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sábado, 4 de abril de 2020

UN TRIBUTO A CONSALVI

HISTORIA
Edgardo Mondolfi Gudat y la agonía de escribir historia
Creció en las faldas del Ávila, en un hogar donde se cultivaban la ciencia y la literatura. Edgardo Mondolfi Gudat estudió Letras en la UCV, se hizo una carrera diplomática bajo la tutela de Simón Alberto Consalvi y se doctoró en Historia en la UCAB. Desde noviembre de 2011 es individuo de número de la Academia Nacional de la Historia. Es autor de libros como “El lado oscuro de una epopeya” y “La insurrección anhelada”, en el cual ayuda a entender cómo el chavismo estimula y se apropia de la “nostalgia” por la lucha armada de los años sesenta
Jesús Piñero

Edgardo Mondolfi Gudat no siente que es un lord inglés, aunque así lo llamen quienes lo conocen. El periodista Alexis Correia también lo calificó de esa manera en una entrevista publicada en la revista Clímax en 2016. Pero él no le encuentra sentido a tal calificativo, no es Diógenes Escalante, el hombre del consenso que la demencia política devoró en 1945 y que, según el testimonio del mismo historiador, decían que pensaba y sentía en inglés. “Creo que se trató siempre de una inmensa injusticia hacia Escalante porque, dígase lo que se quiera, fue un hombre denso en cosas venezolanas”.
Mondolfi no se ve así, tiene la certeza de creer que piensa, habla y siente en venezolano, a pesar de que sus intereses académicos estén entrelazados con el mundo anglosajón. Insiste: “ese solo hecho no es motivo de extranjería”.
El 1 de enero de 1964, dos meses y diez días antes de que Raúl Leoni asumiera la Presidencia de la República, pero también cuando empezaba el año en el que Estados Unidos ingresaría directamente a la Guerra de Vietnam y se cumplieran 400 años del natalicio de William Shakespeare, Edgardo nació en Caracas. Fechas icónicas que, de acuerdo a sus propias palabras, “revelan algo de mis pasiones personales: mi interés por la Guerra Fría y por la literatura inglesa”.
Edgardo Mondolfi
El apelativo y esas pasiones podrían ser de origen sanguíneo, al menos de parte materna. Ruth Gudat Gavens conoció a Edgardo Mondolfi Otero en la Universidad de Cornell y en medio de la Política de Buena Vecindad, impulsada por Franklin Delano Roosevelt, se enamoraron. Mondolfi (padre) cursaba una beca y se formaba como zoólogo, especialista en mamíferos y anatomía comparada. Su madre, por otro lado, estudiaba Literatura y Artes Liberales.
“De esa estirpe somos cuatro hermanos: Paul y María Eugenia, ambos médicos; Alessandra, quien se dedicó al periodismo, y yo”.
Su reconocimiento ha traspasado el claustro, pues el 5 de julio de 2018 fue el orador de orden para la sesión solemne de la Independencia, realizada desde la Asamblea Nacional, controlada por la oposición democrática
Era la víspera a la Segunda Guerra Mundial, una tormenta incontenible, aunque en Venezuela ese tifón parecía haberse ido en 1935. Bajo un incandescente sol democrático, pero todavía rodeado con algunos nubarrones políticos que presagiaban más diluvios, Eleazar López Contreras tomaba las riendas.
—La casa, que siempre quedó a las faldas del Ávila, me hizo piemontés. Tanto así que mi infancia y juventud se resumieron, en buena medida, en largas excursiones por el Ávila. A lo cual habría que agregar tanto los animales con los cuales convivíamos en casa de manera permanente (desde araguatos hasta pecarís) como las docenas de frascos llenos de formol en los que mi padre solía guardar sus muestras de estudio. Eso explica, supongo, mi devoción e interés por la naturaleza. Por otra parte, ambos –Edgardo y Ruth– eran buenos y disciplinados lectores: papá, de temas relacionados con su quehacer científico; mamá, de literatura. Mamá, además, era diestra con la cámara fotográfica y ayudó a documentar las expediciones de recolección de especies que papá solía hacer por los llanos y el Amazonas con el patrocinio de fundaciones científicas, desde La Salle hasta el Smithsonian.
De modo que en casa respiré ciencias naturales y respiré literatura, aunque me vi forzado a inclinarme finalmente hacia el mundo de las Humanidades por mi más que pobre y lamentable desempeño con las matemáticas, la física y la química.
Al final, cuando opté por cursar una carrera universitaria lo hice por Derecho, suponiendo que era lo más serio y solvente que podía estudiar. Pero en el fondo no me sentía inclinado a ser abogado. Así que, un poco por entender que debía cumplir con ciertos estereotipos y un poco por hacer lo que de veras quería hacer, resolví combinar a un tiempo el Derecho en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) con Letras en la Universidad Central de Venezuela (UCV).
Al final abandoné el Derecho, luego de completar el segundo año. Me arrepienta –o no– de semejante decisión, lo cierto es que a esa edad me parecía más fascinante leer la poesía de John Donne que el Código de Comercio. Fue, en todo caso, una decisión difícil y llena de riesgos. Tal vez por el peso que aun tiene aquello que dijo Juan Vicente González a mediados del siglo XIX: “En Venezuela, quien escribe para comer, ni come ni escribe”.
—Es egresado de tres carreras y universidades distintas: UCV, American University y la UCAB, ¿qué significó formarse en ellas y cómo acopla esas tres formaciones?
—En la UCV, como te he dicho, cursé Letras. Y los profesores que allí tuve me han definido mucho como lo que soy: hablo de Alejandro Oliveros, María Fernanda Palacios, pero también de Rafael Cadenas y Adriano González León, aun cuando con estos últimos dos tuve menos contacto en lo personal. Al terminar Letras, y luego de otra serie de vacilaciones acerca de qué hacer con mi vida, opté por enrolarme en una Maestría en Estudios Internacionales, en la American University, en Washington DC. Fue una decisión acertada: fue una forma bastante feliz de remendar la pata coja del Derecho y de familiarizarme con la metodología anglosajona, la cual, por cierto, me ha sido de enorme utilidad hasta ahora.
Muchos años después hice el Doctorado en Historia. Fue una vuelta a la UCAB, lo cual también me sirvió de algún modo para saldar un capítulo inconcluso. La decisión de hacer el doctorado en la UCAB y no en la UCV tuvo que ver con mi buen amigo, Rafael Arráiz Lucca, quien me animó a cursar allí por el tipo de programa de posgrado que se ofrecía a través del Instituto de Investigaciones Históricas “Herman González Oropeza”. Fue una decisión que le debo a Rafael, de manera irreductible, hasta el día de hoy. Allí tuve otro elenco estelar de profesores: María Elena González Deluca, Elías Pino Iturrieta, Domingo Irwin, José Luis Da Silva.
—¿Por qué la Historia y no la literatura o las relaciones internacionales?
—Creo que nunca he hecho una cosa en desmedro de la otra. A ver si me explico: cuando estudié Letras lo hice muy enfocado en la historia de la literatura; cuando cursé la Maestría en Estudios Internacionales, lo hice con el pie puesto en la historia diplomática. En ese sentido, mi trayectoria tal vez luzca heterogénea pero no necesariamente incoherente. Cabría preguntarme a mí mismo: ¿por qué, a nivel de pregrado, no cursé Historia en lugar de Letras? No sabría decirte. Tal vez fuera porque a la hora de proponerme echar por la borda la carrera de Derecho, Historia me lucía aun más incierta que la carrera de Letras, lo cual es mucho decir. En el fondo, no lo sé. Pero sí tuve siempre el empeño por ver las cosas desde el domicilio de la historia. Y a eso contribuyó mi doctorado en la UCAB: a terminar de construir la casa.
—Usted tiene una prosa bastante agradable, escribe muy bien, ¿cómo diferencia lo literario y lo histórico?
—Te agradezco el comentario, aunque, para mí, escribir es una agonía desde que comienzo hasta que termino. En mi caso es algo parecido a lo que William Faulkner llamaba “la agonía y el sudor”. Me desvela la necesidad de dar con la palabra precisa; me irrita el adjetivo que sobra; le tengo horror a los gerundios; me horroriza la posibilidad de verme entrampado en medio de una frase oscura. Ahora, con respecto a lo segundo, no veo que imperen fronteras entre el estilo que me caracteriza y el tema que me propongo abordar, siempre que –tratándose del género histórico– lo haga con el rigor investigativo que reclama la disciplina. Por supuesto, cuando escribo ensayos de corte literario, el enfoque y las exigencias son otros.
—Tuvo mucha cercanía con Simón Alberto Consalvi. ¿Qué significó su influencia?
-La influencia de don Simón Alberto en mí fue absoluta, rotunda y decisiva. Nos hallamos siempre en medio de desvelos compartidos. La propia trayectoria de Consalvi fue una brújula para mí: él traía a sus espaldas el periodismo y la diplomacia y, con el mismo empeño con el que podía escribir sobre algún tema contemporáneo usando para ello su instrumental de buen periodista y diplomático, lo podía hacer sobre Santos Michelena, Pedro Manuel Arcaya o Juan Vicente Gómez, utilizando una acerada pupila para la historia.
—También trabajó en las embajadas venezolanas en Washington y Buenos Aires, ¿estuvo vinculado a la política de la Venezuela a finales del siglo XX?
-Llegué al ejercicio diplomático un poco por suerte, tal vez también por un poco de talento. Fue justamente Consalvi quien me avistó en Washington mientras yo cursaba la Maestría en Estudios Internacionales. No era fácil caerle en gracia a don Simón ni estar a la altura de sus exigencias, pero creo que cumplí ambos cometidos. Se generó una vacante en la Agregaduría Cultural y pensó, como embajador, que podía iniciarme por ese camino en lo que él veía como mi interés por la carrera diplomática. Ya de regreso a Caracas me animó a que siguiera en el Ministerio de Relaciones Exteriores (MRE) y que revalidara mis títulos como profesional de carrera. Así me fui quedando en el MRE. Fue la etapa “burocrática” de mi vida y, hasta el día de hoy, no me arrepiento de ello. Pero también le debo a don Simón algo absolutamente inestimable cuando avistó el horror de lo que se nos venía encima a partir de la revolución bolivariana. Me dijo: “La vida no comienza ni termina en la Cancillería”. Fue entonces cuando recogí mis aperos y terminé, a partir de entonces y por largos años, refugiado en la docencia. Irme de la Cancillería no significó ninguna orfandad, pese a los gratos recuerdos y las amistades que aun perviven. Esos años en que me vi prestado a la docencia universitaria me permitieron, a la vez, seguir formando parte de las aventuras editoriales de don Simón, quien fue siempre un surtidor infatigable de proyectos, bien en la Academia Nacional de la Historia, o a través del diario El Nacional.
—Hay historiadores que escriben de forma compleja y otros que lo hacen más bien para un público abierto, ¿qué podría decirme de eso y de los bestsellers de la historiografía?
—Escribir, según el estilo con que se escriba, es asunto de cada quien. El lector es quien, a fin de cuentas, determina las preferencias y se pronuncia al respecto. La calidad de best seller lo determina otro, no uno mismo.
—También hay muchos historiadores que consideran que la literatura no es una fuente, ¿qué se debe tomar en cuenta cuando trabajamos una fuente literaria para la historia?
—Creo que indirectamente he contestado diciendo que la literatura y la historia son géneros distintos. Estoy muy claro con respecto a que una cosa es mi vehículo escritural y otra si estoy haciendo literatura o haciendo historia. Ahora bien, lo que sí te puedo asegurar es que utilizo con mucha frecuencia el testimonio de escritores y novelistas a la hora de atender alguna coyuntura con pupila de historiador. Te pongo varios ejemplos: me interesa saber qué dijeron desde la prensa, y en calidad de polemistas, autores al estilo de Enrique Bernardo Núñez o Guillermo Meneses con respecto a los gobiernos de Eleazar López Contreras o de Isaías Medina Angarita. Ambos actuaron en calidad de testigos confiables de una época. Lo mismo podría decir acerca de lo que opinara otro poeta y novelista como Antonio Arráiz acerca del gobierno presidido por Rómulo Betancourt a partir del 18 de octubre, o lo que a bien tuvo decir Juan Liscano en los años sesenta en relación al tema de la lucha armada y el gobierno de Raúl Leoni. Como polemistas, articulistas o simples opinantes, muchos de nuestros escritores han sido una cantera inagotable a la hora de seguirle la pista a nuestros desórdenes y avatares.
Insurrecciones, felonías y militares
Pese a que, en 1992, la Guerra Fría –el principal interés de Mondolfi– había terminado y por ende todo el escenario que esto supuso para Latinoamérica, las historias sobre revoluciones y felonías en la política venezolana parecieran ser cuentos de tiempos circulares y del eterno retorno. Ante las llamadas telefónicas de la noche y madrugada del 4 de febrero de ese año, y las ráfagas de tiros al fondo, Edgardo Mondolfi se asomó por la ventana de su vivienda en la Alta Florida para verificar la información que le habían suministrado: unos paracaidistas se sublevaban contra el Estado, pero el cielo despejado no daba señales de algo inusual.
“Me sentí algo así como los habitantes de la campiña de Normandía, en junio del 44, cuando se enteraron de que la 82 División Aerotransportada estaba cayendo en racimos para coger por sorpresa a los alemanes”.
Los militares felones no habían tomado el cielo como vehículo para su estocada contra la democracia: llegaron en autobuses a pretender tomar el control de la ciudad. En Miraflores y sus adyacencias las detonaciones despertaron a muchos: “No se trataba de los simples tiros solitarios a los que uno estaba habituado desde hacía mucho tiempo en la Cota Mil, y que formaban parte de nuestro propio paisaje del western, pero eso de unos paracaidistas pintarrajeados y vestidos de camuflaje, prestos al combate nocturno pero sentados en perfecta fila de un autobús, se me terminó antojando como el primer capítulo de toda la falsa épica que vino después”. El ciclo empezaba de nuevo.
—Escribió sobre la guerrilla en Venezuela, ¿lo que hoy vive Venezuela es producto de aquellos años? ¿Fueron esos actores responsables indirectos de todo esto?
—Te respondo a partir de lo que dejé más o menos apuntado en mi último libro La insurrección anhelada, al referirme a ese punto: en los últimos veinte años, y como parte del esfuerzo por construir su propia épica, la lucha insurgente de los años sesenta ha venido a ser una de las tantas nostalgias que alimenta a la revolución bolivariana, al punto de hacer que la evocación de la guerrilla opere como uno de los nervios centrales de la narrativa gubernamental. De hecho, el imaginario oficialista ha pretendido conferirle un rango muy significativo a la violencia armada de esa década, llegando a atribuirle inclusive una serie de conexiones bastante caprichosas con la rebelión militar de 1992.
No cuesta mucho ver que todo el imaginario reivindicador que ha pretendido construirse sobre la base de homenajes, símbolos, imágenes o textos escolares ha tendido no sólo a propiciar un entendimiento radicalmente distinto de esa coyuntura violenta, sino a valorar lo más sombríamente posible las decisiones de carácter político y militar que fueron tomadas tanto por el gobierno de Betancourt como por el de Leoni para repeler la amenaza que significaba la lucha armada para el proyecto democrático y, especialmente, lo que significaba en medio de todo ello la persistente injerencia cubana. A la hora de pretender generar esa visión, mucho de lo que se jactan de repetir los voceros del gobierno tiende a bordear, en ciertos casos, el territorio de lo simplemente ingenuo pero, en otros, se deslizan por el terreno de lo peligroso e irresponsable. Tan irresponsable que, al final, los cubanos no terminaron entrando por una ventana, como pretendieron hacerlo en los años sesenta, sino que les permitimos entrar, con todas las deferencias y miramientos del caso, por la puerta principal.
—Entre todos los libros que ha publicado, ¿cuál fue el que más disfrutó escribir?
—Yo diría tal vez que El lado oscuro de una epopeya. Allí me ocupé de la agonía y desventuras de los voluntarios británicos que terminaron alistándose del lado de los criollos insurgentes a partir de 1817. Y te explico por qué: en primer lugar, porque el grueso del material lo recabé de fondos documentales existentes en Inglaterra. Eso me permitió la irrepetible oportunidad de examinar los contenidos del Archivo Nacional en Kew Gardens o los periódicos de la época (tanto los más conocidos como The Times, como los absolutamente desconocidos, al estilo del diario antiinsurgente The Courier) que se conservan en la Biblioteca del Museo Británico o en la Biblioteca Bodleian de la Universidad de Oxford.
En segundo lugar, porque muchos de los testimonios, tremendamente desoladores y descarnados que aportaron esos reclutas, revela que su estancia en Venezuela terminó convirtiéndose, desde el punto de vista personal, en su propio “corazón de las tinieblas”. Emerger de esa experiencia del horror –hecha de penurias cotidianas, de falta de buenos aprestos militares, de carencias materiales de todo tipo, de enfermedades tropicales, de borracheras incontrolables, de enfrentamientos violentos entre criollos e ingleses que en algunos casos llegaron al homicidio, de barreras idiomáticas infranqueables entre ambos mundos, de conatos de deserción, o de intentos de saqueo por parte de esos reclutas– me permitió cerrarle las puertas de una vez por todas a esa estampa hecha de casacas rojas que, con tanto despliegue de inocencia y tontería, nos obsequió la pintura venezolana del siglo XIX.
—Ahora, hablando de historiografía, ¿qué opina del Centro Nacional de Historia?
—Atiendo con particular curiosidad las cosas que han salido de ese vecindario relacionadas con el tema de la insurgencia. Me interesa la posibilidad de contrastar visiones y asomarme al tipo de fuentes con que se trabaja desde allí el tema de la guerrilla. Por más que se le puedan advertir costuras frágiles al intento por dotar a esa clase de entendimientos de una intencionalidad política evidente, confieso que me he tropezado allí con cosas particularmente interesantes. Eso no lo puedo negar. Sería injusto y mezquino hacerlo.
—¿Con cuál época compararía la situación actual de Venezuela?
—Ninguna época es comparable a otra. Pero, al menos para decirlo con cierta ligereza, me recuerda a la estampida de 1814, sin Boves, naturalmente, y con otro tipo de muerte, desde luego. Y, desde luego también, con el añadido de la dolarización salvaje.
Edgardo Mondolfi Gudat en la Academia
El jueves 24 de noviembre de 2011, Edgardo Mondolfi fue incorporado a la Academia Nacional de la Historia, institución que para él “siempre ha tenido una significación extraordinaria porque es una casa con la cual me he relacionado desde mucho antes de imaginar siquiera que alguna vez formaría parte de sus filas”.
El discurso de incorporación de Edgardo Mondolfi estuvo dedicado al intercambio entre José María Blanco White y Fray Servando Teresa de Mier, en medio de los avatares de la independencia. “Eso me brindó la oportunidad de combinar dos cosas: mi interés por la calidad de la polémica librada entre dos grandes escritores y meterle el diente a la confusa y contradictoria dinámica de una época. Ese discurso fue para mí una navegación absolutamente feliz como escritor y como historiador; o, al menos, para el pretendido escritor o historiador que soy o en el cual, a fin de cuentas, me he convertido”.
Su reconocimiento ha traspasado el claustro, pues el 5 de julio de 2018 fue el orador de orden para la sesión solemne de la Independencia, realizada desde la Asamblea Nacional, controlada por la oposición democrática.

Fotografías:
LB (2012): "La tomamos en la Hemeroteca de la Academia Nacional de la Historia, Caracas, 06/12/12. LLegó junto a Edgardo Mondolfi. No lo quisimos molestar. En el centro, Simón Alberto Consalvi. Seguimos concentrados en nuestro material hemerográfico y, de pronto, creemos que no pasaron ni 20 minutos, se levantó, se despidió y se marcho junto a Mondolfi"   https://www.facebook.com/Hereditatis/photos/a.168848793267582/168848839934244/?type=3&theater
Brevísima nota LB: Magnífico contexto para la fotografía de Daniel Hernández.

domingo, 8 de julio de 2018

PARA LA COINCIDENCIA Y LA DISCREPANCIA

Claridad en el hemiciclo
Luis Barragán


En una hora menguada, no por casualidad Gallegos, Consalvi y Njaím, vuelven a la cámara gracias al discurso aniversario de la declaración de la Independencia.  El historiador Elías Pino Iturrieta,  cuyas opiniones políticas no siempre afianzamos, tuiteó que “hacía  tiempo que no se escuchaba un discurso tan serio en la AN”; e, incluso, a uno de los amigos que recibió nuestro correo, le sorprendió que lo recomendara, siendo conocedor de nuestras posturas políticas.

La exposición de Edgardo Mondolfi en el hemiciclo de trabajo de la Asamblea Nacional, circunstancia que recogió, confiscado el protocolar por la tal constituyente, nos pareció sugestivo y actualizador de las coincidencias y discrepancias que suscita el debate político. Éste se ha hecho tan sagradamente convencional que, a tono con el régimen prevaleciente, en casi veinte años, tiene por constantes características la incoherencia y el fraseo pintoresco que impiden, contaminándola, toda polémica capaz de contribuir a la superación de la dictadura.

Por ejemplo, un rápido repaso de las discusiones parlamentarias en los  últimos tiempos, revelará a una minoría enfrentada a una mayoría opositora que, una vez, convocó y avaló la consulta popular del 16 de julio de 2017; otra, renegó de sus resultados, concursando en las elecciones para correr después a un diálogo incondicional; y, ahora,  duda en torno a la eficacia de la Mesa de la Unidad que le sirvió para fustigar a la disidencia, desgajándola. Por consiguiente, en el seno de  la oposición misma, irreductiblemente plural, hay necesidad de contar con referencias más exactas de las que acostumbra.

El problema no reside ya en la posibilidad de diferenciarse, sino en las diferencias existentes. Un sector las tiene muy claras y consistentes, frente a otros que, cambiantes y oportunistas, voluntaria e involuntariamente,  gracias a una (in) útil ambigüedad,  ayudan al sostenimiento de la dictadura. Por ello, agradecemos el honesto discurso de Mondolfi, con quien coincidimos y también  discrepamos, sin dudar jamás de su integridad moral.

Por lo pronto, en un sentido, la reivindicación de 1811, como un hecho de la civilidad, contrasta con la ciega creencia en el país campamental que encuentra su mejor anclaje en el aula escolar. Y, aunque nos diga todavía bajo un gobierno republicano, bien apunta Mondolfi al vértigo de la crisis que, conocido en otras etapas históricas, vamos a superar, recuperando el nivel de discusión y de decisión que visó nuestra Independencia.

En otro, no compartimos el juicio que le merece la actuación de la Asamblea Nacional que tiene todavía tiene pendiente convertirse en el “quebradero de cabeza” del régimen, y, menos, la posibilidad de referendar cualquier decisión de la espuria constituyente a la que sólo le queda hacerse fraude a sí misma, aunque sus miembros no  eligen siquiera la junta directiva que ostenta. El historiador debe repensar tales posturas, aunque tiene el mérito de formularlas limpia y solemnemente.

Para la coincidencia y la discrepancia, Mondolfi le dio claridad al hemiciclo. Por cierto, algo mejor que el silencio.

09/07/2018:
http://www.diariocontraste.com/2018/07/claridad-en-el-hemiciclo-por-luis-barragan-luisbarraganj/

viernes, 15 de abril de 2016

DEFENSA DEL ESEQUIBO


Respaldo a un documento

“En lo particular, los parlamentarios adscritos a Vente Venezuela respaldamos el documento recientemente suscrito por los integrantes del Instituto de Estudios Fronterizos de Venezuela (IDEFV) y del Frente Militar Institucional (FMI), dirigido a la institución militar venezolana, sobre las circunstancias actuales en materia esequibana. Constituye una ventaja que ambas entidades expongan sus legítimas preocupaciones, como no ocurre en el vecino país, en torno a la reclamación histórica, cuyo desarrollo amerita del concurso de todos los venezolanos, a pesar de la grave y consabida situación que nos aqueja en los ámbitos político, económico y social, pues, todos apuntan a los propios elementos  existenciales del Estado. Hay diligencias, iniciativas e ideas a realizar simultáneamente, porque el evidente desabastecimiento de los insumos básicos o las epidemias sobrevenidas que no logran una respuesta satisfactoria de las autoridades públicas, por ejemplo, tampoco contradicen la necesaria atención que debemos dispensar a una materia urgida del seguimiento, como la del del Esequibo, que apunta a la responsabilidad de un gobierno que está en el deber de informar a la opinión pública de sus propias diligencias. Prudentemente, hemos esperado la confirmación y la versión oficiales sobre importantes denuncias que se han hecho sobre las naves de bandera extranjera que fondean en las aguas venezolanas del Esequibo, como prudente y respetuosamente, el IDEFV y el FMI exponen sobria y coherentemente sus inquietudes”.

Agregó finalmente el parlamentario, coordinador de su bancada: “Llevaremos el planteamiento a la correspondiente Comisión Permanente de la Asamblea Nacional. Recordemos que todavía están pendientes sendos proyectos de leyes, como el de la defensa de la Fachada Atlántica y la creación del estado Esequivo (sic), susceptibles de un debate serio y profundo. En días pasados,  compartimos un importante coloquio realizado en la UCAB a propósito del medio siglo de suscripción del Acuerdo de Ginebra, ejemplificando el interés de la academia por un asunto nada banal, en el que está en el tapete las abusivas concesiones petroleras dadas por Georgetown, la nueva doctrina militar guyanesa, el ecocidio que tiene por escenario el territorio esequibano o las temerarias declaraciones acostumbra el gobierno del país vecino. Esta nueva Asamblea Nacional ha de testimoniar un diferente relacionamiento con la sociedad civil que es corresponsable con el Estado en materia de seguridad y de defensa, como lo establece la Constitución de la República, al igual que responder oportuna y eficazmente a las vicisitudes impuestas por el diferendo territorial”.


Luis Barragán: Urgen a la Asamblea Nacional respuestas a la reclamación del Esequibo

La crisis humanitaria es tan urgente como la defensa territorial. Alerta sobre el supuesto fondeo de naves extranjeras en aguas venezolanas de la Zona en Reclamación

La fracción parlamentaria de Vente Venezuela urgió este jueves a la Asamblea Nacional a “responder oportuna y eficazmente a las vicisitudes impuestas por el diferendo territorial con Guyana”. Los diputados además hicieron público su respaldo a un reciente documento del Instituto de Estudios Fronterizos de Venezuela (Idefv) y del Frente Militar Institucional (FMI), en el que emplazan al estamento militar a defender al Esequibo.

Para los legisladores, el Parlamento “ha de testimoniar un diferente relacionamiento con la sociedad civil, que es corresponsable con el Estado en materia de seguridad y de defensa”. Así lo especificó el asambleísta Luis Barragán, jefe de la fracción del partido liberal.

En ese sentido, resaltó que el desarrollo de la disputa territorial histórica “amerita del concurso de todos los venezolanos, a pesar de la grave y consabida situación que nos aqueja en los ámbitos político, económico y social, pues todos apuntan a los propios elementos  existenciales del Estado”. La crisis humanitaria es tan urgente como la defensa territorial, insistió.

Por otra parte, Luis Barragán alertó sobre el supuesto fondeo de naves de bandera extranjera en las aguas venezolanas de la Zona en Reclamación. Anunció que están a la espera de la confirmación de dicha denuncia, realizada por el Idefv y el FMI y que llevarán el planteamiento a la correspondiente Comisión Permanente de la Asamblea Nacional.

Por último, el parlamentario recordó que aún están pendientes sendos proyectos de ley, como el de la defensa de la Fachada Atlántica y la creación del estado Esequivo (sic), “susceptibles de un debate serio y profundo”.

14/04/2016

Una nota no tan breve LB: Enviamos sin éxito la nota original y, versionada por el departamento de prensa de VENTE, fue la que apareció en los portales. Por lo demás, no somos aficionados a los "selfies" con cuenta personalidad tropezamos.Y, ciertamente, para los efectos del necesario archivo o que la ocasión misma lo amerite, nos disponemos a la gráfica. La que preside la nota, obedece al coloquio realizado esta semana en la UCAB con Edgardo Mondolfi, Guillermo Guzmán y Manuel Donís, quienes disertaron sobre el Acuerdo de Ginebra. Por cierto, el general Oswaldo Sujú tuvo la amabilidad de escribirnos al correo en los siguientes términos: "Sr. Diputado, Luis Barragán buenas tardes, en nombre del IDEFV y mío propio, reciba usted nuestro agradecimiento y felicitación por la forma como atendió nuestro llamado institucional a la F.A.N y por ende a la conciencia nacional, mediante el reciente Manifiesto del IDEFV y el FIM. Usted lo ha dicho otras veces, el asunto del Territorio Esequibo es de todos los venezolanos, sin excepción ni banderas. Dip. Barragán, si en los últimos 15 años los diputados integrantes de la A.N.V, se hubieran comportados como Ud. , seguro estoy que nuestra lucha por la reivindicación del Territorio Esequibo fuera hoy muy diferente... Dios lo bendiga y le otorgue mucha salud, voluntad y sabiduría. Saludos por su casa. Atentamente, GD. Oswaldo Sujú Raffo. Pdte. IDEFV." . Por problemas de conexión, hoy es que le respondemos: "Estimado Gral. O. Sujú Raffo: Agradezco mucho su nota. Ciertamente, nos hemos identificado con el planteamiento sobrio y responsable que ambas entidades suscribieron. No obstante, le observo que fueron numerosos los parlamentarios que, en el período pasado, intentamos abordar el problema muy a pesar de las condiciones por entonces imperantes que, sin dudas, no se compadecen con las que relativamente aventajan a la actual mayoría en el hemiclo.  Condiciones de una violencia verbal que llegó a la física, impidiendo tratar debidamente los problemas fundamentales del país. Ya, en otras circunstancias, creemos en la necesidad de una Comisión Especial o una Sub-Comisión surgida del seno de la Comisión Permanente de Política Exterior para tratar el especifico asunto del Esequibo. Es una materia que modestamente gestionamos. Quizá prevalezca la idea de la Comisión Especial de Fronteras, presidida por la diputada Leydi Gómez, de reciente creación, como una instancia adecuada, aunque soy partidario de otra específica en torno al Esequibo, de retos más inmediatos y concretos. Por cierto, una comisión esequibana en la que convendría una representación de las comisiones de Política Exterior, Defensa y Política Interior. Valga acotar, con el celo de un tratamiento cuidadoso, por la delicada materia que comporta y con la participación ordenada de las reconocidas  organizaciones ciudadanas que están dispuestas a aportar. Aprovecho la ocasión de remitirle un trabajo que versa sobre la relación parlamento y diferendo esequibano, próximo a publicarse en una obra colectiva por la ULA, cuyo orígen fue un foro promovido y realizado por la USB, a finales de 2015. Agradeciendo la atención dispensada, Dios lo bendiga junto a su familia. LB".
El documento en cuestión se encuentra en: http://www.el-nacional.com/politica/ATT258831_NACFIL20160412_0001.pdf

sábado, 20 de junio de 2015

TODO Y NADA PASA


El Nacional, Caracas, 13/06/1985.

Algunos textos de prensa de Juan Liscano:
- El libro de Eloy Silvio Pomenta sobre H. Marcuse. El Nacional, Caracas, 19/03/1970.
- "Independientes y Caldera". Ibidem, 01/12/82.
- "Problemas del comunismo venezolano", 12/03/70.
- "Rafael Caldera", 18/11/82.
- "Dictadura", 08/06/78,
- "Caracas", 13/04/78.
- "Salvemos nuestras plazas", 02/03/78.
- "Aníbal Romero", 18/12/86.
- "Rómulo Gallegos y el Premio Nobel de Literatura",  26/02/50.
Edgardo Mondolfi Gudat escribe: "Espacio Liscano: Recuerdo desde la Argentina". Ibidem, 21/04/01.

domingo, 14 de julio de 2013

EL MENOS MAQUIAVÉLICO DE TODOS: MAQUIAVELO (8)

EL NACIONAL - Domingo 14 de Julio de 2013     Papel Literario/6
Maquiavelo criollo
Aunque se acostumbre a seguir los consejos de Maquiavelo sin recato, también es frecuente que se obvie hacer toda mención de él o que se busque rechazar cualquier parentesco con su forma de entender la política
EDGARDO MONDOLFI GUDAT

Históricamente, los capitanes de nuestra política han tendido a ser muy mojigatos a la hora de referirse a Maquiavelo. Sin duda ocurre lo mismo en otras latitudes, lo cual no le confiere ninguna singularidad al caso venezolano. De hecho, Henry Kissinger, el más maquiavélico de los políticos estadounidenses, siempre ha visto con horror que se le asocie de cualquier modo con el florentino. Así, pues, aunque se acostumbre a seguir sus consejos sin recato, también es frecuente que se obvie hacer toda mención de él o que se busque rechazar cualquier parentesco con su forma de entender la política. En realidad son pocos, muy pocos, los que han llegado a reconocerse con franqueza como sus apóstoles. Quizá una excepción haya sido Lenin, quien hablaría del florentino con abierta admiración en su correspondencia. Según lo señala su biógrafo, Robert Service, a Lenin le atraía la justificación que Maquiavelo hacía del uso de la fuerza, y así se lo expresó sin circunloquios a Viacheslav Mólotov en una de sus cartas más personales de 1922.
Una excepción venezolana
No obstante, en el caso venezolano, existe también una excepción a la hora de juzgar a Maquiavelo sin anteponer una fábrica de prevenciones.
Porque así como Lenin no las tuvo, tampoco las tuvo Rómulo Betancourt, el más exitoso de nuestros dirigentes a la hora de inspirarse en los patrones del centralismo leninista.
Si bien Betancourt utilizó muchas veces a Maquiavelo en su acepción más corriente, es decir, convertido en epíteto para tirotear al adversario, también le confirió un valor indiscutible a la hora de consultarlo como guía de las conductas humanas. El mejor ejemplo en este sentido lo proporciona un pasaje de su libro Venezuela, política y petróleo donde analiza y justifica la creación del Tribunal de Responsabilidad Civil y Administrativa encargado de encausar a los personeros del depuesto régimen medinista, y sus antecesores lopecistas y gomecistas.
Tratándose de una de las razones que le dio anclaje al golpe del 18 de octubre de 1945, Betancourt no llegó, desde luego, al punto de desdecirse de una iniciativa que, como lo admitiría en más de una ocasión, estuvo viciada en algunos casos. Pero es en este punto donde Maquiavelo se convierte en nota digna de atención para el lector atento que fue Betancourt. Digamos más: los consejos del florentino resultaron providenciales a la hora de ponerlo en guardia frente a las reacciones que suscitaría una decisión que, como esta, habría de deslindar definitivamente el campo entre los adecos en el poder y sus adversarios caídos a consecuencia de la asonada octubrista. Escuchémoslo: "Una observación cabe hacer en torno a esta medida, que ha sido y sigue siendo objeto de viva controversia pública.
No ignorábamos cómo ese procedimiento de profilaxis administrativa nos concitaría odios inextinguibles y feroces resistencias. Habíamos leído en Maquiavelo aquella reflexión suya según la cual los hombres olvidan primero la muerte del padre que la pérdida del patrimonio". Profecía autocumplida, sin duda, al menos si se juzga por el caso de Eleazar López Contreras quien terminaría declarándole al gobierno de Betancourt una guerra sin cuartel al conocerse el fallo del tribunal.
La tradición sentimentalista
Pero no es este Maquiavelo, útil y práctico, el que sobresale en nuestra tradición republicana sino el que se traduce en objeto de desdén entre los moralistas. Se trata en este caso del Maquiavelo que sirve para anteponer distancias. Porque, según esta mirada, maquiavélico suele ser siempre el otro, el responsable de la acción dolosa, el que se prevale de lo turbio y de lo inmoral, o de la simulación artera, para obtener fines inconfesables. Así, cada vez que se hace memoria de él, o cuando se le invoca en medio de la diatriba, es para poner de bulto los engaños más cínicos y las más escandalosas abominaciones. Más que verlo entonces como portador de una brújula confiable sobre las técnicas del poder, el nombre de Maquiavelo se convierte en este caso en un elemento eficaz para oponerlo a quienes se consideran los exponentes de un modelo correcto de hacer política.
Quien estrena esa tradición sentimentalista, en el caso de Venezuela, es Francisco de Miranda, quien, de viaje por Florencia en 1785, revisó con su proverbial curiosidad los papeles de Maquiavelo que allí se atesoraban. Sin embargo, por mucho que se hurgue, Maquiavelo siempre figura en su correspondencia revestido de los más diabólicos atributos.
Así ocurre por ejemplo en octubre de 1796 cuando, domiciliado ya en Londres y creyendo haber recibido el estímulo necesario para la gestación de sus planes insurgentes, Miranda se ve sorprendido por la novedad de que España y Gran Bretaña han resuelto desactivar un foco de tensión reciente que obligaría al entonces primer ministro William Pitt a archivar las propuestas que el venezolano quiso compartir con el Gabinete inglés. Su reacción ante la noticia no sólo fue visceral sino que se desahogó usando a Maquiavelo como blanco de su ira. Ante un agregado de la legación rusa en Londres, Miranda ventiló su mal humor de este modo: "¡Confiésome derrotado! ¡No hubiera creído que la perversidad humana podía llegar tan lejos! Pitt es un monstruo que parece no tener otro guía que El príncipe de Maquiavelo. He sido vendido por un tratado de comercio con España".
Ante tan destemplada reacción sólo cabe concluir una de dos cosas: o Miranda se sobrestimaba demasiado o no entendía del todo bien las complejidades que regían, y continuaron rigiendo por largo tiempo, la diplomacia anglo-española. A pesar de ello, si se consulta la lista de títulos que llegaron a integrar su temprana biblioteca personal, allí figuran cuatro volúmenes de las obras de Maquiavelo que, con el tiempo, desaparecen de posteriores registros que el propio Miranda hiciera de sus libros.¿Será que el futuro Generalísimo terminó por desecharlo, considerando a Maquiavelo como un mero traspiés de una época remota de su vida, o fue simplemente que tales libros terminaron por perderse en medio de los accidentados periplos de su dueño?
Bolívar y el florentino
Cuando menos hay certeza de que otro venezolano sí consideró a Maquiavelo un extravío de su juventud o, al menos, ese fue el pretexto que le sirvió para distanciarse de cualquier afinidad que pretendiera endilgársele. Aludimos desde luego a Simón Bolívar, tal vez uno de los políticos venezolanos que mejor supo apreciar y poner en práctica sus recomendaciones. Hablando del recorrido que por su parte emprendiera por Italia el futuro Libertador en 1805, Daniel O´Leary, su edecán e interlocutor desconfianza, anota lo siguiente: "Llegó a Florencia. (...) Allí estudió algunas de sus más célebres obras, de donde sacó algunas máximas saludables". Pero de seguidas vendrán las aclaratorias de quien, además de confidente, actuaba como albacea espiritual de Bolívar. Dice O´Leary: "Su admiración por los autores toscanos no comprendió a Maquiavelo, contra quien tenía la vulgar preocupación que ha hecho que su nombre sea sinónimo de astucia política y de crimen. Tan fuerte era esa preocupación que ni el profundo conocimiento de sus diferentes producciones literarias, ni el tiempo mismo, consiguieron modificarla".
Sin embargo, O´Leary llegaría mucho más lejos en este ejercicio de asepsia bolivariana.
En una discreta nota a pie de página de sus Narraciones , de donde está tomada la cita anterior, el edecán comenta que, ya en Cartagena y pocos meses antes de morir, al Libertador le sorprendió descubrir sobre su escritorio una edición reciente de las obras de Maquiavelo.
Apunta O’Leary que, mirándolas de reojo, Bolívar le sugirió que, en vez de leerlas, "podría emplear mejor el tiempo". Pero, en todo caso, al edecán no se le escapó agregar otra preciosa observación. Luego de lo que pareció ser una discreta reconvención, la presencia de aquellos volúmenes dio pie para que ambos hablasen acerca "del mérito" de tales obras, pudiendo O´Leary notar, y tales son sus palabras, que "Bolívar conocía a fondo cuanto contenían". Movido por la curiosidad de comprobar su presentimiento de que El Libertador había leído al florentino más de lo que cabía sospechar, éste le contestó que "desde su salida de Europa, hacía 25 años, no había vuelto a leer ni una línea de los escritos de Maquiavelo". No hace falta que O´Leary lo mencione para percatarnos de que Bolívar, a lo largo de su vida, hizo cuanto estuvo a su alcance para afianzar la impresión de que fueron más bien J.J. Rousseau y el barón de Montesquieu quienes apadrinaron lo mejor de sus ideas. Al menos así salta a la vista a la hora de revisar su epistolario, donde quedan evidenciadas sus credenciales de buen lector.
Ambos, Miranda y Bolívar, visitaron Florencia, la ciudad de la cual era oriundo Maquiavelo y donde este estableció su laboratorio para tomarle el pulso a la política. Lo hicieron con veinte años de diferencia, en 1785, el primero, en 1805, el segundo. En 1812, en medio de un episodio turbio, Miranda será hecho prisionero y Bolívar colaborará con su entrega a las autoridades españolas a fin de poner a salvo su propio pellejo al darse la caída del régimen insurgente. Para el primero, Bolívar representará la traición; para este, Miranda representaba el daño dirigido contra la República. Si la traición pudo conducir a la larga a alguna eficacia en su cometido, pues entonces valió la pena haberla ensayado. Al menos así lo habría entendido Maquiavelo.

lunes, 17 de junio de 2013

TESTACIÓN

EL NACIONAL - Viernes 14 de Junio de 2013     Opinión/9
Al compás de los días
Trujillo y Betancourt
MANUEL FELIPE SIERRA

" El Presidente reacciona, no ve ni oye, apenas siente un zumbido espantoso, tiene cubierta la cara de sangre, le arde la piel, están destrozados sus anteojos de gruesos aros oscuros y logra con un impulso concentrado abrir la puerta". Así relata Miguel de los Santos Reyero los minutos siguientes al atentado que sufriera Rómulo Betancourt el 24 de junio de 1960 en la avenida Los Próceres de Caracas. Se trataba de un ajuste de cuentas (como fue posteriormente comprobado por la OEA) del dictador dominicano Rafael Leonidas Trujillo contra el mandatario venezolano.
El hecho criminal era el resultado de viejas diferencias entre los dos políticos, que tuvo momentos culminantes cuando en los años del 45 al 48 Santo Domingo se convirtió en el centro de conspiración de los adversarios de la Revolución de Octubre, que llegaron incluso en aquel momento a promover varios planes de invasiones al país. El episodio es retomado ahora por el historiador y escritor Edgardo Mondolfi Gudat en el libro El día del atentado (El frustrado magnicidio contra Rómulo Betancourt). Se trata de una investigación exhaustiva y esclarecedora sobre un acontecimiento que merecía, como ahora, un tratamiento más cuidadoso.
Mondolfi recurre a documentos desconocidos que ponen en claro los desencuentros insalvables entre Betancourt y Trujillo, y toda la trama subversiva que se tejió en República Dominicana para derrocar el gobierno de Betancourt nacido en 1959 y sometido a todo tipo de acechanzas.
En primer término, del viejo militarismo derrocado el 23 de enero con la caída de Pérez Jiménez, y luego, la insurgencia de sectores de izquierda iluminados por la Revolución Cubana de Fidel Castro.
El propio Trujillo (como producto de una antigua obsesión) manejó los hilos de varias conjuras incluido el golpe de Estado (también fallido) que intentó Jesús María Castro León desde San Cristóbal meses antes de lo ocurrido en Los Próceres, cuando milagrosamente Betancourt salvó la vida, aunque ello dejara graves secuelas para su salud.
El historiador indaga tambiénhasta dónde el asesinato de Trujillo, ocurrido el 30 de mayo de 1961, tendría que ver de alguna manera como una respuesta de sectores democráticos vinculados a Betancourt por la presencia de un dictador que representaba un estigma, no sólo para los dominicanos, sino para el Caribe y el resto de América. Si bien Mondolfi no encuentra comprobación de una vinculación entre ambos hechos, es indudable que a partir del atentado contra Betancourt y el aislamiento que como consecuencia de éste recibiera de la comunidad internacional, el largo mandato de Trujillo entró en un indetenible proceso de descomposición.
Sin duda, un valioso aporte del autor para profundizar en la historia contemporánea de Venezuela.

ATESTACIÓN

EL NACIONAL - Lunes 17 de Junio de 2013     Cultura/3
Elforodellunes
EDGARDO MONDOLFI GUDAT El profesor universitario escribió El día del atentado
"Venezuela no ha sido tierra propensa a magnicidios"
El más reciente libro del individuo de número de la Academia Nacional de la Historia se refiere al legado del gobierno de Rómulo Betancourt, que fue severo con los regímenes de facto, de derecha y de izquierda
MICHELLE ROCHE R.

En el último lustro, los historiadores y otros académicos se han entregado a la intensa revisión de la figura histórica de Rómulo Betancourt y Edgardo Mondolfi Gudat acaba de sumarse a este grupo con su más reciente libro, El día del atentado. El frustrado magnicidio contra Rómulo Betancourt.
"En estos tiempos inciertos que vivimos, la figura de este presidente es percibida como eje de un proyecto que logró alinear dentro de unas mismas reglas de juego, en un pacto de gobernabilidad bien sostenido, a fuerzas políticas diferentes y comprometerlas con un régimen democrático.
Eso, indudablemente, llama la atención de las nuevas generaciones", indica el profesor de la Escuela de Estudios Liberales y de la maestría de Estudios Políticos y de Gobierno de la Universidad Metropolitana, cuyo interés en la historia comenzó por el siglo XIX y en los últimos años migró hacia el estudio de la modernidad nacional.
El libro, editado en la colección Hogueras del sello Alfa, agrega una dimensión adicional a la discusión académica al poner en perspectiva los enfrentamientos entre el primer presidente venezolano de la era democrática y Rafael Leónidas Trujillo, que durante 30 años impuso una dictadura militar en República Dominicana.
El historiador no sólo reconstruye el intento de magnicidio del 24 de junio de 1960, sino que también se detiene en sus consecuencias dentro y fuera del país. El volumen, adicionalmente, muestra las relaciones de los países caribeños con Estados Unidos durante la Guerra Fría y el papel que desempeñó Venezuela en los intercambios diplomáticos de la época. La creciente percepción negativa de la comunidad internacional sobre la dictadura de Trujillo y el temor a que esto beneficiara la Revolución Cubana multiplicando sus réplicas en la región creó paranoia en el Gobierno de Estados Unidos, que entonces estaba ocupado en erigirse como la cabeza del eje capitalista contra el comunismo soviético.
"Me propongo analizar al Betancourt que pregonaba una ideología reformista democrática frente a los regímenes autoritarios del Caribe", apunta el autor cuyo interés en el siglo XX empezó con la investigación sobre la actividad conspirativa de Eleazar López Contreras durante el Trienio 1945-1948, que culminó en su libro General de armas tomar , publicado por la Academia Nacional de la Historia, institución en la que es individuo de número desde 2012.
--Señala que Betancourt, en un gesto de humildad raro en la historia nacional, no quiso que el atentado en su contra quedara consagrado como un ejercicio de heroicidad republicana. ¿Qué parte en la formación de Betancourt lo convirtió en un civilista? --Venezuela no ha sido tierra propensa a magnicidios.
El gobierno actual ha hecho de la palabra magnicidio una mercancía cotidiana, pero para Betancourt el atentado que le hicieron no merecía ser recordado. Su civilismo se debe a que fue alguien probado en el pellejo de mil batallas y entendió que el camino no era el aventurerismo político, sino la construcción de un proyecto coherente de poder. La historia de su largo exilio y el hecho de que acompañara algunas propuestas invasoras en tiempo del gomecismo, para luego renunciar a todo eso cuando entendió que la modernidad reclamaba otro tipo de actuación en la política.
--¿Cómo explica que un país que se deja seducir por las opciones militares rechace soluciones de facto, como los intentos de magnicidio? --Hay una ambigüedad en la sociedad venezolana que es permisiva con el golpismo, la aventura militar y la insurrección, pero se frena ante otras formas de violencia política como el atentado contra un presidente. Todo el arco político de la época, desde el Partido Comunista de Venezuela hasta Fedecámaras, rechazó el intento de magnicidio de 1960, aunque poco después habrá factores en armas que comenzarán a desafiar al mismo gobierno en una forma radical de violencia política.
--Los protagonistas de su libro son, además de Betancourt y Trujillo, Fidel Castro, en un contexto donde el Departamento de Estado norteamericano intentaba controlar a las dictaduras caribeñas.
--Así es. Lo más interesante de la coyuntura es la difícil disyuntiva que tuvo que afrontar Estados Unidos al tener que condenar a Trujillo por su largo expediente de represión en la isla. No debe creerse que porque el régimen de la isla dio una buena acogida al sector financiero estadounidense, las relaciones políticas entre ambos países fueron cónsonas, a tal punto que Trujillo siempre se apoyó en una estrategia de cabildeo ante la opinión pública norteamericana para confrontar los cuestionamientos que Washington hacía de su política de represión. Pero también estaba el riesgo de que un proceso de desestabilización de la República Dominicana condujera a la emergencia de un fenómeno similar al cubano que había recién ocurrido. La actuación del gobierno de Betancourt se concentró en convencer a Estados Unidos de que, además del cubano, existía un modelo confiable de interlocución en la región, como era entonces Venezuela. Al final, Estados Unidos se plegó a las acciones que promueve Venezuela contra Trujillo.
--Betancourt estaba tratando de promocionar su gobierno como la salida democrática ideal para Latinoamérica, esto tiene que ver con una necesidad del entonces presidente de Venezuela de distanciarse de las ideas comunistas con las cuales había comulgado más joven.
--Hizo un esfuerzo inmenso por deslindarse de esas aguas. Y lo venía sosteniendo ya desde la década de los años treinta, pero había sectores, dentro y fuera del país, que lo asumían como un hombre de izquierda. Lo que clarificó el panorama de sus opiniones políticas fue la coincidencia de su presidencia con la de John F. Kennedy, que fue capaz de entender las circunstancias que tenía América Latina en su consolidación y la opción del reformismo que protagonizaba Betancourt.
Eso facilitó mucho la confianza que Estados Unidos le tuvo, me refiero a la capacidad de Kennedy de verlo como un socio confiable, uno que se estaba moviendo en la centro izquierda latinoamericana y cuya influencia podía comenzar a extenderse a otros países de la región.
--En términos diplomáticos, ¿cuál es el gran legado de su presidencia? --Betancourt tuvo una posición igualmente severa a la hora de condenar regímenes de facto, fueran de izquierda o de derecha. No dejó nunca de ser crítico del intervencionismo estadounidense en América Latina. Pero también entendió lo que significaba ponerle coto a los avances del proyecto castrista. Su legado fue la afirmación de una política venezolanista de no injerencia. Y de enfrentamiento por igual a los factores de derecha y de izquierda que hubiesen surgido en la región sin ser resultado de un proceso democrático.
--El único personaje de esta historia que queda vivo es Castro. ¿Cómo ve el papel que su régimen desempeña hoy en la región frente al que tuvo durante la Guerra Fría? --Esta es una etapa melancólica para el régimen cubano, si uno lo compara con la época caliente de la Guerra Fría, en la década de los años sesenta. Betancourt impidió que Castro entrara por la puerta principal a la arena internacional y ahora, que Cuba ya no es lo que fue en la Guerra Fría, nos encontramos que es el más cercano aliado de Venezuela en un contexto donde prima el ritualismo de izquierda de parte de nuestros gobernantes.