Una dictadura deselectrificadora
Luis Barragán
Consabido, Chávez Frías se empinó sobre un país suficientemente construido. Junto al heredero, hizo el contra-milagro de reducirlo literalmente a escombros.
Quien se acerque a la historia de la industria eléctrica en Venezuela, podrá constatar la expansión y eficiencia conquistada que permitió – incluso – exportar energía a los países vecinos. Todavía recordamos de la vieja prensa, las campañas publicitarias de los años ’40 del ‘XX, orientadas a convencer de la baratura de un recurso que contrastaba con el empleo de otros, como el kerosene.
Apelando a la novedad, Lenin lanzó una ecuación que concilió a los soviéts con la electricidad, trastocándola en un dogma. Por supuesto, la actual dictadura venezolana lo concibe al revés, pues, independientemente de sus incapacidades, la deselectrificación creciente del país hasta atravesar las fronteras del colapso, constituye otro de los mecanismos perversos de control social.
En una ocasión, integrando la Comisión Permanente de Administración y Servicios del parlamento, tuvimos en suerte alegarlo al intentar la comparecencia del otrora ministro Jessy Chacón. En alguna parte debe encontrarse la transcripción de una sesión de los comisionados, en la que nos acusaron de politizar un tema exhibido como meramente técnico y de circunstancia.
Por varias generaciones, los venezolanos levantamos una industria extraordinaria que, por más fallas que tuviese, jamás – ni siquiera por escasos segundos – bañó de obscuridades y muertes, simultáneamente, a todo el país. Sólo a Maduro Moros se le ocurre inventarse una épica del incierto restablecimiento, obsequiando sendas réplicas de la espada de El Libertador, como si esto fuese una telenovela más de las que, por cierto, también desterró al fulminar la industria local del entretenimiento.
Fotografía: Héctor Guerrero, apagón en Catia (Caracas, 07/03/2019).
31/02/19 (entra domingo 31, avanzada la hora, pero aparece en la parrilla, como suele ocurrir, lunes 01/04/2019):
http://www.noticierodigital.com/2019/04/luis-barragan-una-dictadura-deselectrificadora/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=123820
https://noovell.com/similar/22228488/
https://noticiasvenezuela.org/2019/04/01/luis-barragan-una-dictadura-deselectrificadora/
https://tenemosnoticias.com/noticia/barragn-luis-dictadura-deselectrificadora-652577/1307376
Mostrando entradas con la etiqueta Épica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Épica. Mostrar todas las entradas
jueves, 28 de marzo de 2019
domingo, 14 de mayo de 2017
VOCES A REIVINDICAR

Hazaña, épica, heroísmo
Luis Barragán
Solemos desconfiar de algunos términos vapuleados por el poder establecido en
los últimos años, cuyos ocupantes se tienen por hazañosos, épicos y
heroicos. El día que recobremos plenamente
la libertad, recuperaremos también el sentido, autenticidad y vigencia de voces
que muy bien le conceden un justo significado al esfuerzo voluntario, desprendido
y persistente de personas y movimientos que, teniendo por delante una
gratificante humildad, nos reconcilian con lo mejor de la oposición
democrática.
Dando un testimonio espontáneo de ciudadanía, al calor de las más duras y
difíciles circunstancias, surgen sendos grupos de auxilio médico y paramédico,
como el de la Cruz Verde o los Cascos Azules, metidos en el riesgoso corazón de
las manifestaciones cívicas, convertidos sus integrantes en el objetivo
favorito de la respuesta represiva. O abogados que, organizados o no por el
meritorísimo Foro Penal, diligencian gratuitamente la libertad de los
injustamente detenidos gracias al relámpago escabroso de una sistemática,
selectiva o masiva persecución que burla los más caros y elementales principios
constitucionales.
Igualmente, citemos a los vecinos de casas o apartamentos lacrimogenados o
abaleados que prontamente refugian a quienes huyen del candelazo irresponsable
y a ciegas de las fuerzas de opresión, aumentando el peligro de un allanamiento
al azar de las fuentes del temido cacerolazo que las aturde. Debemos incluir a
los más osados jóvenes que se colocan con sus artesanales escudos, enguantando
la mano para devolver los cartuchos de gas, en una primera fila defensiva ante
las tanquetas y ballenas para las cuales no tienen más entrenamiento y destreza
que la de su apasionado fervor venezolanista, deseándolos el gobierno como el
grupo paramilitarmente adiestrado de sus sueños por una guerra civil de
salvación continuista.
Nada aficionados a los selfies
recreativos, por casualidad, al marchar en una ocasión con el profesorado de la
USB, tuvimos ocasión de descubrir a Mónica Kräuter, quien
nos hizo el honor de compartir una fotografía tomada por Luis Buttó. Ella, químico de profesión, es la autora de
un utilísimo catálogo de recomendaciones para neutralizar los efectos de los
gases tóxicos arrojados a una población desarmada, proteste o no, investigando
la docente otras sugerencias afines. Y, además de agradecerle la gráfica, lo
hicimos porque – sencillamente – sus consejos fueron aplicados en casa,
limpiándola del tremebundo gas que la invadió, aunque el impacto de una bala
quebró el vidrio del vecino, cuyo ventanal exhibe una gruesa pieza de cartón ya
que no consigue la adecuada lámina transparente.
Si no estuviesen
tan desprestigiados los premios de la paz, fueren o no de Oslo, estas personas
y movimientos deberían reconocérseles por una tarea que, repetimos, tiene la
humildad como su mejor verdad. Habrá oportunidades futuras de historiar los
días que cursan para reivindicar la hazaña, la épica, el heroísmo que acentúa
una lucha tan desigual frente a la dictadura, aunque sabemos que hacer la
historia más de las veces es distinta a escribirla: no siempre sus hacedores
realmente la hacen y no siempre sus escribidores la protagonizan, falseándola.
La semana que
concluye, tuvimos ocasión de conocer personalmente a Álvaro de Lamadrid,
parlamentario argentino que se apersonó en el hemiciclo de sesiones de la
Asamblea Nacional, imponiéndose de la situación real del país. Lamentablemente,
no sabíamos de su visita y nos hubiese gustado intercambiar impresiones con el
destacado dirigente de Unión Cívica Radical (UCR), autor de una interesante
bibliografía apenas explorada por las redes: agradecemos inmensamente su
solidaridad.

Fotografías: MK y LB en la cámara de Luis Alberto Buttó. Álvaro de Lamadrid comparte en la cámara, entre otros, con LB, Cheo Hernández, Mariela Magallanes, Juan Pablo García, LB, Carlos Bastardo.
14/05/2017:
Etiquetas:
Álvaro de Lamadrid,
Daniel Radío,
Épica,
Hazaña,
Heroísmo,
Luis Barragán,
Mónica Kräuter,
Protestas
domingo, 5 de marzo de 2017
DE LA PUREZA NATAL
EL PAÍS, Madrid, 23 de febrero de 2017
TRIBUNA
El relato narcisista
José Álvarez Junco
¿Quién me iba a decir a mí que acabaría por conocer Vietnam? ¿Qué vendría de visita turística y estaría en buenos hoteles internacionales, todo en inglés, incluso con pinitos de español, rodeado de gente amable, que busca su propina con atenciones y sonrisas? Vietnam era, para los contestatarios de los años sesenta y setenta, el pueblo austero, heroico, de gente diminuta pero fibrosa, el David matagigantes, el verdugo del imperialismo yanqui, la prueba viviente de la vulnerabilidad del “sistema”. Los jóvenes izquierdistas del mundo entero pronunciábamos la palabra “Vietnam” con unción sacra, como nuestros mayores habían pronunciado, 30 años antes, la palabra “España”.
Pero hoy todo se ha disuelto en ese gran cuento de hadas de la memoria histórica nacional. En el vocabulario de nuestro guía no figuran términos como colonialismo, imperialismo, lucha de clases o proletariado internacional. Sólo sabe que el heroico pueblo vietnamita, a base de valor, ingenio y tenacidad, derrotó al mayor ejército del mundo. Lo mismo que nos recitaban a nosotros en relación con el pueblo español y el ejército napoleónico. Así, como héroe patrio, veo momificado a Ho Chi Minh, a quien rinden honores soldados tan impasibles como él, mientras otros vigilantes llaman la atención a turistas irrespetuosos que llevan, por ejemplo, las manos en los bolsillos.
Curiosamente, esta aureola heroica —y de eso me entero ahora— sirve a los vietnamitas para ser una potencia regional y hacer marcar el paso a sus vecinos. Y entre estos últimos, naturalmente, su imagen no es tan buena. Los vietnamitas son quienes mandan en Camboya, nos explica el guía camboyano, que no puede verlos ni en pintura. Hay que escuchar con atención a los guías, porque son adictos al opio nacional y renuncian a toda originalidad o profundidad para atenerse a los tópicos más aceptados. Quienes dirigieron las masacres de Pol Pot, sigue diciéndonos (y se refiere a las mayores atrocidades del siglo XX, tras las de Hitler y Stalin, sin alterar su seductora sonrisa), no fueron camboyanos, sino vietnamitas, con el propósito de anular la identidad del país y apoderarse de él. Me viene a la cabeza otra visita a Corea del Sur, donde no dejaron de martillearme con las atrocidades de los japoneses; los coreanos sólo habían sido víctimas. No digamos en Polonia o Hungría, donde los autóctonos se creen puro objeto de abusos y masacres, sin culpa alguna por su parte, a manos de alemanes primero y rusos, después. O el Museo de Historia de Cataluña, donde ya se sabe de dónde proceden todas las maldades y quién es mero sujeto sufriente, cuya única culpa es aferrarse a su identidad milenaria. No hablemos de las versiones unilaterales del complejo conflicto palestino que uno escucha en una visita a Israel. Y mi recorrido mental conduce inevitablemente a Donald Trump, que gana elecciones a base de confirmarle al americano rural lo que este ya sospechaba: que los mexicanos les roban el trabajo, como los chinos saquean sus ideas industriales o los europeos se aprovechan de ellos para que les salga gratis su defensa.
El nacionalismo, en fin, absorbe y borra cualquier otro relato épico, que siempre suscitará mayores discrepancias que el suyo. La revolución rusa de 1917, en cuyo centenario estamos, empezó por ser narrada como una gesta proletaria y una dictadura de clase, pero acabó reorientada por Stalin y fagocitada por la épica nacional, en la que el episodio central es la Gran Guerra Patria, cuando Rusia derrotó, a costa de millones de vidas, al ogro nazi. Y hoy Putin puede integrar en un relato unitario las glorias de los zares con la hazaña estalinista y sus propias ambiciones como gran potencia. También De Gaulle se las arregló, en Francia, para distorsionar el recuerdo de un periodo humillante y conflictivo, durante el cual el país había sido derrotado fulgurantemente por su rival secular y a continuación se había dividido y un sector había colaborado con los invasores; en vez de eso, explicó que los traidores habían sido la excepción mientras la práctica totalidad del país mantenía tenazmente la resistencia; versión que cerraba las heridas, satisfacía a todos y dejaba intacto el honor nacional, por lo que se impuso de manera inmediata; Francia pasó a ser una de las cinco potencias triunfadoras y entró en el Consejo de Seguridad con derecho a veto. Malabarismos parecidos hizo Italia, tras las dos guerras mundiales, para conseguir consagrar una historia que les colocaba, sin claroscuros, entre los vencedores.
En la revolución antiabsolutista inglesa en el siglo XVII el programa parlamentario triunfó gracias a su fusión con la tradición y la identidad inglesas. Lo que en realidad ocurrió fue una guerra civil, porque en la isla había muchos católicos y muchos monárquicos absolutistas, pero los revolucionarios se las arreglaron para presentarlo como un enfrentamiento entre los verdaderos ingleses y los renegados papistas y proespañoles; en cuanto se impuso esa versión, tuvieron la batalla ganada. La propia Francia también convirtió su gran revolución de 1789, iniciada con algo tan universal como una declaración de los derechos “del hombre y del ciudadano”, en una hazaña del pueblo francés, único capaz de liberarse de despotismos; lo cual les llevó a proclamarse superiores y a arrogarse el derecho a enseñar a los demás el camino de la libertad; y por tanto a integrarles, quisieran o no, en su imperio. Incluso Fidel Castro evolucionó en la justificación de su régimen desde el socialismo hasta el “¡Patria o muerte!”, el orgullo de ser los únicos capaces de oponerse al arrogante yanqui.
En las escuelas de los países latinoamericanos todavía se enseñan las guerras de la independencia como gestas populares, unánimes, inspiradas por ideales de liberación y progreso, contra la arcaica y tiránica España; lo cual oculta los aspectos de división interna, colaboración de buena parte de las élites criollas con la metrópolis o pasividad de la población indígena, que sin embargo cualquier historiador solvente reconoce hoy. Claro que la propia España rehízo igualmente su historia del conflicto napoleónico prescindiendo de sus aspectos guerracivilistas, los amplios apoyos que José Bonaparte halló entre las élites, su triunfal viaje por Andalucía en 1810 o el protagonismo de las tropas de Wellington en todas las batallas decisivas. De eso no se habla. Fue el heroico pueblo español, solo y desnudo, pero henchido de ardor patrio, el que hizo morder el polvo al mayor general de la historia.
El nacionalismo, en suma, explica pasado y presente en términos reconfortantes, tranquiliza y consuela a quienes se alimentan con él. Expresa el egoísmo y el narcisismo colectivos. Su triunfo es, por eso, inevitable. Entre los necesitados de simplezas, habría que añadir. Pero los necesitados de simplezas, ay, son mayoría, y la mayoría decide las elecciones. Del emparejamiento entre nacionalismo y democracia espero lo peor. Veremos muchos Trump y muchos Le Pen.
(*) José Álvarez Junco es historiador.
Fuente:
http://elpais.com/elpais/2017/02/21/opinion/1487673120_294458.html
Ilustraciones:
http://geschichtsfreak.blogspot.com/2011/06/elementos-tipicos-y-basicos-del.html
http://lasuertesonriealosaudaces.blogspot.es/tags/nacionalismo/
TRIBUNA
El relato narcisista
José Álvarez Junco
¿Quién me iba a decir a mí que acabaría por conocer Vietnam? ¿Qué vendría de visita turística y estaría en buenos hoteles internacionales, todo en inglés, incluso con pinitos de español, rodeado de gente amable, que busca su propina con atenciones y sonrisas? Vietnam era, para los contestatarios de los años sesenta y setenta, el pueblo austero, heroico, de gente diminuta pero fibrosa, el David matagigantes, el verdugo del imperialismo yanqui, la prueba viviente de la vulnerabilidad del “sistema”. Los jóvenes izquierdistas del mundo entero pronunciábamos la palabra “Vietnam” con unción sacra, como nuestros mayores habían pronunciado, 30 años antes, la palabra “España”.
Pero hoy todo se ha disuelto en ese gran cuento de hadas de la memoria histórica nacional. En el vocabulario de nuestro guía no figuran términos como colonialismo, imperialismo, lucha de clases o proletariado internacional. Sólo sabe que el heroico pueblo vietnamita, a base de valor, ingenio y tenacidad, derrotó al mayor ejército del mundo. Lo mismo que nos recitaban a nosotros en relación con el pueblo español y el ejército napoleónico. Así, como héroe patrio, veo momificado a Ho Chi Minh, a quien rinden honores soldados tan impasibles como él, mientras otros vigilantes llaman la atención a turistas irrespetuosos que llevan, por ejemplo, las manos en los bolsillos.
Curiosamente, esta aureola heroica —y de eso me entero ahora— sirve a los vietnamitas para ser una potencia regional y hacer marcar el paso a sus vecinos. Y entre estos últimos, naturalmente, su imagen no es tan buena. Los vietnamitas son quienes mandan en Camboya, nos explica el guía camboyano, que no puede verlos ni en pintura. Hay que escuchar con atención a los guías, porque son adictos al opio nacional y renuncian a toda originalidad o profundidad para atenerse a los tópicos más aceptados. Quienes dirigieron las masacres de Pol Pot, sigue diciéndonos (y se refiere a las mayores atrocidades del siglo XX, tras las de Hitler y Stalin, sin alterar su seductora sonrisa), no fueron camboyanos, sino vietnamitas, con el propósito de anular la identidad del país y apoderarse de él. Me viene a la cabeza otra visita a Corea del Sur, donde no dejaron de martillearme con las atrocidades de los japoneses; los coreanos sólo habían sido víctimas. No digamos en Polonia o Hungría, donde los autóctonos se creen puro objeto de abusos y masacres, sin culpa alguna por su parte, a manos de alemanes primero y rusos, después. O el Museo de Historia de Cataluña, donde ya se sabe de dónde proceden todas las maldades y quién es mero sujeto sufriente, cuya única culpa es aferrarse a su identidad milenaria. No hablemos de las versiones unilaterales del complejo conflicto palestino que uno escucha en una visita a Israel. Y mi recorrido mental conduce inevitablemente a Donald Trump, que gana elecciones a base de confirmarle al americano rural lo que este ya sospechaba: que los mexicanos les roban el trabajo, como los chinos saquean sus ideas industriales o los europeos se aprovechan de ellos para que les salga gratis su defensa.
El nacionalismo, en fin, absorbe y borra cualquier otro relato épico, que siempre suscitará mayores discrepancias que el suyo. La revolución rusa de 1917, en cuyo centenario estamos, empezó por ser narrada como una gesta proletaria y una dictadura de clase, pero acabó reorientada por Stalin y fagocitada por la épica nacional, en la que el episodio central es la Gran Guerra Patria, cuando Rusia derrotó, a costa de millones de vidas, al ogro nazi. Y hoy Putin puede integrar en un relato unitario las glorias de los zares con la hazaña estalinista y sus propias ambiciones como gran potencia. También De Gaulle se las arregló, en Francia, para distorsionar el recuerdo de un periodo humillante y conflictivo, durante el cual el país había sido derrotado fulgurantemente por su rival secular y a continuación se había dividido y un sector había colaborado con los invasores; en vez de eso, explicó que los traidores habían sido la excepción mientras la práctica totalidad del país mantenía tenazmente la resistencia; versión que cerraba las heridas, satisfacía a todos y dejaba intacto el honor nacional, por lo que se impuso de manera inmediata; Francia pasó a ser una de las cinco potencias triunfadoras y entró en el Consejo de Seguridad con derecho a veto. Malabarismos parecidos hizo Italia, tras las dos guerras mundiales, para conseguir consagrar una historia que les colocaba, sin claroscuros, entre los vencedores.
En la revolución antiabsolutista inglesa en el siglo XVII el programa parlamentario triunfó gracias a su fusión con la tradición y la identidad inglesas. Lo que en realidad ocurrió fue una guerra civil, porque en la isla había muchos católicos y muchos monárquicos absolutistas, pero los revolucionarios se las arreglaron para presentarlo como un enfrentamiento entre los verdaderos ingleses y los renegados papistas y proespañoles; en cuanto se impuso esa versión, tuvieron la batalla ganada. La propia Francia también convirtió su gran revolución de 1789, iniciada con algo tan universal como una declaración de los derechos “del hombre y del ciudadano”, en una hazaña del pueblo francés, único capaz de liberarse de despotismos; lo cual les llevó a proclamarse superiores y a arrogarse el derecho a enseñar a los demás el camino de la libertad; y por tanto a integrarles, quisieran o no, en su imperio. Incluso Fidel Castro evolucionó en la justificación de su régimen desde el socialismo hasta el “¡Patria o muerte!”, el orgullo de ser los únicos capaces de oponerse al arrogante yanqui.
En las escuelas de los países latinoamericanos todavía se enseñan las guerras de la independencia como gestas populares, unánimes, inspiradas por ideales de liberación y progreso, contra la arcaica y tiránica España; lo cual oculta los aspectos de división interna, colaboración de buena parte de las élites criollas con la metrópolis o pasividad de la población indígena, que sin embargo cualquier historiador solvente reconoce hoy. Claro que la propia España rehízo igualmente su historia del conflicto napoleónico prescindiendo de sus aspectos guerracivilistas, los amplios apoyos que José Bonaparte halló entre las élites, su triunfal viaje por Andalucía en 1810 o el protagonismo de las tropas de Wellington en todas las batallas decisivas. De eso no se habla. Fue el heroico pueblo español, solo y desnudo, pero henchido de ardor patrio, el que hizo morder el polvo al mayor general de la historia.

(*) José Álvarez Junco es historiador.
Fuente:
http://elpais.com/elpais/2017/02/21/opinion/1487673120_294458.html
Ilustraciones:
http://geschichtsfreak.blogspot.com/2011/06/elementos-tipicos-y-basicos-del.html
http://lasuertesonriealosaudaces.blogspot.es/tags/nacionalismo/
martes, 16 de abril de 2013
DIDÁCTICAMENTE, LOS HECHOS
Luis Barragán
Indagando en torno a los viejos debates parlamentarios, ya que la actual amenaza al allanamiento de la inmunidad a tres opositores lo impone, encontramos una respuesta precisa y contundente de Gonzalo Barrios a las versiones ofrecidas por Domingo Alberto Rangel, por ejemplo. Palabras más, palabras menos, aquél alegaba el terco esfuerzo de hacer una historia épica, reemplazado el de asumir y concretamente refutar las realidades en curso.

En el supuesto negado que los novísimos resultados electorales sean objetivos y veraces, el oficialismo se engaña a sí mismo recurriendo a una comprensión épica de las personas, el mundo y las cosas que tiene en la conspiración, su correlato. Y es que, como si se tratara de una victoria irrebatible, contundente y decisiva que, de paso, ofrendan a la memoria de Chávez Frías, por no mencionar la ridícula y trivial ocurrencia de llamar e interesadamente homenajear a Cilia Flores como la “primera combatiente”, en lugar de la “primera dama”, la debilidad de una épica que tiene más de escaramuza simbólica que inspirado misticismo.
Pista de una inevitable postrimería, la necropolítica ha puesto en evidencia las flaquezas del liderazgo oficialista que aprovechará las cifras apenas alcanzadas, para dirimir sus diferencias. Múltiples corrientes que antes evitaron trastocarse en definitivas tendencias, en la intimidad de sus angustias e intereses representados, asumirán los riesgos correspondientes en el caso que Maduro decida una recomposición del gobierno, como – creemos – es un propósito que lo ha aspirado desde que inició su particular interinato, pasando – además – algunas facturas.
Únicamente, el peligro inminente de un colapso, puede llevarlos a la desesperada aglutinación, dejando intacta la herencia de los más altos cuadros burocráticos. No por casualidad, temen al legítimo y habilidoso desempeño del liderazgo opositor que los desgaste, al cual no pueden acusar impunemente de desestabilizador.
Indicio de otra postrimería, la terrible simplicidad de una oferta socialista tan parecida a la caribeña, por sus resultados constantes y sonantes, para la urgente transición hacia el culto de la personalidad de Maduro, agotado el de Chávez Frías, poco contribuye al mito recreado. Está en duda la prédica democrática, al lado de las devaluaciones, el desempleo, el desabastecimiento y la criminalidad que, entre otros elementos, tienden a la deslegitimación del gobierno nacional y del imaginario social que pretende preservar.
La desesperada soberbia, la pronta respuesta arrogante y el infaltable gesto prepotente, los lleva a hurgar irresponsablemente en otras áreas en la que, es cierto, quedan determinados prejuicios y resabios que hicieron posible el ascenso al poder de Chávez Frías. Nos llamó la atención que la alusión y denuncia hecha por Jorge Rodríguez en torno a los temidos motorizados, el 7-O, la redujera a la descalificación que los opositores frecuentan al tildarlos de “monos”; y, en la noche del 14-A, insista en los opositores que despreciaban y atacaban a los oficialistas, en los centros de votación, por “morenos”.
Las nada fortuitas expresiones del alcalde, finalmente, apuntan a un recurso morboso e irresponsable que desea distraernos respecto al que inmediata y urgentemente nos preocupa. Empero, la otra postrimería, no tendrá trascendencia en la medida que, efectiva y convincentemente, demos por superadas las condiciones que hicieron posible un fenómeno del rentismo sociológico, como el chavismo, y la promoción antes impensable de figuras que, también por escaso pudor, pasaron de la presidencia supuestamente imparcial y equilibrada del CNE, a una alcaldía que los sinceró radicalmente.
Fotografía y nota LB: Instittuto Pedagógico de Caracas (31/03/13). Casualmente, había planeado tomar algunas fotografías a la fachada del Pedagógico unas semanas antes, rapidamente, a objeto de una futura nota sobre la arquitectura amurallada de la ciudad, pero la postergaba por el riesgo.. De pronto, apareció el rostro estampado de Maduro y tomé tres gráficas. Al día siguiente, estaba rayada toda la fachada más a favor que en contra de Maduro. Y me dije que tomaría esa nueva estampa tan infrecuente inmediatamente después de las elecciones. Sin embargo, pasó una semana, y repintaron la fachada, como si nada hubiese pasado; y, en lugar de respeto, me respondí que era más el nuevo brochazo, por lo que respecta a los años precedentes.
http://www.analitica.com/va/sociedad/articulos/1435946.asp
Etiquetas:
Chavezato,
Elecciones 2013,
Épica,
Instituto Pedagógico de Caracas,
LB,
Luis Barragán,
Racismo
Suscribirse a:
Entradas (Atom)