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lunes, 3 de septiembre de 2012

PRO HEREDERE GESTIO

De las herederas del viento
Luis Barragán


El consabido hurto y  reaparición de la Odalisca de Matisse, en el extranjero, simboliza muy bien la situación experimentada por las obras de arte que, siendo del Estado, nos pertenecen a todos. Empero, otras piezas también sintetizan las realidades que nos agobian.

Hay amigos que también suelen fotografiar el genio artístico en su pública y libérrima manifestación. Murales y esculturas, llamadas a entenderse con el viento, apenas sobreviven: reconocer la recuperación hecha o intentada por el gobierno,  significa también una delación de sus incapacidades.

A modo de ilustración, se encuentra un testimonio de Jesús Soto, por siempre ubicado en el ya caraqueñísimo Parque Central, a la entrada de la Sala Plenaria. La medida acordada para evitar más que el deterioro, sencillamente el vandalismo y su desaparición, ha sido un ataúd vertical de vidrio transparente.

Una de tres o las tres, pues, por una parte, la franqueza del Estado es la de reconocer simplemente que el encapsulamiento evita que destrocen o se lleven la obra, una fórmula permanentemente provisional que es confesión de  la ineficacia y la desespecialización de los cuerpos policiales para investigar y atrapar a curiosos, rateros y, acaso, encomenderos de los grandes coleccionistas.  No hay mayor distancia con el cercado eléctrico de la esfera del guayanés que engalana una autopista, o el quirúrgico enrejamiento de los volantes aéreos de Alejandro Otero en los alrededores de una conocidísima plaza, cuya movilidad – nos antojamos – ha disminuido, como si – a su vez – encapsulara todas las porciones de smog que también la agobian.

Por otra, ocurre que el féretro transparentado del conjunto residencial, impide precisamente los efectos que la viva pieza desnuda exhibió por muchos años. A menos que aleguen la improbable voluntad del artista, el vidrio impide que la brisa corra libérrima, simplificándose en la predecible luz que la rebota exhausta, cuando antes se multiplicaba penetrando resquicios y colores para mil retratos simultáneos de sí.

Finalmente,  los personeros del Estado renuncian a toda labor de mantenimiento, aunque posiblemente cuenten con una puntualidad presupuestaria que sorprendería a propios y extraños. Perdiendo valor el inmenso inmueble que ayer fue promesa en más de un sentido, las obras de Soto o la envidiable de Gego que era una trampa para el viento,  ya ida la pieza de Rafael Barrios, no gozan de las necesarias condiciones de preservación, porque los ministerios no pagan el condominio que ayudaría tanto,  condenadas como ocurre – por ejemplo – con las expuestas en  la estación Chacaíto del Metro de Caracas.

Fuente: http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/12691-de-las-herederas-del-viento
Fotografía: Rodney Castro, obra de Jesús Soto a la entrada de la Sala Plenaria de Parque Central (Caracas, 2009)

lunes, 25 de junio de 2012

¿REALMENTE, QUIÉNES EJERCEN EL PODER PASTORAL?

De una mejor prevención contra el delito
Luis Barragán


Tendencia tímidamente esbozada con anterioridad en la “otra” república, el fracasado proyecto de reforma constitucional de 2007 quiso transferir a la población el tratamiento y la solución del problema de la inseguridad personal, al igual que otros fundamentales.  Vale decir, admitió el régimen, como todavía lo admite, una radical incompetencia para salvaguardar la vida de los venezolanos, como la preservación de los bienes que legítimamente juzga necesarios.
Ahora, incurre en la inmoralidad de aconsejarnos una mayor precaución, como si no la adoptásemos hasta el hartazgo.  Bastará con pasearse por la avenida o callejuela de una ciudad extranjera para sorprendernos no sólo de la relativa tranquilidad de su tránsito y la inmediata atención policial por una molestia pasajera, sino de nuestra indecible cautela de no lucir un necesario reloj de muñeca, atender el celular con  libertad, andar con unos cómodos zapatos y hasta portar una cajetilla de cigarrillos por la que pueden tirotearnos en Venezuela.
Acá, ya hay delitos que, por consuetudinarios, las oficinas policiales no asientan ni ofrecen una constancia para diligenciar la garantía de nuestros objetos. Digamos, existe una vigencia parcial del Código Penal al desatender el hurto, las lesiones personales, el robo o la modesta estafa, ya que – en nombre de las prioridades – hay casos más delicados que agolpan el horario policial, añadidas dos circunstancias: progresivamente, hay unos homicidios que son más que otros, porque la consternación y el escándalo colectivos indican cuáles ameritan de una exclusiva atención;  y la víctima es la frecuente culpable por no prever toda situación, sin el mínimo derecho a la defensa.
Vulnerado, el Estado ha perdido su capacidad castigativa, excepto de la política se trate. Y nunca la respuesta será la de delegar sus competencias y funciones en la comunidad, porque ésta concibe, reconoce y costea a la autoridad pública especializada y armada: dispuesta a colaborar, mas no a sustituirla para afianzar la sociedad de supervivencia y de delación que subyace en el llamado socialismo del presente  siglo.
Aquejados por la zozobra y el dolor, agotadas las medidas de desconfianza de cada día, nuestro mejor programa de prevención será el de sufragar y despedir a Chávez Frías en los venideros comicios. Y también alentar una recuperación del Estado para que ocupe su adecuado lugar, sin que vivamos muriendo.

Fuente:
http://www.noticierodigital.com/2012/06/de-una-mejor-prevencion-contra-el-delito/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=878393
Fotografía: Robert Santafede,  "Collapse"

martes, 29 de junio de 2010

Triquiñuelandeses


Triquiñuela de Estado
Luis Barragán


Además de la exacta y gigantesca triquiñuela que representa, quizá inédita en los anales del rentismo venezolano, el caso de la masiva importación y putrefacción de los alimentos evidencia de nuevo la profunda lesión que sufre el Estado. Jamás había sufrido el daño ocasionado en diez años de irónico estatismo, quedando prácticamente como una instancia que monopoliza la pólvora de guerra, mantiene a innumerables funcionarios y contratistas públicos, marca la pauta e inversión propagandística y publicitaria del país, política y judicialmente irresponsabilizados sus conductores. Dicen que la oportunidad la pintan calva y ascendió a 900 mil toneladas el rubro de los alimentos importados en nombre de nuestra soberanísima e independentísima soberanía e independencia alimentaria. Tal redundancia es necesaria de resaltare, porque también se dice que de la citada cifra, apenas 300 mil toneladas estuvieron disponibles esperando el despeje de las otras 600 mil toneladas, incógnita de un modelo de subdesarrollo al que no le tiembla el pulso a la hora de “auto-suicidar” al país.

El Estado que no está en capacidad de garantizar la vida de los venezolanos, caídos por herida y muerte diariamente a manos del hampa, ni la de administrar justicia o la independencia misma respecto a toda potencia extranjera, como deberes universales que lo hacen precisamente Estado, tampoco lo está para acopiar y distribuir tal volumen de importación. Y cuando lo hace, a pesar de las evidencias, tan importador neto como cualquier experiencia neoliberal extrema del mundo, es demasiado elocuente que el socialismo se erige como un negoción que nunca dibujó el 4 de agosto de 2009, ni dibujará, un contralor general que solamente es un soldado inhabilitador de adversarios, disidentes u opositores, según el discurso del que aún no tiene noticia el ministerio público.

Socialismo de puerto (y de puerto escondido), envidia del más acérrimo neoliberalismo, encaramado sobre el simulacro de un Estado que ha devastado. Triquiñuela del Estado que habrá que reconstruir algún día para actualizarlo, mientras sus triquiñueladores y destructores emprendan la huída.