LA RAZÓN, Caracas
Rafael Tomás Caldera: “La política exterior cubana es imperialista”
Enrique Meléndez
El filósofo Rafael Tomás Caldera considera que el sistema político venezolano, además de ser proconsular, a propósito de la presencia cubana entre nosotros, se caracteriza por estar en una etapa previa a la política, un Estado prepolítico, tomando en cuenta que en Venezuela no se observa esa concepción, vista por algunos politólogos, de que el fin de la política es la vida conforme a razón.
En ese sentido, no duda en calificar de imperialista la política exterior cubana, ya que, a su juicio, su régimen ha procurado siempre extender su poder y su influencia a distintas regiones del planeta y, en particular, a la América del Sur.
¿Qué piensa de la actual situación venezolana?
En el futuro inmediato, la gran tarea será reconstruir el país. Quisiera comenzar por ahí puesto que todo lo que podamos conversar hoy, debe estar situado de algún modo en ese marco de referencia. Ante todo, resulta evidente la destrucción que padecemos. Lo que se muestra, desde la basura y quienes escarban en ella, para saciar su hambre, hasta el éxodo indetenible, o la masacre en una cárcel, todo anuncia en voz alta el fracaso de un Estado; o peor aún, de una sociedad. Porque, como dice Benedicto XVI en su Caritas in Veritatis: “Las situaciones que vivimos no son fruto de la casualidad o de una necesidad histórica, sino que dependen de la responsabilidad humana”[1].
Lo que se da a los ojos muestra lo que no se ve: nuestro país perdió su orden constituyente y, por ello, más que un grupo humano articulado que intenta lograr un bien común, somos como una masa de gente que busca resolverse, aquí o fuera del país. Esa primacía de la necesidad y el interés individual marca bien la destrucción del orden en que se concreta la existencia de una sociedad.
Hemos perdido el uso y la costumbre del Estado de derecho. Se manda arbitrariamente y para beneficio de un grupo. Pero —nos recuerda Raymond Aron en su obra “Dimensiones de la Conciencia histórica”: “el fin de la política es la vida conforme a razón. Ahora bien, esta vida solo es posible en el interior de la ciudad, bajo el imperio de la ley. Si uno manda arbitrariamente y otro debe obedecer, sean cuales fueren la orden del jefe y los sentimientos del subordinado, el primero será esclavo de sus pasiones y el segundo se encontrará privado de la libertad, incapaz de ser virtuoso. La virtud política implica unas leyes; por tanto, la ciudad y la paz”.
Desde el primer momento, es importante situarse en la consideración de ese orden invisible; porque sin ello no podremos entender lo que nos ocurre ni cómo hacer para poner remedio a los males que padecemos.
¿Qué opinión le merecen las elecciones del 20 de mayo?
El problema, más que político —en el sentido ordinario de lucha por el poder o determinación de programas para la ciudadanía—, es existencial. Prepolítico, podemos decir, usando un término de Eliot y de Havel para referirse a ese nivel de la vida donde se fundamenta la política.
En tal sentido, las elecciones anunciadas no son un remedio, sino síntoma y parte de la enfermedad. El régimen que se implantó en Venezuela merece el calificativo acuñado por Havel: postotalitario. Acuñó la palabra para designar estas formas de totalitarismo que, sin embargo, no tienen la apariencia exterior que asociamos con los regímenes totalitarios: campos de concentración, alambradas, militarización extrema. Resultan de una combinación de dictadura más sociedad de consumo.
Así, jugando con la inclinación al consumo, potenciada por la propaganda, se fue consolidando la dictadura en nuestro país. Fallecido el líder carismático que inició el proceso y tomó el poder, ahora la dictadura se acentúa y recurre a una represión cada vez más evidente. Pero la sociedad de consumo entró en crisis por el equivocado manejo de los inmensos recursos de la economía petrolera.
Ahora hay un choque cotidiano con la realidad. Es un proceso indetenible. No hay vuelta atrás. Han intentado sostenerlo, con propaganda, medidas descabelladas, y sobre todo buscando “compañeros de juego”: una oposición que se preste al juego como si existiera un verdadero orden político, con algunas deficiencias subsanables.
¿Admite, en consecuencia, que estamos ante una dictadura?
Para entenderlo, volvamos un momento a la noción de lo prepolítico. En la base de todo orden político, como en la vida de cada persona, hay una combinación de sueño y realidad: interpretación de la vida, de la realidad humana, con aquello que debe hacerse para mantenerla y mejorarla. Al mismo tiempo, una aspiración constante a la felicidad, a un futuro mejor, cuyo contorno nunca está (ni puede estar) muy claramente delimitado. Es la ilusión que alienta en el ser humano y lo lleva a intentar progresar siempre.
Eso fundamenta el orden político: la comprensión compartida de ese bien que se busca (y, correlativamente, de los males que han de evitarse). Es aquí donde se instaló nuestro postotalitarismo: el discurso (nunca fue otra cosa) de una revolución bolivariana que permitía cubrir la toma del poder, esa imposición creciente por parte de un grupo al conjunto de la población.
El choque con la realidad, al quebrarse la imagen proyectada del gran país, que estaba en construcción, ha despertado a la gente del sueño. Los primeros en despertar fueron los jóvenes, aunque —como se repite con verdad— no habían conocido otro régimen. Pero tocaron en sus vidas lo falso del discurso impuesto. Y salieron a marchar, y comprobaron en su propia carne lo inhumano de la dictadura.
¿Está de acuerdo con las posiciones, que ha asumido la Conferencia Episcopal Venezolana?
Una y otra vez, los obispos de Venezuela han elevado su voz de pastores, sin fatiga, sin temor. Como los antiguos profetas, han denunciado el sufrimiento del pueblo, el menosprecio de la condición humana, la injusticia patente. No son políticos ni proponen fórmulas políticas. Están en lo prepolítico y procuran —como su maestro Jesucristo— hacer presente la verdad de lo humano.
Su voz se nutre de la luz de la fe y de la cercanía de Dios en la Eucaristía. Su corazón se conmueve ante el dolor y la miseria, con ese amor misericordioso de Dios que devuelve su fuerza al amor en el corazón del hombre, como nos recordó Juan Pablo II.
El padre Ugalde ha procurado despertar las conciencias. Habla desde la conciencia y para sacudir nuestras conciencias, perdidas en la confusión de tantos discursos o adormecidas por la necesidad de resolverse.
¿Qué opinión le merece el papel de las fuerzas armadas en estas circunstancias?
Ante el choque con la realidad que ha despertado a la gente, el régimen no podrá sostenerse de manera indefinida. Los detentadores de la fuerza de las armas, como todo otro ciudadano, despiertan también. No hay privilegio circunstancial que cambie, que pueda cambiar lo que se ha hecho presente y antes no se veía. Tendrán que asumir el papel que les corresponde en la restitución del orden.
¿Usted no cree que esta gente, asesorada por el régimen cubano, se puede mantener por unos cincuenta años en el poder?
El régimen intentó apoderarse de la esperanza. Su errado desempeño ha demostrado que no hay camino para la esperanza en la situación que han producido. Le han cerrado el cauce natural en la vida humana, ese orden político de una sociedad que busca el progreso en la paz. Es ello lo que provoca el éxodo indetenible, al igual que incrementa cada día la delincuencia.
Pero la esperanza alienta aún en el corazón de cada uno, de cada una. Rómulo Gallegos escribió aquellas célebres frases a propósito de la llanura venezolana: toda horizontes como la esperanza, toda caminos como la voluntad. En verdad, son un retrato del alma del venezolano. Ha llegado el momento de reencontrarnos con nosotros mismos y retomar el rumbo de nuestro país hacia el desarrollo en la justicia.
¿Cómo llamar la presencia cubana en Venezuela: un protectorado, una ocupación, un imperialismo?
Cuando comenzó a gobernar el señor Maduro, un amigo me dijo: este es un gobierno proconsular. A diferencia de lo que ocurría con el líder carismático, el actual presidente debe su gobierno a Cuba. El líder carismático había sido electo por el pueblo de Venezuela, y no debía su gobierno a Cuba. Lamentablemente esta dependencia no es una unión nuestra con el pueblo cubano en la lucha por la libertad, sino es el sometimiento al grupo que desde hace años tiene sojuzgada la población de la isla, y que ha procurado siempre extender su poder y su influencia a distintas regiones del planeta y, en particular, a la América del Sur.
Se trata de una presencia, podríamos llamar, imperialista. Desgraciadamente, nos hemos transformado en un problema para toda la región. La calamidad de lo que vivimos en Venezuela, no nos afecta sólo a nosotros. Afecta a todos los vecinos, por una parte. Las actividades ilícitas, por otra parte, que se realizan desde Venezuela preocupan también a otros países de la región. En ese sentido, estamos expuestos a una intervención externa. Yo pienso que nuestros problemas debemos resolverlos nosotros, y creo que las cosas van en esa dirección.
De todas maneras, el hecho de constituir un problema para los demás, hace pensar en que habrá presiones de distinto tipo sobre nuestro país.
Ya que estamos en plena campaña electoral, ¿qué juicio le merece esa promesa de Maduro, que dice que ahora si se va a ocupar de la economía?
Yo no quisiera hablar mucho sobre eso, porque me parece muy grotesco el asunto. Además, es difícil de responder; porque si a ti te preguntan qué quiere decir, que ahora sí se va a ocupar de la economía. ¿Significa que va a cambiar totalmente la orientación? No me parece. Francisco Rodríguez lleva años diseñándoles planes económicos a ellos (ahora está con Falcón), y no le han hecho caso, que es un signo, que lo hace decir a uno: bueno, no parece que tengan intención de cambiar la orientación, salvo que la orientación vaya a ser peor, una especie de régimen cubano completo. De modo que no sé, como es difícil desentrañar, lo que quiere decir, y, por otra parte, resulta muy extravagante, que diga: tengo un paciente aquí en terapia intensiva, y exprese: bueno, yo dentro de un mes me voy a ocupar de la salud del paciente. Una cosa tan extraña; que uno se pregunta: ¿qué será esto?
La intervención militar
¿Qué piensa usted de la intervención de una fuerza militar multinacional, que es algo incluso que ha sido asomado por algunos venezolanos?
Me parece que eso sería un recurso extremo, que generaría tantas dificultades, como las que resuelve. Pienso, como te he dicho, que los venezolanos deberíamos actuar primero en Venezuela, y que en esa dirección va el desafecto creciente que hay, respecto del régimen.
Fuente:
https://www.larazon.net/2018/05/rafael-caldera-pietri-politica-exterior-cuba/
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jueves, 17 de mayo de 2018
viernes, 15 de diciembre de 2017
RUIN BARBARIE
EL NACIONAL, Caracas, 14 de diciembre de 2017
Lo antipolítico como prepolítico
José Rafael Herrera
En el campo de la filosofía en sentido estricto, se dice de todo materialismo –que se declara abiertamente antiespiritualista– y de todo espiritualismo –que se declara abiertamente antimaterialista– que se trata de posiciones recíprocamente aisladas, posiciones abstractas, recíprocamente gratas a los prejuicios propios del sentido común. Posiciones, en fin, provenientes de la cultura dieciochesca, anteriores a la síntesis a priori magistralmente enunciada por Kant en la Crítica de la razón pura, la síntesis o unidad diferenciada de sujeto y objeto, su “negación determinada”, como la denominara Hegel. En una palabra, a estos puntos de vista, se les llama prekantianos. “Cada extremo –apunta Marx– es su otro extremo. El espiritualismo abstracto es materialismo abstracto; el materialismo abstracto es espiritualismo abstracto de la materia”. La lógica del maniqueísmo es de cuidado, y conviene prestarle adecuada atención, si se quiere comprender –más que entender– el presente estado de cosas. Lo “anti”, siempre, es sospechoso: nadie más religioso que un ateo; nadie más anticomunista que un ex comunista; nadie más inmoral que un moralista tout court. De ahí que, y extendiendo los límites del ámbito de la ontología del ser social a los del pensamiento político –si es que los hay–, se pueda afirmar que toda posición antipolítica, sea esta de derechas o de izquierdas, liberal o socialista, progresista o reaccionaria, es, en realidad, una posición prepolítica.
La antipolítica es, de hecho, una contraposición. Pero toda posición en-contra es, siempre, una posición que, para poder ser, necesita nutrirse continuamente de la otra posición que enfrenta con tanta vehemencia. Su fortaleza no depende de sí misma: depende de su término o-puesto. Como el materialismo o el espiritualismo, como el empirismo positivista o la teología filosofante postmoderna, ambos recíprocamente antagónicos, recíprocamente abstractos –cuyos respectivos postulados se autorrepresentan como “la única verdad”–, del mismo modo, la antipolítica se autoconcibe como la definitiva resolución de la política, la expresión más acabada, más noble, más honesta, más “pura”, de la res publica, o sea, del dominio de la vida de lo público. Diría Maquiavelo que, en el fondo, los representantes de la llamada antipolítica no son más que reediciones contemporáneas de los Savonarola de su tiempo. Y no se puede establecer con propiedad cuál de los extremos resultó ser más pericoloso: si Savonarola o Lorenzo de Medici, el antipolítico-político o el político-antipolítico. El promotor de la “hoguera de las vanidades”, predicador contra el lujo, la corrupción y la depravación de los poderosos o el gobernante de facto, el mecenas tanto de las artes y las ciencias como de las bacanales, banquero y promotor del sensual y reluciente esplendor fiorentino. Observa Hegel que una cosa es lo que se proponen llevar a cabo los grandes personajes de la historia y otra muy distinta la astucia que resulta de la propia inmanencia de sus propósitos.
Más allá –o más adentro– de la simple descalificación de la labor del otro, cada uno de los términos pretende reafirmar la exigencia por asumir, por apropiarse, aunque sin poder declararlo explícitamente, de la condición, del rol, del carácter protagónico, de su “enemigo”, ese perenne querer ocupar su posición, convencido de que, él sí, lo haría mejor, dado que, a su juicio, el otro no está a la altura de su dignidad y de su preparación. El otro, en consecuencia, debe ser aniquilado, destruido, anulado. En el intermezzo, la barbarie militarista sonríe. Y no se trata de considerar exclusivamente la anormalidad, el morbo, de la antipolítica con independencia del de la política, como si bajo la actual crisis orgánica que vive la sociedad del presente, el político ocupase “el lado correcto de la historia” y el antipolítico el incorrecto. Con mayor rigor y objetividad, conviene afirmar que todo relativismo es un fraude. La ya famosa cita de Einstein “todo es relativo”, en realidad, nada tiene que ver con la mediocridad del relativismo que se ha venido transformando en la sacra ideología de los tiempos. Cuando Einstein, quien siempre se declaró seguidor de Spinoza, afirmó que “todo es relativo” no se refería a la desaparición del absoluto: se refería a que todo se encuentra en relación con todo. Todo es correlato de todo, todo está íntimamente relacionado entre sí: ordo et conectio idearum idem est ac ordo et conectio rerum. Y cabe acotar el hecho de que la expresión “todo” ya es, de suyo, una afirmación a favor de lo absoluto, comprendido como relación –unidad diferenciada o síntesis a priori– de los términos de toda oposición.
Quienes desprecian el ámbito de lo político, alentados para ello por los promotores de la antipolítica, no imaginan cuán políticos son. Quienes, a su vez, desprecian la antipolítica, alentados por los políticos “de oficio”, por los “profesionales” de la política, no saben cuán antipolíticos pueden llegar a ser. Lo cierto es que, como consecuencia de semejantes puntos de vista, la llamada “unidad democrática” ha terminado por fracturarse irremediablemente, y mientras las sospechas crecen entre los unos y los otros, el militarismo entierra, cada vez con mayor profundidad, las huellas de la suela de sus botas en el lodazal de lo que va quedando de país. La ruin barbarie se ha convertido en el “santo y seña” de una sociedad agobiada, empobrecida, embrutecida y secuestrada, por una lumpencracia que no para de sembrar el temor –y la esperanza–, mientras reparte dádivas con criterio de escasez y hace que la multitud termine enajenando su dignidad para poder sobrevivir. Impone la cultura del “barrio adentro”, del cerro hostil. Habitúa a todos a que no haya luz, ni agua, ni gas, ni salud, ni alimentos, ni seguridad. Acostumbra, como si se tratara de algo normal, a que el modo de vida cotidiano de los más desposeídos sea el modelo de vida de toda la sociedad, y especialmente de la clase media, profesional y técnica, que cada vez más se reduce.
El año entrante será decisivo para los sectores que están dispuestos a poner fin a la canalla vil. Para ello será preciso superar los traumas y las intrigas del maniqueísmo, del sectarismo y la inútil mezquindad, los puntos de vista abstractos, el azote de la prepolítica devenida, doblemente, en antipolítica, premeditadamente sembrada –y disfrutada– por quienes durante los últimos 20 años han destrozado al país. Aufheben: superar y conservar. Y cabe decir que comprender esta artificiosa ausencia de reconocimiento quiere decir precisamente eso: superar.
Fuente: http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/antipolitico-como-prepolitico_215347
Lo antipolítico como prepolítico
José Rafael Herrera
En el campo de la filosofía en sentido estricto, se dice de todo materialismo –que se declara abiertamente antiespiritualista– y de todo espiritualismo –que se declara abiertamente antimaterialista– que se trata de posiciones recíprocamente aisladas, posiciones abstractas, recíprocamente gratas a los prejuicios propios del sentido común. Posiciones, en fin, provenientes de la cultura dieciochesca, anteriores a la síntesis a priori magistralmente enunciada por Kant en la Crítica de la razón pura, la síntesis o unidad diferenciada de sujeto y objeto, su “negación determinada”, como la denominara Hegel. En una palabra, a estos puntos de vista, se les llama prekantianos. “Cada extremo –apunta Marx– es su otro extremo. El espiritualismo abstracto es materialismo abstracto; el materialismo abstracto es espiritualismo abstracto de la materia”. La lógica del maniqueísmo es de cuidado, y conviene prestarle adecuada atención, si se quiere comprender –más que entender– el presente estado de cosas. Lo “anti”, siempre, es sospechoso: nadie más religioso que un ateo; nadie más anticomunista que un ex comunista; nadie más inmoral que un moralista tout court. De ahí que, y extendiendo los límites del ámbito de la ontología del ser social a los del pensamiento político –si es que los hay–, se pueda afirmar que toda posición antipolítica, sea esta de derechas o de izquierdas, liberal o socialista, progresista o reaccionaria, es, en realidad, una posición prepolítica.
La antipolítica es, de hecho, una contraposición. Pero toda posición en-contra es, siempre, una posición que, para poder ser, necesita nutrirse continuamente de la otra posición que enfrenta con tanta vehemencia. Su fortaleza no depende de sí misma: depende de su término o-puesto. Como el materialismo o el espiritualismo, como el empirismo positivista o la teología filosofante postmoderna, ambos recíprocamente antagónicos, recíprocamente abstractos –cuyos respectivos postulados se autorrepresentan como “la única verdad”–, del mismo modo, la antipolítica se autoconcibe como la definitiva resolución de la política, la expresión más acabada, más noble, más honesta, más “pura”, de la res publica, o sea, del dominio de la vida de lo público. Diría Maquiavelo que, en el fondo, los representantes de la llamada antipolítica no son más que reediciones contemporáneas de los Savonarola de su tiempo. Y no se puede establecer con propiedad cuál de los extremos resultó ser más pericoloso: si Savonarola o Lorenzo de Medici, el antipolítico-político o el político-antipolítico. El promotor de la “hoguera de las vanidades”, predicador contra el lujo, la corrupción y la depravación de los poderosos o el gobernante de facto, el mecenas tanto de las artes y las ciencias como de las bacanales, banquero y promotor del sensual y reluciente esplendor fiorentino. Observa Hegel que una cosa es lo que se proponen llevar a cabo los grandes personajes de la historia y otra muy distinta la astucia que resulta de la propia inmanencia de sus propósitos.
Más allá –o más adentro– de la simple descalificación de la labor del otro, cada uno de los términos pretende reafirmar la exigencia por asumir, por apropiarse, aunque sin poder declararlo explícitamente, de la condición, del rol, del carácter protagónico, de su “enemigo”, ese perenne querer ocupar su posición, convencido de que, él sí, lo haría mejor, dado que, a su juicio, el otro no está a la altura de su dignidad y de su preparación. El otro, en consecuencia, debe ser aniquilado, destruido, anulado. En el intermezzo, la barbarie militarista sonríe. Y no se trata de considerar exclusivamente la anormalidad, el morbo, de la antipolítica con independencia del de la política, como si bajo la actual crisis orgánica que vive la sociedad del presente, el político ocupase “el lado correcto de la historia” y el antipolítico el incorrecto. Con mayor rigor y objetividad, conviene afirmar que todo relativismo es un fraude. La ya famosa cita de Einstein “todo es relativo”, en realidad, nada tiene que ver con la mediocridad del relativismo que se ha venido transformando en la sacra ideología de los tiempos. Cuando Einstein, quien siempre se declaró seguidor de Spinoza, afirmó que “todo es relativo” no se refería a la desaparición del absoluto: se refería a que todo se encuentra en relación con todo. Todo es correlato de todo, todo está íntimamente relacionado entre sí: ordo et conectio idearum idem est ac ordo et conectio rerum. Y cabe acotar el hecho de que la expresión “todo” ya es, de suyo, una afirmación a favor de lo absoluto, comprendido como relación –unidad diferenciada o síntesis a priori– de los términos de toda oposición.
Quienes desprecian el ámbito de lo político, alentados para ello por los promotores de la antipolítica, no imaginan cuán políticos son. Quienes, a su vez, desprecian la antipolítica, alentados por los políticos “de oficio”, por los “profesionales” de la política, no saben cuán antipolíticos pueden llegar a ser. Lo cierto es que, como consecuencia de semejantes puntos de vista, la llamada “unidad democrática” ha terminado por fracturarse irremediablemente, y mientras las sospechas crecen entre los unos y los otros, el militarismo entierra, cada vez con mayor profundidad, las huellas de la suela de sus botas en el lodazal de lo que va quedando de país. La ruin barbarie se ha convertido en el “santo y seña” de una sociedad agobiada, empobrecida, embrutecida y secuestrada, por una lumpencracia que no para de sembrar el temor –y la esperanza–, mientras reparte dádivas con criterio de escasez y hace que la multitud termine enajenando su dignidad para poder sobrevivir. Impone la cultura del “barrio adentro”, del cerro hostil. Habitúa a todos a que no haya luz, ni agua, ni gas, ni salud, ni alimentos, ni seguridad. Acostumbra, como si se tratara de algo normal, a que el modo de vida cotidiano de los más desposeídos sea el modelo de vida de toda la sociedad, y especialmente de la clase media, profesional y técnica, que cada vez más se reduce.
El año entrante será decisivo para los sectores que están dispuestos a poner fin a la canalla vil. Para ello será preciso superar los traumas y las intrigas del maniqueísmo, del sectarismo y la inútil mezquindad, los puntos de vista abstractos, el azote de la prepolítica devenida, doblemente, en antipolítica, premeditadamente sembrada –y disfrutada– por quienes durante los últimos 20 años han destrozado al país. Aufheben: superar y conservar. Y cabe decir que comprender esta artificiosa ausencia de reconocimiento quiere decir precisamente eso: superar.
Fuente: http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/antipolitico-como-prepolitico_215347
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José Rafael Herrera,
Prepolítica
miércoles, 10 de abril de 2013
EL NADO INVOLUNTARIO
EL PAÍS, Madrid, 10 de abril de 2013
TRIBUNA
El final de la Monarquía prepolítica
Se impone reformar la Constitución y someter a la Corona al control democrático
Manuel Cruz
El problema de las desgracias no es únicamente que nunca vengan solas, sino que, por el hecho de venir acompañadas, redoblen su condición de desgracias. Intento explicarme. La complicada tesitura por la que atraviesan las dos más altas autoridades del Estado, el Rey por el caso Urdangarin y el presidente del Gobierno por el caso Bárcenas,tiene más rasgos en común que el mero hecho de que ambas estén siendo sometidas a un chantaje. Acaso el más importante sea el inequívoco aroma de corrupción y despilfarro que ambas situaciones desprenden, rasgo particularmente escandaloso en las actuales circunstancias, en las que amplios sectores de la sociedad están pasando por momentos de extremada dureza —cuando no, en muchos casos, directamente dramáticos— mientras tienen que escuchar, en bastantes casos en boca de las mencionadas autoridades, reiterados llamamientos a la austeridad y el sacrificio.
Pero junto a este rasgo, ciertamente destacado, habría otro que tampoco debería pasar inadvertido. Son muchas las personas que en estos días se preguntan, asombradas, cómo puede ser que un elevado número de políticos del PP, ahora salpicados por el escándalo de su extesorero, se comportaran durante bastante tiempo sin la menor cautela, dejando un rastro de gastos ostentosos, facturas comprometedoras y otros indicios inequívocamente culpabilizadores. Es más que probable que la clave de tanta audacia residiera en la sensación de impunidad que sin duda les proporcionaba a todos ellos haber ido consiguiendo desde hace años —en algún caso a base de triquiñuelas legales— escapar a la acción de la justicia.
Perseverancia análoga parece haberse producido en la Jefatura del Estado, ámbito en el que quisiera centrarme en lo que resta del presente texto. No cabe obviar, a estas alturas, que llueve sobre mojado. A lo largo de los últimos 30 años (esto es, iniciando la cuenta a partir del 23-F) no han ido faltando las ocasiones en las que el ciudadano de este país podía tener fugaz noticia de la existencia de algún comportamiento de dudosa valoración en más de un aspecto por parte del Monarca. Me vienen ahora a la cabeza alusiones, leídas en semanarios o en un rincón apenas destacado de algún periódico, a compañías poco recomendables desde el punto de vista político-económico, a ostentosos regalos de los consabidos jeques árabes (que se justificaban de manera indefectible con referencias a una vieja amistad), o a anécdotas, inoportunamente reveladas, que delataban un tren de vida lujoso en exceso. En la práctica totalidad de los casos, de inmediato se corría una cortina de silencio sobre la información. Parecía existir un acuerdo entre las grandes empresas periodísticas —ignoro hasta qué punto era tácito o explícito— para poner a salvo a la Corona del escrutinio público que esos mismos medios se supone que habían aplicado siempre al resto de los mortales.
Se ha protegido al monarca hasta que la realidad misma se ha encargado de emitir severas señales de alarma
El presumible motivo del silencio daba la impresión, al menos en primera instancia, de resultar muy atendible. Se trataba de salvaguardar una institución que había desempeñado un papel fundamental no solo en el advenimiento de la democracia sino, tal vez sobre todo, en su mantenimiento al asumir una decidida defensa de la misma frente al intento de golpe de Estado de Tejero. De hecho, no otro es el argumento que en estos días reiteran todavía muchos de los que, incluso desde la izquierda, defienden la figura del Rey frente al alud de críticas que está recibiendo.
Pero tal vez el error haya consistido en no someter en ningún momento a revisión la manera inicialmente elegida de proteger al Monarca, perseverando en ella hasta que la realidad misma se ha encargado de emitir severas señales de alarma. O hasta que, por decirlo con otras palabras, se ha hecho evidente que dicha manera encerraba una profunda contradicción, que ha terminado por resultar insostenible. Porque parecía tratarse, por decirlo de forma extremadamente sintética, de garantizar la persistencia de la democracia a base de poner al margen de ella al que se presumía su mejor defensor. De atribuir al Monarca un lugar prepolítico, como si su supuesta función de condición de posibilidad del sistema democrático justificara convertirlo en tan inmune a la crítica pública como irresponsable desde el punto de vista legal. En el fondo se estaba transmitiendo el mensaje de que la democracia no puede ser autosuficiente, no resulta capaz de controlar sus propios desvaríos ni de neutralizar sus propios anticuerpos, sino que necesita siempre de una instancia exterior a ella misma para garantizarla.
Solo cabe saludar, desde luego, como un gesto positivo el que se adopten ahora iniciativas como la de incluir a la Casa del Rey en la futura ley de transparencia, pero lo menos que cabe comentar al respecto es que semejante iniciativa está llegando con décadas de retraso, durante las cuales se han ido acumulando errores hasta llegar a la situación actual, en la que cualquier ciudadano puede escuchar, escandalizado, en alguno de los debates políticos que ocupan la programación televisiva del fin de semana, cómo el tradicional elogio dirigido al titular de la Corona según el cual este era el mejor embajador de España en el mundo y quien más eficazmente facilitaba que las empresas españolas pudieran expandirse más allá de nuestras fronteras, ha mutado en la brutal observación de que lo que en realidad desarrollaba durante sus viajes oficiales al extranjero eran tareas de comisionista.
Duró mucho el empecinamiento en el error como para que sirvieran de algo los tardíos intentos, retóricos, de enderezar el rumbo. Las dos afirmaciones mayores del discurso de Navidad de 2011, la de la necesidad de ejemplaridad de quienes ocupan cargos públicos y la de la igualdad de todos ante la ley han terminado volviéndose, en dos momentos diferentes (el del accidente de Botsuana y el de la imputación de la Infanta), como un demoledor bumerán contra quien las pronunció. Nunca debió plantearse —alguien lo dijo— en términos de ejemplaridad lo que era una cuestión de responsabilidad, imposible de resolver con meras excusas, por más que fuera de agradecer el detalle.
Gestos como incluir en la ley de transparencia a la Casa del Rey llegan con décadas de retraso
Por todo ello, se impone cambiar el rumbo y abordar de forma abierta y decidida la empresa del desarrollo y reforma de los títulos de la Constitución que hacen referencia a la Corona con el objeto de someter su funcionamiento a control democrático. No le faltaba razón al secretario general del PSC, Pere Navarro, al introducir en el debate político de este momento la cuestión de la sucesión en la Jefatura del Estado (aunque se equivocara por completo en la elección del momento de plantearla). Pero inyectar en nuestra más alta magistratura la política que le hace falta a fin de que salga de una vez por todas del limbo prepolítico en el que ha vivido instalada hasta hoy implica necesariamente anudar el relevo sucesorio con el resto de las ineludibles reformas constitucionales que tiene pendientes este país.
El desafío que en todo caso le aguardaría al heredero iba a ser de enorme envergadura. Incluso cabría anticipar que comparable al que le tocó afrontar, hace casi 40 años, a su padre. La ineludible regeneración democrática y la solución al problema territorial, representando sin duda problemas de enorme magnitud, acaso no sean los más graves con los que va a tener que enfrentarse necesariamente la sociedad española cuando emprenda la revisión de su Carta Magna. Porque si la Constitución de 1978 fue elaborada, de acuerdo con lo que suelen repetir sus más reticentes críticos, bajo la estricta supervisión de los poderes fácticos herederos del franquismo, cualquier reforma que a partir de ahora se emprenda con toda seguridad va a estar estrictamente tutelada por otro tipo de poderes, como la desafortunada reforma exprés de agosto de 2011 dejó meridianamente claro. No se imaginan ustedes cuánto me gustaría equivocarme, pero mucho me temo que el rumor de sables de los años setenta va a ser un juego de niños comparado con el ensordecedor rumor de mercados que va a atronar la atmósfera de este país en cuanto nos pongamos manos a la obra.
(*) Manuel Cruz es catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona. Acaba de publicar el libro Filósofo de guardia (RBA).
TRIBUNA
El final de la Monarquía prepolítica
Se impone reformar la Constitución y someter a la Corona al control democrático
Manuel Cruz
El problema de las desgracias no es únicamente que nunca vengan solas, sino que, por el hecho de venir acompañadas, redoblen su condición de desgracias. Intento explicarme. La complicada tesitura por la que atraviesan las dos más altas autoridades del Estado, el Rey por el caso Urdangarin y el presidente del Gobierno por el caso Bárcenas,tiene más rasgos en común que el mero hecho de que ambas estén siendo sometidas a un chantaje. Acaso el más importante sea el inequívoco aroma de corrupción y despilfarro que ambas situaciones desprenden, rasgo particularmente escandaloso en las actuales circunstancias, en las que amplios sectores de la sociedad están pasando por momentos de extremada dureza —cuando no, en muchos casos, directamente dramáticos— mientras tienen que escuchar, en bastantes casos en boca de las mencionadas autoridades, reiterados llamamientos a la austeridad y el sacrificio.
Pero junto a este rasgo, ciertamente destacado, habría otro que tampoco debería pasar inadvertido. Son muchas las personas que en estos días se preguntan, asombradas, cómo puede ser que un elevado número de políticos del PP, ahora salpicados por el escándalo de su extesorero, se comportaran durante bastante tiempo sin la menor cautela, dejando un rastro de gastos ostentosos, facturas comprometedoras y otros indicios inequívocamente culpabilizadores. Es más que probable que la clave de tanta audacia residiera en la sensación de impunidad que sin duda les proporcionaba a todos ellos haber ido consiguiendo desde hace años —en algún caso a base de triquiñuelas legales— escapar a la acción de la justicia.
Perseverancia análoga parece haberse producido en la Jefatura del Estado, ámbito en el que quisiera centrarme en lo que resta del presente texto. No cabe obviar, a estas alturas, que llueve sobre mojado. A lo largo de los últimos 30 años (esto es, iniciando la cuenta a partir del 23-F) no han ido faltando las ocasiones en las que el ciudadano de este país podía tener fugaz noticia de la existencia de algún comportamiento de dudosa valoración en más de un aspecto por parte del Monarca. Me vienen ahora a la cabeza alusiones, leídas en semanarios o en un rincón apenas destacado de algún periódico, a compañías poco recomendables desde el punto de vista político-económico, a ostentosos regalos de los consabidos jeques árabes (que se justificaban de manera indefectible con referencias a una vieja amistad), o a anécdotas, inoportunamente reveladas, que delataban un tren de vida lujoso en exceso. En la práctica totalidad de los casos, de inmediato se corría una cortina de silencio sobre la información. Parecía existir un acuerdo entre las grandes empresas periodísticas —ignoro hasta qué punto era tácito o explícito— para poner a salvo a la Corona del escrutinio público que esos mismos medios se supone que habían aplicado siempre al resto de los mortales.
Se ha protegido al monarca hasta que la realidad misma se ha encargado de emitir severas señales de alarma
El presumible motivo del silencio daba la impresión, al menos en primera instancia, de resultar muy atendible. Se trataba de salvaguardar una institución que había desempeñado un papel fundamental no solo en el advenimiento de la democracia sino, tal vez sobre todo, en su mantenimiento al asumir una decidida defensa de la misma frente al intento de golpe de Estado de Tejero. De hecho, no otro es el argumento que en estos días reiteran todavía muchos de los que, incluso desde la izquierda, defienden la figura del Rey frente al alud de críticas que está recibiendo.
Pero tal vez el error haya consistido en no someter en ningún momento a revisión la manera inicialmente elegida de proteger al Monarca, perseverando en ella hasta que la realidad misma se ha encargado de emitir severas señales de alarma. O hasta que, por decirlo con otras palabras, se ha hecho evidente que dicha manera encerraba una profunda contradicción, que ha terminado por resultar insostenible. Porque parecía tratarse, por decirlo de forma extremadamente sintética, de garantizar la persistencia de la democracia a base de poner al margen de ella al que se presumía su mejor defensor. De atribuir al Monarca un lugar prepolítico, como si su supuesta función de condición de posibilidad del sistema democrático justificara convertirlo en tan inmune a la crítica pública como irresponsable desde el punto de vista legal. En el fondo se estaba transmitiendo el mensaje de que la democracia no puede ser autosuficiente, no resulta capaz de controlar sus propios desvaríos ni de neutralizar sus propios anticuerpos, sino que necesita siempre de una instancia exterior a ella misma para garantizarla.
Solo cabe saludar, desde luego, como un gesto positivo el que se adopten ahora iniciativas como la de incluir a la Casa del Rey en la futura ley de transparencia, pero lo menos que cabe comentar al respecto es que semejante iniciativa está llegando con décadas de retraso, durante las cuales se han ido acumulando errores hasta llegar a la situación actual, en la que cualquier ciudadano puede escuchar, escandalizado, en alguno de los debates políticos que ocupan la programación televisiva del fin de semana, cómo el tradicional elogio dirigido al titular de la Corona según el cual este era el mejor embajador de España en el mundo y quien más eficazmente facilitaba que las empresas españolas pudieran expandirse más allá de nuestras fronteras, ha mutado en la brutal observación de que lo que en realidad desarrollaba durante sus viajes oficiales al extranjero eran tareas de comisionista.
Duró mucho el empecinamiento en el error como para que sirvieran de algo los tardíos intentos, retóricos, de enderezar el rumbo. Las dos afirmaciones mayores del discurso de Navidad de 2011, la de la necesidad de ejemplaridad de quienes ocupan cargos públicos y la de la igualdad de todos ante la ley han terminado volviéndose, en dos momentos diferentes (el del accidente de Botsuana y el de la imputación de la Infanta), como un demoledor bumerán contra quien las pronunció. Nunca debió plantearse —alguien lo dijo— en términos de ejemplaridad lo que era una cuestión de responsabilidad, imposible de resolver con meras excusas, por más que fuera de agradecer el detalle.
Gestos como incluir en la ley de transparencia a la Casa del Rey llegan con décadas de retraso
Por todo ello, se impone cambiar el rumbo y abordar de forma abierta y decidida la empresa del desarrollo y reforma de los títulos de la Constitución que hacen referencia a la Corona con el objeto de someter su funcionamiento a control democrático. No le faltaba razón al secretario general del PSC, Pere Navarro, al introducir en el debate político de este momento la cuestión de la sucesión en la Jefatura del Estado (aunque se equivocara por completo en la elección del momento de plantearla). Pero inyectar en nuestra más alta magistratura la política que le hace falta a fin de que salga de una vez por todas del limbo prepolítico en el que ha vivido instalada hasta hoy implica necesariamente anudar el relevo sucesorio con el resto de las ineludibles reformas constitucionales que tiene pendientes este país.
El desafío que en todo caso le aguardaría al heredero iba a ser de enorme envergadura. Incluso cabría anticipar que comparable al que le tocó afrontar, hace casi 40 años, a su padre. La ineludible regeneración democrática y la solución al problema territorial, representando sin duda problemas de enorme magnitud, acaso no sean los más graves con los que va a tener que enfrentarse necesariamente la sociedad española cuando emprenda la revisión de su Carta Magna. Porque si la Constitución de 1978 fue elaborada, de acuerdo con lo que suelen repetir sus más reticentes críticos, bajo la estricta supervisión de los poderes fácticos herederos del franquismo, cualquier reforma que a partir de ahora se emprenda con toda seguridad va a estar estrictamente tutelada por otro tipo de poderes, como la desafortunada reforma exprés de agosto de 2011 dejó meridianamente claro. No se imaginan ustedes cuánto me gustaría equivocarme, pero mucho me temo que el rumor de sables de los años setenta va a ser un juego de niños comparado con el ensordecedor rumor de mercados que va a atronar la atmósfera de este país en cuanto nos pongamos manos a la obra.
(*) Manuel Cruz es catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona. Acaba de publicar el libro Filósofo de guardia (RBA).
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