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jueves, 2 de abril de 2020

DESDE LUGAR ALGUNO: SÓLO HAY BAJAS

Alain Touraine, sociólogo: “Esta crisis va a empujar hacia arriba a los cuidadores”
El sociólogo francés es uno de los últimos supervivientes de una generación que marcó el pensamiento Occidental. Dice que ahora siente un gran vacío.
Marc Bassets
 
Alain Touraine (Hermanville-sur-Mer, 1925) es uno de los últimos supervivientes de una generación brillante que marcó las ciencias sociales y el pensamiento occidental desde mediados del siglo XX hasta el inicio del XXI. Como sociólogo, su campo de estudio ha abarcado desde las fábricas que en la posguerra levantaron el país a la sociedad postindustrial, y desde los movimientos sociales a la crisis de la modernidad. Con sus intervenciones en el debate público —en Francia, pero también en otros países europeos como España y en América Latina—, Touraine se convirtió en un referente de lo que en su país llaman la segunda izquierda —de carácter socialdemócrata y netamente antitotalitaria—. El sociólogo, premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2010, conversó con Ideas por teléfono desde su confinamiento en París.
PREGUNTA. Estamos en guerra, dicen Emmanuel Macron, Pedro Sánchez, Donald Trump. ¿Es correcto?
RESPUESTA. Técnicamente la guerra enfrenta a un ejército A que invade el territorio del país B. Hacen falta al menos dos y ocurre entre humanos. Aquí, en cambio, lo que vemos es lo humano contra lo no humano. No critico el empleo de la palabra guerra pero sería una guerra sin combatientes. No hay un estratega: el virus no es un jefe de Gobierno. Y, del lado de lo humano, creo que vivimos en un mundo sin actores.
¿Sin actores?
Nunca había visto un presidente de Estados Unidos tan raro como Donald Trump, tan poco presidencial, un personaje tan fuera de las normas y fuera de su papel. Y no es casualidad: Estados Unidos ha abandonado el papel de líder mundial. Hoy ya no hay nada. Y en Europa, si se fija en los países más poderosos, nadie responde. No hay nadie en lo alto de la tabla.
¿Y abajo?
No existe un movimiento populista, lo que hay es un derrumbe de lo que, en la sociedad industrial, creaba un sentido: el movimiento obrero. Es decir, hoy no hay ni actores sociales, ni políticos, ni mundiales ni nacionales ni de clase. Por eso, lo que ocurre es todo lo contrario de una guerra, con una máquina biológica de un lado y, del otro, personas y grupos sin ideas, sin dirección, sin programa, sin estrategia, sin lenguaje. Es el silencio.
¿Recuerda un momento similar en su vida?
Quizá existió la misma sensación durante la crisis del 29, yo había nacido un poco antes: todo desaparecía y no había nadie, ni en la izquierda ni en los Gobiernos. Pero es verdad que el vacío fue rápidamente llenado por el señor Hitler. Lo que más me impresiona ahora, en tanto que sociólogo o historiador del presente, es que hacía mucho tiempo que no sentía un tal vacío. Hay una ausencia de actores, de sentido, de ideas, de interés incluso: la única preferencia del virus es hacia los viejos. Tampoco hay remedio ni vacuna. No tenemos armas, vamos con las manos desnudas, estamos encerrados solos y aislados, abandonados. No hay que estar en contacto y hay que encerrarse en casa. ¡Esto no es la guerra!
Usted tenía 14 años en 1940, al inicio de la verdadera guerra, la Segunda Guerra Mundial. ¿Le recuerda a aquel momento?
No. En aquel momento, para un chico francés de mi edad en aquella época, no había nada más banal que una guerra franco-alemana. Aquello ya se había jugado varias veces. La ocupación, después, sí marcó toda mi juventud. Ahora es otra cosa: estamos en el vacío, reducidos a la nada. No hablamos, no debemos movernos, ni comprender.
¿Cómo hemos llegado aquí?
Hemos vivido dos buenos siglos en la sociedad industrial, en un mundo dominado por Occidente durante unos 500 años. Hoy hemos creído, y fue el caso en los últimos 50 años, que vivíamos en un mundo americano. Ahora quizá viviremos en un mundo chino, pero tampoco estoy en absoluto seguro. América se hunde y China está en una situación contradictoria, que no puede durar eternamente: quiere practicar el totalitarismo maoísta para gestionar el sistema mundial capitalista. Nos encontramos en ningún lugar, en una transición brutal que no ha sido preparada ni pensada.
¿Habla de hoy mismo, en pleno confinamiento, o de nuestra época en general?
De ambos. Pero me gustaría dar el punto de vista de alguien encerrado. Yo mismo me encuentro en ningún lugar, puesto que no tengo derecho a salir a la calle.
¿Le angustia esta situación?
No, porque mi vida consiste en estar en casa trabajando. Me siento, de alguna manera, protegido en las mismas condiciones que todos los días.
¿Dónde está Europa?
¿Usted ha escuchado muchos mensajes europeos estos días? Yo no. Soy muy europeísta, probablemente demasiado. La marcha de Reino Unido no es poca cosa. El ascenso de los iliberales como Matteo Salvini en Italia tampoco. Esta epidemia tiene lugar en un periodo en el que no sabemos ni cómo ni por qué. Es demasiado pronto para saber qué hacer económicamente, y políticamente no se nos pide otra cosa que quedarnos encerrados en casa. Estamos en el no-sentido, y creo que mucha gente se volverá loca por la ausencia de sentido.
¿Habrá un regreso del nacionalismo y el populismo?
Pero esto ya estaba aquí. Ahora hay dos decisiones fundamentales para Europa. Primero, la liberación por medio de las mujeres. Es decir, el derrumbamiento de la razón en el centro de la personalidad y la recomposición de los afectos en torno a la razón y la comunicación, una sociedad del care [en inglés, cuidados]. Y segundo, la acogida de los migrantes, que considero un problema de peso. Nuestros países europeo se definen hoy por su actitud ante los migrantes.
¿El virus no lo cambia todo? Las consecuencias económicas, nuevas costumbres sociales con más distancia, otras prioridades…
No lo creo. Habrá otras catástrofes. Me extrañaría mucho que en los diez años que vienen no hubiese catástrofes ecológicas importantes, y los diez últimos años se han perdido. Atención, las epidemias no lo son todo. Y creo que entramos en un nuevo tipo sociedad: una sociedad de servicios, como decían los economistas, pero de servicios entre humanos. Esta crisis empujará hacia arriba la categoría de los cuidadores: no pueden seguir estando mal pagados. Al mismo tiempo, con estas crisis hay posibilidades de que un choque económico produzca reacciones que llamo de tipo fascista. Pero no me gustaría hablar demasiado del futuro, prefiero centrarme en el presente.
Hoy nos gobierna el virus.
No el virus, sino nuestra impotencia para combatirlo, pero se acabará encontrando una vacuna.

Fuente:
Fotografías:

viernes, 2 de enero de 2015

¿OBSOLETO?

EL PAÍS, Madrid,2 de enero de 2015
Estados Unidos se acostumbra a las guerras sin victoria y sin final
El fin de la misión de combate en Afganistán es simbólica: el conflicto contra los talibanes persiste y los norteamericanos seguirán hasta 2016 en el país centroasiático
Marc Bassets
    
Las guerras del siglo XXI acaban sin desfiles triunfales ni lluvias de confeti. Estados Unidos se retiró hace tres años de Irak sin cumplir los objetivos que se propuso en la invasión de 2003. Y esta semana ha concluido la misión de combate en Afganistán —la guerra más larga de la historia de EE UU, más que la Segunda Guerra Mundial y que Vietnam— con una ceremonia discreta en Kabul, un comunicado del presidente Barack Obama y los talibanes celebrando la derrota de los aliados. La era de las victorias de la primera potencia ha terminado.
“La guerra en Afganistán ha terminado en el mismo sentido en que terminó la guerra de Irak en 2011. Es decir, en realidad no ha terminado”, dice el historiador militar Andrew Bacevich, veterano de Vietnam y padre de un soldado muerto en Irak. “Los americanos se marchan pero la guerra continuará. El resultado está por decidir”.
Desde el 1 de enero el objetivo de EE UU y los aliados de la OTAN en Afganistán ya no es combatir frente a los talibanes y otros grupos insurgentes: esta misión corresponde a las fuerzas armadas afganas. Los cerca de 11.000 militares norteamericanos tendrán una misión más limitada: entrenar a los afganos y participar en operaciones contraterroristas.
El temor a que una retirada brusca ofrezca vía libre a los talibanes para recuperar la capital, Kabul, 13 años después de la intervención de EE UU, ha llevado a Obama a ralentizar sus planes de ahora al 2016, la fecha que Obama ha fijado para la retirada final: mil soldados más de los previstos se quedarán en el país centroasiático y el contingente norteamericano dispondrá de un margen mayor para luchar contra los talibanes y Al Qaeda.
El Afganistán que EE UU empieza a abandonar no es un país estable. En 2014, murieron más de tres mil civiles afganos, la cifra más elevada desde 2008, cuando la ONU contó por primera vez las bajas civiles. Este mismo año, murieron unos 5.400 soldados y policías afganos, la cifra más elevada desde que comenzó la guerra.
EE UU empieza a digerir una década bélica con el regreso de los veteranos y el debate sobre la incapacidad para ganar del ejército más potente
Desde 2001 Afganistán ha dejado 2.224 militares norteamericanos muertos y 19.945 heridos. En Irak murieron, entre 2003 y 2011, 4.491 norteamericanos y 32.244 resultaron heridos. Más secuelas. “Depresión, ansiedad, pesadillas, problemas de memoria, cambios de personalidad, pensamientos suicidas: cada guerra tiene su posguerra, y así es con las guerras de Irak y Afganistán, que han creado unos quinientos mil veteranos americanos heridos mentales”, escribe el periodista David Finkel en el libro ‘Gracias por sus servicios’.
Tras la retirada, llega la hora de digerir la década y media de conflictos sin victoria. La avalancha de heridos engorda las listas de espera en los hospitales de veteranos. El regreso, como ocurrió después de Vietnam, no es fácil. Cerca del 7,2% de veteranos de Irak y Afganistán están en paro, por encima de la media nacional.
La diferencia con Vietnam es que, al contrario que entonces, los veteranos no encuentran en su país una recepción hostil. Vietnam marcó el fin del reclutamiento obligatorio. El carácter voluntario de las fuerzas armadas, desde 1973, las ha profesionalizado, pero también ha abierto un abismo entre los militares y el resto de la sociedad.
Menos del 1% de norteamericanos ha combatido en Irak y Afganistán. EE UU inició la llamada guerra contra el terrorismo como respuesta a los atentados de 2001, pero durante estos años EE UU no ha vivido como un país en guerra.
Los combates eran algo lejano, exótico. Unos meses después del 11-S, “aunque nominalmente estaba ‘en guerra’, la nación empezó a comportarse como si estuviese 'en paz'”, escribe Bacevich en su último ensayo, ‘Quiebra de la confianza. Cómo los americanos han fallado a sus soldados y a su país’.
“Es extraño, pero la relación [entre los norteamericanos y las fuerzas armadas] no ha cambiado realmente a pesar del largo periodo de guerra”, dice Bacevich en un correo electrónico. “Hoy, como era el caso antes del 11-S, los americanos pretenden preocuparse por los soldados, pero su preocupación no se amplía hasta el punto de impedir el compromiso en guerra innecesarias e imposibles de ganar”.
En un artículo titulado “¿Por qué los mejores soldados del mundo no dejan de perder?”, publicado en el último número de la revista ‘The Atlantic’, el periodista James Fallows vincula la distancia entre los civiles y los militares con el hecho de que EE UU se haya embarcado en “guerra sin fin que no puede ganar”.
La desconexión, unida a la veneración automática de los militares por parte de los ciudadanos, aisla a los militares de las críticas que reciben otras instituciones de EE UU, como el Congreso o Wall Street. A la larga, según Fallows, la ausencia de un escrutinio público perjudica a los militares, porque pierden incentivos para mejorar. La profesionalización de los ejércitos permite a los políticos embarcarse en guerras sin asumir un coste social: las consecuencias las sufre una parte ínfima de la población.
Esta es la “era del conflicto persistente”, según la frase acuñada en 2007 por el entonces jefe del Ejército de Tierra, el general George Casey. El concepto ‘ganar guerras’ queda obsoleto. “En este mundo no ‘ganaremos guerras’”, vaticinó en 2011 Anne-Marie Slaughter, jefa de planificación política del Departamento de Estado cuando Hillary Clinton era secretaria de Estado. “Tendremos un abanico de heramientas civiles y militares para aumentar nuestra posibilidades de convertir resultados malos y amenazantes en resultados buenos, o como mínimo mejores”.
El objetivo, en Irak y en Afganistán, ya no es ganar, sino evitar daños mayores. Y el plazo es flexible. En Afganistán es 2016. En Irak fue 2011, pero este verano los avances del Estado Islámico han forzado a EE UU a regresar. Si las guerras del siglo XXI acaban sin desfiles y confeti, es porque muchas jamás acaban del todo.

Ilustración: Tomada de la red.