Mostrando entradas con la etiqueta PAN. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta PAN. Mostrar todas las entradas

miércoles, 30 de agosto de 2017

DEL VACÍO GRAFITERO



Del destino universal del pan

Luis Barragán

El pan es un alimento básico y universal, independientemente de sus ingredientes. En nuestro caso, la dieta venezolana ha sabido del trigo, el maíz y la yuca para su elaboración y nunca faltó en la mesa, alternándolos de acuerdo al gusto o a una determinada coyuntura crítica.

El pan, como todos los bienes del planeta, está destinado a todas las personas que tienden a complementarse y a realizarse en comunidad. Refiere la Constitución Pastoral “Gaudium et Spes” que “todos los hombres tienen estricto derecho a poseer una parte suficiente de bienes para sí mismos y para sus familias” [GS: 69], bajo el principio – varias veces polémico – del bien común, “suma de condiciones de la vida social que permiten alcanzar a los individuos y a las colectividades su propia perfección más plena y fácilmente” [Ib.: 26].

Inicial constatación, la dictadura venezolana niega ese derecho, aspirando a complotar y desorganizar a la ciudadanía para que acepte la mera asignación autoritaria de los bienes que tampoco produce e impide que otros lo hagan, reafirmando la supremacía de un Estado que, faltando poco, ha dejado de serlo. Éste, apenas una imitación que dice darle legitimidad  a las mafias que lo controlan,   impone lo que entiende por felicidad y procede en consecuencia, por etéreo que sea el término.

La carestía e inexistencia del pan, afecta a todos los sectores sociales que se aventuran en las grandes y madrugadoras colas para actualizar el problema de la inseguridad personal, hora tras hora.  La tentación es la de ejercitar una suerte de economía política del pan o la de versar sobre la maldad intrínseca de los agentes económicos privados, cuando  la realidad apunta, en la agonía de un rentismo que insiste en el legado de su mentalidad, a una nomenclatura emergente, en la secuencia del largo socialismo, harta y satisfecha que, por ironía, reclama que “el pan es del pueblo”.

La actividad comercial del pan ha colapsado, por la precaria o nula producción de trigo, maíz y yuca que, a la postre, resultó de la aplicación de la  Ley de Tierras, sumadas las decisiones arbitrarias que se aprovecharon de ella; la imposibilidad de una estable importación de los rubros, quebrada la economía nacional;  las medidas temerarias de expropiación de las panaderías mismas, ignorando si cuentan con alguna formalidad legal para hablar de nacionalización o estatización. Innegable hecho de fuerza, la ocupación de los locales ha corrido por cuenta de los grupos paramilitares que, apenas, justificándose, complementan a los CLAP o a las juntas comunales comprobadamente oficialistas. A la galopante desindustrialización del pan, la arepa y el casabe, despunta una distribución de lo poco existente contraria a toda equidad.

Un modo tan particular de combatir la inflación, agravándola, las mafias fuerzan a las panaderías a la venta del pan de trigo asestándoles un precio,  aunque las desequilibre y haga peligrar su misma existencia, reduciendo la oferta de otros productos de consumo masivo, sustitutivos de un almuerzo más sustancioso y costoso, y peligrando los compromisos laborales adquiridos, cuya solución, si fuere el caso, sabe de una respuesta anticipada de las inspectorías del trabajo.  E, inadvertidamente, el tema pisa el campo delictivo.

Una variedad de situaciones permite darle cierto perfil criminológico a la experiencia socialista en curso, pues, por una parte, hay panaderías que no soportan más el peso de las sobrevenidas responsabilidades políticas asignadas, como la de vender de acuerdo a lo regulado, quebrando; y, respecto a las que penosamente logran sobrevivir, dependen del pacto tácito o explícito contraído con sus expropiadores inmediatos, arriesgándose – como ha ocurrido – al repentino saqueo.  Por otra, ocupado por la fuerza el local, sin fórmula alguna de indemnización o de continuidad con los compromisos laborales, los improvisados administradores que de hecho se imponen, no venden más al detal; además,  colocan la precaria producción a través del CLAP y las juntas comunales afectas, reforzando el clientelismo político, aunque prosperan las fórmulas corrompidas de distribución o el favoritismo, alentando el mercado negro.

Las denominadas panaderías socialistas que antecedieron al presente oleaje de expropiaciones de facto, tampoco alcanzaron la  solvencia esperada, gracias al corto-circuito económico nacional. Nada competitivas, las panaderías en manos privadas ofrecían una mayor garantía de producción y de venta.

Ergo, el destino universal del pan cuenta con una mayor y mejor posibilidad con el libre mercado. Y es que, con todas sus fallas, estabilizando o abaratando los precios, mejorando la calidad y ampliando la oferta de productos, las panaderías de antes hacía llegar el pan a  los consumidores que así lo desearan, cualquiera que fuese su cantidad, cumplido  el círculo virtuoso que partía de la disponibilidad de las materias primas.

En lugar de las pastillas, el dolor de cabeza sabe del pistoletazo, por lo que el alegado monopolio de las cosechas, importaciones o plantas procesadoras, condujo a la destrucción, sabotaje o sustitución de las empresas. La sola e infeliz afectación de Agro-Isleña, por citar un ejemplo, ha traído terribles consecuencias que se hacen sentir en la mesa de nuestros hogares.

En el país que pudo producir trigo sostenidamente, según las viejas reseñas de la prensa, las panaderías y pastelerías derivaron en pizzerías y elaboradores de los  más variados emparedados para rivalizar en el desayuno con los vendedores de empanadas, aún con los ambulantes y fuera de todo control sanitario. De superior capacidad empleadora, el mantenimiento y la reparación de sus hornos tendían a ocupar a personas tan diestras como al amasador, hornero,  maestro pastelero o al servidor de un suculento café, trastocado el mostrador en un referente para una distraída tertulia de ocasión.

 Por lo menos, el libre mercado asegura que el pan llegue a un mayor número de destinatarios, como no lo hace esta dictadura socialista que ha desaparecido el trigo, el maíz y la yuca, como lo está haciendo con el petróleo. El modelo de apropiación y propiedad privada, garantiza una mayor autonomía personal y familiar,  “considerada como una prolongación de la libertad humana” [GS: 71], frente al modelo socialista en boga que, ya aludido, ni siquiera se sabe si es del Estado, porque de éste tampoco se tiene certeza.

Experimentamos un enorme retroceso, pues, respecto al orden social y sus progresos, “debe siempre derivar hacia el bien de las personas, ya que la ordenación de las cosas está sometida al orden de las personas y no al revés” [GS: 26]. La consigna simplificada de “pan pal pueblo”, esgrimida por los grafiteros tarifados del régimen,  constituye una gigantesca burla para todos, afianzada por la ocultación y adulteración de las estadísticas remitiéndonos al desorden establecido que una vez ilustró la putrefacción impune de los alimentos en los puertos venezolanos, como – ahora -  en la ocasional exquisitez de degustar algo parecido al pan.
27/08/2017:
Fotografía: LB. Pared de la Iglesia de San Francisco, camino a La Ceiba (Caracas, 25/08/2017).
Reproducción: El  Universal, Caracas, 20/07/1944.

domingo, 26 de marzo de 2017

NEGAR EL PAN DE CADA DÍA

El pan de la avenida Baralt (y una nota sísmica)
Luis Barragán


Los hay equivalentes y peores en el resto del país, aunque la vitrina caraqueña los jerarquiza. Casos, como el que aún ocurre en la avenida Baralt, no pueden pasar por debajo de una mesa sobresaturada – real y artificialmente - de noticias.

La expropiación o quién sabe cuál asiento jurídico pueda tener la ocupación de una panadería, en este remolino gubernamental de abusos que nunca lo necesita, suscitó la protesta de los vecinos que la saben mejor en manos privadas que en las de los colectivos armados que, por cierto, pelean entre sí por el control y la realización de la mercadería – nunca ha dejado de ser eso, mercancía – alimentaria. Y éstos, intentando silenciarlos, amedrentándolos, destacan a sus figuras más temibles, tildados de “locos” al empistolarse en defensa de Maduro Moros o cualesquiera pretextos que confirman la patente de corso de la que literalmente disfrutan.

Parece innecesario que el vecindario explique y desarrolle su postura, invocando el principio del destino universal de los bienes, porque cala muy profundo el convencimiento de que la propiedad del Estado, por llamar de alguna manera la arbitraria confiscación de la panadería, empeora  la situación que amargamente sufre. Valga  acotar,  esta semana, los muchachos de Vente Venezuela, además de declarar, nuevamente concurrieron a la sede de un tal superintendente socio-económico que acusó al partido de sabotear las colas del pan, dizque fruto de una conspiración: el mequetrefe en cuestión, presumimos que arbitrando un cupo para sí y los colectivos en pugna, en ese deplorable tráfico mercantil de la miseria, no ha respondido en torno a la economía del pan que ha magistralmente colapsado (fuere de trigo, maíz o yuca).

Quienes habitan la parte norte de la avenida Baralt, por muchas décadas, importando poco la cercanía a la sede del poder ejecutivo en el ámbito común de la inseguridad personal, exponen con claridad una convicción de la Venezuela post-rentista: el trabajo es la única palanca para acceder a una superior calidad de vida, generando prosperidad, subrayando que la propiedad  privada apunta mejor al destino universal de los bienes que esa subasta permanente de lo poco que se tiene, en beneficio de los privilegiados del poder. Habitantes que, por casi dos décadas,  sufren los desmanes del hampa común, al alimón con la violencia política aún en sus más  distraídas vertientes.

Curiosamente, la recepción de las bolsas del CLAP  ha sido difícil, porque los socialistas en boga aseguran que la avenida es cuna de una clase media alta, según el caprichoso criterio de sus sabios administradores. Indicio demasiado incierto que, sugerida la lucha de clases como motor de la historia, pero jamás asumida y explicada por los que propugnan un modelo que trituró y tritura todavía a la clase obrera, nos ha convertido en  rehenes de los peores y más improvisados marxistas de la historia venezolana.

Acotemos, los CLAP de una ilegitimidad e ilicitud irrefutable, cuales comités de defensa de la revolución a la cubana que juegan con el estómago ajeno y, además, soportes de la sociedad de sapos o soplones a la que aspira el régimen, diplomándolos al perfeccionarse con sendos  cursos,  a  la postre mejorando en las artes de la extorsión, ahora constituyen una marca del “modelo”. A la vez que Maduro Moros los exalta, obviando la radical  inconstitucionalidad de su propia conformación, creyéndolos cotizados en la comunidad internacional como una ingeniosa solución que llegará formalmente a monopolizar hasta  los medicamento,  reconoce y pide a la ONU la ayuda humanitaria tan urgida por  la población, pero negada por otros canales, recordando  la célebre confiscación del acopio de medicinas y suplementos alimenticios de Caritas.

Una nota sísmica

En fecha 13/06/16, sugerimos la necesidad de celebrar una campaña ciudadana de prevención ante la posibilidad de padecer las consecuencias de uno o varios movimientos sísmicos (http://www.lapatilla.com/site/2016/06/13/luis-barragan-sismicidad/).  Quizá una casualidad, el gobierno nacional la auspició y, en fecha 28/06/16, fijamos postura al respecto (https://www.lapatilla.com/site/2016/06/28/diputado-barragan-la-mania-protagonica-de-maduro-se-impone-ante-las-emergencias-que-el-ha-creado/), evaluando inmediatamente, dos días después, la fracasada iniciativa (http://www.lapatilla.com/site/2016/06/30/diputado-barragan-maduro-debe-motivar-suficientemente-la-promocion-de-los-mas-altos-grados-militares/).

Recientemente, el Centro al Servicio de la Acción Popular (Cesap), llama la atención respecto a la importancia de celebrar tales jornadas (http://redsoc.org.ve/author/cesap). No somos “pájaros de mal agüero, pero lo peor que nos puede ocurrir es que nos sorprendan aquellos eventos naturales para los cuales no estamos elementalmente preparados.

Próximos a conmemorar el medio siglo del último terremoto acaecido en Caracas, mal podemos soslayar las precauciones a tomar frente a la eventualidad de un acontecimiento semejante, e – incluso – la rápida revisión de la prensa de entonces, revela la existencia de reportajes que advertían la precariedad de las edificaciones urbanas. Reportajes como el de Mariahé Pabón, con fotografías de Villa, alertaron sobre el agrietamiento y destrucción de casas en urbanizaciones como El Paraíso y Prados del Este (El Nacional, Caracas, 23/04/1967), consabida la preocupación por los inmuebles ubicados en los sectores populares, aunque el desplome más evidente fue el de las edificaciones más costosas, en Los Palos Grandes y en la Caraballeda del otrora Departamento Vargas.

Gráficas: LB, (03/17).  La primera, un vistazo a la panadería de la Baralt en cuestión: y, la segunda,una pieza de Sigfredo Chacón.
27/03/2017:
https://www.lapatilla.com/site/2017/03/27/luis-barragan-el-pan-de-la-avenida-baralt-y-una-nota-sismica/
http://www.hoyenvenezuela.com/2017/03/27/luis-barragan-el-pan-de-la-avenida-baralt-y-una-nota-sismica/
http://www.scoopnest.com/es/user/NoticiasVenezue/846316748265656321
http://noticiasvenezuela.info/2017/03/luis-barragan-el-pan-de-la-avenida-baralt-y-una-nota-sismica/
http://informate365.com.ve/luis-barragan-el-pan-de-la-avenida-baralt-y-una-nota-sismica/

martes, 14 de marzo de 2017

LOS HIJOS DE LA PANADERA

El diálogo panadero
Nicomedes Febres

* Siempre me he preguntado cuanto de harina de trigo se consume en la fabricación del pan normal y cuanto en la fabricación de dulces, tortas y galletas, tanto en la industria como en la fabricación artesanal porque uno ve con frecuencia que en las panaderías no hay pan, pero los locales están a rebosar de postres hechos por ellos. Por supuesto, la solución no está en decretar a qué hora se deben levantar los dueños de la panadería o los obreros, ni cuanto pan debemos comer los venezolanos y todo lo demás. Puedo hablar de la industria panadera desde los tiempos de la Colonia cuando el ayuntamiento se reservaba el monopolio de la molienda de la harina donde queda hoy Miraflores, que era un sitio llamado la Trilla de Caracas; de la falsificación de la harina en las casas donde fabricaban para la venta el pan, poco antes de la Independencia y que fueron obligados a marcar como un becerro a cada canilla de pan para hacer responsable al fabricante por la calidad del producto. Pese a que tengo amigos panaderos, si hay una cosa que me molesta de ellos y es que vendan chucherías extranjeras y no las venezolanas, que son las que consumo por principio. Pienso que lo lógico es colocar sobre la mesa de negociaciones el problema del pan, incluyendo a los empresarios, a los artesanos y el Estado en beneficio de los consumidores. Eso era lo que se hacía antes y nunca tuvimos problemas de inflación o desabastecimiento. Pero que venga el turquito de Aragua a carajear a los panaderos y decidir hasta la hora a que se tienen que levantar, ni de vaina. Tanto el Estado como el sector panadero deben tener sus propios estudios de factibilidad comercial y de requerimientos industriales para negociar los márgenes de comercialización y en santa paz resolver el asunto. Eso sí, sin insultar a nadie. Lo terrible es que uno espere siempre el conflicto, o que ya uno este predispuesto contra el gobierno; que uno piense y presuma que el general trigo va a desviar a Colombia una parte de las importaciones de harina de trigo para meterse unos reales, que otro lote se va a regalar en Fuerte Tiuna, o simplemente todo sea para que los inspectores de protección al consumidor puedan aumentar sus ingresos a punta de la coima a los panaderos. El asunto del pan siempre es riesgoso y su ausencia más todavía.
* Me negaba a escribir sobre el peine puesto por maduro para irritar a los venezolanos con esa imbecilidad de santa iris de los desamparados protectora de los pranes y los malandros, pero esto de encontrar en una sola penitenciaria a 24 restos de presos enterrados me permite creerlo factible como una práctica carcelaria usual. Hace un par de años, en una reunión por esos barrios conversé con un tipo que tenía como 300 muertos encima y en esa charla el tipo me habló de los muertos enterrados en los límites foráneos de las barriadas populares, o sea cerro arriba. Por supuesto que cuando uno anda por esos sitios, a donde no ingresa la policía sino de cuando en cuando, uno oye cada historia espeluznante que sabe que son ciertas. Así entiende el pago de vacuna en los barrios, la existencia de pranes que brindan protección a los habitantes, la existencia de una economía paralela dominada por el hampa, la necesidad de afiliarse a bandas cuando se es joven, los impuestos a la cerveza y el ron para las taguaras existentes en el copito de los cerros, que allí duplican su precio. Por eso siempre pongo en duda las cifras oficiales de los muertos por la violencia. Esa vida paralela en los estratos más pobres hay que conocerla para entender muchas cosas. Ya cuando trabajaba en la Maternidad Concepción Palacios sabía de esa existencia, que entonces era mínima, por los niños que nacían al margen del sistema de salud atendidos por comadronas en los barrios más pobres de Caracas. Quien mejor lo narra es Miguel Otero Silva en la novela Cuando Quiero Llorar no Lloro, y la vida de los tres Victorinos, donde Victorino Pérez es el personaje representativo de lo que hablo.

Fuente:
https://www.facebook.com/nicfebres/posts/10211611346059978

jueves, 1 de diciembre de 2016

AVISOS

EL TIEMPO, Caracas, 1893. "Porsiaca", el Sr. Vaamonde paga el aviso. Se dice que aún firma religiosamente su asistencia al trabajo.
¿Habrá oportunidad todavía de comprar algún mobiliario?
EL REPUBLICANO, Caracas, 1892. ¿Quién dice que en Caracas no hay cervezas? Además, !francesa!
¿Quién dice que en Caracas no hay pan? Además, !español!

sábado, 30 de junio de 2012

¿QUÉ OCURRIRÁ EN MÉXICO?

EL PAÍS, Madrid, 30 de Junio de 2012
LA CUARTA PÁGINA
La restauración de la vieja derecha revolucionaria
Los partidos que queden en la oposición mexicana tienen una gran responsabilidad. Ellos podrán frenar o incluso impedir que la restauración del poder priísta se convierta en una pesadilla política
Roger Bartra

México está en vísperas de que gane las elecciones presidenciales la derecha revolucionaria. Esta situación paradójica –un conservadurismo revolucionario– es el fruto de muchos decenios de alquimia política, durante los cuales el PRI logró la transmutación de las corrientes que emanaron de la Revolución de 1910 en expresiones claramente derechistas y conservadoras. La derecha revolucionaria mexicana ha logrado colocar a su partido, el PRI, y a su candidato a la presidencia, Enrique Peña Nieto, a la cabeza de las intenciones de voto. Hoy en México pocos dudan de que gane la presidencia el partido del antiguo régimen autoritario. Será una verdadera restauración del poder tradicional de la vieja derecha revolucionaria, con su pesada carga de corrupción, cuya hegemonía fue rota en el año 2000 por el partido que en México representa a la derecha democrática (el PAN).
Por supuesto, el triunfo del PRI no será el retorno al régimen autoritario que aplastó al país durante más de setenta años. Tampoco la restauración en la Francia del siglo XIX –el modelo clásico– fue un retorno a la monarquía absoluta: fue la instauración de una monarquía constitucional con un fuerte ingrediente parlamentario, en cuya base se encontraban por un lado los ultraconservadores –que buscaban un retorno al absolutismo– y los liberales, que fueron muy influyentes en el período de Luis XVIII (después vino un giro a la extrema derecha encabezado por Carlos X).
La restauración priista también se encuentra dividida en varios fragmentos, pero no es difícil observar que hay dos grandes polos: los dinosaurios más duros, que sueñan con un retorno al viejo régimen, y los tecnócratas modernos, con inclinaciones democráticas y una disposición a adaptarse a los nuevos tiempos. Es difícil ubicar a Enrique Peña Nieto en este espectro político: su rancia retórica y algunas de sus propuestas (como la eliminación de la proporcionalidad en los procesos de representación) lo colocan en el extremo duro y antiguo. Pero varios políticos clave de su entorno político pueden ser calificados como operadores del ala tecnocrática flexible dispuesta a aceptar las reglas del juego democrático.
La revolución, en México, se ha convertido en un mito reaccionario que invita a mirar hacia atrás
Hay que comprender que el PRI es una expresión de la derecha desde hace muchos años. No debe sorprender que en México mucha gente asocie la idea de revolución con actitudes conservadoras. La revolución, en México, se ha convertido en un mito reaccionario que invita a mirar hacia atrás, a un pasado imaginario y fundacional que no es más que el símbolo de una pesada herencia autoritaria. Paradójicamente, la revolución también fue –y continua siendo– un símbolo de estabilidad, gobernabilidad y eficacia. Las corrientes “revolucionarias” se presentan, más que como portadoras de cambios, como los guardianes de una caja de Pandora que contiene los demonios del México profundo, del México que cobija impulsos revolucionarios sangrientos y violentos. Los revolucionarios son vistos por muchos como los dueños de las llaves de esa caja llena de tempestades; son quienes aseguran que esa caja no se abrirá. A fines del siglo XX estos mitos se debilitaron y la sociedad mexicana logró por fin abrir un proceso de transición, cuando apoyó a Vicente Fox, un personaje curioso y patoso que logró convertirse en el representante de la derecha democrática y ganar la presidencia.
Como en el resto de América Latina, la democracia llegó a México por la derecha. Y hay que subrayar que desde entonces la mayor parte de los ciudadanos se ha definido como de derecha. Una encuesta nacional de valores (auspiciada por la revista Este País) mostró que en 2010 se declaraba conservadora la gran mayoría (54 %) y sólo una quinta parte manifestó ser progresista (el 26 % se colocó en un lugar intermedio). Otra encuesta más reciente, hecha por el diario Reforma en junio de 2012, revela que casi la mitad (46 %) se considera de derecha, el 22 % de centro y apenas el 14 % de izquierda. Lo más sintomático es que la mitad de los que se consideran de derecha apoyan a Enrique Peña Nieto y casi la quinta parte a Andrés Manuel López Obrador, los dos candidatos presidenciales postulados por partidos que proclaman ser “revolucionarios”.
En este contexto, el retorno del PRI representa un serio peligro de restauración. Habrá una presidencia apuntalada por más de veinte gobernadores priistas, por organizaciones sindicales muy poderosas, por los monopolios de la televisión, por amplios sectores empresariales y por un elevado número de senadores y diputados. Este conglomerado puede convertirse en una poderosa maquinaria política que, acorazada por grupos corruptos, empuje al país más por el camino de una restauración al estilo ruso que por un retorno a la hegemonía del viejo aparato nacionalista revolucionario. Sin embargo, no es seguro que el nuevo presidente desarrolle una personalidad similar a la de Vladimir Putin, aunque los ingredientes para un giro autoritario están presentes a su alrededor. A diferencia del líder ruso, que proviene de los servicios de seguridad, contrainteligencia y vigilancia (herederos del KGB), el político mexicano parece un galán escapado de una telenovela y dedicado a la burocracia.
El PRI desprestigio al PAN y avanzó electoralmente a costa de retrasar el desarrollo del país
Pero, afortunadamente, también están presentes otros factores, como por ejemplo las profundas fracturas en el seno del PRI, un nacionalismo endeble y debilitado, una sociedad civil alerta y vigilante, una extensa intelectualidad hostil al PRI, algunos medios de comunicación críticos e independientes, la presencia de partidos políticos fuertes y un contexto internacional poco amigo de las soluciones autoritarias. Todo ello se aúna a la existencia de dispositivos que garantizan la pluralidad y un juego electoral transparente y efectivo. Estos elementos pueden impedir que la restauración desemboque en formas duras o al menos frenar las tendencias más autoritarias.
Otro freno de gran importancia podría ser –cosa probable– el hecho de que el PRI ganase con un porcentaje menor al que prevén muchas encuestas, y que en consecuencia careciese de mayoría absoluta en el poder legislativo. Ello abriría las puertas a un período de intensas negociaciones que permitiría que las fuerzas políticas perdedoras demostrasen su habilidad y su inteligencia para sobrevivir y, sobre todo, para defender los logros de la transición democrática.
Desgraciadamente ello no ocurrió durante el sexenio que termina, pues ni el PRI ni los populistas de la izquierda comprendieron la importancia de ejercer una oposición de alto nivel, más allá de sus intereses electorales coyunturales. La calidad de los partidos políticos se demuestra muchas veces más en su desempeño como oposición que en su ejercicio del poder. La izquierda se empeñó en vanos y absurdos esfuerzos por crear una crisis de gobernabilidad, para derribar la presidencia de Felipe Calderón. No lo logró, y sí en cambio logró un desgaste inmenso que rebajó su fuerza electoral. El PRI como oposición, por su lado, bloqueó toda reforma importante (energética, hacendaria, laboral) para no dar fuerza y legitimidad al partido gobernante. Logró desprestigiar al PAN y avanzar electoralmente a costa de retrasar el desarrollo del país.
Esto significa que sobre los partidos que queden en la oposición recae una gran responsabilidad. Ellos podrán frenar o incluso impedir que la restauración del poder priista se convierta en una pesadilla política.
Roger Bartra, antropólogo y sociólogo mexicano, es investigador emérito de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).