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domingo, 29 de julio de 2018

UNOS Y OTROS BARROTES

De los prisioneros de antes y de hoy
Luis Barragán


Medio siglo atrás, cumplida la pena impuesta, Marcos Pérez Jiménez se fue del país para no volver jamás. La tentación es la de versar sobre la dictadura que ejerció o, mejor, el fenómeno electoral que luego encarnó. Sin embargo, deseamos llamar la atención en torno a su prisión en Venezuela, contrastante con la que padeció y padece la dirigencia opositora actual.

Ciertamente, en la década de los ’60 del ‘XX,  por distintos motivos, incluyendo las tentativas de golpe de Estado y la insurrección armada de derecha e izquierda, fueron arrestados numerosos líderes y, por regla general, conducidos al Cuartel San Carlos y otras instalaciones semejantes, con algunas características: raramente incomunicados, recibían atención médica, contaban con un mínimo y seguro desenvolvimiento personal, los frecuentaban familiares  y relacionados, la prensa y los parlamentarios podían constatar las condiciones en las que se encontraban, algunos escribieron sus mejores libros tras  barrotes y, entre  otros aspectos, el no menos fundamental, estaban sometidos a un estricto proceso judicial.  Fácil comparación, los prisioneros o, mejor, rehenes políticos de hoy, no gozan siquiera de la oportuna presentación a los tribunales, cuyos actos resultan postergados infinidades de veces, en el caso de preverlos.

Desde hace tiempo, tenemos pendiente un trabajo extenso en la materia y, si bien es cierto que no a todos los apresados de las décadas anteriores les garantizaron sus derechos, por los excesos represivos de la época, no menos cierto es que una muestra de los más emblemáticos revela una relación de respeto que ahora, sencillamente, no se tiene. Podría aseverarse que, entre otros, Pérez Jiménez fue un encarcelado estelar de entonces, por una obvia significación política, y un equivalente aproximado sería Leopoldo López, quien – por cierto – se entregó pacíficamente en el contexto de un inédito acto de movilización ciudadana.

Principiando agosto de 1968, Pérez Jiménez salió en libertad, dejando constancia la prensa hasta del costo de la boletería aérea de las cinco pesonas qu lo acompañaron al extranjero, señalando que “en mi país fui tratado bien, no así en EE. UU.”.  Un reportaje de Rafael Simón Borges, con fotografías de Rafael Mármol, para El Universal (Caracas, 04/08/1968), revela las condiciones que soportó en la Cárcel Modelo de Caracas, parecidas a las de su celda en la Penitenciaría General de San Juan de Los Morros, la cual abandonó en 1964.

Observa el periodista, cinco puertas metálicas conducían al pequeño apartamento ocupado en la Modelo, equipado con cocina, televisor, tocadiscos, aparato radial ; dormitorio de amplio closet, baño privado  y un patio para ejercicios físicos, dibujaban una rutina que incluía la atención del secretario privado y de la persona que llevaba sus alimentos, la visita matutina de familiares y relacionados entre lunes y viernes, cumplimentada una agenda que añadía la lectura diaria de toda la prensa y la siesta. Al revisar los medios escritos de aquella también prolongada y difícil etapa histórica, podemos verificar que los traslados de un enemigo declarado del régimen democrático, a tal punto que abordó el avión de salida con la punta de una ametralladora a sus espaldas,  acarreaba un importante operativo de seguridad, incluso, para la revisión de las actas procesales, destacando por su pulcro vestir, junto a los abogados defensores, en la entrada y la salida de la otrora sede de la Corte Suprema de Justicia.

Algunos dirán de una exagerada atención, mientras otros elucubrarán sobre un pacto de complicidad con los gobernantes de turno.  Absurdo caso éste, porque finalizando el decenio e iniciándose el siguiente, Pérez Jiménez y sus representes, adquirieron tal importancia y calibre político que hizo necesario enmendar la Constitución de 1961.

Valga acotar, un reportaje de Ultario León, con elocuentes imágenes, para la revista Venezuela Gráfica (Caracas, nr. 570 del 07/09/1962), revela cómo se encontraban Jesús María Castro León, Martín Parada, Edito Ramírez, y otros sobresalientes conspiradores de aquellos años, en el Cuartel San Carlos. Obviamente, algo parecido resulta imposible en lo que va de la presente centuria, respecto a los prisioneros de consciencia lo cual descalifica moralmente a los clanes que gobiernan o dicen gobernar al país.

Reproducciones: Reportaje indicado de El Universal, Caracas, 1968.
30/07/2018:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/33198-de-los-prisioneros-de-antes-y-de-hoy

domingo, 31 de mayo de 2015

UNA DISTINTA PRISIÓN DE CONSCIENCIA

Del Cuartel San Carlos a La Tumba
Luis Barragán


Luce evidente la distancia entre el Cuartel San Carlos y La Tumba, como recintos para la reclusión política.  En décadas pasadas, aquél acogió a sendos y experimentados procesados militares y ordinarios, dada la importancia de los hechos imputados,   siendo numerosos y espontáneos los testimonios gráficos de la prisión, mientras que sobre ésta, pesa un amargo silencio oficial respecto a la propia situación humana de los jóvenes que intentaron reivindicar la legítima y pacífica protesta en los tiempos que corren.

En nuestras modestas intervenciones en las plenarias de la Asamblea Nacional (07/04 y  05/05/15), enfatizamos la distinción al denunciar el injusto encarcelamiento de los muchachos, habida cuenta del eficaz mito que inspira al oficialismo en torno al viejo establecimiento militar, dizque resumen del peor período represivo en nuestro historial republicano. Además, tuvimos ocasión de visitarlo (http://analitica.com/opinion/opinion-nacional/de-una-visita-al-cuartel-san-carlos/), y, al integrar la Comisión Permanente de Cultura, hacer el debido seguimiento – por estos años -  a un inmueble de alto valor patrimonial, por lo que no nos sorprendió la discusión del reciente acuerdo alusivo a la desaparición física de Máximo Canales, aunque así lo pretendieron al colocarlo sin previo aviso en el Orden del Día.

En un extraordinario trabajo histórico,  Carmen Brunilde Liendo (“El Cuartel San Carlos y el ejército de Caracas 1771-1884”, Caracas, 2001), llama la atención sobre el centripetismo capitalino, la significación militar y destino de la edificación que refleja las distintas etapas vividas por el país, sumadas las de una prolongada ruindad y recuperación.  Muy a principios de los sesenta del siglo XX, fue sede del Batallón de Ingenieros “Francisco Avendaño” hasta que se decidió como lugar de detención, con el traslado de Jesús María Castro León y otras personas provenientes del Castillo Libertador, añadiendo a los activistas de la insurrección marxista de acuerdo a las reseñas periodísticas de entonces que avisan de una curiosa coexistencia ideológica de los aprehendidos.

Contrariando el mito, por ejemplo, Dámaso Rojas (Élite, Caracas, nr. 2077 del 17/07/1965) y Jesús Sanoja Hernández (Economía Hoy, Caracas, 07/2000), quien lo vio como un “vasto depósito del pensamiento revolucionario o subversivo”, señalan la ocasión que les dio a los reclusos para el estudio y la reflexión, activándose recreativamente. Sanoja Hernández reconoce que “las celdas se convirtieron en oficinas de correos”, trastocado el intenso debate en artículos publicados en diarios públicos y clandestinos, libros, ensayos y poemarios.

Américo Martín (“Memorias II 1960-1970”, Caracas, 2013), retrata su estancia en el cuartel, permitiéndose escribir,  recibir la debida atención médica, al igual que la visita personal y regular de familiares y relacionados, con el libre interés de la opinión pública. No obstante, nada parecido ocurre en el siglo XXI, abandonado a su suerte el San Carlos y remitidos los inconformes a La Tumba, El Helicoide y otros establecimientos a los que se les niega el natural centripetismo político, gracias a las retaliaciones, la  censura y el bloqueo informativo.

Variadas son las vicisitudes padecidas por los jóvenes presidiarios de la radical intolerancia oficial que clama a los cielos por antiguos carcelazos. A mediados de marzo del presente año, defensores de derechos humanos, familiares y relacionados, se dieron cita en la Universidad Central de Venezuela para ofrecer el directo y dramático testimonio de los problemas de naturaleza médica, farmacéutica, económica que, entre otros, sufren los muchachos constantemente amenazados con la transferencia a un centro penitenciario para delincuentes comunes, sumergidos en la tortura – por lo menos – psicológica que no admite la más inocente fotografía.

La madre que surca la carretera nocturna en el bamboleante autobús, con la esperanza de ver por escasos minutos a su hijo, le indignará que haya parlamentarios que evadan temerosos su caso y, faltando poco, dejando constancia de su ciega adhesión, rasguen sus vestiduras porque el Cuartel San Carlos sintetizó todo lo peor. Algún día descubriremos toda la tragedia que cursa, de la que poco sabemos y mucho intuimos cuando no es posible que un diputado de oposición pueda siquiera visitar a los valientes muchachos.

Reproducciones:

- Ilustración de John Moore para un texto de Jesús Sanoja Hernández. El Nacional, Caracas, 15/08/1982. Papel Literario.
- Ilustrador no identificado para un texto de Jesús Sanoja Hernández. Economía Hoy, Caracas, 07/2000.
- Fotografías para un reportaje de Dámaso Rojas.Élite, Caracas, nr. 2077 del 17/07/1965.
- Portada del libro de B. Liendo Gómez.
- Escenas del encuentro de la UCV (Caracas, 25/03/2015).

Fuente:
http://www.diariocontraste.com/del-cuartel-san-carlos-a-la-tumba-por-luis-barragan-luisbarraganj/

Breve reseña

Carmen Brunilde Liendo Gómez, es la autora del magnífico trabajo publicado por la Academia Nacional de la Historia (Caracas, 2001), tesis de ascenso en el escalafón docente de la UCAB (1996). Versa sobre los fuertes, cuarteles y estructuras militares urbanas (I), los hombres del cuerpo militar en Caracas (II), el Cuartel San Carlos (III) y su reconstrucción en la época republicana (III). Setenta y dos años después del terremoto de 1812, es reconstruida la obra de 1790, en un formidable contexto paisajístico como el de las sabanas de La Trinidad.
Nos llama la atención el desarrollo y  precisión de un trabajo que, además de utilizar con buen criterios las fuentes documentale, incluyendo las hemerográficas, tiene el tino de contextualizar el célebre cuartel en relación al centripetismo caraqueño y a la propia evolución del elemento militar que ha de reflejar, como lo reflejó, distinguiendo las milicias – un dato medioeval- del ejército regular. Por lo demás, especifica la naturaleza de la edificación y el cumplimiento de su uicación estratégica. Evitando la tentación de disgregarse a propósito de los factores que explican la construcción del inmueble, tardío frente a la prioridad del sistema defensivo de las costas, en forma concisa lo aborda iluminándonos sobre etapas que enuncia con la exactitud de la conocedora de etapas y problemas de un historial tan difícil como el venezolano, sobre todo por las consecuencias políticas, sociales y económicas de la guerra independentista.
LB 

domingo, 24 de mayo de 2015

GOBIERNO DE PRANES

Menos Marx que es (el San) Carlos
Luis Barragán


Por años anduvo el economista Marrero solicitando trabajo con un cartel que lo hizo famoso, entre las marchas y protestas de décadas anteriores. Lo imaginamos ya jubilado o resignado al desempleo en casa, después de dieciséis años de una revolución que, por cierto, no podía ser otra en el contexto de un rentismo inaudito y obstinado.

Otro economista, en cuyo nombre el extinto presidente impulsó la nueva era, aunque confesó desconocer sus obras, es el desempleado por excelencia. Raro marxismo el venezolano que no soporta la más mínima interpelación, partero de predicadores de espléndidas cuentas en el extranjero, ha generado una inédita e insoportable crisis en el país por la cual no responde y, si lo hiciere, tendría por destino el Cuartel San Carlos.

Que sepamos, excepto algunos abusos o deslices, el inmueble colonial fue recipiendario de numerosos presos  que gozaban de las visitas de familiares y relacionados, de la lectura serena que los convertía en autores afamados, como de la debida atención médica. Ahora, la regla es la de confinar y aislar a los adversarios, oponentes y disidentes, en instalaciones distintas a lo que fue un cuartel que puede concebirse como un risort, pesando la amenaza y el efectivo traslado a centros de delincuentes comunes.

Lo que ha ocurrido recientemente con el alcalde tachirense Daniel Ceballos, transferido a San Juan de Los Morros, al igual que otros numerosísimos detenidos por enteras razones políticas que trillan su juventud entre el hamponato ordinario,  monumentaliza el exabrupto. Jueces resignados y obedientes que no meditan por un instante el drama, los obligan a sobrevivir bajo el imperio de los pranes, toda una excrecencia de la que es capaz de generar un socialismo morboso que los celebra al igual que el ascenso de una pujante y bulliciosa boliburguesía que ganó la lotería de una superlativa y duradera bonanza petrolera.

La peor versión de Marx ha fracasado, pero menos mal – se dirá – que, a lo sumo, tiene el ahora fantasmal cuartel para administrar sus remordimientos. La también mejor versión del sacrificio por la libertad y la democracia, triunfa a pesar de morder  el polvo y la pesadez de un tránsito necesario en cárceles que no son tales, sino síntesis y baremo de nuestra tragedia nacional.

Ilustración: Cañas. El Globo, Caracas, 05/05/1993.

Fuente:
http://www.diariocontraste.com/menos-marx-que-es-el-san-carlos-por-luis-barragan-luisbarraganj/

Post-data LB: Casualmente hoy (14/06/15), La Razón trae una larga entrevista a César Enrique Marrero, mejor conocidocomo el Economista Marrero, sin dudas, inspirador de la ilustración de Cañas. Se hizo famoso en las manifestaciones de las décadas anteriores, ya que se aparecía silenciosamente, recorriéndolas, con un cartel: "Soy Economista Busco Trabajo" o "... Solicito un Empleo". Nos preguntábamos qué se había hecho, y el semanario trajo la respuesta.

miércoles, 8 de abril de 2015

OBITUARIO (S) PARLAMENTARIO (S)

De un máximo canal
Luis Barragán


En su  sesión de ayer, la Asamblea Nacional consideró y aprobó un acuerdo en homenaje a Paúl del Río o Máximo Canales, protagonista de dos hechos francamente espectaculares, el secuestro de un famoso futbolista y de una embarcación, durante los difíciles años sesenta. Por supuesto, el proyecto dio una versión que, juzgamos, siendo tan excesivamente interesada y sectaria, no refleja al país pural y complejo que somos.

Respetamos – lo dimos – los planteamientos del diputado ponente y creímos innecesario y contraproducente, insistir sobre la significación y las consecuencias de la consabida insurrección armada de décadas atrás. Preferimos comentar sobre el artista que descubrimos, paradójicamente, a través de la revista “Resumen”, cuyo reportaje llevó un hermoso título (“Instrucciones para trascender”, siendo muchachos, o las veces que vimos su obra en galerías (quizá la “Viva Zapata”); y, por supuesto, el Cuartel San Carlos.

Dos o tres años atrás, visitamos la histórica prisión colonial y nos sorprendió la literal ruidad en la que se encontraba, afecta por una remodelación parcial, mas no una debida restauración, imputable a la era de Farruco Sesto. Tuvimos ocasión de hablar con él brevemente, y la escasez de recursos con los que contaba la fundación presidida por Canales.

Obviamente, nos vino a la mente la muy distinta circunstancia que vivió el diputado Richard Blanco, preso en un centro penitenciario ara delincuentes comunes que convierte al San Carlos en casi un rissort. Sin embargo, cuidamos de no empañar el tributo.

Seguídamente, recordamos – cual sección parlamentaria de obituarios – desapariciones físicas recientes como la de Leonardo Montiel Ortega y Julián Pacheco, referentes también ineludibles de la Venezuela contemporánea. No fue posible que la Asamblea Nacional les dispensara un minuto de silencio a ambos, así de simple: sólo hay un máximo canal, el del gobierno que dice sus precursores.

Fuente: http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/22188-de-un-maximo-canal

jueves, 19 de junio de 2014

CAZA DE CITAS

"Las tropas  que entraron a Caracas en octubre de 1899 se alojaron asimismo en el San Carlos. El autor de Peonía, Manuel Vicente Romero Garcia, como jefe de la División Táchira, protagonizó importantes sucesos. El 1° de diciembre por la noche, un oficial de apellido Martínez, a quien, según algunos amparaba Castro, trató de insubordinar la tropa y apresar a Romero García. Este, restregándose los ojos, con el foete en la mano, ordenó formar filas y fusiló a Martínez en el acto. El terrible periodista y a la vez temible general, reclamaría aquel ajusticiamiento como la página más brillante de su historia militar..."

Jesús Sanoja Hernández

("La política y el San Carlos", Economía Hoy, Caracas, 20/07/2000)

sábado, 14 de junio de 2014

ADICIONALMENTE ...

De cierto marxismo castrense
Luis Barragán


En varias ocasiones, a propósito de la – por ahora – inevitable discusión de las numerosas solicitudes de crédito adicional que hacen la cotidianidad parlamentaria, hemos  planteado el problema de la naturaleza que está adquiriendo la corporación castrense en el marco del socialismo rentístico. Por lo general, los argumentos de la oposición democrática no suelen refutarse, impuesta la descalificación personal por el oficialismo -  simplemente – evasivo.

En última instancia, desconocemos cuál concepción expresa, distintiva, sostenida y coherente tienen los diputados del gobierno sobre la Fuerza Armada Nacional.  Además, quienes profesan o simulan sus convicciones marxistas,  apelan por siempre a las consabidas consignas de la publicidad oficial, quizá porque cuentan con la íntima convicción de que la materia les es completamente ajena, siendo exclusivamente dependiente de la más alta y reducida dirección del Estado-Partido.

A juzgar por la Asamblea Nacional, asistimos a un peculiar marxismo castrense acrítica y extraordinariamente diligente para los requerimientos del Ejecutivo Nacional, como la rápida tramitación de los créditos solicitados, que no indaga sobre la política militar y, mucho menos, en torno al carácter que está ganando la entidad armada. Trotsky es  noticia remota, aunque lo ensalcen, como fundador del Ejército Rojo, yendo y viniendo en su tren blindado, estudioso de la materia en su antiguo exilio parisino, como – por ejemplo – señala Issac Deustcher, por no abundar sobre el ejército convencional que, por si fuese poco, resultó victorioso en la II Guerra Mundial, a pesar del generalato que atravesó simultáneamente las horcas caudinas de los consabidos Procesos de Moscú.

Intentamos con una compilación de Alexander Moreno, relacionada con el pensamiento revolucionario venezolano, editada a principios de los ochenta del siglo pasado, o de un enjundioso ensayo de Mario Esteban Carranza, publicado en la década anterior, sobre las Fuerzas Armadas y el Estado de Excepción en América Latina, atisbar  una idea razonablemente consistente que tenga eco en los adversarios del Capitolio.  No la conseguimos y, por muy convencidos que puedan estar,  no se atreverían a versar sobre la antigua prédica que suscitó las Fuerzas Armadas, como tampoco el fenómeno de su profesionalización y politización en conexión con las fracciones de clase (muy a lo Poulantzas): ocurre algo semejante con el extenso legado periodístico de Alberto Müller Rojas, por no citar su trayectoria política y bibliografía, que dramáticamente los interpelaría.

El socialismo rentístico es la confesa adscripción - notariada por Jorge Giordani en sus libros – de la Fuerza Armada Nacional que, no por casualidad, multiplica sus firmas mercantiles, avisándonos de una distinción entre el acto de comercio y el acto administrativo, aunque constitucionalmente es una de las expresiones fundamentales del Estado.  Dirán, ¿para qué “enrollarse”?, pues, si fuere el caso, colocando a Eduardo Blanco en el siglo XXI, ahí están los gruesos volúmenes que el gobierno le ha publicado a Jacinto Pérez Arcay, con su tormentosa,   copiosa y alambicada prosa, para justificar todo, absolutamente todo. Y esto, cuando se les agota la noticia de los oficiales venezolanos que se incorporaron a la insurrección de los sesenta del XX, víctimas de la actual saturación propagandística.

Fotografías: Reportaje de Ultabio León. Venezuela Gráfica, Caracas, nr. 570 del 07/09/1962. En una, Jesús María Castro León y Martín Parada, en el Cuartel San Carlos; y, en la otra , refiere la nota: "Bajo el ardiente sol de agosto, en el patio del Cuartel San Carlos, pudimos agrupar, para captar con el diminuto lente de la cámara para espionaje,  al grupo de militares presos. Y aparecen, rodeando al general Jesús María Castro León, por orden jerárquico, coronel Edito Ramírez Rosales, Tte-coronel José Alí Mendoza Méndez, Tte-coronel Martín Parada, mayor Alexis Pérez Benavides, mayor Alfredo Ramos Martins, capitán Rafael González W., capitán Francisco Pabón Izturriaga, tenientes Erasmo Salgado Ayala, Manuel Silva Guillén, Juan Antonio Herrera B., Pedro Oliva Campos [,]  Neptalí Madrid Castro y capitán Luis Antonio Mariño".

domingo, 20 de abril de 2014

PARA TRES OBSERVACIONES

De un conspirador
Luis Barragán


Pasada la dictadura de Pérez Jiménez, fue una experiencia lenta, penosa y compleja la de desarticular a los grupos de oficiales que se organizaron para conspirarlo.  Las Fuerzas Armadas experimentaron las conmociones propias de una corporación que, como tal, nació con las reformas que la definieron entre 1913 y 1914, sintiendo prontamente amenazados sus intereses en el contexto – no lo olvidemos – de la llamada Guerra Fría.

La transición y, específicamente,  la reaparición de los partidos, suscitó distintas y encontradas posturas. Resultaba impostergable un conjunto de acuerdos básicos para viabilizar la democracia representativa, como en efecto se logró, generando una resistencia en los grupos que pugnaban por el poder inmediato, incluso, dándole soporte a las aspiraciones de ciertos sectores civiles.

Manuel Bravo habla del “problema político [que] radicaba, en esta nueva etapa, en la naturaleza de las tendencias particulares que actuaban en su interior [FF. AA.]”: los decididamente militaristas,  al lado de los “marginados” durante la dictadura y los institucionalistas que apoyarán al nuevo régimen. Éstos hallarán en Rómulo Betancourt, un garante de la seguridad social e, inferimos, un administrador de la injerencia partidista en la entidad armada (en: Tierra Firme, Caracas, nr.  43 de 1993). Empero, la consabida insurrección armada le impondrá un distinto desafío, reconvirtiendo las tendencias.

Puede decirse que, saldo del derrocamiento,  persistieron y se prolongaron tales liderazgos al interior de la corporación, procurando interpretarla. Hubo individualidades que exhibieron el gesto y el esfuerzo de rebelión, acaso, como una superior credencial frente a los líderes políticos, fundamentalmente  los que regresaron del exilio.

Quizá por la superación de las circunstancias más difíciles de la insubordinación, un caso parecido a los civiles que soportaron airosamente la clandestinidad, tentaban la suerte en la nueva etapa que se abría.  Por ello, puede decirse de un oficio que se creyó olvidado, el de conspirador, conceptualmente distinto al del subversivo, aunque no  tardará también el uno en encontrar una solución de continuidad en el otro, en el marco del inadvertido proceso de reestructuración castrense que comenzó en 1845, a juzgar por Ingrid Micett y Domingo Irwin (en: “El incesto republicano”, Nuevos Aires, Caracas, 2013). 

La prensa de entonces, luce como una extraordinaria vitrina de las denuncias sobre múltiples conspiraciones y conspiradores. Un clima de desconfianza perfila la figura del militar agazapado,  insatisfecho y resentido que reclama no sólo el crédito, sino el cupo correspondiente en el inmediato post-perejimenato.

El levantamiento de Ramo Verde y las dos incursiones del general J. M. Castro León, por no mencionar otros casos, ejemplifican los riesgos inherentes al reacomodo global de todos los actores públicos. Surgen nombres emblemáticos que alertan y suscitan las movilizaciones de masas, siendo uno de ellos el de Martín Parada, el mayor que ametralló el Palacio de Miraflores el primero de enero de 1958.

El ahora teniente coronel Parada está involucrado en las acciones o pretensiones golpistas de la nueva hora, por lo que se decide remitirlo a la representación venezolana en la Junta Interamericana de Defensa, en Washington. Realizando estudios de Estado Mayor, es retirado de la corporación quedando varado en Madrid.

Regresa al país en 1962, siendo detenido, procesado y enviado al Cuartel San Carlos de Caracas, donde compartirá espacios con colegas como Moncada Vidal o Ponte Rodríguez. Y antes de entregar el poder en marzo de 1964, Betancourt sobresee su  causa.

Parada, quien ya cuenta con 42 años de edad, declara a Víctor Manuel Reinoso que no demandará por la baja repentina de las Fuerzas Armadas. Manifiesta:  “… Debemos  desterrar los odios. Es la única manera que terminemos con los odios y los exilios (…) Yo no considero a nadie mi enemigo personal” (Élite, Caracas, nr. 2010 del 04/04/1964).

A medio siglo de la libertad del aviador militar, además de reseñar brevemente algunas de las vicisitudes experimentadas por las Fuerzas Armadas, intentamos tres rápidas observaciones. Por una parte, en medio de un clima de violencia, con la política de sobreseimientos e indultos que finalmente condujeron a la Política de Pacificación, no hubo el ensañamiento pertinaz contra la disidencia, como ahora ocurre; por otra, los prisioneros políticos no eran normalmente confinados y confundidos con la delincuencia común, abultando el contraste de las condiciones que hoy padecen; y, por último, necesitamos reivindicar la verdad histórica que, harto manipulada, convierte a Torquemada en un dato anecdótico respecto a un pasado que se hace cada vez más remoto.

Fotografías de Luigi Scotto: Entre otras, liberado el teniente coronel (r) Martín Parada, comparte con su esposa Graciela Barbella y sus hijas Rosa Regina y María Isabel.Élite, Caracas, nr. 2010 del 04/04/1964. 

Fuente: http://opinionynoticias.com/opinionpolitica/18966-de-un-conspirador

sábado, 1 de enero de 2011

cuartelaridad


EL NACIONAL, Caracas, 11 de Marzo de 1999
CUARTEL SAN CARLOS regimiento, cárcel y museo
El Instituto del Patrimonio Cultural realiza investigaciones en la edificación que data del siglo XVIII para adecuar sus espacios con miras a que allí funcione el Museo de Historia Nacional. En el proceso de restauración se han realizado importantes hallazgos arqueológicos e históricos, que incluyen una bóveda subterránea, objetos de uso cotidiano, así como las modificaciones que ha sufrido este recinto con el transcurrir del tiempo
CLAUDIA DELGADO B.

El Cuartel San Carlos ha sido testigo desde el siglo XVIII de la transformación de una ciudad, por ser centro de significativos momentos históricos y escapes espectaculares. Sus paredes y pisos son testigos de cientos de recuerdos. Sin duda, muchos acontecimientos que allí se dieron no fueron gratos, pues en la época contemporánea estos espacios sirvieron de cárcel en contra de su concepto original, que fue el de lugar de capacitación para tropas nacionales y guarnición.

A partir de este momento, la edificación comenzará a albergar otros recuerdos. El Instituto del Patrimonio Cultural ha emprendido la labor de diagnóstico del cuartel para estudiar sus condiciones físicas y las transformaciones que ha sufrido, con miras a que esta hermosa estructura sirva de sede al Museo Nacional de Historia. En este proceso, los investigadores han dado con importantes descubrimientos.

Los especialistas que allí trabajan son dignos investigadores, pues a partir de hipótesis que son cuidadosamente comprobadas o rechazadas, van armando el rompecabezas, oculto a simple vista.

Por ejemplo, un desnivel de una de las largas cuadras, le dio el aviso al arqueólogo Jesús Sanoja de que debajo del piso podría haber algo más que tierra. Los años de experiencia no son en vano. Efectivamente, debajo hay una bóveda que probablemente sirvió para almacenar armas y municiones.

Señaló que aún no han encontrado la entrada a la bóveda, pero debe estar en alguna de las cuadras y se desconocen las razones por las cuales fue sellada, pero se podría atribuir al terremoto de 1812. Presume Sanoja que este polvorín debe medir entre 2 y 3 metros de altura, para que pudiese caber una persona.

``Una de las cosas que hago cuando voy a hacer un estudio es una inspección superficial, pues toda actividad humana deja vestigios. Los desniveles de los pisos enmascaran estructuras que han sido producto de modificaciones'', indicó Sanoja.

Además del piso original, se han encontrado restos de losa, partes de botellas, botones, armas y otros objetos que datan del siglo XIX. Sanoja indicó que la presencia de estos hallazgos denotan que el común de la sociedad caraqueña hacía uso de objetos y utensilios importados desde Alemania o Inglaterra, por ejemplo, y los cuales estuvieron destinados inicialmente a un sector poderoso en nuestro país. ``A mediados del siglo XIX, Caracas sufre un cambio y pasa de ser una ciudad provinciana, autosuficiente, a tener un mayor intercambio comercial con la importación de bienes a raíz de la producción en masa. Ese contexto cotidiano no escapa al cuartel''.

Al momento de nuestra visita surgió un nuevo descubrimiento: un hueso animal. Otra pared da muestras de que allí hubo otro elemento recubierto por losas blancas: el fogón original, que dejó su mancha negra, por las altas temperaturas. Posteriormente, se hizo allí la cocina a gas del cuartel. El arqueólogo considera que debajo del piso original, sepultado a unos 35 centímetros, no encontrarán mucho más, pues el cuartel se edificó sobre un terreno baldío.

Entre mitos y realidades

La historiadora Dobrudcha González afirmó que se plantea la hipótesis de que ya para 1787 el cuartel contaba con un segundo piso, que se supone se vino abajo con el movimiento telúrico de principios del siglo pasado, pues existen huellas en las paredes originales, donde se aprecian arcos y lo que podría haber sido el entrepiso.

Pero a pesar de lo que muchos creen sobre la destrucción total de la edificación por el terremoto, los materiales -ladrillo, argamasa- hicieron que la estructura se mantuviese en pie a diferencia de la mayoría de las construcciones de la época.

Precisó González que están utilizando una técnica de trabajo que ``no cuentan los libros'', al identificar el concepto de diseño original, la morfología constructiva, la tipología empleada. Uno de los mitos, que según la historiadora se ha venido abajo, es que la autoría se le atribuía al ingeniero Lartigué de Condé, por orden del Intendente de Real de la Hacienda, Don Francisco de Saavedra, quien la sometió a consideración del Rey Carlos III. Sin embargo, la historiadora señaló que el diseño es obra de González Dávila, un ingeniero militar del reino.

Su construcción se inició en 1784 y culminó en 1792. La concepción respondió a políticas reales de formar cuerpos militares de seguridad y defensa, en vista de lo costoso que significaba mantener tropas provenientes de España. La construcción estuvo supervisada por la corona, pues debía ceñirse a lo indicado en las cédulas reales para las Indias, a diferencia de las edificaciones religiosas y civiles.

Con el pasar de los años y con el uso como cárcel, la mayoría de las estructuras fueron reforzadas para evitar escapes, como aquel famoso que hiciesen Teodoro Petkoff, Pompeyo Márquez y Guillermo García Ponce en 1967. En el piso de la diminuta habitación número 7 está la capa de cemento con letras ininteligibles que cubre el agujero de unos 60 centímetros por 60 centímetros, boca del túnel que los llevó a la libertad durante esa convulsionada época. Seguramente, los kilos demás con que ahora cuentan esos protagonistas no les permitirían su entrada por el orificio.

El 19 de enero de 1975, 23 presos políticos, entre ellos dos mujeres, también lograron evadirse a través de un túnel de 42 metros de largo y un diámetro de 80 centímetros, que desembocó en la casa del saxofonista Víctor Cuica.

En 1992, estuvieron detenidos los insurrectos del 4 de Febrero y del 27 de Noviembre en distintos cuartos. En sus paredes se aprecian murales con motivos bolivarianos y las firmas de algunos de los tenientes y subtenientes de la Fuerza Aérea, quienes participaron en las insurrecciones. Tras su liberación, esta edificación permaneció abandonada y muchos objetos de gran valor histórico fueron saqueados.

Allí también funcionó la Compañía Anónima Venezolana de Industria Militar, e incluso cuenta con un túnel donde se hacían las pruebas de calidad de las municiones y otros productos elaborados. De esta manera, el Cuartel San Carlos ha estado siempre presente en la vida de las fuerzas armadas de nuestro país.

Hacia el museo

La directora de Bienes Inmuebles del IPC, Nelly del Castillo, afirmó que la tarea de esta institución es entregar a la Academia Nacional de la Historia un edificio habitable, sano para que luego se desarrolle el proyecto del museo: ``Estamos acometiendo una serie de obras como fumigación, limpieza, demoliciones de anexos sin valor agregado y estudios preliminares sobre investigaciones arqueológicas, históricas, urbanas y de patología estructural, que luego se les entregarán al proyectista''. A finales de este año estarán concluidas, tanto las obras como los resultados de las investigaciones.

En 1995, el Cuartel San Carlos fue entregado a la tutoría del Consejo Nacional de la Cultura, que en un principio pensó en instalar allí algunas de sus oficinas administrativas. Luego, se decidió que sólo se ubicaría la sede del Museo Nacional de la Historia.

Ilustración: Economía Hoy, Caracas, 28/07/00.