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viernes, 5 de mayo de 2017

LA DILIGENCIA FOTOGRÁFICA



Un selfie para el  exilio

Ox Armand

Simpatizantes cautelosos del gobierno también se cuelan y compiten con los consecuentes opositores de mucho tiempo que van a la marcha a “selfearse” preferiblemente con los diputados. Fueren o no de un amplio reconocimiento público sirve el flash del teléfono con el ocupante de una curul.  Antes se trataba de recoger el autógrafo para la bandera pero ahora el presunto expediente pide un testimonio gráfico. Porque no nos caigamos a coba: al lado de los bregadores de las marchas y tragadores de gases y esquivos ante lo que puede ser un plomazo están los autorretratistas de ocasión. Son muchísimos los que están acá en la brega pero van aumentando los que se inventan una trayectoria de lucha y se van a Estados Unidos y cualesquiera países de mejores niveles de vida para trabajar en lo que aquí no hacen pero alegar que no pueden pisar territorio venezolano porque los apresan.

Estas marchas venezolanas están mayoritaria y contundentemente pobladas por quienes decidieron quedarse a dar la pelea. Tengo amigos que pueden costearse una tarde de buen vino en París y costear una protestica frente a la embajada venezolana. Pero los veo con sus hijos metidos en el peligroso zarandeo de las autopistas.  Hay casos demasiado reales de persecuciones sin publicidad y uno entiende que deban salir para salvar la vida. Los hay no menos reales de sabrosones que se inventan un despiadado combate y caen las redes de abogados inescrupulosos en el intento de pasearse por las bolas la tragedia venezolana mientras ahora es que entienden lo que significa optar entre Macron y Le Penn como antes sus padres no supieron diferenciar a Salas Römer del Chávez Frías por el que votaron festivamente.

El gobierno nos jode y hay que cambiar al gobierno. Es duro pero toda la Europa Oriental nos dio grandes lecciones.. Los selfistas de ocasión estorban. Asi de fácil.  
04/05/2017:
Breve nota LB: Hoy,nadie querría tomarse un selfie con el gobierno, pero quizá un tiempo atrás daban lo que fuese para incluirse. Fotografía tomada de la red de redes.

sábado, 22 de agosto de 2015

SELFIE DE UN RÉGIMEN

Vicisitudes fotográficas
Luis Barragán


Impresiona no sólo la frecuencia de los crímenes más atroces, en un país presuntamente acostumbrado a las noticias de la morgue, sino la inmediata vinculación que las autoridades públicas establecen con la oposición. Por absurdo que parezca, pretendiendo dar un mazazo moral, no tiene reparo alguno en forzar un vínculo inaudito a la vez que el Estado admite implícitamente su incompetencia para combatir el delito.

El protagonista de estos días, es un descuartizador urbano que tuvo por aparente afición la de fotografiarse con los más connotados dirigentes democráticos, algo insuficientemente válido para denostarlos y amenazarlos con las más insólitas e impredecibles implicaciones policiales y judiciales. En la era del selfie, cualquier figura pública es requerida para una instantánea que jamás debe comprometerla, pues, obviamente resulta impensable una selección previa de las personas que se les acercan en los más inauditos lugares y circunstancias; por lo menos, antes podía evitar una exacta rúbrica personal ante el asedio de un avieso cazador de autógrafos.

Criterio contradictorio, se ha dicho con razón que las gráficas (des) conocidas de Walid Makled se convertirían en una fuente probatoria irrefutable para considerar y condenar a justos y pecadores que lo acompañaban, como narcotraficantes, por ejemplo. E, igualmente, luce legítimo presumir que José Pérez Venta, sindicado como el abominable homicida, es un agente de los servicios de contrainteligencia infiltrado exitosamente en los predios libérrimos de una oposición a la que no se le puede pedir siquiera el empleo de un detector de metales, también expuesta al hampa de las más variadas intenciones, incluyendo la política.

A veces, sin posibilidades de constatarlo, hay quienes oyen la advertencia de sitios frecuentados por individuos de dudosa fama y, por muy grato que sea la cafetería, otro ejemplo, el dirigente político no se expone a una trampa de las perspectivas que lo conviertan gráficamente en el animado contertulio del delincuente. Nunca resultan eficaces todas las precauciones, siendo la mejor la de evitar situaciones en la medida de lo posible.

Los regímenes totalitarios suelen urdir casos que generen una masiva conmoción en el orden moral, imponiendo la más arbitraria versión que les sirva para un rápido y dramático contraste, frente a toda disidencia, oposición y hasta militante indiferencia.  Y poco les importa que el más obsceno ardid los delate, ya que economizan ideas y esfuerzos a favor de las más burdas maniobras.

Fotografía: LB, inmediaciones del semanario "La Razón" a media mañana de un día de semana.
Fuentes:
http://www.noticierodigital.com/2015/08/vicisitudes-fotograficas/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=1103181
http://www.lapatilla.com/site/2015/08/25/luis-barragan-vicisitudes-fotograficas/ 

jueves, 4 de diciembre de 2014

SELF-FIARSE

EL PAÍS, 25 de noviembre de 2014
CAFÉ PEREC
Es sólo una selfie, cariño
Enrique Vila-Matas 

¿Qué hay en una selfie? Seguramente, un gesto de autoafirmación por parte de quien se autocaptura. Pero no siempre fue así. Para comprobarlo basta acercarse estos días en París a la Galerie de France (54 rue de la Verrerie), a una exposición de autofotografías del escritor polaco Stanislaw Ignacy Witkiewicz (1885-1939). Allí están, en Visages photographiés de près,las imágenes ya casi legendarias que se tomara a sí mismo Witkiewicz acercando muchísimo la cámara a su propio rostro, o bien acercándola al de alguno de sus amigos, como Artur Rubinstein, convencido el escritor como estaba de que la cámara le permitiría entrar, sin ninguna interferencia, en las profundidades del inconsciente.
Witkiewicz —algunos recordarán su imponente novela Insaciabilidad, recién reeditada en Círculo de Escritores— se sentía fascinado y obsesionado por la identidad cambiante de la cara humana. En sus pioneras selfies se le ve hipnotizado por su propio poder psíquico. Y no es para menos, porque, al perderse la última fuente de luz, los sucesivos rostros de Witkiewicz se convierten todos en tremebundas muecas.
En los últimos tiempos, como si fuera ya una oscura fatalidad inherente a las propias selfies, hemos sabido de personas accidentadas cuando posaban para ellas mismas. Tras tan absurda sucesión de muertes por selfie, se llegó a comentar si no sería que el peligro venía de la cámara misma, de la pavorosa mueca que en el último segundo veían los damnificados.
Witkiewicz se sentía fascinado y obsesionado por la identidad cambiante de la cara
¿Somos un peligro para nosotros mismos, o es sólo una selfie, cariño?
Me viene a la memoria George Sand entrando en un salón de París y quedándose horrorizada al ver que los aristócratas que se habían salvado de la guillotina gesticulaban y se ofrecían pastelitos como siempre, entre las más pavorosas muecas, “envejeciendo allí mismo”. La escalofriante escena influyó en Proust, y es el tipo de episodio que en la actualidad podemos ver a diario en la televisión: esas muecas de nuestros distinguidos gobernantes siempre en los pasillos del Congreso pasándose pastelitos. Sorprende, por ejemplo, ver cómo ninguno de ellos ha entendido que han de reaccionar en serio y actuar de verdad contra la corrupción. Esa incomprensible inmovilidad y proliferación, en cambio, de muecas trasnochadas y de réplicas parlamentarias mil veces repetidas sólo consiguen que les veamos envejecer en directo, ahí en sus salones.
Su extraña conducta me recuerda que Witkiewicz organizó en los años treinta en el pasillo de su casa de Varsovia “duelos de muecas”. Era frecuente ver allí a dos personas frente a frente, arrodilladas, en combate hasta la destrucción completa del adversario, hasta lograr una facha tan espeluznante que ya no tuviera ninguna contramueca por parte del otro. No disponían de mejor ping-pong que sus propias caras. Un camino, un implacable pasillo de destrucción, hoy recorrido a diario por quienes envejecen en directo en nuestras pantallas y parecen atrapados en la misma oscura y suicida fatalidad que viene caracterizando a las pérfidas selfies.

domingo, 27 de abril de 2014

FRAGILIDAD Y FORTALEZA

Jesús salvará a la Iglesia
José Antonio Pagola

Aterrados por la ejecución de Jesús, los discípulos se refugian en una casa conocida. De nuevo están reunidos, pero no está con ellos Jesús. En al comunidad hay un vacío que nadie puede llenar. Les falta Jesús. ¿A quién seguirán ahora? ¿Qué podrán hacer sin él? “Está anocheciendo” en Jerusalén y también en el corazón de los discípulos.
Dentro de la casa, están “con las puertas cerradas”. Es una comunidad sin misión y sin horizonte, encerrada en sí misma, sin capacidad de acogida. Nadie piensa ya en salir por los caminos a anunciar el reino de Dios y curar la vida. Con las puertas cerradas no es posible acercarse al sufrimiento de las gentes.
Los discípulos están llenos de “miedo a los judíos”. Es una comunidad paralizada por el miedo, en actitud defensiva. Solo ven hostilidad y rechazo por todas partes. Con miedo no es posible amar el mundo como lo amaba Jesús, ni infundir en nadie aliento y esperanza.
De pronto, Jesús resucitado toma la iniciativa. Viene a rescatar a sus seguidores. “Entra en la casa y se pone en medio de ellos”. La pequeña comunidad comienza a transformarse. Del miedo pasan a la paz que les infunde Jesús. De la oscuridad de la noche pasan a la alegría de volver a verlo lleno de vida. De las puertas cerradas van a pasar pronto a la apertura de la misión.
Jesús les habla poniendo en aquellos pobres hombres toda su confianza: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. No les dice a quién se han de acercar, qué han de anunciar ni cómo han de actuar. Ya lo han podido aprender de él por los caminos de Galilea. Serán en el mundo lo que ha sido él.
Jesús conoce la fragilidad de sus discípulos. Muchas veces les ha criticado su fe pequeña y vacilante. Necesitan la fuerza de su Espíritu para cumplir su misión. Por eso hace con ellos un gesto especial. No les impone las manos ni los bendice como a los enfermos. Exhala su aliento sobre ellos y les dice: “Recibid el Espíritu Santo”.
Solo Jesús salvará a la Iglesia. Solo él nos liberará de los miedos que nos paralizan, romperá los esquemas aburridos en los que pretendemos encerrarlo, abrirá tantas puertas que hemos ido cerrando a lo largo de los siglos, enderezará tantos caminos que nos han desviado de él.
Lo que se nos pide es reavivar mucho más en toda la Iglesia la confianza en Jesús resucitado, movilizarnos para ponerlo sin miedo en el centro de nuestras parroquias y comunidades, y concentrar todas nuestras fuerzas en escuchar bien lo que su espíritu nos está diciendo hoy a sus seguidores y seguidoras.

Fuente:
http://www.cristianosgays.com/2014/04/27/jesus-salvara-a-la-iglesia-27-de-abril-de-2014-2-pascua-a-juan-20-19-3/
Fotografía: http://www.clickypix.com/wp-content/uploads/2013/12/best-selfies-20.jpg

Nota LB: Desde hace dos o tres semanas, no es fácil hallar la homilía actualizada de José Antonio Pagola. Probablemente en  receso o quizá una sanción, no se le encuentra con facilidad, excepto los viejos textos. Lo más curioso es que, presuntamente de abril de 2014, está el ejercicio homilético en una peculiar página religiosa. Por lo demás, no constituye irrespeto alguno la imagen de un "selfie", propio de la contemporaneidad. Digamos, un ejercicio - esta vez - artístico.

viernes, 7 de marzo de 2014

DARLE SENTIDO AL INSTANTE QUE SE ESCAPA

EL PAÍS, Madrid, 7 de marzo de 2014
LA CUARTA PÁGINA
La era de los ‘selfies’
La proliferación del autorretrato de consumo instantáneo revela una pulsión de inmediatez que ha empezado a cambiar nuestra cultura visual; la intimidad pasa a concebirse como una forma de exhibición
Ernesto Hernández Busto

Su elección como la “palabra del año” 2013 por el paradigmático diccionario Oxford demostró que selfie iba camino de convertirse en término indispensable para la lingua franca de la tecnología. Hace poco volvió a ser noticia, cuando la foto tomada en la ceremonia de los Oscar por la presentadora Ellen DeGeneres se convirtió en la más compartida en la historia de twitter. Esos autorretratos instantáneos, a un brazo de distancia, que tomamos con los teléfonos inteligentes y compartimos en las redes sociales han rebasado el estatus de moda pasajera para convertirse en síntomas estables: las más recientes pruebas de una intimidad que ya no se concibe como variante del recogimiento sino como una forma de exhibición.
En el debate sobre su influjo creciente en la cultura visual de nuestro tiempo hay un amplio espectro de opiniones, con extremos apocalípticos e integrados. Estos “filósofos del selfie” han descrito varios de sus rasgos más sobresalientes: la inmediatez del “ahora-somos-esto-y-lucimos-así”, que abarca desde el “¡miren donde estoy!” al “¡miren cómo me veo ahora!”, o su radical intencionalidad; según Jerry Saltz, el selfie, si bien está rodeado de signos informales, nunca es accidental: implica un proceso de aprobación y juicio previo por parte de quien lo pone a circular. A pesar de las apariencias, estas fotos tienen poco que ver con la espontaneidad. Muestran ansia de control, tanto por parte de las celebridades que buscan regalar su propia versión “democrática” de las relaciones públicas, como por parte del individuo común, que da la versión “aprobada” de su propio avatar digital, aun como regalo para una multitud de desconocidos. En sus múltiples variantes (ángulo alto, de grupo, con pose estereotipada…) el selfie es menos un testimonio de la vida moderna que un espejo controlado del yo donde la ironía queda arrinconada a la condición de “efecto” prescindible.
Algunos de estos analistas aseguran que estamos ante un género visual amateur, cuya avasallante popularidad ha cambiado aspectos de la interacción social. Para otros, como Tara Burton, se trata de la variante democrática del dandismo decimonónico, un “dandismo igualitario” en el que la tecnología consagra la posibilidad del artificio puro. Hemos pasado del dandy impasible, que trataba de crear la sorpresa permanente para distanciarse de la multitud, al triunfo del encuadre, no sólo sobre la realidad, sino sobre la identidad.
En la feria digital de las vanidades, hay que decir, y decir ahora; hay que mostrar, y de inmediato
El selfie consagra la libertad de producir el efecto que uno escoja para proclamar “éste soy yo ahora”. Es menos una cuestión de narcisismo que de voluntad de dominio: revela la necesidad de autoproponerse a través del control de la propia imagen. Esta suerte de segundo grado del narcisismo, no está, sin embargo, despojada de extrañeza: representa un intento de rescate del aura, cuya pérdida denunciaba Benjamin en su célebre ensayo sobre la fotografía en la época de la reproductibilidad. Pero es un aura desconectada de cualquier tradición o valor, puramente hedonista. Y aunque sus más fervientes apóstoles intentan rastrear sus orígenes en la cultura del autorretrato pictórico (la foto de Obama, Cameron y la primera ministra danesa se ha comparado con Las Meninas: nunca vimos ese selfie, sino la imagen que mostró cómo se tomaba), lo cierto es que, más allá de parecidos formales, su radical inmediatez excluye la condición del arte. En los selfies, como en la pintura o cualquier otra forma artística, hay esbozos de pasiones humanas —pedazos de ficción, paranoia, voyeurismo… —, pero en un autorretrato pictórico el artista quiere menos ofrecer su imagen que su arte; lo que propone es justo aquello que la autofoto instantánea reduce al mínimo: ese tiempo del yo reelaborado.
Lo que se pierde con el gregarismo de la cultura digital no es sólo la forma tradicional de la intimidad como aislamiento ante el mundo sino el espacio en blanco, la temporalidad reparadora que exige cualquier sintaxis artística. Detrás de ella hay también una sedimentada cultura de la percepción, que nos ha hecho producir, consumir y apreciar el arte.
En esa feria digital de las vanidades, hay que decir, y decir ahora; hay que mostrar, y de inmediato; hay que hacerse famoso, y mejor ahora: hay que ser —y ser para los otros— en el ahora radical de una identidad instantánea que pugna por competir con la avalancha de lo intrascendente usando sus mismas estrategias.
De creer en los resultados de recientes experimentos neurológicos, necesitamos que nuestra vida transcurra más allá de esa exigencia de inmediatez. Así como para seguir viviendo hay que beber cada noche esas pequeñas dosis de muerte que llamamos sueño, y dejar la puerta abierta a poderes de purificación y redistribución, a nuevas sintaxis entre lo cotidiano y lo imaginario, también todo el arte y la cultura moderna de Occidente llevan consigo la propuesta de un lapso, un tiempo o un espacio en blanco para la producción del significado trascendente.
Es eso lo que está en juego y lo que ha empezado a cambiar en esta nueva era digital, donde se masifica y se consagra el déficit de atención: la estructura perceptiva que ha funcionado durante siglos como andamio sentimental y cultural.
El selfie es menos un testimonio de la vida moderna que un espejo controlado del yo
Una reciente película de Spike Jonze traslada estos cambios a la pregunta por el amor, ese epítome de nuestra identidad emocional. El protagonista, un hipster elevado a la condición de hombre sin atributos de un mundo hiperdigitalizado, ha roto con su novia y busca un consuelo para su soledad en la conversación con un sistema operativo hiperinteligente. De quien, casi enseguida, acaba enamorándose. Esa voz sin cuerpo, cuya capacidad de aprendizaje instantáneo la lleva a proyectar —de manera convincente, virtud de un guión cuidado— el espectro de habilidades, dudas y afectos de un ser humano, es en realidad la realización instantánea del profundo deseo de ser amado. Basta reparar en esos momentos en que el protagonista se filma y fotografía para que su “novia” se haga una imagen de él, para que lo “mire”. Ahí la interfase se revela claramente como lo que es: un simple (y a la vez complejísimo) espejo. La armonía de la relación estriba en su exclusión del Otro: lo modela como una horma a partir del propio yo. De la misma manera que el primer consumidor de un selfie es quien lo toma, esta película se llama Her, y no She: Ella (la Voz de la Amada, una Amada hecha Voz, que me recordó aquel apunte de Adorno en Minima Moralia sobre la voz de una mujer al teléfono, la gratia y la "certeza íntima de lo nunca visto") existe en tanto es vista, o mejor dicho, sentida por el protagonista desde el posesivo —no sólo como variante gramatical.
El amor devenido escenario para una dramaturgia de posesión digital, amour fou de la nueva era, pero también exhibición de nuestra dependencia de lo inmediato. Una vida “normal” en el mundo de Her requiere ese amor perfecto que ha de conducir directamente a la felicidad, como una de esas soleadas y perfectas carreteras californianas. Y tal posesión bien merece algunos sacrificios, incluida la corporalidad.
En plena ordalía de una cultura hipervisual, Jonze juega a proponernos una imagen ausente, una voz que recorre nuestro espectro afectivo y entrega una mínima porción de lo sublime. Pero en el fondo lo que no ha cambiado es nuestra necesidad de ver al otro como un objeto a la medida de nuestras necesidades. Her es la historia de amor entre un hombre desesperado y su selfie amoroso. Es cierto que se trata de una selfie sin rostro, cuya voz tiene todos los matices de la profundidad y la belleza, pero al final también resulta ser un objeto: proyección enmarcada del afán de decir 'aquí estoy'. Esa felicidad lleva en sí el germen de su corrupción: ha sido fabricada a la medida, obviando el azar, el inefable placer del tiempo fugado, la virtud de aquello que escapa a cualquier intento de posesión y realización inmediata.
(*) Ernesto Hernández Busto es ensayista (premio Casa de América 2004). Desde 2006 edita el blog de asuntos cubanos PenultimosDias.com.
Ilustración: Eulogia Merle.