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domingo, 10 de septiembre de 2017

REACCIONES BRUTALES

Una descarada burla
Luis Barragán


Consabido, Maduro Moros concurrió a la tal constituyente, un remedo de la institucionalidad definitivamente perdida, para el anuncio de las medidas económicas que, al repetirlas con obstinación, agravarán aún más la ya peor situación del país.  Cualquiera puede escuchar al venezolano común que, por cierto, somos todos los que lo padecemos, rechazar los controles que nos sumergieron en  las profundidades de una crisis tan inútil como innecesaria, no sin acentuar los poderes del corrompido controlador.

Faltando poco, mientras Choroní sufre un dramático deslave y prosperan las inundaciones en el resto del país que soporta estoicamente las lluvias, la dictadura dona millones de dólares constantes y sonantes a una localidad estadounidense recientemente anegada y a otras del Caribe estremecido por los huracanes. Los recursos que niega al país que lo soporta,  los concede prontamente a otros que, por lo menos, no sufren  la crisis humanitaria que largamente nos aqueja.

Ha sido una constante la esplendidez de este gobierno, el mismo de todo el siglo, con otros países, incluso, para el chantaje inmediato, como uno de los objetivos reales de su política exterior. La construcción y el fracaso de sendos mecanismos dizque integradores en la región, añadidos subsidios como el que goza Telesur, ha dependido de los generosos aportes realizados con dinero – es necesario subrayarlo -  ajeno: el nuestro.

Hoy, la conducta asumida por el ocupante de Miraflores, es en algo semejante a la que históricamente ha caracterizado a los países del socialismo real. Antes, en el contexto de la guerra fría, las donaciones que hacían buscaban minar el prestigio interno de los gobiernos que los rivalizaban, aunque muy después, colapsado el modelo, fue evidente el gigantesco costo social y económico, incluyendo el hambre, que significaba parapetear un misil con ojiva nuclear.

Ergo, evidentemente hoy descontextualizadas las donaciones, presenciamos un presunto modelo de negocios que acarrea la erogación y la propia tramitación de los dólares regalados, pasándole la factura a los venezolanos que sabe muy  bien que lo rechazan y lo protestan. A la brutal simplicidad de esta reacción  que una vez se le escapó públicamente (… de haber sabido que no lo votarían, no hubiese construido los edificios),  se une la más descarada burla al reincidir deliberadamente en las medidas que nos hambrean y al divulgar con desenfado sus donaciones.

10/09/2017:
http://guayoyoenletras.net/2017/09/10/una-descarada-burla/

sábado, 3 de diciembre de 2016

CAJA NEGRA

EL UNIVERSAL, Caracas, 3 de diciembre de 2016
Castro y los misiles
Gustavo Linares Benzo
   
El momento más dramático de la humanidad, los días más desesperados, fueron unos de octubre de 1962 y en ellos Fidel Castro tuvo un papel destacado: la crisis de los misiles soviéticos en Cuba. Durante siete días la raza humana estuvo al borde de la extinción y el líder cubano fue actor principal, fiel a su principio de mantenerse en el poder a toda costa, en este caso a costa de la vida de centenares de millones de seres humanos y de la entera civilización.
(Antes de que aflore la mentalidad del malsín de “tú más” en descargo de Castro, hay que decir que la principal responsabilidad de este holocausto nuclear hubiera sido de Estados Unidos y de la Unión Soviética. Desde entonces, con gran hipocresía, ambas y otras pocas potencias afirman que estas armas son inmorales solamente cuando están en manos de otros).
Pero Castro, hasta donde puede saberse de las fuentes norteamericanas y rusas ya desclasificadas, porque Cuba es una caja negra, jugó al apocalipsis para asegurar la inmunidad de su régimen frente a Estados Unidos, entregándose al protectorado soviético y garantizando su territorio como base de misiles atómicos. El fidelismo bien vale la muerte de la humanidad, cálculo literalmente diabólico. Tanto, que dicen buenas fuentes que cuando Kruschev retiró los misiles, Fidel desahogó su frustración golpeando un espejo.

Desde la muerte de Fidel se han hecho todos los juicios imaginables. Pero dentro de la lista de los males, mucho mayor que la de los bienes, poco se ha dicho de esta perversidad única. En algún momento, ya entregado a la Unión Soviética, alguien (¿Gromyko, Kruschev?), le hizo saber que la isla, ya era su isla, sería base de armas atómicas. En ese momento supremo, Fidel Castro escogió el riesgo de una hecatombe global y, por supuesto, de la aniquilación de toda la población cubana, frente al imperativo de la mínima rectitud: negarse de plano y defender su socialismo por otros medios, así fuera la guerra convencional.
Ese es el evento crucial en la vida de Fidel Castro. Para los dictadores socialistas, mantenerse en el poder es más importante que cualquier cosa, así sea el fin de la humanidad.
La historia lo absolverá, o no, dependiendo de quien la escriba. Lo cierto es que ahora Castro está ante el Señor de la historia.

Fuente:
http://www.eluniversal.com/noticias/opinion/castro-los-misiles_629504

domingo, 30 de agosto de 2015

HELADURA HIRVIENTE



De la Guerra Fría 
(y Estado de Excepción)

Luis Barragán

Días atrás, Nicolás Maduro señaló que Álvaro Uribe se quedó pegado a la Guerra Fría de 1715 (https://www.youtube.com/watch?v=E_JKBxgeNpk), evidentemente equivocado. Sin embargo, frente a aquellos que arguyen el deliberado yerro presidencial que cumple frecuentemente con el objetivo de una masiva confusión, es tiempo de asegurar que padecemos de la olímpica ignorancia de gobernantes que, así, se burlan de los gobernados.

La alusión fue propicia para retomar y completar una compilación publicada a fines de 2014, presta para la coincidencia y la discrepancia: “Venezuela y la Guerra Fría”, dirigida por Alejandro Cardozo Uzcátegui (Nuevos Aires – Universidad Simón Bolívar – Consorcio Geo, Caracas). Concursando Catalina Bank, Juan Acuña, José Alberto Olivar, Domingo Irwin, Luis Alberto Buttó, Otoniel Morales, Claudio Alberto Briceño Monzón y Carlos E. Hernández Gonzalez,    la Guerra Fría brilla en el  siglo pasado, particularizándola a través del petróleo, la Doctrina de Seguridad Nacional, la cultura, sucesos como El Porteñazo, Estados Unidos, Unión Soviética, la geopolítica latinoamericana, el equipamiento militar.

Por fortuna, la academia está respondiendo en torno a aquellos asuntos que urgen de la claridad actualizadora, evitándonos caer en las habituales emboscadas de un régimen que irresponsablemente versiona el pasado común.  Sin embargo, por lo pronto, deseamos acotar un par de observaciones muy particulares que la obra en cuestión suscita.

Por una parte, luce oportuna la referencia que Briceño Monzón hace, en el contexto de la geopolítica latinoamericana durante la Guerra Fría,  sobre Forbes Burnham, mandatario guyanés del que escasamente sabía Chávez Frías. En los ochenta del XX, Venezuela gozaba de la credibilidad que le concedía su política caribeña y el impulso dado al Nuevo Orden Económico Internacional,  por lo que no bastaba el esfuerzo de victimización del vecino país, cuya crisis hallaba en el diferendo territorial una magnífica válvula de escape (245 ss.).

La sola circunstancia apuntada, contrasta con el desconocimiento exhibido por el grueso de los parlamentarios oficialistas que, con motivo del único debate que se ha dado sobre el Esequibo,  divagaron apelando al libreto que literalmente empuñaron para la inevitable derrota que los argumentos de la oposición les propinaron. Desde el más alto nivel del gobierno, no permea una información más sobria y consistente, porque – empezando por el ocupante de Miraflores – le da igual disertar en torno a la guerra friolenta en el paleolítico, cuyo mejor perfomance es la improvisación.

Por otra, Irwin escruta El Porteñazo ofreciendo una tesis tan innovadora como documentalmente fundada, reparando en la ausencia de civiles especializados y de alta calificación en el área de de defensa y seguridad, no sólo en el otrora ministerio de la Defensa, sino en las comisiones afines del ya extinto Congreso Nacional (117 ss.).  Indispensable a los efectos del control civil, no disponemos de información actualizada al respecto:  ni siquiera de la propia Asamblea Nacional y de su elenco de asesores, aunque por la calidad de las intervenciones oficialistas en la cámara dudamos que  cuenten con un personal suficientemente adecuado, por lo menos, para orientarlos en el propio lenguaje empleado.

La demanda sigue en pie, habida cuenta de la transición democrática pendiente. Se dirá, por lo menos, que en tiempos pasados la prensa independiente exhibía la opinión de algunos especialistas en seguridad y defensa, más o menos asiduos como los expertos petroleros, criminólogos, geógrafos, juristas o médicos que solían dar una cierta e indispensable orientación, pero ahora – en la era de la censura y el bloqueo informativo – los medios impresos y digitales  exponen a muy pocos voceros de una vocación pública que no entorpece el desempeño privado.

Estado de Excepción

El Estado de Excepción no es otra cosa que eso: la excepción. No obstante, apenas se decretó en la zona fronteriza, no pocos diputados del oficialismo lo reclamaron para todo el territorio nacional, como un gesto de solidaridad automática con Nicolás Maduro para evitar cualquier duda o ambigüedad en el pesado y feroz juego interno del partido, a veces razonado débilmente como parte de una cierta proeza de liberación en lo que suponen toda una epopeya: la ya tristemente célebre OLP.

Fuente:
http://opinionynoticias.com/opinionnacional/23570-de-la-guerra-fria-y-estado-de-excepcion 

lunes, 4 de agosto de 2014

COMPRENSIÓN DEL MUNDO

EL PAÍS, Madrid, 5 de agosto d 2014
LA CUARTA PÁGINA
Tiempos de crispación y antagonismo
Si hasta los noventa la globalización se percibía como sinónimo de prosperidad, por muchos de sus logros y promesas, en el siglo XXI está asociada a la inseguridad por el desempleo y la desindustrialización
Juan Gabriel Tokatlian 

Un modo de aproximarse a los complejos asuntos contemporáneos es intentando definir la característica principal del sistema global. A mi entender, una de sus más relevantes características actuales es que se trata de un sistema sobrecargado; con exceso de contradicciones, presiones y dilemas que, más temprano que tarde, requerirán de un ajuste.
Este sistema recargado puede ser visto a través de cuatro tableros: el internacional, el mundial, el institucional y el interno. El internacional remite a las relaciones específicamente interestatales. En este tablero, el dato fundamental es la acelerada redistribución de poder, riqueza e influencia de Occidente y del Norte en la dirección de Oriente y el Sur. Como lo muestra la historia de las relaciones entre Estados, todo reacomodo sustantivo de poderío genera tensiones y puede conducir a conflictos mayúsculos. La propia experiencia de Occidente corrobora lo señalado. Ahora bien, dos notas parecen acompañar el actual power shift: una, elocuente; la otra, conjetural. La nota elocuente es la creciente resistencia de Occidente a perder, en parte, privilegios, autoridad e incidencia a favor de la multiplicidad de países intermedios, poderes emergentes y potencias reemergentes, que antes eran de la periferia. La nota conjetural genera un interrogante: ¿es la decadencia occidental una condición estructural? Hay signos —en lo demográfico y económico, por ejemplo— que tienden a confirmar ese rasgo profundo y prolongado. Así, resulta esperable una mayor conflictividad en el ámbito internacional ahora que la redistribución de poder se orienta por fuera de Occidente.
El tablero mundial toma en cuenta no solo los convencionales actores estatales, sino también a los actores no gubernamentales, desde grandes corporaciones multinacionales y calificadoras de riesgo estadounidenses hasta ONG y grupos criminales transnacionales. En ese marco, la globalización ha sido el proceso fundamental que ha marcado la política mundial en las últimas décadas. La diferencia esencial es que si hasta los noventa la globalización se percibía como sinónimo de prosperidad por varios de sus logros y muchas de sus promesas, en el siglo XXI —y con más fuerza en el último lustro— la globalización se relaciona con la inseguridad por el desempleo y la desindustrialización generados y por la reducción de sus beneficiarios (básicamente, el capital financiero). En el corazón de esa sensación de inseguridad está el auge de la desigualdad confirmada por numerosos informes y estudios. Según el World Ultra Wealth Report 2013 del banco UBS, 2.170 multibillonarios poseen una riqueza de 6.500 billones de dólares, una cantidad superior al PIB combinado de Alemania y Francia en 2013. De acuerdo con el Global Wealth Report 2013 del Credit Suisse Group, el 1% de la población posee el 46% de los activos globales y un 10%, el 86%: el 50% inferior apenas tiene el 1% del total. Según la investigación de 2011 de Vitali, Glattfelder y Battiston del Swiss Federal Institute of Technology, 147 firmas controlan, a través de una red de acciones y relaciones de propiedad, 43.060 corporaciones transnacionales. No debe sorprender entonces el incremento de las protestas sociales urbi et orbi, así como el aumento de la polarización interna en países del viejo Centro y de la nueva Periferia, por igual. No se trata de un malestar subjetivo, sino que hay razones objetivas para la crispación y el antagonismo.
El tablero institucional hace referencia a las organizaciones de distinto tipo y al conjunto de regímenes que han predominado desde la Guerra Fría. La falta de reformas en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, la incompetencia del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, el debilitamiento de la Unión Europea y la recurrente tentación de la OTAN de convertirse en un gendarme mundial, así como la inoperancia del G-7, del G-20 y otras tantas G que se idealizan (por ejemplo, el presunto duopolio entre Washington y Beijing), han llevado a una arquitectura institucional, básicamente occidental, cada vez menos creíble y más ilegítima. El fracaso del régimen internacional antidrogas, la frustración extendida frente al principio de la responsabilidad de proteger (R2P), el persistente doble estándar frente a la no proliferación nuclear, la parálisis global respecto a los compromisos efectivos en torno a la cuestión ambiental y el gradual desinterés de las potencias establecidas hacia los asuntos del desarrollo, solo refuerzan las percepciones y creencias de quienes están saturados con la duplicidad de Occidente en un amplio abanico de temas. En ese contexto, hay que localizar iniciativas diferentes como las de la Organización de Cooperación de Shanghái, la Unión de Naciones del Sur (Unasur) y el Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica) que intentan mantener bien lejos de sus proyectos y propósitos a Estados Unidos y Europa. Con el diagnóstico anterior, es de subrayar el verdadero desgaste y el potencial descalabro de instituciones y regímenes. Hecho inquietante, pues las organizaciones y acuerdos internacionales son importantes, entre otras cuestiones, para limitar la arbitrariedad de los poderosos y para crear mecanismos de coordinación y consenso. Instituciones fallidas y regímenes malogrados son las precondiciones del unilateralismo agresivo y el multilateralismo oportunista. Y esto trasciende el tipo de liderazgo que tengan la Casa Blanca y las principales capitales europeas.
El último tablero es el interno. Y en ese terreno, el elemento más perturbador es el estado de la democracia. Desde hace años avanza, en distintas naciones, un manifiesto desencanto por la democracia liberal. Además, crecen los ensayos de democracia mayoritaria y participativa, con todos los pros y contras que manifiestan. Aumentan las plutocracias y cleptocracias en democracias más o menos instaladas que terminan bajo dominio de los ricos, de los pícaros, o de ambos. Las autocracias y regímenes autoritarios abundan. Las primaveras de liberalización se anuncian por doquier, pero colapsan de modo vertiginoso. Ya sea en virtud de presuntos requerimientos de mayor seguridad o de indispensables concesiones a favor del mercado, la democracia, ya sea formal o sustantiva, es la que termina cediendo. No es inusual entonces que conflictos de clase, étnicos y religiosos sigan elevándose en intensidad y alcance. Si los noventa prometían una nueva ola democratizadora, la última década muestra frenos y regresiones en el campo de la democracia.
Desde hace años avanza, en distintas naciones, un manifiesto desencanto por la democracia liberal
Asistimos, en breve, a un sistema global sobrecargado, ya que en todos los tableros, de manera intensa y simultánea, crecen y se entrecruzan los desencuentros, las fricciones, los peligros, las luchas, los disensos y la hostilidad. Si este diagnóstico resulta verosímil, entonces la pregunta que se impone es ¿qué esperar de tal situación sistémica? Quizá la forma más sencilla de explicación resulte la siguiente: el lector o la lectora de esta nota tiene, muy seguramente, un ordenador personal. Cualquiera que sea la marca del mismo en algún momento emite una señal de alarma consistente en indicar que el “sistema” está “sobrecargado”. Ello significa la existencia de un exceso y la imposibilidad de continuar adelante; lo cual demanda, por tanto, un ajuste. La opción disponible es reducir o eliminar algunos programas y archivos, con lo que se recupera el funcionamiento temporal. Tomando este símil como un equivalente funcional, la cuestión es: ¿qué es lo que se debe eliminar o reducir en un sistema global sobrecargado?
La fórmula de ajuste puesta en práctica en los años setenta, y que marcó el rumbo de las fuerzas y fenómenos que hoy conocemos, fue limitar gradualmente la democracia interna, la institucionalidad internacional y la legalidad mundial para preservar una globalización que resultó cada vez más inequitativa, un poder que se concentró en menos manos, un Occidente que mantuvo su centralidad pero tornándose esclerótico y un Leviatán estadounidense hipermilitarizado.
Sin duda es hora de cambiar la fórmula. Pero ello exige, entre otras, un Occidente dispuesto a entender el mundo y no a moldearlo según su inercia y antojo.
(*) Juan Gabriel Tokatlian es director del Departamento de Ciencias Políticas y Estudios Internacionales de la Universidad Torcuato di Tella, de Buenos Aires.

Ilustración: Nicolás Aznarez.