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sábado, 2 de junio de 2018

¿CUÁL ES EL CAMINO?

EL UNIVERSAL, Caracas, 3 de junio de 2018
Brecha entre sociedad y política
Félix Cordero Peraza

Se amplía la brecha entre la sociedad y el segmento político. El descrédito de las organizaciones va en aumento y la gente pareciera que espera algo grande que vendrá de sorpresa. ¡Que venga lo que sea pero que cambie esta dramática situación! Es el clamor generalizado en amplios segmentos sociales. Las condiciones psicológicas y objetivas están dadas para pensar que lo que pase es mejor a continuar en la presente crisis económica. Hay que buscar otra perspectiva u otro camino. Esta es la oportunidad de que salgan nuevos liderazgos, el cual tiene que ver, como dice Stephen R. Covey: con la visión, no perder de vista la misión y con la eficacia y los resultados. Para lo cual es necesario entregar lo mejor de sí, poseer sensibilidad interpersonal y ansias de cambiar. Un país decepcionado del liderazgo político por su riña constante producto de ambiciones y envidias. Rivalidades intranscendentes y emulaciones mediocres. La gente espera que los líderes sean capaces de interactuar positivamente, para escuchar y comunicar ideas. 

En el plano global del desarrollo

Así piensa la mayoría de los habitantes de este país, víctima de la ineficiencia y la burocratización en la administración pública. Holgazana, lenta y corrupta. Sin planes de desarrollo regional, local ni nacional. Improvisada y despilfarradora. Carente de prioridades y sistemas de control y evaluación. En su ejecución no se valorizan rendimientos ni productividad. Los resultados están relacionados con el uso anárquico de recursos financieros, presupuestarios y humanos. El desarrollo, como lo define L.J. Lebret: “No es más que el conjunto de transiciones o pasos de un pueblo determinado y para los grupos que lo constituyen, desde una fase menos humana a una fase más humana, al ritmo más rápido posible, con el costo menos elevado posible”. El liderazgo actual carece de una concepción en el plano global del desarrollo, que logre inspirar y motivar a los venezolanos. Que instaure confianza y multiplique en la población los sueños y las esperanzas.

Proyecto de país fracasado

¿Entonces qué es lo que ve el venezolano en la presente situación que atraviesa? Del gobierno, el intento de implantar un proyecto de país, cuya ejecución después de 20 años luce fracasado y en plena crisis de resultados positivos. Sus políticas y programas son los causantes de esta terrible crisis. Donde destacan el hambre. Los actuales niveles de ingreso familiar, no cubren los precios de una bestial hiperinflación en los bienes, productos alimenticios y medicinas. Unas políticas públicas que han generado un violento proceso de empobrecimiento. Un aumento en la brecha entre ricos y pobres y un crecimiento exponencial de la desesperanza. Crece una peligrosa apatía por los asuntos públicos. Reflejada en la alta abstención del 20 de mayo. La desconfianza se ha ensanchado y la falta de optimismo envuelve importantes capas de la población. Aunque, y es justo decirlo, hay importantes núcleos de clase media emprendiendo iniciativas y proyectos novedosos. 

Del liderazgo opositor, destaca su división y la falta de un proyecto consensuado y compartido entre todos, que provoque espíritu de lucha, empatía por las ideas y confianza en los dirigentes. También sobresale la ausencia de un líder único y el diseño de una estrategia con políticas y acciones coordinadas en todo el territorio nacional. Han sido muchos los errores y las actividades que han fracasado. Es el momento de reflexionar y pensar en el bienestar de las mayorías y no en el interés particular de personas y organizaciones. El país necesita una oposición fuerte y asertiva. Con una solo dirección y estrategia. Mientras esto no suceda seguirá la supremacía del gobierno en la conducción de la nación. Nada se hace con una oposición incoherente y desarticulada.

Fortalecer los partidos

Los partidos son la columna del sistema democrático. Las estructuras para que la gente intervenga en los asuntos públicos. La lucha de los ciudadanos por el poder tiene como canales a las organizaciones políticas. Es hora de fortalecerlos. Misión que deben cumplir en primer lugar los dirigentes políticos. Actuar en concordancia con sus postulados y principios. Los partidos deben ser centros de debates de ideas y visiones. Canteras de cuadros políticos formados doctrinariamente y capacitados para realizar diagnósticos e interpretar realidades de naturaleza social y económica. Hábiles para comunicar eficazmente las ideas.

Fuente:

sábado, 29 de abril de 2017

INFECCIÓN MESIÁNICA APARTE



Del encallejonamiento militar

Luis Barragán


Desocupadas tras vencer las insurrecciones de la década de los sesenta del XX, las Fuerzas Armadas Nacionales naturalmente reorientaron sus tareas. El Plan Andrés Bello marcó otro horizonte a una entidad que tendió a explicar los más variados  problemas concernientes a la seguridad y defensa en el marco del necesario desarrollo nacional, coincidiendo – entre los setenta y ochenta -  con la gravísima crisis estructural de nuestra economía, todavía criminalmente evadida.

Finalizando el siglo, perdimos el asomo de una efectiva sustitución de las importaciones, con las industrias pesadas de Guayana, por  ejemplo. En el repertorio de nuestras calamidades, agotada cada vez más la renta petrolera, severamente asediados por una gigantesca deuda externa, prendió la desconfianza galopante hacia la institucionalidad democrática.

Más allá del mesianismo que nos embargó, encarnado por Chávez Frías, como bien las circunstancias hubiesen favorecido a otro de los que subrepticia o abiertamente lidiaban la escena, la situación nos condujo a la corporación castrense como referente y estratega del desarrollo. Propios y extraños, críticos y condescendientes,  coincidieron en celebrarla como una opción más explícita que implícita, para solventar nuestros males sociales y económicos.

Además de aporte sólido y sistemático que ha realizado Luis Alberto Buttó, destacando un par de títulos imprescindibles como “Civiles y militares. Manual indispensable” (2015) y “!Disparen a la democracia!” (2017), nos permitimos citar dos muestras adicionales y contrastantes. Por una parte, conteste con su ulterior testimonio bibliográfico, aunque “Nuevo intervencionismo. La desmilitarización en el Continente” (1996) lo distrajo con un distinto timbre político, José Machillanda enfatizaba a la inteligente periodista Miriam Freilich que la guerra del Ejército de Venezuela era contra el hambre, la miseria, el desempleo, la falta de viviendas y, trascendiendo a “algunas experiencias tímidas y epileptoides”, debía unidades como las de ingeniería militar, comprometiendo al elemento militar con los planes de desarrollo (El Nacional, Caracas, 24/03/1990); por cierto, en fecha cercana, un reportaje no firmado, igualmente a propósito de la solicitud de reincorporación de Machilanda a las Fuerzas Armadas, publicado en el órgano periodístico del MAS, apuesta por la conversión de los efectivos y gastos militares en palanca productiva para el desarrollo, como mano de obra barata y disciplinada (Punto, Caracas, 29/03/90).

Más tarde, por otra parte, el entonces ministro de la Defensa, Raúl Salazar, le aseguró al sagaz periodista Javier Ignacio Mayorca, el retiro “en 90%” del Proyecto Bolívar 2000 que lo concebía como un estímulo a la industria privada para la generación de empleos que, gracias a un préstamo del FMI, sería conducido por diferentes organizaciones sociales (El Nacional, 28/02/99).  Consabido, el referido proyecto  alcanzó una asombrosa ramificación tal que afectó la naturaleza misma de la corporación y comprometió fabulosos recursos de una cuantía y un destino real todavía imprecisos; valga la acotación, el ministro desconocía la intención presidencial en la materia, o procuraba neutralizarla, aunque – en otro ámbito – la prensa de mediados de junio del citado año revela muy bien la conducta que asumió respecto a los inconstitucionales ascensos militares ordenados por el presidente de la República, marcando un precedente.

Nos parece, nada convincente  luce que la fracturación, confusión o dislocación de la actual Fuerza Armada Nacional se deba meramente a una suerte de infección mesiánica procurada por las sobredimensionadas habilidades de Chávez Frías, además, influenciado por sendos procesos como el de la llamada revolución peruana. Ésta, una vulgar, caricaturizada y duradera sugestión del joven cadete al que no podía pedírsele una acabada reflexión, diferente a las materias que cursaba; y, si fuere el caso, por más expuesto que estuviese a una cierta formación política e ideológica, otros líderes civiles a una edad semejante tienen mejor testimonio que dar de sus tempranas impresiones. Por lo demás,  independientemente de la opinión que el caso merezca, por  la calidad de los golpistas peruanos de 1968 , hay una distancia académica y política  considerable  en relación a los golpistas venezolanos de 1992, tal como inferimos de un valioso ensayo de Manuel Urriza (“Perú: cuando los militares se van”, 1978).

Infección aparte, por no citar el papel que juega bajo la supuesta conducción de Maduro Moros, la FANB no debe ni puede encarar   definitivamente el desafío del desarrollo nacional, pues se debe estelarmente a una misión muy concreta en el sector defensa. Por pretenderlo, no sólo de llena de funciones y genera intereses que la desnaturalizan, en el campo petrolero y gasífero, como en otras áreas, sino que no garantiza siquiera la integridad territorial, ocupando las fuerzas irregulares y delincuenciales grandes extensiones del país, sobre todo limítrofes, obviando las torpezas en las que se ha incurrido con el Esequibo: ella no está para responder al colapso del modelo petrolero, convirtiéndose en dinamizadora de la economía nacional a la vez que no logra recuperar un helicóptero militar perdido desde hace meses, encallejonándola moralmente.

domingo, 26 de marzo de 2017

OPCIONES

EL NACIONAL, Caracas, 25 de marzo de 2017
Das kapital del knowhow
Ricardo Hausmann

Hace 25 años que el apartheid llegó a su fin, y 23 desde que el Congreso Nacional Africano asumió el poder en Sudáfrica. Sin embargo, informó el presidente Jacob Zuma en su reciente discurso sobre el estado de la nación, el control continúa estando en manos de los blancos del país.

“Los hogares blancos ganan por lo menos 5 veces más que los negros”, afirmó Zuma, y “solamente 10% de las 100 empresas más importantes de la Bolsa de Johannesburgo son propiedad de sudafricanos negros”. Los blancos todavía representan 72% de los altos directivos. El coeficiente Gini, una forma ampliamente utilizada de medir la desigualdad, no muestra ninguna señal de bajar y continúa siendo uno de los más altos del mundo.

Estos hechos suceden luego de 14 años de un vigoroso programa de potenciamiento económico de la población negra llamado Black Economic Empowerment o BEE, que ha creado diversos tipos de incentivos y limitaciones para impulsar la participación de dicha población en los ámbitos de propiedad, administración, control, capacitación, adquisiciones y emprendimiento. A los propietarios de acciones de raza blanca se les exigió vender acciones a personas negras mediante transacciones que a menudo estuvieron fuertemente apalancadas y fueron financiadas con fondos públicos.

No obstante, afirma Zuma, los resultados están por debajo de la meta que en 1981 fijó el entonces presidente del Congreso Nacional Africano, Oliver Tambo, quien buscaba lograr la emancipación económica a través del “retorno [sic] de la riqueza de la nación al pueblo en su conjunto”. Esta meta debería lograrse mediante una “transformación económica radical”, lo que según Zuma significa “un giro fundamental en la estructura, los sistemas, las instituciones y los patrones de propiedad, administración y control de la economía a favor de todos los sudafricanos, especialmente los pobres, la mayoría de los cuales son africanos y mujeres”. El país necesita enfrentar lo que él y otros han llamado el “capitalismo monopolista blanco”.

Lo que Zuma parece buscar es una radical redistribución de recursos en la dirección sugerida por Julius Malema, líder de los Luchadores por la Libertad Económica y admirador del enfoque chavista de Venezuela. Allí, Hugo Chávez y su sucesor, Nicolás Maduro, nacionalizaron petróleo, acero, cemento, telecomunicaciones, bancos, tierras agrícolas, empresas lecheras y cadenas de supermercados, e invirtieron en empresas mixtas para producir automóviles, artículos electrónicos, electrodomésticos y una miríada de otros bienes. La producción colapsó en todas estas empresas, y las consecuencias para Venezuela han sido catastróficas.

En un mundo donde la desigualdad es un tema de gran importancia y el deseo de un cambio radical es profundo, ¿qué se debería concluir de estas experiencias? ¿Por qué tanto Venezuela como Sudáfrica no han logrado lo que sus líderes buscaban?

Gran parte del pensamiento que inspiró a Zuma, Tambo, Chávez y Maduro se remonta a Marx. Para ellos, y también para algunos intelectuales de hoy, como el economista francés Thomas Pikkety, el mundo económico consiste en dos sustancias fundamentales: capital y trabajo. Los propietarios del capital controlan los medios de producción, lo que les otorga poder sobre la fuerza laboral. La emancipación, como la llamó Tambo, implica el “retorno de la riqueza del país” –la propiedad del capital– a sus legítimos propietarios, ya sea de manera directa o a través de un Estado que los represente.

Sin embargo, el capital, al igual que el futuro, ya no es lo que era antes. Hoy día se ha transformado en un bien barato y abundante. Si uno no lo posee, puede arrendarlo.

Las 40 empresas más grandes que participan en la Bolsa de Johannesburgo son predominantemente “de propiedad” de inversores institucionales extranjeros. Otro 12,5% del mercado es “de propiedad” de la Public Investment Corporation of South Africa, que administra el fondo de pensiones de los empleados públicos. Desde esta perspectiva, el hecho de que en la actualidad inversores individuales de raza negra, según Zuma, sean propietarios de 10% del mercado bursátil es impresionante, dado que no predominan los inversores individuales sino los institucionales. No obstante, la obsesión con la propiedad de capital por parte de los negros, fuera de haber hecho extremadamente ricos a unos pocos plutócratas, no parece estar consiguiendo la “emancipación”.

El problema reside en que la producción no requiere solo de capital y trabajo, sino también de knowhow, un factor de la producción ignorado por Marx y sus seguidores. El knowhow es la capacidad de realizar tareas específicas. Existe exclusivamente en los cerebros, y su diversidad, que incluye cocineros, auditores, plomeros, quiroprácticos y diseñadores de sitios web, es increíble.

El knowhow se transmite y se acumula de manera lenta, principalmente en el trabajo, a través de un proceso prolongado de imitación y repetición: se aprende haciendo. Un aspecto positivo de la política de BEE en Sudáfrica es que requiere que las empresas contraten equipos de ejecutivos y trabajadores de mayor diversidad racial para permitir que grupos que alguna vez estuvieron excluidos participen en el proceso de acumulación de knowhow.

Sin embargo, es imposible crear a un gerente con 20 años de experiencia de la noche a la mañana. Por muy radical que sea la transformación que se desea lograr, el knowhow no se puede expropiar ni nacionalizar. Tampoco se lo puede extraer, como los dientes, de los cerebros que lo poseen.

Pero el knowhow puede ser despedido, como lo hizo Chávez con 300.000 años de experiencia en la industria petrolera en 2003. También puede ser ahuyentado, como ha sucedido con más de 500.000 personas de raza blanca en Sudáfrica. Y se puede impedir su ingreso, por ejemplo, a través de las estrictas políticas migratorias y laborales de dicho país.

Cuando se rechaza el knowhow, la producción colapsa, como sucedió en Venezuela y en Zimbabue. El problema no solo afecta a las empresas que existen, sino también a las que no existen, ya sea porque nunca fueron creadas o porque no lograron crecer (de haberlo hecho, en Sudáfrica no faltarían los 9 millones de empleos que la gente anda buscando).

Sudáfrica corre el riesgo de seguir los pasos de Zimbabue, Venezuela y Argelia, donde gobiernos revolucionarios o posindependencia heredaron un stock de knowhow ubicado en los cerebros de personas que tal vez no eran del agrado de los nuevos líderes. El knowhow se usa o se pierde; y el intento de lograr una “transformación radical” implicó perderlo, mediante la emigración y la exclusión. En el proceso, el knowhow se hizo más escaso, con lo cual su precio aumentó y la sociedad se volvió más pobre y también más desigual. La tentativa de “retornar la riqueza al pueblo” terminó por empobrecerlo.

La alternativa es superar las divisiones del pasado creando una nueva y más inclusiva definición del “nosotros”, que reconozca la contribución potencial del knowhow existente, en los cerebros en que existe, y que asegure que este se puede traspasar a un segmento más amplio de la sociedad a través del tiempo. En última instancia, la cuestión es si Sudáfrica, al igual que Zimbabue, se considera una nación africana de población negra con unas pocas impurezas, o la “nación arco iris” que promovió Nelson Mandela, un país más fuerte porque aprovecha su knowhow y celebra su diversidad.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/das-kapital-del-knowhow_87052