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lunes, 30 de mayo de 2011

ADVERTENCIA A LOS PARTIDÓFOBOS


EL NACIONAL - Domingo 29 de Mayo de 2011 Nación/4
El foro del domingo
GUILLERMO TELL AVELEDO Opina que el desencanto sin organización no trasciende
"Los indignados de España y Venezuela necesitan a los partidos"
EDGAR LÓPEZ

Ficha personal
POLITÓLOGO Y DOCTOR EN
· CIENCIAS POLÍTICAS DE LA UCV DIRECTOR DE LA ESCUELA
· DE ESTUDIOS LIBERALES DE LA UNIMET

Por tratarse de realidades muy distantes y distintas es difícil establecer paralelismos entre las revueltas en África del Norte, el Medio Oriente y Europa Occidental y lo que ocurre en América Latina y en Venezuela. Sin embargo, el director de la Escuela de Estudios Liberales de la Universidad Metropolitana, Guillermo Tell Aveledo, destaca que el denominador común es el desencanto de los ciudadanos frente a las élites gobernantes.

Aveledo se aproxima con cautela a la efervescencia en las plazas de África del Norte, Medio Oriente y Europa Occidental: "Han surgido elementos libertarios y románticos, pero también grupos fascistas. Ello pudiera indicar, al menos en el caso de España, que la democracia con moderación es muy frágil".

­¿Hay algún catalizador de las protestas que no se ha hecho visible? ­Puede haber factores radicales que tratan de capitalizar una revuelta, pero lo verdaderamente meritorio es la capacidad de organizarla. Si las masas no tienen organización, si las masas no tienen partidos políticos, si las masas no tienen algún elemento de vanguardia que logre ordenar la acción, no hay trascendencia sino frustración.

­¿Cómo se explica esa especie de contagio internacional de la protesta? ­Estas protestas cuentan con la simpatía de las élites intelectuales de Occidente. Se presentan como mecanismos de incidencia factibles y moralmente lícitos. Además, están protagonizadas por una generación que ha crecido sin el miedo a la Unión Soviética, sin el miedo al holocausto nuclear, sin detenerse a examinar otros riesgos. En todas hay un factor denominador común: el desencanto con la élite política y la convicción de que existe una profunda desigualdad en la distribución del poder.

­¿En qué se parecen los indignados de España a los nini de Venezuela? ¿Se trata del rechazo del ciudadano a todas las opciones políticas que se le presentan? ­Creo que en Venezuela lo que hay son grupos de independientes que en momentos electorales oscilan entre un lado y otro. Hay quienes han sugerido que esos ni-ni tienen una serie de creencias muy articuladas, conductas políticas muy estables. Pero hasta ahora no parece ser esa la evidencia empírica de acuerdo con los resultados electorales, no de las encuestas de opinión. Insisto, la organización es la clave. Los indignados de España y Venezuela necesitan a los partidos políticos y no conformarse con que los encuentren muertos en Choroní, como dice la canción.

­El nombre del movimiento viene del título del libro In- dignaos, publicado en 2010 por Stephen Hessel, corredactor de la Declaración de los Derechos del Hombre, que pide reacción contra el desmantelamiento del Estado Social. ¿El desmantelamiento del Estado Social es motivo de reclamo en América Latina? ­No somos sociedades suficientemente productivas, igualitarias y comprometidas.

En América Latina tenemos partidos débiles. A cada rato surgen movimientos populistas y antisistema que tienen éxito político. Es precisamente lo que ocurre ahora en Perú, y en el pasado en Colombia, con el ascenso al poder de Álvaro Uribe y de Juan Manuel Santos al margen del vetusto sistema político colombiano, o en Argentina con el resurgir del peronismo. Pensábamos que los partidos sólo estaban para garantizarnos orden, estabilidad y competitividad democrática; en suma, derechos políticos. Pero también deben garantizarnos derechos sociales. Eso es un reto pendiente.

"El oficialismo pretende disolver el Estado representativo sin disolver el poder concentrado de la vanguardia gobernante"

­Hay otros retos: superar la burocracia y el sectarismo.

¿Cómo estos dos componentes inciden en la protesta callejera en Venezuela? ­En Venezuela, el oficialismo pretende disolver el Estado representativo tradicional, sin que ello esté acompañado de un deseo genuino de disolver el poder concentrado de la vanguardia gobernante.

Ante la aspiración frustrada de un poder difuso, se ha impuesto la voluntad de quien asume unilateralmente la interpretación de los deseos de la sociedad. Cuando se sugiere que el líder es el pueblo, se entiende que si la democracia es el gobierno del pueblo, la democracia es el gobierno del líder...

­¿Cómo cree usted que el oficialismo entiende la democracia? ­Considera que la democracia es igualdad social. El asunto es que no logra superar la exclusión y opta por la imposición del poder para tratar de moldear la sociedad y crear un hombre nuevo. Eso choca con la realidad porque la cultura política cambia muy lentamente y el cambio no se decreta desde arriba. Además, choca con la pluralidad política como un valor arraigado entre los venezolanos, aunque a veces compita con añoranzas de autoritarismo.

­¿Cómo evalúa la evolución de la protesta callejera en el país? ­Se ha demostrado que la protesta produce beneficios, al menos para los sectores que salen a la calle a hacer reclamos puntuales: mejoras laborales, mejores servicios públicos, una vivienda... Pero no hay una vinculación de los reclamos con el problema estructural del sistema político actual, el cual está burocratizado y centralizado. Un sistema político que rechaza cualquier iniciativa social independiente, sea el sector privado o la sociedad civil organizada. En definitiva, ningún Estado puede obtener logros sin el respaldo de la sociedad

­¿Qué opina de la promoción del apartidismo desde Puerta del Sol o desde algunos sectores radicales en Venezuela? ­En Venezuela no reconocemos una democracia sin partidos. En los últimos años, varios movimientos han prendido en la población: desde el MVR, pasando por Un Nuevo Tiempo y Primero Justicia, hasta Voluntad Popular. Sin partidos surgen liderazgos personalistas antidemocráticos.

­¿Cuál es el riesgo? ­Que ese liderazgo personalista se apropie del poder y plantee un nuevo juego con nuevas reglas; es decir, que establezca un sistema autoritario.

­¿Eso fue lo que ocurrió con Chávez? ­Entre otros casos en América Latina. En 1998 escogimos al que tenía más claridad sobre como apoderarse del control político. En 2007, cuando Chávez proclamó el proceso que lidera como una revolución socialista, impuso un nuevo juego con otras reglas. De allí en adelante se niega el más mínimo espacio para la disidencia y los principios fundamentales de la democracia, como elecciones periódicas, imperio de la ley y separación de poderes, se limitan a simples formalidades.

­¿Qué puede aprender el liderazgo político y la sociedad civil venezolana de las revueltas al otro lado del Atlántico? ­Para los que abrigan esperanzas en el disenso social como modo de cambio del estado actual de cosas, la lección es que sin organización no se llega a ninguna parte; que sin organización no toma el poder la plaza sino el Ejército.

­¿Cuál es el desafío de los partidos venezolanos de oposición en la actual coyuntura? ­Los partidos venezolanos sobreviven en un ambiente extremadamente hostil. Mucha gente todavía siente una fuerte aversión hacia un modo de hacer política grotesca que quedó en el imaginario colectivo. Además la vida institucional de los partidos está mermada por un Estado que no es precisamente pluralista. El primer gran reto es sobrevivir para seguir siendo oposición. En segundo lugar, mantener la unidad, para evitar que algún discurso personalista, en un tono parecido al de Chávez, secuestre los esfuerzos por transitar el camino electoral para un relevo en Miraflores y trate de imponer salidas milagrosas, ensoñaciones o asaltos. Es imposible un cambio político en Venezuela por la vía del milagro.

Fotografía: Sandra Bracho

miércoles, 25 de mayo de 2011

DOS VECES 15, NO DA 30 (I)


EL NACIONAL - Miércoles 25 de Mayo de 2011 Opinión/7
ATres Manos
Miradas múltiples para el diálogo
15-M
LUIS ERNESTO NAVAS

Da gusto ver cómo un buen día la gente toma una plaza para reclamar por su situación, esa misma gente que normalmente es ignorada por la clase política, despreciada por la élite económica y banalizada por los medios de comunicación de siempre.

En Madrid, en Barcelona y en un montón de ciudades españolas la gente se fue a la calle a reclamar por tantas cosas como personas hay. ¿Y quiénes son? El pueblo: desempleados que dicen que ser pobres les ocupa todo su tiempo y trabajadores que llegan luego de terminar sus jornadas para reclamar por la reducción de sus salarios; amas de casa con sus hijos en cochecitos y ancianas con bastón que se divierten como adolescentes; grupúsculos estalinistas por aquí, independentistas catalanes por allá, verdes más allá.

Los hiphoperos, punketos y rockeros que nunca faltarán, jóvenes trabajadores, desempleados, estudiantes o graduados convencidos de que este sistema nunca les brindará oportunidades, que no sean sino para malvivir con contratos basura y humillaciones.

Todo esto aderezado con pancartas y afiches variopintos, los olores de la comida que preparan para quienes acampan en la plaza, gente curiosa caminando por aquí y por allá, gente tomando fotos de otra gente tomando fotos y gente que difícilmente puede ocultar que se la está pasando bien en la fiesta del pueblo "cabreado".

Del otro lado de la acera, la clase política, empeñada en una campaña electoral para la elección de autoridades municipales y autonómicas, fue tomada por sorpresa y, en definitiva, no hallaba qué hacer con esa papa caliente. Pendula entre la hipocresía del gobierno del Partido Socialista Obrero Español, cuyos voceros trataron de adular a los manifestantes con palabras tan dulces que empalagaban y tan falsas como los amigos del Facebook, y el cinismo de voceros del Partido Popular que tendieron a proferir acusaciones de estar movidos por intereses electorales.

La clase política sólo ocasionalmente reprimió sus ganas de descalificar el movimiento por "peligroso" o "antisistema", y hasta llegó a reprocharles que no se manifestaran cuando la situación del país era buena. ¿Y por qué vas a reclamar si estás bien? Se reclama cuando se está mal.

Así como en todo país donde sobran estos sacerdotes de la democracia burguesa, hay quien pretende que el pueblo reclame por las violaciones del Estado de Derecho, que no es sino Estado de derecha. Parece que nunca se van a enterar de que la gente reclama por empleo, por condiciones de trabajo dignas, por jubilaciones y pensiones decentes, en contra del cinismo de las empresas que anuncian despidos y tercerizaciones masivas y al mismo tiempo otorgan pagos extraordinarios para sus estresados directivos, en contra de la dedicación exclusiva de los gobiernos a mimar a los niños malcriados de la banca, contra la falta de vivienda y el exceso de hipotecas y desalojos, contra la corrupción y las ventajas de la clase política, contra la agresión al medio ambiente.

También da gusto ver el triste papel que le toca jugar a esos medios cabrones, que son casi todos. Mucho habían estado disfrutando con las protestas contra los dictadores del norte de África y Medio Oriente y a favor de la democracia. Ahora sufren cuando los españoles se manifiestan en contra de la dictadura del capital enloquecido de la maquila, la manipulación genética y los sacrosantos derechos de propiedad intelectual.

Ahora, ese periodismo descerebrado e hipócrita recibe la dosis justa de insultos y empujones que tanto se merece, mientras chilla diciendo que sólo desea darles voz a los manifestantes.

Quizás nunca se enteren de que el pueblo no necesita que ningún medio mediocre le dé voz. El pueblo ya tiene voz, y de lejos se escucha.

No es posible que con tanto desempleo, tanta humillación y tanto cinismo no se subleve la gente, aun cuando no se abriguen muchas esperanzas sobre un feliz resultado. Pero, por lo menos, queda el consuelo de incomodar un poco al que está demasiado cómodo, lo que queda claramente reflejado en una de las pancartas de la Plaza de Cataluña de Barcelona que reza: "Déjennos soñar, o no los dejaremos dormir".

EL NACIONAL - Miércoles 25 de Mayo de 2011 Opinión/8
Lenin de cabeza
ANÍBAL ROMERO

Durante mis años mozos, e inspirado por el poeta Rimbaud, quise "cambiar la vida". Tan quimérico pero romántico propósito es propio de la inmadurez. Sin embargo, ser joven exige una dosis de romanticismo, a riesgo de una vida sin ilusiones. Por ello llaman tanto la atención los denominados "indignados" que acampan en diversas plazas españolas, pasándola de lo mejor haciendo nada.

He visto a algunos de sus voceros articular a medias sus aspiraciones en los noticieros nocturnos.

Uno de ellos dijo, sin la menor vergüenza, que lo que desean es "tener las mismas jubilaciones y pensiones de las que disfrutaron sus abuelos".

Otros hablan del "derecho" de tener buenos trabajos, estables y bien pagados, una linda casita, vacaciones en bellas playas, y lo que nunca falta: una pensión.

No deja de asombrarme la obsesión de los jóvenes europeos de hoy con su jubilación. Si alguien me hubiese preguntado al respecto cuando tenía 19 o 20 años de edad posiblemente ni le habría entendido. ¿Se trataba de un signo de irresponsabilidad hacia el futuro, o es que, sencillamente, la pensión de vejez no es tema prioritario cuando lo que está en juego es cambiar la vida? La Plaza del Sol madrileña y sus indignados son un símbolo de la crisis del "modelo social" europeo, un síntoma de la patología que corroe el alma de Europa y amenaza con enfermar a Estados Unidos. Me refiero al incontenible agrietamiento de Estados de bienestar levantados sobre derechos sin deberes, distribución sin producción, multiculturalismo sin valores y relativismo sin brújula.

Por un lado, es preferible que los "indignados" se dediquen a cantar y hacer el amor que a incendiar las hermosas plazas y calles de Madrid y otras ciudades. Por otro lado, no obstante, la decadencia materialista de la juventud europea presagia tormentas. Sin un horizonte distinto Europa caerá inexorablemente por el desfiladero de los extremismos.

Lenin estaría asombrado al contemplar lo que hoy ocurre en Europa: en medio de la crisis económica las masas votan por la derecha y castigan a la izquierda. En cuanto a Trotsky, quedaría estupefacto al comprobar que la "revolución permanente" consiste en comer tapas de chorizo en una plaza. Los jóvenes enarbolan al Che Guevara junto a Lady Gaga. Pero el mal va por dentro. Por ahora, el Partido Popular se beneficia del repudio al deleznable Rodríguez Zapatero y sus despistados socialistas, pero la derecha democrática europea tampoco afronta con la necesaria crudeza las graves fisuras del "modelo social". De no hacerlo a tiempo y con valentía, con base en un amplio programa de reformas centrado en la libertad de las personas y el desmantelamiento de las asfixiantes redes estatistas imperantes por décadas, los extremismos se extenderán como una plaga a través del viejo continente.

La izquierda europea da vergüenza, pero la derecha democrática, insisto, no ha asumido aún con plena claridad el significado de la quiebra de los Estados de bienestar, que considero irreversible.

En cuanto a Estados Unidos, si la sumisa reverencia de la prensa occidental hacia la figura mesiánica de Obama no fuese tan abrumadora, caeríamos en cuenta de que detrás de los altisonantes discursos hay 43 millones de norteamericanos recibiendo "food stamps" (subsidios para alimentarse), la deuda pública ahoga al Gobierno federal y a entidades como California, y la economía se hunde en un marasmo, con 10% de desempleo. Pero ni los partidos políticos ni sus dirigentes quieren darse por enterados. El panorama es alarmante pero todos lo esquivan.

DOS VECES 15, NO DAN 30 (II)


EL PAIS, Madrid, 24 de Mayo de 2011
ERE
ROSA MONTERO

Las generaciones, dicen los expertos, duran 15 años. Y más o menos cada 15 años vienen produciéndose en nuestro país movilizaciones populares. Como la de 1994, con los campamentos del 0,7% del PIB para los países pobres. Los brotes anteriores se desdibujan un poco por las anomalías de la dictadura y sus secuelas, pero, aun así, podríamos citar el entusiasmo para el cambio socialista de 1982, así como nuestro 68, que sucedió en 1969, con las algaradas antifranquistas y el estado de excepción. Cíclicamente reverdece la esperanza y gracias a esos aldabonazos morales nos mantenemos vivos.

Claro que el Movimiento del 15-M ha sido el más grande, sin duda por la enormidad de la crisis que lo ha disparado. Una crisis económica pero sobre todo ética, de decencia y credibilidad en la gestión pública. Los políticos llevan dos años siendo nuestro tercer problema más grave, según las encuestas, tras el paro y la economía. La gente está cansada de ser maltratada, mentida y desvalijada por mentecatos. Los del 15-M han sabido consensuar una lista de peticiones imaginativas, muchas muy sensatas, pero lo mejor del Movimiento es el estruendo de su protesta y su amplitud: distintas procedencias ideológicas y adhesiones de todas las edades. El 15-M es un gigantesco espejo de Blancanieves que muestra una profunda verdad social: estamos hartos. Una verdad que ha tenido su reflejo en las elecciones, y no solo en el notable aumento de los votos blancos y nulos (sumados, constituirían la cuarta fuerza política del país) y en el ascenso de partidos como UPyD o el marchito IU, sino en el batacazo del PSOE. Si el PP no se da cuenta de hasta qué punto su triunfo es un resultado de esa furia social, lo pagará muy caro. Como dice el mejor eslogan del 15-M: "Políticos: somos vuestros jefes y os estamos haciendo un ERE".

TRIBUNA: IRENE LOZANO
¿Y quién administra la indignación?

Hay gente que se ha indignado con los indignados. Juzgan la protesta contraproducente porque el PP ha barrido en las elecciones, al tiempo que consideran desquiciado un país en el que la izquierda toma las calles, mientras la derecha llena las urnas. No han entendido nada. La protesta de los indignados no es la causa del batacazo del PSOE, sino la consecuencia. Situados ante la disyuntiva de ratificar las políticas antisociales del PSOE o las que hará el PP, los ciudadanos han contestado que un recorte es un recorte es un recorte...

La reclamación de una regeneración democrática no es despreciable, desde luego. Pero seamos sinceros: cuánto mejor soportábamos la corrupción y la falta de democracia interna en los partidos cuando teníamos trabajo y un estatus razonable. Si los ciudadanos han clamado contra el bipartidismo es porque no ofrece alternativas reales en política económica. Y el PSOE no solo ha fracasado en ojear su presunto pedigrí socialdemócrata, sino que ha impulsado las reformas de signo neoliberal: atémonos los machos porque esto reduce su margen de crítica desde la oposición. Algunos potenciales votantes socialistas se han quedado en casa o se han decantado por otro partido (de ahí la subida de IU y UPyD) mientras los más animosos marchaban a la Puerta del Sol. El peor resultado de la historia del PSOE no se debe a un voto masivo al PP -que ha cosechado solo un tercio del millón y medio de sufragios perdido por el PSOE-, sino a que el amplio sector ciudadano con preocupaciones sociales ha visto cómo Zapatero desertaba de la inspiración socialdemócrata para encarrilarse por las vías del economicismo estrecho, el mercado sin ataduras y la irresponsabilidad de los poderes económicos y financieros.

El Movimiento 15-M, por el contrario, nos obliga a pensar políticamente, como quería Tony Judt. Algunos han tratado de encontrar en los miles de carteles de Sol un programa, cuando lo que sale de allí es un aullido. Es el grito de quienes ven encanijarse su condición de ciudadanos en una democracia autosatisfecha. Se trata de una realidad que discurría de forma subterránea y ha sacado a la luz el 15-M, pero que no se agota con estas elecciones ni lo hará con las del año que viene. Intuyo que estamos viviendo el inicio de una serie de revueltas que sacudirán toda Europa durante años.

Los gritos de los indignados se han etiquetado rápidamente con la épica revolucionaria, pero reclamaban eso tan reformista que la izquierda oficial ha soltado como si fuera un pesado lastre: el ideario socialdemócrata, según el cual el problema no es individual, sino colectivo; la política debe definir el marco jurídico, social y económico en que se desenvuelve la actividad del mercado y no a la inversa; y la función del Estado no es proporcionar a los banqueros los medios para hacerse más ricos, parafraseando a Keynes, sino impartir algo de justicia en las relaciones económicas. Mientras los partidos de izquierda se muestren temerosos de defender ese discurso, lo hará la calle.

Y lo hará con todo sentido. Porque afirmar que la derrota del PSOE se debe a la crisis encierra una de las contradicciones políticas más gloriosas de las últimas décadas. Una crisis provocada por la codicia financiera y la burbuja inmobiliaria -sendos fracasos del mercado- debería haber desembocado en una deslegiti-mación de los postulados neoliberales, un discurso que explicara las causas de la crisis y señalara a los responsables, además de no avergonzarse de pedir nuevas regulaciones para evitar futuras crisis. Sin embargo, ha ocurrido lo contrario: los mercados han renovado sus ímpetus al asumir los gobernantes con toda naturalidad sus exigencias. Con asombro, hemos visto al ministro José Blanco de gira para vender el stock inmobiliario español, en lugar de trabajar por el derecho de los españoles a una vivienda consagrado en la Constitución. Por no hablar de ese atribulado Papandreu al que solo le falta poner en venta a Zeus y todos los dioses del Olimpo.

Mientras toda la ambición política de la izquierda oficial consista en hacer méritos con el déficit para parecerse a la derecha, sus votantes contestarán como lo han hecho en estas elecciones: no con mi voto. A menos que recupere y actualice -es decir, globalice- el discurso socialdemócrata, la derecha seguirá ganando en las urnas y las calles hervirán. Se cuestionará la propia democracia, como hemos visto, porque si no hay alternativas económicas, la elección que se ofrece a los ciudadanos es, en efecto, ficticia: una triquiñuela semejante a la que se le hace a un hijo adolescente cuando se le pregunta si quiere comer con los abuelos el sábado o el domingo, para que crea estar eligiendo algo, cuando en realidad le estamos imponiendo una pesada reunión familiar. Si los mercados no están controlados por el poder democrático se hurta a los ciudadanos el autogobierno en asuntos económicos, los fundamentales. Por eso han estallado: no quieren compartir mesa con esos voraces abuelos de los mercados y encima pagarles el festín, pero no encuentran a nadie que administre su indignación.