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sábado, 31 de marzo de 2012

NOTICIERO RETROSPECTIVO









- Eugenio Montejo. "Solamente poesía". El Nacional, Papel Literario, Caracas, 04/08/96.
- R. J. Lovera de Sola. "Alejo Carpentier en Venezuela". El Nacional, 17/10/77.
- Alejandro Otero. "Los dioses de Degas". El Nacional, PL, Caracas, 15/02/98.
- Oswaldo Vigas. "Pascual Navarro colecciona muñecas". Elite, Caracas, nr. 1791 del 16/01/60.
- Luis Beltrán Prieto Figueroa. "Pido la palabra: el habla popular en Margarita". El Nacional, 21/08/79.

Fotografía: Reportaje al pintor Feliciano Carvallo, de Luis Buitrago Segura y fotos de Luis Noguera h. Momento, Caracas, nr. 185 del 29/01/60.

miércoles, 12 de enero de 2011

otear un museo


EL NACIONAL - Martes 11 de Enero de 2011 Escenas/2
Esto es lo que hay
Artes visuales
El Museo Alejandro Otero
LORENA GONZÁLEZ

Este fin de semana visité el Museo Alejandro Otero. Era domingo. Mientras me acercaba a la ruta de la autopista que lleva desde Plaza Venezuela hasta la entrada del Complejo Cultural La Rinconada, un cúmulo inevitable de recuerdos se apoderó de mí. Más de mil mañanas en aquella travesía de ida hacia los linderos de la ciudad; más de mil tardes de regreso aliviando la carga laboral con un Ávila a contracorriente, iluminado por las franjas transitorias e intensas de la tarde caraqueña, que culmina el paso por la arteria vial donde elaboraba en silencio ­o en la compañía de los colegas­ el resumen del día, los pasos encontrados, los proyectos por venir.

Comencé a trabajar en el MAO en el año 1998, cuando aún no culminaba mis estudios en la Escuela de Letras de la UCV. Para ese entonces no tenía definida mi vocación como investigadora de artes visuales, pero el contacto con una institución que aunque modesta tenía líneas de investigación muy bien definidas, así como con la solidez, generosidad y compromiso de los profesionales que allí trabajaban, abrió los caminos de lo que hoy en día es mi profesión.

En ese momento el museo ya contaba con un recorrido de valiosos proyectos expositivos, educativos y comunitarios. Exposiciones colectivas como Trasatlántica (1995), Sin fronteras (1997) o Cuerpos contaminados (1999), junto con individuales como Guillermo Kuitca en Caracas (1998), Tunga: 1977-1997 (1998), Sin título, Caracas. Félix González To- rres (2000) o Stan Douglas (1998), entre muchas otras, convirtieron a esta institución en una referencia dentro del arte contemporáneo latinoamericano.

Repasar la historia de su descomposición posterior sería traer a la luz un pertinente ejemplo de esa pérdida de autonomía administrativa, conceptual, estructural y formal que hoy amenaza a otros entornos de producción del conocimiento en Venezuela, como es el caso de nuestras universidades. En el transcurso de los últimos 6 años, a pesar de la resistencia de los trabajadores, la ruina parece ser el epicentro de acción más relevante de los museos capitalinos. Hoy, el Museo Alejandro Otero fue despojado de sus posibilidades expositivas para alojar a 350 damnificados por la grave situación de las lluvias, un grupo humano producto de la lamentable incompetencia gubernamental para otorgar una vida medianamente equilibrada y digna a ese "pueblo" tan nombrado y tasajeado a su vez por las fauces del populismo estatal. En la sala 1 todavía persisten los restos museográficos de una exposición recién desmontada; una muestra curada a mediados de junio por los investigadores Indira Aguilera y Simón Conde dentro del programa de estudio del patrimonio, en la que se reunía la obra de artistas como Gego, Eugenio Espinoza, Sigfredo Chacón y el propio Alejandro Otero.

Bajo el desvencijado título La ironía de la retícula, la tarde de este domingo me encontré con la silueta de una anciana perdida en la penumbra de la sala. La oscuridad no apagó el eje de su mirada, superponiéndose a la sombra la fuerza de su desconcierto. Detrás de ella los restos de escombros, literas, ropa y utensilios se ocultaban entre los fragmentos de la panelería todavía presente en el espacio expositivo. Me di la vuelta en medio de los niños que corrían. Mientras salía, no dejaba de pensar en la "ironía de la retícula" y en el ánimo de esta mujer... tan abandonada, deshabitada y extraviada como aquel lugar sin norte que tanto significó y que ahora le ofrece abrigo temporal. Así comienza el año para la cultura en el país.

viernes, 13 de agosto de 2010

rítmica vigente



EL NACIONAL - VIERNES 13 DE AGOSTO DE 2010 CULTURA/4 ANIVERSARIO
El artista nacido en el estado Bolívar falleció el 13 de agosto de 1990 La obra de Alejandro Otero sigue reforzando la fe en el arte El creador inauguró la contemporaneidad y rompió siglos de tradición pictórica con sus Cafeteras
CARMEN VICTORIA MÉNDEZ

Alejandro Otero dijo que el arte es una forma de reforzar la fe en la vida. La frase, utilizada por el guayanés en 1982, cuando develó el Abra solar en la Bienal de Venecia, bien podría servir de epílogo a una carrera de 5 décadas consagradas a la creación y a la búsqueda de nuevos lenguajes, la cual culminó hace exactamente 20 años, con su desaparición física. El artista murió el 13 de agosto de 1990, tres semanas después de la inauguración de la muestra Saludo al siglo XXI, en la que trabajó por primera vez con computadoras. "Fue un hombre muy activo. Siempre recuerdo esa exposición, que yo misma organicé", dice Sofía Imber, ex directora del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber. Esa misma institución albergó en 1985 más de 600 de sus creaciones, en una gran retrospectiva que lo consagró ante los ojos de distintas generaciones. "No he vuelto a ver a ningún artista como él. Alejandro tenía lo que yo llamo inteligencia visual. Era sensible, pero no descartaba lo racional. Fue esa capacidad la que lo llevó a buscar nuevos caminos para conmover a través de la obra de arte, y la que lo situó entre los creadores venezolanos más importantes, al lado de Armando Reverón, Jesús Soto y Bárbaro Rivas", expresa Perán Erminy, su ex compañero del grupo Los Disidentes. El creador del Abra solar fundó el grupo como respuesta ante el arte de la representación. Tras su primera estancia en París en 1946, Otero comenzó a alejarse lentamente de la figuración, influenciado por Picasso. Sus Cafeteras, expuestas en 1949 en el Museo de Bellas Artes, fueron un ejercicio de semifiguración con las que consiguió "persuadir a las formas y llevar a cabo el proceso de reconstrucción de los objetos visibles, hasta lograr descomponer la imagen creando un nuevo sentido pictórico", señala Douglas Monroy, autor del libro Memoria crítica, Alejandro Otero. A juicio de Monroy, Otero rompió siglos de tradición pictórica con las Cafeteras. "A partir de esta fecha inaugura de forma definitiva el arte contemporáneo en Venezuela y muy probablemente será una de las manifestaciones artísticas más relevantes del continente. Alejandro Otero es el protagonista de la mayor ruptura y transformación en nuestras artes plásticas". Pintar lo invisible. Luego de las Cafeteras llegaron los Coloritmos, influenciados por el abstraccionista holandés Piet Mondrian. "La abstracción se convertía en una pasión venezolana", explica Erminy. En estas piezas, Otero intentó hacer visible un fenómeno que hasta entonces sólo el oído podía captar: la música y sus vibraciones. Los Coloritmos evocan la influencia del jazz, en un intento de Otero por hacer del arte un fenómeno más universal y menos elitista. "Agarró esa idea y la desarrolló con líneas horizontales y colores. Para entonces, tenía la agudeza necesaria para ver lo invisible", dice Erminy. Actualmente, los Coloritmos y los Tablones son sus obras más representativas, al igual que sus Esculturas cívicas, que pueden ser apreciadas en calles y plazas de todo el mundo. A la Bienal de Venecia, en 1982, llegó en sintonía con el astro rey. Allí exhibió el conjunto Abra solar, Aguja solar y Torre solar, junto a su famoso Monumento al futuro. Además de por su trabajo plástico, el artista destacó en el ámbito de la gestión cultural. Junto con Manuel Espinoza y su primo Miguel Otero Silva, propuso el proyecto de creación de la Galería de Arte Nacional, y asumió por poco tiempo la coordinación del Museo de Bellas Artes. En el campo de la crítica, dejó una vasta obra recogida en diversas publicaciones.

jueves, 17 de junio de 2010

Doble soledad


EL NACIONAL - SÁBADO 02 DE SEPTIEMBRE DE 2006 S/4 Papel Literario
EL PAÍS VISUAL
A solas con un disparo
Karina Sainz Borgo

Ceteris paribus
Si la economía de pensamiento realmente funcionara, estas primeras líneas no levantarían el suspiro y el cuestionamiento en quien las intenta. Si fuese posible hacerse el que no escucha, el que deja pasar; si fuese posible. El pasado domingo 13 de agosto el Museo Alejandro Otero abrió sus puertas para presentar la muestra del I Concurso Bienal Internacional de Fotografía 2006. Aclaremos de una vez: ése es el músculo de lo que esta edición de País Visual pretende. Dedicada al tema del viaje y curada por Tomás Rodríguez, Zacarías García y Alexis Pérez-Luna --quienes integraron el jurado calificador--, la bienal supone una muestra impecable, con un montaje reluciente y un ejercicio curatorial que tiene como uno de sus logros capitales el friso entre las disparidades de los 62 fotógrafos participantes. Sin embargo, como buen músculo, la reseña de esta muestra no escapa de la tensión. He allí el porqué de la invocación a la incomodidad que supone la economía del pensamiento. Ese 13 de agosto, el MAO parecía dispuesto a recuperar su vocación de reflexión sobre las artes visuales, ese poderoso lugar que todo lo transparenta. Por esa razón, precisamente por ésa, ciertos detalles no pueden pasar desapercibidos.

Durante la inauguración, con reiterada insistencia, las autoridades culturales oficiales resaltaron su disposición democrática. Subrayaron la escogencia inclusiva y heterogénea de la muestra. Es cierto. Nadie lo pone en duda. Ahora bien, porqué agradecer y promocionar (como quien viste una estrellita dorada en la solapa) lo que se supone obvio. Quizás porque en tiempos como los que corren, lo evidente se matiza. Peligroso, ¿verdad? Ese domingo, el ministro Francisco Sesto invocó esa acrobacia discursiva que confunde la inclusión con la panfletaria costumbre de convertir cuanto se toca en un objeto de memorabilia ideológica. La muestra es lo suficientemente fuerte como para soportar el preámbulo institucional que la acoge. Y aquí es importante aclarar: la procedencia de una muestra --privada u oficial-no es una garantía a priori de aplausos o críticas. En absoluto. Sin embargo, es imposible describir la muestra que hoy ocupa al País Visual dejando de lado esa realidad inmas ticable de tener que caminar con las manos en alto, arrepintiéndonos de todo cuanto se conoce, agradecidos por lo obvio y avergonzados por el disgusto que este tipo de adornos provocan. Una muestra de fotografía es un evento plástico, ¿sólo así debe verse? Eso sería como caminar por las salas con guantes quirúrgicos. Ni el polietileno ni la economía del pensamiento funcionan. Así que mejor, y una vez pasado el trago grueso de la aclaratoria, hay que ocuparse en mirar --sin hacerse la vista gorda-lo esencial: la muestra.


Transeúntes
La exposición tuvo como eje central la interpretación personal que del viaje hicieron cada uno de los 62 fotógrafos convocados. Ese acto del ir y venir, de quien atraviesa el paisaje con la soledad de los forasteros (de quien captura y modifica con la mirada), mantiene una línea visual que pudiese incurrir en el reincidente y acicalado mirar fotográfico documental. Sin embargo, y he allí uno de los focos de tensión y atractivo, la exposición no se rinde a la picaresca bucólica del blanco y negro o el gusto por color local. Al contrario, la heterogénea selección hizo posible una alternancia armónica, casi rítmica, entre el abordaje del tema sólo como anécdota con otras proposiciones visuales que convirtieron el viaje en expedición. La distribución de ganadores y participantes en salas separadas no supuso inflexión en la calidad de lo expuesto, al contrario, logró respetar la textura de cada mirada, reforzándola además por la armonía de conjunto que establecían entre sí. Los tres primeros premios (Julio Estrada por la serie Sureste en África; Edgar Moreno por Los Antípodas y Leo Álvarez por En la cuerda floja), ponían de manifiesto la inclinación del jurado por una línea clásica y conservadora, aquella donde el objeto retratado está definido de antemano: alguien lo mira, alguien lo retrata, alguien lo reelabora a partir del disparo de su cámara. Las tres series ganadoras abrumaban por la mezcla de géneros que las define, esa alternancia entre lo documental y el retrato creaban módulos ciertamente avasallantes, pero no por eso homogéneos.

Si a eso se suma la disposición en el espacio con propuestas como Souvenirs, de Sara Maneiro (mención de honor), la mezcla lograba un resultado que exige del espectador una disposición anímica específica: de la mirada documental conservadora a la experiencia personal, indefinida y profundamente metafórica de los imprecisos paisajes de Maneiro o también, por ejemplo, la mezcla de obras con un fino y agudo sentido de lo lúdico, como la de Vladimir Marcano, quien a través de cinco imágenes hace la operación inversa: se aprovecha de la anécdota viajera (un hombre que camina o un ciclista dentro de un paisaje formal, construido con ojo estudioso), para usarla a su favor en un juego poético de escalas. Marcano proponía un paisaje contemporáneo, seriado e irónico que ganaba mucho más significación dada su vecindad en sala con las poderosas imágenes de un artista como Paolo Gasparini. Esa situación se repitió, nuevamente, en la sala uno, donde puede observarse una imagen pura y perfecta de una carretera (titulada Km O) de Antolín Sánchez inmediatamente seguida por una fotografía de Renata Escorihuela de un sótano inundado, caótico, incierto. El contraste entre ambos registros de la nocturnidad --el primero telúrico, el segundo urbano-generó un díptico metafórico que produjo una tercera obra --algo así como un cociente poético-resultante de esa tensión.

En el I Concurso Bienal Internacional de Fotografía 2006, el obturador se volvió gatillo. Eso es lo que logra la muestra: un disparo sonoro que paraliza al espectador sin dejarle la oportunidad de reponerse o guarecerse de la ráfaga de imágenes. La curaduría proyectó las obras más allá de sí mismas, imprimiéndoles una capacidad rítmica autónoma. Destacaron entre las imágenes y propuestas, la mirada de un menos ingenuo y cada vez más directo Yuri Liscano, la reelaboración formal de lo íntimo propuesta por Martín Castillo, así como la obra (y su excelente montaje) de Enrico Armas, quien despliega una particular, divertida e ingeniosa bitácora-fichero. Dar por terminado el recorrido de la muestra reproduce la sensación de quien regresa de un viaje. La condición de transeúnte cobra sentido gracias a la conjunción perfecta de 62 artistas. Se trata de atravesar el paisaje, modificándolo y dejándose modificar por él, hasta llegar al momento intangible del tránsito, una concesión de quien oprime el botón y nos trae de regreso a un lugar en el que permanecemos, largamente, a solas con un disparo.

Ilustración: Bernardita Rakos (El Nacional, Caracas, 17/04/10)