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lunes, 20 de abril de 2020

CONTADICTIO IN TERMINIS

Un uniforme oculta un célebre oxímoron
Rodolfo Izaguirre

La ropa, el vestido, el traje que llevamos puesto, los collares, aros, zarcillos y pulseras son prendas manifiestamente visibles y exteriores y, no obstante, son símbolos de una presencia espiritual. Ofrecen la visión de un ser interior. Puede entonces atinar aquel que dice: ¡Dime cómo vistes y te diré quién eres! El alma se descubre en la manera de vestir y de lucir la ropa que se lleva. El color y calidad de las telas, los pliegues y la caída de la falda corta o larga; la línea del pantalón; la combinación de durezas, suavidades, sedas y algodones y la capacidad para reconciliar el gusto con el placer que tuvo el diseñador al esbozar las líneas del traje complacen a la vida.

Pero ese símbolo se desvanece o simplemente desaparece o se degrada cuando el uniforme desconecta la personalidad de quien lo lleva. Contrariamente, los adornos o alamares, los hilos de oro y un pecho profusamente condecorado revelan en el uniforme de gala  altivez y soberbia.

El uniforme disciplina, iguala, establece conformidad, semejanza; hace que perdamos talante y personalidad. Mao Tse-tung obligó a millones de chinos a vestir el mismo traje que lleva su nombre. Niveló, borró, eliminó al ser individual para inventar un ser colectivo sumiso y obediente. Pero en el diseño, el astuto Mao se cuidó de establecer diferentes tonalidades de color de acuerdo con las jerarquías políticas. El traje readquirió un poder simbólico absolutamente negativo.

Los militares son la evidencia máxima del oxímoron cada vez que se escucha la expresión «inteligencia militar». Una contradicción de términos que los documentaristas cinematográficos Hainowsky y Scheuman, de la extinta República Democrática Alemana, fijaron para siempre en los documentales que realizaron en Chile durante el golpe militar y la caída de Salvador Allende. Uno de estos cortos se refería al hecho de que, sobre los billetes de banco, los chilenos escribían frases ofensivas contra Pinochet y los miembros de la Junta Militar. Los cineastas entrevistaron al general que ocupaba un alto cargo en el Banco de Chile. Trajeado con un impoluto uniforme y con severidad prusiana el hombre, molesto, mostraba a las cámaras uno de los billetes en el que se podía leer: «¡Pinochet, asesino!» y otras verdades. «¿Cuántos cómo este se han recogido?», preguntaron los cineastas con fingida inocencia. «¡Muchos!», respondió el general. «¡Vea!». Y mostró a las cámaras montones de billetes ofreciendo así una valiosa información sobre el número y carácter de los opositores al régimen autoritario y criminal.

La secuencia más impactante de aquellos documentales es la que da inicio a la entrevista con el general Augusto Pinochet. Este, vestido de gran gala con sus inevitables y siniestros anteojos oscuros, cae fácilmente en la trampa de la cámara “sin película”, tendida por los cineastas alemanes: “¡No, general, no estamos filmando todavía!”, un tiempo que aprovechó el edecán para quitar de los hombros del caudillo invisibles motas de polvo y para que el propio Pinochet, preocupado ostensiblemente por la línea del pantalón del uniforme, pulcro y blanquísimo con lujosos arreos militares lo revisara con extremada y concentrada atención, pero la obsesión del general por alisar una y otra vez la línea del pantalón ponía al descubierto un ceremonial neurótico de evidente color fascista que navegaba dentro de él. Era, nuevamente, el traje como símbolo, esta vez, de una presencia detestable que vive dentro del ser.

Cuando finalmente Hainowsky y Scheuman dieron luz verde, el general se irguió en su asiento y para asombro del mundo entero comenzó su discurso diciendo: “¡No puede decirse que lo hayamos hecho todo! ¡El comunismo es como un fantasma!”, lo que aprovecharon los cineastas para hacer corte directo, mostrar las primeras líneas del Manifiesto Comunista e insertar un doloroso documental sobre la explotación del salitre chileno como introducción a la visita que hicieron al campo de concentración de Pisagua.

Allí fueron los alemanes. Nunca dijeron que se trataba de la RDA, pero bastó con el simple hecho de que fueran alemanes para obtener la orden de vuelo, sellada y firmada por el propio Pinochet, pero no la autorización para entrar a Pisagua. Plastificaron sus credenciales adosando la orden firmada por el general y las mostraron al alcalde del campo de concentración. Al ver tan solo el sello y la firma del general en jefe, el alcalde los dejó pasar. Las entrevistas con los prisioneros son una demostración suprema de sagacidad e inteligencia.

Temiendo un nuevo engaño de los militares y sin saber cuáles eran las intenciones que se movían detrás de las cámaras, ni la nacionalidad o identidad de los cineastas, los prisioneros designaron a los más comprometidos, a los que se sabían condenados a muerte, para que declararan. Bajo la constante vigilancia de los carceleros, surgían las preguntas y llegaban las respuestas: ¿Cuál es su profesión? “Soy médico y estaba en el Palacio de La Moneda”. ¿Usted ejerce acá? “Sí”. ¿Qué población atiende?” y el médico daba una cifra: el número de reclusos. Y así, a medida que se desarrollaba la entrevista se iban produciendo las informaciones precisas que los cineastas buscaban y los guardias no detectaban. “¿Cuál es la enfermedad más recurrente?”, preguntaban los alemanes mientras la cámara encuadraba a uno de los presos sentado en el suelo, con las piernas abrazadas y la mirada ausente: “¡La melancolía!”.

Cuando se proyectaron estos y otros documentales en la Cinemateca venezolana, la Embajada de la RDA ofreció un cocktail a Heinowski porque Scheuman no vino a Caracas y todos los que estábamos allí vimos cómo un ángel agitó sus alas y revoloteó sobre los asistentes cuando uno de los invitados se acercó al cineasta alemán diciendo: “¡Usted me entrevistó en Pisagua! ¡Yo era el médico de La Moneda!”.

¡Fue un momento de gloria!

19/04/2020:
https://www.elnacional.com/opinion/un-uniforme-oculta-un-celebre-oximoron/

jueves, 2 de mayo de 2019

EL OTRO ARSENAL

De la guerra de cuarta generación
Luis Barragán


Por estos días, tuvimos ocasión de leer algunos fragmentos de la novela “El día que murió Kapuscinski” de Ramón Lobo, célebre corresponsal de guerra. El recorrido de algunas páginas de un ejemplar prometido en  préstamo, nos impuso nuevamente sobre la debacle editorial que padecemos, desde hace demasiado tiempo; las particularidades de un oficio, por siempre, irrepetible a juzgar, incluso, por las entrevistas concedidas por el propio Lobo; y la asombrosa aspiración que algunos jóvenes tienen para ejercerlo, y – dirán -  muy después vendrá la literatura a lo Pérez Reverte.

Recordamos a un novel periodista chileno que le pidió a un amigo común,  contactar con un parlamentario de la oposición, antes de proseguir viaje, aunque ya no precisamos si de regreso a su país. Nos vimos en un café de la Universidad Central y quizá cumplimos con el último turno de una segura ronda exploratoria hecha, entre varios diputados, teniendo por escenario un posible, abierto y crudo conflicto en casa.

Nada particulares sus preguntas, indagaba sobre un perfil social y político de la coyuntura venezolana, nada más, mientras que nosotros lo hicimos en torno a la vocación y el desempeño, las destrezas y el blindaje emocional, la preparación e inserción eficaz en un conflicto del reportero de algo mucho más que un suceso. Nos lo comentaba, asegurando que no había  problema psicológico alguno que lo pivoteara tan lejos de casa. Sin embargo,  hubo un breve impasse: aseguraba que nada peor que Pinochet, consecuente con el testimonio de sus padres y abuelos.

Transcurría 2014 y ascendían las cifras de muertos, malheridos, detenidos y torturados,  en Venezuela.  Después, incluyendo el diálogo incondicional, alcanzará un ritmo demencial,  como ha ocurrido desde 2017, dejando en pañales al dictador del sur.

Le perdimos la pista al audaz fablistán, preguntándonos cuán lejos estará de nuestro infierno,  con el lento genocidio que el chavismo  ha provocado y la inmensa diáspora que ha celebrado, dizque  aligerándole  sus problemas.   La guerra de cuarta generación, librada acá intensamente, también cuenta con una extensa corresponsalía, por lo que el mundo sabe muy hasta dónde llega el número de sus víctimas y la morbidez inaudita de sus victimarios. Empero, realizada a cabalidad, tiene otras dimensiones, plantea otros desafíos, elevándose cada vez más el precio de su superación por los traumas, las secuelas, las novedades que dejará sobre el campo de batalla.

Fotografía: https://elpitazo.net/politica/las-cuatro-claves-del-madrugonazo-de-maduro-junto-con-el-alto-mando-militar/

jueves, 17 de mayo de 2018

TRIBUNAL RUSSELL

EL PAÍS, Madrid, 15 de agosto de 2017
 TRIBUNA
Maduro, entre Castro y Pinochet
Bernard-Henri Levy

Venezuela era uno de los países más prósperos de Latinoamérica.

Se encontraba, según las cifras de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), entre las mayores reservas petrolíferas del mundo.

Aunque nunca haya sido, ni mucho menos, un ejemplo de democracia, sí se estaba dotando de instituciones sólidas.

Llega la elección del excomandante de paracaidistas Chávez.

Luego la nominación, seguida de una elección fraudulenta, de Maduro, su triste y sangriento clon.

Y el sueño se convierte en pesadilla; una mezcla de incompetencia y estupidez, la sumisión del país a una “burguesía” bolivariana, codiciosa y a sueldo una de Cuba desangrada y que ya no cree en su propio modelo, lo echa todo por tierra; y un nuevo liberador de pacotilla, agotando la bomba de dinero de la empresa petrolera nacional para nutrir su clientelismo y alimentar los fondos opacos gestionados sin supervisión por los sátrapas de su régimen, mete al país en el pelotón de cola de los países que se dirigen a la pobreza masiva (a título indicativo, una inflación equivalente a la de Zimbaue o a la de la Alemania de la década de 1920).

Recordamos a Cándido, a la vuelta de su país de Cucaña, en el que el oro —el petróleo amarillo— ya fluía a raudales.

Recordamos, en Luis Sepúlveda, Alejo Carpentier y otros, el mito de El Dorado, que nunca acabó bien.

Un El Dorado desinflado que se paga allí a un alto precio.

Y el saqueo del país se duplica con el desencadenamiento de violencia que la sitúa al borde de la guerra civil.

120 muertos en unas semanas.

Las figuras destacadas de la oposición han sido perseguidas, cesadas en sus cargos, secuestradas, encarceladas.

Torturas en comisarías.

Y para empeorar las cosas, la farsa electoral que acaba de permitir a una asamblea deconstituyente acaparar todos los poderes y desmantelar, si quiere, el frágil equilibrio institucional del país.

Ante este desastre, deseo plantear dos preguntas.

Una pregunta franco-francesa, para empezar: ¿Hasta cuándo Mélenchon, líder de la Francia Insumisa, seguirá encontrando virtudes en este régimen asesino?

¿Cuántos muertos necesitará para llamar a las cosas por su nombre y reconocer en los policías de Maduro a los gemelos de los que, en otra época, sembraron el terror en Chile y Argentina?

¿Y a qué espera para pronunciar las palabras que son el privilegio de un hombre libre de sus alianzas y de su palabra: sí, me he equivocado; no, este régimen brutal no es una “fuente de inspiración”; y esta historia de la “alianza bolivariana”, inscrita en el artículo 62 de mi programa y que debía acercarme a los herederos de los caudillos (Castro, Chávez…) cuya muerte tanto lloré, era una idea verdaderamente mala?

De momento, nada.

Como los españoles de Podemos o los griegos de Syriza, como Jeremy Corbyn en Reino Unido, los melenchonistas creen que sus héroes con las manos teñidas de sangre tienen la excusa de la lucha contra el “imperialismo”.

Y, cuando despiertan, es para invertir los papeles y, como hizo un siniestro portavoz del partido, Djordje Kuzmanovic, comparar a los pacíficos manifestantes que luchan por la democracia y el derecho con los golpistas de Pinochet en el Chile de la década de 1970; o, como Alexis Corbière, para denunciar la “desinformación” y, añadiendo el oprobio a la cobardía, insultar la memoria de los muertos (jóvenes de los “barrios ricos” que solo han recibido su merecido), alimentar el conflicto racial (“a menudo la gente de color está en los barrios bajos”), y criminalizar a la oposición, expuesta los salvajes ataques de las milicias paramilitares del Gobierno “"a menudo la gente se quema”).

¿Estos “insumisos” son insumisos o rehenes?

De cualquier modo, esas palabras no son dignas de un partido que aspira a encarnar la oposición en Francia.

Y después, la segunda pregunta se dirige a la comunidad internacional, a la que afecta por dos razones.

En lo que se refiere a la “responsabilidad de proteger”, como establece la Carta de Naciones Unidas, y que exige aquí palabras duras: una condena firme por parte de un Consejo de Seguridad valiente; gestos de apoyo simbólicos como la recepción en París, Madrid o Washington de los últimos representantes de la oposición que aún tienen libertad de movimientos; una demostración de solidaridad de la representación nacional francesa, española, estadounidense u otra, con el Parlamento venezolano que el golpe de Estado constituyente de Maduro amenaza con disolver; y después, naturalmente, sanciones económicas y financieras que vayan más allá de las tímidas fanfarronadas de Donald Trump.

Y además, lo que ha pasado en Caracas nos afecta —de esto no estamos tan enterados— en el campo de la lucha contra el terrorismo y contra las redes de blanqueo de capitales que lo financian: ¿qué sentido tiene la alianza, “bolivariana” como tiene que ser, entre el difunto Chávez y Mahmud Ahmadineyad, expresidente de la República de Irán? ¿Qué ha sido de los miembros de las FARC colombianas que, según me confesó uno de sus jefes, Iván Ríos, poco antes de morir, en 2007, fueron enviados “en misión” al país del “socialismo del siglo XXI”? ¿Y qué crédito debemos conceder a algunos líderes de la oposición antichavista que gritan, de momento en el desierto, que no se conocen todos los lazos de Maduro con Corea del Norte, la Siria de Bachar el Asad en Siria o cierto activista de Hezbolá desterrado o en tránsito?

No son más que preguntas.

Pero preguntas que hay que plantearse.

Un régimen desesperado es capaz de cualquier vileza, y la situación en Venezuela merece comisiones de investigación, un Tribunal Russell, un mayor interés por parte de la prensa occidental; todo menos el silencio incómodo que, de momento, acoge a este pronunciamiento prolongado.

Ilustración: Enrique Flores.
Traducción de News Clips.
Fuente:
https://elpais.com/elpais/2017/08/14/opinion/1502729579_535130.html

domingo, 15 de septiembre de 2013

40 INEVITABLES (POST-DATA)

EL MUNDO, Caracas, 13 de septiembre de 2013
Dos 11 de septiembre
Juan José Monsant

No se pueden exculpar los desmanes de Pinochet, pero sí tener el valor de señalar las causas de esa etapa cruenta del país austral, para no repetir la zozobra y los sufrimientos pasados por los hermanos chilenos. 
El pasado miércoles 11 de septiembre se conmemoraron dos acontecimientos, separados en el tiempo pero unidos en sus orígenes y consecuencias, para la comunidad internacional y para el hombre. Uno fue el golpe militar comandado por el general Augusto Pinochet en 1973 contra el presidente de Chile, el médico Salvador Allende, llegado a través de una coalición de partidos de izquierdas denominado Unidad Popular, y el mismo militante del Partido Socialista, pero autodefinido socialista marxista de formación.
El segundo, fue el atentado coordinado y selectivo del 2001 contra tres blancos emblemáticos para la nación estadounidense, las torres del World Trade Center de Nueva York, el edificio del Pentágono en Virginia y un tercero que fuere abortado por los pasajeros y tripulación del Boeing 757 de American Airlines que, al desviar su ruta hacia el edifico del Congreso Nacional o el de la Casa Blanca en Washington, terminó estrellándose en Shanksville, Pensilvania.
En su cuarto intento por obtener la presidencia de Chile, Allende finalmente lo consigue el 4 de septiembre de 1970 con el 36% de los votos, de la mano de un conglomerado de partidos y movimientos de izquierda agrupados bajo el nombre de Unidad Popular. Al mes de su investidura ya había abierto relaciones diplomáticas con Cuba, Corea del Norte, Mongolia, Afganistán China Popular, Albania y Camboya; al poco tiempo inició el proceso de confiscaciones de haciendas, fábricas, predios urbanos y empresas extranjeras sin derecho a indemnización, con la consiguiente paralización de las inversiones.
El desorden económico, la estatización e inseguridad jurídica trajo como consecuencia la inmediata escasez de productos básicos de la cesta familiar, de bienes y servicios, alza de precios, escasez, inflación, largas filas para adquirir productos de primera necesidad, desorden, represión, más escasez, inflación y represión.
Chile comenzó una espiral de ingobernabilidad, descontento, violencia, ideologización, presencia de militantes del comunismo internacional, división entre los partidos tradicionales, adoctrinamiento en los cuarteles, sistema educativo y, atentados como consecuencia de radicalización de la revolución emprendida  con el abierto apoyo de Cuba y la Unión Soviética.
La guerra civil estaba servida, la división de la sociedad estaba decretada. En ese contexto Fidel Castro fue invitado en noviembre de 1971 a visitar el país y durante tres semanas recorrió Chile, dio conferencias en universidades, colegios, calles, entrevistas en la televisión, radio y periódicos, en los cuales sin pudor alguno llamó a la profundización de la construcción de una nueva sociedad basada en el socialismo científico.
En menos de tres años Allende y la internacional comunista habían convertido el país de las leyes en un verdadero caos humano, económico y moral. Chilenos persiguiendo a chilenos, invadiendo propiedades, confiscando, amenazando, intimidando, desconfiados, desconcertados, padres contra hijos, hermanos contra hermanos; círculos violentos afectos al gobierno, militantes cubanos, soviéticos paseándose orondos por las calles de Valparaíso o Santiago, retando, destruyendo para construir al hombre nuevo, de la nueva sociedad llamada a enfrentar y vencer el imperialismo norteamericano.
El reclamo no se hizo esperar, hombres y mujeres independientes, partidistas, simpatizantes de la causa allendista, clase media, obreros, empleados, carabineros, soldados, tomaron su decisión ante la anarquía, la penuria y el comunismo, para exigir el regreso a la legalidad, el cese de la violencia y detener de raíz la causa de la disolución de la patria, de la nación chilena.
Lo que debió ser un cambio de mentalidad, de leyes para alcanzar la convivencia justa entre ciudadanos, promover la equidad, la educación, el trabajo, la seguridad social y profundizar la democracia, terminó en la anarquía, el terror y la imposición de un modelo estatista importado de una isla del Caribe.
Analizar las causas del golpe militar es un deber intelectual, académico, político y moral; preguntarse qué obligó a esa ciudadanía, a esas fuerzas armadas tradicionalmente institucionales y altamente profesionales intervenir de la manera en que intervino, se impone para no repetir errores del pasado.
También lo que hubiera sido de Chile y sus vecinos si se hubiese consolidado el régimen  que intentó implantar Salvador Allende  con el respaldo inicial de apenas el 36% del electorado, violentando así la cultura, el sentido común y leyes nacionales. No se pueden exculpar los desmanes de Pinochet, pero sí tener el valor de señalar las causas de esa etapa cruenta del país austral, para no repetir en nuestra región la zozobra y los sufrimientos pasados por los hermanos chilenos.
(*) Juan José Monsant Aristimuño / Exembajador venezolano en El Salvador. 

Gobierno de Allende
ALZAMIENTO MILITAR.  ASESINATO DEL  EDECÁN  PRESIDENCIAL. LA RENUNCIA DEL GENERAL PRATS Y LA DESIGNACIÓN DE PINOCHET. LA CÁMARA DE DIPUTADOS DECLARA ILEGAL A ALLENDE. EL GOLPE DE ESTADO.
Julio César Moreno León

           El 29 de junio se produce un alzamiento militar de unidades moto blindadas dirigido por el Teniente Coronel Roberto Souper, que intentan tomar el Palacio Presidencial de La Moneda. Los tanques rodean la sede del gobierno, y disparan fuego de metralla sobre esa edificación y la del Ministerio de la Defensa. La acción insurgente es dominada, dejando como saldos varios muertos y heridos, y generando una situación de pánico en la población.
A pesar de fracasar la intentona golpista y de haberse producido una inmediata movilización popular realizada por los partidos de la UP, este acontecimiento pone en evidencia la clara disposición de sectores militares dispuestos a derrocar al gobierno. La Comisión Política del Partido Socialista al condenar el alzamiento, señala el intento de la derecha de llevar al país a una guerra civil. En comunicado público los socialistas hacen un llamado el gobierno y a la UP a “visualizar de una manera distinta el quehacer hacia delante”. Y dicen “debemos pasar a una nueva etapa.  No podemos continuar maniatados por los actos ilegítimos del Poder Legislativo, Judicial y de la Contraloría General de la República.  El Gobierno Popular, tiene un mandato del pueblo, traducido en un programa concreto que tiene que cumplir.  En estas nuevas condiciones el Gobierno tiene que buscar la fórmula para pasar por encima de la ilegitimidad de estos órganos de poder del Estado que están en manos de los elementos reaccionarios de este país, y que han impedido que el Gobierno pueda cumplir el programa de la  Unidad Popular”  
Los conflictos político sociales se reflejan de manera dramática en el contenido noticioso de los diarios. La oposición protesta por el cierre de algunos medios y acusa al gobierno de pretender monopolizar el papel y la tinta para la prensa escrita. La izquierda por su parte intensifica la denuncia de planes subversivos y terrorismo, manejado por Estados Unidos.
El Diario “Puro Chile”, editorializa, el día 7 de julio, acusando a los líderes de los partidos de la DC y la derecha, así como a los medios de oposición, de estar aliados con la Central de Inteligencia Americana (CIA), en la preparación de un golpe militar: Los planteamientos formulados en contra de los líderes adversos al régimen, expresan con claridad la decisión de la izquierda, de asumir el camino de la confrontación definitiva. Dice “Puro Chile”: 
“Esto piden Frei y CIA: "DICTADURA MILITAR, POR FAVOR"...
“La reacción, acorralada, está acelerando sus preparativos de un nuevo intento golpista.  Ahora, desde Frei y Jarpa hasta los jefes de la SNA y la SOFOFA, gritan lo mismo: "dictadura militar, por favor".  Lo dicen a voces en sus pasquines, encabezados por "El Mercurio".  Y en sus radios y canales de televisión, encabezados por el canal 13 (de la Universidad Católica de Chile), que dirige un sujeto complicado en acciones de comandos asesinos en Concepción.  Y lo dicen desde Estados Unidos sus patrones, los consorcios yanquis.  El viernes, el "Wall Street Journal", señalaba: "Chile tendrá que recurrir a algún tipo de Gobierno totalitario"... y agregaba, para orientar a los payasos "demócratas" de Chile, que conspiran a la luz del día desde el Parlamento, la Corte Suprema, la Contraloría y otros organismos del desfalleciente estado burgués, golpeando las puertas de los cuarteles:“los rumores de golpe de Estado abundan, pero los informes indican que nadie actuaría a menos que los regimientos de Santiago estuvieran dispuestos a colaborar”.
Y, entonces, las camarillas de Frei, Jarpa y otros individuos, que dirigen los llamados "partidos de oposición", golpean airadamente en esta dirección: la de pedir a los 8 regimientos que existen en Santiago que se pongan del lado de la oligarquía y el imperialismo yanqui. 
Estos defensores de la Anaconda, la Kennecott, la ITT, y de los Edwards, los Matte, Alessandri, Yarur, Correa, Vial y otros oligarcas, que siempre consideraron a las Fuerzas Armadas como "esos cabezas cuadradas que nos mantiene al pueblo sumiso para que lo explotemos", ahora los llaman para que salven "la democracia", la "democracia" de los grandes explotadores.  Quieren que los 5 ó 6 mil hombres que forman el contingente de esos 8 regimientos en Santiago, se pongan contra los 500.000 obreros de la ciudad y el campo que trabajan en la capital, contra los centenares de miles de empleados que trabajan en Santiago.
.Se olvidan, en su desesperación, que la abrumadora mayoría de los contingentes de esos 8 regimientos está formada por soldados, por conscriptos, cuyos padres, hermanos, primos, tíos, madres, esposas, hermanas y parientes son obreros, son empleados, son pobladores.  Son los mismos que en los comandos comunales, los cordones industriales, las organizaciones populares, ESTAN ALERTAS contra el fascismo, ESTAN ORGANIZADOS contra una nueva aventura golpista como la del viernes 29, ESTAN LISTOS PARA COMBATIR por los intereses del pueblo y en contra de los intereses de la oligarquía y del imperialismo yanqui...
Están fortaleciendo el poder popular, que es una forma de lucha del pueblo aparecida con fuerza incontenible, después que los reaccionarios han llegado hasta el extremo de enviar algunos oficiales engañados a las calles de Santiago, a ametrallar civiles...
Los cálculos de los oligarcas están mal hechos.  Y los están, porque el miedo al pueblo los desespera.  El miedo al pueblo organizado los sume en la angustia afiebrada, y no vacilan en provocar un caos, que los llevará a una derrota segura, confiando en que en Chile se repitan mecánicamente los sucesos de Goulart en Brasil, o de Juan José Torres, en Bolivia.  Hay una diferencia con lo ocurrido allá.  La clase obrera en Chile, hoy, tiene una conciencia política y una organización en alianza con los demás trabajadores, que se constituye en una valla segura contra cualquier intento de repetir el fascismo de Brasil o Bolivia.  Y los oligarcas, en el fondo de su corazón, lo saben, y por eso se desesperan.
Se desesperan tanto, que hasta la camarilla de Freí se ha desenmascarado, y ha hecho una declaración que es como un "comunicado de guerra" contra el pueblo.  Exigen a las Fuerzas Armadas que se pongan contra los trabajadores, exigen al Gobierno que promulgue el proyecto de reforma constitucional, que es una trampa reaccionaria para devolver más de CIEN empresas monopólicas a los Edwards, Matte, Alessandri, Bulnes, Vial, Correa, Ibáñez, Ojeda y otros grandes explotadores, y que ahora están en manos de los trabajadores.
Exigen respeto al Parlamento, al Poder Judicial y la Contraloría, precisamente a los nidos de complotadores antipatriotas y antidemocráticos más grandes que hay ahora en Chile.  Exigen el uso de la ley como instrumento para hacer los cambios económicos, es decir, precisamente la Ley Burguesa, que los conspiradores han estado utilizando para impedir esas reformas económicas.  Exigen reconocimiento a todas las personas y organizaciones sociales sin discriminaciones, es decir, la impunidad para los fascistas de Patria y Libertad, los fascistas de la SNA y la SOFOFA, los complotadores disfrazados de demócratas en el PDC, el Partido Nacional y otros grupos.
En suma, las camarillas de Freí y Jarpa, aterradas por el fracaso del Golpe de Estado que tramaron para el viernes 20, que ha traído como consecuencia la MOVILIZACION REVOLUCIONARIA de los obreros; campesinos, empleados y demás sectores patriotas que luchan por liberar a Chile, se han lanzado a ciegas a provocar definitivamente la ruptura de la situación política, el desencadenamiento de la guerra civil fascista.  Pero claro, vacilan cuando ven que el pueblo se ha organizado y esta dispuesto a combatir con las mismas armas que los enemigos tratan de apuntar contra el techo del pueblo.  Y vienen los gritos histéricos de "no al poder popular".
Esto es lo mismo que decir NO a la lucha por la libertad de los chilenos de la explotación oligárquica y del imperialismo yanqui.  El pueblo ya los conoce.  Ya sabe que pretenden en realidad estos estafadores políticos y conoce sus métodos.  Los vieron en acción el viernes 29 de junio pasado.  Y, por eso, el pueblo se ha organizado, movilizado y puesto en alerta permanente, para responder, medida por medida, las acciones antipatrióticas de estos fascistas.  Ya está confiscando sus monopolios, ya está asumiendo el control de la producción industrial, comercial, financiera y agrícola monopólica  Ya está tomando el control del abastecimiento y el comercio de los productos esenciales.  Ya está avanzando en el control de la vida política y social del país.  Y todo eso, para liberar nos del dominio de los oligarcas y los imperialistas yanquis.  Por eso, los servidores de estos enemigos, tiemblan y se desenmascaran”.  
Por su parte en la prensa de derecha, el gremio médico controlado por la oposición, justifica la realización de un paro de protesta  contra el gobierno, con ánimo de clara y abierta confrontación política. Al explicar las razones de su enfrentamiento al gobierno, lo dirigentes del gremio dicen:
“CHILENO  CU I DATE”
“En el ultimo tiempo se cerró la UNIDAD CORONARIA del Hospital San Juan de Dios.”
No hay ropa ni sangre para operarte. No hay heparina, insulina, sueros, anestésicos ni muchos elementos indispensables paro devolverte la salud.
Ni en el comercio ni en los hospitales se dispone de suficiente carne, azúcar, aceite, frutos, verduras, arroz, té, etc., etc., etc. para hacer la dieta necesaria.
No hay en cantidad suficiente leche corriente, y no hay leches especiales.  En los pabellones no hay gasa, algodón, ni instrumental.
En los hospitales priva lo politiquería sobre la disciplina.
Chileno...  evita accidentes: No hay yeso ni linón.
Chileno... tus urólogos no tienen sondas, los oculistas no tienen colirios, los laboratorios no tienen reactivos, tus radiólogos no tienen placa.
Chileno... tus médicos no estudian porque no les llegan libros ni revistas.
Por esto y por la siembra de odios y por los sueldos que parecen propinas, los médicos de Chile se van.  Aquí se les insulta y ataca, se les desprecia y se les quiere hacer mediocre.
ESTO NO ES POR EL PARO MEDICO... ¡POR ESTO ES EL PARO MEDICO!!!
COLEGIO MEDICO DE CHILE” ()  
El 25 de Julio, ante un Pleno de la Confederación Unificada de Trabajadores (CUT), el Presidente Allende hace un llamado al diálogo nacional, para evitar la guerra civil. El Presidente dice: Ante la reunión de trabajadores señala: "Como Presidente de la República pienso que es necesario en esta hora intentar una salida política, buscarla sin claudicaciones de cara al pueblo". En su discurso ataca a los sectores de la ultra izquierda que crean problemas con tomas indiscriminadas, y se pronuncia por un diálogo que aclare la competencia de los poderes del Estado, que respalde el Estado de Derecho, acabando con el bloqueo legislativo, delimitando las áreas de la economía y  estableciendo medidas que detengan la inflación.
    El 26 de Julio es asesinado por un grupo terrorista el Edecán Naval del Presidente, Arturo Araya Petersen. La versión del Diario El Siglo, el día 27 reporta: "El crimen fue perpetrado alrededor de la una de la madrugada en su domicilio, por desconocidos que le ametrallaron, al salir el capitán Araya a indagar quienes habían lanzado presumiblemente un artefacto explosivo a su residencia.  Trasladado al hospital militar falleció a la 1 y 25 de la madrugada"
El atentado perpetrado en contra de una de las figuras militares más próximas al Presidente abre una nueva brecha de violencia, y estimula los resquemores y la conspiración en el sector castrense. El liderazgo de la Unidad Popular señala a los grupos de derecha como responsables en esta escalada de violencia criminal.
Durante el mes de agosto, una huelga de camioneros con un contenido claramente subversivo mantiene paralizada buena parte de las actividades económicas del país.  Los senadores de la democracia cristiana, en declaración pública atacan al general Carlos Prats, Comandante del Ejército, acusándole de actuar de manera ilegal en la represión a los transportistas. Prats realiza en este mes un último intento de diálogo directo con el ex presidente Freí, destinado a gestionar acuerdos entre la democracia cristiana y el Presidente Allende, a fin de salvar la grave situación chilena.
 El día 14, el Presidente Allende realiza una nueva reforma de su Gabinete Ministerial designando a los Comandantes de las Fuerzas Armadas en varios Despachos del Poder Ejecutivo. En el Ministerio de la Defensa es nombrado el general Carlos Prats, en  Obras Públicas el General César Ruiz Dayán, en Tierras y Colonización el General José María Sepúlveda, y en Hacienda el Almirante Raúl Montero Cornejo. La reincorporación de los jefes de las fuerzas armadas en el tren ejecutivo del gobierno socialista produce esta vez una reacción negativa en los sectores de la oposición, que condenan  la participación de los militares en el campo político, señalando que esa participación comporta un respaldo a un proyecto destinado consolidar el establecimiento de una dictadura marxista.
             En relación con la posición asumida por el liderazgo de las fuerzas armadas, el malestar de los sectores de oposición arrecia de manera cada vez mas intensa. El General Carlos Prats es convertido en el centro de múltiples ataques, no sólo en el debate partidista expresado en la prensa nacional, sino también mediante acciones de calle propiciada por grupos que cuestionan el apoyo de la cúpula militar al gobierno socialista. Frente a la residencia de Prats, el día 22 de agosto, cerca de trescientas mujeres, entre las que se encuentran varias esposas de oficiales activos, manifiestan su descontento  e intentan hacer entrega de una carta a la señora Sofía de Prats en la que le piden que interceda a fin de que su marido presente la renuncia al Ministerio de la Defensa. La manifestación es disuelta por fuerzas de carabineros quienes lanzan bombas lacrimógenas para impedir que las manifestantes penetren de manera violenta en la residencia del general. Este grave incidente deteriora aún más la imagen de Prats, cuya actuación política es rechazada de manera radical por la oposición civil, y es torpedeada por los sectores golpistas que actúan en el sector castrense.  Finalmente el alto oficial presenta su renuncia de manera irrevocable ante el Presidente de la República.
La renuncia de Prats, y sobre todo la designación de su sustituto en el Comando del Ejército, facilitará en breves días el desarrollo de los trágicos acontecimientos posteriores. Allende designa, por sugerencia de Prats, al General Augusto Pinochet, quien asume en agosto de ese año 1973 la Comandancia del Ejército. En ese entonces, éste ocupa la jefatura del Estado Mayor de esa fuerza militar.  Al escribir sus Memorias Prats comenta las razones que le llevaron a sugerir el nombramiento de Pinochet: “Hasta el momento en que por mi sugerencia el Presidente Allende designó Comandante en Jefe del Ejército, al General Pinochet, cuando presenté mi expediente de retiro, creía honestamente que dicho General compartía con sinceridad mi acendrada convicción de que la caótica situación chilena debería resolverse políticamente sin golpe militar, ya que esto sería su peor solución”.  
Pinochet, por su parte, al escribir años mas tarde sobre estos acontecimientos, comenta como ocurrió su designación. La atribuye a los designios de la divina providencia: "Ese mismo día 23 de Agosto de 1.973 a las 17 horas, fui llamado desde la Moneda.  Me dirigí hacia allá y posteriormente nos reunimos en un gabinete pequeño denominado Diego Portales, ubicado frente a la oficina del Presidente.  Allí me esperaban el señor Allende y el General Prats, los que sostenían una animada conversación.
Después de los saludos correspondientes, habló el General Prats y dijo: Presidente, el General Pinochet es el que me sigue en antigüedad, y en estos años le ha correspondido desempeñarse como Comandante de la Guarnición de Santiago, Jefe del Estado Mayor del Ejército y como Comandante en Jefe Subrogante del Ejército".  El señor Allende le respondió, sí lo he visto, y acto seguido comentó entre otras cosas el quiebre que vivía su Gobierno a consecuencia de la incomprensión demostrada por la Democracia Cristiana, cuyo objetivo era enfrentar al gobierno para recuperar el poder, lo que el no podía aceptar.
A continuación hizo un breve comentario sobre choques producidos entre civiles y militares en la ciudad de Concepción y la constante acción de la burguesía para impulsar al Ejército a producir un cuartelazo, como lo calificó, y terminó diciéndome: General, yo creo que usted es la persona que debe seguir en el puesto del General Prats. Ante tan imprevisto nombramiento, sentí internamente algo que me decía que no mostrara mayor interés, y por ello le contesté: Presidente mucho le agradezco, pero creo que el General Prats debe continuar, a lo que me contestó: El General está muy cansado y debe recuperarse; después le daremos otro cargo .Le agradezco Presidente, respondí, pero en este momento es fundamental tener amplias atribuciones de mando en la Institución.  La respuesta del Señor Allende fue: Lógico General usted las tiene.
El General Carlos Prats, había permanecido en silencio durante toda la entrevista después de sus palabras iniciales.  Luego que el señor Salvador Allende me designara como su reemplazante me indicó que el decreto sería cursado de inmediato.
Muchas veces he pensado porque fui yo el designado por Allende como Comandante en Jefe, en circunstancias en que él podía contar con otros, que eran sus amigos.  El tiene que haber sabido que yo siempre me había mostrado contrario a los comunistas, y hasta a él mismo en una ocasión, en el norte, cuando me encontraba como Capitán Jefe de los relegados en el Puerto de Pisagua y no lo dejé pasar a verlos el año 1947.  Son cosas del destino.
Sin duda Allende en esos momentos creyó que a él le iba ser fácil manejarme.  De regreso en el Ministerio de la Defensa anoté en mi libreta: “He sido nombrado Comandante en Jefe del Ejército. Creo que la Divina Providencia me ayudará en mis pasos”.
La Iglesia Católica a través del Cardenal Raúl Silva Henríquez intenta mediar entre la Democracia Cristiana y el Presidente de la República, con el fin de buscar una salida a la situación política, que ya se vislumbraba incontrolable.  El Presidente Allende y el Presidente del Partido Demócrata Cristiano Patricio Aylwin inician una breve etapa de diálogo en el intento de llegar a acuerdos mínimos que impidan el desenlace violento de la situación política.  Se plantean entre otros temas, el cese de la toma de tierras y fábricas, el proyecto de las Escuelas Nacionales Unificadas (ENU), y la delimitación de las áreas de la economía. El fracaso de las gestiones de conciliación auspiciadas por el Cardenal chileno dejarían maduras las condiciones para el golpe militar.
       La Cámara de Diputados aprueba el día 22 de agosto, con los votos de la mayoría opositora, un acuerdo en el que se declara ilegal al gobierno del Presidente Allende.  El acuerdo señala que el régimen de la Unidad Popular, violentó el Estado de Derecho y por tanto se encuentra al margen de la Constitución. La decisión del Poder Legislativo abre de manera definitiva el camino para el enfrentamiento final. Los partidos de la UP, la Confederación de Trabajadores y la totalidad de las organizaciones de izquierda, llaman a sus miembros a colocarse en estado de alerta y a movilizarse para contrarrestar el inminente peligro de un golpe de estado. En la base naval de Valparaíso la actividad conspirativa se desarrolla de manera intensa.  La inquietud militar en esa región tiene su mas notoria manifestación, al denunciarse un intento de alzamiento, supuestamente provocado por la izquierda, en el cual aparecen involucrados los parlamentarios de la Unidad Popular, Oscar Garretón, Carlos Altamirano, y el Secretario general del MIR Miguel Enríquez. El Almirante José Toríbio Merino, Comandante de esa Zona Naval, solicita sanciones contra estos altos dirigentes de la U.P, pide su desincorporación del Congreso, e inicia contra ellos un  juicio militar.
 El 5 de septiembre, 109 oficiales de la Marina en esa misma región, se dirigen a Merino, planteando que condicionan su permanencia en la Armada a “que ésta actúe decididamente para desterrar el marxismo en Chile”. La confrontación se agudiza al punto de que una Junta de Almirantes solicita la renuncia del entonces Comandante en Jefe de la Armada, Raúl Montero Cornejo, solicitud que Allende niega categóricamente.
Ante la grave situación, se produce una tensa entrevista entre el Presidente Allende y el Almirante Merino en la residencia presidencial Tomás Moro, en la que el alto oficial exige al Primer Magistrado la destitución del Comandante de su fuerza. El Diario La Tribuna, de orientación derechista, titula al reseñar ese día la crucial reunión: “Hoy vence el plazo de la Armada a Allende.  Vicealmirante Merino le notificó, somos anti marxistas por la Constitución”. Luego de esta confrontación, las posiciones quedan claramente definidas, y el levantamiento militar de la Armada, es prácticamente un hecho.
 El Almirante Merino lidera el conflicto y establece contacto con el Comandante de la Aviación Gustavo Leigh y el General Augusto Pinochet, Comandante del Ejército.  Con un oficial de su confianza, Merino envía una nota que constituye un urgente emplazamiento en el que plantea a los dos Comandantes, asumir la insurrección para el día 11, y les exige estampar su firma en el reverso de la nota en señal de aceptación. El texto de la comunicación señala:
“Bajo mi palabra de honor, el día D será el 11, y la hora H >6.00.
Si ustedes no pueden cumplir esta fase con el total de las fuerzas que mandan en Santiago, deben explicarlo al reverso.
El Almirante Huidrobo está autorizado para traer y discutir cualquier tema con ustedes, los saluda con esperanza de compromiso J.T. Merino..."
Y  agrega al pie de la página enviada:
“Gustavo, esta es la última oportunidad.  Augusto, si no pones toda la fuerza de Santiago desde el primer momento, no viviremos para ver el futuro.” (PEPE) 9 de Septiembre de 1973”.
 Estos acontecimientos los relata de esa forma, el miembro de la Junta Militar en su libro “Bitácora de un Almirante”.
La actividad conspirativa, hasta el momento en que se produce el emplazamiento del Almirante Merino a los comandantes de la aviación y del ejército, venía realizándose en forma aislada, sin establecerse una coordinación efectiva entre los militares golpistas de las distintas fuerzas.  Pinochet, según señala en sus Memorias, preparaba con absoluta discreción y cautela el alzamiento del Ejército para el día 14 de septiembre, organizando lo que llama "La Batalla de Santiago," bajo el amparo de la movilización de los efectivos para los desfiles militares de las fiestas de la independencia, a conmemorarse en esos días.
El 11 de septiembre es finalmente el día escogido como partida hacia el golpe militar que cambiará radicalmente el destino de Chile. El movimiento castrense es capitalizado por Pinochet, quien asume la Presidencia de una Junta Militar integrada por el General Gustavo Leígh, el Almirante José Toribio Merino y el General César Mendoza Durán, a quien  designan Director de Carabineros. Los acontecimientos ocurren con una débil resistencia inicial de los partidarios de la Unidad Popular. La participación de la Fuerza Aérea produce un impacto demoledor desde el punto de vista militar, al ser destruido el Palacio de La Moneda y la Residencia del Presidente, y desde el punto de vista psicológico al demostrarse el abrumador poder de fuego de los insurrectos. Los aviones destruyen las torres de transmisión de las emisoras de radio favorables al gobierno. El Presidente Allende, logra sin embargo enviar a través de la Radio Magallanes, una dramática proclama: En voz serena deja  clara su intención de no salir con vida del palacio.
La inmolación del primer magistrado, le convierte en el símbolo de una etapa de la historia chilena en la que el sacrificio de la vida era uno de los riesgos que debía afrontar el liderazgo político de ese difícil tiempo. La voz del líder socialista quedó  guardada en la grabación radiofónica del discurso final que ese día transmitió la última emisora fiel al ensayo de la Unidad Popular:
            "Seguramente, esta será la última oportunidad en que me pueda dirigir a ustedes.  La Fuerza Aérea, ha bombardeado las torres de Radio Magallanes; mis palabras no tienen amargura sino decepción.  Ante estos hechos, sólo me cabe decir a los trabajadores: Yo no voy a renunciar.
Colocado en un trance histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo, y tengo la certeza de que la semilla que entregaremos a la conciencia digna, de miles y miles de chilenos, no podrá ser cegada definitivamente.
  Tienen la fuerza, podrán avasallar; pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.  Trabajadores de mi patria, quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre, que sólo fue interprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra de que respetaría la Constitución y la ley, y así lo hizo, en este momento definitivo, el último que pueda dirigirme a ustedes...
Quiero que aprovechen la lección.  El capitalismo foráneo, el imperialismo unido a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición, las que le enseñara Schneider y reafirmara el Comandante Araya, víctimas del mismo sector social que hoy estará en sus casas, esperando con mano ajena, reconquistar el poder, para seguir defendiendo sus  granjerías y sus privilegios.  Me dirijo sobre todo a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros, a la obrera que trabajó más, a la madre que supo de nuestra preocupación por los niños, me dirijo a los profesionales de la patria, a los que siguieron trabajando contra la sedición, auspiciada por los colegios profesionales, colegios de clase, para defender también, las ventajas de una sociedad capitalista de unos pocos, me dirijo a la juventud, aquellos que cantaron y entregaron su alegría y su espíritu a la lucha.  Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos, por que en nuestro país el fascismo ya estuvo presente, cortando las líneas férreas, destruyendo los oleoductos y los gasoductos, frente al silencio de los que tenían la obligación de proceder, estaban comprometidos. 
La historia los juzgará. Seguramente Radio Magallanes será acallada, y el metal tranquilo de mi voz, no llegará a ustedes.  No importa, la seguirán oyendo, siempre estará junto a ustedes, por lo menos mi recuerdo quedará en un hombre digno que fue leal a la revolución. El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrastrar, pero tampoco humillarse.
Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino, superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse.  Sigan ustedes sabiendo que mucho mas temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas, por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor. Viva Chile!  Viva el Pueblo! ¡Vivan los trabajadores!  Estas son mis últimas palabras, y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que por lo menos será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”.
En la tarde de ese mismo día 11 de septiembre, se conoce en todo Chile que el Presidente ha muerto. El Mandatario se quita la vida utilizando una ametralladora que le había regalado Fidel Castro. El suicidio de Allende es  finalmente el factor definitivo en la consolidación del golpe militar.

EL NACIONAL - Domingo 15 de Septiembre de 2013     Siete Días/7
La lección de septiembre
TULIO HERNÁNDEZ

" Permiso mi general, para pasarle el tanque por encima a estos huevones". Eso fue lo que dijo un joven oficial al general responsable de la toma del Palacio de La Moneda en el momento en que el hombre se disponía a abandonar el lugar, dejando tras de sí el cadáver del hasta ese día presidente Salvador Allende y el viejo edificio neoclásico destrozado a fuerza de bombas y balazos.
Los "huevones" a los que se refería el oficial era un grupo de empleados de la Presidencia, ahora prisioneros, alineados junto al frontis de La Moneda, frente a un tanque de guerra cuyo cañón descomunal les apuntaba inclemente mientras el maquinista jugaba a acercar y retroceder el vehículo aterrorizando a los detenidos.
Esa es una de las tantas historias crueles, de abusos y ensañamientos, que por estos días han vuelto a recordar los medios de comunicación chilenos a propósito de los 40 años transcurridos del cruento golpe de Estado que puso fin a un gobierno electo democráticamente y abrió paso a una de las más perversas, sangrientas y crueles dictaduras que se hayan padecido en América Latina.
El golpe fue implacable y la dictadura que siguió también.
Los militares golpistas, con el apoyo de la CIA y lo más radical de la derecha chilena, venían sin escrúpulos no sólo a ponerle fin a un Gobierno sino a intentar exterminar a los activistas de los movimientos políticos que, con el Partido Socialista y el Comunista a la cabeza, habían conformado la alianza conocida como Unidad Popular llegada al Gobierno con la promesa de hacer una revolución por vía electoral y democrática.
Pero ya sabemos que no fue así. El régimen dirigido por el general César Augusto Pinochet no escatimó esfuerzos ni medios para cumplir la estrategia de tierra arrasada y dejó como tributo a la barbarie las cifras de aproximadamente 3.200 personas asesinadas, 1.190 de las cuales aún siguen desaparecidas, más unas 33.000 que sufrieron cárceles, torturas y otros vejámenes. Nada justifica este horror.
Desde el primer día, el 11de septiembre de 1973, oficiando en el Estadio Nacional la masacre en la que miles de seguidores de la UP fueron torturados y unos 500 asesinados, el régimen mostró sin tapujos su naturaleza. Luego vinieron operaciones de "limpieza" como la Caravana de la Muerte, una comitiva del Ejército que recorría el país agilizando los juicios de los prisioneros del golpe, famosa por sus técnicas para asesinar lentamente a las víctimas, sacándoles los ojos con cuchillos, quebrándoles mandíbulas y piernas, y disparándoles a los genitales para al final ametrallarles.
La dictadura duró 17 años y terminó por un mal cálculo del criminal mayor que lo sacó de la Presidencia por la vía de un plebiscito. Pero la pesadilla continuó. Pinochet entregó el poder pero se mantuvo por 8 años al frente del Ejército y muchos más como senador vitalicio moviendo los hilos para impedir la investigación y castigo a los crímenes de su régimen.
Dejó, además, lo ha explicado claramente Michelle Bachelet, una nación profundamente dividida y polarizada, una Constitución que dificulta cualquier cambio profundo en la institucionalidad política del país, y un sistema educativo convertido en negocio que hoy en día es fuente de un gran descontento popular.
Por suerte, la existencia de un sistema de justicia internacional, del que el Gobierno venezolano ha comenzado a escaparse, hizo que el general cayera preso en Londres y luego pagara en Santiago un arresto domiciliario de más de 500 días. A partir de entonces la justicia chilena comenzó a procesar las numerosas demandas que habían sido introducidas por los familiares de las víctimas. Sin embargo, según precisan los organismos de derechos humanos, 60% de los casos aún no ha sido juzgado.
Una lección que no deben olvidar quienes defienden los golpes de Estado. Porque el militarismo es el gran enemigo de nuestras democracias y porque, como decía Santiago Carrillo, del Partido Comunista Español: "¿Dictadura? ¡Ni la del proletariado!".

EL IMPULSO, Barquisimeto, 11 de septiembre de 2013
11 de septiembre chileno
Diego Lombardi

Desde la distancia es fácil lanzar consignas al aire sobre lo ocurrido en Chile hace 40 años, cuando ciertamente un gobierno militar irrumpió en la vida democrática del país suramericano. Sin embargo, esa herida no está aún sanada y los propios chilenos se encuentran hoy tratando de asimilar el peso histórico de aquellos hechos. Es por ello que es desconsiderado, además de aventurero, que el gobierno venezolano trate de tomar para su propio uso político unas circunstancias que los principales afectados aún están reconstruyendo, interpretando, y tratando de superar a partir de una reconciliación que ha tardado en llegar. Frente a circunstancias tan difíciles para un país que ha intentado levantarse a pesar de la ruptura que en él se produjo, desde antes del 11 de septiembre de 1973 por cierto, solo puede quedar la solidaridad, y en el mejor de los casos el apoyo para construir más que para destruir. Volver a los discursos ya gastados de la lucha contra los fascistas no contribuye al diálogo, ni en Venezuela ni en Chile. Lo que sí debería estar haciendo el gobierno venezolano es aprender de la historia, entender que la polarización de la población solo puede dejar heridas en ambos bandos, y que sin embargo a pesar de estas es posible construir una sociedad viable, con logros y desaciertos, pero al final de cuentas con un futuro. Hoy desde Venezuela se debería apostar por la búsqueda de soluciones al conflicto y no por su agudización, con esta última al final todos pierden. Pero parece que es tarde, la polarización ya ha cegado los liderazgos, la prepotencia del poder apuesta por llevarse todo, aplastando a quien sea. En las manos de la dirigencia actual está la responsabilidad de infligirle daños a la sociedad venezolana que tarden décadas en sanar producto de la polarización, y la irracionalidad que siempre la acompaña. Ojalá apareciera algún indicio de razón, y sobre todo de humildad para reconocer al otro.

martes, 10 de septiembre de 2013

40 INEVITABLES (2)

La situación en el país
Por qué hubo un golpe en Chile
José Javier Esparza

El ministro El 11 de septiembre de 1973 el Ejército de Chile, empujado por una buena parte de la sociedad, dio un cruento golpe de Estado que derrocó al Gobierno de izquierda, Unidad Popular, elegido tres años atrás en las urnas, y costó la vida al propio presidente de la República, Salvador Allende. Dio así comienzo una dictadura que se prolongaría hasta 1990. Se ha contado muchas veces la crónica del bombardeo del Palacio de la Moneda, sede presidencial chilena, pero se ha contado mucho menos cómo y por qué se llegó a aquel 11 de septiembre de 1973: por qué hubo un golpe en Chile.
Nada de lo que ocurrió en Chile aquel día se entiende si no miramos atrás. Pongámonos en 1970. La guerra fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, entre capitalismo y comunismo, ha despertado en todas partes una especia de guerra civil mundial. Y toda Hispanoamérica es campo de batalla de esta confrontación.
El mundo de la guerra fría
Chile no es ajeno a estas tensiones. Desde 1964 había gobernado el democristiano Eduardo Frei, que llevó a cabo una experiencia política completamente original fomentando el sindicalismo y las asociaciones civiles, acometiendo extensas campañas de alfabetización, creando millares de casas de protección oficial, promoviendo una sensata reforma agraria y nacionalizando buena parte de la producción del cobre, el principal motor económico del país, para inquietud de los Estados Unidos, que poseían cuantiosos intereses en este mineral. Una política que gozó de amplio respaldo popular, pero que no dejará de traerle sinsabores: un sector de la izquierda, netamente revolucionario y financiado por Moscú, azuzaba ocupaciones de fincas mientras un sector de los militares se sublevaba por razones corporativas.
A las elecciones de 1970 se llegó en un clima enrarecido, con la izquierda dispuesta a formar un solo bloque para frenar la senda reformista de Frei –porque le quitaba clientela– y con la derecha preocupada por la acometividad de la izquierda. Los Estados Unidos y la Unión Soviética se tomaron muy en serio el asunto. El director de la KGB, Yuri Andropov, libró 450.000 dólares al candidato de la izquierda, Allende (50.000 de ellos para el propio político), y la Cuba de Fidel completaba la aportación con otros 350.000 dólares. La CIA, mientras tanto, habilitaba más de 800.000 dólares para frenar a la izquierda. La democracia cristiana cometió el error de presentar a un candidato de edad muy avanzada, el veteranísimo Alessandri, de 74 años. La candidatura de izquierda, representada por Salvador Allende, no dejará de incidir en ello para restar credibilidad a un rival que, no obstante, partía favorito en las encuestas.
El camino al poder
Allende era un médico de 62 años, veterano líder socialista, secretario general del partido desde los años cuarenta, que ya había perdido tres elecciones y en cuyo currículum se contaban episodios tan pintorescos como el haber protagonizado el último duelo a pistola en Chile. Para las elecciones de 1970, los socialistas habían fraguado una coalición con los comunistas y otros movimientos de izquierda: Unidad Popular. Dentro del propio partido se intentó apartar a Allende, pero el apoyo comunista le convirtió en candidato a la presidencia. Y el tal apoyo no era meramente teórico: Moscú le colocó un asesor, Sviatoslav Kuznetsov, con la misión expresa de sostener su campaña tanto en estrategia como en financiación, según revelaría años más tarde el Archivo Mitrojin de la KGB.
Salvador Allende ganó. Lo hizo con una mayoría exigua: un 36,6% de los votos frente al democristiano Alessandri, que tuvo un 34,9%, y al 27,8% del candidato de centro-izquierda Radomiro Tomic. La norma común era que, en esas condiciones, hubiera segunda vuelta, pero la Constitución autorizaba que el ganador se hiciera con la presidencia aun con tan escaso margen. Es lo que ocurrió. No hubo segunda vuelta. El asunto se llevó al Congreso. Washington y Moscú movieron sus hilos, de manera particular sus talonarios. Y no sólo los talonarios: el general Schneider, partidario de Allende, es asesinado por pistoleros a sueldo, al parecer, de la CIA. El hecho es que los diputados de Tomic y hasta algunos democristianos votaron a Allende. Ganó el “compañero Salvador”. Y por goleada: 153 votos contra 35 de Alessandri y 7 en blanco. La Unidad Popular se hizo con la presidencia. Era el 24 de octubre de 1970.
Salvador Allende asumió la presidencia con un muy solemne Te Deum en la catedral de Santiago, pero su programa era muy claro: estatalización de los sectores clave de la economía, radicalización de la reforma agraria, nacionalización completa del sector del cobre, aumento general de los salarios con una emisión masiva de moneda y congelación de los precios de los productos de uso cotidiano, entre otras cosas. Eso era lo que Allende llamaba “la vía chilena al socialismo”. ¿Y podía hacer todo eso sin violentar la ley? En la legislación chilena permanecían vigentes algunas disposiciones tomadas en los años 30 por un tal Carlos Dávila, un aventurero bolchevizante que durante un año había implantado una “república socialista”. A ello se acogió Allende para comenzar su revolución.
La política de Allende fue cualquier cosa menos moderada. La estatalización de la economía se hizo de manera completamente discrecional, atribuyéndose el Gobierno la capacidad para decidir qué empresas eran poco productivas y, por tanto, podían ser intervenidas.
Crónica del caos
La nacionalización del cobre, aunque respaldada por todos los partidos –el propio Frei había comenzado el proceso–, se ejecutó de tal manera que las empresas propietarias –casi todas norteamericanas– no sólo no fueron compensadas, sino que se les aplicó de manera retroactiva un concepto de impuestos impagados, de modo que todas acabaron con enormes deudas. No tardarán en pedir socorro a Washington, que reaccionará con un boicot al cobre chileno. La gota que colmó el vaso fue la reforma agraria, que Allende exasperó promoviendo la ocupación ilegal de tierras por los campesinos, con el consiguiente desbordamiento del orden público. En uno de estos episodios, un pequeño agricultor llamado Rolando Matus fue asesinado por los “ocupantes” cuando defendía su pedazo de tierra.
A pesar de estos excesos, la experiencia podría haber funcionado de no ser porque las medidas de aumento general de los salarios sin más respaldo que el papel moneda y el estancamiento deliberado de los precios terminaron haciendo estallar la economía. El déficit público se multiplicó por tres en sólo un año. A finales de 1971 ya había desabastecimiento en los mercados. Y comienzan las manifestaciones masivas de mujeres haciendo sonar sus cacerolas en protesta por el vacío de los mercados. ¿Rectifica Allende? No: ese mismo año Fidel Castro se pasea por Chile entre las bendiciones oficiales. Tanto en lo político como en lo económico, la situación ya era de colapso.
La radicalización de la política chilena llevó a toda la derecha a acercar posturas mientras la izquierda, por su parte, trataba de acelerar el proceso revolucionario. La Vanguardia Organizada del Pueblo, de ultraizquierda, asesina a un ex ministro de Frei, Pérez Zujovic. El Movimiento de Izquierda Revolucionaria –un grupúsculo violento nacido en los sesenta- se dedica a ocupar tierras y fábricas, y el Gobierno prohíbe a la Policía que intervenga. Inevitablemente nace una respuesta en la derecha, el grupo Patria y Libertad. En 1972 la violencia política llena las calles de Chile. La mayoría de la prensa critica acerbamente al Gobierno. Allende contesta que la CIA está financiando a la prensa –lo cual no es del todo falso– y reacciona a su vez amenazando con estatalizar la empresa La Papelera, la distribuidora nacional de papel. A la altura de 1973, la situación es insostenible. Las cifras son aterradoras: un decrecimiento económico del 5,57%, una inflación del 606%, una caída salarial media del 38,6%. En dos años y medio, Chile estaba arruinado.
En marzo de 1973 hubo elecciones legislativas. La derecha se unió. También la izquierda. Y ganó la derecha: un 54,6% frente al 43,5% de la Unidad Popular. Pero Allende, pese a tener al Parlamento en contra, no daba su brazo a torcer. En ese mismo año impulsa una reforma socialista de la educación que levanta una inmediata ola de protestas entre los estudiantes –y la reacción contraria de los estudiantes de izquierda–. En este momento hay cerca de un centenar de muertos al día por la violencia política. Para colmo, en el ejército se suceden los movimientos de uno y otro signo: hay fuertes rumores de conspiración alimentada por los Estados Unidos, y a la vez hay un intento de la extrema izquierda para sublevar a los marinos contra sus oficiales. Un comando de extrema derecha mata a un ayudante naval del presidente y un ministro de Allende, el general Prats, dispara a una ciudadana que le increpaba en la calle. Es de locura.
La puntilla llega el 22 de agosto de 1973, cuando el Parlamento aprueba un documento llamado “Acuerdo sobre el grave quebrantamiento del orden institucional y legal de la República”. ¿De que se trata? Se trata de que Allende ha entrado en tales conflictos con la Corte Suprema, por negarse a cumplir las objeciones judiciales a su política, que el Parlamento le acusa de gobernar contra la ley y el derecho. Y en ese documento, el propio Congreso hace un llamamiento a los ministros militares para que pongan fin al desafuero.
A principios de septiembre, Allende, acorralado, propone una reforma constitucional que le dé autoridad. El Parlamento le responde que sólo aceptará un plebiscito. Allende, después de negarse, rectifica y propone él mismo tal plebiscito. Son entonces sus compañeros socialistas los que se niegan. Sólo los comunistas le apoyan. Finalmente, en la noche del 10 de septiembre, con una huelga en la minería, un paro en los transportes y manifestaciones de mujeres en las calles, Allende logra sacar adelante la idea del plebiscito. No servirá de nada. Al día siguiente sufrirá un golpe de Estado que le costará la vida.
El mito del compañero
Las cruentas circunstancias de la muerte de Salvador Allende, víctima directa del golpe del 11 de septiembre cuando estaba atrincherado en su residencia oficial del Palacio de la Moneda, bombardeado por el ejército, han mitificado la imagen del socialista chileno. Esa mitificación comenzó casi inmediatamente, cuando toda la izquierda internacional, dejando de lado las circunstancias que llevaron al golpe, y que en muy buena parte fueron responsabilidad del propio Allende, focalizó la atención en la figura del gobernante demócrata muerto por la libertad. Las fotografías del venerable doctor, vestido de paisano, armado con un kalashnikov y con un casco mal ajustado en la cabeza, ennoblecieron su muerte. Durante muchos años se difundió la idea de que el “compañero Salvador”, como le llamaba la propaganda, había sido asesinado por los militares. En realidad hoy se sabe, y su propia familia así lo ha reconocido, que Allende se suicidó disparándose un tiro en la cabeza con su fusil de asalto. Un AK-47 que le había regalado Fidel Castro.
El comandante en jefe
En agosto de 1973, Augusto Pinochet era el segundo en el mando del Ejército de Tierra, colaborador estrecho del comandante en Jefe, general Prats, ministro de Defensa y ex de Interior. Prats había sufrido un importante deterioro en su imagen después de haber disparado a una ciudadana que le increpó en la calle. Prats presentó su renuncia, pero Allende le confirmó en el puesto. Fue un calvario para él. El 21 de agosto, en pleno caos social, Prats sufrió en su casa una manifestación de esposas de militares. Tan grave fue el altercado que Allende acudió al lugar, acompañado por el general Augusto Pinochet. Prats pidió a Allende que le relevara de la jefatura del Ejército. Y para relevarle proponía a Pinochet. Para entonces los movimientos de militares contra el Gobierno Allende ya eran cotidianos. Muchos de ellos habían pasado por el propio Pinochet, que siempre se había negado a secundar cualquier intentona ilegal. Los principales promotores de la sublevación eran el jefe del ejército del Aire, Leigh, y el vicealmirante Merino, respaldados, por supuesto, por los Estados Unidos. El 7 de septiembre, éstos enviaron un emisario a Pinochet para anunciarle el golpe, pero se cuidó mucho de dar su espaldarazo. Fue el día 9, en el momento en que Allende le informó de que iba a convocar un plebiscito, cuando Pinochet decidió sumarse a la asonada. Y lo hizo tomando el mando.

http://www.intereconomia.com/noticias-gaceta/internacional/por-que-hubo-un-golpe-chile-20130910

EL NACIONAL - Viernes 12 de Septiembre de 2008     Nación/11
Al compás de los días
La izquierda   
MANUEL FELIPE SIERRA

El 11 de septiembre de 1973 muere Salvador Allende en el palacio de La Moneda. Esa tarde aciaga se define la suerte de la izquierda latinoamericana. Su ascenso al poder había sepultado un mito: si era posible mediante el voto iniciar los cambios revolucionarios.
La tesis fidelista ejecutada por el Che Guevara, según la cual sólo las armas aseguraban el camino hacia el socialismo, había quedado en entredicho.
Pero Allende tendría que actuar bajo terribles presiones: en Chile se daba una severa radicalización de clases; en el contexto de la Guerra Fría el ejemplo chileno suponía un efecto demostración en un continente que reclamaba salidas radicales estimuladas por la Revolución Cubana, y las políticas de Washington operaban como muro de contención ante el riesgo del comunismo. Pero, curiosamente, el peligro mayor para el mandato de la Unidad Popular radicaba en la heterogeneidad de la alianza y la presencia mayoritaria en ella de aquellos sectores que habían convertido la hazaña de la Sierra Maestra en un dogma inconmovible.
Antonio Sánchez García, filósofo, lúcido polemista y sobre todo testigo hasta protagonista de esa etapa convulsa e inédita ha escrito La izquierda real y la nu va izquierda de América Latina con presentación del ensayista mejicano Enrique Krauze. Un libro que cuenta la tragedia de Chile, la cual devino en la sangrienta y larga dictadura de Augusto Pinochet.
Pero el texto, además, busca las claves para descifrar el mapa de la izquierda latinoamericana de este tiempo: el envejecimiento de la experiencia cubana y la responsabilidad de su dirigencia en los fracasos de las aventuras guerrilleras de los sesenta, y la torpe interferencia en procesos como el nicaragüense que se proponían la búsqueda de la democracia y a los cuales se les quiso imponer la receta del socialismo real ya en vías de definitivo agotamiento.
Por supuesto, el libro toca el tema de la nueva izquierda. ¿Hay dos izquierdas en América Latina? ¿Qué diferencias existen entre el socialismo de Lula Da Silva, Tabaré Vásquez y la Michelle Bachellet y el enorme disparate histórico del chavismo y sus satélites domesticados por la chequera petrolera? Krauze dice que Octavio Paz se preguntaba por qué la izquierda latinoamericana seguía enamorada de la revolución. Desgraciadamente, todavía no hay respuesta convincente.

EL NACIONAL - Martes 10 de Septiembre de 2013     Opinión/7
Tiempos de cambio
A cuarenta años del "pinochetazo"   
VLADIMIR VILLEGAS

Hace cuarenta años, el 11 de septiembre de 1973, se produjo un sangriento golpe de Estado contra el primer presidente socialista electo por los votos del pueblo en América Latina. Salvador Allende fue derrocado por militares encabezados por el comandante del Ejército, el general gorila Augusto Pinochet, y prefirió la muerte antes que rendirse a los cabecillas de esa pesadilla.
Allende permaneció en el Palacio de la Moneda mientras éste era bombardeado por los golpistas, y antes de su confusa muerte llamó al pueblo chileno a no sacrificarse, pero tampoco a arrodillarse frente a los "milicos", resistir, pero ya era tarde. Se había consumado el zarpazo.
El Estadio de Santiago de Chile, el mismo donde recientemente fue derrotada nuestra selección Vinotinto, fue convertido en un campo de concentración, y allí fueron llevados y asesinados hombres y mujeres chilenos, entre ellos, el inolvidable cantante Víctor Jara, a quien también lo sometieron a terribles torturas. Se iniciaba así la larga noche de la dictadura fascista de Pinochet, y se frustraba la posibilidad de iniciar por estas tierras latinoamericanas una experiencia de inspiración socialista nacida del voto popular. A las contradicciones existentes entre los componentes más diversos de la izquierda chilena, agrupados o no en la gobernante Unidad Popular, se sumó una terrible conspiración de la más rancia derecha chilena, como elementos que favorecieron el golpe, que ya venía siendo alimentado, promovido y orquestado por la Central de Inteligencia de Estados Unidos y por corporaciones como la International Telephone and Telegraph, según denuncias formuladas en aquella remota época.
Los extremos llevaron al golpe. Por un lado, el MIR chileno, con sus radicalismos fuera de lugar, tomando iniciativas que le restaban apoyo a Allende en los sectores medios, y por el otro, los grupos de extrema derecha, entre ellos Patria y Libertad, y sectores del partido Demócrata Cristiano, forzaron la barra para hacer inviable el camino chileno al socialismo.
Pero el acoso de la ultraderecha chilena contra el gobierno del presidente Salvador Allende se inició prácticamente antes de que éste asumiera la primera magistratura, luego de su triunfo electoral. A los pocos días de los comicios es asesinado el comandante del Ejército, general René Schneider, un militar demócrata que en aquel momento representaba una garantía para que el Congreso ratificara la voluntad popular y eligiera al abanderado de la Unidad Popular.
La Democracia Cristiana Chilena se hizo la "pendeja" frente al golpe, en la creencia de que a la vuelta de la esquina estaría de nuevo en el poder. Pasaron 17 años de dictadura para que, mediante un plebiscito, Pinochet abandonara la Presidencia pero no la Comandancia General del Ejército. Vuelve la democracia, pero aún se mantiene la constitución heredada del pinochetismo.
Allende no tuvo respiro, porque el experimento socialista chileno se enfrentaba con poderosos enemigos internos y externos. Hoy los documentos desclasificados por la CIA hablan por sí solos sobre el papel que el gobierno de Richard Nixon desempeñó en el derrocamiento del presidente chileno. Por muchos errores que haya podido cometer el gobierno de la Unidad Popular, nada justificaba el surgimiento de una dictadura sangrienta que imitó sin ningún rubor los procedimientos de los nazis alemanes. Miles de muertos, torturados, desaparecidos y exiliados fue el saldo inicial de la "gestión" de la junta militar pinochetista.
Venezuela, es bueno recordarlo, recibió en las décadas del setenta y ochenta a miles de chilenos, uruguayos, bolivianos y argentinos víctimas de las dictaduras militares impuestas en el Cono Sur. La solidaridad con los perseguidos nunca cesó en nuestro país. El espejo de lo ocurrido en Chile siempre tiene que estar presente en Venezuela. Todos, sin excepción tenemos que mirarnos en él de vez en cuando.

Fotografía: AFP / El general Augusto Pinochet (I) posa con el presidente chileno Salvador Allende, 23 de agosto 1973 en Santiago, poco después de que Allende le nombró jefe del ejército, sólo tres semanas antes de la golpe de Pinochet que mató a Allende.

40 INEVITABLES (3)

EL NACIONAL, Caracas, 11 de septiembre de 1998
PINOCHET 25 años después del golpe
"Yo no tengo nada que ver con los desaparecidos"
Con algunas respuestas breves pero sugerentes, otras más explícitas y algunas que no contesta, el ahora general-senador, que recién protagonizó un acuerdo para terminar con el feriado del 11 de septiembre, habla de aquellos temas que, transcurrido un cuarto de siglo, lo siguen manteniendo en la primera línea de fuego
Blanca Arthur El Mercurio

-¿Hasta dónde se considera un personaje de este siglo?
-Esas preguntas no las contesto. Me enseñaron desde chiquitito y cuando era cadete de la escuela que uno nunca se puede autobombear. Es fea la palabra, pero es la pura verdad.
-¿Y a qué atribuye el interés que todavía despierta su figura en el mundo?
-Porque me trataron de desacreditar mucho. Todos los que se fugaron de aquí de Chile, que no eran unas santas palomas, se fueron a otras partes echándome la culpa a mí, que yo era el terrible, el hombre despiadado que estaba haciendo y deshaciendo a la gente de Chile y no se decía nada de lo que ellos habían provocado.
-Para usted lo que hizo fue liberar al país del marxismo, pero muchos aquí y en el exterior, consideran que fue un dictador muy duro. ¿Qué imagen cree que tiene ahora el mundo de usted?
-Parece que hubiera subido un poquito más la imagen, que se está nivelando. Porque se dan cuenta que no soy tan cruel. El otro día llegó acá un ex yugoslavo, un bosnio y me dijo "yo no me imaginé nunca que lo que decían de Chile eran mentiras y falsedades. Me he dado cuenta que usted es una persona que ha tratado de ayudar a su país, y no a flagelar al pueblo".
-Habiendo sido un hombre tan poderoso, ¿qué le costó más, desprenderse de la banda presidencial o del bastón de mando del Ejército?
-Ninguna de las dos cosas. Y no me costó -añade con su tono como "si quieren creen"- porque estoy acostumbrado a que cuando termina una misión, uno entrega toda su capacidad al que llega.
-Pero cuando entregó la banda presidencial usted quería seguir siendo presidente.
-¿Por qué?
-Porque postuló como candidato único al plebiscito el año 1988 para seguir otros ocho años.
-Pero no fui yo el que postulé, me llevaron de candidato.
-Pero usted esperaba ganar, perdió y (...) -Se perdió, pero se cumplió la Constitución y se entregó el poder.
-Quedó como Comandante en Jefe y enfrentó una acusación constitucional por haber transgredido la institucionalidad con presiones al gobierno democrático.
-Eso es falso. ¡Nunca transgredí la institucionalidad! y así fue reconocido. Si me hubiera salido de los marcos de la Constitución, ¿no cree que el presidente Aylwin habría actuado de otra manera?.
-Pero el presidente Aylwin reconoció que hubo presiones y que le llamó la atención (...) -El dijo que habría votado en contra de la acusación, lo que confirma que nunca pensó que había transgredido la institucionalidad.
-¿Y está arrepentido o contento de haberse incorporado al Senado, que era lo que esa acusación quería evitar?.
-Mire, estoy contento porque ésta ha sido una labor de trabajo, ayudando cuando puedo ayudar, haciendo cosas cuando se puede, porque no se olvide que soy uno más de los cuarenta y tantos, de los cuarenta y ocho (...) -¿Se siente, de verdad, uno más de los cuarenta y ocho?
-¿Y qué quiere que le conteste? -dice entre risas y con esos ojos vivarachos que hablan por lo que él calla.
-Sabe que es distinto, desde luego es el único vitalicio.
-Bueno ya (...) soy vitalicio entonces.
El acuerdo y Zaldívar
-¿Qué lo motivó a llegar al acuerdo con el presidente del Senado, Andrés Zaldívar para suprimir el festivo del 11 de septiembre?
-En primer lugar lo iban a eliminar. Y lo iban a eliminar ahora.
-O sea iba a perder de todas maneras.
-Iba a perder ahora, en cambio lo que pretendí fue que se cumplieran los 25 años y después lo eliminaran. Era yo el que había establecido el festivo, y quise ser yo el que lo derogaba.
-En la fundamentación de su voto, usted dijo que el 11 se celebraba la liberación de Chile y no hacerlo no contribuirá a la reconciliación. ¿No son contradictorias esas palabras con el acuerdo alcanzado al día siguiente?
- No hay contradicción. Hay capacidad de discernir -expresa llevándose el dedo a la sien. El día que defendí el 11 se votó dos veces y las dos hubo empate. Entonces me puse a pensar que si iba a haber otro empate o si íbamos a perder, no era mala la fórmula de reemplazarlo por un día de unidad nacional, porque lo que hicimos el 11 de septiembre fue, justamente, para recomponer la convivencia y la unidad de los chilenos.
-¿Le dolió llegar a ese acuerdo?
-Por supuesto que fue una decisión difícil para mí, que espero que sea comprendida.
Los gestos y los adversarios
-¿Se imaginó en estos 25 años que algún día iba a estar sentado frente a algunos de sus peores adversarios?
-Muchas veces lo pensé.
-Cuando los ve ahora ¿cree que eran capaces de llevar al país a una guerra civil, que es lo que usted sostiene de la izquierda?
-No me pronuncio.
-¿Saluda a los senadores socialistas?
-Sí -¿A todos?
-Puedo decir que a casi todos porque hay algunos que no me ven, (comenta levantando los hombros y entre risas, como una manera de decir que algunos de ellos no lo saludan a él).
-¿Cómo va a conmemorar usted este último 11 festivo?
-En una fiesta muy íntima con la Fundación Augusto Pinochet. Asistiré a una misa y después a un almuerzo en la casa del presidente de la Fundación y terminado, pues (...) -¿Respeta que otros conmemoren ese día la muerte de Allende?
-¿Por qué no voy a respetar?. Cada uno conmemora lo que quiere, porque es uno el que responde por sus actos.
-¿Le parece positivo que las Fuerzas Armadas se desliguen de esa fecha?. La Armada y la Aviación ya anunciaron que no conmemorarán el 11.
-Si no lo quieren conmemorar... Esa es responsabilidad de cada Comandante en Jefe. Si ellos la quieren suprimir ahora, que la supriman.
-Cuando entregó el poder después del triunfo de la Concertación ¿se imaginó que estos diez años iban a ser como han sido?
-En gran parte, sí.
-Se anunciaba que vendría el caos y no ha habido ningún caos.
-No pensaba en caos, pero en persecución sí, y en parte ha habido con quienes creen que tienen algún problema. Por ejemplo -agrega sin interrupciones- le pongo el caso del brigadier Lepe, que lo persiguen y lo persiguen, en circunstancias que él no tiene ¡nada!, ¡nada! en la justicia. No ha sido procesado, sobreseído, ¡nada! (...) porque la gente habla, habla, habla y el Gobierno tomó una medida que no encuentro de gran justicia.
Derechos Humanos
-Dígame una cosa, así como llegó a un acuerdo respecto a la fecha del 11 ¿estaría dispuesto a hacer lo mismo para resolver este tema pendiente de los derechos humanos, como se ha sugerido?
-¿Por qué voy a estar yo en eso cuando no tengo nada que ver con los derechos humanos?.
-¿No cree que podría ser positivo su aporte, por ejemplo, para ayudar a la búsqueda de los cuerpos de los desaparecidos que es lo más candente?
-¿En qué voy a ayudar?. Yo le he preguntado a gente amiga mía, pero nadie sabe nada. ¿Cree que me he quedado callado?. He preguntado, pero nadie sabe nada.
-¿Le preocupan los juicios pendientes que hay en contra de miembros del Ejército?
-Me preocupan las injusticias. Eso me preocupa.
-¿Cree que todos son injustos?
-Muchos pueden ser injustos.
-¿Cómo siente usted el problema de los derechos humanos y los desaparecidos?, ¿como una carga que le pesa o cree que es una acusación injusta?
-Lo considero la acusación más injusta que le hayan hecho a un hombre. Yo no tengo nada que ver con esto. Cuando tuve algún problema de criminalidad, pasé todos los hechos a la justicia.
-Pero no todo lo que hizo la DINA, ¿hasta dónde usted puede sostener que actuaba sola en forma autónoma y que no lo hacía bajo su mando?
-Nadie entiende cómo funciona el servicio de inteligencia.
-¿Por qué Contreras trata de involucrarlo, declarando que obedecía órdenes?
-El obedecía órdenes ¡claro que obedecía órdenes mías!. No digo lo contrario, porque por ejemplo le mandaba a preguntar ¿cuántos camiones se han concentrado en tal parte?, cuando estábamos con problemas (...); ¿cuántos se han desplazado a tal otra?. Eran cosas que tenía que averiguar. Eso iba al plan de inteligencia. El "cómo" se hizo, eso ya no era problema mío, sino del jefe del servicio. Si él quería mandaba gente, un avión (...) -¿Admitiría que por parte de Contreras o de subalternos hubo violaciones a los derechos humanos?
-Esa es otra cosa. Yo no sé si hubo o no hubo. Es un problema que escapaba a mis manos. Eso es lo que no entiende la gente.
-¿Ni siquiera con el tiempo y las acusaciones que existen lo ha averiguado?
-No he querido averiguar nada.
-¿No tiene un problema de conciencia con las violaciones a los derechos humanos?
-No tengo ningún problema de conciencia. Si lo tuviera, lo diría. Y me confesaría sobre esa falta.
-Pero en casos concretos, como el del general Prats (...) -Mire -se adelanta-, lo del general Prats quiero que quede bien claro. En primer lugar, yo era amigo de Carlos Prats; en segundo lugar, él tuvo muchas relaciones con el gobierno de Allende, hasta fue Vicepresidente; en tercer lugar, hubo una concentración de damas frente a su casa para que se fuera y él le disparó a una señora que le sacó la lengua (...) -El problema es que (...) -Déjeme terminar ... En esos momentos, salió Allende y le dijo que se fuera a descansar. Eso le dijo Allende a Prats. Enseguida, cuando Prats se fue para su casa, lo llamaban, le gritaban y le mandaban permanentemente cartas al departamento donde estaba. Era tanto, que yo tenía contactos con él, porque era amigo mío ¿cómo lo iba a dejar abandonado?. Me pidió salir de aquí porque en realidad era hasta posible que lo mataran aquí en Chile (...) -Al final fue el departamento internacional de la DINA el que lo mató en Argentina.
-No sé, pues (...) -¿Y si piden que usted declare, como lo ha hecho la jueza, está dispuesto?
-Declaro lo que sé. Declaro que él se fue porque decía que lo iban a matar aquí. Lamentablemente, la gente que sabe estas cosas ha muerto, pero él se fue y se fue a Argentina y nunca quiso aceptar protección. Yo le di protección indirecta, porque no quería que tuviera problemas.
-¿Por qué él no figura en la galería de los ex Comandantes en Jefe?
-Ese no es problema mío.
-Ahora que convive con los políticos ¿ha cambiado la opinión que tenía de ellos cuando gobernaba?.
-En mi vida he convivido muchas veces con políticos.
-Pero siempre los denostaba.
-Conviví más de 50 años con mi suegro que era político, fue senador, ministro del Interior (...) -¿Cree ahora que hacen un aporte al país?
-Creo que todos hacen un aporte al país. Los que estamos aquí en el Senado, en la Cámara de Diputados, todos luchamos por favorecer al país.
-¿Estaría dispuesto a que su tarea en el Senado culmine con un acuerdo para reformar algunos aspectos de la Constitución que no generan consenso?
-Yo no puedo entrar a reformar lo que reformó el pueblo.
-¿Cuál diría que es el principal legado que dejará a Chile?. ¿Cómo cree que lo recuerde la historia?
-Que me recuerde como un chileno que amó a su patria y luchó por hacerla más grande. Nada más pido.
Vestido de político
Sorprende lo contento que se le ve en su cargo de senador vitalicio, metido ahí, en el club de los "señores políticos", como los llamaba denotándolos cuando era gobernante. Formado en la disciplina, asiste a las sesiones y baja temprano para marcar asistencia, avanzando por los pasillos muchas veces prácticamente inadvertido.
El tiempo ha transcurrido desde aquel 11 de septiembre en que tomó el poder derrocando al Gobierno de la Unidad Popular. Luego de los 25 años que median entre entonces y ahora, el país y el mundo son otros, pero Pinochet, a pesar de sus 82 años, y de no gozar del mismo poder de antaño, sigue siendo el mismo: un personaje.
-Tengo un problema en la columna, una hernia que me molesta para caminar, pero nada más -comenta complaciente, mientras entre risas, toma un texto con letra pequeña que lee sin anteojos.
-Ve que estoy bien -dice- aunque muchos quisieran lo contrario.
De su humor, su socarronería y de esa astucia -que le reconocen hasta sus más enconados adversarios- no ha perdido nada. Y él lo sabe. En el piso 9 del edificio del Senado tiene su pequeña oficina, igual a la del resto, aunque es de las que miran al mar. Pocos objetos personales la adornan ... Una Virgen del Carmen que le regaló un empresario minero y un poema enmarcado que le dedica "un grupo de agradecidos" que le llegó cuando asumió su nuevo cargo. ¿Ve que queda gente que todavía agradece?, apunta.
Quiérase o no, a pocos deja indiferentes este hombre que, tras derrotar al gobierno socialista de Salvador Allende, ejerció con mano firme y dura el poder casi total durante tres décadas Recuerdan a Allende Varias ofrendas florales quedaron instaladas ayer a un costado del palacio gubernamental de La Moneda, sobre una ventana que hace 25 años fue la puerta por donde soldados sacaron los restos del presidente Salvador Allende, que prefirió suicidarse antes que rendirse a los militares. Unas 80 personas caminaron pacíficamente por la calle Morandé, hasta la ventana que reemplazó a la hoy simbólica puerta, y depositaron las ofrendas de claveles blancos y rojos, y con las iniciales de las juventudes del Partido Socialista y otra que decía "Allende vive". El lugar es hoy centro de una fuerte disputa entre el gobierno y el Partido Comunista y agrupaciones de familiares de detenidos-desaparecidos y de ejecutados políticos. La autoridad les negó permiso a marchar hoy frente a la clausurada puerta. Los únicos que podrán acercarse al lugar serán la viuda de Allende, Hortensia Bussi, y algunos de los que fueron colaboradores del mandatario socialista. El coronel de carabineros Sergio Apablaza advirtió que la policía no permitirá a los manifestantes acercarse a La Moneda. Como un anticipo de los problemas que espera el gobierno, jóvenes encapuchados se enfrentaron nuevamente ayer con policías, que los reprimió con bombas lacrimógenas y carros lanza agua. Los incidentes se han repetido toda la semana en las cercanías de universidades públicas y privadas.

Fotografía: AFP / El presidente de la junta militar chilena, el general Augusto Pinochet, sonríe en Santiago en septiembre de 1973 tras el golpe con ayuda de la CIA que derrocó al presidente electo constitucionalmente Salvador Allende.

40 INEVITABLES (4)

El Nacional - Jueves 11 de Septiembre de 2003     A/8 Internacional y Diplomacia
Chile cierra sus heridas a 30 años del golpe
Hoy se cumplen tres décadas del cruento derrocamiento del presidente socialista Salvador Allende, a partir del cual se implantó durante 17 años la autocracia del general Augusto Pinochet. Chile empieza a olvidar al ex dictador pero la reconciliación total aún no llega
CARLOS VALMORE RODRÍGUEZ

Estas dos imágenes muestran el Palacio de La Moneda el día que fue bombardeado -el 11 de septiembre de 1973- y la sede gubernamental tal como luce actualmente
Una nueva generación avanza y deja atrás el día más largo en la historia del Chile contemporáneo.
Pero a tres décadas de distancia, el 11 de septiembre de 1973 sigue incrustado en la conciencia colectiva austral.
El caos que devoró al gobierno socialista de Salvador Allende, la destrucción del Palacio Presidencial de La Moneda a manos de sus custodios de uniforme, la dura represión en el Estadio Nacional de Santiago, la imagen de un victorioso general Augusto Pinochet con gafas oscuras y gestualidad intimidante, no le interesan a 67,5 % de los habitantes del país más próspero de América Latina, según señala una encuesta realizada por la fundación local Futuro.
Aún así, para un tercio de la ciudadanía (32,5% ) el episodio sigue siendo una vena abierta, en especial en el caso de las víctimas de la violencia que, incontrolable, se propagó por doquier y cavó la tumba de más de 3.000 seres humanos.
“Las generaciones más jóvenes no tienen una clara comprensión de lo que pasó treinta años atrás”, explica desde Santiago el psicólogo y sociólogo Giorgio Agostini.
“Cuando se hacen las encuestas de opinión pública, cuando uno hace las entrevistas individuales de profundidad, descubre que lo que la mayoría de la gente espera es paz, tranquilidad, que haya reconciliación y que nos preocupemos por los problemas reales, como la pobreza, la delincuencia, la salud, la educación y la cesantía”.
Sergio Bitar, actual ministro de Educación del mandatario Ricardo Lagos y quien formó parte del derrocado gabinete de Allende como titular de la cartera de Minería, reafirma esa opinión: “El debate hoy es cómo se crece más, como se hace más justicia social”.
La reconciliación en dos miradas
El vocablo reconciliación anda en boca de todos, aunque lo enfocan desde ángulos muy diferentes.
“Chile es un país que está casi reconciliado”, asevera el senador designado (no electo) Julio Canessa, quien era director de la Escuela de Suboficiales del Ejército durante el golpe militar de 1973.
“Para la gran masa de la población el 11 de septiembre es una cosa del pasado, pero debido a las celebraciones que se están haciendo, quizás por una organización concertada de los medios de comunicación, se están comenzando nuevamente recordar, a exacerbar los odios y las divisiones del pasado”.
Bitar -quien pasó seis años de su exilio en Venezuela- también cree que su país camina por las grandes alamedas del reencuentro, si bien advierte que la acera correcta no es el olvido. “Hay una gran mayoría que sostiene la necesidad de seguir avanzando en la justicia, no hacer punto final, siempre abogar por la verdad y sobre esas bases conseguir la reconciliación. Para la gran mayoría de los chilenos es fundamental entender que el olvido es idiotez. El país que olvida es un país tonto que no sabe arreglar sus cosas hacia adelante. Algunos auguraban que decir no al punto y final iba a exacerbar las diferencias y nos iba a devolver al pasado, pero al contrario: cuando uno esconde las cosas debajo de la alfombra los fantasmas reaparecen; y sólo los vence cuando los mira de frente”.
Los mea culpa
Dice Agostini que para la reconciliación no sólo basta perdonar, sino que cada uno de los bandos pugnantes confiese sus errores y se disculpe: “En la medida que reconozcan sus respectivas responsabilidades la reconciliación va a ser más fácil”.
Y ya han aparecido los mea culpa. Los militares, con su comandante general Juan Emilio Cheyre a la cabeza, han admitido que la brutal represión que se emprendió luego del golpe de 1973 no debe repetirse nunca más.
Bitar a su vez hace una autocrítica sobre las equivocaciones cometidas por la izquierda chilena cuando alcanzó el poder. “No hubo capacidad de construir alianzas políticas de más envergadura, que dieran respaldo a los cambios. Eso implicaba tal vez graduar más esos cambios.
También se reconocen bastantes errores en la conducción de la política económica”.

No obstante, en la derecha chilena hay aún ciertas reticencias a pedir excusas por las desmesuras de la Junta Militar. “Hubo personas que fueron víctimas de represión y otras que fueron víctimas de aquellos a los cuales se reprime”, sentencia el general Canessa.
“Cuando se habla de torturas se olvidan las torturas que sufrieron los chilenos que no tenían qué comer. Si hablamos de eso, el mundo es una tortura. Yo no niego que de ambos lados haya habido gente que haya ido más allá de lo que correspondía. Suele suceder en ese tipo de procesos. ¿Quién lo puede impedir?”.
Allende vs Pinochet
El reparto del 11 de septiembre de 1973 tuvo dos primeros actores:
Allende, quien se suicidó en medio de los escombros de La Moneda, y el triunfante Pinochet, que desde el poder aplicó una receta consistente en desmontar las garantías políticas y al mismo tiempo fomentar la liberalización de la economía. ¿Cómo son percibidos estos dos personajes hoy en día? “Ha perdido intensidad esa dicotomía, que corresponde a la parte ideológica”, comenta Agostini.
“En la práctica nadie quiere más divergencia. La praxis económica se ha sobrepuesto sobre lo ideológico. Mucha gente no quiere inscribirse en los partidos políticos porque no creen mucho en los políticos”.
En las calles de Santiago se inhala aún la polarización. Así lo describe Silvia Guerrero, una venezolana residenciada en la señorial capital.

Fotografía: AFP / Palacio de La Moneda.  El presidente chileno Salvador Allende y los miembros de su gabinete visitan a víctimas de grandes nevadas en el norte del país, en junio de 1971.