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jueves, 16 de julio de 2020

COSA NOSTRA

Gramsci como aplicación
José Rafael Herrera

“Cuando ustedes, los que están en 
la cima del Estado, tocan la flauta
¿cómo pueden esperar otra cosa 
sino que los de abajo bailen?
Karl Marx

Dice un adagio popular que conviene recibir lo dicho dependiendo de quién lo diga. No son pocos los políticos o los “especialistas” que aseguran ver la sombra corva y siniestra de Gramsci detrás de los propósitos del gansterato narcoterrorista que mantiene secuestrada a Venezuela. Y es que el pensamiento del filósofo italiano, especialmente su concepto de hegemonía, ha sido representado por estos “expertos” en las formas vaciadas de contenido -adiestrados en prescindir del ser y canjear la verdad por la “metodología”- como el fundamento mismo, el “nervio vital”, de sus objetivos políticos. El plan consistiría, siempre siguiendo le storte intenciones de Gramsci, en “aplicar” su jorobado concepto de hegemonía a la realidad, es decir, adueñarse de la entera sociedad civil, de su cuerpo y de su alma, para consolidar así su poder e instaurar un régimen totalitario, al estilo soviético, que era, claro está, el modelo de estatolatría que Gramsci siempre tuvo en mente. A partir de semejante disquisición, de tan rigurosa elucubración, de tan sorprendente profundidad, uno llega a comprender por qué pueden existir personas que tienen el rostro semejante al de un mocasín. Mentón agudo y cuadrado, cabeza ancha y hueca. Después de todo, algo de verdad tiene que haber en las ficciones de la Nuova Scuola lombrosiana.

Ver la fotografía de Gramsci como telón de fondo del programa de televisión de un maleante, que en algún momento tuvo la osadía de intuir que la política podía ser usada como mecanismo de sustentación criminal, a base de transmutar la comunicación en intrigas y ruindades, dice mucho. Mucho, no tan solo de sí mismo, cabe decir, del inusitado y retorcido cinismo propio del malandro, sino del nivel de los que, fascinados por quienes se han habituado a hacer de la intriga, el escándalo y la ruindad sus mayores delicias, lo siguen con mórbido afán. Da lo mismo echar mano de Simón Bolívar, de Simón Rodríguez, de Antonio José de Sucre o de Armando Reverón y colgarlos en el mismo pedestal del que cuelgan facinerosos de la “talla” de Maisanta, Fidel Castro, el Che Guevara o Hugo Chávez. Son las enseñanzas del viejo aparato de propaganda soviética. El Diamat ruso comenzaba con las fotografías de Marx, Lenin y Stalin. Hoy han sido sustituidas por las de Putin, Masha y el Oso.

Es dentro de semejante contexto de patrañas y manipulaciones que se justifica, en el escenario del estudio televisivo del canal de “todos los venezolanos”, la presencia de la fotografía de Gramsci, al fondo, observando con mirada perpleja, inevitablemente silente, aunque estupefacto, las procacidades de un adicto y demencial delincuente que hoy puede afirmar que la Universidad Simón Bolívar es una institución “privada” y mañana que el presidente Guaidó es el jefe de un cartel de narcotraficantes con alerta roja en China, Rusia e Irán. Whatever! Sólo recibirá elogios por sus infamias de la complaciente pobreza espiritual que nutre su audiencia. Y cabe decirlo, no sólo de los fieles o correligionarios del gansterato. En el diálogo Parménides Platón demostró con creces que toda negación abstracta es, en el fondo, una afirmación abstracta. Los mocasines suelen ser muy cómodos, por lo que exigen pocas mediaciones para ser calzados.

La audacia es tan propia del prejuicio como de la ignorancia, porque la una es un síntoma inequívoco del otro. La expresión “hegemonía” causa urticaria no sólo entre unos cuantos respetables socialdemócratas de formación sino, además, entre quienes han llegado a autodefinirse como “liberales”, sin tener la responsabilidad de conocer, más allá de las reseñas enciclopédicas, los orígenes histórico-culturales de los términos con los que dicen “sentirse” comprometidos. Uno de los más sólidos, coherentes y fundamentados representantes del liberalismo contemporáneo es Norberto Bobbio. Y uno de los autores de cabecera de Norberto Bobbio es Antonio Gramsci, a quien no sólo admira, sino de quien ha derivado la exigencia de recuperar el significado más hondo y auténtico de la democracia republicana. Sólo por “vaga experiencia” o “conocimiento de oídas”, como diría Spinoza, se puede considerar a Antonio Gramsci como un pensador panfletario, digno de presidir el estudio de televisión de un hampón de poca monta, o colocar sus Quaderni del carcere al lado de las “obras incompletas” -nunca escritas- de Ezequiel Zamora.

Piero Sraffa fue un destacado economista italiano, defensor del liberalismo económico y autor de la llamada “teoría de la producción de mercancías por medio de las mercancías”, considerado por los -¡esta vez sí!- auténticos expertos como el refundador de la escuela clásica de economía. Pues bien, a la vuelta de sus frecuentes visitas a la cárcel donde el fascismo mantenía detenido a Gramsci, Sraffa traía ocultos, entre sus prendas de vestir, los cuadernos en los que Gramsci iba pacientemente dando cuerpo a su filosofía de la praxis, de la cual forma parte su concepción de la hegemonía, es decir, del fundamento de la vida dentro de un Estado ético, estrictamente consensual. Una obra, por cierto, que fuera publicada por la prestigiosa editorial Einaudi, cuyos vínculos con el pensamiento liberal son bien conocidos, especialmente porque su editor, Giulio Einaudi, era hijo de uno de los fundadores del Partido Liberal de Italia y segundo presidente de la República italiana, después de la caída del fascismo, Luigi Einaudi.

Es probable, sin embargo, que en las mentes de los prejuiciosos e ignorantes no quepa la posibilidad de formularse la pregunta de por qué los más serios liberales italianos -incluyendo al propio Benedetto Croce- no sólo celebraran la obra de Gramsci, sino que la rescataran de las mazmorras fascistas y la publicaran, primero, en edición temática, a cargo de Palmiro Togliatti y, más tarde, en edición crítica, a cargo de Valentino Gerratana. Para ellos, en cambio, Gramsci es el demonio que tramó e inspiró el perverso plan de Maduro para destruir a Venezuela. Maduro -afirman- “aplica” la concepción de la hegemonía gramsciana. Pero el pensamiento de Gramsci no se “aplica” porque el consenso no se “aplica”, se construye. Si el régimen siguiera efectivamente la lección de Gramsci, la sociedad civil sería escuchada, el país tendría poderes independientes, medios de comunicación libres. Los gobernadores y alcaldes, distintos al régimen, no tuviesen sobre ellos tutelaje gansteril y la Asamblea Nacional no habría sido, primero, desconocida mediante la trastada de una Asamblea Constituyente y, luego, partida en dos mediante la compra y venta de unos cuantos diputados corruptos. Hay quienes gustan tirar piedras al vacío y bailar al ritmo de la flauta de Maduro. Cuando se les agoten los guijarros del sensacionalismo danzante quizá logren comprender que el único “concepto” que sustenta al gansterato es el narcotráfico. Y que por el hecho de ser italiano Gramsci no formaba parte de La cosa nostra.

16/07/2020:
https://www.elnacional.com/opinion/gramsci-como-aplicacion/

lunes, 15 de abril de 2019

DIVERTIDAMENTE RECREATIVOS

Del pre – posmarxismo
Luis Barragán


En las postrimerías del siglo anterior, agotado el marxismo en las universidades públicas que le dieron soporte político y, de un modo u otro, presupuestario, surgieron corrientes, por entonces curiosas, que abandonaron el clásico discurso, probando con estrategias heterodoxas. Ya el asunto no radicaba en la lucha de clases, ni en la dictadura del proletariado, sino en la defensa y promoción de las más disímiles causas ecológicas, feministas, indigenistas, etc.

Esquivando el nada menudo problema del derrumbe del socialismo real, aquella  izquierda abogó aún más por la causa de los derechos humanos y de las libertades democráticas.  Localmente, quizá más por intuición que por una búsqueda reflexiva alternativa, a ratos parecía recreativa y hasta divertida. Así, por el camino de la antipolítica, enmascarada o encapuchada, supimos de la incursión – por ejemplo – de la conocida Plancha ’80 en la Universidad Central de Venezuela.

El fin de la historia pareció originarse en Venezuela, porque cualesquiera discusiones doctrinarias e ideológicas fueron consideradas inútiles e impertinentes, sembrado el burdo pragmatismo en los más variados ámbitos políticos.  No obstante, hubo voceros de reconocido prestigio intelectual en los partidos democráticos, muy escasos, que llamaron la atención del fenómeno, mientras que los muchos se hicieron también literalmente recreativos y divertidos, solazados por las viejas lecturas.

De revisar las actas parlamentarias y edilicias de aquellos tiempos, baremo tan indispensable como los medios de comunicación social, a objeto de calibrar las ideas políticas de entonces, prácticamente nadie acusa recibo de la escuela genéricamente llamada del post-marxismo en ciernes. Por ejemplo, Chantal Mouffe y Ernesto Laclau publican por aquellos años “Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia”, u otros autores retoman a Antonio Gramsci o relanzan a Michel Foucault que, en la misma vieja carretera, extreman sus críticas al capitalismo liberal, ignorados por los sectores que pretendidamente estaban consagrados a la causa de la libertad, a reflexionarla y a ayudar a actualizarla.

El caso estriba en que este batiburrillo llamado socialismo del siglo XXI, tiene igualmente por fuente  las ideas del post-marxismo, aunque – por una parte -  el régimen no resista la propia aplicación de sus  diagnósticos, métodos u orientaciones; la escuela no se haga – por otra – responsable de la catástrofe humanitaria y masiva represión, añadido el genocidio,  que caracteriza a la Venezuela actual; ni – por último – explique responsablemente las recias dictaduras de China o Vietnam que sobreviven gracias al libre mercado.  Excepto los escarceos de Jorge Giordani  a favor de Gramsci o Mézsáros, los socialistas de la hora jamás revelaron alguna inquietud teórica, como tampoco irresponsablemente lo exigió la oposición, siendo evidente que, entre otros,  la Mouffe y Laclau pavimentaron muy bien el camino.

El propio ejercicio autocrático del poder, los llevó a extremar la retórica pro-indigenista, aunque – semanas atrás – masacraran al pueblo pemón,  olvidados de la clase obrera que, por lo demás, destruyeron.  Otro ejemplo, precisamente, esa generación representada por la Plancha ’80 ha participado del mayor de los saqueos del erario público en la historia venezolana, quebrando hasta las propias industrias del petróleo y del hierro.

Puede decirse de una era previa al post-marxismo tan legitimador de la presente dictadura, como el propio artefacto propagandístico del castrismo.  Con las salvedades del caso, en la acera opuesta, muy pocos o nadie reparó en la escuela, todos divertidamente recreados por las promesas del barril petrolero.

Fotografía: El Nacional, Caracas.
Ilustraciones:
https://www.contrado.co.uk/stores/robart/celebrity-sunday-vintage/groucho-marx-celebrity-caricature-art-print-55516
Tim Robinson: https://www.thenation.com/article/marxs-revenge/
14/04/2019:
http://guayoyoenletras.net/2019/04/14/del-pre-posmarxismo/

domingo, 29 de julio de 2018

¿DESESPECIALIZACIÓN?

EL NACIONAL, Caracas, 21 de junio de 2018
“Todos son intelectuales”
José Rafael Herrera

Las llamadas ciencias sociales han avanzado vertiginosamente, de modo exponencial, durante los últimos tiempos. Casi se podría afirmar que los muy respetables científicos sociales llevan puestas las botas de las siete leguas, las mismas que usara Pulgarcito para evadir al ogro que se oculta detrás de la realidad. Sus agigantados avances, su extensión por la sinuosa y escarpada geografía del conocimiento, se pierde tras el horizonte de las urbes, del primero al último de los mundos posibles. Sus respuestas –siempre– están a la mano, como en las largas estanterías de los supermercados que, en épocas más felices, tenían a su disposición los consumidores venezolanos. Y cuentan, además, con una respuesta del peso y tamaño requeridos para la ocasión, para todo o para casi todo. La sociología, por ejemplo, cual caballero de reluciente armadura, porta en sus manos el escudo de la epistemología y la lanza del método. En su justa contra los molinos de viento metafísicos, ha dado cuenta de sus extraordinarias capacidades para pasar de las formas de la religión a las formas teológicas y, desde estas, a la ciencia pura y simple. Uno de esos distinguidos científicos sociales, auténtico heredero de las más sutiles revelaciones que se sustentan en las certezas provenientes de la reflexión del abstraktes Verständnis, es el lúcido y eminente profesor Fernando Mires, quien hace pocos días dejó caer sobre su cuenta de Twitter una sentencia tan 'clara y distinta' como plena de maravilla aristotélica: “Intelectual es toda persona que piensa. Los intelectuales no existen como profesión: existen profesores, escritores, pintores, dentistas, policías, obreros, albañiles, basureros (todas dignas profesiones). En todas esas profesiones hay gente que piensa: todos son intelectuales”.

Es verdad que, basándose en sus indiscutibles esfuerzos cognitivos y en sus inclinaciones por las certezas relativas, las ciencias sociales presuponen respuestas para toda ocasión, para cada circunstancia, porque ellas –entre 'eventos' y 'narrativas', como acostumbran decir– conocen de antemano, prevén, se anticipan. No como las sacerdotisas, echando mano del oráculo, ni por medio de las piedras de los druidas, ni de las cartas astrales de los divinari, sino –como respetables científicos que son– a través de sus sofisticados y rigurosísimos instrumentos metodológicos de última generación. Y sin embargo, cabe pensar –después de todo, “hay gente que piensa”– en la posibilidad, y solo a manera de hipótesis, de que, tal vez, sea por eso que sus grandes fortalezas pudieran llegar a poner de relieve sus grandes debilidades. En efecto, como ha afirmado recientemente el estudioso español, Alexandre Carrodeguas: “Las sociologías generales, más allá de lo que pueda ser su mérito, no le hacen justicia a la realidad, porque pretenden tener sistemáticamente una respuesta para todo. Con ellas sabemos de antemano lo que debemos encontrar, en qué casilla teórica, bajo qué concepto o rubro prexistente acomodaremos lo que hayamos observado”.

Y, más aún: “Se sabe de antemano, por ejemplo, que la realidad social se puede distribuir, sin restos, en unos órdenes o sistemas determinados. O que está edificada sobre elecciones individuales racionales. O, al contrario, que las sociedades se organizan como totalidades a priori, como si la sociedad prexistiera a sí misma, y los actores no hicieran otra cosa que aplicar los valores sociales, como sostiene el culturalismo, aplicar las funciones, según el funcionalismo u obedecer a unas reglas, como plantea el estructuralismo”. Tales escuelas o tendencias tienen una “respuesta para todo” y proponen “conceptos elásticos que llevan más a formular preguntas que a responderlas”. Y es que, después de todo, conviene plantear preguntas pertinentes, buenas preguntas, porque solo de ese modo resulta posible anticipar buenas respuestas.

Antonio Gramsci no era, para su desgracia, sociólogo. Lector de Vico y de Hegel, de Marx y Labriola, de Croce y Gentile, eligió la filología y la filosofía, no solo por convicción, sino también por profesión. En sus Cuadernos puede leerse que, ciertamente, “todos los hombres son ‘filósofos”, pero, eso sí: “definiendo los límites y los caracteres de esta 'filosofía espontánea', propia de 'todo el mundo', y de la filosofía que está contenida: 1) en el lenguaje; 2) en el sentido común y el buen sentido; 3) en la religión popular y en todo el sistema de creencias, supersticiones, modos de ver y obrar que se asientan en aquello que generalmente se denomina 'folclor'”. Y así, una vez que se demuestra que todos los hombres son “filósofos” inconscientemente, dado que “en la mínima manifestación de cualquier actividad intelectual –el ‘lenguaje’– está contenida una determinada concepción del mundo”, resulta necesario pasar a un segundo momento: al de la crítica y la conciencia, dado que no es posible pensar sin poseer “conciencia crítica, de un modo disgregado y ocasional, es decir, 'participar' de una concepción del mundo impuesta mecánicamente”.

No pocas veces, los silogismos pueden llevar a conclusiones que terminan en la más triste confirmación del populismo: “Todos los hombres son intelectuales. Trucu-trú es –muy a su pesar– un hombre. Ergo: Trucu-trú –muy a su pesar– es un intelectual”. A Dios rogando y..., dice un refrán popular, bien conocido por la gran mayoría de la intelectualidad nacional. No hay que estudiar, en consecuencia, para ser filósofos. Hay gobernantes que no llegaron a formarse, a educarse, en las universidades. No lo necesitaban: son intelectuales, o como dice Gramsci, “filósofos”. Todos lo son. Los hay, incluso, capaces de formular tautologías sin tener idea de que, efectivamente, son expertos en ellas, como aquel conocidísimo filósofo que solemnemente sentenció: “Y si me matan y me muero”. No: no es necesario estudiar para ser un intelectual. Bastará, como diría Spinoza en su Reforma del entendimiento –o sea, en ese intento suyo por enmendar, precisamente, el intelecto– con las percepciones de oídas o con la vaga experiencia. Y así, “como va viniendo, vamos viendo”. Que “el tiempo de Dios” sea “perfecto” o “que Dios proveerá”, son dos de las más grandes sentencias que se le han escapado de sus respectivos laberintos minotáuricos a dos grandes intelectuales, para devenir máximas de la novísima filosofía probada y comprobada, epistemológica y metódicamente, por uno de los más destacados científicos de la certeza sensible de este menesteroso presente. No sin razón, afirmaba Hegel que el entendimiento sin la razón es algo. A pesar de no tener profesión alguna, después de todo, habrá que “seguir pensando”.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/todos-son-intelectuales_240806
Piezas: Richard Serra.
Cfr. https://www.youtube.com/watch?v=S3Q9FNCLaHI

viernes, 13 de julio de 2018

INEVITABLE CONCLUSIÓN

EL NACIONAL, Caracas, 7 de julio de 2018
El castrocomunismo (primera parte)
Antonio Sánchez García

Mire a su alrededor y observe a los partidos comunistas, a los autodenominados Frentes Amplios, a los movimientos revolucionarios bregando codo a codo con los partidos democráticos por el favor de los electores. Con el firme y decidido propósito de hacer polvo la Constitución y sembrar la división y el odio. ¿Quién convive de tan buena manera con el cáncer o con el sida, que no sea una sociedad irresponsable, que ha extraviado el rumbo?

“Absurdo sería pretender que un gobernante venezolano, violando una ley histórica, se hiciese comunista”
Ramón Díaz Sánchez, Guzmán: Elipse de una ambición de poder


Inolvidable el día en que Teodoro Petkoff –corría el año 2003– montó en cólera porque osé alertar a los miembros de la Comisión Asesora de la Coordinadora Democrática, que presidía Alberto Quirós Corradi y en la que participábamos Pedro Nikken, Cecilia Sosa Gómez, Adolfo Salgueiro, Marco Tulio Bruni Celli, Pedro Pablo Aguilar, Alejandro Armas, Hiram Gaviria y otros, contra la amenaza castrocomunista que se cernía sobre Venezuela de la mano del golpismo chavista que acababa de asaltar el poder, ante el general beneplácito de una sociedad alienada hasta la médula. Nuestro por entonces buen amigo mostró su furia y su indignación por el uso irresponsable que hacíamos quienes empleábamos una categoría como esa, tan reaccionaria y propia de la guerra fría. Al decir de Petkoff no era que Cuba no fuera castrocomunista, que nadie podía negarlo: es que a él no le parecía en absoluto censurable que lo fuera. Muy por el contrario: a él, el que lo fuera, le parecía una señal de gloriosa y máxima identidad. En nuestros labios, en cambio, el concepto era absolutamente censurable, refería a un rechazo total, alertaba ante el infierno encubierto tras el término y dejaba caer una cortina de desprecio y maldiciones sobre la isla embrujada por la hoz y el martillo. Ante la que había que precaverse. Pero a sus admiradores, como a Petkoff y los suyos, tan emparentados con quienes acababan de hacerse con el poder, esa antes que una maldición era una aspiración  que deseaban ver cumplirse en toda América Latina. Ser castrocomunista no era un delito. Muy por el contrario, subrayaba, como solía señalarlo un gigantesco letrero que se exhibía a la salida del aeropuerto José Martí, que Cuba era el Primer Territorio Libre de América.

Era la indicación a la que obedecía la progresía venezolana. Como que hacía una década y contra todo pronóstico, que más de novecientas personalidades venezolanas de todo jaez y condición pero contando entre ellos con no pocos afamados historiadores que continúan en funciones, académicos y doctores de todas las ramas, gentes de teatro y del espectáculo, escritores, guionistas y de ese cuanto hay que le da vida a una sociedad democrática, así como otros representantes de esa cosa deletérea, nebulosa y amorfa llamada cultura, habían considerado a Fidel Castro un ejemplo de dignidad e integridad política del más alto nivel de nuestra América, merecedor de toda nuestra admiración. Ser castrocomunista era un lujo. Significaba pertenecer a la cofradía de iluminados por el destino, ir a la vanguardia de la historia. Cuesta creer que tras más de treinta años de tiranía, persecución, encarcelamiento y miserias, tras el brutal ejercicio del poder más atrabiliario y demoledor del que se tuviera conocimiento en América Latina, y habiendo superado ya el récord de duración de 27 años, tras los cuales se muriera el caudillo, general y dictador venezolano Juan Vicente Gómez, una pléyade de buenas gentes elevaran al tirano aún más longevo con admirativas loas a las más egregias e inmarcesibles alturas de su gloria. En el colmo de la alienación y la locura, ser castrocomunista no acarreaba daño alguno. Era algo de que sentirse orgulloso. Lo más deseable a lo que un ciudadano podía aspirar en América Latina. La democracia, en cambio, era una plasta, un bofe, una miseria, una pérdida. Así han transcurrido sesenta años para los latinoamericanos: gozando de la libertad plena de regímenes libres, progresistas y prósperos, pero maldiciéndolos porque no se acomodaban al régimen tiránico del castrocomunismo cubano.

Acababan de cumplirse treinta años del primer asalto al poder en Cuba, no se veían las menores señales de que la tiranía militarizada que controlaba y esclavizaba a los cubanos mostrara la menor disposición a hacer mutis, apenas se habían cumplido quince años desde el desembarco de sus tropas de élite en el occidente y en el oriente de Venezuela,  y jamás había renunciado la dictadura cubana a su propósito de asaltar el poder de la primera reserva petrolífera de occidente, cumplir con el magno objetivo que se propusiera Fidel Castro desde la Sierra Maestra:  asaltar Venezuela por las buenas o a la brava, hacerse con su petróleo y expandirse por toda la región, imponer el comunismo en toda Latinoamérica y combatir a muerte a Estados Unidos, su letal enemigo de toda la vida. Pasara lo que pasara en la Unión Soviética y en China, Cuba jamás dejaría de ser comunista ni de luchar empeñosa y fervientemente por hundir a todas las democracias latinoamericanas en mortales crisis de dominación, asaltar el poder de la mano de las izquierdas locales, como ya lo intentara en Bolivia, en Chile, en Uruguay y en Argentina y nada ni nadie le impediría combatir a Estados Unidos hasta agotar sus fuerzas. América Latina sería castrocomunista, o no sería. Vale decir: no comunista a lo Molotov o a lo Brezschniev, a lo Tito o a lo Joseph Stalin, sino a lo Castro: castrocomunista, para más señas.

Quienes compartimos desde nuestras organizaciones marxistas –yo en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, el MIR chileno en tiempos de la fracasada Unidad Popular– esos propósitos, sabíamos que lucharíamos hasta la muerte por imponer el comunismo en la región. Que el tiempo no sería obstáculo. Y que tarde o temprano terminaríamos por imponernos a lo largo y ancho de nuestra región. Para eso se había constituido en La Habana una suerte de Cuarta Internacional Comunista llamada Tricontinental, que intentaba coordinar todos los Movimientos Revolucionarios de Asia, África y América Latina. En una guerra abierta y declarada, sin hacer los menores ambages, organizando, alfabetizando, instruyendo, educando y preparando a los ejércitos de liberación nacional. Y a pesar del fracaso estruendoso del socialismo en todo el mundo, del derrumbe del Estado soviético y la caída del Muro de Berlín, en América Latina ya había surgido la debida organización encargada de coordinar nuestros movimientos revolucionarios a nivel regional, inventado por Fidel Castro y Lula da Silva, en el año 1990, llamado Foro de Sao Paulo. El viejo topo es tenaz y es porfiado y no tiene otro objetivo que demoler las bases fundacionales de la democracia y derribar los muros del edificio del Estado de Derecho para imponer el colectivismo, generalizar la miseria y el hambre y convertir a sus respectivas sociedades en campos de concentración. Todo ello a plena luz del día y en la mayor impunidad, como si anarquizar siglos de historia y disgregar sociedades compuestas a lo largo de siglos y siglos de historia fuera la cosa más normal y fructífera del mundo. Mire a su alrededor y vea a los partidos comunistas, a los frentes amplios, a los movimientos revolucionarios bregando codo a codo con los partidos democráticos por el favor de los electores. Con el firme y decidido propósito de hacer polvo la Constitución y sembrar la división y el odio. ¿Quién convive de tan buena manera con el cáncer o con el sida, que no sea una sociedad que ha perdido el rumbo?

Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/castrocomunismo-primera-parte_242466

EL NACIONAL, Caracas, 8 de julio de 2018
El castrocomunismo (segunda parte)
Antonio Sánchez García

Va siendo hora de que el mundo sepa que ha sido el castrocomunismo el que ha devastado a Venezuela, que nos ha saqueado nuestras riquezas, que acecha a todas las sociedades latinoamericanas para corromperlas, pervertirlas y aniquilarlas. Y que llegó la hora de enfrentarlo para ponerle un fin definitivo. No tenemos otra alternativa. Como diría Shakespeare: el resto es silencio.

Jamás olvidaré el asombro que se dibujó en el rostro de mi amigo y ex compañero de trabajo y de partido, el brasileño Marco Aurelio García, con quien viniera desde París por primera vez a Venezuela en junio de 1977 y a quien no veía desde esos años setenta, cuando al recogerlo en Maiquetía quince años después –venía en representación de Lula da Silva, el dirigente sindical, líder de su partido y futuro presidente de Brasil, a las ceremonias de la segunda transmisión de mando de Hugo Chávez en el año 2000– y ante mis reservas frente a la barbarie que veía dibujarse en el proyecto estratégico del teniente coronel Hugo Chávez, habiendo yo entretanto aprendido a valorar en toda su plenitud el valor de la democracia, me espetara asombrado: “¿Qué objeciones estéticas tienes ante Hugo Chávez? ¿O fue que olvidaste el juramento martiano que sellamos con sangre cuando Allende?”.

—¿Qué juramento?– le pregunté sorprendido, sin entender a qué se refería.

Me miró indignado y me dijo: “Con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar…”

Supe entonces, como en una revelación, que Chávez era castrocomunista, que Lula también lo era, y que a Venezuela, a Brasil y a todo el continente le esperaban tiempos siniestros.

El comunismo a lomos de Fidel Castro y la Cuba castrista había renacido en la región, gracias a la infinita irresponsabilidad del pueblo venezolano y la traición de sus fuerzas armadas y sus élites políticas e intelectuales,  para no dejar volar su presa. Chávez servía a los intereses cubanos, Venezuela se había convertido en su cabecera de playa para la reconquista del continente. Y cuyo botín a no soltar jamás, por los siglos de los siglos, se llamaba Pdvsa. Para eso servía el Departamento de Estado: para presenciar impasible la conquista de la región por el comunismo internacional.

Ante la absoluta impavidez de los demócratas de todos los matices, que aceptaban como un hecho irreversible los derechos a representación política de los grupos marxistas, aun a sabiendas de que su política de mediano y largo plazo no puede ser otra que destruir las bases democráticas de la sociedad, asaltar el poder e instaurar regímenes totalitarios.

Si salvo rarísimas excepciones todos mis antiguos compañeros chilenos continuaban militando en los partidos de la izquierda marxista y muy pocos eran quienes habían extraído las dolorosas enseñanzas de un largo y angustioso destierro, comprendiendo y asumiendo el incalculable valor de la libertad y la convivencia democrática –Marco Aurelio moriría hace un par de años sin haber recapitulado un ápice en sus convicciones castristas y su servicio a Lula y la tiranía cubana en sus afanes expansionistas y antidemocráticos, como cuando mediara en el Cahuán o interviniera como representante brasileño en la ronda de diálogos organizados por la OEA y el Centro Carter en Caracas– tampoco en Venezuela advertí una verdadera toma de conciencia de quienes habían militado en los partidos marxistas, entre ellos Teodoro Petkoff, como para comprender la inmensa, la gigantesca gravedad que entrañaba y continúa entrañando el castrocomunismo chavista en nuestro país. Ahora travestido con los ropajes del bolivarianismo y empoderados con las incalculables riquezas del petróleo. Y si se habían distanciado de la militancia extrema, no por ello habían asumido la lucha contra el invasor en los radicales términos que demandaban las circunstancias.

Ni siquiera Estados Unidos era verdaderamente consciente y estaba advertida de lo que el chavismo y sobre todo el Foro de Sao Paulo se traían entre manos. Un imbécil llamado John Maisto, que fungía de embajador de Estados Unidos en Caracas, recomendaba por entonces atender las manos, no las palabras del teniente coronel. Juraba que Chávez no era más que un bocón, cuya farsantería terminaba en meras bravuconadas. Agrupados en los viejos partidos socialistas y o revolucionarios, ex guerrilleros de regreso del monte o socialdemócratas y socialcristianos de sindicato  sobreviviendo a las sombras del Estado, los partidos del establecimiento continuaban y continúan sirviendo de alcahuetas del régimen, de agentes del castrocomunismo y enemigos jurados de cualquier forma de liberalismo antimarxista. Ya se hallen en Acción Democrática, en Copei, en el MAS o en cualquier otra organización política o de la sociedad civil hábil pronta a colaborar con el régimen. Como volviera a quedar una vez más de manifiesto mediante la farsa del 20 de mayo, cuando dos ex candidatos presidenciales de los dos enclaves políticos más importantes del viejo sistema –Claudio Fermín y Eduardo Fernández– se sumaran dichosos a la comedia del ex militar chavista Henri Falcón.

Nada de qué extrañarse. Pues de mi personal experiencia y tras más de sesenta años de vida política deduzco y comprendo la gigantesca, la inmensa y casi insuperable dificultad que entraña liberarse de los prejuicios y lugares comunes que lastran las inclinaciones políticas latinoamericanas, y poder distanciarse a plenitud y renunciar así a las ideologías marxistas, populistas y revolucionarias con las que nos emancipáramos e ingresáramos a la adultez. Tanto o más determinantes que las creencias religiosas en que fuéramos educados desde niños y tan difíciles de superar críticamente como renunciar consciente y plenamente a cualquiera de esas religiones formativas.  ¿Quién podrá a estas alturas sacarnos de la cabeza que antes pasa un camello por el ojo de una aguja que un rico entra al reino de los cielos?

Son dos milenios de certidumbres o supuestas verdades acuñadas por el cristianismo, cinco siglos de prejuicios, odios y rencores acumulados desde que iniciáramos esta andadura civilizatoria, la telúrica conmoción provocada por las guerras civiles independentistas, dos siglos de repúblicas aéreas y toda una vida comprometida con juramentos de lealtad y compromiso político que nos impiden ver la prístina verdad de los hechos y servir, a nuestro pesar, a la reiteración de nuestros más graves errores. De todos ellos, el peor, más devastador y aparentemente invencible, pues los condensa a todos, por lo menos en América Latina: el del castrocomunismo. Petro acaba de arrastrar con su narrativa a 40% de los votos. De la más ilustrada y nada ignorante clase media colombiana. Y Pérez Obrador en México, abriendo tras suyo los portones a cualquier desafuero, de esos capaces de derrumbar países, como sucediera en Venezuela. ¿O es que la Virgen de la Guadalupe protegerá a los mexicanos de caer en los pantanales del más feroz populismo antiimperialista? Desde luego, esos millones de votantes no eran comunistas: les servirán con mayor desvelo. Solo tú, estupidez, eres eterna.

Nadie quiere vérselas con el comunismo, el fantasma que recorre a América Latina y a España: ni Barack Obama ni el papa Francisco, ni Juan Manuel Santos. Tampoco quisieron vérselas con él Carlos Andrés Pérez, César Gaviria o Felipe González. No se diga José Luis Rodríguez Zapatero. Es el convidado de piedra, Don Juan Tenorio, el espía que vino del frío. El tótem y el tabú freudiano de nuestras neurosis políticas. Desde Eisenhower y John F. Kennedy en adelante, todos le esquivaron el cuerpo. Se murió y es como si no se hubiera muerto. Tras la guerra fría se hizo de buenos modales no mencionarlo en la mesa. Solo el venezolano Rómulo Betancourt tuvo el coraje, la lucidez y la inteligencia como para enfrentársele y derrotarlo. Más nadie. Todo el resto de la clase política venezolana terminó rindiéndole pleitesía. Carlos Andrés Pérez, de todos ellos, fue el que cargó con el mayor peso. Va siendo hora de que el mundo sepa que ha sido el castrocomunismo el que ha devastado a Venezuela, quien nos ha saqueado nuestras riquezas, que acecha a todas las sociedades latinoamericanas para corromperlas, pervertirlas y aniquilarlas. Y que llegó la hora de enfrentarlo para ponerle un fin definitivo. No tenemos otra alternativa.

Como diría Shakespeare: el resto es silencio.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/castrocomunismo-segunda-parte_242588

EL NACIONAL, Caracas, 12 de julio de 2018
El castrocomunismo (tercera parte)
Antonio Sánchez García

Vivimos un giro copernicano. Por primera vez, desde el primero de enero de 1959, América Latina toma plena conciencia del horror del castrocomunismo y del espanto que les espera a sus sociedades si no reaccionan contra sus propulsores, los combate frontalmente y los arranca de raíz de las perversiones políticas dominantes. En Venezuela, si no hay otra alternativa, recurriendo a la intervención humanitaria de Estados Unidos al frente de la OEA y la comunidad democrática de naciones. Supondría un recomienzo tan trascendental como el que nos echara al mundo como naciones independientes. Es el imperativo categórico que la historia nos impone. Terminar por abrirnos a la sociedad liberal.

Si la insólita tragedia venezolana, la más absurda automutilación vivida por sociedad latinoamericana alguna en toda su historia, sirve de ejemplo demostrativo de los verdaderos propósitos que han animado, consciente o inconscientemente, al castrocomunismo desde su implantación luego del asalto al poder del Estado cubano por el caudillo Fidel Castro y su tropa de barbudos, se le habrá rescatado algo de sentido. Lo que dada la clásica irracionalidad de nuestra cultura no es algo de lo que podamos estar seguros. La raza cósmica del mexicano José Vasconcelos no parece muy dada a la autocrítica y la regeneración intelectual. Se comprende: los genes de esta tragedia fueron implantados hace más de dos siglos en nuestro país y expandidos a toda la región por la escuálida y delirante aristocracia venezolana al frente del llaneraje salvaje de la mano de su máximo prohombre, Simón Bolívar. Resucitado en mala hora por uno de sus adoradores brotado del fondo de su barbarie cuartelera, con el saldo de todos conocidos. En veinte años desencajó los cimientos de un esfuerzo descomunal por torcerle el rumbo caudillesco y autocrático a una sociedad primitiva y salvaje, echó por la borda los extraordinarios logros civilizatorios de la generación nacida en 1928 de la mano de Rómulo Betancourt y trituró los dones que Dios y la naturaleza le acordaran a un país que parecía no haber hecho mayores merecimientos para recibirlos. De estar a la cabeza de la región, en menos de veinte años se encuentra a la cola de Haití. Un milagro invertido.

La insaciable ambición de poder del hijo de un gallego llegado a fines del siglo XIX a la isla, último bastión del colonialismo español,  a reforzar sus pretensiones imperiales, tan megalómano y narcisista, sociópata, racista y desmesurado como el llamado Libertador, terminó por torcerle el rumbo a ese continente aprisionado entre el delirio y la razón. No dándole otro objetivo histórico que odiar la propiedad privada, detestar la riqueza ajena y el progreso de todos, ensalzar la miseria, enfrentarse a Estados Unidos, hacerse el harakiri, y promover el rencor y el odio entre las razas, colores y clases de sus habitantes. Poniendo al frente de sus huestes a un argentino tanto o más sociopático que él, que amara la guerra y cultivara la muerte, porque en el fragor de las batallas descubrió que le fascinaba asesinar a sus semejantes, como se lo contara sin pudor alguno a su padre: “Tengo que confesarte, papá, que en ese momento descubrí que realmente me gusta matar”. Digno del Dr. Mengele.

Solo la proverbial ignorancia caribeña pudo tomar por marxista y emancipador lo que era profundamente nazi y reaccionario: el amor a la sangre derramada, a la pólvora y al fusilamiento, a la cuchillada, al asalto, a la violencia fratricida. El odio a los doctores civiles y el ensalzamiento de los dulces guerreros armados, marca de fábrica del joven aristócrata que le encontró sentido a su vida librando una Guerra a Muerte. Y así, mientras el mundo civilizado venía de regreso del Blut und Boden, la adoración hitleriana del suelo y la sangre como formas primitivas de la identidad nacional, un rosarino asmático fiel a la mitomanía bolivariana enamoraba a los latinoamericanos con la aventura de la guerra, el embriagador atractivo de la enemistad, la fascinación del degüelle, la economía política del odio. La Guerra a Muerte – ese monstruoso recurso a la liberación mediante la violencia extrema, un metafísico quid pro quo que marcaría para siempre al Caribe: asesinar sin cuenta ni medida para conquistar el derecho a la vida– sería la secreta aspiración de la política en la América española.

Desde el primero de enero de 1959, el paredón se convertiría en ideal de justicia y de convivencia para las izquierdas progresistas latinoamericanas. Ser castrocomunista, vale decir: derribar las instituciones tradicionales, liquidar la convivencia pacífica, desencajar las estructuras de poder, infiltrar y corromper a las fuerzas armadas, denigrar y despreciar las tradiciones históricas, atacar la esencia de nuestra identidad nacional, rechazar el emprendimiento y las bases materiales que permitieran el progreso económico y la prosperidad de nuestras sociedades, impedir la cohesión social y el entendimiento identitario, se convirtieron en motivo y máxima aspiración de quienes se sumaron a la cruzada del castrocomunismo: liquidar cinco siglos de progreso y densidad política y económica, provocar la desintegración social, universalizar la miseria y hacer tabula rasa de la historia para construir la sociedad perfecta: el socialismo. Mire a su derredor: es lo que comunistas, frenteamplistas y radicales predican, sin que a nadie se le arrugue el semblante. Es lo que han conquistado con sangrienta prodigalidad en uno de los territorios potencialmente más ricos del planeta.

Tan profunda es la alienación que ha provocado el castrocomunismo, que a pesar de las abrumadoras pruebas de su vocación depredadora, mutiladora, homicida y suicida, negando las evidencias de su fracaso en donde se impusiera al costo de decenas y decenas de millones de cadáveres, guerras civiles e incluso guerras mundiales, continúa genéticamente adosado al espíritu del hombre latinoamericano. La secreta realidad de Jeckill y Hyde que carga consigo todo militante marxista. Gozar y disfrutar de la realidad liberal democrática, gozando de suculentos sueldos y salarios en sus cargos de elección popular, aspirando secreta y no tan secretamente a destruirla ante el primer descuido. En el caso de Venezuela, saquear miles de millones de dólares para depositarlos en bancos capitalistas y disfrutar de la riqueza adquirida de la mano de Fidel Castro, mientras condenan a la miseria y la muerte a quienes los eligieron.  En Cuba solo fue capaz de aherrojar y esclavizar a un pueblo entero, durante sesenta años, sin siquiera darle a cambio con qué comer. Aniquilándole toda esperanza de libertad y progreso. En Nicaragua se salda tras décadas en la más espantosa crueldad. Bajo la locura de un matrimonio digno de las perversiones del Marqués de Sade. En Venezuela logró en tiempo récord el milagro de terminar con su fastuosa riqueza petrolera, siendo el primer reservorio petrolífero del planeta. Y en Chile, donde demostró una abrumadora incapacidad de gobierno y una vocación de suicidio ejemplarmente expresada por su máximo representante, Salvador Allende, renace de sus ruinas sin despertar el más mínimo escándalo público. Negándose a comprender lo que no requiere de anteojos: la insólita prosperidad que hoy vive la sociedad chilena fue construida no solo a pesar del castrocomunismo, sino combatiéndolo y aplastándolo con las armas. Frente a quienes se niegan a comprenderlo solo cabe recordar la maravillosa frase que encontráramos en los escritos del filósofo italiano Antonio Labriola, maestro del fundador del Partido Comunista italiano Antonio Gramsci: “Solo tú, estupidez, eres eterna.”

Vivimos un giro copernicano. Por primera vez, desde el primero de enero de 1959, América Latina toma plena conciencia del horror del castrocomunismo y del espanto que les espera a sus sociedades si no reaccionan frontalmente contra sus propulsores, los combate mortalmente y los arranca de raíz de las perversiones políticas dominantes. En Venezuela, si no hay otra alternativa, recurriendo a la intervención humanitaria de Estados Unidos al frente de la OEA y la comunidad democrática de naciones. Supondría un recomienzo tan trascendental como el que nos echara al mundo como naciones independientes. Es el imperativo categórico que la historia hoy nos impone. Terminar por abrirnos al liberalismo, el único sistema de convivencia que permite el progreso de las naciones.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/castrocomunismo-tercera-parte_243309

EL NACIONAL, Caracas, 29 de junio de 2018
Castrocomunismo y guerra civil: Venezuela en la encrucijada
Antonio Sánchez García

A Luis Almagro

1
Se trata de una documentación del Foro de Sao Paulo que ahora mismo circula libremente por la red, que puede ser consultada por cualquier hijo de vecino y que demuestra la absoluta impunidad con que el castrocomunismo, asentado en Cuba desde hace sesenta años, llama a la insurgencia de sus seguidores de la izquierda latinoamericana ante el silencio, la tolerancia e incluso la complicidad de todos los poderes fácticos de Occidente y que no ha cesado un solo instante de conspirar y poner todos sus esfuerzos en la liquidación del Estado de Derecho y la expansión del comunismo en América Latina, terminando por lograr su máximo objetivo: dominar todas las naciones de la región y cumplir con el mandato vocacional que Fidel Castro le jurara en junio de 1958 a su amante Celia Sánchez desde la Sierra Maestra: combatir hasta la muerte a Estados Unidos y no descansar un solo día en crear las condiciones para llevar a efecto ese máximo anhelo.

Salvo en esos años de extrema virulencia de la guerra de guerrillas y la lucha armada contra las democracias, cuando el Che intentara su extravagante y suicida aventura en Bolivia, los movimientos de ultraizquierda intentaran asaltar el poder en Brasil, Uruguay, Argentina y Perú y Salvador Allende pretendiera dislocar la historia republicana chilena e imponer una dictadura proletaria en la que fuera una de las más notables democracias de Occidente, cuando el gobierno republicano de Richard Nixon y su canciller Henry Kissinger apostaran todas sus fuerzas a combatir el embate del castrocomunismo en la región, lo único cierto es que tras el éxito de esa contraofensiva de los años setenta y ochenta, la región se durmió en sus laureles, los ejércitos se replegaron como avergonzados de haber cumplido con su deber y el despeje de las fuerzas del establecimiento, adormilados por la caída del Muro y la aparente derrota universal del comunismo soviético, permitieron el regreso “a paso de vencedores” de las fuerzas de la desintegración, la disolución y la anarquía, reorganizadas desde La Habana –el cáncer congénito y aparentemente invencible del castrismo– fortalecidas por la victoria del golpismo militarista en Venezuela, rebotada gracias a sus fabulosos ingresos petroleros en las victorias electorales en Ecuador, en Bolivia, en Perú, en Brasil, en Uruguay, en Argentina, en Colombia y en Chile. Alcanzando a coronarse incluso con la Secretaría General de la OEA, que por primera vez en su historia pasó a manos de un marxista: el socialista chileno José Miguel Insulza. Se dice fácil: es una hazaña de perseverancia y porfía, dictada por un objetivo estratégico superior que jamás ha dejado de alimentar a las izquierdas del continente. Así sus detractores no se hayan atrevido a sacar sus cabezas y asumir el desafío durante todos estos sesenta años de tolerancia.

2

Echo este largo cuento pensando en la preocupante advertencia del canciller chileno que citamos,[1] para que se comprendan algunos puntos de esencial importancia y poder valorar así la grave circunstancia que vivimos no solo los venezolanos, sino todos los países de la región,  y las inmensas dificultades que se encuentran en el camino de hacerles frente si dicha misión estratégica no es asumida plenamente por la comunidad internacional, como lo plantea el secretario general de la OEA y el Departamento de Estado de Estados Unidos, dejándola recaer en un solo país, el más castigado por esta crisis de índole multinacional, Venezuela:

1) el proyecto expansionista y totalitario del castrocomunismo sigue vivo y en plena actividad, más allá de la caída del Muro de Berlín, la debacle de las dictaduras satélites y la conversión de la tiranía china en un gigantesco emporio capitalista de Estado; la muerte de Fidel Castro, su principal gestor y la desaparición de la escena pública de su hermano Raúl Castro, primer heredero;

2) constituye el primer principio del tenaz y persistente mal del totalitarismo que amenaza a toda América Latina, anclado en los partidos comunistas y sus frentes de lucha legales e ilegales en cada uno de dichos países;

3) se ha anclado ya y ha echado raíces ante la absoluta pasividad internacional en Nicaragua y en Venezuela, zonas cuya liberación impedirá, como lo viene demostrando a diario, con todas sus fuerzas, aún al precio de masacres colectivas y a riesgo de su propia aniquilación;

4) es un problema de naturaleza regional, que no puede ni debe ser enfrentado localmente, exactamente como el mal que se quiere erradicar: un mal intrínsecamente regional de orden global y planetario. Que debe encontrar una adecuada respuesta a esos mismos niveles.

De allí la profunda preocupación que nos causan las declaraciones del ministro chileno de Relaciones Exteriores, Roberto Ampuero, cuando obedeciendo posiblemente a la ya superada y convencional doctrina de la no injerencia en los asuntos internos de nuestras naciones, que ha regido en el pasado, retrocede respecto de la que ya es doctrina sentada por la OEA y reforzada por la permanente prédica de su secretario general, el uruguayo Luis Almagro: nuestra comunidad de naciones debe impedir de manera activa, militante y categórica la deriva totalitaria y la pérdida de los principios democráticos asentados en nuestra carta democrática. Una doctrina que adquiere plena vigencia cuando una nación, como es el caso de Venezuela, se encuentra aherrojada por una tiranía que ha secuestrado todas las instituciones, ha pervertido la esencia de sus fuerzas armadas y dispone de todo el poder de fuego para afianzar la tiranía hasta la práctica extinción de las fuerzas opositoras. Máxime cuando dicha extinción ha sido precedida y facilitada por la brutal intervención de las fuerzas armadas cubanas y el control de nuestro aparato de Estado por sus altas autoridades. ¿Permitir la invasión de fuerzas de ocupación y no responder con los mismos medios, la misma fuerza y la misma presteza, escudándose en la no injerencia?

3

No significa esto que desconozcamos el centro axial de su argumentación: obviamente el peso fundamental de la lucha contra la dictadura de Nicolás Maduro recae en las propias fuerzas opositoras venezolanas, por menoscabadas que se encuentren. En particular en aquellas que jamás han perdido de vista la naturaleza dictatorial del régimen negándose por principio a alimentar falsas ilusiones, participar en diálogos inconducentes y servir de parapeto legitimador del tirano.  Naturalmente, el paquete de sanciones y las medidas que tome la comunidad internacional por castigar, aislar y combatir a la tiranía solo son el natural y necesario complemento para la propia lucha de liberación de los demócratas venezolanos. Pero en el contexto que mencionamos, la lucha combinada de las fuerzas internacionales y las fuerzas externas e internas de la propia oposición son de vital necesidad. Como lo vienen demostrando las sanciones, que si bien no agotan el abanico de posibles acciones, han contribuido y seguirán contribuyendo no sólo al aislamiento internacional de la tiranía sino al socavamiento de sus bases materiales y financieras. Empujándola incluso a una eventual retirada.

Estamos ante una exigencia, por cierto, refrendada por los sectores más conscientes y democráticos de nuestra sociedad, que reclaman a gritos por una intervención humanitaria, dada la crisis, falencia, fractura o inexistencia de fuerzas internas capaces de enfrentar el aparato político militar de la dictadura castrocomunista venezolana. Un hecho producto de la extrema crueldad con que ha procedido la tiranía, asesinando, persiguiendo, encarcelando, desterrando o imponiendo el exilio a quienes se ven obligados a huir para salvar sus vidas. Una trágica situación que se hiciera irreversible y algunos de nosotros reconociéramos ya a comienzos del año 2015, cuando manifestáramos que ante el virtual acuerdo del gobierno de Obama y del Vaticano en respaldar abierta o solapadamente a la dictadura de Nicolás Maduro nos veríamos obligados a recurrir al socorro de nuestras fuerzas amigas y poder así restablecer el Estado de Derecho en Venezuela. Situación que antes que disminuir, se ha agravado trágicamente en estos tres años transcurridos.

Si bien es cierto que en estos tres años ha habido notables cambios en la conformación política de la región –la salida de Barack Obama y Hillary Clinton del gobierno de Estados Unidos, de Rousseff y Kirchner, de Pepe Mujica, de Rafael Correa y de Michelle Bachelet al frente de algunos gobiernos de la región– y el afianzamiento del liberalismo, en su más amplia expresión, han logrado importantes avances con los triunfos electorales de Mauricio Macri y Sebastián Piñera, consolidados recientemente con la elección del candidato del Centro Democrático Iván Duque en Colombia, no es menos cierto que el muy probable éxito de las fuerzas filo castristas mexicanas en la figura de López Obrador vuelve a poner de extrema actualidad el embate castrocomunista más regresivo y retardatario en uno de los tradicionales enclaves del populismo en América Latina. En ese toma y daca del enfrentamiento ya secular entre dictadura o democracia se gana un espacio y se pierden dos. Es la tragedia de una región genéticamente enferma de populismo estatista.


Es el contexto macro político que se debe tener presente en todo momento y en todo lugar, para así acertar en el diagnóstico y el tratamiento de nuestra grave crisis regional: la lucha contra el castrocomunismo debe ser integral, amplia, constante y permanente. Librándose en todos los frentes. Y debe saber recurrir a todos los medios existentes, para vencerla sin dejar lugar a engaños. Es una guerra por nuestra supervivencia. Acertar y no equivocarnos es nuestro imperativo categórico y moral.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/castrocomunismo-guerra-civil-venezuela-encrucijada_241968
Fotografías:
Fidel Castro habla en el Congreso venezolano, 1959 (UPI): http://www.embajadacuba.com.ve/noticias/fidel-tomo-a-caracas-fotos/attachment/fidel-habla-en-el-congreso-de-venezuela-fotoupi-25-de-enero-de-1959/
Fidel Castro y Hugo Chávez en la localidad de Sandino (provincia de Pinar del Río):  https://www.pinterest.co.uk/fandegodard/fidel/
Fidel Castro y Rómulo Betancourt, junto a Francisco Pividal, embajador de Cuba en Venezuela (1959): http://notitotal.com/2016/11/26/recordar-asi-fue-la-primera-visita-fidel-castro-venezuela-video/
Miguel Díaz-Canel Bermúdez y Raúl Castro: https://moscovita.org/mosconews/cuba-hay-fidel-para-rato/
Repetición de la gráfica inicial.

viernes, 25 de mayo de 2018

FANTASMAS PÁLIDOS Y DESDENTADOS

Yo, el sesentayochero
Antonio Sánchez García 

“Es más fácil ponerse de acuerdo sobre lo que es el infierno que el paraíso”
Andre Glucksman
Pedro Mogna, in memoriam


Abro la edición especial de El País de España sobre la conmemoración del cincuentenario de Mayo del 68, del que recién me entero en este sábado de penurias, abrumado por esta dantesca pesadilla pos castrista: me encuentro con una colección de banalidades periodísticas que apenas rozan los estremecedores hechos que entonces protagonizáramos, con 27 años a las espaldas, en Europa, recibidos y rebotados desde el Muro de Berlín, en cuyos aledaños yo vivía, pero irradiados desde ese centro cordial de la revolución de los Beatles y los Rollings, Silvie Vartin y Johnny Holliday, Pierrot Le Fou y Monica Viti, Barbara y Jacques Brel, Pink Floyd y Charles Aznavour. No era el Palacio de Invierno ni el Cuartel Moncada: era La Sorbonne, el Quartier Latin, Nanterre y Vincenne, la Rive Gauche, el Sena, l’Odeon, Chatelet y el Boulevard Saint Germain, Luchino Visconti, Alain Delon y Claudia Cardinale, Godard y Federico Fellini. Hasta recibir como una bofetada la foto de Andre Glucksman, un sesentayochero parisiense de tomo y lomo que nos mostró el camino de la rebeldía dentro de la rebeldía desenmascarando la estafa marxista, viniendo a morirse, precisamente, en los comienzos de esta conmemoración, a la joven edad de setenta y ocho años. Merde alors!

Ha muerto el pasado fin de semana Pedrito Mogna, a los 73, que debe haber andado en esos tiempos de gloria por esos lados: la Place Saint Michel, el Quai des Grandes Augustins, esa orilla izquierda del Sena donde aún sobrevive L’Escluse, el tarantín en donde cantaban Barbara y Jacques Brel, no lejos de L’Escale, el tugurio subterráneo en donde cantaban Jesús Soto y Violeta Parra. Sucedió en Le Pont Neuf, Notre Dame y la librería de Francois Maspero. Nous etions tous des juifs allemands! Sería maravilloso imaginarse que en efecto, su fantasma burlón recorre les bouquinistes de la Rive Droite y la librería de Ruedo Ibérico, en donde encontrábamos a los viejos republicanos antifranquistas y su tozudo combate contra el imbatible Generalísimo. El índice desgastado de tanto golpearlo contra la mesa asegurando a los gritos que ese año sí que caía el tirano.  Se murió de viejo. Como Fidel y Stalin, Mao y Augusto Pinochet. Los malos se mueren en sus lechos, no rendirán jamás cuenta de sus crímenes, salvo en Libia y en El Cairo, en Pakistán y en Berlín.

Por allí currucuteábamos con nuestros compañeros de andanzas: Rudi Dutschke, Gastón Salvatore, Danny el rojo,  Gudrun Ensslin y Bernward Vesper-Triangel. Por esas callejuelas torcidas que trataban de imitar el zoco de Marraquech o los barrios del Pireo, en donde olía a cous cous y a chawarma, a cordero y queso de cabra, a salchicha con salsa de Dijon, a pizza, a resina, a Atenas y Alejandría. Paris se había convertido, por primera vez en su historia desde 1789, en la capital mundial de la revolución. La Habana era una alpargata. Moscú, un museo de cera. Pekin, una ilusión óptica. Era en Paris, era en Mayo, era en 1968. En el bulevar de los adoquines.

Yo vivía en Berlín, no en Paris. Y en mi memoria estaban Rosa Luxembourg y los espartaquistas de la revolución muniquense de noviembre de 1918. Teníamos suficientes antecedentes intelectuales como para no intimidarnos cuando venían los compañeros del 5eme  a participar en el Vietnam Kongress que organizamos en enero de ese año glorioso. Daniel Cohn-Bendit era un joven discípulo judío alemán que solía visitarnos en la sede de la JUSO, Las Juventudes Socialistas, en la Kurfürstendamm. Tampoco me interesaban Sartre o George Bataille, Henry Lefebre o Michel Foucault, Jacques Lacan, Lucien Goldman o Claude Lévy-Strauss. Muchísimo menos el estructuralismo y Louis Althusser con su marxismo latoso, de ferretería. Nos sobraba de teoría crítica y marxismo auténtico con Herbert Marcuse y Ernst Bloch, Theodor Adorno y Jürgen Habermas, Günther Grass y Bertolt Brecht. Ansiosos por rescatar la memoria de la revolución bolchiveque habíamos rescatado del olvido a Georg Lukács y a Karl Korsch, imprimiendo a mimeógrafo en noches de cervecería, enfrentamientos con la policía y Penny Lane, Historia y Conciencia de Clase o Marxismo y Revolución. Para estar a tono con Mary Quant y la libertad sexual, también reprodujimos a estencil, en 1967, Die Funktion des Orgasmus, La Función del Orgasmo, de Wilhelm Reich. Y nos fajamos a estudiar a Freud y el psicoanálisis, para descifrar el laberinto de nuestros antepasados, las claves del autoritarismo, la esencia del nazismo. Volvíamos a las nostalgias del matriarcado. Fuimos militantemente anti autoritarios, anti militaristas, anti estalinistas, antiburgueses.

Fueron los años más apasionantes de la historia de la pos guerra europea. Años de ruptura existencial, de rechazo total al tradicionalismo castrador de la vieja vida universitaria europea, años de desenfado, de irrespeto, de heterodoxias. Años real y verdaderamente revolucionarios. Es cierto: de revolucionario en el sentido estrictamente político y marxista del término, fueron años de espuma y aromas revolucionarias. Superestructura pura. Sin una gota de proletariado ni campesinado. Y por lo mismo: auténticamente liberadores. Cuando llegó la derrota, acompañada de dolorosas experiencias individuales y colectivas, a mediados del 69, nos vimos náufragos de la nada, nuestras relaciones familiares destrozadas, cubiertos de fracasos académicos, con ilusiones rotas y las manos vacías. En rigor habíamos sido víctimas de nuestros delirios, sacudidos hasta  la médula por las experiencias psicodélicas, borrachos de ideología y locura, la melena en los hombros, un mareo devastador y la sensación de haber pasado unas vacaciones en el paraíso. De regreso a los infiernos. Sin nada en las manos.

Como Sísifo: ascendimos hasta las alturas para deshacernos del fardo de las tradiciones y volvimos a caer con los brazos quebrados y las alas rotas, como el Ángel Nuevo de Paul Klee. Ni la música, ni la literatura, ni la vida cotidiana serían lo mismo. Habíamos logrado sacudirlo todo de raíz. Y cuando la polvareda volvió a decantarse y el mundo reapareció con el látigo en la mano para demostrar que era inmodificable y que la estupidez, como lo dijese el filósofo italiano Antonio Labriola, maestro de Gramsci, era la única realidad que podía desafiar eternidades.

Muchos años después, ya caraqueño y de paso por Berlín, descubrí que los fantasmas del 68, pálidos y desdentados por el abandono y la drogadicción, seguían vagando por las esquinas, viviendo en comunas, durmiendo interminablemente en cuartos malolientes a sahumerio y haschich, rodeados de tejidos hindúes y música oriental, prisioneros de un mundo definitivamente perdido, extraviados en el naufragio. Me abrieron los brazos y me dijeron, con lágrimas en los ojos, como si el náufrago, el que venía cuarenta años después desde Caracas, hubiera sido yo, “willkommen, achtundsechszigler”, bienvenido sesentayochero.

No pude contener las lágrimas.

Fuente:
http://www.opinionynoticias.com/internacionales/32547-sanchez-garcia
Fotografías:
Daniel Cohn-Bendit: https://www.gettyimages.de/ereignis/gamma-weekly-bucket-481105319
Manifestación contra la guerra de Vietnam: https://www.pinterest.co.uk/pin/561753753494255608/

¿EL ESPECTRO DE RICHARD SORGE?

Mayo del 68: una nueva izquierda burguesa
Agustín Laje

En los 60, el malestar era moneda corriente en las izquierdas que procuraban desplegar una política radical en aquellos lugares del mundo que ya habían ingresado en la llamada “fase avanzada del capitalismo”. Y había, al menos, tres motivos para ello.

Primero, la clase obrera había sido integrada al sistema de mercado tras el sustancial aumento de riqueza que trajo la denominada “época de oro del capitalismo”. Segundo, en el proceso de trabajo, la energía mental pasó a ocupar un lugar cada vez más destacado en detrimento de la energía física, lo que afectó a la clase obrera en términos de cantidad, cohesión e identidad. Tercero, la propiedad se separó de la administración, lo que hizo que la estratificación social, lejos de simplificarse, se volviera más compleja.

De tal suerte, las esperanzas del advenimiento socialista se derrumbaban allí donde, conforme al marxismo clásico, debería llegar más rápido: en el mundo capitalista avanzado. Lo que se veía era exactamente lo contrario: socialismo en sociedades que ni siquiera se habían industrializado, como la cubana.

Pero la crisis de la izquierda pasaba, además, por otro lado. Stalin había muerto hacía no mucho, Khrushchev lo había condenado públicamente en 1956, y sus monstruosos crímenes ya eran tan patentes para todos que mirar para el costado no siempre era posible. La Unión Soviética, después de unas cuantas décadas de socialismo real, no se parecía al “reino de la libertad” que preanunciaba Marx; en rigor de verdad, parecía todo lo contrario.

Mayo del 68 no fue, en efecto, una simple reacción juvenil contra la “sociedad establecida” que la “expulsaba del sistema”, tal como se presenta a menudo. Fue, ante todo, la respuesta que la izquierda occidental se dio a sí misma con el objeto de reacomodarse en la historia, renovar discursos, luchas y estrategias allí donde ningún Che Guevara tendría jamás oportunidad alguna para hacer la revolución socialista: el Primer Mundo.

Si bien las rebeliones juveniles iniciaron en universidades norteamericanas, el epicentro pasó rápidamente a Francia. Los protagonistas del 68 no fueron las clases subalternas, sino estudiantes provenientes de la burguesía que, liderados políticamente por Daniel Cohn-Bendit e inspirados intelectualmente por Herbert Marcuse, se lanzaron a la aventura de “negar la totalidad”.

Si la izquierda tradicionalmente había puesto el foco en modificar la estructura económica de la sociedad, de lo que se trataba ahora para la nueva izquierda era de subvertir la superestructura cultural

El propio Cohn-Bendit, en diálogo con Jean-Paul Sartre, lo dejó bien claro: “Lo importante no es elaborar una reforma de la sociedad capitalista sino lanzar una experiencia de ruptura completa con esta sociedad; una experiencia que no dure pero que deje entrever una posibilidad: se percibe algo, fugitivamente, que luego se extingue”.

Efectivamente, la experiencia no duró mucho. Apenas algunas semanas. Pero el sistema cultural quedó marcado a fuego. Los estudiantes no buscaban ninguna reforma institucional, política o económica concreta: la crisis universitaria fue utilizada como la chispa necesaria para iniciar el fuego que debía convertir en cenizas a la sociedad. Las consignas que se pintaban en las paredes denotaban esta falta total de proyecto político: “¡El fuego realiza!”, “Olvídense de todo lo que han aprendido, comiencen a soñar”, “Decreto el estado de felicidad permanente”, “¡Roben!”, “¡La pasión de la destrucción es una alegría creadora!”, “Mis deseos son la realidad”, “La imaginación al poder”, “Acumulen rabia”, “Lo sagrado: ahí está el enemigo”, “No vamos a reivindicar nada, no vamos a pedir nada. Tomaremos, ocuparemos”, “Tomen sus deseos por realidades”, “Seamos realistas: pidamos lo imposible”.

En el fondo resonaban Marcuse y el papel que este había asignado a la “fantasía” y la “imaginación” (en su Eros y civilización y, posteriormente, en Un ensayo sobre la liberación)como fuerzas subversivas de la negación. La nueva izquierda abandonaba así cualquier intento por presentar un proyecto positivo de sociedad; su proyecto es, sencillamente, la destrucción de la actual. El papel de la ciencia, que la vieja izquierda reclamaba para sí invocando el materialismo dialéctico, es apartado por completo; el arte y no la ciencia, la imaginación y no el pensamiento clarificado, son los encargados de conducir la destrucción. Ante la pregunta sobre la posibilidad de institucionalizar su movimiento, Cohn-Bendit respondía por entonces: “Es preciso evitar la creación inmediata de una organización o definir un programa que serían inevitablemente paralizantes. La única oportunidad del movimiento es justamente ese desorden”.

La experiencia del 68 no tiene nada que ver con una lucha de clases. Los motivos no son económicos sino culturales. El sujeto político no es el obrero: es el estudiante. La revuelta no se ajusta a ninguna contradicción entre clases; el análisis marxista clásico, por lo tanto, tacha de “aventurerismo” lo que está ocurriendo. Por esa razón el Partido Comunista Francés repudia en primera instancia a los estudiantes. Por esa razón, asimismo, los obreros se mantienen al margen durante varios días, mirando con indiferencia, a pesar de ser insistentemente convocados. Pero cuando la situación se hace insostenible, la clase obrera y la vieja izquierda se suben a un carro que ya estaba andando, aunque no con el fin de “negar a la sociedad”: el objetivo es apenas sacar réditos corporativos de una agitación de magnitudes alevosas que ya estaba en marcha.

Los estudiantes escriben en las paredes: “Una sociedad que ha abolido toda aventura hace de la abolición de esta sociedad la única aventura posible”, pero a los obreros no les interesa la aventura, solo quieren aprovechar la tormenta política para exigir salario mínimo. Los estudiantes escriben en las paredes: “Todo es nada” como forma de despreciar la abundancia, pero los obreros quieren más que nada, los bienes materiales los gratifican, y por ello aprovechan la situación para lograr beneficios corporativos que les provean de mayor abundancia. Los estudiantes escriben en las paredes: “No queremos un mundo donde la garantía de no morir de hambre se compensa por la garantía de morir de aburrimiento”, pero ningún obrero se moviliza por el aburrimiento, sino por motivos económicos bien tangibles. Los estudiantes escriben en las paredes: “Hay que cambiar la vida”, pero los obreros solo quieren cambiar de automóvil. Ellos no desean pedir lo imposible, sino lo posible; desean lo concreto, no lo fantasioso. Y es por ello que, ni bien se da la oportunidad, firman acuerdos con el Gobierno de De Gaulle y se desmovilizan.

Se suele decir que el Mayo Francés fracasa porque no logra cambiar el sistema económico y político. Esta opinión se deriva de un mal análisis del fenómeno. Nadie puede fracasar en cosa que jamás se ha propuesto. Los objetivos fueron bien distintos. La cultura es el “pegamento”, al decir de Louis Althusser, que mantiene unido al edificio que los marxistas llaman sociedad. El cambio radical que se inició en mayo del 68 fue cultural: no apuntó directamente a las estructuras materiales, sino al pegamento que las mantenía unidas.

El terreno donde este cambio se opera, no obstante, es mucho más difícil de medir que el terreno económico y político. Los cambios en la dimensión cultural se producen, además, con mayor lentitud que en otras dimensiones: la revolución económica puede concretarse inmediatamente tras la conquista armada del Estado por una clase social determinada, pero la revolución cultural implica un proceso de largo plazo que no se agota en la coerción y, por ende, en la conquista del Estado, sino que necesita, diría Antonio Gramsci, altas dosis de hegemonía. Y los líderes estudiantiles tenían bien claro lo que buscaban. Como supo arremeter Cohn-Bendit: “Nada de esto tendrá lugar mañana mismo, pero algo hay que se ha puesto en marcha y que proseguirá”. Ese algo que se puso en marcha hoy es considerado por muchos historiadores como parte de un punto de inflexión que supuso el fin de una etapa y el inicio de otra: la posmodernidad.
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Mayo del 68 plantea, en estos términos, una revolución moral, estética y sexual. Se trata de la negación de los valores que sostienen a toda una civilización, de una nueva forma de concebir y sentir el mundo y, por supuesto, de una desublimación radical que se expresa en un graffiti famoso de la época que decía así: “Cuanto más hago el amor, más quiero hacer la revolución, cuanto más hago la revolución, más quiero hacer el amor”. El 68 abandona los grandes relatos y lleva la política a la intimidad, disolviendo la frontera que separa lo público de lo privado: cosa tan íntima como la sexualidad, por ejemplo, se vuelve un asunto político; la relación con el padre deviene políticamente antagónica. Se trata de una protesta radical contra toda jerarquía, contra todo principio de autoridad y contra toda tradición. Pero es un cuestionamiento, también, a las formas ya oxidadas de una vieja izquierda desmovilizada, absorbida por el parlamentarismo, que no sabe, ni puede, ni quiere adaptarse a las nuevas condiciones de lucha de un mundo que ha cambiado.

Y el Estado reacciona conteniendo y reprimiendo la violencia juvenil, pero no puede desactivar la subversión cultural que se ha echado a andar. En efecto, esta última no le parte la cabeza (de momento) a ningún policía ni levanta barricadas con automóviles en llamas; tampoco condiciona la reelección del político de turno, ni amenaza con expropiar de la noche a la mañana al empresariado. Por lo tanto, nadie parece verla ni sentirla, aunque esté justo ahí, frente a todos. Avanza milimétricamente cada día y por eso no se nota o, si se nota, no incomoda.

Mientras sus colegas de la Escuela de Frankfurt, Theodor Adorno y Max Horkheimer, miraban con desconfianza lo que sucedía, Marcuse se llenaba de esperanzas y dictaba conferencias para la juventud rebelde, decretando el abandono de la clase obrera como sujeto revolucionario. Por aquellos días, en Vancouver, este recomendaba que se movilice “a la clase media y no al proletariado” porque este “probablemente sea el último grupo social dispuesto a escuchar y el último que tenga motivos para hacerlo”.

Para Marcuse hay un antes y un después. El 68 es un punto de inflexión para la izquierda misma y su estrategia a futuro: “Pienso que hay una cosa que podemos afirmar con seguridad: se acabó la idea tradicional de revolución y la estrategia tradicional de revolución. Estas ideas son anticuadas”. La “New Left” norteamericana, la “nouvelle gauche” francesa y las nuevas izquierdas nacientes en las sociedades capitalistas avanzadas en general muestran el camino por el cual debe conducirse un proyecto izquierdista adecuado a los tiempos que corren: ese camino se llama cultura y su negación es la raison d’être.

A medio siglo de estos sucesos, pareciera sin embargo que estuviéramos escribiendo una columna de coyuntura. Mayo del 68 es más presente que pasado, y se expresa hoy en una juventud alienada que no sabe lo que quiere pero lo quiere ya; que no vacila en vestir la remera del Che Guevara mientras agita banderines de la diversidad sexual, sin advertir la patética contradicción; que se coloca un pañuelo verde en el cuello mientras corporaciones abortistas como Planned Parenthood se frotan las manos; que exclama “muerte al macho” allí donde desear la muerte al capital sigue siendo una expresión de deseo pero, admitámoslo, suena un poco demodé para quienes la rebeldía devino en el último grito de la moda burguesa.

Fuente:
https://prensarepublicana.com/mayo-del-68-una-nueva-izquierda-burguesa-por-agustin-laje
Fotografía: Herbert Marcuse en un acto de la Universidad Libre de Berlín (Getty), en: César Ruendeles. "La Escuela de Fráncfort y el ‘cóctel Molotov’": https://elpais.com/cultura/2018/02/21/babelia/1519212881_011387.html

domingo, 19 de noviembre de 2017

VIEJOS HOMBRES, VIEJOS IDEALES, VIEJOS PROCEDIMIENTOS

De la célula fundamental del régimen
Luis Barragán

Recientemente, en el marco del curioso y harto prolongado Estado de Excepción que padecemos, Maduro Moros decretó e instaló los llamados Consejos Productivos de Trabajadores y Trabajadoras (CPTT) que los supondrá presentes y activos en 660 empresas privadas y 144 públicas, tributarios de la Gran Misión de Abastecimiento Soberano (GMAS).  Señaló en El Poliedro de Caracas, escenario exclusivo de todo acto oficial y oficioso, que deberán posicionarse como “una instancia de poder” para elevar la producción y la productividad, en consonancia con la llamada Agenda Económica Bolivariana.

La única premisa nos remitiría no sólo a la constante y sofocante burocratización del régimen, sino a la imposición de un sistema de reglas reñido con la más elemental noción de Estado de Derecho, lesionado desde sus propios orígenes habida cuenta del otrora control gubernamental del parlamento, del más obcecado que ha ejercido sobre el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) y, no faltaba más, de las reiteradas habilitaciones presidenciales. La sola denominación de los programas y entidades, propios de un lenguaje de la devastación económica, nos remite mejor a Comala de Juan Rulfo que al Macondo de Gabriel García Márquez o  Yoknapatawpha de William Faulkner.

Anuncio y (des) consuelo

Anunció el decretante (https://www.youtube.com/watch?v=aLdfyddmoOA), una nueva etapa del socialismo, asegurando la iniciativa como propia de la clase obrera que, en la empresa Cacique Maracay, por ejemplo, asumió el control con la ayuda del gobierno, tras el abandono de los capitalistas, aunque – buen saludo a la bandera -  criticó el sentido burocrático en el ejercicio del liderazgo y la corrupción. Intervino también el general Vladimir Padrino, coordinador nacional de la GMAS, quien saludó la iniciativa como “demostración de la más perfecta expresión de la unión cívico-militar (..) porque el socialismo hay que territorializarlo y lo primero que tenemos que territorializar es la conciencia de la clase obrera”, realizado un esfuerzo conjunto entre  la Universidad Militar Bolivariana y el ministerio del Trabajo para incidir desde el concepto filosófico hasta lo más táctico o elemental en los procedimientos de la instancia (re) creada.

La novísima etapa es la de la productividad y, en consecuencia, la clase obrera ha de convertirse en fuerza productiva dirigente, pues, ella, organizada, es la gran vacuna y medicina, a la vez, contra el sida capitalista, la economía criminal  y parasitaria.  Huelga comentar en torno a la insólita lumpenprolerización del país en lo que va de siglo, y el escaso o existente respaldo que tiene el socialismo, precisamente, en la clase obrera que apenas le sobrevive.

Interpelación desde el marxismo

Ahora bien, la mayor ventaja de un régimen que no esconde su naturaleza y vocación marxista, es la de verse relevado de toda crítica desde la perspectiva de esta escuela. Podemos cuestionarla desde el estricto ámbito jurídico y económico, mas no renunciar a una aproximación política e ideológica, por mucho que hoy, como no ocurrió ayer,  sea considerada como toda una veleidad académica.

Por lo visto, distinto a la experiencia cubana, Venezuela cuenta todavía con grandes ventajas comparativas para reindustrializarse y, luego del monumental retroceso experimentado, insuficiente la  renta petrolera mil veces devorada en esta centuria tan inútilmente, atisban, intuyen o presienten que, a largo plazo, no queda otro camino. Excepto, el disparo imprevisto y recurrente de los precios del barril, aunque no haya políticas, planes y condiciones concretas que deban materializar a los fines de la supervivencia del propio régimen al que no le bastará sus incursiones en la economía delictiva, ensayará la vía de la industrialización forzada o, como fue denominada en la extinta Unión Soviética, estajanovista. Sin embargo, en lugar de idear y plantear esas políticas, planes y condiciones, comienzan por el control hegemónico de las empresas, principalmente públicas y provisoriamente privadas, esbozadas como las células fundamentales en las que debe intervenir  el dispositivo cívico-militar para modelarlas.

Fordismo o taylorismo aparte, concebido el socialismo como el lógico  e inevitable paso siguiente al capitalismo – por supuesto – industrializado, Antonio Gramsci concibió los consejos de fábrica (CF) como las células fundamentales de la revolución, organización básica de la vida social del trabajador, el organismo de base representativo y no burocrático, embrión del nuevo Estado, constitutivo y decisivo, convertido en una institución de carácter “público” frente al carácter “privado” del partido (AG: 101).  Estimaba que, al expresarla, “el Estado socialista existe ya potencialmente en las instituciones de vida social características de la clase obrera explotada”, pues, “la dictadura del proletariado es la instauración de un nuevo Estado, típicamente proletario, en el cual confluyan las experiencias institucionales de la clase obrera, en el cual la vida social de la clase obrera y campesina se convierta en sistema general y fuertemente organizado”, subrayando que “ese Estado no se improvisa”  (ibídem: 59, 62).

Vale decir, hay una relación hipotética de continuidad, garantizando el control de la producción, aunque también la independencia frente al partido y al sindicato, según la “delimitación crítica” que la interpretación gramsciana hace de los CF (MMR: 125). Por consiguiente, es válido afirmar que los CPTT constituyen una entelequia en la Venezuela deliberadamente desindustrializada de las últimas décadas, un aparato preventivo de control hegemónico en un país que no produce y que se cree que puede producir, por la ruta demasiado improbable de los incontables decretos, salvo que se  imponga la definitiva militarización del trabajo que explica la intervención de la Fuerza Armada en una materia ajena a su especialidad.

Por lo demás, aspiraba el sardo,  “los nuevos métodos de trabajo son inseparables de un determinado modo de vivir, de pensar y de sentir” (AG: 475). Obviamente, no hay mayor novedad que la desaparición o aniquilación misma del proletariado por el régimen socialista del XXI,  por lo que habría que preguntarse cuál es su célula fundamental, anuncio y resultado de un modo de vivir, pensar y sentir.

Ante los CF gramscianos, los soviéts del bolchevismo, o los comités de defensa de la revolución del castrismo, podemos indagar sobre la preeminencia del modo de vivir, pensar y sentir, hacer o deshacer, de la presidencia de la República, del alto mando militar, la cúpula del PSUV sindicalmente incapacitada, de las juntas comunales, de los llamados colectivos armados, de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP), o, ahora, de los CPTT. Quizá del aparato publicitario y propagandístico del régimen,  aunque habría que apuntar a las posibilidades reales de inclusión, como a la función económica y represiva que desempeñan para la citología política que deseamos.

Conjeturas

Toda célula ha de apostar por su multiplicación, consistencia y eficacia, dispuesta a abrir las puertas a la participación desde la base, por lo que evidentemente sólo pueden ser concursables las juntas comunales, los colectivos, los CLAP y los CPTT, como sostenes del proceso. Requieren de un crecimiento de comprobadas voluntades sectarias, dispuestas a  cualesquiera tareas políticas encomendadas, donde ha fallado el partido, como suele ocurrir con todo artificio eminentemente presupuestario, por lo que quedan los CLAP y las perspectivas muy distantes de los CPTT, ya que las juntas comunales están contaminadas por los adversarios, fracasado el subsidio masivo y directo de los adherentes, exponiendo los colectivos  requisitos algo   especiales de pertenencia.

En una economía empedernidamente rentista, el modo de vivir, pensar, sentir, hacer y deshacer, por excelencia, compromete a dos sectores delincuenciales extremos y excluyentes, favores concedidos aparte, como la boliburguesía y los pranes, expresiones sociales que resultan de esta particular lucha de clases que el socialismo de la centuria ha parido. La “democratización” directa e indirecta del subsidio, convierte a los CLAP en un atractivo, así fuere de limitada composición, pues, abre una vía distinta para la comercialización en el prometedor mercado negro y, a la vez, la intervención de los elementos partidistas y militares,  complementan las tareas de inteligencia y de represión que adelantan los colectivos.

Del radical divorcio entre los hechos y la prédica que, por cierto, cada día adquiere una mayor franqueza, se desprende que la célula fundamental del socialismo venezolano radica en el “guiso” y sus  formas y fórmulas alcanzadas, por lo que Gramsci es una noticia irreal e indeseada, como una simple manía retórica de Jorge Giordani. Por cierto, al principiar los ’90 del ‘XX, denunciando el riesgo de generar un Estado más autoritario en Venezuela,  Mujica Ricardo apostaba por la comprensión de fenómenos como la burocracia y el bonapartismo, y comentaba sobre la práctica política que negó la complejidad y heterogeneidad de las fuerzas sociales y del mundo real, constatando que las propuestas teóricas marcadas por el neoliberalismo tenía más fuerza que las del marxismo. Empero, presumimos, es el actual Ambassadeur de la République bolivarienne du Venezuela en France et auprès des Principautés de Monaco et d’Andorre.

Referencias:
GRAMSCI, Antonio (1968) “Antología” [Selección, traducción y notas de Manuel Sacristán]. Siglo XXI Editores. México, 1978.
MUJICA RICARDO, Michel (1994) “Democracia sustantiva, democracia formal y hegemonía en Antonio Gramsci (el fenómeno del americanismo y del fordismo)”. Academia Nacional de la Historia, Caracas.

Imágenes: Tomadas de la red. Ilustración de AG:  https://www.amuyshondt.com/2017/07/apuntes-sobre-el-pensamiento-politico-estrategico-de-antonio-gramsci-jaime-pastor/

20/11/2017:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/31365-regimen