Jamás lo dejaron en paz
Luis Barragán
Distintos al nuestro, hay países en los que, tarde o temprano, se conocen algunos documentos reveladores de las intimidades del poder. Ya circula la prueba del temprano y celoso seguimiento que los organismos policiales mexicanos, como la Dirección Federal de Seguridad (DFS), hizo de Octavio Paz, todavía en su vejez.
Huelga comentar sobre el significado profundo e innovador del continente octaviano, más allá del Nobel de Literatura que, por cierto, desde hace un buen tiempo, nada agrega al reconocimiento universal de los hacedores del pensamiento. No obstante, conmovidos por un seguimiento tan tozudo del que quizá no reparó en sus días finales, nos permitimos esbozar cierto testimonio personal.
Digamos que supimos de Paz, frecuentemente publicado por el diario caraqueño El Universal, tenidos – ambos – como derechistas, gracias al consabido mundo de las predisposiciones: al periódico que, además, lo descubrimos no hace mucho, precursora y paradójicamente publicaba en los setenta del veinte sobre Michel Foucault; y al insigne escritor que alzaba su voz crítica en torno al marxismo y sobre la misma mexicanidad. Presumimos que, acá, sacudió el polvo al renunciar a la embajada de La India al escenificarse la matanza de Tlatelolco, en 1968, aunque la influencia de Guillermo Sucre, más adelante, por ejemplo, contribuyó a reivindicar su obra en escuelas, como la de Letras de la Universidad Central de Venezuela, atajando ferocidades políticas como las suscitadas por Jorge Luis Borges.
Un buen día, distraídos, nos atrajeron unos versos formidables, ignorado el nombre del autor, y la pesquisa nos llevó a la modesta ruptura que también hicimos con los nerudianos, tan cultivados en casa, como celebrados regularmente por otros diarios caraqueños, como El Nacional. Posiblemente, no ocurrirá ahora, en la era digital, nos internamos febrilmente en una obra de un costoso precio que logramos compensar con la regular visita a la Biblioteca Nacional: alternamos la poesía con una ensayística de impecable, como mordaz, prosa, recorriendo una primera e insigne edición para compararla con las posteriores, hasta que nos hicimos adultos y pudimos acceder a libros de sellos de gran prestigio que deslumbraban en las viejas vitrinas tampoco hoy conocidas por las nuevas generaciones; y, por siempre, nos arrepentimos de no adquirir, poco a poco, en la Librería del Ateneo, las obras completas, editadas por el Fondo de Cultura Económica en gruesos volúmenes de tapa dura: tres años antes de su cierre, en la librería Lugar Común, vimos con un dejo de nostalgia, uno de los ejemplares ya francamente impagable.
Nada le era extraño al continente octaviano, desde el erotismo hasta la arquitectura, la antropología y el periodismo, la política y la profundidad del planteamiento ideológico, y todavía su poesía nos interpela. Hizo un largo recorrido, partiendo de su militante compromiso en los años de la guerra civil española, hasta desembarcar en la denuncia del totalitarismo soviético. Para unos, el derechista consumado y, para otros, el izquierdista obstinado, aunque – necia topografía aparte – fue hijo de su tiempo, mereciendo una relectura que lo ubique en la perspectiva de un rompimiento también atrevido de lo que fue o aún es la cultura política promedio de este lado del mundo.
Valga la doble digresión, ya nos explicamos la emoción de los jóvenes de cualquier era por sus cantantes favoritos, deseosos – antaño – de un autógrafo y – hogaño – de un selfie; o de la amiga que tuvo altas responsabilidades de poder, en los noventa, admiradora de un intérprete catalán que ni se le ocurre ya venir a la Venezuela de este siglo, la que lo acogió generosamente en el anterior, logrando conocerlo personalmente y diligenciarle – así – una condecoración oficial. Admitimos, en los preámbulos del seminario internacional sobre política que ayudamos a organizar, a finales de la citada década, nos interesó traer a Paz, no sólo por el vigoroso y audaz aporte que le daría a la materia, sino por la oportunidad que tendríamos de estrechar su mano: no pudo, porque se le incendió la casa.
Salvo honrosas excepciones, sentimos que no hay equivalentes todavía, por la universalidad de sus reocupaciones, a Octavio Paz en este rincón del mundo, a sabiendas del aislamiento cultural de Venezuela que no sufren sus vecinos mediatos e inmediatos; aunque, es necesario reconocerlo, existen publicaciones electrónicas abiertas que los prometen, como alguna vez ocurrió con Vuelta, la revista que consultábamos y fotocopiábamos con regularidad, haciendo una selección propia del “mercado lector”, décadas atrás, en la Hemeroteca Nacional. Por lo pronto, sabemos cuán peligroso fue (y todavía es), el escritor mexicano, cuyos expedientes, llevados por la policía política quizá hasta después de su muerte, bien merecen reunirse en un tomo adicional a sus obras completas.
Referencia: https://elpais.com/cultura/2018/10/01/actualidad/1538422420_043537.html
Fotografías: LB, Librería Lugar Común (Caracas, 2015).
07/10/2018:
http://guayoyoenletras.net/2018/10/07/jamas-lo-dejaron-paz/
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viernes, 5 de octubre de 2018
sábado, 30 de junio de 2012
¿QUÉ OCURRIRÁ EN MÉXICO?
EL PAÍS, Madrid, 30 de Junio de 2012
LA CUARTA PÁGINA
La restauración de la vieja derecha revolucionaria
Los partidos que queden en la oposición mexicana tienen una gran responsabilidad. Ellos podrán frenar o incluso impedir que la restauración del poder priísta se convierta en una pesadilla política
Roger Bartra
México está en vísperas de que gane las elecciones presidenciales la derecha revolucionaria. Esta situación paradójica –un conservadurismo revolucionario– es el fruto de muchos decenios de alquimia política, durante los cuales el PRI logró la transmutación de las corrientes que emanaron de la Revolución de 1910 en expresiones claramente derechistas y conservadoras. La derecha revolucionaria mexicana ha logrado colocar a su partido, el PRI, y a su candidato a la presidencia, Enrique Peña Nieto, a la cabeza de las intenciones de voto. Hoy en México pocos dudan de que gane la presidencia el partido del antiguo régimen autoritario. Será una verdadera restauración del poder tradicional de la vieja derecha revolucionaria, con su pesada carga de corrupción, cuya hegemonía fue rota en el año 2000 por el partido que en México representa a la derecha democrática (el PAN).
Por supuesto, el triunfo del PRI no será el retorno al régimen autoritario que aplastó al país durante más de setenta años. Tampoco la restauración en la Francia del siglo XIX –el modelo clásico– fue un retorno a la monarquía absoluta: fue la instauración de una monarquía constitucional con un fuerte ingrediente parlamentario, en cuya base se encontraban por un lado los ultraconservadores –que buscaban un retorno al absolutismo– y los liberales, que fueron muy influyentes en el período de Luis XVIII (después vino un giro a la extrema derecha encabezado por Carlos X).
La restauración priista también se encuentra dividida en varios fragmentos, pero no es difícil observar que hay dos grandes polos: los dinosaurios más duros, que sueñan con un retorno al viejo régimen, y los tecnócratas modernos, con inclinaciones democráticas y una disposición a adaptarse a los nuevos tiempos. Es difícil ubicar a Enrique Peña Nieto en este espectro político: su rancia retórica y algunas de sus propuestas (como la eliminación de la proporcionalidad en los procesos de representación) lo colocan en el extremo duro y antiguo. Pero varios políticos clave de su entorno político pueden ser calificados como operadores del ala tecnocrática flexible dispuesta a aceptar las reglas del juego democrático.
La revolución, en México, se ha convertido en un mito reaccionario que invita a mirar hacia atrás
Hay que comprender que el PRI es una expresión de la derecha desde hace muchos años. No debe sorprender que en México mucha gente asocie la idea de revolución con actitudes conservadoras. La revolución, en México, se ha convertido en un mito reaccionario que invita a mirar hacia atrás, a un pasado imaginario y fundacional que no es más que el símbolo de una pesada herencia autoritaria. Paradójicamente, la revolución también fue –y continua siendo– un símbolo de estabilidad, gobernabilidad y eficacia. Las corrientes “revolucionarias” se presentan, más que como portadoras de cambios, como los guardianes de una caja de Pandora que contiene los demonios del México profundo, del México que cobija impulsos revolucionarios sangrientos y violentos. Los revolucionarios son vistos por muchos como los dueños de las llaves de esa caja llena de tempestades; son quienes aseguran que esa caja no se abrirá. A fines del siglo XX estos mitos se debilitaron y la sociedad mexicana logró por fin abrir un proceso de transición, cuando apoyó a Vicente Fox, un personaje curioso y patoso que logró convertirse en el representante de la derecha democrática y ganar la presidencia.
Como en el resto de América Latina, la democracia llegó a México por la derecha. Y hay que subrayar que desde entonces la mayor parte de los ciudadanos se ha definido como de derecha. Una encuesta nacional de valores (auspiciada por la revista Este País) mostró que en 2010 se declaraba conservadora la gran mayoría (54 %) y sólo una quinta parte manifestó ser progresista (el 26 % se colocó en un lugar intermedio). Otra encuesta más reciente, hecha por el diario Reforma en junio de 2012, revela que casi la mitad (46 %) se considera de derecha, el 22 % de centro y apenas el 14 % de izquierda. Lo más sintomático es que la mitad de los que se consideran de derecha apoyan a Enrique Peña Nieto y casi la quinta parte a Andrés Manuel López Obrador, los dos candidatos presidenciales postulados por partidos que proclaman ser “revolucionarios”.
En este contexto, el retorno del PRI representa un serio peligro de restauración. Habrá una presidencia apuntalada por más de veinte gobernadores priistas, por organizaciones sindicales muy poderosas, por los monopolios de la televisión, por amplios sectores empresariales y por un elevado número de senadores y diputados. Este conglomerado puede convertirse en una poderosa maquinaria política que, acorazada por grupos corruptos, empuje al país más por el camino de una restauración al estilo ruso que por un retorno a la hegemonía del viejo aparato nacionalista revolucionario. Sin embargo, no es seguro que el nuevo presidente desarrolle una personalidad similar a la de Vladimir Putin, aunque los ingredientes para un giro autoritario están presentes a su alrededor. A diferencia del líder ruso, que proviene de los servicios de seguridad, contrainteligencia y vigilancia (herederos del KGB), el político mexicano parece un galán escapado de una telenovela y dedicado a la burocracia.
El PRI desprestigio al PAN y avanzó electoralmente a costa de retrasar el desarrollo del país
Pero, afortunadamente, también están presentes otros factores, como por ejemplo las profundas fracturas en el seno del PRI, un nacionalismo endeble y debilitado, una sociedad civil alerta y vigilante, una extensa intelectualidad hostil al PRI, algunos medios de comunicación críticos e independientes, la presencia de partidos políticos fuertes y un contexto internacional poco amigo de las soluciones autoritarias. Todo ello se aúna a la existencia de dispositivos que garantizan la pluralidad y un juego electoral transparente y efectivo. Estos elementos pueden impedir que la restauración desemboque en formas duras o al menos frenar las tendencias más autoritarias.
Otro freno de gran importancia podría ser –cosa probable– el hecho de que el PRI ganase con un porcentaje menor al que prevén muchas encuestas, y que en consecuencia careciese de mayoría absoluta en el poder legislativo. Ello abriría las puertas a un período de intensas negociaciones que permitiría que las fuerzas políticas perdedoras demostrasen su habilidad y su inteligencia para sobrevivir y, sobre todo, para defender los logros de la transición democrática.
Desgraciadamente ello no ocurrió durante el sexenio que termina, pues ni el PRI ni los populistas de la izquierda comprendieron la importancia de ejercer una oposición de alto nivel, más allá de sus intereses electorales coyunturales. La calidad de los partidos políticos se demuestra muchas veces más en su desempeño como oposición que en su ejercicio del poder. La izquierda se empeñó en vanos y absurdos esfuerzos por crear una crisis de gobernabilidad, para derribar la presidencia de Felipe Calderón. No lo logró, y sí en cambio logró un desgaste inmenso que rebajó su fuerza electoral. El PRI como oposición, por su lado, bloqueó toda reforma importante (energética, hacendaria, laboral) para no dar fuerza y legitimidad al partido gobernante. Logró desprestigiar al PAN y avanzar electoralmente a costa de retrasar el desarrollo del país.
Esto significa que sobre los partidos que queden en la oposición recae una gran responsabilidad. Ellos podrán frenar o incluso impedir que la restauración del poder priista se convierta en una pesadilla política.
Roger Bartra, antropólogo y sociólogo mexicano, es investigador emérito de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
LA CUARTA PÁGINA
La restauración de la vieja derecha revolucionaria
Los partidos que queden en la oposición mexicana tienen una gran responsabilidad. Ellos podrán frenar o incluso impedir que la restauración del poder priísta se convierta en una pesadilla política
Roger Bartra
México está en vísperas de que gane las elecciones presidenciales la derecha revolucionaria. Esta situación paradójica –un conservadurismo revolucionario– es el fruto de muchos decenios de alquimia política, durante los cuales el PRI logró la transmutación de las corrientes que emanaron de la Revolución de 1910 en expresiones claramente derechistas y conservadoras. La derecha revolucionaria mexicana ha logrado colocar a su partido, el PRI, y a su candidato a la presidencia, Enrique Peña Nieto, a la cabeza de las intenciones de voto. Hoy en México pocos dudan de que gane la presidencia el partido del antiguo régimen autoritario. Será una verdadera restauración del poder tradicional de la vieja derecha revolucionaria, con su pesada carga de corrupción, cuya hegemonía fue rota en el año 2000 por el partido que en México representa a la derecha democrática (el PAN).
Por supuesto, el triunfo del PRI no será el retorno al régimen autoritario que aplastó al país durante más de setenta años. Tampoco la restauración en la Francia del siglo XIX –el modelo clásico– fue un retorno a la monarquía absoluta: fue la instauración de una monarquía constitucional con un fuerte ingrediente parlamentario, en cuya base se encontraban por un lado los ultraconservadores –que buscaban un retorno al absolutismo– y los liberales, que fueron muy influyentes en el período de Luis XVIII (después vino un giro a la extrema derecha encabezado por Carlos X).
La restauración priista también se encuentra dividida en varios fragmentos, pero no es difícil observar que hay dos grandes polos: los dinosaurios más duros, que sueñan con un retorno al viejo régimen, y los tecnócratas modernos, con inclinaciones democráticas y una disposición a adaptarse a los nuevos tiempos. Es difícil ubicar a Enrique Peña Nieto en este espectro político: su rancia retórica y algunas de sus propuestas (como la eliminación de la proporcionalidad en los procesos de representación) lo colocan en el extremo duro y antiguo. Pero varios políticos clave de su entorno político pueden ser calificados como operadores del ala tecnocrática flexible dispuesta a aceptar las reglas del juego democrático.La revolución, en México, se ha convertido en un mito reaccionario que invita a mirar hacia atrás
Hay que comprender que el PRI es una expresión de la derecha desde hace muchos años. No debe sorprender que en México mucha gente asocie la idea de revolución con actitudes conservadoras. La revolución, en México, se ha convertido en un mito reaccionario que invita a mirar hacia atrás, a un pasado imaginario y fundacional que no es más que el símbolo de una pesada herencia autoritaria. Paradójicamente, la revolución también fue –y continua siendo– un símbolo de estabilidad, gobernabilidad y eficacia. Las corrientes “revolucionarias” se presentan, más que como portadoras de cambios, como los guardianes de una caja de Pandora que contiene los demonios del México profundo, del México que cobija impulsos revolucionarios sangrientos y violentos. Los revolucionarios son vistos por muchos como los dueños de las llaves de esa caja llena de tempestades; son quienes aseguran que esa caja no se abrirá. A fines del siglo XX estos mitos se debilitaron y la sociedad mexicana logró por fin abrir un proceso de transición, cuando apoyó a Vicente Fox, un personaje curioso y patoso que logró convertirse en el representante de la derecha democrática y ganar la presidencia.
Como en el resto de América Latina, la democracia llegó a México por la derecha. Y hay que subrayar que desde entonces la mayor parte de los ciudadanos se ha definido como de derecha. Una encuesta nacional de valores (auspiciada por la revista Este País) mostró que en 2010 se declaraba conservadora la gran mayoría (54 %) y sólo una quinta parte manifestó ser progresista (el 26 % se colocó en un lugar intermedio). Otra encuesta más reciente, hecha por el diario Reforma en junio de 2012, revela que casi la mitad (46 %) se considera de derecha, el 22 % de centro y apenas el 14 % de izquierda. Lo más sintomático es que la mitad de los que se consideran de derecha apoyan a Enrique Peña Nieto y casi la quinta parte a Andrés Manuel López Obrador, los dos candidatos presidenciales postulados por partidos que proclaman ser “revolucionarios”.
En este contexto, el retorno del PRI representa un serio peligro de restauración. Habrá una presidencia apuntalada por más de veinte gobernadores priistas, por organizaciones sindicales muy poderosas, por los monopolios de la televisión, por amplios sectores empresariales y por un elevado número de senadores y diputados. Este conglomerado puede convertirse en una poderosa maquinaria política que, acorazada por grupos corruptos, empuje al país más por el camino de una restauración al estilo ruso que por un retorno a la hegemonía del viejo aparato nacionalista revolucionario. Sin embargo, no es seguro que el nuevo presidente desarrolle una personalidad similar a la de Vladimir Putin, aunque los ingredientes para un giro autoritario están presentes a su alrededor. A diferencia del líder ruso, que proviene de los servicios de seguridad, contrainteligencia y vigilancia (herederos del KGB), el político mexicano parece un galán escapado de una telenovela y dedicado a la burocracia.
El PRI desprestigio al PAN y avanzó electoralmente a costa de retrasar el desarrollo del país
Pero, afortunadamente, también están presentes otros factores, como por ejemplo las profundas fracturas en el seno del PRI, un nacionalismo endeble y debilitado, una sociedad civil alerta y vigilante, una extensa intelectualidad hostil al PRI, algunos medios de comunicación críticos e independientes, la presencia de partidos políticos fuertes y un contexto internacional poco amigo de las soluciones autoritarias. Todo ello se aúna a la existencia de dispositivos que garantizan la pluralidad y un juego electoral transparente y efectivo. Estos elementos pueden impedir que la restauración desemboque en formas duras o al menos frenar las tendencias más autoritarias.
Otro freno de gran importancia podría ser –cosa probable– el hecho de que el PRI ganase con un porcentaje menor al que prevén muchas encuestas, y que en consecuencia careciese de mayoría absoluta en el poder legislativo. Ello abriría las puertas a un período de intensas negociaciones que permitiría que las fuerzas políticas perdedoras demostrasen su habilidad y su inteligencia para sobrevivir y, sobre todo, para defender los logros de la transición democrática.
Desgraciadamente ello no ocurrió durante el sexenio que termina, pues ni el PRI ni los populistas de la izquierda comprendieron la importancia de ejercer una oposición de alto nivel, más allá de sus intereses electorales coyunturales. La calidad de los partidos políticos se demuestra muchas veces más en su desempeño como oposición que en su ejercicio del poder. La izquierda se empeñó en vanos y absurdos esfuerzos por crear una crisis de gobernabilidad, para derribar la presidencia de Felipe Calderón. No lo logró, y sí en cambio logró un desgaste inmenso que rebajó su fuerza electoral. El PRI como oposición, por su lado, bloqueó toda reforma importante (energética, hacendaria, laboral) para no dar fuerza y legitimidad al partido gobernante. Logró desprestigiar al PAN y avanzar electoralmente a costa de retrasar el desarrollo del país.
Esto significa que sobre los partidos que queden en la oposición recae una gran responsabilidad. Ellos podrán frenar o incluso impedir que la restauración del poder priista se convierta en una pesadilla política.
Roger Bartra, antropólogo y sociólogo mexicano, es investigador emérito de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
miércoles, 20 de junio de 2012
¿CIERTO?
EL PAÍS, Madrid, 19 de Junio de 2012
LA CUARTA PÁGINA
Las implicaciones de una victoria del PRI
El hecho de que Peña Nieto gane las elecciones el 1 de julio en México no significa que se produzca una restauración autoritaria, corrupta, nacionalista y desacreditada, y no debe ser motivo de miedo o preocupación
Jorge Castañeda
Las elecciones mexicanas del 1 de julio han generado infinidad de comentarios en México y un casi nulo interés en el resto del mundo, abrumado por sus propias tribulaciones: la supervivencia del euro, los próximos comicios presidenciales en Estados Unidos, el enfriamiento de las principales economías de América del Sur y, por supuesto, de la India y China. Parte de la indiferencia ante los inminentes acontecimientos mexicanos proviene también de la falta de incertidumbre en el resultado: los mercados, los apostadores y las encuestas dan por descontada una victoria, por un margen de 8 a 12 puntos, del candidato del PRI, Enrique Peña Nieto. Pero los amigos y socios de México harían bien en mirar más de cerca el paisaje político azteca: el desenlace no está en duda, pero sus implicaciones, sí. La discusión es sencilla, y la disyuntiva se antoja meridiana: según algunos —una mayoría de los comentaristas, y una minoría de los votantes— un triunfo del PRI constituiría una restauración autoritaria, corrupta, nacionalista y desacreditada; ¿será Peña Nieto un Luis XVIII más joven y delgado que el de 1815, que, junto con sus amigos y colaboradores de la Corte borbona, “n’a rien appris, ni rien oublié”?O, de acuerdo con otros, más allá de las personas y sus atributos, talento y debilidades, el regreso del PRI a Los Pinos equivaldría más bien al funcionamiento normal de la alternancia en democracia, incluso en una democracia imperfecta, incipiente y precaria como la mexicana. Viniendo de alguien que dedicó buena parte de su vida desde finales de los años ochenta a procurar el fin de la dominación priísta, y que contribuyó de manera modesta o decisiva a su primera derrota en el año 2000 como estratega de Vicente Fox, puede parecer paradójica mi respuesta: la posible victoria de Peña Nieto el 1 de julio no es una restauración, ni debe ser motivo de miedo o preocupación para los mexicanos y nuestros amigos en el mundo. No es el resultado deseado por mí, pero tampoco es el fin del mundo. Por supuesto que hubiera preferido otra cosa: el triunfo de un candidato independiente (el PRI en la Cámara de diputados no quiso); de un social-demócrata moderno, globalizado y democrático —más allá de deseos piadosos, no existe—, o incluso de un aspirante del PAN que defendiera lo bueno de los sexenios de Fox y de Calderón, y rompiera con lo malo —la guerra optativa, sangrienta e inútil de Calderón contra el narco (no hubo tal). Pero no me espanta la alternativa, por tres razones fundamentales.
En primer lugar, aunque los priístas no lo digan en público y solo lo reconozcan en voz baja, Peña Nieto sería el primer presidente del PRI en la historia electo por el sufragio universal, no por el “dedo” de su predecesor. Aún Ernesto Zedillo, el último presidente priísta, que arribó a la primera magistratura hace 18 años, reconoció tiempo después de su llegada al poder que su elección fue limpia, pero no equitativa. E igual, fue nombrado candidato por Carlos Salinas de Gortari, en lugar de ser producto de un proceso interno de un tipo o de otro. Ni que decir de todos sus predecesores: como lo describí en La Herencia, un libro basado en entrevistas con cuatro expresidentes de México, cada jefe de Estado escogía a su sucesor; las elecciones representaban un trámite, o un fraude. Ni yo ni nadie garantiza las convicciones democráticas de Peña Nieto, pero sí estoy convencido que no es lo mismo ser designado por “dedazo” que ser electo: moral, política y personalmente, la rendición de cuentas... cuenta.
Sería el primer presidente del PRI electo por sufragio universal, no por el “dedo” de su predecesor
En segundo lugar, México no es el mismo: el contexto es absolutamente distinto al que prevalecía en 1994. Cualquier candidato que gane el primer domingo de julio enfrentará los mismos contrapesos, obstáculos y retos que Fox y Calderón: carecerá de mayoría en por lo menos una cámara legislativa; salvo López Obrador, del PRD de izquierda, tendrá frente a sí en el Distrito Federal al segundo personaje electo más poderoso del país del PRD, con el segundo o tercer presupuesto de México; si es Peña Nieto, la tercera parte de los gobernadores provendrán de partidos distintos al suyo, y casi seguramente obtendrá menos del 50% de los votos.
Aunque su calidad deje en ocasiones mucho que desear, los medios de comunicación mexicanos son más libres y poderosos que nunca; a pesar de su persistente debilidad, la sociedad civil mexicana se encuentra más organizada y es más vigorosa que en cualquier momento de nuestra historia.
Sobre todo, el nuevo mandatario deberá convivir con una importante cantidad de entes o instituciones autónomas, que el país ha construido en estos años, y que no conforman simples cajas de resonancia para las instrucciones de Los Pinos. La primera, y la más importante, es la Suprema Corte de Justicia, que le ha infligido severos dolores de cabeza a Fox y a Calderón, y grandes beneficios a la sociedad mexicana. La segunda es el Instituto Federal Electoral, que a pesar de sus altos y bajos recurrentes, le imprime un sello de legitimidad a cada elección federal en México, desde la presidencia hasta los 628 legisladores. El Banco de México fue dotado de plena independencia desde 1993, y constituye una garantía parcial de prudencia marco-económica, por lo menos en lo que corresponde al ámbito monetario. El Instituto Federal de Acceso a la Información, autónomo también, es fuente de transparencia y de jaquecas para todos los poderes en México, y el de Estadísticas, con mejores y peores momentos, lo es de datos objetivos y confiables sobre la economía y la sociedad mexicanas. Ni Peña Nieto ni nadie podrá domar a estas burocracias, suponiendo que deseara hacerlo (lo lógico), y solo podrá en una pequeña medida con otros entes reguladores semi-autónomos: de banca y valores, de telecomunicaciones, de competencia, de hidrocarburos.
El contexto externo también ha cambiado. México hoy se halla inmerso en una verdadera maraña de acuerdos de libre comercio, con cláusulas contra la corrupción, democráticas y de respeto a los derechos humanos, laborales, ambientales, de género, indígenas, etc, que no pueden ser desconocidos o menospreciados por capricho. No todas las cláusulas han resultado eficaces: se han recrudecido las violaciones a los derechos humanos bajo Calderón, sin que por ello su gobierno pague un costo internacional oneroso (aún); pero como la Puerta de Alcalá, allí están. A ello hay que agregar el sin número de otros instrumentos internacionales suscritos y/o ratificados por México desde 1998, y que hoy nos someten a un escrutinio externo doloroso, en ocasiones irritante, pero siempre bienvenido para quienes creemos en el valor universal de ciertos principios. Esto es quizás lo esencial.
Hay que escoger: o hemos construido una democracia representativa o la victoria del PRI es intolerable
La integración económica, social, cultural y geo-política de México a América del Norte, y su creciente apertura al mundo entero, ha generado una mirada externa diferente. Ya no es la fascinación con la cultura, la historia o las playas mexicanas: es el examen riguroso, a veces arrogante e injerencista, de los derechos de propiedad, de la probidad de las instituciones, de la transparencia de las empresas públicas y privadas, de la seguridad de las personas, de la libertad de prensa, de la rendición de cuentas. El caso Walmart y la denuncia de sus repetidos ejemplos de soborno a autoridades locales, denunciado en tres planas enteras por The New York Times, es emblemático: ni el diario, ni la SEC, ni los accionistas de la empresa más grande del mundo se interesaban antes así por México, o ahora por otro país.
Quizás habrá priístas que sigan intentando robar; habrá también, como bajo Fox y Calderón, muchos vigilantes que los desnuden. Peña Nieto cumplía apenas dos años de edad cuando sucedió la masacre de Tlatelolco, perpetrada por los expresidentes priístas Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría. Tenía 16 cuando José López Portillo nacionalizó la banca en 1982; 22 al momento del fraude electoral de 1988 a favor de Salinas; y 28 años en el fatídico 1994, cuando se alzaron los zapatistas, fue asesinado Luis Donaldo Colosio, y el país sufrió, a finales de año, la peor crisis económica y financiera de su historia moderna. Sigue rodeado de personajes de aquellas épocas; sus deslindes frente al pasado son pocos, y tenues.
Pero hay que escoger: o los mexicanos hemos construido una democracia representativa funcional, en cuyo caso la alternancia que resuelvan los electores, no la comentocracia, es tan válida y legítima como cualquier otra; o la victoria de los derrotados del 2000 es intolerable, y entonces la democracia que tenemos es inútil. México ha sobrevivido a una gran cantidad de desgracias en su historia; sobrevivirá al regreso del PRI, y en una de esas, hasta prosperará con la elección —esta sí de verdad— de Peña Nieto.
(*) Jorge G. Castañeda es analista político y miembro de la Academia de las Ciencias y las Artes de Estados Unidos.
LA CUARTA PÁGINA
Las implicaciones de una victoria del PRI
El hecho de que Peña Nieto gane las elecciones el 1 de julio en México no significa que se produzca una restauración autoritaria, corrupta, nacionalista y desacreditada, y no debe ser motivo de miedo o preocupación
Jorge Castañeda
Las elecciones mexicanas del 1 de julio han generado infinidad de comentarios en México y un casi nulo interés en el resto del mundo, abrumado por sus propias tribulaciones: la supervivencia del euro, los próximos comicios presidenciales en Estados Unidos, el enfriamiento de las principales economías de América del Sur y, por supuesto, de la India y China. Parte de la indiferencia ante los inminentes acontecimientos mexicanos proviene también de la falta de incertidumbre en el resultado: los mercados, los apostadores y las encuestas dan por descontada una victoria, por un margen de 8 a 12 puntos, del candidato del PRI, Enrique Peña Nieto. Pero los amigos y socios de México harían bien en mirar más de cerca el paisaje político azteca: el desenlace no está en duda, pero sus implicaciones, sí. La discusión es sencilla, y la disyuntiva se antoja meridiana: según algunos —una mayoría de los comentaristas, y una minoría de los votantes— un triunfo del PRI constituiría una restauración autoritaria, corrupta, nacionalista y desacreditada; ¿será Peña Nieto un Luis XVIII más joven y delgado que el de 1815, que, junto con sus amigos y colaboradores de la Corte borbona, “n’a rien appris, ni rien oublié”?O, de acuerdo con otros, más allá de las personas y sus atributos, talento y debilidades, el regreso del PRI a Los Pinos equivaldría más bien al funcionamiento normal de la alternancia en democracia, incluso en una democracia imperfecta, incipiente y precaria como la mexicana. Viniendo de alguien que dedicó buena parte de su vida desde finales de los años ochenta a procurar el fin de la dominación priísta, y que contribuyó de manera modesta o decisiva a su primera derrota en el año 2000 como estratega de Vicente Fox, puede parecer paradójica mi respuesta: la posible victoria de Peña Nieto el 1 de julio no es una restauración, ni debe ser motivo de miedo o preocupación para los mexicanos y nuestros amigos en el mundo. No es el resultado deseado por mí, pero tampoco es el fin del mundo. Por supuesto que hubiera preferido otra cosa: el triunfo de un candidato independiente (el PRI en la Cámara de diputados no quiso); de un social-demócrata moderno, globalizado y democrático —más allá de deseos piadosos, no existe—, o incluso de un aspirante del PAN que defendiera lo bueno de los sexenios de Fox y de Calderón, y rompiera con lo malo —la guerra optativa, sangrienta e inútil de Calderón contra el narco (no hubo tal). Pero no me espanta la alternativa, por tres razones fundamentales.
En primer lugar, aunque los priístas no lo digan en público y solo lo reconozcan en voz baja, Peña Nieto sería el primer presidente del PRI en la historia electo por el sufragio universal, no por el “dedo” de su predecesor. Aún Ernesto Zedillo, el último presidente priísta, que arribó a la primera magistratura hace 18 años, reconoció tiempo después de su llegada al poder que su elección fue limpia, pero no equitativa. E igual, fue nombrado candidato por Carlos Salinas de Gortari, en lugar de ser producto de un proceso interno de un tipo o de otro. Ni que decir de todos sus predecesores: como lo describí en La Herencia, un libro basado en entrevistas con cuatro expresidentes de México, cada jefe de Estado escogía a su sucesor; las elecciones representaban un trámite, o un fraude. Ni yo ni nadie garantiza las convicciones democráticas de Peña Nieto, pero sí estoy convencido que no es lo mismo ser designado por “dedazo” que ser electo: moral, política y personalmente, la rendición de cuentas... cuenta.
Sería el primer presidente del PRI electo por sufragio universal, no por el “dedo” de su predecesor
En segundo lugar, México no es el mismo: el contexto es absolutamente distinto al que prevalecía en 1994. Cualquier candidato que gane el primer domingo de julio enfrentará los mismos contrapesos, obstáculos y retos que Fox y Calderón: carecerá de mayoría en por lo menos una cámara legislativa; salvo López Obrador, del PRD de izquierda, tendrá frente a sí en el Distrito Federal al segundo personaje electo más poderoso del país del PRD, con el segundo o tercer presupuesto de México; si es Peña Nieto, la tercera parte de los gobernadores provendrán de partidos distintos al suyo, y casi seguramente obtendrá menos del 50% de los votos.
Aunque su calidad deje en ocasiones mucho que desear, los medios de comunicación mexicanos son más libres y poderosos que nunca; a pesar de su persistente debilidad, la sociedad civil mexicana se encuentra más organizada y es más vigorosa que en cualquier momento de nuestra historia.
Sobre todo, el nuevo mandatario deberá convivir con una importante cantidad de entes o instituciones autónomas, que el país ha construido en estos años, y que no conforman simples cajas de resonancia para las instrucciones de Los Pinos. La primera, y la más importante, es la Suprema Corte de Justicia, que le ha infligido severos dolores de cabeza a Fox y a Calderón, y grandes beneficios a la sociedad mexicana. La segunda es el Instituto Federal Electoral, que a pesar de sus altos y bajos recurrentes, le imprime un sello de legitimidad a cada elección federal en México, desde la presidencia hasta los 628 legisladores. El Banco de México fue dotado de plena independencia desde 1993, y constituye una garantía parcial de prudencia marco-económica, por lo menos en lo que corresponde al ámbito monetario. El Instituto Federal de Acceso a la Información, autónomo también, es fuente de transparencia y de jaquecas para todos los poderes en México, y el de Estadísticas, con mejores y peores momentos, lo es de datos objetivos y confiables sobre la economía y la sociedad mexicanas. Ni Peña Nieto ni nadie podrá domar a estas burocracias, suponiendo que deseara hacerlo (lo lógico), y solo podrá en una pequeña medida con otros entes reguladores semi-autónomos: de banca y valores, de telecomunicaciones, de competencia, de hidrocarburos.
El contexto externo también ha cambiado. México hoy se halla inmerso en una verdadera maraña de acuerdos de libre comercio, con cláusulas contra la corrupción, democráticas y de respeto a los derechos humanos, laborales, ambientales, de género, indígenas, etc, que no pueden ser desconocidos o menospreciados por capricho. No todas las cláusulas han resultado eficaces: se han recrudecido las violaciones a los derechos humanos bajo Calderón, sin que por ello su gobierno pague un costo internacional oneroso (aún); pero como la Puerta de Alcalá, allí están. A ello hay que agregar el sin número de otros instrumentos internacionales suscritos y/o ratificados por México desde 1998, y que hoy nos someten a un escrutinio externo doloroso, en ocasiones irritante, pero siempre bienvenido para quienes creemos en el valor universal de ciertos principios. Esto es quizás lo esencial.
Hay que escoger: o hemos construido una democracia representativa o la victoria del PRI es intolerable
La integración económica, social, cultural y geo-política de México a América del Norte, y su creciente apertura al mundo entero, ha generado una mirada externa diferente. Ya no es la fascinación con la cultura, la historia o las playas mexicanas: es el examen riguroso, a veces arrogante e injerencista, de los derechos de propiedad, de la probidad de las instituciones, de la transparencia de las empresas públicas y privadas, de la seguridad de las personas, de la libertad de prensa, de la rendición de cuentas. El caso Walmart y la denuncia de sus repetidos ejemplos de soborno a autoridades locales, denunciado en tres planas enteras por The New York Times, es emblemático: ni el diario, ni la SEC, ni los accionistas de la empresa más grande del mundo se interesaban antes así por México, o ahora por otro país.
Quizás habrá priístas que sigan intentando robar; habrá también, como bajo Fox y Calderón, muchos vigilantes que los desnuden. Peña Nieto cumplía apenas dos años de edad cuando sucedió la masacre de Tlatelolco, perpetrada por los expresidentes priístas Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría. Tenía 16 cuando José López Portillo nacionalizó la banca en 1982; 22 al momento del fraude electoral de 1988 a favor de Salinas; y 28 años en el fatídico 1994, cuando se alzaron los zapatistas, fue asesinado Luis Donaldo Colosio, y el país sufrió, a finales de año, la peor crisis económica y financiera de su historia moderna. Sigue rodeado de personajes de aquellas épocas; sus deslindes frente al pasado son pocos, y tenues.
Pero hay que escoger: o los mexicanos hemos construido una democracia representativa funcional, en cuyo caso la alternancia que resuelvan los electores, no la comentocracia, es tan válida y legítima como cualquier otra; o la victoria de los derrotados del 2000 es intolerable, y entonces la democracia que tenemos es inútil. México ha sobrevivido a una gran cantidad de desgracias en su historia; sobrevivirá al regreso del PRI, y en una de esas, hasta prosperará con la elección —esta sí de verdad— de Peña Nieto.
(*) Jorge G. Castañeda es analista político y miembro de la Academia de las Ciencias y las Artes de Estados Unidos.
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