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martes, 5 de marzo de 2013

LAS VARIAS CAPAS DE LA POLÍTICA

EL PAÍS, Madrid, 5 de Marzo de 2013
TRIBUNA
Antipolítica contra pospolítica
El pospolítico cree que todo es posible dentro de este sistema; para el antipolítico, nada lo es
Iván de la Nuez 

Después de sus recientes elecciones, Italia ha alcanzado la dimensión ingobernable. En esto coinciden casi todos los medios de casi todas las tendencias en casi todo el mundo. Ha vuelto Berlusconi por la derecha. Emerge Beppe Grillo desde los movimientos sociales y la izquierda antisistema. Comprimido entre ambos, el centro-izquierda de Bersani aguanta con, prácticamente, un tercio de los votos. Lejos queda Monti: el tecnócrata que se encargó de conducir las políticas de austeridad —con piedra, papel y, sobre todo, tijera— se ha desplomado.
En el momento en que escribo estas líneas, no hay fórmula a la vista capaz de construir alguna alianza entre dos de las tres fuerzas más votadas. Así que, nos afirman, la situación está próxima al caos. Imposibilitado de calibrarse desde el centro, el sistema político italiano parece definirse por sus extremos. En el choque explosivo entre el modelo pospolítico de Silvio Berlusconi y el movimiento antipolítico de Beppe Grillo.
Ambos astillan la política convencional, pero uno lo hace desde dentro y el otro desde afuera. El primero usa las instituciones, aunque siempre se ha jactado de estar por encima de la política. Grillo llega desde la calle y no se siente “más allá”, sino directamente en contra de lo que la política representa hoy.
Tras las elecciones, Italia ha alcanzado la dimensión de ingobernable
El universo pospolítico se planta en la sociedad a partir del decreto del fin de las ideologías. Lo antipolítico intenta recuperar el debate ideológico, pero sospecha de su representación en los escaños parlamentarios, las cámaras senatoriales o la partitocracia. El pospolítico enrumba su brújula, siempre, hacia el poder (que es el Estado y, aún más, las élites financieras o mediáticas). El antipolítico (al menos hasta las experiencias de Syriza en Grecia o el Movimiento Cinco Estrellas en Italia; en menor medida Compromís en Valencia y la CUP en Catalunya) solía despreciar la posibilidad de hacerse con el Gobierno o con parte de la representación parlamentaria. El pospolítico parecía tener claro cómo canalizar su desprecio y el antipolítico, hasta el momento, no parecía haber dado con la clave para organizar su descontento.
La pospolítica no se entiende sin la corrupción orgánica y organizada del modelo —que es el desfalco del erario público, pero también la degradación de la democracia, lo cual no resulta un robo menor—, mientras que la antipolítica no se entiende sin la crítica y reacción ante esa corrupción. Digamos que la primera está en el origen de la crisis y la segunda es parte de su resultado. Para la pospolítica, todo es posible en este sistema; el antipolítico está persuadido de que nada es posible dentro de este sistema.
Desde el punto de vista cultural, la era de la pospolítica se deja definir a partir de ese estado de “moralidad posmoderna”, certificado por Lyotard, en el que podemos regodearnos con nuestras peores catástrofes expuestas en un museo. De hecho, la pospolítica podría leerse como una época en la que la cultura llega a reciclar los movimientos sociales para convertirlos en proyectos estéticos. La antipolítica invierte esa tendencia: ahora son los movimientos sociales, las manifestaciones, la revuelta misma, los que parecen incidir en la politización de la cultura.
De cualquier modo, una franja de la izquierda intelectual no las tiene todas con Beppe Grillo. En un reportaje publicado en El Confidencial sobre este cómico que ha reventado la política italiana, Peio H. Riaño recoge opiniones de varios escritores a los que el Movimiento Cinco Estrellas le suscitan dudas diversas. La crítica más dura proviene de Wu Ming, colectivo de activismo y pensamiento radical, con un profundo descreimiento hacia esta emergencia de la antipolítica representada por Grillo. “Hay un espacio vacío que el Movimiento Cinco Estrellas ocupa… para mantenerlo vacío. A pesar de las apariencias y de la retórica revolucionaria, creemos que en los últimos años el M5S ha sido un eficaz defensor de lo existente”.
Pese a estas dudas, cabe reconocer que, al menos como tendencia, si la pospolítica vacía de contenido las instituciones democráticas, la antipolítica pretende dotar a la plaza pública de fundamento político. El pospolítico cree en los partidos, o al menos se sirve de ellos; el antipolítico prefiere los movimientos.
En lo que respecta al uso de la tecnología, el tiempo de la pospolítica no se entiende sin la caída del comunismo real y el advenimiento del capitalismo virtual, asentado en la Era Digital. El pospolítico apuesta por la tecnología para multiplicar el poder económico y financiero. La antipolítica usa la tecnología para subvertirla a favor de la movilización. Una cara de la moneda muestra un volumen de negocio sin precedentes (el dinero virtual también multiplica exponencialmente la magnitud de la crisis). La otra cara enseña la posibilidad de una economía, una democracia y una cultura que intentan operar en código abierto.
La estética de la pospolítica corre en paralelo al posmodernismo. El estallido de la antipolítica tiene lugar justo cuando se da por hecho el fin de la posmodernidad (defunción que ya han apuntado sendas exposiciones en el Victoria & Albert de Londres o en el Reina Sofía de Madrid).
La pospolítica es una forma de gobernar asentada sobre “el fin de la historia” proclamado por Fukuyama. La antipolítica está algo más inmersa en eso que Paul Virilio ha definido como “el fin de la geografía”, en línea con el acortamiento de las distancias provocado por Internet. La pospolítica necesita el control de los medios de comunicación, la antipolítica la expansión de las redes sociales...
Junto a estas desavenencias, hay también algunos puntos en común entre la pospolítica y la antipolítica que vale la pena resaltar en aras de evitar la demagogia. Lo primero es que ambas utilizan la política como un medio para posicionarse ante el mercado. La primera, lógicamente, para encumbrarlo y la segunda para limitarlo. Las dos opciones sobrepasan a menudo las instituciones, sea por efecto del carisma, la tecnocracia o la asamblea. De Reagan a Putin, de Thatcher a Berlusconi, la pospolítica no se entiende, históricamente, sin un liderazgo y una retórica antisistema desde arriba. Del subcomandante Marcos a Beppe Grillo, ese liderazgo ha presionado “desde abajo”. En ambos casos, por la derecha o por la izquierda, con una sobredosis performática que queda evidenciada en el perfil histriónico de Berlusconi, Sarkozy, Hugo Chávez o el propio Grillo.
Pospolítica y antipolítica dirimen su batalla sobre las ruinas de la socialdemocracia. La primera, con su ataque persistente a la condición económica del Estado de bienestar; la segunda, desde una crítica cultural y generacional que rechaza la moderación, el pactismo a ultranza y un lenguaje secuestrado por la corrección política. La diferencia está en que los primeros apuestan por reducir al máximo el carácter distributivo del Gobierno y los segundos presionan por incrementarlo, en tanto que un derecho republicano ganado por la sociedad.
La pospolítica enfatiza el neoliberalismo, mientras que hay algo neocomunista en la antipolítica (su apuesta por la apropiación gratuita, la entronización de la masa anónima, la crítica a la democracia liberal). Ambas dejan a la vista el divorcio entre Mercado y Democracia como tándem idóneo del liberalismo.
Una y otra, desde ángulos opuestos, nos dejan el convencimiento de que la política —sin prefijos— no puede continuar como hasta ahora. También la duda sobre el porvenir de esta democracia llena de grietas en la que estamos varados; la incertidumbre de no saber si estamos asistiendo a su regeneración impostergable o a su hundimiento definitivo.

sábado, 5 de mayo de 2012

¿GUATEPEOR TERMINÓ REIVINDICANDO A GUATEMALA?

EL PAis, Madrid, 5 de Mayo de 2012
TRIBUNA
La vuelta de Batista: ¿revisionismo o restauración?
El recuerdo del antiguo dictador cubano rebrota como paradigma perfecto de este tiempo en que la democracia no es necesaria para la implantación y éxito del capitalismo
Iván de la Nuez 

Al principio fue leve. Más tarde fue ganando en intensidad hasta que, por fin, alcanzó la categoría de huracán. Batista —Fulgencio Batista y Zaldívar— ha resurgido como hashtag cubano; un trending topic que ha apuntalado su presencia de ultratumba, probablemente con la mayor fuerza del último medio siglo. Con motivo del 60 aniversario de su golpe de Estado, y a través de entrevistas, artículos, ensayos e hipótesis, varios intelectuales cubanos han resucitado al general que interrumpió, en 1952, el último gobierno votado en la isla bajo un sistema pluripartidista. Una figura de entre-revoluciones, a quien la de 1930 se lo dio todo y la de 1959 despojó de todo.

Los argumentos emanados de esta revisión (pueden consultarse en Diario de Cuba o Tumiamiblog, entre otros), así como el eco expansivo de los debates en los foros de Internet, nos plantan directamente sobre un sepulcro cerrado en falso (lo que, a la larga, no deja de ser positivo). Pero también irradian, y esto es lo inquietante, el desasosiego de una cultura que —por muy tropical que parezca— nos obliga a padecer, cada cierto tiempo, la angustia de Wilheim Reich ante el deseo de las masas por el fascismo. En el caso cubano, un ardor que es tal vez más exagerado entre los intelectuales.

Este revival de El Hombre, como también fue conocido este tirano, no se debe, curiosamente, a la perdurabilidad de su recuerdo en viejos correligionarios (casi todos muertos). En este año 12 del siglo XXI, Batista es revisitado y discutido, sobre todo, por una generación que no conoció su gobierno y que se formó, mayoritariamente, en el sistema educativo de la revolución. Valga el añadido de que buena parte vive hoy en países democráticos de Occidente.

El caso es que aquí le tenemos, amplificado como sujeto multidimensional. El Batista bueno y el Batista malo, el constitucionalista de 1940 y el traidor a esa constitución en 1952. El sargento sublevado y el general implacable. El que, para unos, está en el origen de la episódica democracia cubana y, para otros, en el nacimiento del eterno régimen posterior. El factotum de medio siglo XX cubano, pasado por el escáner de la tiranía comparada, obsesionada por dilucidar –“dime, espejo mágico”—, como una letanía, si ha sido mejor o peor que un Fidel Castro sembrado en la otra parte del tiempo insular.

Este retorno abocaría el porvenir cubano hasta el grado cero de un “mercado sin república”

No ha faltado, en el empeño, el aligeramiento de la carga de sus muertos ni la conversión de la tortura sistemática de su último gobierno en un desliz puntual. Tampoco su tratamiento como déspota “de excepción”, lo que ha llevado a compararlo con dictadores latinoamericanos posteriores —Pinochet o Videla— quienes, “contra su voluntad”, no tuvieron más remedio que echar mano de la represión: estos últimos por la amenaza de otra Cuba, Batista por la amenaza de la suya. Los millones robados pasan a ser pecata minuta y el personaje demoníaco que explotó Hollywood —Coppola o Pollack—, si bien no tuvo un cine particular en su mansión para deleitarse con Drácula, tal como le caricaturizó Richard Lester, se nos descubre en estos días como usufructuario de una biblioteca considerable. Al mismo tiempo, se ha resaltado el factor racial que dinamizó, durante el batistato, el ascenso de mulatos en la sociedad cubana, representado por el propio Batista o por un escritor como Gastón Baquero.

En el más vehemente, brillante y discutible artículo sobre este asunto, el poeta Néstor Díaz de Villegas ha patentado incluso la existencia de una “estética batistiana”, recordándonos que, además, Batista fue enaltecido por Neruda, tuvo su portada en Time o se posó en una página de Emil Luwig.

Esta recuperación no es asunto exclusivo de pensadores de la derecha o el exilio. A pesar de que Batista fue un tabú para el régimen cubano, o precisamente por eso, algunos historiadores marxistas han repasado a fondo su época. José A. Tabares del Real, que combatió contra su dictadura como miembro del Directorio Estudiantil Revolucionario, se dedicó, hasta su muerte, a intentar la biografía de su enemigo. Este historiador llamó la atención sobre su lógica de poder —“el método Batista”, que le permitió medrar en la política cubana desde los años 30— y alertó sobre su competencia estratégica. Para Tabares del Real, reconocerle tales destrezas era, por decirlo de algún modo, un ejercicio “revolucionario”. A fin de cuentas, no hay mérito alguno en ganarle la guerra a un estúpido.

¿Qué significa, entonces, esta rehabilitación de Batista en pleno siglo XXI y qué puede aportar su retorno al imaginario de las actuales generaciones de cubanos? Si se trata de examinar una época, un estilo de gobierno, o de iluminar los puntos oscuros en la biografía del personaje con la mayor acumulación de poder durante el primer medio siglo XX en Cuba, estaríamos frente a un ejercicio plausible de revisión histórica. Una reapertura sin contemplaciones de la historia sólo puede ser digna de elogio. Se trate de quien se trate; incluido un tirano (sobre todo un tirano).

Particularmente, si tenemos en cuenta, para remitirnos tan solo a la literatura, que no sobran los libros rigurosos sobre Batista. La narrativa cubana, hasta el momento, ha sido bastante más pródiga en retratar la atmósfera opresiva de su régimen que su persona. Ahí están los ejemplos de Así en la paz como en la guerra, de Guillermo Cabrera Infante y, en alguna medida, Los años duros, de Jesús Díaz, o La situación, de Lisandro Otero. Es sintomático, por otra parte, que Reinaldo Arenas, Heberto Padilla o Cabrera Infante, los tres arquetipos más notorios de la literatura disidente, nunca hayan reclamado a Batista como un modelo aceptable para la recomposición futura de Cuba.

Ahora bien, si como decía Marx, los hombres se parecen más a su época que a sus padres, entonces no cabe duda de que este retorno no obedece, exclusivamente, a un ejercicio académico. Como no lo fue, pongamos por caso, hablar de la Nueva Edad Media para abordar una posmodernidad que desechaba el racionalismo.

En ese sentido, Batista rebrota como el paradigma perfecto, y siniestro, de este tiempo en que la democracia no es necesaria para la implantación y éxito del capitalismo. En su coctelera, la represión mezcla perfectamente con la especulación, la mano dura con el enriquecimiento y la corrupción con el “todo vale”, excepto que la gente se anime a preocuparse por la política y a cuestionarse su condición ciudadana. (Desde Franco hasta el pujante modelo chino, pasando por el experimento neoliberal en el cono sur, esta combinación ha ido afianzando su larga marcha).

Si en lugar de una revisión histórica, lo que está teniendo lugar es la posibilidad de una restauración política, entonces estaríamos sumergidos en un círculo vicioso que, como ha previsto Rafael Rojas, abocaría el porvenir cubano hasta el grado cero de un “mercado sin república”. Semejante reposición certificaría nuestra capitulación definitiva como cultura; la rendición a un destino manifiesto según el cual los cubanos no estamos capacitados para la democracia.

Llegados a ese punto, valdría la pena sugerir que los intelectuales cubanos del futuro se decantaran por la única rama de la cultura que, si no redimirnos, al menos podría explicarnos dentro de cien años: la psiquiatría.

Iván de la Nuez es crítico de arte y escritor cubano

Nota de Marcos Villasmil, al remitirnos amablemente el link:

Valga recordar que Batista, en ese momento ex-presidente de Cuba, visitó Venezuela en enero de 1945. Será recibido por el presidente Medina, visita el Panteón Nacional, realiza una visita a los terrenos de la futura Ciudad Universitaria, y en un acto del partido de izquierda Unión Popular, Miguel Otero Silva le dirá: "tenga Ud. la seguridad de que al entrar en la casa de Unión Popular, lo ha hecho en su propia casa." Rodolfo Quintero afirma que "bajo su gobierno, Cuba gozó del más amplio sistema de libertades."

En cambio en el diario El País (vocero oficial de AD), dirigentes universitarios tanto de la Federación de Estudiantes de Venezuela (FEV), como Antonio J. Puppio, y de la UNE (Godofredo González y José Antonio Pérez Díaz) sacan un comunicado conjunto donde lo declaran persona non grata, ya que durante su gobierno se persiguió duramente a la dirigencia universitaria cubana.

A ello reaccionan, en El Nacional, los dirigentes de Unión Popular Rodolfo Quintero, Alfredo Conde Jahn, Pedro Beroes, Miguel Otero Silva, Carlos Augusto León y Carlos Irazábal respondiendo que dichos ataques contra Batista son de "sectores reaccionarios."