La curtiembre
Nicomedes Febres
* Si ustedes notan, verán que nunca ando en eso de rasgarme las vestiduras por la detención y tortura de nuestros jóvenes luchadores por la libertad y no es que no me preocupen ni me duela sus detenciones y eventuales torturas, eso me irrita como al que más. Lo que pasa es que la cárcel, el destierro y la lucha clandestina son la forja de las grandes generaciones del país. Y esos tres infortunios son parte del menú de avatares a los que debe enfrentarse un político de verdad. Mientras ustedes, al igual que sus familiares, están dominados por el dolor y la preocupación, a mí me domina la esperanza y el deseo de seguir luchando con más ímpetu por la libertad de Venezuela. Es por esos jóvenes que debemos ser disciplinados y seguir luchando porque ellos son la única esperanza de la patria. Estos presos y desterrados jóvenes se están curtiendo, se están formando en la adversidad como se deben formar los verdaderos líderes políticos y es en la adversidad como se diferencian a los cargadores de maletín y jala bolas profesionales de los políticos de verdad. La decadencia de la cuarta república tuvo como una de sus causas el no forjar a sus jóvenes dirigentes en la dificultad, es más, pocos se forjaron en la lucha contra la subversión castro comunista, y lo digo porque fui testigo de eso. Si me refiero a los exilados, me refiero a ellos solos y no a la gente que no sintió un futuro personal próspero en Venezuela, o cree que vivirá mejor fuera, pero se consideran exilados políticos, que no lo son. Mucha gente más comprometida con el cambio en Venezuela está aquí echándole gónadas a la lucha y asumiendo riesgos y no está pensando en emigrar. Ellos si son luchadores y no emigrantes, que no es criticable, pero es distinto. Lamento si alguien se siente descalificado, que no lo intento, porque solo defiendo el heroísmo de muchachos como los Requesens, porque las medallas al mérito non son tampoco tantas como para aparecer rutinariamente en todos los pasaportes. Esas detenciones me hacen ver con mucho optimismo el futuro, porque además en el gobierno no se forjan los políticos sino los hijos de papá chavista, esos que se la pasan rumbeando y gastando los reales robados por los padres. Contra ellos también debemos proceder mañana, pese a las pendejadas que digan los pacifistas y come flores. Revisen nuestra historia, acaso los hijos biológicos del gomecismo le echaron bolas a defender su gestión? Acaso los hijos del perezjimenismo desarrollaron la defensa de esa brillante gestión administrativa?
Acaso los herederos y beneficiarios de la cuarta república están por allí en la arena de la lucha? Estos que están surgiendo son los nuevos líderes y no tienen estigmas del pasado y esa es la dura y dolorosa verdad de nuestra historia republicana que siempre se repite. Mañana les aseguro que los hijos del cogollo chavista tomarán las de Villadiego y ni les interesará el tema Venezuela mientras gastan a manos llenas el dinero robado por sus padres. Y estos han sido los gobernantes más corruptos, criminales y ladrones de nuestra Historia. El futuro es propiedad de los Requesens, los Vechio, los Guevara, los Smolanski, los Goicoechea y de los miles de nuestros jóvenes luchadores por la democracia y la libertad. Les aseguro que los ricardito sánchez y los william ojeda o los bolichicos son la excepción y por eso son inolvidables e imperdonables. Pero ya está bueno que los ricarditos y los william ojedas se vayan liso de nuestra historia republicana después de tanta ignominia. El mejor homenaje a nuestros héroes es nuestra disciplina, dejando de lado las peleas pequeñas, las observaciones impertinentes, porque ellos son el futuro de la patria y ese futuro nunca debe ser puesto en peligro con minucias como las nuestras. Solo la unidad y la generosidad espiritual salvan. Recuerden siempre al Conde de Montecristo: Confiar, luchar y esperar. Y Montecristo triunfó y exterminó a sus enemigos.
Fuente:
https://www.facebook.com/nicfebres?hc_ref=ART2cdSPQCrDi20EA4SWld9BR8Hha_yyYm2r0XnUJqSZA-DpgHpVEPzds9tGe52LDd0&fref=nf
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sábado, 18 de agosto de 2018
domingo, 11 de junio de 2017
CONTRASTE
EL PAÍS, 12 de junio de 2016
MIEDO A LA LIBERTAD
‘Millennials’: dueños de la nada
¿Vale la pena construir un discurso para aquellos que no tienen la función de escuchar?
Antonio Navalón
Cada generación que ha despuntado a lo largo de la historia, ha tenido un objetivo político y social o, simplemente, la intención de ocupar el poder. Y cada una ha tenido derecho a cometer sus propios errores. Desde los estudiantes del mayo francés —cuando los adoquines se convirtieron en un arma cargada de futuro contra los cristales de las boutiques parisinas bajo el lema: “Seamos realistas, pidamos lo imposible”— hasta los baby boomers —los nacidos tras la Segunda Guerra Mundial—, todos encarnaron un salto cualitativo y social frente a sus mayores. Ahora, en estos tiempos, hay dos mundos: el que existía antes de Internet y del software y el que surgió después.
Es muy difícil explicar la disrupción que se ha producido entre los centros del poder y la representación política. Pero resulta más difícil entender un mundo en el que, uno tras otro, se producen grandes movimientos sociales —aparentemente por cansancio, fracaso e incapacidad de los modelos establecidos— que terminan aparcados en fórmulas alternativas que no constituyen en sí mismas una solución, sino una condena.
Los millennials (nacidos entre 1980 y 2000) vienen pisando fuerte. No hay empresa, organización o político que no dedique sus esfuerzos a alcanzar, convencer o movilizar a estos hijos de la revolución tecnológica. Todos tienen como objetivo conquistarles. Sin embargo, no existe constancia de que ellos hayan nacido y crecido con los valores del civismo y la responsabilidad. Hasta este momento, salvo en sus preferencias tecnológicas, no se identifican con ninguna aspiración política o social. Su falta de vinculación con el pasado y su indiferencia, en cierto sentido, hacia el mundo real son los rasgos que mejor los definen. En ese sentido, es probable que el eslabón perdido de esta crisis mundial generalizada resida en el hecho de que son una generación que tiene todos los derechos, pero ninguna obligación.
Me encantaría conocer una sola idea millennial que no fuera un filtro de Instagram o una aplicación para el teléfono móvil. Una sola idea que trascienda y que se origine en su nombre. Porque, cuando uno observa la relación de muchos con el mundo que les rodea, parecen más bien un software de última generación que seres humanos que llegaron al mundo gracias a sus madres.
Aquellos millennials que viven sumergidos en la realidad virtual no tienen un programa, no tienen proyectos y solo tienen un objetivo: vivir con el simple hecho de existir. Al parecer, lo único que les importa es el número de likes, comentarios y seguidores en sus redes sociales solo porque están ahí y porque quieren vivir del hecho de haber nacido.
El problema es que, si gran parte de esta generación que está tomando el relevo no tiene responsabilidades, ni obligaciones y tampoco un proyecto definido, tal vez eso explique la llegada de mandatarios como Donald Trump o la enorme abstención electoral en México. Ojalá la alta participación de los menores de 35 años en las recientes elecciones británicas signifique un cambio de tendencia de esa profunda indiferencia social.
Al final las preguntas son muchas. ¿Vale la pena construir un discurso para aquellos que no tienen en su ADN la función de escuchar? ¿Vale la pena dar un paso más en la antropología y encontrar el eslabón perdido entre el millennial y el ser humano? ¿Vale la pena conocer la última aportación tecnológica y vivir queriendo influir con ella en un mundo que históricamente se ha regido por las ideas, la evolución y los cambios?
Si los millennials no quieren nada y ellos son el futuro, entonces el futuro está en medio de la nada. Por eso los demás, los que no pertenecemos a esa generación, los que no estamos dispuestos a ser responsables del fracaso que representa que una parte significativa de estos jóvenes no quieran nada en el mundo real, debemos tener el valor de pedirles que, si quieren pertenecer a la condición humana, empiecen por usar sus ideas y sus herramientas tecnológicas, que aprendan a hablar de frente y cierren el circuito del autismo. Pero, además, que sepan que el resto del mundo no está obligado a mantenerlos simplemente porque vivieron y fueron parte de la transición con la que llegó este siglo del conocimiento.
Fuente:
http://elpais.com/elpais/2017/06/11/opinion/1497192510_685284.html
Fotografía: Patinadores en los alrededores del MACBA. Joan Sánchez.
EL NACIONAL, Caracas, 11 de junio de 2017
La Generación de 2017
Elías Pino Iturrieta
Para manifestar admiración por la radiante juventud que hoy encabeza la lucha contra la dictadura, conviene antes observar la responsabilidad de sus mayores frente al establecimiento del chavismo. La mayoría de la sociedad, hace ya veinte años, celebró el ascenso de un aventurero sin luces porque se encandiló con su verbo, porque sintió que era un personaje pasajero, o por comodidad personal convertida después en falta colectiva. Preocupada por la manera habitualmente superficial que tenía la democracia representativa de arreglar sus entuertos, harta de los tratos del remiendo y del silencio, tal vez la gente pensara que valía la pena un ensayo de gobierno cuyo estilo fuese distinto sin que se llegara al reiterado fracaso de los cuartelazos, o porque la palabra revolución había sonado tanto sin consecuencias que ya no representaba un peligro, mucho menos un abismo. Fue así como los ciudadanos crecidos y formados en el medio siglo de convivencia que se estableció después de 1958, desencantados de sus logros y sin detenerse a sacar cuentas sobre su destino, se echaron en los brazos del comandante Chávez.
Los jóvenes que están ahora en la vanguardia de la batalla por el retorno de la democracia no pasan de treinta años, o quizás solo los superen un poco. Apenas habían picado la torta de su primer lustro, o celebrado la fiesta de sus quince primaveras, cuando el chavismo se sentaba en el trono para imponer su hegemonía. Por consiguiente, su formación no sucedió durante las administraciones de AD y Copei. Se hicieron hombres y mujeres cuando despuntaba y engordaba el “socialismo del siglo XXI”. De la ausencia de vínculos inmediatos con el declive de la democracia, pero especialmente del hecho de vivir en términos absolutos la experiencia de la “revolución”, depende una maduración sin contaminaciones temporales que los aleja del pasado reciente hasta el punto de convertirlos en criaturas realmente diversas. Se puede asegurar que son representantes de una existencia que no vivieron ni podían vivir los líderes de la segunda mitad del siglo XX, o que ellos no quieren llevar de la misma forma, para representar una singularidad gracias a la cual se han establecido en la cúspide de las luchas de la actualidad. De allí que sean ahora el imán más poderoso. En la misma realidad histórica se inscriben aquellos que tomaron el sendero de la emigración, no solo porque han sido protagonistas de un fenómeno jamás visto en Venezuela, la diáspora masiva, sino también porque destacan en otras naciones gracias a la calidad de sus aptitudes, inusuales en los emigrantes comunes, y al mantenimiento de un compromiso político con la obra de sus hermanos que siguen entre nosotros haciendo faenas excepcionales que se pueden relacionar con la cronología de sus nacimientos.
Pero no hay que ser puntillosos con las contaminaciones temporales. Las partidas de nacimiento suelen ser engañosas, según se puede probar observando la decrepitud de los voceros de la juventud del PSUV, cuasi decimonónica, cuasi zamorana, cuasi Guerra Federal. No hay puentes necesariamente largos entre el pasado cercano y el presente palpitante. Pueden ser la misma cosa, sin tránsitos laboriosos. Los integrantes de lo que ahora llamamos Generación de 2017 fueron precedidos por una juventud inmediatamente anterior, cuyos integrantes se educaron durante el período democrático sin formar parte de las decisiones fundamentales, ni ejercer funciones de gobierno. Se trata de dirigentes que deben tener ahora cincuenta años, o un poco menos, periplo que aprovecharon para manifestar sus diferencias con la política de entonces sin aclimatarse en el regazo del chavismo; para fundar partidos de nuevo cuño, como Primero Justicia y Voluntad Popular, o para revitalizar los antiguos. Los más nuevos y los menos viejos de nuestra orilla son, entonces, levadura de la misma harina.
La sociedad que ahora los aclama corrige errores terribles de ayer, cuando se entusiasmó con el comandante hasta el extremo de consentir su proyecto de destrucción de Venezuela, o desempolva la memoria de muchas obras de la democracia representativa que había desestimado. Queremos suponer que los políticos de oposición que son de mayor edad contemplan con regocijo la llegada de flamante compañía.
Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/generacion-2017_186877
MIEDO A LA LIBERTAD
‘Millennials’: dueños de la nada
¿Vale la pena construir un discurso para aquellos que no tienen la función de escuchar?
Antonio Navalón
Cada generación que ha despuntado a lo largo de la historia, ha tenido un objetivo político y social o, simplemente, la intención de ocupar el poder. Y cada una ha tenido derecho a cometer sus propios errores. Desde los estudiantes del mayo francés —cuando los adoquines se convirtieron en un arma cargada de futuro contra los cristales de las boutiques parisinas bajo el lema: “Seamos realistas, pidamos lo imposible”— hasta los baby boomers —los nacidos tras la Segunda Guerra Mundial—, todos encarnaron un salto cualitativo y social frente a sus mayores. Ahora, en estos tiempos, hay dos mundos: el que existía antes de Internet y del software y el que surgió después.
Es muy difícil explicar la disrupción que se ha producido entre los centros del poder y la representación política. Pero resulta más difícil entender un mundo en el que, uno tras otro, se producen grandes movimientos sociales —aparentemente por cansancio, fracaso e incapacidad de los modelos establecidos— que terminan aparcados en fórmulas alternativas que no constituyen en sí mismas una solución, sino una condena.
Los millennials (nacidos entre 1980 y 2000) vienen pisando fuerte. No hay empresa, organización o político que no dedique sus esfuerzos a alcanzar, convencer o movilizar a estos hijos de la revolución tecnológica. Todos tienen como objetivo conquistarles. Sin embargo, no existe constancia de que ellos hayan nacido y crecido con los valores del civismo y la responsabilidad. Hasta este momento, salvo en sus preferencias tecnológicas, no se identifican con ninguna aspiración política o social. Su falta de vinculación con el pasado y su indiferencia, en cierto sentido, hacia el mundo real son los rasgos que mejor los definen. En ese sentido, es probable que el eslabón perdido de esta crisis mundial generalizada resida en el hecho de que son una generación que tiene todos los derechos, pero ninguna obligación.
Me encantaría conocer una sola idea millennial que no fuera un filtro de Instagram o una aplicación para el teléfono móvil. Una sola idea que trascienda y que se origine en su nombre. Porque, cuando uno observa la relación de muchos con el mundo que les rodea, parecen más bien un software de última generación que seres humanos que llegaron al mundo gracias a sus madres.
Aquellos millennials que viven sumergidos en la realidad virtual no tienen un programa, no tienen proyectos y solo tienen un objetivo: vivir con el simple hecho de existir. Al parecer, lo único que les importa es el número de likes, comentarios y seguidores en sus redes sociales solo porque están ahí y porque quieren vivir del hecho de haber nacido.
El problema es que, si gran parte de esta generación que está tomando el relevo no tiene responsabilidades, ni obligaciones y tampoco un proyecto definido, tal vez eso explique la llegada de mandatarios como Donald Trump o la enorme abstención electoral en México. Ojalá la alta participación de los menores de 35 años en las recientes elecciones británicas signifique un cambio de tendencia de esa profunda indiferencia social.
Al final las preguntas son muchas. ¿Vale la pena construir un discurso para aquellos que no tienen en su ADN la función de escuchar? ¿Vale la pena dar un paso más en la antropología y encontrar el eslabón perdido entre el millennial y el ser humano? ¿Vale la pena conocer la última aportación tecnológica y vivir queriendo influir con ella en un mundo que históricamente se ha regido por las ideas, la evolución y los cambios?
Si los millennials no quieren nada y ellos son el futuro, entonces el futuro está en medio de la nada. Por eso los demás, los que no pertenecemos a esa generación, los que no estamos dispuestos a ser responsables del fracaso que representa que una parte significativa de estos jóvenes no quieran nada en el mundo real, debemos tener el valor de pedirles que, si quieren pertenecer a la condición humana, empiecen por usar sus ideas y sus herramientas tecnológicas, que aprendan a hablar de frente y cierren el circuito del autismo. Pero, además, que sepan que el resto del mundo no está obligado a mantenerlos simplemente porque vivieron y fueron parte de la transición con la que llegó este siglo del conocimiento.
Fuente:
http://elpais.com/elpais/2017/06/11/opinion/1497192510_685284.html
Fotografía: Patinadores en los alrededores del MACBA. Joan Sánchez.
EL NACIONAL, Caracas, 11 de junio de 2017La Generación de 2017
Elías Pino Iturrieta
Para manifestar admiración por la radiante juventud que hoy encabeza la lucha contra la dictadura, conviene antes observar la responsabilidad de sus mayores frente al establecimiento del chavismo. La mayoría de la sociedad, hace ya veinte años, celebró el ascenso de un aventurero sin luces porque se encandiló con su verbo, porque sintió que era un personaje pasajero, o por comodidad personal convertida después en falta colectiva. Preocupada por la manera habitualmente superficial que tenía la democracia representativa de arreglar sus entuertos, harta de los tratos del remiendo y del silencio, tal vez la gente pensara que valía la pena un ensayo de gobierno cuyo estilo fuese distinto sin que se llegara al reiterado fracaso de los cuartelazos, o porque la palabra revolución había sonado tanto sin consecuencias que ya no representaba un peligro, mucho menos un abismo. Fue así como los ciudadanos crecidos y formados en el medio siglo de convivencia que se estableció después de 1958, desencantados de sus logros y sin detenerse a sacar cuentas sobre su destino, se echaron en los brazos del comandante Chávez.
Los jóvenes que están ahora en la vanguardia de la batalla por el retorno de la democracia no pasan de treinta años, o quizás solo los superen un poco. Apenas habían picado la torta de su primer lustro, o celebrado la fiesta de sus quince primaveras, cuando el chavismo se sentaba en el trono para imponer su hegemonía. Por consiguiente, su formación no sucedió durante las administraciones de AD y Copei. Se hicieron hombres y mujeres cuando despuntaba y engordaba el “socialismo del siglo XXI”. De la ausencia de vínculos inmediatos con el declive de la democracia, pero especialmente del hecho de vivir en términos absolutos la experiencia de la “revolución”, depende una maduración sin contaminaciones temporales que los aleja del pasado reciente hasta el punto de convertirlos en criaturas realmente diversas. Se puede asegurar que son representantes de una existencia que no vivieron ni podían vivir los líderes de la segunda mitad del siglo XX, o que ellos no quieren llevar de la misma forma, para representar una singularidad gracias a la cual se han establecido en la cúspide de las luchas de la actualidad. De allí que sean ahora el imán más poderoso. En la misma realidad histórica se inscriben aquellos que tomaron el sendero de la emigración, no solo porque han sido protagonistas de un fenómeno jamás visto en Venezuela, la diáspora masiva, sino también porque destacan en otras naciones gracias a la calidad de sus aptitudes, inusuales en los emigrantes comunes, y al mantenimiento de un compromiso político con la obra de sus hermanos que siguen entre nosotros haciendo faenas excepcionales que se pueden relacionar con la cronología de sus nacimientos.
Pero no hay que ser puntillosos con las contaminaciones temporales. Las partidas de nacimiento suelen ser engañosas, según se puede probar observando la decrepitud de los voceros de la juventud del PSUV, cuasi decimonónica, cuasi zamorana, cuasi Guerra Federal. No hay puentes necesariamente largos entre el pasado cercano y el presente palpitante. Pueden ser la misma cosa, sin tránsitos laboriosos. Los integrantes de lo que ahora llamamos Generación de 2017 fueron precedidos por una juventud inmediatamente anterior, cuyos integrantes se educaron durante el período democrático sin formar parte de las decisiones fundamentales, ni ejercer funciones de gobierno. Se trata de dirigentes que deben tener ahora cincuenta años, o un poco menos, periplo que aprovecharon para manifestar sus diferencias con la política de entonces sin aclimatarse en el regazo del chavismo; para fundar partidos de nuevo cuño, como Primero Justicia y Voluntad Popular, o para revitalizar los antiguos. Los más nuevos y los menos viejos de nuestra orilla son, entonces, levadura de la misma harina.
La sociedad que ahora los aclama corrige errores terribles de ayer, cuando se entusiasmó con el comandante hasta el extremo de consentir su proyecto de destrucción de Venezuela, o desempolva la memoria de muchas obras de la democracia representativa que había desestimado. Queremos suponer que los políticos de oposición que son de mayor edad contemplan con regocijo la llegada de flamante compañía.
Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/generacion-2017_186877
domingo, 28 de julio de 2013
EL LIDERAZGO SOBREVENIDO
Caras nuevas
Ox Armand
Nada más inútil que pedir caras nuevas en la vida política. Completamente inéditas, pues. Porque siempre las ha habido y, dependiendo de la trayectoria que cada quien desarrolle, lo que va es ampliando el círculo de conocimiento o de reconocimiento de lo que diga y haga. Siempre fue así. En las juventudes políticas venezolanas partieron incontables dirigentes que el tiempo fue decantando. Sobrevivieron los más constantes y hábiles para evadir trampas y demás argucias de los viejos. Otros, en el camino fueron definiendo vocaciones. A unos les interesó la vida política en sentido amplio, otros se restringieron a los gremios y los hubo que optaron por hacer real. Pero se les fue conociendo poco a poco. A veces trascendieron el ámbito reducido de sus partidos muy tempranamente. Otras veces llegaron en forma tardía al estrado de la opinión pública, haciéndose figuras notables. Teodoro Petkoff fue un benjamín que pronto apareció en los periódicos mientras que otros tardaron, por ejemplo. Más atrás, Luis Herrera se fue abriendo paso y hubo más probabilidad que Rodolfo José Cárdenas fuese el sucesor de Caldera cuando anduvieron los años sesenta. De Jorge Olavarría se sabía en las esferas más pequeñas hasta que se asomó a una diputación que se hizo herramienta extraordinaria para difundir su nombre. Algunos veces hay que tomar en cuenta la suerte. Por alguna razón, unos son más simpáticos que otros, o simplemente caen en gracia. Al comenzar el siglo XXI pareció más consistente Wilfredo Febres que Alfonso Marquina en Acción Democrática, pero éste cobró la celebridad que aquél no pudo alcanzar. En la constelación parlamentaria del PSUV es más notoria Aurora Morales, ahora diputada regional de Miranda, que el 90% de los asambleístas nacionales del oficialismo. Hablamos de caras nuevas, pero relativamente nuevas: de una forma u otra, aparece alguien que los conoce, y tienen sus entradas en Internet (porque no todos cuentan para la red de redes).
Cuando las caras son absoluta o completamente nuevas, como dijimos, inéditas, y adquieren una celebridad que raya en el mesianismo repentino, la que hace la sociedad es literalmente apostar. Puede salir buena o mala, la figura así agraciada. Mayor densidad política y destreza militar, tuvieron algunos de los individuos que protagonizaron el fallido golpe de Estado de noviembre de 1992, pero fue Chávez Frías el afortunado y todos sabemos por qué. Nadie lo podía juzgar por su trayectoria, ideas y gestos, con la excepción de la excepcionalmente minoritaria y secreta logia de sus íntimos. ¿El país quiso caras nuevas, radicalmente nuevas, sin que tuviera indicio de nada? Pues, la tuvo y mire usted que pasó. Y sigue pasando. Esas caras nuevas ya son muy viejas pero – como Iris Varela o Jorge Rodríguez – siguen achacándole los males al gobierno anterior y fustigando a Raimundo y todo el mundo con Pérez y Lusnchi. Lo más gracioso de todo es que los muchachos veinteañeros y treintañeros de la oposición le jodian la paciencia por viejos a los cuarentones y cincuentones de comienzos de siglo. Y ahora aquellos son los cuarentones de esta hora pero no permiten, ni sus aliados de los medios, que el país sepa de esa nueva dirigencia estudiantil que insurge.
En las sociedades democáticas nadie teme a las caras nuevas, porque – simplemente – deben hacerse conocer compitiendo políticamente. En las que están en crisis, donde hay un sálvese quien pueda, surgen héroes y villanos que por el solo azar pueden imponerse. Ocurrió en 1998, mezclados los políticos de fuste con los antipolíticos del momento para sortearse la presidencia con el muchacho de Sabaneta. En las sociedades autoritarias o totalitarias aparentemente se imponen las figuras con los cojones necesarios. Venezuela no conocía a Román Delgado Chalbaud en 1929. De haber tenido éxito, como lo tuvo un desconocido que se llamó Cipriano Castro, nuestro destino también se hubiese rifado. Además, los carricitos de 1928, como intuyeron, no habrían desarrollado su vocación y talento político. Y dije aparentemente, porque el gran Nelson Mandela, de quien todos sabían, desde la habilísima resistencia, logró lo que todos sabemos. Entonces, la pregunta es: ¿Hoy están todos los que son y son todos los que están?
Pedir caras nuevas es inútil, porque significa darle un sitial a la más reciente generación sin pelear por él. Más vale malo conocido que bueno por conocer. De un modo u otro lo dijo Maquiavelo.
http://opinionynoticias.com/opinionpolitica/16107-caras-nuevas
Nota LB: De escasa iconografía, por cierto, Román Delgado Chalbaud genera curiosidad tentados por la política-ficción, pues, por una parte, no fue un referente tan secundario quien era capaz de articular una conspiración en el exterior, financiando y realizando la invasión que le cegó la vida. Por otra, siendo un exitoso hombre de negocios (o habiéndolo sido, con previsiones de ahorro y facilidades de crédito allende la mar), pudo triunfar. ¿Qué gobierno hubiese conformado? ¿Con cuáles desertores del gomezato que también se estilan en los colapsos políticos? ¿Decidida, abierta y radicalmente liberal? Valga acotar, traspapelamos la data de la reproducción.
Ox Armand
Nada más inútil que pedir caras nuevas en la vida política. Completamente inéditas, pues. Porque siempre las ha habido y, dependiendo de la trayectoria que cada quien desarrolle, lo que va es ampliando el círculo de conocimiento o de reconocimiento de lo que diga y haga. Siempre fue así. En las juventudes políticas venezolanas partieron incontables dirigentes que el tiempo fue decantando. Sobrevivieron los más constantes y hábiles para evadir trampas y demás argucias de los viejos. Otros, en el camino fueron definiendo vocaciones. A unos les interesó la vida política en sentido amplio, otros se restringieron a los gremios y los hubo que optaron por hacer real. Pero se les fue conociendo poco a poco. A veces trascendieron el ámbito reducido de sus partidos muy tempranamente. Otras veces llegaron en forma tardía al estrado de la opinión pública, haciéndose figuras notables. Teodoro Petkoff fue un benjamín que pronto apareció en los periódicos mientras que otros tardaron, por ejemplo. Más atrás, Luis Herrera se fue abriendo paso y hubo más probabilidad que Rodolfo José Cárdenas fuese el sucesor de Caldera cuando anduvieron los años sesenta. De Jorge Olavarría se sabía en las esferas más pequeñas hasta que se asomó a una diputación que se hizo herramienta extraordinaria para difundir su nombre. Algunos veces hay que tomar en cuenta la suerte. Por alguna razón, unos son más simpáticos que otros, o simplemente caen en gracia. Al comenzar el siglo XXI pareció más consistente Wilfredo Febres que Alfonso Marquina en Acción Democrática, pero éste cobró la celebridad que aquél no pudo alcanzar. En la constelación parlamentaria del PSUV es más notoria Aurora Morales, ahora diputada regional de Miranda, que el 90% de los asambleístas nacionales del oficialismo. Hablamos de caras nuevas, pero relativamente nuevas: de una forma u otra, aparece alguien que los conoce, y tienen sus entradas en Internet (porque no todos cuentan para la red de redes).
Cuando las caras son absoluta o completamente nuevas, como dijimos, inéditas, y adquieren una celebridad que raya en el mesianismo repentino, la que hace la sociedad es literalmente apostar. Puede salir buena o mala, la figura así agraciada. Mayor densidad política y destreza militar, tuvieron algunos de los individuos que protagonizaron el fallido golpe de Estado de noviembre de 1992, pero fue Chávez Frías el afortunado y todos sabemos por qué. Nadie lo podía juzgar por su trayectoria, ideas y gestos, con la excepción de la excepcionalmente minoritaria y secreta logia de sus íntimos. ¿El país quiso caras nuevas, radicalmente nuevas, sin que tuviera indicio de nada? Pues, la tuvo y mire usted que pasó. Y sigue pasando. Esas caras nuevas ya son muy viejas pero – como Iris Varela o Jorge Rodríguez – siguen achacándole los males al gobierno anterior y fustigando a Raimundo y todo el mundo con Pérez y Lusnchi. Lo más gracioso de todo es que los muchachos veinteañeros y treintañeros de la oposición le jodian la paciencia por viejos a los cuarentones y cincuentones de comienzos de siglo. Y ahora aquellos son los cuarentones de esta hora pero no permiten, ni sus aliados de los medios, que el país sepa de esa nueva dirigencia estudiantil que insurge.
En las sociedades democáticas nadie teme a las caras nuevas, porque – simplemente – deben hacerse conocer compitiendo políticamente. En las que están en crisis, donde hay un sálvese quien pueda, surgen héroes y villanos que por el solo azar pueden imponerse. Ocurrió en 1998, mezclados los políticos de fuste con los antipolíticos del momento para sortearse la presidencia con el muchacho de Sabaneta. En las sociedades autoritarias o totalitarias aparentemente se imponen las figuras con los cojones necesarios. Venezuela no conocía a Román Delgado Chalbaud en 1929. De haber tenido éxito, como lo tuvo un desconocido que se llamó Cipriano Castro, nuestro destino también se hubiese rifado. Además, los carricitos de 1928, como intuyeron, no habrían desarrollado su vocación y talento político. Y dije aparentemente, porque el gran Nelson Mandela, de quien todos sabían, desde la habilísima resistencia, logró lo que todos sabemos. Entonces, la pregunta es: ¿Hoy están todos los que son y son todos los que están?
Pedir caras nuevas es inútil, porque significa darle un sitial a la más reciente generación sin pelear por él. Más vale malo conocido que bueno por conocer. De un modo u otro lo dijo Maquiavelo.
http://opinionynoticias.com/opinionpolitica/16107-caras-nuevas
Nota LB: De escasa iconografía, por cierto, Román Delgado Chalbaud genera curiosidad tentados por la política-ficción, pues, por una parte, no fue un referente tan secundario quien era capaz de articular una conspiración en el exterior, financiando y realizando la invasión que le cegó la vida. Por otra, siendo un exitoso hombre de negocios (o habiéndolo sido, con previsiones de ahorro y facilidades de crédito allende la mar), pudo triunfar. ¿Qué gobierno hubiese conformado? ¿Con cuáles desertores del gomezato que también se estilan en los colapsos políticos? ¿Decidida, abierta y radicalmente liberal? Valga acotar, traspapelamos la data de la reproducción.
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lunes, 7 de enero de 2013
SUCESO Y SUCESIÓN
El binomio de oroLuis Barragán
Muchos y continuos años de gobierno, brinda la ocasión de preparar y macerar la sucesión. Todavía jóvenes, naturalmente atareados en otros asuntos de novicios que el rigor casi darwiniano impone, Nicolás Maduro y Diosdado Cabello a la postre dejaron atrás a Francisco Arias Cárdenas, Luis Miquilena, Luis Alfonzo Dávila, Omar Mesa o William Lara, quienes probablemente estaban llamados a herederar de acuerdo a las ya añejas circunstancias.
La dinámica política de los últimos años, incluyendo las preferencias políticas del mandatario, apuntó hacia dos personas que también dejaron aparentemente atrás a Elías Jaua y sus coetáneos, aunque se abre una puerta de oportunidades imprevistas para Darío Vivas o haya un regreso sorpresivo al centro de los acontecimientos de Aristóbulo Istúriz, esculpido por la interperie de la experiencia, quien también saluda desde lejos a Pablo Medina y José Albornoz.
De muchos delfines se hizo la vida política venezolana, sobreviviendo muy pocos de acuerdo a las exigencias de una competencia que, por lo menos, fue democrática. Ahora, el dedo elector, decretó la preeminencia de dos figuras que, como nunca antes, zanjan personalmente sus diferencias: hay más fulanismo que política en este asombroso siglo XXI que lo supusimos distinto.
Un fulanismo que merece un mejor criterio de los adversarios, pues, mal hacen con subestimar y despreciar por autobusero a Maduro, cuando no dejaron de agasajar a Miquilena. O creerlos a todos unos ineptos, cuando demostraron superar la década en el poder.
Fotografía: Raúl Romero (El Nacional, Caracas, 06/01/13).
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Sucesión del poder
miércoles, 7 de septiembre de 2011
MUSICALÍA (1)




Otras veces, nos hemos quejado. Ausentes en los medios privados de televisión, los públicos transmiten los conciertos en el horario estelar de la madrugada, como en aquella gratísima humorada de Les Luthiers. Lo paradójico es que, por ejemplo, a media mañana, incluyendo los fines de semana, hemos visto hasta a Dudamel en Film&Arts, por no mencionar lo local Vale TV. Empero, ellos llaman esto revolución.
Puede apreciarse la entrada en años de William Naranjo que está junto a William Molina, al que muchas veces disfrutamos también en el Teresa Carreño. Acaso,podemos especular sobre los ejecutantes de exportación. Lo cierto es que no hay casa disquera que, por lo menos, los ponga en el patio.
Un año atrás, la SIC del Centro Gumilla trajo la síntesis de un estudio de opinión que sinceraba la posición de la música académica entre nosotros. El sótano no se compadece con el aplauso público que genera el Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y Juveniles. Falta un "algo" para que también el "tedioso" género compita lealmente con los otros más populares. Por cierto, ya hemos escrito al respecto: el Sistema oculta méritos como el de la Orquesta Sinfónica de Venezuela y la Municipal de Caracas. Excepto, un rasgo del fascismo, se les celebra por jóvenes y vigorosos, pero jamás la entrada inevitable de los años. ¿Acaso inaceptable para el profesional de la música, con mayores expectativas de vida activa en el oficio que los deportistas?.
¿Hay semejanza en el destino de esa juventud musical con la política, ambos de los '80?...
LB
Fotografías: LB, TVS: 21/05/11, y 01/07/11.
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MUSICALÍA (2)



Posiblemente subjetivo, tengo la impresión de un marcado auge de la música académica entre los'80 y '90, hoy irrepetido. Décadas atrás, hubo una mayor promoción que incluía a los más jóvenes. Tratamos de un acontecimiento noticioso, más allá de toda legítima estrategia publicitaria. Desde entonces, algunos nombres resultan familiares aunque sea muy escasa la grabación que podamos adquirir, por no decir nula.
Con William Naranjo hay una anécdota personal, pues, presentándose como parte de la orquesta en la sala José Félix Rivas del Teatro Teresa Carreño, ella se fijó que los zapatos era deportivos por muy negros que fuesen, como el smokin. Nos causó gracia esa valiente idea de la comodidad. Insustituible comodidad. Por lo general, el público íba con atuendos deportivos, excepto una variedad muy reducida que lucía de una elegancia quizá inadecuada. Ocurría algo parecido en el Teatro Municipal o en el Aula Magna, como en el teatro Israel Peña de El Paraíso con Aldemaro Romero y su Filarmónica de Caracas. Precios accesibles, salvo que hubiesen invitados de calibre. Y, aún del patio, Maurice Hasson lo era. Ahora, con el tiempo, le damos la razón - como no lo hicimos antes - a Zubin Mehta, quien declaró a El Nacional de Caracas, por ¿1982?, que los rockeros no podían llamarle colega.
Que sepamos, la Orquesta Sinfónica Nacional de Venezuela ha visitado más de cien escuelas o el celebérrimo Gustavo Dudamel se ha internado en La Vega de Caracas. Lo celebramos, pero es necesario hacer más. Hasta un general de los que llamaban "chopo e'piedra", Mibelli, gobernador de la ciudad capital, patrocinó y logró aquellas charlas radiales de Juan Bautista Plaza, hoy impresas y digitalizadas (adquirí hace poco un CD-ROOM, editado a finales de los '90 por el CONAC, a Bs. 40.000,oo). Con todo, el alto funcionario de López Contreras dejó un extraordinario legado.
La muchachada musical de los '80 también demuestran que no hubo generación "boba" alguna, como la tildó Edmundo Chirinos o, dice, la periodista que lo entrevistó (¿Elizabeth Fuentes?). Como en el mundo político (y respondo por la socialcristiana), hubo manifestaciones muy firmes y prometedoras, incluyendo a una promoción de excesiva viveza, la que trampeó un mensaje y una imagen como Movimiento '80 en la UCV y que hoy gobierna, con las nefastas y consabidas consecuencias. La bobedad es posterior, con la crisis aún insuperada que punzó los postreros '90.
Nombres familiares, dijimos. Ya no todos. Y !cuánt entusiasmo derrocharon!. Sencillamente, les damos las gracias por existir. Esta patria también la hacen ellos, aunque no empuñen una ametralladora.
LB
Fotografías: LB, reseña periodística y programa hacia 1986.
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