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lunes, 29 de diciembre de 2014

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Juan José Monsant. "Palestra: ¿Y COPEI?" El Diario de Caracas, 06/12/1988.
- Radamés Larrazábal y la candidatura de Héctor Mujica. Semana, Caracas, nr. 524 del 13/08/78.en el gobierno de Chávez". Primicia, Caracas, nr. 186 del 24/07/01.
- Arturo Uslar Pietri y el libro de Crane Brinton sobre la revolución. El Nacional, Caracas, 05/04/70.
- Rafael Osío Cabrices escribe sobre Luis Fuenmayor Toro, quien "concentra el mayor poder civil en el gobierno de Chávez". Primicia, Caracas, nr. 186 del 24/07/01.

Reproducción: El Nuevo País, Caracas, 16/03/1988.
 

sábado, 14 de septiembre de 2013

ABADES

EL IMPULSO, Barquisimeto, 13 de septiembre de 2013
La ciudad como tema: La responsabilidad social del arquitecto
Claudio Beuvrin

"No solemos pensar en eso, preocupados por asuntos que consideramos más importantes o simplemente distraídos cuando circulamos por una ciudad o un edificio, sin pensar en el efecto que un espacio determinado tiene en nosotros. Pero la arquitectura es un asunto directamente relacionado con la calidad de vida. Cuando es descuidada, irresponsable, crea problemas de circulación, de densidad, de contaminación visual. Cuando es acertada, humana consciente del entorno, produce bienestar, mejora un entorno urbano, irradia, incluso, belleza. Cuando esa arquitectura es pública –digamos, digamos la que está destinada al uso de mucha gente, la que está abierta al colectivo y no es patrimonio exclusivo de una empresa o una familia– todos los efectos positivos y negativos se potencian. La buena arquitectura pública genera sentido de pertenencia, contribuye a que se sigan las normas y favorece la convivencia, el disfrute del aire libre o de la cultura, la comunicación entre la gente que cohabita en una ciudad. Baste recordar el efecto que tuvo para la ciudad de Caracas la construcción de su metro, sobre todo en los 80 y 90: todos recordamos como esas magnificas instalaciones nos revelaron que podíamos comportarnos mucho mejor de lo que siempre habíamos pensado y de paso transformaban, para bien, espacios como Sabana Grande. Pensemos tambien en lo que era el Paseo Colon en Puerto La Cruz para quienes lo visitábamos cuando era tranquilo y seguro, o ese milagro que es la Abadía de San José de Güigue, en Carabobo. La arquitectura pública incluye el problema de la movilidad, uno de los más graves en las grandes ciudades venezolanas: el que contemos con mejores sistemas de transporte público es indispensable si queremos menos colas y más tiempo disponible para todos nosotros. En ese sentido, obras recientes como el TrolMerida o la extensión de los metros de Valencia y Maracaibo merecen respaldarse, por muy costosos y problemáticos que sean sus procesos de construcción. Y tambien se ocupa del espacio abierto: lo que por fortuna se ha hecho en la avenida principal de las Mercedes, en la Plaza de los Palos Grandes y ahora en el boulevard de Sabana Grande: lo que lamentablemente no se ha hecho en el aeropuerto de La Carlota, el parque que todos necesitamos para conectar el norte con el sur, o en el Parque del Este, agujereado (espero que temporalmente) con el cráter que crearon en lugar de la Carabela de Colon. Hay mucho, mucho que hacer en Venezuela para combatir nuestros innumerables inconvenientes como nación. Pero una buena arquitectura debe estar entre las prioridades. Es una de las mejores formas de aprovechar la renta petrolera en un país predominantemente urbano como este, nos guste o no, y como países similares como Colombia y Brasil lo han demostrado, un camino para la justicia social y la reducción de la violencia.

 Tumbando casa y construyendo torres no hacemos sino aumentar la densidad y el tráfico. Creando espacio habitable, que comunique, que sea para las personas y no para los carros, reducimos las brechas entre nosotros que tanta desconfianza producen, y nos proporcionan a todos –pero sobre todo a los niños y a los ancianos- espacios más humanos, donde podamos reconciliarnos con este lugar y con nosotros mismos.” El texto anterior fue escrito por Rafael Osío Cabrices con el titulo "Por una buena Arquitectura Publica” y publicado en el libro "Apuntes bajo el aguacero”. Lo leí cuando intentaba escribir acerca de este tema y decidí compartirlo con ustedes sintiendo que no podía escribirlo mejor. Pero no es fácil definir el concepto de responsabilidad social aplicado a la arquitectura pues ella está implicada en prácticamente todos los aspectos de la vida humana en tanto que diseñadora y materializadora de los espacios donde los hombres realizan sus actividades múltiples y complejas y siempre cargadas de contradicciones: lo que para unos es excelente, para otros no lo es en absoluto. Una arquitectura socialmente responsable es más fácil soñarla que lograrla. Y la responsabilidad del fracaso de la arquitectura pocas veces es responsabilidad exclusiva del arquitecto que la proyectó. Además, un conjunto de arquitecturas buenas no hacen necesariamente una ciudad buena ni una sociedad tambien buena.


Fotografías, Abadía Benedictina de San José en Güigüe, estado Carabobo:
http://fundacionfunadip.blogspot.com/p/abadia-de-san-jose.html
http://mensajescristianosmaa.blogspot.com/2010/02/abadia-benedictina-de-san-jose-en.html

sábado, 11 de mayo de 2013

NOTAS SOBRE EL FASCISMO (19)

El Nacional - Domingo 09 de Abril de 2006     D/8 Siete Días
“El fascismo de los años treinta ha vuelto en una edición más moderna”
El pasado 30 de marzo, en una sala de la Ciudad Universitaria de Caracas, Heinz Sonntag y otros intelectuales vinculados a la UCV lanzaron el Observatorio Espacio Antitotalitario Hannah Arendt. No es una ONG, dicen, ni mucho menos un partido; es un grupo de académicos de varias universidades que pretende alertar a la sociedad venezolana sobre los peligros que se ciernen sobre ella
Rafael Osío Cabrices

“Esta política exterior que se hace llamar ‘bolivariana’ es altamente dañina para la república”, afirma Sonntag
El chavismo llama fascistas a cuantos se le oponen. Al ex alcalde metropolitano Alfredo Peña y al presidente George W. Bush los han representado en afiches y pancartas como émulos de Hitler, con esvásticas y todo. Pero para un conjunto de intelectuales venezolanos –incluyendo en el grupo a dos que nacieron nada menos que en Alemania– aquí el fascista es el gobierno de Chávez, aunque no es el único: unos cuantos en el antichavismo duro compiten con los más fervientes bolivarianos en términos de racismo, intolerancia, fomento de la violencia, militarismo y concepción de la política como una batalla en la que hay que exterminar al adversario.
El Observatorio Espacio Antitotalitario Hannah Arendt rinde homenaje a la pensadora judía, que describió como nadie esta perversión espantosa en Los orígenes del totalitarismo. Se trata de una nueva iniciativa –¿política?
¿ideológica?– que pretende informar a los venezolanos que el actual gobierno, el mismo que pretende ejercer el poder hasta más allá de 2030, contiene muchos de los rasgos que caracterizaban al fascismo italiano, al nacional–socialismo alemán y al stalinismo soviético, que causaron millones y millones de muertes mientras asolaron la Tierra. El grupo, que incluye a catedráticos como Heinz Sonntag, Federico Welsch, Humberto García Larralde, Elías Pino Iturrieta, Carlos Kohn, Rodolfo Rico y Eleazar Narváez, nació con el manifiesto del 21 de enero, en el que una buena lista de firmas condenaba las frases antisemitas que el presidente de la República soltó en diciembre pasado.
—Ahora viene una etapa de concreción de objetivos, funciones, difusión –explica Sonntag, nacido en Alemania pero nacionalizado venezolano– y colaboración que podemos prestar al pueblo venezolano en el diseño y la propuesta de un nuevo proyecto de país. Tenemos la impresión, compartida por muchos otros, de que el proyecto nacional que propuso el teniente coronel Hugo Chávez Frías se ha agotado en siete años.
—¿Qué es el Observatorio Espacio Antitotalitario Hannah Arendt?
—Habría que empezar por reformular la pregunta: qué va a ser. Apenas hemos dado una primera presentación pública que encabezó el vicerrector académico de la Universidad Central de Venezuela. En este momento estamos empezando a estructurar el observatorio. Va a tener su espacio propio en la UCV, institución que lidera el proyecto por encargo de otras universidades que lo apoyan, como la UCAB y la USB. Tendrá varias unidades. La más activa será la que seguirá el paso de la politización del Poder Judicial y la judicialización de la política, dos procesos que van engranados. Otra trabajará sobre la perversión de la Historia y la construcción de una nueva simbología, que arrancó con la modificación del pabellón nacional en que todos los venezolanos nos reconocíamos. Otra unidad hará seguimiento a lo que están tratando de hacer con la educación, desde la primaria hasta la superior; un primer punto en eso es seguirle la pista a la implantación de ese proyecto de educación premilitar, que caracteriza precisamente a los Estados totalitarios en los que lo castrense tiene un peso especial, pero que no tiene nada que ver con una democracia, menos con una que ha hecho de la paz un tema muy importante.
—¿Habla de la reescritura de la Historia tal como se está enseñando en los textos escolares?
—Sí, de cómo ha cambiado la currícula de las materias. Distinguidos historiadores como Elías Pino Iturrieta y Germán Carrera Damas han denunciado cómo han alterado el acento sobre determinadas fechas, para colocar incluso como una fecha patria importantísima el 4 de febrero de 1992. Milan Kundera nos recuerda en uno de sus libros que lo primero que hicieron los soviéticos cuando invadieron Checoslovaquia fue eliminar de las universidades las cátedras de Historia, Sociología y Psicología.
Y los primeros pasos en esta dirección los tomó también el Proceso en Argentina en 1976.
Es el manejo ideológico de la educación.
—¿Hay algunos otros síntomas, rasgos totalitarios en el gobierno actual de Venezuela sobre los que el observatorio vaya a pronunciarse?
—Por supuesto. Otra prioridad será el seguimiento de la política internacional. No sólo en cuanto a la guerra artificial contra el gobierno de Estados Unidos, sino también la forma en que el Gobierno intenta transformar el mapa político de América Latina y las alianzas transcontinentales con Estados como Irán y Siria.
Pensamos que esta política exterior que se hace llamar “bolivariana” es altamente dañina para la república. Pero hay otros temas, que son internos: la discriminación política, incluyendo el racismo, con una fuerte tendencia antisemita que denunciamos en un manifiesto el 21 de enero, que se evidencia en constantes declaraciones en los medios controlados por el Gobierno, en discursos públicos, en los sermones dominicales.
Una cosa más es la militarización del país y las restricciones a la libertad de expresión con una presión cada vez mayor sobre medios y periodistas independientes, acompañada de una demarcación de contenidos en la prensa y los medios del Estado.
Finalmente, vamos a presionar porque el voto vuelva a tener sentido, vuelva ser verdaderamente popular. Para eso ya estamos en contacto con Súmate.
—¿Esto es una ONG, una asociación civil... ?
—No. Tampoco un partido político.
Es un grupo de opinión interdisciplinario e intrainstitucional, formado por gente que viene de distintos lados. No todos tienen un pasado de izquierda; por ejemplo, hay compañeros que vienen de la vieja derecha.
Sería inadmisible una composición distinta. Habrá núcleos de estudiantes y de profesionales de la universidad que no trabajan en investigación ni docencia.
Vamos a empezar a difundir nuestros propósitos en la UCV, pero estamos preparando para mayo un evento en el que daremos nuestro parecer sobre la situación de Venezuela.
1984 repotenciado
—¿Es fascista el chavismo?
—Yo diría que sí. Le doy esta respuesta básicamente porque hay elementos que son una clara analogía a los fascismos que han existido entre 1922 y 1945 y a los fascismos de izquierda de las repúblicas socialistas y la URSS.
Mejor hablemos de los totalitarismos, que incluyen al fascismo tanto de izquierda como de derecha.
Los movimientos totalitarios suelen construir estructuras paraestatales, es decir, que son paralelas al Estado ya existente.
En la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler, en los regímenes fascistas de Hungría y Austria antes de la anexión alemana, así como en los fascismos de izquierda, existieron fuerzas armadas regulares, que estaban dentro de la estructura del Estado, y además estructuras militares que sólo obedecían al líder:
los Fasci di Combattimento, las SA y SS, la KGB. También había una educación que daba el Estado y una que controlaba el partido.
Un sistema de salud pública del Estado y otro del partido.
—¿Pero cree usted que pueda instalarse un totalitarismo en Venezuela?
—No se trata de que yo lo crea o no, ¡es que ya está ocurriendo, es lo que Chávez y sus adláteres están haciendo! Claro, como todos los regímenes totalitarios tendrán disidencia y resistencia, pero harán absolutamente todo para callarla. ¡Ya están en eso!
Por fortuna, los medios de comunicación no han hecho un pacto con el Gobierno como ocurrió en la Alemania nazi, ni están todos los medios en manos del Partido, como pasó en el stalinismo. Pero eso no es porque el régimen no tenga ganas de que eso sea así. Yo espero que aquí haya suficiente capacidad de resistencia para que eso no ocurra; sin embargo, no descarto que ese totalitarismo sí llegue a instalarse.
—¿Cree, como Fernando Mires, que está surgiendo en el mundo un nuevo fascismo, que viene esta vez de América Latina?
—Sí. Es lo que dice Teodoro (Petkoff): hay dos izquierdas, una que representan Tabaré Vásquez, la Concertación en Chile, Lula, Oscar Arias en Costa Rica, y yo incluiría también a Andrés Manuel López Obrador, que no es un Chávez; y otra izquierda boba, tradicional. Como vemos, hay lo uno y lo otro. Evo falta por definirse. Y falta por ver también si la izquierda moderna va a poder resistir los embates de la izquierda boba. Pasa en el mundo entero y tiene que ver con las consecuencias socio–políticas del proceso de globalización.
—¿Es el chavismo el único que manifiesta tendencias fascistas o totalitarias en Venezuela?
¿No hay también una oposición militarista, violenta e intolerante?
—¡Por supuesto! En lo que se presenta como oposición en Venezuela hay, sin duda alguna, personas o grupos que juegan con la idea de sustituir el totalitarismo de Chávez por su propio totalitarismo. Siempre lo he dicho: Chávez no es el único Chávez.
—¿Por qué hay tanta gente, dentro y fuera de nuestro país, que más bien piensa que los fascistas y totalitaristas son los que se enfrentan a Chávez, y él representa, en cambio, la ampliación y profundización de la democracia como nunca antes se había visto en Venezuela?
—Por un lado por su discurso, y por otro por haber levantado la bandera del socialismo del siglo XXI, lo cual es el colmo de la estupidez.
—¿Por qué?
—Porque es una fórmula con la que se indica algo, pero no se explica en qué consiste. ¿Usted ha escuchado alguna definición, por parte de alguno de los intelectuales del régimen, de lo que es el socialismo del siglo XXI?
—¿Permite el mundo de hoy, con las dificultades que las nuevas tecnologías de la comunicación presentan al intento de aislar una sociedad, el montaje en una nación determinada de un aparato totalitario?
—¡Por supuesto, más que en cualquier periodo anterior, precisamente por la ampliación de la racionalidad tecno–instrumental!
En todos los ámbitos, el fortalecimiento técnico facilita la construcción de un totalitarismo si un grupo de verdad se lo propone.
Estoy seguro de que mi teléfono está intervenido, y también pueden hacer eso con Internet.
El mismo fascismo de los años treinta ha vuelto en una edición más moderna. No es como lo imaginó George Orwell en 1984, sino repotenciado.
“En todos los ámbitos, el fortalecimiento técnico facilita la construcción de un totalitarismo si un grupo de verdad se lo propone”
“En lo que se presenta como oposición hay quienes juegan con la idea de sustituir el totalitarismo de Chávez por su propio totalitarismo”
Cómo se defiende una sociedad
Heinz Sonntag publicó el pasado 5 de abril en El Nacional un artículo de opinión ( “Cómo enfrentar la irracionalidad de los que mandan” ) en el que explica que dos racionalidades se enfrentan en el mundo desde la Ilustración: la tecno–instrumental, que coloca el fin sobre los medios y calcula, diseña y maquina una manipulación tecnológica de la realidad para lograr sus objetivos, y la humana, que ha entregado a la civilización occidental contemporánea las ideas de derechos humanos, equidad, solidaridad, democracia. Ha habido momentos, sostiene Sonntag, en que una racionalidad se ha impuesto sobre la otra, con espantosas consecuencias.
El ejemplo más siniestro: la reducción a mercancía numerada de los judíos europeos en los campos de exterminio del Tercer Reich. Sin la racionalidad humana compensándola y limitándola, la racionalidad tecno–instrumental crea monstruosos horrores. “La única manera de luchar con éxito contra la irracionalidad del totalitarismo es mediante la reconstitución de la racionalidad humana, tanto mejor si eso se hace con ayuda de la racionalidad tecno–instrumental. Suena muy teórico, pero tiene diarias aplicaciones prácticas: la solidaridad no es estática, sino existe sólo en la medida en que es vivida cotidianamente”.
Fotografía: Alexey Titarenko.

domingo, 7 de abril de 2013

CULTÍSIMO

EL NACIONAL - Domingo 07 de Abril de 2013     Papel Literario/3
La institucionalización del fanatismo
Era evidente incluso años antes del fallecimiento de Hugo Chávez: la experiencia de poder que se organizó en torno a su carisma se ha ido convirtiendo en una religión política. Pero no se trata sólo de navegar en la estela de capital político que dejó el caudillo; el régimen de los herederos levanta apresuradamente un sistema de dogmas y tabúes diseñado para protegerse de toda crítica y proscribir la racionalidad democrática. Rodilla en tierra y boca cerrada
RAFAEL OSÍO CABRICES

Para el momento en que se entregaban estos apuntes, no se había disipado el incienso en torno al féretro de Hugo Chávez y el luto nacional de diez días era una inmensa censura. Ya habían sido publicadas muchas crónicas sobre la multitud de dolientes que hacían horas o días de cola ante los militares, recibiendo agua y alimentos de los militares, obedeciendo sus instrucciones y desfilando dentro de un complejo que pocos venezolanos han percibido como lo que es: una obra fascista construida por una dictadura para ensalzar el militarismo. Y los medios que no forman parte del aparato propagandístico estatal cubrían como podían las escenas de una dramaturgia escrita cuidadosamente para que el régimen de los herederos lanzara el nuevo culto patriótico, el culto a su caudillo.
La primera de esas escenas fue al mediodía del 5 de marzo, cuando Nicolás Maduro, teledirigido al rol de sumo sacerdote de ese nuevo culto mediante una violación más de la Constitución, entregó a la base chavista la interpretación que debía hacer cuando poco después anunciara la muerte de Chávez y el rumbo que debía tener su ira: el comandante había sido asesinado y los culpables eran los enemigos externos e internos. Muy coherente consigo mismo, el alto chavismo actúa para preservar su poder con toda la energía que el secuestro de las instituciones le permite. De antemano, sintonizó la muerte en cama de Chávez con la de Bolívar: no cayeron en un campo de batalla, pero sí asesinados. Lo cual es un dogma, no un argumento que espera demostrarse de modo mínimamente convincente para quien no esté ya convencido. Dicen que a Chávez le sembraron el cáncer con la misma facilidad con que dijeron que a Bolívar lo asesinaron con tuberculosis. Y lo llaman ya, sistemáticamente, libertador del pueblo venezolano. Así que el culto bolivariano tendrá que hacer espacio para su nuevo inquilino.
II Hay varios libros indispensables para comprender lo que pasa hoy en Venezuela. Entre ellos El culto a Bolívar, de Germán Carrera Damas, y El divino Bolívar, de Elías Pino Iturrieta, naturalmente. Pero también De que vuelan, vuelan, el reciente ensayo de Michaelle Ascencio sobre la religiosidad popular en Venezuela.
Ascencio desmenuza el modo en que los venezolanos se comunican con lo trascendente e identifica una serie de conductas que son muy evidentes en la relación del chavismo con la gente que lo soporta en el poder: una fe basada en la transacción, en el intercambio con la deidad; una identidad religiosa que no ve conflicto en declararse católico y practicar al mismo tiempo ritos de la santería; una necesidad de protección, por parte de la o las deidades, de un largo elenco de presuntos enemigos...
Ese libro ayuda a ver cómo el chavismo aprovechó el déficit de institucionalidad comunitaria y la abundancia de gente angustiada por la pobreza, la violencia y la soledad, en un contexto de competencia entre religiones en el que han prevalecido, tanto en Venezuela como en la región, las sectas evangélicas, desde Brasil y Estados Unidos, y la religión yoruba, que en Venezuela tiene siglos y que ha recibido, en los últimos años, el refuerzo del vínculo político y económico con Cuba.
Pero la reescritura de la propaganda chavista como discurso religioso no sólo es una estrategia de sintonía con algo ya presente en la sociedad venezolana, sobre todo en los estratos populares: es una inmensa operación de defensa del status quo. Convertir al chavismo en una religión es clausurar, blindar esa ilusión de paraíso recobrado que anuncia en su mitología. Los mensajes que ha repetido un millón de veces se convierten en dogmas de fe, y la palabra disidente, en tabú. La categoría de chavista equivale ahora a la condición de patriota y a la de digno, de puro, de bueno.
Y la defensa de la revolución, la preservación en el poder del régimen de los herederos de Chávez, a una guerra santa.
III El chavismo apareció con violencia, llegó al poder con demagogia, lo acrecentó con populismo armado y ahora lo defiende con esa religión. Catorce años atrás, se abría paso con un discurso que tenía como mensajes iniciales "vamos a cambiar este país" y "nosotros somos diferentes". El primero se reemplazó luego por el elaborado léxico de la revolución bolivariana, que ha estado diciendo en qué consiste ese cambio; el segundo, por la negación simbólica del valor que pueda tener cualquiera que no sea considerado chavista, en el presente o en el pasado, mediante el insulto sistemático contra un enemigo que atraviesa épocas y continentes, una gran conspiración que incluye desde la CIA y los enemigos de Bolívar en 1830 a un puñado de estudiantes que se encadenan en una avenida de Chacao.
Hoy, el chavismo cumple las funciones sociales de toda religión. Produce una intensa sensación de comunidad entre los suyos, en fuerte contraste con la orfandad e incluso el desarraigo que siente el votante opositor ante un Estado hostil que vuela todos los puentes y dice, como acaba de hacerlo Jackeline Farías, "sientan la patria o váyanse de aquí". Dice a sus fieles cómo vivir, de qué deben hablar y de qué no, cuáles son sus valores y cuáles sus antivalores, de dónde salió el mundo y cuál es el lugar de cada quien en él, quiénes son los buenos y quiénes los malos, los infieles, aquellos que, en el mejor de los casos, "no entienden", "están disociados", viven en las tinieblas primigenias de quien no ha recibido la iluminación de la verdad. El mantra "todos somos Chávez" es una comunión: su feligresía ahora ingiere el espíritu del caudillo; antes era "Chávez es el pueblo", ahora es "el pueblo es Chávez".
Y el que no es pueblo, no es Chávez. En la lógica chavista, el que no es pueblo tampoco es patriota, o sea, tampoco es venezolano: es extranjero o apátrida, alguien que no tiene patria, y que por tanto no merece los mismos derechos de quien sí la tiene. Los no chavistas no sólo somos peligrosos: somos impuros, bastardos, carentes de arraigo, igual que el pueblo sin tierra al que también se le acusó de matar a Dios, el pueblo judío.
La religión chavista es un fanatismo organizado, que se monta para que el régimen de los herederos viva del carisma del caudillo. Pero, sobre todo, pretende mantener la polarización y anteponer fanatismo tribal a toda crítica: quien proteste ofende al santo.
Mientras que la oposición, en busca de más votos, ha ido virando en los últimos años hacia el centro, el chavismo se ha ido radicalizando. Y ante la muerte de su líder, se vuelve aún más recalcitrante porque eso le ha funcionado y cree que seguirá funcionándole. De esa manera, el régimen de los herederos informa que es fuerte, en un país que, desde siempre, confunde agresividad con fortaleza. Por un buen tiempo, el chavismo no querrá negociar nada, porque teme que eso pueda ser percibido como fragilidad.
IV Con una religión chavista, se organiza la suspensión de la razón que atraviesa la vida pública venezolana desde hace más de 20 años. Y se vacuna a la población contra la realización de una meta que se está buscando desde hace más de un siglo, hasta ahora sin éxito: la construcción de una ciudadanía democrática nacional, sólida, funcional. Mientras más fuerte sea la religión chavista, menos lo será la ciudadanía democrática.
La república liberal democrática es un invento de la Ilustración y necesita una fuerte presencia de la racionalidad para funcionar. Quiero decir, que se establezcan leyes basadas en una apreciación objetivista de la realidad, y que esas leyes sean leídas, comprendidas y obedecidas por un Estado y por sus ciudadanos. Ninguna república liberal democrática moderna ha estado libre de liderazgos que tienden a sobrepasar sus límites y manipulaciones de la opinión pública, pero son lo que son porque defienden ese núcleo racionalista como razón de su mera existencia.
El chavismo, en cambio, es un sistema cerrado. Ahí no se discute ni se razona, como en el cuartel y en la secta. El chavista se conecta a una fuente que le dice qué sentir, pensar, decidir y decir, que le da respuestas a todo. Le dice también que le ha enseñado a pensar por su cuenta, curiosamente. Y un elemento central de la identidad chavista es el ver al no chavista como un enemigo. Por eso es tan difícil, por no decir imposible, dialogar con un chavista. Porque nada de lo que un no chavista diga tiene valor, por el mero hecho de no ser chavista.
Si no es posible el diálogo, no es posible la creación de consensos, y una sociedad que no crea consensos no progresa.
Sin diálogo y sin consensos, no hay democracia. Si no es posible la crítica, no es posible la vigilancia ciudadana de la gestión pública y por tanto no hay responsabilidad política, transparencia e independencia de poderes. Si el Estado discrimina entre chavistas y no chavistas, no hay igualdad ante la ley y por tanto no hay estado de derecho.
Es una lucha muy desigual: religiosidad y militarismo versus racionalidad democrática. Pero el culto a Chávez es un riesgo para Maduro y para cualquiera que ocupe su lugar, chavista o no. Apenas Maduro empiece a tomar decisiones que no complazcan a la mayoría, se expone a que dentro de ésta comience a decirse que él no es como Chávez, que eso no estuviera pasando si Chávez viviera. Nikita Kruschev se curó en salud defenestrando oficialmente el culto a Stalin; el régimen de los herederos, en cambio, carente de una épica revolucionaria anterior a su caudillo, se ha puesto a sí mismo en el apuro de llenar cada día las botas de su comandante. ¿Por cuánto tiempo le servirá? Veremos.
La campaña de Capriles está obligada a bombardear ese cerco de mentiras, esa empalizada de insultos, ese fanatismo institucionalizado que castiga el pensamiento.
Ese "yo soy Chávez" que persigue que nosotros no seamos nosotros mismos.

sábado, 30 de junio de 2012

PATRIMONIO TEXTUAL

El Nacional - Domingo 11 de Diciembre de 2005     B/13
Cultura y Espectáculos
MARCALIBROS
¿A quién traiciona el traidor?
Rafael Osío Cabrices

La literatura de Estados Unidos luce inagotable. Un país tan grande, rico y complejo ha producido un patrimonio textual por completo digno de él, digno del tamaño de sus hazañas, de sus crueldades y de sus fascinantes contradicciones.
Desde el siglo XIX ha dado a la lengua inglesa tantos autores renovadores y enriquecedores como lo ha hecho América Latina con la lengua castellana, y es difícil ignorar el aporte a la cultura de la humanidad que han hecho estadounidenses como Ralph Waldo Emerson, Walt Whitman, Edgar Allan Poe, Mark Twain y William Faulkner. En esa inmensa literatura que se extiende desde las nieves de Jack London hasta las estepas africanas de Ernest Hemingway, desde las profundidades oceánicas de Herman Melville hasta las planicies marcianas de Ray Bradbury, habitan utopistas que se aíslan en el monte –Henry David Thoreau– y cronistas de la soledad en medio de las muchedumbres –Paul Auster–, combativos novelistas de izquierda que elaboran frondosas barricadas –Norman Mailer– y minimalistas del desánimo que fotografían la milimétrica caída de la moral contemporánea –Raymond Carver. Hay de todo y para todos, maestros para cuentistas y reporteros, para cineastas y pintores, en esa enormidad de nación que con una mano nos vende basura y con la otra nos regala lo mejor de sí.
De manera que siempre se puede descubrir alguien nuevo en Estados Unidos, alguien que aunque lleve décadas publicando y tenga millones de lectores en su país no había caído en nuestras manos. Porque son muchos, muchos los buenos escritores que ese país produce cada año. Suelen tener en común que son gente muy trabajadora, con conciencia política, con mucho valor para enfrentarse a los demonios, que investigan mucho para componer musculosas novelas o relatos donde no hay un gramo de grasa.
T. Coraghessan Boyle (Peerskill, estado de Nueva York, 1948) es un fiel representante de esa venturosa estirpe de escritores gringos. Como muchos de sus colegas, enseña Literatura en una universidad (la de Southern California, conocida más por graduar cineastas como Francis Ford Coppola y George Lucas) ; como muchos más (y como extranjeros como el venezolano Antonio López Ortega) pasó por el célebre programa de escritura de Iowa.
Hizo su prestigio como cuentista y luego entregó sus novelas. La que Marcalibros propone hoy, tal vez la única suya que se consiga en Venezuela, se llama El fin del mundo y es una larga fábula sobre el peso del pasado, sobre los fantasmas de la identidad y sobre la traición como rasgo hereditario.
El fin del mundo cuenta, primordialmente, la historia de dos jóvenes que viven en el mismo lugar, un antiguo enclave de indígenas y holandeses en las cercanías de la ciudad de Nueva York.
Uno se llama Walter van Brunt y atraviesa por una serie de curiosos sucesos en el año de 1968.
Tiene visiones en las que su abuela y su padre se le aparecen y le hablan. Su abuela está muerta; su padre, desaparecido: lo abandonó de niño luego de traicionar a su madre y sus amigos, todos militantes comunistas, durante un concierto de protesta en los que unos pocos ultrosos fueron atacados por medio millar de ultraderechistas. Walter tiene un accidente de moto y pierde un pie, y a partir de ahí se pierde dentro de sí mismo y dentro del fuego cruzado de izquierdas y derechas en el que su vida está atrapada.
El otro joven se llama Wouter van Brount y vive a finales del siglo XVII. Hijo de granjeros holandeses en condiciones de servidumbre, se ha rebelado toda su vida contra la desigualdad del orden colonial y se crió con un muchacho mitad indígena mitad blanco. Por una mordedura de tortuga pierde un pie, y durante toda su vida debe enfrentar los efectos de lo que otros han hecho antes que él.
Walter y Wouter, ligados por la sangre y por la Historia, se rebelan y claudican. Nada de lo que hacen, sin embargo, detiene el flujo de una realidad que los supera. T. C. Boyle compone con ambos una historia en la que colonos holandeses (y sus descendientes) e indígenas (y sus descendientes) sucumben en la fragua de una nación, consumidos en el fuego incesante entre conservadores y liberales, entre racistas y tolerantes, entre dos bandos que siglo tras siglo no dejan nunca de pelearse, y en los que hay tanto héroes como traidores.
Pero estos últimos resultan ser los determinantes, resultan ser los vehículos de las revelaciones por las que atraviesan los personajes, por las que se encuentran con la cruda verdad de sí mismos y de su entorno. Y uno, el lector, que asiste al drama –un drama contado con una prosa hipnótica y llena de ingenio y de sentido del humor–, entiende que los traidores son útiles a la fábula porque en ellos se proyectan las contradicciones que toda ideología termina escupiendo, los absurdos que alberga toda epopeya colectiva, las torpezas y sinsentidos y miserias que siempre, nos guste o no, aguardan tras los relatos con que los mayores pretenden enraizarnos a un lugar, una mitología y una situación de poder.
En tiempos de un Bush y de un Chávez que dividen al mundo en puros e impuros, en héroes y demonios, una novela como El fin del mundo nos ayuda a recordar que ninguna épica aguanta la mirada de un artista genuino, que cuenta una buena historia para inducirnos a hacernos preguntas.



jueves, 21 de junio de 2012

PENUMBRAS

EL NACIONAL - Sábado 09 de Junio de 2012     Papel Literario/1
El dragón en el trópico: cómo Hugo Chávez domó a la gallina de los huevos de oro
RAFAEL OSÍO CABRICES

Este libro viene con una envidiable cola de elogios, que se produjeron a partir de su primera edición, en inglés, a cargo de Brookings Institution, en EEUU. Ahora, la edición en español en La Hoja del Norte trae a los lectores de la lengua uno de los estudios más serios que se han hecho sobre el funcionamiento económico del régimen chavista
Régimen híbrido.
Autocracia electoral. Neopopulismo. Al comienzo de El dragón en el trópico Michael Penfold y Javier Corrales barajean las distintas etiquetas que desde la academia se han creado para calificar a gobiernos como el de Hugo Chávez. Pero sí detectan tres rasgos de identidad que lo distinguen: la presencia militar en el Ejecutivo, el marcado estatismo de su gestión económica y el carácter ideológico y anti-americano de su política exterior.
Sin embargo, el objetivo de Penfold y Corrales no es tanto etiquetar al chavismo ni describir cómo ha ejercido el poder, sino más bien cómo ha usado el dinero del petróleo para preservar el mando, hacerse de una base de apoyo y avanzar en sus objetivos. Así como en abonar, también, las condiciones para su derrota final.
Escriben que su propósito es proveer una explicación del cambio político venezolano, desde la premisa de que la apertura política de los noventa permitió el ascenso de un hombre como Chávez, y que este no pudo representar un contraataque frente al liberalismo porque de hecho las reformas liberales nunca llegaron a estar siquiera cerca de completarse. Tratan a complejidad el rol del petróleo, porque piensan, como lo advierten desde el principio, que sus ganancias en los bolsillos del Estado no bastan para explicarlo todo, mucho menos cuando al mismo tiempo que Chávez y los suyos tomaron posesión del negocio dejaron que este declinara en su gestión. El modo en que las instituciones fueron abandonadas, saboteadas y deformadas, antes del chavismo y durante su ascenso y hegemonía, es una variable vital en el análisis de Penfold y Corrales.
El registro de este libro es cautelosa y rigurosamente académico, casi aséptico. Quien esté deseando encontrar aquí apreciaciones sin fundamento, denuncias indignadas o vigorosos llamados a la acción quedará decepcionado. El trabajo tiene la seriedad de un diagnóstico médico y manifiesta una sólida fe en el número y en el hecho comprobado, documentado y citable. En El dragón en el trópico han desembocado pesquisas que ambos autores han estado realizando y publicando --con los más que exigentes estándares de la vida académica internacional-- durante al menos 15 años.
Investigaciones que han dado frutos: la revista Foreign Affairs lo seleccionó como Mejor Libro del 2011 del Hemisferio Occidental. Y fue aplaudido con estas palabras por Richard Feinberg: "es fácilmente el mejor tratamiento académico de la híbrida autocracia electoral de Hugo Chávez, el libro de Corrales y Pernfold refuta con valentía las explicaciones ortodoxas --de la derecha y la izquierda-- para el ascenso este caudillo único y con capacidad de resiliencia".
Feinberg es profesor de Economía Política Internacional y Director del instituto Global Leadership de la Universidad de California San Diego. Todos los años este académico selecciona los libros más importantes que se han publicado ese año en el hemisferio occidental. En 2011 también escogió a Redentores, de Enrique Krauze. Dijo que era el mejor libro sobre el régimen híbrido de Chávez y que desmentía los mitos tanto de la izquierda como de la derecha. Moisés Naím, uno de los venezolanos más influyentes a nivel global, dijo que era un texto imprescindible para entender la Venezuela de hoy.
Que no se confunda el lector con los apellidos: Michael Penfold es venezolano y Javier Corrales es cubano-americano.
Con un PhD en la Universidad de Columbia, Penfold fue decano de investigación del IESA y ha publicado Dos tradiciones, un conflicto: el futuro de la descentralización (Debate), Las empresas venezolanas: estrategias en tiempos de turbulencia (IESA), Gerenciando las relaciones intergubernamentales: experiencias en América Latina (Nueva Sociedad) y Costo Venezuela (CAF). En 2011, la revista Foreign Policy América Latina lo incluyó en la lista de jóvenes intelectuales más influyentes de la región. Por su parte, Corrales, profesor de Ciencias Políticas en el Amherst College de Massachussetts y doctorado por Harvard, ha publicado medio centenar de trabajos sobre economía política, y el libro Presidents Without Parties: Economic Reforms in Argentina and Venezuela in the 1990s (PennStateUniversityPress y Editorial Siglo XXI).
El dragón en el trópico es un proyecto escrito en principio para el lector internacional, o más específicamente de América del Norte, por lo que abunda en información de contexto que el lector venezolano conoce (o debería conocer).
Esa perspectiva suele ser útil, por otra parte, cuando se escribe para una audiencia cuya visión no está secuestrada por los lentes deformados de la polarización, sino en el peor de los casos por los lentes menos perniciosos del desconocimiento, se afronta el tema del presente venezolano y de su actual experiencia de poder con más amplitud, serenidad y una mayor facilidad para llamar las cosas por su nombre y dejarlas en su justa medida.
Esa es una de las ventajas que tiene este libro; pero sobre todo, es su rigurosidad la que sostiene sus argumentos, su condición científica. El dragón en el trópico llegó para formar parte de la bibliografía sobre estos años que sobrevivirá a la edición oportunista y a las lecturas contingentes.

lunes, 13 de diciembre de 2010

mc, seleccionario cero


http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/6629-la-ausencia-de-un-imprescindible
La ausencia de un imprescindible
Antonio Sánchez García
A Manuel Caballero, in memoriam

“Pero hay hombres que luchan toda la vida:
Esos son los imprescindibles.”
Bertolt Brecht

Hemos perdido esta mañana, para nuestro inmenso dolor, a uno de los más tenaces, insobornables, lúcidos y combativos luchadores contra la barbarie dominante. Uno de los historiadores más completos y comprometidos con nuestras tradiciones libertarias, un demócrata a carta cabal, Manuel Caballero no cesó hasta su último suspiro de enfilar su espíritu y sus esfuerzos vitales en combatir lo que consideraba la peor herencia de nuestras más sórdidas taras genéticas: el militarismo autocrático que hoy se enseñorea en el Poder.

Su razón era tan sencilla como trascendental: el militarismo es la peor desviación heredada de nuestra historia, producto de la guerra, del desentendimiento, de la prepotencia y los abusos de quienes se apropiaran de las armas de la República para satisfacer sus ambiciones de Poder. La autocracia,

la más infame de nuestras perversiones. Nadie ha representado mejor esas lacras de la venezolanidad que el teniente coronel que hoy usurpa el Poder. Nadie ha traicionado de manera más completa y rotunda nuestras tradiciones libertarias que esa oportunista izquierda castro comunista que se le ha postrado, en un acto de obscena traición a sus principios para poner un país que fuera soberano a los pies de los tiranos de una nación que se mantuvo al margen de nuestras luchas más emblemáticas por la conquista de nuestra Independencia. Una tiranía que incapaz de sobrevivir por sus propios medios parasita de las riquezas de otros.

Desde que asomara la garra del golpismo venezolano – en sus dos vertientes, la militar de los coroneles y la civil encabezada por los notables – Manuel Caballero no cesó de denunciarla, previniendo a quienes escuchaban su sabio consejo y la voz de la historia que representara de manera tan ejemplar, contra las indeseables consecuencias de permitirles el acceso al Poder. Afincando sus análisis en la nunca resuelta contradicción entre la civilidad y el mundo uniformado, entre la democracia aspirada por la sociedad civil y la siempre amenazante sombra de la dictadura cobijada en los cuarteles. El 4 de Febrero lo reafirmó en sus principios civilistas alzando su voz contra los coroneles y el peligro de no ponerles freno ante el riesgo de su acción destructora, nunca tan viva y alienante como en el presente, cuando al militarismo de las armas se suma su absoluta carencia de estatura moral.

Jamás dejó Manuel Caballero de profesar sus ideales socialistas. Militó desde su juventud de manera consecuente y activa en las filas del Partido Comunista, para sumarse al MAS que fundaran sus entrañables amigos Pompeyo Márquez y Teodoro Petkoff. Y aunque militó en filas contrarias a las de Rómulo Betancourt, supo valorarlo en todas sus virtudes y reivindicar su obra ante el embate de la barbarie. Sus críticas a la traición a los fundamentos democráticos y libertarios del socialismo, que lo convirtieran en un anti estalinista consecuente, lo llevaron a denunciar con sarcasmo y agudeza la traición del socialismo castrista que hoy acompaña la danza de lobos que persigue la destrucción de la Patria.

Lo honraremos continuando sus luchas. Hasta ponerle fin a la barbarie. Entre tanto, paz a sus restos.


http://www.analitica.com/va/arte/oya/6697025.asp
Para leer a Manuel Caballero
Roberto J Lovera De SolaLunes, 12 de abril de 2010

Gracias, amigos y amigas, para acudir a esta sesión de los “Tertulieros se reúnen” para conversar con Manuel Caballero sobre sus libros. Gracias también a la historiadora María Elena González Delucca y a la antropóloga Michelle Ascensio para ayudarnos hoy en el proceso mayeútico de alumbrar los por qué de la escritura de este vasto escritor venezolano, quien al hacer su autorretrato señaló: “Sólo he amado con pasión dos cosas en mi vida: los libros y las mujeres… Nunca he logrado expresarme de otra forma que no sea emborronando cuartillas. Por eso, creo tener autoridad suficiente para decir que la de escritor no es una profesión ni un oficio, sino un destino. Y nadie huye a su destino” (“Defensa e ilustración de la pereza”, Caracas: Alfadil, 1998,p.21). A lo cual añadió una observación fundamental: “Hay una idea corriente de que ‘escritor’ solo puede llamarse quien produce obras de ficción. Pero una prolongada relación con la mesita y la máquina de escribir me ha llevado a concluir que no existe escritura que no lo sea” (p.22). A lo cual habría que añadir que no es sólo escritor el que escribe poemas, narraciones u obras de teatro. También escritores son los críticos literarios porque sin la imaginación andando es imposible comprender y analizar las obras literarias. Así todo crítico también es un creador.

Pero caminado hacia nuestro invitado de esta tarde debemos confesar, después de mucho leerlo, siempre con aquella fruición que aconsejaba Jorge Luis Borges (1899-1986), que no deja de ser tarea dificilísima definir los contornos de su obra porque como humanista todo lo humano le interesa y sus intereses, por ello, son múltiples.

Ante Manuel Caballero cabe una constatación que nos hemos hecho ante el espectáculo del escribir venezolano: a fines del siglo pasado o al principios de este se extinguieron, por razones biológicas, los pensadores y ensayistas del siglo XX. El maestro Arturo Uslar Pietri (1906-2001), el hombre siglo, el hombre país, los presidió. Dejaron también de vivir cinco figuras que ahora tanta falta nos hacen, para hacer luz en todo lo que nos sucede, Juan Nuño (1927-1995), Carlos Rangel (1929-1988), José Ignacio Cabrujas (1937-1995), Tomás Polanco Alcántara (1927-2003) y el patrón de esta casa Francisco Herrera Luque (1927-1991). Pero fallecidos todos han venido los que debían tomar sus banderas en las manos y seguir iluminándonos. Para nosotros, y no es un elogio vacío, ni una expresión de afecto, sino una constatación crítica, quien los encabeza hoy es Manuel Caballero. Después vienen los demás.

Y está frente a todos porque igual que aquellos que se nos fueron es Manuel Caballero por sobre todo un humanista. Lo es, entre las muchas definiciones que esta posición ante el mundo ha sido bautizada, porque, como dijo el francés Pierre Henri Simón (1903-1972), es el que ejerce esa “actitud del pensamiento que comporta dos afirmaciones esenciales: existe una naturaleza humana; y lo humano se caracteriza por la vida del espíritu” (“Proceso al hombre”, Caracas: Universidad Central de Venezuela,1962,p.9). Y es desde esa atalaya que Caballero mira al mundo y expresa con su palabra su comprensión de ese universo.

Pero Caballero, con ser siempre un humanista, se expresa vaciando sus textos en diversos modos, sólo que sin bajarse nunca, ni siquiera en sus llamados libros orgánicos, de la actitud del ensayista, de la mirada del ensayista. Siempre cuando redacta los suyos, cuando ejerce como columnista político, como crítico literario, que lo es aunque pocas personas se hayan dado cuenta de ello, como historiador, como biógrafo, es siempre un ensayista. Por ello no es casual que una de las mejores exploraciones del género entre nosotros haya sido concebida por él, tal “El desorden de los refugiados”, que dio título a un libro suyo. Esto de ser siempre ensayista lo hermana con el mayor de todos los que hemos tenido: Mariano Picón Salas (1901-1965).

Y, desde luego, es el coralario, Caballero escribe bien, muy bien, inmejorablemente, porque es un estilista, la mas alta escala del ser escritor. Uno de esa gran familia que hay en nuestra literatura y entre nuestros historiadores: Rafael María Baralt (1810-1860), a quien José Antonio Ramos Sucre (1890-1930) aconsejaba como modelo para aprender a escribir, José Gil Fortoul (1861-1943), Caracciolo Parra Pérez (1888-1964), Eduardo Arcila Farías (1912-1996), Guillermo Morón (1926), José Luis Salcedo Bastardo (1926-2005). Y, ahora, Manuel Caballero, cuyo lenguaje siempre acaricia la mente y el corazón de quien lo lee.

Y en cuanto a su método de trabajo debemos señalar que él, todo escritor sabe que debe hacerlo, ha señalado, que el arte de tachar forma parte del trabajo de todo escritor (“Defensa e ilustración de la pereza”, p. 6-8) tiene este modo de trabajar, que hay que subrayarlo para mejor comprenderlo: siempre así se trate de una reedición reescribe sus libros, los pule, de punta a punta, por lo cual los resultados son óptimos. A veces algunas de las nuevas ediciones de sus libros no son tales, como sería el caso de la segunda aparición de “El orgullo de leer” o de “La pasión de comprender”, en los cuales eliminó algunos textos, introdujo otros y a todos los volvió a revisar desde la primera la última línea. Hizo aquello que Octavio Paz (1914-1998) llamaba “Edición corregida y disminuida”. Y, claro al final, sólo podemos decir de sus libros: por sus frutos los conoceréis. Los suyos vienen del grano de mostaza bien cultivada, aquella de la parábola del Evangelio.

Y dicho esto, porque lo que nos proponemos esta tarde es dar una mirada al conjunto de su escribir, debemos señalar que no es nada fácil trazar segmentos al examinar la obra de Manuel Caballero. Si lo hacemos es por mero afán de precisar y describir porque toda ella se nos presenta como una unidad, como un conjunto pese a su diversidad.

Hay en su escribir libros que podríamos denominar orgánicos. Tal “El desarrollo desigual del socialismo y otros ensayos polémicos” (Caracas: Editorial Fuentes, 1970. 235 p.) que tiene un gran valor, y resiste una lectura actual, lo hemos comprobado hace poco. Y su sentido es, aunque no sabemos si todos saben que el gran debate sobre el socialismo, tras los sucesos de Praga en 1968, fueron hechos desde Venezuela y por tres pensadores venezolanos: Caballero en el libro que hemos citado, Teodoro Petkoff en “Checoeslovaquia, el socialismo como problema” (Caracas: Editorial Fuentes,1969) y Ludovico Silva en “Sobre el socialismo y los intelectuales” (Caracas: Ediciones Bárbara, 1970. 85 p.). Esto sólo nos daría materia para toda una aproximación. Y está vivo, más allá del hecho de que Leonid Brezhnev (1906-1982) haya apostrofado públicamente el de Petkoff, lo que le dio relevancia mundial a aquel planteamiento. Tiene presencia viva el libro de Caballero hoy por el debate sobre el socialismo que se realiza entre nosotros desde que el Hegemón actual inventó algo que no existe en la teoría política: el Socialismo del siglo XXI y ello nos llevó a volver a los estantes en donde teníamos guardados nuestros libros sobre socialismo y marxismo, los cuales hemos releído para replicar a tanta descarada, e inculta, proposición. Por ello ya que el libro de Teodoro Petkoff haya sido reeditado, como “El socialismo irreal” (Caracas: Alfa, 2007. 307 p.), debe hacerse tanto con el Manuel Caballero, plenamente vivo y con el breve del inolvidable Ludovico Silva (1937-1988). Y por cierto pronto deberá corregir Teodoro Petkoff la injusta referencia que hace en ese libro (p.125) del poeta Joseph Brodsky (1940-1996): torcida y falsa en todo sentido. Brodsky era en aquel momento un disidente y un perseguido. Y el inmenso Brodsky es ahora Premio Nobél de Literatura (1987). Y cerremos: los sucesos checos del sesenta y ocho significaron el inicio del fin del socialismo autoritario, así lo creemos.

Creemos que podemos decir hoy que Manuel Caballero es un postcomunista pero una persona que estudió hondamente el marxismo, en el que militó, y se preocupó de su influencia en nuestro continente. De allí dos libros suyos tan destacados como “La internacional Comunista y la revolución latinoamericana” (Caracas: Ediciones Nueva Sociedad, 1987. 271 p.), originalmente escrito y publicado en inglés, fue su tesis de doctorado. Tal exploración había sido anticipada, a nuestro entender, por “La Internacional Comunista y América Latina: La sección venezolana” (México: Siglo XXI Editores, 1978. 175 p.) después, muy corregido, llamado ahora “Entre Gómez y Stalin” (Caracas: Universidad Central de Venezuela, 1989. 286 p.). Estos asuntos aparecen incluso, desde otros ángulos, en muy largos pasajes de “El discurso del desorden” (Caracas: Alfadil, 1987. 189 p.).

Y ya que hemos hablado sobre su versación en el marxismo debemos añadir otra, para nosotros, un humanista cristiano, notable, es esta: es Manuel Caballero uno de los mejores conocedores entre nosotros, sobre todo entre los de su generación y entre los de la de izquierda, del hecho religioso, de las diversas religiones, de los asuntos teológicos y bíblicos. Es casi imposible encontrarle un gazapo, más bien lo que nos hace es alimentarnos con su saber en ese campo.

Entre los que hemos denominado sus libros orgánicos se encuentra “Las crisis en la Venezuela contemporánea” (Caracas: Monte Ávila Editores, 1998. X,177 p.), el cual nos permite mirar casi toda la historia de nuestro siglo XX atravesándolo con el estudio de sus crisis, fenómeno previamente tan bien precisado en la teoría por él. Al leerlo a veces uno está tentado a pensar que su génesis de esta obra está en “Las Venezuelas del siglo XX” (Caracas: Grimaldo, 1989. 306 p.) aunque en este hay mas que las solas crisis.

“Por qué no soy bolivariano” (Caracas: Alfadil, 2006. 219 p.), es libro unitario, aunque concebido a lo largo de mucho tiempo, meditando largamente en su tema central: el culto venezolano al Libertador. Y consideramos orgánico también los ocho ensayos de “Contra la abolición de la historia” (Caracas: Alfa, 2008. 195 p.) por tocar temas y asuntos focales para el entendimiento de nuestro tiempo venezolano. Allí, en el palique final, deja establecido el esquema para un libro que podría titularse “Venezuela en el siglo XX” y que nadie mejor que él está destinado a escribirlo.

Hemos dejado para el final la mención a un libro suyo magnífico, pero mal titulado, no por su culpa sino por los intereses comerciales de su editor madrileño. Es “La gestación de Hugo Chávez”, (Madrid: Catarata, 2000. 167 p.) en el cual el Poseso, como lo llama el gran Zapata, sólo aparece en las páginas del golpe del noventa y dos y en las últimas diez y nueve hojas. En verdad el nombre de este libro es el que aparece como subtítulo “40 años de luces y sombras en la democracia venezolana” y ello porque es el más comprensivo examen que se haya publicado sobre la democracia nacida el cincuenta y ocho. Por ello debemos pedir a su autor que lo reedite con ese cognomento para que así sea apreciado, leído y discutido por los venezolanos. Es obra singular en el tratamiento de su tema.

Caballero se llama así mismo “historiador de lo político”. Esto puede verse en las dos apariciones, no son exactamente dos ediciones, de “La pasión de comprender” (Caracas: Ariel,1983. 175 p.; Caracas: Alfadil, 2005. 243 p.), en el inmensamente incitante “Ni Dios y Ni Federación” (Caracas: Planeta, 1995. 307 p.) e incluso en su “Revolución, reacción y falsificación” (Caracas: Alfadil, 2002. 223 p.).

El columnista de opinión, siempre culto y zahorí, aparece en obras como “El mundo no se acaba en diciembre” (Caracas: Ediciones Centauro, 1973. 278 p.), “Contra el golpe, la dictadura militar y la guerra civil” (Caracas: Edciones Centauro, 1998. 176 p.), cuya reedición urge porque todo lo sucedido desde 1992 acá esta allí apuntado con verdadera anticipación, como lo está también, en su cara militarista, en “La peste militar” (Caracas: Alfa, 2007. 219 p.).

Al imprimir en volúmenes sus trabajos políticos deseamos hacerle una sugerencia: que como se trata de escritos políticos, hijos de sus horas, al editarlos les ponga las fechas en que fueron impresos por vez primera. Con ello adquirirían mayor sentido y porque todo el que escribe sobre el suceder de cada jornada lo hace en día y hora fija, puesta a andar la pluma por sus acontecimientos.

El biógrafo lo encontramos en “Gómez, el tirano liberal” (Caracas: Monte Avila Editores, 1993. 383 p.), el quinto gran libro sobre aquel personaje que tenemos. Los otros son los de Domingo Alberto Rangel (“Gómez, el amor del poder”, 1975), Ramón J. Velásquez (“Confidencias imaginarias de Juan Vicente Gómez”, 1979), Tomás Polanco Alcántara (“Juan Vicente Gómez, aproximación a una biografía”, 1992) y Jorge Olavarría (“Gómez, un enigma histórico”, 2007).

Igual singularidad tiene “Rómulo Betancourt, político de nación” (Caracas: Alfadil, 2004. 477 p.). Allí se ha vuelto a cumplir un hecho: los mayores estudiosos del hombre de Guatire han sido sus adversarios, marxistas o socialcristianos, entre los últimos cabe muy bien el padre Arturo Sosa Abascal.

Creemos que el amplio estudio sobre este líder se originó en su “Rómulo Betancourt: política y populismo en Venezuela” (Buenos Aires: Centro Editor de América Latina,1971), aquí leído en su reedición como “Rómulo Betancourt” (Caracas: Ediciones Centauro, 1977.302 p.) ya que el folleto original circuló muy poco en nuestro país, tenemos en nuestras estanterías una de esas raras copias.

El renglón del biógrafo lo cierran, en este momento, los perfiles insertos en su Dramatis personae.

Caballero, y lo hemos dicho es un crítico literario, tiene la cultura y buril para hacerlo. Quien desee comprobarlo deberá repasar sus escrituras. El primer conjunto de ensayos, diríamos que más literarios, están en su “Ve y toma el libro que está en la mano de Ángel” (Caracas: Editorial Ateneo de Caracas, 1979. 248 p.), otros están en su “Defensa e ilustración de la pereza”, (Caracas: Alfadil, 1998.160 p.), “El orgullo de leer” (Caracas: Alfadil, 2003. 238 p.), cuya reedición no puede considerarse segunda edición, según su método de trabajo, excluyó algunos textos e incluyo otros que no estaban en la primera (1988), en “El desorden de los refugiados” (Caracas: Alfadil, 2004. 255 p.), en la primera parte de sus “Polémicas y otras formas de escritura” (Caracas: Alfa,2008. 191 p.) y en el sabroso “No más de una cuartilla” (Caracas: Alfa, 2009. 316 p.), la que nos ha dado motivo para nuestra reunión de esta tarde.

Creemos que aquí está Manuel Caballero. Es mucho lo que de su escribir se ha ordenado en libros, aunque sin duda en su archivo aun quedan muchos papeles. No lo dudamos.

Y para cerrar apenas una idea de los porqués de esa preciosa y deliciosa obra que es “No más de una cuartilla”. Dice Caballero “Nos proponemos reducir el ensayo a su mínima expresión, sin convertirlo en aforismo, así llegue a veces a contenerse en apenas una línea” (p.17). A la vez él, lo dice en la página final, no desea se vea este libro “como una simple libreta de anotaciones, un fichero o una red para no dejar las ideas de cada día” (p.316). Si es cierto que son ensayos contiene también aquellas ideas que todo escritor redacta, a la vez que trabaja sobre otros asuntos, dejando consignado un pensamiento que le viene y no desea perder, a veces se levanta de la cama para anotarlo y así no pederlo. Son ideas para más adelante, pero bien atrapadas siempre. Todos los escritores tienen, ahora en el disco duro de sus computadoras, ese especial memorial de todo aquello que viene a su mente cuando leen o escriben, y a veces cuando sueñan. Este libro a la vez, que es distinto a los “mini-ensayos” de nuestro querido maestro Luis Beltrán Guerrero (1914-1997) y tiene un hondo sentido y grande valor dentro de la meditación ensayística venezolana.

En el libro de Caballero “El discurso del desorden” está la famosa frase que le dirigió (junio 16,1983) Gonzalo Barrios (1902-1993): “Los adversarios suelen ser amigos que no se conocen” (p.7): lo cual fue una grande confesión de tolerancia, la cual poseyó en grado sumo el político adeco, hombre de excepción, lo supimos bien quienes los tratamos con afecto y gozamos de su conversar, de su sabia intuición política, de sus mucho saberes surgidos de sazonadas lecturas y de sus consejos gastronómicos. Pero además esta frase también empapa las reflexiones, exploraciones y análisis de Manuel Caballero: él piensa por sí mismo y siempre está lejano a pretender imponer sus conclusiones a nadie. No en vano ha sido buen lector de Voltaire (1694-1778).

(Leído en la sesión de “Los tertulieros se reúnen” en la Fundación Francisco Herrera Luque la tarde del Jueves 19 de Noviembre de 2009 en la cual también participaron la historiadora María Elena González Delucca y la antropóloga Michelle Ascensio).



El Nacional - Jueves 13 de Mayo de 2004 B/8
Manuel Caballero: El político es intelectual o no es político
Con Alfadil Ediciones, saca a la calle dos nuevos volúmenes de ensayos: El desorden de los refugiadosy Dramatis personae, que serán presentados esta noche a las 7:00 en la Librería Alejandría del Paseo Las Mercedes. El escritor también anuncia la próxima publicación, por parte del Fondo de Cultura Económica, de la biografía de Rómulo Betancourt
RAFAEL OSÍO CABRICES


“Afortunadamente, los libros han tenido una gran acogida del público, tengo una gran satisfacción”

Fue el primer autor venezolano en ser editado por la Universidad de Cambridge. Tiene casi 40 años como columnista de periódicos. Es uno de los más influyentes historiadores del país. Pero no se cansa.

Dos nuevos títulos antológicos pasan a acrecentar su ya ancha bibliografía.

Los nuevos van por caminos cercanos. El desorden de los refugiados parte de algo que dijo Balzac:
que el periodismo era el refugio de los desordenados. Caballero hace una introducción en la que voltea esa idea a beneficio del papel del ensayista. Contiene textos como “Para una lectura política de los 400 años de El discurso del método de Descartes”, y ensayos sobre Rafael Cadenas, la novela histórica y de anticipación, anécdotas de Juan Vicente Gómez, la palabra “decadencia”, el idioma de Cantinflas, el petróleo y la literatura, Salvador Garmendia, Álvaro Mutis, los grandes escritores de Medellín y hasta las caricaturas de Rayma. Algunos son inéditos.

Por su parte, Dramatis personae tiene 12 ensayos biográficos. Tres son inéditos: los que se ocupan de Mariano Picón Salas (que cierra el libro, aunque no aparece en el índice) y Eleazar López Contreras, escritos para esta recopilación, y el que examina la obra de Ramón J. Velásquez. Los otros nueve son perfiles de Rafael Caldera, Arturo Uslar Pietri, Pompeyo Márquez, Augusto Mijares, Carlos Andrés Pérez, Gonzalo Barrios, Luis Beltrán Prieto Figueroa, Mario Briceño Iragorry y Luis Castro Leiva.

Los innumerables
–¿Se cumple en Venezuela aquella máxima de Carlyle según la cual la historia es el conjunto de los hechos de los grandes hombres?
– Dramatis personae tiene un epígrafe de Carlyle: History is the essence of innumerable biographies.

Él decía también que es la esencia de innumerables biografías, que pueden ser las de todo el mundo.

Siempre se ha pensado que Carlyle sólo se refería a los grandes hombres. Aquí habla de los innumerables, de todos. También se puede interpretar que en innumerables biografías, lo que sirve de base es la Historia. A nadie medio serio se le ocurriría decir que Venezuela es sólo un producto de grandes hombres, pero tampoco que la historia se produce por fuerzas que no tienen nada que ver con la voluntad humana. Lo importante de este libro es que es una historia intelectual de personalidades civiles, de una u otra manera; con la excepción de López Contreras, que era militar, pero que fue el primer Presidente civilista del siglo XX.

Hay una idea central: el político es intelectual, o no es político.

–Lo que estamos viendo en el presente es bien distinto.

–Bueno, ésa es su conclusión; yo he escrito sobre otra gente, siempre dentro de mi combate permanente contra el militarismo y el personalismo y la visión heroica de las cosas, a lo que contribuyo con este libro de historia intelectual.

–¿Fue el siglo XIX un siglo de militares y el XX de civiles?
–Por supuesto que no. En el XX gobiernan Castro, Gómez, Pérez Jiménez y ahora este ciudadano teniente coronel. Lo que he dicho antes es que la historia republicana de Venezuela se divide en dos partes, el siglo XIX de la guerra y el XX de la paz.

–El título de Dramatis personae parece sugerir que los prohombres son el reparto de una gran representación, un montaje teatral. ¿Somos los demás simples espectadores?
–Toda la historia es siempre un drama y a veces una comedia.

Los demás no somos necesariamente espectadores. Ninguna de estas personas se mueve en un ámbito absolutamente individual, nadie lo hace. En la historia no hay diferencia entre individuo y colectivo, Robinson Crusoe no existió en estado puro.

–¿El otro volumen, El desorden de los refugiados , insinúa por su parte que la inteligencia, más que nunca, es ahora un asunto de gentes escondidas, una actividad casi clandestina?
–Con ese título hablo sobre todo del carácter interrogativo, dubitativo, del ensayista. En este caso, la inteligencia siempre es un bien preciado; si la clandestinidad se confunde con el trabajo individual, pues sí, es también clandestina. En todo caso, el trabajo del ensayista siempre es individual.

–Usted ha desarrollado un gran esfuerzo en los últimos meses para publicar libros. ¿Qué espera de esa voluntad de comunicarse?
–Los libros han estado apareciendo en cambote por una decisión de mi editor. En general, son textos que he venido escribiendo a lo largo, a veces, de muchos años.

Son producto de un largo trabajo y es ahora que se han armado. Conjuntamente con trabajos centrales, como el que hice con Gómez, el tirano liberal, o la biografía de Rómulo Betancourt que va a publicar el Fondo de Cultura Económica, he hecho todos esos ensayos.


NOTITARDE, Valencia, 10 de Agosto de 1998
La vejez de Manuel Caballero
Guillermo García Ponce

En los años sesenta, Manuel Caballero fue columnista de todo o casi todos los diarios, semanarios, quincenarios, revistas y publicaciones que la izquierda venezolana editó para divulgar su política o enfrentarse a sus adversarios. Al revisar las colecciones de Clarín, Qué, El Siglo, Voz Popular, Deslinde, Tribuna Popular, Documentos Políticos, hay pocas ocasiones en las que, activo y combativo, no aparezca su firma o sus iniciales al pie de un encendido texto en defensa de las posiciones políticas e ideológicas consideradas entonces como la vanguardia revolucionaria.

En Deslinde, al asumir la defensa del Partido Comunista, atacado por exaltados "renovadores", en enero de 1969, decía: "Nosotros, comunistas, creemos que en verdad es necesario destruir ese aparato. Y lo creemos porque sabemos que la única manera de destruirlo es haciendo la revolución. No a la inversa... Los partidos revolucionarios deben soportar también, como los judíos del Antiguo Testamento, su travesía del desierto. Y es en esos períodos donde se hace necesario el mantenimiento, la consolidación de ese aparato..." (Deslinde, Nß 1, Caracas, 31-10-68). En octubre de 1969, expresaba su admiración por la Unión Soviética: "Por encima de los defectos que pueda tener la sociedad socialista y muy especialmente la soviética, una sociedad donde se ha eliminado la apropiación privada de los medios de producción, la última forma de la esclavitud de clases, es infinitamente superior a la mejor sociedad clasista". (Deslinde, Nß 11, Caracas, octubre 1969).

Manuel Caballero ingresó al PCV en 1953. En su solicitud de militancia comunista decía: "Yo, Manuel Caballero, estudiante y hasta hoy militante de Acción Democrática, pido ingreso en el Partido Comunista, el partido de Jesús Faría, el partido de los patriotas venezolanos". En los años siguientes, Manuel Caballero se convirtió en uno de sus principales voceros en periódicos, revistas y foros. En 1967 llegó a ser nada menos que director de Documentos Políticos, la revista teórica del Comité Central del PCV. Pero, además, como él mismo se jactaba, fue jefe de página de "Tribuna Popular", articulista, reportero y hasta participante en las brigadas de activistas que la vendían a pregón por las calles de Caracas.

Pero con el paso de los años se fueron reblandeciendo aquellos ímpetus juveniles revolucionarios. Caballero resbaló hacia otros campos. Dejó de ser el marxista-leninista que sostenía con pasión: "El marxismo es un método de interpretación de la realidad social en verdad, un intento totalizador" (Deslinde, Nß 12. 31-10-69). Ni aquel que se indignaba ante la agresión a Viet Nam: "Defender al pueblo de Viet Nam es defendernos nosotros mismos". (Documentos Políticos, Nß 4. Octubre 1967). Ni mucho menos el fervoroso admirador del "partido de Jesús Faría, el partido de los patriotas". Comenzó a copiar al carbón los textos de Trotski y Deutscher, editados en México por la Fundación Rockefeller. En 1987 hace una generosa contribución a la guerra fría con su libro "La Internacional Comunista y la Revolución Latinoamericana", elogiado clamorosamente por los círculos norteamericanos. Había terminado el ciclo juvenil. Llegó la vejez.

Desgraciadamente, la vejez de Manuel Caballero no es serena ni apacible. Ahora, más allá de sus 65 años, tiene terribles pesadillas. Militares que destruyen la democracia venezolana. El fascismo a las puertas de Miraflores. La guerra civil y el tumulto del populacho. Le aterra el caos que vendrá una vez que AD y Copei pierdan las elecciones. Es una vejez que jamás imaginó el joven Manuel Caballero, militante activo del "partido de Jesús Faría".




jueves, 21 de octubre de 2010

memoricidio


El Nacional - Lunes 06 de Octubre de 2003 B/10 Cultura y Espectáculos
FERNANDO BÁEZ: La amnesia colectiva siempre vuelve, como el cólera
“Venezuela está cargada del mito maligno de Bolívar”
Con 33 años, acaba de publicar su traducción de la Poéticade Aristóteles, y fue contratado por la Unesco para documentar saqueos del patrimonio cultural de Irak. Experto en destrucción de culturas, en quemas de libros, en suicidios nacionales; discípulo de Briceño Guerrero y pertinaz autodidacta, se declara por completo al margen de la división venezolana
RAFAEL OSÍO CABRICES

Un memoricidio en la cuna de la civilización. “Lo que ocurrió en Irak es la expresión de una de las épocas más perversas que ha tenido el mundo”
Fernando Báez nació en San Félix, Bolívar, que antes, como ahora, era un pueblo pobre. Cuando salía de la escuela, sus padres lo dejaban al cuidado de unos parientes que trabajaban en la biblioteca municipal. Báez era muy pequeño para saber leer, pero pasaba muchas horas contemplando las ilustraciones de los libros de Verne, de Salgari. No tenía acceso a la televisión, así que de esos libros provino su primer imaginario: en el vibrante horizonte de su paisaje guayanés saltaba la blanca cabeza de Moby Dick, y los Tres Mosqueteros se adivinaban en la polvareda de las caimaneras del barrio. Hasta que llegó el día fatídico en que creció el Orinoco e irrumpió en el templo de sus delicias. Su pequeño paraíso fue devastado, pero a cambio sintió nacer una obsesión: saber por qué se destruyen los libros, por qué en ciertos lugares y momentos el fuego o la pólvora se afanan por desvanecerlos.

La vida lo llevó a Mérida y la ciudad a la universidad, para estudiar Letras Clásicas. Pero cambió la ULA por la UNA y Letras por Educación.

Dirigió el periódico El Correo de los Andes y empezó a escribir ensayos. Más tarde se fue a España, para especializarse en Bibliotecología. Y allí materializó sus años de estudio de la lengua de Aristóteles, quien se convirtió en su faro: en 2000 publicó su traducción del Tractatus cislinianus, y este año, con la ULA, su versión de la Poética (con facsímiles en latín y el texto original en griego).

Muchas páginas han pasado desde aquella crecida que dio de leer a las zapoaras. Su Historia universal de la destrucción de libros, que promueve como el único texto sobre el tema que se ha hecho, será publicada en un tomo de más de un millar de páginas en febrero próximo.

Y la Unesco lo contrató como un experto en la materia, al punto de haberlo enviado varias veces a Irak, para reportar la destrucción que sobre el patrimonio de ese país, que es el patrimonio de todos, provocó la invasión de Estados Unidos y Gran Bretaña.

Báez muestra las fotografías de ese horror en el lugar donde nacieron la escritura, la agricultura, la religión y la ley. “Aquí se quemaron un millón de libros”, musita junto a la imagen de un edificio bagdadí manchado de ceniza. “Estas son las primeras escrituras que hizo el hombre. Yo tuve una de esas tablillas entre mis manos. Y se puede ver que fueron saqueadas”. Uno no puede escapar, frente a ese testimonio, a la conciencia de algo espantoso, inenarrable. “Y esto que parece la entrada del infierno, es la entrada de los Archivos Nacionales. Ahí se perdieron dos millones de libros.

Eso que ves ahí son las cenizas de Averroes”.
El apetito por la destrucción
–Llena la historia, como está, de quemas de libros, de bibliotecas arrasadas por ejércitos invasores o por sus propios pueblos custodios, parece que la memoria es una fuerza de temer, pues ha sido considerada varias veces como enemigo.

¿Por qué es objeto de destrucción?
¿Hay una motivación común en esos episodios?
–Emerson dijo que cada libro quemado ilumina al mundo. En las llamas brilla una luz que ilumina lo que en esas quemas subyace.

La figura de la destrucción del mundo está en todas las cosmogonías.

Los libros otorgan, a quienes los escriben, la única forma de inmortalidad posible.

Cuando se queman, ocurre a instancias de gente culta, siempre en nombre de otros libros. Los códices mayas se quemaron porque contradecían la Biblia, los nazis quemaron libros el 10 de mayo de 1933 por lo que decía Mein Kampf, y Los versos satánicos de Salman Rushdie fue objeto de una fatwa porque sometía a juicio la versión del Corán.

“Gente que lee –continúa Báez–, quema libros para abolir ciertas ideas, guiada por otro libro que es autárquico, autosuficiente, y dictado por una entidad divina. ¿Por qué no se destruyen radios y televisores? ¿Por qué hay libros sagrados, pero no hay películas ni sinfonías sagradas? Porque nuestra civilización es esencialmente escrita, y Dios es esencialmente verbo. Además, el fuego es considerado desde tiempos prehistóricos como la gran fuerza regeneradora de la naturaleza.

Cuando el papel, que es claro, es incinerado, se vuelve negro: la luz es sustituida por la oscuridad. Estos procesos son todos muy similares”.

–¿Qué puede esperarse de un mundo que permite que se arrase Mesopotamia?
–Lo que ocurrió en Irak es la expresión de una de las épocas más perversas que ha tenido el mundo. Un memoricidio en la cuna de la civilización implica que una nación, en este caso Estados Unidos, ha decidido enviar un mensaje a todas las demás. Esta guerra forma parte de un proyecto que es esa aberración llamada globalización, que consiste en convertir al mundo en un gran mercado. Se permitió que la cultura iraquí fuera vandalizada para demostrar que ni siquiera la cuna de la civilización, con sus 100.000 asentamientos arqueológicos, es intocable. Fue una respuesta a los símbolos destruidos el 11 de septiembre. Y todo esto ocurre cuando hay una explosión del comercio ilegal de bienes culturales.

–¿Llegaremos a la pesadilla bradburyana de Fahrenheit 451 , en la que ciertos elegidos debían memorizar libros enteros para que no desaparecieran?
–Bueno, Estados Unidos se está convirtiendo en los bomberos de esa novela, que se dedicaban a quemar libros en vez de apagar incendios. Está destruyendo, de diversas maneras, varias culturas, en nombre siempre de la salvación del mundo. Pero no creo que lleguemos a la distopía que propone Ray Bradbury. El libro está hallando grandes aliados en las nuevas tecnologías; en Internet hay bibliotecas que no se pueden destruir. Los biblioclastas lo tienen cada vez más difícil.
El futuro del pasado
–¿Son las sociedades más jóvenes, por naturaleza, más amnésicas?
–Dicen que la amnesia es condición para la felicidad, y que los pueblos jóvenes son más puros, más inocentes. Son supersticiones; ninguna civilización es joven: nacen de la conjunción de culturas milenarias. Hoy, un joven de 16 sabe mucho más que un anciano del siglo XVI. Esa pretendida juventud se usa también como pretexto para la irresponsabilidad.

Los países jóvenes son más propensos al mito de las revoluciones, al mito del futuro, a las grandes profecías.

–Pues uno de los más frecuentados clichés sobre Venezuela es que es un país sin memoria. ¿Hasta qué punto es cierta esa acusación? ¿No se trata de que nuestro propio pasado es muy escaso?
–El pasado de Venezuela es extenso. Más bien creo que Venezuela es víctima de su memoria, que está cargada de un mito maligno, que es Simón Bolívar.

La historia venezolana hubiera sido muy distinta si nuestro patrón de referencia, si el mito impuesto, no hubiera sido el de Bolívar sino el de Francisco de Miranda. En la Colombeia de Miranda está el proyecto de nación más extraordinario del siglo XIX hispanoamericano. Hay que desbolivarizar al país. Vivimos castrados por el mito de un padre cuya obra es un decálogo de todo lo que debemos hacer.

“Pero hay un largo camino por recorrer hacia el pensamiento de Miranda. Bolívar era un pensador superficial, que repetía lo que leía, y sus errores le costaron décadas de guerra a Venezuela y Colombia.

¿Cómo puede ser nuestro ejemplo mayor un hombre que le entregó Miranda a Monteverde, con lo que se perdió la Primera República, y que luego decretó algo como la guerra a muerte? Bolívar fue un militar, ante todo, y su modelo militarista es el que más daño le ha hecho a América Latina. Venezuela se encontrará como nación cuando abandone precisamente esa memoria fundamentalista que es el bolivarianismo a ultranza.

Miranda era un héroe verdadero, y universal. Bolívar lo odiaba, porque le hacía sombra. Y la Gran Colombia es una copia del proyecto de Miranda.

–Parte de lo que ha significado la crisis política de Venezuela es un reencuentro con su pasado, en muchos niveles, ya sea desde quienes invocan unas leyendas de la presunta fundación de lo venezolano, como desde quienes reivindican, por otro lado, una forma de vida que repudia el actual poder.

¿Cree que lo que estamos viviendo nos enseñará a recordar mejor, a tener más en cuenta las lecciones del pasado?
–No soy partidario de ninguno de los bandos que se disputan el futuro de Venezuela. No creo que se pueda decir que la razón está de una parte o de la otra. Aquí se impone una reflexión muy honda sobre las causas de la crisis.

Venezuela tiene un largo proceso por delante para integrarse como nación. No creo que por muchos años alcancemos una relación armónica con nuestro pasado.

–¿Cómo se vacuna una sociedad contra la amnesia?
–Cualquier vacuna fracasará.

Es una enfermedad que vuelve siempre, como el cólera, la malaria.

Tiene en el odio su caldo de cultivo. Mientras más se ignora, más se odia. Sea que se salga de Chávez o no, las contradicciones de Venezuela no se resolverán.

Los países son lo que quieren ser, y nosotros no nos hemos planteado ser nada.

Lea la versión completa de esta conversación en www.el-nacional.com
El discípulo
En Mérida, Fernando Báez halló los libros y la necesidad de escribir. Otra gente, tan enferma de letra impresa como él, que abunda en aquella ciudadela del delirio y la inteligencia, lo condujo a un hombre que es allá objeto tanto de inquina como de veneración: José Manuel Briceño Guerrero, quien le inoculó el “virus” del griego. Briceño Guerrero, considerado por su discípulo (y por otros que han pasado ante su barba políglota) el mayor pensador latinoamericano del siglo XX (lo cual significa: sobre Alfonso Reyes, sobre Octavio Paz, sobre Jorge Luis Borges), hizo que sus juveniles inquietudes se disciplinaran.

Para Báez, el escritor venezolano no concreta ningún proyecto importante porque es indisciplinado y superficial. “Yo me rebelé. Escribo 12 horas diarias, con método. Y me dediqué a aprender idiomas, no por vanidad, sino para no depender de malas traducciones españolas, mexicanas o argentinas”.

Dice que le cerraron las puertas en la ULA por su amistad con Briceño Guerrero. “Todo lo que he logrado lo busqué yo solo.

Nadie me ayudó. Aquí no hay que jalarle a nadie, a esas mafias sin talento. Quiero que los jóvenes sepan que lo que yo he hecho es posible, y que deben olvidarse de esos mitos castrantes de la literatura venezolana, según los cuales es más importante ser leído afuera, o esperar una gran obra que nunca llega, o ser una referencia ética para la Nación o contar con el apoyo del Estado.

El tema de ser chavista o no, simplemente no me interesa. A todos esos escritores que están divididos y han tomado partido, les digo que su única responsabilidad es con su obra. Ni Chávez ni la oposición nos pueden colocar contra el valor de la amistad. Yo he visto lo que es un país en guerra.

Es un lugar devastado. No quiero ver esto convertido en un desastre similar. Antes de ir a Irak revisé su historia contemporánea.

Y me di cuenta de que en Venezuela están dadas todas las condiciones para una guerra civil. Debemos tener mucho cuidado”.

“El modelo militarista que es Bolívar es
el que más daño le ha hecho a América
Latina. Venezuela se encontrará como
nación cuando abandone esa memoria
fundamentalista...
“Mientras más se ignora, más se odia.
Con o sin Chávez, las contradicciones
de Venezuela no se resolverán. Los
países son lo que quieren ser, y nosotros
no nos hemos planteado ser nada