Un uniforme oculta un célebre oxímoron
Rodolfo Izaguirre
La ropa, el vestido, el traje que llevamos puesto, los collares, aros, zarcillos y pulseras son prendas manifiestamente visibles y exteriores y, no obstante, son símbolos de una presencia espiritual. Ofrecen la visión de un ser interior. Puede entonces atinar aquel que dice: ¡Dime cómo vistes y te diré quién eres! El alma se descubre en la manera de vestir y de lucir la ropa que se lleva. El color y calidad de las telas, los pliegues y la caída de la falda corta o larga; la línea del pantalón; la combinación de durezas, suavidades, sedas y algodones y la capacidad para reconciliar el gusto con el placer que tuvo el diseñador al esbozar las líneas del traje complacen a la vida.
Pero ese símbolo se desvanece o simplemente desaparece o se degrada cuando el uniforme desconecta la personalidad de quien lo lleva. Contrariamente, los adornos o alamares, los hilos de oro y un pecho profusamente condecorado revelan en el uniforme de gala altivez y soberbia.
El uniforme disciplina, iguala, establece conformidad, semejanza; hace que perdamos talante y personalidad. Mao Tse-tung obligó a millones de chinos a vestir el mismo traje que lleva su nombre. Niveló, borró, eliminó al ser individual para inventar un ser colectivo sumiso y obediente. Pero en el diseño, el astuto Mao se cuidó de establecer diferentes tonalidades de color de acuerdo con las jerarquías políticas. El traje readquirió un poder simbólico absolutamente negativo.
Los militares son la evidencia máxima del oxímoron cada vez que se escucha la expresión «inteligencia militar». Una contradicción de términos que los documentaristas cinematográficos Hainowsky y Scheuman, de la extinta República Democrática Alemana, fijaron para siempre en los documentales que realizaron en Chile durante el golpe militar y la caída de Salvador Allende. Uno de estos cortos se refería al hecho de que, sobre los billetes de banco, los chilenos escribían frases ofensivas contra Pinochet y los miembros de la Junta Militar. Los cineastas entrevistaron al general que ocupaba un alto cargo en el Banco de Chile. Trajeado con un impoluto uniforme y con severidad prusiana el hombre, molesto, mostraba a las cámaras uno de los billetes en el que se podía leer: «¡Pinochet, asesino!» y otras verdades. «¿Cuántos cómo este se han recogido?», preguntaron los cineastas con fingida inocencia. «¡Muchos!», respondió el general. «¡Vea!». Y mostró a las cámaras montones de billetes ofreciendo así una valiosa información sobre el número y carácter de los opositores al régimen autoritario y criminal.
La secuencia más impactante de aquellos documentales es la que da inicio a la entrevista con el general Augusto Pinochet. Este, vestido de gran gala con sus inevitables y siniestros anteojos oscuros, cae fácilmente en la trampa de la cámara “sin película”, tendida por los cineastas alemanes: “¡No, general, no estamos filmando todavía!”, un tiempo que aprovechó el edecán para quitar de los hombros del caudillo invisibles motas de polvo y para que el propio Pinochet, preocupado ostensiblemente por la línea del pantalón del uniforme, pulcro y blanquísimo con lujosos arreos militares lo revisara con extremada y concentrada atención, pero la obsesión del general por alisar una y otra vez la línea del pantalón ponía al descubierto un ceremonial neurótico de evidente color fascista que navegaba dentro de él. Era, nuevamente, el traje como símbolo, esta vez, de una presencia detestable que vive dentro del ser.
Cuando finalmente Hainowsky y Scheuman dieron luz verde, el general se irguió en su asiento y para asombro del mundo entero comenzó su discurso diciendo: “¡No puede decirse que lo hayamos hecho todo! ¡El comunismo es como un fantasma!”, lo que aprovecharon los cineastas para hacer corte directo, mostrar las primeras líneas del Manifiesto Comunista e insertar un doloroso documental sobre la explotación del salitre chileno como introducción a la visita que hicieron al campo de concentración de Pisagua.
Allí fueron los alemanes. Nunca dijeron que se trataba de la RDA, pero bastó con el simple hecho de que fueran alemanes para obtener la orden de vuelo, sellada y firmada por el propio Pinochet, pero no la autorización para entrar a Pisagua. Plastificaron sus credenciales adosando la orden firmada por el general y las mostraron al alcalde del campo de concentración. Al ver tan solo el sello y la firma del general en jefe, el alcalde los dejó pasar. Las entrevistas con los prisioneros son una demostración suprema de sagacidad e inteligencia.
Temiendo un nuevo engaño de los militares y sin saber cuáles eran las intenciones que se movían detrás de las cámaras, ni la nacionalidad o identidad de los cineastas, los prisioneros designaron a los más comprometidos, a los que se sabían condenados a muerte, para que declararan. Bajo la constante vigilancia de los carceleros, surgían las preguntas y llegaban las respuestas: ¿Cuál es su profesión? “Soy médico y estaba en el Palacio de La Moneda”. ¿Usted ejerce acá? “Sí”. ¿Qué población atiende?” y el médico daba una cifra: el número de reclusos. Y así, a medida que se desarrollaba la entrevista se iban produciendo las informaciones precisas que los cineastas buscaban y los guardias no detectaban. “¿Cuál es la enfermedad más recurrente?”, preguntaban los alemanes mientras la cámara encuadraba a uno de los presos sentado en el suelo, con las piernas abrazadas y la mirada ausente: “¡La melancolía!”.
Cuando se proyectaron estos y otros documentales en la Cinemateca venezolana, la Embajada de la RDA ofreció un cocktail a Heinowski porque Scheuman no vino a Caracas y todos los que estábamos allí vimos cómo un ángel agitó sus alas y revoloteó sobre los asistentes cuando uno de los invitados se acercó al cineasta alemán diciendo: “¡Usted me entrevistó en Pisagua! ¡Yo era el médico de La Moneda!”.
¡Fue un momento de gloria!
19/04/2020:
https://www.elnacional.com/opinion/un-uniforme-oculta-un-celebre-oximoron/
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lunes, 20 de abril de 2020
sábado, 28 de octubre de 2017
viernes, 27 de octubre de 2017
LA CULTURA EN LA CARRACA
EL NACIONAL, Caracas, 12 de octubre de 2017
Los espacios culturales
Rodolfo Izaguirre
En los últimos años hemos perdido espacios destinados a la cultura, pero hemos visto cómo la sociedad civil ha logrado crear nuevos ámbitos, galerías de exposiciones, salas de teatro y de concierto. Nada puede detener los avances en el campo del arte y de la cultura. Los sé porque padecí en tiempos de la llamada cuarta república el peso burocrático que trataba de obstaculizar mi trabajo. Siempre surgirá un funcionario mediocre o un gobernante tosco y de pocas lecturas que tratará de bloquear tu camino. Lo logra, pero lo recorrido hasta el momento en que detienen tu paso es un terreno conquistado e irreversible. Cuando se levanten las esclusas que impidieron tus avances no recomenzarás desde el inicio sino desde el punto en el que te detuvieron porque todo lo que está detrás ya es nuestro. ¡Es terreno conquistado! Es por eso que para evitar mayores tropiezos la cultura requiere de armonía y rechaza todo poder autónomo o arbitrario. Exige una relación de elementos opuestos. De allí que el arte se produce cuando sucede ese glorioso encuentro de los criterios distintos.
Pero el poder autocrático, la rígida mentalidad militar sostiene, contrariamente, que en lugar de armonía la diferencia de criterios ocasiona caos, desorden. Entonces busca centralizar, impone un pensamiento único. Solo es artista aquel que acepta o se adhiere a mi línea política. Harán un arte degenerado quienes no se sometan a ella.
Estos autócratas se comportan como Elena, la mujer del rumano Ceausescu: “¡Cuando dialogo, no quiero que me interrumpan!”. Al alcanzar sus extremos, la derecha y la izquierda se dan la mano, se abrazan, se condecoran y el fascismo abre las cortinas y aparece en escena vistiendo el traje de maestro de ceremonias.
De allí, mi enfrentamiento con el populismo que coarta la libertad de pensamiento y obra; que trata a toda costa de desanimarme, aplastarme, sacarme del juego. Nunca olvidaremos a Hugo Chávez cuando, gritando “¡fuera! o “¡está ponchao!”, decapitó la gerencia cultural del país bajo la acusación de haberse convertido en un “principado”. Alguien rencoroso tuvo que haberle calentado la oreja al sátrapa porque no creo que un militar tan opaco tuviera la sutileza para suponer “principados”, en un mundo artístico que desconocía. En cualquier caso, aquel ultraje a la inteligencia y a la sensibilidad se emparentó con las nefastas “hazañas” de los nazis y evidenció, una vez más, que el fascismo no es patrimonio exclusivo de la ultraderecha; lo es de la izquierda y se apellidan Castro, Stalin y acostumbra lanzar al viento, para agravio del mundo, el nombre de cualquier otro déspota franquista, comunista o del islam.
Estamos decididos a rescatar las infraestructuras: los museos, los teatros Municipal, Nacional y el Teresa Carreño. Se dice del Teresa Carreño que cuando era de uno, íbamos todos, pero ahora, que “es de todos”, uno no va.
Rescatar la red de bibliotecas, las salas de danza. Devolverle a Radio Caracas Televisión y al Ateneo de Caracas sus respectivos patrimonios físicos y sus equipamientos técnicos, así como la dignidad que hizo de ellos referencia obligada de esparcimiento y altura cultural. Eliminar el sesgo ideológico que desvirtúa los propósitos de la Villa del Cine; construir salas de teatro en cada municipio y aspirar a que vuelva el pensamiento a activarse entre los venezolanos; entregar los teatros a los teatreros, el cine a los cineastas, la danza a los coreógrafos y bailarines, la música a los compositores; impedir que la política vuelva a regir los destinos del arte; que es una falacia afirmar que todos somos artistas; sostener que cualquier niño de la calle puede encontrar su gloria tocando un instrumento musical. Habrá que buscar por todos los medios que los militares, si quieren entrar en la política, tengan que despojarse del arma y del uniforme o, de lo contrario, encerrarse en el cuartel y ocuparse de sus propios asuntos.
Soy de los que sostienen que no es la economía ni la política lo que hace avanzar a los países; ¡es la cultura! Pero los políticos creen que son ellos los únicos que saben manejar el timón; pero sabemos que al igual que los militares no son muy dados a cultivarse.
En Venezuela, el arte y la cultura siempre han sido considerados como la guinda de la torta. Siempre marginados y relegados, los artistas somos gente rara, bohemios, pedigüeños: “¡Tú sabes, no son como nosotros!”.
Falta poco para que el régimen militar sostenga, como los nazis, que el arte que hacemos es un arte degenerado. Pero mientras lo decían, los jerarcas nazis se estaban robando las obras de arte de los museos y de las casas de los judíos ricos.
Mi aspiración, antes de escaparme para siempre de este mundo, es ver que la película, la pieza teatral, el espectáculo de danza no estén producidos u organizados “con las uñas” sino con un sólido apoyo financiero. Acabar con el “escríbete allí unas cuartillitas” o “este es un pago simbólico, ¿tú me entiendes?”. O la entrevista en televisión. Cada cinco años me tocaba integrar la comisión que ofrecería al candidato de mi preferencia la visión de lo que debería observar si ganaba las elecciones, pero el candidato ya tenía sus propios asesores, no necesariamente gente de la cultura, y mas tarde, aposentado ya en Miraflores, nombraba a alguien de su confianza para ocupar la presidencia del Conac y nuestras recomendaciones quedaban sepultadas en algún archivo muerto bajo el calor de Guarenas.
Esto que digo pasaba ayer. ¡Hoy padecemos tiempos peores!
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Rodolfo Izaguirre
domingo, 22 de octubre de 2017
NOTICIERO RETROSPECTIVO
- Lorenzo Batallán. "Foro: La criminalidad en Venezuela: José Luis Vethencourt, Francisco Canestri, Carlos Villalba, José Agustín Méndez, Elio Gómez Grillo, Marco Briceño Romero, Rosa del Olmo". El Nacional, Caracas, 15/08/1966.
- Antonio Mieres. "Gil Fortuol y el socialismo". El Nacional, 14/02/82.
- Kalinina Ortega entrevista a Angel Rosenblat. El Nacional, 21/08/76.
- Juan Nuño: Isáias, 22:13. El Nacional, 28/08/90.
- Rodolfo Izaguirre y Humphrey Bogart. El Nacional, 05/07/80.
Ilistración: Pancho Graels para un texto de Phillipe Boncher. El Nacional, Caracas, 06/07/1978.
viernes, 16 de junio de 2017
NOTICIERO RETROSPECTIVO
- Antonio Arráiz. "Mujeres en avisos de licores". El Nacional, Caracas, 18/10/1957.
- Juan Nuño. "El sexo de las cosas". El Nacional, 03/02/90.
- Judith Sarosi. "Marx y sexo". Cambio, Caracas, 06/69.
- Juan Liscano. "Amor, sexo y sida". Últimas Noticias, Caracas, 12/06/88. Suplemento Cultural.
- Rodolfo Izaguirre. "El cine pornográfico". El Nacional, 09/11/77.
Reproducción: El Universal, Caracas, 18/04/1967.
viernes, 13 de enero de 2017
FLOTACIÓN
EL NACIONAL, Caracas, 8 de enero de 2017
Ser joven, ser viejo
Rodolfo Izaguirre
El escritor Washington Irving permitió que Rip Van Winkle, cansado de los regaños de su mujer, se internara en el bosque antes de la guerra de independencia de Estados Unidos y se quedara dormido durante veinte años a la sombra de un árbol. Cuando regresa a la aldea tropieza con graves problemas porque daba equivocadas vivas al rey Jorge III sin saber que el monarca había sido depuesto años atrás.
Van Winkle fue un joven que sin percatarse de se hizo viejo en una sociedad que había cambiado. El viejo, solo por serlo, arrastra de acuerdo con las convenciones unas virtudes de dominación, sabiduría y tradición que Van Winkle no poseía. Sin embargo, la imagen que persiste del abuelo no es la de un hombre como yo de 85 años lúcido, activo y comprometido con la oposición al régimen miserable y tiránico de Nicolás Maduro, sino la del anciano tonto que por recoger conchitas de mar pasa por sabio porque la senectud “tiene” que marchar acompañada de banales pero profundas reflexiones.
La verdad es que un joven en el paredón de fusilamiento carga consigo mayor calidad y densidad de vida y experiencia que aquel abuelo filosofando tonterías frente al mar. La convención también establece que la juventud, contrariamente, estaría condenada a mantener intactos el arrojo, la irreverencia audaz, la subversión y la heroicidad aunque puede darse el caso (“¡Ordene, comandante!”) de jóvenes dominados por hombres maduros y obligados a obedecerles ciegamente; y otros, necios e insoportables.
Un acontecimiento desconcertante ocurre cuando llegado a la edad senil el hombre viejo vuelve a ser niño, confina su memoria a la infancia y contempla su sexo definitivamente dormido. En cambio, y al mismo tiempo, el niño se hace hombre maduro, despierta del sueño que venció a Rip van Winkle y se hace adulto y soberano.
Se afirma que la niñez es inocencia porque el niño aún no ha mordido la manzana, no conoce la tentación de la serpiente paradisíaca y su vida transcurre en una suerte de floresta iluminada. La verdad puede ser otra porque, oculta y solapada en la inocencia (¡tal como la propia naturaleza que actúa ignorante del bien y del mal!), la infancia también respira crueldad. Pero no hay nada qué hacer: se ha establecido que la niñez es espontánea y no agresiva y en ella no pueden producirse pensamientos alterados. El niño es un ángel de pureza aunque todos sabemos que existe en él una peligrosa ambivalencia: en grupo, y de su propia cuenta, como las abejas en enjambre o como los pájaros de Hitchcock, al acecho, se convierte en un ser agresivo y letal.
De acuerdo con su longevidad, el anciano merece respeto puesto que su larga edad podría aproximarlo a la inmortalidad. Pero nadie es eterno ¡aunque Frank Sinatra lo intentó! Nada se sabe, por ejemplo, sobre Lao Tse, el fundador del taoísmo. Hay quienes aseguran que nunca existió, pero la tradición da por sentado que cuando nació bajo un ciruelo ya tenía el cabello blanco y arrugas en su rostro, como un anciano.
Siempre pensé que nuestro proceso de nacimiento y muerte estaba mal diseñado. Tendría uno que haber nacido anciano lúcido, arrogante y experimentado y a medida que se avanza en la vida ir desplegando vigor y más inteligencia. Ancianos, ganaríamos honores en el frente de combate y redactaríamos un nuevo código civil. Jóvenes, nos mostraríamos en televisión. Adolescentes, sembraríamos el petróleo, incursionaríamos en la política, escribiríamos la novela prodigiosa, evidenciaríamos vigorosas aptitudes físicas; ya niños discutiríamos con los sabios de la época para luego desaparecer chapoteando en algún líquido amniótico. Quiero decir, morir cuando se establece nacer y nacer a una edad en la que se da por cierto el final de la vida. Fue lo que hizo David Fincher en 2008: hizo que Brad Pitt fuese Benjamin Button el personaje de Scott Fitzgerald que nace muy viejo y muere desapareciendo en el líquido amniótico al que hicimos referencia. Posteriormente se conoció que en Magura, Bangladesh, nació un bebé de nombre Bayesid Hossain con cara de anciano, víctima de una rara enfermedad llamada progeria. ¡De seguro, la misma enfermedad que en la ficción afectó a Benjamin Button!
El venezolano en contraste con muchos países asiáticos y europeos es joven. Nació a la vida política republicana en 1811, es decir, hace poco más de doscientos años, un parpadeo apenas en la historia y sin embargo en la hora actual, bolivariana, en lugar de la energía y la audacia de la verdadera juventud se hizo viejo, a punto de alcanzar la decrepitud, de perder el arrojo, la subversión y la heroicidad que tendría que haber acompañado a la presunta revolución bolivariana que un pequeño grupo malvado acostumbra pregonar, pero que en el desamparo del fracaso no dispone siquiera de magistrados para reflexionar o mostrar con orgullo alguna experiencia valiosa que atestigüe que envejeció sabiamente en lugar de pavonearse como el cadáver insepulto en que se convirtió siendo joven. ¡Una revolución sin universitarios! La ridícula e ilusoria pretensión de formar un hombre nuevo que no es otro que aquel hombre viejo y desamparado que avanza hacia nosotros desde hace siglos sin encontrarse a sí mismo.
Como Benjamín Button o el desdichado Bayesid Hossain de Magura, Bangladesh, el régimen militar, totalitario y bolivariano nació viejo y obstinado en la maldad creyendo que con el correr del tiempo sería joven, fuerte y enérgico. Se ampara en militares condecorados que jamás han comandado una batalla y solo conocen viejas rutinas y disciplinas de inútil aplicación en la vida civil en la que siembran pánico y terror al frente de supuestas organizaciones de paz. Un país política e históricamente “joven” gobernado por gentes de mentes desajustadas, protervas y dogmáticas que solo manejan concepciones económicas atrasadas, y permanecen ausentes del dolor humano, sin haber puesto nunca los ojos sobre la sensibilidad, los afectos o sobre la dureza del Capital del viejo Marx, el complicado materialismo y empiriocriticismo de Lenin o la elegante prosa de Enrique Bernardo Núñez por ejemplo, o la de Mariano Picón Salas.
Una “revolución” que terminará flotando en el líquido amniótico de alguna anónima combatiente, sin ninguna pena y sin mayor gloria salvo la de haber arruinado en menos de dos décadas a un país que alguna vez fue ¡el más joven y próspero de América Latina!
Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/ser-joven-ser-viejo_74166
Imagen: http://www.agenciasinc.es/Noticias/Las-celulas-tumorales-se-comportan-como-el-curioso-caso-de-Benjamin-Button
Ser joven, ser viejo
Rodolfo Izaguirre
El escritor Washington Irving permitió que Rip Van Winkle, cansado de los regaños de su mujer, se internara en el bosque antes de la guerra de independencia de Estados Unidos y se quedara dormido durante veinte años a la sombra de un árbol. Cuando regresa a la aldea tropieza con graves problemas porque daba equivocadas vivas al rey Jorge III sin saber que el monarca había sido depuesto años atrás.
Van Winkle fue un joven que sin percatarse de se hizo viejo en una sociedad que había cambiado. El viejo, solo por serlo, arrastra de acuerdo con las convenciones unas virtudes de dominación, sabiduría y tradición que Van Winkle no poseía. Sin embargo, la imagen que persiste del abuelo no es la de un hombre como yo de 85 años lúcido, activo y comprometido con la oposición al régimen miserable y tiránico de Nicolás Maduro, sino la del anciano tonto que por recoger conchitas de mar pasa por sabio porque la senectud “tiene” que marchar acompañada de banales pero profundas reflexiones.
La verdad es que un joven en el paredón de fusilamiento carga consigo mayor calidad y densidad de vida y experiencia que aquel abuelo filosofando tonterías frente al mar. La convención también establece que la juventud, contrariamente, estaría condenada a mantener intactos el arrojo, la irreverencia audaz, la subversión y la heroicidad aunque puede darse el caso (“¡Ordene, comandante!”) de jóvenes dominados por hombres maduros y obligados a obedecerles ciegamente; y otros, necios e insoportables.
Un acontecimiento desconcertante ocurre cuando llegado a la edad senil el hombre viejo vuelve a ser niño, confina su memoria a la infancia y contempla su sexo definitivamente dormido. En cambio, y al mismo tiempo, el niño se hace hombre maduro, despierta del sueño que venció a Rip van Winkle y se hace adulto y soberano.
Se afirma que la niñez es inocencia porque el niño aún no ha mordido la manzana, no conoce la tentación de la serpiente paradisíaca y su vida transcurre en una suerte de floresta iluminada. La verdad puede ser otra porque, oculta y solapada en la inocencia (¡tal como la propia naturaleza que actúa ignorante del bien y del mal!), la infancia también respira crueldad. Pero no hay nada qué hacer: se ha establecido que la niñez es espontánea y no agresiva y en ella no pueden producirse pensamientos alterados. El niño es un ángel de pureza aunque todos sabemos que existe en él una peligrosa ambivalencia: en grupo, y de su propia cuenta, como las abejas en enjambre o como los pájaros de Hitchcock, al acecho, se convierte en un ser agresivo y letal.
De acuerdo con su longevidad, el anciano merece respeto puesto que su larga edad podría aproximarlo a la inmortalidad. Pero nadie es eterno ¡aunque Frank Sinatra lo intentó! Nada se sabe, por ejemplo, sobre Lao Tse, el fundador del taoísmo. Hay quienes aseguran que nunca existió, pero la tradición da por sentado que cuando nació bajo un ciruelo ya tenía el cabello blanco y arrugas en su rostro, como un anciano.
Siempre pensé que nuestro proceso de nacimiento y muerte estaba mal diseñado. Tendría uno que haber nacido anciano lúcido, arrogante y experimentado y a medida que se avanza en la vida ir desplegando vigor y más inteligencia. Ancianos, ganaríamos honores en el frente de combate y redactaríamos un nuevo código civil. Jóvenes, nos mostraríamos en televisión. Adolescentes, sembraríamos el petróleo, incursionaríamos en la política, escribiríamos la novela prodigiosa, evidenciaríamos vigorosas aptitudes físicas; ya niños discutiríamos con los sabios de la época para luego desaparecer chapoteando en algún líquido amniótico. Quiero decir, morir cuando se establece nacer y nacer a una edad en la que se da por cierto el final de la vida. Fue lo que hizo David Fincher en 2008: hizo que Brad Pitt fuese Benjamin Button el personaje de Scott Fitzgerald que nace muy viejo y muere desapareciendo en el líquido amniótico al que hicimos referencia. Posteriormente se conoció que en Magura, Bangladesh, nació un bebé de nombre Bayesid Hossain con cara de anciano, víctima de una rara enfermedad llamada progeria. ¡De seguro, la misma enfermedad que en la ficción afectó a Benjamin Button!
El venezolano en contraste con muchos países asiáticos y europeos es joven. Nació a la vida política republicana en 1811, es decir, hace poco más de doscientos años, un parpadeo apenas en la historia y sin embargo en la hora actual, bolivariana, en lugar de la energía y la audacia de la verdadera juventud se hizo viejo, a punto de alcanzar la decrepitud, de perder el arrojo, la subversión y la heroicidad que tendría que haber acompañado a la presunta revolución bolivariana que un pequeño grupo malvado acostumbra pregonar, pero que en el desamparo del fracaso no dispone siquiera de magistrados para reflexionar o mostrar con orgullo alguna experiencia valiosa que atestigüe que envejeció sabiamente en lugar de pavonearse como el cadáver insepulto en que se convirtió siendo joven. ¡Una revolución sin universitarios! La ridícula e ilusoria pretensión de formar un hombre nuevo que no es otro que aquel hombre viejo y desamparado que avanza hacia nosotros desde hace siglos sin encontrarse a sí mismo.
Como Benjamín Button o el desdichado Bayesid Hossain de Magura, Bangladesh, el régimen militar, totalitario y bolivariano nació viejo y obstinado en la maldad creyendo que con el correr del tiempo sería joven, fuerte y enérgico. Se ampara en militares condecorados que jamás han comandado una batalla y solo conocen viejas rutinas y disciplinas de inútil aplicación en la vida civil en la que siembran pánico y terror al frente de supuestas organizaciones de paz. Un país política e históricamente “joven” gobernado por gentes de mentes desajustadas, protervas y dogmáticas que solo manejan concepciones económicas atrasadas, y permanecen ausentes del dolor humano, sin haber puesto nunca los ojos sobre la sensibilidad, los afectos o sobre la dureza del Capital del viejo Marx, el complicado materialismo y empiriocriticismo de Lenin o la elegante prosa de Enrique Bernardo Núñez por ejemplo, o la de Mariano Picón Salas.
Una “revolución” que terminará flotando en el líquido amniótico de alguna anónima combatiente, sin ninguna pena y sin mayor gloria salvo la de haber arruinado en menos de dos décadas a un país que alguna vez fue ¡el más joven y próspero de América Latina!
Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/ser-joven-ser-viejo_74166
Imagen: http://www.agenciasinc.es/Noticias/Las-celulas-tumorales-se-comportan-como-el-curioso-caso-de-Benjamin-Button
domingo, 25 de septiembre de 2016
JUEGO DE PALABRAS
EL NACIONAL, Caracas, 25 de septiembre de 2016El lenguaje deportivo
Rodolfo Izaguirre
Miguel Otero Silva dijo una vez que los mejores periodistas de El Nacional eran los comentaristas deportivos porque no trataban de hacer literatura. No dijo que su mayor afición era el gusto por el eufemismo, el empeño de no mencionar las cosas por sus nombres. Los pájaros rojos, por ejemplo, son los Cardenales de San Luis y los corsarios son los Piratas de Pittsburg. Los patiblancos son los Medias Blancas de Chicago y los patirrojos los Medias Rojas de Boston. En cambio, la organización “lupulosa” no puede ser otra que la de los Cerveceros de Milwaukee.
El careta es el catcher o receptor; el camarero es la segunda base y Luis Aparicio el “residente de Coppertown”, la ciudad del estado de Nueva York donde está situado el Salón de la Fama Nacional de Beisbol. El bate es el madero. Un bambinazo es un home run: una manera de recordar a Babe Ruth, a quien llamaban el Bambino. Los capitalinos son los Nacionales de Washington y la “novena de la Gran Manzana” señala, desde luego, a los Mets de Nueva York porque los Mulos de Manhattan siempre han sido los Yankees de Nueva York. Un cerrador bengalí es un lanzador de los Tigres de Detroit que logra terminar un juego iniciado por otro pitcher. Los Rangers de Texas son los Vigilantes, o los Rancheros. Nueva York es “la ciudad que nunca duerme” y una raqueta alude, exclusivamente, al jugador de tenis. Al Atlético Nacional de Medellín se le llama “el conjunto verdolaga” y un “as monticular” es un lanzador de éxito situado siempre en la “lomita” que es el ligero promontorio del beisbol desde donde se lanza la pelota. Los nautas, la rotación nauta, alude a los Marineros de Seattle. Porque los Siderales tienen forzosamente que ser los Astros de Houston.
“El mascotín” identifica al inicialista o jugador de la primera base por ser el único que en lugar del guante o mascota usa un mascotín. La novena de los peces designa a los Marlins de Miami y los cuáqueros son los Filis de Filadelfia.
Los Reales de Kansas City son llamados los monarcas porque son los actuales campeones mundiales de la gran carpa y son varios los lanzadores venezolanos que quieren ser reyes en esa carpa. En la liga venezolana, los pájaros rojos son los Cardenales de Lara; en cambio, los escarlatas son los Rojos de Cincinnati, y “el bullpen osezno” es el lugar en el campo de beisbol donde los lanzadores de los Cachorros de Chicago calientan su brazo antes de que empiecen a lanzar.
¡No siempre resulta fácil descifrar este lenguaje! Puede serlo para mí, que jugué al beisbol con relativo éxito cuando fui adolescente y estoy más o menos familiarizado. Me desempeñé sucesivamente como tercera base, centerfielder y pitcher en el equipo del colegio, e imitaba a un lanzador americano contratado por el Magallanes llamado Sam Nahem. Era abogado, lo que cautivaba entonces mi admiración, y usaba lentes. Yo mismo tuve que usarlos y para lucirme los mandé a hacer “al aire”. Eran demasiado frágiles y sifrinos y comencé a tener miedo a la pelota sobre todo si se trataba de un rolling porque puede la pelota hacer un “extraño”, es decir, saltar inesperadamente hacia otro lado en el momento en que se cree haberla atrapado y golpearle a uno en la cara, romper los anteojos y lesionar severamente un ojo. Y el miedo se fue apoderando de mí hasta convertirme en un mal jugador. Animé al Magallanes desde sus reinicios en los años cuarenta cuando se le llamaba “el equipo eléctrico” porque su patrocinador, Carlos Lavaud, era dueño de una tienda de electrodomésticos en la esquina de San Jacinto cerca de la casa natal de Simón Bolívar. Fue el tiempo de Vidal López, Dalmiro Finol, Chucho Ramos, Víctor Davalillo, Chico Carrasquel, Camaleón García, Benítez Redondo, Tirahuequito Machado... En el examen de Derecho Constitucional, uno de los alumnos dijo una barbaridad y Jóvito Villalba el examinador, molesto, preguntó: Bachiller, ¿de dónde sacó Ud. eso? El muchacho, tratando de engañar a Villalba mencionó a Jim Pendelton, un centerfielder del Magallanes, y Villalba enfurecido mostró que era buen conocedor del beisbol.
¡Fui magallanero hasta que supe que Hugo Chávez también lo era! Entonces dirigí mi atención hacia las Águilas del Zulia, bien lejos de Caracas. ¡He vuelto al equipo navegante! Pero al final, terminé alejándome del beisbol porque comencé también a sentir aversión hacia los jugadores: mastican y escupen todo el tiempo, son feos y gordos, tardan mucho en lanzar la pelota y no siempre atinan al hacerlo. ¡Prefiero las coreografías del Barsa, la destreza de Roger Federer o la belleza de María Sharapova!
Un lector poco entrenado puede perderse leyendo las crónicas deportivas plagadas de esta singular manera de llamar a las cosas no por su nombre sino con palabras a las que pudieran asociarse. Ebrio, para no decir borracho; invidente, por ciego; conductor de la unidad, por chofer; galeno, por médico; “compatriota” cada vez que el presidente Pastrana se refiere a Nicolás Maduro.También resultará más fácil descifrar los nombres o apodos que construir un nuevo estadio para Caracas si consideramos lo que afirma Ignacio Serrano en El Nacional del jueves 21 de julio de 2016. “El Estadio Universitario es un mal necesario”, escribe. Llegar a él es una tortura los días de juego. Muchos baños suelen estar cerrados y son un asco y las gradas de las tribunas son más cómodas que las sillas vip.
Se critica al Magallanes y a los Leones no haber construido su propia sede. Leones y Tiburones, sumados como equipos, costaron 12 millones de dólares. Ni siquiera vendiéndolos al triple, podría edificarse un estadio. ¡Lo que cuesta construirlo paraliza cualquier entusiasmo! Gracias a Ignacio, nos enteramos de que el actual estadio de los Rangers de Texas costó 1.150 millones de dólares. El de los Bravos de Atlanta, 492, y el nuevo Yankee Stadium costó 2.300 millones de “verdes”. Llamo así el dólar para irnos familiarizando con los eufemismos del lenguaje deportivo.
Fuente:
http://www.el-nacional.com/rodolfo_izaguirre/lenguaje-deportivo_0_926907362.html
domingo, 12 de junio de 2016
TRES TEXTOS

EL Nacional, Caracas, 12 de junio de 2016
La hora menguada
Rodolfo Izaguirre
De manera dolorosa y escalofriante, el país venezolano disminuye, se consume física y moralmente, herido de muerte por las heridas causadas por el socialismo bolivariano que en mala hora trajo a nuestras vidas a Hugo Chávez, el verdadero responsable del colosal fracaso de la economía y la pérdida irreparable de nuestra dignidad. Lo menciono porque es el notorio causante del oprobio que padecemos y porque la terca mediocridad de Maduro escapa a cualquier consideración razonable. En Play Back, la última novela de Raymond Chandler, Philip Marlowe se refiere a un sujeto que bien podría haber sido Nicolás, que tenía dos dedos de frente "pero podía abrírsele un crédito por algunos dedos mas".
El hecho es que hay hambre,
angustia, desaliento y una desesperación que aviva en los corazones más
serenos; un rencor que está al borde de algún catastrófico y violento
desbordamiento social que comienza a perturbar a otros países y gobiernos en
los que, ¡ya era hora! se observan trazos de interés por encontrar algún camino
de salvación. Pero, ¡no todo está perdido! En medio del espanto de nuestra
agonía ha brotado una chispa, un asomo de gracia, un momento de verdadera
gloria… Algo en apariencia de poca importancia o trascendencia para muchos;
algo impensable, inesperado, pero que vive y permanece latente, pongamos por
caso, en los cuerpos que han conocido la danza.
Un espectáculo infrecuente,
único: la fusión del drama escénico, teatral, con el movimiento del cuerpo. Es
más, si revelamos nuestra inagotable memoria corporal abrimos la posibilidad de
ilustrar el paso del tiempo, la entrada de un siglo en otro.
Una hermosa definición asegura
que la danza es lo que queda en el aire después que el bailarín pasó por él.
Cuando este debe retirarse puede continuar su vida profesional como maestro o
coreógrafo pero no puede evitar que, como bailarín, un manto de olvido lo cubra
y lo aparte de la escena. ¡Pero no es así! Hay una memoria corporal que
persiste en él y se resiste al tiempo aunque no pueda mostrarse en los
escenarios. En un afortunado intento por demostrar la persistencia de esa
memoria, el coreógrafo Leyson Ponce, inspirándose en un breve relato de Rómulo
Gallegos titulado “La hora menguada” ha reunido a dos leyendas, pioneras de la
danza: Graciela Henríquez y Sonia Sanoja, ambas un poco más que octogenarias,
en una hermosa obra de drama y movimiento. Dos hermanas que envejecen juntas en
una cotidianidad marcada por el odio, la traición, el rencor y la culpa porque
Amelia le quitó el marido a Enriqueta y tuvo el hijo que nunca más regresaría a
la casa. Este clima de cotidiano rencor permite a Leyson explorar la memoria
corporal de las dos intérpretes y ellas, con el asombroso poder de su
gestualidad cruzan los espacios de la soledad y del amor extraviado y recrean
un tiempo pasado empleando tan solo sus gestos, sus desplazamientos en un
escenario en el que solo vemos un par de sillas, una mesa, un saco o chaqueta
de hombre que simboliza la presencia tanto del marido como del hijo, un
perchero y dos marcos detrás de los cuales las hermanas se retratan, una vieja
radio que emite publicidad y la música de un bolero que ellas bailan animadas
por el rencor. La acción permite al espectador situarse en el tiempo. El diseño
del vestuario y la escenografía llevan la firma de Luis Alonso.
La obra se inspira en Gallegos
pero al cambiar su título original de La hora menguada” por “Amor amargo” ya no
alude a la disminución de los sentimientos sino al rencor y la culpa en que se
centra el conflicto que sostiene la vida de las dos hermanas. Ambas juegan con
el saco, se lo ponen, se lo quitan, se cubren con él, lo convierten en un bebé
acariciable. Sin palabras, hacen sus respectivos solos y expresan sus propias
personalidades a través de gestos que traducen visual y casi literalmente un
poema de Lezama Lima y otro de Hanni Ossot apoyados en la iluminación de Rafael
González, maestro y también coreógrafo de mucho talento así como en una
exquisita selección de música barroca peruana en quechua y la célebre
“Casta Diva” de Bellini. La producción de esta hermosa e intensa obra de
lectura coreográfica estuvo a cargo de Carlos Paolilo, nuestro destacado
teórico y crítico de danza. Desde luego, la dirección artística y coreográfica
es de Leyson Ponce. Por encima del odio y los rechazos sobrevive en las dos
hermanas la fatalidad de una cotidianidad compartida porque la vida entre ambas
persiste. De allí que la obra de Leyson Ponce sigue abierta al cerrarse 45
minutos después de su inicio cuando las hermanas encienden la vela de una torta
de cumpleaños.
Se dice que el país venezolano y,
en mayor grado, el país político, no tienen memoria; o si la tienen es muy
frágil. Pero nuestros cuerpos poseen una memoria que va mas allá de la muerte,
es inextinguible, cruza todo límite impuesto por el tiempo y queda, se ancla,
permanece y se fija, incluso, en los otros cuerpos que vieron moverse los
nuestros. La mejor demostración de esta memoria corporal está en los
movimientos de Graciela Henríquez y Sonia Sanoja, desplazando sus gestualidades
en un escenario sobre el que dejaron de bailar hace cuarenta años.
La hora que ellas viven está
flagelada por la culpa. En cambio, la hora actual venezolana y bolivariana es
menguada, acelera día a día su disminución como país que conoció alguna vez un
florecimiento nada fácil, pero esperanzador y había pan en las panaderías. Es
un país que se está extinguiendo, va camino de los escombros causados por la
presencia brutal de militares armados y en uniforme, que hacen política fuera de
los cuarteles incitando a un civil inepto y desprestigiado a firmar decretos
que afligen y reprimen con ferocidad dictatorial a una población civil
indefensa cuyas únicas armas son la protesta pacífica, manifestaciones de calle
y una desobediencia civil que anhelo practicar como octogenario que se expresa
no con su cuerpo tal como lo hacen Graciela Henríquez, Sonia Sanoja y Leyson
Ponce, sino con palabras que pretenden anunciar para el país una hora menos
aciaga o menguada.
EL
NACIONAL, 5 de junio de 2016
La vulgaridad
Rodolfo Izaguirre
Hay un lenguaje de burdel, de
prostíbulo o de botiquín de mala muerte que ocasionalmente, bien manejado, bien
estructurado, puede emplearse con éxito en algún pasaje literario. William
Faulkner aseguraba que no había mejor lugar para escribir que un burdel en
horas de la mañana porque era un espacio tranquilo, sereno y silencioso. Pero
ese mismo espacio, que le permitió escribir acaso alguno de los libros que le
hicieron merecedor del Premio Nobel, se transformaba en las noches en un
tumulto de imprecaciones y de peligrosas aventuras sexuales. Llevado a la
política es un lenguaje abiertamente soez, tosco, ordinario, balurdo. El
diccionario de la Real Academia define la palabra balurdo como “gente ordinaria
y soez”. Balurdo es nuestro ilegítimo presidente cuando grita a Almagro que se
meta su carta democrática por donde le quepa. ¡Es una vergüenza! Una atrocidad,
una ofensa no solo a la dignidad de Almagro sino a la propia majestad que se
supone encarna quien expresa semejante vulgaridad Es un legado del fallecido
comandante antes de transformarse en pájaro. Fueron varias las veces que Hugo
Chávez mandó a “lavarse ese paltó” a algunos mandatarios y presidentes de
Estado y vociferar injurias y belicosas amenazas. Pareciera ser, en ambos, una
adicción a la fanfarronada, a la bellaquería, al gesto y a la vulgaridad de
barriada. ¡Uno se estremece de estupor! Incapaz de entender cómo puede ser
posible que ocurran semejantes agresiones verbales aunque ya nos hayamos
acostumbrado a la represión brutal de los cuerpos de seguridad del Estado, un
ridículo eufemismo por guardia nacional, policías bolivarianas o grupos
delictivos armados desde Miraflores. El hecho de haber sido chofer de autobús o
de vagón del Metro no justifica un lenguaje escabroso. Lleva más bien a pensar
que se trata de una última y desesperada tentativa de arrogancia ante el
fracaso y la pérdida de autoridad, el último zarpazo de agonía cuando no se
tiene a mano alguna argumentación que sirva de defensa, de explicación, de
justificación ante el enorme fracaso político y económico y la degradación
moral y cultural del país.
En lo personal no puedo reconocer
y aceptar como presidente a alguien cuyo lenguaje sucumbe a una condición
crapulosa siendo el lenguaje símbolo de inteligencia no solo del individuo sino
de la ciudad, de los grupos étnicos y de las propias naciones. El lenguaje es
un valioso componente de la estructura social e intelectual de una comunidad.
Es, para simbolistas como Chevalier y Gheerbrant, el alma de la cultura y
de las sociedades. Es, al mismo tiempo, símbolo de la Creación, de la
creatividad divina, anuncio de la Revelación primordial. ¡El Verbo!
¡Maduro, solo nosotros hablamos,
poseemos y manejamos el lenguaje escrito! Por eso somos los reyes del mundo.
Figuras protagónicas de todo lo creado en el mundo animal. ¡No puedes atentar
contra el lenguaje, contra el conocimiento y la sabiduría! Cualquier daño o
desconsideración que le hagamos al lenguaje afecta a la sociedad, cercena sus
raíces, las separa; perturba la comunicación entre un ser y otro. Impide el
diálogo que habría podido suscitarse entre quien ofende y agrede el lenguaje y
su posible interlocutor. No podría dialogar contigo porque no manejo tu
vulgaridad y no poseo suficiente experiencia en el dominio del lenguaje que
corre por los botiquines del barrio marginal. Al igual que el mundo, Chevalier
y Gheerbrant consideran que existen también tres niveles en los que pueden
situarse las palabras: celestial, terrestre e infernal, de acuerdo con los
niveles en los que se sitúa quien las pronuncia. Las de Maduro, objeto de estas
líneas, ocuparían por derecho propio el nivel infernal. El más bajo, larvario y
del subsuelo.
Hubo una torre de Babel que
precipitó la confusión de las lenguas y gracias a esa confusión surgieron
los diferentes idiomas y las tradiciones y a partir de ese momento todas las
lenguas y sus palabras adquirieron un carácter sagrado. ¡Por eso existe,
Nicolás, una teología de la palabra! ¡Una tradición bíblica! ¡Existe, incluso,
la Palabra de Dios!
Adoro las palabras, las cultivo
como flores del jardín, las acaricio y me esmero aun más cuando ellas adoptan
un ropaje poético y se convierten en la ribera del silencio, es decir, evitan
que el silencio se desborde, se precipite en el vacío y se convierta en
charlatanería o, en el peor de los casos, en la vulgaridad del mandatario
acorralado y sin defensa, atado al cráter del volcán a punto de erupción.
Es el vaho de tristeza que cerca
y envuelve a Nicolás: no saber qué hacer, no encontrar manera de defenderse,
dónde ir, cómo justificarse ante el país y ante la Historia que lo acecha y
diseña su caída. ¿Qué otra patraña, torpeza y mentira va a concebir si cada
gesto, movimiento o declaración suya contribuye a hundirlo aun más en su propio
pantano no solo frente al país sino frente al estupor del mundo? ¿Dónde y cómo
lavará él mismo su propio paltó?
Ha sido motivo de estudio y de
reflexiones el uso y acomodo del lenguaje a la política del chavismo, es decir,
el triunfo del populismo trasladado a los terrenos del lenguaje como un
mecanismo abyecto del ejercicio del poder, el dominio como identificación
popular lo que en el fondo significa una aberración porque tiende a mantener el
estado larvario e ignominioso del lenguaje, la aspereza de su vulgaridad como
rasero y denominador común cuando lo que se impone es todo lo contrario: elevar
el lenguaje, ennoblecerlo, despojarlo de todo asomo de ofensa, agravio y
vulgaridad y lograr, finalmente, que Nicolás se meta sus ofensivas palabras
¡por donde les quepan!
EL
NACIONAL, Caracas, 22 de mayo de 2016
Los resplandores del lenguaje
Rodolfo Izaguirre
En su libro El sentido mágico
de la palabra, Ángel Rosenblat llama dios alado a la palabra. Dice que ella
es un soplo sonoro, un aire herido, música; humo de la boca que si bien se
desvanece en el aire es capaz, sin embargo, de trasmitir odio y amor, deseo y
voluntad, dolor y alegría y fijarse en papel, pergamino, mármol, celuloide
(aparecer en la pantalla del ordenador) y viajar por todas las lejanías y
perpetuarse por los siglos de los siglos.
Es nuestra obligación respetar y
considerar a las palabras; tratarlas con particular ternura y cuidado porque
ellas constituyen el material de la poesía. Son para la poesía lo que los
colores para el pintor y los sonidos para el músico. No se hace poesía con
ideas sino con palabras y por eso la palabra es un ser vivo como cualquiera de
nosotros. Como objeto, ofrece una cierta estructura, una osamenta, un timbre,
una dulzura o una dureza; es áspera o melodiosa; sirve para cantar o para rezar
y decimos “adiós” y sentimos que hay dureza al oído distinto al “addio”
italiano porque en el idioma de Verdi o de Montale brota la música al
despedirnos.
Como ocurre con las obras de
arte, las palabras, al envejecer, se revisten de nuevos significados que las
benefician porque arrastran consigo los deseos y ensoñaciones de millones de
antepasados que se hacen presentes en las cosas y en los seres. Es gracias a
esta presencia que las palabras no sólo nos enseñan el mundo de nuestros
ancestros sino que podemos comunicarnos con lo que ellos vivieron. Las palabras
deletrean las almas de quienes estuvieron antes que nosotros. La manera como
ellos expresaron su alegría y su dolor nos sitúan también en el camino del
dolor y de la alegría; y de la manera como nombraron una flor y una piedra
evocamos también esa flor y esa piedra. La lengua conserva el alma de una
provincia, de una etnia; la manera de articular la vida. Un forastero necesita
de una larga práctica para entrar en la poesía de una lengua, lo asegura Jean
Onimus en su libro La connaissance poetique, pero cuando lo logra puede
decirse que ha penetrado en el alma de la nación. Y ya sabemos que las cosas
cambian de un país a otro y en cada país de una región a otra porque las
palabras no son las mismas y porque también en las palabras coexisten el ánima
–que es la mujer interior del hombre– y el ánimus –que es el hombre interior de
la mujer– y así, el sol que es viril entre nosotros se hace mujer en Alemania;
la leche que es mujer para los venezolanos es hombre en Italia o en Francia y
los ingleses, al parecer, están mejor equipados para nombrar el mar porque
ofrecen diez palabras para designar la forma de las olas mientras nosotros
apenas tendremos dos o tres y cruzamos la frontera y el nombre de una flor ya
es otro; lo que demuestra también que el alma de las palabras invade y
revolotea en su cuerpo en un intento por fusionar el ánima y el ánimus, es
decir, por volverlo andrógino.
Ya sea en sentido figurado, en la
metáfora, la imagen poética o en el contacto desconcertante con otros verbos,
la palabra tiene que expresar cabalmente lo que queremos que ella exprese. La
palabra “Presidente”, por ejemplo, tiene una significación mayestática, de
poder; presencia, altura y altivez vinculadas a un cargo específicamente
representativo; en particular, cuando se trata de la Presidencia de la
República pero no puedo en modo alguno agregar a la majestad que lo reviste el
nombre de Nicolás Maduro porque estaría distorsionando, desvirtuando y
empobreciendo el significado, el respeto y los alcances de la magistratura
implícitos en la palabra “Presidente”.
De allí que me vea obligado a
mencionar el nombre de Nicolás a secas y a tutearlo como a cualquiera de mis
compatriotas y vecinos, consciente de que al hacerlo el poder del lenguaje, sin
obligarme a ser yo quien lo diga, manifestará tácita pero contundentemente la
ineficacia, la impericia, el no estar preparado para asumir no solo la dignidad
y la altura de un mandato presidencial sino la concepción, ejecución y
aplicación de previsiones y medidas de aliento social y económico que se
requieren. Además, los expertos califican su lenguaje de “desafortunado,
irritante, agresivo e intimidatorio”. ¡A mí me parece de botiquín!”.
En la novela Double Kill
(La sombra de Caín) de Daniel da Cruz, para la serie noir de Gallimard,
un periodista, inocente, condenado a cadena perpetua pretende estudiar con la
ayuda de prisioneros de altas profesiones y hacer de su condena un acto de
recuperación moral. Uno de sus futuros profesores le advierte: será preciso que
seas capaz de prever las exigencias de la sociedad a las que el gobierno debe
responder elaborando programas adecuados; tendrás que comprender los
procedimientos científicos y técnicos que se requieren para satisfacer esas
exigencias; conocer las industrias que ejecutarán esos procedimientos a fin de
predecir cuáles necesitan recursos, dinamismo y políticas para justificar los
gastos del gobierno. Deberás poseer sentido de las finanzas, conocer a fondo
las ciencias económicas, las tecnologías, la sociología urbana, las leyes
corporativas, la contabilidad, las estadísticas, impulsar la productividad,
auspiciar y proteger las inversiones y un conocimiento intenso y profundo de
los distintos programas de búsquedas e investigación puestos en marcha por
otros gobiernos y reunirte (es lo que agregaría yo a semejantes advertencias)
no con militares inexpertos e ineficaces sino con profesionales de alto nivel
universitario.
¡Déjame decírtelo de una vez por
todas, Nicolás! En una sola jornada, 1.102.236 venezolanos afirmaron que no
eres capaz de asumir estas tareas. Lo siento mucho: ¡no te avergüences!, pero
has dado muestras suficientes de ineptitud. Como dicen en los seriales de
televisión cuando el asesino dispara a la víctima: ¡“No es nada personal!”.
Antes de irte, por favor, ¡deja en paz a la Polar! Perdóname, pero por respeto
a los resplandores, a la gloria y exactitud del lenguaje, solo puedo llamarte
Nicolás y no ¡Presidente de la República!
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