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viernes, 18 de octubre de 2019

HONESTIDAD

Érase Julio Pocaterra
Guido Sosola

La historia habla por sí sola y, sobre todo, cuando hay eso que algunos llaman consenso historiográfico. Estos son tiempos de una insólita ligereza frente a un régimen que nos trastocó en la más íntima profundidad de los valores  y principios. Y perdonen la cita curera, pues, en algún documento, Pablo VI aseguraba que no se combate e mal con el mal.

Por septiembre de 1948, Rómulo Betancourt decidió viajar a Estados Unidos y, no por casualidad, lo hizo con dos de los dirigentes que olfateó como de los mejores prospectos de Acción Democrática. De no llegar el consabido golpe de Estado, seguramente no hubiesen esperado doce años más tarde para zanjar las diferencias netamente ideológicas, en el caso de Domingo Alberto Rangel, o netamente políticas, en el de Raúl Ramos Giménez.  Uno y otro, era promesas ciertas en el horizonte venezolano y bien merecían la atención del líder octubrista, incluyendo un partido de béisbol en el propio Nueva York. Por supuesto, no era pecado hacerlo porque no tenían por hábito el pecado original, como diría Santo Tomás de Aquino en su Suma Teológica, cosa que dejamos a los entendidos. Y es que tampoco lo era, porque el país no estaba pasando hambre como ahora y cualquiera podía escuchar acá la transmisión del juego quizá en la voz de Buck Canel, aquél del “no se vayan que esto se pone bueno”, así fuese en el aparato radial del botiquín de la Elorza ahora ocupada por los irregulares. Pero, además, por dos razones adicionales: por una parte, Betancourt mismo propició la publicación de la gráfica, en un modesto palco del viejo Yankee Stadium, ganado simpatías por el gesto, calmando a propios y extraños, a los adecos que aspiraban a sus diligencias de pacificación interna y, a resto, que reclamaban que dejase gobernar a Rómulo Gallegos. Por la otra, la m´s poderosa, es que Rómulo hablaba claro y generaba confianza.

Lo primero que hizo Betancourt al subir al poder, fue declarar sus bienes. Lo primero que hizo al descender del poder, fue declarar sus bienes.  Todo el mundo sabía lo que tenía en los bolsillos, como todo el mundo estaba enterado que Julio Pocaterra lo financiaba en la medida de sus posibilidades y, por cierto, el consulado en Estados Unidos fue más un reconocimiento a la lealtad y a la habilidad política para alguien que tenía centavos desde años ha, en lugar de tupirlo con miles de contratos, utilizarlo como testaferro para comprar periódicos o de asegurarse la construcción de la Ciudad Universitaria o de la Avenida Bolívar que estaban en la cola. Pérez Jiménez hizo lo indecible para demolerlo moralmente pero no pudo.

Además, efue el mismo Julio Pocaterra el que pagó los boletos y la estadía de Betancourt  y Raúl Leoni en Washington, cuando fueron a hablar con Diógenes Escalante. Todo el mundo lo sabía, a nadie se le escondió y, al regresar, volvieron a sus oficios de supervivencia, algunos con más churupitos que otros, como Leoni el litigante o Luis Beltrán Prieto como el librero, mientras que Betancourt  vivía de la caza y de la pesca para mantener a la familia y, a la vez, sacar adelante a su partido. Por cierto, medio siglo más tarde, un antiguo y fiero adversario, como Manuel Caballero, editado por Los Libros de la Catarata, casa libre de toda sospecha, comentaba que, en su segundo turno en el poder, por más que pudiera utilizar los fondos miraflorinos, el presidente Betancourt viajaba en asuntos de Estado con su esposa y, no obstante, él se aseguraba de pagarle el boleto de su propio bolsillo. Una vueltica por la quinta Pacairigüa, valga la acotación, una casa comprada por ss amigos a quien no la tenía, casi finalizando el ´XX,  nos impone de un lugar absolutamente modesto, sencillo, austero.

Se nos ocurre como un buen ejercicio, el histórico, para apreciar lo que ahora ocurre. Hay algo que huele mal en Dinamarca y de esto no tenemos duda alguna.

18/10/2019:

domingo, 18 de octubre de 2015

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Francisco de Venanzi escribe sobre la sonrisa de Luis Roche. El Nacional, Caracas, 05/01/ 1968.
- Juan Liscano. "Juana Sujo, una y mil mujeres". El Nacional, 16/02/50.
- Héctor Mujica. "Belvedere: El hombre y la idea". El Nacional, 03/10/46.

Fotografía: Rómulo Betancourt, el cónsul Julio Pocaterra, los diputados Domingo Alberto Rangel y Raúl Ramos Giménez, comparten en el Yankee Stadium. Élite, Caracas, nr. 1197 del 11/09/1948.

domingo, 15 de septiembre de 2013

(ANTI) POLÍTICA

A propósito de una vieja fotografía adeca
Luis Barragán


Casualmente, cercana la fecha fundacional de Acción Democrática, por fin hallamos la vieja y curiosa fotografía tomada en el Yankee Stadium a finales de 1948, en la que comparten Rómulo Betancourt, Julio Pocaterra, Domingo Alberto Rangel y Raúl Ramos Giménez. Mejor impresa que aquella que nos enseñara una vez Julio Moreno, deslumbrándonos, distante el periódico del magazine,  nos tienta a un tedioso ensayo sobre el aniversario partidista, en un país de efímeras instituciones, o a especular sobre la actual conducción adeca, luego de conjugadas las candidaturas edilicias de la oposición unitaria. Sin embargo, en el fondo, deseamos un ejercicio sobre la premodernidad.

Publicada en las vecindades del derrocamiento de Gallegos, fue de seguro impacto entre los coetáneos que avizoraban una distinta situación, pero – luego – la gráfica se hizo inédita para las sucesivas generaciones, ratificando aquello de lo viejo que se hace nuevo, según Octavio Paz.  Numerosos y contrapuestos, aún en una misma organización partidista, gremial, benéfica u de otra índole, eran los protagonistas - añadidos los emergentes - de un elemental, mediano o alto conocimiento público, que hoy extrañamos, a pesar del asombroso desarrollo de los medios.

Toda organización partidista, acarreaba una acumulación de experiencias y un historial de disidencias más o menos administradas. La madurez política dependía de una mínima e inevitable colegiación de las decisiones que forzaba a la convivencia en todo lo que fuese posible, estableciéndose una dirigencia limpiamente competitiva y básicamente signada por la tolerancia y el respeto, por muy beligerantes que fuesen, facilitando – a modo de ilustración – la pacificación del país entre las décadas de los sesenta y setenta.

Los personajes de la fotografía en cuestión, avisan también de una muy probable diligencia implícita en la estancia neoyorkina. Afloraban ya las discrepancias con las corrientes finalmente representadas por Ramos Giménez, aunque supieron esperar largos diez años, hermanándose en la lucha contra la dictadura, para zanjarse, mientras que Rangel era – en los cuarenta – uno de los más destacados delfines del líder fundador, detalle comprensible aunque se lea paradójico.

Diligencia que retrata las prácticas, destrezas y habilidades políticas, propias de la modernidad, sin que signifique en modo alguno la traición de posturas y convicciones. Éstas se hicieron fieras al regresar Betancourt nada más y nada menos que al poder, en 1959, un dato fundamental por dos motivos: poco importaron los privilegios cuando se sinceraron y, más tarde, la derrota del adversario no supo de su desaparición automática.

Además, hay una holgada trayectoria de lucha en la fotografía. Escaso o sobrado perfil pueden tener los dirigentes en la opinión pública, pero lo cierto es que ellos no se decretan o improvisan y, de un modo u otro, el país conoció muy tempranamente a los aspirantes fallidos o exitosos del poder, desde sus localizados ámbitos de acción o abiertamente, por lo que hubo una mínima certeza de realizaciones, intenciones y pretensiones.

Cualesquiera de los textos históricos que se antojen, excepto los que aspiran a una purga y reinvención del pasado, puede dar cuenta de lo hecho y deshecho por el señalado cuarteto.  Poco o mucho, queda el testimonio documental, hemerográfico y bibliográfico que urge salvaguardar, pues, los reescribidores de toda propuesta totalitaria tienen por marcado interés el de una criminal pulverización que ayude a fragilizar y liquidar la memoria colectiva.

La llamada antipolítica es devota de la pureza del espectáculo, constituyendo una apuesta permanente por la genial  improvisación que abarate sus costos, la uniformidad de los actores que deslealmente compiten, la inmediata gratificación de un inspirado perfomance, el utilitarismo a ultranza, las audiencias sorprendidas, la estética de un compromiso circunstancial, la efímera memoria que garantiza el remake exitoso, la celebridad bogante y la necedad como argumento del capricho personal, premodernizándonos.  En propiedad, una crítica de la razón súbita, maleable y vanidosa, la antipolítica – o, mejor, la infrapolítica – degenera en la mera - aunque dudosa - realidad noticiosa, convirtiéndose en necropolítica para visar el ensayo autoritario y totalitario, dislocando los esquemas: una fotografía como la aludida, desafía – sencillamente – sus presupuestos.

Fotografías: LB, poste en Bellas Artes, Caracas (05/09/13). Y tomada de Élite, Caracas, nr. 1197 del 11/09/1948.

viernes, 6 de septiembre de 2013

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Francisco de Venanzi escribe sobre la sonrisa de Luis Roche. El Nacional, Caracas, 05/01/ 1968.
- Juan Liscano. "Juana Sujo, una y mil mujeres". El Nacional, 16/02/50.
- Héctor Mujica. "Belvedere: El hombre y la idea". El Nacional, 03/10/46.

Fotografía: Rómulo Betancourt, el cónsul Julio Pocaterra, los diputados Domingo Alberto Rangel y Raúl Ramos Giménez, comparten en el Yankee Stadium. Élite, Caracas, nr. 1197 del 11/09/1948.

Nota LB:

Desde que Julio César Moreno L., descubrió la fotografía y nos la enseñó, quedamos impactados. Puede decirse que, olvidada por varias generaciones, es inédita quizá por aquello de Octavio Paz y lo viejo que se hace nuevo. Nótese una triple circunstancia: un viaje compartido con quien, entendemos, Ramos Gímenez, ya asomaba las discrepancias que no afloraban por entonces en Rangel, leal a Betancourt; el quizá mediano conocimiento del parlamentario yaracuyano ("Jiménez"), más tarde connotado líder en difíciles coyunturas; y el consulado de Pocaterra en Nueva York,  conocido por ayudar financieramente a Acción Democrática.

Probablemente, la gráfica sepa de un continuo "fusilamiento" hasta la indecible distorsión, pero importa conocerla y promoverla, pues, hay una iconografía desgastada, cansada, exhausta sobre aquellos años. Sin dudas, es más nítida que la versión original descubierta y que, ulteriormente, buscamos incansablemente creyéndola de El Nacional de abril de 1948. Tomada por una agencia internacional de noticias,  brinda otra perspectiva para la imaginación - incluso - histórica. Por cierto, curioso desbogotamiento de Ramos Giménez y la persistente pipada.