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sábado, 22 de septiembre de 2018

OBESIDAD DEL PODER

Moral y luces, las últimas necesidades
Luis Barragán


El ejercicio del poder acarrea severas responsabilidades, por arbitrario y troglodita que sea. Parece inevitable una cierta fascinación y una abierta tentación hacia el hedonismo, pero tienes sus límites aún en los regímenes más bárbaros.

Venezuela, como en otras latitudes, cuenta con una galería de dictadores que, a pesar de un abusivo poderío, se vieron forzados a una cotidianidad modesta, aun cuando fuese cierto el desbordamiento de la parentela y demás relacionados. Sin embargo, por ejemplo, la tribu consanguínea estuvo a punto de quedarse con todo, al morir Juan Vicente Gómez.

Inevitable, por poco o mucho que se tenga, el ejercicio del poder traduce una personal concepción de la vida, del mundo y de las cosas. Por más sofisticados que sean los recursos y las herramientas del Estado contemporáneo, o lo que queda de él, para diseñar sendas campañas de terrorismo psicológico, no todo se  puede prever a través de los más acuciosos sondeos de opinión, ni hay especialistas capaces que cubran todas las facetas de las respuestas que deben darse. Por consiguiente, en última instancia, todo queda bajo la absoluta orientación del líder o de los líderes, por sus lances espontáneos, ocurrencias, gestos y  palabras, decisiones y postergaciones, todo salido desde el fondo del alma, de las paredes intestinales o de a punta del zapato reluciente que refleja la mirada curiosa de quien lo calza.

La visita de Maduro Moros al restaurant de Salt Bae, en Estambul, naturalmente ha indignado al país sumergido en una catástrofe humanitaria y, por más que se arguya la teoría del trapo rojo, es necesario responder a tamaño impacto de inmoralidad. El comensal decidió compartir el momento de gloria para escarmentar, una de las tantas opiniones en curso, pero fue él, enteramente él, disfrutándose con el agasajo: un encuentro consigo mismo, necesario de difundir, pues, como las francachelas de Pérez Jiménez, si lo hubiese deseado, los servicios correspondientes habrían previsto e ideado medios de ocultación, como seguramente ha ocurrido en casos semejantes.

Los humildes bombero, trastocados en  presos políticos, Ricardo Prieto y Carlos Varón, opinar humorísticamente sobre Maduro Moros, ilustran muy bien el uso desproporcionado del poder al amparo de una tal ley constitucional, parida por una constituyente espuria.  Quienes tienen por oficio salvar vidas, reciben una insólita demostración de rabia que, además, incurriendo en ellas, celebra las descalificaciones, burlas y desprecio del llamado pomposamente sistema público de medios.

Y a un joven periodista, Esteban Rojas, le arroja un balde de hielo seco, creyendo intimidarlo, al preguntar por la suerte de los bomberos en un intento de reivindicar la majestad presidencial. El declarante que, no por casualidad indaga de tal o cuál universidad egresó el fablistán, lo cree un tema baladí para una rueda de prensa internacional, pues, debe suponerse, está preparado para las más exigentes materias, así concluya maldiciendo a otros mandatarios.

Últimas necesidades, no hay moral ni luces que inspiren y necesiten defenderse en una dictadura que, valga acotar, fue heredada.  Los muchos años en el ejercicio del poder, agotado, no impide que brote las más íntimas convicciones y estilos de vida.

24/09/2018:
http://www.diariocontraste.com/2018/09/moral-y-luces-las-ultimas-necesidades-por-luis-barragan-luisbarraganj/

martes, 14 de marzo de 2017

FOSO DE LAS REMINISCENCIAS

EL UNIVERSAL, Caracas, 14 de marzo de 2016
Nos queda el jazz
Alirio Pérez Lo Presti

El escritor británico Graham Greene escribió una obra maestra de la literatura universal titulada El poder y la gloria, siendo su protagonista un sacerdote cundido de infinitud de defectos, el cual es perseguido por los gendarmes mexicanos en la época conocida como la Guerra Cristera, en la cual el anticlericalismo fue política de Estado en el país del norte de América.

En esta novela, el cura es un hombre que representa simultáneamente lo maltrecho de la condición humana con la santidad propia de las acciones que realiza. Hay una descripción particularmente perfecta en donde el religioso está tratando de tomar vino (uno de sus excesos), cuando aparecen sus perseguidores. La escena literaria no puede ser más inquietante, pues el sacerdote ve cómo brindis tras brindis por parte de sus enemigos, el vino va desapareciendo ante sus ojos. Tal vez la última oportunidad de experimentar un tanto de placer en esa desolada tierra mexicana donde lo violento y lo sublime han ido siempre de la mano.

El autor británico genera una atmósfera intensa que hace de El poder y la gloria una obra excelsa que conjuga el inmaculado arte del escritor con la idea de la relativización de la moral. Además, es de gran interés la propia vida del autor británico, desde su faceta artística hasta la política, incluyendo el espionaje; habiendo inspirado a varios de los exponentes del boom latinoamericano.

Es difícil que esa escena no haga su aparición de vez en cuando entre quienes alguna vez tuvimos oportunidad de tener acceso a ciertos placeres propios del hombre que merece un nivel de confort y bienestar por la jornada de trabajo que realiza. La posibilidad de degustar de un buen vino, luego de una conversación con el maestro Alberto Soria o experimentar los consejos del maridaje (arte de combinar comida y vino) del chispeante Miro Popic, cuando de paella se trata. El estrenar un par de zapatos, el poder comprar un texto con tapa dura en una librería que ofrezca novedades, la adquisición de un nuevo computador, un teléfono acorde con el avance tecnológico o la posibilidad de hacer un viaje al extranjero con el fin de relajarse un poco ante las tensiones de la vida. Nada raro para cualquier persona que viva en una sociedad medianamente equilibrada en donde lo placentero va de la mano con el concepto de trabajo, pero absolutamente imposible para un venezolano trabajador del siglo XXI, dependiente de un salario.

En la Venezuela del presente, lo que enriquece el espíritu pareciera haber  caído en el foso de las reminiscencias y la lucha por adquirir comida ocupa el primer plano de nuestras vidas. Nunca había escuchado tantas veces que las personas se hiciesen eco de la ya célebre pirámide de Abraham Maslow, alegando que la nuestra es una sociedad que no pasa del primer nivel de la misma, en donde a duras penas podemos, “si tenemos suerte”, satisfacer algunas necesidades fisiológicas, como alimentarnos.

Hace poco, un colega a quien su automóvil dejó de funcionar por falta de posibilidades de hacerle el respectivo mantenimiento regular, luego de pedirme que lo dejara en un lugar de la habitual ruta donde conduzco todos los días mi ya destartalado Chevrolet, se asombró por el equipo de sonido que tengo (un Mp3 Sony de 2006). Lo triste no fue que se entusiasmara con el equipo ya pasado de moda, sino que se le desbordaron sin empacho las lágrimas cuando escuchó la impoluta trompeta de Louis Amstrong interpretando Heebie Jeebies.

-“¿Todavía escuchas jazz, Alirio?... yo ni  eso”- dijo con voz aterradoramente mustia, mientras el vozarrón de Amstrong ocupaba todos los espacios del universo.

La joya musical West end blues luce siempre lacónica, creando el contexto musical perfecto para cualquier venezolano que sea amante de la melodía, pero particularmente sí lo es del jazz, género musical de elevadísimo nivel artístico, cuya preponderancia en el alma de los amantes de lo melódico es sinónimo de buen tono y necesidad de cierto languidecer que nos haga acompañamiento, así como las jugarretas de Louis Amstrong cuando une trompeta pura y dura y contraste de voces construyendo la sinfonía redonda llamada Tight like this: Simplemente sublime.

El sacerdote de El poder y la gloria se apega a lo mundano y a aquello que lo hace defectuoso pero le genera placer. Es así como Graham Greene describe: El cura siguió farfullando: -“El cielo está allí donde no hay jefes, ni leyes injustas, ni soldados, ni hambre. Vuestros hijos no mueren en el cielo”.

Mientras de fondo escucho al gran maestro de la música universal haciendo una especie de remate de virtuosismo cuando interpreta Mahogany hall stomp… me paso de lo previsto y por descuido (en realidad por estar concentrado en la excepcional música) no dejo al colega donde me había pedido. -“Gracias por el aventón, profesor. Ojalá que no le roben el equipo”- me dice al bajarse de mi carro- y sigo la marcha, pensando que a pesar de todo, “por ahora” nos queda el jazz.

Fuente:
http://www.eluniversal.com/noticias/opinion/nos-queda-jazz_643133
Ilustración: Dumont.