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lunes, 9 de diciembre de 2013

EL FONDO DEL TINTERO

EL NACIONAL - Domingo 08 de Diciembre de 2013     Papel Literario/5
El capítulo inédito de Abaddón el exterminador de Sábato
LUPE RUMAZO / AFP

Sobre la fealdad de Sartre", capítulo inédito de Abaddón el exterminador de Sabato, pieza única en la hemerografía literaria americana, más que una primera versión de alguno o algunos de los otros textos del libro, es un camino nuevo que se bifurca y que si bien trata ciertos de los temas fundamentales de la novela ofrece sus propios aportes sustantivos.
Hay así una acentuación en el papel del intelectual visto desde la figura controvertida de Sartre; de la impasibilidad del escritor frente a la crueldad de la vida que de todas maneras liquida y mata, aun al niño ­tema ya develado por Dostoievski y asumido con rechazo total por Sartre en La náusea­; de la incomprensión del neófito o del a medias enterado de lo que significa ser un intelectual; de la culpabilidad intrínseca del propio literato. Es por esto que nombra al escritor mártir y testigo de su tiempo.
Nueva teodicea Desde esta nueva captación del autor, que parte de algunos conceptos del existencialismo, arriba Sabato a la forja de una teodicea, propia del tiempo actual. Nace ya no directamente del libro sino del cine, que es ahora inagotable alimento del joven, más que la literatura o el saber mismo. La cinematografía convulsa, atropellada, violenta y que se nutre de un acervo mutante, vario, que va del neorrealismo italiano, al siempre reiterado cine francés y, finalmente, al sueco colma el paroxismo de la juventud. De esa visión se pasa al absurdo inventario de la polis, ejemplarizada en Buenos Aires y su guía telefónica, con personas provenientes de todas partes: judíos, polacos, alemanes, rusos, con apellidos alterados como si se hubiera producido un cóctel humano. Todo esto para mostrar una suerte de teodicea a la que daría el nombre de Losuar, exactamente como la sala cinematográfica de ese nombre.
Esa teodicea que habla directamente de Dios y de la trinidad ­los tres cines: Losuar, Lorraine y Loire­ y del mundo ­"una sinfonía en la que Él toca de oído"­ y que es el resultado de un molestoso, se amplía en su concepción al incluir al universo. Más aun éste no puede ser sino "una joda sideral", voluminosa como el Diario Clarín y de la cual a este planeta le ha tocado una sección, seguramente la más "mersa", o sea la más vulgar de todas.

El Mal Es así indudable que en las páginas inéditas se desarrollan puntos originales, álgidos, tremendos: tal la obsesión de Dios y el mundo, esta vez vistos al trasluz de la cinematografía, y el ser humano desdoblado en sus conflictos traumáticos, pasionales, como advierte el cineasta y Dios también indirectamente procreador de esas realidades. Se presenta así una acentuación del Mal desde la divinidad, esta vez carnal así sólo se la insinúe ­es el ser que contempla y tolera todo­ y en cambio sí se la comente ampliamente en torno a la naturaleza humana. La creación es vista, por otra parte, a través de los nombres, es decir, como una polución que vive esta trágica realidad. La fealdad de Sartre sería la fealdad de la vida y quizás algo peor: la fealdad de Dios.
¿Cómo lo recibo? Así, de esa manera fragmentaria, encapsulada en la enumeración, hice un resumen del capítulo inédito "Sobre la fealdad de Sartre" que Sabato me regaló en la visita que le hiciera a su residencia en Santos Lugares en 1975, casi un año después de la ausencia de mi madre Inés Cobo de Rumazo. Describo esa escena en mi novela, tan agónica, Carta larga sin final. Mi peregrinación de entonces, pues ese sentido tuvo de encontrar alguna respuesta a tanto dolor, halló en efecto no sólo la consolidación de una amistad sino la recepción, de mi parte, de un capítulo invalorable que haría fijaciones justamente en la temática de la muerte, del Mal.
Fue un regalo excepcional y para perdurar, en el que puso una dedicatoria aun más especial.
Escribió así: "A Lupe Rumazo, la primera versión de un capítulo de ABADDON. Con todo afecto y admiración. Ernesto Sabato. S Lugares, agosto de 1975".
¿Qué significa? Ante un capítulo de naturaleza única, comparable a Mobile, de Michel Butor, en su desarrollo de múltiples aperturas, en su ausencia de planteamiento, es fundamental pensar, ya en términos estrictamente literarios, ¿qué significa "Sobre la fealdad de Sartre"? Esa maqueta inacabada del capítulo de Sabato, esa combinatoria sin término o por lo menos parcialmente utilizada, ese pensamiento que insiste y desiste en sus afirmaciones ­tal la reunión de Sabato en casa de la Beba, microcosmos de una realidad vital e intelectual­; esa continuidad destruida, pues Sabato opta por irse de ese núcleo que lo interroga y acosa, se corresponderían no sólo con la esencia de lo que significa un proyecto o un borrador de libro, sino que constituirían material importante para la crítica actual.
Conscientes de que en la literatura contemporánea, bien en el tratamiento, bien en la creación misma, se ha eliminado en buena parte el concepto de "desarrollo" ­tan definitorio en el "buen" relato de la retórica antigua­ o concebido este como una variación apenas sucesiva y otorgándole al capítulo inédito esa muy nueva condición de fragmentarismo y más que eso de productividad de lo que más tarde aparecerá en el libro Abbadón, queda sustentada la percepción de que estamos, lo haya querido o no Sabato, ante un texto, como lo definen Ducrot y Todorov, o sea ante un "poder generador".
Es lo que encuentro en "Sobre la fealdad de Sartre": un motor que se irradia y luego ya plenamente estructurado se pone a hablar en el volumen; una percepción vibrante que no siempre es aceptada en integralidad por el propio Sabato y que no obstante ha permitido la creación posterior. Y es que todo procede de un núcleo ­en este caso del familiar o del amistoso­, suerte de mónada, que en cierto sentido "representa al universo entero", el de Sabato, puesto que en ella están Sartre, su obra y sus posturas; el ser del escritor y del intelectual; el Premio Nobel y sus interioridades; los personajes de Abaddón y de Sobre héroes y tumbas, que aun se rebelan contra el autor como en Niebla, de Unamuno; los escritores y sus obras; el mundo de la radio y de la prensa; el cosmos de la Iglesia Católica; las doctrinas; la angustia y el psicoanálisis; las nacionalidades; y sobre todo la nueva teodicea.
La civilización del espectáculo Ya en 1994 Fernando Arrabal ­mucho antes de que Vargas Llosa con su advertencia de la civilización del espectáculo se hiciera presente, pero veinte años después de lo que Sabato para sí mismo escribiera­ se refiere a "La sociedad del espectáculo, pues todo lo sentido o vivido se aleja de nosotros con su representación (...) El espectáculo del infierno moderno descubre la relación social entre los seres mediatizados por las imágenes que nos rodean (...) El infierno se ha vuelto moderno... es decir ¡modesto! Hemos alcanzado una igualdad de desgracia blanda en la cual se integra lo espectacular".
En suma que en los tres videntes ­Sabato, Arrabal, Vargas Llosa­ hay una misma captación y en "Sobre la fealdad de Sartre" un entrecruce fílmico de planos de toda índole: de lo cotidiano, de lo muy subterráneo, de lo sobrenatural; un tránsito por esa imbricación que se ofrece como caos pero que de todas maneras algo genera: un observatorio del Mal elevado a la potencia de lo creador y de lo divino.
Es por esto que pienso que la gran inquisición de Sabato es fundamentalmente lo moral. Y dentro de lo moral, indudablemente el Mal, con mayúscula y con nombre propio: Abaddón el exterminador y "Sobre la fealdad de Sartre". Antes ya lo había tratado en El túnel y en Sobre héroes y tumbas. Y siempre dentro del territorio de lo desconocido, del misterio y del tiempo.
Y es que aquí en "Sobre la fealdad de Sartre" es indudable que existe una memoria de una época ­cómo se la vive, cómo se la entiende­; de una cultura ­la visual y la literaria­; de una historia ­la que se detiene en la tradición y la que ocupa alocadamente una modernidad­; de las identidades que o bien se colectivizan, se diluyen o bien tratan de persistir con profundidad ­las de Sartre y Sabato­; de las creencias, se las tenga o no y a las que he transcrito no literalmente sino como pide Todorov ejemplarmente. No como "buena lección" o aprovechable discurso, sino como posibilidad interpretativa: "fundar la crítica de los usos de la memoria" ya no en una lectura literal, sino en una ejemplar, o sea justa, como pide el filósofo; y en ese sentido, siguiendo la pauta por él establecida, establecer yo una continuidad o circularidad de El túnel, a Sobre héroes y tumbas, luego a Abaddón el exterminador y, finalmente, a "Sobre la fealdad de Sartre". Y de la vinculación de Sabato con esos textos, lo quiera o no; con todos ellos, sin dejar ninguno; del ser suyo, en uno y otros, siempre admirablemente presente, así haya querido a uno de ellos olvidar. Y es que en todo caso, en acorde final de majestuosa sinfonía, "si su vida sucumbió ante la muerte, la memoria ha salido victoriosa en su combate contra la nada".

domingo, 8 de mayo de 2011

LEGADO


EL NACIONAL - Domingo 08 de Mayo de 2011 Siete Días/7
Sábato o Nunca más
TULIO HERNÁNDEZ

La prueba de la profunda lesión histórica que produce la polarización política en las naciones que la han padecido podemos encontrarla en la vida política de Ernesto Sábato y en la polémica que, aun ahora que la muerte le ha visitado, se produce por estos días en Argentina sobre sus actuaciones públicas.

Sábato, es cosa sabida, fue un escritor que se mantuvo atento a las responsabilidades ciudadanas y no eludió la toma de partido en asuntos políticos. Como muchos otros intelectuales, estuvo en el ojo del huracán al oponerse abiertamente al peronismo en su momento de mayor efervescencia.

Sin embargo, con el paso del tiempo, Sábato intentó reelaborar sus radicales posiciones iniciales, que le llevaron a asociar peronismo con fascismo y a explicarlo como un producto del resentimiento social, para terminar hilando un poco más fino y explicar la complejidad del sentimiento que Perón y Evita generaban en Argentina, especialmente entre los pobres.

Camino inverso recorrió con el comunismo. En tiempos juveniles vivió el encantamiento que la Revolución Bolchevique suscitó en cierta intelectualidad latinoamericana y europea, pero más temprano que tarde, al mirar de cerca lo que ocurría en la Unión Soviética, se horrorizó con el totalitarismo estalinista y públicamente se deshizo de un credo al que siguieron complacientemente atados notables intelectuales.

Pero la actuación política más importante de su vida ocurrió al aceptar presidir la Comisión Nacional de Desaparición de Personas, creada por el presidente Raúl Alfonsín en 1983, cuando Argentina regresaba a la democracia luego de padecer una de las más crueles y sangrientas dictaduras que haya conocido la región.

La Conadep dejó un documento tan impactante como excepcional. Un informe de 480 páginas titulado Nunca más en el que se detallan los horrores de la guerra genocida que desataron los milicos argentinos para combatir la violencia guerrillera iniciada por los Montoneros, el ala izquierda del peronismo.

De ese documento, el prólogo debería ser una lectura obligatoria en las naciones latinoamericanas siempre propensas, como bien lo sabemos en Venezuela, al asedio del golpismo, el militarismo y la tentación de las revueltas armadas. Tres lecciones básicas nos dejó Sábato en ese texto. La primera, conocida, que no queda duda de que la violencia política, venga de donde venga, engendra más violencia aún. La segunda, que, sin embargo, el terror ejercido por los particulares no puede ser combatido con terrorismo de Estado: que nada puede justificar la impunidad ejercida desde el poder para secuestrar, torturar y asesinar en nombre de la seguridad nacional. Y la tercera, la más importante, que únicamente la democracia es capaz de preservar a un pueblo del espeluznante horror que vivieron los argentinos de aquel tiempo. Lo expresó con sabias palabra: "Las grandes calamidades son siempre aleccionadoras, y sin duda el más terrible drama que en toda su historia sufrió la nación durante la dictadura (...) servirá para hacernos comprender que únicamente la democracia (...) puede mantener y salvar los sagrados y esenciales derechos de la criatura humana".

Se conoce con exactitud los riesgos que Sábato y los demás miembros de la Conadep corrieron para elaborar ese informe. Y, sin embargo, una buena parte de los mensajes que por estos días han circulado en Argentina, en blogs, Twitter y artículos de prensa, son pases de factura que minimizan su aporte a la democracia y frases burlonas referidas al famoso almuerzo con el dictador Videla al que Sábato efectivamente asistió en compañía, entre otros, de Jorge Luis Borges en 1976.

Es la polarización que, aun pasado el tiempo, no perdona ni siquiera a aquellos que tuvieron el acierto de rectificar.

sábado, 30 de abril de 2011

SIN COMENTARIOS



1911 - 2011

ACTO DE INDAGATORIA


EL NACIONAL, Caracas, 6 de Septiembre de 1998 / SIETE DIAS
Persiguiendo desesperadamente a Ernesto Sábato
"La razón no sirve para la existencia"
Esta nota es la historia de un reportaje imposible. De la persecución del escritor-personaje Ernesto Sábato por la escritora María Esther Gilio, a través del teléfono, el fax, el ferrocarril. El encuentro se produjo en Santos Lugares, y el diálogo que allí se enhebró sirvió para dar cuerpo a los retazos de conversación, monólogo y quejas que ya habían armado el universo del autor de Sobre héroes y tumbas
María Esther Gilio - Página 12
Servicio exclusivo de El Nacional
Montevideo

La Universidad del Uruguay había decidido que le sería otorgado a Ernesto Sábato el título de Doctor Honoris Causa. Esto significaba que Sábato vendría a Montevideo y que todos los periodistas de cultura en la ciudad correrían tras él para lograr una entrevista. Sabiéndolo, hablé con una colega argentina. Si ella la conseguía, me trasladaría a Buenos Aires para tenerla publicada cuando él llegara. Poco después esta colega llamó a Montevideo y dijo que la entrevista estaba concedida. Viajé a Buenos Aires y mandé un fax a Sábato, en el que me anunciaba, y le pedía que telefoneara, para así marcar día, hora y lugar. Al día siguiente, antes de las 8 de la mañana, Sábato telefoneó y dijo que era imposible aceptar la entrevista. Que habría deseado complacerme, pero que no podía.

"Tengo 85 años y de pronto ocurren hechos que me destrozan, que me sumen en un dolor tan intenso que me imposibilita para este tipo de tarea. Usted sabe que Matilde, mi compañera desde hace 60 años, está muy enferma. Sabe que perdí un hijo hace un año y medio. Y en estos días otras cosas se han sumado, cosas terribles. No puedo, no puedo. Recibo 20 cartas por día, que una querida amiga responde. Ocho, diez propuestas de entrevistas." Sí, yo sé. Pero hace más de 15 años que usted dice que me dará una entrevista, como premio a mi paciencia. "Bueno, sí, sí, sigo diciéndolo. Usted se va y alguna vez que venga lo hacemos." Está bien, ¿cuándo? "Algún día, dentro de un año o dos, cuando yo esté menos dolorido. ¿Sabe que recibo 10 invitaciones diarias para la televisión, y cada 15 ó 20 días, propuestas para ir a Europa? Pero no puedo ir" -dice, y queda en silencio-. ¿Por qué no puede? "Imagínese que yo estuviera allá tan lejos y a Matilde le pasara algo. ¿Se da cuenta de lo que le digo? ¿Lo entiende? Quiero saber si lo entiende. Si eso pasara yo no podría perdonármelo." Entonces, ¿la entrevista? "Otra vez será."

¿Usted sabe que soy anarquista?

Un día más tarde le envío otro fax, donde le comunico que estoy dispuesta a renunciar a la gran entrevista con que había soñado y me conformo con cuatro preguntas, tres. Incluso dos. A las siete de la mañana siguiente, Sábato llama y pregunta si la enviada todavía está allí. Sí, es con ella que está hablando. "Ah... sí, sí. Sí, -dice, y comienza a hablar como si se tratara de un amigo con quien habla frecuentemente-. ¿Usted sabe que soy anarquista? Cuando era muy joven fui comunista, llegué a secretario de la Juventud. Yo creía en la revolución -dice, y hace un silencio-. ¿Usted sabía eso? Y bueno, fui invitado a un congreso en Bruselas. Ahí me propusieron ir a la Unión Soviética, a formarme en una escuela leninista. Me di cuenta de que allá me harían un lavado de cerebro. Era a mediados de los 30 y ya habían comenzado los juicios de Moscú. Me escapé a París. Había intuido lo que sólo se supo cabalmente 40 años más tarde. ¿No la desperté, verdad? Yo me levanto a las 5. Me hago un té y me meto al estudio a pintar."

-A pintar cosas muy tristes. ¿Alguna vez pensó por qué sus cosas son tan tristes? A menudo las que escribe; las que pinta, siempre. Los personajes de sus telas lanzan gritos de dolor y terror en medio de paisajes desolados.

-Pero... pero... pero... ¿de qué serviría la novela, la pintura, si no lograra encontrar el sentido profundo de la existencia del hombre? ¿De qué? ¿Conoce usted a alguno de los grandes que se proponga, simplemente, alcanzar la belleza? Claro que en la obra del artista hay belleza, pero detrás de ella está el dolor. Es una belleza golpeada, desgarrada por el dolor.

-Santiago Kovadloff dice que el acento, en sus novelas, recae sobre la existencia humana, entendida, ante todo, como un dilema moral y metafísico.

-Humm...

-¿No le gusta?

-Sí, sí. Mire, hay una cosa que me importa. Quisiera dar esperanza a los jóvenes. Los jóvenes me preocupan. Un poco de esperanza, un poco.¿Usted sabe que yo soy anarquista? Anarquista cristiano. Sí, ya sabe. Bueno, hasta otro día.

-¡Sábato! No respondió a la pregunta que le hacía en mi fax.

-Yo mañana tengo una presentación en Buenos Aires. Ya ve cómo es la vida. ¿Quiere verme allí?

-Prefiero ir a su casa, en Santos Lugares.

-Quería evitarle el viaje en ferrocarril. A las 6 de la tarde y sólo tres preguntas. No lo olvide.

No se miente en ficción

Santos Lugares, a pesar de estar a sólo 40 minutos de Buenos Aires, parece un pueblo de provincia. Pocos autos, plaza con iglesia, casas con jardín. En Santos Lugares todos saben dónde vive Ernesto Sábato. "Cerca de la vía, tres cuadras a la derecha, una a la izquierda. Ahora, ¿él la espera?", dice el obrero de Ferrocarriles. "Porque a esta hora a él le gusta caminar hasta Sáenz Peña, hasta la estación anterior. El sabe hacer ese camino casi todos los días."

La casa de Sábato, amplia y con una dignidad en la que se rastrean viejas vidas más esplendorosas, está al fondo de un jardín sombreado por cipreses, gomeros y enredaderas. Una mata espesa, de hojas secas, cubre el suelo. Y a la izquierda, un camino de baldosas blancas y negras conduce a la puerta de entrada. Por ese camino avanzo, y levantando la mano saludo a Sábato que, de pie, tras una ventana, me mira llegar. Aunque no sé si me ve.

En la habitación en penumbra, Sábato sigue de pie mirando hacia afuera. Cuando entro se vuelve. Su rostro es el que conocemos de la televisión y las fotografías: sombrío, pesimista. Mientras nos saludamos me pregunto cómo hará para infundir optimismo a los jóvenes, cómo podrá pasar por encima de tanto pesimismo, para cumplir con esa misión que apasionadamente se propone. Lo pienso, pero aunque es una buena pregunta, no la hago.

Casi a modo de saludo le cuento lo difícil que es elegir cinco o seis preguntas entre las 30 que tenía preparadas. Pero él no está distraído. "Tres o cuatro, tres o cuatro", responde.

-¿Con cuál de sus personajes se identificaría hoy? ¿Martín Bruno, Juan Pablo? ¿O tal vez con alguna de las mujeres?

-¿Por qué hoy?- dice mientras ordena algunos papeles sobre la mesa.

-Porque han pasado muchos años y es posible que usted haya descubierto en ellos cosas nuevas que no había visto antes, cuando los creó. Usted cambió; ellos también cambiaron.

-Tendré que decirle que, salvo alguna excepción (una persona, por ejemplo, fue la inspiradora total de un personaje), todos los demás salieron de mi corazón. Todos son emanaciones de mi propio inconsciente, que jamás engaña.

Se sentó, miró hacia el techo y quedó en silencio. Finalmente añadió: -El corazón de cualquier mortal es un conjunto de contradicciones, algunas aterradoras, como sucede con las pesadillas. Todos somos, no digo algunos, sino todos, una mezcla de bondad, maldad, ateísmo y espíritu religioso, generosidad y egoísmo, valentía y cobardía.

-¿Cuál de esos seres de ficción creados por usted le resulta el más querido?

-Hay varios, sí, sí, varios -dice, y poniéndose de pie vuelve a mirar hacia afuera por la ventana-. Martín adolescente en Sobre héroes y tumbas. Y la sirvientita de la calle Reconquista, hotel de marineros. ¿Recuerda algo de eso?

-Sí, claro, la que lo salva del suicidio.

-Vive en un altillo, pobrecita, con un retrato de Gardel en la pared y una lámina de ésas que parecen de un tratado de anatomía de Testut, donde Cristo muestra su corazón en el centro de su pecho abierto.

-También hay un retrato de Evita.

-Sí, le da un mate cocido caliente y trata de reanimarlo. "Niño, hay tantas cosas lindas en la vida, dice mostrándole el cajón de verduras donde duerme su hijito. Mire, aquí me dejan tenerlo conmigo. Tengo esta vitrola vieja y unos discos de Gardel. Hay tantas cosas lindas. Las flores, los perros, los pájaros". Cuando el pobre Martín se levanta, ya no se suicidará como pensaba.

-¿Es ese pequeño personaje uno de los que más ama?

-Claro que sí, no se puede mentir en cosas tan graves, y mucho menos en personajes de ficción. A menudo he sido duro, sarcástico, peleador, pero también he podido sentir cosas tan sencillas y fundamentales como ésta de la pobre sirvientita inventada. Esta posibilidad es la que, desde que era un adolescente, me ha inclinado hacia los pobres, los humillados, las razas perseguidas.

Especialista en hacerme enemigos

-Cuando le dieron el premio Cervantes dijo que, a veces, se sentía ante sus propios personajes como ante seres de carne y hueso, "tan desconocidos que conseguían aterrarme".

-Eso prueba lo extraño de la vinculación entre autor y personajes. Una relación difícil de explicar.

-¿Por qué las mujeres en su obra -todas las mujeres- son tan misteriosas, sombrías?

-No sólo las mujeres. También los hombres tienen aspectos sombríos, misteriosos, cosas que no muestran. Todos los seres humanos son así.

-Muchas veces le han preguntado si el "Informe sobre ciegos" de Sobre héroes y tumbas tiene algún significado especial, si alude a alguna realidad no explicitada.

-Muchas veces me preguntan eso y otras tantas les respondo que esas páginas las escribí en un mes y no sé qué significan. Eso, como las pesadillas, salió del inconsciente.

-Cuénteme, ¿cómo se distanciaron con Borges?

-Fuimos amigos y nos separó la política. Cuando la llamada Revolución Libertadora llegó hasta lo peor, las torturas a militares peronistas, yo denuncié una noche, por Radio Nacional, nombres y apellidos. Se armó un gran escándalo. A los dos días salió una larga declaración de escritores y artistas condenándome, lo que significa que de alguna manera justificaban las torturas. Lo curioso es que fui siempre antiperonista como ellos, pero por lo visto, por motivos muy diferentes. Como siempre fui un especialista en hacerme enemigos. Muchos años después hubo una reconciliación, gracias a un joven escritor que logró que hiciéramos un diálogo que luego se publicó en un libro.

Yo creo que hemos pasado las tres y las cuatro. Y tal vez las cinco preguntas, ¿no?

Nunca maté a esa mujer

-¿Qué lo mueve a elegir un tema?

-El instinto.

-¿Nunca la razón?

-La razón no sirve para la existencia. Sólo sirve para demostrar teoremas o fabricar aparatos. El alma del ser humano, en lo más profundo, no está para esas cosas.

-Mucho se dijo sobre usted y su personaje de El túnel. Claro que usted nunca mató a ninguna mujer, pero es pintor desde siempre y se puede suponer que es capaz de ser ferozmente celoso, ¿no?

Ernesto Sábato se queda mirándome con expresión irónica. Tal vez quiere decir "No pienso entrar en sus trampas y hablar de cosas privadas". Dice: -Es verdad, nunca maté a una mujer. Pero, además, no creo en una literatura que calca personajes de la realidad. Eso está bien para escritores naturalistas. Todo naturalismo es superficial, porque no alcanza a la condición humana más profunda, que siempre es sobrenatural.

-En el prólogo de Sobre héroes y tumbas usted dedica la novela "a la mujer que tenazmente me alentó en los momentos de descreimiento", etcétera. Es curioso, pero no la nombra. A mí esa dedicatoria me pareció que encerraba una pequeña trampa. Muchas mujeres se sentirán aludidas.

Sábato me mira. Su mirada no es irónica sino dura, muy dura. ¿Iría a decir que daba por terminada la entrevista? Dio unas vueltas por la habitación y respondió sin mirarme: -Soy incapaz de esa clase de mentiras. ¿Quién va a ser si no Matilde, la mujer que me soportó desde los 17 años?

-Yo no quiero que se enoje.

-Si no quiere que me enoje, no haga preguntas que pueden enojarme.

-¿Le resulta impertinente que le pregunte si fue Matilde la única mujer en su vida o tuvo otros amores?

-Tuve otros amores, como casi todos los seres humanos. Por no decir todos. Algunos muy fuertes y perdurables, ¿y qué? Grandes culturas en la antigüedad han sido poligámicas o poliándricas. Sólo en esta hipócrita sociedad burguesa se esconde esa tendencia natural de la criatura humana.

lunes, 21 de junio de 2010

99


EL NACIONAL - Domingo 20 de Junio de 2010 Siete Días/4
Sábato en la antesala del siglo
El hombre y sus repliegues. Dejó el camino de la razón para dedicarse a un mundo lleno conjeturas y ficción. Formado para la ciencia, el novelista y ensayista argentino que encarna el paradigma del intelectual comprometido con la condición humana, cuya obra ha sido traducida a más de 30 idiomas, cumplirá el próximo jueves 99 años de edad
TAL LEVY

Cuentan que ya no escribe. Tampoco pinta.

Ni sale regularmente a pasear por las calles de Santos Lugares, en la provincia de Buenos Aires, donde ha vivido desde hace más de medio siglo. La vista le ha ido abandonando con los años, los mismos que hoy deciden por él. Pero seguro el próximo 24 de junio, cuando cumpla 99 años de edad, a Ernesto Sábato le ilusionaría, además de compartir con su familia, recibir algún obsequio de su buen amigo José Saramago, como aquel ramillete de palabras con el que el premio Nobel portugués le homenajeó el año pasado en su blog.

Aparte de una sensibilidad que roza el extremo, ambos han donado a la galería de personajes de la literatura algunos de los ciegos más memorables sin que, como han coincidido, los problemas de visión que han sufrido hayan tenido que ver. Aunque uno esperanzado y el otro pesimista irredento, a los dos les duele por igual el mundo.

--¡Ah, es que el mundo es un horror! Demasiadas pavadas hay, pero ustedes no, los jóvenes no. Pudieran estar en otro sitio y vienen aquí, a oírme, porque el mundo les importa-- recuerdo que exclamó Ernesto Sábato, con esa confianza depositada en la juventud que le hizo dedicarle la fundación que lleva su nombre, al vernos llegar en vísperas del otoño de 2002.

El desayuno del día: palabras. Un día antes le había pedido a Elvira González Fraga, compañera inseparable de Ernesto Sábato, una entrevista, pero sólo conseguí que me ofreciera hacerle unas preguntas por escrito, que aseguró él luego respondería. Tras insistir, me lanzó una mirada y, en ese momento, sentí que pasé el examen al menos con un aprobado, pues me invitó, como lo haría después con Laila y Milagros, dos admiradoras del novelista y ensayista argentino, a compartir una mañana con él en el hotel Gallery de Barcelona, España. Bueno, a hacerle compañía, mientras ella hacía diligencias.

--Sólo las minorías son las que pueden cambiar el mundo. ¿Cuántos años decís que tenés? ¡32! No, no podés tener 32 ­y ríe como un chiquillo quien fue nombrado Caballero de la Legión de Honor de Francia en 1979­. Vos tenés 15.

Si quería presentarte a uno de 12. Cada vez los jóvenes son más chicos.

El piropo merecía ser devuelto, pero Laila se adelantó con la certeza de quien la noche anterior había revisado junto con su madre la contraportada de un libro suyo, en la que constató que tenía poco más de 90 años de edad, aunque "parece de 70". De pronto, Sábato se había tragado la risa.

--Matilde era muy joven. Matilde era menuda. Matilde, pobre Matilde. Matilde era fuerte, cómo decir, cómo encontrar la palabra exacta... Es que todavía estoy dormido.

Milagros intenta rellenar los puntos suspensivos con un "tenía garras", al tiempo que Sábato asiente pero sin interrumpir su propia búsqueda dando muestras de ser quien es: un escritor, un hombre que dona a cada palabra el justo lugar que se merece.

--Matilde era... corajuda.

Matilde, pobre Matilde. Matilde se escapó conmigo. Éramos unos chicos, ella menor de edad. Y nos buscaron. Matilde era judía, pero se convirtió al cristianismo por convicción.

Hasta con la policía nos buscaron. ¡Ay, la familia de Matilde! --¿Pero después la familia se reconcilió con usted? ­pregunté.

--Después de mucho, mucho tiempo. Yo bromeaba con Matilde, le decía que era la yiddishe mame. Era muy fuerte, una gran mujer, inteligente.

La frase estaba servida para replicar con el típico "detrás de todo gran hombre hay una gran mujer".

--Sí, Matilde era una gran mujer ­sentenció el premio Cervantes 1984, mientras yo pensaba en esa grandeza que le hizo a ella, a Matilde Marta Kusminsky Richter, salvar los manuscritos de su esposo del fuego­. Era judía y los judíos se ha visto en la historia que son excepcionales. Bueno, un amigo mío decía que los judíos eran jodidos ­ríe­. Pero era una broma. Era inteligente. Estudiamos juntos. Escribía, Matilde.

--¿Escribía libros? ­asoma su sorpresa Milagros.

--Sí, muchos se publicaron.

Matilde, pobre Matilde. Matilde era corajuda e inteligente.

Matilde era judía ­reitera desde su vejez­. Matilde, pobre Matilde. ¿Dónde estará?

Melancolía como plato fuerte. El recuerdo fue enjuagando sus ojos, que parecían adentrarse en un pasadizo oscuro, como en el que entró después de la muerte de su hijo Jorge Francisco en un accidente en 1995, seguida tres años después por la de su esposa, la mujer que tenazmente lo alentó en "los momentos de descreimiento, que son los más", según la dedicatoria de Sobre héroes y tumbas. Aunque cierto es que hubo otras, Matilde fue la mujer, en mayúsculas, de su vida.

En la mirada de Sábato en esa mañana otoñal, en la que no llevaba sus habituales anteojos oscuros, ya se podía advertir esa melancólica situación en la que vive, razón por la cual su otro hijo, Mario, tan sólo le mostró los primeros 20 minutos, los más alegres, del documental Ernesto Sábato, mi padre, que el año pasado estrenó con material inédito o muy poco conocido. Un legado para nietos y bisnietos sobre la persona y no la celebridad que un día será sólo una calle o una estatua, según llegó a manifestar públicamente el cineasta.

Qué decir en respuesta a ese túnel en el que Ernesto Sábato había entrado, imagen que con los años ha vuelto a cruzarse en su camino, según atestiguó en esa memoria-testamento que es Antes del fin: "¡Qué extraño, qué terrible es que al acercarse la muerte vuelvan estas tristísimas metáforas!".

Sólo alcancé a exclamar: "¡Hay que resistir! Y el autor de El túnel, novela editada en 1948 que todo buen alumno suramericano ha leído y que Albert Camus elogió por su sequedad e intensidad, sonrió.

--Resistir. La resistencia, como mi libro ­asintió satisfecho.

El segundero en marcha. En ese momento, como un eco resonaba el fragmento de Sobre héroes y tumbas que Sábato, al inaugurar el día anterior la Cátedra de las Américas en la Pedrera de Barcelona, dejó que hablara por él: "Todo era tan frágil, tan transitorio. Escribir al menos para eso, para eternizar algo pasajero. Un amor, acaso (...) Además, no sólo era eso, no únicamente se trataba de eternizar, sino de indagar, de escarbar el corazón humano, de examinar los repliegues más ocultos de nuestra condición".

--Hace un año vino Saramago y me causó mucha gracia que afirmara que Dios es como la coca-cola, porque está en todas partes ­dijo Laila.

--Sí, eso se ha dicho mucho sobre la coca-cola y en su boca esa palabra nos suena extraña, rara ­su mirada refulge, igual que minutos antes al asomarse el nombre de otro grande: Gabriel García Márquez.

Su camisa de pana parecía aún más roja en compañía de unas medias que imitaban ese color y unos vaqueros oscuros que no terminaban de decidirse entre ser azules o negros. El rojo le ha rondado los pasos, desde los tempranos tiempos de su militancia en el marxismo, cuando fue secretario de la Juventud Comunista de La Plata, e incluso después, contrariado por el comunismo soviético, cuando decidió continuar por esa senda de justicia social pero apostando por el hombre. En 1983, se enfrentó cara a cara con la maldad humana cuando presidió la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas que redactó el informe Nunca Más, conocido como Informe Sábato, sobre los crímenes cometidos por la cruenta dictadura militar en Argentina.

--Siempre viste de rojo.

También en sus pinturas hay mucho rojo ­comento.

--Y negro ­acota Milagros.

--Pero ¿acaso te podés imaginar hacer una revolución vestido de amarillo o de lila? --Sí, con una camisa como la mía jamás pudiera­ cándidamente confirma desde su vestimenta Laila, quien acto seguido, y al ver a Elvira llegar, le entrega Abaddón, el exterminador, que en 1976 fue reconocido en Francia como mejor libro extranjero, a la espera de una firma.

El tiempo hacía de las suyas y no había reloj, al menos no el mío, del que me despojé décadas atrás, poco después de leer Hombres y engranajes, para no tener que consultarle a él si tenía hambre. "Uno se embarca hacia tierras lejanas, indaga la naturaleza, ansía el conocimiento de los hombres, inventa seres de ficción, busca a Dios.

Después se comprende que el fantasma que se perseguía era Uno-Mismo", reza la "Justificación" de ese libro en el que quien fuera doctor en Ciencias Físico-Matemáticas y que trabajó en el Laboratorio Curie, en París, daba cuenta de su divorcio con la ciencia por creer más en el hombre, con todo y sus contradicciones, igual que lo dejó bien sentado en su primer ensayo: Uno y el universo.

--Para Laila­ comenzó Sábato y allí se detuvo.

--Ponele algo hermoso ­sugirió su Elvirita.

--Para Laila ­repite Sábato, al tiempo que ella le dice que así está bien, que es bonito, pues Laila, la noche, como el significado de su nombre en hebreo, actuando con más luz que el mismísimo día, no quería fatigar sus años.

Y Ernesto Sábato va escribiendo con esa letra que nos recordaba a su Matilde, menuda como nos la había pintado, y agrega: "Con la que compartí una hermosa mañana". Esa que jamás olvidaremos.

Hoy, casi centenario y con varios otoños más a cuestas, no podemos menos que imaginarle aún rodeado de sus fantasmas. Sí, porque fue él quien precisamente acuñó, con una obra suya, El escritor y sus fantasmas, aquella frase tan iluminada sobre el quehacer literario.

Entre tanto, el Premio Nobel sigue escabulléndose, pese a tantas postulaciones, como la de la Sociedad General de Autores y Editores de España que en 2010 lo ha propuesto ya por cuarto año consecutivo.

No queda, pues, más que pacientes esperar a 2011, cuando Sábato cumpla 100 años y Buenos Aires lo celebre convertida en la Capital Mundial del Libro.