Mostrando entradas con la etiqueta Indignaos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Indignaos. Mostrar todas las entradas

viernes, 19 de agosto de 2011

BÚSQUEDA


EL PAÍS, Madrid, 19 de Agosto de 2011
TRIBUNA: JESÚS CASQUETE
Indignación y política de influencia
JESÚS CASQUETE

Una democracia robusta requiere del compromiso permanente de sus ciudadanos con la cosa pública. La concurrencia periódica a las urnas es uno de los modos de canalizar la participación, pero en modo alguno el único para insuflar vitalidad al sistema. En la medida que es fiel reflejo de sociedades civiles dinámicas, en sistemas democráticos el recurso a la política de calle es un mecanismo adicional a disposición de los ciudadanos.

El 15-M interviene en la esfera pública estimulando el debate y apuntando alternativas

Si el ámbito resolutivo de la política se muestra obstinadamente incapaz de dar curso a las demandas ligadas al interés público sentido por una parte más o menos amplia de la sociedad, entonces a los ciudadanos les asiste el derecho de movilizarse en la esfera pública. Siempre, eso sí, que esa forma de comunicación entre ciudadanía y autoridades discurra por medios pacíficos, porque de lo contrario estaríamos hablando de una intolerable vocación por torcer la voluntad política mediante la violencia, desvirtuando en el tránsito las reivindicaciones en cuestión.

Desde el ideal democrático, pues, la intervención subpolítica de la ciudadanía autoorganizada es un síntoma de salubridad y riqueza, por más que siempre haya quien prefiera ver las manifestaciones y otras formas de ocupar el espacio público como un factor de desestabilización del sistema.

Desde estos parámetros, el movimiento de los indignados es un elemento oxigenante para la democracia en momentos de zozobra. Las movilizaciones en plazas y calles de las ciudades españolas sostenidas prácticamente de forma ininterrumpida desde mediados del mes de mayo han convulsionado la vida política del país. Constituyen el reflejo de un profundo clima de insatisfacción con la situación de crisis económica que arrostra el país, y también, de forma imposible de disociar en la práctica, con la gestión que los principales partidos políticos están haciendo de ella. Sus protagonistas son los sectores precarizados de la sociedad (jóvenes con magras perspectivas de futuro, trabajadores explotados, desempleados, pensionistas...) que, tras un golpe colectivo de "no hay derecho" sobre la mesa, ponen en práctica eso que tanto aprecio cosecha entre los valedores de una política liberal: el disenso.

La juventud figura en primera fila de las movilizaciones. Les llaman perroflautas, y no lo son. Forman parte más bien de esa minoría ciudadana bien pertrechada para interpretar la situación y luchar de forma pacífica por su suerte, que, todo apunta, en ningún caso será más halagüeña que la de sus progenitores. Jóvenes o no tan jóvenes, al contemplar la realidad con lentes de otro color, los indignados ponen a disposición del conjunto de la sociedad una mirada más rica y compleja de sus entresijos, de sus mecanismos de funcionamiento y de sus fallas, y desde ahí hilvanan propuestas de solución.

Puede que su batería de medidas para atajar las crisis (la económica y la política) no haya adquirido hasta el momento unos perfiles tan claros como desearía un sector de las autoridades deseoso de tener enfrente una tabla reivindicativa susceptible de ser procesada, algo de lo que, por lo demás, rara vez disponen los movimientos sociales en su fase de gestación. La ruta habitual en estos actores políticos suele pasar más bien, parafraseando al poeta, porque se haga programa al andar. No obstante, conviene no olvidar que la indefinición programática puede ser un activo fundamental para movimientos que intentan dar cauce a sentimientos como la indignación, la impotencia, el miedo o la desesperanza. Estos sentimientos son susceptibles de concitar el apoyo de energías plurales cuando lo que prevalece es el plano difuso de la negatividad. La concreción propositiva resulta, por el contrario, potencialmente divisoria. Para tapar de gente las calles y plazas resulta más operativo tirar de la rabia que presentar propuestas detalladas. Ahí radica la fortaleza mostrada desde su irrupción por el movimiento, al mismo tiempo que un factor de su vulnerabilidad a medio plazo.

Ese camino por andar, ese programa alternativo todavía por cuajar, está abriéndose paso en el debate social y en la agenda política mediante un modo legítimo de intervención en toda política democrática, cual es el ejercicio de influencia. A la luz de la incapacidad de un sistema de partidos esclerotizado, deslegitimado socialmente y, en cualquier caso, sin la cintura suficiente para canalizar las demandas ciudadanas al ámbito resolutivo de la política, una parte significativa de la sociedad ha decidido intervenir en su futuro colectivo.

Si la democracia es el sistema que pone (potencialmente) la política al alcance de todo el mundo, pocas dudas caben del marchamo democrático del movimiento de los indignados. El movimiento está interviniendo en la esfera pública, estimulando el debate y apuntando que otra gestión de la economía y otro funcionamiento del sistema político son posibles.

La toma de la calle es el último recurso de un actor sociopolítico que pretende hacer oír sus propuestas de forma sostenida (salvo episodios puntuales), no violenta y, en todo caso, guiado por el interés público. El sistema de autoridades, Gobiernos y partidos políticos, haría bien en escuchar lo que le tienen que decir. ¿Hay alguien ahí?


(*)Jesús Casquete es profesor de Historia y Sistemática de los Movimientos Sociales en la Universidad del País Vasco. Es autor de El poder de la calle. Ensayos sobre acción colectiva.

miércoles, 25 de mayo de 2011

DOS VECES 15, NO DA 30 (I)


EL NACIONAL - Miércoles 25 de Mayo de 2011 Opinión/7
ATres Manos
Miradas múltiples para el diálogo
15-M
LUIS ERNESTO NAVAS

Da gusto ver cómo un buen día la gente toma una plaza para reclamar por su situación, esa misma gente que normalmente es ignorada por la clase política, despreciada por la élite económica y banalizada por los medios de comunicación de siempre.

En Madrid, en Barcelona y en un montón de ciudades españolas la gente se fue a la calle a reclamar por tantas cosas como personas hay. ¿Y quiénes son? El pueblo: desempleados que dicen que ser pobres les ocupa todo su tiempo y trabajadores que llegan luego de terminar sus jornadas para reclamar por la reducción de sus salarios; amas de casa con sus hijos en cochecitos y ancianas con bastón que se divierten como adolescentes; grupúsculos estalinistas por aquí, independentistas catalanes por allá, verdes más allá.

Los hiphoperos, punketos y rockeros que nunca faltarán, jóvenes trabajadores, desempleados, estudiantes o graduados convencidos de que este sistema nunca les brindará oportunidades, que no sean sino para malvivir con contratos basura y humillaciones.

Todo esto aderezado con pancartas y afiches variopintos, los olores de la comida que preparan para quienes acampan en la plaza, gente curiosa caminando por aquí y por allá, gente tomando fotos de otra gente tomando fotos y gente que difícilmente puede ocultar que se la está pasando bien en la fiesta del pueblo "cabreado".

Del otro lado de la acera, la clase política, empeñada en una campaña electoral para la elección de autoridades municipales y autonómicas, fue tomada por sorpresa y, en definitiva, no hallaba qué hacer con esa papa caliente. Pendula entre la hipocresía del gobierno del Partido Socialista Obrero Español, cuyos voceros trataron de adular a los manifestantes con palabras tan dulces que empalagaban y tan falsas como los amigos del Facebook, y el cinismo de voceros del Partido Popular que tendieron a proferir acusaciones de estar movidos por intereses electorales.

La clase política sólo ocasionalmente reprimió sus ganas de descalificar el movimiento por "peligroso" o "antisistema", y hasta llegó a reprocharles que no se manifestaran cuando la situación del país era buena. ¿Y por qué vas a reclamar si estás bien? Se reclama cuando se está mal.

Así como en todo país donde sobran estos sacerdotes de la democracia burguesa, hay quien pretende que el pueblo reclame por las violaciones del Estado de Derecho, que no es sino Estado de derecha. Parece que nunca se van a enterar de que la gente reclama por empleo, por condiciones de trabajo dignas, por jubilaciones y pensiones decentes, en contra del cinismo de las empresas que anuncian despidos y tercerizaciones masivas y al mismo tiempo otorgan pagos extraordinarios para sus estresados directivos, en contra de la dedicación exclusiva de los gobiernos a mimar a los niños malcriados de la banca, contra la falta de vivienda y el exceso de hipotecas y desalojos, contra la corrupción y las ventajas de la clase política, contra la agresión al medio ambiente.

También da gusto ver el triste papel que le toca jugar a esos medios cabrones, que son casi todos. Mucho habían estado disfrutando con las protestas contra los dictadores del norte de África y Medio Oriente y a favor de la democracia. Ahora sufren cuando los españoles se manifiestan en contra de la dictadura del capital enloquecido de la maquila, la manipulación genética y los sacrosantos derechos de propiedad intelectual.

Ahora, ese periodismo descerebrado e hipócrita recibe la dosis justa de insultos y empujones que tanto se merece, mientras chilla diciendo que sólo desea darles voz a los manifestantes.

Quizás nunca se enteren de que el pueblo no necesita que ningún medio mediocre le dé voz. El pueblo ya tiene voz, y de lejos se escucha.

No es posible que con tanto desempleo, tanta humillación y tanto cinismo no se subleve la gente, aun cuando no se abriguen muchas esperanzas sobre un feliz resultado. Pero, por lo menos, queda el consuelo de incomodar un poco al que está demasiado cómodo, lo que queda claramente reflejado en una de las pancartas de la Plaza de Cataluña de Barcelona que reza: "Déjennos soñar, o no los dejaremos dormir".

EL NACIONAL - Miércoles 25 de Mayo de 2011 Opinión/8
Lenin de cabeza
ANÍBAL ROMERO

Durante mis años mozos, e inspirado por el poeta Rimbaud, quise "cambiar la vida". Tan quimérico pero romántico propósito es propio de la inmadurez. Sin embargo, ser joven exige una dosis de romanticismo, a riesgo de una vida sin ilusiones. Por ello llaman tanto la atención los denominados "indignados" que acampan en diversas plazas españolas, pasándola de lo mejor haciendo nada.

He visto a algunos de sus voceros articular a medias sus aspiraciones en los noticieros nocturnos.

Uno de ellos dijo, sin la menor vergüenza, que lo que desean es "tener las mismas jubilaciones y pensiones de las que disfrutaron sus abuelos".

Otros hablan del "derecho" de tener buenos trabajos, estables y bien pagados, una linda casita, vacaciones en bellas playas, y lo que nunca falta: una pensión.

No deja de asombrarme la obsesión de los jóvenes europeos de hoy con su jubilación. Si alguien me hubiese preguntado al respecto cuando tenía 19 o 20 años de edad posiblemente ni le habría entendido. ¿Se trataba de un signo de irresponsabilidad hacia el futuro, o es que, sencillamente, la pensión de vejez no es tema prioritario cuando lo que está en juego es cambiar la vida? La Plaza del Sol madrileña y sus indignados son un símbolo de la crisis del "modelo social" europeo, un síntoma de la patología que corroe el alma de Europa y amenaza con enfermar a Estados Unidos. Me refiero al incontenible agrietamiento de Estados de bienestar levantados sobre derechos sin deberes, distribución sin producción, multiculturalismo sin valores y relativismo sin brújula.

Por un lado, es preferible que los "indignados" se dediquen a cantar y hacer el amor que a incendiar las hermosas plazas y calles de Madrid y otras ciudades. Por otro lado, no obstante, la decadencia materialista de la juventud europea presagia tormentas. Sin un horizonte distinto Europa caerá inexorablemente por el desfiladero de los extremismos.

Lenin estaría asombrado al contemplar lo que hoy ocurre en Europa: en medio de la crisis económica las masas votan por la derecha y castigan a la izquierda. En cuanto a Trotsky, quedaría estupefacto al comprobar que la "revolución permanente" consiste en comer tapas de chorizo en una plaza. Los jóvenes enarbolan al Che Guevara junto a Lady Gaga. Pero el mal va por dentro. Por ahora, el Partido Popular se beneficia del repudio al deleznable Rodríguez Zapatero y sus despistados socialistas, pero la derecha democrática europea tampoco afronta con la necesaria crudeza las graves fisuras del "modelo social". De no hacerlo a tiempo y con valentía, con base en un amplio programa de reformas centrado en la libertad de las personas y el desmantelamiento de las asfixiantes redes estatistas imperantes por décadas, los extremismos se extenderán como una plaga a través del viejo continente.

La izquierda europea da vergüenza, pero la derecha democrática, insisto, no ha asumido aún con plena claridad el significado de la quiebra de los Estados de bienestar, que considero irreversible.

En cuanto a Estados Unidos, si la sumisa reverencia de la prensa occidental hacia la figura mesiánica de Obama no fuese tan abrumadora, caeríamos en cuenta de que detrás de los altisonantes discursos hay 43 millones de norteamericanos recibiendo "food stamps" (subsidios para alimentarse), la deuda pública ahoga al Gobierno federal y a entidades como California, y la economía se hunde en un marasmo, con 10% de desempleo. Pero ni los partidos políticos ni sus dirigentes quieren darse por enterados. El panorama es alarmante pero todos lo esquivan.

DOS VECES 15, NO DAN 30 (II)


EL PAIS, Madrid, 24 de Mayo de 2011
ERE
ROSA MONTERO

Las generaciones, dicen los expertos, duran 15 años. Y más o menos cada 15 años vienen produciéndose en nuestro país movilizaciones populares. Como la de 1994, con los campamentos del 0,7% del PIB para los países pobres. Los brotes anteriores se desdibujan un poco por las anomalías de la dictadura y sus secuelas, pero, aun así, podríamos citar el entusiasmo para el cambio socialista de 1982, así como nuestro 68, que sucedió en 1969, con las algaradas antifranquistas y el estado de excepción. Cíclicamente reverdece la esperanza y gracias a esos aldabonazos morales nos mantenemos vivos.

Claro que el Movimiento del 15-M ha sido el más grande, sin duda por la enormidad de la crisis que lo ha disparado. Una crisis económica pero sobre todo ética, de decencia y credibilidad en la gestión pública. Los políticos llevan dos años siendo nuestro tercer problema más grave, según las encuestas, tras el paro y la economía. La gente está cansada de ser maltratada, mentida y desvalijada por mentecatos. Los del 15-M han sabido consensuar una lista de peticiones imaginativas, muchas muy sensatas, pero lo mejor del Movimiento es el estruendo de su protesta y su amplitud: distintas procedencias ideológicas y adhesiones de todas las edades. El 15-M es un gigantesco espejo de Blancanieves que muestra una profunda verdad social: estamos hartos. Una verdad que ha tenido su reflejo en las elecciones, y no solo en el notable aumento de los votos blancos y nulos (sumados, constituirían la cuarta fuerza política del país) y en el ascenso de partidos como UPyD o el marchito IU, sino en el batacazo del PSOE. Si el PP no se da cuenta de hasta qué punto su triunfo es un resultado de esa furia social, lo pagará muy caro. Como dice el mejor eslogan del 15-M: "Políticos: somos vuestros jefes y os estamos haciendo un ERE".

TRIBUNA: IRENE LOZANO
¿Y quién administra la indignación?

Hay gente que se ha indignado con los indignados. Juzgan la protesta contraproducente porque el PP ha barrido en las elecciones, al tiempo que consideran desquiciado un país en el que la izquierda toma las calles, mientras la derecha llena las urnas. No han entendido nada. La protesta de los indignados no es la causa del batacazo del PSOE, sino la consecuencia. Situados ante la disyuntiva de ratificar las políticas antisociales del PSOE o las que hará el PP, los ciudadanos han contestado que un recorte es un recorte es un recorte...

La reclamación de una regeneración democrática no es despreciable, desde luego. Pero seamos sinceros: cuánto mejor soportábamos la corrupción y la falta de democracia interna en los partidos cuando teníamos trabajo y un estatus razonable. Si los ciudadanos han clamado contra el bipartidismo es porque no ofrece alternativas reales en política económica. Y el PSOE no solo ha fracasado en ojear su presunto pedigrí socialdemócrata, sino que ha impulsado las reformas de signo neoliberal: atémonos los machos porque esto reduce su margen de crítica desde la oposición. Algunos potenciales votantes socialistas se han quedado en casa o se han decantado por otro partido (de ahí la subida de IU y UPyD) mientras los más animosos marchaban a la Puerta del Sol. El peor resultado de la historia del PSOE no se debe a un voto masivo al PP -que ha cosechado solo un tercio del millón y medio de sufragios perdido por el PSOE-, sino a que el amplio sector ciudadano con preocupaciones sociales ha visto cómo Zapatero desertaba de la inspiración socialdemócrata para encarrilarse por las vías del economicismo estrecho, el mercado sin ataduras y la irresponsabilidad de los poderes económicos y financieros.

El Movimiento 15-M, por el contrario, nos obliga a pensar políticamente, como quería Tony Judt. Algunos han tratado de encontrar en los miles de carteles de Sol un programa, cuando lo que sale de allí es un aullido. Es el grito de quienes ven encanijarse su condición de ciudadanos en una democracia autosatisfecha. Se trata de una realidad que discurría de forma subterránea y ha sacado a la luz el 15-M, pero que no se agota con estas elecciones ni lo hará con las del año que viene. Intuyo que estamos viviendo el inicio de una serie de revueltas que sacudirán toda Europa durante años.

Los gritos de los indignados se han etiquetado rápidamente con la épica revolucionaria, pero reclamaban eso tan reformista que la izquierda oficial ha soltado como si fuera un pesado lastre: el ideario socialdemócrata, según el cual el problema no es individual, sino colectivo; la política debe definir el marco jurídico, social y económico en que se desenvuelve la actividad del mercado y no a la inversa; y la función del Estado no es proporcionar a los banqueros los medios para hacerse más ricos, parafraseando a Keynes, sino impartir algo de justicia en las relaciones económicas. Mientras los partidos de izquierda se muestren temerosos de defender ese discurso, lo hará la calle.

Y lo hará con todo sentido. Porque afirmar que la derrota del PSOE se debe a la crisis encierra una de las contradicciones políticas más gloriosas de las últimas décadas. Una crisis provocada por la codicia financiera y la burbuja inmobiliaria -sendos fracasos del mercado- debería haber desembocado en una deslegiti-mación de los postulados neoliberales, un discurso que explicara las causas de la crisis y señalara a los responsables, además de no avergonzarse de pedir nuevas regulaciones para evitar futuras crisis. Sin embargo, ha ocurrido lo contrario: los mercados han renovado sus ímpetus al asumir los gobernantes con toda naturalidad sus exigencias. Con asombro, hemos visto al ministro José Blanco de gira para vender el stock inmobiliario español, en lugar de trabajar por el derecho de los españoles a una vivienda consagrado en la Constitución. Por no hablar de ese atribulado Papandreu al que solo le falta poner en venta a Zeus y todos los dioses del Olimpo.

Mientras toda la ambición política de la izquierda oficial consista en hacer méritos con el déficit para parecerse a la derecha, sus votantes contestarán como lo han hecho en estas elecciones: no con mi voto. A menos que recupere y actualice -es decir, globalice- el discurso socialdemócrata, la derecha seguirá ganando en las urnas y las calles hervirán. Se cuestionará la propia democracia, como hemos visto, porque si no hay alternativas económicas, la elección que se ofrece a los ciudadanos es, en efecto, ficticia: una triquiñuela semejante a la que se le hace a un hijo adolescente cuando se le pregunta si quiere comer con los abuelos el sábado o el domingo, para que crea estar eligiendo algo, cuando en realidad le estamos imponiendo una pesada reunión familiar. Si los mercados no están controlados por el poder democrático se hurta a los ciudadanos el autogobierno en asuntos económicos, los fundamentales. Por eso han estallado: no quieren compartir mesa con esos voraces abuelos de los mercados y encima pagarles el festín, pero no encuentran a nadie que administre su indignación.

lunes, 23 de mayo de 2011

DEMOCRACIA REAL Y FANTASMAL


Extendido el Movimiento 15-M, en España, ocurrió frente a los comicios municipales y autonómicos. Por ejemplo, ¿lidiaron con el CNE, el barril de petróleo a $ 100, las interminables cadenas presidenciales, el equipa-tu-casa, la anomia campante y sonante en Venezuela?. Hasta un twitero nos invitó a organizar un fenómeno semejante al que se produjo en Puerta del Sol, como si aquí no generara un mínimo la indignación creciente y compartida. Otra cosa es el acierto de nuestra organización, diferente a las específicas condiciones que produjo el "!indignaos!" en Iberia.

Lo cierto es que Hugo Chávez reaparece con su programa dominical y, por si fuera poco, sale al denominado "Balcón del pueblo", en Miraflores, a payasear: hasta pidió perdón porque no tiene derecho a enfermarse para trabajar por todos nosotros. Esto pasa en la democracia real venezolana, mientras que en la fantasmal española, cerca de la medianoche (!no al día siguiente, ni una semana después!), Zapatero hace trampa al reconocer el triunfo del Partido Popular.

LB

Fotografía: Escena de la rueda de prensa de Rodríguez Zapatero, reconociendo el triunfo opositor, TVE, captada en Venezuela (22/05/11).