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sábado, 5 de mayo de 2018

YA, EN MEDIO DE LA CAMPAÑA

Perspectivas
Las incertidumbres de la realidad política venezolana
Michael Penfold

Cualquier ejercicio de proyección de los escenarios políticos que se despliegue para el caso venezolano va a encontrarse con una dificultad predictiva.

La razón es que bajo ningún escenario las variables relevantes están bajo el control ni del gobierno ni de la oposición. La otra causa es que los escenarios más probables no son intrínsecamente los más estables. La dinámica plantea una serie de paradojas con la que se enfrentan permanentemente todos los actores políticos, tanto internos como externos, que actualmente están lidiando con la profunda crisis económica, social e institucional del país. Este trance también promueve distintos tipos de inconsistencias por parte de estos mismos actores, que en muchos casos conlleva a posturas irracionales, lo cual complejiza aún más la utilidad de cualquier esfuerzo prospectivo.

Varios ejemplos permiten ilustrar la situación. Maduro puede desear ser reelecto para otro periodo presidencial –así sea ilegítimamente–, pero la decisión de la comunidad internacional de reconocerlo escapa totalmente a su ámbito de influencia. Maduro puede prometer que una vez reelecto va a modificar su política económica para evitar los errores que llevaron al chavismo a quebrar la economía venezolana y a colapsar la industria petrolera; pero aun si lo hace, el financiamiento externo que requiere para darle credibilidad a un potencial programa de estabilización es de tal envergadura, que la posibilidad de implementarlo depende exclusivamente de la voluntad de los organismos multilaterales e incluso de la decisión de los chinos de desembolsar los recursos necesarios para enfrentar este conjunto de reformas. Maduro puede ordenar, debido a su férreo control sobre las autoridades electorales, que se cumpla la fecha de realización de los comicios presidenciales del 20 de mayo, pero lo cierto es que, así como esos comicios fueron pospuestos en abril, si los cuadros internos de la coalición oficialista se mantienen descontentos y si así lo desearan, podrían nuevamente ejercer suficiente presión como para postergar su realización.

Lo mismo ocurre con la oposición. Los partidos políticos de la unidad pueden exigir elecciones libres, pero el cambio en las condiciones electorales pareciera ir más allá de su propia voluntad de acción. Declarar fraude, dejar de postular candidatos y llamar a la abstención no garantiza absolutamente nada. Algo parecido sucede con el tema internacional. La oposición en el marco de la unidad puede llamar a aislar al gobierno internacionalmente, a escalar sanciones económicas e individuales, pero aún si eso ocurriese, las posibilidades de que este tipo de castigos produzca un quiebre definitivo en la coalición oficialista son bastante inciertas. Nueve meses después del inicio de la primera ola de sanciones, los castigos no parecen haber tenido los efectos políticos esperados, pues el impacto de estas medidas dependen estrictamente de las reacciones de diversos factores domésticos relevantes y no solo de sus consecuencias financieras, económicas y sociales.

Estos resultados tan decepcionantes son curiosamente consistentes con la evidencia empírica internacional que muestran cómo las sanciones rara vez generan una crisis de ingobernabilidad definitiva que conlleve a cambios de regímenes y cómo tan sólo en algunos casos, cuando están bien coordinadas globalmente, pueden inducir a procesos de negociación y a ciertos cambios de comportamiento, como fue el caso de Irán, Birmania, Libia o Sudán. En el caso venezolano, los niveles de coordinación internacional son muy altos, especialmente entre los Estados Unidos, Europa y la mayor parte de los países latinoamericanos, por lo que es más probable que estas presiones induzcan a una nueva negociación y concesiones parciales sustantivas que a un colapso final del régimen político venezolano.

Esta realidad pareciera indicarnos que la capacidad de la oposición de imponerse por la vía exclusivamente electoral o internacional es mucho más limitada de lo que se hubiese anticipado algunos meses atrás. O, en todo caso, esta misma situación comienza a señalarnos que, más importante que las probabilidades asignadas a un determinado escenario, es la capacidad de coordinación de la oposición para jugar en varios tableros simultáneamente, que es lo que a fin de cuentas puede determinar la efectividad para precipitar un cambio político definitivo en el país. Una capacidad de coordinación que en los actuales momentos es inexistente.

Tres son las variables, más allá de la interacción entre gobierno y oposición, de las cuales depende tanto la materialización como la estabilidad de todos los escenarios en Venezuela: la cohesión interna del chavismo, la credibilidad de un escalamiento de las sanciones internacionales y el acceso al financiamiento externo.

La estabilidad de todos los escenarios, incluso uno en el que Maduro decida quedarse en el poder, va a depender exclusivamente de si puede superar los escollos que estas tres variables terminan planteando:

1. ¿Alguno de los factores de poder dentro de la coalición oficialista va a vetar o no la materialización de un resultado político que afecte sus intereses tanto en el corto como en el largo plazo?

2. ¿Induce o no el escenario a los Estados Unidos y a la Unión Europea a continuar aislando económica, financiera y políticamente a Venezuela?

3. ¿Genera el escenario las condiciones institucionales para que los organismos multilaterales (y también los chinos) estén dispuestos a financiar la estabilización macroeconómica y la reconstrucción de la industria petrolera?

La viabilidad de cualquier escenario será ineludiblemente medida contra estas tres preguntas. Si alguno de los escenarios potenciales no pasa el “baremo” de estas interrogantes, entonces es sencillamente inestable aun si llegase a producirse.

Es por eso que un escenario como la reelección ilegítima de Maduro –que puede ser considerado el más probable– es, sin duda, el más inestable de todos. Y otros que lucen muy poco probables, como el de las elecciones libres, siendo poco plausibles, pueden ser considerados, fácilmente, los más estables. En cambio, hay escenarios intermedios (como la implosión del chavismo o una transición electoral a través de un tercero) que, aun siendo menos probables que la reelección de Maduro, son también más estables, aunque son a su vez mucho más probables que la deseada materialización de unas elecciones libres. Esta incertidumbre sobre el futuro venezolano es precisamente lo que obliga a los distintos actores, tanto nacionales como internacionales, a realizar un cálculo que involucra un intercambio entre lo que es más probable frente a lo que es más estable, pero también entre lo que es más deseable y aquello que es más viable.

Por si fuera poco, la dimensión temporal para determinar la probabilidad de ocurrencia de los diferentes escenarios también importa. El 20 de mayo es sin duda un parterrayo. Si llegara a darse la elección presidencial para esta fecha, tal como hoy pareciera que pudiese ocurrir, los escenarios que hablan de elecciones libres o de una implosión del chavismo pasan a ser un conjunto vacío, al menos en el corto plazo. En efecto, con la realización de las elecciones, los resultados políticos pasan a ser binarios: o se reelige a Maduro o hay una transición porque gana un tercero (en este caso, Falcón) aun sin condiciones electorales. Esta es la principal causa por la que esta dimensión temporal del análisis de los escenarios termina siendo un verdadero hito: marca un antes y un después y termina descartando algunas de las tantas posibilidades que pudieran darse en Venezuela.

La fecha electoral de mayo, al igual que aquélla que también había sido aprobada por la inefable Asamblea Constituyente para antes de abril, sigue siendo una proposición extremadamente problemática si no viene acompañada de unos acuerdos mínimos que garanticen la legitimidad internacional de estos comicios.

Una reelección ilegítima de Maduro plantea unos riesgos tan altos para todos los actores relevantes que lo sostienen, que sus costos pueden llegar a ser prohibitivos. La reelección de Maduro, en el fondo, termina trasladando todos los costos de su ilegitimidad al resto de los factores de poder de la coalición oficialista, a cambio de unos beneficios inciertos que están muy concentrados en un círculo interno cada vez más restringido. Esta es su mayor fuente de inestabilidad.

El presidente Rómulo Betancourt resumía este tipo de disyuntivas históricas en torno al bizarro pragmatismo de los agentes de poder que circundan a los sistemas autoritarios, afirmando que los aliados son leales hasta que un buen día dejan de serlo. Ésta era la manera criolla de Betancourt de subrayar lo sorpresivo, pero también lo tremendamente transaccional que terminó siendo la política venezolana durante las tres décadas posteriores a la muerte de Gómez.

Si Maduro no es capaz de garantizarles una clara legitimidad a los distintos factores de poder que más temen las sanciones internacionales –condición que hasta ahora no está presente–, aunque logre imponer la fecha, va a tener que luchar desesperadamente por su propia estabilidad, pues los costos y los riesgos asociados a este escenario son verdaderamente altos.

Es evidente que el gobierno puede hacer prevalecer sus preferencias, pues tiene el control institucional y la capacidad de represión para hacerlo, tal como lo hizo en agosto del año pasado cuando impuso la Asamblea Constituyente, pero sería cuestión de meses antes de que el país entrara en otro periodo de altísima inestabilidad. Este primer escenario, aunque es el más probable, da la impresión de que no pasa el baremo de la cohesión interna del chavismo ni el potencial escalamiento de las sanciones ni garantiza el acceso a los recursos financieros externos. Es por eso que no es posible descartar que las elecciones del 20 de mayo terminen siendo pospuestas nuevamente por las propias presiones oficialistas, y que Maduro se vea obligado a volver a ganar tiempo tratando de improvisar una nueva ronda de negociación.

Ahora bien, si Maduro termina imponiendo la fecha de la elección, también existe la posibilidad que Falcón gane aunque no estén dadas las condiciones electorales. La probabilidad de ocurrencia de este otro escenario es claramente menor. Las encuestas dan a Falcón 8 puntos en promedio de ventaja frente a Maduro. Una vez que se controla por aquellos electores que están seguros de ir a votar, esta diferencia prácticamente se evapora. Falcón, para inmunizarse frente a los efectos más negativos de la abstención opositora, así como del condicionamiento social del voto provocado por el carnet de la patria, tendría que duplicar la diferencia entre los votantes dispuesto a acudir a las urnas a 16 puntos en las encuestas.

Este resultado va a depender exclusivamente de una campaña electoral que esté magníficamente bien ejecutada, algo así como la campaña unitaria de Capriles del 2013 que, en poco menos de un mes, redujo la ventaja de 20 puntos con la que contaba un ungido Maduro después de la muerte de Chávez. Para ello, Falcón necesita un apoyo formal de la Unidad (al menos de una parte representativa) y también requiere de un mensaje que le permita conectarse emotivamente con todos los venezolanos descontentos.

Lamentablemente, Falcón hasta ahora no ha logrado ninguno de estos objetivos, pues la campaña no ha tenido mayor impacto y tampoco ha sido capaz de movilizar masivamente ni a la base opositora ni al chavismo inconforme. La evolución de la mayoría de las encuestas más bien muestra a un Maduro que permanece estable, al igual que Falcón, mientras que el único que sube es un evangelista como Bertucci que ha terminado por restarle votos potenciales al exgobernador de Lara.

Si Falcón logra efectivamente dar un vuelco a la campaña y si también modifica su estrategia política, entonces quizás algunos factores descontentos del chavismo comiencen a ver su posible triunfo como un mecanismo de salida atractivo frente a un nefasto escenario de continuismo, que tendría para ellos unos costos extremadamente altos. Este escenario, en caso de que llegase a materializarse, lograría superar las tres preguntas del baremo y, evidentemente, el país entraría rápidamente en un proceso de transición tanto política como económica.

¿Qué podría ocurrir si las elecciones fuesen pospuestas? Esta posibilidad abre dos escenarios potenciales: uno en el que comienza a implosionar el chavismo y otro en el que se abre una nueva negociación internacional que podría facilitar la realización de unas elecciones libres. La posposición de la fecha sería considerada como una derrota política para Maduro. La suspensión pasaría a mostrar a toda su base de apoyo que efectivamente enfrenta serias restricciones internas y que, por lo tanto, no está en capacidad de seguir aspirando a la reelección presidencial. La postergación de la fecha también se convertiría en una derrota para Falcón.

Esta coyuntura ineludiblemente llevaría al chavismo a plantearse una sucesión presidencial que, muy probablemente, ante la ausencia de un liderazgo fuerte, sería un proceso conflictivo, desordenado e incluso violento. En un escenario de esta naturaleza es posible que observemos una alternabilidad dentro del chavismo sin que necesariamente eso implique una transformación radical de las condiciones electorales para la oposición, pero sí el inicio de un proceso de liberalización política que incluya la legalización de los partidos y la liberación de los presos políticos. Este escenario probablemente superaría el baremo de las restricciones creadas por la coalición oficialista y, si es visto como políticamente estable, quizás encuentre mayor disposición de financiamiento de algunos actores internacionales como los rusos y los chinos. En cuanto a las sanciones, las mismas probablemente no escalen, y quizás sean relajadas, pero tampoco serán removidas hasta tanto el país no logre reinstitucionalizar su democracia.

La otra posibilidad es que se abra un nuevo proceso de negociación internacional que conlleve a elecciones libres. Este proceso será radicalmente diferente al que hemos visto en el pasado, en particular en Dominicana, pues el chavismo asistirá a este proceso de negociación en búsqueda de una amnistía a cambio de concesiones irreversibles en el sistema electoral y también aceptando reformas institucionales que garanticen la restauración del funcionamiento del Estado de derecho. El chavismo no acudirá a esta nueva ronda de negociaciones con miras a quedarse en el poder, sino con miras a obtener beneficios que impidan su persecución judicial y que le permita, como en la revolución sandinista, poder volver al poder pocos años más tarde.

Sin embargo, este escenario es sólo plausible si los factores de poder real dentro del chavismo, sobre todos los que desean controlar la sucesión o los que se sienten amenazados por las sanciones, obligan al gobierno a actuar de esta forma, algo que parece poco probable. El chavismo siempre va a preferir el escenario alterno de producir una sucesión dentro de sus propias filas, precisamente para evitar tener que entrar en una negociación con estas características. En caso de que llegase a materializarse la negociación, debido a la presión interna e internacional, este escenario podría superar positivamente todas las preguntas del baremo.

Es indudable que las condiciones de cambio político en Venezuela son muy grandes: el país ya tronó. El gobierno solo le queda bloquear cualquier salida, tanto del frente opositor (dividiéndolos) como de sus propias entrañas (purgándolos).

Sin embargo, tal como hemos visto, existe una probabilidad muy alta de que, en el corto plazo, Maduro se mantenga ilegítimamente en el poder. Sus incentivos individuales de insistir con las elecciones presidenciales en mayo son cada vez más fuertes, pues sabe que suspenderlas tendría consecuencias duraderas. Paradójicamente, durante ese mismo período, la probabilidad que un cambio político se llegue a presentar continuará creciendo, precisamente porque su permanencia en el poder es esencialmente inestable.

Curiosamente, la probabilidad de un cambio democrático, indistintamente de la ruta planteada, es más baja que la posibilidad de una implosión del chavismo que muy posiblemente desencadene una segunda ronda de sucesión dentro de la misma revolución bolivariana. Por el contrario, la ruta democrática que plantea la oposición en cualquiera de sus alternativas es más estable, pero también refleja unos escenarios que tienen una menor probabilidad de ocurrencia que el mismo quiebre interno del chavismo.

¿Cuál es la razón que explica la baja probabilidad por parte de la oposición venezolana para precipitar una transición democrática? Una razón lógica está relacionada con la falta de unidad dentro del campo opositor, que cada vez muestra estar más plagada de mayores escisiones internas, pero también está referido a la incapacidad para jugar simultáneamente en distintos tableros, lo cual le permitiría a la oposición maximizar las probabilidades de éxito tanto de una como de otra alternativa y le impediría al gobierno cambiar de juego cada vez que se sienta amenazado. En vez de construir la unidad alrededor de contenidos y resultados, la oposición se ha dividido alrededor de la discusión sobre los medios y las rutas para restaurar la democracia, olvidándose de los resultados colectivos y de los valores constitucionales que todos deberían compartir indistintamente del tipo de tablero en el que terminan moviendo sus piezas más importantes.

 Es urgente aprender a transformar la adversidad en oportunidad, y la única forma de hacerlo es acercando posiciones, compatibilizando objetivos y garantizando que el triunfo de una ruta no se transforme en la derrota del otro. La mejor manera de garantizar esto es asegurando que cualquier alternativa termine alcanzando los mismos objetivos que hayan sido previamente consensuados. Si la unidad se llegase a construir sobre estos cimientos, la voluntad de cambio político, gracias a un país que mayoritariamente desea vivir en democracia e impulsar el crecimiento económico, sería sencillamente indetenible.

Faltan cinco semanas para el 20 de mayo. Si queremos jugar simultáneamente en varios tableros, entonces debemos aceptar que el objetivo es ganar y es también posponer. Ganar supone movilizar electoralmente a la sociedad, lo cual es una acción estrictamente unitaria. Posponer implica hacer creíble la amenaza de retiro del evento presidencial una vez movilizada la sociedad, si las condiciones electorales más importantes no son modificadas. Tal como hemos visto en ambos casos, el resultado podría llevarnos al lugar que la mayoría de los ciudadanos tanto anhelamos para Venezuela.

Actuar de cualquier otra forma puede ser moralmente correcto, pero es social y políticamente, muy poco efectivo.

Fuente:
https://prodavinci.com/las-incertidumbres-de-la-realidad-politica-venezolana


EL NACIONAL, Caracas, 21 de abril de 2018
Un ensayo de Michael Penfold sobre la crisis política
Héctor Silva Michelena

Michael Penfold es, sin dudas, uno de los mejores o más inteligentes analistas políticos del país, y más allá de las fronteras. Su ensayo “Las incertidumbres de la realidad política venezolana”, publicado hace poco (no sé dónde), son una muestra del dominio con que ejerce la ciencia política. El ensayo es largo y complejo, pero no lo examinaré todo, sino las partes que me parecen más relevantes al día de hoy. La muy alta inestabilidad y la gran incertidumbre hacen que unas pocas horas equivalgan al largo plazo.

Hoy, 17 de abril (fecha en la que escribo este artículo), Tibisay Lucena ha anunciado en cadena nacional que las elecciones se realizarán, definitivamente, el 20 de mayo, es decir, en un mes. Nos colocamos así en la situación que Penfold llama “parterrayo”, una falla tectónica profunda que anula todos los escenarios examinados. Se abren los cuernos del dilema: Maduro candidato, cabalgando sobre la ilegitimidad de esta elección, o se abre una transición: hay dos candidatos: Falcón, el más probable, y un Bertucci que, según Penfold, restaría votos potenciales a Falcón. De esta opinión no participo, pues a la gente no le gusta “perder su voto” y el pastor evangélico carece de toda experiencia política y de recursos. Maduro no le endosará recursos y votos si ve su situación comprometida.

Dice correctamente Penfold: “Una reelección ilegítima de Maduro plantea unos riegos tan altos para todos los actores relevantes que lo sostienen [incluida la FANB], que sus costos pueden llegar a ser prohibitivos”. No solo Maduro pagaría esos costos, sino que ellos se trasladarían a toda su nomenklatura: el peso de las sanciones les convertiría el país en una cárcel, pues si salen sin un acuerdo mínimo, se exponen a ser capturados por la Interpol, la CIA, la DEA y órganos similares. Maduro, un presidente sumamente cuestionado, interna e internacionalmente, no podrá librarlos de las sanciones. Él es el cabecilla de la dictadura, de la muy grave situación económica y social, y de la crisis humanitaria que azota al país. De ganar, el país entraría en un largo proceso de inestabilidad y severos conflictos. La represión desplegada en abril-julio de 2017, con todo lo cruenta que fue, se verá en el horizonte empequeñecida.

Penfold cita los resultados, muy concordantes entre sí, de las últimas encuestas: arrojan, en promedio, una ventaja de 8 puntos a Falcón, pero controladas por aquellos electores que votarían con toda seguridad, esa ventaja se anula y queda un empate técnico. Pero si la abstención es muy alta tendremos continuismo, hambre, enfermedades y represión por un buen rato. Y esto deben meditarlo cuidadosamente los acérrimos partidarios del abstencionismo, porque no desean “convalidar una emboscada y un fraude monumental”. Posición éticamente respetable, pero muy alejada de lo que realmente importa ahora: el cambio de gobierno, y la alternativa es Falcón. La abstención es un voto decisivo para un gobierno que ha destruido a Venezuela y sometido a sus habitantes a las más dolorosas penurias (Véase Encovi, 2107).

Esta terrible calamidad es evitable, aun si no cambian las condiciones electorales, si ese 87% que no aprueba la gestión de Maduro se vuelca, en gran medida, a su candidatura. La palabra clave la aprendimos en la lucha contra la dictadura de Pérez Jiménez. ¡Unidad! De no producirse, Maduro se mantendrá, aun ilegítimamente, en el poder con su camarilla, que es inestable porque teme a las sanciones y a las acciones de protesta cotidianas que sin dudas irán aumentando con la represión y la crisis de hambre, enfermedades y muertes prematuras por desnutrición infantil, estimada en casi 1 millón de niños entre 0 y 9 años de edad. Ante tal realidad, el ominoso y fascista carnet de la patria no solo es una entelequia sino una estafa a los más pobres.

Señala Penfold que la Unidad misma es la fuente de sus debilidades. Correcto. Precisa que concentrarse en ganar elecciones no basta y que “se ha olvidado de los resultados colectivos y constitucionales que llevan a la democracia”. Opino que, tal vez, es cierto, pero no tajantemente. Para muchísima gente (más de 12 o 14 millones de electores) la democracia, el Estado de Derecho, la libertad son palabras abstractas. Lo que los mueve es el hambre, la miseria y el cierre de toda posibilidad de mejoría.

Con gran tino político y humano, Penfold escribe: “Es urgente aprender a transformar la adversidad en oportunidad, y la única forma de hacerlo es acercando posiciones, compatibilizando objetivos y garantizando que el triunfo de una ruta no se transforme en la derrota del otro. La mejor manera de garantizar esto es asegurando que cualquier alternativa termine alcanzando los mismos objetivos que hayan sido previamente consensuados. Si la Unidad se llegase a construir sobre estos cimientos, la voluntad de cambio político, gracias a un país que mayoritariamente desea vivir en democracia e impulsar el crecimiento económico, sería sencillamente indetenible”. Palabras lapidarias y claras como “cono la aurora de rosáceos dedos” (Homero). La Unidad así lograda, despertará y enardecerá el entusiasmo de los decepcionados, los abstencionistas de buena fe y aun de los infaltables ni-ni.

La reflexión sobre la idea de fines comunes debe apoyarse en Baruch Spinoza, un filósofo a partir del cual es posible pensar este problema. Poder y voluntad del Estado, potencia común y libertad del individuo. Así se nos han mostrado las dos disyunciones producidas por la emergencia en la política moderna de la noción de soberanía y de la noción de Estado. Son estas nociones las que nos hacen tan difícil la tarea de dar consistencia a la idea de democracia. La filosofía de Spinoza está, exactamente, consagrada a recusar esta disyunción como elusiva, simultáneamente, de las ideas de libertad y de potencia soberana. No pudiendo extendernos en consideraciones al respecto, diré que el concepto de libre necesidad, y su relación con las libertades del soberano y del individuo es la base de todo objetivo común.

La idea de comunidad política supone pensar que es posible el acuerdo de estas libertades. Este acuerdo no puede ser hecho más que bajo la autoridad de la razón, que no dice otra cosa que sus identidades subsisten. Pero la razón no puede prevalecer por libre decisión, la razón prevalece solamente por libre necesidad. Eso es verdad para los individuos. Eso es verdad, igualmente, para los que ejercerán la voluntad soberana: ya no hay lugar para esperar de ellos el que quieran comportarse conforme a la razón, hay que obrar de manera que lo hagan. Esto es verdad aun para la misma comunidad. Spinoza se afana en hallar la unidad del mundo. Pero es aplicable a nuestro pequeño e inmenso mundo venezolano.

Los líderes de la MUD/FAN y Falcón son libres de acercarse, pero no pueden ser como un Robinson Crusoe: autosuficientes solitarios. Esa libertad de que gozan necesita de otra u otras personas, organizaciones o coaliciones. La libre necesidad es indivisible, pero puede ser ignorada. Dividirlas es caer en el aislacionismo o, peor aún, en el solipsismo, creer que solamente amparados en la ética puede lograrse la transición hacia la democracia que urgentemente necesitamos.

Con base en Spinoza podemos, entonces, dar esta definición de democracia: es la organización de la comunidad que tiene por efecto el que tanto los individuos, como los gobernantes, conducen sus acciones en conformidad con los principios de recta razón. La mayor potencia que el poder soberano puede adquirir es la que se apoya en el reconocimiento de su autoridad por aquellos sobre los cuales es ejercida. Y tal es el fundamento de la democracia.

Es el ejercicio propio del poder común, que es enteramente a la vez el ejercicio en común del poder de cada uno, lo que forma y mantiene la cohesión de la comunidad. Y tal vez será necesario entender, antes que nada, esta severa advertencia que nos da el tratado teológico-político: privar a un hombre de toda esperanza es hacer de él un enemigo feroz de toda la comunidad. Esta debería ser nuestra preocupación por la democracia.

Esta concepción de la democracia está tan lejos de la de Maduro como el fulgor de la noche y sus iluminaciones.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/ensayo-michael-penfold-sobre-crisis-politica_231680

miércoles, 25 de octubre de 2017

LO QUE VIENE

El nuevo Leviatán venezolano: entendiendo el #15OCT 
Michael Penfold

Comprender con exactitud lo que ocurrió el 15-O durante las elecciones regionales en Venezuela constituye para muchos un verdadero misterio. Para otros no existe ninguna sorpresa. Los resultados ya estaban predeterminados pues las condiciones para ir a votar no eran las adecuadas.

Hay quienes piensan que la trampa fue electrónica. Otros mencionan diversas irregularidades tales como las reubicaciones y las sustituciones. Y finalmente hay quienes endilgan la responsabilidad de la derrota opositora en los abstencionistas. También hay quienes prefieren aceptar cualquier explicación –pero en el fondo no quieren entender la verdadera causa detrás del fenómeno– al afirmar que fue una combinación de todos estos factores.

El enredo es ciertamente monumental.

Distintas interpretaciones abren caminos radicalmente diferentes: un fraude clausuraría definitivamente el camino electoral, las irregularidades conducen a incrementar las presiones nacionales e internacionales para mejorar las “condiciones” y la abstención señala que existe un problema de estrategia, organización y liderazgo que debe ser resuelto para poder competir efectivamente con el chavismo.

Los líderes políticos opositores han adoptado distintas posiciones con respecto a este tipo de argumentos, lo cual hace que se dividan entre los que quieren insistir y los que proponen abandonar la participación electoral –no sólo a las venideras elecciones municipales sino incluso a las presidenciales–. Este choque de visiones ha terminado por confundir aún más a todos los ciudadanos que desean promover cuanto antes un cambio político en el país.

El chavismo ve su recuperación electoral de otra manera. Algunos señalan que el 15-O marcó un triunfo de la paz frente a las protestas de los últimos cuatro meses. Otros mencionan que su alta votación fue reflejo de un rechazo a las sanciones, lo cual supuestamente confirma en la mente de la población que el país efectivamente enfrenta una guerra económica. Según esta narrativa, ante la amenaza de ser expulsados del poder por el imperialismo, el chavismo se aglutinó para defender el “bolivarianismo” y salió a votar por convicción: es la confirmación de la más simple de las épicas revolucionarias.

¿Pero qué fue lo que realmente ocurrió? ¿Cuál de estas posibles explicaciones es la verdadera? ¿Cómo es que en un contexto de alta inflación que este año va a terminar en más de 1200 por ciento, con altos niveles de escasez y con la mayor contracción económica de nuestra historia, pudo el chavismo obtener 18 gobernaciones e incrementar su votación en prácticamente todos los estados del país? ¿Qué fue lo que hizo o dejó de hacer la oposición, en unas elecciones en las que sus candidatos enfrentaron todo tipo de irregularidades, para dejar de ganar por lo menos 15 gobernaciones que habían sido proyectadas como seguras? ¿Por qué terminaron tan sólo con 5 entidades? ¿Por qué perdieron una cantidad de votos tan significativa con respecto a las legislativas? ¿Si efectivamente hubo fraude, salvo en el caso de Bolívar, donde existen evidencias físicas de un número de actas que fueron ilegalmente forjadas, cómo es que en el resto del país estas actas terminaron siendo congruentes? Todas estas preguntas merecen ser respondidas.

El tema de la abstención

Uno de los primeros argumentos que se han utilizado para explicar por qué el chavismo obtuvo 18 gobernaciones (independientemente de las irregularidades y los delitos electorales observados) es la abstención. Según esta explicación, la oposición fue derrotada porque la abstención terminó favoreciendo a los candidatos chavistas frente a una sociedad que decidió desmovilizarse.

Algunos reputados analistas y politólogos –e incluso diversos voceros de los partidos de oposición– han recurrido a esta variable como recurso para identificar las razones por las que en algunos estados perdió el candidato opositor mientras que en otros ganó el chavismo. Los mismos se basan en las encuestas previas a los comicios que revelaban que el chavismo estaba mucho más motivado a ir a votar que la oposición. Se ha llegado incluso a esgrimir el argumento de que la clase media se abstuvo de forma significativa, lo cual minó la votación opositora, especialmente en los centros urbanos y por lo tanto en los estados de mayor tamaño e importancia.

Los datos de los resultados electorales, por lo menos a nivel de los estados, no parece respaldar completamente este tipo de argumentos y tampoco favorece abiertamente la idea de aquellos que hablan de abstención georreferenciada. Quizás pueda haber referencia puntual en algunos municipios que reflejen lo que se encontró en los estudios de opinión; pero en términos generales, los resultados arrojan algunas dudas iniciales sobre la utilidad de este tipo de afirmaciones.

La abstención nacional para estos comicios regionales (38.9%) fue mucho menor que la observada en la elección para gobernadores del 2012 (46.1%), y un poco mayor a la registrada en el 2007 (34.5%). La abstención en gran parte de las regiones del país tampoco evidencia una desviación muy alta con respecto a la media, lo que en la práctica sugiere que la abstención no tuvo un claro sesgo político. Curiosamente, la oposición logró obtener un triunfo en el Zulia que fue el estado con la mayor abstención observada en toda Venezuela (44.3%). ¿Si la abstención es la variable explicativa, cómo es que podemos comprender a través de ella el triunfo opositor en este caso tan relevante? Asimismo, la oposición perdió en estados como Cojedes y Lara que presentaron una de las menores tasas de abstención (30% y 36% respectivamente) y en cambio ganó en Mérida (con un 35.2% de abstención) que fue una región que mostró uno de los niveles de participación más alta.

Estos resultados parecieran indicar más bien que la distribución de preferencias entre los que participaron y los que se abstuvieron se distribuyen de una forma similar en los distintos estados. Simplemente, la evidencia empírica inicial no respalda el poder tan fuerte que se le atribuye a este tipo de variable sobre diferencias relativas en la participación por grupo político, tal como apuntaban las encuestas. Es probable que los datos más detallados a nivel municipal e incluso a nivel parroquial contravengan esta afirmación. Sin embargo, en el agregado estadal, la idea de que la oposición perdió en aquellas provincias donde los votantes se quedaron en sus casas luce un tanto débil. Algunos mencionan municipios puntuales para refutar esta idea, tales como Baruta y Chacao. Sin embargo, estos municipios mostraron tasas de abstención elevadas quizás porque fueron territorios que estuvieron sujetos a una dosis muy intensiva de reubicaciones, y a los incrementos muy elevados en los costos de movilización.

En la opinión pública venezolana este tipo de afirmaciones se han afianzado a pesar de ser extremadamente problemáticas: trasladan la responsabilidad de la derrota opositora a la sociedad y no logran identificar sus verdaderas causas. La realidad que muestran las estadísticas que presenta el CNE (que evidentemente deben ser cuestionadas) es que la sociedad venezolana salió a votar y no lo hizo de una forma muy diferente a como lo ha hecho en el pasado.

Al relativizar la abstención como variable crítica, una potencial explicación alternativa podría radicar en variaciones de los patrones de votación entre aquellos ciudadanos que efectivamente decidieron salir a votar. Como veremos, estos cambios son notorios pero también resultan extremadamente complejos de interpretar, en especial porque muestran una elevada efectividad en la votación del chavismo en todo el territorio nacional.

Diferencias relativas en la movilización

Es fundamental partir de una comparación adecuada con otros comicios para poder tener una fotografía exacta de lo que ocurrió el 15-O. Esta comparación permite establecer cómo fue que creció o decreció en número de votantes, con respecto a elecciones anteriores, tanto el voto chavista como el voto opositor en cada uno de los estados durante las elecciones regionales. La única forma de garantizar que esta estimación sea comparable, es normalizando la comparación por el nivel de abstención en todas las regiones. De lo contrario, la comparación puede llevar a conclusiones erróneas debido al potencial efecto negativo que ha tenido la emigración de venezolanos al exterior y podría terminar subestimando o sobrestimando el verdadero esfuerzo de movilización y cooptación del voto de los distintos partidos políticos entre aquellos que decidieron salir a participar el 15-O.

La tabla que a continuación publicamos presenta el crecimiento tanto en votos como en porcentajes de la votación chavista como opositora. Para ello se recalculó la votación de las elecciones legislativas de 2015 por estado, tomando como referencia la abstención observada en las elecciones regionales. Esta comparación de la participación normalizada por abstención permite estimar el crecimiento en términos reales de la votación, así como el esfuerzo efectivo de movilización; dicho de otra manera, captura los verdaderos cambios en la votación de ambos bandos, independientemente de la abstención y de la cantidad de venezolanos que en los últimos dos años se hubiesen mudado al exterior.

cuadro

Los resultados son importantes y muestran cambios significativos en los patrones de votación. En términos generales, con respecto a las elecciones legislativas, el chavismo en las elecciones regionales, logró aumentar su votación en términos reales en todos los estados del país (salvo Apure). Por primera vez desde que se inició el periodo presidencial de Maduro, este crecimiento incluye incluso a todos los estados urbanos más grandes de Venezuela. Existen cinco estados que muestran tasas muy altas de crecimiento, entre 15 a 25 por ciento, tales como Mérida, Miranda, Guárico, Lara, Nueva Esparta, Sucre, Trujillo y Yaracuy. En Amazonas, el chavismo creció en más de un 44 por ciento.

Al analizar estos indicadores, en el papel, la maquinaria chavista fue particularmente efectiva en lograr capturar la votación entre los que salieron a ejercer su derecho al voto en algunos estados urbanos de mayor tamaño y también en los estados rurales más pobres. Este comportamiento refleja un contraste novedoso con respecto a elecciones anteriores, en los que la maquinaria chavista más bien había mostrado una alta efectividad en los estados medianos así como en los estados pequeños.

La oposición, en cambio, muestra un patrón de decrecimiento en todos los estados (salvo Delta Amacuro) con tasas de baja efectividad de votación en los principales estados del país. Los datos también denotan un decrecimiento muy alto de la votación opositora en los estados urbanos que hasta hace poco habían sido su bastión electoral de mayor apoyo.

En principio, la historia que emerge de esta evidencia estadística es una en la que el chavismo fue sustancialmente más exitoso que la oposición en movilizar y cooptar a aquellos venezolanos que decidieron participar en el proceso electoral, especialmente en el cono urbano centro occidental, que es donde se concentra la mayor parte de la población. ¿Cómo logró el chavismo capturar el voto urbano? Muy probablemente esto fue resultado del efecto del gasto clientelar a través de los CLAPS y el uso de mecanismos de control social por medio de los puntos rojos y el carnet de la patria. Aun si aceptamos el efecto clientelar de la compra de votos, los datos también revelan que la oposición dejó de ser competitiva en los principales centros urbanos y que su oferta fue mucho menos exitosa que en las elecciones legislativas. Esta realidad solo hay una forma de explicarla: votantes que habían optado por la oposición en las elecciones legislativas pasaron a votar por el chavismo durante los comicios regionales. En términos reales, es decir, una vez que se controla por la abstención, la oposición perdió más de 2 millones de votos y el chavismo ganó 656.000 votos que solo pudo haber obtenido quitándoselos a su contrincante. Por lo tanto, la oposición dejó de movilizar 1.350.000 votos con respecto a las legislativas aún normalizando por abstención. Estos datos sugieren que la oposición tuvo en estos comicios un enorme problema de organización que no se presentó en las legislativas.

Esta transformación en los patrones de movilización pudo haber ocurrido por varias razones: el votante cambio de preferencias (votaron en contra de las sanciones y las protestas) o el votante le fue comprado su voto clientelarmente (CLAPS, Puntos Rojos y Carnet de la Patria). Otra posibilidad es que la identidad de los votantes haya sido usurpada electrónicamente (lo que en Venezuela llamamos el “voto puyao”).

Todas estas hipótesis son perfectamente legítimas. ¿Pero cómo podemos explicar un crecimiento tan acentuado de la votación chavista y una efectividad en la votación tan baja de la oposición? ¿Cómo es que en los estados Miranda y Carabobo la votación chavista creció en 17.4% y 10% respectivamente?

Resulta un tanto sospechoso que en el contexto de la mayor contracción económica de la historia del país y con un proceso hiperinflacionario en pleno desarrollo, el gobierno obtuviese 54 por ciento de la votación nacional y que el voto castigo no hubiese operado en la mayoría de las entidades. Resulta tremendamente sospechoso, así mismo, que los candidatos de oposición mostraran altos niveles de intención de voto en todos los sondeos de opinión, al menos en los estados de mayor concentración urbana como Miranda, Carabobo, Lara y Aragua. Sin embargo, en todas estas regiones la oposición perdió contra el chavismo, salvo en el caso del Zulia (donde hubo la mayor abstención pero en donde la oposición lideró en los sondeos con una amplia ventaja). Este cuadro electoral plantea un acertijo que tiene que ser debidamente explicado.

De ahí que sea fundamental establecer si el cambio en el patrón de la votación chavista fue resultado de un crecimiento orgánico o si fue inflado por medio de irregularidades y delitos electorales que hayan podido alterar de forma definitiva los resultados en alguna de las regiones. Algunos analistas han dicho que esto se puede explicar por medio de una pequeña sumatoria de efectos (sustituciones, reubicaciones, voto puyao, etc.). Sin embargo, el cambio el patrón de votación del chavismo en todo el territorio nacional es de tal magnitud que solo un efecto muy grande que refleje algún cambio político o incluso de preferencias electorales puede explicar este tipo de fenómeno. El efecto parcial de estos factores luce demasiado pequeño como para explicar el tamaño del cambio observado. Una tesis que puede ayudar a responder muchas de estas preguntas está relacionado con el uso masivo del clientelismo y la intimidación.

Los puntos rojos y el carnet de la patria

La principal diferencia entre las condiciones que rodearon las elecciones legislativas con respecto a las regionales no fueron la conformación del CNE ni el uso clientelar de los CLAPS sino la masificación del despliegue de los puntos rojos el 15-O y la entrega masiva de los carnets de la patria. Otra diferencia con respecto a estos comicios anteriores fueron las sustituciones y las reubicaciones; pero como veremos más adelante, en términos generales (salvo para Bolívar y Miranda) los efectos de este tipo de trucos fueron limitados.

De modo que la verdadera diferencia radica en los puntos rojos y el uso de mecanismos electrónicos para acceder al subsidio alimenticio. Durante la elección legislativa del 2015, el carnet de la patria aún no estaba operativo. En la actualidad estos carnets electrónicos son fundamentales para acceder a los CLAPS y en caso que no hayan sido renovados se les puede limitar a las personas el acceso a su principal fuente de alimentación subsidiado. En la práctica, este plástico electrónico permite ejercer un control social y potencialmente político sobre el acceso de los individuos a los diversos programas del gobierno pero en particular a los CLAPS. Según diversas encuestas, casi el 70 por cuento de la población dice acceder a los CLAPS aunque de forma irregular. Esto supone que por lo menos 3.700.000 hogares pudieron efectivamente ser registrados para utilizar el carnet de la patria. Evidentemente, la mayor parte de estos hogares se encuentra en zonas urbanas y de bajos ingresos. El carnet también es presentado por los líderes nacionales y comunitarios del chavismo como un mecanismo de control electrónico sobre el comportamiento de las familias.

Los puntos rojos fueron instalados el día de las elecciones regionales anexo a múltiples centros en todo el país. Según diversos testimonios opositores, estos puntos rojos tuvieron conexión a Internet inalámbrico para renovar el uso del carnet de la patria el 15-O. Estos mismos testimonios afirman que en muchos puntos rojos, la renovación del carnet estuvo condicionado a que la persona (y por lo tanto la familia) acudiera a votar (aunque en Venezuela el voto no es obligatorio). Si efectivamente esto ocurrió a gran escala, algo que no se puede afirmar a ciencia cierta, el diseño clientelar de este mecanismo le garantizó al PSUV una movilización prácticamente automática del voto a un muy bajo costo (pues debió reducir el uso de despliegues de autobuses y Jeeps para ir a buscar a las personas).

Otros testimonios sugieren que el carnet era dejado en el punto rojo mientras los individuos iban a votar y luego de haber depositado su voto debían pasar a recoger en las afueras del centro la renovación del carnet. El hecho que todo esto ocurriera minutos antes de entrar a los centros de votación –y a través de un mecanismo electrónico que lograba exacerbar el mensaje que los votantes estaban siendo observados– pudo haber condicionado de forma evidente la forma como los ciudadanos en diversos sectores populares y de clase media baja terminaron votando. La posibilidad de perder acceso a los CLAPS por no renovar el carnet de la patria pudo haber llegado a generar un potente condicionamiento del voto y también pudo haber garantizado una mayor movilización.

Al final de la tarde del 15-0, los puntos rojos tenían la capacidad de chequear en tiempo real quienes habían dejado de renovar el carnet de la patria. Estos individuos eran contactados inmediatamente para que asistieran a renovar su carnet y por lo tanto para que salieran a votar. El CNE extendió el horario de votación en algunos centros, sobre todo en los sectores populares, incluso hasta las 9 de la noche, lo cual expandió la efectividad de este mecanismo clientelar. La expulsión violenta que reportan algunos testigos opositores a los que fueron sujetos dejaron que este mecanismo operara con menores controles en los centros en los que se presentó este tipo de problemas.

Contrario a lo que creen muchos, las tarjetas de la patria no fueron entregadas tan solo a los chavistas. Muchos votantes opositores después de las elecciones legislativas recibieron su carnet de la patria por lo que fueron repartidos a diversos grupos de la población indistintamente de su credo político. Sin embargo, la renovación del acceso pudo llegar a responder al cumplimiento de expectativas sobre el comportamiento tanto social como político del beneficiario, sobre todo en momento en los que el gobierno enfrenta un evento electoral. Este fenómeno pudiese explicar cómo fue que el chavismo logró crecer el voto en zonas urbanas de bajos ingresos y en estados de gran tamaño –con altos niveles de descontento social– pero también cómo fue que lograron “voltear” alguno de los votos de la oposición con respecto a las elecciones legislativas. La efectividad de este mecanismo de coerción social, en un contexto hiperinflacionario, es realmente pasmoso.

Si este mecanismo llegó a tener una tasa de efectividad por ejemplo del 30 por ciento sobre el número de votantes que utilizan el mencionado carnet, entonces es posible explicar no solo el cambio en la movilización de la votación chavista, sino incluso por qué no se materializaron las predicciones de las encuestas en cuanto al comportamiento del voto opositor. Pareciera que en las encuestas los ciudadanos revelaron sus verdaderas preferencias pero durante el día de la votación el nuevo sistema los entubó.

El gobierno ha logrado crear una versión 2.0 de las misiones del 2004 (es imposible olvidar la famosa lista Maisanta y la expansión del gasto social a través de diversos programas) pero con unos resultados aún más impresionantes debido a su sofisticación tecnológica y la forma de condicionamiento del voto a través de los puntos rojos. Este mecanismo pareciera ser incluso inmune al descontento social y la inflación. Todavía más importante para el chavismo: este es un mecanismo “limpio” desde el punto de vista de las actas y las auditorias que está obligado a realizar el CNE. Evidentemente, el proceso no es limpio ni justo ni libre desde el punto de vista del votante, pues su voto no solo es sometido a una práctica clientelar cuestionable (que es muy común en todos los países latinoamericanos) sino que es sometido a una forma de coerción social a través del mecanismo de los puntos rojos en el momento de ejercer su derecho al voto (algo que sería impensable en cualquier democracia del hemisferio occidental).

No es exagerado afirmar, después de haber estudiado por décadas estos sistemas en diversas partes del mundo, que hemos llegado a la instauración del clientelismo más desarrollado tecnológicamente de toda América Latina; es además sin duda uno de los más autoritarios. Es indudable que el gobierno pudiese haber logrado generar un cambio en el patrón de movilización de una gran parte de la población por medio de una tecnología de control social que pareciera ser efectiva en el condicionamiento del voto y que es altamente inmune incluso a un ambiente de adversidad económica. El efecto de este sistema es tan grande que en diversos centros electorales de Miranda, el candidato del chavismo, Héctor Rodríguez, obtuvo 50 por ciento más de votación que el mismo Hugo Chávez Frías en su mejor momento. La tasa de participación en algunos de esos centros fue hasta de 85 por ciento. Es posible también que en estos mismos centros operará el “voto puyao” pero para comprobarlo sería necesario auditar los cuadernos y las captahuellas.

El efecto de las reubicaciones

Las reubicaciones fueron diseñadas como un instrumento adicional –una especie de estocada– para definir las elecciones en el margen. En aquellos estados en los que la dosis de puntos rojos y carnets de la patria lograron inflar la votación, las reubicaciones hubiesen permitido hacer la diferencia electoral. La tabla anterior muestra el efecto porcentual de las reubicaciones en cada uno de los estados que fueron sujetos a este tipo de tratamiento. Este cálculo puede estar sujeto a errores pues fue realizado sobre una muestra de centro electorales reubicados en el Estado Carabobo y extrapolado al resto del país. En Miranda el efecto de las reubicaciones debe ser más alta que lo aquí estimado pues fue un estado con una dosis muy alta en este tipo de cambios que afectó a más de 200 mil electores. Sin embargo, la estimación, con todas sus limitaciones, permite ilustrar el punto.

Al analizar el efecto de las reubicaciones, en el contexto de las diferencias porcentuales de la votación, vemos que las reubicaciones quizás no tuvieron un efecto decisivo en los estados en los que perdió la oposición salvo en el Estado Bolívar (en donde el triunfo del candidato del PSUV fue una consecuencia combinada del forjamiento fraudulento de actas así como de las reubicaciones). La diferencia en Bolívar fue tan estrecha que este efecto de las reubicaciones pudo haber impactado.  En el Estado Miranda, las reubicaciones también jugaron un papel fundamental a favor del chavismo; la misma debe ser mucho más alta que el cálculo aquí reflejado pues la intensidad en el uso de este truco fue significativamente más elevado que en Carabobo. Ahora bien, más que las reubicaciones, en casi todos los estados del país pareciera que la variable explicativa del triunfo chavista pudo haber sido el mecanismo de cooptación social que generaron los puntos rojos y el carnet de la patria. El efecto fue tan grande que en la mayoría de los estados en donde se aplicaron –salvo Bolívar y Miranda– no hizo falta utilizar las reubicaciones para cobrar el triunfo.

Táchira y Zulia

Los estados Táchira y Zulia muestran un comportamiento diferente al resto de las regiones del país. Quizás por ser estados fronterizos, la dinámica del tema alimentario y la dependencia de las familias de los carnets de la patria y el acceso a los CLAPS sea un tanto diferente. En la frontera el contrabando provee alternativas que no tienen disponibles la población que habita en otras provincias del país. En estos estados el valor transaccional del carnet de la patria probablemente sea distinta al resto de Venezuela. Pero lo cierto es que tanto en el Táchira como en el Zulia la efectividad de los carnets de la patria parecieran haber sido menor (o porque no funcionaron o quizá no les entregaron los suficientes plásticos) lo cual permitió que los votantes opositores que revelaran sus preferencias con menores restricciones. En todos los sondeos ambos candidatos de oposición lideraban en las encuestas con una amplia diferencia, lo cual les permitió blindarse frente a este tipo de instrumentos. Algo parecido pudo haber ocurrido en Anzoátegui con Aristóbulo Istúriz. Tampoco es posible descartar que la “cultura” tachirense, zuliana e incluso merideña (que es una cultura recia) no les haya dejado a los votantes opositores dejarse chantajear por este tipo de mecanismo clientelar.

Los testigos, las actas y las auditorías

Un último punto a considerar es la capacidad que tiene la oposición de tener testigos en todas las mesas y de recolectar las actas. La importancia de esto se hizo patente en el Estado Bolívar. La ausencia de testigos o su expulsión por medios violentos o coercitivos facilita varios tipos de irregularidades que pueden afectar los resultados de una elección, que no pueden descartarse hayan ocurrido en esta ocasión, aunque nadie haya podido probarlo. En este sentido, una lucha adicional sobre las condiciones electorales debe ser el diseño y la implementación de un nuevo sistema de auditorías que permita minimizar la posibilidad de modificacion de resultados por esta vía. Ha llegado la hora de que se pueda auditar incluso los cuadernos de votación.

Lo que viene

El chavismo pareciera haber mutado a un nuevo mecanismo de coacción y condicionamiento del voto que es altamente efectivo y que luce logística y tecnológicamente muy sofisticado. Los resultados del 15-0 muestran que electoralmente este sistema le funcionó al chavismo pero lo hizo minando tanto las condiciones electorales como los derechos de los votantes. ¿Cómo competir con semejante sistema? Difícil saberlo. No existe ninguna experiencia global que posea un sistema con una tecnología de esta naturaleza. En principio las diversas consecuencias políticas e incluso también electorales que conlleva la introducción y la ampliación de una tecnología clientelar con estas características son las siguientes:

1. Este nuevo sistema clientelar permite explicar cómo fue que el chavismo logró movilizar su base electoral aún en un contexto histórico social, económico y políticamente desfavorable como el que hemos vivido en los últimos años. El costo de movilización del votante cae estrepitosamente gracias a la infraestructura logística (puntos rojos) así como a la infraestructura tecnológica y los mecanismos de control social provistos por el carnet de la patria durante el día de las elecciones, lo cual logra a su vez condicionar psicológicamente el voto a cambio del acceso continuo a los CLAPS.

2. Esta tecnología plantea una asimetría aún más grande entre la infraestructura de movilización del voto que existe entre el gobierno y la oposición. Las tradicionales apuestas del 1 x 10 e incluso la logística de transporte se van a hacer cada vez menos competitivos frente a esta innovación. El clientelismo clásico ha sido definitivamente enterrado por el chavismo.

3. El chavismo se va a sentir cada vez más cómodo, gracias a esta tecnología, en llamar e incluso adelantar elecciones. Es de esperar que la Asamblea Nacional Constituyente decida mover las elecciones de alcaldes para Diciembre y quizás también acelere las elecciones presidenciales para el primer semestre del año entrante. También es de esperar que Maduro apueste a la reelección. Sus probabilidades de obtener un triunfo, luego de este experimento, seguramente van a crecer dramáticamente. Este sistema, una vez que el PSUV pueda organizar más elecciones con este tipo de tecnología clientelar, se volverá cada vez más sofisticado.}

4. En caso que el Presidente Maduro decida no ir a la reelección, especialmente para impedir un escalamiento de las sanciones internacionales, el candidato del chavismo contará con una plataforma formidable para vencer a cualquier candidato opositor.

5. Este sistema clientelar no sólo fue efectivo para movilizar la base chavista sino que también ayudó a cooptar el voto castigo opositor. Los 656.000 votos que se voltearon entre las legislativas y las regionales a favor del chavismo pudieron perfectamente ser un resultado del funcionamiento de este tipo de mecanismos (y en especial el de los puntos rojos). Esto solo se puede impedir con un CNE independiente. Aquellos partidos opositores que bregan por un director adicional lamentablemente se van a quedar cortos pues con 3 directores oficialistas y dos opositores y ninguno independiente es imposible desmontar estos arreglos.

6. Es por ello que para la oposición también es fundamental presionar para que los venezolanos en el exterior puedan ejercer su derecho al voto: no tanto para vencer el tema de abstención sino porque independientemente de su ideología estos votantes no están expuestos a este tipo de tratamiento clientelar. Sin el voto de los venezolanos que viven en el extranjero es aún más cuesta arriba derrotar electoralmente a este tipo de sistema.

7. El gobierno va a fomentar el crecimiento capilar de este fenómeno a través de sus nuevos gobernadores. No es casual que uno de los primeros anuncios del Presidente Maduro, después del 15-O, haya sido descentralizar la distribución del carnet de la patria a las regiones. Es un paso previo que revela que el chavismo ya se está preparando tanto para las elecciones de alcaldes como para las presidenciales.

8. La única forma cómo la oposición puede competir electoralmente con este sistema tan robusto es por medio de un cambio de condiciones tanto electorales como en el uso de los recursos del Estado. Adicionalmente, la oposición requiere urgentemente de una verdadera unidad política que sea capaz de movilizar emocionalmente a toda su base ciudadana de una forma voluntaria. Tan solo un liderazgo altamente carismático en conjunto con una gran alianza social puede llegar a alcanzar semejante objetivo. Aquellos partidos que afirman en privado que pueden llegar a correr en unas elecciones presidenciales de una forma tradicional y sin un relanzamiento de la unidad, que le permita conectar con los sectores populares, viven en una absoluta quimera.

Si esto fue lo que realmente ocurrió el 15-O es indudable que este nuevo Leviatán venezolano es simplemente colosal.

Fuente:

jueves, 21 de junio de 2012

PENUMBRAS

EL NACIONAL - Sábado 09 de Junio de 2012     Papel Literario/1
El dragón en el trópico: cómo Hugo Chávez domó a la gallina de los huevos de oro
RAFAEL OSÍO CABRICES

Este libro viene con una envidiable cola de elogios, que se produjeron a partir de su primera edición, en inglés, a cargo de Brookings Institution, en EEUU. Ahora, la edición en español en La Hoja del Norte trae a los lectores de la lengua uno de los estudios más serios que se han hecho sobre el funcionamiento económico del régimen chavista
Régimen híbrido.
Autocracia electoral. Neopopulismo. Al comienzo de El dragón en el trópico Michael Penfold y Javier Corrales barajean las distintas etiquetas que desde la academia se han creado para calificar a gobiernos como el de Hugo Chávez. Pero sí detectan tres rasgos de identidad que lo distinguen: la presencia militar en el Ejecutivo, el marcado estatismo de su gestión económica y el carácter ideológico y anti-americano de su política exterior.
Sin embargo, el objetivo de Penfold y Corrales no es tanto etiquetar al chavismo ni describir cómo ha ejercido el poder, sino más bien cómo ha usado el dinero del petróleo para preservar el mando, hacerse de una base de apoyo y avanzar en sus objetivos. Así como en abonar, también, las condiciones para su derrota final.
Escriben que su propósito es proveer una explicación del cambio político venezolano, desde la premisa de que la apertura política de los noventa permitió el ascenso de un hombre como Chávez, y que este no pudo representar un contraataque frente al liberalismo porque de hecho las reformas liberales nunca llegaron a estar siquiera cerca de completarse. Tratan a complejidad el rol del petróleo, porque piensan, como lo advierten desde el principio, que sus ganancias en los bolsillos del Estado no bastan para explicarlo todo, mucho menos cuando al mismo tiempo que Chávez y los suyos tomaron posesión del negocio dejaron que este declinara en su gestión. El modo en que las instituciones fueron abandonadas, saboteadas y deformadas, antes del chavismo y durante su ascenso y hegemonía, es una variable vital en el análisis de Penfold y Corrales.
El registro de este libro es cautelosa y rigurosamente académico, casi aséptico. Quien esté deseando encontrar aquí apreciaciones sin fundamento, denuncias indignadas o vigorosos llamados a la acción quedará decepcionado. El trabajo tiene la seriedad de un diagnóstico médico y manifiesta una sólida fe en el número y en el hecho comprobado, documentado y citable. En El dragón en el trópico han desembocado pesquisas que ambos autores han estado realizando y publicando --con los más que exigentes estándares de la vida académica internacional-- durante al menos 15 años.
Investigaciones que han dado frutos: la revista Foreign Affairs lo seleccionó como Mejor Libro del 2011 del Hemisferio Occidental. Y fue aplaudido con estas palabras por Richard Feinberg: "es fácilmente el mejor tratamiento académico de la híbrida autocracia electoral de Hugo Chávez, el libro de Corrales y Pernfold refuta con valentía las explicaciones ortodoxas --de la derecha y la izquierda-- para el ascenso este caudillo único y con capacidad de resiliencia".
Feinberg es profesor de Economía Política Internacional y Director del instituto Global Leadership de la Universidad de California San Diego. Todos los años este académico selecciona los libros más importantes que se han publicado ese año en el hemisferio occidental. En 2011 también escogió a Redentores, de Enrique Krauze. Dijo que era el mejor libro sobre el régimen híbrido de Chávez y que desmentía los mitos tanto de la izquierda como de la derecha. Moisés Naím, uno de los venezolanos más influyentes a nivel global, dijo que era un texto imprescindible para entender la Venezuela de hoy.
Que no se confunda el lector con los apellidos: Michael Penfold es venezolano y Javier Corrales es cubano-americano.
Con un PhD en la Universidad de Columbia, Penfold fue decano de investigación del IESA y ha publicado Dos tradiciones, un conflicto: el futuro de la descentralización (Debate), Las empresas venezolanas: estrategias en tiempos de turbulencia (IESA), Gerenciando las relaciones intergubernamentales: experiencias en América Latina (Nueva Sociedad) y Costo Venezuela (CAF). En 2011, la revista Foreign Policy América Latina lo incluyó en la lista de jóvenes intelectuales más influyentes de la región. Por su parte, Corrales, profesor de Ciencias Políticas en el Amherst College de Massachussetts y doctorado por Harvard, ha publicado medio centenar de trabajos sobre economía política, y el libro Presidents Without Parties: Economic Reforms in Argentina and Venezuela in the 1990s (PennStateUniversityPress y Editorial Siglo XXI).
El dragón en el trópico es un proyecto escrito en principio para el lector internacional, o más específicamente de América del Norte, por lo que abunda en información de contexto que el lector venezolano conoce (o debería conocer).
Esa perspectiva suele ser útil, por otra parte, cuando se escribe para una audiencia cuya visión no está secuestrada por los lentes deformados de la polarización, sino en el peor de los casos por los lentes menos perniciosos del desconocimiento, se afronta el tema del presente venezolano y de su actual experiencia de poder con más amplitud, serenidad y una mayor facilidad para llamar las cosas por su nombre y dejarlas en su justa medida.
Esa es una de las ventajas que tiene este libro; pero sobre todo, es su rigurosidad la que sostiene sus argumentos, su condición científica. El dragón en el trópico llegó para formar parte de la bibliografía sobre estos años que sobrevivirá a la edición oportunista y a las lecturas contingentes.

jueves, 7 de junio de 2012

CUANDO LO VIEJO SE HIZO NUEVO

EL NACIONAL, Caracas, 12 de Septiembre de 1998 / OPINION
La Constituyente: participación o exclusión
Gabrielle Guerón Josko *

La verdad histórica más profunda no es, posiblemente, aquella atribuida a Maquiavelo de que el fin justifica los medios. La experiencia demuestra que los medios determinarán qué aspecto tendrá el fin Michael Harsegor, historiador Una de las propuestas más importantes en el tapete político es la de una Asamblea Constituyente. Esta buscaría recrear los lazos políticos que unen a la sociedad, no sólo mediante cambios sustanciales en la normativa, sino además a través del hecho simbólico que implica el acto constituyente. Dado que nuestro actual sistema político no goza de mucha simpatía, cabe preguntarse por qué hay tantas críticas a la propuesta. Una de ellas es que la Constitución que tenemos es muy buena, y que lo que hace falta es aplicarla. Otros aluden a su inviabilidad jurídica, o prefieren una reforma desde el Congreso. También se ha acusado a la propuesta de fetichizar los aspectos políticos y normativos, ignorando que nuestros males tienen elementos económicos, sociales y culturales que no se pueden cambiar con otro articulado.
Independientemente de los méritos de estos argumentos, me parece que la propuesta de la Constituyente resulta preocupante cuando escuchamos declaraciones de algunos de sus voceros (que no de todos) afirmando que en ella no podrán participar políticos o personas que hayan sido parte del Gobierno en los últimos años. La noción, dirigida abiertamente a excluir automáticamente a los partidos políticos tradicionales (al menos a aquellos que no pertenecen al "Polo Patriótico") de la Asamblea, también se extiende implícitamente a marginarlos del nuevo sistema político que surja de ella, no porque no resulten electos por el voto popular, sino debido a unas reglas de juego que prohíban su participación.
Esta idea resulta profundamente antidemocrática. Cuando la democracia se limita a acatar la voluntad de las mayorías para eliminar a la oposición, o privarla de sus derechos, se cae en el despotismo, independientemente del nombre que le demos. Sólo preservando el elemento liberal de reconocimiento de derechos inviolables de los individuos y de las minorías podemos hablar de una democracia integral.
Por otro lado, si en nombre del realismo político o de la prepotencia del poder, se ignoran estos principios, se está fomentando la violencia e inestabilidad. Michael Penfold al ver el panorama venezolano, comentaba que uno acepta participar en una democracia porque, aún sabiendo que se puede perder ahora, hay reglas de juego que permiten acceder al poder si uno llega a ser mayoría. Si se le dice a un sector de la sociedad que va a quedar permanentemente excluido, ¿por qué no sabotear este proceso? ¿Por qué habría de abstenerse de recurrir a la violencia durante las elecciones, o la Constituyente?
Por otro lado, que esto ocurra no sólo es un problema de los partidos. Al margen de las consecuencias económicas que la inestabilidad política pueda tener para todos los venezolanos, nada nos garantiza que esta arbitrariedad no se extienda a otros derechos o sectores.
Hay quien afirma que este es el escenario que nos espera. A riesgo de parecer ingenua, creo que hay que construir una salida. Si los que promueven la Asamblea Constitucional desean seriamente profundizar la democracia, deben recordar que no todo medio es lícito para ese fin, argumento que vale también para los que oponen la propuesta. En medio de la gran desconfianza e incertidumbre que reina en el campo político, hacen falta compromisos creíbles sobre unas reglas de juego. Los proponentes de la Constituyente tendrán que garantizar creíblemente a los demás sectores que sus derechos no serán conculcados. Por otro lado, todos los sectores deberán comprometerse a respetar los resultados electorales, y a dirimir sus diferencias dentro de canales regulares. Sólo partiendo del respeto mutuo y del reconocimiento del derecho del otro a existir se pueden garantizar las bases para un cambio constitucional pacífico y democrático.
* Politóloga. Investigadora del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad Central de Venezuela
ggueron@sagi.ucv.edu.ve

Ilustración: http://estoyquenopuedo.blogspot.com/2009/10/blancanieves-20-y-los-7-microbloggers.html