Ernesto Laclau, ¿el último teórico?
Fernando Mires
“Toda teoría es gris, querido amigo, y verde es el dorado árbol de la vida”
(Johann Wolfgang von Goethe)
Ernesto Laclau fue uno de los más importante teóricos políticos de la llamada post- modernidad.
Laclau fue un teórico como por ejemplo Habermas lo es, con la diferencia de que mientras este último fue un adaptador de la teoría política marxista al llamado periodo post-industrial, Laclau, ya desde la publicación de su clásico Hegemonía y Estrategia Socialista (escrito junto a Chantal Mouffe) desmontó, aunque él no lo hubiera querido, supuestos básicos de la teoría política marxista.
Estirando el hilo gramsciano y su concepto de hegemonía, cruzándolo con el psicoanálisis lacaniano y recursando nociones de pensadores “malditos” como Carl Schmitt, contradijo Laclau la idea de la masa informe (Marx), de la masa- magma (Canetti), de la masa hipnotizada (Freud), de la masa inculta (Ortega y Gasset), de la masa anómica (Durkheim). A esa masa confirió Laclau la identidad de actor, es decir la de masa-pueblo: objeto y sujeto a la vez, un pueblo y no una clase que no solo sigue al líder; además, construye al líder.
El pueblo según Laclau es pueblo en la medida que articula sus diferencias expresadas en distintas demandas en torno a símbolos que al serlo tales no pueden sino ser opacos como todas las representaciones políticas lo son.
El fenómeno Laclau significó un escándalo al interior de la escolástica marxista. Revisionista, neoliberal, reformista y otros epítetos, fueron disparados en su contra. No era para menos: Laclau había construido un sistema post-marxista de interpretación, pero sin lucha de clases, sin proletariado, sin base y superestructura, sin modos de producción, sin teoría del valor y sin fetichismo de la mercancía: un marxismo en fin, populista: un marxismo sin Marx.
Solo en un punto Laclau no rompió con el marxismo tradicional, y este fue el de su desprecio por el tema de las libertades políticas. Al igual que los marxistas ortodoxos siguió hasta el final pensando que la democracia era un fenómeno deducido de las luchas sociales a las que él llamaba, nunca explicó el porqué, democráticas. Fue esa una razón por la cual, al igual que Habermas, Laclau jamás pudo entender el sentido libertario de las revoluciones democráticas del Este europeo. Así se explica también por qué, del mismo modo que los marxistas más tradicionales, Laclau no hizo el menor esfuerzo para entender las ideas de Hannah Arendt para quien las luchas sociales desprovistas de la búsqueda por más libertad desembocaban en terribles dictaduras.
Ernesto Laclau, reitero, fue antes que nada un teórico. Si se quiere, un gran teórico. Pero ahí justamente comienzan los problemas. Pues al ser teórico tenía, como muchos teóricos, dificultades para pensar más allá de su teoría. En ese sentido, pese a que adscribía a Lacan, Laclau no lo siguió hasta el final. Mientras que Laclau pensaba a través de su propia teoría, Lacan fue un anti-teórico radical. Lacan, en efecto, pensaba que la realidad se inicia allí donde termina toda teoría, en ese “más allá” (teológico y filosófico a la vez) donde comienza a abrirse “lo real” (lo impensable, lo indecible, lo no teorizable). A ese Lacan no llegó Laclau.
No se trata por supuesto de adoptar gestos nihilistas y negar el valor o la utilidad del pensamiento teórico. Solamente quisiera subrayar el hecho de que ninguna teoría puede dar cuenta total de la realidad que intenta cubrir. Siempre hay “algo” que se escapa, y si pensamos con Lacan, ese “algo” es lo verdaderamente importante. En ese sentido cabe hacer la diferencia entre tres nociones que a veces se confunden entre sí: la ideología, la teoría y el pensamiento crítico.
Una ideología es un programa de pensamiento formado por ideas petrificadas. De tal modo quien cree pensar de modo ideológico, no piensa, más bien es pensado por su ideología. En una ideología se cree o no se cree, nunca se piensa. Una teoría en cambio, es un conjunto de ideas y principios destinados a explicar un determinado espacio de realidad. El pensamiento crítico, por último, si bien recurre a supuestos teóricos, los utiliza solo de modo parcial y limitado al objeto analizado.
La diferencia entre un teórico y un pensador crítico reside en que mientras el teórico cree que es imposible pensar sin una teoría, el pensador crítico piensa que es imposible pensar solo a través de una teoría. Para el pensador crítico las teorías son utilizables, pero también, como ocurre con los pañuelos de papel, desechables. Y bien, Laclau era un pensador teórico. No tan fanáticamente teórico como un Luhmann, para nombrar un caso extremo, pero teórico al fin.
Gran parte de su vida intelectual la pasó Laclau tratando de defender su teoría con respecto a cuestionamientos que provenían de la vida extra-teórica. Así se entiende por qué en las últimas entrevistas Laclau se vio obligado a contradecirse. Por ejemplo, mientras en su libro La Razón Populista había afirmado que populismo era no solo una forma de la política, sino la política propiamente tal, en sus últimas entrevistas afirma que no toda política es populista. Para salir del paso inventó una dicotomía (de origen schmittiano, aunque sin citar a Schmitt) entre populismo e institucionalismo, entendiendo por lo último una política puramente administrativa. Pero luego advirtió que la contradicción no existía pues ha habido regímenes populistas extremadamente institucionalistas, y viceversa (el caso del populismo nazi, entre otros).
Más tarde, quizás a la luz de acontecimientos ocurridos en América Latina, entendió Laclau al fin que no todas las demandas populistas eran democráticas y comenzó de repente a hablar de populismos autoritarios y populismos democráticos. En el primer caso ubicó al populismo de Mugabe en Zimbabue. Por alguna razón no nombró a Chávez pese a que el suyo era un populismo típicamente autoritario (y militar).
Muerto Chávez, continuó Laclau refiriéndose al populismo de Mugabe como a un “populismo degenerado”. Pero donde Laclau decía Mugabe se podía leer Maduro sin ninguna dificultad. ¿Por qué no lo dijo de modo explícito? ¿O no quería Laclau contradecir la posición del gobierno argentino del cual él –no es un secreto para nadie– había llegado a ser un “intelectual orgánico”? Si fue así, nos topamos aquí con un tema que trasciende a Laclau y sobre el cual ya se han escrito libros: el tema del compromiso político del intelectual.
Laclau al prestar servicios intelectuales a un gobierno ejercía su derecho ciudadano. Ha habido incluso sacerdotes que han asumido tareas de gobierno y es lógico y normal que así sea. Pero la mayoría ha cuidado precisar que cuando emiten opiniones de gobierno, no hablan en nombre de Dios. Algo parecido debería ocurrir con la misión intelectual. Si se da el caso de la adhesión orgánica de un intelectual a un determinado gobierno, el intelectual se encuentra obligado a precisar si las opiniones emitidas son las del gobierno que representa o las de sus teorías. García Linera, para poner otro ejemplo de “intelectual orgánico”, cuando habla o escribe sabemos que lo hace en nombre de la vicepresidencia de Bolivia. Todos los elementos teóricos que utiliza los pone al servicio de su gobierno y él no lo niega ni lo oculta. En el último Laclau en cambio, nunca estuvo muy claro si sus opiniones eran deducibles de su teoría o de la posición internacional del gobierno argentino.
De acuerdo a la propia teoría de Laclau, Chávez-Maduro deben ser ubicados sin ningún problema dentro de la categoría “populismo autoritario”, al lado del muy lejano Mugabe con el cual el gobierno argentino no tiene ningún vínculo.
Como sea, la teoría de Laclau solo tiene validez para el momento de ascenso del fenómeno populista. Para explicar los momentos de declive del populismo, Laclau no nos sirve mucho. Pero Laclau nunca reconoció los límites de su teoría. Quizás habría tenido que romper consigo mismo. Pero ¿qué es definitivamente pensar sino romper cada cierto tiempo consigo? Esa es la razón por la cual Kant siempre decía: “pensar es peligroso”.
Mi impresión es que ya durante los últimos momentos de su vida, los fundamentos de la teoría de Laclau sobre “la razón populista” estaban desconectados entre sí, es decir, la teoría como tal ya no existía; y si existía, estaba tan llena de parches que más valía no presentarla en público. La sombra de “el árbol de la vida” (Goethe) había arruinado a otra teoría. Pero hay ruinas y ruinas. Si una casa se derrumba, puede dejar solo polvo. Pero también existe la posibilidad de que haya algo que rescatar. Y bien, pienso que de la casa de Laclau hay mucho que rescatar. No a la teoría, pero sí, una buena cantidad de ideas con gran valor político.
Algunos ejemplos: En contra del pueblo étnico de los nacionalistas, Laclau redescubrió al pueblo-político. El populismo, hasta antes de Laclau solo un insulto, fue convertido por él en un concepto neutro, teóricamente operacional. Sus premisas relativas a las cadenas de equivalencias conformadas a través de símbolos representativos son fundamentales para cualquier análisis de los movimientos sociales. Su análisis de los significantes vacíos que mientras más vacíos más significan, es sencillamente brillante. Y no por último, el desmontaje radical de diversas categorías marxistas ya mencionado. Creo que nadie ha hecho más daño al marxismo ortodoxo que Ernesto Laclau. Lo digo en serio.
Conversar con Laclau era una experiencia interesante. Fuera de las barricadas, las tres o cuatro veces que dialogamos fueron, al menos para mí, muy productivas. Tenía Laclau un don difícil de encontrar entre los intelectuales: Sabía escuchar. Y, además, sabía preguntar. Preguntaba mucho, pero no para torpedear sino para entender lo que uno planteaba. Y cuando se sentía muy cuestionado, decía con su acento porteño algo suavizado: “Sabés, lo que vos decís voy a tener que pensarlo”.
No lo digo porque ha muerto, pero de verdad, pienso que el pensamiento político es más pobre sin Ernesto Laclau.
http://prodavinci.com/blogs/ernesto-laclau-el-ultimo-teorico-por-fernando-mires/
Entrevista a Ernesto Laclau [1935-2014]
“Todo populismo es un momento de ruptura”
Boris Muñoz
En el año 2009, el periodista venezolano Boris Muñoz entrevistó a Ernesto Laclau, fallecido el 13 de abril de 2014. Argentino radicado en Londres desde finales de los años sesenta, Laclau es una referencia internacional en lo concerniente al populismo como tema filosófico y político. En sus últimos años se le consideró como el pensador que inspiró el kirchnerismo. Acá publicamos la entrevista que Muñoz le hizo a Laclau donde hablan de Robert Mugabe, Fidel Castro y Hugo Chávez, justo en el año en que el expresidente Néstor Kirchner ganó una curul en la Cámara de Diputados por la provincia de Buenos Aires y fue electo presidente del Partido Justicialista, todo durante la primera presidencia de su esposa Cristina Fernández de Kirchner.
Boris Muñoz
“No he encontrado ningún caso histórico en que la reconstitución de la identidad nacional
ocurra sin la figura de un líder”
Ernesto Laclau
Quizás el nombre de Ernesto Laclau no tenga una recordación instantánea como el de Noam Chomsky, pero sus credenciales lo presentan como uno de los más importantes teóricos políticos del presente. De hecho, su firma aparece con frecuencia vinculada a pensadores radicales (en el mejor sentido de la palabra) como la estadounidense Judith Butler y el esloveno Salvoj Zizek, quienes desde una perspectiva de izquierda llevan adelante una aguda crítica de la cultura contemporánea. Aunque cuando estuvo en Caracas Laclau prefirió no opinar sobre Venezuela, es innegable que forma parte de un pequeño pero influyente círculo de intelectuales internacionales que promueven la revolución bolivariana más allá de sus evidentes contradicciones.
Usted afirma que nadie asocia hoy el socialismo con la colectivización de los medios de producción, como planteó el marxismo clásico. ¿Qué es el socialismo hoy?
Actualmente, para definir el socialismo hay que entender necesariamente que la economía va a ser mixta en su carácter, pero también que va a tener una regulación estatal mucho más alta que la que se dio en las experiencias neoliberales. Todo el mundo se da cuenta de que ni el mercado como mecanismo regulador ni una burocracia estatal completa, como la de los regímenes de Europa del Este, son formas viables de organizar la economía. Lo que distingue al socialismo actual del socialismo del pasado es que en el pasado se creía que la socialización de los medios de producción y la regulación estatal iban a superar a los mecanismos de mercado. Hoy estamos más allá de eso.
Sin embargo, esta idea deja planteado el debate socialismo versus capitalismo. ¿Es posible convivencia de los dos sistemas?
No creo que ésa sea la forma de plantear el problema. El mercado internacional va a tener que avanzar hacia formas más amplias de globalización. Es necesario reformar las instituciones económicas internacionales y, también en la esfera internacional, la regulación de instancias estatales tendrá que incidir sobre las normas de acuerdos comerciales. Eso a cambio de no dejar sueltas a las fuerzas salvajes del mercado para que produzcan efectos dislocatorios, pues el capitalismo globalizado crea todo tipo de desajustes: ecológicos, económicos, sobre el empleo. Todo esto debe entrar en un proceso de regulaciones De modo que no se trata de que el mercado mundial vaya a ser capitalista y la economía interna vaya a ser planificada. Un elemento de mercado y otro de planificación.
Aunque suene muy tentadora esta compaginación, ¿es realmente posible dentro de una dinámica económica guiada por actores hegemónicos a quienes les interesa el juego salvaje? No sólo Estados Unidos, también China, India, la Unión Europea…
Lo que es posible es que ciertos elementos de regulación se establezcan a escala global, pero estoy de acuerdo en que es un proceso largo. Más bien se trata de un horizonte hacia donde debemos apuntar antes que esperar efectos inmediatos. En el caso latinoamericano, la redefinición de los acuerdos con el Fondo Monetario Internacional que han hecho Brasil, Argentina, Uruguay y Venezuela. Hoy los lazos con los organismos son más flojos y la capacidad de intervención del FMI se encuentra limitada.
Habría que añadir la recuperación de la soberanía nacional de estos pases. ¿Cuál es el papel de la soberanía en las nuevas dinámicas?
Hay que hacer distinciones. No se trata ya de las soberanías del Estado-Nación, sino de soberanías regionales. Iniciativas como el MERCOSUR expresan un punto de vista regional que el Estado-Nación no puede abarcar.
¿Cuáles son los nuevos términos? En América Latina vemos que, además de la demanda de cambios e inclusión, hay una desorganización social tremenda producto de la informalización económica y la marginación social.
Lo que se da en la escena latinoamericana es una sociedad civil con muy poca capacidad de autorregulación. O sea, que el momento de articulación política pasa a ser mucho más importante. En los últimos años ha habido en Argentina una organización social muy grande y de carácter horizontal como consecuencia de la crisis económica del menemismo. Sin embargo, esta movilización de tipo horizontal no ha producido efectos directos en el sistema político porque no era una movilización política. El lema de ellos era “Que se vayan todos”.
Bueno, ésa es una declaración política contra el statu quo.
Eliminar totalmente a la clase política es un arma de doble filo, porque siempre se va a quedar alguno. Y, sin la participación popular para determinar quién va a ser ese uno, pueden terminar dándole poder a alguien indeseable. En cambio, cuando se votaron las elecciones del 2003, el dilema se resolvió dentro de la partidocracia más tradicional. La cosa salió bien porque quien terminó elegido fue Néstor Kirchner, quien tiene como uno de los ejes de su proyecto político tratar de crear una integración entre la movilización horizontal y los canales verticales del sistema político. Si eso se produce, el resultado será una transformación democrática en la Argentina. Hay toda una generación política que está desapareciendo y hay actores nuevos y cuadros nuevos. Un futuro democrático, desde esta perspectiva, depende de esa ampliación de la esfera pública. Hay democracia siempre que actores que habían sido excluidos de la esfera pública comienzan a ser actores reales.
¿Cómo se produce esa articulación entre la participación horizontal y las instituciones políticas constituidas que son verticales?
Siempre va a existir una tensión, pero lo importante es que ésta no cristalice en ninguno de los dos polos. Una protesta social que no produce efectos en el sistema político se condena a la esterilidad y un sistema político que absorbe totalmente la protesta social sin darle autonomía genera burocratización. Ninguno de estos dos extremos son buenos.
Podría haber otro problema derivado: que el proceso de inclusión genere segregación, como ocurre en Venezuela.
No sé mucho de la situación de Venezuela de modo que no puedo contestar.
Pero como problema teórico está planteado.
Sin duda. Pero la política equivale a caminar entre precipicios: puede ladearse a un costado o al otro. ¿Qué pasa en otras áreas del mundo? Si piensas en un régimen como el de Zimbabwe, verás que Robert Mugabe, quien fue un líder populista y demócrata al comienzo, degeneró hacia un burocratismo que ya no refleja para nada las demandas iniciales de esa sociedad. Pero también puedes encontrar un líder como Julius Nyerere, en Tanzania, quien siempre pudo mantener un equilibrio entre el momento populista y la participación democrática. Insisto en que no hay ninguna ley histórica que implique que todo populismo tiene que degenerar en burocratismo.
¿Cuál es la posibilidad más estimulante?
Que entre el momento populista y el momento institucionalista se logre cierto equilibrio. Yo he hablado de una lógica de la equivalencia y una lógica de la diferencia. En la primera, las demandas sociales son absorbidas individualmente por un sistema político de partidos. El populismo divide a la sociedad en dos campos: el pueblo y la oligarquía o el Estado, al que siempre hay que construir como enemigo. Un populismo puro que destruye el momento institucional tiene todas las posibilidades de terminar en burocratismo. Pero un institucionalismo que elimina la participación política también lleva a la esclerosis del sistema. Muchos de los sistemas políticos latinoamericanos han sido destruidos no por el populismo, sino por procesos mucho más terribles como las grandes dictaduras militares, por un lado, o por el neoliberalismo, por el otro. Como resultado, la reconstrucción de los sistemas políticos va requerir en América Latina de una fuerte dimensión populista, por el hecho mismo que el antiguo institucionalismo está en crisis.
Hemos convertido al neoliberalismo en un gran otro (o un gran ogro) para justificar la instauración de una nueva hegemonía política, social y económica que tampoco funciona.
Hay que preguntarse si ese gran ogro es apenas una ficción, un chivo expiatorio o si, en realidad, es una amenaza al desenvolvimiento de la soberanía: un real gran otro.
Es inquietante y terrible que se deposite en el neoliberalismo toda la culpa de los fracasos latinoamericanos.
Bueno, hay una serie de fenómenos concomitantes y con eso estoy de acuerdo.
Usted ha dicho que el momento del populismo en nuestras sociedades latinoamericanas no puede prescindir de la figura del líder y que el avance de las reformas está atado al líder. Así que sin la articulación caudillo-pueblo el cambio social se frustra.
Una vez que se dan una serie de demandas insatisfechas, éstas deben cristalizar simbólicamente alrededor de un dirigente. ¿Por qué el líder? Mientras más institucionalizada se encuentre una sociedad la gente vive más inmanentemente dentro de un aparato impersonal. Pero mientras la gente se encuentre con las raíces sociales a la intemperie, más necesitará de una forma de identificación exterior a su experiencia cotidiana a través de la cual reconstituir un sentido de la propia identidad. Y en ese punto la figura del líder es central. Tenemos el caso de la crisis de la IV República en Francia. Allí hubo un proceso rápido de desinstitucionalización: el sistema parlamentario de partidos no funcionaba, la guerra de Argelia estaba en un punto álgido y había otros factores que demandaban un cambio radical. Sin la figura de De Gaulle ese cambio no se hubiese dado. No he encontrado ningún caso histórico en que esta reconstitución de la identidad nacional ocurra sin la personalidad ni la figura de un líder.
Es decir, que sin esta personalidad que arrastre y cree la cohesión entre la masa o el pueblo y un proyecto político encarnado en esta figura la sociedad no avanza.
Si nos remontamos a los orígenes del peronismo, al principio aparece la figura del descamisado, que tiene su equivalente en la Revolución Francesa. Es el desarraigado y excluido por el sistema. Esto era central en la identificación popular con su contrapartida, que era la figura de Perón. A medida que avanzaba la construcción de un nuevo Estado, el descamisado prácticamente desaparece del lenguaje político peronista y se pasa a una nueva imagen: la comunidad organizada. Es decir, la institucionalización pasa a ser más importante. Cualquier proceso de cambio lleva a esa centralidad del líder en el primer momento y luego, si el proceso es exitoso, a una institucionalización creciente de un nuevo Estado.
¿En qué momento deja el líder de ser relevante? Es algo que debería darse lógicamente a partir del éxito de la comunidad organizada.
Lo fundamental es que el populismo no es una ideología sino una forma de constitución de la política. Y eso puede darse en los discursos ideológicos más diversos. Si se da en un caso de institucionalización, pensemos en el caso de Turquía y Mustafa Kemal Ataturk. Es un caso de institucionalización relativamente exitoso. Al principio la figura material de Ataturk era central, pero después se fue desplazando hasta convertirse en un símbolo, una especie de dios ausente. Por otro lado, sus sucesores han creado una sociedad que es completamente distinta. Su figura no ha desaparecido, pero no tiene poder material porque no hay herederos, aunque Attatuk permanece como símbolo de la nación.
¿Hasta que punto el líder puede transformarse en un obstáculo para la institucionalización de la comunidad organizada?
Es una posibilidad que el líder de un proceso se convierta en un factor contraproducente, pero no es una fatalidad.
Históricamente hay muchos ejemplos de lo primero y pocos de lo segundo. Mugabe, por mencionar sólo uno.
También hay muchos otros cuyo resultado ha sido diferente. Perón tenía una clara conciencia de la situación a mediados de los años sesenta, pero todos los factores políticos organizados, fueran de izquierda o de derecha, pedían su regreso. Recuerdo que escribió una carta a una organización de izquierda a la que yo pertenecía en la cual decía, adaptándose al lenguaje que esta organización podía absorber, que las revoluciones pasaban por tres etapas. La primera es la preparación ideológica, es decir: Lenin. La segunda etapa es la toma del poder, es decir: Trotsky. Y la tercera es la institucionalización de la revolución, es decir: Stalin. Y añadía que la revolución peronista, para ser exitosa, tenía que pasar de la segunda a la tercera etapa. En otras palabras, Perón advertía en el horizonte los peligros de una pura movilización salvaje, pero no se daba cuenta que para institucionalizar algo él tenía que estar en el poder.
Como usted señala, al no ser el populismo una ideología, puede convocar todas estas facciones diferentes, sin que esto provoque una cohesión más allá del líder.
Cada facción tenía una imagen del líder que era contradictoria con las otras. No era un personalismo de poder el que soportaba las dificultades, sino un Perón imaginario que cada facción creía posible. Cuando el Perón real llega al poder encuentra que no puede controlar esas imágenes contradictorias.
Usted dice que, por suerte, el neoliberalismo no está hoy tan cerca de América Latina. ¿Cuáles son entonces los desafíos que debe afrontar la izquierda en la región?
Son varios los desafíos al modelo económico. En primer lugar, ningún Estado, librado a sí mismo, puede producir un modelo económico alternativo. Lo que puede suceder es que se den espacios económicos regionales más integrales, como el MERCOSUR en contraposición con el ALCA. Hay que tener una política solidaria en la cual el punto de vista de las pequeñas naciones sea respetado.
Usted afirma que la democracia siempre es populista. ¿Podría explicarlo?
Por democracia podemos entender dos cosas: bien el funcionamiento de las instituciones liberales, bien un tipo de actor democrático y colectivo que está inspirado en el concepto de la igualdad.
¿El socialismo?
El socialismo es un momento. La condición democrática empezó hace doscientos años con la Revolución Francesa cuando, por primera vez, el imaginario igualitario estuvo en el centro del espacio público. Pero estuvo restringido al principio de la ciudadanía. Con el discurso socialista se expande a la esfera económica. Después otra serie de discursos comienzan a expandir el discurso de la igualdad a la sociedad civil. Y ese es el proceso en que estamos comprometidos hoy.
¿Puede expandirse el socialismo como un ideario de la igualdad en un mundo dominado por la sociedad de consumo?
Si el mundo sólo fuera una sociedad de consumo, yo creo que el imaginario socialista estaría amenazado. Aunque evidentemente el consumismo es una de las amenazas a las reformas democráticas. Pero es ahí donde la movilización de masas sirve para crear ciertas formas de idealismo colectivo que puedan ir contra esa tendencia.
¿Dónde ocurre eso?
En Venezuela.
¡No me diga! Aquí lo más democrático es el consumismo. Uno de los desafíos de los cambios que hoy suceden en América Latina es mantener abierta la pluralidad y reivindicar a los excluidos sin excluir a quienes antes estaban incluidos. No es un trabalenguas.
Por pluralismo se pueden entender dos cosas distintas. Una implica participación y ampliación de la esfera pública. La otra niega el momento, necesario en mi opinión, de la integración populista. Cuando se habla de regímenes liberal-democráticos, lo que se olvida con frecuencia es que democracia y liberalismo, tal como se ofreció a principios del siglo XIX en Europa, no son la misma cosa. El liberalismo era una ideología completamente respetable, una forma de organización política prestigiosa. La democracia, en cambio, era un término peyorativo, algo vinculado al jacobinismo, gobierno de la turba y ese tipo de cosas. Se necesito el proceso torturado de revoluciones y reacciones durante todo el siglo XIX para poner juntos liberalismo y democracia. Esta fusión nunca se dio completamente en los países latinoamericanos. Los Estados latinoamericanos eran oligárquicos-liberales y caudillistas, pero no eran en absoluto democráticos. Había un clientelismo total con las bases de sustento. El resultado fue que, como consecuencia del desarrollo económico, empezaron a surgir sectores de clase media profesional, sectores populares de distinto tipo con demandas que los regímenes oligárquico-liberales son incapaces de resolver. Es ahí donde se produce un cortocircuito. En un momento, las demandas van más allá de la capacidad de absorción de los sistemas liberales y entonces empiezan a cristalizar dictaduras militares nacionalistas que son profundamente democráticas.
Perdón, ¿dictaduras democráticas?
Sí, es la idea de la dictadura del pueblo. Hacia 1910 hubo grandes esfuerzos reformadores del clase media que trataban de ampliar las bases sociales del sistema. Fue el caso de Irigoyen en Argentina, Suárez Ordoñez en Uruguay, Alexandri en Chile, Madero en México, Rui Barbosa en Brasil. Sin embargo, como resultado de la crisis económica de los años treinta, estos esfuerzos reformistas fracasaron y el resultado es que estas demandas insatisfechas se empiezan a expresar a través de regímenes que ponen en cuestión las bases de la organización liberal. En Argentina fue el peronismo, en Brasil el varguismo, el MNR en Bolivia y otros por el estilo. Es decir, reformas populares democráticas pero que se desarrollan en un cuadro institucional no-liberal. La tradición popular-nacional-democrática y la liberal-democrática siguieron separadas. Y yo pienso que sólo en los últimos treinta años, como resultado de las dictaduras más brutales que el continente haya experimentado y que golpearon a las dos tradiciones, es que éstas tienden a convergir pues ya no son incompatibles con el funcionamiento democrático-liberal de las instituciones. El imaginario global sigue siendo popular-nacionalista, pero las formas institucionales son perfectamente compatibles con la idea las instituciones liberal-democráticas.
En el caso venezolano, el proceso de reconocimiento de los sectores populares se ha desarrollado en medio de resistencias que no son sólo del establishment anterior, sino que atraviesan la sociedad de manera transversal. Esto tiene que ver con un acentuado temor a profundizar el personalismo y el conflicto que existe entre una tradición civilista, que ha tenido pocas oportunidades de actuar, y una tradición militarista y autoritaria presente también en la política venezolana. ¿Qué piensa usted del apoyo y rechazo que convoca la expansión populista?
Desde El Caracazo y a lo largo de todos los años noventa, Venezuela entró en un proceso de desinstitucionalización. Las instituciones no representaban mecanismos viables de las demandas. Todo el mundo percibía que algún cambio radical en la forma de Estado tenía que ocurrir. Cuando esta situación se da, según la lógica de equivalencia, la construcción de un pueblo como agente político y la emergencia de un líder son elementos casi inevitables.
De hecho, Chávez fue apoyado por la mayoría de la población.
Por eso es difícil que los sectores antiguamente institucionalizados puedan volver: simplemente porque esa institucionalidad ya estaba quebrada. Por lo tanto, la oposición venezolana no puede ser una oposición nostálgica del antiguo institucionalismo. No creo que pueda haber un populismo sin una ideologización del espacio político, porque el populismo siempre crea nuevas formas de legitimidad que van en contra de las que existían anteriormente. Todo populismo es un momento de ruptura. El desafío se encuentra en aceptar el cambio histórico que se ha producido en la sociedad venezolana y bregar por objetivos nuevos. El desafío al chavismo es crear un régimen nacional popular que sea compatible con las instituciones democráticas. Yo no tengo ninguna prueba de que el chavismo vaya a resolver mal este desafío. Puede haber un estado populista en el cual exista libertad de prensa y opinión y una oposición constituida.
Eso sí, bajo constante amenaza e intimidación.
En eso no quisiera entrar, pues estamos hablando del proceso.
Pero aquí no todo es color de rosa…
No veo este proceso color de rosa. Simplemente trato de entender lo que está ocurriendo. Y como visitante no me corresponde opinar.
También hay segregación política e ideológica.
Bueno, yo no creo que pueda haber un populismo sin una ideologización del espacio político, porque el populismo siempre crea nuevas formas de legitimidad que van en contra de las que existían anteriormente. Todo populismo es un momento de ruptura.
Lo importante es determinar cuándo la tensión producida por el populismo es productiva y cuándo se vuelve destructiva.
El populismo puede terminar muy mal. Pero no es forzoso que eso suceda.
Volvamos a una pregunta anterior. ¿Cuándo puede el caudillo sofocar el proceso de cambio?
El caso es el que representa Mugabe.
¿Dónde queda Castro?
No creo que se equiparen. Fidel Castro es el líder de una nación que ha estado sometida a un bloqueo de cincuenta años. El problema político de mantenerse en guardia contra el bloqueo y la agresión es una constante de la política cubana. Además, el grado de apoyo interno que tiene el régimen de Fidel Castro es formidable. Creo que si muriera en este momento la Revolución Cubana no desaparecería.
Pero está también el problema de la pluralidad democrática que no existe en Cuba.
Mi opinión es que la relación con Venezuela ha sido providencial para Cuba. Lo que puede pasar es que, a través de una serie de reformas, el proceso cubano se integre al proceso latinoamericano. Eso sería muy importante para América Latina porque la otra alternativa es que la mafia cubana de Miami entre a controlar la isla y la siembre de nuevo de casinos y burdeles.
http://prodavinci.com/2014/04/14/actualidad/ernesto-laclau-%E2%80%9Ctodo-populismo-es-un-momento-de-ruptura%E2%80%9D/
sábado, 26 de abril de 2014
CUADERNO DE BITÁCORA
Las gráficas corresponden a la visita a Maracaibo, el día 22 de los corrientes. Las penúltimas fotografías fueron tomadas de http://www.ventevenezuela.org/mcm-zulia-es-muestra-de-que-venezuela-no-claudica/ (GO). La última, en la que el diputado Freddy Marcano y el suscrito compartimos con Luis Pazos, quien conferenció en la sede de VENTE, gentilmente invitados por MCM.
LB
domingo, 20 de abril de 2014
CAZA DE CITAS
“La conducta de Emparan, contradictoria y hesitante, alternativamente violenta y débil, debe notarse como uno de los factores determinantes del movimiento separatista del año siguiente. Enemistóse el Capitán General desde el principio con el clero y emprendió la lucha contra el Ayuntamiento, que daba señales de independencia en aquellas delicadas circunstancias de crisis política, y contra la Audiencia que le hacía oposición elevando quejas a España”
Caracciolo Parra Pérez
(“Historia de la Primera República de Venezuela”, Biblioteca Ayacucho-BCV, Caracas, 2011: 191)
Fotografía: Élite, Caracas, 04/1964.
Caracciolo Parra Pérez
(“Historia de la Primera República de Venezuela”, Biblioteca Ayacucho-BCV, Caracas, 2011: 191)
Fotografía: Élite, Caracas, 04/1964.
NOTICIERO RETROSPECTIVO
- Opinan sobre la crisis y sus consecuencias: Abdón Vivas Terán, Luis Manuel Peñalver, Moisés Moleiro, Pedro Ortega Díaz, Manuel Rafael Rivero y Luis Beltrán Mago. El Nacional, Caracas, 22/03/1989.
- Rodolfo Quintero. "Presidentes de probeta". El Nacional, 12/08/78.
- Carlos Eduardo Frías. "Alejandro Oropeza Castillo". El Nacional, 28/01/65.
Reproducción (imagen horizontalmente invertida): "Su Señoría Ilustrísima doctor Lucas Guillermo Castillo Pastor de la Grey venezolana, quien en estos días ha sido como siempre, objeto de deferentes manifestaciones de respetuosa admiración que traducen en amlio amor hacia la religión ca-tólica (SIC) y sus ilustres prelados en Caracas". Billiken, Caracas, nr. 1043 de 08/1948.
- Rodolfo Quintero. "Presidentes de probeta". El Nacional, 12/08/78.
- Carlos Eduardo Frías. "Alejandro Oropeza Castillo". El Nacional, 28/01/65.
Reproducción (imagen horizontalmente invertida): "Su Señoría Ilustrísima doctor Lucas Guillermo Castillo Pastor de la Grey venezolana, quien en estos días ha sido como siempre, objeto de deferentes manifestaciones de respetuosa admiración que traducen en amlio amor hacia la religión ca-tólica (SIC) y sus ilustres prelados en Caracas". Billiken, Caracas, nr. 1043 de 08/1948.
JURAR LA LARGA TRANSICIÓN
A propósito de López Contreras
Luis Barragán
Domeñadas las circunstancias y sus circundantes, Eleazar López Contreras se hizo titular de la Presidencia de la República finalizando abril de 1936, para afianzar la naturaleza y el papel que la corporación castrense definió entre 1913 y 1914. Ostentando la mayor jerarquía militar, encaró el inmediato período post-gomecista con una habilidad que sorprendió a sus coetáneos y contemporáneos.
Impensable meses atrás, reconocida la anterior etapa como la de una dictadura, en medios de gran circulación, caracterizados por una temerosa prudencia, se aseguraba que el país estaba “enrumbado hacia la democracia y hacia la vida legal con el acto trascendental del juramento del nuevo Presidente de la República, celebrado el pasado miércoles 29 de abril en el Salón de Sesiones del Congreso Nacional” que lo seleccionó el sábado 25 (Élite, Caracas, nr. 555 del 02/05/1936). Comenzaba una larga y particular transición que los especialistas afirman o niegan como democrática, en la necesarísima discusión histórica y politológica que puede también alumbrar los eventos actuales.
Luce evidente que, a pesar de las posiciones encontradas a propósito del lopezato, redescubriendo lo político, surge una nueva esfera democratizadora, con nuevos agentes (ciudadanía y partidos) y una innovadora agenda para el debate abierto (políticas públicas, legislación moderna, elecciones, nuevos órganos de representación), como advierte Luis Ricardo Dávila (“Venezuela: La formación de las identidades políticas”, ULA, Mérida, 1996). Prosiguiéndolo, respecto a las identidades políticas, surge un conjunto de condiciones como el lenguaje común, integrado por objetos y conceptos antes soslayados; un marco institucional, reconociéndose en las tradiciones; y un foro político, capaz de hacerse de un discurso de propósitos prestos a la aceptación, confrontación, transformación, rechazo, reforzamiento o ampliación.
Otro autor, Óscar Battaglini, acierta con su breve consideración en torno al Ejército de 1913, ya convertido “no sólo [en] la base fundamental del poder y de todo el orden de dominación existente, sino [en] la única organización nacional que, en esas condiciones, podía asumir la conducción del proceso político dirigido a implantar la ‘democracia verdadera’” promovida por López Contreras (“Venezuela 1936-1941: Dos proyectos democráticos”, UCV, Caracas, 1993). Por lo demás, precisa que la elección realizada por el Congreso en la citada oportunidad, conjuró varios riesgos, como el de la disolución y consiguiente llamado a un desafiante proceso electoral, o el de la prolongación y endurecimiento de la dictadura que, creemos, probablemente hubiese adelantado el rol que las Fuerzas Armadas jugó en la década de los cincuenta, faltándole todavía madurar ciertas condiciones.
Valga acotar, convertidas en meras apuestas, las transiciones no se decretan confiadas al azar. Deben responder, sincerándolas, a una indispensable caracterización de los gobiernos o regímenes que están llamados a reemplazar, suscitando y reivindicando – toda una aparente perogrullada – un lenguaje público abarcador o pastoral, contrastante con el sectarismo y exclusivismo desechado; un marco institucional, haciendo posible la conjunción de las experiencias adquiridas y de la imaginación propulsora; y un foro político metabolizador de ideas, intereses y demandas cada vez más impostergables.
Actualmente, supone reconocer las transformaciones (in) deseables que también ha sufrido la entidad armada, a fin de sofocar las amenazas de su desaparición como tal o entronización como un poderoso actor político, remitiéndonos a un dilema preocupante que desconoce la obligación de reinstitucionalizarla y actualizarla desde una perspectiva democrática de la seguridad y defensa de la nación. Ésta y otras materias constituyen a agenda de la otra transición que debemos encarar, repensando al país como sorprendentemente se hizo en 1936, en las diferentes aceras que lo avenidizaban.
Reproducciones: Élite, Caracas, nr. 555 del 02/05/1936.
Luis Barragán
Domeñadas las circunstancias y sus circundantes, Eleazar López Contreras se hizo titular de la Presidencia de la República finalizando abril de 1936, para afianzar la naturaleza y el papel que la corporación castrense definió entre 1913 y 1914. Ostentando la mayor jerarquía militar, encaró el inmediato período post-gomecista con una habilidad que sorprendió a sus coetáneos y contemporáneos.
Impensable meses atrás, reconocida la anterior etapa como la de una dictadura, en medios de gran circulación, caracterizados por una temerosa prudencia, se aseguraba que el país estaba “enrumbado hacia la democracia y hacia la vida legal con el acto trascendental del juramento del nuevo Presidente de la República, celebrado el pasado miércoles 29 de abril en el Salón de Sesiones del Congreso Nacional” que lo seleccionó el sábado 25 (Élite, Caracas, nr. 555 del 02/05/1936). Comenzaba una larga y particular transición que los especialistas afirman o niegan como democrática, en la necesarísima discusión histórica y politológica que puede también alumbrar los eventos actuales.
Luce evidente que, a pesar de las posiciones encontradas a propósito del lopezato, redescubriendo lo político, surge una nueva esfera democratizadora, con nuevos agentes (ciudadanía y partidos) y una innovadora agenda para el debate abierto (políticas públicas, legislación moderna, elecciones, nuevos órganos de representación), como advierte Luis Ricardo Dávila (“Venezuela: La formación de las identidades políticas”, ULA, Mérida, 1996). Prosiguiéndolo, respecto a las identidades políticas, surge un conjunto de condiciones como el lenguaje común, integrado por objetos y conceptos antes soslayados; un marco institucional, reconociéndose en las tradiciones; y un foro político, capaz de hacerse de un discurso de propósitos prestos a la aceptación, confrontación, transformación, rechazo, reforzamiento o ampliación.
Otro autor, Óscar Battaglini, acierta con su breve consideración en torno al Ejército de 1913, ya convertido “no sólo [en] la base fundamental del poder y de todo el orden de dominación existente, sino [en] la única organización nacional que, en esas condiciones, podía asumir la conducción del proceso político dirigido a implantar la ‘democracia verdadera’” promovida por López Contreras (“Venezuela 1936-1941: Dos proyectos democráticos”, UCV, Caracas, 1993). Por lo demás, precisa que la elección realizada por el Congreso en la citada oportunidad, conjuró varios riesgos, como el de la disolución y consiguiente llamado a un desafiante proceso electoral, o el de la prolongación y endurecimiento de la dictadura que, creemos, probablemente hubiese adelantado el rol que las Fuerzas Armadas jugó en la década de los cincuenta, faltándole todavía madurar ciertas condiciones.
Valga acotar, convertidas en meras apuestas, las transiciones no se decretan confiadas al azar. Deben responder, sincerándolas, a una indispensable caracterización de los gobiernos o regímenes que están llamados a reemplazar, suscitando y reivindicando – toda una aparente perogrullada – un lenguaje público abarcador o pastoral, contrastante con el sectarismo y exclusivismo desechado; un marco institucional, haciendo posible la conjunción de las experiencias adquiridas y de la imaginación propulsora; y un foro político metabolizador de ideas, intereses y demandas cada vez más impostergables.
Actualmente, supone reconocer las transformaciones (in) deseables que también ha sufrido la entidad armada, a fin de sofocar las amenazas de su desaparición como tal o entronización como un poderoso actor político, remitiéndonos a un dilema preocupante que desconoce la obligación de reinstitucionalizarla y actualizarla desde una perspectiva democrática de la seguridad y defensa de la nación. Ésta y otras materias constituyen a agenda de la otra transición que debemos encarar, repensando al país como sorprendentemente se hizo en 1936, en las diferentes aceras que lo avenidizaban.
Reproducciones: Élite, Caracas, nr. 555 del 02/05/1936.
PARA TRES OBSERVACIONES
De un conspirador
Luis Barragán
Pasada la dictadura de Pérez Jiménez, fue una experiencia lenta, penosa y compleja la de desarticular a los grupos de oficiales que se organizaron para conspirarlo. Las Fuerzas Armadas experimentaron las conmociones propias de una corporación que, como tal, nació con las reformas que la definieron entre 1913 y 1914, sintiendo prontamente amenazados sus intereses en el contexto – no lo olvidemos – de la llamada Guerra Fría.
La transición y, específicamente, la reaparición de los partidos, suscitó distintas y encontradas posturas. Resultaba impostergable un conjunto de acuerdos básicos para viabilizar la democracia representativa, como en efecto se logró, generando una resistencia en los grupos que pugnaban por el poder inmediato, incluso, dándole soporte a las aspiraciones de ciertos sectores civiles.
Manuel Bravo habla del “problema político [que] radicaba, en esta nueva etapa, en la naturaleza de las tendencias particulares que actuaban en su interior [FF. AA.]”: los decididamente militaristas, al lado de los “marginados” durante la dictadura y los institucionalistas que apoyarán al nuevo régimen. Éstos hallarán en Rómulo Betancourt, un garante de la seguridad social e, inferimos, un administrador de la injerencia partidista en la entidad armada (en: Tierra Firme, Caracas, nr. 43 de 1993). Empero, la consabida insurrección armada le impondrá un distinto desafío, reconvirtiendo las tendencias.
Puede decirse que, saldo del derrocamiento, persistieron y se prolongaron tales liderazgos al interior de la corporación, procurando interpretarla. Hubo individualidades que exhibieron el gesto y el esfuerzo de rebelión, acaso, como una superior credencial frente a los líderes políticos, fundamentalmente los que regresaron del exilio.
Quizá por la superación de las circunstancias más difíciles de la insubordinación, un caso parecido a los civiles que soportaron airosamente la clandestinidad, tentaban la suerte en la nueva etapa que se abría. Por ello, puede decirse de un oficio que se creyó olvidado, el de conspirador, conceptualmente distinto al del subversivo, aunque no tardará también el uno en encontrar una solución de continuidad en el otro, en el marco del inadvertido proceso de reestructuración castrense que comenzó en 1845, a juzgar por Ingrid Micett y Domingo Irwin (en: “El incesto republicano”, Nuevos Aires, Caracas, 2013).
La prensa de entonces, luce como una extraordinaria vitrina de las denuncias sobre múltiples conspiraciones y conspiradores. Un clima de desconfianza perfila la figura del militar agazapado, insatisfecho y resentido que reclama no sólo el crédito, sino el cupo correspondiente en el inmediato post-perejimenato.
El levantamiento de Ramo Verde y las dos incursiones del general J. M. Castro León, por no mencionar otros casos, ejemplifican los riesgos inherentes al reacomodo global de todos los actores públicos. Surgen nombres emblemáticos que alertan y suscitan las movilizaciones de masas, siendo uno de ellos el de Martín Parada, el mayor que ametralló el Palacio de Miraflores el primero de enero de 1958.
El ahora teniente coronel Parada está involucrado en las acciones o pretensiones golpistas de la nueva hora, por lo que se decide remitirlo a la representación venezolana en la Junta Interamericana de Defensa, en Washington. Realizando estudios de Estado Mayor, es retirado de la corporación quedando varado en Madrid.
Regresa al país en 1962, siendo detenido, procesado y enviado al Cuartel San Carlos de Caracas, donde compartirá espacios con colegas como Moncada Vidal o Ponte Rodríguez. Y antes de entregar el poder en marzo de 1964, Betancourt sobresee su causa.
Parada, quien ya cuenta con 42 años de edad, declara a Víctor Manuel Reinoso que no demandará por la baja repentina de las Fuerzas Armadas. Manifiesta: “… Debemos desterrar los odios. Es la única manera que terminemos con los odios y los exilios (…) Yo no considero a nadie mi enemigo personal” (Élite, Caracas, nr. 2010 del 04/04/1964).
A medio siglo de la libertad del aviador militar, además de reseñar brevemente algunas de las vicisitudes experimentadas por las Fuerzas Armadas, intentamos tres rápidas observaciones. Por una parte, en medio de un clima de violencia, con la política de sobreseimientos e indultos que finalmente condujeron a la Política de Pacificación, no hubo el ensañamiento pertinaz contra la disidencia, como ahora ocurre; por otra, los prisioneros políticos no eran normalmente confinados y confundidos con la delincuencia común, abultando el contraste de las condiciones que hoy padecen; y, por último, necesitamos reivindicar la verdad histórica que, harto manipulada, convierte a Torquemada en un dato anecdótico respecto a un pasado que se hace cada vez más remoto.
Fotografías de Luigi Scotto: Entre otras, liberado el teniente coronel (r) Martín Parada, comparte con su esposa Graciela Barbella y sus hijas Rosa Regina y María Isabel.Élite, Caracas, nr. 2010 del 04/04/1964.
Fuente: http://opinionynoticias.com/opinionpolitica/18966-de-un-conspirador
Luis Barragán
Pasada la dictadura de Pérez Jiménez, fue una experiencia lenta, penosa y compleja la de desarticular a los grupos de oficiales que se organizaron para conspirarlo. Las Fuerzas Armadas experimentaron las conmociones propias de una corporación que, como tal, nació con las reformas que la definieron entre 1913 y 1914, sintiendo prontamente amenazados sus intereses en el contexto – no lo olvidemos – de la llamada Guerra Fría.
La transición y, específicamente, la reaparición de los partidos, suscitó distintas y encontradas posturas. Resultaba impostergable un conjunto de acuerdos básicos para viabilizar la democracia representativa, como en efecto se logró, generando una resistencia en los grupos que pugnaban por el poder inmediato, incluso, dándole soporte a las aspiraciones de ciertos sectores civiles.
Manuel Bravo habla del “problema político [que] radicaba, en esta nueva etapa, en la naturaleza de las tendencias particulares que actuaban en su interior [FF. AA.]”: los decididamente militaristas, al lado de los “marginados” durante la dictadura y los institucionalistas que apoyarán al nuevo régimen. Éstos hallarán en Rómulo Betancourt, un garante de la seguridad social e, inferimos, un administrador de la injerencia partidista en la entidad armada (en: Tierra Firme, Caracas, nr. 43 de 1993). Empero, la consabida insurrección armada le impondrá un distinto desafío, reconvirtiendo las tendencias.
Puede decirse que, saldo del derrocamiento, persistieron y se prolongaron tales liderazgos al interior de la corporación, procurando interpretarla. Hubo individualidades que exhibieron el gesto y el esfuerzo de rebelión, acaso, como una superior credencial frente a los líderes políticos, fundamentalmente los que regresaron del exilio.Quizá por la superación de las circunstancias más difíciles de la insubordinación, un caso parecido a los civiles que soportaron airosamente la clandestinidad, tentaban la suerte en la nueva etapa que se abría. Por ello, puede decirse de un oficio que se creyó olvidado, el de conspirador, conceptualmente distinto al del subversivo, aunque no tardará también el uno en encontrar una solución de continuidad en el otro, en el marco del inadvertido proceso de reestructuración castrense que comenzó en 1845, a juzgar por Ingrid Micett y Domingo Irwin (en: “El incesto republicano”, Nuevos Aires, Caracas, 2013).
La prensa de entonces, luce como una extraordinaria vitrina de las denuncias sobre múltiples conspiraciones y conspiradores. Un clima de desconfianza perfila la figura del militar agazapado, insatisfecho y resentido que reclama no sólo el crédito, sino el cupo correspondiente en el inmediato post-perejimenato.
El levantamiento de Ramo Verde y las dos incursiones del general J. M. Castro León, por no mencionar otros casos, ejemplifican los riesgos inherentes al reacomodo global de todos los actores públicos. Surgen nombres emblemáticos que alertan y suscitan las movilizaciones de masas, siendo uno de ellos el de Martín Parada, el mayor que ametralló el Palacio de Miraflores el primero de enero de 1958.
El ahora teniente coronel Parada está involucrado en las acciones o pretensiones golpistas de la nueva hora, por lo que se decide remitirlo a la representación venezolana en la Junta Interamericana de Defensa, en Washington. Realizando estudios de Estado Mayor, es retirado de la corporación quedando varado en Madrid.
Regresa al país en 1962, siendo detenido, procesado y enviado al Cuartel San Carlos de Caracas, donde compartirá espacios con colegas como Moncada Vidal o Ponte Rodríguez. Y antes de entregar el poder en marzo de 1964, Betancourt sobresee su causa.
Parada, quien ya cuenta con 42 años de edad, declara a Víctor Manuel Reinoso que no demandará por la baja repentina de las Fuerzas Armadas. Manifiesta: “… Debemos desterrar los odios. Es la única manera que terminemos con los odios y los exilios (…) Yo no considero a nadie mi enemigo personal” (Élite, Caracas, nr. 2010 del 04/04/1964).A medio siglo de la libertad del aviador militar, además de reseñar brevemente algunas de las vicisitudes experimentadas por las Fuerzas Armadas, intentamos tres rápidas observaciones. Por una parte, en medio de un clima de violencia, con la política de sobreseimientos e indultos que finalmente condujeron a la Política de Pacificación, no hubo el ensañamiento pertinaz contra la disidencia, como ahora ocurre; por otra, los prisioneros políticos no eran normalmente confinados y confundidos con la delincuencia común, abultando el contraste de las condiciones que hoy padecen; y, por último, necesitamos reivindicar la verdad histórica que, harto manipulada, convierte a Torquemada en un dato anecdótico respecto a un pasado que se hace cada vez más remoto.
Fotografías de Luigi Scotto: Entre otras, liberado el teniente coronel (r) Martín Parada, comparte con su esposa Graciela Barbella y sus hijas Rosa Regina y María Isabel.Élite, Caracas, nr. 2010 del 04/04/1964.
Fuente: http://opinionynoticias.com/opinionpolitica/18966-de-un-conspirador
LA ASONADA TÉCNICA
De un precursor golpe de Estado
Luis Barragán
Cien años atrás, supimos del primer golpe (técnico) de Estado en nuestra historia. Superamos las más variadas, espontáneas y recurrentes montoneras y asonadas, guerras y escaramuzas, por impedimento de las Fuerzas Armadas encaminadas hacia su definitiva profesionalización y especialización, como inequívoca expresión del Estado Nacional.
Tropas reglamentadas, línea vertical de mando, aprovisionamiento, movilizaciones indiscutidas, artillería, logística, planes operacionales, constituyen rasgos de sendas operaciones militares orientadas a amurallar el acceso a la región central del país y, específicamente, a la sede de los Poderes Públicos redefinidos en violación a la Constitución – por entonces – vigente. No habrá una batalla decisiva que celebrar, convertido todo el territorio nacional en un teatro de operaciones que, ya muy poco o nada, remite a las tradicionales, improvisadas y azarosas reyertas de generales sobrevenidos.
Juan Vicente Gómez (JVG), tiene ya algunos años como inquilino en el poder que, después, lo tendrá como dueño exclusivo. Cercano a cumplir su mandato constitucional, ha sorteado las diferentes rivalidades apostando al constante reacomodo político en los ámbitos nacional y regionales, y a la lenta conformación de un equipo estable de gobierno concitada la lealtad de los jefes militares y la de una astuta intelectualidad que cumple también roles tecnocráticos, privilegiando el nexo familiar.
La Constitución de 1909, imposibilita la reelección inmediata (artículo 84); y subraya la importancia del Consejo de Gobierno, cuyos integrantes significativamente los elige el Congreso en la misma oportunidad que al Presidente de los Estados Unidos de Venezuela (88). Por cierto, éste comanda y organiza el Ejército y la Milicia, concebida como Fuerza Pública Nacional naval y terrestre (79 y 124), auspiciando una entidad armada pasiva y obediente, referida a las autoridades civiles (140).
Franchesqui González, en un interesante y condensado trabajo digital, habla de las “maniobras políticas” que resultan en un “equilibrio inestable”, entre 1908 y 1912. Cercanas las elecciones, planteada la sucesión presidencial, importa recordar con Caballero: “No era todavía [JVG] el gobernante absoluto, como todo el mundo se acostumbrará a verlo más tarde, sino un hombre obligado a hacer esas concesiones, de rigor en un juego político al cual luego afectará despreciar”.
Por 1913, venciéndose el período presidencial, hay circunstancias apremiantes y peligrosas que las sintetizan crisis como la del Protocolo Venezolano-Francés, la de una considerable resistencia al continuismo que tiene por principal escenario el Consejo Federal y el complot de Román Delgado Chalbaud. Sostenemos, conjurar la crisis, después del triunfo trascendental que protagonizara JVG en Ciudad Bolívar en 1903, liquidado el caudillismo como estirpe para parafrasear a Inés Quintero, amerita de una solución diferente a aquella que pueda convencionalmente reactivarla.
Gracias a su personal intuición y a las recomendaciones de los más cercanos colaboradores, escuchadas con su habitual cautela, JVG pondrá un acento innovador al recontextualizar la política militar del odiado antecesor. Así, entre 1910 y 1912, ha iniciado un proceso de institucionalización, estructuración y organización de la entidad armada con el reconocimiento y la fundación de la Academia Militar, la Escuela de Aplicación Militar y la Escuela de Clases, ilustrando la definitiva consolidación del Estado, coincidente con la construcción de las carreteras y líneas ferroviarias que le garanticen una creciente movilidad en todo el territorio nacional, por ejemplo.
La estratagema de 1913
Será harto difícil que JVG desconozca la Constitución de 1909 que rubricó su esperanzador ascenso al poder, requerido de una respuesta eminentemente política que afiance el control sobre el Ejército también bajo las inevitables expectativas. Pareciera que no la hubiese, encallejonado, excepto la de idear una mentira sin precedentes, aunque de una eficacia insospechada: la amenaza de una temible invasión de Cipriano Castro, por las costas falconianas, permitiéndole simultáneamente depurar, aglutinar y convertir en una emergencia nacional la salvación del propio régimen.
Denunciada la invasión, JVG suspende las garantías constitucionales que fuerza a la de la misma elección presidencial, a mediados de 1913. Bien lo apunta Franchesqui González, invocando el artículo 23 constitucional, al convertirse en defensor de los derechos fundamentales, evitará la declaratoria de un trastorno del orden público previa a la de conmoción interior o rebelión a mano armada (82) que, en la práctica, equivale a la de un Estado de Excepción, generador de un conjunto de diligencias que incluye, previamente, la deliberación y el voto favorable del Consejo de Gobierno.
Partiendo del telegrama de alerta remitido a los presidentes de los estados, es tal el engaño que, por una parte, únicamente JVG conoce la naturaleza, las condiciones y alcances específicos de la amenaza, generando confusión entre sus cercanos partidarios tentados por distanciarse; por otra, igualmente confundidos, estimula a sectores del castrismo exiliado en Curazao para incorporarse a la fingida invasión, resultando apresados los más ingenuos; y, luego, en nombre de la paz alterada, creyendo atajar un alzamiento convencional, conducirá al Ejército a protagonizar y celebrar un golpe ya técnico de Estado. Fenómeno quizá inédito, concuerdan simultáneamente las medidas políticas y militares del caso, capturando el poder por siempre.
Suspendida la elección presidencial, ha adoptado una serie de represalias contra aquellos que avivaron su entusiasmo y voluntad en el albur de una campaña electoral que jamás se dio. El abogado guayanés Félix Monte, quien – además – denuncia la vecindad de una guerra civil, tiene el atrevimiento de aspirar a la sucesión, lanzado al destierro por más de veinte años, mientras que, completando la amarga lección, el más vehemente promotor de la candidatura, el corajudo periodista Rafael Arévalo González, se hundirá en las espesas sombras de La Rotunda.
JVG deja como encargado de la Presidencia de los Estados Unidos de Venezuela a José Gil Fortuol, quien preside el redefinido Consejo de Gobierno, y encabeza toda una empresa bélica, movilizando a miles de hombres extraordinariamente adiestrados, apertrechados, coordinados, disciplinados y decididos, acantonándolos finalmente en Maracay y sus alrededores a objeto de protocolizar el nacimiento e institucionalización de una poderosa fuerza que él y únicamente él comanda, consagrada la jerarquía militar. Ya los contrastes de la década están anunciados en una vitrina políticamente eficaz, sumada un sentido de la marcialidad de escasos antecedentes: “La diferencia - anotará Rangel - entre el aparato castrense del gobierno y el que podían oponerle sus enemigos se torna abismal. Mientras en la Venezuela de 1890 un caudillo podía guardar armas tan mortíferas como las del gobierno, en 1920 esa situación se ha revocado. Frente a un ejército nacionalmente vertebrado, con disciplina y mandos centralizados y dueño de ametralladoras y cañones eficientes, las tropas caudillescas serán una caricatura”.
La ecuación está despejada, aventajada por el viejo temor a la guerra y la conclusiva consolidación del “establishment gomecista”, de acuerdo a Caballero. Empero, tan extraordinaria movilización no será un simple ejercicio de tropas, sino que coronará una intención que convierte la nota de un periódico caraqueño en un obligado amago de inocencia cuando todos los vecinos de Caracas ya hicieron de notarios ante el nuevo Ejército, entrante el primero de enero de 1914 a la ciudad: “… La vida institucional de la República interrumpida por breve paréntesis á causa de la rebelión armada que interrumpiera en 1913 el desarrollo del proceso electoral”.
Consumación del golpe
La compleja operación política tan afín a un golpe entera y técnicamente militar, sin claros precedentes, comporta la simulación de un renacimiento republicano cuando las municipalidades, como depositarias de la soberanía popular, mediante las Asambleas de Plenipotenciarios de los Distritos, elija un Congreso de Diputados Plenipotenciarios de Venezuela en 1914, encaminado a redactar un Estatuto Constitucional Provisorio. Y lo hará con la ironía de proclamar que “toda autoridad usurpada es ineficaz y sus actos son nulos” (artículo 22), arribando a una fórmula completamente novedosa: el Comandante en Jefe del Ejército Nacional, seleccionado por esa instancia (43), consumando así el golpe.

Indiscutible acreedor de los destinos del país, JVG impone el nombre del abogado y periodista Victorino Márquez Bustillos (VMB), como Presidente Provisional, el 19 de abril del aludido año. La reseña de primera plana, en El Universal de Caracas, es suficientemente didáctica al asegurar que “el estampido de la salva que anunció la reunión de los Plenipotenciarios de los Estados en Congreso, anunció también la bancarrota del sindicato revolucionario". Y prosigue: "El fracaso político ha sido decisivo como el militar. Cuando los Estados inquirieron de qué fuente legítima podían salir los nuevos depositarios de los Poderes de la Federación, el Ejecutivo Federal contestó: sólo tiene derecho á destruir, el que puede construir. La fuente legítima es el Pueblo; es El quien hace ó deshace el Pacto. El Ejecutivo se limita á acatar la decisión de los Estados".
Derrotada la pretendida confabulación de "Castro y los que, llamados á servir á la Rehabilitación, estorbaron y retardaron ó con su codicia, á la cual sacrificaron siempre los intereses públicos, ó con ambiciones personales y prácticas contrarias al bién de la Nación, el cumplimiento del programa rehabilitador". Añade: "Y el General Gómez triunfó de esa conspiración de la gratitud, y Jefe incontestado é incontestable de cuantos ciñen espada (...) depuso el bastón de mando", y "frente al continuismo de ellos y de sus procedimientos á lo que se opone esta administración, continuadora fidelísima de la alta labor del ex-presidente General J. V. Gómez, Jefe único de la Rehabilitación Nacional".
Ceremonia de la normalización republicana, Gil Fortuol eleva un mensaje al país seguido por la presentación de las memorias de los despachos ejecutivos, procediéndose a la elección de la provisionalidad: VMB, Presidente; Jesús Rojas Fernández, quien curiosamente se desempeñaba como Administrador de la Aduana de La Guaira, Primer Vicepresidente; y el general Caracciolo Parra Picón, Segundo Vicepresidente. José Eugenio Pérez, Plenipotenciario del estado Portuguesa, es el proponente de JVG como Comandante en Jefe del Ejército.
La Procuraduría recae en Pedro Manuel Arcaya. La Corte Federal la integran: Emilio Constatino Guerrero, Carlos Alberto Urbaneja, Pedro Hermoso Tellería, Enrique Urdaneta Maya, Juan Bautista Pérez, Crispín Yépez y Eugenio Pérez (principales); y Caros Urrutia, Wanceslao Monserrate Hermoso, Alejandro Urbajeja, Angel Vicente Rivero, Cristóbal Soublette, Rafael Medina Torres y Francisco Gerardo Yánes (suplentes). Y el Gabinete Ejecutivo: Ministro de relaciones Interiores, César Zumeta; Relaciones Exteriores, Manuel Día Rodríguez; Hacienda, Román Cárdenas; Guerra y Marina, general M.V. Castro Zavala; Fomento, Pedro Emilio Coll; Obras Públicas, Luis Vélez; e Instrucción Pública, F. Guevara Rojas.
Luego, es redactada, sancionada y promulgada la nueva Constitución. Ya es posible la reelección inmediata del Presidente, quien comanda y organiza el Ejército, la Armada y la Milicia, facultado en caso de conmoción interior o rebelión a mano armada (artículo 78), reiterando la pasividad y obediencia castrense (125). Las cámaras de Senadores y de Diputados se reunirán en Congreso para “nombrar cada año, si lo juzgaren conveniente (…) un Comandante en Jefe del Ejército Nacional, y determinar en el mismo acto sus funciones” (57). Sin embargo, libre ya de cualquier compromiso con los liberales amarillos y nacionalistas, elegido JVG para un período de siete años como Presidente Titular, conservando el cargo de Comandante en Jefe del Ejército, dejará como Presidente Encargado a VMM hasta 1922, ocasión en la que es reemplazado con la Carta de 1914.
Un contrasentido, citando a Ulises Picón Rivas, Franchesqui González indica que la tarea ha sido la de “institucionalizar el Golpe de Estado continuista”, aunque así pareciera por obra de un golpismo crónico en relación a los reajustes constitucionales y la misma comedia institucional que inaugura. Recurriendo de nuevo a una reseña de prensa, ésta asegura que de los eventos “salieron ilesos los principios republicanos sin recurrir á la dictadura ni prolongar á la nación en un largo período de incertidumbre”, afianzando el disparate jurídico.
Lo cierto es que asistimos al perfeccionamiento técnico del golpe de Estado, so pretexto de un ingenioso ardid político. La asonada o el pronunciamiento, ya no dependerán de la aventurada incursión de las montoneras, sino de la centralizada y jerarquizada corporación castrense, de sus superiores recursos materiales y bélicos, como de los servicios de información que las hacen capaces de desplegarse operacionalmente en todo el territorio nacional para el cumplimiento de sus objetivos tácticos y, luego, estratégicamente, ensayar y soportar una distinta superlegalidad.
Agregamos con Nordlinger, ya ha perfilado sendos intereses corporativos inherentes a su profesionalización y prerrogativas que, al consustanciarse con JVG, adquiere preeminencia con la creación y reconocimiento de la figura del Comandante en Jefe, cuya selección es semejante a la del propio Presidente de la República, siendo éste escasamente importante – sobre todo – por la provisionalidad que caracterizó su ejercicio. No por casualidad, en 1914 se da el reventón del Zumaque 1 y otros serán los desarrollos de la institución armada que especialistas reconocidos, como Domingo Irwin o Luis Alberto Buttó, trabajan incansablemente.
Breve noticia de VMB
Abogado y periodista (1858-1941), diputado, senador, presidente del estado Trujillo, gobernador del Distrito Federal y ministro de Guerra y Marina, posteriormente frustrada la embajada en la Santa Sede, después de morir JVG ingresó a la Academia de Ciencias Políticas y tuvo una pasantía como secretario de Eleazar López Contreras. De acuerdo a algunas fuentes, éste consideró – además - su nombre para sucederle en la jefatura del Estado.
Chiossone advierte que VMB perteneció activamente a un grupo de antiguos gomecistas que, reunidos con frecuencia en su casa de Sebucán, se oponían a la designación de un civil como Diógenes Escalante, planteándose la sucesión de López Contreras en cabeza de los generales Elbano Mibelli o Félix Galavís, añadidos los preparativos de un movimiento armado. Finalmente, el grupo aceptó la designación de Isaías Medina Angarita, quedando para la posterioridad la estampa de un VMB de frondosos bigotes, adulador insigne que iluminó su casa de habitación proclamando a JVG, como puede verse en sendas fotografías publicadas por El Nuevo Diario o Billiken.
Junto a Juan Bautista Pérez, desempeñó la larga y extravagante función de la provisoriedad, en una dictadura que no dejó de ser tal, por más empeño – que los tuvo – de guardar las apariencias políticas y jurídicas. El desempeño de un ministerio tan importante como el de Guerra y Marina, así cumpliese una faceta eminentemente administrativa, nos avisa de una adecuada destreza y competencia para navegar en las aguas encontradas de la corporación que ayudó a crear.
REFERENCIAS: Brewer-Carías, Allan (2008) “Las Constituciones de Venezuela”, Academia Nacional de Ciencias Políticas y Sociales, Caracas; Caballero, Manuel (1993) “Gómez, el tirano liberal (Vida y muerte del siglo XIX)”, Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas; Chiossone, Tulio (1988) “Memorias de una reaccionario”, Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses, Caracas; Franchesqui González, Napoleón (2001) “El gobierno de Juan Vicente Gómez 1908-1914” (http://nfghistoria.net/wp-content/uploads/2010/09/Juan-Vicente-Gomez_LibroNFG2.pdf); Nordlinger, Eric (1977) “Soldiers in politics: Military coups and governments”, Prentice-Hall, New Jersey; Fundación Polar, “Diccionario Interactivo de Historia de Venezuela” (S/f); Pérez Campos, Magaly (1998) “Glosario de términos de Ciencia Política”, UCV, Caracas; Rangel, Domingo Alberto (1965) “Los andinos en el poder”, Talleres Gráficos Universitarios, Mérida; S/a (1914) Reseñas, El Universal, Caracas, 20 y 23/04.
Reproducciones:
1. Reseña de la formalización del precursor golpe técnico de Estado y parte de los elencos facilitadores. El Universal, Caracas, 20/04/1914.
2. Márquez Bustillos no repetirá en la encargaduría de la presidencia gracias a las intrigas, como suele asegurarse, frustrada luego la representación por ante la Santa Sede. Además de la prolongada provisionalidad, no sorprende que un régimen de las consabidas características tenga la intriga y la confabulación palaciega como una de sus claves esenciales, por lo que – inferimos – el personaje demostró una fructífera habilidad para imponerse frente a sus competidores. Fotografía de Chirinos, Gómez a la entrada del Hipódromo de El Paraíso lleva del brazo a la sra. Knopps ("viste traje de levita por primera y última vez"). Entre otros, está acompañado del canciller, general Manuel Antonio Matos, Victorino Márquez Bustillos, y el general Martínez Méndez ("a quien le acomodaron la especie de haber dicho al Presidente - su cuñado - que el traje de levita le evita inconvenientes a quien lo usa", anota Lucas Manzano). Élite, Caracas, nr. 2028 del 08/08/1964.
3. Márquez Bustillos cumplió fielmente con las responsabilidades delegadas, aunque no repetirá como encargado de la presidencia luego de 1922. De su bibliografía directa, destacan títulos que versan sobre Gómez y su régimen, llamando la atención uno específicamente relacionado con la reforma militar, pero no hay alguno referido a su gestión eminentemente administrativa o afín a la especialidad que lo convirtió en miembro de la Academia de Ciencias Políticas. Por cierto, la fotografía fue tomada por Manrique & C°, siendo la más conocida la de Luis Felipe Toro de 1912. Billiken, año III, Caracas, nr. 24 del 29/04/1922.
Fuente:
http://www.noticierodigital.com/2014/04/de-un-precursor-golpe-de-estado/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=1029974
Luis Barragán
Cien años atrás, supimos del primer golpe (técnico) de Estado en nuestra historia. Superamos las más variadas, espontáneas y recurrentes montoneras y asonadas, guerras y escaramuzas, por impedimento de las Fuerzas Armadas encaminadas hacia su definitiva profesionalización y especialización, como inequívoca expresión del Estado Nacional.
Tropas reglamentadas, línea vertical de mando, aprovisionamiento, movilizaciones indiscutidas, artillería, logística, planes operacionales, constituyen rasgos de sendas operaciones militares orientadas a amurallar el acceso a la región central del país y, específicamente, a la sede de los Poderes Públicos redefinidos en violación a la Constitución – por entonces – vigente. No habrá una batalla decisiva que celebrar, convertido todo el territorio nacional en un teatro de operaciones que, ya muy poco o nada, remite a las tradicionales, improvisadas y azarosas reyertas de generales sobrevenidos.
Juan Vicente Gómez (JVG), tiene ya algunos años como inquilino en el poder que, después, lo tendrá como dueño exclusivo. Cercano a cumplir su mandato constitucional, ha sorteado las diferentes rivalidades apostando al constante reacomodo político en los ámbitos nacional y regionales, y a la lenta conformación de un equipo estable de gobierno concitada la lealtad de los jefes militares y la de una astuta intelectualidad que cumple también roles tecnocráticos, privilegiando el nexo familiar.
La Constitución de 1909, imposibilita la reelección inmediata (artículo 84); y subraya la importancia del Consejo de Gobierno, cuyos integrantes significativamente los elige el Congreso en la misma oportunidad que al Presidente de los Estados Unidos de Venezuela (88). Por cierto, éste comanda y organiza el Ejército y la Milicia, concebida como Fuerza Pública Nacional naval y terrestre (79 y 124), auspiciando una entidad armada pasiva y obediente, referida a las autoridades civiles (140).Franchesqui González, en un interesante y condensado trabajo digital, habla de las “maniobras políticas” que resultan en un “equilibrio inestable”, entre 1908 y 1912. Cercanas las elecciones, planteada la sucesión presidencial, importa recordar con Caballero: “No era todavía [JVG] el gobernante absoluto, como todo el mundo se acostumbrará a verlo más tarde, sino un hombre obligado a hacer esas concesiones, de rigor en un juego político al cual luego afectará despreciar”.
Por 1913, venciéndose el período presidencial, hay circunstancias apremiantes y peligrosas que las sintetizan crisis como la del Protocolo Venezolano-Francés, la de una considerable resistencia al continuismo que tiene por principal escenario el Consejo Federal y el complot de Román Delgado Chalbaud. Sostenemos, conjurar la crisis, después del triunfo trascendental que protagonizara JVG en Ciudad Bolívar en 1903, liquidado el caudillismo como estirpe para parafrasear a Inés Quintero, amerita de una solución diferente a aquella que pueda convencionalmente reactivarla.
Gracias a su personal intuición y a las recomendaciones de los más cercanos colaboradores, escuchadas con su habitual cautela, JVG pondrá un acento innovador al recontextualizar la política militar del odiado antecesor. Así, entre 1910 y 1912, ha iniciado un proceso de institucionalización, estructuración y organización de la entidad armada con el reconocimiento y la fundación de la Academia Militar, la Escuela de Aplicación Militar y la Escuela de Clases, ilustrando la definitiva consolidación del Estado, coincidente con la construcción de las carreteras y líneas ferroviarias que le garanticen una creciente movilidad en todo el territorio nacional, por ejemplo.
La estratagema de 1913Será harto difícil que JVG desconozca la Constitución de 1909 que rubricó su esperanzador ascenso al poder, requerido de una respuesta eminentemente política que afiance el control sobre el Ejército también bajo las inevitables expectativas. Pareciera que no la hubiese, encallejonado, excepto la de idear una mentira sin precedentes, aunque de una eficacia insospechada: la amenaza de una temible invasión de Cipriano Castro, por las costas falconianas, permitiéndole simultáneamente depurar, aglutinar y convertir en una emergencia nacional la salvación del propio régimen.
Denunciada la invasión, JVG suspende las garantías constitucionales que fuerza a la de la misma elección presidencial, a mediados de 1913. Bien lo apunta Franchesqui González, invocando el artículo 23 constitucional, al convertirse en defensor de los derechos fundamentales, evitará la declaratoria de un trastorno del orden público previa a la de conmoción interior o rebelión a mano armada (82) que, en la práctica, equivale a la de un Estado de Excepción, generador de un conjunto de diligencias que incluye, previamente, la deliberación y el voto favorable del Consejo de Gobierno.
Partiendo del telegrama de alerta remitido a los presidentes de los estados, es tal el engaño que, por una parte, únicamente JVG conoce la naturaleza, las condiciones y alcances específicos de la amenaza, generando confusión entre sus cercanos partidarios tentados por distanciarse; por otra, igualmente confundidos, estimula a sectores del castrismo exiliado en Curazao para incorporarse a la fingida invasión, resultando apresados los más ingenuos; y, luego, en nombre de la paz alterada, creyendo atajar un alzamiento convencional, conducirá al Ejército a protagonizar y celebrar un golpe ya técnico de Estado. Fenómeno quizá inédito, concuerdan simultáneamente las medidas políticas y militares del caso, capturando el poder por siempre.
Suspendida la elección presidencial, ha adoptado una serie de represalias contra aquellos que avivaron su entusiasmo y voluntad en el albur de una campaña electoral que jamás se dio. El abogado guayanés Félix Monte, quien – además – denuncia la vecindad de una guerra civil, tiene el atrevimiento de aspirar a la sucesión, lanzado al destierro por más de veinte años, mientras que, completando la amarga lección, el más vehemente promotor de la candidatura, el corajudo periodista Rafael Arévalo González, se hundirá en las espesas sombras de La Rotunda.JVG deja como encargado de la Presidencia de los Estados Unidos de Venezuela a José Gil Fortuol, quien preside el redefinido Consejo de Gobierno, y encabeza toda una empresa bélica, movilizando a miles de hombres extraordinariamente adiestrados, apertrechados, coordinados, disciplinados y decididos, acantonándolos finalmente en Maracay y sus alrededores a objeto de protocolizar el nacimiento e institucionalización de una poderosa fuerza que él y únicamente él comanda, consagrada la jerarquía militar. Ya los contrastes de la década están anunciados en una vitrina políticamente eficaz, sumada un sentido de la marcialidad de escasos antecedentes: “La diferencia - anotará Rangel - entre el aparato castrense del gobierno y el que podían oponerle sus enemigos se torna abismal. Mientras en la Venezuela de 1890 un caudillo podía guardar armas tan mortíferas como las del gobierno, en 1920 esa situación se ha revocado. Frente a un ejército nacionalmente vertebrado, con disciplina y mandos centralizados y dueño de ametralladoras y cañones eficientes, las tropas caudillescas serán una caricatura”.
La ecuación está despejada, aventajada por el viejo temor a la guerra y la conclusiva consolidación del “establishment gomecista”, de acuerdo a Caballero. Empero, tan extraordinaria movilización no será un simple ejercicio de tropas, sino que coronará una intención que convierte la nota de un periódico caraqueño en un obligado amago de inocencia cuando todos los vecinos de Caracas ya hicieron de notarios ante el nuevo Ejército, entrante el primero de enero de 1914 a la ciudad: “… La vida institucional de la República interrumpida por breve paréntesis á causa de la rebelión armada que interrumpiera en 1913 el desarrollo del proceso electoral”.
Consumación del golpe
La compleja operación política tan afín a un golpe entera y técnicamente militar, sin claros precedentes, comporta la simulación de un renacimiento republicano cuando las municipalidades, como depositarias de la soberanía popular, mediante las Asambleas de Plenipotenciarios de los Distritos, elija un Congreso de Diputados Plenipotenciarios de Venezuela en 1914, encaminado a redactar un Estatuto Constitucional Provisorio. Y lo hará con la ironía de proclamar que “toda autoridad usurpada es ineficaz y sus actos son nulos” (artículo 22), arribando a una fórmula completamente novedosa: el Comandante en Jefe del Ejército Nacional, seleccionado por esa instancia (43), consumando así el golpe.

Indiscutible acreedor de los destinos del país, JVG impone el nombre del abogado y periodista Victorino Márquez Bustillos (VMB), como Presidente Provisional, el 19 de abril del aludido año. La reseña de primera plana, en El Universal de Caracas, es suficientemente didáctica al asegurar que “el estampido de la salva que anunció la reunión de los Plenipotenciarios de los Estados en Congreso, anunció también la bancarrota del sindicato revolucionario". Y prosigue: "El fracaso político ha sido decisivo como el militar. Cuando los Estados inquirieron de qué fuente legítima podían salir los nuevos depositarios de los Poderes de la Federación, el Ejecutivo Federal contestó: sólo tiene derecho á destruir, el que puede construir. La fuente legítima es el Pueblo; es El quien hace ó deshace el Pacto. El Ejecutivo se limita á acatar la decisión de los Estados".
Derrotada la pretendida confabulación de "Castro y los que, llamados á servir á la Rehabilitación, estorbaron y retardaron ó con su codicia, á la cual sacrificaron siempre los intereses públicos, ó con ambiciones personales y prácticas contrarias al bién de la Nación, el cumplimiento del programa rehabilitador". Añade: "Y el General Gómez triunfó de esa conspiración de la gratitud, y Jefe incontestado é incontestable de cuantos ciñen espada (...) depuso el bastón de mando", y "frente al continuismo de ellos y de sus procedimientos á lo que se opone esta administración, continuadora fidelísima de la alta labor del ex-presidente General J. V. Gómez, Jefe único de la Rehabilitación Nacional".
Ceremonia de la normalización republicana, Gil Fortuol eleva un mensaje al país seguido por la presentación de las memorias de los despachos ejecutivos, procediéndose a la elección de la provisionalidad: VMB, Presidente; Jesús Rojas Fernández, quien curiosamente se desempeñaba como Administrador de la Aduana de La Guaira, Primer Vicepresidente; y el general Caracciolo Parra Picón, Segundo Vicepresidente. José Eugenio Pérez, Plenipotenciario del estado Portuguesa, es el proponente de JVG como Comandante en Jefe del Ejército.
La Procuraduría recae en Pedro Manuel Arcaya. La Corte Federal la integran: Emilio Constatino Guerrero, Carlos Alberto Urbaneja, Pedro Hermoso Tellería, Enrique Urdaneta Maya, Juan Bautista Pérez, Crispín Yépez y Eugenio Pérez (principales); y Caros Urrutia, Wanceslao Monserrate Hermoso, Alejandro Urbajeja, Angel Vicente Rivero, Cristóbal Soublette, Rafael Medina Torres y Francisco Gerardo Yánes (suplentes). Y el Gabinete Ejecutivo: Ministro de relaciones Interiores, César Zumeta; Relaciones Exteriores, Manuel Día Rodríguez; Hacienda, Román Cárdenas; Guerra y Marina, general M.V. Castro Zavala; Fomento, Pedro Emilio Coll; Obras Públicas, Luis Vélez; e Instrucción Pública, F. Guevara Rojas.
Luego, es redactada, sancionada y promulgada la nueva Constitución. Ya es posible la reelección inmediata del Presidente, quien comanda y organiza el Ejército, la Armada y la Milicia, facultado en caso de conmoción interior o rebelión a mano armada (artículo 78), reiterando la pasividad y obediencia castrense (125). Las cámaras de Senadores y de Diputados se reunirán en Congreso para “nombrar cada año, si lo juzgaren conveniente (…) un Comandante en Jefe del Ejército Nacional, y determinar en el mismo acto sus funciones” (57). Sin embargo, libre ya de cualquier compromiso con los liberales amarillos y nacionalistas, elegido JVG para un período de siete años como Presidente Titular, conservando el cargo de Comandante en Jefe del Ejército, dejará como Presidente Encargado a VMM hasta 1922, ocasión en la que es reemplazado con la Carta de 1914.Un contrasentido, citando a Ulises Picón Rivas, Franchesqui González indica que la tarea ha sido la de “institucionalizar el Golpe de Estado continuista”, aunque así pareciera por obra de un golpismo crónico en relación a los reajustes constitucionales y la misma comedia institucional que inaugura. Recurriendo de nuevo a una reseña de prensa, ésta asegura que de los eventos “salieron ilesos los principios republicanos sin recurrir á la dictadura ni prolongar á la nación en un largo período de incertidumbre”, afianzando el disparate jurídico.
Lo cierto es que asistimos al perfeccionamiento técnico del golpe de Estado, so pretexto de un ingenioso ardid político. La asonada o el pronunciamiento, ya no dependerán de la aventurada incursión de las montoneras, sino de la centralizada y jerarquizada corporación castrense, de sus superiores recursos materiales y bélicos, como de los servicios de información que las hacen capaces de desplegarse operacionalmente en todo el territorio nacional para el cumplimiento de sus objetivos tácticos y, luego, estratégicamente, ensayar y soportar una distinta superlegalidad.
Agregamos con Nordlinger, ya ha perfilado sendos intereses corporativos inherentes a su profesionalización y prerrogativas que, al consustanciarse con JVG, adquiere preeminencia con la creación y reconocimiento de la figura del Comandante en Jefe, cuya selección es semejante a la del propio Presidente de la República, siendo éste escasamente importante – sobre todo – por la provisionalidad que caracterizó su ejercicio. No por casualidad, en 1914 se da el reventón del Zumaque 1 y otros serán los desarrollos de la institución armada que especialistas reconocidos, como Domingo Irwin o Luis Alberto Buttó, trabajan incansablemente.
Breve noticia de VMB
Abogado y periodista (1858-1941), diputado, senador, presidente del estado Trujillo, gobernador del Distrito Federal y ministro de Guerra y Marina, posteriormente frustrada la embajada en la Santa Sede, después de morir JVG ingresó a la Academia de Ciencias Políticas y tuvo una pasantía como secretario de Eleazar López Contreras. De acuerdo a algunas fuentes, éste consideró – además - su nombre para sucederle en la jefatura del Estado.
Chiossone advierte que VMB perteneció activamente a un grupo de antiguos gomecistas que, reunidos con frecuencia en su casa de Sebucán, se oponían a la designación de un civil como Diógenes Escalante, planteándose la sucesión de López Contreras en cabeza de los generales Elbano Mibelli o Félix Galavís, añadidos los preparativos de un movimiento armado. Finalmente, el grupo aceptó la designación de Isaías Medina Angarita, quedando para la posterioridad la estampa de un VMB de frondosos bigotes, adulador insigne que iluminó su casa de habitación proclamando a JVG, como puede verse en sendas fotografías publicadas por El Nuevo Diario o Billiken.
Junto a Juan Bautista Pérez, desempeñó la larga y extravagante función de la provisoriedad, en una dictadura que no dejó de ser tal, por más empeño – que los tuvo – de guardar las apariencias políticas y jurídicas. El desempeño de un ministerio tan importante como el de Guerra y Marina, así cumpliese una faceta eminentemente administrativa, nos avisa de una adecuada destreza y competencia para navegar en las aguas encontradas de la corporación que ayudó a crear.REFERENCIAS: Brewer-Carías, Allan (2008) “Las Constituciones de Venezuela”, Academia Nacional de Ciencias Políticas y Sociales, Caracas; Caballero, Manuel (1993) “Gómez, el tirano liberal (Vida y muerte del siglo XIX)”, Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas; Chiossone, Tulio (1988) “Memorias de una reaccionario”, Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses, Caracas; Franchesqui González, Napoleón (2001) “El gobierno de Juan Vicente Gómez 1908-1914” (http://nfghistoria.net/wp-content/uploads/2010/09/Juan-Vicente-Gomez_LibroNFG2.pdf); Nordlinger, Eric (1977) “Soldiers in politics: Military coups and governments”, Prentice-Hall, New Jersey; Fundación Polar, “Diccionario Interactivo de Historia de Venezuela” (S/f); Pérez Campos, Magaly (1998) “Glosario de términos de Ciencia Política”, UCV, Caracas; Rangel, Domingo Alberto (1965) “Los andinos en el poder”, Talleres Gráficos Universitarios, Mérida; S/a (1914) Reseñas, El Universal, Caracas, 20 y 23/04.
Reproducciones:
1. Reseña de la formalización del precursor golpe técnico de Estado y parte de los elencos facilitadores. El Universal, Caracas, 20/04/1914.
2. Márquez Bustillos no repetirá en la encargaduría de la presidencia gracias a las intrigas, como suele asegurarse, frustrada luego la representación por ante la Santa Sede. Además de la prolongada provisionalidad, no sorprende que un régimen de las consabidas características tenga la intriga y la confabulación palaciega como una de sus claves esenciales, por lo que – inferimos – el personaje demostró una fructífera habilidad para imponerse frente a sus competidores. Fotografía de Chirinos, Gómez a la entrada del Hipódromo de El Paraíso lleva del brazo a la sra. Knopps ("viste traje de levita por primera y última vez"). Entre otros, está acompañado del canciller, general Manuel Antonio Matos, Victorino Márquez Bustillos, y el general Martínez Méndez ("a quien le acomodaron la especie de haber dicho al Presidente - su cuñado - que el traje de levita le evita inconvenientes a quien lo usa", anota Lucas Manzano). Élite, Caracas, nr. 2028 del 08/08/1964.
3. Márquez Bustillos cumplió fielmente con las responsabilidades delegadas, aunque no repetirá como encargado de la presidencia luego de 1922. De su bibliografía directa, destacan títulos que versan sobre Gómez y su régimen, llamando la atención uno específicamente relacionado con la reforma militar, pero no hay alguno referido a su gestión eminentemente administrativa o afín a la especialidad que lo convirtió en miembro de la Academia de Ciencias Políticas. Por cierto, la fotografía fue tomada por Manrique & C°, siendo la más conocida la de Luis Felipe Toro de 1912. Billiken, año III, Caracas, nr. 24 del 29/04/1922.
Fuente:
http://www.noticierodigital.com/2014/04/de-un-precursor-golpe-de-estado/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=1029974
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