Mostrando entradas con la etiqueta Música. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Música. Mostrar todas las entradas

sábado, 23 de mayo de 2020

LA BATUTA HISTÓRICA

1
La música en Venezuela
Felipe Izcaray (*)

La posición geográfica de Venezuela ha servido de plataforma para el desarrollo de una música especialmente rica en contrastes y en combinaciones de elementos rítmicos, melódicos y armónicos. La extensa costa caribeña de Venezuela la hace receptora de la influencia cultural europea y africana. Por otra parte, los Andes de Venezuela la convierten en parte de la columna vertebral de todo el continente; mientras que las fronteras entre Colombia y Venezuela se disipan en los llanos, y la selva amazónica hermana a Venezuela con Brasil y las Guayanas vecinas. Es por eso que Venezuela presenta una gran variedad de matices musicales a través de su geografía. Si bien los ancestros musicales indígenas, europeos y africanos están identificados en distintos géneros musicales, a veces ciertas piezas poseen características tan entrelazadas que es imposible identificar un origen específico. Un calipso guayanés tiene marcada influencia de las islas caribeñas de habla inglesa, y la cadencia andaluza del polo margariteño o coriano se identifica plenamente con su origen peninsular, pero ciertos movimientos del tamunangue larense presentan una intricada combinación de elementos africanos y europeos. El joropo, fiesta originaria de los llanos y de los valles del Tuy, ha prestado su nombre para identificar géneros musicales de identidad propia como el corrido, la chipola, el golpe, y el seis por derecho. En las costas centrales venezolanas y sus ciudades circunvecinas, se encuentran los ritmos inspirados por una rica percusión con identidad propia pero de evidente origen africano, tal es el caso de la fulía, el merengue, la parranda y, curiosamente, el aguinaldo navideño. Una interesante combinación se genera en el estado occidental del Zulia, donde la danza y la gaita combinan elementos europeos y africanos a base de un poderoso acompañamiento percusivo. La región oriental es también rica en ritmos como el galerón y el golpe y estribillo. En el plano más poético, Venezuela toda es prolífica en canciones, serenatas, valses y bambucos en los que el texto enriquece el pausado ritmo. La región andina ha sido especialmente privilegiada por esta atractiva combinación de texto y poesía.

La música académica venezolana tuvo un desarrollo paralelo a la música popular desde la colonia hasta mediados del siglo XIX, cuando el vals europeo y el vals popular experimentaron una feliz unión a manos de compositores de música para piano como Ramón Delgado Palacios, Federico Vollmer, Manuel Guadalajara y Salvador N. Llamozas.

2
A partir del desarrollo del vals, la identificación del compositor venezolano con los ritmos y melodías de su pueblo se hace más intensa que en otros países latinoamericanos. La generación inicial de músicos como José Antonio Calcaño, Juan Vicente Lecuna, Juan Bautista Plaza, Moisés Moleiro y Vicente Emilio Sojo, que en el siglo XX enriqueció esta unión del elemento popular con el académico, dio paso a la Escuela de Santa Capilla (llamada así por el nombre de la esquina donde está situada la Escuela Superior de Música), conformada por alumnos de la cátedra de composición del maestro Sojo. Vicente Emilio Sojo, eminente prócer civil venezolano, no solamente organizó los estudios formales de composición, además de fundar el Orfeón Lamas y la Orquesta Sinfónica Venezuela, sino que enriqueció el repertorio nacional con cientos de arreglos de melodías venezolanas que estaban en peligro de caer en el olvido. Estos compositores escribían y participaban activamente como miembros de la Orquesta Sinfónica y del Orfeón Lamas, orientados y estimulados por su fundador para ejecutar sus obras. De esta experiencia de corte eminentemente nacionalista, surgen obras de arraigo venezolano con calidad internacional. Como ejemplo del nacionalismo musical venezolano del siglo XX, podemos destacar algunas obras de Vicente Emilio Sojo: Obertura Festiva, Bordoneo, Solo de Marimba Endecha y Quirpa para guitarra. De Juan Bautista Plaza: Fuga Criolla, El Picacho Abrupto, El Curruchá, Vigilia, Pico-Pico y Campanas de Pascua. De Evencio Castellanos: Suite Avileña, Santa Cruz de Pacairigua, de Antonio Estévez: Cantata Criolla, Mediodía en el Llano, Mata del Ánima Sola, Concierto para Orquesta y 17 piezas infantiles para piano, de Inocente Carreño: Margariteña, La Ciudad de los Techos Rojos, Suites para orquesta, Gota de breve rocío, Obertura Galleguiana y Poema a Carabobo; de Antonio Lauro: Natalia, Yacambú y valses diversos para guitarra, Giros Negroides, Concierto para Guitarra y Misterio de Navidad, de Gonzalo Castellanos: Suite Caraqueña, Imitación y Antelación Fugaz y de Modesta Bor: Son Venezolano, Obertura Sinfónica, Genocidio, Manchas Sonoras, Acuarelas y Concierto para Piano y Orquesta.

Luego de Vicente Emilio Sojo, la OSV ha tenido varios directores titulares, como Antonio Estévez, Ángel Sauce, Gonzalo Castellanos Yumar, Georg Schmoehe, Eduardo Marturet y Theodore Kuchar.

3
A partir de la década del 70 se crearon nuevas orquestas venezolanas y se consolidaron otras ya existentes, como la Orquesta Filarmónica de Caracas dirigida por Aldemaro Romero y los asociados Carlos Piantini y Eduardo Marturet, y la orquesta Municipal de Caracas, que ha tenido como Maestros titulares a Carlos Riazuelo, Alfredo Rugeles y Rodolfo Saglimbeni. La Orquesta Filarmónica Nacional ha actuado bajo la conducción de Pablo Castellanos y Luis Miguel Gonzalez.

En Maracaibo se elevó la calidad artística de su sinfónica bajo la conducción de Eduardo Rahn.

Han surgido en nuestro país diversas agrupaciones de cámara, por lo general asociadas a instituciones patrocinantes, como el Trio de Cámara del INCIBA, las orquestas de Cámara de universidades, y ensembles independientes como el Cuarteto Galzio, el Collegium Musicum de Caracas dirigido por Gonzalo Castellanos Yumar , y la singular agrupación Solistas de Venezuela, fundada y dirigida por Luis Morales Bance, con una trayectoria de difusión de composiciones venezolanas en pueblos del interior del país.

La música coral experimentó un marcado crecimiento a partir de la fundación en 1943, del Orfeón de la Universidad Central de Venezuela. Otras instituciones educativas siguieron el ejemplo de la UCV y formaron coros estudiantiles. Más tarde comenzaron a desarrollarse agrupaciones corales en organismos oficiales y empresas privadas, especialmente en las instituciones bancarias. Para la década de los años 70 se funda el Movimiento Coral “Cantemos” y la Fundación Schola Cantorum de Caracas, que hoy en día agrupan a cientos de coros adultos e infantiles. Dada la importancia de movimiento coral venezolano, en abril de 2000 se escoge a Caracas para celebrar el festival América Cantat III, con la participación de agrupaciones nacionales y corales provenientes de todas partes del mundo. Es significativo el número de coros venezolanos que han obtenido importantes premios de excelencia artística en prestigiosos concursos de música coral de Europa y Asia.

4
El perfil de la ejecución musical en Venezuela cambia definitivamente en 1975, a raíz de un movimiento orquestal sin precedentes en la historia musical del país. Un discípulo de Vicente Emilio Sojo, el Maestro José Antonio Abreu, quien para ese entonces ejercía también las profesiones de economista y parlamentario, funda en Caracas la Orquesta Nacional Juvenil “Juan José Landaeta”, organización que posteriormente pasaría a convertirse en Fundación de Estado en 1978, y que se multiplicaría en diferentes núcleos orquestales juveniles diseminados por toda la geografía nacional. Estas orquestas juveniles e infantiles convirtieron a la música sinfónica en un Programa Social del estado venezolano, ya que hoy en día es posible que niños y jóvenes de todos los estratos sociales, tengan acceso a una formación musical integral a partir de la ejecución de un instrumento. La masificación de la enseñanza musical a través de estas agrupaciones artísticas, ha originado un público cada vez más numeroso en los sectores populares y en la provincia, permitiéndole la familiarización con la música de los grandes maestros venezolanos y universales, convirtiéndolos a su vez en elementos críticos importantes en cada una de sus comunidades.

5
Otra consecuencia de este movimiento de orquestas juveniles e infantiles, ha sido la creación de orquestas sinfónicas profesionales y semi-profesionales en diversas ciudades de Venezuela. Justamente, estas orquestas regionales se nutren principalmente de jóvenes músicos que han escogido la música como profesión y que han egresado de las orquestas juveniles. Las orquestas regionales, muchas de las cuales han alcanzado niveles artísticos de excelencia, reciben su principal aporte económico del estado venezolano a través del Consejo Nacional de la Cultura -CONAC- apoyados en algunas casos por sus respectivas gobernaciones.

A la par del desarrollo de la música “clásica”, la música popular del país presenta también variados matices importantes que la han colocado en un sitial de preferencia, tanto local como internacionalmente. Junto a los mencionados géneros autóctonos, las expresiones musicales del continente como el bolero, salsa, balada, rock, jazz latino y otros géneros urbanos, tienen igualmente calificados compositores e intérpretes en la escena musical venezolana.

6
(*) Este artículo fue solicitado por el CONAC para publicarlo en un boletín que sería enviado a las embajadas venezolanas en el exterior. (10-09-06). Revisado el 21 de Mayo de 2020

Fuente:
https://www.facebook.com/fizcaray/posts/10158532494465742?comment_id=10158537424450742&notif_id=1590105058672000&notif_t=feed_comment_reply

Fotografías: Colección Felipe Izcaray
1: Estreno de la 9a sinfonía de Beethoven en Venezuela, 1950. Dirige Thomas Mayer.
2: Vicente Emilio Sojo, Evencio Castellanos, Antonio Estévez, José Clemente Laya e Inocente Carreño.
3: Evencio Castellanos, Antonio Estévez, Ángel Sauce y Víctor Guillermo Ramos.
4: Orfeón Lamas y OSV con Sojo.
5: Alirio Diaz y Rodrigo Riera 1969
6: José Vicente Torres, Judit Jaimes, Carlos Riazuelo y Alirio Diaz

domingo, 26 de abril de 2020

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Huber Matos. "El mito militar cubano". El Universal, Caracas, 14/03/1984.
- Arturo Uslar Pietri. "Pizarrón: Políticos y dinero". El Nacional, Caracas, 27/10/68.
- Orlando Araujo. "Venezuela, petróleo y miedo". Deslinde, Caracas, 15/05/69.
- Reyna Rivas. "Famosos festivales de música". El Nacional, 07/01/89.
- Rházes Hernández López. "Un requiem para (Alejandro) Manzoni". El Nacional, 03/06/73.

Reproducción: Fotografía de Miguel Moreno para un reporaje de Arístides Bastidas sobre el aniversario del golpe del 24/11/1948. El Nacional, Caracas, 26/11/1958.

DEL OYENTE DE LARGA DURACIÓN

Felipe Izcaray o la intimidad de los audífonos
Luis Barragán

La inmensa dificultad de reencontrarnos con nosotros mismos, durante la prolongada cuarentena, habla de las radicales tensiones e incertidumbres que nos asedian al cumplirla en un país como Venezuela.  No obstante, podemos también aludir a un constante reajuste de la convivencia familiar - otrora olvidada – en el contexto de un relativo aislamiento que no mitiga  la consabida precariedad de las conexiones virtuales.

Acaso, una experiencia  sea la de recobrar la intimidad de los audífonos en el intento de garantizar una privacidad que nos lleva  inadvertidamente  a  las novedades del sonido rechazado por el consumo cultural dominante. Hay directores orquestales de una extraordinaria solvencia técnica, capaces de emocionarnos a través de ejecuciones que ya nos parecen demasiados breves, cuando – paradójicamente – se ha convertido en una norma social que las piezas melódicas que excedan de cinco minutos – por ejemplo –  resultan tediosas, arraigados los estereotipos del oyente de larga duración.

Uno de esos directores,  es Felipe Izcaray, quien recientemente arribó a la edad de setenta años. Soportando los rigores de la doble pandemia, porque al coronavirus debemos añadirle las particularidades del régimen que agrava su recepción, igualmente condenado a los cortes de electricidad,  merece el reconocimiento de la Venezuela que está en trance de reencontrarse consigo misma, ojalá definitivamente para no repetir jamás esta amarga experiencia de dos décadas.

En otras condiciones y circunstancias,  Izcaray no sólo recibiría el reconocimiento real y palpable del país, sino que ni siquiera tendría que salir de su querida Carora para dictar las clases, charlas y conferencias para una audiencia exigente, al igual que para los menos avisados, como el suscrito, interesados en algún libro que lo refiera.  A la larga e intensa experiencia y vivencia profesional, sumamos una extraordinaria acreditación académica que muy bien autorizaría esta otra experiencia de la llamada economía naranja: licenciado en educación musical, maestría en dirección coral y doctorado en dirección de orquesta por la universidad de Wisconsin-Madison (Estados Unidos).

No sabemos, ni nos interesa saber de las inclinaciones políticas de Izcaray, porque nuestra certeza reside en el aporte que todavía tiene pendiente para la reconstrucción de Venezuela, siendo el emprendedor  que, además, movió la batuta en el estado Nueva Esparta o en Mérida,  y la creó para los salteños, en Argentina. Celebramos el éxito de nuestros músicos en el exterior y la heroica supervivencia de quienes acá se quedaron, quienes tuvieron por un insigne maestro al ilustre caroreño, delante del atril, en el  Sistema Nacional de Orquestas y en la Sinfónica Venezuela, construyendo civilidad. Y esto también lo trasluce la intimidad de los audífonos.

Fotografía: Stiven Valecillos (El Impulso, Barquisimeto, 2017).
27/04/2020:
http://guayoyoenletras.net/2020/04/27/felipe-izcaray-la-intimidad-los-audifonos/

sábado, 25 de abril de 2020

UNA BATUTA FRENTE AL CAOS

Felipe Izcaray: Vivo mi mejor momento como artista
Várvara Rangel Hill  

El director de orquestas venezolanos se sabe vencedor del cáncer, se cobija en la tierra que lo vio nacer y en sus estudios para continuar su labor como docente en el Sistema en la región larense, que le sirve de “elixir de vida”. No hay tiempo para el retiro.

En ese impulso por mantener viva la llama de la música, el maestro Felipe Izcaray lamenta la caótica situación de las orquestas y de sus directores, de cómo “se nos ha drenado la savia de nuestro arte”.

-¿Cómo descubrió que estaba enfermo? ¿Tuvo algún síntoma?

-No hubo síntomas de ningún tipo. Todos los años me realizo mis exámenes de rutina, y así se descubrió el problema. Es el ejemplo de prevenir en vez de lamentar, y en este caso funcionó a la perfección.

-¿Cómo decidió afrontar el cáncer?

-Como se enfrentan esas cosas en mi familia: Es solo un enemigo a vencer, y se vence.

-¿Cuál es su situación actual de salud?

-Apartando este escollo, ya superado, nunca me sentí mejor. Estoy vital, lleno de energía y disfrutando el saber que he enfrentado los retos de mi vida con honestidad y con la seguridad que da el estudio.

-¿Qué música, qué piezas lo han acompañado por este trance?

-Yo escucho de todo, y solo exijo calidad. Mi Ipod es un verdadero cofre de tesoros y ahí hurgo según el momento. Me puedes encontrar bailando con mi nieto el Jala jala, de Richie Ray (salsa de la dura de los ’60); cavilando con Olha Maria, de Jobim, cantada por Chico Buarque o deslumbrado con Oscar Peterson, en A little Jazz Excercize, o revisando grabaciones de algún concierto que me ha dado satisfacciones especiales. Actualmente, tengo muy presente una obra que ha significado mucho en mi vida, y que por casualidad tenía ya programada para fin de año con mi querida orquesta de Carora, y es la Sinfonía Patética, de Tchaikovsky. Prometo una vorágine de emociones, porque la llevo por dentro y quiere salir con mucha fuerza.

-¿Continúa o continuará su trabajo docente en Carora?

-Si te gusta lo que haces y obtienes la respuesta adecuada, no hay razón para interrumpir. Los muchachos están entusiasmados con el proyecto de la “Patética”, y con el homenaje a los 100 años del maestro Antonio Lauro. A pesar de algunas ausencias mías por razones familiares o de salud, ellos han continuado el trabajo con seriedad y tesón. Nuestra orquesta ha dado de qué hablar, ya que trabaja con pocos recursos pero se reinventa día a día. Estar al frente de eso es como un elixir de vida.

Una maleta cargada de quinchonchos, plátano verde y vida

-¿Qué le ofrece la tierra larense que le hizo volver a ella?

-Debe ser lo mismo que le ofreció al maestro universal, Alirio Díaz, quien transcurrió sus años mayores en Carora, entre sus magias, sus olores, sus sabores, sus añoranzas, su gente… Quienes me conocen de verdad saben que he llevado a Carora conmigo todo el tiempo, que es parte de mi equipaje.

“Una anécdota con Alirio me hizo comprender lo identificado que estaba con su terruño. Durante una gira a Italia, en 1981, con la Orquesta Municipal de Caracas, en la que yo iba como parte de un grupo de directores al curso del maestro Franco Ferrara, estábamos en tránsito en Roma con rumbo a Sicilia, y Alirio, solista invitado, se quedaba en Roma con su familia un par de días. Él me pidió que lo ayudara con una de sus maletas hasta el área de aduanas. Así lo hice, y noté que la valija estaba muy pesada. Le pregunté si llevaba libros y partituras, y me respondió: “No chico, esos son quinchonchos, chícharos y plátanos verdes para hacer tostones”, rememoró Izcaray.

“El maestro universal cargaba a Carora consigo. Yo viví 46 años fuera de Carora, residí en ambos hemisferios, viví las nieves del norte y del sur, pero en mis días y noches siempre había aunque fuera un momento para abrir el cofre de Carora, sentirla y disfrutar con sus añoranzas”, agregó.

-¿Planea volver a la dirección de grandes orquestas o, por el contrario, planea su retiro?

-¿Cómo voy a pensar en retirarme si siento que estoy viviendo mi mejor momento como director, como músico y como artista? Sería una forma muy cruel de autoflagelarme, con matices suicidas.

-¿Qué obras le falta por dirigir?

-Son tantas… pero hay una a la que le he tenido ganas hace años, y es el War Requiem, de Benjamin Britten, muy complicada por la logística de su montaje. Hay obras que he ensayado pero no dirigido en público, como la Consagración, de Stravinsky; el Requiem, de Faure y la Segunda sinfonía, de Mahler.

Un escenario demoledor

-A su juicio, ¿cuál es la situación actual de la dirección musical de agrupaciones sinfónicas en Venezuela?

-La situación actual general de las orquestas sinfónicas en Venezuela no puede ser catalogada de otra forma que caótica. Los músicos venezolanos sufren la crisis como el resto de sus compatriotas, con el agravante de que el mantenimiento de los instrumentos musicales tiene un costo estratosférico, ya que los insumos y accesorios son importados. Hoy en día el mejor sueldo de un músico de orquesta no alcanza para comprar un juego de cuerdas, una caña o una boquilla.

De acuerdo con el maestro, “tenemos orquestas cuyas nóminas se han reducido o modificado en altísimos porcentajes en menos de un año”.

Izcaray sostiene que “el renglón dirección también sufre los embates de la crisis. Hay orquestas sin director titular, y que paradójicamente hacen todo lo posible por no tenerlo. Es una combinación de no tener los recursos para pagar un salario de director, con el afán de algunos administradores de aferrarse a la cuota de poder que significa el decidir qué, dónde, cómo o cuándo la orquesta toca”.

“He propuesto programaciones novedosas y “baratas” a distintas agrupaciones, y recibo como respuesta el silencio o criterios que van desde el “no hay plata”, hasta cosas como por ejemplo: “Esa obra es polaca y queremos que la dirija un polaco (nombres y nacionalidades han sido cambiados)”. Y cuando les digo que yo he dirigido esa obra siete veces y el propuesto polaco no la ha dirigido nunca, responden: “Pero es polaco”. Un director musical consciente e involucrado con su orquesta no da esa respuesta. Hace poco recibí una propuesta de una orquesta de otro país, acepté las condiciones, me solicitaron varias opciones de programa, las envié, el titular de esa orquesta seleccionó una opción, y todo en menos de dos días. Hay orquestas que funcionan mejor en este aspecto, pero en general la situación está muy inestable”, lamentó.

Izcaray se ha refugiado en la orquesta que dirige en Carora: “A pesar de los muchos pesares, hemos logrado hacer programaciones que se cumplen, sin recursos, con pocos instructores, pero hemos hecho cosas muy interesantes. En 2015, dijimos que haríamos las Nueve Sinfonías, de Beethoven y las hicimos. Hemos abordado repertorios exigentes y los muchachos los enfrentan con entusiasmo y fervor. Eso se logra porque ellos confían en su director y en su criterio. Durante mis ausencias forzadas cuento con un equipo de primera no solo en lo musical, sino en lo humano. Los conciertos han seguido dándose, la orquesta ha seguido creciendo en tamaño y en calidad, y esto da origen a que solistas de muchas partes quieren tocar con nosotros”.

Ejemplificó que “un gran solista hace poco se sorprendió al llegar a su primer ensayo, y se sintió inquieto al ver que la mayoría de los integrantes tenían menos de 15 años (“¿Dónde vine a parar?”, se preguntaba). Al finalizar su actuación me dijo que estaba a la orden para volver, que se sintió mejor que con muchas orquestas profesionales”.

“En resumen –afirmó el maestro- el secreto está en la programación, y como se enfrentan las crisis con el trabajo. La Filarmónica de Berlín sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial, y cuando Alemania estaba en ruinas, sin servicios, sin divisas y sin recursos, la orquesta estaba intacta en su estructura humana. Se quedaron sin director, a su titular Furtwaengler le prohibieron dirigir hasta que cesara la investigación sobre sus nexos con los nazis. A su sucesor Leo Borchard, lo mataron de un balazo en una confusión durante un toque de queda, no tenían dinero para pagar a alguien de fuera, y recurrieron a un recién graduado de la Hochschule für Musik, a quien algunos integrantes habían visto dirigir. Lo probaron con la Cuarta Sinfonía, de Brahms, y surgió la estrella del gran director rumano Sergiu Celibidache, quien asumió la dirección de su primera orquesta y siguió con ella hasta 1955, cuando comenzó la era Karajan. Es una historia de supervivencia victoriosa”.

Las glorias de la edad

A Izcaray no le gusta “hablar de heredar niveles, porque para heredar a alguien, éste debe haber fallecido, desaparecido o renunciado a su carrera. No se hereda a los maestros vivos, se aprende de ellos hasta el final”.

-¿Cree que las nuevas generaciones de directores han heredado el nivel de quienes le precedieron?

-Así como en su momento recibí un gran apoyo por parte de personas como el maestro José Antonio Abreu, que generaron el hecho de que he dirigido 52 conciertos con la Orquesta Simón Bolívar y muchos otros en el interior, así soy muy firme en apoyar a las nuevas generaciones de directores. Algunos de mis alumnos ya hacen carrera propia. Ahora bien, no puedo estar de acuerdo con la tendencia a desplazar a un director al olvido solamente por razones de edad. “La historia nos demuestra que los grandes, los verdaderamente grandes, forjaron sus gloriosas carreras en base a años de experiencia y de madurar su arte. Nadie osó decirle a Toscanini, a Furtwaengler o a Bernstein, “Maestro, tiene que hacerse a un lado porque hay que darle oportunidad a los jóvenes directores”.

Aquí se trajo a los septuagenarios Maazel y Abbado a dirigir a nuestros jóvenes porque aportaban al proceso formativo de los mismos. Dudamel es muy bueno, es mucho mejor que hace 20 años y será mucho mejor dentro de otros 20. ¿Le vas a decir que se haga a un lado porque se le ven las canas? Hay otros jóvenes muy talentosos y con criterio y formación que tienen el triunfo asegurado, y hay otros que por su propio mérito pasarán al túnel del olvido”, criticó el director.

Seguir el ejemplo sin imitar

-¿En qué géneros (ópera, sinfónico, sinfónico-coral, ballet) se requieren talentos para la dirección en el país?

-En todos los géneros se necesitan maestros con criterio, con formación sólida, con cultura, con conocimiento de causa. A mis alumnos siempre les digo: “Sigue el ejemplo, no imites”.
“Creo que debería haber más interacción entre la dirección de orquesta y la de coros. El director de orquesta debería llegar con conocimiento de causa a ensayar un oratorio, cantata o una misa. También es cierto que los buenos directores corales deben conocer bien a la orquesta antes de dirigir obras sinfónico corales”, aconsejó.

-¿Quiénes son las mejores batutas de relevo a los veteranos?

-Las pertenecientes a los maestros conscientes, estudiosos, con conocimiento de causa, los que se paran en un podio y saben o al menos desean saber lo que hacen, los que siguen un ejemplo pero no imitan a nadie.

“Vivir en el interior limita mis posibilidades de seguir jóvenes carreras, pero entre los que conozco, además de Gustavo Dudamel, puedo mencionar a Carlos Izcaray, José Ángel Salazar, Cristian Vásquez, Elisa Vegas, Enluis Montes y María Tovar, una talentosa directora larense que lamentablemente tuvo que irse y ahora comparte la dirección de jóvenes con el canto popular en locales nocturnos en una isla del Caribe”, mencionó el larense.

Las propuestas

-¿Qué recomienda para afrontar esta crisis “caótica” y de “inestabilidad” que atraviesan las orquestas?

-Las orquestas no son islas. Son parte del país. La solución de nuestros problemas vendrá con los horizontes que divisa el venezolano promedio. Estamos fuera del engranaje mundial en todo. Se nos ha drenado la savia de nuestro arte, sus jóvenes músicos. Cualquier solución a la penuria actual de nuestras orquestas deberá contar con el regreso de gran parte de esa lastimosa diáspora. Mientras tanto, hay que aprovechar y estimular a quienes se han quedado aquí.

-El afán de poder por administrar las orquestas y mantenerlas sin directores titulares, ¿a qué se lo atribuye?

-A no “dejarse mandar”, quizás. Sin embargo, hay orquestas que hacen buena labor reinventándose. La Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas, con Rodolfo Saglimbeni, programa inteligentemente, sus conciertos tienen hilación y propósito, son ejemplo a seguir. Esa orquesta siempre ha tenido un titular capaz, y eso se ha reflejado en sus temporadas

-Después de este panorama que ha dibujado sobre las orquestas y los directores, ¿cómo ve el futuro de ambos sectores?

-En las circunstancias actuales, muy difícil. Pero a medida que el país encuentre su camino, el futuro será consecuencia y parte de un gran renacer.

-Además de fortalecer su salud y vencer al cáncer ¿qué perspectivas y metas tiene para 2018? ¿Tomará las maletas para dejar por otro rato a Carora?

-Tal y como te dije al principio, estoy y estaré bien. En abril dirijo la Orquesta Nacional de Colombia, con el programa Sinfonismo Latinoamericano. Otras invitaciones están por concretarse.

“En Carora tenemos buenos planes, entre ellos explorar el sinfonismo cinematográfico, otro festival barroco (este año hicimos Vivaldi), y completar el ciclo Brahms, con las sinfonías que nos faltan. Lo de las maletas no es algo que deseo hacer, al menos definitivamente. Tendrías que ver un ensayo en Carora, con una orquesta que toca cada día mejor y que encima te sonríe. ¡Claro! tampoco es que tengo vocación de fakir. El sufrimiento tiene un límite. Tengo que cuidar mi salud para seguir sintiéndome chévere. Cada vez que necesito una medicina comienza un Vía Crucis pernicioso. Algo tiene que pasar, o …”, finalizó.

Fotografía: 
26/11/2017:

viernes, 10 de abril de 2020

MEMORIA Y MÚSICA


EL MUNDO, Caracas, 06/01/1959.
Arnold Stallbohm, Música y memoria, Memoria, Música,

jueves, 30 de agosto de 2018

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Pedro Galán Vásquez. "¿Qué busca la mafia en Venezuela?". Últimas Noticias, Caracas, 02/12/1984.
- Héctor Malavé Mata. "La crisis occidental del petróleo". Vea y Lea, Caracas, nr. 69 del 02/03/71.
- Oswaldo Osorio Canales. "Luis Herrera y el lenguaje popular". El Universal, Caracas, 31/05/78.
- Telmo Almada. "Andante con moto: Otra revolución industrial" (Música). Economía Hoy, Caracas, 17/12/92.
- "Caracas no aprendió a estudiar en sus terrenos" (Riesgo sísmico). El Diario de Caracas, 28/07/87.

Reproducción: Ilustración (s/a) para un texto intitulado: "La obra de Augusto Pi Suñer en Venezuela". Billiken, Caracas, nr. 2048 de agosto de 1958.

jueves, 31 de mayo de 2018

HONRAS FÚNEBRES

¿Y nuestros muertos qué?
Nicomedes Febres

*Tengo lista la investigación sobre El Libro de la Muerte en Venezuela relativo a nuestras costumbres funerarias, que aunque ustedes no lo crean nunca ha sido escrito. Hay un libro sobre los cementerios de Caracas desde 1567 hasta 1905 de Manuel Landaeta Rosales, del resto un par de folletos y más nada. La investigación se remonta desde las costumbres funerarias de nuestros aborígenes ilustradas por un francés de apellido Picart hacia 1725 y luego por Riou en la amazonia venezolana hacia 1875. Hay crónicas detalladas en los distintos períodos históricos hechas por sus testigos, desde los entierros masivos producto de las distintas pestes y terremotos de Caracas en la Colonia, La Independencia, o de la Gripe Española de 1918, también de entierros suntuarios o masivos en el alma popular como los de José Gregorio Hernández, Carlitos Estrada o Delgado Chalbaud y como fueron evolucionando las técnicas funerarias y los hábitos mortuorios incluyendo los velorios de angelitos y los mejores chistes de velorio. Hay hasta manuscritos de don Rómulo Gallegos, que cuando joven fue escribiente de la Funeraria La Equitativa, o cuando las agencias de pompas fúnebres se peleaban por los difuntos en la esquina de Veroes, donde estaban localizados los mejores negocios del ramo, o cuando se puso en Caracas de moda visitar el modernísimo Cementerio General del Sur por razones turísticas y a verlo venían los gringos. O sea, sé de lo que estoy hablando y por eso este robo masivo de las placas del Cementerio del Este quedará para la posteridad, al igual que la profanación de panteones y sepulcros en nuestros cementerios por ladrones de tumbas que roban restos de los cadáveres para ritos de la magia negra tan del gusto del actual poder en Venezuela. Estoy remolón para escribir el libro por dos razones, primero porque será difícil conseguir un patrocinio para el mismo, y segundo, pese a que no soy hombre dado a las cosas esotéricas ni a lo necrofílico, sentí ese respeto reverencial que nos merecen nuestros ancestros y con esas cosas sentimos que no se debe jugar. Así que le he dado largas al asunto porque impacta al alma, pero esa historia debe ser contada. Lo verdaderamente grave es que nuestros compatriotas acostumbrados a visitar las tumbas de sus muertos para conversar, para meditar, para rezar o simplemente llevarle flores, ahora han perdido hasta ese derecho elemental humano que es honrar a sus difuntos. Por eso estos muérganos han roto hasta el derecho de comunicarse con nuestros familiares ya idos.
Acostumbro escribir de historia hasta la Gran Venezuela de CAP, pero podría escribir ahora un largo capítulo sobre los ritos funerarios del chavismo, desde la profanación de la tumba de El Libertador, el surgimiento de Ismael y su corte malandra como objeto de devoción, las capillas familiares instaladas en las más humildes barriadas populares, los velorios de malandros con sus enfrentamientos armados, los asaltos masivos a los carros en las autopistas, la música rocolera, fundamentalmente rancheras y vallenatos en el cementerio general del Sur y del Este, que es una profanación a la música sacra y religiosa de los no malandros que somos la mayoría, las orgías entre malandros y sus jevas en La Peste, la parte última del cementerio o la proliferación de cementerios clandestinos en las barriadas, que no es práctica novedosa como se vio en la construcción de El Silencio en 1943 cuando allí descubrieron dos grandes cementerios subrepticios de acuerdo a Duhamel, el prefecto de entonces. Además los rituales del traslado de los restos del difunto hasta el Cuartel de la Montaña en La Planicie, preñados de ritos satánicos registrados. En eso el chavismo si dejará a su paso una estética de la muerte, que era la misma de la Bovera durante comienzos del siglo XIX. Doscientos años y son los mismos carajos.
*Un cortejo fúnebre en la avenida San Martin en los años 1940 cuando esta se parecía a El Paraíso y el velorio de José Pantoja del estado Vargas hace pocos días, sin dinero para la urna, donde se ve la extrema delgadez de los deudos, cosa extraña en un grupo como ese, de donde se deduce que todos son víctimas de la actual dieta de maduro.

Fuente:
https://www.facebook.com/nicfebres/posts/10215473107241594

El caso Di Marzo
Nicomedes Febres

* Aprovecho el asesinato de Evio di Marzo para reflexionar sobre dos o tres cosas porque quiero salirme hoy de la política, primero obviamente, debemos lamentar el asesinato de cualquier venezolano valioso o con algún mérito personal, en especial esos padres y madres humildes y anónimos asesinados o abusados por el hampa cuando salen de casa a buscar el sustento diario para los tripones, méritos que son una rara rareza dentro del chavismo, además como soy admirador de Yordano, lamento en medio de su difícil actualidad personal, el dolor que le depara la muerte de su hermano, cuya música desconozco. El hecho de haber muerto siendo taxista en horas de la noche nos habla que, si bien era o fue chavista, lo cierto es que la forma de su muerte prueba que no era un enchufado y como diría lamentablemente Yacumbele: el mismito se mató. Paz a sus restos y mis respetuosas condolencias a toda su familia.
Estoy no lejos, sino lejísimo, de ser crítico musical, incluso creo que oigo más la música con el corazón que con el oído que es muy lerdo, y siendo así, le agradezco a Yordano aquí, y públicamente, su compañía en momentos cuando él estaba presente solo con su música que me ayudó mucho. Los hombres establecemos una complicidad especial con los cantantes cuyas canciones nos llegan al alma y así, subjetivamente, uno los considera unos amigos y los mejores cantantes, no solo de la patria, sino del mundo. La lógica y el rudimentario oído que tengo me informan que hemos tenido cantantes de una gran voz: Carlos Almenar Otero, Alfredo Sadel o José Luis Rodríguez, por solo citar tres, sin embargo, los que me han acompañado a través de mi vida son otros, dos en el primer lugar de los criollos, Felipe Pirela y Yordano, con cuyas letras y voz me identifico para irme de barranco, que es el estado ideal y natural para oír la música que me gusta para viajar dentro de mí. El gran género es el bolero y la balada, y si hubiese sido más precavido o más melómano tendría una colección excepcional de esa música y de música clásica, y conste que lo lamento profundamente. Cuando estaba pequeño vivíamos frente a una fuente de soda llamada Trasatlantic antes de la bajada de la Casanova y mi balcón daba al sitio donde cantaba todas las noches Graciela Naranjo y aquello me parecía un privilegio y quería ser grande lo más pronto posible para vivir aquello. Por eso me encantan nuestras boleristas mujeres, Graciela Naranjo, Estelita del Llano, Antonieta, Marlene, Floria Márquez, Toña Granados, Soledad Bravo, Mirtha Pérez, y Kiara a quien veía antes en Margarita y es una de las mujeres más bellas que mis ojos han visto. Es más, en alguna ocasión estuve conversando con mi entrañable amigo Fausto Verdial para producir un proyecto de Ópera Bolero en los años 1980, cuando éramos felices y no lo sabíamos y cuando estuvo de moda que los restaurantes de Sabana Grande presentaran espectáculos jueves, viernes y sábado en la noche. Cosa que fue una tradición en Caracas desde los años 1940, hasta entrado el gobierno de Betancourt en 1960.
 Fue una tradición inmensa donde brillaron sitios como El Trocadero de Deloffre en Quinta Crespo, el Tony en la Plaza Venezuela de Toni Grandi, el Jimmy Arizona de los hermanos Riocci en La Florida, el Pasapoga de José Arriaga en la avenida Urdaneta, el Todo París de Eugenio D’Arcy en la Gran Avenida, el Montmartre en Baruta de Jacques del Sol, el River´s en la Avenida Casanova, el Trasatlantic, Le Mazot de Papillon en Chacaito, hasta La Potiniere de los Salani o el Hipocampo de los mismos, hasta que con el Don Chicho en la plaza de Las Delicias de Sabana Grande surgieron con éxito las discotecas en Caracas. Pero esa es otra historia. Presumo que la música disco se impuso por razones de costos operativos, la dependencia cultural de la elite criolla hacia la música del norte, la influencia de la televisión y los vídeos en la masificación de esa música, el atentado de las guerrillas contra La Belle Epoque, la presencia de los centros comerciales con su cultura puertas adentro y quizás el cambio de la oferta musical de música para oír, a música para ver. Vainas del Rock supongo yo. Podría echar fácilmente esa historia, que debe ser contada antes de caer en mi etapa del P. P. T. (Pijamas, pantuflas y Televisión) .

* En las fotos el aviso de El Trocadero a comienzos de 1940, una imperfecta foto del Trasatlantic y Kiara. Por esto, para ser de verdad una nación, debemos coleccionar las fotos de nuestro pasado común.

Fuente:
https://www.facebook.com/photo.php?fbid=10215465937982367&set=pcb.10215465944902540&type=3&theater

Lloro con gran pena, la muerte de mi gran amiga
Paula Giraud Adriani

Profesora Rosa Briceño, Directora de la Banda Marcial de Caracas, patrimonio histórico de la Caracas linda que todos amamos:Que pena tan grande siento en estos momentos al enterarme del fallecimiento de mi muy querida amiga y profesora Rosa Briceño, ocurrida este martes 29 de mayo...Me lo informaron al mediodia,porque dos amigas queridas de la extinta Gobernación de Caracas sabian que esta mala noticia,si me la decían anoche,me iba afectar muuuucho…
Mis dos queridas amigas y mi persona fuimos parte del gran equipo que participó en el hermoso video FANTASIA CARAQUEÑA, en el año 1997…Y como periodista de la desaparecida Gobernación de Caracas,tuve el privilegio de haber sido amiga de la profesora Rosa Briceño, al igual de haber contado de parte de élla, con un inmenso afecto por mi persona. Siempre estuve pendiente como periodista y funcionaria de la Gobernación de Caracas,de todas las cosas maravillosas que hizo la muy talentosa Profesora Rosa Briceño Ortiz como Directora en la Banda Marcial de Caracas,patrimonio histórico de la capital de Venezuela...
Descansa en paz mi muy querida amiga y profesora Rosa Briceño...Lamento infinitamente tu partida para volar al infinito...Que Dios te bendiga y lleva contigo tu talento musical para el mundo del cosmo, de las estrellas... Todos los que estuvimos cerca de ti,que fuimos muchos... lloramos con gran dolor tu partida…
Rosa Briceño Ortíz, nació en Caracas, el 26 de abril de 1957. Fue una destacada venezolana directora de orquesta, bandas de concierto y pianista . Inició sus estudios musicales en la Escuela Superior de Música José Ángel Lamas en la especialidad de piano. En 1980 egresó como directora de coros de la Escuela de Canto Coral de la Fundación Schola Cantorum de Caracas, bajo la tutela del maestro Alberto Grau.
Paralelamente realizó estudios de composición en la Escuela de Música "José Lorenzo Llamozas" con la maestra Modesta Bor. En la Accademia de Musicale de Chigiana, en Italia, recibió clases con los maestros maestros Franco Ferrara y Guennady Rozhdestvensky. En Venezuela fue la primera alumna mujer de la cátedra de dirección orquestal del maestro Gonzalo Castellanos Yumar.
Forma parte de la primera generación de mujeres en Venezuela en titularse como directora de orquesta.
Era licenciada en Educación y Magister Scientiarum en Diseño de Políticas de la Universidad Central de Venezuela.

Fuente:
https://www.facebook.com/photo.php?fbid=10216345653292866&set=pcb.10216345698573998&type=3&theater

domingo, 20 de mayo de 2018

MÍTICOS '60

Los Beatles en perspectiva
Siul Narragab


Puede aseverarse, pertenecemos a una generación de la transición musical urbana, pues, apenas lo recordamos, siendo  muy niños, los hermanos mayores preferían hacer las fiestas de casa bailando con la Billo, aunque poco a poco, ya se colaba un disco de Los Beatles. Será después, en los tempos de la escuela, al regresar a casa, en una ocasión, cuando descubrimos un sencillo de 45 RPM que, por un lado, traía Hey Jude y, por el otro, All you need is love, exponiéndolo frecuentemente en un picó con alto volumen. No obstante, a los muchachos de mayor edad del edificio,  gustaban más de las celebridades del festival de Woodstock, añadido el constante  lamento de la temprana desaparición física de la Joplin, Morrinson o Hendrix, cuyas canciones solian en el radio de transistores.

Concierto de Bangladesh mediante, nos familiarizamos más con George Harrison que con el resto de la banda, con el adicional descubrimiento de Bob Dylan, y siempre le reconocimos, como le reconocemos, el aporte que hicieron Los Beatles a la música popular. Nadie, en su sano juicio, negará sus novedades y atrevimientos que, en su momento, contribuyeron a un espectacular reimpulso de la industria discográfica, promoviendo y también legitimando las innovaciones de otros grupos de rock, pero de ahí a no explicar el mundo sin ellos, a lo Alfredo Escalante, hay una considerable distancia sideral.

Los años no pasan en vano y el cuarteto de Liverpool tiende a ocupar su adecuado lugar en nuestros gustos personales, porque tampoco son la tapa del frasco,  si a ver vamos, excepto que se diga de las novedades que en su momento impusieron y, no obstante, hubo bandas que muy bien le competían.  Es más, sin que esto le reste mérito alguno al cuarteto, puede decirse que Los Beatles fueron realmente uno solo: Brian Epstein, el manager.

Buenos compositores de voces espléndidamente comerciales, como lo demostraron después de su desaparición como banda, con la incursión individual en la industria, reconozcamos que fue un proyecto magníficamente comercializado partiendo de la competitiva materia prima que representaron.  La extraordinaria promoción de la banda y, sobre todo, las histéricas demostraciones de admiración que incluyeron no pocos desmayos de adolescentes en sus presentaciones en vivo, se integran a una exitosa jugada de  laboratorio:  la melena, por cierto, cuidadosamente cortada, y la definitiva asimilación de la estética del pop-art en auge, se unió al poderoso estímulo de una esquizofrénica persecución del grupo por sus fans, como se nota en una que otra  película.

Melodías muy gratas y letras interesantes, aunque de dudoso lirismo, más allá del timbre promedio de las voces, lograron un magnífico aporte con sus arreglos. Canciones como Strawberry fields forever, ahora nos atraen más por el arreglo, con el literal complemento de las voces; y, quizá es el aprendizaje a la larga, nos conducen con más seguridad a la música académica o al jazz.

Convengamos que el ascenso fulgurante de Los Beatles, coincidió con la consabida época que también hizo de la protesta una industria. Bien intencionada o no, las manifestaciones contra la guerra, a lo John Lennon, fueron convencionales, dejando intacta a la vanguardia que miró como una curiosidad su desnudo junto a Yoko Ono, algo distinto al perfomance en la azotea y su vibrante Don't let me down.

Otra faceta importante del grupo fue la de una cuidadosa, organizada y disciplinada atención a sus intereses, porque la Apple Corps se convirtió en todo un modelo de gerencia y, además, la empresa igualó en los beneficios a todo el cuarteto, como no ocurrió en otras bandas, aunque se dijera de Harrison y  Ringo Starr como figuras anexas a Lennon y Paul McCartney.  Fue tanto, y aún es el celo comercial, que jamás la corporación malbarató al grupo que no daba puntada sin dedal, cuando de ganancias se trataba, y libra todavía una constante batalla en las redes por retirar los videos que no le tributan: mala, pero ilustrativa comedia, el filme argentino  “Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo” de Mariano Cohn & Gastón Duprat (2010),  al versar sobre una regresión al pasado, cuenta cómo el protagonista perdió un juicio con Lennon a propósito de los derechos de Imagine.

20/05/2018:
http://www.opinionynoticias.com/opinioncultura/32653-narragab-s
Fotomontaje: Atribuido a Josemaría Marrero (Facebook, 2012).

miércoles, 28 de febrero de 2018

AVISOS

1.- EL PORVENIR, Caracas, 1864: Un profesor de música en el centro de la ciudad capital.¿Dónde quedaba  la calle de Comercio? Concluida o en vías de conclusión de la Guerra Federal, en la Caracas de los latifundista era posible hallar a autores, como el de este aviso. En la actual ciudad de los otros latifundistas de las mafias, ¿podrá encontrarse con facilidad a alguno?

2.- LA REPÚBLICA, Caracas, 1893: De Bolsa a Mercaderes, el probable familiar de Víctor Saume, famoso presentador de la televisión venezolana de los cincuenta y sesenta. ¿Podrá recibir las prendas de valor de la clase media venezolana de ahora que intenta sobrevivir, incuso, vendiendo  sus más preciados electrodomésticos?

3.- ÚLTIMAS NOTICIAS, Caracas, 1947: En Caracas y en Maracaibo, se puede diligenciar e inteligenciar la posible compra de ambas casas. Además, está la ventaja, nada más y nada menos, de la avenida Bolívar que multiplicará el valor del terreno. Mejor, no se puede.

Por cierto, la crisis editorial demasiado agravada del país, ya hace obvia la pregunta del por qué no se publican libros reminiscentes de la vida ciudad capital y de otras. En todo caso, la red digital hace las veces ...

viernes, 29 de septiembre de 2017

viernes, 24 de junio de 2016

CARPENTIER CONTRA CARPENTIER



¿Lo real maravilloso o artimañas literarias?
Mario Vargas Llosa

Cuando Alejo Carpentier afirmó: "Yo soy incapaz de 'inventar' una historia. Todo lo que escribo es 'montaje' de cosas vividas, observadas, recordadas y agrupadas, luego, en un cuerpo coherente"1 dijo una verdad muy mentirosa. Porque, aunque es cierto que su material de trabajo para crear ficciones era la historia documental, las fuentes escritas para investigar el pasado, también lo era que, en el proceso de convertir en novela aquella materia prima, sometía ésta a una transformación tan radical que en la ficción pasaba a ser una realidad inventada de pies a cabeza, emancipada en cuerpo y alma de su modelo. Deshacer y rehacer la historia, mudada en ficción, era la manera propia de Carpentier de inventar historias.
     Alcanzó, en esto, una maestría consumada, a partir de 1949, cuando apareció su primera obra maestra, El reino de este mundo, acaso la mejor de sus novelas y una de las más acabadas que haya producido la lengua española en este siglo. (Antes, en 1933, había publicado una novela regionalista, ¡Ecué-Yamba-O!, que, luego, con perfecta lucidez, desdeñó.) El punto de partida de El reino de este mundo fue un viaje que hizo a Haití, en 1943, acompañando al actor Louis Jouvet, en el que visitó la Ciudadela La Ferriere, la Ciudad del Cabo, las ruinas de Sans-Souci y buena parte de los lugares donde ocurre la novela. Pero si este viaje disparó la imaginación de Carpentier sobre el mundo de Henri Christophe y las largas luchas por la independencia de Haití, los verdaderos materiales que utilizó para El reino de este mundo no fueron cosas que vio y oyó, sino que leyó. También en este caso, como en todas sus ficciones futuras, su inspiración fue libresca.
     Los críticos que se han ocupado de esta novela —Roberto González Echevarría, Richard A. Young, Nury Raventós de Marín y otros— han subrayado que casi todos los personajes y sucesos de El reino de este mundo tienen una correspondencia en la realidad histórica. Pero quien ha llevado a cabo el más exhaustivo trabajo de arqueología de las fuentes que aprovechó Carpentier es Emma Susana Speratti-Piñero.2 En su notable investigación, demuestra que la novela es un "mosaico increíble" de datos históricos, mitológicos, religiosos, etnológicos y sociológicos recogidos por Carpentier en libros de viajeros, historiadores, en correspondencias, artículos especializados, biografías y manuales de mera divulgación o popularización, refundidos y organizados en un orden compacto para dar una versión literaria —es decir, ficticia— de las luchas independentistas y de los primeros años de vida soberana de Haití. La doctora Speratti-Piñero prueba que prácticamente no hay en la novela un solo personaje (ni siquiera Ti Noel), ni un episodio, y aun detalle o motivo que no tenga raíces bibliográficas. Y, sin embargo, de esta comprobación no resulta, en modo alguno, empobrecida la originalidad de El reino de este mundo ni el talento creativo de su autor. Por el contrario, la exposición de las fuentes utilizadas por el novelista cubano sirve para desvelar, de manera íntima, el procedimiento de transmutación de una realidad histórica en realidad ficticia de que Carpentier se valía para emancipar su ficción de todo sometimiento o dependencia de sus fuentes e imponerse al lector como un mundo original, dotado de unos rasgos y movimientos, colores, leyes, personajes, acciones y de un sistema temporal absolutamente propios e intransferibles. Pocas veces, en la crítica latinoamericana, un trabajo de paciente erudición ha sido tan fecundo para iluminar el encaminamiento mediante el cual un escritor de genio saquea el mundo real, lo desmenuza y reconstituye con la palabra y la fantasía para oponerle una imagen literaria.
     Ningún lector que se enfrente a esta novela sin estar al tanto de su gestación, sospecharía que todos los sorprendentes acontecimientos y los inusitados personajes que la pueblan son "históricos", ni siquiera realistas. La historia que cuenta parece mucho más cerca de lo legendario, lo mítico, lo maravilloso y lo fantástico que del mundo objetivo y la pedestre realidad. Pero esta impresión no resulta de la historia que El reino de este mundo cuenta, sino, exclusivamente, de la astuta y originalísima manera en que el narrador cuenta la novela. El discurso del narrador, de palabras rebuscadas —muchas de ellas extraídas de diccionarios y vocabularios especializados— se halla en las antípodas del que finge lo espontáneo, la oralidad. Este estilo representa, más bien, la voz engolada del discurso escrito, de lo leído y premeditado, de lo corregido y repensado, de lo artificial. Pero, pese a su semblante fabricado, es de una gran precisión a la hora de designar el objeto y describirlo, y de un extraordinario poder de síntesis: describe a pinceladas rápidas, sin insistir ni repetir. Su característica mayor, además de la exactitud —nunca vacila ni yerra a la hora de adjetivar— es la sensorialidad lujosa, la manera como se las arregla para que la historia parezca entrarle al lector por todos los sentidos: la vista, el oído, el olfato, el sabor, el tacto. Un estilo en el que, curiosamente, lo amanerado no está reñido con la vida del cuerpo, donde el adorno realza lo vital.

     De este estilo, que, a diferencia de otros, los de las novelas "realistas", no niega lo que es —pura literatura—, se vale el narrador para dotar al mundo ficticio de uno de sus rasgos prototípicos, el que más lo aleja de la realidad real y lo vuelve realidad inventada: el tiempo. Toda ficción tiene un tiempo, creado para ella y por ella, y que sólo existe allí. El tiempo de El reino de este mundo es, gracias al estilo, lentísimo, de cámara lenta, tanto que el lector tiene a menudo la sensación de que el tiempo se ha detenido o sido abolido, como ocurre en los grandes frescos, en las imágenes inmóviles de las pinturas. Y esta sensación se debe a que cada capítulo tiene un tiempo propio —una sucesión o acumulación de ocurrencias—, pero, entre capítulo y capítulo, no hay flujo cronológico, una continuidad anecdótica que dé la impresión de un transcurrir. La historia de la novela no avanza como el tiempo "real", que fluye a la manera de un río, sin detenerse nunca. Más bien, salta de un periodo a otro —de un cuadro a otro—, como si aquéllos no estuvieran enlazados en una secuencia, sino yuxtapuestos, conservando cada uno su autonomía temporal. Por eso, leyendo esta novela el lector tiene la sensación de estar recorriendo una galería de grandes murales dispuestos en fila, pero desconectados cronológicamente.
     Aunque, saliendo de la ficción, y cotejándola con los hechos históricos que le sirven de materia prima, podemos decir que El reino de este mundo cubre un periodo de unos ochenta años —de 1751 a 1830 más o menos— pues ese es el tiempo que media entre la conspiración del manco Mackandal y el establecimiento del gobierno republicano y la imposición del trabajo agrícola obligatorio, lo cierto es que, ciñéndonos a los datos contenidos en la novela, esta averiguación es imposible. Para crear ese tiempo propio, distinto, el narrador ha borrado las pistas, eliminando todas las fechas —no hay una sola en el libro— y limitándose a vagas referencias temporales ("Sobre todo esto habían transcurrido veinticinco años", "...esto duraba ya desde hacía más de doce años..."), de modo que, por ejemplo, es imposible establecer la edad de los personajes, incluida la del que sirve de hilo conductor de la historia, Ti Noel, de quien sólo llegamos a averiguar con certeza que muere muy anciano.
     La cualidad plástica del estilo hace que el lector sienta que, en cada capítulo, no pasan sino hay muchas cosas. Y cada capítulo consta siempre de uno o dos cráteres, hechos centrales, llamativos, de gran concentración de vivencias, en torno a los cuales parece girar todo lo demás. Separados por intervalos a veces muy largos, los capítulos de la novela arman un desfile de periodos temporales estáticos que se complementan, pero sin integrarse en un transcurrir parejo y sistemático. Ese tiempo es, como el narrador, una completa ilusión: una invención.
     La perspectiva mítica: los mundos del narrador
     No menos notable ni original que la invención de un sistema temporal ficticio, es la creación del espacio en El reino de este mundo, un espacio que, aunque modelado a partir de un espacio y una historia reales, se va transformando en algo esencialmente distinto —real maravilloso lo llama Carpentier, en su prólogo de 1949 a la novela, pero se podría llamar, tal vez, de una manera menos surrealista, legendario o mítico—, gracias a los habilísimos movimientos de un narrador que la señora Speratti-Piñero ha descrito con exactitud: "reducción, ampliación, desmembramiento, redistribución, combinación, contradicción, cambio de intención y de tono" (p. 106) de los materiales recogidos en las fuentes librescas.
     El narrador se vale de las mayúsculas para impregnar de solemnidad y nimbar de un aura religiosa ciertos hechos, seres o creencias, que, realzados de esta manera sobre los otros, van erigiendo una dimensión espiritual o mágica en la realidad ficticia: los Grandes Pactos, el Falso Enemigo, Aguasú, Señor del Mar, las Oraciones del Gran Juez, de San Jorge y la San Trastorno, las Muletas de Legba, el Señor de los Caminos, la Batería de las Princesas Reales, la Puerta Única, y, por supuesto, los Loas del vudú —Loco, Petro, Ogún Ferraille, Brise-Pimba, Caplao-Pimba, Marinette Bois-Cheche y otros— son más que nombres propios que ameriten aquella distinción ortográfica. Como no están definidos ni explicados, mencionados desde la perspectiva de quienes ya saben quiénes son y creen en ellos (por un sinuoso narrador que para nombrarlos se coloca cerquísima de aquellos creyentes), para el lector son figuras llamativas, espectáculos que, de tanto en tanto, colorean fugazmente la realidad ficticia, agrietándola y revelando en ella un trasfondo fantasmagórico, de dioses, diosecillos y seres malignos, y conjuros y otras fuerzas espirituales cuyo benéfico o maléfico poder opera desde la sombra en los hechos históricos y las peripecias individuales. Esas estratégicas mayúsculas van sembrando la realidad ficticia de misterio, revelando que ella está hecha, también, de un nivel sagrado al que sólo se accede a través de la fe y las prácticas mágicas.
     La astucia del narrador hace que este nivel esté constantemente asomando en su relato, pero, siempre, desde la perspectiva de los personajes cuya credibilidad, ingenuidad o miedos y esperanzas sostienen en pie aquella dimensión mágico-religiosa con la que el narrador —en eso consiste su astucia— jamás se compromete pues nunca le da su propio aval. 
Además de las mayúsculas, otros tres procedimientos contribuyen a mitificar la realidad ficticia, a desrealizarla y darle consistencia esencialmente literaria. El primero consiste en reorganizar el orden de las cosas de este mundo en forma de desfiles o colectividades compactas que se despliegan ante el lector como una cinta animada, lo que introduce, de tanto en tanto, en este tiempo lentísimo y casi suspendido, súbitas agitaciones, bruscos reordenamientos que agrupan en una secuencia narrativa a objetos y seres (de este u otro mundo) y acciones en unidades gregarias, atraídas y emparentadas por una recóndita sanguinidad: "La mano traía alpistes sin nombre, alcaparras de azufre, ajíes minúsculos; bejucos que tejían redes entre las piedras; matas solitarias de hojas velludas, que sudaban en la noche; sensitivas que se doblaban al mero sonido de la voz humana..."3 No se trata de meras enumeraciones; estas cascadas o aluviones de objetos delatan un parentesco secreto entre cosas que la simple visión objetiva no detecta, que sólo se hace visible gracias a la iniciativa de un personaje dotado de poderes especiales (en este caso Mackandal), de una percepción capaz de traspasar lo ordinario y detectar lo extraordinario (el orden secreto del mundo). A veces, como en la noche en que estallan las trompas del caracol, no es un ser humano, sino un sonido, una música, la que de pronto llama e integra en una unidad a una vasta, dispersa y hasta entonces desconocida familia: "Era como si todas las porcelanas de la costa, todos los lambíes indios, todos los abrojines que servían para sujetar las puertas, todos los caracoles que yacían solitarios y petrificados, en el tope de los Moles, se hubieran puesto a cantar en coro" (p. 96). La cantidad y variedad de estas enumeraciones (he registrado una veintena, y sospecho que hay más) van manifestando, en el curso del relato, algo más profundo que un adorno retórico: una predisposición congénita de la realidad ficticia a organizarse de manera serial, por conjuntos o asambleas de objetos que, desbordando sus confines, se acercan y afilian obedeciendo a íntimos mandatos. Este orden soterrado de la realidad no es objetivo y por lo mismo verificable; su arbitrariedad sólo se explica —y justifica— en función de una perspectiva subjetiva (mágico-religiosa).
     Las cosas animadas
     El segundo procedimiento consiste en dotar a lo inanimado de animación, de vivificar lo material insuflándole un alma, un espíritu, y mostrando a las cosas de manera que parezcan dueñas de iniciativa, de libre albedrío. Dicho así, da la impresión de que el narrador, empleando este recurso, abandonara el nivel de realidad objetivo y saltara a lo fantástico, a un mundo maravilloso, de total subjetividad, irreconocible a través de la experiencia racional del lector. No es así. El territorio en el que transcurre esta originalísima novela no es el fantástico, sino el mítico o legendario, que está como a caballo entre la realidad histórica y la fantástica —entre lo objetivo y lo subjetivo—, y cuya ambigua sustancia se nutre por igual de lo vivido y lo fantaseado o soñado. Para efectuar esta transformación del objeto —su humanización, diríamos— el narrador hace gala de esa formidable capacidad de tránsito de que dispone, y se coloca, utilizando a veces el estilo indirecto libre y a veces no, en la perspectiva (que conviene no confundir con el punto de vista) de uno o varios personajes, de grandes colectividades a veces, para quienes aquella animación recóndita de la materia es artículo de fe. De este modo, sin identificarse con el punto de vista de estos personajes, conservando una mínima —a veces infinitesimal— distancia de ellos, el narrador se las arregla para impregnar subjetivamente de milagro y maravilla una realidad histórica, sin, empero, convertirla en fantástica, manteniéndola levemente sujeta a la vida objetiva, en la que, sin embargo, las leyendas y los mitos coexisten, y, a menudo, devoran la experiencia histórica.
  Los críticos llaman metonimia a este procedimiento y lo definen como una figura retórica que consiste en confundir el efecto con la causa, o fingir tal cosa mediante la omisión de ésta y la exclusiva exposición de aquél. Yo prefiero llamar a este método de narrar una variante del dato escondido, la adopción de una elipsis, que, al eliminar una parte importante de la información, produce una subversión o trastorno esencial en lo narrado. "La ciudad es buena. En la ciudad una rama ganchuda encuentra siempre cosas que meter en un saco que se lleva al hombro" (p. 132). La mano de Ti Noel que sujeta y pone en movimiento a la "rama ganchuda" ha sido abolida, de modo que ésta, automáticamente, se apropia de aquellas propiedades que permiten a la mano (a Ti Noel) convertir la rama en instrumento. La omisión transforma a este ser pasivo en activo, lo anima e independiza, lo torna sujeto actuante. Sin embargo, aunque esto ocurra en el curso de estas frases, debido a ese movimiento de ocultación —a ese pase de prestidigitación del narrador—, el contexto recuerda, allá, en la periferia del episodio, que, en verdad, hay alguien, invisible, el omitido Ti Noel, que es quien en verdad vuelve activa y ejecutora a la "rama ganchuda".
     Casi en cada capítulo del libro, vemos asomar este procedimiento que va perfilando una característica sui géneris, inmensamente atractiva por su singularidad y sus efectos inesperados, a la realidad ficticia: la de un mundo panteísta en el que no hay fronteras esenciales entre lo animado y lo inanimado, porque todo lo que existe tiene una vida propia: un espíritu. "Los techos estiraban el alero, las esquinas adelantaban el filo y la humedad no dibujaba sino oídos en las paredes". No es raro, por eso, que en un mundo de este cariz, los cañones de la Ciudadela tengan nombres propios —Escipión, Aníbal, Amílcar— y que algo tan impalpable como las "noticias" corran y se muevan, dotadas de patas: "Pronto las noticias bajaron por los respiraderos, túneles y corredores, a las cámaras y dependencias" (p. 147).
     Uno de los episodios más deslumbrantes de la novela —uno de sus cráteres—, el v, "De Profundis", está enteramente narrado según este procedimiento: la animación de lo inerte a través de datos escondidos. Me refiero a la rebelión del manco Mackandal, quien trata de eliminar a los blancos de la colonia mediante el veneno. Éste adquiere independencia —"El veneno se arrastraba por la Llanura del Norte..."— y aparece como un personaje movedizo y siniestro, velocísimo y plural, que contamina de muerte y podredumbre los establos, las cocinas, las farmacias, las panaderías y hasta el aire que respiran los dueños y hacendados de la colonia. La extraordinaria eficacia de la prosa, que parece, en su cuidadosa elección de las palabras, transpirar la ponzoña y el miedo que ella propaga en la comarca, consigue un efecto de suceso sobrenatural, de plaga demoniaca. Pero no lo es, se trata de un "efecto", de una consecuencia psicológica de los doctos alardes narrativos del narrador, quien, al abolir a Mackandal, el manipulador y distribuidor de venenos, ha conseguido una admirable muda en la realidad ficticia: volver legendario, mítico, casi sobrenatural, un hecho muy concreto y circunscrito de la historia haitiana.
     El tercer procedimiento, complementario y a menudo utilizado al mismo tiempo que el anterior, pero mucho más difícil y sutil que éste, consiste, de parte del narrador, en narrar tan cerca de una subjetividad que lo que ésta registra o cree registrar pasa por ser la realidad. El narrador de El reino de este mundo está siempre moviéndose entre distintos planos o niveles de realidad; el más arriesgado y radical de sus desplazamientos es éste, que lo lleva casi —pero sin nunca franquear esta frontera— a saltar a lo fantástico. Para ello, se sitúa para narrar en la perspectiva de un personaje crédulo —creyente, alucinado o supersticioso— y narra desde allí escenas o hechos que de este modo alcanzan una suerte de fantasmagoría, hechizo o encantamiento. Sin embargo, el diestro narrador se las arregla para conservar siempre su autonomía —un punto de vista propio, diferenciado del personaje cuya perspectiva ha adoptado para narrar—, de modo que la historia ficticia se mantenga dentro de una verosimilitud racional y objetiva; es decir, para nunca mudar a lo puramente fantástico.
     Un buen ejemplo de este procedimiento aparece en otra de las más llamativas escenas de la novela, en Roma, cuando Solimán reconoce en una estatua (la Venus de Cánova) el cuerpo de su antigua ama, Paulina Bonaparte. Esta es la culminación de una aventura semiprodigiosa, en la que el masajista acaba de recorrer las galerías del Palacio Borghese en las que "un mundo de estatuas" le ha parecido animarse, moverse, hacerle señas. Luego, cuando empieza a repetir sobre la estatua los antiguos ritos, tiene la certeza de que está masajeando el cadáver de Paulina, y esta idea lo pone fuera de juicio. Nada de ello, en verdad, ha ocurrido. Pero el lector tiene la sensación del hecho maravilloso, de la muda milagrosa, porque, para narrar el episodio, el narrador se ha acercado tanto al espíritu embrujado de Solimán que ha llegado casi a vivir el episodio desde la erizada crispación anímica del exiliado.
     Otro de los cráteres de la novela es la transformación final de Mackandal —un hombre al que los esclavos creen dotado de poderes licántropos, es decir, de mudarse en animal— el día de su ejecución. Colocándose en la perspectiva de ese pueblo de seguidores de Mackandal reunidos en torno al patíbulo, y convencidos de que el hechicero manco escaparía a la muerte, el narrador inicia el desplazamiento hacia aquella subjetividad colectiva: "¿Qué sabían los blancos de cosas de negros? En sus ciclos de metamorfosis, Mackandal se había adentrado muchas veces en el mundo arcano de los insectos, desquitándose de la falta de un brazo humano con la posesión de varias patas, de cuatro élitros o de largas antenas. Había sido mosca, ciempiés, falena, comején, tarántula, vaquita de San Antón y hasta cocuyo de grandes luces verdes" (p. 84). Sin comprometerse él mismo, cediendo toda la responsabilidad de aquella creencia en las aptitudes licantrópicas del manco, a aquéllos desde cuya perspectiva narra, el narrador ha preparado el clima para el milagro, el hecho sobrenatural: "Sus ataduras cayeron, y el cuerpo del negro espigó en el aire, volando por sobre las cabezas...". Sin embargo, luego de este clímax el narrador abandona aquella perspectiva mítica, y regresa a un nivel histórico, de realidad objetiva, para narrar "que muy pocos vieron que Mackandal, agarrado por diez soldados, era metido de cabeza en el fuego..." Las mudas del narrador entre estos distintos niveles de realidad son inapresables en el curso de la lectura, por la delicadeza y velocidad con que están hechos, y por la unidad que el estilo impone a todo el episodio, distrayendo al lector de las mudas y alteraciones que experimenta.
     El narrador emplea muchas veces estos cambios de nivel de realidad para imprimir una atmósfera de hechizo, encantamiento o milagro a lo narrado, pero, en cada caso, como en la ejecución de Mackandal, se da maña para mantener aunque sea con la punta de un pie el contacto con esa realidad histórica, a la que transforma, sí, en leyenda y mito, pero nunca en pura fantasía. Por ejemplo, en los años finales de Ti Noel, quien, en su senectud, nos dice, se vuelve ave, garañón, avispa, hormiga, ganso. ¿Se vuelve de veras todas estas cosas? Es ya un hombre muy anciano que vive de historias y recuerdos, en un mundo más imaginario que real. El narrador narra aquellas metamorfosis desde muy cerca, poco menos que confundido con esa mente centenaria y en proceso de disolución, de modo que así quede abierta la posibilidad de que aquellas transformaciones que expresan las creencias del vudú, sean sólo eso, creencias, ilusiones, como los milagros con que suelen etiquetar a menudo los creyentes los hechos insólitos o que parecen romper la normalidad.
     En el prólogo que escribió para esta novela, Carpentier enarboló la bandera de lo "real maravilloso" como un rasgo objetivo de la realidad americana, y se burló de los surrealistas europeos, para los que, aseguró, lo "maravilloso" "nunca fue sino una artimaña literaria". La teoría es bonita, pero falsa, como demuestra su novela, donde el mundo tan seductor, mágico, o mítico, o maravilloso, no resulta de una descripción objetiva de la historia haitiana, sino del consumado manejo de las artimañas literarias que el novelista cubano empleaba a la hora de escribir novelas. -Washington, dc, noviembre de 1999.
Fuente:
Cfr.
María del Mar Roig: “Alejo Carpentier y lo ‘real-maravilloso’”: http://www.letraslibres.com/revista/libros/carpentier-contra-carpentier

EL PAÍS, Madrid, 24 de diciembre de 1977
Tribuna:
Lo universal del habla americana
Alejo Carpentier

El escritor cubano Alejo Carpentier, premio Miguel de Cervantes de Literatura, envía desde París un texto en exclusiva para EL PAIS donde recoge una primera impresión y valoración de este premio, otorgado por unanimidad por las reales academias de la lengua, a propuesta de la Real Academia Española. El premio Cervantes, cuya primera edición se concedió al poeta Jorge Guillén, tiene una dotación económica de cinco millones de pesetas, y significa el reconocimiento universal de la obra literaria de un escritor de habla hispana. Alejo Carpentier (La Habana, 1904) está vinculado a la cultura autóctona de los pueblos latinoamericanos que se extienden, a través de sus creaciones literarias, al enriquecimiento de la cultura universal.

El hecho de que la Real Academia de la Lengua Española haya pensado en mí para que este año se me otorgase el premio Miguel de Cervantes Saavedra, me resulta halagador en alto grado por cuanto significa que en el seno de dicha institución se, ha operado una rápida evolución de conceptos que la remoza y actualiza al menos en el concepto que de ella tenía, generalmente el escritor latinoamericano.Para nosotros, hace todavía pocos años, Real Academia de la Lengua Española venía a ser sinónimo de cárcel del idioma, limitación, conservador deslinde de la expresión. Ante ella nos sentimos un tanto exóticos, ultramarinos, forasteros, con nuestros localismos, neologismos, americanismos, por decirlo todo.
Recordábamos, sin embargo, que a principio de este siglo don Miguel de Unamuno, considerando nuestra literatura, había condenado un casticismo que califica de estéril, admitiendo que los escritores de América habían influido ya en las modernas maneras de escribirse el castellano. Pero no todos los intelectuales españoles compartían, en aquellos días, el criterio de Unamuno. Y nosotros, por reflejo defensivo, nos marginábamos voluntariamente de lo que en España se escribía.
Que un premio de la importancia del Miguel de Cervantes Saavedra haya venido a coronar el esfuerzo creador de un escritor cubano demuestra que la academia nacida de la que fue cuna de nuestro idioma, idioma maravilloso por lo demás, nos acoge hoy calurosamente en su seno, con nuestra habla peculiar, nuestros modismos, nuestros voluntarios atropellos a las reglas gramaticales, que son otros tantos enriquecimientos aportados por nosotros, los de América, al patrimonio común de nuestra cultura.
Y, como cubano, me honra muy particularmente el hecho de haber contribuido a hacer realidad lo que fuera feliz vaticinio de Unamuno, a comienzo de este siglo.
Y, con él, y como quería él, con nuestro habla americana, seguimos tratando de «hallar lo universal en las entrañas de lo local, y en lo circunscrito y limitado, lo eterno».
Fuente:
Cfr.

EL PAÍS, Madrid, 26 de abril de 1980
Tribuna:
Presencia de Gustave Flaubert
Alejo Carpentier

Balzac escribió alrededor de cien novelas... Y decimos «alrededor» porque hay dos modos de establecer un catálogo de ellas: a) el que consiste en sumar sus títulos definitivos, lo que nos da una cifra algo inferior a cien-, b) el que consiste en señalar que tal o cual relativo, tenido por una obra coherente y vertebrada es, en realidad, un patch-work, una reunión de varias novelas o «novellas» anteriores hilvanadas, a veces, con tanta prisa. y descuido que, como ocurre con La mujer de treinta años, nos cuesta trabajo relacionar y seguir el desarrollo de seis textos arbitrariamente puestos en sucesión. (Algo semejante vemos en las Grandezas y miserias de las cortesanas, donde, aunque con mayor fortuna, Balzac reúne cinco novelas anteriormente publicadas bajo otros títulos ... ) Claro está que Balzac era un genio, y el genio no sólo hace lo que quiere, sino también lo que puede. Pero cabe preguntarse ahora si una producción tan superabundante como la de Balzac no resulta, en fin de cuentas, perjudicial al conocimiento de la obra misma. Todo hombre culto ha leído a Balzac, ciertamente. ¿Pero cuántos tomos de Balzac ha leído en realidad? Acaso una cuarta parte, que incluye, por fuerza -por ser más famosaslas obras maestras indiscutibles Eugenia Grandet, admirable logro, acierto total del comienzo a fin, La piel de zapa, justamente clásica; La duquesa de Langeais expresión perfecta del romanti císmo en la narrativa; El lirio en el valle, y, desde luego, aquello tránsitos de la Comedia humana, que trajeron al mundo de la dimensión imaginaria los inolvidables personajes de papá Goriot, la prima Bette, César Birotteau, Gobseck, Vautrin, Rastignac, el banquero Nucingen, Luciano de Rumbempré, y tantos otros que, con el tiempo, se nos erigieron en arquetipos proverbiales. Esto, desde luego, basta para asegurar la inmortalidad de un escritor. Y, sin embargo, ante la desbordada creación balzaciana, llegamos a preguntarnos si no le hubiese sido mejor haber escrito menos, centrando el esfuerzo en el mantenimiento de una calidad semejante a la que se observa a todo lo largo de Eugenia Grandet. Porque en nada se rebaja la grandeza de Balzac: admitiéndose que, en sus novelas de segundo plano, abundan las páginas sumamente prescindibles -cuando no francamente detestables.Este año muchas revistas literarias consagrarán números especiales, ensayos, estudios, etcétera, a la memoria de Gustave Flaubert, muerto el 8 de mayo de 1880 -hace exactamente un siglo- Y su nombre viene a oponerse, en nuestra mente, por fuerza, al de un Balzac, por cuanto -también creador de arquetipos por siempre inscritos en la historia literaria universal- fue un autor poco fecundo, consciente de su terrible dificultad de escribir y que, sin embargo, después de mucho renegar de su oficio, de quejarse de la lentitutd con que adelantaban sus manuscritos. después de leerlos, releerlos, clamarlos, declamarlos a la manera de un actor, después de exasperarse en él manejo de una pluma que mal respondía a sus intenciones, acababa produciendo algo que siempre -casi por fatalidad- resultaba una auténtica obra maestra, destinada a la inmortalidad. Fuera de una mala comedia, muerta al nacer, y de una copiosa correspondencia, a más de uno que otro texto de juventud, Flaubert sólo escribió seis libros. Peros seis libros titulados: Madame Bovary, Salambó, La educación sentimental, La tentación de san Antonio, Tres cuentos y Bouvard y Pecuchet, novela que la muerte de su autor dejó inconclusa, aunque casi toda pasada en limpio. Y estas obras tienen una característica singular, muy rara en la historia literaria: cada una responde a un planteamiento particular, nos lleva a diversas épocas y diversos ambientes, resuelve diferentes problemas de expresión, de estilo, de enfoque, constituyéndose en universo cerrado, redondo, completo en sí misma. Nada hay más diferente de Madame Bovary que La tentación de san Antonio. Y sin embargo, Flaubert está presente y bien presente en cualquier página de estos dos libros. A la gestación dolorosa, prolongada, llena de desalientos, seguía el fruto genial, espléndido y pronto imitado. Porque, si bien algunos, hoy, nos dicen que Salambó se les parece un poco a las películas de Cecil B, de Miller, no habría que olvidar que la novela cartaginesa de Flaubert resultó algo tan novedoso en su tiempo que dio origen a toda una novelística cultivada -con la personalidad particular de cada cual por autores tan distintos como Pierre Louys (Afrodita), Jean Lombard (Bizancio, La agonía), Sienkiewic, y hasta por Vicente Blasco Ibáñez, quien, en su novela de juventud Sónica la Cortesana, reproduce, con plagiario desparpajo, frases enteras del texto ejemplar.
En cuanto a Bouvard y Pecuchet, se trata de una novela sin paralelo en toda la literatura moderna. Nada parecido conozco a ese viaje de dos personajes -primos remotos de don Quijote y Sancho- a través del vasto mundo de las ideas y los conocimientos humanos. Viaje cuyas jornadas tragicómicas terminan siempre en un fracaso -como ocurre en la magna novela cervantina- Pero novela que, vuelta a su punto de partida, tras de una trayectoria circular, puede volver a empezar indefinidamente, disparándose hacia otros rumbos. Novela inmensa, novela enciclopédica -sin antecedentes en Francia, como no sea en Rabelais-, donde acaso haya alcanzado Flaubert la cima de sus posibilidades.

Y esta importancia la había percibido, antes que nadie, un hombre genial de América Latina. Me refiero al cubano José Martí. Y el hecho resulta tanto más portentoso si pensamos que el día 8 de julio de 1880 publicaba Martí, en The Sun, de Nueva York, un importantísimo ensayo acerca de Bouvard y Pecuchet, exponiendo pormenorizadamente su asunto, destacando sus planteamientos con la sagacidad crítica que le era peculiar... Y lo más extraordinario del caso era que Martí escribía su ensayo cinco meses antes de que madame Aubin empezara a publicar fragrnentos del manuscrito inconcluso en La Revue Nouvelle, de París, a título de sensacional primicia ofrecida a sus lectores... ¿Cómo José Martí conocía, estando en Nueva York, el texto póstumo de Flaubert?... ¿Y cómo lo conocía hasta el punto de poder análizar certeramente su contenido literario y hasta filosófico?... Hay ahí un misterio cuya elucidación dejo a los doctos investigadores de enigmas históricos. Pero nos queda el hecho de que un escritor de América Latina fuese el primero, acaso, en señalar el extraordinario valor de una novela debida al genio de quien nunca se repitió, en sus empeños, y que en vísperas de morir, emprendía una nueva aventura creativa, distinta a todas.
Balzac pasa a la posteridad con un bagaje de más de cien libros. Gustave Flaubert, con seis obras maestras.... ¿Cuál de los dos destinos será el más envidiable?...

Fuente:
Cfr.
"El universo musical de Alejo Carpentier": https://www.youtube.com/watch?v=YZiCqzDKi1E

Carpentier contra Carpentier
Gustavo Guerrero

Roberto González Echevarría, Alejo Carpentier: el peregrino en su patria, Gredos, Madrid, 2004, 395 pp.
Octubre 2004 

     Por suerte, no todo es pompa ni pasajera retórica en las mil y una conmemoraciones a las que se ha vuelto tan afecto nuestro tiempo. A veces, más allá o más acá de la celebración, algo queda, algo que resiste y perdura. Si tuviera que apostar hoy, diría que, de los cien años de Alejo Carpentier, probablemente sobreviva, entre otras pocas cosas, la reedición de este ensayo de Roberto González Echevarría. Publicado originalmente en inglés, en 1977, por la Cornell University Press, Alejo Carpentier, the Pilgrim at Home era ya una referencia dentro de los estudios literarios latinoamericanos antes de que se tradujera al español y se publicara en México, en 1993. Tras una temporada en el limbo de los títulos inhallables, ahora reaparece en España, en una segunda edición aumentada y corregida, y provisto de un nuevo y sustancioso prólogo del autor. No hay que dejar pasar la ocasión de descubrirlo o de releerlo en este año del centenario. Y es que se trata de un libro realmente importante no sólo en tanto lectura de la novelística del cubano sino, además, como ejercicio de historia literaria y como crítica de los paralelos tradicionales entre vida y obra.
     Es verdad que siempre abrimos con algún temor este tipo de estudios universitarios que datan de los años setenta y ochenta del siglo pasado, pues nada ha envejecido tan rápido como los pretenciosos dialectos teóricos y filosóficos que eran entonces lenguas obligatorias en los departamentos de literatura. Afortunadamente, Alejo Carpentier: el peregrino en su patria sigue siendo el libro inteligente y atrevido de un joven scholar de 34 años que, en pleno auge del posestructuralismo y la deconstrucción, supo sacar partido de lo que le ofrecían aquellas corrientes pero sin venderle el alma al diablo del sistema, la jerga y el método. González Echevarría va a ahondar más tarde su deuda con los deconstruccionistas y, en particular, con la escuela de los Yale deconstructionists (Bloom, Hartman, De Man) a la que aún suele asociársele. Sin embargo, en este estudio temprano, la deconstrucción representa ante todo una libre reivindicación del valor de la ambigüedad, la indeterminación y la contradicción como herramientas interpretativas. Sirviéndose de ellas, nuestro novel crítico se atreve a leer a Carpentier contra Carpentier, e incluso más allá de Carpentier, en una época en que el novelista cubano era ya una figura canónica y prácticamente intocable. "La misma investigación sobre las fuentes de Los pasos perdidos —señala así en el prólogo a la edición mexicana— me llevó a tomar conciencia de las sugestivas discrepancias entre lo que Carpentier decía sobre la génesis de su obra en diferentes momentos, y cómo estas declaraciones eran difíciles de verificar, cuando no eran claramente contradichas en la obra misma. Este descubrimiento me fue aclarando paulatinamente que lo que debía hacer era concentrarme en las discrepancias y desarmonías de la obra y las versiones de la vida, no tratar de velarlas con los recursos habituales de la crítica académica".
     Es ésta la ruta que González Echevarría sigue rigurosamente al analizar las distintas etapas por las que pasa la novelística de Carpentier y las complejas relaciones que se tejen, en cada una de ellas, entre el relato novelesco y el relato autobiográfico. En una era posbarthesiana y altamente crítica, Alejo Carpentier: el peregrino en su patria vino a rehabilitar de este modo las lecturas correlativas de vida y obra al situarlas en un nivel mucho más hondo e interesante: aquel donde el autor, si se me permite la redundancia, deja de ser una voz autorizada. De ahí que la silueta que se vaya definiendo a lo largo del libro no sea ya la del padre totémico del realismo mágico ni la del intelectual comprometido con el castrismo, las dos versiones a las que nos había acostumbrado la crítica oficial. Lejos y como al margen de ellas, el Carpentier de González Echevarría es una escritura y un hombre en los que se asocian creativa y conflictivamente las cuestiones del origen, la identidad y el destino de la cultura latinoamericana. No hace falta ser demasiado perspicaz para comprobar cómo, adelantándose al reciente escándalo de la partida de nacimiento suiza, los problemas que se tratan en este libro dibujan finamente la falla mayor de donde quizá surgen los muchos relatos del novelista sobre su persona y su literatura: la mentira sobre su lugar de nacimiento y acaso sobre su verdadera filiación.
     En el prólogo a la presente edición, fiel a la estrategia de lectura que se fijó hace 27 años, González Echevarría da cuenta de sus últimas pesquisas sobre este espinoso asunto, y analiza con inteligencia y honestidad las probables razones por las cuales Carpentier quiso ocultar que no había nacido en la capital de Cuba sino en Lausana. El relato de un incómodo encuentro con la viuda del escritor en La Habana y el resumen de las indignadas elusivas con que Mme Carpentier contestó sin contestar a la pregunta sobre el lugar de nacimiento de su marido, son como el corolario de estas páginas. Sin embargo, lo esencial es la forma en que se examina aquí la mentira como un texto más de y sobre Carpentier, un texto que merece ser leído a la luz de sus ficciones, pero que, al mismo tiempo, las ilumina de un modo novedoso y a veces insólito. En tanto práctica de la discrepancia y la contradicción, no veo mejor ejemplo de esa différence que, tras la huella de sus colegas deconstruccionistas, González Echevarría llama con elegancia los "malentendidos productivos" de Carpentier.
     Por supuesto, no siempre es posible seguir a nuestro crítico en todas y cada una de sus interpretaciones, ni tampoco se puede compartir hoy su opinión sobre la influencia de Carpentier en las generaciones más jóvenes. Pero poner el acento en dichas reservas sería mezquino ante todo lo que el ensayo representa como teoría y práctica de una hermenéutica, y también, lo repito, como ejercicio de historia literaria. O mejor y más justo: como lección de historia literaria. Y es que no puedo ni debo terminar esta reseña sin decir que las páginas que González Echevarría consagra a las vanguardias, a la Revista de Occidente y a la evolución del concepto de realismo mágico constituyen un capítulo esencial para entender el desarrollo del pensamiento literario latinoamericano en el siglo xx. Muchos las hemos tomado como un punto de partida para explorar otros territorios de nuestra historia y algunos incluso las han glosado indelicadamente sin citarlas. Sirva la ocasión para reconocer su importancia. Como si todo lo demás no pesara ya lo que pesa, se bastarían a sí solas para hacer de Alejo Carpentier: el peregrino en su patria un libro necesario.

Fuente:
Cfr.
Rita de Maeseneer: "¡Cómo leer a Alejo Carpentier y a la cultura del surrealismo en América Latina, de Anke Birkmaier?": http://www.casadelasamericas.org/publicaciones/revistacasa/256/hechosideas.pdf