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miércoles, 13 de agosto de 2014

UNÁNIME TERREDAD

EL NACIONAL - SÁBADO 03 de Septiembre de 2005     Papel Literario/1
Civilidad y terredad
El poeta mexicano Antonio Deltoro (1947) diserta sobre los mecanismos del verso en la obra de Eugenio Montejo. Deltoro, quien en 1996 fue reconocido con el Premio Nacional de Aguascalientes, ha publicado Algarabía inorgánica (1979), ¿Hacia dónde es aquí? (1984), Los días descalzos (1992), Balance de sombras (1997), así como las antologías Poesía reunida (1999) y En las aguas del jueves para siempre (2002)
Antonio Deltoro

Poco a poco este Premio va creando una arboleda en torno a un árbol proteico: un ahuehuete, una higuera, un pirú. Esta noche como en Macbeth los árboles se mueven pero no para combatir sino para acercarse a intercambiar palabras:
“Tiemblan los intrincados jardines / juntan los árboles las frentes / cuchichean”, nos dicen unos versos de Octavio Paz.
En la poesía de Eugenio Montejo hay muchos árboles que no forman un bosque sino algo más civilizado: un parque, un jardín botánico, con árboles de muchas latitudes. En un bosque se repiten los árboles de una misma especie; un parque se compone de especies diferentes que dialogan; especies nativas de toda la redondez de la tierra.
Civilidad y terredad coexisten en esta poesía: para Eugenio Montejo no sólo vivimos después de los dioses sino también después de las ciudades, no sólo en la añoranza de Apolo o de Minerva, sino en la añoranza del París del siglo XIX o de la de Lisboa de principios del XX. Vivimos exiliados de dioses y ciudades en un mundo de cosas y de urbes. Nuestro poeta es un contemporáneo que no cede a la época: vive en nuestro tiempo sin hacerle muchas concesiones porque sabe que más profundos que la moda y el ruido son la vida y el sistema solar. Poeta civilizado en extremo y, sin embargo, habitante de nuestro tiempo y de estas tierras que tienden a lo indomable, la forma de su poesía no es anacrónica y sí muy cuidada, natural y moderna. Es moderna porque no ignora que la poesía es forma y que vivimos en un tiempo que desacraliza las formas para terminar con todo sentido. Es natural y cuidada porque lleva el buen gusto en la sangre, porque respeta y no inunda a los otros; a ella se pueden aplicar estas palabras dirigidas por Fina García Marruz a la poesía de Eliseo Diego:
“Toda forma existe por cortesía, ya que la forma, en cuanto es autolimitación está al servicio del ser de las otras”.
Terredad es una palabra inventada por Montejo que engloba todo lo que supone estar aquí en la tierra. La terredad es la comunión de todo lo que comparte este milagro de estar en ella a bordo, casi a la deriva, por el sistema solar y en la galaxia: en el misterio.
Para Octavio Paz los árboles fueron esenciales: en un poema final, posterior a Árbol adentro, en los últimos versos se dice: “Árbol de sangre, el hombre siente, piensa, florece / y da frutos insólitos: palabras...
/ y mientras digo lo que digo / caen vertiginosos sin descanso, / el tiempo y el espacio. Caen en sí mismos. / El hombre y la galaxia regresan al silencio. / ¿Importa?
Sí— pero no importa: sabemos ya que es música el silencio / y somos un acorde del concierto”.
En la poesía de Montejo no abunda ni la palabra caída ni tampoco este concepto; en cambio, la tierra gira con los árboles en un tiempo inmemorial, donde todo es un acorde del concierto, aunque a veces los hombres disonemos: “La música de ser es disonante / pero la vida continúa / y ciertos acordes prevalecen”.
La escritura del autor de Alfabeto del mundo introduce una religión en el sentido que da el diccionario etimológico de Joan Corominas: un escrúpulo, una delicadeza en una época dominada por el culto al dinero. El poeta practica una religión que existe solamente el tiempo de lectura del poema y que por lo tanto obliga a sus creyentes a la frecuentación de poemas. Para el poeta venezolano el poema es un espacio creador de dioses fugaces que regresan. En ausencia de los dioses, la poesía renueva lo sagrado, hasta tal punto que es nuestra última religión.
Nuestro mundo actual, para Montejo, es ateo no porque descrea de Dios, sino porque descree del mundo: del misterio y del milagro.
La poesía de Paz expresa la vivacidad más acabada y completa, incluso, frente al fin y la caída: “Tengo hambre de vida y también de morir”, nos dice en un poema.
La poesía de Montejo no es una poesía de la vivacidad, es, en cambio, una poesía de la duración y de la vida: “Creo en la vida bajo forma terrestre”... “Mi mayor deseo fue nacer, / a cada vez aumenta”... “Creo en la duda agónica de Dios, es decir, creo que no creo,”... “pero no soy ateo de nada / salvo de la muerte.” “Poesía en un tiempo sin poesía” se titula el ensayo inicial de El taller blanco de Montejo que contiene la siguiente cita de Ungaretti: “Yo me pregunto: ¿existe todavía la posibilidad de un lenguaje poético?
Hoy el tiempo parece ser tan veloz que ya no existe posibilidad de relación entre tiempo y espacio, que ya no existe duración, es decir, que ya no existe la posibilidad de contemplación y, por consiguiente, de expresión de la poesía.”
Gracias a la poesía del venezolano podemos contestar a la pregunta del italiano, sin dormirnos en los laureles, con un sí atento y provisional. Hoy es necesaria la poesía de Montejo porque se opone a la prisa. Solo él ha sabido, por ejemplo, revelarnos que el canto del gallo es fruto de una lenta acumulación, del paciente goteo nocturno que va llenando el cuerpo del animal hasta estallar con las primeras luces. La poesía de Montejo nace de la contradicción entre una época plena de cosas y vacía de sentido. Es capaz de la contemplación y de vivir en la duración de la palabra poética. Montejo es un poeta que tiene fe en la resurrección de la memoria. De hecho, la poesía parece ser, para él, la música que trae de vuelta a los muertos. Según el poeta sevillano Francisco José Cruz: “Pocos poetas han logrado, como él, recuperar la función salvadora de la memoria, la capacidad de comunicarse con lo remoto y de ponerlo en relación con el instante”.
Pocos poetas parecen estar tan de acuerdo con estas dos afirmaciones de Octavio Paz: “La poesía no busca la inmortalidad sino la resurrección” y “La poesía no es la verdad: es la resurrección de las presencias”.
¿De qué manera los poemas de nuestro autor hacen posible la resurrección de los muertos? Diciéndonos, de diferentes maneras: “Vuelve a tus dioses profundos, están intactos... están cruzando mudos con sus ojos de peces al fondo de tu sangre.” Un poema en Montejo viaja en el tiempo de la sangre común.
En su poesía, como en la sobremesa de uno de sus poemas, los vivos y los muertos charlan horas sin saber quién vive todavía y quién está muerto. A veces parece que los dioses profundos son ellos, los muertos, que hablan con nuestros gestos, que circulan en nuestra sangre, que viven en nuestra vida y en nuestra memoria: “Estas voces que digo / han rodado por siglos puliéndose en sus aguas, / fuera del tiempo. / Son ecos de los muertos que me nombran / y me recorren como peces.” En un poema titulado “La terredad de un pájaro”, nuestro poeta nos dice: “La terredad de un pájaro es su canto, / lo que en su pecho vuelve al mundo / con los ecos de un coro invisible / desde un bosque ya muerto. / Su terredad es el sueño de encontrarse / en los ausentes, / de repetir hasta el final la melodía... / Desde que nace nada ya lo aparta / de su deber terrestre; / trabaja al sol, procrea, busca sus migas / y es sólo su voz lo que defiende, / porque en el tiempo no es un pájaro / sino un rayo en la noche de su especie, / una persecución sin tregua de la vida / para que el canto permanezca.” Para que el canto permanezca, trabajan los poetas como pájaros y los pájaros son vitales porque “si es musical la fuerza que hace girar el mundo, / no ha habido nunca sino pájaros, / el canto de los pájaros / que nos trae y nos lleva.” Vivimos una época dominada por el mercado y el precio. Así, una mesa está inerme pero viva y no puede hacer nada “contra el costo de las cosas, contra el ateismo de la cena”. El pan y el vino son sagrados, pero el que tengan un precio los desacraliza; la poesía de Montejo nos dice de una manera más delicada lo que nos dice brutalmente este aforismo de Machado:
“todo necio confunde valor y precio”.
De esta confusión nace el ateísmo de nuestra época, contra esta confusión lucha la poesía; revalorando las cosas que en otras sociedades son sagradas y gratuitas:
el tiempo, el aire, el agua...
La terredad de Eugenio Montejo no es materialista. Comprende a la materia pero entre la vela y la llama, el pájaro y su canto, los ojos y la luz, entre el cuerpo y el tiempo, pone el énfasis en la llama, el canto, la luz, el tiempo, pero sobre todo, cree que lo nuestro es: “la nada de donde todo se suspende”. Esto último recuerda la idea de Abel Martín de que la nada y no el todo es la verdadera creación de Dios, y también remite a esta frase del maestro de Montejo, Blas Coll: “La materia reposa en la nada como el hielo en el agua”.
Eugenio Montejo es un creador de poetas y tipógrafos. Blas Coll es su heterónimo, un reformador del lenguaje y las costumbres, un tipógrafo aficionado a las vocales y a la lluvia. Blas Coll es un discípulo tropical del estepario rabino de Carrión, Sem Tob, pero también un miembro del club universal de la literatura oblicua, de la hecha por criaturas poéticas, que nos revela mundos y verdades que en boca de sus autores, bajo su firma, no serían revelados. Montejo sabe que, paradójicamente, para descender al interior de uno mismo hay que apartarse del yo: inventar un personaje. No puedo separar a Eugenio Montejo de Blas Coll, como no puedo separar la literatura oblicua, o al sesgo, de la más directa, pero no puedo tocar aquí por más espacio a este maestro de heterónimos. Nuestro poeta comparte con Octavio Paz a Fernando Pessoa: árbol de árboles, ramificación fantasmal y laberíntica. Sé de buena fuente que Cuadrivio, donde viene el ensayo que nos descubrió a muchos a Fernando Pessoa, ápice de la literatura oblicua, es un libro que Montejo ha releído, como otros del autor de El arco y la lira.
El martes 2 de agosto de 2005, el poeta y ensayista venezolano Eugenio Montejo (Caracas, 1938) recibió el VII Premio Internacional de Poesía y Ensayo Octavio Paz. El galardón, cuyo nombre honra al autor de El laberinto de la soledad, ha sido otorgado a escritores como Gonzalo Rojas, Haroldo de Campo, Tomás Segovia y Juan Goytisolo. En esta oportunidad fue concedido, de forma unánime, por un jurado de 31 poetas.

lunes, 9 de junio de 2014

CAZA DE CITAS


Nota LB: Por casualidad, vimos una de las fotografías de Jaime Martínez (https://www.facebook.com/jaimemartinezfdez?fref=ts).  Y optamos por una de ellas para estampar a Montejo.

MONTEJO (1)

Ensayo
Cigarras, ranas, gallos y gorriones: la naturaleza cantante de Eugenio Montejo
Martha Canfield

Jamás he visto un ruiseñor,
amé otros pájaros,
cuidé sus nidos inocentes.
Crecí a la lenta luz del trópico
mirando las iguanas atar el arcoiris
a mi corteza.
EUGENIO MONTEJO, Terredad


Leer la poesía de Eugenio Montejo significa entrar en un vasto universo, plural, variado, a menudo sorprendente y hasta desconcertante, pero siempre sumamente seductor. El lector que entra en ese universo queda conmovido, mientras concuerda con la visión de una realidad que, a través de varias generaciones, encarna el presente más vivo. La poesía de Eugenio Montejo nos habla de una actualidad que es la de todos nosotros, habitantes conflictivos en el umbral entre dos siglos, que en poco tiempo hemos destruido tradiciones, costumbres, creencias seculares. La fragilidad de la criatura del siglo XXI es la de quienes ven eclipsarse una época y abrirse otra, con el consiguiente colapso de muchas certezas y con la apertura hacia horizontes que parecen ser al mismo tiempo - precisamente porque son muy nuevos - prometedores y desastrosos, estimulantes y peligrosos.
Hoy, cuando la evolución de la ecología, así como su difusión a nivel de los mass-media, está creando una "conciencia ecológica" cada vez más lúcida y emprendedora, la poesía de Eugenio Montejo nos llega con la fuerza avasalladora de una profecía y de una promesa. Conocedor de la rica herencia hispanoamericana, y en línea con los poetas fundadores de la modernidad vinculada al imperecedero canto de la naturaleza - de Ramón López Velarde a su admirado amigo Álvaro Mutis -, Eugenio Montejo se apre también a otros horizontes y se nutre de la gran poesía del siglo XX europea, de Saint-John Perse a Montale . Si López Velarde había reconocido en las espigas doradas del maíz el verdadero tesoro de México, por contraposición al negro y diabólico petróleo, y consideraba el canto del zenzontle como la voz más armónica de la naturaleza, capaz de dialogar e incluso de superar la voz del poeta humano, Mutis ha construido, a partir de la fauna y la flora de la "tierra caliente" de su infancia - o sea de la provincia colombiana del Tolima - una geografía simbólica, en la que memoria y proyecto espiritual se confunden, desengaño o desesperanza y teleología pueden convivir, confirmando la convulsión interior incesante en que vivimos. Inmediatamente después llega Montejo, y sus acacias y sus árboles como torres, a veces "góticos", otras veces estáticos e íntimamente sangrientos, junto con sus asnos, sus cigarras, con tordos y gallos, bueyes, ranas, hormigas, componen para el lector un paisaje inconfundible, tropical, vivo, que a medida que la ciudad trata de sofocarlo, se levanta y se transforma, se trasciende, para configurarse como paisaje del alma, primero íntimo y personal, vinculado a una memoria individual, luego colectivo y de época. He ahí entonces que la acacia di Montejo saluda al eucalipto de Montale, y su gorrión se pone a cantar en coro con la upupa montaliana. Y es por eso que en medio de la tierra abrasadora de los llanos puede aparecer la nieve; y la nieve puede ser «sónica» - es decir, tiene su música -, porque el paisaje de la memoria se vuelve alfabeto del mundo y cada uno de sus elementos un símbolo que le habla al ser humano de todos los tiempos - como a los lectores de Saint-John Perse o de Montale - de la ragione di vivere. Esa razón de vida que el poeta no se propone definir, pero que espontáneamente busca e inevitablemente comunica, incluso más allá de sus propios postulados. «Amo a la tierra», dice Montale, «amo a quien me la dio / y a quien se la vuelve a tomar». «Creo en la vida», dice Montejo, «bajo forma terrestre, / tangible, vagamente redonda, / menos esférica en sus polos, / por todas partes llena de horizontes».
No es superfluo subrayar entonces que esta tierra del sueño, capaz de ascender en la escala simbólica y hacerse mítica y universal, no nace de la literatura, como los famosos "paisajes de cultura" de Rubén Darío, sino de la realidad inmmediata de Venezuela, conocida y vivida por el poeta. Si el Orinoco puede limitar al norte con el "deseo", si cierta península, dibujada por el cartógrafo, puede tener un perfil de mujer tan verosímil que pareciera que habla, es verdad también que los mapas que los representan remiten a una geografía verdadera y tangible, en la que el sueño se ha encarnado antes de difundirse como leyenda y donde, por lo tanto, es posible creer aún en la felicidad. Es más, la felicidad puede existir solamente aquí, como ese paraíso llamado Manoa no ha estado jamás en otra parte. Esos mapas, nos asegura el poeta, «nunca mintieron»:
Esos mapas eran cartas verídicas de amor,
tatuajes de navegantes,
páginas puras para decirnos que la vida
sólo es eterna en esta orilla del Atlántico.
(Mi país según un antiguo mapa, TA)
En esta tierra todavía es posible dialogar con todas las criaturas, animales y plantas. Los árboles hablan poco porque meditan mucho, y los pájaros, como a veces el tordo negro, saben interpretar su pensamiento transformándolo en canto. El poeta, en cambio, es la dramática criatura que atestigua un paraíso vivo pero prohibido, mundo ideal del cual nos queda la nostalgia, aunque la memoria lacerada no logre recuperar sino en parte y de modo muy vago:
Hoy, por ejemplo, al escuchar el grito
de un tordo negro, ya en camino a casa,
grito final de quien no aguarda otro verano,
comprendí que en su voz hablaba un árbol,
uno de tantos,
pero no sé qué hacer con ese grito,
no sé cómo anotarlo.
(Los árboles, AP)
El poeta es un interlocutor limitado, que ha perdido en parte las prerrogativas que tenía, y que sigue perdiéndolas en el proceso - ya incontenible - de urbanización del planeta, con su trágico revés de sofocamiento de la naturaleza. No obstante, él está en condiciones de percibir el vínculo entre el mundo natural y la esfera de lo trascendente, acaso porque la arrogancia cada vez más difundida no lo ha enceguecido del todo. La poesía de Montejo es un diálogo constante con los animales más humildes de la naturaleza - pobres bestias de carga, insectos insignificantes, en los cuales se reconocen las huellas de un recorrido trascendental que, más allá del sentido kantiano del término, se puede denominar "camino", "vía" o más específicamente "tao", como en efecto ocurre alguna vez.
La hormiga, por ejemplo, que no viene de la tierra, como banalmente se podría pensar, sino de «remotas estrellas», comparte el alimento humano comiendo las migas, a veces amargas, que quedan en la mesa, porque así debe ser en el orden de las cosas, en la visión taoísta propia del autor.
«Taoístas» son asimismo las ranas, y el coro de su croar está hecho de una sola vocal espléndida. O bien, dicho de otro modo, una única vocal es lo que logra captar el pobre poeta. Ella borra por un instante el enigma del mundo e impregna quien la escucha de «la máxima grazia» (Las ranas, AM).
El asno y el buey, ejemplos de solidez y firmeza, que mediante la gran capacidad de soportar que poseen podrían comunicar una inocente fe en ese orden de las cosas ansiado por el hombre, se le aparecen a Montejo como criaturas besadas por la gracia divina, siempre en armonía con el mundo que las rodea, guardianes de secretos lenguajes esenciales que el hombre ya no es capaz de descifrar, aunque el poeta pueda intuirlos. El asno es capaz, con sus «largas orejas» de escuchar todas las músicas; y «los golpes de Dios», ya percibidos por Vallejo, los acepta humildemente, los recibe y hasta los guarda en su «baúl de mariposas», maravillosa e insólita metáfora del cuerpo; «y no se queja nunca», nos asegura el poeta (Honor al asno, ASXX). Ejemplo conmovedor de estoicismo, acaso el asno, como se dirá también del tordo, es otro mensajero del «sueño presocrático», que nos llega a través del tiempo milenario de la estupidez humana, para recordarnos que en algún momento supimos escuchar.
Al buey, que «va arando el tiempo, no la tierra» y por lo mismo es «sabio, profundo, demorado», se lo reconoce como «maestro cuadrúpedo», que interpreta y transmite «el habla porosa de las piedras», donde el adjetivo poroso subraya la existencia del organismo igualmente frágil de las piedras, a través del cual se genera y se transmite la función vital del lenguaje (v. El buey, AM). El buey, también él taoísta, intérprete de la paradójica e inverosímil vitalidad de la piedra, es por ello mismo capaz de grabar los signos del tiempo sobre el rostro humano, si el hombre a su vez es capaz de escuchar su lección profunda y lenta, como el «tardo paso de las nubes».
Pero, en realidad, en la escala simbólica de Montejo, los animales privilegiados son tres: la cigarra, el gallo y el gorrión. A la primera le dedica un poema largo que da título a todo el poemario, Partitura de la cigarra (1999). La define «la maestra de Orfeo» y la «reina-maga», y rechaza las tradicionales acusaciones de ociosidad que se le han dirigido por contraste con la laboriosa hormiga, antes que nada porque en el trópico, donde no hay estaciones que dividan el año y los ciclos del trabajo y el reposo, la cigarra canta todo el año. Lo que ella canta, según el poeta, es aquello que los hombres deberían aprender a apreciar, e incluso venerar: «el milagro / de habitar este mundo» (Partitura de la cigarra, PC, Canto VI). El poeta escucha su canto, recibe su mensaje y sueña que podrá cantar lo que ella canta. A través del corazón del poeta, el canto de la cigarra se renueva y sigue viviendo. El cuerpo de la cigarra es perecedero, como el cuerpo del poeta; el canto de ambos, en cambio, permanece en el tiempo y uno es la continuación del otro si - como debe ser - se establece un diálogo entre las distintas criaturas que saben y que pueden cantar y celebrar el don precioso de la vida:
[...]
el canto es ella misma,
está atado a su cuerpo como un ala.
Hacerlo oír, traerlo aquí a la tierra,
a quienes ya no están pero lo oyen
y a quienes más tarde no estaremos,
prodigarlo en el mundo es su trabajo.
Siempre tendremos más canto que cigarra,
(se gasta el cuerpo en breve,
desaparecen ojos, alas, sombras,
pero nos queda intacto lo cantable),
siempre tendremos más tierra que existencia
y más canto que tierra
y más ausencia que nostalgia.
(Partitura de la cigarra, PC)
El gallo, que como la cigarra es más canto que gallo (v. Il canto del gallo, AM), difunde en todas partes sus notas de incontenible armonía. «El canto está afuera del gallo», y dentro de su frágil y pequeño cuerpo hay vísceras perecederas y sueño imperecedero. Su sueño, como su canto, es lo que él transmite al hombre y sobre todo a quien, entre los hombres, es capaz de dialogar con él, o sea, el poeta. Su sueño, como su canto, está asociado al drama que se cierne sobre la humanidad de fines de milenio: el proceso de urbanización que ha destruido los campos y ha condenado al gallo al silencio. No obstante, si el gallo - como el poeta -perece, el canto no puede perecer jamás. Porque el eco de la voz del gallo seguirá oyéndose, sobre todo, precisamente, en medio de la catástrofe creada por el desarrollo urbano:
No hay campos cerca, sino edificios, ruidos urbanos,
la religión del dinero con sus máquinas...
¿Dónde se esconde el eco de ese canto
que se quedó sin gallo,
que no cuenta con patios ni verdores?
(Canto sin gallo, PC)
El gorrión, por fin, pequeñísima ave de canto tan dulce, como los otros animales citados, es símbolo de la voz musical del poeta, aunque en este caso es mucho más: es el canto mismo, es el «canto sin cuerpo» . El gorrión es el canto per antonomasia, el alma del poeta, la voz de mañana y la esperanza de hoy:
El cuerpo se hunde en tierra cuando muere
y el gorrión permanece:
de un canto a otro va rodando [...]
(Anatomía del gorrión, PC)
Escuchar los cantos de las criaturas es un deber moral; transmitirlos a través de las técnicas del poeta es una tarea noble y necesaria. Tal vez detrás de estas voces que no deben perecer, están los dioses profundos, y esa voz secreta que ordena el universo filtra a través de ellos una especie de sussurro, una respiración constante que sostiene el canto, la música de las esferas. El animismo panteísta de Montejo, en heroico contraste con el materialismo y el utilitarismo cada vez más dominantes, restituye al desencantado lector del tercer milenio un significado y una razón de vida. Guiados por las voces persuasivas de sus pequeñas y magníficas criaturas, nosotros sus lectores sentimos que nos reconciliamos con la naturaleza que tanto hemos descuidado y maltratado, entramos también nosotros en el vivificante diálogo cósmico que el poeta nos revela. Así llegamos a sentir el movimiento mismo de la tierra que gira y las voces eternas que la pueblan, sobreviviendo al tiempo que cancela y a la sorda urbe que aniquila:
Sentir. La tierra que gira porque siente
el espacio estrellado. Y el mar y el mundo
y el minúsculo tallo de la hierba.
Sentir el tiempo cayendo gota a gota,
desesperadamente.
(¿Qué siente mayo, qué siente el color verde?)
Sentir la lluvia y su tambor de piedra
y la naranja en su planeta solitario
lleno de aromas amarillos.
Sentir más cerca, dentro y fuera del cuerpo,
con lo que queda en él de nuestros padres;
oír sus voces llamándose en la nuestra.
(¿Qué siente la nube en la ventana,
cuando los ojos la detienen?)
Sentir. Los astros más y más se redondean
gravitando en sus azules sentimientos.
Sentir, sentir a pesar de la ciudad,
contra los vahos de su anestesia,
con la infancia que aún corre por la sangre,
con la magia del sueño;
apartar de la carne sus viejos bueyes de opio
hasta que se despierten.
(Sentir, AM)
Detrás o dentro de las cosas, en los seres, en las voces universales palpitan siempre vivos «los dioses profundos», de los que tenemos tanta necesidad. Y aunque hayamos perdido todo, ellos estarán allí para acogernos. «Están intactos», asegura el poeta, y en el centro de su llama vital esperan por nosotros. «Ningún soplo del tiempo los apaga». Lo que tenemos que hacer es descifrar sus voces en medio de las voces que nos rodean, lo que tenemos que hacer es escuchar! (v. Vuelve a tus dioses profundos, TER).
Y si acaso se hubieran vuelto mudos, su eco habrá quedado intacto, circulando en nuestra sangre, como el canto del gorrión en el aire.
(*) Martha L. CANFIELD (Montevideo, 1949) catedrática de Lengua y Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Florencia. Ha publicado libros y monografías sobre López Velarde, Rodó, Ramos Sucre, Quiroga, Borges, Mutis y García Márquez. Es autora de una antología de cuentos hispanoamericanos (Donne allo specchio, 1997) y de dos antologías de poesía (Voces y luces, 1998; y Poesia spagnola e ispanoamericana («La Biblioteca di Repubblica», 2004). Ha traducido al español a Pasolini, Bufalino, Edoardo Sanguineti, Valerio Magrelli, Paolo Ruffilli. Ha editado en italiano a Idea Vilariño, Carlos Germán Belli, Jorge Eduardo Eielson, Álvaro Mutis, Mario Benedetti, Rafael Courtoisie Márgara Russotto, Eugenio Montejo, Juana Rosa Pita. Es autora de cuatro poemarios en español: Anunciaciones (1977), El viaje de Orfeo (1990), Caza de altura (1994) y Orillas como mares (2005); y cuatro en italiano, Mar/Mare (1989), Nero cuore dell'alba (1998), Capriccio di un colore (2004) y Per abissi d'amore (2006); y de la antología, Poemas (1997).
Fuente:
http://www.auroraboreal.net/literatura/ensayo/194-marthacanfield

MONTEJO (2)

EL NACIONAL, Caracas, 25 de agosto de 1997
A fuego lento con ... Eugenio Montejo
La poesía siempre tuvo su Internet
A los poetas no se les perdona nada, ni siquiera la muerte, como acertadamente lo dijo Vladimir Holan. En los tiempos que corren los vientos no están a su favor. A eso se le suma el cautivador influjo de los medios audiovisuales. Sin embargo, el fin de siglo está demostrando que el abandono vivido está por terminar. Y eso se le debe que agradecer a hombres de letras que como él, que se acercaron a la creación literaria como quien anhela las cosas profundas. Montejo fungirá desde hoy como presidente del jurado del V Premio Internacional de Poesía Pérez Bonalde
Rubén Wisotzki - Efraín Corona 

Para conversar con él es necesario pactar con la palabra. Hay que reunirse previamente con ella, decirle cuánto se la quiere y respeta, aceptar sus condiciones, saberla útil, justa. Se debe, incluso, temerla. Quien le mienta ha de saber que corre peligro en la noche, cuando la soledad es una multitud y el silencio el único ruido del lugar. El osado será castigado con tal mudez que ni el corazón podrá articular un sentimiento. Pero aquel que la trate con sinceridad verá que ella le dejará un lugar a su lado y lo colmará de metáforas, símbolos y adjetivos divinos.
Para conversar con él es necesario pactar con la palabra. Autor de libros legendarios como Terredad o Alfabeto del mundo , es el presidente del jurado del V Premio Internacional de Poesía Pérez Bonalde, galardón que se otorga en el marco de la VI Semana Internacional de la Poesía de Caracas.
Para conversar con Eugenio Montejo es necesario pactar con la palabra. Porque él ya pactó con ella.
- Al hablar de la poesía en Venezuela es ineludible el mencionar su nombre .
-Tengo 58 años, voy para los 59 ya, y estoy en esto desde los 15 años. Cuando se tiene esta edad y este trabajo, los más jóvenes suelen tomarlo a uno como una referencia. A mi entender es una cuestión de edad más que de méritos.
- ¨ Y después de tantos años qué le ha dejado la poesía ?
-Nunca me he planteado que me dé o me quite. Me acerqué a ella sin saber, como se acerca uno a las cosas profundas. Y sentí que siempre había estado allí, mucho antes de nacer. La poesía me ha dado una cierta comprensión del mundo y de los seres. Con esto digo que la condición del poeta en la vida moderna no es nada fácil. Cuando a mí se me acercan muchachos con sus primeros versos les hago recapacitar en torno a lo que están haciendo, a la vida azarosa del poeta. Hay que tener una vocación muy probada. Más que de talento estamos hablando de voluntad. Les repito siempre una frase de Vladimir Holan, uno de los grandes poetas de este siglo: ``Al poeta no se le perdona nada, ni siquiera la muerte''.
-Pareciera que están hablando de un castigo . . .
-No es tanto un castigo, es más bien un convencimiento. La poesía en este siglo no tiene el viento a su favor. Lo tuvo en otras épocas. A comienzos de siglo, por ejemplo, tuvo una audiencia mucho mayor. La fascinación de los medios audiovisuales hoy ocupa un primer plano. La poesía va quedando eclipsada. Pero eso será algo momentáneo.
- Pero ya hay poetas en CD . ¨ Cree en esa aproximación de la poesía a los nuevos medios ?
-Sí, claro. Todos esos medios serán tomados por la poesía y llegarán a la poesía. De eso no tengo ninguna duda. Por ejemplo, la televisión, esa que ahora horroriza, es juzgada muy joven. Tiene poco más de 50 años. Es demasiado pesimismo el suponer que en el futuro no servirá para otra cosa. El medio se prestará para dejar oír la palabra del poeta. Por eso hablo de eclipse. Y como digo una cosa, digo la otra: el fin de siglo nos está dando la pista de que ese abandono de la poesía está comenzando a ceder. Lo ves en las audiencias masivas de los festivales contemporáneos, algo que no se veía antes. Estoy llegando de participar en un festival de Medellín, y en un día, a la misma hora, había seis lecturas de poemas en seis salas de la ciudad, y las seis estaban llenas. El eclipse está cediendo...
-Puede deducirse entonces que el venezolano es muy osado, porque aquí lo que sobra son poetas : quien publica un libro ya es considerado poeta, a cualquier persona que escribe bien se le llama poeta .
-Algunas personas de otras partes han observado la generalización que aquí se hace de la palabra poeta. Mi amigo, el poeta argentino Raúl Gustavo Aguirre, ya muerto, lo observó alguna vez. A pesar de las observaciones que se le hacen a un muchacho, es algo inevitable. ``¨Tengo 16 años y quién me puede impedir que lo haga y que me crea parte de la fascinación de la poesía?'' Es el fuego que atrae. Yo pertenezco a la generación del 58, éramos muchísimos, pero, ¨cuántos perseveramos?
- ¨Pero hay tantos poetas en Venezuela ? ¨ Cuántos poetas rescata usted ?
-No se olviden que estoy presidiendo un jurado. Debo ser muy cauto en mis apreciaciones. Veo sí una continuidad muy marcada de la poesía del 18, que es la poesía fundadora de la modernidad. No podemos juzgar a los poetas de los 80, pero sí veo una continuidad muy satisfactoria en poetas que tienen 35, 40 o 50 años. Es inevitable que muchos jóvenes con los recitales y los talleres quieran escribir poesía.
- Pero usted no cree mucho en los talleres . En ``El taller blanco'' usted comenta que su único y verdadero taller fue la panadería donde trabajaba su padre, ese ambiente todo enharinado . . .
-Sí, es cierto. Pero una vez participé en un coloquio de literatura venezolana y se pusieron los talleres en la picota. Para los radicales se estaba uniformando la escritura. Lo llamaban ``la talleritis''. Para otros era algo muy bueno. Yo me incliné por algo ecléctico, no por comodidad, sino que veo que en una ciudad como la nuestra, en la que no existe siquiera la tertulia literaria, estos talleres, bien guiados, pueden suplir a la tertulia y servir de estímulo. Así defiendo al taller. Ahora bien, que un muchacho crea que por ser participante de un taller va a ser poeta o narrador, está errado.
-¨ Existe una poesía venezolana ?
-Es una pregunta difícil. Me la han hecho y me la hice muchas veces. Trabajamos dentro de una lengua y nos comunicamos con la historia de la lengua. A mí me importa tanto el castellano del siglo X y el castellano de ahora. Sé que son mis raíces y sé que dentro de eso existen familias lingüísticas. Además, nuestro paisaje es muy distinto de otro. Todas estas cosas y muchas más te van determinando. Tenemos 500 años haciendo un país y aún no nos damos cuenta de la forma que tiene.
- Concentrémonos por ahora en 58 años . ¨ Qué tiene de venezolana la poesía de Eugenio Montejo ?
-Vivo en mi lengua. Poetas como Fray Luis de León, Quevedo, los poetas de la modernidad, a todos ellos los inscribo en la poesía venezolana, en la tradición de mi lengua y, muy especialmente, en la generación del 18 como fundadora de la modernidad.
- ¨ Y qué le dio Portugal, un país tan poético, a su poesía ?
-Los portugueses tienen una escuela poética muy importante. Yo fui a Portugal con una obra en parte realizada. Y uno lo que está buscando es consolidarse.
- Buscando sus propias fronteras . . .
-Las fronteras geográficas y políticas son una, las fronteras literarias son muchas. El Premio Nobel ruso, Joseph Brodsky, en un ensayo acerca del otro Nobel, Derek Walcott, combate el criterio del centro y las periferias. Dice que con Walcott no existen las periferias, porque basta que un hombre se conecte con un idioma para que ya esté en el centro. Es algo bellísimo, ¨no? Walcott es de Santa Lucía y estudió en Trinidad, muy apartado del mundo académico inglés, pero es uno de los grandes poetas de la lengua inglesa. Es como si se hubiera conectado con sus palabras a una red eléctrica...
- Una suerte de Internet .
-Y que toda la vida existió. La poesía siempre tuvo su Internet, siempre anduvo en él.

Fotografía: Babelia / El País, Madrid.

sábado, 31 de marzo de 2012

NOTICIERO RETROSPECTIVO









- Eugenio Montejo. "Solamente poesía". El Nacional, Papel Literario, Caracas, 04/08/96.
- R. J. Lovera de Sola. "Alejo Carpentier en Venezuela". El Nacional, 17/10/77.
- Alejandro Otero. "Los dioses de Degas". El Nacional, PL, Caracas, 15/02/98.
- Oswaldo Vigas. "Pascual Navarro colecciona muñecas". Elite, Caracas, nr. 1791 del 16/01/60.
- Luis Beltrán Prieto Figueroa. "Pido la palabra: el habla popular en Margarita". El Nacional, 21/08/79.

Fotografía: Reportaje al pintor Feliciano Carvallo, de Luis Buitrago Segura y fotos de Luis Noguera h. Momento, Caracas, nr. 185 del 29/01/60.

miércoles, 26 de enero de 2011

poema cinco


He bajado millones de escaleras dándote el brazo
y no porque cuatro ojos puedan ver más que dos.
Contigo las bajé porque sabía que de ambos
las únicas pupilas verdaderas,
aunque muy empañadas eran las tuyas.

Eugenio Montale

Ilustración:
Patricia Van Dalen
Fragmented Light. 2011.
Intervención de cuatro paredes, entre el tercer y cuarto piso, del MLC-UGA. Athens, Georgia, US.
Cintas adhesivas sobre la pared
("Robado" del Faceboo de PvD)

jueves, 10 de junio de 2010

Recordando a Montejo




La poesía cruza la tierra sola, apoya su voz en el dolor del mundo y nada pide -ni siquiera palabras. Llega de lejos y sin hora, nunca avisa; tiene la llave de la puerta. Al entrar siempre se detiene a mirarnos. Después abre su mano y nos entrega una flor o un guijarro, algo secreto, pero tan intenso que el corazón palpita demasiado veloz. Y despertamos.

Eugenio Montejo (Caracas,19 de octubre de 1938 - Valencia, 5 de junio de 2008) fue un poeta y ensayista venezolano, fundador de la revista Azar Rey y co-fundador de la Revista Poesía de la Universidad de Carabobo. Fue investigador en el Centro de Estudios Latinoamericanos "Romulo Gallegos" de Caracas, y colaborador de una gran cantidad de revistas nacionales y extranjeras. En 1998 recibió el Premio Nacional de Literatura y en 2004 el Premio Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo. Uno de sus poemas es citado en la película 21 gramos, del director mexicano Alejandro González Iñárritu

EL OTRO

MIRO el hombre que soy y que vuelve;
he leído en Heródoto su vida;
me habla arameo, sánscrito, sueco.


Es miope, tardo, subjetivo;
yerra por calles que declinan
hasta que el horizonte lo disuelve.


Conozco sus muertes en el Bosforo,
sus túmulos en Creta,
los sollozos en un portal oscuro
por una mujer muerta en la peste.


Llama a todas las casas de la tierra;
cambia dolor por compañía,
hastío por inocencia,
y de noche se acerca a mi lámpara
a escribir para que las nubes amanezcan
más al centro del patio,
más cerca del país que nos espera

EM

EL NACIONAL - SÁBADO 13 DE ENERO DE 2007 P/1 Papel Literario
Poesía de Eugenio Montejo
Fábula del escriba es el reciente poemario de Eugenio Montejo (1938) que la Editorial Pre-Textos acaba de poner a circular en España. Poesía sosegada, honda y de estructural musicalidad, éste bien podría ser el conjunto más depurado de cuantos ha publicado el autor hasta ahora. No sólo en lo que respecta al limpio tratamiento de sus temas de siempre, sino al fino humor que late en los últimos poemas del libro


Fábula del escriba
Que no se valga la araña de mi mano y permanezca sola en su silencio tejiendo su tela solitaria.

Conozco demasiado sus vocales, –las ocho vocales de sus patas, cuando cierra mis dedos desde lejos y empuña aquí sobre la mesa su lápiz.

Que no escriba por mí desde otro mundo ni con mi insomnio hile la urdimbre de su cábala.

¡Hay ya tanto misterio aquí en la tierra, tantos arpegios en busca de algún arpa! En fin, que no disponga de mis letras con su astucia de geómetra para cifrar sus jeroglíficos, ya basta.

Y tú, pequeña abeja que, de pronto, llegas en pos del polen alfabético, recoge aquí cuanto estos signos puedan darte, pero elude las voces de entrelíneas, las mentiras del mundo y sus cantos arácnidos...

Oh, sor amiga, acuérdate de Ulises, hay sirenas que cantan por el tacto.


Lejos, allá en el siglo XX
Lejos, allá en el siglo XX, entre sus crueles días, cuando Holan, el checo, afilaba la espuela de su gallo para que hubiera un canto, un canto audible aun en las estrellas, un largo grito seco, subitáneo, contra las sombras de la noche y por su patria.

Lejos, cerca de Praga, en medio de la nieve, cuando su ronco gallo cantaba en griego sus acordes de quinta, Holan, insomne, al lado de su lámpara se encomendaba a Hamlet y con su príncipe y su gallo, junto a la llama de aquel grito y la chispa de sus espuelas, iba encendiendo cigarro tras cigarro...
Caracas en el azul de enero
Ojos donde se embriagan los colores del Ávila, pupilas que se elevan con el día, cuerpos que van, que vuelven, del norte al sur, al centro, de un antiguo rumor a sus palabras, de las palabras al errante deseo...

Cuerpos que flotan en esta luz de enero cuando el sol es azul sobre Caracas, ensueños de avilógrafo que vive a varios palmos de su sombra terrestre, miradas que nos cercan con veloces embrujos detrás de las pestañas.

Caracas bajo el viento de este enero y los silencios de sus nómadas nubes, cuando la orquídea perfuma su recuerdo de los poetas que la amaron.

Caracas con la primera lluvia del milenio por efímero traje, y en torno el ruido remoto de un tranvía donde mis padres paseaban una tarde.

Los dos a bordo en un viaje sin horas sobre los rieles paralelos del paisaje, allá lejos, fuera del tiempo y del espacio...

Y yo mirando desde el balcón abierto, hoy que despliego el mapa de sus sueños entre mis manos y el azul de la montaña.


La lluvia afuera
a Elisa Lerner
Oigo la lluvia afuera, trabajando, toda la noche en vela, sin reposo, la alfabética lluvia que siempre escribe a máquina.

Insomne insiste, más rápida, más lenta; si acaso se interrumpe es por un trueno, pero no miente.

Oigo incesante el sordo golpeteo sobre las piedras, como si cada gota viniese a decir algo que la lluvia hasta ahora no recuerda.

Ya lleva tantas horas abstraída, ordenando sus páginas; tal vez glose un fragmento de Tucídides, tal vez una novela de muchos personajes...

Se muestra tan tenaz, como si el mundo precisara su ardor para salvarse.

Suenan las teclas puntuales, obsesivas, en las puertas, los techos, las ventanas, y dentro de uno mismo, en las imágenes de ocultos sueños fragmentarios, sin que sepamos lo que dice, si algo dice, ni por cuál tomo va, ni de qué trata...


Tigres
A Yolanda Pantin
Aunque los contemplemos noche y día, escribir sobre tigres nunca es fácil.

No pertenecen a la tierra, son demasiado siderales.

Rugen aquí, pero el estruendo de sus ecos resuena con más furia en otra parte.

de inmediato coliden nebulosas, caen chispas, rocas, truenos amarillos que en su piel graban rayas y relámpagos...

Aunque nos acerquemos con el látigo del domador, bajo la carpa de algún circo, escribir sobre tigres nunca es fácil.

Se ven allí delante y están lejos, a muchos años luz de esta galaxia.

Después concluye el número, salimos palmoteando sus cuerpos, y al saludar en medio del asombro estalla el júbilo al instante, pero los aplausos se forman allá arriba, en las constelaciones más lejanas.


Un bar destartalado
A Vasco Szinetar
Aquí las horas nos llevan en un barco que aunque despliegue al viento su velamen jamás ha de llegar a ningún puerto...

Un barco ya sin mar, anclado en seco, cuyo horizonte fue doblado en pliegues con las manchas del último ocaso.

Las mesas charlan solas en el fondo sobre esos viejos lugareños que no se han vuelto a ver ni en los espejos.

La única música que se oye tras el tenue zumbido de las moscas se lleva lo que queda de esperanza.

Sólo mi sombra está conmigo adosada a este muro y, como siempre, bebe demasiado.

Nosotros dos y esta botella de ojos verdes, de soledad tan compasiva que sobrevive a todos los naufragios.


En el metro
Con veneciana luz que, de improviso, rompe en canales, góndolas y espumas, contemplo un rostro en un vagón de metro...

Unos ojos, su risa, los cabellos, unos senos, su cosmos palpitante, la sortija, la boca, sus palabras, que ya tal vez van a dejarme para siempre, ya mismo o luego, en cualquier punto de la ruta donde este viaje nos aleje.

Un rostro con el fugaz azoro del destino que aquí miran mis ojos lo que dure este instante.

¿Quién eres, quién no eres, amor mío, veloz madona de otros ámbitos, en rumbo hacia un país que desconozco? Un veneciano azar en nuestras vidas aquí nos junta por una vez en tránsito.

Aquí, en el agua sorda de los príncipes, nuestras góndolas de súbito se acercan, hasta juntarnos un mínimo momento como dos pájaros posados en un mástil que nadie sabe si volverán a verse.


Pavana
A Gustavo Guerrero
Pavana para mi vida aquí en la tierra, en esta tierra que no atormenta con la muerte, sino con la belleza.

Pavana que celebra cada instante y su prodigio, cuando nace una gota de verde en la rama del junco y otra gota de luz en el pico del pájaro, aquí y allá y en todas partes, al unísono.

Pavana para el mundo que se abre en su milagro, el antiguo milagro que siempre nos sorprende, éste que me habita aquí donde me encuentro, el que trae a mis venas sus coros de música y corre con el agua y ríe entre las piedras.

Pavana para el sapo que llega aquí a mi lado, croando tan ronco a orillas del paisaje.

El mistagogo de las ciénagas con sus ojos ya viejos, llenos de tanta noche, y la torpeza fláccida en la carne, siempre a la espera en la densa penumbra hasta que la luna se encienda en el agua.

Sea también para él esta pavana cuando viene a croar por mis días en la tierra, en esta tierra que no atormenta con la muerte, sino con la belleza.


Pavana del trastiempo
Quizá sea tarde para vivir esto que vivo y más que tarde para no vivirlo.

Me extravié no sé dónde, iba a otro mundo, seguí la lumbre de una estrella errátil.

Quizá viví en un año pocos meses y en cada uno de mis meses pocos días, se me hizo tarde por siempre y para todo.

Debí llegar en otro siglo, en otra era, cualquier regreso en esta hora es imposible, pero, quién sabe, tal vez sea éste el otro siglo y esté viviendo en ambos, sin saberlo, y por eso ya es tarde sin ser tarde, no me he extraviado nunca ni mi estrella mentía, –las estrellas no mienten.

También es cierto que te amo, lamparita, aunque amenace el dios que a solas, desde siempre, nos enciende y apaga.

Y es verdad que estoy vivo porque te hablo al oído y, sobre todo, porque puedo no estarlo, pero tal vez eso lo diga algún acorde en el laúd de otra pavana.


Pavana de otro mundo
Y cuando la tierra ya gire en otro mundo, sin rastros de nosotros, y se aleje flotando con sus bosques, colinas y paisajes; cuando gravite a solas cada uno en su vacío, del brazo de su sombra o de su eclipse, sin saber nunca a qué remotas nubes nos acercan los últimos ocasos.

¿En qué ámbito erraremos, desasidos, acaso ya disueltos en pequeñas partículas volátiles? ¿Y hacia dónde nos lleva tanta embriaguez sin término de magnéticos giros, este nacer y desnacer para ser hombre y sombra en la intemperie inabarcable? Allá, lejos de todo, algunos astros caen como hojas secas en el abierto espacio ya sin límites.

Y nuestra arca redonda ha de seguir errante llena de cuanto fue nuestra ceniza y la ceniza azul de las palabras, mientras quizá se apaguen o se enciendan –pero ya sin nosotros-tenues filas de lámparas...

(APUNTES DE MFSG)