Alejandro Moreno: De seguir como vamos, Venezuela
desaparecerá como sociedad
La entrevista es con el Psicólogo, Teólogo y Doctor en Ciencias
Sociales Alejandro Moreno, un hombre internado por décadas en los
barrios de Caracas, quien asegura que la delincuencia es el nuevo Estado
en Venezuela. Moreno ve con pesimismo el futuro del país, y vaticina,
si no hay correctivos pronto, la ruptura de la sociedad venezolana. Lea
la entrevista que le hicieran Leo Felipe Campos y Hector Bujanda para el
portal
Contrapunto
La impunidad, la expansión de las
redes delincuenciales, el discurso violento y la incomunicación entre
las élites y los sectores populares han creado un escenario que amenaza
con destruir el sentido de convivencia
Desde hace años sus perfiles del delincuente, sus investigaciones
cualitativas sobre la violencia en estado de expansión, le han otorgado
cierta fama de “oráculo de lo peor”. Una fama parcial, casi mediática,
que no se corresponde con los tantos años de inmersión en la vida
popular. Él ha desarrollado una sensibilidad única alrededor de la gente
pobre y humilde, de quienes tiene siempre palabras generosas asociadas
con valores como la vida y la convivencia.
Que el Seguro Social en Venezuela, un país con un tremendo sentido de
la solidaridad, sean la familia y los amigos; que no esté de acuerdo
con la palabra “marginal”; que sostenga que ha disminuido la edad de los
asesinos y eso los hace más peligrosos; y que reconozca no saber cómo
puede ganarse esta batalla contra la delincuencia, describen claramente
la complejidad del padre Alejandro Moreno.
Dice eso y más: que no hay Estado o, peor, que actualmente el Estado
efectivo es el que han ido imponiendo los grupos criminales.
Hay personas que se definen por sus formas, su atuendo o su entorno
inmediato. A este cura salesiano lo describe mejor la investigación
continuada sobre los modos de vida barrial y lo que ha sabido recoger y
volcar, a partir de allí, en libros, ensayos, conversatorios y
conferencias. Por ejemplo, la conclusión de que hay dos sectores de la
sociedad que nunca se han comunicado, el que representa el cerro y el de
los edificios.
Nació en España, pero desde hace más de 50 años vive en un barrio
caraqueño, del que siempre ha preferido esconder exactitudes. Entrado
hoy en los ochenta años y desde su modesta oficina arropada por libros,
la mirada y la voz de Alejandro Moreno, psicólogo, teólogo, filósofo y
doctor en ciencias sociales, se han vuelto como las aspas de ese pequeño
ventilador que lo escolta detrás de su escritorio: casi anónimas para
la dinámica turbia de la política y del juego de poder en Venezuela.
No es de extrañar, por eso, que mientras más habla en los medios
menos lo buscan las instituciones y los actores políticos encargados de
producir alguna solución sostenible a esta guerra nuestra, que ha
empezado a devorarse al país. A chavistas y antichavistas por igual.
Los criminales imponen el Estado efectivo
–Comencemos con un diagnóstico, ¿en qué estatus estamos con respecto a la violencia criminal?
–El contexto de la violencia no es nuevo. Desde los años ochenta, la
violencia en Venezuela ha tenido momentos críticos, el primero fue el
Caracazo. Teníamos una tasa de homicidios que, más o menos, correspondía
al promedio mundial, estábamos dentro de la normalidad, entre comillas,
pero con el Caracazo esa cifra dio un salto y no bajó de ahí, se
estabilizó.
El segundo momento crítico fueron los intentos de golpe de Estado de
1992, y ya tenemos implicados a los militares, a Chávez y a sus
intenciones de transformación social. Pasó lo mismo, esa tasa subió y se
estabilizó. Durante el período de Caldera, subió y bajó, pero no
drásticamente. En 1998 y 1999, con el cambio de gobierno, dio otro salto
y esa cifra se convirtió en una espiral ascendente.
En el año 1987, por ejemplo, estábamos en 8 asesinatos por cada 100
mil habitantes, más o menos. Hoy estamos en 83 y la población no se ha
multiplicado por diez. Ese es el estado en el que estamos.
–¿Y cualitativamente, cuál es el estado de la delincuencia, especialmente la que se origina en los sectores populares?
–Quiero aclarar que en otros sectores sociales también hay crímenes,
pero no tienen tanta publicidad. Ahora, hablando de lo popular, que es
lo que estudiamos, lo primero –y gravísimo– es la drástica disminución
de la edad de víctimas y victimarios. Quienes trabajamos en esta
organización, que se deriva de la preocupación por entender el estilo de
vida popular venezolano, vivimos en sectores populares desde hace años y
lo vemos a diario.
Si en algún momento el promedio de edad del delincuente estuvo
alrededor de los 18 o 20 años, ahora debe andar en torno a los 15 o 16
años, pero con una gran incidencia en edades menores. En nuestras
investigaciones hemos encontrado que todos los sujetos dicen que su
inclusión en la delincuencia violenta comienza, más o menos, a los 14
años. Se puede decir que hoy el inicio de muchos de los delincuentes
está en torno a los 12. Hemos visto cosas tremendas.
–¿Qué consecuencias tiene esto?
–Muy graves, porque el preadolescente y el adolescente no tienen ni
la experiencia ni la capacidad de procesar la realidad racionalmente,
como pudiera tenerla un adulto. El adulto, aunque sea un delincuente,
calcula peligros para él, circunstancias de riesgo, y hay un cierto
control interno, aparte del control externo que pueda haber desde la
comunidad o la familia.
Los preadolescentes no es que sean la irracionalidad pura, pero no
tienen el razonamiento, la observación objetiva de la realidad en la
cual se están moviendo. Predomina en ellos la impulsividad emocional y
afectiva, de tal manera que por cualquier situación que les produzca
rabia o un disgusto de cualquier tipo, es muy fácil que pasen del
sentimiento a la acción, sin razonar ni calcular las consecuencias. Son
mucho más peligrosos.
–¿Ha visto diferencias con lo que viene después del disparo entre un preadolescente y un adulto?
–El adolescente se libra de culpas fácilmente. Según nuestra
experiencia, por el primer asesinato puede que no duerma esa noche.
Quizás. Pero a las 24 horas ya ha entrado en un estado de indiferencia
en relación con lo que hizo y eso se va a mantener, a menos que el joven
tenga un acopio de experiencia ética, de familia establecida que le
haya dado experiencias positivas. Esos casos también los hay, por
supuesto, pero no son la mayoría. El adulto ya está avezado de por sí y
lo que va a tener en cuenta es lo que le pueda producir peligro.
¿Cuáles son esos peligros? Caer en manos de la policía, aunque hay
94% de impunidad, de modo que no es gran problema, o provocar la
reacción de otros –eso sí– las culebras. Al que está marcado, lo esperan
y lo matan, el tiempo no cuenta, pueden pasar cuatro, cinco o diez
años. De ahí que vengan los grandes enfrentamientos entre grupos. Yo no
diría bandas.
–¿Por qué no?
–Porque una banda es algo organizado, donde hay un centro de poder y
unos dependientes de ese centro de poder. Hay una organización muy
rígida, como en las mafias de la droga, por ejemplo. En el caso de los
muchachos, que son cada vez más jóvenes, ellos no están entrenados, se
van entrenando. No son bandas organizadas de por sí; a veces son panas,
que es algo muy venezolano, el “tú a tú” afectivo. Estos grupos son
inestables, pierden a unos, vienen otros, o hay enfrentamientos internos
y se matan. Pero lo grave y peligroso es cuando se comienzan a
conectar. Siempre lo estuvieron, más o menos, pero en estos momentos se
están conectando más y se están formando redes: los de un barrio con los
de otros barrios. Y si siguen como van, en cualquier momento, van a
dominar la sociedad.
–Pero una red implica un flujo de algo.
–Flujo de información. Flujo de armas, de técnicas, de ideas.
–¿Cree usted que está naciendo una red de pequeños ejércitos?
–Se está formando un Estado efectivo por debajo del Estado formal, inefectivo y vacío.
–¿Un paraestado?
–No, un Estado. ¿Qué es lo que hace el Estado? Rige la conducta y la
manera de vivir de las personas. Estos grupos están rigiendo eso en casi
cualquier barrio. A las seis de la tarde, la gente ya no está en la
calle y cuando sale debe mirar a todos lados para ver qué pasa. No
puedes vivir en tal sitio, tienes que mudarte. Incluso de afectividad:
no puedo relacionarme con cierta muchacha… No sé si me explico. Y estos
grupos, a medida que se vayan relacionando y tejiendo redes, van a
construir un Estado completo. El Estado efectivo.
Los círculos de la violencia
–¿Hay criminales que tienen más poder que otros?
–Vamos ahora a ese aspecto. Yo estoy hablando de los muchachos o
adultos jóvenes, porque normalmente el delincuente popular no pasa de
los 25 años, al 70% los matan antes. Ellos consiguen lo que quieren y no
tienen castigo o consecuencias negativas.
–¿Y qué quieren?
–Lo que los motiva, fundamentalmente, no es tener dinero, que
también, sino el respeto de todos. Cartel, prestigio, importancia.
Producir miedo, dominar un grupo.
–¿Mujeres?
–Claro, también, pero las chicas por el prestigio, no por las chicas.
Tienen buenas motos porque producen respeto. Tienen buenas ropas de
marca, las llevan muy mal, pero las tienen, y eso significa prestigio.
Por ejemplo, cuando matan a alguien por un par de zapatos no es por el
par de zapatos, sino por la marca.
Ahora, hay grupos de delito común que se van organizando y aquí ya se
mezcla ese delito a partir del prestigio con el delito organizado, como
el de las bandas de la droga, que están en estos momentos regidas por
los pranes de las cárceles. Hay ciudades en Venezuela, enteras,
gobernadas por los pranes de la cárcel que está en esa ciudad. Ellos
allí son el gobierno efectivo. Tienen distribuidas las zonas, unas para
usted y otras para usted, y no solo tienen ahí el lugar para sus
controles delictivos, sino para el control sobre la gente.
–Hay especulaciones sobre el control que tiene el Picure en varias ciudades del estado Guárico, por ejemplo.
–Yo hablo de los pranes de la cárcel. El Picure está afuera y hasta donde sé, actúa en el campo, fundamentalmente.
–Volvamos a la edad de estos delincuentes cada vez más jóvenes, ¿es un fenómeno venezolano o una tendencia mundial?
–En América Latina es general, pero en Venezuela es crítico. Los
motivos son varios, en primer lugar, por la impunidad, y con ella el
modelaje. Uno reproduce las conductas exitosas que los modelos exhiben.
En las comunidades y los barrios, los más exitosos son los malandros.
Los malandros mayores, quiero decir, de 18 o 20 años, son los más
exitosos: en jevas, en motos, en fiestas, en prestigio, en respeto.
Incluso, algunos, tienen buenas relaciones con los policías.
–Pero mueren temprano.
–¿Y cómo mueren? Se matan entre ellos, los matan en las cárceles o
los matan en un enfrentamiento con la policía. Las culebras son muy
variadas, por una muchacha, porque me dijiste esto, porque me miraste
mal. En un barrio, la violencia de origen se desarrolla en tres círculos
más o menos definidos.
–¿Cómo son esos tres círculos?
–Primero, el de los profesionales. Siete u ocho mayores, entre 18 y
25 años, que han convertido el delito en su forma de vida. Tienen una
manera de pensar, de concebir la realidad, de establecer las relaciones
con la comunidad. Generalmente, en ese grupo hay un malandro mayor. Esto
quiere decir, un muchacho que ha pasado los 25 años o es más
inteligente, más cauto, y controla al grupito por prestigio y no por
imposición propiamente. Alguien que es capaz de organizarlos para que
planifiquen sus acciones fuera de la comunidad. Dentro de la comunidad
protegen a los habitantes, no permiten el ingreso de otros grupos, son
la auténtica policía, pero cuando matan al malandro mayor en un barrio,
estalla un período de anarquía peligrosísimo, que puede durar dos o tres
años hasta que otro crece y por algún motivo se logra imponer.
–¿Y los otros dos?
–En torno a este primer círculo hay otro de adolescentes entre 14 y
18 años, las edades, por supuesto, no son fijas sino referenciales. Este
grupo puede estar integrado por una decena o más. Los del primer
círculo le encargan a estos muchachos alguna acción. Son más seguros
para el delito porque aún no son mayores de edad, así que no pagan
cárcel o si acaso van a parar a algún centro correccional.
Estos del segundo círculo van entrando en la actividad, pero esto no
quiere decir que todos vayan a acabar en el círculo de los
profesionales. Aprenden a usar las armas, aunque normalmente no tienen
mucha puntería, pero es porque se drogan, también. Y en torno a este
segundo círculo está el tercero, más numeroso, de niños que tienen 10,
12, 14 años. Si el primero es el de los profesionales y el segundo es el
de los aprendices, el tercero es el de los observadores.
–¿Qué observan?
–Estos niños oyen constantemente todas las hazañas que los del primer
círculo le cuentan a los del segundo. Por supuesto, muchas veces son
como los cuentos de los pescadores o los cazadores, que tienen mucho de
invención, pero despiertan la atención de los más niños, porque son
narraciones sugestivas, sugieren a los más pequeños que ellos pueden
llegar allí. Les despiertan la fantasía y la imaginación. Por eso, hemos
visto que algunos investigadores preguntan en las escuelas: ¿qué es lo
que tú quieres ser cuando crezcas? Y un buen porcentaje de los niños
responde: quiero ser malandro. Hay un modelaje amplio, si el modelo
fuera castigado no produciría ese efecto, no se imitaría. Pero si es
exitoso, se convierte en una conducta imitable, que yo puedo reproducir.
Y aquí hay una impunidad casi absoluta.
–¿Qué otros modelos hay en el barrio que permiten salir de estos círculos?
–En Venezuela la figura que puede dar normas de vida es la madre, no
el padre, porque normalmente no existe, es una figura inestable, viene y
va, tiene poca influencia. La madre, normalmente, se preocupa y trata
de aconsejar al hijo, pero la madre venezolana necesita al hijo varón,
necesita que no se le vaya, eso es ancestral, ¿por qué? Porque no tiene
esposo. Incluso, teniendo una pareja transitoria o estable en la casa,
esa figura masculina suele ser marginal. Hay que conocer a la familia
popular venezolana para darse cuenta de esto. Ella entra en complicidad
con el hijo para no perderlo. Le puede reclamar, darle consejos, pero si
él llega con algo robado a la casa, se lo esconde. Se traza una norma
ambigua.
He encontrado casos en los que la madre ha tomado tan mal que su hijo
sea un delincuente, que se enferma. Existe esa expresión: “estás
matando a tu mamá”, y eso sí hace reaccionar al muchacho, siempre y
cuando no sea un malandro estructural, que tiene una personalidad que se
ha hecho de violencia y no puede entender otra cosa en la vida.
–¿Y eso que usted llama los malandros estructurales, entonces, cómo se recuperan?
–Normalmente no se recuperan.
La razones de matar a un policía
–¿Qué puede hacer el Estado en las circunstancias actuales para revertir esta violencia?
–El Estado tiene que querer, y este Estado no quiere.
–¿Por qué no quiere?
–Se pueden elaborar muchas hipótesis.
–¿Por ejemplo?
–Por ejemplo, ideológicamente este Estado dice que el delincuente es
una víctima de la sociedad capitalista, y mientras no exista la sociedad
socialista no vale la pena hacer nada.
–En un modelo como el cubano, un asalto con una navaja puede generar un estado de asombro entre quienes presencian el hecho.
–Imagínate que el asaltante, en vez de tener una navaja, tuviera una
pistola. Esa es la diferencia. En Venezuela las armas se consiguen con
mucha facilidad, y se sabe de dónde vienen: de alguna institución del
Estado, porque las armas, internacionalmente, se las venden las empresas
fabricantes a los estados, salvo un 5% o por ahí, que circula
ilegalmente, como parte del contrabando.
–¿Usted dice que el Estado tiene como política trasvasar esas armas?
–Cuando me dices que “tiene como política” yo no lo sé, porque no
tengo datos para decir eso. Pero de que hay gran parte de miembros en
instituciones del Estado que lo hacen, sí. Ellos mismos lo han dicho.
Todos los casquillos de proyectiles son de Cavim.
–¿Y el policía qué papel juega?
–No lo sé, pero hay una gran parte de funcionarios que trasvasan esas
armas, así no sea por motivos políticos. Por ahí tiene que haber algo,
pero no me hagan ponerme mal con los policías.
–¿Los mismos policías no suben las armas y la droga a los barrios?
–Sí, pero tampoco es que tienen que subir las armas o las drogas, basta con indicar el sitio donde hay que ir a buscarlas.
–¿Y no ha habido un considerable número de asesinatos de policías en los últimos meses?
–Parece que ha habido un cierto control de armas, deduzco, que ya no
circulan con tanta facilidad como circulaban antes, y por eso hay tantos
policías que mueren o los matan para quitarles el arma.
–¿Puede tratarse de un rito de iniciación?
–Allí es donde está el problema, uno no sabe si los matan por la
disminución de las armas o es por otra cosa. Una de las razones de matar
a un policía es que te da prestigio, e incluso puede ser un rito de
iniciación, que siempre se trata de un asesinato. Alguien le indicará al
nuevo de la banda que debe matar a un policía. Le da el arma y le dice
“mátalo”.
No se puede ganar esta guerra
–¿El modelo dominante que se ha arraigado en el barrio, por tanto, es el bandidaje?
–No, hay otros modelos. Lo popular es muy amplio. Hay gente que tiene
valores delincuenciales: el malandro. Eso no es un antivalor. El valor
es algo que tu valorizas. Si el malandro da valor a matar a otro, ése es
su valor. Y eso rige su conducta. Por otro lado, la madre intenta
inculcar valores a sus hijos y lo logra en un 90% de los casos. Esa gran
porción de la población popular no está dañada, lo que pasa es que el
otro grupito, esos círculos de los que hablamos, tienen una gran
capacidad de destrucción porque no hay quien los controle y por eso
parece que dominaran absolutamente todo. De hecho dominan a la gente en
el sentido de que infunden pavor y la obligan a encerrarse, pero no
dominan sus mentes, su manera de pensar y su sistema de valores.
El sistema de valores del venezolano permanece, hay que tomar en
cuenta que la delincuencia es un sector. ¿Va creciendo? Sí, porque si
dejas un fenómeno social libre, a su propio arbitrio, se desarrolla, va
captando y reclutando gente. El modelaje va influyendo y por eso tenemos
más delincuentes de los que deberíamos tener.
–¿Con esos otros valores se puede ganar la batalla contra el Estado efectivo que se ha venido instaurando?
–Todos queremos que se gane esa batalla. Ahora, yo no veo por dónde
se va a ganar. Eso que quede muy claro: no veo por dónde ganar esa
batalla en muchos años. Todo eso pasa porque en Venezuela no tenemos
Estado.
–¿Cuáles son esos otros grandes valores de lo popular? ¿El músico, el deportista?
–No, no, son valores mucho más de fondo. El valor de la vida, del
respeto al prójimo, el de la solidaridad, que es tremendo. En Venezuela
el Seguro Social no existe, el Seguro Social de un venezolano es su
familia. La familia venezolana es muy grande, porque no es una familia
nuclear. Y todos entran para ayudar o cooperar en una enfermedad que el
seguro no puede cubrir.
El sentido de la solidaridad, que es un sentido muy cristiano, creo
que se le metió adentro al venezolano y predomina. Está el valor de
entenderse, el valor de conversar, de comunicarse. La convivencia. El
venezolano es un hombre convivial, el europeo es un hombre económico.
Ahora, lo que pasa es que la gente del barrio ha dejado de salir de
casa, habla bajito, porque no sabe quién puede oír. Eso está dañando
toda la convivencia y no sé a dónde vamos a ir a parar. Eso está
desnaturalizando al venezolano.
–¿Estamos al borde del fracaso como sociedad?
–De seguir como seguimos, Venezuela desaparece como sociedad. No sé
que va a venir, vendrá la anarquía, nos vamos a matar, no sé. Pero de
seguir como seguimos, la sociedad como una integración, desaparecerá.
–Usted ha dicho que la violencia se contagia.
¿Estamos imposibilitados para la reconciliación?
–Esa es la reacción que consigues en Facebook, por ejemplo, cuando
matan a un malandro. Lean los comentarios. Ya es normal que a alguien se
le ocurra pensar “vamos a matar a esas mierdas, a esa basura”. Es
normal que a uno se le ocurra una solución así, pero en el acto entran
los valores, entran las convicciones éticas que te exigen buscar otra
solución. Esa es, digamos, una reacción espontánea. Todo el mundo está
en condiciones de someter esos hechos a la reflexión, en base a los
valores y principios éticos. Pero hay gente que no. Hay gente que
incluso puede justificar ese pensamiento como una autodefensa, como una
legítima defensa: “si ellos están preparados para matarme, pues yo los
mato primero”. No es una justificación adecuada, pero se consigue
justificar. El año pasado teníamos una tasa de homicidios de 79 por cada
cien mil, ahora la tenemos en 83. ¿Cuánto vamos a tener el año que
viene?
Lo popular y las élites, dos mundos incomunicados
–
¿Cuál es la responsabilidad de la sociedad en general, en particular de las élites y la clase media profesional?
–Eso es bien complejo y nos llevaría tiempo responder. Para decir
algo: la gente de los sectores populares ve a la gente de la que ustedes
hablan, que tiene carros, que vive en zonas residenciales, las ve como
“otros tipos”. No las ve como propias.
En Venezuela hay dos mundos que no se comunican: el mundo de la vida
popular y el mundo de vida de las élites. Las élites no se acercan al
mundo popular, y los sectores populares se acercan a las élites porque
tienen que trabajar e intercambiar con ellas, pero consideran que
pertenecen a otro mundo. Normalmente no se meten con ellas. Lo que
existe son ciertas relaciones de familiaridad.
En Venezuela siempre ha habido esa cosa de tomar en consideración la
parte personal, humana, de los otros, pero estableciendo diferencias. El
mundo de las élites es el mundo moderno y para ciertos venezolanos ese
mundo no es suyo en absoluto, de ninguna manera. Así que tenemos dos
sectores, dos mundos, que no se encuentran y que en este momento están
más separados que antes, porque le han infundido a los sectores
populares ya no una distinción sino una voluntad de enfrentamiento.
Eso es propio de las revoluciones, extremar la lucha de clases,
intensificar las contradicciones de clase para que se produzca la
revolución.
¿Qué ha hecho la sociedad? Cuando digo sociedad me refiero a quienes
la dominan: ha seguido con su rol, haciendo sus propios programas donde
suponen que los otros deberían cumplir un papel determinado. Sólo
piensan en lo que deberían hacer como propio y suponen lo que deberían
hacer los demás. Ahí está la televisión, proyecta modelos de clase
media, cuando eso no es lo que se desea en lo popular. En los sectores
populares se desea lo que los otros tienen, pero no el sistema de
relaciones, ni el sistema de pensamiento o valores que tienen las
élites.
–Parte de esas élites también ha decidido irse del país.
–Y también se está yendo el pueblo, para que lo sepan.
–
¿Para dónde?
–Para España, por ejemplo. Podría decir que en mi barrio hay gente que se ha ido para España, para Panamá, para Colombia.
–¿Y de parte de la élite no ha habido también un lenguaje y una violencia contra lo popular?
–Sí, claro, pero la estigmatización sigue produciéndose desde los
altos niveles del Gobierno, desde el primer momento. Los que elaboran
sus discursos son los que se formaron en la misma estructura de las
clase media venezolana. Lo dicen de otra manera, pero es el mismo
contenido, el mismo significado. Ése es el problema. Yo creí que era
otra cosa y voté por Chávez la primera vez, pero esto es peor. Y los
significados son los mismos de exclusión, pero, además, hipócritas. Y
perdonen que diga lo que pienso al respecto.
–¿Cuál es el plan de Alejandro Moreno para destrabar el cuadro de violencia?
–Hablamos de barrios y modelos, no lo hemos dicho todo. En todos los
barrios hay gente que cuida a los niños, espontáneamente, y pone dinero
de su propio bolsillo para hacer grupos de deporte, grupos de danza para
muchachos y muchachas. La iglesia tiene presencia y tiene modelos muy
importantes para la convivencia, pero, ¿en qué porcentaje? ¿Hasta dónde
puede llegar eso, si cualquier delincuente muestra sus éxitos y no le
pasa nada?
Hay modelos, repito, hay instituciones que se mantienen, que son
efectivas, como la escuela. Y hay modelos espontáneos de gente que
trabaja con la comunidad: personas que son referencias, que hablan, que
consiguen soluciones, que negocian y saben entenderse con los malandros.
Ese modelo funciona y es respetado, incluso entre los malandros. Pero
si no hay una intervención del Estado, poco se podrá hacer
efectivamente, un Estado que haga cumplir su papel de defensor de la
libertad y de la posibilidad de actuación de la gente.
–¿Cómo sería esa intervención? Desde los ochenta, Venezuela es una sociedad con diversos ensayos fallidos.
–La delincuencia hasta Chávez estuvo más o menos controlada. Teníamos
una delincuencia inferior a la colombiana, a la brasileña, a la
mexicana, a la salvadoreña. A partir de Chávez esto crece
indefinidamente. Debe haber, entonces, un factor que lo favorece, no es
que antes no hubiese un fracaso, pero no estábamos dentro de los países
más violentos.
–¿Usted ha participado en algún proyecto gubernamental para ayudar a resolver el problema de la violencia?
–No, no, yo he sido invitado dos veces por el Ministerio del
Interior, Justicia y Paz a participar en un foro, donde expuse algo y
los otros invitados también. No han sido sesiones de trabajo. Si me
invitan voy, para que no digan que uno no colabora. Yo he ido una sola
vez a una sesión de trabajo y fue con el comando de campaña de Leopoldo
López para las primarias de la oposición. La única vez. Me llaman, más
bien, para pedirme información, solo eso.
–Con su edad y su experiencia, con lo que ha vivido en Caracas, ¿usted es optimista o pesimista?
–Sobre el venezolano soy muy optimista. Pero soy muy pesimista con
las instituciones que generan las élites, que están divorciadas del
sentido profundo de los verdaderos significados del venezolano. El
venezolano me parece fenomenal, se ha formado de una manera distinta.
Las élites de todo tipo, de izquierda, de derecha, cuando llegan a
espacios de poder funcionan de una manera incompatible. Hubo un tiempo
de la llamada Cuarta República en que parecía que caminábamos hacia una
cada vez mejor organización del Estado, más comprensiva, más
democrática. Esta situación interrumpió eso y, bueno…
–Pero este ha sido un período del arraigo a lo popular, de
identificación y representación de los sectores populares con la
política y la gestión de Gobierno.
–Los discursos del Gobierno son violentos. Son agresivos. Modelan
violencia. Eso no es popular. Si ustedes creen que lo popular son las
formas, el folclor, déjenme recordarles que también lo había antes. Pero
el espíritu, el contenido, los significados, las emociones
representadas por este gobierno no son populares.
–¿Ah, no? ¿Que serían entonces?
–Violentos, revolucionarios. Marxistas. Son discursos de enfrentamiento.
Fotografías: Wil Riera / Gil Montano, tomada de:
http://www.la-croix.com/Religion/Actualite/Le-P.-Alejandro-Moreno-dans-les-barrios-de-Caracas-2014-01-07-1085659 /
http://www.laverdad.com/politica/94739-hrw-denuncia-abusos-policiales-durante-olp-venezuela.html /
http://www.noticierodigital.com/2015/07/el-nacional-familiares-de-4-muertos-en-cota-905-niegan-que-hubo-enfrentamiento/
Fuente:
http://www.lapatilla.com/site/2015/04/22/alejandro-moreno-de-seguir-como-vamos-venezuela-desaparecera-como-sociedad/