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lunes, 3 de septiembre de 2018

CAZA DE CITAS

"En una economía como la venezolana, en la cual las condiciones institucionales hacen del Banco Central el oferente monopólico de las divisas, el tipo de cambio es equivalente al precio de las reservas, así toda disminución del monto total de éstas potenciará la elevación del tipo de cambio y, por ende, también de los precios"

Rafael Ball - Luis Mata Mollejas

("El astigmatismo cambiario", en: AA.VV. "Venezuela, macrodinámica y política" Fondo Editorial Tropykos, Caracas, 2006: 153)

Ilustración: Yanel Sánchez.

domingo, 19 de junio de 2016

INCENDIAR LA PRADERA


El acento patológico
Luis Barragán

Lamentablemente comprobado, el aumento de la gasolina ha resultado inútil y, lejos de atenuarla, ha agravado la situación del país. El problema está en la manifiesta incapacidad, la corrupción y el propio modelo propulsado por un gobierno que tiene por único asidero las armas.

Inadvertidamente, semanas atrás, el vicepresidente de la República asomó la posibilidad de una elevación adicional del precio que, será tan recurrente como inútil para el combustible mientras que no haya las profundas correcciones y reorientaciones o, en definitiva, el cambio por el que clama el país.  Al subsidio ruinoso del Estado se suman factores como la caída mal disfrazada de la producción petrolera, la evidente crisis de refinación que nos ha obligado a la importación de la propia gasolina, el contrabando que apunta a toda una gerencia muy bien organizada y protegida por sus nexos gubernamentales, entre otros. Sin embargo, deseamos insistir en tres elementos que parecen más apropiados para los psicólogos sociales que emplea el régimen, frente a los economistas que, en definitiva, no tiene.

Confesión harto conocida, Maduro Moros sabe del ingrediente socialmente explosivo que está asociado al incremento del precio, postergado para el momento que juzgue como el más apropiado para el ejercicio de la represión hasta brutal, como ya hemos visto y padecido. Por ello, con sus devaneos de una aparente consulta popular de la que nadie se entera, excepto sus colaboradores más inmediatos, se presenta como una suerte de sobrevenido demócrata que escucha tolerantemente los pro y los contra,  y comparte propuestas, aún admitida la inevitable obligación del aumento: una superficial cordialidad precede al anuncio, enfatizando la tozudez criminal de la oposición que no comprende técnicamente  el problema.

El anuncio es por goteo, gracias a la supuesta infidencia de un vocero calificado del gobierno que lo va soltando para la evaluación respectiva, con los inmediatos estudios de opinión del caso y todos sus matices. Detectada alguna inconformidad con sus adversarios, la vincula con los prejuicios de los que dice estar  personalmente librado, como el de no creer inteligente al pueblo para entender las cifras que el gobierno suministra, por cierto, oficialmente escasas, ante la arrogancia de los especialistas de la oposición que emplean un lenguaje para las élites privilegiadas.

Ocurrido el alza, quienes más lloran son los ricos, propietarios de lujosos automóviles frente a las mayorías que, además de compensados salarialmente, reciben los beneficios de las tarifas subsidiadas del transporte público. El mejor y más actualizado parque automotor, en consecuencia, no está en manos de los personeros del gobierno y del hampa organizada, sino de aquellos que, antes y ahora, se benefician exclusivamente del bajo precio de la gasolina y, todo esto, luego de haber saqueado al país así – por lo menos – los hechos hablen  de no haber ejercido el gobierno por todos estos largos años: lejos de la lucha de clases a lo Marx, el acento patológico está en el resentimiento inmediato que se exprese hasta por motivos raciales.

20/06/2016
http://www.diariocontraste.com/2016/06/el-acento-patologico-por-luis-barragan-luisbarraganj

domingo, 28 de febrero de 2016

PONTÍFICES

El mito del precio justo
Luis Barragán


Los más variados especialistas coinciden no sólo sobre el nefasto modelo económico en curso, sino – específicamente – en el mecanismo de formación de los precios de bienes y servicios que lo agrava.  De un modo u otro, lo admiten hasta los partidarios de un gobierno al que procuran no desafiar a través de la más modesta declaración, cuidando el propio pellejo político.

Siendo tan marcada, masiva o generalizada la irresponsabilidad de los más altos funcionarios del Estado, en esta u otras materias, deseando pasar por inadvertidos, sólo les queda un pretendido recurso moral: sentenciar lo que es justo o injusto. Ocurre con la regulación obsesiva y extrema de los precios, como – por ejemplo -  el de la harina pre-cocida, cuya cifra está por debajo del costo de producción y distribución, facilitando una triple circunstancia: la de castigar y estigmatizar personal y políticamente al empresario, auspiciar la quiebra de la empresa y enmascarar el monumental fracaso del Estado en estas lides que lo desbordan, teniendo por único resultado la hambruna creciente de la población a la que urge domesticar.

De una reiterada y comprobada incompetencia, esos mismos funcionarios dictaminan cuál es y, en consecuencia, no es el precio justo. Quienes quebraron un país que, mal que bien, funcionaba al exhibir irrefutables y superiores niveles de vida más de un década y media atrás, ahora empobreciéndolo hasta lo indecible, incluyendo la ininvestigable putrefacción de los alimentos en los puertos venezolanos, hoy dictan cátedra en un asunto que, valga acotarlo, particularmente no los afecta al gozar de los privilegios del poder y permitir la consolidación de sendas mafias, porque el problema no se limita al impune desempeño de los llamados bachaqueros y colectivos armados que operan un negocio del que sospechamos frondosas complicidades.

¿Cómo determinar si es justo o injusto el precio de un producto o la prestación de un servicio, partiendo de un contexto doloso que lo llevó al espacio sideral, a pesar – por lo demás – de todas las advertencias que se hicieron? ¿Cuál es, en definitiva, el criterio económico aplicado para justipreciarlos, en medio de una prolongada emergencia que es muy propia del naufragio de un modelo, resistiéndose a aceptarlo  aún teniendo el agua al cuello? O, mejor, ¿por qué un gobierno tan injusto pontifica sobre lo que es justo o no, tratándose de la dieta diaria de alimentos y del tratamiento farmacológico de cada venezolano? Acaso, ¿no son necesidades vitales las de comer o medicarse oportunamente, accediendo a los productos indispensables?

Concluyamos, hemos pagado un injusto y altísimo precio por un régimen que no tiene parangón histórico alguno, porque las etapas de hambruna y desasistencia médica remiten al lejano país despoblado e incomunicado de las guerras y escaramuzas civiles del siglo XIX y, aceptemos, hubo de todo con el consabido Caracazo del XX, menos el desabastecimiento que nos acogota en el presente.   Mito endeble y pernicioso, fracasada la tozuda regulación, aspiran a otra tarifa: la del miedo.



29/12/2016

jueves, 30 de abril de 2015

CUADERNO DE BITÁCORA

Orbitada en el grupo facebookeano Caracas en Retrospectva II por Miguel Molina,  fue tomada por Leo Matiz a mediados de los '50 del XX. Obviamente, ha generado a la fecha casi 40 comentarios, contrastando precios de algunas épocas.  Quisiéramos, además, aprovechar la ocasión para tres notas rápidas: por una parte, la escasez de harina precocida pudiera desterrar la arepa de la mesa venezolana hoy, pues, al cambio inadvertido de sabores, golpeada la calidad de éste y otros productos, probable y lentamente sea sustituida, como quizá ocurriera con el pabellón, otrora composición que fue una de las más baratas por la confianza del precio de las caraotas. Por otra, el término "arepera" persiste, aunque - muy válido - hemos visto también "arepería". Por último, la facilidad también de amasar la arepa de cada día con otros elementos (zanahorias, nueces, albahaca, queso, etc.), según el gusto de cada quien, no significa un alto costo que seguramente lo dirá algún sitio gourmet, ni el agüaje populista de Maduro que, brillante desindustrializador del país, prometió que las mezclas incorporarían hasta un brontosaurio, aunque no garantiza el más elemental insumo en los hogares venezolanos.

LB