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domingo, 5 de marzo de 2017

DE LA PUREZA NATAL

EL PAÍS, Madrid, 23 de febrero de 2017
 TRIBUNA
El relato narcisista
José Álvarez Junco

¿Quién me iba a decir a mí que acabaría por conocer Vietnam? ¿Qué vendría de visita turística y estaría en buenos hoteles internacionales, todo en inglés, incluso con pinitos de español, rodeado de gente amable, que busca su propina con atenciones y sonrisas? Vietnam era, para los contestatarios de los años sesenta y setenta, el pueblo austero, heroico, de gente diminuta pero fibrosa, el David matagigantes, el verdugo del imperialismo yanqui, la prueba viviente de la vulnerabilidad del “sistema”. Los jóvenes izquierdistas del mundo entero pronunciábamos la palabra “Vietnam” con unción sacra, como nuestros mayores habían pronunciado, 30 años antes, la palabra “España”.

Pero hoy todo se ha disuelto en ese gran cuento de hadas de la memoria histórica nacional. En el vocabulario de nuestro guía no figuran términos como colonialismo, imperialismo, lucha de clases o proletariado internacional. Sólo sabe que el heroico pueblo vietnamita, a base de valor, ingenio y tenacidad, derrotó al mayor ejército del mundo. Lo mismo que nos recitaban a nosotros en relación con el pueblo español y el ejército napoleónico. Así, como héroe patrio, veo momificado a Ho Chi Minh, a quien rinden honores soldados tan impasibles como él, mientras otros vigilantes llaman la atención a turistas irrespetuosos que llevan, por ejemplo, las manos en los bolsillos.

Curiosamente, esta aureola heroica —y de eso me entero ahora— sirve a los vietnamitas para ser una potencia regional y hacer marcar el paso a sus vecinos. Y entre estos últimos, naturalmente, su imagen no es tan buena. Los vietnamitas son quienes mandan en Camboya, nos explica el guía camboyano, que no puede verlos ni en pintura. Hay que escuchar con atención a los guías, porque son adictos al opio nacional y renuncian a toda originalidad o profundidad para atenerse a los tópicos más aceptados. Quienes dirigieron las masacres de Pol Pot, sigue diciéndonos (y se refiere a las mayores atrocidades del siglo XX, tras las de Hitler y Stalin, sin alterar su seductora sonrisa), no fueron camboyanos, sino vietnamitas, con el propósito de anular la identidad del país y apoderarse de él. Me viene a la cabeza otra visita a Corea del Sur, donde no dejaron de martillearme con las atrocidades de los japoneses; los coreanos sólo habían sido víctimas. No digamos en Polonia o Hungría, donde los autóctonos se creen puro objeto de abusos y masacres, sin culpa alguna por su parte, a manos de alemanes primero y rusos, después. O el Museo de Historia de Cataluña, donde ya se sabe de dónde proceden todas las maldades y quién es mero sujeto sufriente, cuya única culpa es aferrarse a su identidad milenaria. No hablemos de las versiones unilaterales del complejo conflicto palestino que uno escucha en una visita a Israel. Y mi recorrido mental conduce inevitablemente a Donald Trump, que gana elecciones a base de confirmarle al americano rural lo que este ya sospechaba: que los mexicanos les roban el trabajo, como los chinos saquean sus ideas industriales o los europeos se aprovechan de ellos para que les salga gratis su defensa.

El nacionalismo, en fin, absorbe y borra cualquier otro relato épico, que siempre suscitará mayores discrepancias que el suyo. La revolución rusa de 1917, en cuyo centenario estamos, empezó por ser narrada como una gesta proletaria y una dictadura de clase, pero acabó reorientada por Stalin y fagocitada por la épica nacional, en la que el episodio central es la Gran Guerra Patria, cuando Rusia derrotó, a costa de millones de vidas, al ogro nazi. Y hoy Putin puede integrar en un relato unitario las glorias de los zares con la hazaña estalinista y sus propias ambiciones como gran potencia. También De Gaulle se las arregló, en Francia, para distorsionar el recuerdo de un periodo humillante y conflictivo, durante el cual el país había sido derrotado fulgurantemente por su rival secular y a continuación se había dividido y un sector había colaborado con los invasores; en vez de eso, explicó que los traidores habían sido la excepción mientras la práctica totalidad del país mantenía tenazmente la resistencia; versión que cerraba las heridas, satisfacía a todos y dejaba intacto el honor nacional, por lo que se impuso de manera inmediata; Francia pasó a ser una de las cinco potencias triunfadoras y entró en el Consejo de Seguridad con derecho a veto. Malabarismos parecidos hizo Italia, tras las dos guerras mundiales, para conseguir consagrar una historia que les colocaba, sin claroscuros, entre los vencedores.

En la revolución antiabsolutista inglesa en el siglo XVII el programa parlamentario triunfó gracias a su fusión con la tradición y la identidad inglesas. Lo que en realidad ocurrió fue una guerra civil, porque en la isla había muchos católicos y muchos monárquicos absolutistas, pero los revolucionarios se las arreglaron para presentarlo como un enfrentamiento entre los verdaderos ingleses y los renegados papistas y proespañoles; en cuanto se impuso esa versión, tuvieron la batalla ganada. La propia Francia también convirtió su gran revolución de 1789, iniciada con algo tan universal como una declaración de los derechos “del hombre y del ciudadano”, en una hazaña del pueblo francés, único capaz de liberarse de despotismos; lo cual les llevó a proclamarse superiores y a arrogarse el derecho a enseñar a los demás el camino de la libertad; y por tanto a integrarles, quisieran o no, en su imperio. Incluso Fidel Castro evolucionó en la justificación de su régimen desde el socialismo hasta el “¡Patria o muerte!”, el orgullo de ser los únicos capaces de oponerse al arrogante yanqui.

En las escuelas de los países latinoamericanos todavía se enseñan las guerras de la independencia como gestas populares, unánimes, inspiradas por ideales de liberación y progreso, contra la arcaica y tiránica España; lo cual oculta los aspectos de división interna, colaboración de buena parte de las élites criollas con la metrópolis o pasividad de la población indígena, que sin embargo cualquier historiador solvente reconoce hoy. Claro que la propia España rehízo igualmente su historia del conflicto napoleónico prescindiendo de sus aspectos guerracivilistas, los amplios apoyos que José Bonaparte halló entre las élites, su triunfal viaje por Andalucía en 1810 o el protagonismo de las tropas de Wellington en todas las batallas decisivas. De eso no se habla. Fue el heroico pueblo español, solo y desnudo, pero henchido de ardor patrio, el que hizo morder el polvo al mayor general de la historia.

El nacionalismo, en suma, explica pasado y presente en términos reconfortantes, tranquiliza y consuela a quienes se alimentan con él. Expresa el egoísmo y el narcisismo colectivos. Su triunfo es, por eso, inevitable. Entre los necesitados de simplezas, habría que añadir. Pero los necesitados de simplezas, ay, son mayoría, y la mayoría decide las elecciones. Del emparejamiento entre nacionalismo y democracia espero lo peor. Veremos muchos Trump y muchos Le Pen.
(*) José Álvarez Junco es historiador.

Fuente:
http://elpais.com/elpais/2017/02/21/opinion/1487673120_294458.html
Ilustraciones:
http://geschichtsfreak.blogspot.com/2011/06/elementos-tipicos-y-basicos-del.html
http://lasuertesonriealosaudaces.blogspot.es/tags/nacionalismo/

sábado, 11 de mayo de 2013

NOTAS SOBRE EL FASCISMO (5)

Piedra de toque
¿La hora del fascismo?
• Donde el socialismo se impregna de liberalismo se conjura a tiempo el neofascismo
Mario Vargas Llosa

El éxito del líder ultraderechista Jean-Marie Le Pen, del Front National, en las elecciones presidenciales francesas del 21 de abril, que derrotó al primer ministro socialista, Lionel Jospin, y sacó a los socialistas de la liza electoral, cuya segunda vuelta disputará con Jacques Chirac el 5 de mayo, ha sido un verdadero sismo para la vida política en Francia. Y ha causado consternación en Europa y en todos los gobiernos democráticos del mundo.
¿Qué ha podido ocurrir, se preguntan, para que un partido marginal, de corte fascista, considerado una curiosidad poco menos que folclórica, que voceaba sin impudor sus consignas racistas contra árabes y judíos, proponía sacar a Francia de 'la Europa del Euro', restablecer la pena de muerte y devolver a los inmigrantes norafricanos y africanos a sus países de origen, haya podido obtener cerca de cinco millones de votos en una de las más avanzadas y antiguas democracias del mundo?
Fenómeno generalizado
Lo que acaba de ocurrir en Francia no es un hecho aislado y quienes se espantan de lo ocurrido estaban ciegos ante un fenómeno que, de unos años a esta parte, se viene extendiendo como una onda siniestra por todo el viejo continente, en sus vertientes oriental y occidental: el crecimiento de movimientos y partidos ultranacionalistas, racistas y xenófobos que han ido pasando, poco a poco, de la condición de grupúsculos insignificantes, a ocupar posiciones influyentes, y a veces hasta mayoritarias, en el espectro político. Ocurrió en Austria, con el Partido de la Libertad, de Jörg Haider, ahora parte de la coalición gobernante; en Italia, con la Liga del Norte de Umberto Bossi, también parte del Gobierno que preside Berlusconi; en Bélgica, donde el Vlaams Blok, de Filip Dewinter, obtuvo la primera votación en las elecciones de Amberes (33 %); en Holanda, donde Pim Fortuyn alcanzó el 34% del voto en Rotterdam en las elecciones municipales del mes pasado, y en Dinamarca, donde el Partido del Pueblo de Pía Kjaersgaard alcanzó el 12% del sufragio en las elecciones legislativas del año 2001.
No es exagerado llamar fascistas o neofascistas a estas organizaciones pues todas ellas se sustentan sobre la defensa a ultranza del nacionalismo, valor supremo que debe ser defendido contra un enemigo que viene de fuera y que amenaza con arruinar y degradar a la nación. Este enemigo es el inmigrante. No cualquier inmigrante, desde luego, sino el que tiene una piel de otro color, otra lengua, otras costumbres, otros dioses. Es decir: el argelino, el turco, el marroquí, el negro en general, y también el gitano, el rumano, el afgano, el serbio, etc.
Inmigrantes culpables
La demagogia y el miedo representan un papel principalísimo en la audiencia que han conseguido estas formaciones políticas. No importa que las estadísticas desmientan sus temores, los mitos que hacen pasar por hechos fidedignos en sus campañas de adoctrinamiento. ¿Han crecido la delincuencia callejera, los atracos, crímenes y asaltos? Ello se debe a las mafias y gángsters venidos del extranjero y a los ilegales hambrientos exportados a Europa por el subdesarrollo. ¿Los índices de desempleo aumentan o se resisten a bajar? La razón es que se privilegia en el empleo a los negros y a los árabes y se posterga a los nacionales. ¿Suben los impuestos? Naturalmente, puesto que los servicios públicos se han hinchado elefantiásicamente debido a esas familias inmigrantes, que se reproducen como conejos, y viven, de manera parasitaria, del dinero que los contribuyentes entregan al Estado para costear la seguridad social.
Muchos de los franceses que votaron por Le Pen se indignan de que los llamen fascistas. No, ellos solo querían dejar sentada su protesta contra un estado de cosas intolerable. Es decir, un sistema caduco y corrompido, en el que los politicastros de la derecha y la izquierda habían establecido, por debajo de sus aparentes diferencias, una complicidad sórdida para protegerse, ocultar sus tráficos y chanchullos, y eternizarse en el poder. ¿Racistas? No, qué va: solo piden que se haga justicia a los franceses, y no se los postergue y discrimine para favorecer a unos inmigrantes, que, además, a menudo odian a Francia y practican costumbres bárbaras. Y, en cuanto a Europa, desde luego, no son antieuropeos. Eso sí, no quieren que un país de la tradición, la historia y la cultura de Francia vaya a desintegrarse en una gelatina informe, en el híbrido monstruoso que resultaría esa mescolanza comunitaria que están cocinando los burócratas de Bruselas. Europa, sí, pero la de las naciones, bien independientes la una de la otra, protegidas por infranqueables fronteras y nunca revueltas.
Ignorante complicidad
El fascismo llegó al poder en el pasado gracias a la complicidad de gentes que no sabían de manera clara al principio lo que vendría de aquellos gobiernos y regímenes que apoyaban, confiados en que pondrían orden donde había caos, garantizarían la seguridad, el empleo, y limpiarían la sociedad nacional de indeseables extranjeros. Cuando lo supieron, ya era tarde para dar marcha atrás, y, además, a muchos de ellos ya la propaganda y la manipulación de las conciencias los habían conquistado. Por eso, aunque no hay duda de que en la segunda vuelta electoral del 5 de mayo Le Pen no va a salir elegido y Chirac va a ganar la presidencia con una fuerte mayoría (casi toda la izquierda, empezando por los socialistas, votará por él 'tapándose las narices' para frenar al Front National) hay que ver como un peligro gravísimo esta legitimación electoral del fascismo que significan los 5 millones de votos obtenidos en Francia el domingo pasado por Le Pen y su álter ego Bruno Mégret.
La izquierda moderada es, por supuesto, la víctima primera de la ascensión de Le Pen. Por primera vez, socialistas y comunistas quedan fuera de una segunda vuelta electoral en Francia, que ahora se disputará solo entre la derecha y la extrema derecha. El partido comunista poco menos que se extingue y tres partidos trotskistas se reparten su cadáver (el 10% de los votos). El trauma experimentado ¿servirá para abrir los ojos de la izquierda respecto a la responsabilidad que le incumbe en el tremendo desarrollo del ultranacionalismo en Francia?
No es casual que el Front National se haya convertido, en estas elecciones, en el primer partido obrero de Francia, y que hayan votado por él, masivamente, además de los proletarios, los desempleados o amenazados de desempleo, las clases medias bajas y, en general, aquellos sectores desfavorecidos que tradicionalmente conformaban el voto de izquierda. Estos sectores, simplemente, han llevado a sus últimas consecuencias la insensata e irresponsable campaña de cierta izquierda retrógrada –sobre todo en Francia– contra la globalización, la internacionalización de la economía y un mundo integrado e interdependiente, presentado como una conspiración del neoliberalismo y las transnacionales para esquilmar a los pobres y devorar la soberanía de las naciones.
Contaminación antinacional
Esto mismo es lo que proclamaba Le Pen, pero dando alaridos más estentóreos y sacando, con menos hipocresía, las conclusiones implícitas en semejantes convicciones nacionalistas: el ensimismamiento y la xenofobia. Si abrir las fronteras nacionales e integrarse al mundo es la peor catástrofe que puede sobrevenir a un país pues hay que reforzar las fronteras nacionales y defender a la nación y a los nacionales contra esa conspiración de neoliberales apátridas. No solo la cultura debe ser "una excepción", también el trabajo, el capital, los servicios y hasta los hábitos culinarios tan caros a José Bové; y, por último, la raza, deben ser protegidos de esa contaminación antinacional que empobrece y degrada a las sociedades.
Desprecio a la libertad
El liberalismo no es solo, según lo caricaturizan sus detractores, la defensa de la libertad de mercados; es, fundamentalmente, la defensa del estado de derecho, del pluralismo político, de la libertad de opinión y de crítica, de los derechos humanos, de la soberanía individual. Es decir, de lo que constituye la esencia misma de la democracia. Y, por eso, todas las fuerzas del arcoíris político que sostienen una sociedad democrática, del conservadurismo al socialismo, pasando por la democracia cristiana, el radicalismo y la social democracia, han compartido siempre, por debajo de sus diferencias, un común denominador liberal. En sus sistemáticos ataques encaminados a la demolición del liberalismo como fuente de todos los males sociales y en su rechazo sectario de la mundialización, la izquierda ha contribuido a fabricar el Golem nacionalista y antidemocrático que se llama Le Pen, el fascismo de nuestros días.
La prédica contra el "neoliberalismo" no ha traído un resurgimiento del marxismo, sino del fascismo, dos ideologías que, por lo demás, como mostró Hayek en Caminos de servidumbre, están bastante más cerca de lo que parece. Pues ambas tienen, en común, el desprecio de la cultura de la libertad y de las instituciones democráticas, así como la religión del Estado todopoderoso y vertical convertido en panacea para todos los males de la sociedad.
Los países donde el socialismo ha sido capaz de modernizarse e impregnarse de liberalismo, como en Inglaterra, y, en cierto modo, España y Alemania, no han experimentado este brote acelerado de movimientos neofascistas, y, en todo caso, han podido conjurarlo a tiempo. En cambio, donde la izquierda se ha enquistado en el anacronismo nacionalista para combatir, como el enemigo número uno, la internacionalización de la vida, esa manifestación radical del nacionalismo, inseparable de la xenofobia y el racismo, que es el fascismo, ha comenzado a levantar cabeza y echar raíces populares. Ojalá la izquierda francesa y sus congéneres en el resto del mundo aprovechen esta dura lección y se modernicen de una vez.
Fuente: http://wvw.nacion.com/ln_ee/2002/abril/28/opinion5.html
Fotografía: Urs Fischer.