De la existencia digital
Siul Nagarrab
Precursoramente, Giovanni Sartori versó sobre la videopolítica. Asociada a la lumpen-intelligencija y al homo insipiens, dijo de una poderosa simplificación de contenidos y conductas por la sobreimposición de las imágenes frente al uso de la razón confiable y compartida.
La intensidad emocional del instante, es reemplazada por otro tanto o más explosivo, en una sucesión que banaliza aún las más severas realidades. Útil en muchas facetas, las redes sociales, favorecidas unas más que otras, parecen más una creación de los psicólogos clínicos y sociales, por la exacta radiografía del momento, que por los periodistas que pugnan por profesionalizarlas exclusivamente.
El dirigente político las sabe una magnífica herramienta, comprobado por quienes – muy pocos, como María Corina Machado y Leopoldo López - hacia 2014 convocaron las grandes movilizaciones ciudadanas mediante la telegrafía digital. Hoy, todavía más, en la era de la represión, la (auto) censura y el bloqueo informativo, no se entiende el oficio de lo público, sin el diestro perolito electrínico.
Un caso de estudio puede ser el de las cuentas públicas del diputado Juan Guaidó y, particularmente, la del Twitter que para el 5 de enero de 2019, alcanzaba alrededor de cien mil seguidores y, ahora, tiene poco más de un millón. Al respecto, por una parte, muy conocido en la acera opositora, a pesar de los cien mil, era un desconocido para el país (imagínense los que no pasan de tres dígitos de seguidores, aunque sean dirigentes de una irrefutable – mediana o alta – influencia); por la otra, explicación que podrán dispensarnos los expertos, por mucha publicidad nacional e internacional que tenga, como justificada pertinencia, aún está en la franja del millón y tanto de seguidores, lo que avisa de un crecimiento – si se quiere, lento – siendo noticia viva y continua; y, finalmente, el segmento de las celebridades o notoriedades, ya ineludibles, como los hay, cuenta con más de tres o cinco millones de seguidores, convertida la cuenta en un patrimonio de valor inconmensurable, construidas en varios años, por lo general, a punta de Tweeds y de un aparato genial para las redes (por cierto, todo jefe de Estado o Gobierno, aquí y allá, tiene por inicial garantía ese aparato exponencialmente multiplicado).
El uso de las más populares redes sociales tiene sus bemoles, sobre todo cuando ya no son absolutamente personales y familiares. De tener responsabilidades o proyecciones públicas, sociales, gremiales y políticas, o privadas de naturaleza gerencial y afines, obran tres circunstancias: hay que medir lo que se dice o escribe, asesorarse profesionalmente o contratar a un operador, e intentar una estrategia de crecimiento, pues, por mucha influencia que se tenga o diga tener, siendo justo o injusto el baremo, el número de seguidores luce decisivo: crucial en el Twitter de las clases medias, ya no tanto para el Facebook socialmente más democrático, cobrando importancia para el Instagram que busca una identidad entre los venezolanos.
Muy probablemente, el Facebook capitalizará más seguidores en la medida que se escriba largo y tendido, con fotografías y videos cadenciosos u otras florituras que las urgencias del Twitter no consienten. Ésta red social que parece algo así como la patria de los aforismos y las greguerías, géneros de diferencias sutiles, definitivamente la es del motivo gráfico y de los videos sensacionalistas: un flyer bien diseñado y contrastante, o un video en plena acción, son de largo más decisivos para atraer la atención y capturar a un seguidor que la mayéutica, paciente, razonable y serena.
Prisioneros del instante, lo galopamos en las redes socales que se confunden con la propia existencia. Diríamos, hay un existencialismo digital que pone en duda la autenticidad, un dato esencial de la escuela, imposibilitados del seguimiento a nosotros mismos, harto diferente al templo narcisista del número de nuestros seguidores.
Fotografía: Pieza de Chema Madoz.
17/03/2019:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/34557-nagarrab-s
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domingo, 17 de marzo de 2019
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viernes, 15 de marzo de 2019
KATZ
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lunes, 3 de septiembre de 2018
BYTES EN UN PAÍS COLAPSADO
Una dictadura de sondeos
Luis Barragán
La Sudeban ha ordenado limitar el acceso a las plataformas bancarias, desde el exterior. Así lo refiere una nota de prensa, interesadas tanto o más las autoridades en la data personalísima de los usuarios, que en la tramitación de las remesas del exterior por las casas de cambio.
Data a la que no ha podido acceder o tiene algunas dificultades para lograrlo, pues, si algo ha prosperado en Venezuela, son los servicios de (contra) inteligencia del Estado que, bien presupuestados, no debemos subestimar, aunque los presumamos por momentos colapsados. En regímenes como el que transitamos, está negada toda privacidad excepto tratemos de los prohombres del poder y sus relacionados.
Precaria, quizá la era de la abierta interconectividad no ha finalizado por estos lares, debido a la provechosa manipulación que le da un vuelo distinto a la dictadura, comparándola con otras obscurantistas del pasado y del presente, más allá de las fronteras; al indispensable pulso de la opinión pública que le permite acertar en sus más variadas maniobras, pues, al fin y al cabo, se trata de una dictadura de sondeos que no pudo imaginar Lenin; y, un elemento decisivo, ensaya un vasto drenaje emocional que, de otro modo, convalidaría y reforzaría la protesta real, viva y palpable que no ha podido neutralizar o derrotar. En éste último caso, es el mayor temor, no cabe duda que la brutalidad represiva ha de darle alcance a sus propios y minoritarios partidarios, a los que sabe inconformes y desesperados, intentando administrarlos por una múltiple bonificación: pronto a deshacerse el dinero selectivamente depositado, por la realidad hiperinflacionaria, sólo desea ganar días o meses para el zarpazo final.
Hubo intentos muy serios de condicionar y controlar hasta el correo electrónico, por 2015, a través de la Asamblea Nacional que monopolizaban, so pretexto de regular el comercio electrónico, pero – advertida – la oposición tuvo el tino de preverlo y abortarlo, a pesar de la conducta pasiva y resignada, difícil de igualar con la prudencia, en relación al sector privado especializado en el ramo. Por lo demás, vocacional y vorazmente mercantilista, las camarillas del poder prefieren hacerse del negocio, en lugar de confinarlo a un Estado que dividendo alguno les reportará. Acotemos, ha sido más útil y eficaz la compra de una televisora de noticias de la que se sirven, sirviéndole al régimen que desea aparentar el libre juego de las ideas, que los canales absolutamente en manos de la burocracia del Estado que nadie ve, salvo los programas que convierten los informes de (contra) inteligencia en un espectáculo.
Medidas, como las adoptadas por las autoridades bancarias, se extenderán de un modo u otro, pero arriesga demasiado la dictadura de generar una masiva desconfianza hacia los medios que les son políticamente útiles, mejor dispuestos para vociferar la guerra económica, prever reacciones de la población y, estigmatizando a la oposición, bajar la línea de acción a sus seguidores. Cierto, buena parte de la población no está directamente conectada, en las postrimerías del mercado de la telefonía móvil celular, pero las noticias corren y llegan a punta de bytes, siendo más peligroso que lo hagan por radio-bemba, la emisora que anuncio la luminosa madrugada del 23 de enero de 1958.
02/09/2018:
http://guayoyoenletras.net/2018/09/02/una-dictadura-sondeos/
Piezas: Baptiste de Bombourg.
Luis Barragán
La Sudeban ha ordenado limitar el acceso a las plataformas bancarias, desde el exterior. Así lo refiere una nota de prensa, interesadas tanto o más las autoridades en la data personalísima de los usuarios, que en la tramitación de las remesas del exterior por las casas de cambio.
Data a la que no ha podido acceder o tiene algunas dificultades para lograrlo, pues, si algo ha prosperado en Venezuela, son los servicios de (contra) inteligencia del Estado que, bien presupuestados, no debemos subestimar, aunque los presumamos por momentos colapsados. En regímenes como el que transitamos, está negada toda privacidad excepto tratemos de los prohombres del poder y sus relacionados.
Precaria, quizá la era de la abierta interconectividad no ha finalizado por estos lares, debido a la provechosa manipulación que le da un vuelo distinto a la dictadura, comparándola con otras obscurantistas del pasado y del presente, más allá de las fronteras; al indispensable pulso de la opinión pública que le permite acertar en sus más variadas maniobras, pues, al fin y al cabo, se trata de una dictadura de sondeos que no pudo imaginar Lenin; y, un elemento decisivo, ensaya un vasto drenaje emocional que, de otro modo, convalidaría y reforzaría la protesta real, viva y palpable que no ha podido neutralizar o derrotar. En éste último caso, es el mayor temor, no cabe duda que la brutalidad represiva ha de darle alcance a sus propios y minoritarios partidarios, a los que sabe inconformes y desesperados, intentando administrarlos por una múltiple bonificación: pronto a deshacerse el dinero selectivamente depositado, por la realidad hiperinflacionaria, sólo desea ganar días o meses para el zarpazo final.
Hubo intentos muy serios de condicionar y controlar hasta el correo electrónico, por 2015, a través de la Asamblea Nacional que monopolizaban, so pretexto de regular el comercio electrónico, pero – advertida – la oposición tuvo el tino de preverlo y abortarlo, a pesar de la conducta pasiva y resignada, difícil de igualar con la prudencia, en relación al sector privado especializado en el ramo. Por lo demás, vocacional y vorazmente mercantilista, las camarillas del poder prefieren hacerse del negocio, en lugar de confinarlo a un Estado que dividendo alguno les reportará. Acotemos, ha sido más útil y eficaz la compra de una televisora de noticias de la que se sirven, sirviéndole al régimen que desea aparentar el libre juego de las ideas, que los canales absolutamente en manos de la burocracia del Estado que nadie ve, salvo los programas que convierten los informes de (contra) inteligencia en un espectáculo.
Medidas, como las adoptadas por las autoridades bancarias, se extenderán de un modo u otro, pero arriesga demasiado la dictadura de generar una masiva desconfianza hacia los medios que les son políticamente útiles, mejor dispuestos para vociferar la guerra económica, prever reacciones de la población y, estigmatizando a la oposición, bajar la línea de acción a sus seguidores. Cierto, buena parte de la población no está directamente conectada, en las postrimerías del mercado de la telefonía móvil celular, pero las noticias corren y llegan a punta de bytes, siendo más peligroso que lo hagan por radio-bemba, la emisora que anuncio la luminosa madrugada del 23 de enero de 1958.
02/09/2018:
http://guayoyoenletras.net/2018/09/02/una-dictadura-sondeos/
Piezas: Baptiste de Bombourg.
miércoles, 29 de agosto de 2018
COSAS DE LAS REDES SOCIALES
(Pre) bernsteinianos
Siul Nagarrab
El día 25 de los corrientes, el mundo celebró el centenario del nacimiento de un gran director y también compositor estadounidense: Leonard Bernstein. Empuñaba la batuta sintiendo profunda y casi caribeñamente el ritmo, con los gestos apasionados que les fueron tan característicos, así como hoy Valery Gergiev es reconocido por un juego coreográfico y Esa Pekka Salonen por el decidido trazo de sus énfasis ante la orquesta conducida por el espíritu de Marcel Marceau.
Oportuno centenario que, en este lado del mundo, nos impone sobre el ya generalizado desconocimiento de la música académica. Nos invade una cierta consternación al observar a los muchachos, apretados en el transporte público, arriesgando su propia seguridad personal, enfundados en un par de audífonos de extraordinario volumen, habituados a la pobreza inaudita de la música de moda, atrapados en una relación de concentración e intimidad que, muy probablemente, no sabrá jamás de las riquezas genuinas del barroco, clásico, neoclásico, moderno y contemporáneo, o de la salsa brava, jazz, rock, folklore o de otros géneros de una imaginación que, simplemente, no imaginan.
Además de los estrictamente inherentes a su profesión, Bernstein tuvo el inmenso mérito del incansable divulgador que supo emplear los medios, particularmente la televisión, para enseñar – sobre todo a los jóvenes – los secretos de la música. En las redes sociales, incluso, dobladas al español, encontraremos los ya viejos programas de una paciente y amena pedagogía de la que hay un estupendo testimonio bibliográfico, por su contenido, diseño y diagramación, bajo el sello de la editorial Siruela.
Valga acotar, parecido esfuerzo hizo en Venezuela el eminente Juan Bautista Plaza, quien utilizó la radio hacia un 1939 prebernsteiniano. Además del impreso, el Estado publicó una edición multimedia, bastante limitada que bien merecería volcarse por completo a las redes sociales, tal como se ha hecho con las lecciones de José Antonio Calcaño al reproducir los viejos elepés de los años ’60 del ‘XX, por no citar la historia de la música académica occidental con el colombiano Rodolfo Acosta Restrepo, cuya exposición recomendamos ampliamente.
El consumo cultural en la Venezuela del XXI es realmente miserable, aunque en el espacio de la música académica ya prácticamente nulo, sin emisoras radiales o espacios televisivos realmente especializados. Por el camino que andamos, las nuevas generaciones tardarán en descubrir o nunca lo harán, que hay alternativas diferentes, predispuestos resueltamente a no escucharlas.
26/08/2018:
http://www.opinionynoticias.com/opinioncultura/33363-nagarrab-s
Siul Nagarrab
El día 25 de los corrientes, el mundo celebró el centenario del nacimiento de un gran director y también compositor estadounidense: Leonard Bernstein. Empuñaba la batuta sintiendo profunda y casi caribeñamente el ritmo, con los gestos apasionados que les fueron tan característicos, así como hoy Valery Gergiev es reconocido por un juego coreográfico y Esa Pekka Salonen por el decidido trazo de sus énfasis ante la orquesta conducida por el espíritu de Marcel Marceau.
Oportuno centenario que, en este lado del mundo, nos impone sobre el ya generalizado desconocimiento de la música académica. Nos invade una cierta consternación al observar a los muchachos, apretados en el transporte público, arriesgando su propia seguridad personal, enfundados en un par de audífonos de extraordinario volumen, habituados a la pobreza inaudita de la música de moda, atrapados en una relación de concentración e intimidad que, muy probablemente, no sabrá jamás de las riquezas genuinas del barroco, clásico, neoclásico, moderno y contemporáneo, o de la salsa brava, jazz, rock, folklore o de otros géneros de una imaginación que, simplemente, no imaginan.Además de los estrictamente inherentes a su profesión, Bernstein tuvo el inmenso mérito del incansable divulgador que supo emplear los medios, particularmente la televisión, para enseñar – sobre todo a los jóvenes – los secretos de la música. En las redes sociales, incluso, dobladas al español, encontraremos los ya viejos programas de una paciente y amena pedagogía de la que hay un estupendo testimonio bibliográfico, por su contenido, diseño y diagramación, bajo el sello de la editorial Siruela.
Valga acotar, parecido esfuerzo hizo en Venezuela el eminente Juan Bautista Plaza, quien utilizó la radio hacia un 1939 prebernsteiniano. Además del impreso, el Estado publicó una edición multimedia, bastante limitada que bien merecería volcarse por completo a las redes sociales, tal como se ha hecho con las lecciones de José Antonio Calcaño al reproducir los viejos elepés de los años ’60 del ‘XX, por no citar la historia de la música académica occidental con el colombiano Rodolfo Acosta Restrepo, cuya exposición recomendamos ampliamente.
El consumo cultural en la Venezuela del XXI es realmente miserable, aunque en el espacio de la música académica ya prácticamente nulo, sin emisoras radiales o espacios televisivos realmente especializados. Por el camino que andamos, las nuevas generaciones tardarán en descubrir o nunca lo harán, que hay alternativas diferentes, predispuestos resueltamente a no escucharlas.
26/08/2018:
http://www.opinionynoticias.com/opinioncultura/33363-nagarrab-s
viernes, 13 de julio de 2018
!AFORISTAS DEL MUNDO, UNIOS!
EL PAÍS, Madrid, 10 de julio de 2018
TIPO DE LETRA
Pensar al sprint
El aforismo vive una edad de oro con antologías y colecciones dedicadas al género
Javier Rodríguez Marcos
La revolución digital tiene dos ventajas: la primera, que la gente se ríe sola mientras mira el móvil; la segunda, que el aforismo, tan cultivado en Twitter, es uno de los géneros de moda. Eso si es que es un género literario y no un estado del espíritu, como sostenía Rafael Dieste. José Bergamín, que dijo que ser radical no es más que una forma subterránea de andarse por las ramas, dijo también que el aforismo no es breve sino inconmensurable. Sabía de lo que hablaba: fue el campeón de la chispa de la generación del 27, aquel grupo cuya capacidad para crear imágenes debe tanto a sus propios fantasmas como a las greguerías de Gómez de la Serna y a la finura de Juan Ramón Jiménez.
Las sentencias del padre de Platero están recogidas en dos volúmenes titulados -a su manera, es decir, con jota- ‘Ideolojía’. A ellos acudió Andrés Trapiello para preparar su selección juanrramoniana de Aforismos (La Veleta) y lo mismo ha hecho José Luis Morante con la suya para La isla de Siltolá, editorial con colección propia dedicada al género, igual que Cuadernos del vigía y Renacimiento. Esta última lleva ya una veintena de títulos en la serie A la mínima, dirigida por Manuel Neila, autor en el mismo sello de la antología Bajo el signo de Atenea, que incluye a 10 escritoras “de hoy” como Erika Martínez, Gemma Pellicer, Isabel Bono y Carmen Camacho.
Al contrario de lo que pasa con los novelistas, entre los que es frecuente encontrar especímenes que dicen no leer para que no les influyan, no hay escritor de brevedades que no sea también lector y analista. Se entiende, pues, que la propia Camacho sea la autora de Fuegos de palabras (Fundación José Manuel Lara), un volumen de 500 páginas con hechuras de caja de clavos aunque el subtítulo diga que es una selección del “aforismo poético español” entre 1900 y 2014. Uno de sus aciertos es colocar junto a fijos como Machado, Ory, Ferlosio, Oliván o Andrés Neuman a escritoras como Gloria Fuertes, Chantal Maillard o Julia Otxoa. También a creadores laterales como El Roto o Accidents Polipoètics, aquel dúo que, desde un escenario, nos enseñó que lo que los marineros tienen en cada puerto es una suegra y que los aforismos son “esos perros enanos que intentan morderte si les acaricias”. Max Aub, otro esprínter, estaba en lo cierto: a veces es mejor tener gracia que tener razón.
Fotografía:
Rafael Metlikovez y Xavier Theros (Accidents Polipoètics), en 1998, en Barcelona, durante una lectura en casa de Esther Tusquets, escritora y editora de Lumen. Consuelo Bautista
Fuente:
https://elpais.com/cultura/2018/07/10/actualidad/1531239132_612717.html
TIPO DE LETRA
Pensar al sprint
El aforismo vive una edad de oro con antologías y colecciones dedicadas al género
Javier Rodríguez Marcos
La revolución digital tiene dos ventajas: la primera, que la gente se ríe sola mientras mira el móvil; la segunda, que el aforismo, tan cultivado en Twitter, es uno de los géneros de moda. Eso si es que es un género literario y no un estado del espíritu, como sostenía Rafael Dieste. José Bergamín, que dijo que ser radical no es más que una forma subterránea de andarse por las ramas, dijo también que el aforismo no es breve sino inconmensurable. Sabía de lo que hablaba: fue el campeón de la chispa de la generación del 27, aquel grupo cuya capacidad para crear imágenes debe tanto a sus propios fantasmas como a las greguerías de Gómez de la Serna y a la finura de Juan Ramón Jiménez.
Las sentencias del padre de Platero están recogidas en dos volúmenes titulados -a su manera, es decir, con jota- ‘Ideolojía’. A ellos acudió Andrés Trapiello para preparar su selección juanrramoniana de Aforismos (La Veleta) y lo mismo ha hecho José Luis Morante con la suya para La isla de Siltolá, editorial con colección propia dedicada al género, igual que Cuadernos del vigía y Renacimiento. Esta última lleva ya una veintena de títulos en la serie A la mínima, dirigida por Manuel Neila, autor en el mismo sello de la antología Bajo el signo de Atenea, que incluye a 10 escritoras “de hoy” como Erika Martínez, Gemma Pellicer, Isabel Bono y Carmen Camacho.
Al contrario de lo que pasa con los novelistas, entre los que es frecuente encontrar especímenes que dicen no leer para que no les influyan, no hay escritor de brevedades que no sea también lector y analista. Se entiende, pues, que la propia Camacho sea la autora de Fuegos de palabras (Fundación José Manuel Lara), un volumen de 500 páginas con hechuras de caja de clavos aunque el subtítulo diga que es una selección del “aforismo poético español” entre 1900 y 2014. Uno de sus aciertos es colocar junto a fijos como Machado, Ory, Ferlosio, Oliván o Andrés Neuman a escritoras como Gloria Fuertes, Chantal Maillard o Julia Otxoa. También a creadores laterales como El Roto o Accidents Polipoètics, aquel dúo que, desde un escenario, nos enseñó que lo que los marineros tienen en cada puerto es una suegra y que los aforismos son “esos perros enanos que intentan morderte si les acaricias”. Max Aub, otro esprínter, estaba en lo cierto: a veces es mejor tener gracia que tener razón.
Fotografía:
Rafael Metlikovez y Xavier Theros (Accidents Polipoètics), en 1998, en Barcelona, durante una lectura en casa de Esther Tusquets, escritora y editora de Lumen. Consuelo Bautista
Fuente:
https://elpais.com/cultura/2018/07/10/actualidad/1531239132_612717.html
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martes, 3 de julio de 2018
BITÁCORA
No pretendemos "fusilar" el aporte que se hace en otros medios digitales, sino - en la medida de lo posible - preservar aquéllo que, tememos, puede entrar en el extenso cementerio de las Web's. La postura quizá sea ingenua, porque tales contribuciones se multiplican, de un modo u otro. Posiblemente, lo que preservamos es el aporte que tenemos por origial y los comentarios que suscita. Valga acotar, el Blogspot tampoco garantiza esa preservación, aunque comparativamente es superior a otros medios, como el propio Facebook que, en ocasiones, se ha "tragado" una valiosa y densa información al abultarse en sus páginas. Nuestro blog tiene problemas de indexación: algunas veces, aparece la información buscada y, en otras, debemos realizar una minería de datos al acumular - apenas - cerca de diez mil archivos. De modo que, al permitirlo el tiempo disponible, como hemos hecho en oportunidades anteriores, aunque infrecuentes, tomamos fotografías como la de Plaza Venezuela en tiempos remotos. La contribución es de Jerjes Meléndez Núñez:
Jerjes Meléndez Núñez: Es una ilusión óptica de la vista satelital, lo que se ve es la sombra proyectada por la torre... en esta foto se ve que al lado está un pequeño edificio (un hotel) y aunque no se ve hay otro más a la izquierda...
Fuente:
https://www.facebook.com/photo.php?fbid=10216363677140115&set=gm.10156453784333544&type=3&theater&ifg=1
Plaza Venezuela... s/f (foto atribuida a Helmut Neumann. Colección BN).
Frohmund G. Burger: La esquina la ocupa la torre Polar nueva.
Ricardo Rodriguez Boades: aquí esta igual que en la foto original...
Ricardo Rodríguez Boada: o hacemos la comparativa...
Mayarì Lòpez Nannini:Hay una calle residencial parecida más arriba detrás de los galpones del CNE.
https://www.facebook.com/photo.php?fbid=10216363677140115&set=gm.10156453784333544&type=3&theater&ifg=1
viernes, 8 de junio de 2018
CONCEPTO-FETICHE
De qué hablamos cuando hablamos de posverdad
Lucía Méndez
Es el concepto-fetiche de la época, pero casi nadie sabe lo que significa realmente. Lingüistas, psicólogos, periodistas o expertos en redes lo analizan en el monasterio de San Millán de la Cogolla, que ya sufrió su propio ataque de 'fake news' en el siglo V.
20 expertos analizan el fenómeno en un seminario de la Fundéu y lanzan un debate provocador: ¿y si en realidad las 'fake news' son tan viejas como el mundo?
San Millán de la Cogolla es un pequeño pueblo riojano donde el tiempo medieval permanece detenido en el monasterio de Yuso, grandiosa fortaleza del nacimiento del castellano en las notas de los monjes que ahora llamamos glosas. De esto hace más de mil años. Los escasos habitantes y los turistas sibaritas que disfrutan de la exuberante vegetación de la Sierra de la Demanda pueden escuchar el silencio del mundo y se despiertan con el canto de los pájaros. El monje eremita San Millán, que habitó en estos montes en el siglo V, pasó la mayor parte de su vida en una cueva que se conserva tal cual en el interior de otro monasterio, el de Suso, en lo más alto de la montaña. Una joya.
En tan inspirador escenario, la Fundéu -Fundación del Español Urgente nacida en la Agencia Efe y patrocinada por el BBVA- y la Fundación San Millán convocan todos los años un seminario sobre lengua y periodismo. El debate celebrado en los últimos días del pasado mes de mayo giró en torno al concepto-fetiche de esta época: la posverdad. El lenguaje en la era de la posverdad, se titulaba el seminario. Joaquín Müller, alma de la Fundéu, reunió en torno a la posverdad a una veintena de catedráticos, profesores, lingüistas, psicólogos, periodistas e investigadores de las nuevas tecnologías. Juntos exploraron con lupa de entomólogo las profundas transformaciones sociales y políticas que se derivan de las nuevas formas de comunicación entre los humanos y de las vertiginosas autopistas tecnológicas por las que circula la información, o la desinformación. De qué hablamos cuándo hablamos de posverdad.
El lugar mismo del seminario estaba muy a tono con el espíritu de una época en la que el prefijo -pos está tan de moda como las series de ambiente medieval. A pocos metros de donde descansan los cantorales de los monjes medievales, cuyas voces aún pueden escucharse en el coro de la iglesia si se hace un esfuerzo, se instalaron los algoritmos que ahora transportan el lenguaje humano. Los pájaros que anuncian el alba en estas montañas convivieron durante unos días con el pájaro de Twitter. A tono con el seminario, el propio San Millán del siglo V fue víctima de las noticias falseadas. Sus enemigos le acusaron de malversación de los dineros de la parroquia de Santa Eulalia de Berceo, y el obispo le expulsó del cargo. Así se relata en las redes sociales de la época, que son las pinturas del friso del monasterio.
Este hecho de la biografía del eremita conecta con la primera conclusión del seminario: siempre han existido las noticias falseadas, término que la Fundéu considera más preciso que el de fake news o noticias falsas.
No ha existido nunca un jardín del Edén donde la verdad resplandeciera. Esteban Illades, periodista y escritor mexicano, en su ponencia El fenómeno Trump y las noticias falsas, lo dejó claro. «Las fake news no son un fenómeno nuevo. Existe la manipulación y la desinformación desde hace siglos. Napoleón hizo branded content en la campaña egipcia».
La profesora de Filosofía Laura Alba-Juez ilustró el debate llamando la atención sobre el sentido mismo de la palabra verdad, dejando claro que es poliédrica, difícil de definir y de aprehender.
¿Cuál es entonces la razón del revuelo universal en torno a la posverdad, objeto de estudio académico en todas las universidades y de infinitas glosas periodísticas e intelectuales? La periodista Soledad Gallego-Díaz -que acaba de ser nombrada directora de El País- lo aclaró así en su lección inaugural. No son las noticias falsas de toda la vida. Ni tampoco las mentiras, que son eternas. «Se trata de noticias falseadas intencionadamente que forman parte de enormes redes de desinformación intencionada y extensiva, en las que se utiliza la prodigiosa capacidad de las nuevas tecnologías para difundirlas y llegar a todos los medios a través de los cuales accedemos a la información».
La respuesta a la alarma mundial, por tanto, no hay que buscarla en el fondo, sino en la forma. David García, investigador del Centro de Ciencias de la Complejidad de Viena, señaló que «las noticias, verdaderas o falseadas transitan sin filtro por el espacio digital. La desinformación viaja por las redes sociales seis veces más rápido que la información», según un estudio del MIT. Hablamos de menos cosas, pero habla mucha más gente. Cada individuo se ha convertido en un medio de comunicación que sólo comparte aquéllos contenidos con los que está de acuerdo, sin pararse a pensar si son verdaderos o pudieran ser falsos. Según el periodista Juan Soto Ivars, «la posverdad no es una enfermedad, sino un síntoma, y ha venido para quedarse».
¿Es que acaso los ciudadanos que se dejan embaucar por la desinformación son más ignorantes, o más crédulos, que sus antecesores? «Quien acepta las noticias falsas que circulan por la Red no es necesariamente un ignorante o alguien a quien se engaña; a menudo existe una decisión consciente de aceptar ciertas informaciones, independientemente de su veracidad, para reforzar las propias opiniones o los sentimientos», señalan las conclusiones del seminario.
¿Cómo se llega hasta el cerebro y el corazón de estas millones de personas dispuestas a tragarse cualquier cosa por estrafalaria o extravagante que sea? La respuesta hay que buscarla en la manipulación del lenguaje. Como señaló Elena Hernández, jefa del Departamento de Español al Día de la RAE, «el lenguaje crea realidad». Sobre todo «el lenguaje de las emociones», protagonista de las jornadas de San Millán en tanto que «arma de manipulación».
El psicoterapeuta Luis Muiño expuso las técnicas del «buen manipulador», que son las siguientes. «Resaltar las palabras y ocultar los hechos. Recurrir a eufemismos, no hablar claro y esconder la realidad en una nube de palabras. Usar muchas frases humo y palabras bonitas que no quieren decir nada. Convertir todos los temas en viscerales, establecer una separación radical entre nosotros y ellos y apelar al miedo». «La violencia verbal es más eficaz que la física. La única técnica de persuasión que tienen los poderosos actualmente es el lenguaje», concluye el psicólogo. «Hay que luchar contra el vaciado sistemático de las palabras», opinó el periodista Jordi Corominas. «Algunas personas emplean un lenguaje plúmbeo para dar la sensación de que están diciendo algo interesante», opinó el historiador Óscar Sainz de la Maza.
Cristina Soriano, investigadora del Centro de Ciencias Afectivas de la Universidad de Ginebra, dejó claro en su ponencia -ilustrada con estudios empíricos sobre el uso y el significado de las palabras en los diferentes idiomas- que «las emociones negativas se perciben como más intensas que las positivas, por eso están siempre presentes en los discursos que tratan de manipular». Hay lenguas que disponen de siete palabras para hablar de las emociones, mientras que en el español, se usan miles.
Sin ir más lejos, coincidiendo con la semana de este seminario, la política española se dio un atracón de lenguaje emocional en el transcurso del debate de la moción de censura que cambió el Gobierno. Términos como «traidores», «vendepatrias» o «golpe de Estado», y otros igual de gruesos se escucharon en el Congreso. La despedida de Mariano Rajoy ha deparado asimismo escenas de llanto muy llamativas en sus filas esta semana. Laura Alba-Juez, catedrática de Lingüística inglesa de la UNED, y estudiosa del lenguaje de los tabloides, apuntó que la comunicación nunca ha estado exenta de un componente emocional que no necesariamente ha de ser negativo.
El lenguaje de las emociones negativas, que viajan a toda velocidad por la Red, es fundamental en la creación de las noticias falseadas y da origen a otra de las palabras fetiche del mundo digital: burbuja. Un término que acompaña a la crisis de época, así en las finanzas como en la revolución digital. La tecnología crea burbujas «en las que los ciudadanos solo están en contacto con ideas y opiniones que coinciden con las suyas».
Lo que vemos en Facebook o en el buscador Google es lo que sus algoritmos nos preparan especialmente para nosotros. Las «cámaras de eco» inhiben la capacidad para la autocrítica e impiden tener en cuenta las opiniones de los demás.
Visitar el claustro del monasterio de Yuso es evocador y sugerente después de escuchar estas reflexiones. En la era de la comunicación global, podemos acabar como los monjes medievales, dando vueltas y vueltas bajo las arcadas de medio punto, escuchando sólo nuestros propios pensamientos.
El espinoso papel de los medios de comunicación en la era de la posverdad centró parte de los debates. Soledad Gallego-Díaz señaló que no podemos caer en la tentación de «echar la culpa a la posverdad de todo lo que no nos guste en nuestra sociedad», pero defendió que es imprescindible «defender la verdad periodística basada en hechos comprobados de acuerdo con reglas y mecanismos profesionales de verificación».
La revolución tecnológica ha dejado al periodismo tradicional a los pies de los caballos de las grandes tecnológicas. La conclusión del seminario es que «el cambio de la forma en la que los ciudadanos se acercan a las noticias (antes las buscaban, ahora les llegan a través de las redes, a menudo ya seleccionadas) favorece la difusión de las falsedades». En opinión de los ponentes, es muy importante que las personas dedicadas a la comunicación sean capaces de manejar la «inteligencia emocional».
Según Emilio Martínez, catedrático de Filosofía Moral y Política de la Universidad de Murcia, «conocer el lenguaje de las emociones nos hace ser personas más críticas». José Miguel Fernández-Dols, catedrático de Psicología Social de la Autónoma de Madrid, considera que «la prensa sí tiene un papel educativo». Los periodistas Esteban Hernández, Magda Bandera y Pablo Blázquez alertaron sobre la responsabilidad de los medios frente a la difusión de las noticias falsas y el uso del lenguaje y las metáforas.
Hubo consenso en que «los medios deben tener cuidado en el uso del lenguaje para no apelar a las emociones, sino a los hechos». Ahora bien, nadie se engaña sobre la pérdida de influencia y capacidad de la prensa para establecer qué es la verdad, y qué es la posverdad. «El papel de jerarquización y verificación de la información que hacían los medios ha desaparecido o está desapareciendo», resumió la escritora Irene Lozano.
El oscuro e inescrutable papel de los algoritmos de Google o Facebook -cada vez más sofisticados, según el periodista Mario Tascón- para jerarquizar en la Red las noticias que publican los medios quedó en el aire. Y también la obsesión del periodismo por llamar la atención del «usuario» y competir con los infinitos estímulos de distracción al alcance de la mano, o del mando.
Fuente:
http://www.elmundo.es/papel/historias/2018/06/09/5b1a646a268e3e74068b45ec.html
Ilustración: Ronnie Cutrone.
Lucía Méndez
Es el concepto-fetiche de la época, pero casi nadie sabe lo que significa realmente. Lingüistas, psicólogos, periodistas o expertos en redes lo analizan en el monasterio de San Millán de la Cogolla, que ya sufrió su propio ataque de 'fake news' en el siglo V.
20 expertos analizan el fenómeno en un seminario de la Fundéu y lanzan un debate provocador: ¿y si en realidad las 'fake news' son tan viejas como el mundo?
San Millán de la Cogolla es un pequeño pueblo riojano donde el tiempo medieval permanece detenido en el monasterio de Yuso, grandiosa fortaleza del nacimiento del castellano en las notas de los monjes que ahora llamamos glosas. De esto hace más de mil años. Los escasos habitantes y los turistas sibaritas que disfrutan de la exuberante vegetación de la Sierra de la Demanda pueden escuchar el silencio del mundo y se despiertan con el canto de los pájaros. El monje eremita San Millán, que habitó en estos montes en el siglo V, pasó la mayor parte de su vida en una cueva que se conserva tal cual en el interior de otro monasterio, el de Suso, en lo más alto de la montaña. Una joya.
En tan inspirador escenario, la Fundéu -Fundación del Español Urgente nacida en la Agencia Efe y patrocinada por el BBVA- y la Fundación San Millán convocan todos los años un seminario sobre lengua y periodismo. El debate celebrado en los últimos días del pasado mes de mayo giró en torno al concepto-fetiche de esta época: la posverdad. El lenguaje en la era de la posverdad, se titulaba el seminario. Joaquín Müller, alma de la Fundéu, reunió en torno a la posverdad a una veintena de catedráticos, profesores, lingüistas, psicólogos, periodistas e investigadores de las nuevas tecnologías. Juntos exploraron con lupa de entomólogo las profundas transformaciones sociales y políticas que se derivan de las nuevas formas de comunicación entre los humanos y de las vertiginosas autopistas tecnológicas por las que circula la información, o la desinformación. De qué hablamos cuándo hablamos de posverdad.
El lugar mismo del seminario estaba muy a tono con el espíritu de una época en la que el prefijo -pos está tan de moda como las series de ambiente medieval. A pocos metros de donde descansan los cantorales de los monjes medievales, cuyas voces aún pueden escucharse en el coro de la iglesia si se hace un esfuerzo, se instalaron los algoritmos que ahora transportan el lenguaje humano. Los pájaros que anuncian el alba en estas montañas convivieron durante unos días con el pájaro de Twitter. A tono con el seminario, el propio San Millán del siglo V fue víctima de las noticias falseadas. Sus enemigos le acusaron de malversación de los dineros de la parroquia de Santa Eulalia de Berceo, y el obispo le expulsó del cargo. Así se relata en las redes sociales de la época, que son las pinturas del friso del monasterio.
Este hecho de la biografía del eremita conecta con la primera conclusión del seminario: siempre han existido las noticias falseadas, término que la Fundéu considera más preciso que el de fake news o noticias falsas.
No ha existido nunca un jardín del Edén donde la verdad resplandeciera. Esteban Illades, periodista y escritor mexicano, en su ponencia El fenómeno Trump y las noticias falsas, lo dejó claro. «Las fake news no son un fenómeno nuevo. Existe la manipulación y la desinformación desde hace siglos. Napoleón hizo branded content en la campaña egipcia».
La profesora de Filosofía Laura Alba-Juez ilustró el debate llamando la atención sobre el sentido mismo de la palabra verdad, dejando claro que es poliédrica, difícil de definir y de aprehender.
¿Cuál es entonces la razón del revuelo universal en torno a la posverdad, objeto de estudio académico en todas las universidades y de infinitas glosas periodísticas e intelectuales? La periodista Soledad Gallego-Díaz -que acaba de ser nombrada directora de El País- lo aclaró así en su lección inaugural. No son las noticias falsas de toda la vida. Ni tampoco las mentiras, que son eternas. «Se trata de noticias falseadas intencionadamente que forman parte de enormes redes de desinformación intencionada y extensiva, en las que se utiliza la prodigiosa capacidad de las nuevas tecnologías para difundirlas y llegar a todos los medios a través de los cuales accedemos a la información».
La respuesta a la alarma mundial, por tanto, no hay que buscarla en el fondo, sino en la forma. David García, investigador del Centro de Ciencias de la Complejidad de Viena, señaló que «las noticias, verdaderas o falseadas transitan sin filtro por el espacio digital. La desinformación viaja por las redes sociales seis veces más rápido que la información», según un estudio del MIT. Hablamos de menos cosas, pero habla mucha más gente. Cada individuo se ha convertido en un medio de comunicación que sólo comparte aquéllos contenidos con los que está de acuerdo, sin pararse a pensar si son verdaderos o pudieran ser falsos. Según el periodista Juan Soto Ivars, «la posverdad no es una enfermedad, sino un síntoma, y ha venido para quedarse».
¿Es que acaso los ciudadanos que se dejan embaucar por la desinformación son más ignorantes, o más crédulos, que sus antecesores? «Quien acepta las noticias falsas que circulan por la Red no es necesariamente un ignorante o alguien a quien se engaña; a menudo existe una decisión consciente de aceptar ciertas informaciones, independientemente de su veracidad, para reforzar las propias opiniones o los sentimientos», señalan las conclusiones del seminario.
¿Cómo se llega hasta el cerebro y el corazón de estas millones de personas dispuestas a tragarse cualquier cosa por estrafalaria o extravagante que sea? La respuesta hay que buscarla en la manipulación del lenguaje. Como señaló Elena Hernández, jefa del Departamento de Español al Día de la RAE, «el lenguaje crea realidad». Sobre todo «el lenguaje de las emociones», protagonista de las jornadas de San Millán en tanto que «arma de manipulación».
El psicoterapeuta Luis Muiño expuso las técnicas del «buen manipulador», que son las siguientes. «Resaltar las palabras y ocultar los hechos. Recurrir a eufemismos, no hablar claro y esconder la realidad en una nube de palabras. Usar muchas frases humo y palabras bonitas que no quieren decir nada. Convertir todos los temas en viscerales, establecer una separación radical entre nosotros y ellos y apelar al miedo». «La violencia verbal es más eficaz que la física. La única técnica de persuasión que tienen los poderosos actualmente es el lenguaje», concluye el psicólogo. «Hay que luchar contra el vaciado sistemático de las palabras», opinó el periodista Jordi Corominas. «Algunas personas emplean un lenguaje plúmbeo para dar la sensación de que están diciendo algo interesante», opinó el historiador Óscar Sainz de la Maza.
Cristina Soriano, investigadora del Centro de Ciencias Afectivas de la Universidad de Ginebra, dejó claro en su ponencia -ilustrada con estudios empíricos sobre el uso y el significado de las palabras en los diferentes idiomas- que «las emociones negativas se perciben como más intensas que las positivas, por eso están siempre presentes en los discursos que tratan de manipular». Hay lenguas que disponen de siete palabras para hablar de las emociones, mientras que en el español, se usan miles.
Sin ir más lejos, coincidiendo con la semana de este seminario, la política española se dio un atracón de lenguaje emocional en el transcurso del debate de la moción de censura que cambió el Gobierno. Términos como «traidores», «vendepatrias» o «golpe de Estado», y otros igual de gruesos se escucharon en el Congreso. La despedida de Mariano Rajoy ha deparado asimismo escenas de llanto muy llamativas en sus filas esta semana. Laura Alba-Juez, catedrática de Lingüística inglesa de la UNED, y estudiosa del lenguaje de los tabloides, apuntó que la comunicación nunca ha estado exenta de un componente emocional que no necesariamente ha de ser negativo.
El lenguaje de las emociones negativas, que viajan a toda velocidad por la Red, es fundamental en la creación de las noticias falseadas y da origen a otra de las palabras fetiche del mundo digital: burbuja. Un término que acompaña a la crisis de época, así en las finanzas como en la revolución digital. La tecnología crea burbujas «en las que los ciudadanos solo están en contacto con ideas y opiniones que coinciden con las suyas».
Lo que vemos en Facebook o en el buscador Google es lo que sus algoritmos nos preparan especialmente para nosotros. Las «cámaras de eco» inhiben la capacidad para la autocrítica e impiden tener en cuenta las opiniones de los demás.
Visitar el claustro del monasterio de Yuso es evocador y sugerente después de escuchar estas reflexiones. En la era de la comunicación global, podemos acabar como los monjes medievales, dando vueltas y vueltas bajo las arcadas de medio punto, escuchando sólo nuestros propios pensamientos.
El espinoso papel de los medios de comunicación en la era de la posverdad centró parte de los debates. Soledad Gallego-Díaz señaló que no podemos caer en la tentación de «echar la culpa a la posverdad de todo lo que no nos guste en nuestra sociedad», pero defendió que es imprescindible «defender la verdad periodística basada en hechos comprobados de acuerdo con reglas y mecanismos profesionales de verificación».
La revolución tecnológica ha dejado al periodismo tradicional a los pies de los caballos de las grandes tecnológicas. La conclusión del seminario es que «el cambio de la forma en la que los ciudadanos se acercan a las noticias (antes las buscaban, ahora les llegan a través de las redes, a menudo ya seleccionadas) favorece la difusión de las falsedades». En opinión de los ponentes, es muy importante que las personas dedicadas a la comunicación sean capaces de manejar la «inteligencia emocional».
Según Emilio Martínez, catedrático de Filosofía Moral y Política de la Universidad de Murcia, «conocer el lenguaje de las emociones nos hace ser personas más críticas». José Miguel Fernández-Dols, catedrático de Psicología Social de la Autónoma de Madrid, considera que «la prensa sí tiene un papel educativo». Los periodistas Esteban Hernández, Magda Bandera y Pablo Blázquez alertaron sobre la responsabilidad de los medios frente a la difusión de las noticias falsas y el uso del lenguaje y las metáforas.
Hubo consenso en que «los medios deben tener cuidado en el uso del lenguaje para no apelar a las emociones, sino a los hechos». Ahora bien, nadie se engaña sobre la pérdida de influencia y capacidad de la prensa para establecer qué es la verdad, y qué es la posverdad. «El papel de jerarquización y verificación de la información que hacían los medios ha desaparecido o está desapareciendo», resumió la escritora Irene Lozano.
El oscuro e inescrutable papel de los algoritmos de Google o Facebook -cada vez más sofisticados, según el periodista Mario Tascón- para jerarquizar en la Red las noticias que publican los medios quedó en el aire. Y también la obsesión del periodismo por llamar la atención del «usuario» y competir con los infinitos estímulos de distracción al alcance de la mano, o del mando.
Fuente:
http://www.elmundo.es/papel/historias/2018/06/09/5b1a646a268e3e74068b45ec.html
Ilustración: Ronnie Cutrone.
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Ronnie Cutrone
viernes, 25 de mayo de 2018
CONECTIVIDAD GLOBAL
EL UNIVERSAL, Caracas, 12 de mayo de 2018
Conocimiento y libertad
Rafael Rangel Aldao
Dos factores primordiales dictan la prosperidad de los países más avanzados del mundo, el uso intensivo de conocimientos y la conectividad global. Entre ambos facilitan las más amplias libertades democráticas y crean enormes oportunidades de superación tanto individuales como colectivas. El que no sabe es presa fácil del engaño y la manipulación, igual le ocurre a quien se aísla del resto del mundo, para ellos pobreza y sumisión.
Un país distinto solo será posible en la medida que confluyan conocimiento y conectividad en nuestro desarrollo, esto si de verdad queremos diversificar la economía de los vaivenes petroleros, cada día más impredecibles y de futuro incierto ante la creciente sustitución de las fuentes de energía no renovable. Hay países como Noruega, por ejemplo, donde a partir de 2025, no podrán circular carros de combustibles fósiles, y otros como Francia, Alemania, India y China, que seguirán el mismo ejemplo de prohibir autos que usen gasolina o diesel.
Patrimonio natural
Esta misma semana este cronista pudo observar cómo es necesario combinar conocimiento, conectividad y libertad para defender de la piratería ese patrimonio natural del país como lo es el cacao criollo, de alta demanda en Asia, que no parece satisfacer su pasión por el chocolate. Venezuela, lo sabemos, tiene el mejor cacao del mundo y sus emprendedores y maestros chocolateros ganan los más prestigiosos premios internacionales. ¡Ah!, pero la producción está seriamente amenazada ante un entorno donde está ausente la propiedad industrial, la debida capacitación y asistencia técnica a los productores que sufren de la ya endémica calamidad económica del país.
La industria requiere de conocimientos y conectividad para agregar valor al cacao, es decir, denominación geográfica, mayor productividad, mejor comercio y exportación a esos mercados crecientes. La Asamblea Nacional prepara una nueva ley de propiedad industrial para garantizar ese apoyo. ¡Sí puede haber un mejor futuro!
Fuente:
http://www.eluniversal.com/el-universal/8852/conocimiento-libertad
Conocimiento y libertad
Rafael Rangel Aldao
Dos factores primordiales dictan la prosperidad de los países más avanzados del mundo, el uso intensivo de conocimientos y la conectividad global. Entre ambos facilitan las más amplias libertades democráticas y crean enormes oportunidades de superación tanto individuales como colectivas. El que no sabe es presa fácil del engaño y la manipulación, igual le ocurre a quien se aísla del resto del mundo, para ellos pobreza y sumisión.
Un país distinto solo será posible en la medida que confluyan conocimiento y conectividad en nuestro desarrollo, esto si de verdad queremos diversificar la economía de los vaivenes petroleros, cada día más impredecibles y de futuro incierto ante la creciente sustitución de las fuentes de energía no renovable. Hay países como Noruega, por ejemplo, donde a partir de 2025, no podrán circular carros de combustibles fósiles, y otros como Francia, Alemania, India y China, que seguirán el mismo ejemplo de prohibir autos que usen gasolina o diesel.
Patrimonio natural
Esta misma semana este cronista pudo observar cómo es necesario combinar conocimiento, conectividad y libertad para defender de la piratería ese patrimonio natural del país como lo es el cacao criollo, de alta demanda en Asia, que no parece satisfacer su pasión por el chocolate. Venezuela, lo sabemos, tiene el mejor cacao del mundo y sus emprendedores y maestros chocolateros ganan los más prestigiosos premios internacionales. ¡Ah!, pero la producción está seriamente amenazada ante un entorno donde está ausente la propiedad industrial, la debida capacitación y asistencia técnica a los productores que sufren de la ya endémica calamidad económica del país.
La industria requiere de conocimientos y conectividad para agregar valor al cacao, es decir, denominación geográfica, mayor productividad, mejor comercio y exportación a esos mercados crecientes. La Asamblea Nacional prepara una nueva ley de propiedad industrial para garantizar ese apoyo. ¡Sí puede haber un mejor futuro!
Fuente:
http://www.eluniversal.com/el-universal/8852/conocimiento-libertad
miércoles, 16 de mayo de 2018
(Y DE LA CULTURA POLÍTICA LIBERAL)
ENTREVISTA
Jürgen Habermas: “¡Por Dios, nada de gobernantes filósofos!”
Borja Hermoso
A punto de cumplir 89 años, el filósofo vivo más influyente del mundo está en plena forma. El viejo profesor alemán, discípulo de Adorno y superviviente de la Escuela de Fráncfort, mantiene un pulso de hierro en sus juicios sobre las cuestiones esenciales de ahora y de siempre, que sigue destilando en libros y artículos. Los nacionalismos, la inmigración, Internet, la construcción europea y la crisis de la filosofía son algunos de los temas tratados durante este encuentro en su casa de Starnberg.
EN TORNO AL LAGO de Starnberg, a unos 50 kilómetros de Múnich, se arraciman sucesivas hileras de chalets estilo alpino. La única excepción a la apabullante dosis de melancolía, madera oscura y flores en los balcones surge en forma de un bloque blanco y compacto de esquinas suaves, con ventanas grandes y cuadradas como única concesión a la sobriedad. Es el racionalismo hecho arquitectura en el país de Heidi. La Bauhaus y su modernidad rabiosa en medio de la Baviera eterna y conservadora. Una minúscula placa blanca sobre una puerta azul confirma que ahí vive Jürgen Habermas (Düsseldorf, 1929), sin duda el filósofo vivo más influyente del mundo por trayectoria, obra publicada y actividad frenética aun hoy, cuando falta mes y medio para que cumpla 89 años. Su esposa desde hace más de 60 años, la historiadora Ute Wesselhoeft, recibe en el pequeño vestíbulo y solo tarda unos segundos en girar la cabeza y exclamar: “¡Jürgen, los señores de España han llegado!”. Ambos habitan esta casa desde 1971, cuando Habermas pasó a dirigir el Instituto Max Planck de Ciencias Sociales.
El discípulo y asistente de Theodor Adorno, además de miembro insigne de la segunda generación de la Escuela de Fráncfort y antiguo catedrático de Filosofía en la Universidad Goethe de Fráncfort avanza desde su estudio, una coqueta leonera de papeles y libros en estado de caos cuyos ventanales dan a un bosque. Da la mano con fuerza. Es muy alto, camina muy recto y tiene una espectacular mata de pelo blanco como la nieve. Saluda afable e invita a sentarse en uno de los grandes sofás. La estancia está decorada en tonos blancos y arena y acoge una pequeña colección de arte moderno que incluye pinturas de Hans Hartung, Eduardo Chillida, Sean Scully y Günter Fruhtrunk, y esculturas de Oteiza y Miró (esta última simboliza el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales recibido en 2003). Se abre imponente al visitante la biblioteca de Habermas, que aloja viejos volúmenes de Goethe y de Hölderlin, de Schiller y de Von Kleist, y filas enteras de obras de Engels, Marx, Joyce, Broch, Walser, Hermann Hesse y Günter Grass, entre otra infinidad de escritores y pensadores.
El autor de obras imprescindibles del pensamiento, la sociología y la ciencia política del siglo XX como Historia y crítica de la opinión pública, Conocimiento e interés, El espacio público, Discurso filosófico de la modernidad o Teoría de la acción comunicativa intercambia con El País Semanal impresiones acerca de algunos de los temas que le han preocupado durante seis décadas y le siguen preocupando. Con una excepción: el entrevistado prefirió esquivar toda cuestión relacionada con el pasado nazi de su país y con su propia experiencia al respecto (fue miembro de las Juventudes Hitlerianas —como tantos compatriotas suyos, obligado—). Habermas está enfadado. “Sí…, sigo enfadado con algunas de las cosas que ocurren en el mundo. Eso no es malo, ¿no?”, bromea.
Jürgen Habermas: “¡Por Dios, nada de gobernantes filósofos!”
Profesor Habermas, se habla mucho de la decadencia de la figura del intelectual comprometido. ¿Considera justo ese juicio? ¿No es a menudo un mero tema de conversación entre los propios intelectuales?
Para la figura del intelectual, tal como la conocemos en el paradigma francés, desde Zola hasta Sartre y Bourdieu, fue determinante una esfera pública cuyas frágiles estructuras están experimentando ahora un proceso acelerado de deterioro. La pregunta nostálgica de por qué ya no hay intelectuales está mal planteada. No puede haberlos si ya no hay lectores a los que seguir llegando con sus argumentos.
¿Puede pensarse que Internet ha acabado por diluir esa esfera pública que quizá garantizaban los grandes medios tradicionales y que eso ha afectado a la repercusión de los filósofos y los pensadores?
Sí. Desde Heinrich Heine, la figura histórica del intelectual ha ganado altura de la mano de la esfera pública liberal en su configuración clásica. Sin embargo, esta vive de unos supuestos culturales y sociales inverosímiles, principalmente de la existencia de un periodismo despierto, con unos medios de referencia y una prensa de masas capaz de dirigir el interés de la gran mayoría de la ciudadanía hacia temas relevantes para la formación de opinión política. Y también de la existencia de una población lectora que se interesa por la política y tiene un buen nivel educativo, acostumbrada al conflictivo proceso de formación de opinión, que saca tiempo para leer prensa independiente de calidad. Hoy en día, esta infraestructura ya no está intacta. Si acaso, que yo sepa, se mantiene en países como España, Francia y Alemania. Pero también en ellos el efecto fragmentador de Internet ha desplazado el papel de los medios de comunicación tradicionales, en todo caso entre las nuevas generaciones. Antes de que entrasen en juego estas tendencias centrífugas y atomizadoras de los nuevos medios, la desintegración de la esfera ciudadana ya había empezado con la mercantilización de la atención pública. Estados Unidos y su dominio exclusivo de la televisión privada es un ejemplo espeluzante. Ahora, los nuevos medios de comunicación practican una modalidad mucho más insidiosa de mercantilización. En ella, el objetivo no es directamente la atención de los consumidores, sino la explotación económica del perfil privado de los usuarios. Se roban los datos de los clientes sin su conocimiento para poder manipularlos mejor, a veces incluso con fines políticos perversos, como acabamos de saber a través del escándalo de Facebook.
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| El pensador alemán se asoma a una ventana de la casa donde vive con su esposa, Ute, desde 1971. |
¿No cree que Internet, más allá de sus indiscutibles ventajas, ha forjado una especie de nuevo analfabetismo?
Usted se refiere a las controversias agresivas, las burbujas y los bulos de Donald Trump en sus tuits. De este individuo no se puede decir siquiera que esté por debajo del nivel de la cultura política de su país. Trump destruye ese nivel permanentemente. Desde la invención del libro impreso, que convirtió a todas las personas en lectores en potencia, tuvieron que pasar siglos hasta que toda la población aprendió a leer. Internet, que nos convierte a todos en autores en potencia, no tiene más que un par de décadas de edad. Es posible que con el tiempo aprendamos a manejar las redes sociales de manera civilizada. Internet ya ha abierto millones de nichos subculturales útiles en los que se intercambia información fiable y opiniones fundadas. Pensemos no solo en los blogs de científicos que intensifican su labor académica por este medio, sino también, por ejemplo, en los pacientes que sufren una enfermedad rara y se ponen en contacto con otra persona en su misma situación de continente a continente para ayudarse mutuamente con sus consejos y su experiencia. Se trata, sin duda, de grandes beneficios de la comunicación, que no sirven solo para aumentar la velocidad de las transacciones bursátiles y de los especuladores. Yo soy demasiado viejo para juzgar el impulso cultural que originarán los nuevos medios. Lo que me irrita es el hecho de que se trata de la primera revolución de los medios en la historia de la humanidad que sirve ante todo a fines económicos, y no culturales.
En el paisaje hipertecnologizado de hoy, donde triunfan los mal llamados saberes útiles, ¿qué vigencia y sobre todo qué futuro tiene la filosofía?
Mire, soy de la anticuada opinión de que la filosofía debería seguir intentando responder a las preguntas de Kant: ¿qué puedo saber?, ¿qué debo hacer?, ¿qué me es dado esperar? y ¿qué es el ser humano? Sin embargo, no estoy seguro de que la filosofía, tal como la conocemos, tenga futuro. Actualmente sigue, como todas las disciplinas, la corriente hacia una especialización cada vez mayor. Y eso es un callejón sin salida, porque la filosofía debería tratar de explicar la totalidad, contribuir a la explicación racional de nuestra manera de entendernos a nosotros mismos y al mundo.
¿Qué queda de su vieja filiación marxista? ¿Sigue siendo Jürgen Habermas un hombre de izquierdas?
Llevo 65 años trabajando y luchando en la universidad y en la esfera pública a favor de postulados de izquierdas. Si desde hace un cuarto de siglo abogo por la profundización política de la Unión Europea, lo hago con la idea de que solamente ese régimen continental podría domar un capitalismo que se ha vuelto salvaje. Jamás he dejado de criticar al capitalismo, pero tampoco de ser consciente de que no bastan los diagnósticos a vuelapluma. No soy de esos intelectuales que disparan sin apuntar.
Kant + Hegel + Ilustración + marxismo desencantado = Habermas. ¿Le sirve esta ecuación para despejar la “x” de su ideología y de su pensamiento?
Si hay que expresarlo en estilo telegráfico, estoy de acuerdo, aunque no sin una pizca de la dialéctica negativa de Adorno…
Usted acuñó en 1986 el concepto político del patriotismo constitucional, que hoy suena casi medicinal frente a otros supuestos patriotismos de himno y bandera. Es mucho más difícil ejercer el primero que los segundos, ¿no?
En 1984 pronuncié una conferencia en el Congreso español por invitación de su presidente, y al acabar fuimos a comer a un restaurante histórico. Estaba, si no me equivoco, entre el Parlamento y la Puerta del Sol, en la acera de la izquierda. Sea como sea, durante la animada tertulia con nuestros impresionantes anfitriones —muchos de ellos eran compañeros socialdemócratas que habían participado en la redacción de la nueva Constitución del país—, mi esposa y yo nos enteramos de que en ese local había tenido lugar la conspiración para preparar la proclamación de la Primera República española en 1873. Al saberlo, experimentamos una sensación totalmente diferente. El patriotismo constitucional necesita un relato apropiado para que tengamos siempre presente que la Constitución es el logro de una historia nacional.
Y en ese sentido, ¿se considera usted un patriota?
Me siento patriota de un país que, por fin, tras la Segunda Guerra Mundial, dio a luz una democracia estable, y a lo largo de las subsiguientes décadas de polarización política, una cultura política liberal. No acabo de decidirme a declararlo y, de hecho, es la primera vez que lo hago, pero en este sentido sí, soy un patriota alemán, además de un producto de la cultura alemana.
¿De qué cultura alemana? ¿Solo hay una o hay culturas alemanas? Yo me siento orgulloso de esa cultura también cuando de la segunda o la tercera generación de inmigrantes turcos, iraníes, griegos, o de donde quiera que hayan llegado, aparecen de repente en la esfera pública los cineastas, los periodistas y las locutoras de televisión más fabulosos; los ejecutivos y los médicos más competentes, o los mejores literatos, políticos, músicos o profesores. Todo ello constituye una demostración palpable de la fuerza y la capacidad de regeneración de nuestra cultura. El rechazo agresivo de los populistas de derechas contra las personas sin las cuales esa demostración habría sido imposible es una majadería.
Creo que prepara un nuevo libro sobre la religión y su fuerza simbólica y semántica como remedio a ciertas lagunas de la modernidad. ¿Puede contarnos algo sobre ese proyecto?
Bueno, la verdad es que este libro no trata tanto de religión como de filosofía. Yo espero que la genealogía de un pensamiento posmetafísico desarrollado a partir de un discurso milenario sobre la fe y el conocimiento pueda contribuir a que una filosofía progresivamente degradada en ciencia no olvide su función esclarecedora.
Hablando de religiones y de guerra de religiones y culturas… Teniendo en cuenta el actual nivel de intransigencia y los fundamentalismos de todo corte, ¿cree que vamos a un choque de civilizaciones? ¿Quizá estamos ya inmersos en él?
En mi opinión, esta tesis es totalmente errónea. Las civilizaciones más antiguas e influyentes se caracterizaron por las metafísicas y las grandes religiones que estudió Max Weber. Todas ellas poseen un potencial universalista, y por eso se levantaron sobre la base de la apertura y la inclusión. Lo cierto es que el fundamentalismo religioso es un fenómeno totalmente moderno. Se remonta a los desarraigos sociales que surgieron y siguen surgiendo a consecuencia del colonialismo, la descolonización y la globalización capitalista.
Escribió en cierta ocasión que Europa debería fomentar el auge de un islam ilustrado y europeo. ¿Cree que lo está haciendo? En la República Federal de Alemania nos esforzamos por incluir en nuestras universidades la teología islámica, de manera que podamos formar profesores de religión en nuestro propio país y no tengamos que seguir importándolos de Turquía o de otros lugares. Pero, en esencia, este proceso depende de que logremos integrar verdaderamente a las familias inmigrantes. No obstante, esto no alcanza ni mucho menos a las oleadas mundiales de emigración. La única manera de hacerles frente sería combatir sus causas económicas en los países de origen.
¿Cómo se hace eso?
No me pregunte cómo conseguirlo sin cambios en el sistema económico mundial del capitalismo. Es un problema de siglos. No soy un experto, pero lea el libro de Stephan Lessenich Die Externalisierungsgesellschaft [La sociedad de la externalización] y verá que el origen de las oleadas que ahora refluyen hacia Europa y el mundo occidental está en estos mismos.
“Europa es un gigante económico y un enano político”. Firmado, Jürgen Habermas. Nada parece haber ido a mejor tras el Brexit, el auge de populismos y extremismos, los movimientos neonazis, los intentos nacionalistas de escisión en Escocia o Cataluña…
¿Sigue de cerca el problema catalán? ¿Cuál es su opinión y su diagnóstico?
Pero realmente, ¿cuál es el motivo de que un pueblo culto y avanzado como Cataluña desee estar solo en Europa? No lo comprendo. Me da la sensación de que todo se reduce a cuestiones económicas… No sé lo que pasará. ¿Usted qué cree?
Creo que pensar en aislar políticamente a una población de en torno a dos millones de personas con aspiraciones independentistas no es realista. Y desde luego, no es sencillo…
Está claro que eso es un problema, sí. Es demasiada gente.
Jürgen Habermas habla con mucha dificultad debido a un defecto de nacimiento en forma de fisura de paladar y labio leporino. Una pequeña tragedia personal para alguien cuya misión filosófica primordial ha sido poner en valor el lenguaje y la dimensión social y comunicativa del hombre como remedio de tantos males (todo ello recogido en su célebre Teoría de la acción comunicativa). El viejo profesor se muestra realista y resignado cuando, mirando por la ventana, susurra: “Ya no me gustan los grandes auditorios ni los grandes salones. No me entero bien de las cosas. Hay una cacofonía que me desespera”.
Profesor, ¿considera los Estados-nación más necesarios que nunca o por el contrario cree de algún modo que están superados?
Hum, quizá no debería decir esto, pero considero que los Estados-nación fueron algo que casi nadie se creía pero que hubo que inventar en su tiempo por razones eminentemente pragmáticas.
Siempre culpamos a los políticos del fracaso en la construcción europea, pero ¿no tenemos los ciudadanos de a pie de la UE nuestra parte de culpa? ¿De verdad creemos los europeos en la europeidad?
Veamos, hasta ahora, los liderazgos políticos y los gobiernos han llevado adelante el proyecto de manera elitista, sin incluir a las poblaciones de los países en estas complejas cuestiones. Tengo la impresión de que ni siquiera han familiarizado a los partidos políticos ni a los diputados de los Parlamentos nacionales con la complicada materia de la política europea. Bajo el lema “mamá cuida de vuestro dinero”, Merkel y Schäuble han protegido durante la crisis, de manera verdaderamente ejemplar, sus medidas contra la esfera pública.
¿Conserva Alemania una vocación de liderazgo europeo? ¿Ha confundido Alemania a veces liderazgo con hegemonía? ¿Y Francia? ¿Qué papel debe desempeñar el país que lidera su adorado presidente Macron?
Seguramente el problema ha sido, más bien, que el Gobierno federal alemán ni siquiera ha tenido el talento ni la experiencia de una potencia hegemónica. De lo contrario habría sabido que no es posible mantener Europa unida sin tener en cuenta los intereses de los demás Estados. En las dos últimas décadas, la República Federal ha actuado cada vez más como una potencia nacionalista en el terreno económico. En lo que respecta a Macron, sigue intentando persuadir a Merkel de que tiene que pensar en su imagen con vistas a los libros de historia.
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| Jürgen Habermas lee en el salón de su casa de Starnberg, cerca de Múnich |
¿Qué papel cree que puede jugar España en la mejora de la construcción europea?
España simplemente tiene que respaldar a Macron.
En artículos recientes usted ha defendido con pasión la figura del presidente Macron, quien, por cierto, es filósofo como usted. ¿Qué es lo que más le atrae de él? ¿Cree que es bueno que un líder político sea un filósofo? ¡
Por Dios, nada de gobernantes filósofos! No obstante, Macron me inspira respeto porque, en la escena política actual, es el único que se atreve a tener una perspectiva política; que, como persona intelectual y orador convincente, persigue las metas políticas acertadas para Europa; que, en las circunstancias casi desesperadas de la contienda electoral, demostró valor personal, y que, hasta ahora, desde su cargo de presidente, hace lo que dijo que iba a hacer. Y en una época de paralizante pérdida de identidad política, he aprendido a apreciar estas cualidades personales en contra de mis convicciones marxistas.
Sin embargo, es imposible por ahora saber cuál es su ideología… en el caso de que la tenga.
Sí, tiene usted razón. Hasta la fecha sigo sin ver claramente qué convicciones subyacen tras la política europea del presidente francés. Me gustaría saber si al menos es un liberal de izquierdas convencido…, y eso es lo que espero.
Esta entrevista, que pudo realizarse gracias a los buenos oficios del profesor y escritor Daniel Innerarity, es un cruce de caminos entre respuestas ofrecidas por escrito e intercambios de impresiones durante aquella mañana en Starnberg. Cuando la conversación acabó, el único superviviente de la segunda Escuela de Fráncfort desapareció de repente tras la puerta de la cocina de su casa. Volvió dibujando en su cara una sonrisa cómplice, con una botella de Rioja en una mano y otra de Riesling en la otra. España y Alemania, juntas en casa de Habermas.
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| Jürgen Habermas, durante una intervención en el refectorio de la Universidad de Fráncfort en junio de 1968. Abisag Tüllmann (BPK) |
El guardián de la conversación
Daniel Innerarity
Tres invitados sentados a comer en casa de los Habermas equivale a ir directos al grano, es decir, al pensamiento, sin la distracción de una comida que haya que valorar. Enseguida la conversación ocupaba toda la escena, y no el monólogo que podíamos haber esperado, pues Habermas escuchaba y preguntaba más de lo que intervenía. Y eso que seguramente era el único allí con verdadero derecho a la grandeza, pero que, tal vez por tenerla, era el más curioso de todos. Se tenía la sensación de estar conversando con uno de los más grandes, tal vez con el último de esos intelectuales públicos que han gozado de una autoridad que en la era de las redes sociales y la inmediatez oportunista comenzamos a echar de menos. Me atrevo a decir que el legado de Habermas no será tanto su inmensa obra escrita como ese aprecio hacia lo público y lo común, que es más una virtud cívica, una actitud intelectual, que una teoría. Habermas es, antes que nada, un entusiasta de la conversación, alguien convencido de que cuanto vale la pena ha sido el resultado de una empresa común, de lo que hemos dicho y hecho entre todos. Su preocupación fundamental ha sido siempre cómo proteger y mejorar ese espacio de la intersubjetividad porque es ahí donde realizamos los verdaderos descubrimientos y, sobre todo, el lugar en el que se edifica la convivencia democrática.
Formado en la tradición de la gran filosofía clásica alemana, a la que quiso someter a la prueba del contraste con otras formulaciones más modernas, como las teorías analíticas del lenguaje o las formulaciones republicanas de la democracia, Habermas posee una amplia cultura que no es tanto agregación de informaciones, sino transversalidad que ha constituido como un diálogo interior. En sus propuestas filosóficas están Kant, Marx y Adorno, pero no como piezas mudas de museo, sino como interlocutores a los que se puede poner a hablar con Austin, Derrida y Rawls. La totalidad no está construida en la mente de Habermas como un sistema, sino como una conversación de muchos interlocutores. Este gusto por las interpretaciones generales del mundo y la cultura es algo que parece extemporáneo en una época de fragmentación y especialismo. El primer obstáculo al que ha de hacer frente quien pretenda elaborar algo así como una teoría general de las cosas es el escepticismo de quienes lo creen imposible o al menos no tan rentable como saberlo todo de casi nada. Habermas ha resistido siempre la posible acusación de que preocuparse por la totalidad era una empresa arrogante o ingenua. Gracias a esa temeridad le debemos algo que, más que una teoría, es un hilo conductor de su visión del mundo: situar al ser humano que dialoga en el centro de todas las soluciones.
Tal vez esa pasión por el argumento público es lo que explica el sentido de responsabilidad que ha presidido su vida como intelectual público. Su tarea como profesor e investigador es inseparable de su intervención continua en los grandes debates que han tenido lugar en los últimos decenios, ya fuera el uso público de la historia, los riesgos de la intervención genética o, más recientemente, el modo como Europa debía resolver sus crisis. Si Voltaire resumía todos nuestros deberes en que hemos de cultivar nuestro propio jardín, Habermas parecía haber traducido esa metáfora en el cuidado de la conversación. Nos daba así la lección a los comensales de que el dominio público no debe ser imaginado como un gigantesco y solemne debate entre los poderosos de este mundo, sino también como una charla de sobremesa en la que por cierto no siempre estábamos de acuerdo.
Fotografías: Gorka Lejarcegi.
Fuente:
https://elpais.com/elpais/2018/04/25/eps/1524679056_056165.html?por=mosaico
jueves, 29 de marzo de 2018
LA DIGNIDAD DE LOS VENCIDOS
EL MUNDO, Barcelona, 24 de marzo de 2018
LOS INTELECTUALES Y ESPAÑA
Arcadi Espada
"Los políticos pagan como es debido por sus errores, los periodistas no"
Rafa Latorre
Francisco Camps fue un político de éxito, de los que se bañan en masas. A Arcadi Espada (Barcelona, 1957) no le interesó hasta que yació (políticamente) a dos metros bajo tierra. El periodista ya se había ocupado de otros apestados, como unos franquistas buenos que salvaron judíos o unas familias acusadas de vender a sus hijos en el Raval. Un buen tío es la revisión de una condena perpetua que no fue dictada por un juez.
¿Le gustan las historias de perdedores?
Hoy la mayor parte de los periodistas son ñoños, es un oficio dominado por la corrección política, por el que dirán. Acabo de cumplir sesenta años y yo quiero recordar que hubo una vez en la cual, se hacía peor periodismo que ahora pero no era un periodismo ñoño y un periodista no habría entendido que le hicieran esta pregunta. Porque un periodista habría ido a contrapelo de la vida. Se habría ocupado de los losers, de los desheredados, de los humillados, de los ofendidos.
Usted escribió hace 20 años que: "No siempre los perdedores llevan razón, o no la llevan en todo lo que defienden, pero estar con ellos te evita muchos quebraderos de cabeza (...) Si a uno le abandona la razón objetiva, siempre le quedará la razón moral". Era en realidad una advertencia.
Ahí más que la razón moral debería haber dicho la razón estética. Un perdedor es algo con lo que hay que tener mucho cuidado, porque es muy seductor. Cuando la gente me dice, 'pero ¿cómo se atreve a escribir sobre Francisco Camps?', yo reacciono airadamente pero en el fondo tengo una enorme satisfacción, pues qué dandismo más extravagante escribir sobre una persona que tiene tan poco que ver conmigo. Aunque a lo mejor tiene más que ver de lo que yo pienso. Ocuparse de los perdedores, de los vencidos es lo que los periodistas hacíamos porque ahí estaba buena parte de la razón moral, ahí estaba la razón estética y ahí estaba lo más extraordinario de nuestro oficio. Hay un plus muy interesante en el trabajo sobre el caso Raval, los franquistas que salvaron judíos [En nombre de Franco] o sobre Francisco Camps. Toda esta gente está en un rincón de la cochiquera y tú vas allí y hablas con ellos, te das cuenta de que son gente vencida y de que conservan una dignidad que no tiene nada que ver con su derrota. Francisco Camps lleva razón, los franquistas que salvaron judíos llevan razón, las familias a las que arrebataron sus hijos en el Raval llevan razón y llevan razón en Cataluña todos los que se han opuesto a la desagradable dictadura del nacionalismo.
Da la sensación de que quien menos le comprende son los demás periodistas.
Es que los periodistas somos una gente extraordinaria. Nos pasamos la vida poniendo de vuelta y media a todo dios, hasta que llega alguien y se ocupa de un pequeño error, sintáctico o moral, y entonces ponemos el grito en el cielo, empezamos a odiarle y decimos que perro no come perro y esas sandeces que forman parte de lo peor de nuestro oficio.
Sin embargo usted se sigue tomando muy en serio los periódicos. Ha hecho casi un género de tomarse en serio los periódicos.
En las primeras páginas de este libro digo con una cierta ironía que casi soy un personaje patético porque tal vez sea el último hombre que se tomó en serio los periódicos. Cómo no me los voy a tomar en serio si yo todo lo he aprendido de los periódicos. Yo me leo los periódicos hasta el final, además, como Noam Chomsky [La verdad está en el último párrafo"]. Debería haber más gente que se ocupase de los periódicos porque los periódicos son cada vez más importantes. Si usted sale ahora a la calle y pregunta: ¿usted se acuerda de un presidente que se llama Francisco Camps? Sí, claro que me acuerdo, un corrupto de Valencia. ¿Usted sabe que fue juzgado? Y tanto que fue juzgado: fue condenado... esa es la percepción que la gente tiene sobre Camps. ¿Quién ha creado esa percepción completamente devastadora y errónea? Los periódicos. Siguen organizando el guion del mundo. Las televisiones les ponen a los periódicos un poco de hígado, algunos fluidos, bilis, lágrimas... esas cosas, pero el guion es el de los periódicos. También organizan la conversación de Twitter sin que se les pague derechos de autor. Los periódicos siguen siendo fundamentales en la vida de los hombres aunque como negocio estén a punto de desaparecer. Ocuparse de ellos es una obligación intelectual de primer orden.
¿Usted lee Twitter? ¿Le interesa lo que dicen de usted ahí?
Yo estás cosas me las sé porque tuve un blog que tuvo mucho éxito a partir del año 2004. Duró tres años. Ahí se hacían muchos comentarios y vi el nacimiento de cuestiones como el anonimato o los trolls. Luego salió Twitter y durante una época lo miraba, me di cuenta de que era todo aquello que ya conocía y lo dejé. Eso sí, hice una antología durante algunos meses de la cantidad de insultos que me dedicaban. Pero por cuestiones extraordinarias. Porque a mí que me insulten los nacionalistas me parece casi obligatorio, que me insulten los católicos también me parece obligatorio, que me insulten las mujeres también me parece normal, yo soy un carcamal perfecto. Lo que me sorprendió muchísimo es que me insultaran los partidarios de Fernando Alonso, por ejemplo, porque una vez se me ocurrió decir que siempre perdía, cosa que no era una opinión sino un hecho. Eso me costó una serie de insultos tal que me llevó a hacer unos PDF que por cierto tiene la Guardia Civil y que estoy esperando que hagan algo respecto de algunas amenazas de muerte.
Uno lee Twitter y da la impresión de que usted es un psicópata. Bueno, quizás le consuele saber que también da esa impresión de Javier Marías.
Las personas que escribimos con nuestra lengua, y Javier lo hace en sus artículos, tenemos unos graves problemas, porque ahora hay que escribir con la lengua del otro. No lo van a conseguir. Yo me moriré o dejaré el oficio antes de escribir con la lengua de los otros. Ni la lengua de las mujeres, ni la lengua de los políticos, ni la lengua de los futbolistas. Yo escribo con mi lengua, que es como deberían escribir todos los periodistas, porque las palabras que hay que utilizar para hacer periodismo no son las palabras de los gremios, ni físicos ni morales, son las palabras de todos y no pueden estar ceñidas, dictaminadas y judicializadas por lo que cada gremio diga. Hoy [martes 20 de marzo] hay una carta en nuestro periódico en la que le reprochan a Raúl del Pozo que utilice el asperger como metáfora. Yo contestaría: mire, yo pongo esto porque me da la gana. Cuando a alguien lo acusan de hacer metáforas están muy cerca de que se te hinchen las pelotas.
Cuando los periódicos se ocupan del caso de los trajes de Camps estamos en los albores de las redes sociales. No tenían la influencia de hoy.
Hay una cosa en este libro que es muy extravagante. Porque nos pasamos la vida diciendo: claro, el periodismo de ahora está mal pagado, los becarios están subyugados... No digo que no sea cierto que el periodismo se ha proletarizado. Los responsables de estas 400 y pico de páginas [señala su libro] son periodistas muy bien pagados, veteranos, alguno de ellos premiado, y no me consta que haya ningún becario entre ellos. El periodismo de hoy es mucho mejor que el de hace 20 años pero en el periodismo se siguen cometiendo gravísimos errores y al contrario de lo ocurre con los jueces o los médicos o los políticos, esos gravísimos errores no se pagan como es debido.
A la hora de explicar el tratamiento mediático de su caso, Camps, hombre religioso, cree en una teoría del diseño inteligente. Una conspiración, vamos. Usted tiene una teoría más profana donde operan la pereza, el sectarismo y también algún componente personal.
Los componentes personales son difíciles de analizar. Pero cómo puedo yo soslayar que la peculiar posición de Valencia en el mundo, esa especie de doble desprecio madrileño y catalán, está en el origen de buena parte del trato que Camps recibe en el periódico. Los titulares que escribe El País sobre Camps jamás se habría atrevido a escribirlos sobre Pujol. Es más, no se ha atrevido a escribirlos sobre Pujol. No estoy hablando de una ucronía sino de algo que es comprobable.
Pero el director de El País de entonces, Javier Moreno, es valenciano.
Claro. Cómo puedo yo sostener, si no es mediante un juicio de intenciones, que Javier Moreno representa una Valencia que es contradictoria con la Valencia que representa Francisco Camps. Por razones sociológicas, estéticas, políticas e ideológicas. Es una hipótesis. Por eso le escribí una carta a Moreno, para preguntarle cómo es que le dedicó 169 portadas durante tres años a un hombre que se había comprado cuatro trajes. ¿Por qué el señor Moreno no contesta a mi carta? Es director de la Escuela de Periodismo de El País. Mi amigo Juan Abreu me dice que lo que debe hacer Francisco Camps es sentarse con un montón de libros en la puerta de la Escuela de El País y darle uno gratis a cada alumno que entre. Tome usted, este es el libro del curso. Un buen tío. Cuando me detallen los errores de este libro los corregiré. ¿Por qué El País no ha pedido perdón en un editorial por haber defendido durante tres años algo que era falso?
En el caso de Camps, y también lo he visto en el caso de Jordi Cañas, ni siquiera la dimisión redime.
¿Sabe usted lo que escribe El País el día de la absolución? Que el jurado ha tomado una decisión política, es decir, que han votado no en razón de la verdad sino en razón de la ideología. Esto dice El País en un editorial. Y luego le reprocha que tiene faltas de ortografía. A Llarena no se lo reprocha, claro. Ni a Garzón.
Usted asegura que Camps no es más que un concepto pero en su escritura percibo cierto cariño hacia él. Algo que va más allá del respeto y por supuesto de la frialdad del concepto.
Sí, me cae bien, Camps. Pero es irrelevante. No debería notarse en el libro. Si se nota en un exceso que oscurezca el análisis, habrá sido un error. Pero es el momento de decirlo: Camps me cae bien. Porque me parece un político inteligente, honrado y trabajador. Y un hombre tocado a veces de un humor negro que me lo hace bastante agradable. Como cuando dice que cuando tiene que rellenar un formulario tiene siempre la tentación de poner en el campo de la profesión: imputado. Ah, y porque considero que es un completo inocente. Hay que decir una cosa. Yo he conocido al loser. Al Camps perdedor, a un hombre vencido. Al hombre de los éxitos, del entusiasmo, no lo he conocido.
El método de análisis que usted utiliza para este caso también se puede aplicar a otros casos serializados por la prensa, ¿verdad?
Hombre, ¿usted se imagina aplicar esto que he hecho con Camps a las informaciones de El Mundo sobre el 11-M? ¿Sobre los agujeros negros? Sería un ejercicio maravilloso. ¿Y se imagina hacerlo con lo que publicó El País sobre el Prestige? [Arcadi Espada asume que el estilo es una cuestión moral. Cuando está llegando al final del libro, el lector de Un buen tío experimenta una sensación parecida a la que experimenta el lector de Moby Dick, aquel tedio infinito y degradante con el que Herman Melville pretendía acercar el ambiente que se vivía a bordo del Pequod. El lector de Un buen tío llega a exclamar: "¡Otra maldita portada!", mientras que la voz del narrador se va desesperando cada vez más.]
En su método narrativo hay una segunda voz que relata los hechos sin citar la fuente de la que proceden. Sin trazabilidad, como si le pidiera a los lectores una cuestión de fe.
¡Fíjese usted lo que me está diciendo! ¡Es maravilloso! ¡Una cuestión de fe! Éste es un punto clave. Los periódicos eran antes aduanas y hoy son orinales. Ahora está todo junto. Da igual que sea la UDEF, que sea Pujol, que sea Espada con sus locuras... ¿Sabe usted que hay periodistas que cuando los llama un juez se escudan en que lo que han escrito se lo ha dicho la UDEF? ¿Y? ¿Por qué la UDEF no escribe un artículo y lo firma? No, mire, el que firma una información se responsabiliza de esa información desde la primera comilla hasta la última. Yo quiero que esa responsabilidad vuelva a estar en el centro de la participación del periodismo en la construcción de lo real. A mí me pasa como a Jordi Pujol cuando decía aquello de ¿quién coño es la UDEF? Porque en eso Pujol tenía mucha razón. ¿Sabe cuál es el problema de los periodistas que no son sectarios? Que Jordi Pujol tiene razón a veces y que nosotros, los periodistas, hemos publicado informaciones absolutamente vejatorias y falsas sobre él, que no es, como comprenderá, de las personas más simpáticas del mundo para mí. Cuando yo sé algo, lo escribo y me responsabilizo de ello.
¿La confesión de Ricardo Costa no le ha hecho cambiar su percepción de Francisco Camps?
Este libro se ocupa de los trajes de Camps. De nada más. Pero yo me ocupo de lo que me da la gana y por supuesto me puedo ocupar de Ricardo Costa y de su confesión. Vamos, su supuesta confesión. Porque al final esa confesión consistía en la obediencia debida. Patético. No cambiaré mi percepción sobre la honradez de Francisco Camps, en todo lo que yo conozco de Francisco Camps, incluida la financiación supuestamente ilegal del PP. Porque he llegado a formarme una idea sobre ese asunto. La obligación del señor Ricardo Costa, al igual que la del señor Álvaro Pérez era haber presentado pruebas sobre lo que estaba diciendo. No lo hicieron y yo soy muy sensible a las pruebas.
Usted dice que la mentira es seductora mientras que la verdad es menos combativa.
Yo le recriminaba una vez a Camps una estrategia mediática [su abogado le aconsejó no contestar a los medios] en la que yo creo que se equivocó y él me decía: "Admito que puedo haberme equivocado pero usted no sabe la vergüenza que yo pasaba, al plantearme la posibilidad, al principio de los tiempos, de que un presidente de la Generalidad tuviera que ir a hablar en una rueda de prensa de cuatro trajes. Me daba una vergüenza infinita". Yo lo comprendí la noche en que me lo explicó. El pudor.
¿No cree que el proceso mediático de Camps es indisociable del estallido de la crisis?
¿Usted recuerda aquella portada en la que El País abre con una información que dice que Costa llama a Camps o al revés [cuatro columnas]? Ese mismo día, al lado, en pequeño [una columna], informa de una reunión decisiva para el futuro del euro. A mí el caso Camps me ha interesado por muchas razones y una de ellas es que para mí el nacimiento del populismo judicial y mediático está ahí. Se pueden buscar precedentes, claro. Garzón es la cuna del populismo judicial. Pero la pena del telediario en su acepción más brutal y más ruda es este caso. Y esto no se hubiera producido en las mismas circunstancias [sin la crisis]. Aquí ha habido un ajuste de cuentas. Las sociedades derrochadoras, dilapidadoras, teníamos que ajustar las cuentas en el sentido del balance, de que teníamos que pagar lo que debíamos, pero también debíamos ajustar las cuentas a los presuntos malvados como Camps. Este libro se podría haber titulado, en lugar de Un buen tío, El ajuste de cuentas.
Todo lo que tuvo la comunidad valenciana lo tuvo Cataluña. Quiebra y corrupción. Es más, en Cataluña sí que hay una sentencia por la financiación ilegal del partido en el gobierno. Pero la clase dirigente catalana no sólo no fue el chivo expiatorio de la crisis sino que se regaló una república a sí misma.
Una de las características del nacionalismo en Cataluña es que no ha pagado nunca por nada. Es el culpable desde hace 40 años de haber llevado a una sociedad bastante interesante a la decadencia y todavía es la hora de que pague un ápice. Es más, ahora estamos observando una maravillosa exhibición de la típica sinvergonzonería catalana. La exhibe una persona como Mas Colell. El típico sinvergüenza catalán. Una de esas personas de las que se ha exagerado mucho su competencia científica. Admitamos que es un buen economista, que su manual de microeconomía está bien y que es un punto de referencia para muchos estudiantes. Es un sinvergüenza. En vez de ponerse de hinojos, de pedir humildemente perdón, arrodillado, con las rodillas llagadas y hechas sangre putrefacta; todavía es la hora de que se quite esa mirada soberbia de la cara y dé explicaciones de por qué puso su prestigio al servicio de una causa infame. Y él es el paradigma, pero hay cientos de personas así en Cataluña. De Mas Colell a Rosa María Sardá, por recorrer todo el espectro.
Usted se fue a visitar al sastre José Tomás, clave para imputar a Camps, en un viaje penoso a Villaviciosa. La cosa terminó de una manera algo desagradable. ¿Mereció la pena?
Mereció la pena. El caso Camps se sostiene en un hombre: el sastre José Tomás. Ese hombre había mentido cuatro veces antes y a pesar de ello se atiende a su testimonio. Él había dicho primero ante Garzón que Camps se pagaba los trajes y luego dijo que no. En el juicio oral vuelve a decir que no se pagó sus trajes y eso es lo que permite llegar al juicio. Años después, voy a visitarle y, en el colmo de su labor de insider, me dice que Álvaro Pérez se acostaba con él [Francisco Camps] y con ella [Isabel Bas, la mujer de Camps]. Con él y con ella. Él y ella. Cualquiera que llegue al final del libro y lea esta escena puede ver cómo se desmorona todo.
Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2018/03/24/5ab506d622601dfe2c8b4666.html
Fotografía: Antonio Heredia.
LOS INTELECTUALES Y ESPAÑA
Arcadi Espada
"Los políticos pagan como es debido por sus errores, los periodistas no"
Rafa Latorre
Francisco Camps fue un político de éxito, de los que se bañan en masas. A Arcadi Espada (Barcelona, 1957) no le interesó hasta que yació (políticamente) a dos metros bajo tierra. El periodista ya se había ocupado de otros apestados, como unos franquistas buenos que salvaron judíos o unas familias acusadas de vender a sus hijos en el Raval. Un buen tío es la revisión de una condena perpetua que no fue dictada por un juez.
¿Le gustan las historias de perdedores?
Hoy la mayor parte de los periodistas son ñoños, es un oficio dominado por la corrección política, por el que dirán. Acabo de cumplir sesenta años y yo quiero recordar que hubo una vez en la cual, se hacía peor periodismo que ahora pero no era un periodismo ñoño y un periodista no habría entendido que le hicieran esta pregunta. Porque un periodista habría ido a contrapelo de la vida. Se habría ocupado de los losers, de los desheredados, de los humillados, de los ofendidos.
Usted escribió hace 20 años que: "No siempre los perdedores llevan razón, o no la llevan en todo lo que defienden, pero estar con ellos te evita muchos quebraderos de cabeza (...) Si a uno le abandona la razón objetiva, siempre le quedará la razón moral". Era en realidad una advertencia.
Ahí más que la razón moral debería haber dicho la razón estética. Un perdedor es algo con lo que hay que tener mucho cuidado, porque es muy seductor. Cuando la gente me dice, 'pero ¿cómo se atreve a escribir sobre Francisco Camps?', yo reacciono airadamente pero en el fondo tengo una enorme satisfacción, pues qué dandismo más extravagante escribir sobre una persona que tiene tan poco que ver conmigo. Aunque a lo mejor tiene más que ver de lo que yo pienso. Ocuparse de los perdedores, de los vencidos es lo que los periodistas hacíamos porque ahí estaba buena parte de la razón moral, ahí estaba la razón estética y ahí estaba lo más extraordinario de nuestro oficio. Hay un plus muy interesante en el trabajo sobre el caso Raval, los franquistas que salvaron judíos [En nombre de Franco] o sobre Francisco Camps. Toda esta gente está en un rincón de la cochiquera y tú vas allí y hablas con ellos, te das cuenta de que son gente vencida y de que conservan una dignidad que no tiene nada que ver con su derrota. Francisco Camps lleva razón, los franquistas que salvaron judíos llevan razón, las familias a las que arrebataron sus hijos en el Raval llevan razón y llevan razón en Cataluña todos los que se han opuesto a la desagradable dictadura del nacionalismo.
Da la sensación de que quien menos le comprende son los demás periodistas.
Es que los periodistas somos una gente extraordinaria. Nos pasamos la vida poniendo de vuelta y media a todo dios, hasta que llega alguien y se ocupa de un pequeño error, sintáctico o moral, y entonces ponemos el grito en el cielo, empezamos a odiarle y decimos que perro no come perro y esas sandeces que forman parte de lo peor de nuestro oficio.
Sin embargo usted se sigue tomando muy en serio los periódicos. Ha hecho casi un género de tomarse en serio los periódicos.
En las primeras páginas de este libro digo con una cierta ironía que casi soy un personaje patético porque tal vez sea el último hombre que se tomó en serio los periódicos. Cómo no me los voy a tomar en serio si yo todo lo he aprendido de los periódicos. Yo me leo los periódicos hasta el final, además, como Noam Chomsky [La verdad está en el último párrafo"]. Debería haber más gente que se ocupase de los periódicos porque los periódicos son cada vez más importantes. Si usted sale ahora a la calle y pregunta: ¿usted se acuerda de un presidente que se llama Francisco Camps? Sí, claro que me acuerdo, un corrupto de Valencia. ¿Usted sabe que fue juzgado? Y tanto que fue juzgado: fue condenado... esa es la percepción que la gente tiene sobre Camps. ¿Quién ha creado esa percepción completamente devastadora y errónea? Los periódicos. Siguen organizando el guion del mundo. Las televisiones les ponen a los periódicos un poco de hígado, algunos fluidos, bilis, lágrimas... esas cosas, pero el guion es el de los periódicos. También organizan la conversación de Twitter sin que se les pague derechos de autor. Los periódicos siguen siendo fundamentales en la vida de los hombres aunque como negocio estén a punto de desaparecer. Ocuparse de ellos es una obligación intelectual de primer orden.
¿Usted lee Twitter? ¿Le interesa lo que dicen de usted ahí?
Yo estás cosas me las sé porque tuve un blog que tuvo mucho éxito a partir del año 2004. Duró tres años. Ahí se hacían muchos comentarios y vi el nacimiento de cuestiones como el anonimato o los trolls. Luego salió Twitter y durante una época lo miraba, me di cuenta de que era todo aquello que ya conocía y lo dejé. Eso sí, hice una antología durante algunos meses de la cantidad de insultos que me dedicaban. Pero por cuestiones extraordinarias. Porque a mí que me insulten los nacionalistas me parece casi obligatorio, que me insulten los católicos también me parece obligatorio, que me insulten las mujeres también me parece normal, yo soy un carcamal perfecto. Lo que me sorprendió muchísimo es que me insultaran los partidarios de Fernando Alonso, por ejemplo, porque una vez se me ocurrió decir que siempre perdía, cosa que no era una opinión sino un hecho. Eso me costó una serie de insultos tal que me llevó a hacer unos PDF que por cierto tiene la Guardia Civil y que estoy esperando que hagan algo respecto de algunas amenazas de muerte.
Uno lee Twitter y da la impresión de que usted es un psicópata. Bueno, quizás le consuele saber que también da esa impresión de Javier Marías.
Las personas que escribimos con nuestra lengua, y Javier lo hace en sus artículos, tenemos unos graves problemas, porque ahora hay que escribir con la lengua del otro. No lo van a conseguir. Yo me moriré o dejaré el oficio antes de escribir con la lengua de los otros. Ni la lengua de las mujeres, ni la lengua de los políticos, ni la lengua de los futbolistas. Yo escribo con mi lengua, que es como deberían escribir todos los periodistas, porque las palabras que hay que utilizar para hacer periodismo no son las palabras de los gremios, ni físicos ni morales, son las palabras de todos y no pueden estar ceñidas, dictaminadas y judicializadas por lo que cada gremio diga. Hoy [martes 20 de marzo] hay una carta en nuestro periódico en la que le reprochan a Raúl del Pozo que utilice el asperger como metáfora. Yo contestaría: mire, yo pongo esto porque me da la gana. Cuando a alguien lo acusan de hacer metáforas están muy cerca de que se te hinchen las pelotas.
Cuando los periódicos se ocupan del caso de los trajes de Camps estamos en los albores de las redes sociales. No tenían la influencia de hoy.
Hay una cosa en este libro que es muy extravagante. Porque nos pasamos la vida diciendo: claro, el periodismo de ahora está mal pagado, los becarios están subyugados... No digo que no sea cierto que el periodismo se ha proletarizado. Los responsables de estas 400 y pico de páginas [señala su libro] son periodistas muy bien pagados, veteranos, alguno de ellos premiado, y no me consta que haya ningún becario entre ellos. El periodismo de hoy es mucho mejor que el de hace 20 años pero en el periodismo se siguen cometiendo gravísimos errores y al contrario de lo ocurre con los jueces o los médicos o los políticos, esos gravísimos errores no se pagan como es debido.
A la hora de explicar el tratamiento mediático de su caso, Camps, hombre religioso, cree en una teoría del diseño inteligente. Una conspiración, vamos. Usted tiene una teoría más profana donde operan la pereza, el sectarismo y también algún componente personal.
Los componentes personales son difíciles de analizar. Pero cómo puedo yo soslayar que la peculiar posición de Valencia en el mundo, esa especie de doble desprecio madrileño y catalán, está en el origen de buena parte del trato que Camps recibe en el periódico. Los titulares que escribe El País sobre Camps jamás se habría atrevido a escribirlos sobre Pujol. Es más, no se ha atrevido a escribirlos sobre Pujol. No estoy hablando de una ucronía sino de algo que es comprobable.
Pero el director de El País de entonces, Javier Moreno, es valenciano.
Claro. Cómo puedo yo sostener, si no es mediante un juicio de intenciones, que Javier Moreno representa una Valencia que es contradictoria con la Valencia que representa Francisco Camps. Por razones sociológicas, estéticas, políticas e ideológicas. Es una hipótesis. Por eso le escribí una carta a Moreno, para preguntarle cómo es que le dedicó 169 portadas durante tres años a un hombre que se había comprado cuatro trajes. ¿Por qué el señor Moreno no contesta a mi carta? Es director de la Escuela de Periodismo de El País. Mi amigo Juan Abreu me dice que lo que debe hacer Francisco Camps es sentarse con un montón de libros en la puerta de la Escuela de El País y darle uno gratis a cada alumno que entre. Tome usted, este es el libro del curso. Un buen tío. Cuando me detallen los errores de este libro los corregiré. ¿Por qué El País no ha pedido perdón en un editorial por haber defendido durante tres años algo que era falso?
En el caso de Camps, y también lo he visto en el caso de Jordi Cañas, ni siquiera la dimisión redime.
¿Sabe usted lo que escribe El País el día de la absolución? Que el jurado ha tomado una decisión política, es decir, que han votado no en razón de la verdad sino en razón de la ideología. Esto dice El País en un editorial. Y luego le reprocha que tiene faltas de ortografía. A Llarena no se lo reprocha, claro. Ni a Garzón.
Usted asegura que Camps no es más que un concepto pero en su escritura percibo cierto cariño hacia él. Algo que va más allá del respeto y por supuesto de la frialdad del concepto.
Sí, me cae bien, Camps. Pero es irrelevante. No debería notarse en el libro. Si se nota en un exceso que oscurezca el análisis, habrá sido un error. Pero es el momento de decirlo: Camps me cae bien. Porque me parece un político inteligente, honrado y trabajador. Y un hombre tocado a veces de un humor negro que me lo hace bastante agradable. Como cuando dice que cuando tiene que rellenar un formulario tiene siempre la tentación de poner en el campo de la profesión: imputado. Ah, y porque considero que es un completo inocente. Hay que decir una cosa. Yo he conocido al loser. Al Camps perdedor, a un hombre vencido. Al hombre de los éxitos, del entusiasmo, no lo he conocido.
El método de análisis que usted utiliza para este caso también se puede aplicar a otros casos serializados por la prensa, ¿verdad?
Hombre, ¿usted se imagina aplicar esto que he hecho con Camps a las informaciones de El Mundo sobre el 11-M? ¿Sobre los agujeros negros? Sería un ejercicio maravilloso. ¿Y se imagina hacerlo con lo que publicó El País sobre el Prestige? [Arcadi Espada asume que el estilo es una cuestión moral. Cuando está llegando al final del libro, el lector de Un buen tío experimenta una sensación parecida a la que experimenta el lector de Moby Dick, aquel tedio infinito y degradante con el que Herman Melville pretendía acercar el ambiente que se vivía a bordo del Pequod. El lector de Un buen tío llega a exclamar: "¡Otra maldita portada!", mientras que la voz del narrador se va desesperando cada vez más.]
En su método narrativo hay una segunda voz que relata los hechos sin citar la fuente de la que proceden. Sin trazabilidad, como si le pidiera a los lectores una cuestión de fe.
¡Fíjese usted lo que me está diciendo! ¡Es maravilloso! ¡Una cuestión de fe! Éste es un punto clave. Los periódicos eran antes aduanas y hoy son orinales. Ahora está todo junto. Da igual que sea la UDEF, que sea Pujol, que sea Espada con sus locuras... ¿Sabe usted que hay periodistas que cuando los llama un juez se escudan en que lo que han escrito se lo ha dicho la UDEF? ¿Y? ¿Por qué la UDEF no escribe un artículo y lo firma? No, mire, el que firma una información se responsabiliza de esa información desde la primera comilla hasta la última. Yo quiero que esa responsabilidad vuelva a estar en el centro de la participación del periodismo en la construcción de lo real. A mí me pasa como a Jordi Pujol cuando decía aquello de ¿quién coño es la UDEF? Porque en eso Pujol tenía mucha razón. ¿Sabe cuál es el problema de los periodistas que no son sectarios? Que Jordi Pujol tiene razón a veces y que nosotros, los periodistas, hemos publicado informaciones absolutamente vejatorias y falsas sobre él, que no es, como comprenderá, de las personas más simpáticas del mundo para mí. Cuando yo sé algo, lo escribo y me responsabilizo de ello.
¿La confesión de Ricardo Costa no le ha hecho cambiar su percepción de Francisco Camps?
Este libro se ocupa de los trajes de Camps. De nada más. Pero yo me ocupo de lo que me da la gana y por supuesto me puedo ocupar de Ricardo Costa y de su confesión. Vamos, su supuesta confesión. Porque al final esa confesión consistía en la obediencia debida. Patético. No cambiaré mi percepción sobre la honradez de Francisco Camps, en todo lo que yo conozco de Francisco Camps, incluida la financiación supuestamente ilegal del PP. Porque he llegado a formarme una idea sobre ese asunto. La obligación del señor Ricardo Costa, al igual que la del señor Álvaro Pérez era haber presentado pruebas sobre lo que estaba diciendo. No lo hicieron y yo soy muy sensible a las pruebas.
Usted dice que la mentira es seductora mientras que la verdad es menos combativa.
Yo le recriminaba una vez a Camps una estrategia mediática [su abogado le aconsejó no contestar a los medios] en la que yo creo que se equivocó y él me decía: "Admito que puedo haberme equivocado pero usted no sabe la vergüenza que yo pasaba, al plantearme la posibilidad, al principio de los tiempos, de que un presidente de la Generalidad tuviera que ir a hablar en una rueda de prensa de cuatro trajes. Me daba una vergüenza infinita". Yo lo comprendí la noche en que me lo explicó. El pudor.
¿No cree que el proceso mediático de Camps es indisociable del estallido de la crisis?
¿Usted recuerda aquella portada en la que El País abre con una información que dice que Costa llama a Camps o al revés [cuatro columnas]? Ese mismo día, al lado, en pequeño [una columna], informa de una reunión decisiva para el futuro del euro. A mí el caso Camps me ha interesado por muchas razones y una de ellas es que para mí el nacimiento del populismo judicial y mediático está ahí. Se pueden buscar precedentes, claro. Garzón es la cuna del populismo judicial. Pero la pena del telediario en su acepción más brutal y más ruda es este caso. Y esto no se hubiera producido en las mismas circunstancias [sin la crisis]. Aquí ha habido un ajuste de cuentas. Las sociedades derrochadoras, dilapidadoras, teníamos que ajustar las cuentas en el sentido del balance, de que teníamos que pagar lo que debíamos, pero también debíamos ajustar las cuentas a los presuntos malvados como Camps. Este libro se podría haber titulado, en lugar de Un buen tío, El ajuste de cuentas.
Todo lo que tuvo la comunidad valenciana lo tuvo Cataluña. Quiebra y corrupción. Es más, en Cataluña sí que hay una sentencia por la financiación ilegal del partido en el gobierno. Pero la clase dirigente catalana no sólo no fue el chivo expiatorio de la crisis sino que se regaló una república a sí misma.
Una de las características del nacionalismo en Cataluña es que no ha pagado nunca por nada. Es el culpable desde hace 40 años de haber llevado a una sociedad bastante interesante a la decadencia y todavía es la hora de que pague un ápice. Es más, ahora estamos observando una maravillosa exhibición de la típica sinvergonzonería catalana. La exhibe una persona como Mas Colell. El típico sinvergüenza catalán. Una de esas personas de las que se ha exagerado mucho su competencia científica. Admitamos que es un buen economista, que su manual de microeconomía está bien y que es un punto de referencia para muchos estudiantes. Es un sinvergüenza. En vez de ponerse de hinojos, de pedir humildemente perdón, arrodillado, con las rodillas llagadas y hechas sangre putrefacta; todavía es la hora de que se quite esa mirada soberbia de la cara y dé explicaciones de por qué puso su prestigio al servicio de una causa infame. Y él es el paradigma, pero hay cientos de personas así en Cataluña. De Mas Colell a Rosa María Sardá, por recorrer todo el espectro.
Usted se fue a visitar al sastre José Tomás, clave para imputar a Camps, en un viaje penoso a Villaviciosa. La cosa terminó de una manera algo desagradable. ¿Mereció la pena?
Mereció la pena. El caso Camps se sostiene en un hombre: el sastre José Tomás. Ese hombre había mentido cuatro veces antes y a pesar de ello se atiende a su testimonio. Él había dicho primero ante Garzón que Camps se pagaba los trajes y luego dijo que no. En el juicio oral vuelve a decir que no se pagó sus trajes y eso es lo que permite llegar al juicio. Años después, voy a visitarle y, en el colmo de su labor de insider, me dice que Álvaro Pérez se acostaba con él [Francisco Camps] y con ella [Isabel Bas, la mujer de Camps]. Con él y con ella. Él y ella. Cualquiera que llegue al final del libro y lea esta escena puede ver cómo se desmorona todo.
Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2018/03/24/5ab506d622601dfe2c8b4666.html
Fotografía: Antonio Heredia.
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