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domingo, 5 de abril de 2015

DE LA INSTANTENEIDAD PROLONGADA

EL PAÍS, Madrid, 01 de abril de 2015
COLUMNA
Los ‘partidos-acontecimiento’
Son partidos de liderazgo mediático fuerte, que se han adaptado rápidamente al principio de que la comunicación es lo que importa
Siete lecciones de las andaluzas para las elecciones generales
Josep Ramoneda 

La política parece empeñada en trabajar para su propia insignificancia. Por un lado, la hegemonía ideológica del discurso económico, de catastróficas consecuencias, ha implantado la idea de la sustitución de la política por la administración de las cosas, una utopía marxista que hoy toma la forma de “gobierno de los expertos” y legitima discursos que afirman que no hay alternativa. Por otro, la creencia que la política es hoy en un 80% comunicación, se traduce en la sustitución de los proyectos políticos por mensajes y promesas destinados a no ser cumplidos, garantía de descrédito por la vía de la frustración. En este contexto, con las oportunidades que ofrece el uso cruzado de los medios de comunicación convencionales y de las boyantes redes sociales, van apareciendo partidos-acontecimiento que irrumpen con estrépito, impulsados por estallidos de indignación ante la impotencia de los partidos de siempre, pero cuyo destino es tan incierto como imprevisible fue su emergencia.
La asunción de que el régimen político evoluciona hacia un mayor pluripartidismo ha vuelto a poner de moda palabras como diálogo y negociación
Es el caso de Podemos, obviamente, pero en cierto modo es el de UPyD, que nacido al calor de la cuestión vasca, parece estar ya acabando su recorrido, porque otro partido de este mismo corte, Ciudadanos, respuesta reactiva al soberanismo catalán, le está dejando en la sombra. Unos cuajarán, otros desaparecerán tal como llegaron, y habrá nuevas irrupciones al ritmo de los sobresaltos de la actualidad. Las prisas de la sociedad digital favorecen este juego de entrar y salir. Son partidos de liderazgo mediático fuerte, que se han adaptado rápidamente al principio de que la comunicación es lo que importa. En seguida han aprendido a atemperar sus mensajes, conforme al tópico que dice que el electorado español se sitúa subjetivamente a la izquierda pero tiene miedo a los cambios. Podemos se hizo fuerte diciendo lo que mucha gente piensa, y ahora parece haber optado por decir lo que la gente quiere oír. Un paso atrás.
Entre las virtudes de la comunicación está la capacidad de empatía. La empatía es la habilidad para conectar más allá del sector de cercanías de cada cual, incluso con aquellos que lo pasan mal y se sienten perjudicados por las políticas en curso. La falta de empatía ha llevado a la ruina a los grandes. Pero esta solo se consigue transmitiendo sinceridad, un bien escaso.
La falta de empatía ha llevado a la ruina a los grandes. Pero esta solo se consigue transmitiendo sinceridad
La asunción de que el régimen político evoluciona hacia un mayor pluripartidismo ha vuelto a poner de moda palabras como diálogo y negociación, irrefutables como principios, pero perfectamente inútiles sin una verdadera voluntad de cooperación y reconocimiento mutuo. Como dice Richard Sennett, “la cooperación es el arte de vivir en el desacuerdo”. Sólo queda recordar que no hay democracia sin incertidumbre y sin conflicto. Sin ellos, la democracia se va por el sumidero. Para recuperar la intensidad democrática, no basta con la irrupción de los partidos-acontecimiento. Es necesario que aterricen con un proyecto político. El que lo tenga tendrá más posibilidades de pasar de estrella fugaz a actor destacado de la vida democrática.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

ESTERTORES

EL PAIS, Madrid, 22 de Julio de 2012
LA COLUMNA
La pérdida de lo simbólico
El argumento económico ahoga cualquier otra consideración y sirve de coartada para que el que gobierna eluda sus responsabilidades
Josep Ramoneda 

Cuando los que tienen la autoridad política se acomodan en una situación de fractura social en nombre de la necesidad económica, el Estado no aparece más que como gestor de la empresa nacional. Los políticos son los primeros responsables de la pérdida de lo simbólico. Cuando el poder no se refiere simbólicamente más que al polo de ley, a un conjunto de instituciones que solo sitúa en el marco de la funcionalidad, la sociedad no solo se descompone en una red de interrelaciones entre individuos, sino que se hace cada vez más opaca y suscita el engaño”.
La cita es del filósofo francés Claude Lefort. Cuando lo simbólico decae, la política desaparece, la democracia es simplemente un ritual sin alma, la sociedad se deshilacha contaminada por el miedo y el recelo. Es un retrato de la situación en la que estamos: el argumento económico ahoga cualquier otra consideración y sirve de coartada para que el que gobierna eluda sus responsabilidades. “Es lo que hay que hacer” y “no se puede hacer otra cosa”, aquí empieza y termina todo el discurso del PP. Sin alternativa, todo se embrutece. El ministro Montoro ha llevado esta actitud a las más altas cotas de indignidad al justificar la amnistía fiscal porque hay que recaudar. O sea, que el fin —recaudar— justifica cualquier medio, por ejemplo, la máxima deferencia con los defraudadores. Con un Gobierno que no tiene otra política que dejarse arrastrar, vivimos en el grado cero de la política y de la moral. Recaudar y recortar es lo único importante, este es el horizonte ideológico al que está sometida la ciudadanía española. Y no pregunten la finalidad de todo ello, porque será considerado una impertinencia. No hay que poner al gobernante en evidencia.
Personas que han visitado recientemente al presidente Rajoy han salido con la convicción de que el hombre no sabe realmente lo que le está pasando, que se había creído que su llegada bastaría para que volviera la calma a los mercados y la tranquilidad a la economía española, y que vive en el desasosiego de unos acontecimientos que le desbordan por completo. La realidad es que el presidente sigue a estertores las exigencias que le llegan de fuera, rehúye la complicidad de la oposición y de la propia sociedad, y se escuda en que no tiene libertad para decidir. ¿Cómo hay que entenderlo? ¿Asume el plan que se le impone desde fuera como parte de una estrategia destinada a hacer un nuevo traje legal a la medida del poder financiero y a la sustitución de la política democrática por el autoritarismo tecnocrático porque es su proyecto, o simplemente es un líder tambaleante que no se siente con fuerzas para movilizar a la ciudadanía en la vía de la recuperación?
El presidente sigue a estertores las exigencias que le llegan de fuera, rehúye la complicidad de la oposición y de la propia sociedad, y se escuda en que no tiene libertad para decidir
El dato cierto es que el desánimo crece cada día, que aumenta sin cesar el número de ciudadanos que viven en estado de angustia, que el descrédito de la política crece (ya circulan las consignas fascistoides que culpan a los políticos de todos los males), que los verdaderos culpables de la crisis siguen de rositas, que la democracia languidece y que se consolida la sensación de que no hay nadie al mando.
En esta debacle, el Gobierno no está solo. Tampoco la oposición está a la altura de las circunstancias. En los tiempos de bonanza participó de la quimera del oro —“qué gusto da gobernar sobrándote el dinero” (Zapatero, verano 2007)— y no vio o no quiso ver el desastre que se avecinaba. Cuando se dio de bruces con la realidad se lo llevó la corriente de la irritación ciudadana por la impotencia ante los mercados y por la sensación de engaño por una brusca e inexplicada claudicación. Todo lo simbólico se desvaneció en el aire. “Sin alternativa, la diferencia entre el bien y el mal se aplana progresivamente”, escribe el sociólogo alemán Wolf Lepenies. Esto tiene nombre: cultura de la indiferencia, en la que “el valor de cambio triunfa incluso en las decisiones morales” (Claudio Magris). Y el dinero es la coartada para aplazar los verdaderos debates políticos y para quitarle la palabra a la ciudadanía. Todo pendiente para un hipotético después de la crisis. ¿Cuando esta pase quedará todavía democracia o habrá triunfado para siempre el oro y la insolencia? En tiempos de hegemonía del poder financiero, la ideología y el dinero se funden en una sola cosa: es este el depositario de la capacidad normativa. Sin alternativa, a la política solo le queda el triste papel de sirvienta.

Ilustración: Manuel Pérez