EL UNIVERSAL, Caracas, 14 de mayo de 2013
Carta abierta a Hermann Escarrá
RICARDO COMBELLAS
Apreciado Hermann: No fue fácil para mí escribirte esta carta y menos hacerla pública y abierta. No me dejaste alternativa. El tema trasciende lo personal, pues afecta a todos los venezolanos en esta dura etapa de nuestra experiencia republicana. Cierto que no hemos sido en el sentido castizo de la palabra amigos, pero sí buenos compañeros, a los cuales les ha correspondido compartir momentos relevantes en nuestras vidas. Así, compartimos aulas universitarias, actividades de promoción política, y ante todo y la estelaridad del proceso constituyente el año 1999.
Nos une nuestra formación común socialcristiana. Ambos fuimos discípulos de Rafael Caldera (recuerdo el libro que escribiste sobre la DC, dedicado al maestro y estadista), y laboramos conjuntamente en la Organización Demócrata Cristiana de América. Bebimos en el humanismo cristiano, en las encíclicas sociales, en Maritain y Mounier, haciendo ambos lo posible por incorporar su espíritu a la Constitución bolivariana, siendo que para nosotros, los hombres y mujeres de formación socialcristiana, la política no tiene una legalidad independiente de la ética, muy por el contrario, la política debe guiarse en torno a fundamentos, contenidos y objetivos éticos. Por ende, ni el pragmatismo desasistido de doctrina, ni el oportunismo forman parte de nuestra visión de la política. Además, nos une nuestra vocación bolivariana, sobre lo cual, te lo confieso ahora, aprendí mucho de ti, pues sin mucho menos caer en las garras de los cultores de Bolívar, aprecié la valoración de su pensamiento vivo que tú diestramente sabías insuflar en discursos y escritos dedicados al Libertador.
El destino quiso que el proceso constituyente nos encontrara nuevamente juntos. Ambos fuimos tal vez los asesores más cercanos al Presidente Chávez en materia constitucional. Participamos protagónicamente en todas las fases del proceso, y asumimos junto a distinguidos compatriotas, bajo tu atinada dirección, la ardua tarea de redactar en la comisión constitucional el proyecto definitivo de Constitución, presentado para su sanción por la ANC y su aprobación definitiva, primera vez en nuestra historia, por el pueblo soberano en el referéndum convocado al efecto.
Firmé la Constitución y me retiré nuevamente al mundo universitario, con mucha frustración por lo que anteveía (los hechos posteriores me dieron la razón) como la entronización de un régimen que interpretaría arbitrariamente nuestra Ley Superior, poniéndola al servicio de sus objetivos autoritarios, reñidos con la axiología constitucional y en desmedro del postulado que considera a la Constitución por sobre todo como el escudo de nuestras sagradas libertades. Tu postura sobre el particular en estos tormentosos años no la he seguido en detalle, pero sí me constan, pues fueron públicas y notorias, tus actitudes críticas e independientes respecto al régimen, que te llevaron incluso a plantear vigorosamente, "la marcha sin retorno", como una acción decisiva de desobediencia civil para proteger la Constitución frente al uso y abuso despótico del poder, dedicado a pisotear los valores y principios por ella consagrados.
En suma, es en resumen el propósito de esta misiva, me extrañaron con desconcierto y desazón, para no decir repugnancia, tus últimas declaraciones, donde le ofreces un espaldarazo al régimen actual, por cierto atenazado por la mácula de la ilegitimidad, en abierta contradicción con tus posiciones precedentes, enfilando injustamente tus dardos contra la oposición democrática, esa que hoy valientemente defiende, resistiendo con gallardía la tenebrosa represión, los valores constitucionales. Tú, Hermann, conoces también como yo la realidad de un régimen reñido con la Constitución, con sus valores, principios e instituciones más preciados, pues muy por el contrario, y bajo la égida de la dictadura cubana, ha construido una "legalidad" para y anticonstitucional, una "legalidad" carente de legitimidad.
Creo, con Kant, en la conciencia moral del hombre. Su voz interior es terrible; cuando pretendemos huir de ella nos persigue como una sombra. Yo la tengo tranquila, deseo que tú la tengas también.
Afectuosamente, Ricardo.
Nota LB: Semana y pico atrás, Escarrá estuvo en televisión. Hicimos las tomas, pero - luego - nos desanimó comentarlo. Días después, aparece este artículo-misiva de Combellas. No nos satisfizo lo dicho por uno y por otro. Sin embargo, sosteniendo otras opiniones al rspecto, nos contentamos mientras tanto en apuntar el caso. Digamos que se trata, como lo hace todavía Chadderton, de quienes reclaman un discipulado - por lo demás - ortodoxo como socialcristianos, con la vista puesta en Rafael Caldera. Suficiente para la escuela ética ya invocada, aunque ella aparentemente no autorizaba la rebelión. Una de tres o las tres: hubo una oportunidad histórica, al emerger un liderazgo capaz de imponer un modelo; había que competir para influirlo frente al intento de otros modelos (como el marxista); y, como no había sido posible en COPEI o en Convergencia, luchar por conquistar las responsabilidades políticas antes negadas. Por añadidura, el sueño de todo constitucionalista - se dirá - es ser constituyente. Y así ocurrió lo que ocurrió: los más influyentes constitucionalistas de Chávez, quien demostró mayor "viveza" que sus "maestros". Es el retrato que también dejamos como hipótesis para trabajar más adelante no tanto aquél fenómeno de la constituyente que tampoco supo de la rebelión de los maestros, cuando era demasiado evidente la finalidad de reforzar al gobierno y parir un texto contradictorio y escasamente debatido, sino para perfilar la crisis misma de la Democracia Cristiana en Venezuela. Y de ella, uno y otro dan noticia.
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viernes, 17 de mayo de 2013
martes, 12 de febrero de 2013
JUICIO DE PARTICIÓN
EL NACIONAL, Caracas, 12 de Febrero de 2013
¿Tienen futuro los partidos?
RICARDO COMBELLAS
Lo confieso fieles lectores, soy pesimista. Sostengo que presenciamos una crisis dentro de una onda de larga duración histórica, donde los partidos han pasado del auge a la decadencia, duración variable cierto, según cada partido, según cada realidad nacional. En nuestra Venezuela los partidos históricos (liberales y conservadores, con sus respectivas variantes), fueron liquidados por la férrea y larga dictadura del general Gómez; los nuevos partidos, surgidos a partir de 1936, viven hoy sus postreros estertores; y los últimos, aparecidos en estos tres o cuatro lustros, la verdad sea dicha, muy poco es lo que le ofrecen al nuevo país.
Es el caso que en Latinoamérica, y también cada vez más en Europa, los partidos expresan una contradicción. Por una parte la gente los considera una condición necesaria (¡aunque no suficiente!) para la democracia, pero por la otra, una mayoría determinante no cree en ellos, no confía en los partidos. ¿Por qué los partidos han perdido tanto terreno? ¿Por qué la gente ha perdido la fe en los partidos?
Hagamos un somero análisis de las variables esenciales que conforman un partido y seguramente allí encontraremos buena parte de la respuesta: primero, la ideología. De las ideologías duras y rigurosas que nutrían las plataformas de los partidos en su época de oro, hemos pasado a una carencia y vaguedad de ideas, que suscita pena ajena; segundo, la organización. Los partidos venezolanos, sin excepción, no han abandonado en los hechos el principio leninista del centralismo democrático. Son partidos cupulares, oligárquicos, cerrados a la participación popular; tercero, el comportamiento ético, que se revela en una forma de vida austera, ya no abunda en los dirigentes, jaqueados entre los modernos Escila (la dependencia de los dineros públicos) y Caribdis (la sujeción al financiamiento claro u oscuro, cuando no muchas veces clandestino, del empresariado privado). Los escándalos de corrupción y el abandono del pueblo destruyeron a la república puntofijista, y amenazan con su proterva y deletérea influencia, a la alicaída república chavista.
La política, en Venezuela y en el mundo, ha dejado de ser (afortunadamente y para bien de la democracia) un asunto exclusivo de los partidos. La democracia representativa de partidos está en crisis en todas partes. La ciudadanía se siente frustrada y abandonada por ella, y rechaza furibunda todos los días en las plazas públicas de las grandes ciudades el accionar de los profesionales de la política, la malhadada partidocracia. No puede ser de otro modo: ¿cuántas veces no hemos visto en estos últimos años cómo lo que ofrecen en sus plataformas electorales lo echan sin ningún pudor por la borda cuando asumen el poder?
Una estrategia política que se encierre exclusivamente en los partidos, como la que tiende a predominar en la forma tradicional de ver la política (y por ende en sus formas organizacionales), por parte de muchos dirigentes, tanto del oficialismo como de la oposición, no tiene hoy ninguna posibilidad de éxito duradero. Por supuesto que existe una alternativa: los partidos abiertos y horizontales, engarzados con la sociedad civil y los movimientos sociales, en absoluto plano de igualdad, con liderazgos con visión de país, más allá de las estrecheces de la coyuntura, que trasciendan los límites de los partidos y se involucren profundamente con la sociedad y sus reclamos y necesidades, allí está el camino de una verdadera nueva política para una realmente nueva Venezuela.
¿Tienen futuro los partidos?
RICARDO COMBELLAS
Lo confieso fieles lectores, soy pesimista. Sostengo que presenciamos una crisis dentro de una onda de larga duración histórica, donde los partidos han pasado del auge a la decadencia, duración variable cierto, según cada partido, según cada realidad nacional. En nuestra Venezuela los partidos históricos (liberales y conservadores, con sus respectivas variantes), fueron liquidados por la férrea y larga dictadura del general Gómez; los nuevos partidos, surgidos a partir de 1936, viven hoy sus postreros estertores; y los últimos, aparecidos en estos tres o cuatro lustros, la verdad sea dicha, muy poco es lo que le ofrecen al nuevo país.
Es el caso que en Latinoamérica, y también cada vez más en Europa, los partidos expresan una contradicción. Por una parte la gente los considera una condición necesaria (¡aunque no suficiente!) para la democracia, pero por la otra, una mayoría determinante no cree en ellos, no confía en los partidos. ¿Por qué los partidos han perdido tanto terreno? ¿Por qué la gente ha perdido la fe en los partidos?
Hagamos un somero análisis de las variables esenciales que conforman un partido y seguramente allí encontraremos buena parte de la respuesta: primero, la ideología. De las ideologías duras y rigurosas que nutrían las plataformas de los partidos en su época de oro, hemos pasado a una carencia y vaguedad de ideas, que suscita pena ajena; segundo, la organización. Los partidos venezolanos, sin excepción, no han abandonado en los hechos el principio leninista del centralismo democrático. Son partidos cupulares, oligárquicos, cerrados a la participación popular; tercero, el comportamiento ético, que se revela en una forma de vida austera, ya no abunda en los dirigentes, jaqueados entre los modernos Escila (la dependencia de los dineros públicos) y Caribdis (la sujeción al financiamiento claro u oscuro, cuando no muchas veces clandestino, del empresariado privado). Los escándalos de corrupción y el abandono del pueblo destruyeron a la república puntofijista, y amenazan con su proterva y deletérea influencia, a la alicaída república chavista.
La política, en Venezuela y en el mundo, ha dejado de ser (afortunadamente y para bien de la democracia) un asunto exclusivo de los partidos. La democracia representativa de partidos está en crisis en todas partes. La ciudadanía se siente frustrada y abandonada por ella, y rechaza furibunda todos los días en las plazas públicas de las grandes ciudades el accionar de los profesionales de la política, la malhadada partidocracia. No puede ser de otro modo: ¿cuántas veces no hemos visto en estos últimos años cómo lo que ofrecen en sus plataformas electorales lo echan sin ningún pudor por la borda cuando asumen el poder?
Una estrategia política que se encierre exclusivamente en los partidos, como la que tiende a predominar en la forma tradicional de ver la política (y por ende en sus formas organizacionales), por parte de muchos dirigentes, tanto del oficialismo como de la oposición, no tiene hoy ninguna posibilidad de éxito duradero. Por supuesto que existe una alternativa: los partidos abiertos y horizontales, engarzados con la sociedad civil y los movimientos sociales, en absoluto plano de igualdad, con liderazgos con visión de país, más allá de las estrecheces de la coyuntura, que trasciendan los límites de los partidos y se involucren profundamente con la sociedad y sus reclamos y necesidades, allí está el camino de una verdadera nueva política para una realmente nueva Venezuela.
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jueves, 21 de junio de 2012
FUNCIONALIDAD

El resentimiento como política
RICARDO COMBELLAS
Cuando, superadas las pasiones del momento, se analice con objetividad el tormentoso proceso político que ha experimentado Venezuela en sus tres últimos lustros, los estudiosos tendrán que abocarse a estudiar no sólo causas y motivaciones de naturaleza política, ideológica o sociológica, pues necesariamente tendrán que empaparse de fenómenos vinculados a la psicología profunda, los mismos que mueven los resortes últimos de la acción humana, y entre ellos ese poderoso sentimiento que identificamos como resentimiento. Cierto que perspicaces analistas de la realidad nacional (son los casos entre otros de Ángel Lombardi, Axel y Ruth Capriles, y sin pretensión alguna el que esto escribe) han avizorado la relevancia de dicho sentimiento, pero no es menos cierto que su comprensión exige un estudio meditado que seguramente ofrecerá mucha luz sobre nuestra realidad actual.
Con motivo de escribir mi memoria sobre el proceso constituyente (El proceso constituyente, Caracas, 2010), intuí la relevancia del resentimiento al intentar aproximarme a la personalidad de Chávez, por lo cual adelanté dedicarle unas pinceladas de reflexión al tema. La definición más apropiada del resentimiento la encontré en el admirable diccionario de la "inolvidable" (así la llama con gratitud García Márquez) María Moliner: "Sentimiento penoso y contenido del que se cree maltratado, acompañado de enemistad u hostilidad hacia los que cree culpables del mal trato". El resentimiento ha estado firmemente presente en nuestra historia desde sus mismos orígenes, dada una sociedad atrincherada en fuertes y mineralizadas estructuras sociales, tan difíciles de romper, permeadas por la separación de ricos y pobres, mantuanos y pueblo llano, oligarcas y menesterosos, para no insistir en la "guerra de los colores". En efecto doscientos años no han sido suficientes, pese a los innegables pasos dados en procura de una sociedad más igualitaria, y donde yo destacaría el papel de los modernos partidos policlasistas, en primer lugar es justo señalar a Acción Democrática, para reducir la poderosa fuerza del resentimiento, cuyo caldo de cultivo está precisamente en la grosera desigualdad social, a lo que se une la fragmentación familiar, que caracteriza nuestra peculiar sociedad clasista.
En el liderazgo de Hugo Chávez se unen dos componentes de poderosa atracción: en primer lugar, su carácter innegablemente carismático, que rebosa los límites de lo religioso, y en segundo lugar, la capacidad de catapultar la energía poderosa del resentimiento, internalizada con su irresistible mensaje en el alma de sus partidarios, hacia una acción política eficaz de destrucción de los valores prevalecientes en el establishment (nuevamente recurro a María Moliner: "Clase social influyente que intenta mantener el orden establecido"), y el intento de convertir los antivalores del sistema por destruir en un nuevo y revolucionario orden de valores.
Por todo ello resulta tan difícil hacer del sistema político venezolano una democracia funcional. Los antivalores se manifiestan en odio, el adversario se convierte en enemigo, el diálogo es abandonado y se entroniza el insulto, la convivencia civilizada se sustituye por la permanente confrontación. La razón está en que el régimen de Chávez ha puesto el resentimiento en la primera línea de su estrategia política, baluarte fundamental que le ha facilitado la cosecha de tantos éxitos en su andadura política.
En la hipótesis de que triunfe un cambio de régimen en las tan ansiadas elecciones del 7 de octubre (no está en juego un simple cambio de gobierno, pues la disyuntiva es un cambio o una profundización del régimen), el desmonte del resentimiento como política no será una tarea fácil, pues al tratarse de un sentimiento arraigado en la conciencia nacional, ello amerita la modificación de buena parte de los patrones actitudinales del ser venezolano. En la hipótesis del triunfo de la opción oficialista, se consolidará, no tengo dudas, un nuevo orden de valores, un orden hegemónico, en palabras de Gramsci, un nuevo bloque histórico.
Nota LB: Fotografía intervenida o modificada. Tomada del Facebook, recortamos....
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martes, 29 de mayo de 2012
¿NOS SABEMOS (TAN) PESIMISTAS?
EL UNIVERSAL, 26 de Mayo de 2012
La AN, ¿una institución inútil?
RICARDO COMBELLAS
El genial jurista alemán Carl Schmitt estableció una distinción entre los tipos de Estado con el que decidí comenzar estas líneas. En efecto Schmitt distinguió el Estado legislativo, donde el Parlamento como creador de la ley es el actor fundamental del principio de la separación de poderes, del Estado jurisdiccional, donde la decisión final está en manos de los jueces, el Estado administrativo cónsono con el poder de la burocracia, y el Estado gubernativo que, en sus propias palabras, "encuentra su expresión característica en la voluntad personal soberana y el mando autoritario de un jefe de Estado que ejerce personalmente el gobierno". Esto lo digo porque el eje del poder en las democracias contemporáneas (Duverger las llamó "monarquías republicanas") se ha desplazado del Parlamento al Gobierno, con el cual intenta rivalizar el poder judicial, gracias al monopolio de la jurisdicción constitucional.
No tengamos rubor en decirlo, el Parlamento, en nuestro caso la Asamblea Nacional, ha perdido relevancia ante el protagonismo del Ejecutivo, y en menor medida del Juez constitucional. Por lo demás nuestra tradición política nos muestra desde los inicios de la república un predominio aplastante del Estado gubernativo sobre el Estado legislativo, sea bajo formas autoritarias, sea bajo formas democráticas, tanto en el siglo XIX como en el siglo XX. De alguna manera, Bolívar recoge en estas palabras el súmmum del Estado gubernativo, el paradigma irrefutable de nuestro destino institucional: "El presidente de la República viene a ser en nuestra Constitución, como el Sol que, firme en su centro, da vida al Universo". Esta aseveración está incrustada, como una suerte de sello indeleble, en lo más profundo de nuestra cultura política.
La circunstancia de que el Poder Legislativo se encuentre en un escalón más bajo en la estructura real del poder, respecto al Poder Ejecutivo, y ahora también respecto al Poder Judicial, no significa que siempre haya sido así, pues en política no todo es blanco y negro, pues también se nos muestras diversas tonalidades del color gris. Así, en la llamada IV República (la democracia puntofijista) el Parlamento tuvo momentos de brillo y más de una vez puso en jaque la autoridad presidencial. En su momento se diseñó el "pacto institucional", precisamente para logra una coordinación de esfuerzos que hiciera realidad la colaboración de las ramas del poder público, y así garantizar la gobernabilidad democrática. Sin embargo, inexorablemente, y fundamentalmente en su función más preciada, la función legislativa, ha ido progresivamente perdiendo terreno ante la rama ejecutiva, pero también ante la rama judicial.
Además, desde hace tiempo el Legislativo también ha perdido el sitial de ser el escenario por excelencia donde se deliberan los grandes asuntos de la nación, amén de que los grandes tribunos, tanto del siglo XIX como del siglo XX (donde la figura de Jóvito Villalba fue su máxima expresión), no tienen sucesores en el Parlamento de hoy. Que yo recuerde, en los últimos veinticinco años son dignas de citar solo tres intervenciones que estremecieron las paredes del viejo Congreso y repercutieron fuertemente, cierto que con desigual destino, en la vida nacional. Las dos intervenciones de Rafael Caldera, el 27 de febrero de 1989 y el 4 de febrero de 1992, y la del intelectual Luis Castro Leiva, el 23 de enero de 1998. Pero nótese que estas piezas oratorias fueron pronunciadas, en un caso por un Senador vitalicio, no por un Senador electo, y en el otro por un invitado especial para conmemorar una efeméride, los cuarenta años del 23 de enero de 1958.
Esta situación no ha dejado de empeorar con la flamante V República. La legislación relevante es obra del Presidente, la Sala Constitucional define en última instancia, y a veces también en primera, el destino de la ley, y en las discusiones parlamentarias ha entrado en acción el lenguaje soez y el insulto, aparte de que ha desaparecido la lealtad parlamentaria, el respeto debido a pertenecer sus miembros a la eufemísticamente llamada "casa del pueblo". El Parlamento venezolano ya no irradia auctoritas, y para muchos de sus miembros (tanto oficialistas como de la oposición) solo es un paso de tránsito hacia otros destinos más apetecibles, donde pueda cumplirse un rol más protagónico en la vida política, como son los casos de una Alcaldía, una Gobernación, un alto destino ministerial, e incluso como lo vimos recientemente, la primera magistratura nacional.
No va a ser fácil la tarea de recuperar el Parlamento, y así volver a conquistar el mínimo aprecio del pueblo venezolano. No creo, sé que soy pesimista, que ello se logre con la actual clase política. Es de esperar que las nuevas generaciones, imbuidas de un auténtico espíritu de republicanismo cívico, rescate de su decadencia la antigua y noble institución parlamentaria, no lo olvidemos, donde germinó por primera vez en la historia, la forma de gobierno que llamamos democracia.
Ilustración: Alberto Aragón
La AN, ¿una institución inútil?
RICARDO COMBELLAS
El genial jurista alemán Carl Schmitt estableció una distinción entre los tipos de Estado con el que decidí comenzar estas líneas. En efecto Schmitt distinguió el Estado legislativo, donde el Parlamento como creador de la ley es el actor fundamental del principio de la separación de poderes, del Estado jurisdiccional, donde la decisión final está en manos de los jueces, el Estado administrativo cónsono con el poder de la burocracia, y el Estado gubernativo que, en sus propias palabras, "encuentra su expresión característica en la voluntad personal soberana y el mando autoritario de un jefe de Estado que ejerce personalmente el gobierno". Esto lo digo porque el eje del poder en las democracias contemporáneas (Duverger las llamó "monarquías republicanas") se ha desplazado del Parlamento al Gobierno, con el cual intenta rivalizar el poder judicial, gracias al monopolio de la jurisdicción constitucional.
No tengamos rubor en decirlo, el Parlamento, en nuestro caso la Asamblea Nacional, ha perdido relevancia ante el protagonismo del Ejecutivo, y en menor medida del Juez constitucional. Por lo demás nuestra tradición política nos muestra desde los inicios de la república un predominio aplastante del Estado gubernativo sobre el Estado legislativo, sea bajo formas autoritarias, sea bajo formas democráticas, tanto en el siglo XIX como en el siglo XX. De alguna manera, Bolívar recoge en estas palabras el súmmum del Estado gubernativo, el paradigma irrefutable de nuestro destino institucional: "El presidente de la República viene a ser en nuestra Constitución, como el Sol que, firme en su centro, da vida al Universo". Esta aseveración está incrustada, como una suerte de sello indeleble, en lo más profundo de nuestra cultura política.
La circunstancia de que el Poder Legislativo se encuentre en un escalón más bajo en la estructura real del poder, respecto al Poder Ejecutivo, y ahora también respecto al Poder Judicial, no significa que siempre haya sido así, pues en política no todo es blanco y negro, pues también se nos muestras diversas tonalidades del color gris. Así, en la llamada IV República (la democracia puntofijista) el Parlamento tuvo momentos de brillo y más de una vez puso en jaque la autoridad presidencial. En su momento se diseñó el "pacto institucional", precisamente para logra una coordinación de esfuerzos que hiciera realidad la colaboración de las ramas del poder público, y así garantizar la gobernabilidad democrática. Sin embargo, inexorablemente, y fundamentalmente en su función más preciada, la función legislativa, ha ido progresivamente perdiendo terreno ante la rama ejecutiva, pero también ante la rama judicial.
Además, desde hace tiempo el Legislativo también ha perdido el sitial de ser el escenario por excelencia donde se deliberan los grandes asuntos de la nación, amén de que los grandes tribunos, tanto del siglo XIX como del siglo XX (donde la figura de Jóvito Villalba fue su máxima expresión), no tienen sucesores en el Parlamento de hoy. Que yo recuerde, en los últimos veinticinco años son dignas de citar solo tres intervenciones que estremecieron las paredes del viejo Congreso y repercutieron fuertemente, cierto que con desigual destino, en la vida nacional. Las dos intervenciones de Rafael Caldera, el 27 de febrero de 1989 y el 4 de febrero de 1992, y la del intelectual Luis Castro Leiva, el 23 de enero de 1998. Pero nótese que estas piezas oratorias fueron pronunciadas, en un caso por un Senador vitalicio, no por un Senador electo, y en el otro por un invitado especial para conmemorar una efeméride, los cuarenta años del 23 de enero de 1958.
Esta situación no ha dejado de empeorar con la flamante V República. La legislación relevante es obra del Presidente, la Sala Constitucional define en última instancia, y a veces también en primera, el destino de la ley, y en las discusiones parlamentarias ha entrado en acción el lenguaje soez y el insulto, aparte de que ha desaparecido la lealtad parlamentaria, el respeto debido a pertenecer sus miembros a la eufemísticamente llamada "casa del pueblo". El Parlamento venezolano ya no irradia auctoritas, y para muchos de sus miembros (tanto oficialistas como de la oposición) solo es un paso de tránsito hacia otros destinos más apetecibles, donde pueda cumplirse un rol más protagónico en la vida política, como son los casos de una Alcaldía, una Gobernación, un alto destino ministerial, e incluso como lo vimos recientemente, la primera magistratura nacional.
No va a ser fácil la tarea de recuperar el Parlamento, y así volver a conquistar el mínimo aprecio del pueblo venezolano. No creo, sé que soy pesimista, que ello se logre con la actual clase política. Es de esperar que las nuevas generaciones, imbuidas de un auténtico espíritu de republicanismo cívico, rescate de su decadencia la antigua y noble institución parlamentaria, no lo olvidemos, donde germinó por primera vez en la historia, la forma de gobierno que llamamos democracia.
Ilustración: Alberto Aragón
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lunes, 10 de enero de 2011
entre - vista

EL NACIONAL - Domingo 09 de Enero de 2011 Siete Días/4
entrevista
Ricardo Combellas
"Chávez está retando a la sociedad de una manera sumamente peligrosa"
Para el experto en Derecho Constitucional, el mandatario presiente que sólo en la violencia de la sociedad puede encontrar argumentos para sostenerse en el poder. Advierte que el régimen vacía de contenido la Constitución y que el Presidente acelera una crisis política
TAL LEVY
Venía del mundo universitario, donde todo se discute y así, reconoce, debe ser. "En la Asamblea Constituyente se me quitaron varios velos de la cara y empecé a ver tendencias del régimen que me preocupaban, comprendí que íbamos hacia fórmulas autoritarias y, lamentablemente, los hechos me dieron la razón. Fui de los primeros en abandonar el barco. Firmé la Constitución y me retiré, volví a la universidad. Había cumplido mi misión. Rechacé el régimen transitorio, consideraba que era un grave error, y allí están muchos elementos que progresarían hasta esta visión anticonstitucionalista del régimen", relata Ricardo Combellas, ex presidente de la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado que llegó a ser director ejecutivo de la Comisión Presidencial Constituyente y miembro electo de la Asamblea Nacional Constituyente.
--¿Cree que "la Constitución sirve para todo", como dijera un consejero al general Monagas? ¿La Constitución Bolivariana deja un camino abierto a su misma negación? --No. De parte del régimen lo que hay es un abierto desplante, un explícito rechazo a la Constitución de 1999. El régimen ha tenido la capacidad para moverse dentro de eso que llama la revolución pacífica y democrática alterando el Derecho, manejándolo como una plastilina. Mantiene una apariencia de constitucionalidad, de Estado de Derecho, pero vacía la Constitución de contenido ontológico y axiológico, desvirtúa sus valores más preciados y la convierte en un esqueleto sin sangre, sin savia, sin su razón de ser.
--En "La tensión entre el poder y el derecho" asevera que en la quinta república se ha producido "la subyugación del Derecho por el poder y la conversión de la Constitución en un concepto semántico sin fuerza normativa". ¿Por qué? --El poder crea el Derecho y el Derecho limita el poder, como dijera Norberto Bobbio. La Constitución terminó convirtiéndose en un instrumento más del poder, una fórmula ideológica-política del gobernante para perpetuarse. Hugo Chávez seguirá desplegando de una manera infinita la Constitución y le endilgará todos los méritos, pero en el fondo no cree en ella como instrumento para controlar su poder.
--¿Cómo explicar que el Presidente que abanderó la Constitución desee su reforma, mientras que quienes no la apoyaron sean hoy sus más fieles defensores? --En 1999, Chávez no controlaba todo el poder. Entre las fuerzas que lo apoyaban había mucha pluralidad y ésta se manifestó en la Constituyente. En el ámbito constitucional no había un proyecto político definido. Eso permitió que la Constitución del 99 no rompiera con el paradigma liberal. Por otra parte, las élites vinculadas a la cuarta república fueron desplazadas del poder. Sintieron que la nueva Constitución fue hecha por otros y la rechazaron fuerte y hasta exageradamente. Señalaron que era militarista, intervencionista y que la democracia participativa era un señuelo para romper con la idea de representatividad.
Esta Constitución, con todos sus defectos, cumplió una labor muy importante en la socialización política de la gente, que la leyó y la sintió como propia. No olvidemos que es la primera que ha sido ratificada por el pueblo. La experiencia traumática de abril de 2002 le dio una fuerza muy grande a la Constitución tanto en la mayoría de población, siempre identificada con ella, como en las élites tradicionales que reflexionaron. La política democrática se impuso y llevó al planteamiento de que los cambios había que hacerlos dentro de la Constitución y que había unos derechos por los cuales valía la pena luchar.
--A 11 años vista, ¿cuál es la gran transformación institucional que introdujo la Constitución de 1999? --Lamentablemente, la institucionalización por la cual apuesta la Constitución ha sido desvirtuada en la práctica, incluso la propuesta más preciada, que es la llamada democracia participativa. Este régimen ha mostrado mucho desprecio hacia la institucionalidad. Los dictados personalistas que vienen de Miraflores están por encima de ella. Vivimos un proceso de desinstitucionalización.
--¿Se ha perdido la institucionalidad en Venezuela? Y si es así, ¿cómo recuperarla? --La institucionalidad se ha erosionado fuertemente, pero no se ha perdido. Si usamos esa expresión tan drástica, quiere decir sálvese quien pueda, no hay marco, es la guerra civil, y creo que todavía hay marcos. El que la mayoría de la población se identifique con la Constitución tiene un simbolismo muy grande de respeto a cierta institucionalidad.
--En 1999, la Corte Suprema dio luz verde a una Constituyente, a pesar de no estar estipulada en la Constitución para entonces vigente, en respuesta a la realidad histórica y social de un país en crisis. Ahora, el Presidente de la República legisla, con los poderes otorgados por la Asamblea Nacional que él controlaba, sin contar con el consenso de la sociedad.
¿Qué consecuencias puede tener? --Chávez está retando a la sociedad de una manera sumamente peligrosa, está retando a que la gente asuma posiciones violentas. Esto es gravísimo porque parece que presiente que sólo en la violencia de la sociedad puede encontrar argumentos para sostenerse en el poder. Esa situación límite es sumamente irresponsable para un gobernante y peligrosa para una sociedad. Con sus últimas acciones, se está burlando del pueblo venezolano, que se manifestó en elecciones democráticas el 26 de septiembre. Impone criterios a través de la Habilitante, la castración de la expresión deliberativa y democrática de la Asamblea Nacional con cambios en el reglamento y la aprobación de leyes que violentan sagrados principios constitucionales. Es absolutamente irresponsable en el manejo de acelerar una crisis política, que se ha podido evitar. Pone a la sociedad civil y a la sociedad política, que mayoritariamente lo adversa, en situación difícil. Los venezolanos van a recurrir, no les queda otra alternativa, a mecanismos de desobediencia civil, legitimada constitucionalmente en los artículos 333 y 350, de defensa de la Constitución. La desobediencia civil es una forma de lucha pacífica que exige mucha madurez política, templanza, y nuestra tradición de cultura política, lamentablemente, no es ésa. Implica el liderazgo con una gran fortaleza ética. Chávez está arriesgando todo con tal de mantenerse en el poder. Está retando también al estamento militar, que en su institucionalidad está al servicio de la Constitución. Está jugando de manera grave y peligrosa con el destino nacional.
Lo que corresponde a la sociedad democrática es no jugar en el escenario político que le quiere imponer Chávez, sino idear mecanismos de lucha de desobediencia civil dentro de las pautas constitucionales.
--En su libro El proceso constituyente cuenta que el Presidente le comentó a usted y a Hermann Escarrá en 1999 que él no era marxista.
¿Le creyó entonces? Tras declararse marxista en 2009, ¿le cree? En 1999 creo que era sincero. Que uno adverse a Chávez no puede ser a costa de subestimarlo. Creo que Chávez es de los presidentes que ha tenido Venezuela no sólo más inteligentes, sino de los más preocupados por lo intelectual. Le regalábamos libros y los leía. El Chávez que yo conocí no tenía una cultura marxista, por lo menos no se la vi.
Ya ahora a Chávez no le creo nada. El marxismo es una fórmula política que él maneja libre y arbitrariamente en función de las coyunturas.
--Laureano Vallenilla Lanz escribió en el Cesarismo de- mocrático que "todo pueblo tiene no el gobierno que se merece como dicen los empíricos y los pesimistas, sino el sistema de gobierno que él mismo produce de acuerdo con su idiosincrasia y con su grado de cultura". ¿El sistema actual es producto de lo que somos? --No asumiría esa posición tan pesimista y legitimadora de lo fáctico. La sociedad venezolana por lo menos desde 1936 ha venido cambiando, introduciendo pautas culturales civilistas, democráticas y pacíficas. Tenemos cerca de una centuria de experiencia política rica, con avances y retrocesos, pero que revela que se sembró una simiente democrática en la sociedad, con la tolerancia y el respeto a lo que la Constitución significa, a que el poder tiene controles y límites y los derechos fundamentales no son entelequias, sino realidades por las cuales hay que luchar.
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