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sábado, 22 de febrero de 2020

LA DESOLACIÓN CORRELATIVA

Venezuela: daño antropológico y la anomia social
Marcos Hernández López

El daño antropológico es un constructo teórico que viene siendo utilizado por algunos centros de estudios para comprender el deterioro de las sociedades en nuestro caso la venezolana. Analizar el daño antropológico en nuestro contexto tiene una significación porque desnuda una realidad objetiva por la que transita el país. Para el estudioso en el tema del daño antropológico, aseguran (SIC) que existe el daño antropológico cuando además del deterioro en el orden social político y cultural, existe, fundamentalmente un daño a la condición humana. También podemos entender que un daño antropológico germina cuando una persona deja sentir a pecio a su propia vida, cuando pierde la conciencia en sí misma como arquitecta de su destino, y se entrega a los dictámenes para someterse y pensar de una manera dirigida e unilineal. Incluso lo más grave es poder entender que el daño antropológico apunta a que los ciudadanos dejen de pensar.

El libro de Luis Aguilar León devela en su contenido “Cuba y su Futuro” 6 tipos de daños antropológicos:

1.- El servilismo
2.- El miedo a la opresión
3.- El miedo al cambio
4.- La falta de voluntad política y de responsabilidad cívica
5. La desesperanza, el desarraigo y el exilio dentro y fuera del país
6.- La crisis ética

Construyendo síntesis, los especialistas en la temática:

Contexto Venezuela, “La diferencia entre Chávez y Maduro, es que el primero focalizo (SIC)  la extensión del daño a sus adversarios, instaurando la discriminación como política de Estado, mientras Nicolás socializo el daño antropológico a toda la población venezolana incluyendo a sus propios seguidores”. “El Chavismo demolió la historia, colocando en su lugar no el hombre nuevo sino una gran desolación”.

Ahora bien, para entender el fenómeno de la anomia social conectado a la realidad venezolana es significativo comprender y hacer aprehensión de los referentes teóricos y moverse dentro de las visiones de los Sociólogos Parsons y Merton. Parsons concibe la anomia como “desorganización social”, y pone énfasis además en sus “correlatos psicológicos”, esto es, un estado de inseguridad generalizada que se expresa en un alto grado de ansiedad y agresión que afecta a los individuos. “Tal vez puede caracterizarse más sencillamente la anomia como el estado en que un gran número de individuos carece en grado considerable de la especia de integración con las pautas institucionales estables que es esencial para su propia estabilidad personal y para el funcionamiento sin tropiezos del sistema social organizado.

Robert Merton quien en su obra Social Theory and Social Structure publicada en 1957 sostiene que la anomia es producto de la fragmentación de la estructura cultural de la sociedad. Debido a la transformación de la sociedad y al paso de una tradicional a otra moderna, se ha producido la desorganización de las normas culturales, con un desfase entre los objetivos establecidos como legítimos y los medios considerados como tales para alcanzarlos jugando, en dicho proceso, un papel trascendente las variables socioeconómicas. A lo largo de su vida y a partir de la socialización, los individuos van aprendiendo qué fines son los que como miembro de su sociedad debe alcanzar y qué medios son legítimos para hacerlo. Por diversas situaciones, sin embargo, se puede generar una desorganización cultural donde los individuos se encuentren atrapados en la imposibilidad de alcanzar los fines ideales ante la verificación de la falta de herramientas necesarias para hacerlo. Como consecuencia de ello, y ante el sentimiento de frustración que ello les genera, se fomenta en los individuos la búsqueda de alternativas para tratar de reducir dicho sentimiento, ya sea a través del establecimiento de nuevos fines o de nuevas formas para alcanzar los definidos por la sociedad. Esta situación es consecuencia de cambios sociales y se presenta a nivel individual y no grupal, social.

En el caso venezolano, la anomia social es un fenómeno que se manifiesta a diario en el estado anímico y en el comportamiento social del grupo afectado, los venezolanos. Es la respuesta a la desesperanza, ausencia de fe y a las desigualdades políticas, sociales y económicas; conectadas de manera directa a la corrupción, al nepotismo, a la injusticia. En otras palabras, la anomia social ha transfigurado el carácter social de los venezolanos y le ha origina modelos de conducta con ciertas complejidades que se producen en la ideología dominante y se imponen desde el gobierno central y sus instituciones.

Fuente:
https://gytlaw.awsve.com/2020/02/21/venezuela-dano-antropologico-y-la-anomia-social-por-marcos-hernandez-lopez/

domingo, 8 de diciembre de 2019

PEGOSTES

De la ruindad subterránea
Luis Barragán

No comulgamos con una versión paradisiaca del pasado, por cierto, cada vez más remoto.  Empero, solemos recordar con facilidad dos características importantes de lo que fue el metro de Caracas: el orden y la limpieza, además,  en todo el refrigerado sistema. 

Por más  desbordada que estuviese, la prestación del servicio estaba confiada a reglas de universal difusión y acatamiento, por lo que una transgresión, así fuese modesta, inmediatamente acarreaba una sanción moral del resto de los usuarios que respondía a un medio confiable, seguro y confortable. Luego, la básica disciplina alcanzada sintonizaba con un tratamiento  profesional, serio y especializado del personal de una empresa pública que, faltando poco, le garantizaba una carrera digna, estable y bien remunerada, con todos los problemas que pudiesen existir.

Por largo tiempo, no hubo necesidad siquiera de marcar los andenes para acceder a los vagones, intuido el espacio disponible, y, luego de trazados, la operación se hizo más fácil con la absoluta y celosa pulcritud de las brillantes rayas amarillas sobre un fondo negro casi impecable. Dos décadas después, sin que tampoco coincida la señalización del piso con las puertas del vehículo (por el cambio de modelo de los trenes),  sólo sirven realmente de marca las pisadas envejecidas que refuerzan una suciedad de varias capas del suelo que perdió sus colores y sirve de escenario para la entrada y la salida anárquica y violenta de los vapores enrarecidos de la unidad que toca en suerte.

Algo más que una metáfora, el país rueda por una dictadura que, veinte años atrás, se dio una Constitución que ha violentado hasta la saciedad, desdibujados  socialmente gracias a un Estado exhausto y caricaturizado al que sólo lo explica la extorsión, incluyendo a sus propios y ya nada ingenuos partidarios. Además, pretende desautorizar a quienes reclamamos por su vigencia frente a la arrolladora anomia que ha propulsado, bajo las capas – esta vez geológicas – de la criminalidad.

Las ruindades del subterráneo caraqueño, hablan del descarrilamiento constitucional, pero también de la oportunidad para autodisciplinarnos y, convencidos del rumbo a tomar, salir del prolongado, amargo y obscuro túnel en el que nos encontramos, hacia la libertad. Esto es, intuir y desarrollar el papel que a cada ciudadano nos corresponde para darle alcance velozmente al siglo XXI, convertida la libertad en pivote para una superior calidad de vida.

Fotografías: LB, Caracas (2019).
10/2/2019:
https://www.caraotadigital.net/opinion-1/de-la-ruindad-subterranea

domingo, 30 de septiembre de 2018

LA EXCEPCIÓN POR NORMA

EL UNIVERSAL, Caracas, 04/08/1963. "Cándido", según Rafael Ramón Castellanos, era Luis Beltrán Guerrero ("Historia del seudónimo en Venezuela", Centauro, Caracas, 1981: II, 63). Cándido, Anomia, Juventud, Parlamento, Escritores, Recorte de periódico, Luis Beltrán Guerrero.

viernes, 27 de julio de 2018

DE UNA VIEJA ADVERTENCIA

Disolución social y pronóstico político
Luis Barragán


En los siglos anteriores, añadidos los altibajos, Venezuela supo de una rica y constante discusión política que también adquirió profundidad en los medios de comunicación. Fueron muchos y familiares los nombres que le dieron un extraordinario y terco calado a las circunstancias en ebullición, como no se ha visto en la presente centuria.

Curioso, porque el XXI ha sido rotulado como escenario de una revolución. Desmintiéndola, estamos huérfanos de toda novedad, excepto el asombroso retroceso a las precariedades del país que no había recibido la noticia del estallido del Zumaque 1.

Entre las décadas de los ochenta y noventa del XX, por ejemplo, destacaban dos febriles polemistas de aceras encontradas, contribuyendo con las casas editoriales y la diaria prensa: todavía, Domingo Alberto Rangel y, presto a todo debate, Aníbal Romero. Frente a la interpretación marxista y sus ya extenuadas variaciones,  emergió, decidido, el planteamiento liberal  con una buena dosis de valentía, sorprendiéndonos – además -  a los socialcristianos de formación.

Para la coincidencia y la discrepancia, Romero aportó una importante y valiosa hemerografía que, incluso, recientemente retomamos para un trabajo de indagación histórica que aparecerá pronto en una revista especializada de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (UPEL), en torno al sorpresivo 1958. E, inevitable, nos direccionó a una obra que aún guardamos en nuestro modesto anaquel: “Disolución social y pronóstico político” (Editorial Panapo, Caracas, 1997).

Podemos aseverar que Aníbal previó lo que ocurre en la Venezuela actual, desde una rigurosa reflexión que, por entonces, fue desoída. Peor de lo mismo, extremada la anomia convertida nada más y nada menos que en poder político y, no por casualidad, bajo el signo comunista,  la violencia y el vacío de liderazgo constituyen las tendencias fundamentales de una situación harto prolongada, quebrado increíblemente el país petrolero.

La obra, disponible en las redes, nos orienta respecto a las alternativas necesarias de actualizar, atreviéndonos a un desarrollo que exige  claridad, hondura, coraje, experiencia e imaginación de las inevitables, como novedosas, corrientes de un liderazgo consciente de su papel histórico.  Sólo los sectores repetidos y repetitivos de la oposición que todavía no se dan por enterados del proyecto totalitario en curso, muy a pesar de sufrirlo, se resisten, aunque también los hay con un modo y estilo de vida de cómoda adaptación.

Apenas, un párrafo nos da señal de la valiosa contribución del autor en cuestión: “… La enfermedad económica no es mortal; en cambio, la enfermedad política sí puede serlo” (206).  Convengamos,  lo que ahora ocurre en nuestro país, estaba suficientemente avisado.

22/07/2018:
http://guayoyoenletras.net/2018/07/22/disolucion-social-pronostico-politico/

sábado, 7 de abril de 2018

EL DESCARRILAMIENTO PERPETUO

Superescuela de anomia
Luis Barragán


Huelga comentar el profundo y sostenido proceso de deterioro del metro de Caracas, antes tan emblemático para el continente mismo. Fueron no pocos los años de una convincente gerencia de mantenimiento para la calidad óptima de un servicio, cuyas fallas eran tan excepcionales como notorias, por modestas que fuesen.

Valga acotar, el desarrollo gerencial que lo hizo competitivo, entre las pocas empresas públicas. El empleado de una compañía predominantemente ajena a los avatares partidistas, en continua formación y con salarios atractivos, velaba por una carrera que lo calificaba para el potencial desempeño en el sector privado; varias veces, se dijo, con un prestigio equivalente al empleado petrolero.  Empero, no sin olvidar que Nicolás Maduro salió de sus filas, aunque con el testimonio de una actuación nada halagadora, deseamos referirnos a otro aspecto: el del diario uso del transporte.

El subterráneo fue un modelador de la conducta ciudadana, con reglas muy claras y de una permanente e ingeniosa promoción. En un ambiente de pulcritud y orden, la violación de las líneas de seguridad, el entorpecimiento de la circulación a la izquierda, el escándalo o el consumo de bebidas, alimentos y golosinas en sus instalaciones, se convertía en una rápida, significativa y eficaz sanción moral del resto de los usuarios,  por ejemplo.

Por todos estos años, agudizándose las precariedades de un medio que agrede, ya no hay control ni auto-control en la transportación, pues, ni siquiera existe el rayado que canalizaba las filas de personas para acceder al vagón, siendo lamentable y extremadamente válido irrespetarlas para un violento acceso en el que, obviamente, están en desventaja las mujeres, los muy niños o los muy viejos, en un complot permanente de las sobrevenidas reglas de la supervivencia – digamos – en movimiento, siendo otra la enseñanza extrema de anti-ciudadanía.  Por supuesto, podemos convenir en un extenso catálogo de agravios, antes impensables, como también en la resignada y siempre sospechosa gratuidad del servicio al fracasar resueltamente la política oficial el transporte de superficie, pero no cabe la menor duda de la flagrante ultrapartidización de la empresa que abona a su sistemática destrucción: no faltaba más, día a día la propaganda radial en las estaciones, con Maduro tejiendo cualquier sandez con las recurrentes canciones de Alí Primera, completan un cuadro inmerecido de tormentos para la dura rutina, incluidos los empleados que, a veces, bajan el volumen, lo apagan o celebran el desperfecto de los equipos de sonido.

Consabido, en los deleznables tiempos capitalistas del servicio, según la consigna, era natural que los discapacitados recibiesen el auxilio del personal de la empresa para desenvolverse en las instalaciones, pero luego, deseando una campaña publicitaria de (re) sensibilización, en los fortuitos tiempos del socialismo, quisieron convencernos que el gesto llevaba exclusivamente su sello. Suponemos que, quebrada la empresa, nada atrayente lograr un contrato de publicidad con ella, abandonaron cualesquiera campañas de orientación, excepto – algo efímera – insistir en que “juntos” se puede mejor la prestación, aunque siempre será fácil deducir que la ciudadanía intenta aportar lo suyo, mas no el Estado responsable de la debacle que, por cierto, literalmente ha castigado a numerosos sectores de la ciudad, quitándoles las líneas de metro-bus, de acuerdo a la intensidad de las protestas que protagonizaron en 2017.

Fotografía: http://800noticias.com/caos-reportan-fuerte-retraso-en-la-linea-3-del-metro-de-caracas
08/04/2018:
http://guayoyoenletras.net/2018/04/08/superescuela-de-anomia/

sábado, 28 de enero de 2017

¿LOS BOBOS LEYERON?

EL NACIONAL, Caracas, 26 de enero de 2017
El culto por la anomalía
José Rafael Herrera

Durante los últimos años, el término anomalía ha sido objeto de significativas modificaciones hermenéuticas –modificaciones, como suele suceder, sustentadas sobre la inevitable viscosidad de las ideologías–, no ajenas a los maniqueos cambios de flechado axiológico o de valor, que han terminado por redimensionar su uso original en ciencias sociales, dando lugar a su utilización como expresión manifiesta de radicalismo ideológico y de subversión política. Más específicamente, después de la publicación del ensayo filosófico de Antonio Negri, L'Anomalia selvaggia, de 1981, lo anómalo comenzó a dejar de ser expresión de anormalidad y defecto para devenir recta virtud.

A los fines del rigor argumentativo, conviene no perder de vista el hecho de que Antonio Negri fue el filósofo par excellence –o más bien, el mentor oficial– de la llamada “generación boba”, como la denominara en su momento cierto rector universitario de triste remembranza. Como tampoco conviene dejar pasar el hecho de que Negri, uno de los miembros principales de Autonomia Opertaia, fuese acusado, a finales de los años setenta, de conspiración, asociación ilícita e insurrección contra el Estado italiano, y de ser el autor intelectual del asesinato del primer ministro Aldo Moro y de diecisiete personas más. Condenado a treinta años de prisión, el Partito Radicale lo postuló al parlamento. Electo y envestido de inmunidad, con cuatro años en la cárcel sobre sus hombros, Negri asumió por poco tiempo el nuevo cargo, ya que el parlamento le revocó la inmunidad. Exilado en Francia, y bajo la protección del gobierno de Mitterrand, enseñó en la Universidad de París y en el Colegio Internacional de Filosofía, junto a Michel Foucault, Gilles Deleuze, Felix Guattari, entre otros filósofos de la llamada “posmodernidad”. No hace mucho tiempo, fue recibido con desbordado entusiasmo por sus seguidores –algunos de ellos, sobrevivientes de la “generación boba” que hoy sustenta el poder en Venezuela– en el Aula Magna de la UCV. En síntesis, anomalía revestida de virtud. ¿Qué dirían, hoy en día, los férvidos y furibundos detractores de Leopoldo López? Para Spinoza, el origen del mal es la ignorancia.

Anomalía es palabra latina de origen griego. Anomalus –an-homalus– significa irregular, a-normal, dado que homalia –de homos– significa regular, normal, en el sentido de no ser hetero, es decir, de no ser otro. Para los antiguos griegos quien padecía de anomalía era diagnosticado como mentalmente incapaz de llamar las cosas por su nombre, o sea, como un bárbaro, es decir, un bobo. En otros términos, carecía de eso a lo cual Spinoza, en la Ethica, designa con el nombre de adequatio. En este sentido, resulta cuando menos cuesta arriba el atreverse a calificar a Spinoza como un anómalo selvaggio. La anomalía no está, pues, en Spinoza sino en un “Spinoza” que Negri mira cuando se pone frente al espejo. La sola representación con la cual pretende establecer dos supuestas líneas –dos “filones” los llama– absolutamente antagónicas en la historia del pensamiento moderno, a saber, la de “los malos” (Hobbes, Rousseau y Hegel) y la de “los buenos” (Maquiavelo, Spinoza y Marx), como si la historia de la filosofía fuese un ring de boxeo o un “nos vemos en la salida”, ya es suficiente para comprender la ausencia de adecuación oculta tras la pompa ideológica, tan grata al resentimiento barbárico.

Confundir la irreverencia que caracteriza a todo pensamiento pensante –es decir, la crítica filosófica, propiamente dicha– con el terrorismo de Estado solo puede resultar de la conciencia infeliz propia de una crasa anomalía, que consiste en transformar el pensamiento en herramienta al servicio de una ideología anacrónica, una fe, un dogma. Nada más lejos de Spinoza, del nous que transita su inteligencia. Por cierto, y a propósito de Marx, fue precisamente en la Escuela de Hegel –en la que se formó, a pesar de las salvajes fábulas de los cultores del “materialismo dialéctico”– que aprendió a admirar la fuerza especulativa de Spinoza. “Ser spinozista –decía Hegel– es el punto de partida esencial de toda filosofía”. La anomalía es contraria al orden de las ideas y de las cosas. Para Spinoza, “el orden y la conexión de las ideas es idéntico al orden y la conexión de las cosas”.

Ahora se comprende cómo y por qué un grupo de fans en-capucha de las salvajes anomalías de Negri tiene que terminar, necesariamente, destruyendo –¿deconstruyendo?– la sociedad, hasta la actual condición de anomia que padece. Cuestiones, se dirá, inherentes al “pensamiento débil”. Es, por cierto, en este punto que se logra comprender la causa eficiente de ciertas asociaciones o gangs entre seguidores de las anomalías y gorilas. “Mueran los blancos, viva el rey”, gritaba Boves. Y es que, en efecto, no por mera casualidad, la expresión anomalía guarda una estrecha relación con la expresión anomia –a-nomos, ausencia de normas–, dado que comparten la misma raíz. Como se sabe, la anomia consiste en una condición de indeterminación, es decir, en la anulación –la nulidad o nadeidad– de la potencia del ser social. En el ensayo titulado El suicidio, Durkheim sostiene que la anomia se caracteriza por una pérdida o supresión de virtudes morales, religiosas, cívicas, en fin, sociales, que terminan en una creciente destrucción del orden social. Es el estadio característico del ente enajenado, temeroso, angustiado, insatisfecho, que conduce al suicidio. Y cabe advertir que existen muchas formas de suicidio. No solo quien estrella su humanidad contra el Metro puede llamarse suicida. También el condenado a morir de hambre es inducido al suicidio, tanto como lo es el paciente que espera que el tratamiento llegue, algún día, al hospital, o quien decide marcharse y quema las naves de su pasado.

Es el “ser para la muerte”, para la “solución final”. El auto-genocidio es tarea del día a día. Los anómalos han conducido a la sociedad al mayor estado de anomia. Simbólicamente –y no tan simbólicamente, después de todo– Venezuela es, en la actualidad, un país suicida.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/culto-por-anomalia_77502

sábado, 24 de diciembre de 2016

APUNTES ANÓMICOS

Venezuela anómica
Fernando Mires
07/10/2014

La horrible muerte del joven diputado del PSUV, Robert Serra, ha causado impacto. Pero todos saben en Venezuela de que no se trata de un caso de excepción sino, aunque parezca pavoroso, de perfecta normalidad.

Cientos, miles de personas son asesinadas en calles y casas venezolanas. De vez en cuando el cuchillo artero o la bala mercenaria alcanza a algunos personajes públicos. Puede ser una Miss como Mónica Spear o un político popular como Robert Serra. Entonces el país se conmueve y llora. Dura poco. La cosa sigue igual, nadie hace nada en contra, el gobierno menos, y los cadáveres continúan atestando los patios de la morgue. Al comenzar cada día, los medios dan a conocer la cantidad de asesinados como si fueran los números de la quiniela.

Todos saben que el crimen se ha apoderado de las calles y de que hay territorios controlados por maleantes, dirigidos no pocas veces desde las mismas cárceles. Y todos saben también que Venezuela es un país socialmente desarticulado y políticamente polarizado, es decir, uno que padece dos alteraciones colectivas –disociación y polarización– que si fueran individuales, bastaría para encerrar a alguien en una clínica.

Naturalmente, el concepto “sociedad” no pasa de ser en Venezuela un significante vacío; o un simple recurso retórico. Como la palabra “hampa” que de tanto ser usada ya no dice nada. “A mi sobrino lo mató el hampa” ya es casi lo mismo que decir “el pobre se murió de una pulmonía”.

Una sociedad en estado de no-sociedad es una alteración diagnosticada por la sociología clásica con el término “anomia”. El termino fue acuñado por Emile Durkheim y ha hecho exitosa carrera en los institutos de sociología. Anomia, en su acepción más general, define un estadio de desintegración entre normas y leyes con respecto a las conductas de los habitantes de una nación.

Importante es destacar que anomia no es igual a pobreza. Por cierto, la anomia encuentra condiciones óptimas para desarrollarse allí donde impera la pobreza extrema, o miseria. Sin embargo, hay naciones pobres que no son anómicas. Bolivia, por ejemplo, es un país pobre, pero el complejo tejido de unidades étnicas, y el enorme peso del sindicalismo obrero, hacen imposible hablar de una nación anómica. Venezuela, caso opuesto, está lejos de ser, aún bajo el imperio del “socialismo del siglo XXl”, una de las naciones más pobres de la región. No obstante, es la más anómica de todas.

En sentido estricto tampoco la anomia es sinónimo de alta criminalidad. La criminalidad puede llegar a ser una de las consecuencias más visibles de la anomia, pero no es su condición necesaria. Criminales hay en todos los países del mundo y como tales son designados aquellos que viven al margen de la ley. La diferencia es que en los países anómicos los criminales no viven al margen pues en ellos cumplir la ley es la excepción y su no acatamiento es la regla. El caso de Venezuela es aún más grave. Allí las leyes son órdenes que emanan desde el gobierno, es decir, la anomia ya alcanzó al, y viene desde el, gobierno. Es un caso único en América Latina.

En la Venezuela de hoy alguien puede ir preso sin haber cometido ningún delito (caso López, entre tantos). Más todavía, Venezuela debe ser uno de los pocos países del mundo en el cual sus autoridades dictaminan sentencias sin que existan investigaciones y juicios previos.

“Te voy a meter preso” era una de las frases preferidas del presidente muerto, quien, además, las cumplía. Sus herederos continúan el ejemplo. El caso del capitán Cabello es prototípico. Cuando se refiere a Capriles lo llama “el asesino Capriles” y todos sus seguidores piensan que referirse así a un gobernador elegido por alta mayoría es lo más natural del mundo. En un país no anómico, en cambio, Cabello habría sido destituido por calumnia, difamación y uso indebido de poderes.

Si hubiera que comparar la anomia con un fenómeno biológico podría decirse (aunque con cuidado) que la anomia es lo más parecido a un cáncer con complejas ramificaciones. En ese sentido Venezuela representa un caso de anomia radical. Por una parte, su condición rentista determina que gran cantidad de personas profiten bajo el alero del “Estado Mágico” (Coronil) sin crear entre sí relaciones sociales. Así, Venezuela ya no es, como son la mayoría de los países del mundo, un “estado-nación”, sino exactamente lo contrario: una “nación-estado”.

Por otra parte, la anomia venezolana –hasta la llegada de Chávez, una característica social– se ha transformado bajo el chavismo en anomia política, fenómeno nunca imaginado por Durkheim. Esa es la razón por la cual el Parlamento, la Justicia, así como los organismos estatales, incluyendo al Ejército, no adecuan su funcionamiento a la Constitución sino a decisiones de la cúpula estatal. El gobierno, bajo estas condiciones, no gobierna; solo manda. El gobierno es una simple jefatura.

Podría pensarse que la radical anomia política que vive Venezuela es resultado del avance populista producido por el chavismo. Sin embargo, si analizamos al fenómeno populista venezolano, tendríamos que concluir en que eso no es así. La razón es que el populismo es una forma de integración (Laclau) y no de desintegración política.

El populismo es una forma de la política. Una entre otras. Luego, lo que hoy comprobamos al observar el modo de funcionamiento del gobierno Maduro, no es un avance del populismo, sino su misma desintegración. Maduro es un gobernante anómico que no sigue el llamado de masas organizadas sino a una camarilla (oligarquía estatal) que actúa de acuerdo a su propia lógica. En ese sentido el Estado termina por convertirse en una mafia entre otras. El concepto “Estado mafioso” sugerido por Moisés Naím, calza perfectamente con las características del Estado venezolano a partir de la era Cabello/Maduro.

El concepto de anomia tampoco se refiere a una ausencia de democracia. Hay países no democráticos que no son anómicos. La integración social destinada a conformar una sociedad políticamente constituida es solo una posibilidad. Dictaduras militares, teocracias, e incluso sistemas tribales, pueden fungir también como formas de organización anti-anómicas. No es el caso del régimen de Maduro.

Cierto es que la ausencia de integración social y política ha sido intentada superar por Maduro con la instauración de un culto idolátrico a Chávez, pero ese objetivo interpela, cuando más,  a los sectores más duros del chavismo, no a toda la nación.

Por último debe ser dicho que la anomia se refiere a un fenómeno de desintegración nacional, pero no a la de grupos particulares. Los colectivos armados, los para-militares y los grupos clientelísticos que rodean al gobierno de Maduro, se encuentran muy bien organizados en sus interiores. Cada uno posee sus normas, sus códigos y sus relaciones de lealtad. Para decirlo de modo simple, en el mundo de la anomia cada organización trabaja por su lado, sin atender a la totalidad. Que entre estos diferentes grupos hay rivalidades e incluso ajustes de cuentas, es una verdad inapelable.

Así como ocurre con los trastornos individuales en los cuales la desintegración del alma se expresa de modo sintáctico (pérdida de la relación entre significantes y significados vigentes), en el caso de la anomia también tiene lugar una pérdida de la relación entre las palabras y las cosas. Las frases, medios de la política, pierden coherencia; cualquiera afirmación puede ser verdadera o falsa; nadie puede confiar en lo que se dice. El ejemplo viene de arriba.

Sin seguir el lema “gobernar es educar”, lo cierto es que los personajes públicos, sobre todo los políticos, son un ejemplo para sus seguidores. De este modo, si un presidente miente e insulta sin continencia, su ejemplo tendrá imitadores. Como suele suceder, al ser insultados, algunos opositores responderán con la misma moneda. Llegará así el momento en que el clima estará tan enrarecido que la práctica política se convertirá en algo imposible. Eso es lo que busca, y con insistencia, el régimen de Maduro.

La política es antes que nada su discurso. Sin discurso político no hay política. El chavismo, pero sobre todo el post-chavismo, ha terminado por destruir a la gramática de la política.

Sin política, la sociedad no puede constituirse políticamente. Allí donde no hay política solo impera la violencia; allí donde hay violencia solo triunfa la muerte. Quién sabe si la muerte del joven Serra es el triunfo de la anti-política, es decir, de la anomia política impulsada por el propio gobierno militar. Solo si partimos desde esa premisa podemos entender la brutal agresión llevada a cabo por Maduro en contra de la persona de Jesús ‘Chuo’ Torrealba.

Torrealba es uno de los políticos más correctos y queridos de Venezuela. Pero Maduro, sin mediar ofensa alguna, más todavía, inmediatamente después de que el representante de la MUD hubiera extendido sus condolencias al PSUV por la muerte de Serra, lo insultó con el epíteto de “basura”. Así no mas. Como si nada.

Fue en ese momento cuando ‘Chuo’ Torrealba mostró toda su clase política. Podría haber calificado de cobarde a Maduro pues este lo insultó guarecido detrás de sus esbirros, no cara a cara como hacen los hombres de verdad. Muchos esperaban esa reacción. Pero Torrealba no contestó con otra agresión. Por el contrario: intentó entender, casi de un modo psicoanalítico, la indigna ofensa de quien ejerce el cargo presidencial. Dejó en claro, además, que Maduro está desesperado, muerto de miedo. Que mientras el país se hunde en una crisis económica sin parangón, el mandatario busca destruir la política con sus palabras de odio persiguiendo el objetivo de reemplazarla por una confrontación violenta, es decir, por la anomia total. Maduro es definitivamente una víctima de sí mismo. O de su propia anomia. O quizás de Cabello, digno sucesor, no de Hugo Chávez sino de Mario Silva, el injurioso de La Hojilla, el predicador de la anomia final.

La verdad, mirando desde lejos el panorama venezolano, uno termina por llegar a la conclusión de que derrotar políticamente al gobierno de Maduro será una tarea fácil comparada con la inmensa tarea que significará devolver al país el don del habla, el discurso político, el imperio de la ley y la práctica diaria de la decencia cívica.

Nota: Sobre el concepto de anomia ver:
Durkheim, Emile, La división del trabajo social, Ediciones Akal, Madrid 1987.
Durkheim, Emile, El Suicidio, Ediciones Akal, Madrid 1989.

Fuente:
http://prodavinci.com/blogs/venezuela-anomica-por-fernando-mires/

Anomia social bolivariana
Jorge Giordani
02/06/2016 

La sociedad venezolana, con una ciudadanía desconcertada ante la ausencia de un gobierno que no escucha, encerrado en sí mismo, sin dirección alguna, ha entrado en estos últimos años, particularmente luego de la siembra definitiva del Comandante Chávez, el 5 de marzo de 2013, en un estado de anomia, esto es, de forma más clara, en ¨un conjunto de situaciones que derivan de la carencia de normas sociales y su degradación¨.

Los graves problemas que aquejan a la población en general, conocidos y sentidos en la cotidianidad consumidora de energía, tiempo, disposición, han terminado en una angustia existencial por la consecución de alimentos y medicinas de primera necesidad, para no mencionar siquiera el riesgo de su propia vida en las condiciones de inseguridad a la que hemos llegado en Venezuela.

Múltiples causas originan este complicado problema. A nuestro aviso, la primera y determinante es la crisis de hegemonía que no le permite al gobierno convencer a sus aliados políticos y sociales de sus actuaciones, por demás erráticas, inconsistentes e insuficientes para superar los problemas que cada día que pasa se agravan más, máxime después del desastre electoral del 6 de diciembre del 2015. Y tampoco, poner en su debido lugar a una oposición cada vez más agresiva, desestabilizadora, que calificamos sin ambigüedad de fascista, y, además, apoyada por los intereses extranjeros de sus aliados en USA y en Europa, quienes pretenden intervenir cínicamente en el país como si este fuera su ¨patio trasero¨,  de acuerdo a sus intereses conservadores y reaccionarios, buscando desde el exterior aislar a Venezuela cueste lo que cueste.

Desde hace ya tiempo, primero ante el Presidente Chávez y, luego, desde el inicio de la presidencia de Nicolás Maduro, después de su triunfo electoral en abril de 2013, hemos venido repitiendo hasta la saciedad en escritos y en declaraciones la necesidad de ¨Asumir la crisis¨ con toda responsabilidad y atención, como cuando nos tocó hacerlo junto con el Comandante Chávez a raíz de lo ocurrido en el año 2008, cuando los precios de los hidrocarburos bajaron de unos 140 dólares el barril a mitad de ese año a menos de 40 a finales del mismo año.[1]

A dos años de nuestra salida del gobierno bolivariano continuamos lo que ha sido nuestra conducta de vida en pro de una sociedad socialista, desde nuestros tiempos de estudiante en la Universidad Central de Venezuela frente a la dictadura militar de Pérez Jiménez, y, luego, durante las cuatro décadas de los gobiernos de Acción Democrática y COPEI. Ha sido una trayectoria permanente, a través de la cual nos encontramos siempre decididos a seguir enfrentando a los adversarios de este proceso, como lo decíamos en un artículo anterior titulado ¨Son los mismos o peores¨ publicado en Aporrea el 14 de abril de este año 2016, en http://www.aporrea.org/actualidad/a226244.html.

Allí se afirmaba lo siguiente, que ahora ratificamos plenamente:

¨Igualmente es importante señalar en esta coyuntura, que asumiendo de manera firme e irrenunciable nuestra posición crítica por la depuración, el perfeccionamiento y fortalecimiento del proceso revolucionario, en ningún momento y bajo ninguna circunstancia nos prestaremos a ninguna componenda, maniobra, atajo, alianzas indirectas o en la sombra contra el actual gobierno legítimo y el desarrollo del proceso de transformación política y social en el marco de la legalidad democrática de derecho y de justicia que establece la Constitución Bolivariana¨.

Gobierno bolivariano que debe asumir la crisis, como igualmente lo decíamos en otro artículo del 14 de mayo de este mismo año, en Aporrea, http://www.aporrea.org/ideologia/a227804.html.

Con el agravamiento de la crisis de hegemonía y la ausencia de una direccionalidad adecuada para enfrentarla por parte del propio gobierno bolivariano, y de las organizaciones políticas y sociales que siguen apoyando el proceso revolucionario bolivariano, dicha anomia será cada vez más profunda y dolorosa. Es hora de reaccionar prontamente y defender lo avanzado, radicalizando el proceso y hablándole claro al país, antes de que sea demasiado tarde. Esto se está convirtiendo ya en un clamor popular con cada vez más voces que requieren y solicitan una modificación tanto en la conducta del gobierno como de parte de sus alianzas a nivel del pueblo y de su Fuerza Armada Nacional Bolivariana. Es necesario actuar antes de que la situación se haga más dramática e irreversible.

[1] Jorge A. Giordani C. Encuentros y desencuentros en una construcción bolivariana. (Caracas. Vadell Hermanos Editores. 2014).

Fuente:
https://www.aporrea.org/tiburon/a228885.html
Fotografías:
Audífonos en forma de bala: http://thecitylovesyou.com/urban/audifonos-bala
Casquillos de bala en forma de cruz: https://www.etsy.com/listing/130711031/bullet-casing-cross-pendant-necklace 

lunes, 25 de abril de 2016

DE INTERÉS Y CONVENIENCIA DEL PROPIO RÉGIMEN



Linchamientos
Alberto Arteaga Sánchez 

Sin duda alguna, la expresión más cruda de la ausencia de Estado, expresión de anomia, de inseguridad y de caos social, lo constituye la práctica aberrante de la acción privada incontrolada y violenta en grado sumo de una multitud que, ante un pretendido “sospechoso” de haber cometido un delito, procede a su ajusticiamiento como fórmula de venganza privada bajo el pretexto de hacer “justicia”.
Los linchamientos constituyen la más evidente regresión a etapas de la sociedad de manifiesto y absoluto desorden que reproducen expresiones del primitivismo de la venganza privada, en la cual, ante una ofensa al grupo o a uno de sus miembros, ello podía generar una reacción contra cualquiera que pudiera ser señalado como ofensor o allegado a este. Esta etapa fue superada por el “ojo por ojo y diente por diente”, que imponía una limitación por la supuesta equivalencia de ofensas, para continuar con la fase de la composición o compensación, mediante un pago, en manos privadas, hasta llegar, con el avance de la sociedad, al monopolio del Estado de la facultad para imponer sanciones por las transgresiones a la ley en un juicio justo y con absoluto respeto a los derechos del imputado, cuya inocencia se presume hasta que SE establezca su culpabilidad, imponiéndose, en caso de la plena demostración de la responsabilidad, una sanción adecuada y acorde a la dignidad del ser humano, con miras al restablecimiento del orden y a la rehabilitación y reinserción social del condenado.
Ante el surgimiento de estas manifestaciones brutales de linchamiento, se impone la más seria reflexión colectiva y la toma de conciencia por parte de los órganos encargados de administrar justicia.
El pueblo quiere tener evidencias sobre la satisfacción de un interés legítimo de la sociedad: ante las conductas antisociales, ante los delitos que representan las máximas transgresiones al status ético-jurídico, es necesaria la acción del Estado que imponga oportunamente la sanción después de un juicio justo y demostrada la culpabilidad. La sociedad reclama justicia y considera intolerable la ausencia de sanción oportuna. Ante la carencia de justicia y ante la impunidad, como regla general, surgen estas manifestaciones de máxima anomia, que implica, entre nosotros, no falta de leyes sino desaplicación de estas.
En Venezuela reina la anomia y la impunidad, aunque el pesado y obsoleto aparato de la justicia se transforma de pronto en el más efectivo instrumento para sancionar a quienes no han cometido delito alguno, sometiéndolos a procesos injustos con manifiesto sesgo político, a prisiones preventivas que son verdaderas penas anticipadas y a condenas que efectivamente sí se cumplen en  depósitos no aptos para seres humanos.
Es necesario reaccionar contra cualquier forma de linchamiento, incluyendo el que se lleva a cabo bajo apariencias de legalidad, expresión de caos social, de impunidad y de debilitamiento institucional, alegato de la Sala Constitucional para rechazar una ley de amnistía que pretendía rectificar procesos injustos, a la vez que se hace necesario tomar conciencia de la necesidad de que los órganos de administración de justicia den una señal clara de su intervención oportuna contra los más graves delitos que azotan a la colectividad, carentes de toda sanción, por lo cual, ante la desconfianza en el sistema institucional formal, se da cabida a esta gravísima manifestación de desajuste social, como lo es pretender hacer justicia por cuenta propia, caldo de cultivo de atroces venganzas colectivas en las cuales se diluye la responsabilidad individual y a las que siguen perversas acciones de bandas y mafias de malhechores que hacen peligrar la paz social y contra las cuales debe darse una clara respuesta de las instituciones, hoy sometidas a intereses políticos o a limitaciones indebidas que le impiden la consecución de sus legítimos objetivos.

Fuente:  
http://www.el-nacional.com/alberto_arteaga_sanchez/Linchamientos_0_834516708.html
Fotografía:
http://notihoy.com/debilidad-institucional-y-del-sistema-policial-propician-linchamiento-van-30-solo-en-caracas/ 

lunes, 21 de marzo de 2016

FE RECREATIVA

Del fraude anómico
Luis Barragán


Todavía agradecemos a aquel profesor de sociología del ya lejano bachillerato, la insistente disertación sobre la anomia. Creemos que el actual régimen no se entiende sin ella o, mejor, es su resultado palpable y galopante.

Por supuesto, quizá desde medio siglo atrás, o menos, sobre todo cuando reventaron las bonanzas petroleras de efectos perversos y prolongados, tendemos a profesar  una fe muy particular, cómoda y acomodaticia que no ahorra en pedir de todo a la Providencia, aún sin el menor merecimiento. Lo peor, habrá el  atracador o eventual homicida que se persigne antes de cometer su tropelía.

Puede decirse, esa fe inconsistente, desinformada y caprichosa tiene por mejor escenario dos períodos del año que coinciden con sendas y pretendidas vacaciones colectivas y nacionales: la Navidad y la Semana Santa. En ésta, el dolor de la muerte y la alegría de la Resurrección carecen de importancia, ya que lo fundamental es alcanzar y llevar a casa la palma bendita que la libre de todo conjuro.

Galopa esa fe recreativa al ritmo del extendido asueto que ha decretado el gobierno, consumación irrefutable de todas nuestras anomias. Escondiendo los motivos reales, los que se escudan detrás de las consignas por una economía productiva, nos obsequia con numerosos días de descanso, los que oficialmente hubiésemos querido para despilfarrar las antiguas abundancias dinerarias en lugar de estas insólitas carestías y penurias enmascaradas. No obstante, habrá ocasión para el recogimiento más allá de la elemental cautela de resguardarse en el hogar o, el que puede, simular la seguridad de una carpa amarrada en la playa o en la montaña.

De acuerdo a la tradición venezolana, la que sobrevive a todos estos avatares, habrá la posibilidad de quemar a Judas y nada mejor que hacerlo con este fraude anómico que ahora experimentamos. Incineración de las falsedades impuestas  (¿por qué no pensarlo así del poder?), más allá de nuestros propios e indelegables defectos.

Ilustración: Christopher Richard Wynne.


21/03/2016

domingo, 12 de octubre de 2014

¿ANOMIA FINAL?

Venezuela anómica
Fernando Mires  
 
La horrible muerte del joven diputado del PSUV, Robert Serra, ha causado impacto. Pero todos saben en Venezuela de que no se trata de un caso de excepción sino, aunque parezca pavoroso, de perfecta normalidad.
Cientos, miles de personas son asesinadas en calles y casas venezolanas. De vez en cuando el cuchillo artero o la bala mercenaria alcanza a algunos personajes públicos. Puede ser una Miss como Mónica Spear o un político popular como Robert Serra. Entonces el país se conmueve y llora. Dura poco. La cosa sigue igual, nadie hace nada en contra, el gobierno menos, y los cadáveres continúan atestando los patios de la morgue. Al comenzar cada día, los medios dan a conocer la cantidad de asesinados como si fueran los números de la quiniela.
Todos saben que el crimen se ha apoderado de las calles y de que hay territorios controlados por maleantes, dirigidos no pocas veces desde las mismas cárceles. Y todos saben también que Venezuela es un país socialmente desarticulado y políticamente polarizado, es decir, uno que padece dos alteraciones colectivas –disociación y polarización– que si fueran individuales, bastaría para encerrar a alguien en una clínica.
Naturalmente, el concepto “sociedad” no pasa de ser en Venezuela un significante vacío; o un simple recurso retórico. Como la palabra “hampa” que de tanto ser usada ya no dice nada. “A mi sobrino lo mató el hampa” ya es casi lo mismo que decir “el pobre se murió de una pulmonía”.
Una sociedad en estado de no-sociedad es una alteración diagnosticada por la sociología clásica con el término “anomia”. El termino fue acuñado por Emile Durkheim y ha hecho exitosa carrera en los institutos de sociología. Anomia, en su acepción más general, define un estadio de desintegración entre normas y leyes con respecto a las conductas de los habitantes de una nación.
Importante es destacar que anomia no es igual a pobreza. Por cierto, la anomia encuentra condiciones óptimas para desarrollarse allí donde impera la pobreza extrema, o miseria. Sin embargo, hay naciones pobres que no son anómicas. Bolivia, por ejemplo, es un país pobre, pero el complejo tejido de unidades étnicas, y el enorme peso del sindicalismo obrero, hacen imposible hablar de una nación anómica. Venezuela, caso opuesto, está lejos de ser, aún bajo el imperio del “socialismo del siglo XXl”, una de las naciones más pobres de la región. No obstante, es la más anómica de todas.
En sentido estricto tampoco la anomia es sinónimo de alta criminalidad. La criminalidad puede llegar a ser una de las consecuencias más visibles de la anomia, pero no es su condición necesaria. Criminales hay en todos los países del mundo y como tales son designados aquellos que viven al margen de la ley. La diferencia es que en los países anómicos los criminales no viven al margen pues en ellos cumplir la ley es la excepción y su no acatamiento es la regla. El caso de Venezuela es aún más grave. Allí las leyes son órdenes que emanan desde el gobierno, es decir, la anomia ya alcanzó al, y viene desde el, gobierno. Es un caso único en América Latina.
En la Venezuela de hoy alguien puede ir preso sin haber cometido ningún delito (caso López, entre tantos). Más todavía, Venezuela debe ser uno de los pocos países del mundo en el cual sus autoridades dictaminan sentencias sin que existan investigaciones y juicios previos.
“Te voy a meter preso” era una de las frases preferidas del presidente muerto, quien, además, las cumplía. Sus herederos continúan el ejemplo. El caso del capitán Cabello es prototípico. Cuando se refiere a Capriles lo llama “el asesino Capriles” y todos sus seguidores piensan que referirse así a un gobernador elegido por alta mayoría es lo más natural del mundo. En un país no anómico, en cambio, Cabello habría sido destituido por calumnia, difamación y uso indebido de poderes.
Si hubiera que comparar la anomia con un fenómeno biológico podría decirse (aunque con cuidado) que la anomia es lo más parecido a un cáncer con complejas ramificaciones. En ese sentido Venezuela representa un caso de anomia radical. Por una parte, su condición rentista determina que gran cantidad de personas profiten bajo el alero del “Estado Mágico” (Coronil) sin crear entre sí relaciones sociales. Así, Venezuela ya no es, como son la mayoría de los países del mundo, un “estado-nación”, sino exactamente lo contrario: una “nación-estado”.
Por otra parte, la anomia venezolana –hasta la llegada de Chávez, una característica social– se ha transformado bajo el chavismo en anomia política, fenómeno nunca imaginado por Durkheim. Esa es la razón por la cual el Parlamento, la Justicia, así como los organismos estatales, incluyendo al Ejército, no adecuan su funcionamiento a la Constitución sino a decisiones de la cúpula estatal. El gobierno, bajo estas condiciones, no gobierna; solo manda. El gobierno es una simple jefatura.
Podría pensarse que la radical anomia política que vive Venezuela es resultado del avance populista producido por el chavismo. Sin embargo, si analizamos al fenómeno populista venezolano, tendríamos que concluir en que eso no es así. La razón es que el populismo es una forma de integración (Laclau) y no de desintegración política.
El populismo es una forma de la política. Una entre otras. Luego, lo que hoy comprobamos al observar el modo de funcionamiento del gobierno Maduro, no es un avance del populismo, sino su misma desintegración. Maduro es un gobernante anómico que no sigue el llamado de masas organizadas sino a una camarilla (oligarquía estatal) que actúa de acuerdo a su propia lógica. En ese sentido el Estado termina por convertirse en una mafia entre otras. El concepto “Estado mafioso” sugerido por Moisés Naím, calza perfectamente con las características del Estado venezolano a partir de la era Cabello/Maduro.
El concepto de anomia tampoco se refiere a una ausencia de democracia. Hay países no democráticos que no son anómicos. La integración social destinada a conformar una sociedad políticamente constituida es solo una posibilidad. Dictaduras militares, teocracias, e incluso sistemas tribales, pueden fungir también como formas de organización anti-anómicas. No es el caso del régimen de Maduro.
Cierto es que la ausencia de integración social y política ha sido intentada superar por Maduro con la instauración de un culto idolátrico a Chávez, pero ese objetivo interpela, cuando más,  a los sectores más duros del chavismo, no a toda la nación.
Por último debe ser dicho que la anomia se refiere a un fenómeno de desintegración nacional, pero no a la de grupos particulares. Los colectivos armados, los para-militares y los grupos clientelísticos que rodean al gobierno de Maduro, se encuentran muy bien organizados en sus interiores. Cada uno posee sus normas, sus códigos y sus relaciones de lealtad. Para decirlo de modo simple, en el mundo de la anomia cada organización trabaja por su lado, sin atender a la totalidad. Que entre estos diferentes grupos hay rivalidades e incluso ajustes de cuentas, es una verdad inapelable.
Así como ocurre con los trastornos individuales en los cuales la desintegración del alma se expresa de modo sintáctico (pérdida de la relación entre significantes y significados vigentes), en el caso de la anomia también tiene lugar una pérdida de la relación entre las palabras y las cosas. Las frases, medios de la política, pierden coherencia; cualquiera afirmación puede ser verdadera o falsa; nadie puede confiar en lo que se dice. El ejemplo viene de arriba.
Sin seguir el lema “gobernar es educar”, lo cierto es que los personajes públicos, sobre todo los políticos, son un ejemplo para sus seguidores. De este modo, si un presidente miente e insulta sin continencia, su ejemplo tendrá imitadores. Como suele suceder, al ser insultados, algunos opositores responderán con la misma moneda. Llegará así el momento en que el clima estará tan enrarecido que la práctica política se convertirá en algo imposible. Eso es lo que busca, y con insistencia, el régimen de Maduro.
La política es antes que nada su discurso. Sin discurso político no hay política. El chavismo, pero sobre todo el post-chavismo, ha terminado por destruir a la gramática de la política.
Sin política, la sociedad no puede constituirse políticamente. Allí donde no hay política solo impera la violencia; allí donde hay violencia solo triunfa la muerte. Quién sabe si la muerte del joven Serra es el triunfo de la anti-política, es decir, de la anomia política impulsada por el propio gobierno militar. Solo si partimos desde esa premisa podemos entender la brutal agresión llevada a cabo por Maduro en contra de la persona de Jesús ‘Chuo’ Torrealba.
Torrealba es uno de los políticos más correctos y queridos de Venezuela. Pero Maduro, sin mediar ofensa alguna, más todavía, inmediatamente después de que el representante de la MUD hubiera extendido sus condolencias al PSUV por la muerte de Serra, lo insultó con el epíteto de “basura”. Así no mas. Como si nada.
Fue en ese momento cuando ‘Chuo’ Torrealba mostró toda su clase política. Podría haber calificado de cobarde a Maduro pues este lo insultó guarecido detrás de sus esbirros, no cara a cara como hacen los hombres de verdad. Muchos esperaban esa reacción. Pero Torrealba no contestó con otra agresión. Por el contrario: intentó entender, casi de un modo psicoanalítico, la indigna ofensa de quien ejerce el cargo presidencial. Dejó en claro, además, que Maduro está desesperado, muerto de miedo. Que mientras el país se hunde en una crisis económica sin parangón, el mandatario busca destruir la política con sus palabras de odio persiguiendo el objetivo de reemplazarla por una confrontación violenta, es decir, por la anomia total. Maduro es definitivamente una víctima de sí mismo. O de su propia anomia. O quizás de Cabello, digno sucesor, no de Hugo Chávez sino de Mario Silva, el injurioso de La Hojilla, el predicador de la anomia final.
La verdad, mirando desde lejos el panorama venezolano, uno termina por llegar a la conclusión de que derrotar políticamente al gobierno de Maduro será una tarea fácil comparada con la inmensa tarea que significará devolver al país el don del habla, el discurso político, el imperio de la ley y la práctica diaria de la decencia cívica.
***
Nota: Sobre el concepto de anomia ver:
Durkheim, Emile, La división del trabajo social, Ediciones Akal, Madrid 1987
Durkheim, Emile, El Suicidio, Ediciones Akal, Madrid 1989

Fuente: