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lunes, 8 de abril de 2013

CHIVOS EMISARIOS Y EXPIATORIOS

Trágico MIR
Ox Armand


Carlos Ramírez Faría publicó en 1978, un libro llamado “La democracia petrolera. De Rómulo Betancourt a Carlos Andrés Pérez” (El Cid Editor, 1978). Abanicó la primera etapa del puntofijismo, como fue costumbre en la Venezuela de antes, en la el que un analista y, a la vez, activista político, independientemente de su importancia dirigencial, ensayaba una mirada de conjunto, aunque no fuese rigurosamente historiador. O, siéndolo, se atrevía a esa mirada, como ocurrió con Domingo Alberto Rangel, Rodolfo José Cárdenas, y – más acá – Gerónimo  Pérez Rascanieri, profesional de la investigación, pero con una postura política definida (tiene tres tomos recientes). Por cierto, Ramírez Fría es hijo de Carlos Ramírez  McGregor, ya desaparecido, quien fuese propietario de la revista “Momento”: aquél, radicalizado como marxista; éste, en sentido contrario.

El caso está en que Ramírez Farías da cuenta un poco de las nuevas generaciones adecas de la clandestinidad antiperezjimenista que se apoderan (SIC) del aparato partidista, como Simón Sáez Mérida, Silvestre Ortíz Bucarán, Isabel Carmona, Jesús Villavicencio, Alfonso Salazar y Armando González. Le agregaríamos, Américo Martín. Y, al volver la vieja guardia (y la intermedia), al país, por 1958, encontrará a los muchachos que, por ejemplo, en el caso de Sáez Mérida, secretario general de Acción Democrática, personalmente no conocen.

Muchachada que, al triunfar Fidel Castro en Cuba, levantando entusiasmos, va radicalizándose y, si bien es cierto que la vecindad con el PCV ayuda, no menos cierto es que viven un proceso propio de reflexión política que apunta al viejo y presunto propósito adeco de arribar al socialismo, habida cuenta que estuvieron a la merced de las circunstancias de la dictadura, acatando buena parte de las directrices del liderazgo en el exilio, con una autonomía tal que no se sospechaba de correctivo disciplinario o reorientación ideológica alguna. Esto no lo dice Ramírez Farías, sino es nuestra hipótesis, porque – entre otras cosas – su versión es la del propagandista político con aspiraciones de profundidad  en el análisis. Pero retrata la crisis social y económica que abonaba a esa independencia del carácter y la conducta política con la emoción de la Sierra Maestra. Por algo, en este único volumen que le hemos visto, termina con un capítulo llamado “Betancourt y el subdesarrollo”.

NACE EL MIRISMO, MÁS QUE EL MIR

Realizados los comicios generales de 1958, AD surge como el principal partido del país hasta alcanzar la presidencia de la República, mas son varios los partidos en uno. Y los muchachos, término que empleamos por comodidad, se alzan con Domingo Alberto Rangel y Simón Sáez Mérida, diputados principales al Congreso Nacional, a la cabeza.

El nacimiento del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), en el seno de Acción Democrática, no se decreta. Es parte de un proceso de confrontación con la guardia más vieja y la intermedia (como Raúl Ramos Giménez).  Algunos analistas de opinión e historiadores de oficio, les falta consultar más a Giovanni Sartori, por no hablar del clásico Mauricio Duverger, para apreciar cómo surgen, se mueven, perfeccionan, diluyen o mueren las tendencias partidistas. La alianza gubernamental con partidos de derecha y sectores empresariales, o el caso de las transnacionales del petróleo y el más sonado de la Reynolds que, si mal no recordamos, explota el ramo metalúrgico, eleva la protesta de los muchachos que tienen voto constante y sonante en el parlamento (con Jesús María Casal, Villavicencio, entre otros).  Ese proceso tan lleno de contradicciones, tiene un doble catalizador: la política económica de inicios del gobierno de Betancourt, traducida en una crisis social, y el ejemplo cubano. Así, un 8 de abril de 1960, con un mitín celebrado en Maracaibo, no una reunión de cafetería, emerge el nuevo partido sobre los hombros de la muchachada adeca. Y ya para el 10 de julio de ese año, está formalizado teniendo por cabeza a Antonio Delgado Lozano y Domingo Alberto Rangel, con una dirección en la que, entre otros,  figuran Sáez Mérida, Pedro Elías Hernández, Gumersindo Rodríguez, Carmelo Laborit, Jorge Dáger,  Ortíz Bucarán, Martín, Isabel Carmona de Serra, Casal, Lino Martínez y Rómulo Henríquez.  Gumersindo viene de ejercer la Secretaría Juvenil de AD y Martín es uno de los más destacados líderes estudiantiles que, a la vuelta de la esquina, presidirá la FCU-UCV (cuando ella era importante, porque importantes eran sus dirigentes: valga la cuña).

El del MIR es un ultraizquierdismo afín al proceso cubano, con un romanticismo de efímera existencia, debido – de un lado – a la cruel, dramática y cruda realidad de la insurgencia, y, por el otro, a sus tempranísimas deserciones. Algo que constituye todo un fenómeno, el del mirismo como sinónimo de un demencial voluntarismo que contrastará con la ortodoxia y tradición del PCV, y la paciente estrategia cívico-militar, infiltradora del ejército, del douglismo.

NOTAS DE INTERÉS

No vamos a prolongarnos sobre la historia de este partido, sino a señalar cuatro notas de interés:

•    Se declarará marxista-leninista y, contribuido financiera y políticamente por Cuba, competirá con el PCV por liderizar las guerrillas, sobre todo después de la famosa editorial de su semanario “Izquierda”, clamando por la insurrección.  Y, luego de recibir todos una decisiva derrota en las elecciones de 1963, en la que creyeron fervientemente en una abstención que no se dio, se hará definitivamente el partido fidelista por excelencia hasta que deba competir en este terreno con Douglas Bravo, para enfrentarse al PCV en 1967 ante y a favor de … Castro.

•    Irremediable, se dividirá en el curso de la época y, a pesar de valerse de las ocasiones subversivas, como a finales de los sesenta, a propósito del llamado Movimiento de Renovación Universitaria, distorsionándolo (Agustín Blanco Múñoz dixit), va diluyéndose. Ido desde hace rato Rangel,  contando con desertores (unos volverán a AD, arrepentidos: sin alusiones personales),  y, líderes presos, en 1973 es legalizado de nuevo con aspiración  a las curules.. Apoyarán a José Vicente Rangel y ensayarán con Martín (“Manos limpias al poder”) en las presidenciales de 1978.

•    Ya hay dirigentes del MIR que hacen vida parlamentaria en los setenta y, aunque confrontan duramente con el MAS en las universidades, campo que les parecía exclusivo, en los ochenta se fusionan.  Y, más allá de Chávez Frías, definitivamente languidecen. Pocos dudan de la vocación parlamentaria y de la reciedumbre que también imprimieron al MIR líderes de la talla de Martín y Moisés Moleiro, incluso, intelectuales con obra publicada. Éste último, merecedor de un homenaje convencional de reciente data en la Asamblea Nacional, cuando nunca le faltó el reconocimiento del adversario en la “cuarta república”, se hizo más escéptico en los últimos años de su vida: inteligentemente escéptico, diríamos. Sin embargo, la siguiente de esta rápida nota apunta al problema de las personalidades históricas del MIR.

•    La más destacada al iniciarse, fue Domingo Alberto, un inmejorable publicista que siempre creyó que la historia del país la partió en dos el partido. Sorprende su más esperanzado proselitismo mirista, en el que invirtió toda su fogosa imaginación. Cae preso en 1963, se va del país luego de liberado, y, como si hablase de un tercero que amerita del análisis, mas no del dirigente fundador, a lo sumo, se aleja de todas las vicisitudes de la militancia política y no ha pasado nada. Volverá finalizando la década a dar clases en la UCV, algunos lo acusan de traidor, haciéndose partidario de la abstención. No colocamos un referente expreso de sus opiniones sobre el MIR, porque casi toda su obra está bañada de las alusiones al  partido, más nada, señalando de entreguistas a Martín y Moleiro, por ejemplo.

¿POR QUÉ SÓLO GUMERSINDO?

Al respecto,  en la consideración histórica del MIR, que nació en condiciones auspiciosas y escasamente repetidas en nuestra historia política, que no pondera suficientemente Ramírez Faría, por ejemplo, como la existencia de cuadros juveniles duramente experimentados e ideológicamente inquietos, desde el principio se impuso la denuncia, el señalamiento y la descalificación de sus desertores, traidores, incosecuentes, en la propia etapa de la fundación. Y son largos los párrafos, haciendo escuela que los del PSUV repiten, sin saber de esas circunstancias, Gumersindo Rodríguez es el emblema recurrente de Rangel. Y, por ello, pidiendo disculpas, cuando nos ha tocado elegir una fotografía decidora, Rangel y Gumersindo se convierten en nuestra pequeña galería de ilustración.

Gumersindo es quien escribe la famosa editorial de “Izquierda” en 1960 y, a falta de fuero parlamentario, la autoría es asumida por Rangel. Desatados los demonios,  de repente desparece del mapa, con una beca oficial para un postgrado en asuntos económicos, en Londres. Más nunca se quitará el señalamiento de encima, actualizado cuando – ganador Carlos Andrés Pérez, en 1973 – ocupa el decidido ministerio sin cartera de Coordiplan, pariendo el V Plan de la Nación, junto a otros antiguos miristas.

Por 1963, cuando está de nuevo en el país, integrante del Consejo Supremo Electoral, le dirá a la periodista Ana Mercedes Pérez: "Domingo Alberto, mi inspirador, ahora es un desecho y ni siquiera sabe escribir. Creo que está loco".  Será con Agustín Blanco Múñoz (1989) que dirá que nunca estuvo de acuerdo con esa división de AD, lo agarraron los acontecimientos y, antes de la división, ya hacía maletas para irse a estudiar. Además, el acto de fundación no tuvo las masas que dijeron, la editorial significó un pleito con Rangel, quien arrastró al partido a la violencia. Por si fuese poco, inmaduro, incurrió en un error que no cometieron González Navarro, Simón Alberto Consalvi y Octavio Lepage.

González Navarro se quedó y será más tarde que se vaya para el MEP de Prieto Figueroa, mientras que Consalvi le confesará a Ramón Hernández (2011) que se fe a una embajada para atemperar los ánimos, con la paternal comprensión de Betancourt. Y Lepage se quedará provechosamente, aunque Rangel aseguró que era integrante del MIR clandestino de AD, en un discurso pronunciado en la Cámara de Diputados del 23/05/62 (Diario de Debates, nr. 28), ocasión en la que confirmarán la inhabilitación del MIR y el  PCV.

Otra figura es Jorge Dáger, quien en la sesión de la misma Cámara del 25/02/62 (DD, nr. 29),  se declaró independiente, asegurando que todos sabían por qué no continuó: “Me salí del MIR porque tenía que ser. Por último, porque me dio la gana. Y yo sí asumí mis responsabilidades”. Por lo menos, fue respetable y honesta la decisión, pero – ya para finalizar esta nota reminiscente -  lo que queda del MIR, a nuestro modesto entender, fue la culpa echada a terceros por desleales, traidores y desertores.

¿Por qué debe pagar Gumersindo Rodríguez los platos rotos? Por ello, para entender a cabalidad el mirismo, es necesario hacer una lista de sus fundadores que hasta magistrados de la Corte Suprema de Justicia fueron, en menos de un lustro de su fundación. Y hasta uno que le dio un escupitazo a Carlos Andrés Pérez en el Congreso, después fue su ministro….

Fotografías: Sesión del Consejo Supremo Electoral. Fotografía: Scotto. Elite, Caracas, nr. 1951 del 16/02/63. Y Domingo Alberto Rangel (1960).


http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/14677-tragico-mir

viernes, 14 de septiembre de 2012

Y DE GUMERSINDO

EL NACIONAL - Miércoles 12 de Septiembre de 2012     Opinión/
Betancourt y la siembra del petróleo
FRANCISCO SUNIAGA

A veces la anécdota personal es insustituible para explicar las complejidades de cualquier proceso político.
Pertenezco a una generación que tuvo la suerte de comenzar o estar en la escuela para 1959, el primer año escolar de la experiencia democrática inaugurada apenas unos meses antes.
Era una escuela construida de manera magnífica ­aún hoy, bastante deteriorada, es la principal escuela pública de La Asunción­ de la que recuerdo, entre otras muchas, dos cosas que eran ­lo supimos luego­ la expresión de los nuevos tiempos: una dolorosa campaña de vacunación que nos protegió de enfermedades y un comedor escolar que proporcionaba un almuerzo completo.
El liceo Francisco Antonio Rísquez, donde cursamos la secundaria, era una institución extraordinaria que contaba, además del comedor, con transporte y unos laboratorios de biología, física y química como nunca vi otros. Después vino la universidad, gratuita y muy buena, con extraordinarios profesores, bibliotecas actualizadas, una extensión cultural muy rica y un comedor que visto con la óptica de hoy sería increíble. Un ejemplo de todo aquello: la beca de estudio de la UCV para estudiantes del interior era de seiscientos bolívares de entonces. Tan buena que se podía alquilar un apartamento en cuatrocientos en sus cercanías y aún quedaba algo para la comida. Las posibilidades de estudiar posgrados en el exterior eran muchas y luego se hicieron infinitas a partir de 1974, con el plan de becas Mariscal de Ayacucho.
Virtud de esas condiciones creadas por la democracia, cientos de miles de venezolanos tuvimos una educación con la que nuestros padres, que apenas completaron la primaria, jamás siquiera soñaron ­en nuestro barrio, El Mamey, como seguramente pasó en tantas otras barriadas venezolanas, sólo una persona en toda su historia se había graduado antes en la universidad­.
¿Cómo fue posible que este país diera ese salto en tan pocos años? Lo fue en buena medida gracias a la visión y perseverancia de un político extraordinario: Rómulo Betancourt, quien se empeñó en hacer de Venezuela una gran democracia de tipo occidental, propósito para el que la educación pública de calidad era prioritaria. Fuimos, sin saberlo entonces, semillas de la siembra del petróleo, no como frase feliz sino como materialización de un proyecto político puesto en práctica, en la escala necesaria, con el advenimiento de la democracia.
La historia de ese proyecto político, sustentada en documentos y data económica serios, ha sido recogida en un libro que hace poco vio la luz: Rómulo Betancourt y la siembra del petróleo, de Gumersindo Rodríguez. Se trata de un trabajo enjundioso donde está plasmado con gran claridad el pensamiento políticoeconómico del gran estadista venezolano.
Al leer Rómulo Betancourt y la siembra del petróleo la primera conclusión a la que se llega es que lo de Betancourt no fue casualidad ni suerte. A su conocimiento empírico de Venezuela y la venezolanidad, sumaba una comprensión profunda de su historia y una sólida formación autodidacta de teoría económica y de la economía política marxista. Su discurso y, cuando le correspondieron, sus decisiones de estadista tenían ciertamente las mejores fuentes en esa materia.
En el libro de Gumersindo Rodríguez se repasan los dilemas de economía política que enfrentaron Betancourt y otros ilustres venezolanos que lo sucedieron para que el petróleo fuese propiedad absoluta de los venezolanos. Se explica cómo, sin retórica patriotera, se logró el rescate de nuestra principal riqueza y cómo se avanzó por la senda de la construcción de una Venezuela democrática.
Sembrar el petróleo devino en una ideología autóctona que se fue desgranando a lo largo de décadas y que se materializó en programas de desarrollo reales, centrados en el desarrollo del recurso humano, que transformaron el país atrasado de la primera mitad del siglo XX en uno moderno con cotas de bienestar elevadas.
Rómulo Betancourt y la siembra del petróleo constituye también una invalorable fuente argumental contra la desolación política del presente. Es muy útil para que sepan los venezolanos más jóvenes, ahora cuando la única opción que este régimen les ofrece es la supervivencia, que no siempre las cosas fueron como hoy se presentan. Que no siempre Venezuela marchó al garete, deslizándose por el tobogán del desgobierno y la anarquía.
Que hubo un sueño de una Venezuela grande y de todos, en buena medida hecho realidad. Y, lo más importante, que estén persuadidos de que retomar ese sueño es perfectamente posible.

lunes, 12 de noviembre de 2012

LEGÍTIMA INTERPELACIÓN

¿Existen las juventudes políticas?
Luis Barragán


Quizá la última, acaso única, masiva y continua evaluación que se hizo del liderazgo político juvenil venezolano, fue la larga serie de entrevistas que celebró el desaparecido periodista Eduardo Delpretti para un diario de circulación nacional, a mediados de los ochenta. Desde entonces, atravesando varias etapas, ha desaparecido de la escena, con la salvedad testimonial de algunos opositores y la estridencia propagandística de los gubernamentales, por estos años.

Avecindándonos al Día del Estudiante, creemos oportuna la interpelación. El ya tradicional y ridículo desprecio hacia los partidos, tiene un elevadísimo costo que nos ha llevado a la despolitización con el peso de una doble paradoja: la efectiva ultrapartidización del Estado que se traduce en una militarización de la sociedad, como la debilidad del esfuerzo por combatirla  en nombre de una puerilidad ideológica tan exaltada.

Por lo pronto, importa recordar lo ocurrido en las lejanas postrimerías de 1957, enfatizar el rápido proceso de reorganización política de las juventudes de entonces, y traer sucintamente a colación nuestra propia experiencia por estos años. Ojalá que contribuya un poco más al debate que creemos necesario, en torno al curso que toma la desocialización política en nuestro país.Venezuela.

La movilización estudiantil

Reabierta la emblemática Universidad Central de Venezuela por 1953, la política represiva de la dictadura fue sincerándose hasta minimizar no sólo a los partidos que sociológicamente podían tomarse como tales, distintos a las organizaciones creadas al calor del régimen, sino a los gremios estudiantiles y juveniles que fueron relevantes en las décadas anteriores. Procurando plebiscitarse Marcos Pérez Jiménez, el día 21 de Noviembre de 1957, en medio de unas jornadas internacionales de cardiología, estalla la protesta en la casa de Villanueva que distintos hechos, supuestamente aislados, como los del liceo “Fermín Toro”, anunciaban.

Obviamente, la prensa de la época no reporta la inicial campanada de disconformidad estudiantil, al igual que la feroz persecución y encarcelamiento de los protestatarios que supieron de la sede de la Seguridad Nacional y de La Modelo. El tránsito es de la movilización precursora al firme compromiso político, pues toda iniciativa estudiantil lo es así no traspase el umbral de la disciplina partidista.

Reorganización juvenil

Sobreviene la caída del régimen desarrollista, y  - necesariamente – el activismo estudiantil deriva en la institucionalización de un compromiso más duradero y exigente. Tengamos en cuenta dos datos fundamentales: por una parte, que la muchachada participante – acaso – había iniciado el bachillerato cuando Pérez Jiménez se consagró en 1952, por lo que – de alguna manera – puede decirse que la “escolarizó políticamente”; y, por otra, coexistiendo con vigorosas expresiones de la llamada sociedad civil, los partidos experimentaron una reorganización de cuadros y estructuras que no podían desconocerla, en el particularísimo año de 1958.

Importa recordar, como una de las consecuencias de las jornadas del 21 de Noviembre de 1957, la constante y decidida movilización de los jóvenes harto motivados por las circunstancias. Y, celebrando la propia existencia de las juventudes políticas que concedían nuevos horizontes a la otrora movilización estudiantil, perfilando identidades, la capacidad de discutir y concertar posiciones.

Hacia noviembre de 1958, representantes de los sectores juveniles partidistas acuerdan un documento de constitución del Comando Nacional de Defensa de la Democracia, consensuando sus principios, proclamando el respeto de los resultados de los comicios presidenciales pendientes y precisando un conjunto de demandas de carácter programático.  Intervienen en su redacción y definitiva aprobación: José de la Cruz Fuentes y Leonardo Certad, por la Juventud Revolucionaria Copeyana (JRC); Héctor Suniaga, Luis Hilario Figuera e Iván Lucas (Vanguardia Juvenil Urredista); Lino Martínez, Gumersindo Rodríguez, José Rafael Múñoz, Américo Martín y Héctor Pérez Marcano (J-AD); Héctor Rodríguez Bauza, Freddy Múñoz y Germán Lairet (Juventud Comunista); Rafael Poleo (PRT); y Néstor Ávila (J-Partido Socialista de los Trabajadores).

Por esos días, la prensa versa sobre el pleno nacional que ratificó al buró juvenil de Acción Democrática (Gumersindo Rodríguez, Rómulo Henríquez, Rafael José Múñoz, Américo Martín, Héctor Pérez Marcano). La fracción socialcristiana de la Universidad Católica Andrés Bello, con José de la Cruz Fuentes, secretario juvenil nacional, y José Rafael Urbáez,  atiende materias como la relación de la política y la eficiencia estudiantil, la nomenclatura legal de las universidades y el presupuesto educativo, condenando a la agresiva dictadura china, saludando al III Congreso Nacional de Trabajadores, y disponiéndose a cooperar con los comités parroquiales y de barrios del partido en el ámbito de la formación doctrinaria. Acotemos, los socialcristianos eligieron como  representantes al pleno nacional universitario jotarrecista, a Joaquín Silva, Jorge Fanianos, Clara Illaramendi, Rafael Acosta, y Humberto Njaim, suplidos por Eduardo Fernández, Alfredo Rojas, Domingo Mariani, Ramón Fuguet y Hugo Briceño Salas.

La celebración del Día del Estudiante Venezolano, decretada por la Junta de Gobierno, propuesta por Régulo Arias Moreno (JRC),  en 1958, es distinta al segundo aniversario. Las severas amenazas golpistas, siendo la más destacada y angustiosa la del general Jesús María Castro León, quien se encontraba fuera del país, traduce otro de los difíciles contextos de una época de permanentes y urgidas movilizaciones.

Anotemos, hoy como curiosidad, que el 21 de Noviembre de 1959 tuvo como figuras estelares del acto a Rolando Cubela (presidente de la Federación Estudiantil de la Universidad de La Habana),  y René Anillo (Secretario General del Directorio Revolucionario), quienes – uniformados – ejemplifican cuán lejos llegó la identificación, el entusiasmo, y – comentado por Julio Moreno – la sensualidad que provocó la revolución cubana en Venezuela. Fidel Castro no pudo llevarse gratuitamente el petróleo, pero se hizo de nuestro imaginario político, aunque – observado por Orlando Albornoz, en una posterior obra especializada – el movimiento estudiantil de la isla definitivamente naufragó con la aún imperante dictadura.

El desarrollo ulterior de las juventudes políticas, revela una sorprendente vivacidad que muchas veces las llevará al drama. A modo de ilustración, soportadas por la influencia efectivamente ejercida en el medio estudiantil, a partir de los sesenta, llegando moribundamente a los noventa, a grandes trazos son los jóvenes adecos los que logran la primera división del partido; los socialcristianos, los que le inyectan una ya legendaria vitalidad ideológica; los comunistas, quienes ponen el acento de lo que fue el MAS, hasta que, acuñándose como símbolo de lo que es el actual régimen, el denominado Movimiento 80 (UCV) enmascara propósitos y pretensiones que también lo convierten en fundador de la llamada antipolítica en Venezuela.

¿Cuáles juventudes políticas?

Ingresamos a la juventud socialcristiana a mediados de los setenta, siendo muchas las peripecias acumuladas en un largo y difícil itinerario. Nunca fuimos devotos de la tesis generacional, aunque – como promoción – obviamente vivimos tiempos distintos a los actuales. No obstante, hubo una juventud y unas juventudes políticamente organizadas y estables que, no pocas veces contrapuestas a las directrices partidistas, dejaron un testimonio que ojalá los muchachos de ahora fuesen capaces de conocer y superar.

De acuerdo a nuestra modesta experiencia, fue importante construir una trayectoria juvenil que comprobara y avalara toda vocación y promoción dirigencial. Incluso, en los comicios internos que, acentuémoslo, regularmente celebraba la JRC, una circunstancial derrota no significaba la liquidación política inmediata, sino que se entendía como parte de una lucha mínima y democráticamente reglada que exponía otras oportunidades.

Cada convención juvenil desembocaba en una secretaría general y un directorio, como instancias máximas de conducción. La colegiación de las decisiones guardaba correspondencia con la de los otros organismos funcionales (trabajadores, profesionales, mujeres y agrarios), añadido el comité nacional, por lo que – reglamentariamente – sesionaba semanalmente el directorio que se hacía representar con voz y voto en el elenco ejecutivo del partido a nivel nacional, regional, municipal y parroquial.

El directorio juvenil ponderaba y nombraba al secretariado administrativo, asegurando un desarrollo institucional – por ejemplo – en el campo estudiantil con el empuje de la Democracia Cristiana Universitaria (DCU), la que gozaba de autonomía funcional. Ésta, a su vez, resultaba de los plenos reglamentariamente realizados en cada centro de enseñanza, facultad y escuela, con su dirección política y administrativa.

Baremo indispensable y básico, cabe preguntarse si existen ahora las juventudes políticas en Venezuela, legitimadas democráticamente, aunque la respuesta jamás la podrán dar las oficialistas, adedadas burocráticamente en el marco de las generosidades presidenciales. Juventudes que sepan de un largo historial, convencidas éticamente, comprometidas ideológicamente, susceptibles de solventar las diferencias agonalmente, dispuestas a una contestación innovadora, despiertas al aprendizaje mutuo, multiplicadas por una vivencia institucional, calibradoras de vocaciones.

Nunca el pasado será mejor cuando sobra porvenir, pero – con todas las fallas, imperfecciones e ingratitudes – hay ese historial que nos enorgullece. Por ello, existen miles de personas que no desertarán, porque se afincan en una profunda experiencia y vivencia, y así como – otro ejemplo – los jóvenes socialcristianos hicimos el encuentro ideológico nacional, por cierto, previendo las amenazas autoritarias que por entonces se dibujaban; el de la dirigencia estudiantil de Barquisimeto, marcando orientaciones; o, presos y ferozmente reprimidos, protestamos el acuerdo de refinanciamiento de la deuda externa, hacia 1986, otras entidades podrán exhibir credenciales parecidas.

El Día del Estudiante también es el del compromiso político de las juventudes venezolanas, las que comprenden cabalmente la misión siempre perfectible de los partidos. Y, mal que bien, ellos manifiestan un compromiso ciudadano que se hace de comprobado coraje, pues – no olvidemos – aceptaron, acudieron y se resistieron en actos como El Petarazo y El Catiazo, en esta misma década del XXI, a sabiendas de lo que les esperaba.

Una juventud que le sea afín, contribuye al empuje institucional de los partidos, mas no la vanidad aislada de los muchachos que tienen la suerte de hallar un cupo en la televisión. El convencimiento doctrinario, ideológico y programático; el sentido estratégico y la orientación táctica; la organización y la estructuración de voluntades; la disposición al riesgo personal; la más modesta voluntad de reunirse y discutir los problemas que trasciendan a la fulanización de la vida política, constituyen los mejores valladares al intenso y enmascarado proceso de despolitización que hemos sufrido en la era del chavezato: debemos hacer una pública y sincera evaluación para afrontar la definitiva militarización de nuestras vidas. 

Fotografía de García, en la que aparecen los por entonces dirigentes universitarios Héctor Pérez Marcano, Héctor Rodríguez Bauza, José de la Cruz Fuentes,  Héctor Suniaga Pérez y Joaquín Silveira, informando de los actos del primer aniversario de los hechos del 21/11/57 (El Nacional, Caracas, 20/11/58).

Fuente:
http://www.noticierodigital.com/2012/11/%C2%BFexisten-las-juventudes-politicas/

sábado, 9 de julio de 2016

UFOLOGÍA VENEZOLANA



El chavismo es un Ovni dentro de la tradición democrática venezolana

6 Julio, 2016

Enrique Meléndez / especial Noticiero Digital / 6 jul 2016.-El diputado Luis Barragán (Vente Venezuela) afirmó que la elación que tuvieron Rómulo Betancourt y Rafael Caldera permitió que el país aprendiera el lenguaje del entendimiento, de la tolerancia y del respeto hacia el adversario político – lenguaje que se perdió desde mediados de los años 90 hasta nuestros días.La afirmación la hizo en un foro organizado para celebrar el centenario del doctor Rafael Caldera.

Inició su intervención recordando que nuestra historia republicana tiene más de 150 años de guerra y escaramuzas civiles que contrastan con las décadas, que después de tanto esfuerzo y tanto sacrificio, los venezolanos inauguramos a partir de 1958.

“No era fácil superar esta larga tradición de desencuentros, de violencia y de agresión, como características esenciales de la vida política venezolana, y a partir de 1958 los venezolanos conocemos y profundizamos en una experiencia distinta de las luchas cívicas; una experiencia, un estilo, una manera de ver el mundo y las cosas; que contrastan con lo que fuimos en una buena parte del siglo XX, y desde luego, desde que fuimos República en el siglo XIX”.

Admitió como obvio que hubo violencia y rivalidades muy enconadas en el trienio adeco; cosa que se comprueba leyendo las actas de los diarios de debates de la Asamblea Nacional Constituyente de 1946 y del Congreso Nacional, donde se nota sobre todo en el lenguaje, cuán lejos llegaba la diferencia entre AD y Copei y, especialmente, entre Rafael Caldera y la junta de gobierno de aquel entonces.

“Hay argumentos, hay profundidad de planteamientos, hay un respeto básico, elemental, fundamental; pero las vísperas de noviembre de 1948 los debates parlamentarios fueron muy enconados y difíciles, incluso, uno se imagina cuál fue el ambiente por aquel entonces en el Capitolio Federal”.

Barragán dijo que tampoco iba a ser fácil para el transcurrir de la naciente democracia representativa; una vez depuesto el régimen de Pérez Jiménez, ya que era muy difícil borrar de la noche a la mañana todas esas rivalidades del trienio del 45 al 48; de la misma manera se pensó lo intragable que sería una presidencia de Rómulo Betancourt a partir de 1959. Por eso, pocos apostaban por la convivencia de los dos líderes, pero ocurrió, inaugurando una nueva cultura política en Venezuela que mostró, con una distinta pedagogía, lo que se podía hacer los venezolanos al convivir pacífica, tolerante y respetuosamente.

“Ese entendimiento de Rafael Caldera y Rómulo Betancourt tuvo consecuencias importantes y, por lo general inadvertidas en el país; marcó una pauta, una manera distinta de hacer las cosas. No significaba ponerse de acuerdo detrás de bastidores y pasarle por encima a las instituciones, sino que se trataba de llegar a un acuerdo, y emplear sus canales institucionales para darle visibilidad, voz, carne y hueso a esa experiencia democrática”.

Dijo que había una Venezuela caracterizada por manejar las diferencias desde el ángulo del desencuentro personal; mas no político, una Venezuela donde las luchas violentas, agresivas, constituían la norma y que fue rota por este progresivo o cada vez más acelerado entendimiento entre las figuras fundamentales de la democracia naciente; que, por supuesto, aquéllos que apostaban por la violencia en una dirección u otra resultaron sorprendidos por esta modalidad distinta de hacer política en el país.

“Recordamos que antes del acuerdo del Pacto de Punto Fijo; creo que contemporáneo al advenimiento obrero-patronal, ya las juventudes políticas, reflejando la línea política de los principales partidos venezolanos, no sólo la representada por la Juventud Revolucionaria Copeyana que dirigía José de la Cruz Fuentes, sino también por la de AD, que dirigía Gumersindo Rodríguez, por la Juventud Comunista, que dirigía Héctor Rodríguez Bauza; la de Vanguardia Juvenil Urredista, que dirigía Víctor José Ochoa, habían suscrito un acuerdo donde llamaban a minimizar el canibalismo político; las intrigas interpartidistas y la violencia de calle entre partidos que sostenían las banderas democráticas”.

Hizo ver que esto quizás a nosotros nos parezca demasiado obvio; pero que para aquel entonces constituía toda una novedad; que allí también hubo un ejercicio pedagógico de la otrora Junta Patriótica pero que lo fundamental siguió siendo marcar una pauta distinta y llevar el conflicto existencial a lo que Juan Carlos Rey llama el conflicto agonal: no se era enemigo político sino adversario.

“Todo esto se sostuvo alrededor de cuatro décadas, incluso, para quienes atentaban contra esa experiencia democrática; como fueron los golpistas de derecha y los subversivos de la izquierda; que el mismo Domingo Alberto Rangel consideraba que eso no fue nunca una guerra de guerrillas, conceptualmente; pues nunca alcanzó el calibre y la importancia de una guerra de guerrillas de acuerdo a la teoría concebida por Mao Tse Tung, y, luego, mal desarrollada por Ernesto Guevara, a través del foquismo”.

Recordó Barragán que para defender el naciente sistema democrático hubo que tomar medidas fuertes; iniciativas muy duras porque no se trataba sólo del episodio del tren de El Encanto, sino que cuando uno revisa la prensa de la época se sorprende de cómo la violencia se había generalizada; ya que no era guerra de guerrillas sino que eran actos terroristas; que Caracas por noviembre de 1963 fue regada de tachuelas; en cualquier lado había personas que disparaban a mansalva; tratando de generar el caos para sabotear el proceso electoral de ese año.

Agregó que esas acciones modelaron de tal forma el sistema que, años más tarde, los movimientos perezjimeniztas lograron un cupo parlamentario así como un cupo en las municipalidades; habiendo patrocinado, no obstante, al principio de la década de 1960 de una manera u otra estos golpes de Estado, directa o indirectamente; promoviendo esta situación de desestabilización y de conspiración en el seno de las fuerzas armadas.

Barragán recordó el episodio del general Jesús María Castro León cuando intenta la invasión de los sesenta el 22 de julio de 1958, en un afán por alzarse como ministro de la Defensa, y toma el liceo Simón Bolívar de San Cristóbal (Táchira); pero, además, que al lado de estas situaciones también está el movimiento subversivo; sólo que, al mismo tiempo, bajo el gobierno de Raúl Leoni se toman las primeras medidas para el proceso de pacificación, medidas que quedan encauzadas como toda una política de Estado en el primer gobierno de Caldera.

Barragán pinta la fase presente al momento de llegar Caldera al poder; por un lado presiones militares, que denominó “la conspiración desde La Planicie”, donde quedaba el ministerio de la Defensa y esto porque se decía que el entonces ministro de la Defensa, Martín García Villasmil, lo estaba haciendo; por otro lado, corrientes rezagadas de la subversión que tomaron por atajo el movimiento de renovación universitaria, en especial, porque el MIR cifraba aún sus esperanzas de reiniciar el camino de la guerra de guerrillas a partir del movimiento estudianti – que también tuvo que enfrentar también Caldera.

“Pero es que tampoco los perezjimeniztas habían quedado conformes, sino que también pensaban que a la vuelta de la esquina estaba el poder, y que no se le había reconocido el número de parlamentarios que lograron por esos fenómenos tan extraños que se presentan como si se tratara de Ovnis”.

A ese respecto, recordó un intento de sabotaje a una sesión del antiguo Congreso Nacional que llevó a cabo un grupo de perezjimeniztas que logró infiltrarse en el palco del hemiciclo, y a la cual le hizo frente el entonces senador Vicente Emilio Sojo – y recordó al mastro Inocente Carreño, autor del himno de Acción Democrática – de modo que, a su parecer, los primeros años del gobierno de Caldera no fueron una cosa fácil.

“No obstante, logró desarrollar una política de pacificación. El país aprendió otro lenguaje de entendimiento, de comprensión, de tolerancia y de respeto. Esto es un aporte fundamental en la relación de Caldera con Rómulo Betancourt, y el cual debemos valorar y reivindicar”.

Seguidamente, dijo que lamentablemente ese lenguaje no se mantuvo, que marchamos al revés, se produjo un desaprendizaje, sobre todo, a partir de mediados de la década de 1990 cuando irrumpe la antipolítica feroz y profunda, que es lo que permite la llegada de Chávez al poder.

Abordó el tema del fenómeno del chavismo al que también calificó de Ovni de la tradición histórica venezolana, rara especie que de pronto se manifiesta; pues, a su modo de ver, esa manera de hacer política se revirtió con su irrupción, al punto de que las diferencias políticas se convirtieron en enconadas, dramáticas e injustas diferencias personales; atizadas, asimismo, desde el propio gobierno de Hugo Chávez desde donde se les prohibía a los parlamentarios contemporizar con sus homólogos de la oposición, y, por esta vía, reflexionó en torno a la tarea que tendrían por delante las nuevas generaciones de dirigentes políticos, a propósito del rescate de esa ética perdida.

Este punto, según sus palabras, le permitió referirse a otro ámbito de cosas, con motivo de las coincidencias entre Rafael Caldera y Rómulo Betancourt, y que era el relativo a la política petrolera; pues, a su juicio, así como había una violencia política de calle, también había una violencia política del petróleo, y esto, porque quien defendiese una determinada política petrolera, entonces podía ser acusado de vende patria, de traidor.

Ilustró su exposición trayendo a colación el caso de dos artículos que se publican en la década de 1960 en la prensa nacional; el uno firmado por Arturo Uslar Pietri, y quien aupaba un régimen de concesiones petroleras; el otro por Juan Nuño, entonces un intelectual marxista, incluso, fidelista, quien era partidario de la estatización inmediata de la industria petrolera.

Admitió Barragán que al final por este camino de la nacionalización se marchó, teniendo presente que éste formaba parte del criterio de Betancourt y Caldera en materia de política petrolera, es decir, de no otorgar más concesiones, y marchar hacia una estatización de la industria, sólo que en una forma gradual y pacífica, y, en ese sentido, se paseó por el escenario que dio lugar la discusión y aprobación de la ley de nacionalización petrolera a mediados de la década de 1970; las famosas manifestaciones estudiantiles que salían a las calles para protestar por el artículo 5, donde se le permitía al Estado la creación de empresas mixtas, pues los manifestantes querían que toda la industria fuera estatal.

Al reparar en lo que fue la política petrolera que llevaron a cabo los gobiernos durante los cuarenta años de la República civil, no dudó en calificarla de exitosa, sobre todo, porque los partidos políticos auspiciaron los técnicos especialistas en materia de hidrocarburos, como fue el caso de Juan Pablo Pérez Alfonso, Arturo Hernández Grisanti, Hugo Pérez La Salvia, Humberto Calderón Berti, Leonardo Montiel Ortega, Alvaro Silva Calderón, y que esto significó que el tema petrolero lo condujera gente entendida en la materia, a diferencia de la forma como ha procedido el gobierno de Hugo Chávez que se ha caracterizado más bien por la improvisación, y el desprecio por la meritocracia.

Para finalizar tocó el tema del papel que ejecutaron tanto Caldera como Betancourt en su condición de comandantes en jefe de las fuerzas armadas, y que, a su modo de ver, se cumplió en circunstancias y coyunturas diferentes, y que a pesar de eso la institución armada sentía respeto por sus respectivas personas; cuestión que le pareció que no se cumplía bajo el gobierno de Chávez; partiendo del hecho de que Chávez era un oficial que, por ejemplo, no había aprobado el curso de estado mayor, etcétera; sólo que a cambio de eso Chávez había visto en la renta petrolera un recurso para ganarse ese supuesto respeto, para entregar prebendas.

lunes, 29 de diciembre de 2014

EXPLÍCITAMENTE

De la indispensable memoria política
Luis Barragán

Todo actor público, incluso, yendo más allá de lo estrictamente político, tiene algo que contar.  Nunca sabrá cuán trascendente será lo dicho, quizá seguro de sus silencios: tarea que le corresponderá a los historiadores que tampoco adivinará a la vuelta de varias décadas, útil o inútil, el esfuerzo se agradece.

Respecto al liderazgo venezolano, hay grandes deudores de sus memorias destacando Rómulo Betancourt, quien las prometió. Probablemente, están aún abovedadas, como las de otros que, no por casualidad, preservaron y trabajaron con celo sus archivos personales.

Crisis editorial aparte, en los últimos lustros hemos tenido la fortuna de contar con obras como las de Miguel Ángel Burelli Rivas, Ramón Escovar Salom, Víctor Hugo D’Paola o Américo Martín. Por cierto, faltando la principal testificación,  avaladas por un sólido legado documental,  dos de los hijos de Rafael Caldera comienzan a publicar importantes referencias.

Suponemos la inmensa dificultad de evocar las más remotas escenas, vicisitudes y sucesos que trenzan y tensan la subjetividad que, por añadidura, requiere de una escritura solvente, aunque no constituye pecado alguno auxiliarse con otros que hagan la ingeniería de reconstrucción. A veces, la tentación ensayística acaba con la sencilla tarea de recordar, aunque hay ejemplos de un magnífico rigor histórico, debidamente sustentado, como lo aportó Henry Kissinger.

Laureano Vallenilla-Planchart y Jorge Dáger, por ahora, según nuestra modesta opinión, contribuyeron con  dos estupendos memoriales, a pesar del bullicio que generó en su momento Miguel Ángel Capriles. Y son numerosas las entrevistas largas que se acercan al género, gracias al talento de los interpeladores.

Lectura tardía, recientemente aprovechamos el escaso asueto navideño para adentrarnos en el doble testimonio de Américo Martín: “Ahora es cuando. Memorias I (1945-1960)” y “La terrible década de los 60. Memorias II (1960-1970)” [Libros Marcados, Caracas, 2013].  Vivencias, ideas, personajes, escenarios, trazan un largo itinerario del que esperamos  una tercera entrega, dejándonos varias impresiones.

De persistente añoranza familiar, tratando los asuntos políticos con un lenguaje de respeto y consideración, proclive al ensayo, la evidente inquietud literaria varias veces lo conduce a referencias innecesarias. El primer gobierno de Acción Democrática, Edoardo Crema, el foquismo o Herbert Marcuse, ocupan páginas que bien pudieron servir para extender aquellas atractivas circunstancias que quedaron tan cortas, aunque encontramos una interesante calibración de Rómulo Betancourt o del alzamiento armado que “no llegó a serlo pero sí parecerlo” (II, 83).

Rinde tributo a El Conde, donde hay casas que todavía se mantienen en pie, como la que ocupó la familia Maneiro (I, 166), o a la Altamira que arriesgó Luis Roche, avecinándolo  con los Carpentier, transmitiéndonos la emoción de una urbe en transformación, amén de las pasiones deportivas que la emblematizaron. Traduce los tiempos de la dictadura perezjimenista, con señalado reconocimiento hacia Yolanda Moreno, por ejemplo, deslizándonos al medio liceísta en el que prendió la vocación y el compromiso políticos.

En lugar de la recreación morbosa, procura cuidadosamente ventilar las más duras situaciones y, así, por única vez, se permite hablar de la terrible tortura que sufrió, saliendo apenas de la adolescencia, capturado por sus actividades clandestinas, sin decir – por cierto – el nombre de la persona con la que lo carearon (I, 199, 205);  e, igualmente, reconoce la prisión que, más tarde, será motivo para el libre estudio y debate (II, 198), harto diferente a las muy innobles que hoy tienen irrefutables motivos políticos.  Más duro ha sido el pago de sus rectificaciones, dejando atrás el costo que las del satanizado Gumersindo Rodríguez produjo (I, 275): valga la ilustración, por una parte, la leyenda del súbito (y precoz) enriquecimiento personal de Martín (II, 43); y, por otra, el empleo de sus cartas confidenciales para probar la traición política, aunque seguramente Jorge Rodríguez utilizó los argumentos para ensayar una propia y ulterior rectificación (II, 210).

Hay párrafos muy bien logrados, como el viaje a Cuba y la opinión que tuvo la Stasi del pasaporte que no falsificó la Cotorra, aunque ciertamente lo hizo con el resto de los papeles del  que llegó a Alemania en su boomerang viajero (II, 148 ss).  Sentimos que el apunte instantáneo e inmediato, al llegar a casa, revelada la nostalgia que tiende a dibujar mediante el ensayo, ha prevalecido en la obra  evitando extenderse en detalles que hubiésemos agradecido: no conocemos personalmente a Américo Martín, pero lo intuimos de un corrosivo sentido de humor que hubiese abierto y  facilitado escenas muy sobrias desde su temprano relacionamiento político.

Negándose a acomodar los recuerdos, sentenciará que “estas son memorias” (I, 156): las del muchacho que entró a la cárcel de El Obispo antes de cumplir los veinte de edad y salió del cuartel San Carlos iniciada la treintena, forzada la madurez por los duros acontecimientos que vivió desde la primigenia escuela partidista que le concedió una importante notoriedad. Independientemente de sus posturas ideológicas y políticas, aplaudimos el acto de responsabilidad de un memorial indispensable para las actuales y futuras faenas, pues, si fuese el caso,  la sola cita de los nombres de viejos protagonistas así lo justifica al contrastar con la vanidad de los muchos de ahora que tienen tan sobrada devoción por sí mismos, dentro y fuera del poder, creyéndose inventores de la política y del propio país.

Fuente: http://opinionynoticias.com/opinionnacional/21367-de-la-indispensable-memoria-politica

lunes, 31 de diciembre de 2012

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Domingo Alberto Rangel. "El país del Alka-Seltzer". La Esfera, Caracas, 08/03/60.
- Gumersindo Rodríguez. "Apreciaciones: Las elecciones y los peligros del paternalismo". El Univesal, Caracas, 30/07/78.
- Antonio José Herrera. "Los politógos y la política". El Nacional, Caracas, 23/07/82.
- Manuel Alfredo Rodríguez. "La política de los 80". El Nacional, 03/08/89.
- Arturo Sosa A. "Modernización y democracia". SIC, Caracas, nr. 620 de 12/99.

Fotografía: Haydeé Castillo de López Acosta y Manolo Rachadell. Pedro J. Díaz. "La ciudad se divierte". El Nacional, Caracas, 16/09/72.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Coronel Jacinto Pérez Arcay. "Bolívar y la geopolítica". 2001, Caracas, 20/07/1978.
- J. M. y el aniversario de la Universidad Real y Pontificia. El Nacional, Caracas, 22/12/65.
- Miguel Layrisse.  "Recursos humanos en hidrocarburos y petroquímica". El Nacional, 09/08/74.
- Luis Herrera Campíns. "Los vamos a derrotar". El Nacional,  02/06/78.
- Gumersindo Rodríguez. "Período 1964-1969: la política económica de Raúl Leoni". El Nacional, 04/07/86.

Reproducción: El Universal, Caracas, 1958.

miércoles, 12 de enero de 2011

en tránsito


EL NACIONAL - Miércoles 12 de Enero de 2011 Opinión/7
Caracas-La Habana
LEOPOLDO TABLANTE

Por más que un pasajero de Metro y carrito por puesto se friegue en la madrugada con estropajo y pachulí, lo más probable es que, en horario de oficina, lleve sobre la piel el relente inflamable de este país de economía extractiva cuyo sector petroquímico produce derivados espurios. El subsidio oficial a los combustibles ha prolongado la vida de esos trasatlánticos de ocho cilindros que surcan con indiferencia el tránsito venezolano. Dos interpretaciones a este fenómeno son posibles: en primer lugar, Venezuela no ha creado las condiciones económicas necesarias para que muchos conductores se mantengan en la clase media y visiten, cada tanto, su concesionario favorito; en segundo lugar, el país se encuentra tan rezagado que ni siquiera las principales inquietudes globales acaban por integrarse a su presente.

A comienzos de diciembre pasado, un reportaje del New York Times (Simón Romero: "Caracas Journal. Detroit’s Monsters Thriveon a Diet of Cheap Gas", 12/12/2010) describió el ambiente urbano de Caracas a partir de esos fósiles rodantes provenientes de una industria de Detroit en plena caída libre. Si Detroit era la ciudad estadounidense que, en los años cincuenta, simbolizaba el sueño americano; si hasta hace relativo poco tiempo esta urbe concentraba el orgullo tecnológico de una potencia económica, Detroit apenas si puede hoy optar a la categoría de escombro. A mediados de 2010 escribí una columna titulada "CaracasDetroit". Sin embargo, la ciudad paralela de Caracas, más que Detroit, es La Habana. En el capítulo "La Amazona", de la novela La Habana para un infante difunto, de Guillermo Cabera Infante, un narrador en primera persona rechaza la proposición de venir a vivir a Caracas de una amante, Margarita, quien elogia de Venezuela esa modernidad perezjimenista que hoy fluctúa entre la nostalgia ilustrada y el cansancio terminal. Porque con Caracas está pasando algo parecido a lo que sucedió en La Habana: la revolución ha actuado como un cañón de rayos X y ha puesto al desnudo una estructura urbana gringa que, en nuestro caso, es devorada por un tejido cancerígeno de cerros y cortes malandras.

En sus memorias cubanas en calidad de bailarina, la periodista Alma Guillermoprieto evoca la voz de Galo, un actor de teatro a quien ella califica como "homosexual, intelectual y revolucionario", un incomprendido obligado a ver las cosas más allá de la ensoñación del Hombre Nuevo: "¿Sabes que es lo raro? ­dice Galo según el recuerdo de Guillermoprieto­. Que después de todos estos años (diez u once después del triunfo de la Revolución; Guillermoprieto llegó a Cuba el primero de mayo de 1970 y permaneció allí menos de un año) es imposible encontrar una sola huella de la presencia soviética en las películas cubanas, sin hablar de la pintura, la música o la gastronomía. Por otra parte, Estados Unidos nos quiere muertos, pero si apenas rasguñas la superficie verás su influencia por todas partes" (Alma Guillermorprieto: Dancing with Cuba. New York: Vintage Books, 2004, p. 254).

Si incluso hoy el carácter turístico de La Habana es subrayado por esos grandes automóviles americanos de los años cuarenta y cincuenta, uno de los principales símbolos de nuestro destino no alcanzado es un parque automotor heredado del impulso desarrollista recordado como "Gran Venezuela".

¿Qué otra cosa es ese subsidio oficial que permite llenar hasta el tope el tanque de gasolina de una ranchera LTD 1978 por mucho menos del equivalente a un dólar del mercado paralelo? La Venezuela urbana es un epitafio voluntarista dedicado al proyecto soñado por Gumersindo Rodríguez y refrendado por el recién fallecido CAP entre 1973 y 1978: el del país de economía rentista y poco cálculo racional sobre el que el comandante Chávez fundó su política del resentimiento para, sencillamente, repetir la operación.

miércoles, 30 de marzo de 2011

NOTICIERO RETROSPECTIVO


- Gumersindo Rodríguez. "¿Reformas o revolución?". El Mundo, Caracas, 23/07/58.

- Fernando Travieso. "El Tigre: un caso de capitalismo exitoso". Resumen, Caracas, nr. 239 del 04/06/78.

- Domingo Alberto Rangel. "El apagón: un país vulnerable". Ultimas Noticias, Caracas, 01/09/97.

- Héctor Acosta Prieto. "La Asamblea Nacional Constituyente de 1901". El Nacional, Caracas, 04/02/99.

- Se graduó Raúl Ramos Giménez: doctor en ciencias políticas. El País, Caracas, 04/10/45.

Fotografía, tomada de Caracas en Retrospectiva. mariafsigillo.blogspot.com.


NOTA LB:

En consante indagación, MFS descubrió un grupo de fotografías que giran sobre la Universidad Central de Venezuela, en los años sesenta, tratadas o publicadas por la revista estadounidense Life. De impecable factura, resolución y enfoque, el grupo nos
permite sobrevolar sobre la política, el compromiso político y la calidad ciudadana de entonces. Difícil época, ciertamente, contrastante con la actual.

En la fotografía encontramos a Juvencio Pulgar, formalmente vestido aún en sus diligencias gremio-estudiantiles,a quien presumimos acompañado por Miguel Acosta Saignes. Estas y otras gráficas pueden hallarse en el blog referido o los grupos y álbumes de Caracas en Retrospectiva / Facebook.

domingo, 3 de febrero de 2019

EDITORIAL

Izquierda,  Caracas, 14/10/1960. Editorial. Tomado de: Rivas Rivas, José (1993). "Historia gráfica de Venezuela", Ediciones Toran, Caracas: Tomo VII, "El gobierno de Rómulo Betancourt (Primera parte) 1959-1960", pág. 195. Editorial, Semanario Izquierda, Gumersindo Rodríguez, Inurrección, Lucha Armada, José Rivas Rivas.

ALGO MÁS QUE UN ESPECTRO


Izquierda, nr. 26 del 04/11/1960. Gumersindo Rodríguez, Insurección, Lucha armada, MIR.

domingo, 22 de diciembre de 2019

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Juan Pablo Pérez Afonzo. "Plan de Destrucción Nacional". Resumen, Caracas, nr. 116 del 25/01/1976.
- Guillermo Feo Calcaño. "Teatro: Una Academia Nacional de Arte Dramático". El Nacional,  28/04/53.
- Luis Beltrán Prieto Figueroa. "Pido la palabra: La Emisora Cultural de Caracas". El Nacional, Caracas, 26/10/83.
- S/a. "Gumersindo (Rodríguez) profesor". Deslinde, Caracas, 15/06/69.
- José Domingo Mora. "Monitor de medios: Internet ataca el negocio editorial (I)". Economía Hoy, Caracas, 22/09/2000.

Reproducción: " Salón principal de clases del 'Liceo Caracas' ".El Nuevo Diario, Caracas, 21/04/1917.

domingo, 31 de agosto de 2014

PETROLEACIÓN

Breve relación profética
Ox Armand

Un 3 de septiembre, 35 años atrás, falleció Juan Pablo Pérez Alfonzo en Estados Unidos. Contaba con 76 años de edad. Todos lamentamos el triste suceso, aún quienes tanto le habían adversado. Se trataba de una personalidad renombrada, experto petrolero con vocación de poder, en un país petrolero, según la perogrullada ahora no tan evidente, pues, el siglo XXI parece sorprendernos con una estirpe en extinción. Por lo demás, proveniente de la clase media que también confrontó dificultades, a principios del siglo pasado, no pudo regresar al país como médico por  la Universidad Johns Hopkins, y luego se doctoró en Ciencias Políticas en Caracas, como se estilaba al culminar los estudios de derecho. Por cierto, de ahí que quedó la costumbre de llamar doctor a cualesquiera abogados, por raso que sea.  Lo más llamativo resultó su adscripción a Acción Democrática que, por entonces, como todo partido con ganas de trascender que se respetara, también era cazador de talentos. Una organización de patas-en-el-suelo con una definida orientación doctrinaria y comprobado coraje dirigencial, algo completamente olvidado con la nueva centuria. Con una cierta tradición práctica cuestas, la nueva organización partidista enfatizaba el activismo, pero ello no impedía – todo lo contrario – el estudio permanente de la realidad venezolana y, así, cuando fue planteada la reforma de la Ley de Hidrocarburos por 1943, el documento elaborado por Rómulo Betancourt y Pérez Alfonzo, sirvió de soporte para que la Minoría Unificada salvase sobria y coherentemente su voto en el parlamento. Advienen los consabidos sucesos de 1945 y, amaneciendo como ministro de Fomento, responsable de una política soberanista en materia petrolera, a la vuelta de tres años, gracias al contragolpe diferido, soportará por largos meses la cárcel. El abogado que litigó en materia civil, se convirtió en un especialista del crudo con la imaginación necesaria para realizar, como hizo, aportes propios de un estadista. Y, al volver al país, en 1958, después de derrocada la dictadura de Pérez Jiménez, ocupará con Betancourt la cartera de Minas e Hidrocarburos para desarrollar una política de centro, entre los extremos que intentaban la ampliación de las concesiones o la completa nacionalización de la industria, contribuyendo con iniciativas como la creación de la OPEP, la que supuso un despliegue de atrevidas habilidades en el marco de la Guerra Fría, relanzadas las grandes transnacionales, dato habitualmente olvidado, entre otras ideas que implementó con la contundencia de su humildad como servidor público. Valga acotar que antes y durante su ejercicio ministerial, hablaba, publicaba libros,  respondía a la prensa, al Congreso de la República y a los gremios empresariales y sindicales, como solía ocurrir, conociéndose no sólo sus intenciones, sino niveles de competencia. Inevitable es reconocer el dramático contraste entre los gobernantes de ayer y los zares del poder, hoy. Empero, algo ocurrió después que Rómulo pudo concluir el período constitucional contra todo pronóstico.

Enunciado por Juan Martín Frechilla en un libro colectivo que nos parece de imprescindible lectura (“Petróleo nuestro y ajeno”, UCV, Caracas, 2005), a mediados de la década de los sesenta del XX, Pérez Alfonzo comienza a endurecer sus posturas y, al considerarse hasta finales de la década los contratos de servicios, finalmente decididos, cuenta con su abierta y pública oposición alegando – inclusive – que se había arrepentido de no propiciar la nacionalización al ocupar un ministerio que compitió con el de Relaciones Interiores por la relevancia. Siendo ineludible la referencia topográfica, desde la izquierda nace un mito que versionará la derecha. No había discusión alguna en el campo petrolero que no lo tuviese por protagonista, así la diesen – y con mayor razón – sus sucesores en la órbita de la política pública petrolera, se sentaran o no en una curul parlamentaria. Tiempos en los que hubo un periodismo petrolero como ya no hay, especialidad únicamente posible en un régimen de mínimas y convincentes libertades. De modo tal que, los medios amplificaban generosamente sus opiniones, y la política partidista pasaba por una precisión a ratos maniquea: se estaba a favor o contra Juan Pablo Pérez Alfonzo. E, inicialmente, se evidencian dos momentos estelares para su propulsión: el reconocimiento y condena de una sociedad opulenta, fruto de una riqueza fácil, que concedió una dimensión moral  que la izquierda perdió tras la amarga derrota de la insurrección;  y un redimensionamiento político al insuflar sus exigencias por una completa nacionalización petrolero que no contempló siquiera el programa marxista en sus orígenes. Y  otros dos momentos completan la faena, planteada efectivamente la ley nacionalizadora, la denuncia como “chucuta” (enriqueciendo el lenguaje político vernáculo, como otros lo hacían con expresiones valederas como “carraplana” y “despelote” para escándalos de los entrevistadores televisivos Carlos Rangel y Sofía Ímber), facilitando las consignas del momento desde sus ruedas de prensa dominicales; y la denuncia del V Plan de la Nación, como el Plan de Destrucción Nacional para los tormentos de Gumersindo Rodríguez, su principal diseñador, vocero y frustrado implementador. Ya Pérez Alfonzo es el profeta, jerarquía curiosa que corre por las páginas de la novísima e inteligente revista Resumen, dirigida por Jorge Olavarría, que también versa y alerta sobre los más variados problemas, como el de la explosión demográfica que, por lo menos, halla inspiración, en la exitosa resonancia de los informes del Club de Roma. Es el profeta que acepta una entrevista al alimón de Domingo Alberto Rangel e Iván Loscher, locutor que ensayaba más decididamente un pensamiento crítico para descubrir que hay vida después del rock y de Radio Capital. El profeta celebrado por la izquierda y la derecha que, al pasar el tiempo,  ya ni lo recuerdan. Acaso, un caso único en el orden de los mensajes mesiánicos que, un poco, ayudó a generar las condiciones para el mesías del siglo XXI: sin méritos, excepto que bateó la pelota largo para ingresar a la Escuela Militar, fracasando con un golpe de Estado, Chávez Frías fungió como el heredero de este profeta mayor y de otros, cuyas minoridades quedaron  al descubierto con los años.

Evitándose a Betancourt, a lo sumo el actual régimen le hace un guiño de reconocimiento a Pérez Alfonzo, el entreguista que, a la vez, se atrevió a impulsar la OPEP que lo redimió a la vuelta de la esquina, saliendo del poder, cuando sorprendió el progresivo endurecimiento que facilitó el primer gobierno de Caldera respecto al petróleo, pues, más que la política petrolera, es el petróleo mismo que se agotará prontamente, llamándonos a un radical conservacionismo que, entre otros aspectos, caracterizará su prédica. Bastará con consultar la extraordinaria obra de Asdrúbal Baptista y Bernard Mommer, “El Petróleo en el Pensamiento Económico Venezolano” (IESA, Caracas, 1987), para ubicar correctamente a quien sin lugar a dudas, fue un gran venezolano que no merece que tan rápidamente lo olvidemos.

Reproducciones: El Nacional, Caracas, 12/11/1963; y Resumen, Caracas, nr. 213 del 04/12/1977.

lunes, 5 de marzo de 2012

CUANDO LA EXCEPCIÓN ES LA REGLA


Estado de Excepción: instrucciones para un texto
Luis Barragán


Poblada de dramáticos acontecimientos, la década en curso no conoce de un Estado de Excepción decretado con todas las consecuencias del caso, impidiendo – incluso – una contrastación con medidas semejantes adoptadas en un pasado más o menos remoto. Incluso, las recurrentes habilitaciones legislativas del presidente de la República, el otro género de la excepcionalidad, ha cobrado mayor importancia que las propias emergencias invocadas y, a la postre, burladas.

Aclarado el problema, recurramos a una hipótesis valedera: por ejemplo, el incumplimiento de la normativa constitucional vigente, a pesar de la fuerza e impacto de los acontecimientos, se debe a una acumulación tal de poder que ha relevado al presidente Chávez del decreto correspondiente. Advirtamos la necedad de otras hipótesis difíciles de comprobar, las que pertenecen a la llamada familia de las nulas, como la mera prepotencia o capricho del mandatario que no tuvo tiempo de ordenar la redacción o el traspapeló el documento respectivo, parecido a lo alegado en torno a la destitución de la directiva de PDVSA en los instantes que la gerencia incurrió en la consabida huelga.

Siendo varias las modalidades del Estado de Excepción, noción jurídica que la doctrina ha intentado deslindarla de los eventos propiamente políticos y militares que lo caracterizan, aunque sean distintas las denominaciones históricamente acuñadas, importa precisarlas de acuerdo a la vigente Constitución, añadida la Ley Orgánica que rige la materia y otros instrumentos relacionados con la seguridad y defensa de la nación, la Fuerza Armada, los organismos policiales, la administración pública, el acceso a los bienes y servicios, la banca comercial, entre otros. Luce escasamente útil indagar la voluntad del constituyente, pues, conforme a las actas correspondientes, despachó el tema con desenfadada prontitud, sin abundar como ocurrió con otros de implicaciones políticas por entonces más inmediatas.

Una vez que tengamos delineado el marco conceptual, hagamos una lista de los eventos que atizaron la crisis política a lo largo de estos años para justificar el decreto de un Estado de Excepción, seleccionando un caso emblemático. Luego, localicemos un precedente más o menos lejano, y – si lo deseamos – abramos una incidencia, nota a pié de página o aclaratoria sobre el inconveniente de desarrollar una perspectiva quizá metapolítica de la materia, porque títulos – añejos - que vinculan el asunto al capitalismo contemporáneo como el de Heinz Rudolf Sonntag y Héctor Valecillos (1977), a las fuerzas armadas de Mario Esteban Carranza (1978), o – recientes – a la gobernabilidad y los derechos humanos como el de Henrique Meier Echeverría (2006), al pensamiento de Carl Schmitt de Antonio Sánchez García (2011), añadida las voces de los distintos diccionarios especializados, confundirán nuestro objetivo hasta alcanzar los predios del golpe de Estado u otros parecidos que necesitan de una más amplia formulación del problema y hasta de una aventurada hipótesis.

LA EVASIÓN DE ESTA DÉCADA

Disponible el tiempo, revisemos la prensa posterior a 1998 para la pesquisa de los acontecimientos esenciales. No obstante, conviene un reporte sistemático, sobrio y convincente como el de Nilson Guerra Zambrano: “Ocurrió en Venezuela (1999-2004). Referendo, golpe y referendo” (2007).

Elijamos eventos tan contundentes como los de abril de 2002 y el paro petrolero, o el largo proceso del fallido revocatorio del mandato presidencial que, no olvidemos, también exhibió las tanquetas y otras armas de guerra en las calles. Seguidamente, hagamos la obligada consideración de las previsiones constitucionales, como de las diferentes interpretaciones que los sucesos produjeron.

Por una parte, evaluemos todas las vicisitudes de entonces para conocer si fueron o no de tal calibre que justificaran las medidas excepcionales correspondientes, como el Estado de Alarma, el de Emergencia Económica, el de Conmoción Interior o el de Conmoción Exterior. Constatada la ausencia de los decretos correspondientes, a pesar de la gravedad invocada por el propio jefe de Estado que autorizaba a uno u otros, según el Capítulo II del Título VIII de la vigente Constitución de la República, revisemos la concepción, condiciones, tipos, plazos y controles que les son inherentes.

Igualmente, reparemos en las medidas nominadas o típicas o los principios fundamentales que hablan – entre otros - de la necesidad, proporcionalidad, racionalidad, temporalidad y legalidad, privilegiado un aspecto clave: el de la responsabilidad. Al respecto, puede argüirse, el control político y jurisdiccional parecieron caminos arriesgados para el presidente de la República, debido a la composición de la Asamblea Nacional y del Tribunal Supremo de la República, aunque – ocasionando otra nota a pié de página – fuese otra la intensidad y consecuencias del debate público del decenio, comparado con los anteriores, valiéndonos de un trabajo de Rodolfo Magallanes (Politeia, 2007), aceptada la sugerencia de Teodoro Petkoff en torno a las excesivas facultades del jefe de Estado que convierten en ociosas las tenidas por excepcionales (“La Venezuela de Chávez. Una segunda opinión”, 2000).

Precisa el artículo 339 constitucional que el decreto que declarare el Estado de Excepción, además de regular el ejercicio del derecho cuya garantía es objeto de restricción, conocerá ocho días después de la consideración y aprobación de la Asamblea Nacional o de su Comisión Delegada, y del pronunciamiento sobre su constitucionalidad por la respectiva Sala del Tribunal Supremo de Justicia, cumplidos los compromisos internacionales de la República en relación a los derechos fundamentales, pautando su renovación o revocatoria, sin interrupción del funcionamiento de los órganos del Poder Público. Luego, colegimos, hubo recursos enteramente institucionales para abordar las crisis de consecuencias por entonces impredecibles, como las de abril de 2002, el paro petrolero y el ulterior proceso revocatorio.

Abundemos, la dictación del instrumento más idóneo no sólo hubiese sincerado la situación, aún antes de aplicar planes tan drásticos como el llamado “Avila”, sino que también hubiese auspiciado un mejor desarrollo político de la calamitosa coyuntura con la sesión plenaria de la Asamblea Nacional y un inequívoco asentamiento jurídico para ahorro de todas las vicisitudes posteriores que no pudo solventar, por ejemplo, la consabida Comisión de la Verdad que falló hasta por la naturaleza que suele concedérsele universalmente. Valdrá una rápida acotación a pié de página, en torno a una estrategia deliberadamente osada para abordar los sucesos, recurriendo a Rafael del Aguila: “La senda del mal. Política y razón de Estado” (2000), o “La república de Maquiavelo” (2006) de animarnos a perfilar un problema teórico.

Antes de enfatizar los resultados de una discusión parlamentaria y la eventual desaprobación de las medidas, recurramos a la literatura especializada que, en el país, es ciertamente escasa o limitada. Propiciando una incidencia en el texto, hagamos una personal valoración del ensayo de Juditas Delany Torrealba Dugarte (“Los estados de excepción en Venezuela. Cuando la excepción es la norma”, 2010), reivindicando los avances de la doctrina en la materia y, específicamente, lo concerniente al régimen de restricción de las garantías constitucionales que – además – no desarrolla la Ley Orgánica, subrayando lo que ella observa en relación al control cambiario.

Control que ameritó no sólo de un decreto, como refiere la joven jurista, sino de la misma polémica parlamentaria por todas sus implicaciones y posibilidades. Vale recurrir al Diario de Debates de la Asamblea Nacional (2011), para chequear la justificación formulada por Aristóbulo Istúriz en la materia, ya que – señaló – respondió a una sólida conspiración de los sectores de oposición que no retrató fielmente, aunque la denuncia – es cierto - equivale a un tardío e irresponsable reconocimiento de la gravísima causa que motivó una iniciativa de tamaña trascendencia económica, por decir lo menos.

Quizá se imponga una digresión a pié de página relacionada con la imprecisión constitucional sobre la imposibilidad de redecretar el Estado de Excepción por las mismas causas de fondo que llevarían a la Asamblea Nacional revocar la medida, de acuerdo a las observaciones compiladas por Leandro Cantó para CEDICE (2000). O, en el terreno del derecho comparado, la apreciación discrecional de las circunstancias que tiene el presidente de la República para el decreto como manifiesta Felipe Piquero Villegas en un trabajo para la Fundación Konrad Adenauer (Anuario de Derecho Constitucional Latinoamericano, 2000), en el marco de una “falta de correspondencia entre normatividad y realidad, como característica de la vida jurídica del subdesarrollo”, según lo manifiesta Pedro Agustín Díaz Arenas al tratar – también – el caso colombiano (1993).

Por otra parte, luego de cotejados los hechos que pudieron dar ocasión al Estado de Excepción, mediante el decreto sujeto a una debida verificación política y jurídica, podemos examinar el extenso abanico de interpretaciones suscitadas por los acontecimientos ya elegidos, teniendo el cuidado de acudir a fuentes sobrias, coherentes y fundadas que nos orienten hacia la finalidad del texto propuesto. A guisa de ilustración, nos parecen pertinentes trabajos como los compilados por la Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales (UCV) sobre el décimo aniversario de la revolución bolivariana (2009), Steve Ellner y Daniel Hellinger para Nueva Sociedad (2003), Alfredo Ramos Jiménez para el Centro de Investigaciones de Política Comparada (2002, 2009 y 2011), añadiendo el ensayo sobre la militarización de la política de José Antonio Rivas Leone, y la historia documental del 4-F de Kléber Ramírez Rojas (2006) a objeto de conocer de las intenciones y pretensiones de primera mano, y – por supuesto – la variada bibliografía vinculada concretamente con hechos como los de abril de 2002, el paro petrolero y el proceso revocatorio del mandato presidencial.

LA RESPONSABILIDAD DE OTRA DÉCADA

Aconsejable contrastación, debemos seleccionar uno de varios casos pretéritos conscientes de tan peligrosa incursión, ya que – obviamente – son otras las circunstancias actuales, hay versiones distorsionadas que dicen todavía legitimar un debate político donde la historia aboga por sus fueros, exigiendo cada vez una mayor profundidad de las investigaciones. Posiblemente debamos recurrir a otra incidencia hipertextual, coincidiendo o discrepando de los trabajos publicados por la Revista de Economía y Ciencias Sociales en torno a los “Usos políticos y simbólicos del pasado en la Venezuela actual” (2005).

Tengamos por un acto responsable la declaración de un Estado de Excepción y su consecuente control político, siendo emblemático el Decreto de Suspensión y Restricción de Algunas Garantías Constitucionales de fecha 28 de enero de 1961, generando la sesión extraordinaria del parlamento del inmediato primero de febrero siguiente. Acotemos que tal medida de suspensión y restricción se hizo apenas promulgada la Constitución que reemplazó la de 1953, con toda la carga política y emotiva que supuso, ratificada una medida semejante ocasionada por los hechos públicos acaecidos desde octubre de 1960.

De conformidad con el Título IX de la Constitución de 1961, la declaración presidencial del estado de emergencia obligaba no sólo a un decreto motivado, la precisión de las garantías restringidas o suspendidas y su aplicación total o parcial en términos territoriales, dándole continuidad al funcionamiento y prerrogativas de los órganos del Poder Nacional, sino que – salido del Consejo de Ministros – el Congreso de la República haría la evaluación correspondiente a los diez días de dictado para su aprobación o revocatoria, incluyendo la cesación que autorizase decretada por el Ejecutivo Nacional, además de contemplar las condiciones para su prolongación. Podemos remitir otros comentarios a una nota de página que recoja los de María de los Angeles Delfino para una breve compilación publicada por la Fundación Konrad Adenauer sobre la materia en el contexto latinoamericano (1995), que advierte del deseado equilibrio entre las exigencias de eficacia de las medidas, los imperativos de un rápido retorno a la normalidad y el efectivo ejercicio de los mecanismos institucionales de control.

Después de una breve disquisición jurídica, importa indagar el Diario de Debates del Congreso de la República, sumando las reseñas pertinentes de la prensa para remitirnos a algunas de las exactitudes de orden historiográfico que se imponen. En éste sentido, descareamos toda tentación bizantina por recrear el origen y desarrollo de la violencia política de los años sesenta que irremediablemente nos internaría en el espeso bosque de las especulaciones ideológicas.

En sesión conjunta del primero de febrero de 1961, prolongada hasta la una de la madrugada del siguiente día, los senadores y diputados supieron del decreto nr. 455 de fecha 28 de enero del aludido año, dictado por Rómulo Betancourt en Consejo de Ministros. Extensamente motivado, expresó aquellos detalles que punzó la polémica parlamentaria con la intervención de 18 oradores (y no de 33, como indicó un semanario), no menos aguijoneadas las barras, galerías o tribunas enriquecidas por las diferentes tendencias político-partidistas.

Haciendo un superior esfuerzo de síntesis, debemos apreciar la libérrima, prolongada y también respetuosa discusión entre los acusados y acusadores que exhibieron una envidiable profundidad de planteamientos; el examen de cada uno de los hechos alegados que fuerza a una constatación de acuerdo a la prensa de la época y, si fuere factible, a una documentación oficial u oficiosa más idónea de entonces, probablemente aún clasificada o desaparecida. como las argumentaciones y sujeciones planteadas a los presupuestos estrictamente constitucionales. A través de una nota a pié de página reconoceremos la labor del equipo de taquígrafos que supo dibujar el ambiente que predominó en la sesión, mediante trazos – por cierto – hoy desconocidos, limitándonos a un sucinto reporte preventivo de lo establecido en la materia por la Constitución de 1953, u otras anteriores, gracias a la conocida antología de Allan R. Brewer-Carías (reeditada en 2008).

La clave, amén de notariar un acto de responsabilidad política e institucional, estriba en la existencia o no de razones para el decreto del Estado de Excepción, asumidos desde la inmediata o larga perspectiva de casi toda la década. Y, a juzgar por los diarios de aquellos días, podríamos concluir que los eventos invocados ya estaban superados. No obstante, a pesar de la protocolización periodística, hallamos una de orden historiográfico que puede desmentirla.

En las vísperas de 1961 no había candela que apagar, y, así, algunos articulistas lo acentuaban. Incluyendo las disquisiciones constitucionales de José Herrera Oropeza para el diario “El Nacional”, preguntando sobre las precauciones del gobierno nacional, varios fueron los autores que jerarquizaron la referida sesión parlamentaria, proveyéndonos de las inmensas expectativas del día, aunque hubo reporteros que también revelaron las grandes tensiones suscitadas en los alrededores del Capitolio Federal, como Guillermo Alvarez Bajares, Eleazar Díaz Rangel, Carlos Delgado Dugarte y Arístides Bastidas.

Asunto serio y espinoso, pueden contarse extraordinarios eventos precedentes y consiguientes a la fecha indicada. Los más cercanos, los disturbios de octubre y noviembre de 1960, originados en la huelga de los trabajadores telefónicos y de la marina mercante, así como el paro del transporte público que comenzó en los estados Táchira y Mérida y la suspensión de las garantías constitucionales; o, a mediados de febrero y marzo de 1961, el frustrado alzamiento de la Escuela Militar y el III Congreso del Partido Comunista de Venezuela (PCV), cuyas conclusiones resultaron ambiguas respecto a la lucha armada. Al respecto, negada la opción por Héctor Mujica en sus memorias (1990), rescatamos lo referido al PCV como la primera fuerza organizada en las Fuerzas Armadas, aún antes de asumir Betancourt la presidencia de la República, que nos permitiría un señalamiento a pie de página sobre la politización de la entidad castrense, sobre todo por lo que el autor señala a propósito de los ulteriores alzamientos de Carúpano y Puerto Cabello: “como los nuevos ricos, el PCV tiró por la ventana lo que había construido en años”.

Agolpados de eventos que claramente justificarían las medidas excepcionales al principiar los sesenta, pareciendo el primero de febrero de 1961 como una suerte de tregua opositora y de prevención gubernamental, definamos y enunciemos una dinámica creciente de la insurrección general. Siendo tan abundante la literatura alusiva, elijamos a uno o varios autores que la hubieren defendido o no, legitimándola o rechazándola, para obtener una perspectiva más adecuada.

En un sentido, Antonio García Ponce puede constituirse en el eje de nuestras conjeturas, compulsándolo con otros que reforzarían un mayor ejercicio y control crítico. Y es que, a lo relacionado y observado en un título relativamente reciente de García Ponce sobre la guerra de guerrillas (2010), por cierto, negada desde un más estricto sentido por Domingo Alberto Rangel, en la larga entrevista que le concediera a Ramón Hernández (2010), sumariamos una breve obra sobre la Juventud Comunista (1990) en la que aseguró una “resistencia armada de las masas” a partir de octubre de 1961, entre otras vicisitudes, y su ponencia para el Primer Congreso del Pensamiento Político Latinoamericano (1983).

Podemos apelar a las entrevistas realizadas por Agustín Blanco Muñoz a Gustavo Machado, Pedro Ortega Díaz, Pompeyo Márquez, Teodoro Petkoff y Guillermo García Ponce (1980), y a Gumersindo Rodríguez (1989); el clásico de Luigi Valsalice (1973); el memorial de agravios de Moisés Moleiro sobre AD (1979); las memorias de Rangel (2003) y el dilema de subvertirse o no, como señalaría a José Francisco Jiménez Castillo (2005); el compendio documental de la insurrección de Luis Vera Gómez (2005); o el extenso interviú que sostuvo Miguel Márquez con Juvencio Pulgar (2008). Nos excederíamos al consultar aquellos materiales que intentaron una valoración política de la insurrección, aspirando a actualizar el marxismo venezolano después de la derrota, como las conocidas entregas de Petkoff, Moleiro, Pedro Ortega Díaz, los García Ponce, entre otros, arribando a la antología del pensamiento que difundiera Alexander Moreno (1983).

En otro sentido, contrariando la fórmula, luce recomendable trabajar un folleto ya olvidado, como “La insurrección popular en Venezuela” de Rodolfo José Cárdenas, editado sin fecha por Catatumbo; “Los fusiles de la paz” de Edecio La Riva Araujo (1968), y hasta una ponencia de Valmore Acevedo Amaya sobre la política de pacificación (1988). Habrá que pesquisar materiales parecidos a “Inteligencia militar y subversión armada” de Carlos Soto Tamayo (1968), con el cuidado de no extralimitarnos también con la producción oficial de entonces, aunque parece obvio el tratamiento de las entrevistas realizadas por Alfredo Peña, Blanco Múñoz, Alberto Garrido, Roberto Giusti y Fausto Masó, a Douglas Bravo, Luis Beltrán Prieto Figueroa, Francisco Prada, y Carlos Andrés Pérez, unas de finales de los setenta y otras del siglo XXI, con el claro y único ánimo de ubicarnos en el día primero de febrero de 1961.

Por entonces, la situación parecía de absoluta normalidad en el país, aunque no hubiese bastado la aplicación de las medidas policiales del artículo 244 en la lugar de la suspensión de garantías del artículo 241, ambos de la Constitución de 1961, como alegó José Vicente Rangel en un artículo de prensa. Y es que, aventajados por la perspectiva, el inmenso resplandor de la revolución cubana probablemente hace ociosa aquella argumentación que habla de la sola provocación del gobierno de Betancourt.

CONCLUSIONES PROVISIONALES


Arribemos lacónicamente a algunas conclusiones que permitan, abierta la investigación, profundizar y caracterizar con acierto al régimen prevaleciente en Venezuela.

Aceptemos que Chávez Frías aplicó los recursos constitucionales y legales ordinarios para afrontar las crisis, aunque le fue posible decretar el correspondiente Estado de Excepción a objeto de prever las consecuencias por entonces impredecibles de los eventos; alcanzar un compromiso mínimo de superación de las dificultades, inherentes a los controles políticos y jurisdiccionales del decreto; y evitar, tipificándolos, las iniciativas destinadas a la alteración del orden público, estableciendo las responsabilidades de cada caso.

Por lo demás, hubiese moderado el desafío a la otrora correlación política y social de fuerzas que surgió, economizando los peligros suscitados por una ulterior, temeraria y penosa estrategia de supervivencia que fue exitosa, como pudo no serlo.

Estrategia que convirtió al presidente de la República en un único árbitro que se valió del equilibrio precario alcanzado, desinteresado en el normal desenvolvimiento de las instituciones, e indiferente ante los mecanismos constitucionales de control.

Valga apuntar la presunta vigencia de todos los derechos y garantías constitucionales en los acontecimientos ventilados, aunque también observar los continuos e impunes actos de agresión a las distintas y legítimas movilizaciones de protesta, siendo absolutamente innecesario el saldo de muertos y heridos que algunas produjeron.

Un saldo indeseable que, recordemos, interpela fundamentalmente al propio Estado como garante de la vida de todos y cada uno de los ciudadanos, y – por añadidura – igualmente apunta a la existencia de organizaciones para-estatales que dijeron relevarlo de una directa responsabilidad.

Haciendo de la excepción una regla, existen medidas que nunca han sabido de los correspondientes controles constitucionales, por más delicadas, graves y trascendentes que han resultado.

En otras circunstancias históricas, difíciles y complejas, fueron dictados sendos decretos de suspensión y restricción de garantías que cumplieron con el indispensable control parlamentario, obligando – así mismo – a un superior sinceramiento de todos los actores políticos, sumados aquellos que se incorporaron – al mismo tiempo o después - a la insurrección.

REPLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA

Deseándolos cívicos, pacíficos y convincentes, la aproximación y realización de los comicios presidenciales de 2012 pudiera avecinarnos a un período de dificultades extremas en relación al orden público, la estabilidad política y la propia vigencia de la Constitución de la República.

Cabe preguntarse en torno a los hipotéticos e indeseables eventos: ¿sabremos de la declaratoria del Estado de Excepción correspondiente, ejercidos los controles de rigor?; ¿bastará la sola apreciación del presidente de la República en relación a las circunstancias que lo ameriten?; ¿cuán eficaces serán las medidas y por cuál retorno a la normalidad apostará?; ¿qué profundidad tendrán el régimen de restricción de los derechos y garantías, habida cuenta que la Ley Orgánica Sobre Estados de Excepción no ha cumplido con el mandato constitucional de desarrollarlo?.

Fuentes:
http://www.noticierodigital.com/2012/03/estado-de-excepcion-instrucciones-para-un-texto/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=847311
http://iberoamerica.net/venezuela/prensa-generalista/noticierodigital.com/20120305/noticia.html?id=35B25A0