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lunes, 30 de diciembre de 2019
REPORTE GARAUDY
Breve nota LB: El caso Garaudy ha quedado pendiente desde hace mucho tiempo, pues, se le conoció en la prensa venezolana y, aunque ahora no podemos calibrar su importancia en ella, recordando - otro ejemplo - a Marcuse, tuvo un impacto importante. Además de reconocido intelectual en el otrora prestigioso PCF, fue un importante dirigente político que pasó por el parlamento. Posiblemente, pocos lograron atisbar esa conversión al cristianismo que después lo llevó al islamismo.
Fue una autoridad para la polémica, contrariada por las autoridades ideológicas de la extinta URSS. Entre los varios títulos conservados en casa, está - a modo de ilustración - "El marxismo y el renegado Garaudy" de J. Momdzhián, nada menos que de Editorial Progreso (Moscú, 1974), en el que se lee: "Garaudy trata de persuadirnos de que el cristianismo moderno se ha depurado al fin de todo lo que, a menudo, hacía de él opio", citando el Concilio Vaticano II.
Descubrir al autor, finalizando los '70 del 'XX, se hizo entusiasmo y, a la vez, con el tiempo, interés por una tragedia personal del intelectual que hace la política cotidiana. Inadvertidamente, guardamos apuntes de la lectura de la vieja prensa y ha faltado tiempo para buscar las notas sobrevivientes y arribar a alguna conclusión respecto a su influencia en los cambios o supuestos cambios de una izquierda que emergió - una - de la derrota insurreccional, cuestionándose, y - la otra - deslizándose por debajo de la mesa hasta llegar al poder, por ironía, intacta en sus creencias y traumas, con el paso de las décadas.
Reproducción: Pancho Graells para una entrevista de Bertrand Poirot-Delpech a Roger Garaudy de 64 años de edad: "El porvenir es algo que se inventa". El Nacional, Caracas, 23/10/1977.
domingo, 2 de julio de 2017
CAZA DE CITAS
"Yo no podía evitar una sensación de irrealidad: los escritores en Miraflores diciendo al Presidente, que escuchaba con atención, todo lo que la guerrilla de los años sesenta gritaba clandestinamente ..."
José Balza
("El otro de Miraflores", 1992, en: "Ensayos crudos", Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 2006: 87)
Fotografía: http://presidentecarlosandresperez.blogspot.com/2015/05/blog-post.html
José Balza
("El otro de Miraflores", 1992, en: "Ensayos crudos", Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 2006: 87)
Fotografía: http://presidentecarlosandresperez.blogspot.com/2015/05/blog-post.html
domingo, 5 de octubre de 2014
LLAMADO
Del espacio equilibrante
Luis Barragán
Asistimos a la misa dominical atentos a la parábola de los viñadores asesinos, celebrada en la capilla de una escuela privada. En dos oportunidades, el sacerdote imploró por el eterno descanso del Comandante Chávez (SIC) y del diputado Serra.
Nos contuvimos al escuchar ambas alusiones, citando inmediatamente a los 42 muchachos caídos en la consabida represión de principios de año, por varios motivos: está el de perdonar las ofensas como también perdonamos a los que nos ofenden, y la necesidad de no romper con un espacio de equilibrio como ha de ser el de la feligresía católica. Digamos, es natural que un sacerdote o un feligrés pida por quien mejor le parezca en el marco de una irreductible pluralidad, pero resulta imprudente que se le califique de “comandante”, dándole una innecesaria connotación política, en vez de llamarlo por su nombre de pila o, si se quiere, por el que civilmente está registrado, como el que más.
El asunto nos remite a la consabida campaña de odios y manipulaciones que, a propósito del terrible homicidio del parlamentario, lejos de atenuar, ha recibido un insólito impulso del oficialismo. Rogamos por el eterno descanso de las dos figuras, como cristianamente podemos hacerlo por los inocentes 42 jóvenes en cuestión, pero también pedimos a Dios porque la Iglesia sea un espacio equilibrante y de plena manifestación de la fe no contaminada por las más extraviadas coyunturas terrenales.
No tardamos en lamentar el homicidio del diputado Serra, a pesar de las diferencias políticas e ideológicas, pidiendo por su eterna salvación. E, incluso, aunque fue demasiado injusto al responder a nuestro discurso en la cámara, apelando a un acostumbrado libreto de infructuosa descalificación personal: aparecimos en el video de su última intervención, soportando estoicamente sus ataques, repetido incansablemente por las emisoras televisivas del Estado, sin que contásemos con la ocasión de exponer nuestro discurso que se mantuvo entre los límites de la sobriedad, objetividad y ponderación que intentamos cada vez al hablar en la Asamblea Nacional.
Insólita ha sido la campaña desatada por el gobierno, luego del crimen. Sigue afilando y removiendo las emociones de sus seguidores más vulnerables, incitándolos masivamente al odio y a la venganza, sin probar la autoría material ni intelectual del macabro delito: necesitamos de los espacios equilibrantes y, por más simpatías políticas que exponga un sacerdote, de su delicadísima misión pastoral.
Fotografía: LB, Plaza Altamira, en recuerdo de los jóvenes caídos en 2014.
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Tolerancia
jueves, 1 de septiembre de 2011
NO DECLARADA
EL PAÍS, Madrid, 29 de Agosto de 2011
TRIBUNA: AURELIO ARTETA
¿Prohibimos o toleramos?
Tras la feroz matanza de Noruega, la pregunta brota inevitable: ¿debemos permitir o prohibir la difusión de las ideologías que alientan conductas criminales como esta? Ya es un paso adelante caer en la cuenta de que las ideas suscitan o modelan nuestras emociones y deseos y, por tanto, guían nuestra conducta. Porque se sigue diciendo como si tal cosa que cada cual piense como quiera, y eso solo puede proclamarse si se supone erróneamente que nada de lo que el otro haga tendrá que ver con lo que piensa o que no afectará a nuestros derechos. Es otra variante tonta del tópico de que una cosa es la teoría y otra la práctica. La observación más común se encarga a cada instante de desmentir ambos supuestos, pero ni aun así nos aprestamos a revisar las ideas que nos parecen nefastas. Pues entonces tropezaríamos con un nuevo prejuicio, el nihilismo arraigado en la mentalidad ambiental: que nadie puede arrogarse juzgar el pensamiento de nadie ni coartar su libertad de expresión, porque todos los códigos morales son relativos a las respetables creencias de sus sujetos...
Nada más estúpido que invocar el pluralismo para dar alas a quienes quieren acabar con él. Lo que no podemos es aplaudir ni desentendernos de la exhibición pública de ideas tóxicas
Dejemos en paz esas ideas, como las científicas o las referidas a gustos culinarios, que ni orientan nuestra existencia ni suelen enfrentarnos a muerte al prójimo. Pero adviértase que las otras ideas, las morales y políticas, no son repudiables tan solo cuando incitan al asesinato. Son malas también si justifican la explotación laboral o sexual, los abusos de poder, los tribalismos identitarios, el conformismo frente a la injusticia..., tantas cosas cuya lista sería interminable. Ya es hora de abandonar ese perezoso simplismo de que lo único malo en la vida pública es la violencia y que todo lo demás debe ser permitido. "Sin violencia todas las concepciones son legítimas", se ha repetido a coro en nuestro país ante el terrorismo. Pues no: aunque él mismo no hubiera disparado un solo tiro en su vida, la concepción política del señor Breivic desbordaría ilegitimidad por todos lados.
Es decir, solo comprendemos la maldad de ciertas ideologías cuando palpamos, a posteriori, sus efectos más virulentos y sanguinarios. Solo entonces empezamos a asustarnos, nunca antes. Al parecer no importa ni el veneno previo que han ido inoculando en la sociedad en sus sectores más sensibles, ni el desarme intelectual y moral que traen consigo. Y estos últimos son estragos incluso peores que los crímenes, no solo por ser mucho más extensos y ordinarios, sino también porque pasan sin réplica y acaban propiciando aquellos mismos crímenes.
La atmósfera prenazi (y pronazi) se formó gracias a la difusión de su ideología y al conformismo de esos pasivos "espectadores" que fueron los alemanes en su mayor parte. Las mentes más lúcidas de aquel momento han reconocido que desdeñaron a Hitler, ni siquiera se tomaron la molestia de leer Mein Kampf y, en consecuencia, no sabían después hacer frente al ideario nacionalsocialista.
La atmósfera abertzale vasca se ha gestado durante 50 años de siembra sistemática de dogmas etnicistas, de tergiversación de la Historia, de sumisión por parte de una izquierda confusa... y de silencio. Todo se callaba, salvo (y eso ya en épocas tar
-días) el atentado mortal; solo se condenaban los medios brutales, mientras los fines y sus dogmas básicos permanecían intocables. La mayoría aún no ha entendido que el mal causado en esa sociedad por ETA no acababa en sus asesinatos ni acabará con la desaparición de la banda. ¿O es que no lo estamos viendo en sus últimos herederos?
Podremos dudar entre tolerar y prohibir la exhibición pública de ideas tóxicas. Lo que no podemos es aplaudirlas ni desentendernos de ellas; pero entre nosotros han sobrado aplausos y prudencias harto interesadas. En casos extremos no cabe descartar la prohibición de una doctrina, programa o agrupación políticas que vomitan abiertamente contra los valores democráticos primarios y, por tanto, contra la libertad e igualdad de los ciudadanos o de un grupo particular de estos.
Ni el derecho a la vida es el único del catálogo ni el "prohibido prohibir" deja de ser un lema tan enfermizo como incoherente. Nada más estúpido que invocar el pluralismo para permitir decálogos o partidos que pregonan sin tapujos su intención de acabar con ese pluralismo. El pluralismo no tiene por qué acoger todo lo plural, por lo mismo que no todas las diferencias son valiosas. De manera que será un hipócrita quien se rasgue las vestiduras ante la menor sugerencia de censura en esta materia..., al tiempo que se despreocupa de la calidad de la conciencia ciudadana. Habrá que proponerse más bien reforzar esta conciencia si la queremos capaz de defenderse de aquellas soflamas.
Mientras no se traspasen esos límites de lo intolerable -del respeto de los derechos-, en cambio, lo habitual será la tolerancia hacia lo que nos molesta e incluso desafía. Ahora bien, tolerar no es solo reconocer el derecho de los otros a profesar una creencia o mantener una conducta contrarias a las comunes. Sería un dudoso tolerante, próximo a la mera indiferencia, quien por principio renunciara a mostrar su desacuerdo con el otro y, llegado el caso, a invitarle a discutir las discrepancias. Y es que el desacuerdo entre las gentes, claro está, exige mucho más que si entre ellas reinara la unanimidad.
El derecho del otro a ser tolerado demanda un deber legal de tolerar, pero no menos la obligación moral de afinar nuestro juicio acerca de lo que toleramos y por qué. Tampoco puede uno contentarse con reclamar el derecho a la libertad de expresión como este no venga con el deber de apoyar en argumentos las opiniones que expresa, al menos en lo que atañe a nuestra vida común. Nadie deberá pedirme cuentas de mis comentarios deportivos, pero cualquiera tiene derecho a exigirme responsabilidad por mis juicios políticos.
¿Me dejarán una coda final? De poco sirve que unos profesores exquisitos tengamos a John Rawls como pensador de cabecera, mientras no transmitamos su enseñanza a la opinión pública. Para este pensador, si en una sociedad se cultivaran ciertas doctrinas incompatibles con el ideal democrático, tarea de la razón pública sería "impedir que obtengan la suficiente difusión" como para comprometer la justicia política básica.
Y a todo esto, ¿qué responden nuestra escuela y universidad? Pues verá usted: casi nada la primera y todavía menos la segunda. Una Ética escolar que se propone la vaguedad de "educar en valores" y de hacerlo al modo de una "asignatura transversal", como si careciera de contenido propio, acepta de antemano el sambenito de maría. Aquella Educación para la Ciudadanía ya salió malparada de su batalla con los obispos, que no admiten otro adoctrinamiento que el suyo. Y en las aulas universitarias, la teoría de la democracia y materias afines se enseñan hoy a todo lo más en un par de asignaturas y facultades: para la mer-cantilización del conocimiento que busca el proceso de Bolonia ya es demasiado.
Al paso que vamos, los Breivic del futuro tal vez ya no necesiten perseguir a tiros a estudiantes, porque sus ideologías no hallarán muchos estudiantes que sepan resistirlas.
(*) Aurelio Arteta es catedrático de Filosofía Moral y Política de la Universidad del País Vasco.
Ilustración: Nikolay Matsedonsky
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