Mostrando entradas con la etiqueta Monarquía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Monarquía. Mostrar todas las entradas

viernes, 25 de mayo de 2018

CARCASAS DE LAS VIEJAS EMOCIONES

EL MUNDO, Barcelona, 30 de abril de 2018
EL RUIDO DE LA CALLE
Podemos: IU es la carcasa del PCE
Raúl del Pozo

El PCE, esencial en el advenimiento de la Transición, ha decaído hasta un discreto protagonismo. El nuevo secretario general, Enrique de Santiago, ha enmendado la postura del PCE en los tiempos de Santiago Carrillo y habla de la Monarquía como una institución antidemocrática e ilógica. Es un pragmático, intenta incorporar a la bandera roja los matices del feminismo y el ecologismo, pretende hacer un partido dinámico, pegado a la gente, que organice el descontento. Cree que a IU le sienta bien Podemos y que no hay ningún problema entre las dos izquierdas. Los aparatos, ahora, aspiran a que las siglas se vayan disolviendo en un movimiento popular.

Los medios y las redes hablan del desvanecimiento de IU, entrampada con los bancos, sin acceso a los créditos; además, con el peligro de ser engullida por Podemos. Desde el partido morado, algún malvado me dice que IU es simplemente la carcasa del PCE. "Sólo es una marca que envuelve el esqueleto de lo que fue aquel gran partido".

Este fin de semana, Alberto Garzón -que viene de la cosecha de indignados, no de Sol, sino de Málaga- reunió a los responsables de las federaciones para abordar un nuevo modelo organizativo: intentan dejar de ser una formación clásica y convertirse en movimiento. Algunos insobornables comunistas culpan a Garzón de querer cargarse el partido disolviéndolo en Podemos. Él se defiende argumentando que IU tiene su propia hoja de ruta y que va al encuentro del electorado de izquierdas en las próximas elecciones. A pesar de sus aclaraciones, le siguen acusando, no sólo de haber perdido el perfil ante Podemos, sino de liquidacionista, al provocar la voladura del PCE.

Ya recordarán lo que pensaba Sartre: "Todo anticomunista es un perro rabioso". También se sospechaba, ya entonces, que los verdaderos anticomunistas están en el partido. "Provocar hoy el suicidio de IU, incluso su hibernación como círculo rojo de Podemos -ha escrito Llamazares-, no sólo es una tremenda injusticia, es un grave error político, porque desmovilizaría y mandaría a la abstención a una buena parte de la izquierda". Un dirigente del PCE me dice: "IU y Podemos han transformado el talante fundacional del 15-M en prácticas de aparato. Van detrás de la gente. Hay un republicanismo espontáneo que cada vez engancha a más descontentos. Se ha perdido el control democrático y nadie se fía de nadie. La crisis de los partidos ha devenido en crisis de representación. Ahora, nadie se quiere dejar representar". El viejo luchador recuerda el poema de Shelley que inspiró a Marx: los partidos empiezan a verse como sanguijuelas de un país arruinado.

Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2018/04/30/5ae5f95f268e3e254b8b459c.html
Cfr.
Federico Jiménez Losantos: PODEMOS entierra al PCE: http://www.elmundo.es/opinion/2018/04/30/5ae5a28be5fdeacf278b4624.html
Fotografía: Michel Foucault y Jean-Paul Sartre, Paris, 1968: https://www.pinterest.com.mx/pin/713328028453126187/

domingo, 26 de febrero de 2017

LA MÁS ELEMENTAL COMPARACIÓN

El curioso caso de una monarquía republicana
Luis Barragán


Desde 2011, las investigaciones del llamado caso Nóos comprometen a Iñaki Urdangarin, esposo de la hija del otrora rey Juan Carlos de España. Recientemente, ha sido condenado a un poco más de seis años de cárcel, afincadas las cámaras noticiosas sobre el regreso de la infanta Cristina a Ginebra, varias veces cuestionada – incluso – por el costo de mantenimiento que su propia seguridad implica en la localidad suiza.

Lejos quedaron las amables reseñas de las revistas frívolas, por cierto, las que fueron tan cotizadas en la Venezuela saudí.  Por mucho que perteneciera al circuito de la realeza, el asunto no escapó del estrado judicial y, además, el propio rey,  igualmente señalado por una divertida cacería de elefantes en África, finalmente abdicó a favor del príncipe de Asturias.

Del hecho estamos astronómicamente más distanciados los que habitamos la República Bolivariana, donde campea la impunidad, admitido el tsunami de la corrupción por los mismos gobernantes de todos estos años. No hay ni habrá juez que se atreva a dar un paso importante y ejemplificador en la materia, como difícilmente un medio de comunicación pueda sobrevivir al referirse aun a la más liviana vicisitud e inquietud que los vástagos del poder naturalmente provocan.

En el Reino de España, por lo visto, existen menos privilegios, una convincente división de los poderes y una mayor libertad de prensa para ventilar los más espinosos problemas que atañen a un destino compartido. Puede decirse, de una curiosa monarquía republicana al compararla con el califato que se ha impuesto de hecho entre los venezolanos, relegada la Constitución a la ornamentalidad de estilo.

Toda una paradoja que también invita a una reflexión actualizadora de los sistemas políticos, pues, no siendo partidarios de la monarquía, sentimos que faltan perspectivas y categorías que sinceren nuestras realidades. Valga acotar, con todas sus fallas, la Constitución ibérica los tienta a una reforma que olvida muchísimas de sus bondades, mientras que, acá, la nuestra, soporta la interpretación realmente constituyente de una Sala Constitucional fruto de los más descarados intereses del poder.  

27/02/2017:
Cfr.
http://elpais.com/elpais/2017/02/19/opinion/1487535872_831624.html

sábado, 21 de junio de 2014

LEGIMITIMIDAD Y MELANCOLÍA

EL PAÍS, Madrid, 19 de junio de 2014
LA CUARTA PÁGINA
Una tradición inventada
Ni en su origen ni en las primeras décadas de existencia de las izquierdas la República estaba entre sus preocupaciones. Para algunos, es como si no hubiera ocurrido nada entre 1930 y 2014
Santos Juliá 

Entre los males que de un tiempo a esta parte se achacan al proceso de transición política a la democracia iniciado en julio de 1976 ocupa un destacado lugar lo que el portavoz de la Izquierda Plural evocaba hace unos días en el Congreso como “renuncia de tanta gente a tantos sueños y tantas convicciones, hasta aceptar un monarca designado inicialmente por el dictador”. Basaba Cayo Lara la legitimidad de la convocatoria de “un referéndum para que el pueblo decida su destino” precisamente en “todas esas renuncias en la Transición para que la democracia saliera adelante”. Al cabo de 35 años, Izquierda Plural tiene claro que los males que afectan a la democracia española proceden de aquellas renuncias en mala hora consentidas por los partidos que fraguaron el pacto constitucional y entre los que nadie diría hoy que el comunista haya desempeñado un papel fundamental.
¿Renunciaron los dos partidos de la oposición de izquierdas, el socialista y el comunista, a su “vocación republicana” durante el proceso de transición a la democracia? O mejor, ¿definía a esos partidos, PSOE y PCE, una cultura, una vocación o una tradición republicanas? Y si era así, ¿desde cuándo? Porque si algo hay claro en la historia de ambos partidos es que ni en su origen ni en las primeras décadas de su existencia dieron muestra alguna de que la República como forma política del Estado entrara entre sus principales preocupaciones.
Más bien sucedía lo contrario: en las deslumbrantes claridades dicotómicas que inundaban de luz su concepción del mundo, Pablo Iglesias tardó tres décadas en percibir que existía un terreno situado entre explotadores y explotados, entre burguesía y proletariado, que merecía la pena explorar. Vencida al fin su repugnancia, accedió en 1909 a formar una coalición con los republicanos, tildados poco antes de “maestros consumados en el arte de engañar”, no por ningún motivo mezquino, como el de conquistar escaños en el Congreso, sino porque serviría para “ayudar a la revolución”.
La República adquirió así para los socialistas un valor instrumental al que se atuvieron en el futuro: valía en la medida en que permitía al proletariado “avanzar tranquilamente, sin innecesarias perturbaciones”, hacia su meta final. No es sorprendente, por eso, que en 1930 escribiera Julián Zugazagoitia que un socialista solo podía ver la idea de la República “con indiferencia” por la muy sencilla razón de que a quien se había educado en las convicciones marxistas “le tiene perfectamente sin cuidado el trastueque que se opera en un país al pasar de la Monarquía a la República”; una toma de posición no muy alejada de la respuesta antológica que el comité ejecutivo del PCE se dio a sí mismo después de preguntar, también en 1930, qué significaba la República para los obreros: “Es la Guardia Civil garantizando la propiedad y la explotación de los obreros y los campesinos bajo la dirección de un presidente en lugar del rey”.
Pablo Iglesias tardó tres décadas en percibir que había un espacio entre burguesía y proletariado
Se comprende que solo al cabo de otros cuatro meses, mientras las gentes festejaban en las calles el advenimiento de la República, un grupo de agitadores del PCE irrumpiera con su camioneta en la Puerta del Sol gritando la consigna “Abajo la República, vivan los soviets”. Y que al cabo de cuatro años, hecha la experiencia republicana, El Socialista anunciara en un editorial que la República, “ni vestida ni desnuda nos interesa” y le deseara la muerte. ¿A manos de quién? Ah, eso no importaba, de quien fuera.
De modo que, cuando la rebelión militar de julio de 1936 puso a la República a los pies de los caballos, los partidos y sindicatos que acudieron a sofocarla conservaran, por encima de su adhesión o lealtad republicana, su identidad propia, su cultura y prácticas políticas, sus estrategias y sus metas finales, que no eran la República de 1931 sino el comunismo, el socialismo, el anarquismo o la independencia de sus naciones: por eso luchaban y por eso morían y por eso merecen ser recordados.
La debilidad de los republicanos y los fines muchas veces enfrentados de las fuerzas coligadas retrasaron y finalmente impidieron una estrategia común de defensa frente al enemigo, que tampoco el gobierno de Negrín pudo imponer. A pesar de la sangre derramada en su defensa, la República sucumbió doblemente derrotada: por quienes se rebelaron contra ella y por quienes en su interior libraron más de una guerra civil —en Cataluña, en Aragón, en Madrid—dentro de la Guerra Civil.
Años después de la derrota, cuando algún niño de la guerra o de la inmediata posguerra conversaba, en París o en Madrid, acerca de todo esto con un socialista de tal o cual facción, aprendía que los culpables de la derrota habían sido los socialistas de la facción contraria; si hablaba con un comunista, la culpa recaía sobre los anarquistas, por su indisciplina y su “infantilismo revolucionario”, o sobre el Consejo Nacional de Defensa, por su traición; y si con anarquistas o sindicalistas, entonces los culpables eran los comunistas, que habían vendido la República a los intereses de la Unión Soviética. ¿Cómo se podía, con estas memorias enfrentadas, hoy disueltas, silenciadas o desaparecidas en una inventada memoria democrática, recuperar una tradición republicana? Salvo la efímera ilusión acariciada tras el triunfo de los aliados en la Guerra Mundial, muy pocos en el exilio volvieron a acordarse de las instituciones de la República, digna y solitariamente mantenidas por personalidades republicanas sin el apoyo de los partidos socialista o comunista, por no hablar de los sindicalistas.
Por eso, cuando ahora se oye que las izquierdas españolas vienen de una tradición republicana a la que traicionaron en los años de Transición por el plato de lentejas de una democracia devaluada, habría que recordar que el Partido Comunista renunció a plantear la cuestión de la República veinte años antes de que la transición comenzase, en 1956, cuando publicó su célebre declaración “por la reconciliación nacional, por una solución democrática y pacífica del problema español”, donde la República ni se menciona. Y diez años después, en 1966, sería la mismísima Dolores Ibarruri quien, al recordar que el problema del régimen estaba en la calle y evocar a quienes “en el deshojar de la margarita política española se preguntan: ¿Monarquía y República?”, afirmaba que solo cabía una respuesta: Democracia y Libertad, ambas en mayúscula.
Socialistas y comunistas hicieron saber que aceptarían un rey en la jefatura del Estado
Democracia y libertad, sin mención de la República, fue también la base de la resolución a la que llegaron en Múnich en 1962 varios partidos de la oposición interior y del exilio, con presencia principal del PSOE. Y aunque con la cercanía de la muerte del dictador, la República —federal, para más señas— retornara a declaraciones y congresos, no conviene olvidar que el Partido Comunista y las llamadas personalidades independientes de la Junta Democrática no dejaron de instar a don Juan de Borbón a publicitar un manifiesto postulándose como titular de la Corona: no que no quisieran un rey en la jefatura del Estado, sino que se equivocaron de candidato. En cualquier caso, desde 1948 los socialistas y desde 1956 los comunistas, todos habían hecho saber en privado y en público que aceptarían un regente o un rey en la jefatura del Estado siempre que abriera el camino a un proceso constituyente con referéndum final. Y eso fue lo que ocurrió a partir de 1976 y hasta 1978, en condiciones que nadie podía ni imaginar siquiera treinta o veinte años antes.
Sin duda, nada se puede objetar a la legitimidad de una movilización por la República, pero no deja de suscitar cierta melancolía que a su cabeza se encuentren los herederos de quienes en los años sesenta del pasado siglo enseñaron a jóvenes desorientados que el problema no era Monarquía o República, sino democracia o dictadura. Hoy, como ya no hay dictadura, pero como volvemos a saborear el placer intelectual y el potencial movilizador de las claridades dicotómicas, el dilema vuelve a enunciarse, por quienes inventan una tradición republicana de la que se apropian ochenta y cuatro años después de haberla despreciado y combatido, como Monarquía o democracia. Con lo cual, limpios de polvo y paja, volvemos a 1930 sin que aquí haya pasado nada.
(*) Santos Juliá es profesor emérito de la UNED. Acaba de publicar Nosotros, los abajo firmantes. Una historia de España a través de manifiestos y protestas (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores).

Ilustración: Eduardo Estrada.

miércoles, 10 de abril de 2013

EL NADO INVOLUNTARIO

EL PAÍS, Madrid, 10 de abril de 2013
TRIBUNA
El final de la Monarquía prepolítica
Se impone reformar la Constitución y someter a la Corona al control democrático
Manuel Cruz 

El problema de las desgracias no es únicamente que nunca vengan solas, sino que, por el hecho de venir acompañadas, redoblen su condición de desgracias. Intento explicarme. La complicada tesitura por la que atraviesan las dos más altas autoridades del Estado, el Rey por el caso Urdangarin y el presidente del Gobierno por el caso Bárcenas,tiene más rasgos en común que el mero hecho de que ambas estén siendo sometidas a un chantaje. Acaso el más importante sea el inequívoco aroma de corrupción y despilfarro que ambas situaciones desprenden, rasgo particularmente escandaloso en las actuales circunstancias, en las que amplios sectores de la sociedad están pasando por momentos de extremada dureza —cuando no, en muchos casos, directamente dramáticos— mientras tienen que escuchar, en bastantes casos en boca de las mencionadas autoridades, reiterados llamamientos a la austeridad y el sacrificio.
Pero junto a este rasgo, ciertamente destacado, habría otro que tampoco debería pasar inadvertido. Son muchas las personas que en estos días se preguntan, asombradas, cómo puede ser que un elevado número de políticos del PP, ahora salpicados por el escándalo de su extesorero, se comportaran durante bastante tiempo sin la menor cautela, dejando un rastro de gastos ostentosos, facturas comprometedoras y otros indicios inequívocamente culpabilizadores. Es más que probable que la clave de tanta audacia residiera en la sensación de impunidad que sin duda les proporcionaba a todos ellos haber ido consiguiendo desde hace años —en algún caso a base de triquiñuelas legales— escapar a la acción de la justicia.
Perseverancia análoga parece haberse producido en la Jefatura del Estado, ámbito en el que quisiera centrarme en lo que resta del presente texto. No cabe obviar, a estas alturas, que llueve sobre mojado. A lo largo de los últimos 30 años (esto es, iniciando la cuenta a partir del 23-F) no han ido faltando las ocasiones en las que el ciudadano de este país podía tener fugaz noticia de la existencia de algún comportamiento de dudosa valoración en más de un aspecto por parte del Monarca. Me vienen ahora a la cabeza alusiones, leídas en semanarios o en un rincón apenas destacado de algún periódico, a compañías poco recomendables desde el punto de vista político-económico, a ostentosos regalos de los consabidos jeques árabes (que se justificaban de manera indefectible con referencias a una vieja amistad), o a anécdotas, inoportunamente reveladas, que delataban un tren de vida lujoso en exceso. En la práctica totalidad de los casos, de inmediato se corría una cortina de silencio sobre la información. Parecía existir un acuerdo entre las grandes empresas periodísticas —ignoro hasta qué punto era tácito o explícito— para poner a salvo a la Corona del escrutinio público que esos mismos medios se supone que habían aplicado siempre al resto de los mortales.
Se ha protegido al monarca hasta que la realidad misma se ha encargado de emitir severas señales de alarma
El presumible motivo del silencio daba la impresión, al menos en primera instancia, de resultar muy atendible. Se trataba de salvaguardar una institución que había desempeñado un papel fundamental no solo en el advenimiento de la democracia sino, tal vez sobre todo, en su mantenimiento al asumir una decidida defensa de la misma frente al intento de golpe de Estado de Tejero. De hecho, no otro es el argumento que en estos días reiteran todavía muchos de los que, incluso desde la izquierda, defienden la figura del Rey frente al alud de críticas que está recibiendo.
Pero tal vez el error haya consistido en no someter en ningún momento a revisión la manera inicialmente elegida de proteger al Monarca, perseverando en ella hasta que la realidad misma se ha encargado de emitir severas señales de alarma. O hasta que, por decirlo con otras palabras, se ha hecho evidente que dicha manera encerraba una profunda contradicción, que ha terminado por resultar insostenible. Porque parecía tratarse, por decirlo de forma extremadamente sintética, de garantizar la persistencia de la democracia a base de poner al margen de ella al que se presumía su mejor defensor. De atribuir al Monarca un lugar prepolítico, como si su supuesta función de condición de posibilidad del sistema democrático justificara convertirlo en tan inmune a la crítica pública como irresponsable desde el punto de vista legal. En el fondo se estaba transmitiendo el mensaje de que la democracia no puede ser autosuficiente, no resulta capaz de controlar sus propios desvaríos ni de neutralizar sus propios anticuerpos, sino que necesita siempre de una instancia exterior a ella misma para garantizarla.
Solo cabe saludar, desde luego, como un gesto positivo el que se adopten ahora iniciativas como la de incluir a la Casa del Rey en la futura ley de transparencia, pero lo menos que cabe comentar al respecto es que semejante iniciativa está llegando con décadas de retraso, durante las cuales se han ido acumulando errores hasta llegar a la situación actual, en la que cualquier ciudadano puede escuchar, escandalizado, en alguno de los debates políticos que ocupan la programación televisiva del fin de semana, cómo el tradicional elogio dirigido al titular de la Corona según el cual este era el mejor embajador de España en el mundo y quien más eficazmente facilitaba que las empresas españolas pudieran expandirse más allá de nuestras fronteras, ha mutado en la brutal observación de que lo que en realidad desarrollaba durante sus viajes oficiales al extranjero eran tareas de comisionista.
Duró mucho el empecinamiento en el error como para que sirvieran de algo los tardíos intentos, retóricos, de enderezar el rumbo. Las dos afirmaciones mayores del discurso de Navidad de 2011, la de la necesidad de ejemplaridad de quienes ocupan cargos públicos y la de la igualdad de todos ante la ley han terminado volviéndose, en dos momentos diferentes (el del accidente de Botsuana y el de la imputación de la Infanta), como un demoledor bumerán contra quien las pronunció. Nunca debió plantearse —alguien lo dijo— en términos de ejemplaridad lo que era una cuestión de responsabilidad, imposible de resolver con meras excusas, por más que fuera de agradecer el detalle.
Gestos como incluir en la ley de transparencia a la Casa del Rey llegan con décadas de retraso
Por todo ello, se impone cambiar el rumbo y abordar de forma abierta y decidida la empresa del desarrollo y reforma de los títulos de la Constitución que hacen referencia a la Corona con el objeto de someter su funcionamiento a control democrático. No le faltaba razón al secretario general del PSC, Pere Navarro, al introducir en el debate político de este momento la cuestión de la sucesión en la Jefatura del Estado (aunque se equivocara por completo en la elección del momento de plantearla). Pero inyectar en nuestra más alta magistratura la política que le hace falta a fin de que salga de una vez por todas del limbo prepolítico en el que ha vivido instalada hasta hoy implica necesariamente anudar el relevo sucesorio con el resto de las ineludibles reformas constitucionales que tiene pendientes este país.
El desafío que en todo caso le aguardaría al heredero iba a ser de enorme envergadura. Incluso cabría anticipar que comparable al que le tocó afrontar, hace casi 40 años, a su padre. La ineludible regeneración democrática y la solución al problema territorial, representando sin duda problemas de enorme magnitud, acaso no sean los más graves con los que va a tener que enfrentarse necesariamente la sociedad española cuando emprenda la revisión de su Carta Magna. Porque si la Constitución de 1978 fue elaborada, de acuerdo con lo que suelen repetir sus más reticentes críticos, bajo la estricta supervisión de los poderes fácticos herederos del franquismo, cualquier reforma que a partir de ahora se emprenda con toda seguridad va a estar estrictamente tutelada por otro tipo de poderes, como la desafortunada reforma exprés de agosto de 2011 dejó meridianamente claro. No se imaginan ustedes cuánto me gustaría equivocarme, pero mucho me temo que el rumor de sables de los años setenta va a ser un juego de niños comparado con el ensordecedor rumor de mercados que va a atronar la atmósfera de este país en cuanto nos pongamos manos a la obra.
(*) Manuel Cruz es catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona. Acaba de publicar el libro Filósofo de guardia (RBA).