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domingo, 31 de julio de 2016

VIVIR

Evangelio Dominical: Codicia
José Martínez de Toda, S.J.

Comentario dialogado al Evangelio que se proclama el 18° Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C, correspondiente al domingo 31 de julio 2016.  La lectura es tomada del Evangelio según San Lucas 12, 13-21.

"Guárdense de toda clase de codicia"

A todos nos gusta el dinero. ¿Cuándo hay que decir 'Basta'?
Algunos dirán 'Nunca'. Jesús nos hace pensar, cuando uno del público le dice:
- "Maestro, di a mi hermano que parta conmigo la herencia" (v. 13).
Jesús lo remite directamente a los jueces y rabinos, encargados de dirimir esos casos legales: "¿Quién me puso por juez sobre ustedes?" (v. 14).
Pero aprovecha esa oportunidad para enseñarle no sólo a aquel hombre, sino a todos los que le escuchan: "Miren, guárdense de toda avaricia" (v. 15). Ella es la raíz de muchos males, como la desunión entre hermanos, la explotación de los más débiles.
La avaricia le cierra los ojos a uno, y lo hace muy egoísta. "La avaricia rompe el saco".
Y Jesús lo explica con el ejemplo de "El avaro de la gran cosecha".

Este hombre rico quizá obtuvo su riqueza de una forma honesta. Pero se le ve solo. Solo habla consigo mismo. En el evangelio usa la palabra "Yo" seis veces y la palabra "mi" cinco veces. Sólo se fija en sí mismo.
Por ejemplo, no se le ocurre dar gracias a Dios por esta cosecha tan abundante.
Tampoco piensa en ayudar con ella a los demás: dar un buen bono o una paga extra a su mano de obra, hacer un proyecto de servicio a la comunidad...
No hace como José, el hijo de Jacob, que en Egipto ante una gran cosecha abre nuevos graneros y almacena el trigo para ayudar a los demás en tiempo de escasez.
Nuestro rico se parece al rico epulón que ignora al mendigo Lázaro.
Sólo piensa en los "muchos años" (v. 19) que espera vivir, pero no sabe que le quedan 'pocas horas' de vida (v. 20). Hasta se olvidó del dicho: 'Comamos y bebamos, porque mañana moriremos.'

¿Esta parábola se refiere en general a los millonarios?
No se aplica solo a ellos,
El problema no es ser rico, sino ser avaro y egoísta con su dinero.
Y la pobreza no le hace a uno inmune a la avaricia.
Uno puede manejar un lujoso carro y ser generoso con los demás, mientras que otro que sólo puede viajar en bus por ser pobre, se guarda avariciosamente sus galletas para sí, y no las comparte con ese niño hambriento.
La cuestión aquí no es ser dueño de posesiones, sino que las posesiones no sean dueñas de nosotros. La riqueza crea avaricia, y su mayor prioridad es ser más rico aún. Todos pensamos encontrar seguridad en la riqueza. Pero la fe en las posesiones disminuye la fe en Dios. Aquí está la "Historia de una obsesión"
Terminó el sermón, y era el momento de dar los testimonios. El predicador señala a la señora, preguntándole qué parte del sermón le había impresionado más. Ella dudaba, pero el predicador insistía. Por fin la señora explicó:
- Mire, el año pasado se me murió el chivo, lo más importante que yo tenía. Lloré mucho por él, hasta que poco a poco me olvidé de él. Pero, de pronto, en la iglesia ví a usted que salía a predicar con esa barba, que se parece a la de mi chivo. Y todavía lloro, cuando me acuerdo de él. Pero no me acuerdo de nada de lo que usted dijo.>
Así le pasó al que está preocupado por la herencia no cobrada. Seguro que no recuerda nada de lo que dijo Jesús aquel día. Tiene los oídos sordos.
Y Jesús se siente descorazonado, porque después de predicar tanto y cosas superiores, la primera preocupación de este hombre sigue siendo cobrar la herencia, aunque pelee con su hermano.

Pero aquel hombre sólo pide justicia. ¿Es que el 'Maestro' no se preocupa de la justicia?
Por supuesto. Jesús no está en contra de que cobre la herencia ni apoya la injusticia del hermano.
Pero la avaricia puede venir bajo capa de justicia y equidad. Por eso Jesús nos advierte sobre todo tipo de avaricia: descarada o sutil, consciente o inconsciente, y sobre toda cola serpentina disfrazada de justicia y corrección.
He aquí otro caso de obsesión, causada por la avaricia.
"El oro adquirido sin esfuerzo"
- "Quiero oro", le dijo el pescador. Preocupado, Buda le aconsejó:
- "El oro adquirido sin esfuerzo es una maldición, no una bendición. Te enseñaré por tanto la manera de adquirirlo. En la playa, en frente de tu casa, hay una piedra mágica. Si la encuentras y tocas con ella un trozo de acero, éste se convertirá en oro.
El pescador, que llevaba una pulsera de acero, se puso de inmediato a buscar la piedra mágica. Tocaba su pulsera con las piedras y las lanzaba al mar. El ansia del oro no le permitía descansar ni fijarse bien en lo que hacía. Y así fue lanzando todas las piedras al mar.
Finalmente, miró su pulsera y, oh sorpresa, se había convertido en oro. Pero, ¿dónde estaba la piedra mágica? La había lanzado al fondo del mar.> (Félix Jiménez, escolapio).

La piedra mágica se había perdido en el frenesí avaricioso de encontrarla y hacerse rico. La piedra que transforma la vida entera en el oro de la felicidad es vivir con y para los demás desde el único mandamiento de Dios, el del amor.
La seguridad verdadera viene de hacerse 'rico ante Dios'.
¿Cómo se hace uno 'rico ante Dios'? Dando a los más necesitados.

Fuente:
http://radioevangelizacion.org/noticia/evangelio-dominical-codicia

Cfr.
Marcos Rodríguez: http://www.feadulta.com/anterior/Ev-lc-11-13-21_MR-C.htm
Ilustración: Claudine Cornille. 

IDOLATRÍA

NOTITARDE, Valencia, 31 de julio de 2016
“Caminando con Cristo”
El peligro de las riquezas (Lc.12, 13-21)
Joel de Jesús Núñez Flautes

El evangelio de este domingo nos presenta la escena de un hombre que estaba en litigio con su hermano y le pide a Jesús, que intervenga, como juez, para que su hermano reparta equitativamente la herencia con él. Ante tal posición, Jesús no toma parte, porque no vino a ser juez en las cosas materiales, sino que pronuncia una sentencia: “Cuídense de toda clase de avaricia” y esta frase junto a la parábola del rico insensato, se convierte en el mensaje que Jesús quería transmitir a sus seguidores y también a nosotros, acerca de relativizar las cosas materiales frente al valor que debe tener el Reino de Dios en la vida de un cristiano. No se trata de entrada que ser rico o poseer bienes materiales sea negativo, el peligro está en que apeguemos el corazón a las cosas pasajeras de este mundo y olvidemos valores trascendentales y que perduran en el tiempo, como el amor, la disponibilidad, el servicio, la generosidad, la fraternidad, el compartir. Porque la práctica enseña que la avaricia y la codicia hacen que la persona se olvide de los demás, del prójimo y se vaya encerrando en un círculo vicioso que a la larga le trae intranquilidad, vacío, tristeza, amargura e insensibilidad. Por supuesto, hay que diferenciar la codicia de una legítima aspiración a asegurar el futuro, a tener una vida mejor y lo suficiente para vivir, pero de allí a caer en la tentación del dinero y dejar de lado los bienes espirituales es la advertencia que Jesús nos hace.

En la parábola, Jesús, deja ver el camino de la avaricia sintetizado en el egoísmo, en el disfrute sin compartir con los hermanos, especialmente con los más necesitados; el pensar que se es dueño absoluto del mundo y de la vida y olvidarse de Dios de quien viene y procede todo; peligro frecuente de las riquezas. Es la idolatría del dinero o las riquezas.

IDA Y RETORNO: 2 de agosto Jornada Nacional de Oración y Ayuno por Venezuela.

Cfr.
Mons. Antonio José López Castillo: http://www.elimpulso.com/opinion/arquidiocesana/arquidiocesana-eviten-toda-clase-de-codicia-2
Isabel Vidal de Tenreiro: http://www.elimpulso.com/opinion/buena-nueva-9

domingo, 4 de agosto de 2013

SÓLO NOS LLEVAMOS LO QUE HEMOS DADO

San Lucas, 12: 13-21

En su homilía de hoy, interactuando con la feligresía, el Padre Martínez de Toda (SJ), entre otros aspectos, dijo de la gente que se asemeja a los santeros y sus muchos ídolos, adorando el bolívar. Somos codiciosos. Aspiramos la riqueza (natural, material, inmaterial, legítima). El cristiano es pobre, comprometido, ama y sirve. Ser rico no es malo, sino la avaricia, el no ayuda a los demás. Recordemos al rico Epulón que ignoró a Lázaro. San Ignacio de
Loyola medita sobre dos caminos, el de Jesús hecho en la austeridad debida, aceptar humillaciones, la humildad; y el otro camino, el del diablo con el afán de riqueza, honores, soberbia. Idolatría de la riqueza. ¿Los políticos que son? Hay quienes acumulan riquezas de la noche a la mañana. Muchos Berlusconis. Corrupción. 2 Cor 8, 9, y San Lucas 12, 24. Un feligrés decía, por ejemplo, de nuestra codicia en acumular las hojitas dominicales, codiciar a la mujer del vecino, etc.

Todo lo acumulado quedará en la tierra. Sólo nos llevamos lo que hemos dado.

Por desgracia, este Evangelio es para los que no vienen a la Iglesia. Millonarios.

Qo 1, 2, 2-21-23 (Cohélet)
Salmo 89
Col 3, 1-5, 9-11


En la hojita dominical, el Padre Antonio Gracia (pasionista), pregunta: “¿Cuál es el tesoro de tu vida? ¿En qué cifras tu felicidad? ¿Eres testigo, en tu comunidad, de la felicidad en Dios?” (El Domingo, Día del Señor, año XLVII, Domingo XVIII del Tiempo Ordinario/C).

Fotografías: LB, Iglesia de San Francisco, Caracas (domingo, 04/08/13).

INTERPELACIÓN

NOTITARDE, Valencia, 4 de agosto de 2013
El peligro de las riquezas (Lc.12,13-21)
Joel Núñez Flautes

El evangelio de este domingo nos presenta la escena de un hombre que estaba en litigio con su hermano y le pide a Jesús que intervenga, como juez, para que su hermano reparta equitativamente la herencia con él. Ante tal posición, Jesús no toma parte, porque no vino a ser juez en las cosas materiales, sino que pronuncia una sentencia: “Cuídense de toda clase de avaricia” y esta frase, junto a la parábola del rico insensato, se convierte en el mensaje que Jesús quería transmitir a sus seguidores y también a nosotros, acerca de relativizar las cosas materiales frente al valor que debe tener el Reino de Dios en la vida de un cristiano. No se trata de entrada que ser rico o poseer bienes materiales sea negativo, el peligro está en que apeguemos el corazón a las cosas pasajeras de este mundo y olvidemos valores trascendentales y que perduran en el tiempo, como el amor, la disponibilidad, el servicio, la generosidad, la fraternidad, el compartir. Porque la práctica enseña que la avaricia y la codicia hacen que la persona se olvide de los demás, del prójimo y se vaya encerrando en un círculo vicioso que a la larga le trae intranquilidad, vacío, tristeza, inseguridad, amargura e insensibilidad. Por supuesto, hay que diferenciar la codicia de una legítima aspiración a asegurar el futuro, de aspirar a una vida mejor, a tener lo suficiente para vivir, pero de allí a caer en la tentación del dinero y dejar de lado los bienes espirituales es la advertencia que Jesús nos hace.
En la parábola, Jesús, deja ver el camino de la avaricia sintetizado en el egoísmo, en el disfrute sin compartir con los hermanos, especialmente con los más necesitados; el pensar que se es dueño absoluto del mundo y de la vida y olvidarse de Dios de quien viene y procede todo; peligro frecuente de las riquezas. Es la idolatría del dinero o las riquezas.
El evangelio nos advierte que este mundo es pasajero, que al final del camino debemos dar cuenta a Dios de las obras que hayamos hecho a lo largo de nuestra vida. Llegará un momento que todos tendremos que rendir cuentas al Señor y se trata en fin, que en lo mucho o poco que tengamos sepamos vivir la horizontalidad; es decir, la solidaridad y compartir con los hermanos, y la verticalidad, traducida en la relación amorosa con Dios de quien recibimos todos los bienes.
Dios quiere que todos su hijos vivan bien, que progresen, que tengan una vida digna; pero sin caer en egoísmos, competencias y durezas de corazón.
La segunda lectura de este domingo deja claro dónde está el equilibrio: “Aspirad a los bienes de arriba”; porque se sobreentiende que los bienes de este mundo, lo necesario para vivir es algo que busca satisfacer cualquier ser humano; por eso, lo que no debemos olvidar son los valores del cielo, lo que asegurará la vida futura; vida eterna que no se garantiza con cosas materiales, sino con obras de fe, esperanza y caridad.
Lamentablemente el mundo de hoy tiene su propia “predicación”, pudiéramos llamarlo la “doctrina del mundo postmoderno”; todos los días se predica consumismo, materialismo, afán de riquezas a costa de lo que sea y por encima de quien sea, están la tentación y la práctica institucionalizada de la corrupción que “desangra” a países como el nuestro y hace que existan más pobres, más miseria, mayor atraso y marcadas diferencias de clases. Lo que importa en la sociedad consumista es el tener por encima del ser; ya no se valora al otro por lo que es: Persona, hijo de Dios, ser humano, sino por lo que tiene y quizás hay muchos que tienen en lo material, pero en calidad humana y cristiana les falta mucho por andar o quizás por comenzar. La sociedad postmoderna, lamentablemente, produce muchos “ricos insensatos” y toda serie de codicias, lucha de poder, de placer, de inmoralidades, de desórdenes de todo tipo. En medio de esta cultura, y es la advertencia del evangelio de hoy, debemos saber diferenciar entre necesidades reales (comer, vestir, tener vivienda, educación, formación, descanso, vacaciones, deporte, convivencia, relaciones sociales) y necesidades ficticias sin las cuales para muchos no hay vida (exagerado lujo y confort).
Unas preguntas clave que quedan para meditar: ¿Qué me llevaré de este mundo al final de mi vida? ¿Estoy invirtiendo en amor a Dios y al prójimo para garantizar la vida futura? Recordemos lo que dijo Jesús: “Donde está tu tesoro, allí está tu corazón”.
IDA Y RETORNO: Hoy nuestros seminaristas de Valencia terminan las misiones en la parroquia San Juan Apóstol de Negro Primero. Agradezco de corazón a toda esa comunidad parroquial la hospitalidad y las atenciones para con los futuros sacerdotes de nuestra Arquidiócesis que estuvieron llevando el mensaje del evangelio a los diferentes sectores de esa querida y joven parroquia. Que Dios les bendiga y recompense con muchos frutos espirituales y los ayude en sus necesidades. Quiera Dios que de esa parroquia surjan muchas vocaciones sacerdotales, religiosas y laicales. Pidamos al Señor que nos regale santos sacerdotes.

Domingo XVIII del tiempo ordinario
Lc 12, 13-21
Luis Alemán Mur

Uno del pueblo dijo: Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia.
Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?
Guardaos de toda clase de codicia
Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado ¿de quien será?

“Uno del pueblo dijo: Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia”. Detrás de esta petición se esconde un desenfoque radical de las relaciones entre lo divino y lo humano. A Jesús se le considera un Profeta con poderes divinos y se le ruega que utilice esos poderes para arreglar los conflictos propios de los hombres. Es juego sucio recurrir a Dios para que solucione los desajustes y embrollos de nuestra sociedad.
“Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?” La misión de Jesús no es suplir el trabajo de los jueces, ni de los gobernantes, ni la de los superiores en el orden civil o religioso. Es falso, falsísimo que los jueces, gobernantes, superiores civiles o religiosos, representen las decisiones u opiniones de Dios. En cualquier escalafón de la complejísima sociedad humana, los que deciden suelen hacerlo sin tener en cuenta o si conocer los puntos de vista lejanos de Dios.
“Guardaos de toda clase de codicia”. La codicia de tener o ser más no entra dentro del diseño de Dios. La codicia aleja, no acerca a Dios. La codicia destroza y hunde al hermano. La codicia de unos pocos empobrece a muchos. Detrás de nuestras crisis sociales, siempre está la codicia de unos pocos contra unos muchos. O la codicia de algunas naciones hunde a muchas naciones.
“Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado ¿de quién será?” No es revelación. Es verdad constatada. Es verdad encontrada. No es verdad del científico. Es verdad del humilde. Es la necedad comprobada. Ese tipo de verdades evidentes es el más difícil de descubrir y aceptar. Pues resulta que las verdades evidentes y más imprescindibles son las más simples y las más cercanas a los humildes.

Contra la insensatez
José Antonio Pagola

Cada vez sabemos más de la situación social y económica que Jesús conoció en la Galilea de los años treinta. Mientras en las ciudades de Séforis y Tiberíades crecía la riqueza, en las aldeas aumentaba el hambre y la miseria. Los campesinos se quedaban sin tierras y los terratenientes construían silos y graneros cada vez más grandes.
En un pequeño relato, conservado por Lucas, Jesús revela qué piensa de aquella situación tan contraria al proyecto querido por Dios, de un mundo más humano para todos. No narra esta parábola para denunciar los abusos y atropellos que cometen los terratenientes, sino para desenmascarar la insensatez en que viven instalados.
Un rico terrateniente se ve sorprendido por una gran cosecha. No sabe cómo gestionar tanta abundancia. “¿Qué haré?”. Su monólogo nos descubre la lógica insensata de los poderosos que solo viven para acaparar riqueza y bienestar, excluyendo de su horizonte a los necesitados.
El rico de la parábola planifica su vida y toma decisiones. Destruirá los viejos graneros y construirá otros más grandes. Almacenará allí toda su cosecha. Puede acumular bienes para muchos años. En adelante, solo vivirá para disfrutar:”túmbate, come, bebe y date buena vida”. De forma inesperada, Dios interrumpe sus proyectos: “Imbécil, esta misma noche, te van a exigir tu vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?”.
Este hombre reduce su existencia a disfrutar de la abundancia de sus bienes. En el centro de su vida está solo él y su bienestar. Dios está ausente. Los jornaleros que trabajan sus tierras no existen. Las familias de las aldeas que luchan contra el hambre no cuentan. El juicio de Dios es rotundo: esta vida solo es necedad e insensatez.
En estos momentos, prácticamente en todo el mundo está aumentando de manera alarmante la desigualdad. Este es el hecho más sombrío e inhumano: ”los ricos, sobre todo los más ricos, se van haciendo mucho más ricos, mientras los pobres, sobre todo los más pobres, se van haciendo mucho más pobres” (Zygmunt Bauman).
Este hecho no es algo normal. Es, sencillamente, la última consecuencia de la insensatez más grave que estamos cometiendo los humanos: sustituir la cooperación amistosa, la solidaridad y la búsqueda del bien común de la Humanidad por la competición, la rivalidad y el acaparamiento de bienes en manos de los más poderosos del Planeta.
Desde la Iglesia de Jesús, presente en toda la Tierra, se debería escuchar el clamor de sus seguidores contra tanta insensatez, y la reacción contra el modelo que guía hoy la historia humana.

http://www.luisaleman.es/evangelio.htm
Ilustración: Matías O.