"... En política quien no olvida no vence, quien no perdona no triunfa; la magnanimidad y la tolerancia son las grandes virtudes de gabinete"
Cecilio Acosta
(Discurso pronunciado en la casa del presidente de la República, José Tadeo Monagas, por Cecilio Acosta, "como miembro de la Ilustre Universidad Central, que fue ese día a felicitarle", 04/02/1855, en: "Obras completas", Fundación La Casa de Bello, Caracas: 1982: I, 90).
Reproducción: El Cojo Ilustrado, Caracas, 1908.
Breve nota LB: Admitimos, no entusiasma mucho la cita, por lo demás, pronunciada ante el capitan del asalto al Congreso de 1848), después nada magnánimo y tolerante en su larga y férrea dictadura. Complementaria: Colocada la nota en nuestra cuenta de Facebook, Fernando Falcón señaló: Dictadura no fue....en todo caso una mala presidencia" (https://www.facebook.com/photo.php?fbid=10218175298748513&set=a.3008152717414&type=3&theater). Hoy, en el Museo del Transport, lugar de una acostumbrada tertulia dominal entre varios amigos, ratificó lo dicho, concluyendo que las fuentes empleadas, como González Guinán o Gil Fortuol, consagraron esa caracterización dictatoral de JTM, quien - por cierto - no gustaba de la candidatura de su hermano José Gregorio.
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domingo, 9 de febrero de 2020
lunes, 6 de noviembre de 2017
DE LOS REALISTAS VENEZOLANOS
Monagas volumen dos
Nicomedes Febres
* Esto del intento de detención del diputado Freddy Guevara me hizo recordar el ataque al congreso por parte del general Monagas cuando lo nombraron presidente. El caso es que Monagas, que era un machazo, porque debió ser complicado poder dirigir la Independencia a aquél hatajo de salvajes que eran nuestros ancestros en los cantones de oriente. Reunir aquél ejército de verracos debió ser difícil, donde descollaba Mariño nacido en Margarita y porque era más culto y hablaba inglés, pues era hijo de una irlandesa, además hombre adinerado; junto a Piar, los Bermúdez, Pedro Zaraza, el mulato Gómez, Cedeño, Anzoátegui y pare de contar. Discutiendo por quítame estas pajas, que si la mujer del negro Gómez te miró mal, que si yo las tengo más grande y más cuadradas que tú, que si tú te rajaste cuando vino MacGregor, que si te sirvieron el hervido antes que a mí. Imagínense eso de dar órdenes antes de una batalla y con ese acento medio castizo y medio andaluz y con el típico atropellamiento oriental a un ejército que en buena parte eran indios que si se embriagaban se perdían por dos semanas enfermos de atávica melancolía. Visto así Bolívar debió ser un genio para controlar a aquellos cuatriboleados que no sabían lo que era una república y de allí viene nuestro caudillismo. Si uno ve en detalle las amistades y peleas de unos con otros, los pleitos actuales dentro de la oposición es cosa de niños de pecho. Lo cierto es que Monagas llegó a presidente por la voluntad de Páez, pues Mariño estaba ya muy desacreditado por lo de la Cosiata y por su desordenada vida pública entre conjuras, putas, galleras y juego de ajiley, y no es que yo lo critique o lo invente, pero ustedes pueden conocerlo por las memorias de Ker Porter y de Williamson que eran los cónsules de Inglaterra y Estados Unidos en aquella época y lo dejaron escrito. Quién ha visto jefe militar firmando documentos de guerra en una mesa de billar? Quizás escriba algún día esa crónica pero en joda y en idioma orientarr. Lo cierto es que Páez que era el jefe indiscutido de lo que se llamó la Oligarquía Conservadora lo designó para ser candidato presidencial y una vez electo empieza Monagas a coquetear con los liberales y para quedarse con el coroto, decide dar el golpe de Estado de rodear al congreso para intimidarlo. La Historia cuenta la conducta de los diputados, unos fueron dignos y resistieron como Michelena a quien mataron, o los civiles como Fermín Toro, Cecilio Acosta o Tomás Sanabria. Ahora viene maduro con la misma vaina. Pero no creo que maduro las tenga del tamaño de Mariño o Monagas, y debe ser que no conoce la Historia, bueno, tampoco nació aquí.
* Hoy todos debemos estudiar la Historia para no repetir los errores del pasado y para que nunca más olvidemos este holocausto. Cada infamia, cada delito y cada ruindad moral del régimen debe ser preservada para que no se vuelva a repetir en Venezuela esta tragedia y cuando mañana estos malandros caigan, que van a caer, entonces que todos sea volcado y conservado para que no se olvide porque esto es una experiencia histórica con demasiada infamia y dolor, o acaso más de dos millones de exilados no pesan?. Más que en la Independencia y la Guerra Federal. Hasta los realistas venezolanos tuvieron grandes personajes: Juana Zárraga, la mejor poetisa venezolana del sigo XIX, Ros de Olano, general y ministro de educación nacido en Caracas, a quien España debe su reforma educativa liberal, o el propio José Domingo Díaz, el mejor médico de Caracas de su tiempo e introductor de la vacuna antivariólica. Pero estos chavistas? Nada, puros delincuentes. No hay artista, médico, intelectual, ingeniero o músico que sirva para algo útil.
*En la foto Juana Zárraga
Fuente:
lunes, 24 de julio de 2017
PRECEDENTES
El “asesinato” del Congreso en 1848: Un ataque de pánico entre la oligarquía conservadora
Leonardo Nazoa
La deslealtad del Presidente
En enero de 1847, luego del amañado y turbulento proceso electoral de 1846, el Congreso Nacional, de mayoría conservadora, confirma como ganador para el cargo de Presidente de la República al general José Tadeo Monagas. Propuesto por Páez y por la “oligarquía conservadora” como un candidato “conciliador” dentro del convulso escenario político dominado por encendidas pugnas entre liberales y conservadores, Monagas se había impuesto en las elecciones de segundo grado sobre Antonio Leocadio Guzmán, Bartolomé Salom, José Felix Blanco, José Gregorio Monagas, Manuel Felipe de Tovar, Santos Michelena, Santiago Mariño y el mismo José Antonio Páez. Al no obtener ninguno de los candidatos las dos terceras partes requeridas de la votación, el proceso fue trasladado al Congreso, con Bartolomé Salom, José Félix Blanco y José Tadeo Monagas como únicos candidatos, con la eliminación arbitraria, de un plumazo, del candidato liberal Antonio Leocadio Guzmán, no casualmente el candidato de mayor arraigo popular, especialmente entre el campesinado y la pequeña burguesía urbana.
La situación del país para la época era extremadamente infeliz y conflictiva. Por un lado, el descenso en los precios internacionales del café y otros productos agrícolas, y por otro lado, la actuación de una inmisericorde burguesía urbana prestamista y usurera, mantenían en la ruina a los productores del campo. Apoyada en el liderazgo caudillesco de Páez, esta burguesía conservadora, llamada “goda”, se hacía sentir en todos los ámbitos de la nación como un poder despótico, promoviendo la esclavitud, la pena de muerte y el voto indirecto.
En los primeros años de la década de 1840, se producen serios cuestionamientos y enfrentamientos a este poder despótico de la burguesía conservadora, representados en el surgimiento del Partido Liberal, bajo el liderazgo de políticos como Antonio Leocadio Guzmán y Tomás Lander, así como la ocurrencia de alzamientos armados como los de Juan Silva, en 1844, y los de Ezequiel Zamora y “El Indio” Francisco Rangel, en 1846, teniendo lugar estos dos últimos dentro del escenario de irregularidades y abusos cometidos por la oligarquía conservadora dominante durante el proceso electoral de ese mismo año.
Fueron los últimos siete meses del período de Carlos Soublette, los mismos que transcurrieron entre la elección y la toma de posesión de José Tadeo Monagas, los meses en que tuvo lugar la llamada Insurrección Campesina de 1846, liderada por Ezequiel Zamora y desencadenada, entre otras razones, por la exclusión de éste como candidato a elector por el cantón de Villa de Cura en el proceso electoral. Combatida por el ejército bajo el mando de Páez, la insurrección es finalmente dominada a los pocos días de haber asumido Monagas la presidencia, el 1 de marzo de 1847. Zamora es capturado y encarcelado en Villa de Cura, mientras su aliado, El Indio Rangel, es asesinado.
Sometida la insurrección, preso Zamora, y ya bajo la presidencia de José Tadeo Monagas, un hombre “instintivamente autoritario, conservador y nada liberal”, según Páez, parecía haber llegado finalmente al país la deseada “paz” que garantizaría la continuidad de la supremacía del centauro y de sus mentores de la oligarquía conservadora. Pero el sueño duró poco. Apenas unos días después de asumir Monagas la presidencia, Páez le envió, “como regalo al presidente de la república”, la cabeza del Indio Rangel “en salmuera”, gesto que no fue bienvenido por el caudillo oriental y que precipitó su ruptura con la oligarquía caraqueña y con el jefe llanero.
Monagas era un hombre “de costumbres muy austeras… recto y severo”, y no estaba dispuesto a dejarse corromper por la criminal oligarquía caraqueña como ocurrió con Páez, y aun de no haber ocurrido el repugnante incidente su alejamiento de ésta iba a ocurrir en cualquier momento, “porque él, a pesar de su origen social, era anti-oligarca” y “adversario de esa casta que negaba los ideales por los cuales combatimos en la independencia”.
Monagas, literalmente, logró engañar a la oligarquía en cuanto a sus verdaderos sentimientos, comenzando de inmediato a establecer alianzas con grupos de intelectuales y políticos liberales. Fue muy poco lo que duró en sus funciones su primer gabinete, impuesto por la oligarquía, e integrado por José María Carreño como Ministro de Guerra y Marina, Miguel Herrera en la Secretaría de Hacienda y Relaciones Exteriores, y el ultraconservador Angel Quintero en Interior y Justicia. Este último, por cierto, era el propietario de la hacienda Yuma, cerca de Güigüe, una de las saqueadas por el Indio Rangel en los primeros días de la Insurrección Campesina. Quintero renunciará al gabinete al ser nombrado un liberal, el coronel José Félix Blanco, en la Secretaría de Hacienda y Relaciones Exteriores.
Dentro de su sorpresivo giro, Monagas intervino el ejército, pasando a retiro a oficiales y desarmando a la milicia activa paecista y oligarca, para armar a una milicia de reserva integrada por ciudadanos de clases bajas. Implantó asimismo una política de “de conciliación y clemencia”, dirigida a los insurrectos que todavía se encontraban en pie de guerra, y quienes lo consideraban su aliado en el logro del todavía no alcanzado objetivo de “tierras y hombres libres”, llegando incluso a exaltarlo en volantes y canciones populares.
Entre otras medidas tomadas por Monagas que lograron exasperar a la oligarquía conservadora estuvo la de indultar a Ezequiel Zamora y a Antonio Leocadio Guzmán, quienes habían sido condenados por la justicia goda a “la pena del último suplicio”. A Zamora se le conmutó la pena por la de 10 años de prisión en la fortaleza de San Carlos, en la barra del lago de Maracaibo, y a Guzmán por la del destierro.
Pero lo que definitivamente hizo desbordar la ira de los godos en contra del oriental fue la fuga de Zamora de la cárcel de Maracay la víspera de su traslado a la fortaleza de San Carlos, en noviembre de 1847. Fue este acontecimiento el que llevó a los oligarcas a tratar de planificar una manera de acabar con Monagas, y al desencadenamiento de una infortunada serie eventos que luego ellos mismos denominaron “el asesinato del congreso”.
El “asesinato”
Pocos días después de la fuga, oculto en una hacienda en El Cafetal, en Caracas, Zamora se recuperaba de meses de presidio y se preparaba para retomar sus luchas políticas, mientras algunos de los que lo ayudaron a fugarse, lejos de encontrarse presos o perseguidos, ingresaban a las filas del ejército, como Gabriel Zamora, su hermano, y Alejandro Tosta, su cuñado, ambos en la milicia de reserva en Charallave, y otros, como José de Jesús González, “El Agachado”, regresaban a las guerrillas en las montañas y sabanas de Aragua y Guárico.
Por esos mismos días de diciembre de 1847 comienza la oligarquía a poner en práctica su estrategia para acabar con Monagas, la cual estaría centrada en el Congreso de la República, dominado por mayoría conservadora. El primer paso lo daría la Diputación Provincial de Caracas al introducir ante la Cámara de Representantes una solicitud de enjuiciamiento al Presidente José Tadeo Monagas “…por las infracciones y abusos que haya cometido contra la Constitución y las leyes”. Esta solicitud iniciaba el proceso para inhabilitar al Presidente, quien luego sería enjuiciado por la Corte Suprema, controlada por la oligarquía, y condenado a muerte. Simultáneamente se pasarían algunas leyes que garantizarían, entre otras medidas, la transmisión del poder al jefe del ejército, cargo para el cual el Congreso nombraría a Páez, así como el juicio militar a quienes se declararan en rebeldía, civiles o no. Todo esto ocurriría a partir del inicio del período constitucional de sesiones del Congreso, en enero de 1848.
En los días previos al inicio de sesiones del Congreso, la bancada goda se reune secretamente, en un salón llamado La Renaissance, con el objeto de considerar la posibilidad de trasladar las sesiones a Puerto Cabello, por razones de seguridad. Era comprensible que se preocuparan por la seguridad, dada la envergadura de las decisiones que planeaban tomar, entre ellas, el enjuiciamiento al Presidente, con miras a su inhabilitación y condena a muerte.
El Congreso no obtuvo quórum hasta el 23 de enero, día en que se realiza la primera sesión y se aprueba en la Cámara de Representantes la moción de trasladar el debate a Puerto Cabello. La proposición debía pasar al Senado para su definitiva aprobación, pero la discusión en esta cámara no llegó a darse, debido a la táctica obstruccionista aplicada por el senador liberal Estanislao Rendón, quien tenía la palabra y la mantuvo durante toda la sesión de ese día, con el objeto de impedir la discusión acerca del traslado a Puerto Cabello, obligando así a que el Congreso se mantuviera en su sede oficial, en el Convento de San Francisco, en el centro de Caracas.
Al no ser posible el traslado, los diputados optaron, como medida alternativa de seguridad, por montar una guardia de más de 200 hombres armados en el local donde se llevarían a cabo las sesiones, protegiéndose de esta manera de la esperada reacción del Gobierno, así como del pueblo de Caracas, a lo que ellos sabían estaba por llegar. La guardia armada estuvo conformada por jóvenes de la oligarquía conservadora, bajo el mando del coronel paecista Guillermo Smith.
Hacia el final de la tarde del día 23 la situación en los alrededores del edificio del Congreso era tensa. Ante el desproporcionado reforzamiento de la guardia en el Congreso, el Gobierno decide movilizar las milicias de reserva de pueblos cercanos a la capital, y los liberales organizan una milicia popular de más de 2000 voluntarios, mientras muchos otros hombres del pueblo, por su cuenta, se les unen con armas provenientes del asalto al parque militar local. En la noche, el Gobierno se dirige al Presidente de la Cámara de Diputados protestando por la presencia de la guardia, en un número muy superior al de la fuerza policial que permitía la Constitución. La guardia fue reducida esa misma noche a un número de veinte efectivos.
Al día siguiente, a las 10 a.m., más de mil personas se encontraban agolpadas a las puertas del Convento de San Francisco. Al mediodía, la barra pública había sido ocupada por “ciudadanos notables”, algunos de ellos armados. A las dos y media de la tarde llegó al Congreso el Secretario del Interior y Justicia, Tomás J. Sanabria, con el objeto de presentar ante las cámaras el acostumbrado Mensaje Anual del Poder Ejecutivo.
Al finalizar Sanabria su exposición ante la Cámara de Diputados, cuando se dirigía a la del Senado para volver a presentar su mensaje, el diputado José María Rojas propuso que no se le diera permiso para retirarse, y que se llamara a otros miembros del Gabinete para que rindieran cuenta de las medidas de seguridad que hubiera tomado el Gobierno para garantizar la inviolabilidad de los miembros del Congreso.
La cámara aceptó la proposición de Rojas y de inmediato alguien en la barra gritó que el ministro Sanabria se encontraba bajo arresto, llegando rápidamente el rumor a la muchedumbre que se hallaba fuera del edificio, y a la sede del Gobierno, en la Casa Amarilla, interpretándose el arresto del Secretario del Interior y Justicia y la citación de otros miembros del Gabinete como un intento de aislar al Presidente, quien no podría defenderse de lo que se decidiera en el Congreso sino a través de los ministros de su Gabinete.
A todas éstas, en las afueras del edificio, una multitud armada, inquieta por la tardanza de Sanabria, presuntamente bajo arresto, intentaba forzar la entrada al edificio y chocaba con la guardia goda, la cual disparó contra la multitud, con el resultado de tres milicianos muertos. El jefe de la guardia, Guillermo Smith, fue herido de un bayonetazo. Muchos diputados paecistas huían descolgándose por ventanas y balcones y corriendo por los tejados del convento, creyendo que la turba entraría al edificio para asesinarlos. Otros sacaron armas, como José María Rojas, quien amenazó al ministro Sanabria con un puñal. Un diputado sacó una pistola y disparó contra la multitud.
Todo ocurrió en la entrada principal del edificio y en la calle. El Congreso nunca fue asaltado por la multitud. Fue el pánico, el terror que suscitaba en la mente de los diputados godos la sola idea de la reacción popular ante la jugada que le tenían preparada a Monagas, lo que precipitó la situación de violencia. Se imaginaron, no sin buenas razones, que serían masacrados por el pueblo iracundo e indignado y no pudieron contener su propia violencia.
El saldo final del incidente fue de ocho muertos, cuatro de ellos diputados, uno liberal y tres conservadores. Uno de los diputados muertos fue Santos Michelena, quien fue sacado herido de la trifulca, siendo trasladado a la Legación Británica, donde falleció horas después.
El sangriento hecho fue descrito después por los conservadores como un “asalto”, “atentado” o “asesinato” contra el Congreso. En realidad fue un hecho no planificado o premeditado, que se debió a la actuación de unos pocos individuos que se encontraban a la entrada del edificio y que fueron inducidos por la excitación de la turba.
El epílogo
Dominada la situación por la milicia, el Presidente Monagas se hizo presente en el lugar, escoltando personalmente a algunos diputados que quisieron asilarse en legaciones extranjeras para protegerse de la violencia de las turbas populares.
Al siguiente día, el 25 de enero, el Presidente Monagas logra reunir el Congreso. Sólo Fermín Toro, de los que quedaron vivos, por supuesto, se negó a asistir, diciendo que su cadáver lo podrían llevar, pero que él no se prostituiría haciéndolo. El pretexto para acudir al llamado del Presidente fue “evitar que se rompiera el hilo constitucional”. José María Rojas fue conducido cordialmente por Monagas, “para protegerlo de las iras populares”, desde la legación donde se encontraba refugiado hasta el salón de sesiones. Como si no hubiese ocurrido nada el día anterior, los agresivos diputados del 24 de enero se reunían sumisamente, el 25, con el ponderado Presidente Monagas. El acta de la sesión, o “acto de contrición”, según Gil Fortoul, fue redactada por Juan Vicente González, “el más cobarde de todos”, al decir de muchos. El ultraconservador “Tragalibros”, como lo llamaban, califica en el acta los hechos del 24 de enero como “el incidente de ayer”.
El 27 de enero, tres días después del “asesinato”, el Congreso Nacional aprobaba por unanimidad un Decreto de Amnistía General que había sido propuesto cinco veces por Monagas y rechazado igual número de veces. Dos días antes, el día 25, Ezequiel Zamora, incorporado por Monagas a la Milicia Nacional con el grado de Comandante, salía de la clandestinidad ante el pánico de la godarria oligarca.
En los días posteriores al “incidente”, Páez, apoyado por un puñado de ultraconservadores, se alzarían en Calabozo contra el Gobierno, “en defensa de la Constitución y de su Patria”, pero sería derrotado en La Mata de Los Araguatos, en Apure, por el general José Cornelio Muñoz, y se marcharía al exilio, regresando meses más tarde para ser hecho preso y enviado de nuevo al exterior. La acción de Los Araguatos hizo merecedor a Páez del “título” de Rey de Los Araguatos, sugerido por sus propias tropas, quienes al final de la batalla exclamaban: “¡Que viva el Rey José Antonio Páez!”.
Fuente:
http://perdidosenelarchivo.com/index.php/2017/07/08/el-asesinato-del-congreso-en-1848-un-ataque-de-panico-entre-la-oligarquia-conservadora/
Reproducción: http://lbarragan.blogspot.com/2016/01/mensaje-de-monagas-al-congreso-de-1848.html
Leonardo Nazoa
La deslealtad del Presidente
En enero de 1847, luego del amañado y turbulento proceso electoral de 1846, el Congreso Nacional, de mayoría conservadora, confirma como ganador para el cargo de Presidente de la República al general José Tadeo Monagas. Propuesto por Páez y por la “oligarquía conservadora” como un candidato “conciliador” dentro del convulso escenario político dominado por encendidas pugnas entre liberales y conservadores, Monagas se había impuesto en las elecciones de segundo grado sobre Antonio Leocadio Guzmán, Bartolomé Salom, José Felix Blanco, José Gregorio Monagas, Manuel Felipe de Tovar, Santos Michelena, Santiago Mariño y el mismo José Antonio Páez. Al no obtener ninguno de los candidatos las dos terceras partes requeridas de la votación, el proceso fue trasladado al Congreso, con Bartolomé Salom, José Félix Blanco y José Tadeo Monagas como únicos candidatos, con la eliminación arbitraria, de un plumazo, del candidato liberal Antonio Leocadio Guzmán, no casualmente el candidato de mayor arraigo popular, especialmente entre el campesinado y la pequeña burguesía urbana.
La situación del país para la época era extremadamente infeliz y conflictiva. Por un lado, el descenso en los precios internacionales del café y otros productos agrícolas, y por otro lado, la actuación de una inmisericorde burguesía urbana prestamista y usurera, mantenían en la ruina a los productores del campo. Apoyada en el liderazgo caudillesco de Páez, esta burguesía conservadora, llamada “goda”, se hacía sentir en todos los ámbitos de la nación como un poder despótico, promoviendo la esclavitud, la pena de muerte y el voto indirecto.
En los primeros años de la década de 1840, se producen serios cuestionamientos y enfrentamientos a este poder despótico de la burguesía conservadora, representados en el surgimiento del Partido Liberal, bajo el liderazgo de políticos como Antonio Leocadio Guzmán y Tomás Lander, así como la ocurrencia de alzamientos armados como los de Juan Silva, en 1844, y los de Ezequiel Zamora y “El Indio” Francisco Rangel, en 1846, teniendo lugar estos dos últimos dentro del escenario de irregularidades y abusos cometidos por la oligarquía conservadora dominante durante el proceso electoral de ese mismo año.
Fueron los últimos siete meses del período de Carlos Soublette, los mismos que transcurrieron entre la elección y la toma de posesión de José Tadeo Monagas, los meses en que tuvo lugar la llamada Insurrección Campesina de 1846, liderada por Ezequiel Zamora y desencadenada, entre otras razones, por la exclusión de éste como candidato a elector por el cantón de Villa de Cura en el proceso electoral. Combatida por el ejército bajo el mando de Páez, la insurrección es finalmente dominada a los pocos días de haber asumido Monagas la presidencia, el 1 de marzo de 1847. Zamora es capturado y encarcelado en Villa de Cura, mientras su aliado, El Indio Rangel, es asesinado.
Sometida la insurrección, preso Zamora, y ya bajo la presidencia de José Tadeo Monagas, un hombre “instintivamente autoritario, conservador y nada liberal”, según Páez, parecía haber llegado finalmente al país la deseada “paz” que garantizaría la continuidad de la supremacía del centauro y de sus mentores de la oligarquía conservadora. Pero el sueño duró poco. Apenas unos días después de asumir Monagas la presidencia, Páez le envió, “como regalo al presidente de la república”, la cabeza del Indio Rangel “en salmuera”, gesto que no fue bienvenido por el caudillo oriental y que precipitó su ruptura con la oligarquía caraqueña y con el jefe llanero.
Monagas era un hombre “de costumbres muy austeras… recto y severo”, y no estaba dispuesto a dejarse corromper por la criminal oligarquía caraqueña como ocurrió con Páez, y aun de no haber ocurrido el repugnante incidente su alejamiento de ésta iba a ocurrir en cualquier momento, “porque él, a pesar de su origen social, era anti-oligarca” y “adversario de esa casta que negaba los ideales por los cuales combatimos en la independencia”.
Monagas, literalmente, logró engañar a la oligarquía en cuanto a sus verdaderos sentimientos, comenzando de inmediato a establecer alianzas con grupos de intelectuales y políticos liberales. Fue muy poco lo que duró en sus funciones su primer gabinete, impuesto por la oligarquía, e integrado por José María Carreño como Ministro de Guerra y Marina, Miguel Herrera en la Secretaría de Hacienda y Relaciones Exteriores, y el ultraconservador Angel Quintero en Interior y Justicia. Este último, por cierto, era el propietario de la hacienda Yuma, cerca de Güigüe, una de las saqueadas por el Indio Rangel en los primeros días de la Insurrección Campesina. Quintero renunciará al gabinete al ser nombrado un liberal, el coronel José Félix Blanco, en la Secretaría de Hacienda y Relaciones Exteriores.
Dentro de su sorpresivo giro, Monagas intervino el ejército, pasando a retiro a oficiales y desarmando a la milicia activa paecista y oligarca, para armar a una milicia de reserva integrada por ciudadanos de clases bajas. Implantó asimismo una política de “de conciliación y clemencia”, dirigida a los insurrectos que todavía se encontraban en pie de guerra, y quienes lo consideraban su aliado en el logro del todavía no alcanzado objetivo de “tierras y hombres libres”, llegando incluso a exaltarlo en volantes y canciones populares.
Entre otras medidas tomadas por Monagas que lograron exasperar a la oligarquía conservadora estuvo la de indultar a Ezequiel Zamora y a Antonio Leocadio Guzmán, quienes habían sido condenados por la justicia goda a “la pena del último suplicio”. A Zamora se le conmutó la pena por la de 10 años de prisión en la fortaleza de San Carlos, en la barra del lago de Maracaibo, y a Guzmán por la del destierro.
Pero lo que definitivamente hizo desbordar la ira de los godos en contra del oriental fue la fuga de Zamora de la cárcel de Maracay la víspera de su traslado a la fortaleza de San Carlos, en noviembre de 1847. Fue este acontecimiento el que llevó a los oligarcas a tratar de planificar una manera de acabar con Monagas, y al desencadenamiento de una infortunada serie eventos que luego ellos mismos denominaron “el asesinato del congreso”.
El “asesinato”
Pocos días después de la fuga, oculto en una hacienda en El Cafetal, en Caracas, Zamora se recuperaba de meses de presidio y se preparaba para retomar sus luchas políticas, mientras algunos de los que lo ayudaron a fugarse, lejos de encontrarse presos o perseguidos, ingresaban a las filas del ejército, como Gabriel Zamora, su hermano, y Alejandro Tosta, su cuñado, ambos en la milicia de reserva en Charallave, y otros, como José de Jesús González, “El Agachado”, regresaban a las guerrillas en las montañas y sabanas de Aragua y Guárico.
Por esos mismos días de diciembre de 1847 comienza la oligarquía a poner en práctica su estrategia para acabar con Monagas, la cual estaría centrada en el Congreso de la República, dominado por mayoría conservadora. El primer paso lo daría la Diputación Provincial de Caracas al introducir ante la Cámara de Representantes una solicitud de enjuiciamiento al Presidente José Tadeo Monagas “…por las infracciones y abusos que haya cometido contra la Constitución y las leyes”. Esta solicitud iniciaba el proceso para inhabilitar al Presidente, quien luego sería enjuiciado por la Corte Suprema, controlada por la oligarquía, y condenado a muerte. Simultáneamente se pasarían algunas leyes que garantizarían, entre otras medidas, la transmisión del poder al jefe del ejército, cargo para el cual el Congreso nombraría a Páez, así como el juicio militar a quienes se declararan en rebeldía, civiles o no. Todo esto ocurriría a partir del inicio del período constitucional de sesiones del Congreso, en enero de 1848.
En los días previos al inicio de sesiones del Congreso, la bancada goda se reune secretamente, en un salón llamado La Renaissance, con el objeto de considerar la posibilidad de trasladar las sesiones a Puerto Cabello, por razones de seguridad. Era comprensible que se preocuparan por la seguridad, dada la envergadura de las decisiones que planeaban tomar, entre ellas, el enjuiciamiento al Presidente, con miras a su inhabilitación y condena a muerte.
El Congreso no obtuvo quórum hasta el 23 de enero, día en que se realiza la primera sesión y se aprueba en la Cámara de Representantes la moción de trasladar el debate a Puerto Cabello. La proposición debía pasar al Senado para su definitiva aprobación, pero la discusión en esta cámara no llegó a darse, debido a la táctica obstruccionista aplicada por el senador liberal Estanislao Rendón, quien tenía la palabra y la mantuvo durante toda la sesión de ese día, con el objeto de impedir la discusión acerca del traslado a Puerto Cabello, obligando así a que el Congreso se mantuviera en su sede oficial, en el Convento de San Francisco, en el centro de Caracas.
Al no ser posible el traslado, los diputados optaron, como medida alternativa de seguridad, por montar una guardia de más de 200 hombres armados en el local donde se llevarían a cabo las sesiones, protegiéndose de esta manera de la esperada reacción del Gobierno, así como del pueblo de Caracas, a lo que ellos sabían estaba por llegar. La guardia armada estuvo conformada por jóvenes de la oligarquía conservadora, bajo el mando del coronel paecista Guillermo Smith.
Hacia el final de la tarde del día 23 la situación en los alrededores del edificio del Congreso era tensa. Ante el desproporcionado reforzamiento de la guardia en el Congreso, el Gobierno decide movilizar las milicias de reserva de pueblos cercanos a la capital, y los liberales organizan una milicia popular de más de 2000 voluntarios, mientras muchos otros hombres del pueblo, por su cuenta, se les unen con armas provenientes del asalto al parque militar local. En la noche, el Gobierno se dirige al Presidente de la Cámara de Diputados protestando por la presencia de la guardia, en un número muy superior al de la fuerza policial que permitía la Constitución. La guardia fue reducida esa misma noche a un número de veinte efectivos.
Al día siguiente, a las 10 a.m., más de mil personas se encontraban agolpadas a las puertas del Convento de San Francisco. Al mediodía, la barra pública había sido ocupada por “ciudadanos notables”, algunos de ellos armados. A las dos y media de la tarde llegó al Congreso el Secretario del Interior y Justicia, Tomás J. Sanabria, con el objeto de presentar ante las cámaras el acostumbrado Mensaje Anual del Poder Ejecutivo.
Al finalizar Sanabria su exposición ante la Cámara de Diputados, cuando se dirigía a la del Senado para volver a presentar su mensaje, el diputado José María Rojas propuso que no se le diera permiso para retirarse, y que se llamara a otros miembros del Gabinete para que rindieran cuenta de las medidas de seguridad que hubiera tomado el Gobierno para garantizar la inviolabilidad de los miembros del Congreso.
La cámara aceptó la proposición de Rojas y de inmediato alguien en la barra gritó que el ministro Sanabria se encontraba bajo arresto, llegando rápidamente el rumor a la muchedumbre que se hallaba fuera del edificio, y a la sede del Gobierno, en la Casa Amarilla, interpretándose el arresto del Secretario del Interior y Justicia y la citación de otros miembros del Gabinete como un intento de aislar al Presidente, quien no podría defenderse de lo que se decidiera en el Congreso sino a través de los ministros de su Gabinete.
A todas éstas, en las afueras del edificio, una multitud armada, inquieta por la tardanza de Sanabria, presuntamente bajo arresto, intentaba forzar la entrada al edificio y chocaba con la guardia goda, la cual disparó contra la multitud, con el resultado de tres milicianos muertos. El jefe de la guardia, Guillermo Smith, fue herido de un bayonetazo. Muchos diputados paecistas huían descolgándose por ventanas y balcones y corriendo por los tejados del convento, creyendo que la turba entraría al edificio para asesinarlos. Otros sacaron armas, como José María Rojas, quien amenazó al ministro Sanabria con un puñal. Un diputado sacó una pistola y disparó contra la multitud.
Todo ocurrió en la entrada principal del edificio y en la calle. El Congreso nunca fue asaltado por la multitud. Fue el pánico, el terror que suscitaba en la mente de los diputados godos la sola idea de la reacción popular ante la jugada que le tenían preparada a Monagas, lo que precipitó la situación de violencia. Se imaginaron, no sin buenas razones, que serían masacrados por el pueblo iracundo e indignado y no pudieron contener su propia violencia.
El saldo final del incidente fue de ocho muertos, cuatro de ellos diputados, uno liberal y tres conservadores. Uno de los diputados muertos fue Santos Michelena, quien fue sacado herido de la trifulca, siendo trasladado a la Legación Británica, donde falleció horas después.
El sangriento hecho fue descrito después por los conservadores como un “asalto”, “atentado” o “asesinato” contra el Congreso. En realidad fue un hecho no planificado o premeditado, que se debió a la actuación de unos pocos individuos que se encontraban a la entrada del edificio y que fueron inducidos por la excitación de la turba.
El epílogo
Dominada la situación por la milicia, el Presidente Monagas se hizo presente en el lugar, escoltando personalmente a algunos diputados que quisieron asilarse en legaciones extranjeras para protegerse de la violencia de las turbas populares.
Al siguiente día, el 25 de enero, el Presidente Monagas logra reunir el Congreso. Sólo Fermín Toro, de los que quedaron vivos, por supuesto, se negó a asistir, diciendo que su cadáver lo podrían llevar, pero que él no se prostituiría haciéndolo. El pretexto para acudir al llamado del Presidente fue “evitar que se rompiera el hilo constitucional”. José María Rojas fue conducido cordialmente por Monagas, “para protegerlo de las iras populares”, desde la legación donde se encontraba refugiado hasta el salón de sesiones. Como si no hubiese ocurrido nada el día anterior, los agresivos diputados del 24 de enero se reunían sumisamente, el 25, con el ponderado Presidente Monagas. El acta de la sesión, o “acto de contrición”, según Gil Fortoul, fue redactada por Juan Vicente González, “el más cobarde de todos”, al decir de muchos. El ultraconservador “Tragalibros”, como lo llamaban, califica en el acta los hechos del 24 de enero como “el incidente de ayer”.
El 27 de enero, tres días después del “asesinato”, el Congreso Nacional aprobaba por unanimidad un Decreto de Amnistía General que había sido propuesto cinco veces por Monagas y rechazado igual número de veces. Dos días antes, el día 25, Ezequiel Zamora, incorporado por Monagas a la Milicia Nacional con el grado de Comandante, salía de la clandestinidad ante el pánico de la godarria oligarca.
En los días posteriores al “incidente”, Páez, apoyado por un puñado de ultraconservadores, se alzarían en Calabozo contra el Gobierno, “en defensa de la Constitución y de su Patria”, pero sería derrotado en La Mata de Los Araguatos, en Apure, por el general José Cornelio Muñoz, y se marcharía al exilio, regresando meses más tarde para ser hecho preso y enviado de nuevo al exterior. La acción de Los Araguatos hizo merecedor a Páez del “título” de Rey de Los Araguatos, sugerido por sus propias tropas, quienes al final de la batalla exclamaban: “¡Que viva el Rey José Antonio Páez!”.
Fuente:
http://perdidosenelarchivo.com/index.php/2017/07/08/el-asesinato-del-congreso-en-1848-un-ataque-de-panico-entre-la-oligarquia-conservadora/
Reproducción: http://lbarragan.blogspot.com/2016/01/mensaje-de-monagas-al-congreso-de-1848.html
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Leonardo Nazoa
domingo, 30 de octubre de 2016
INSÓLITO AGRAVIO
EL UNIVERSAL, Caracas, 30 de octubre de 2016
Fermín Toro y el asalto al Congreso
José Félix Díaz Bermúdez
Hecho bochornoso de nuestra historia, repudiado mil veces por las generaciones patrias, hecho infamante que acusa al general José Tadeo Monagas, libertador y autócrata a la vez, fue el asalto al Congreso el 24 de enero de 1848. El vil acto se produjo para impedir el juicio de responsabilidad contra el prenombrado general a quien poco importó el carácter y la significación del Parlamento como representante y depositario de la soberanía nacional. La República fue mancillada con tan grave suceso, uno de los más vergonzosos de nuestra vida institucional.
Entre los que se opusieron al gesto de barbarie para honra de su historia ejemplar se encuentra uno de nuestros principales ciudadanos, don Fermín Toro, varón insigne de la patria, literato, diplomático y pensador político excepcional a quien Venezuela debe no solamente sus notables escritos y discursos, sino su participación decisiva en momentos trascendentales de la República.
No obstante las vacilaciones y los miedos de algunos, ese ilustre patricio expresó su rotunda condena al nefasto suceso en defensa del honor ciudadano frente a los atropellos de la fuerza, tal y como lo testimoniaron también otros hombres quienes luego de la independencia sostuvieron con sentido afirmativo los derechos irrenunciables de la patria.
En sus escritos, consecuente con su vida pública, Fermín Toro sostuvo y desarrolló con propiedad la doctrina republicana destacando su carácter político y su significación histórica para asegurar la auténtica conducción de Venezuela hacia un destino de paz, civilización, democracia y progreso.
Observando la evolución de los hombres y apreciando el sentido indetenible de la historia, Toro advirtió el curso inevitable de la sociedad humana, indicando: “Sí; a los pueblos toca gobernarse” al descartar de esa manera la presencia de los personalismos y de formas políticas antiguas exaltando frente a ellas a la democracia como sistema connatural a la República, por lo cual expresó que: “el pueblo es todo”, posibilidad extraordinaria que creía entonces realizable en América.
Sintetizó de manera admirable su pensamiento político al analizar las formas de gobierno: “Ley y libertad sin poder - anarquía; Ley y poder sin libertad - despotismo; Poder sin libertad ni ley - barbarie; Poder con libertad y ley - república”, y observaba la necesidad de que nuestras jóvenes naciones se condujesen conforme a principios civilizados alcanzando la estabilidad de sus instituciones, la protección de los derechos ciudadanos, el respeto a las leyes, la sanción de los crímenes, todo lo cual constituiría: la “fuerza moral” que aspiraba obtuviesen estos países.
Como elevado testimonio de singular patriotismo y consciencia ciudadana, Fermín Toro condenó aquel deplorable atentado contra la institución parlamentaria al señalar: “El Poder Legislativo, norma de los otros poderes, fuente de la administración, y de la jurisprudencia y principio vital del gobierno representativo, ha sido atacado y violado, su independencia destruida y aniquilado su poder moral…”.
De la misma manera, profundamente crítico de los procederes del presidente Monagas, al cual encontraba: “inclinado a los aplausos del partido” y quien a su vez: “Recogió y se apoderó de las armas y pertrechos de guerra pertenecientes al Estado y la puso en manos de sus partidarios”; el general José Antonio Páez describió con horror los acontecimientos del Congreso de la siguiente forma: “…una soldadesca compuesta de la milicia de reserva armada, con la violencia de un plan preconcebido y contando con la impunidad, invadió la Cámara como si fuera ciudadela sorprendida por asalto, e hizo fuego sobre los Representantes del Pueblo”.
Orador parlamentario destacado como siempre lo fue Fermín Toro, indicó desde la tribuna diez años después de aquel agravio insólito su invariable postura: “Por desgracia, señores, hay otro símbolo; y los Monagas han simbolizado a Venezuela durante una década de oprobio. Yo he visto la larga procesión de los Monagas ocupar por diez años nuestra triste historia; en pos de ellos seguían sus llamados militares, acuchilladores dispuestos a derramar la sangre de los venezolanos a la primera señal de su señor; he visto a los gremios industriales llamando padres a los que devoraron la sustancia de los pueblos; he visto el batallón famélico de los empleados devorando las rentas nacionales; he visto los tribunales vendiéndose a sus pies la sangre del justo; y he visto los Congresos más envilecidos que los eunucos de un serrano”.
La consciencia nacional ordena una conducta honrosa, un gesto de dignidad y consecuencia, un ejemplo de verdadera rectitud y patriotismo. La patria es superior a cualquier ambición o beneficio propio porque, por encima de todo, está ella misma, sus derechos y libertades sacrosantas por las cuales ha derramado tanta sangre en sus luchas heroicas el pueblo venezolano.
Fuente:
http://www.eluniversal.com/noticias/opinion/fermin-toro-asalto-congreso_624154
Ilustración: Dumont.
Fermín Toro y el asalto al Congreso
José Félix Díaz Bermúdez
Hecho bochornoso de nuestra historia, repudiado mil veces por las generaciones patrias, hecho infamante que acusa al general José Tadeo Monagas, libertador y autócrata a la vez, fue el asalto al Congreso el 24 de enero de 1848. El vil acto se produjo para impedir el juicio de responsabilidad contra el prenombrado general a quien poco importó el carácter y la significación del Parlamento como representante y depositario de la soberanía nacional. La República fue mancillada con tan grave suceso, uno de los más vergonzosos de nuestra vida institucional.
Entre los que se opusieron al gesto de barbarie para honra de su historia ejemplar se encuentra uno de nuestros principales ciudadanos, don Fermín Toro, varón insigne de la patria, literato, diplomático y pensador político excepcional a quien Venezuela debe no solamente sus notables escritos y discursos, sino su participación decisiva en momentos trascendentales de la República.
No obstante las vacilaciones y los miedos de algunos, ese ilustre patricio expresó su rotunda condena al nefasto suceso en defensa del honor ciudadano frente a los atropellos de la fuerza, tal y como lo testimoniaron también otros hombres quienes luego de la independencia sostuvieron con sentido afirmativo los derechos irrenunciables de la patria.
En sus escritos, consecuente con su vida pública, Fermín Toro sostuvo y desarrolló con propiedad la doctrina republicana destacando su carácter político y su significación histórica para asegurar la auténtica conducción de Venezuela hacia un destino de paz, civilización, democracia y progreso.
Observando la evolución de los hombres y apreciando el sentido indetenible de la historia, Toro advirtió el curso inevitable de la sociedad humana, indicando: “Sí; a los pueblos toca gobernarse” al descartar de esa manera la presencia de los personalismos y de formas políticas antiguas exaltando frente a ellas a la democracia como sistema connatural a la República, por lo cual expresó que: “el pueblo es todo”, posibilidad extraordinaria que creía entonces realizable en América.
Sintetizó de manera admirable su pensamiento político al analizar las formas de gobierno: “Ley y libertad sin poder - anarquía; Ley y poder sin libertad - despotismo; Poder sin libertad ni ley - barbarie; Poder con libertad y ley - república”, y observaba la necesidad de que nuestras jóvenes naciones se condujesen conforme a principios civilizados alcanzando la estabilidad de sus instituciones, la protección de los derechos ciudadanos, el respeto a las leyes, la sanción de los crímenes, todo lo cual constituiría: la “fuerza moral” que aspiraba obtuviesen estos países.
Como elevado testimonio de singular patriotismo y consciencia ciudadana, Fermín Toro condenó aquel deplorable atentado contra la institución parlamentaria al señalar: “El Poder Legislativo, norma de los otros poderes, fuente de la administración, y de la jurisprudencia y principio vital del gobierno representativo, ha sido atacado y violado, su independencia destruida y aniquilado su poder moral…”.
De la misma manera, profundamente crítico de los procederes del presidente Monagas, al cual encontraba: “inclinado a los aplausos del partido” y quien a su vez: “Recogió y se apoderó de las armas y pertrechos de guerra pertenecientes al Estado y la puso en manos de sus partidarios”; el general José Antonio Páez describió con horror los acontecimientos del Congreso de la siguiente forma: “…una soldadesca compuesta de la milicia de reserva armada, con la violencia de un plan preconcebido y contando con la impunidad, invadió la Cámara como si fuera ciudadela sorprendida por asalto, e hizo fuego sobre los Representantes del Pueblo”.
Orador parlamentario destacado como siempre lo fue Fermín Toro, indicó desde la tribuna diez años después de aquel agravio insólito su invariable postura: “Por desgracia, señores, hay otro símbolo; y los Monagas han simbolizado a Venezuela durante una década de oprobio. Yo he visto la larga procesión de los Monagas ocupar por diez años nuestra triste historia; en pos de ellos seguían sus llamados militares, acuchilladores dispuestos a derramar la sangre de los venezolanos a la primera señal de su señor; he visto a los gremios industriales llamando padres a los que devoraron la sustancia de los pueblos; he visto el batallón famélico de los empleados devorando las rentas nacionales; he visto los tribunales vendiéndose a sus pies la sangre del justo; y he visto los Congresos más envilecidos que los eunucos de un serrano”.
La consciencia nacional ordena una conducta honrosa, un gesto de dignidad y consecuencia, un ejemplo de verdadera rectitud y patriotismo. La patria es superior a cualquier ambición o beneficio propio porque, por encima de todo, está ella misma, sus derechos y libertades sacrosantas por las cuales ha derramado tanta sangre en sus luchas heroicas el pueblo venezolano.
Fuente:
http://www.eluniversal.com/noticias/opinion/fermin-toro-asalto-congreso_624154
Ilustración: Dumont.
sábado, 29 de octubre de 2016
PARECE UN LUGAR COMÚN
Monagas no fue el único
Jose Alberto Olivar
Las violentas imágenes de grupos armados asaltando el recinto parlamentario, hicieron recordar a varios, a un tal Monagas y los sucesos del muy lejano 24 de enero de 1848. ¡Oh Monagas, siempre Monagas! No hay duda que su impronta nefasta quedó grabada para siempre en los anales de la accidentada historia institucional de Venezuela.
Pero aquel no fue el único en acometer embestidas contra la institución que por excelencia constituye el principal foro político de la República, léase el Poder Legislativo Nacional. Otro mandamás, aspirante a inscribir su nombre en la larga lista de dictadorzuelos que han plagado esta tierra, hizo lo suyo para cercenar de un tajo la incómoda faena de lidiar con un parlamento contrario a sus intereses. Ese fue el Dr. Raimundo Andueza Palacio, presidente de la República entre 1890 y 1892.
Certeramente calificó el historiador Ramón J. Velásquez, como “la gran crisis de 1892”, el choque de poderes que padeció Venezuela aquel turbulento año. Andueza Palacio se había empeñado en reformar la Constitución vigente de la época, para prolongar su estancia en el solio presidencial. Sus amigos en el Congreso, maniobraron para complacerle el antojo, pero ante la negativa contundente de una fracción cada vez más creciente de Senadores y Diputados, Andueza Palacio mostró su enfado y amenazó con no separarse del cargo al término de su período presidencial, que de acuerdo a la letra constitucional fenecía el 20 de febrero de ese año.
Ante aquel abierto desafío, los parlamentarios opuestos al presidente Andueza Palacio, levantaron la bandera del legalismo y exigieron respeto a la alternabilidad republicana, conminando a los partidarios oficialistas a dejar en entera libertad al Congreso para cumplir sus funciones y designar a un nuevo Presidente de la República. A medida que pasaban los días, la situación se fue agudizando, hasta que Andueza Palacio hizo publicar una proclama en la Gaceta Oficial en la que participaba a los venezolanos “… que se veía en el deber de permanecer en el ejercicio de la Presidencia ante una tenebrosa conspiración de la impenitente oligarquía”. De igual modo dio la orden de apresar a los parlamentarios de oposición, con lo cual disolvía de hecho el Congreso.
Los periódicos antigubernamentales fueron clausurados y la represión tomo cuerpo en todo el país. La dictadura mostró su rostro sin ambages.
En vista del descarado autogolpe, los magistrados del Poder Judicial se rehusaron a reconocer al usurpador Andueza Palacio y declararon suspendidas las actividades tribunalicias, hasta tanto no fuese restablecido el orden constitucional. La guerra había estallado y al frente estaba el senador y ex presidente, general Joaquín Crespo, quien salió en defensa del malogrado Congreso, blandiendo su espada para derrocar a Andueza y su séquito de adulantes.
Entre tanto en el palacio de gobierno, bullía la improvisación, dado que Andueza Palacio jamás había comandado una campaña militar, por lo que quedó prácticamente prisionero de los jefes militares que decían respaldarlo. La tensión fue in crescendo en medio de altibajos que pronto menguaron el aparente poderío del gobierno.
De manera que comenzó a tomar fuerza en el seno del oficialismo, la idea de solicitar la renuncia del presidente Andueza Palacio. Este se negó hasta el último momento, pero ante la contundente exigencia de su Ministro de Guerra y Marina y del jefe del Ejército Nacional, Andueza Palacio se separó de la presidencia y tomó el camino del exilio.
Parece un lugar común, pero ese, es tarde o temprano, el final de los dictadores. Tamaña lección nos da la Historia para vernos en el espejo del presente y sacudirnos el yugo de la indolencia y el colaboracionismo.
Fuente:
http://www.lapatilla.com/site/2016/10/24/jose-alberto-olivar-monagas-no-fue-el-unico/
Jose Alberto Olivar
Las violentas imágenes de grupos armados asaltando el recinto parlamentario, hicieron recordar a varios, a un tal Monagas y los sucesos del muy lejano 24 de enero de 1848. ¡Oh Monagas, siempre Monagas! No hay duda que su impronta nefasta quedó grabada para siempre en los anales de la accidentada historia institucional de Venezuela.
Pero aquel no fue el único en acometer embestidas contra la institución que por excelencia constituye el principal foro político de la República, léase el Poder Legislativo Nacional. Otro mandamás, aspirante a inscribir su nombre en la larga lista de dictadorzuelos que han plagado esta tierra, hizo lo suyo para cercenar de un tajo la incómoda faena de lidiar con un parlamento contrario a sus intereses. Ese fue el Dr. Raimundo Andueza Palacio, presidente de la República entre 1890 y 1892.
Certeramente calificó el historiador Ramón J. Velásquez, como “la gran crisis de 1892”, el choque de poderes que padeció Venezuela aquel turbulento año. Andueza Palacio se había empeñado en reformar la Constitución vigente de la época, para prolongar su estancia en el solio presidencial. Sus amigos en el Congreso, maniobraron para complacerle el antojo, pero ante la negativa contundente de una fracción cada vez más creciente de Senadores y Diputados, Andueza Palacio mostró su enfado y amenazó con no separarse del cargo al término de su período presidencial, que de acuerdo a la letra constitucional fenecía el 20 de febrero de ese año.
Ante aquel abierto desafío, los parlamentarios opuestos al presidente Andueza Palacio, levantaron la bandera del legalismo y exigieron respeto a la alternabilidad republicana, conminando a los partidarios oficialistas a dejar en entera libertad al Congreso para cumplir sus funciones y designar a un nuevo Presidente de la República. A medida que pasaban los días, la situación se fue agudizando, hasta que Andueza Palacio hizo publicar una proclama en la Gaceta Oficial en la que participaba a los venezolanos “… que se veía en el deber de permanecer en el ejercicio de la Presidencia ante una tenebrosa conspiración de la impenitente oligarquía”. De igual modo dio la orden de apresar a los parlamentarios de oposición, con lo cual disolvía de hecho el Congreso.
Los periódicos antigubernamentales fueron clausurados y la represión tomo cuerpo en todo el país. La dictadura mostró su rostro sin ambages.
En vista del descarado autogolpe, los magistrados del Poder Judicial se rehusaron a reconocer al usurpador Andueza Palacio y declararon suspendidas las actividades tribunalicias, hasta tanto no fuese restablecido el orden constitucional. La guerra había estallado y al frente estaba el senador y ex presidente, general Joaquín Crespo, quien salió en defensa del malogrado Congreso, blandiendo su espada para derrocar a Andueza y su séquito de adulantes.
Entre tanto en el palacio de gobierno, bullía la improvisación, dado que Andueza Palacio jamás había comandado una campaña militar, por lo que quedó prácticamente prisionero de los jefes militares que decían respaldarlo. La tensión fue in crescendo en medio de altibajos que pronto menguaron el aparente poderío del gobierno.
De manera que comenzó a tomar fuerza en el seno del oficialismo, la idea de solicitar la renuncia del presidente Andueza Palacio. Este se negó hasta el último momento, pero ante la contundente exigencia de su Ministro de Guerra y Marina y del jefe del Ejército Nacional, Andueza Palacio se separó de la presidencia y tomó el camino del exilio.
Parece un lugar común, pero ese, es tarde o temprano, el final de los dictadores. Tamaña lección nos da la Historia para vernos en el espejo del presente y sacudirnos el yugo de la indolencia y el colaboracionismo.
Fuente:
http://www.lapatilla.com/site/2016/10/24/jose-alberto-olivar-monagas-no-fue-el-unico/
lunes, 29 de agosto de 2016
sábado, 19 de marzo de 2016
TOMADO DE "LA AFICIÓN HISTÓRICA" (FB)

Brevísima nota editorial.- El 24 de enero de 1848, se produjo el
tristemente célebre asalto del Congreso, con un saldo de numerosos muertos y
heridos. Luego, se sabrá de la larga
década del monagato que hizo lo que le vino en gana con el parlamento. Hoy,
cada vez que sesiona la Asamblea Nacional, grupúsculos oficialistas la rodean
(es mejor decir, intentan hacerlo por el mermado piquete de personas cuya
ventaja consiste en utilizar sendos equipos de sonido y la colaboración de las
autoridades públicas). ¿No basta la
amarga lección histórica? ¿Qué se pretende? ¿Cómo evitarlo? (LB)
“El 24 de enero de 1848 el
ministro de Relaciones Interiores y Justicia, Martín Sanabria (SIC), se
trasladó a la sede del Poder Legislativo a rendir el informe anual del Poder
Ejecutivo. Estando dentro del recinto se corre el rumor en la calle de que ha
sido asesinado, cosa que enardece a las turbas liberales que estaban apostadas
afuera. Intentan entrar y son repelidas
con plomo por la guardia, dándose las primeras escaramuzas, y
desatándose la violencia más incontrolada. Los heridos y los muertos van en
ascenso, los enfrentamientos entre conservadores y liberales son a cuchillo, a
puños, con piedras y hasta con lanzas y bayonetas. Santos Michelena intenta
salir por una puerta y es herido con una bayoneta. Fue tan grave el daño que
murió dos meses después a consecuencia de la herida. Los parlamentarios
Francisco Argote, José Antonio Salas y Juan García son asesinados por las
turbas. La misma suerte corre el sargento Pedro Pablo Azpúrua, y un sasre que
se había animado a participar en la trifulca”
Rafael Arráiz Lucca
(“Venezuela: 1830 a nuestros
días”, Editorial Alfa, Caracas, 2013: 47)
Reproducción: José Tadeo Monagas.
Fuente: Francisco González Guinán, "Historia contemporánea de
Venezuela", Tip. El Cojo, Caracas, 1910, vol. IV.
lunes, 25 de enero de 2016
domingo, 1 de febrero de 2015
ESQUIVACIÓN
Vieja vicisitud
Luis Barragán
El ascenso al poder de Chávez Frías, coincidió con la otra e intensa campaña de desprestigio de la institución parlamentaria, más que del Congreso de la República que, al instalarse en enero de 1999, fue rodeado por los adeptos más violentos del gobierno recién inaugurado. Probablemente fresco el llamado que se hizo para cerrarlo (el “calderazo” predicado por Moisés Moleiro), prosperando la promesa constituyente, poco importaba su suerte.
Pocos recordaron, como ahora, los sucesos del lunes 24 de enero de 1848 que, tras la sesión celebrada en el Convento de San Francisco, arrojó un saldo de heridos y muertos, incluyendo a parlamentarios, fruto de una recia confrontación de poderes, aunque Jesús Sanoja Hernández los consideró ampliamente debatido a lo “largo de siglo y medio, con sus dos años bolivarianos añadidos” (El Nacional, Caracas, 02/02/2001). A pesar de las discrepancias que la fecha suscita, importa invocar los hechos – sobre todo - a la luz de la actual y venidera conformación de la Asamblea Nacional, pieza clave y necesaria para una transición democrática.
Desde una perspectiva, el general P. Giuseppe Monagas, por entonces presidente del Congreso de Diputados Plenipotenciarios que diligenciaba una Constitución a la medida de Juan Vicente Gómez, rechazó el debate político como una atribución parlamentaria, ejemplificándolo con el abuso en el que incurrió el Congreso hacia 1848 (El Universal, Caracas, 16/06/1914). Desde la otra, en un largo ejercicio crítico de la conocida obra de Ramón Díaz Sánchez (“Guzmán, elipse de una ambición de poder”, 1950), Héctor Mujica lo entendió como una jornada de “contenido eminentemente popular”, significando la debacle de la oligarquía conservadora, quitándole la responsabilidad al presidente José Tadeo Monagas (“La historia en una silla”, UCV, 1982). Por cierto, dato curioso, Díaz Sánchez refirió que en el citado Convento, posterior sede de la Universidad, además de funcionar el Congreso, lo hacía el Colegio de la Independencia y un salón de diversiones llamado “Renaisance” (“La historia y sus historias”, Panapo, Caracas, 1989).
Lo cierto es que, tales acontecimientos, no debemos archivarlos cómodamente, pues, de incontables vicisitudes, está hecha la prolongada historia de un parlamento que ha de darse cita con un presente cuestionado. Nada más y nada menos, la Asamblea Nacional ha de reivindicarse por muchos riesgos y peligros que la tarea comporte, susceptible de una reforma constitucional que la actualice como órgano independiente del Poder Público.
Coletilla: representado nuestro país por Antonio Leocadio Guzmán, se cumple el sesquicentenario del Congreso Americano de Lima, reportado por Nicolás Perazzo (Élite, Caracas, nr. 339 del 30/01/1965) y Germán de la Reza (http://www.scielo.org.mx/scielo.php?pid=S0185-26202010000100002&script=sci_arttext).
Ilustración: Guy Billout.
Fuente:
http://www.diariocontraste.com/vieja-vicisitud-por-luis-barragan-luisbarraganj/
Luis Barragán
El ascenso al poder de Chávez Frías, coincidió con la otra e intensa campaña de desprestigio de la institución parlamentaria, más que del Congreso de la República que, al instalarse en enero de 1999, fue rodeado por los adeptos más violentos del gobierno recién inaugurado. Probablemente fresco el llamado que se hizo para cerrarlo (el “calderazo” predicado por Moisés Moleiro), prosperando la promesa constituyente, poco importaba su suerte.
Pocos recordaron, como ahora, los sucesos del lunes 24 de enero de 1848 que, tras la sesión celebrada en el Convento de San Francisco, arrojó un saldo de heridos y muertos, incluyendo a parlamentarios, fruto de una recia confrontación de poderes, aunque Jesús Sanoja Hernández los consideró ampliamente debatido a lo “largo de siglo y medio, con sus dos años bolivarianos añadidos” (El Nacional, Caracas, 02/02/2001). A pesar de las discrepancias que la fecha suscita, importa invocar los hechos – sobre todo - a la luz de la actual y venidera conformación de la Asamblea Nacional, pieza clave y necesaria para una transición democrática.
Desde una perspectiva, el general P. Giuseppe Monagas, por entonces presidente del Congreso de Diputados Plenipotenciarios que diligenciaba una Constitución a la medida de Juan Vicente Gómez, rechazó el debate político como una atribución parlamentaria, ejemplificándolo con el abuso en el que incurrió el Congreso hacia 1848 (El Universal, Caracas, 16/06/1914). Desde la otra, en un largo ejercicio crítico de la conocida obra de Ramón Díaz Sánchez (“Guzmán, elipse de una ambición de poder”, 1950), Héctor Mujica lo entendió como una jornada de “contenido eminentemente popular”, significando la debacle de la oligarquía conservadora, quitándole la responsabilidad al presidente José Tadeo Monagas (“La historia en una silla”, UCV, 1982). Por cierto, dato curioso, Díaz Sánchez refirió que en el citado Convento, posterior sede de la Universidad, además de funcionar el Congreso, lo hacía el Colegio de la Independencia y un salón de diversiones llamado “Renaisance” (“La historia y sus historias”, Panapo, Caracas, 1989).
Lo cierto es que, tales acontecimientos, no debemos archivarlos cómodamente, pues, de incontables vicisitudes, está hecha la prolongada historia de un parlamento que ha de darse cita con un presente cuestionado. Nada más y nada menos, la Asamblea Nacional ha de reivindicarse por muchos riesgos y peligros que la tarea comporte, susceptible de una reforma constitucional que la actualice como órgano independiente del Poder Público.
Coletilla: representado nuestro país por Antonio Leocadio Guzmán, se cumple el sesquicentenario del Congreso Americano de Lima, reportado por Nicolás Perazzo (Élite, Caracas, nr. 339 del 30/01/1965) y Germán de la Reza (http://www.scielo.org.mx/scielo.php?pid=S0185-26202010000100002&script=sci_arttext).
Ilustración: Guy Billout.
Fuente:
http://www.diariocontraste.com/vieja-vicisitud-por-luis-barragan-luisbarraganj/
domingo, 18 de mayo de 2014
BREVE ROMPECABEZAS
EL NACIONAL, 2 de febrero de 2001 / Opinión
Fechas históricas y fachas antihistóricas
Jesús Sanoja Hernández
Tres fechas del siglo XIX fueron escogidas como históricas por los gobiernos de José Tadeo Monagas, Antonio Guzmán Blanco y Cipriano Castro, y las tres murieron al finalizar sus respectivos mandatos. Revestidas de revoluciones en sus inicios y durante sus cortos períodos de vigencia alabadas por los corifeos de turno, eran más fachas que fechas, porque si bien el término facha viene del latín facies (es decir: faz), convertido en el faccia italiano, en nuestro idioma, familiarmente, significa adefesio o mamarracho.
El 24 de enero de 1848, día del "asalto al Congreso" por las tropas de Monagas, mereció un inteligente estudio, como todos los suyos, de Enrique Bernardo Núñez, y ha sido debatido, tanto en su origen como en su proyección, a lo largo de siglo y medio, con sus dos años bolivarianos añadidos. Por ejemplo, Próspero Ortiz, seudónimo utilizado por Pedro Ortega Díaz en un semanario de los tiempos de Leoni, lo juzgó, al compararlo con "el golpe de Estado contra el Congreso" (30 de septiembre de 1963), al que Betancourt había apelado como réplica por lo de El Encanto, como respuesta necesaria de los liberales a la ofensiva de los godos u oligarcas para reconquistar el poder. Y para él, ese 30 de septiembre equivalió a lo contrario: un retroceso en el proyecto democrático que había despuntado el 23 de enero de 1958.
Monagas, en su menaje del 29 de enero de 1849, al revisar su primer bienio de gestión, recordó que había dos "pensamientos opuestos" en el proceso político de entonces: al alineado con Bolívar, fiel al patriotismo acendrado, "al hombre extraño a la escuela corrompida de tantos años y a los cálculos de la ambición", y ése, por supuesto, era el suyo; y el otro, que buscaba "la espada que sirviese de instrumento para militarizar la República, para encadenar la prensa, para arrancar el sufragio a los ciudadanos". Monagas proclamaba que él no podía ser traidor a la revolución americana, ni a Bolívar, ni a los pueblos de Venezuela, pero a la vez arremetía, como Chávez, contra Páez, aunque la lejanía de los tiempos haya creado la paradoja de cierto antimilitarismo militante que en el primero parece ausente. No quisiera entrar en detalles acerca de cómo los lanceros del "bravo general Muñoz" derrotaron al traidor Páez, cabecilla de la oligarquía, en Los Araguatos, porque aquella rebelión (afirmaba Monagas) había acaecido "el aciago 4 de febrero", día en que el 2001 está a punto de convertirse en símbolo de la tercera independencia, ya que la segunda, en el diccionario de Betancourt, se inició el 18 de octubre de 1945.
Otra fecha que pretendió en el siglo XIX incorporarse a la historia con la misma categoría que el 19 de Abril, el 5 de Julio o el 24 de Junio, fue el 27 de abril, como recordatorio de la entrada a Caracas, en 1870, del general Guzmán blanco. Abril comenzó a escribirse con maýuscula y acompañado del 27 se convirtió en fiesta patria y en nombre de puentes, calles y plazas, en franca competencia con denominaciones que aspiraban la eternidad, verbigracia las de Guzmán Blanco e Ilustre Americano. Así llamaron incluso a puertos, acueductos, paseos, vapores y hasta estados, como el Guzmán Blanco incluido en la Constitución de 1881. Pero, como día histórico, el 27 de abril ni siquiera pudo trasponer la década de los 80. Las estatuas de Guzmán, la de El Calvario y la de la esquina de San Francisco, a las que el pueblo mentaba "Manganzón" y "Saludante" respectivamente, fueron derribadas por los estudiantes y sus seguidores.
La tercera jornada decimonona con fachada o facha histórica fue la del 23 de mayo de 1899, que desde la entrada de Castro a Caracas, en octubre de aquel año, empezó a reescribirse con máyuscula: 23 de Mayo. En tal día, según lo exaltaba El Cabito en su mensaje a la Constituyente de 1901, "un puñado de valientes, apenas 60 en número, pero inmensos en arrojo y radiantes de heroica abnegación", invadió por el Táchira para restaurar las instituciones y dar inicio a otro país, el de "nuevos hombres, nuevos ideales, nuevos procedimientos". Castro le atribuyó tanta importancia al 23 de mayo como al 5 de Julio al punto de decretar amnistía en ambas fechas.
La gran equivocación de aquellos que triunfaron en invasiones, rebeliones o golpes de Estado y que luego fueron presidentes elegidos o autoelegidos, es la de equiparar el día de sus aventuras político-militares con las fechas fundacionales de la nación. Francia celebra en grande el 14 de Julio porque allí está el límite entre la monarquía y la república, Estados Unidos el 4 de Julio porque en 1776 los padres fundadores firmaron la Declaración de la Independencia. Y Venezuela el 19 de Abril y el 5 de Julio porque son dos eslabones de la férrea cadena que, al unirse con el 24 de junio de 1821, transformaron dos actos declarativos en una realidad política e institucional. Son símbolos de grandes rupturas y enormes afirmaciones, no episodios de luchas intestinas, revueltas armadas o revoluciones que, al proclamarse como tales, confunden fenómenos pasajeros con otros de real carácter histórico, donde lo que define es la permanencia y no la contingencia.
Fechas históricas y fachas antihistóricas
Jesús Sanoja Hernández
Tres fechas del siglo XIX fueron escogidas como históricas por los gobiernos de José Tadeo Monagas, Antonio Guzmán Blanco y Cipriano Castro, y las tres murieron al finalizar sus respectivos mandatos. Revestidas de revoluciones en sus inicios y durante sus cortos períodos de vigencia alabadas por los corifeos de turno, eran más fachas que fechas, porque si bien el término facha viene del latín facies (es decir: faz), convertido en el faccia italiano, en nuestro idioma, familiarmente, significa adefesio o mamarracho.
El 24 de enero de 1848, día del "asalto al Congreso" por las tropas de Monagas, mereció un inteligente estudio, como todos los suyos, de Enrique Bernardo Núñez, y ha sido debatido, tanto en su origen como en su proyección, a lo largo de siglo y medio, con sus dos años bolivarianos añadidos. Por ejemplo, Próspero Ortiz, seudónimo utilizado por Pedro Ortega Díaz en un semanario de los tiempos de Leoni, lo juzgó, al compararlo con "el golpe de Estado contra el Congreso" (30 de septiembre de 1963), al que Betancourt había apelado como réplica por lo de El Encanto, como respuesta necesaria de los liberales a la ofensiva de los godos u oligarcas para reconquistar el poder. Y para él, ese 30 de septiembre equivalió a lo contrario: un retroceso en el proyecto democrático que había despuntado el 23 de enero de 1958.
Monagas, en su menaje del 29 de enero de 1849, al revisar su primer bienio de gestión, recordó que había dos "pensamientos opuestos" en el proceso político de entonces: al alineado con Bolívar, fiel al patriotismo acendrado, "al hombre extraño a la escuela corrompida de tantos años y a los cálculos de la ambición", y ése, por supuesto, era el suyo; y el otro, que buscaba "la espada que sirviese de instrumento para militarizar la República, para encadenar la prensa, para arrancar el sufragio a los ciudadanos". Monagas proclamaba que él no podía ser traidor a la revolución americana, ni a Bolívar, ni a los pueblos de Venezuela, pero a la vez arremetía, como Chávez, contra Páez, aunque la lejanía de los tiempos haya creado la paradoja de cierto antimilitarismo militante que en el primero parece ausente. No quisiera entrar en detalles acerca de cómo los lanceros del "bravo general Muñoz" derrotaron al traidor Páez, cabecilla de la oligarquía, en Los Araguatos, porque aquella rebelión (afirmaba Monagas) había acaecido "el aciago 4 de febrero", día en que el 2001 está a punto de convertirse en símbolo de la tercera independencia, ya que la segunda, en el diccionario de Betancourt, se inició el 18 de octubre de 1945.
Otra fecha que pretendió en el siglo XIX incorporarse a la historia con la misma categoría que el 19 de Abril, el 5 de Julio o el 24 de Junio, fue el 27 de abril, como recordatorio de la entrada a Caracas, en 1870, del general Guzmán blanco. Abril comenzó a escribirse con maýuscula y acompañado del 27 se convirtió en fiesta patria y en nombre de puentes, calles y plazas, en franca competencia con denominaciones que aspiraban la eternidad, verbigracia las de Guzmán Blanco e Ilustre Americano. Así llamaron incluso a puertos, acueductos, paseos, vapores y hasta estados, como el Guzmán Blanco incluido en la Constitución de 1881. Pero, como día histórico, el 27 de abril ni siquiera pudo trasponer la década de los 80. Las estatuas de Guzmán, la de El Calvario y la de la esquina de San Francisco, a las que el pueblo mentaba "Manganzón" y "Saludante" respectivamente, fueron derribadas por los estudiantes y sus seguidores.
La tercera jornada decimonona con fachada o facha histórica fue la del 23 de mayo de 1899, que desde la entrada de Castro a Caracas, en octubre de aquel año, empezó a reescribirse con máyuscula: 23 de Mayo. En tal día, según lo exaltaba El Cabito en su mensaje a la Constituyente de 1901, "un puñado de valientes, apenas 60 en número, pero inmensos en arrojo y radiantes de heroica abnegación", invadió por el Táchira para restaurar las instituciones y dar inicio a otro país, el de "nuevos hombres, nuevos ideales, nuevos procedimientos". Castro le atribuyó tanta importancia al 23 de mayo como al 5 de Julio al punto de decretar amnistía en ambas fechas.
La gran equivocación de aquellos que triunfaron en invasiones, rebeliones o golpes de Estado y que luego fueron presidentes elegidos o autoelegidos, es la de equiparar el día de sus aventuras político-militares con las fechas fundacionales de la nación. Francia celebra en grande el 14 de Julio porque allí está el límite entre la monarquía y la república, Estados Unidos el 4 de Julio porque en 1776 los padres fundadores firmaron la Declaración de la Independencia. Y Venezuela el 19 de Abril y el 5 de Julio porque son dos eslabones de la férrea cadena que, al unirse con el 24 de junio de 1821, transformaron dos actos declarativos en una realidad política e institucional. Son símbolos de grandes rupturas y enormes afirmaciones, no episodios de luchas intestinas, revueltas armadas o revoluciones que, al proclamarse como tales, confunden fenómenos pasajeros con otros de real carácter histórico, donde lo que define es la permanencia y no la contingencia.
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