Los devotos se sacrificaban bajo las ruedas enormes, arrojándose alocadamente para que se machucaran los huesos y la calzada se untase de su sangre. Así, por lo menos, según el libro de viajes del autor inglés del siglo XIV, sir John Mandeville, se desenlazaban las procesiones del dios Jagganath en el santuario de Puri en India. Mandeville era un mentiroso que escribía para suscitar terror y asombro en sus lectores. Pero, como los ingleses comprobaron en el siglo XVIII, cuando comenzaron a someter el subcontinente a su imperio, el santuario sí existía, igual que el dios de aspecto aterrador, los grandes vagones pintados de colores chillones y el fanatismo de los adoradores.

Cada verano, hasta el día de hoy, durante un festival de nueve días, se saca del templo el carro de Jagganath, señor del universo, para que dé la vuelta por una serie de lugares sagrados, acompañado de miles de peregrinos, sacerdotes, músicos y huríes. Casi todo es como en el reportaje del mentiroso medieval. Lo único que no sucede son esos sacrificios imaginados por Mandeville. Pero, ¿qué más da? Ya sabemos lo llamativo de las noticias falsas, que precipitan guerras, provocan crisis políticas o elevan a un bufón a la Presidencia de EEUU. Uno de los efectos de la anécdota de Mandeville fue la incorporación en el idioma inglés de la palabra juggernaut para significar una fuerza destructora, incontrolable e irresistible que aplasta todo lo que encuentra, tanto al que lo adora como al que se le opone.

La lengua española no dispone de una palabra capaz de expresar con tanta fidelidad algunos de los fenómenos arrolladores que amenazan el mundo en la actualidad. Podemos hablar de la fuerza irracional del destino o de la naturaleza, pero un juggernaut no es producto del destino, sino que lo impulsan los seres humanos, con su comportamiento político y cultural. Y una fuerza es una abstracción invisible, mientras que los juggernauts son materiales y expuestos a la vista de sus víctimas. Vivimos en la edad del juggernaut. Presenciamos los desastres implícitos, por ejemplo, en la Presidencia de Trump, o en el auge del populismo, o en la vuelta del nacionalismo, o en el consumismo desenfrenado, o en el expolio del medio ambiente, o en la descalificación de la verdad, o en el abandono de tradiciones civilizadas. Y, por lo visto, no podemos hacer nada para frustrarlos. Como si fuéramos como los devotos dibujados de Mandeville, paralizados debajo de las ruedas.

Un juggernaut evidente es el Brexit. El día posterior del maldito referéndum que supuestamente autorizó la secesión británica de la Unión Europea, yo me atreví a sugerir que la ruptura no se realizaría. Mi error fue confiar en la racionalidad de los votantes, del Gobierno, del Parlamento y del sistema. Parecía irracional quebrar la Unión sin más apoyo electoral que el de una exigua mayoría, muchos de cuyos votos no eran sino de protesta, en un momento determinado y fugaz de circunstancias mutables. Era evidente que sería imposible conseguir un Brexit al gusto de los que votaron a su favor, por sus propias discrepancias sobre los aspectos rechazables de la UE. Y una salida justa era imposible de conseguir por el nivel decisivo de apoyo a la Unión en Escocia e Irlanda del Norte, y entre la gente joven.

Además, los problemas constitucionales y políticos parecían insuperables. Predije que los tribunales no permitirían invocar el artículo 50 sin someter la decisión al Parlamento. Y resultaba racionalmente inconcebible que Westminster respaldara tal invocación, por tres motivos. En primer lugar, la gran mayoría de los parlamentarios apuestan por la permanencia en la UE. Y, en segundo lugar, en un mundo razonable, hasta los diputados brexitistas hubieran podido darse cuenta del error táctico de sacar al país sin ningún acuerdo sobre la situación de la economía británica en su futuro aislamiento. Luego había que contar con que el Partido laborista uniera sus votos a los de los partidos regionales y los liberales, contrarios al Brexit, para acabar así con los planes del Gobierno e imponer nuevas elecciones.

Pero todas las expectativas racionales se aplastan bajo las ruedas del juggernaut. El resultado del referéndum se respeta como si la vox populi fuera la vox dei. Los diputados conservadores europeístas se han rendido ante las amenazas de May de retirarles el apoyo del partido. Y aunque los tribunales exigieron que el proceso se sometiera al voto del Parlamento, los laboristas, por pura pusilanimidad, se ofrecieron como un sacrificio al juggernaut sin arriesgarse a desafiar al Gobierno.

La actitud de los laboristas es, de todos los componentes de la aparente inevitabilidad del Brexit, el más difícil de comprender. Sus diputados representan a las zonas de Inglaterra que más dependen de las subvenciones europeas. Sus votantes son en gran parte los que van a sufrir bajo el régimen pos-Brexit por ser pobres e inmigrantes o descendientes de inmigrantes. Su financiación procede de los sindicatos, que son casi unánimes en reconocer la utilidad y hasta la necesidad de los derechos laborales garantizados por la Unión. Estratégicamente, lo que más convenía al Partido laborista era que se prolongara el debate sobre la Unión e imponer nuevos comicios, porque así se provocaría la división entre los conservadores.

Claro que el laborismo está experimentando una crisis profunda -peor, tal vez, que la que afecta a los socialistas españoles y franceses-. En un mundo posindustrial, el laborismo tradicional echa de menos su apoyo entre la clásica clase obrera. Los nuevos partidos populistas y regionalistas le quitan muchos votantes. Parece imposible hoy que el laborismo ganara unas elecciones en el Reino Unido. Pero en estas circunstancias, un líder racional, animado por precedentes históricos, hubiera proclamado, como el mariscal Foche: "Los enemigos nos rodean. Hay pocas expectativas de mejora. ¡Situación excelente! Vamos a atacar". O, por parafrasear a otro gigante francés: "¡Audacia! ¡Más audacia! ¡Siempre más audacia!". Desafortunadamente, Jeremy Corbyn, el actual líder laborista, no es ningún Foche ni Danton. Tiene la obstinación y cara dura de un Pedro Sánchez, sin su inteligencia. Corbyn no se ha atrevido a precipitar unas elecciones. Prefiere esperar. Las consecuencias le serán funestas. Cuanto más espera, más escaños perderá. Mientras existe una posibilidad de evitar el Brexit, los votantes tienen un motivo para apoyar a un partido europeísta que defiende la permanencia. Si se produce la salida, aun los europeístas moderados volverán a su lealtad tradicional conservadora o liberal.

Así que el Brexit se ha convertido en un juggernaut irreversible, a pesar de la oposición de la mayoría de los parlamentarios y de los electores tanto de la nación entera como de las regiones autónomas, y a pesar del hecho de que, en un mundo que parece estar a punto de dividirse entre Trump y Putin, la solidaridad europea es más deseable que nunca.

Algo semejante sucede en EEUU con el triunfo del trumpismo pese a que la mayoría votó en contra y mantiene su oposición. Lo que necesita EEUU ahora es más apertura hacia el resto del mundo en lugar de la fórmula aislacionista del presidente. Temo también los posibles juggernauts del populismo que nos amenaza con un Grillo en Italia o una Le Pen en Francia o un Iglesias en España. Los nacionalismos que pretenden quebrar los estados, perseguir a las minorías y rechazar a los refugiados pueden convertirse en juggernauts semejantes si no mantenemos la vigilancia. La agresividad rusa en Ucrania y el Cáucaso o la de China en los mares del sudeste asiático pueden convertirse en una fuerza irresistible, si es que no ha logrado ya serlo. No sé si el terrorismo internacional es refrenable, pero la política de Trump le presta un impulso excitando la indignación de gente tradicionalmente moderada. Hace pocos años, la democratización, el internacionalismo y el liberalismo económico parecían a punto de conquistar el mundo. Pero no les era posible reunir las condiciones para ser un juggernaut: irracionalismo, extremismo, encierro hacia sí e ímpetus destructor. Los sacrificios se multiplican bajo las ruedas de Jagganath. Mandeville era un mentiroso, pero a veces hasta los mentirosos aciertan.
(*) Felipe Fernández-Armesto es historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame (Indiana, EEUU).

Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2017/02/17/58a5e4d6e5fdea045b8b468b.html
Cfr.
http://www.altonivel.com.mx/10-preguntas-y-respuestas-sobre-el-brexit-y-su-impacto-56986/

sábado, 25 de junio de 2016

ULTERIOR ET CITERIOR

EL PAÍS, Madrid, 25 de junio de 2016
Brexit
Boris Johnson: Trump con un Tesauro
John Carlin

Es difícil creer que haya en Europa un político más carismático, más erudito o más eficazmente populista que Boris Johnson, el líder de la triunfante campaña por el Brexit y probable futuro primer ministro de Reino Unido.
Lo entrevisté en 2012. Arranqué haciendo mención de Jorge Luis Borges. Antes de que pudiese acabar la frase me interrumpió y me citó la primera línea de un cuento del escritor argentino. No fue la única vez en aquel encuentro que me dejó boquiabierto. Al poco rato mencioné a Adriano, el emperador romano “español”, y Johnson que habla—sí, habla—latín, me contestó, “A ver, no recuerdo bien…¿nació en Hispania Ulterior o Hispania Citerior?”
Me deslumbró como ha deslumbrado al público británico en general. El político que fue hasta hace mes y medio alcalde de Londres, y es hoy diputado parlamentario conservador, ha sido durante años el político más popular del país. Nadie da discursos más eléctricos o entrevistas más entretenidas. Es un payaso y un genio a la vez. En cuanto a sus legendarias infidelidades, se las han perdonado tanto su esposa como el grueso de la población.
Amigos que lo habían conocido cuando fue periodista, entre otras cosas corresponsal del Daily Telegraph en Bruselas y director y columnista de la revista The Spectator, me hicieron empezar a dudar de él. Era mal compañero, me dijeron; se inventaba historias, era una persona absolutamente amoral.
Me lo creí todo y más cuando sorprendió al mundo político en febrero de este año anunciando que iba a hacer campaña a favor de la salida de Reino Unido de la Unión Europea. Hasta aquel día había estado dubitativo sobre el tema en público, aunque anteriormente había escrito y hablado muchas veces con un burlón afecto, muy típico de él, sobre la UE. Un libro que escribió sobre la antigua Roma señaló un paralelismo positivo entre el viejo imperio y el gran proyecto europeo moderno.
Todo lo cual contribuyó a que buena parte de la clase política británica opinara que optó por el Brexit no por principios sino para alimentar su obsesiva y largamente conocida ambición de ser primer ministro. Figuras importantes de aquel sector de su partido que ha estado en contra del Brexit le atacaron sin piedad. Uno dijo que era un “obsceno” oportunista; otro que era “un bufón”; otro más que era un mentiroso perdido que “se inventa cosas sobre la marcha”.
La crítica mas lacerante corresponde a un exdirector del Daily Telegraph llamado Max Hastings que coincidió con él como periodista durante 20 años. Hastings escribió de Johnson: “La mayoría de los políticos son ambiciosos e implacables, pero Boris es un egomaníaco medalla de oro. No le confiaría ni a mi esposa ni, francamante, mi billetera. Y es también mucho más despiadado y ruin de lo que el público cree.”
Johnson posee aquel requisito indispensable en un político triunfador, una piel de rinoceronte a prueba de balas. Por eso y porque su opción por el Brexit resultó ser una jugada maestra, ahí está hoy, dominando el escenario político como nunca, tan lúcido, tan encantador y tan descarado como siempre. “Es Donald Trump con un Tesauro”, dijo hace poco otro político de él. Pero a diferencia, se supone, de Trump (aunque uno ya no puede estar seguro de nada en la política de hoy en día), Johnson apunta, sin rival a la vista, a ser el próximo jefe de gobierno de su país.

Fuente: http://internacional.elpais.com/internacional/2016/06/24/actualidad/1466793417_020553.html
Fotografías: https://www.reddit.com/r/SubredditDrama/comments/4kioom/is_the_eu_the_empire_is_boris_johnson_a_jedi; http://www.ibtimes.co.uk/boris-johnson-return-parliament-2015-1445781; y https://www.entrepreneur.com/article/275886

sábado, 1 de agosto de 2015

A PROPÓSITO DEL ENREDIJO MORAL Y CONCEPTUAL DE AHORA

EL NACIONAL, Caracas, 11 de febrero de 2015
El mundo de los Beatles
Aníbal Romero

Hace poco más de medio siglo, en febrero de 1964, los Beatles llegaron por primera vez de gira musical a Estados Unidos. Si bien ya para entonces su popularidad se acrecentaba día tras día, esa visita al enorme y dinámico mercado norteamericano fue decisiva en el camino de conversión de un fenómeno que empezó en la ciudad inglesa de Liverpool, en modestos locales visitados por escasos y dedicados seguidores, en una tormenta sociocultural de alcance global, con repercusiones que aún experimentamos. Me refiero, desde luego, a lo que se denomina cultura popular, que de un modo u otro nos atañe a todos.
Lo que en estas notas designo como “el mundo de los Beatles” constituye en realidad tres mundos, obviamente interconectados pero a los que resulta útil distinguir. De un lado el mundo de la música de los Beatles; de otro lado el entorno en que esa música se insertó, del que fue expresión y al que contribuyó a cambiar. Finalmente el espacio y búsqueda vital de la banda o grupo musical como tal, el de las cuatro personalidades que integraron ese misterioso motor de creatividad, sobre el que diré pocas palabras.
Para la generación a la que pertenezco, que éramos adolescentes y jóvenes en los años sesenta del pasado siglo, los Beatles fueron una revelación y un ícono o símbolo de pertenencia e identidad muy importante. Y ello se aplica nos gustase o no su música, su estilo e impacto en diversos planos de la existencia, desde la moda hasta la escogencia entre rebelión personal o adaptación al medio ambiente que nos rodeaba.
Estoy lejos de proclamarme experto en asuntos musicales, se trate de música clásica o popular, pero no se requerían hondos conocimientos para apreciar, durante esos años de inmensas transformaciones en Occidente, que los Beatles tenían enorme talento, y que su música jamás se estancó en el pantano de lo puramente comercial, sino que evolucionó con intensidad y originalidad en cuestión de poco tiempo, definiendo una época, inspirando a centenares de imitadores en todas partes, y deleitando a millones de fans alrededor del planeta.
En una primera etapa su música fue ciertamente directa, clara y sin adornos, un rock a la vez simple y lleno de fuerza; pero ya hacia la mitad de esa década convulsionada y aventurera, con sus LP Alma de goma (Rubber Soul, de 1965) y Revolver (1966), los Beatles dieron pasos cruciales hacia esa cima de la música pop que es el LP titulado El Sargento Pimienta y su banda de corazones solitarios (1967), un producto de excepcional sofisticación y calidad en su ámbito que reacomodó, recompuso y reconstruyó la música popular desde sus cimientos. El Sargento Pimienta expresó las inquietudes de toda una generación, la del “flower power”, la del “verano del amor” y el Festival de Woodstock. Para los que observábamos todo esto desde Venezuela, las vibraciones de ese huracán sociocultural nos resultaban a la vez lejanas y extrañamente propias.
Con el paso del tiempo y debido a los efectos de la beatlemanía a nivel global, se perdió de vista un hecho clave: los Beatles eran profundamente ingleses. Cuando estos cuatro muchachos de Liverpool, todos ellos nacidos en el seno de los sectores sociales menos pudientes de la empobrecida Inglaterra de los años cuarenta y cincuenta, arribaron a Nueva York en 1964, se puso de manifiesto un singular contraste. Por una parte, miles de adolescentes se agolpaban para presenciar sus presentaciones personales en teatros y estadios, en medio de un ensordecedor bullicio y un incontrolable tumulto, que impedían escuchar la música y amenazaban con desbordarse en violentos motines. Pero por otro lado y sorprendentemente, lo que se veía en el escenario era a cuatro jóvenes, con el cabello sin duda un poco largo (muy poco para entonces) pero simétricamente cortado, que cantaban y tocaban sus guitarras eléctricas sin excesivos movimientos, vestidos con formales trajes oscuros, camisas blancas y corbatas, y quienes al concluir cada pieza hacían una profunda reverencia, como si estuviesen inclinándose ante la reina Elizabeth II.
Durante ese primer período de su desarrollo los Beatles encarnaron la profunda relación inglesa entre la libertad y el orden, entre el cuestionamiento a lo existente realizado, no obstante, dentro de una estructura de convencionalismos y normas que se sostienen en el tiempo sin grandes fisuras. Pero ese equilibrio, originado en tradiciones arraigadas en el lugar y tiempo en que los Beatles crecieron desde la niñez a la juventud, quedó atrás a medida que se convertían en un fenómeno cultural planetario. El mundo en que surgieron los Beatles se movía precariamente, como sobre una cuerda floja, entre el pasado y el futuro. Con los Beatles a la cabeza en el terreno musical, ese mundo se lanzó desbocadamente hacia el futuro.
¿Y qué mundo nació en los sesenta, una década inigualable en cuanto a experimentación vital en todos los órdenes? Ni el espacio ni el limitado propósito de estas notas permiten indagar sobre un tema tan vasto y complejo. Tan solo apuntaré lo siguiente a manera de conjeturas exploratorias. Pienso que si bien es cierto que esos años generaron inmensos cambios culturales en numerosos terrenos, las transformaciones políticas como tales no fueron tan grandes en el corto y mediano plazo, con las únicas excepciones del movimiento a favor de los derechos civiles de los afroamericanos en Estados Unidos y contra la guerra de Vietnam. En otras palabras, las democracias avanzadas de Occidente siguieron siendo gobernadas, en lo esencial, como venía ocurriendo desde 1945. Sin embargo, los hondos procesos de transformación cultural y tecnológica tuvieron eventualmente una impresionante repercusión política.
De un lado, creo, sería errado subestimar los efectos que la rebelión juvenil en Occidente tuvo más allá de la Cortina de Hierro, en los países comunistas de Europa Oriental y la URSS. Las nuevas actitudes y valores ejercieron su influencia en la gradual desilusión de las nuevas generaciones frente al anquilosado y mediocre clima cultural del socialismo soviético. De otro lado, el hedonismo de la generación de los Beatles y las siguientes, la rebeldía contra el mundo heredado de los padres, una rebelión que carecía de clara conciencia acerca de lo mucho que los jóvenes debíamos a ese pasado, produjo en Occidente la generalizada convicción de que todo estaba y está permitido, de que la libertad equivale al libertinaje y de que las responsabilidades son cargas más bien inaceptables, de las que es imperativo en lo posible escapar. Como resultado, al menos parcial, de todo ello, nuestra civilización hoy se encuentra crecientemente extraviada en cuanto a los valores que dice defender, y sobre todo en cuanto a qué sacrificios está dispuesta a hacer para protegerlos.
Sería desde luego absurdo e injusto atribuir a los Beatles la culpa de esto, aunque alguna culpa recae sobre sus hombros. Lo digo pues la banda, y en especial su líder, John Lennon, potenciaron extraordinariamente la transfiguración de las estrellas de la música popular y el cine en especie de personajes mesiánicos, profetas de una nueva era de paz y armonía, basada en la bondad y en una inextinguible superficialidad interpretativa sobre la naturaleza humana y las complejidades y exigencias de la política. Cabe en tal sentido recordar los famosos “happenings” en los que Lennon y su esposa japonesa, Yoko Ono, se mostraban ante una ingenua y frívola prensa internacional sentados sobre una cama durante varios días, posiblemente drogados, exponiendo un evangelio confuso en aras de una etérea paz mundial.
Desde luego, todo esto podría ahora considerarse inofensivo y hasta ridículo. No obstante en su momento no fue tan fácilmente desestimado, y me atrevo a sostener que durante esos años y a través de personajes como Lennon, empezó a tomar cuerpo un proceso de ablandamiento psicológico y enredo moral y conceptual que hoy ha devenido en el credo acuoso de la “corrección política”, de aquello que en Europa algunos califican como “buenismo”, y que se resume en el postulado según el cual la paz es un fin en sí mismo alcanzable mediante los buenos deseos de algunos idealistas iluminados, y no la consecuencia de la seguridad, así sea precaria (siempre lo es) afirmada entre los diversos actores del sistema internacional.
Obviamente, lo anterior nos aleja de los Beatles como grupo musical y de sus diversos y con frecuencia notables logros en su campo. Su impacto sociocultural es innegable y su carrera en diversos planos sintetizó ese tiempo casi mágico, los sesenta y setenta del pasado siglo, tiempo que fue una moneda de dos caras: De un lado una explosión de la imaginación y la creatividad en diversos órdenes, y de otro lado un deslave moral en el que millones terminaron escapando de la realidad por diversos métodos, sin conseguir las más de las veces otra cosa que una muerte estéril en el abismo de la droga.
Concluyo con esto: dediqué unas horas el pasado fin de semana a escuchar otra vez algunos de los grandes discos de los Beatles. Admito que me invadió una gran nostalgia, la que todos –presumo– sentimos al recobrar un pedazo de nuestra juventud.