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domingo, 8 de diciembre de 2019

LA PARED SILENCIADA

Del trazo urbano
Luis Barragán

Convengamos, la crítica pudiera ser aún más severa en relación a los grafiteros venezolanos.  Empero, la situación y el mismo ambiente dictatorial que la delata, convierte en un riesgo extraordinario el de aguzar el ingenio para la denuncia irreverente, clandestina o anónima que siempre se espera del trazo urbano.

Objetivamente, por todos estos años, el oficialismo monopolizó las paredes de caseríos, pueblos y ciudades, gozando de ilimitados recursos para un discurso gráfico no sólo convencional, suerte de secreción del imaginario subversivo de los ’60 del ‘XX,  sino para despojar de oportunidades a los que espontáneamente ejercían la calle como medio fundamental de expresión. A modo de ejemplo,  reportajes como el de José Pulido y Luigi Scotto, dándole un vistazo a la ciudad capital entonces (El Nacional, Caracas: 24/03/1986), muy bien contrastaría con la amarga radiografía actual.

El viejo muralismo de ocasión, dio paso a una masiva y vulgar propaganda que agotó todos los recursos simbólicos del Estado que ahora evade, en nombre del bloqueo o cualesquiera otros subterfugios, su responsabilidad en torno a la catástrofe humanitaria, la represión y la censura, por siempre alerta frente a las más  tímidas manifestaciones disidentes en nombre de la poesía misma.  El agotamiento del poder, además, se debe al empleo de un lenguaje, una composición y un desarrollo pictórico en nada innovador que, seguramente, convalidará las muy justas observaciones que la corajuda mexicana Avelina Lésper ha hecho al grafiterismo universal.

El paisaje metropolitano está hecho de ruindades y, apenas, sobreviven algunas piezas de campañas políticas ya olvidadas. Abundará la ocurrencia, aminorada la audacia, pero – en todo caso – no hay pintura para el atrevido acto. Quizá por ello, llamó nuestra atención un motivo gráfico de la esquina de Monroy, al lado de una zapatería, borrado a los pocos días por unos brochazos que clamaron por un  orden visual.
A mano alzada, lució impecable el escarabajo de la Volkswagen para la curiosidad del transeúnte que, por un instante, se detuvo y temerariamente lo fotografió tratando de adivinar sus líneas y el pulso que las obligó.  En medio del deterioro, la limpieza del ejercicio destacó por su espontaneidad, sencillez y sentido, acaso, como promesa de una incumplida gama de colores.

Fotografía: LB, esquina de Monroy, Caracas (Julio de 2019).
09/12/2019:
http://guayoyoenletras.net/2019/12/08/del-trazo-urbano/

domingo, 5 de agosto de 2012

LA OTRA RELACIÓN LABORAL

De la pared tarifada
Luis Barragán


Antaño, todo rincón urbano prometía un atril para la disidencia. Actividad perseguida en nombre del pudor político y de la estética pública, acuñó trazos y frases que se hicieron parte inadvertida de la vida cotidiana, cuando no leyenda artística.

Reportajes como los de José Pulido, con fotografías de Luigi Scotto (El Nacional, Caracas, 24/03/86), por ejemplo, registran un frenesí que competía con las grandes y medianas vallas publicitarias. Decía el periodista, “las paredes no oyen: ¡hablan!”, dejando un testimonio para la posteridad.

Hoy ocurre un fenómeno harto diferente con la burocratización de los muros de todas las ciudades, pueblos y caseríos que no dejan cupo para la imaginación espontánea y creadora. Además de los millonarios afiches y pendones que trenzan cualquier localidad venezolana, el grafitero deja la constancia de vida de Chávez Frías, hastiándonos con su mensaje.

A falta de otras actividades  útiles o constructivas, se impone el rayado masivo, aumentando la agorafobia. El rostro del Comandante-Presidente y la respectiva arenga, pueblan las paredes, muros y todo espacio susceptible del brochazo, incluyendo el contra-ataque descalificador de Capriles: “Ah, muchacho pa´ bobo”, fue uno de los “silk-screen” mejor cotizados tras la exitosa inscripción electoral del candidato de la unidad democrática.

Estas pintas inauditamente masivas y convencionales, forman parte de la rutina de los jóvenes asalariados que pueden trepar las escaleras, sostener el pote de pintura y colorear las paredes con la protección de las autoridades públicas. E, incluso, realzar las fechas y los protagonistas patrios con la intencionada afiliación política actual, gracias a las múltiples fundaciones que, por vía del presupuesto público, abaratando la propaganda, les paga mal y, a veces, no les paga, pues el destajo caracteriza una particular relación laboral disfrazada de militancia partidista.

Siendo así, las pintas no cuentan con la prestancia, la rebeldía y el riesgo de otras épocas que, vaya desparpajo, las reclaman como propias. Sintetizan una actividad que, tras la promesa o el cumplimiento de una beca, empleo o vivienda, ilustra muy bien el claro afán del miraflorino: estar hasta en la sopa, como les pasa a los cubanos con el Fidel que los moraliza a cada rato.
 
Fuente: http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/12457-de-la-pared-tarifada
Fotografías: Una, tomada de la red; y, la otra, José Pulido y Luigi Scotto reportan (El Nacional, Caracas, 24/03/86),

martes, 7 de febrero de 2012

ARTE URBANO


Los proscritos del arte urbano
Ilustradores y arquitectos que intentan otra mirada de la ciudad
Isaías talla árboles muertos, Fe ha pintado murales con venezolanos famosos y también ha decorado kioscos con el permiso de sus dueños, Flix ha ideado divertidos motivos urbanos y decorado cabinas de teléfono, y Misshask ha llenado la ciudad con su conejo rosado.
Intervenciones urbanas
SON DE LA CALLE
JAVIER BRASSESCO | EL UNIVERSAL
domingo 29 de enero de 2012

Los restos de una cabina telefónica vestidos de robot, árboles secos tallados como esculturas, un Dudamel en el distribuidor Altamira con un arbusto haciendo de pelo del egregio director, un kiosco decorado en La Castellana, reproducciones de cuadros de Van Gogh frente al centro comercial Paseo Las Mercedes... Moviéndose en una injusta clandestinidad, en Caracas existe un grupo de artistas que a su particular manera intenta construir una ciudad más divertida y menos hostil.

No son grafiteros (lo de ellos es la generación de contenido y lo figurativo, y tienen por norma no intervenir fachadas residenciales), pero son tratados de igual manera por las autoridades, y se ven obligados a actuar en la clandestinidad: cuando han intentado pedir un permiso en alguna alcaldía siempre los remiten a unas oficinas de Control Urbano en donde el arte no tiene cabida: la burocracia no lo contempló en ninguna ley, en ninguna ordenanza.

Isaías, quien interviene árboles secos y los convierte en esculturas, dice que solo en Chacao se ha intentado, de manera limitada y bajo estricta supervisión, incorporar al artista a la ciudad: "Pero yo tengo ya tres meses intentando conseguir un permiso para intervenir dos árboles que están muertos y todavía estoy en eso. Es difícil, siempre nos miran con recelo, tal vez porque cada gesto artístico en la calle es también una apropiación".

La calle como museo

Fe, un arquitecto que reproduce cuadros famosos en la ciudad y que en papel reciclado que pega en las paredes ha hecho gigantescos dibujos de venezolanos destacados como Villanueva, Cabrujas, Dudamel, el maestro Abreu, Gego, Jesús Soto o Cruz Diez, dice que sobre todo quiere que los más jóvenes sepan que Venezuela ha producido algo más que Chino y Nacho. Y también desea que al menos en la calle exista una tradición que no hay en nuestros museos: "La gente aquí no tiene costumbre de ir a museos, tal vez no pueda ir a Nueva York a ver Noche Estrellada, de Van Gogh. Entonces yo hago una reproducción y así por lo menos habrá alguna persona más que conozca esa maravilla".

Misshask, una ilustradora que lleva diez años haciendo arte de calle, dice que es difícil trabajar en esta ciudad tan prejuiciosa. Se propone romper la rutina y trata de hacer círculos en un mundo cuadrado: "Pero aquí es complicado: hace poco una amiga pintó en un muro de Altamira unos hombres besándose y cuatro veces le han echado pintado encima, nunca ha durado más de 24 horas".

Lo efímero de su esfuerzo es otro de los problemas que enfrentan estos artistas urbanos: Fe hizo un dibujo de la artista Gego y se aprovechó de unos cables que colgaban de un muro, como si ella estuviera haciendo con ellos uno de sus dibujos de líneas entrecruzadas. Los cables los robaron. Y Flix (quien también es arquitecto) todavía se sorprende de que aún exista un dibujo de un dragón que hizo en una valla cerca de la panadería Selva, llegando a la principal del Country Club, hace año y medio. Su ángel que disparaba corazones y que colgaba de un puente de la Libertador desapareció hace tiempo, igual que aquel dibujo de un niño llorando que decía "Yo quería un parque" en uno de los muros de ese gigantesco terreno en Altamira donde hoy se construye la sede de la CAF, o aquel dibujo de un barquito que hizo en la ladera del Guaire.

Flix cuenta que ha pintado muros en El Cairo, Madrid o París, y que en Londres tuvo que correrle a la policía. Solo en Berlín encontró cierta relajación de las autoridades con el artista urbano: "Creo que solo allí se entiende que la calle, lugar de encuentro y desencuentro de todos, es el sitio ideal para plasmar inquietudes artísticas y de paso romper con la monotonía de la urbe".

Y en poquísimos lugares (El Pedregal en Chacao o La Ceiba en San Agustín) han logrado trabajar en una condición que no sea la clandestinidad.

Para Fe, la persecución a los artistas urbanos nace de un malentendido: los policías creen que cualquiera que interviene una calle es un grafitero. Y Flix explica las diferencias: "El grafitero marca territorio y además agrede porque en su afán transgresor se mete con fachadas privadas. Nosotros buscamos lugares abandonados y lo nuestro no es confrontar".

En cualquier caso, continuarán disfrazando cabinas de teléfono, tallando árboles secos, reproduciendo cuadros en la calle y diseñando divertidos motivos. Sin apoyo y con la hostilidad jurada de cualquier autoridad, pero con la convicción de que la recurrencia creará la norma y que un día serán comprendidos y quizá la ciudad hasta les dé las gracias.

PINTA'OR


EL NACIONAL - Lunes 06 de Febrero de 2012 Cultura/3
El grafitero firma como 183
En Rusia también hay un Banksy
Las obras de Pavel, de 28 años de edad, han sido comparadas con las del mediático artista británico
MANUEL CUÉLLAR
EL PAÍS
SERVICIO EXCLUSIVO DE EL NACIONAL


Se niega a enseñar su cara como Banksy y, también como él, sabe que elegir el lugar, el momento y el contenido es fundamental para el éxito de una obra en la calle. La mayor diferencia entre uno y otro reside en su origen. Banksy, la mayor superestrella mundial del arte callejero, nació en Bristol, Gran Bretaña, mientras que Pavel (así dice llamarse) es ruso. Tal vez por ese motivo por lo menos dos de los rotativos británicos más importantes se apresuraron en comparar el trabajo de uno y otro en fotogalerías.

Pavel, que dice que tiene 28 años de edad, no se considera un imitador. "Sé perfectamente quién soy. Llevo 14 años en el arte callejero firmando como 183. Me enorgullece que me comparen con otros muchos artistas del mundo, pero siempre sin olvidar que yo soy único".

Sus obras tienen, como las del genio británico, la mezcla de candidez y guerrilla que parece solicitarse a los más reputados artistas callejeros del mundo. Una de las más famosas consiste en convertir una farola gigante en la patilla de unos lentes pintados en el suelo. El creador recuerda su primer trabajo. "Estaba dando un paseo por la ciudad mientras escuchaba las canciones de Viktor Tsoi. De repente llegué a un muro de la memoria que hay en Moscú y en ese mismo momento el tema que estaba sonando terminó y empezó otro titulado `Sangre’. Así fue como, por primera vez, encontré la atmósfera del lugar. Tenía 11 años, fue antes de que todo el mundo en el globo comenzara a pintar las paredes. A esa edad comprendí que hay que patearse las calles de la ciudad para buscar los sitios donde las pinturas se integren con la lírica del paisaje".

Le preguntan si es más complicado ser grafitero en Rusia que en cualquier otro lugar del planeta. "Rusia tiene sus reglas específicas para cualquier actividad ilegal que se pueda imaginar. En Moscú, uno de los sitios más prohibidos es el Metro. La policía tiene una actitud absolutamente enferma con respecto a todo tipo de creatividad que se salga de los cánones supuestamente preestablecidos. También vivimos en una sociedad que tiene miedo y en la que muchas veces se ejerce la ciudadanía de una forma preventiva, más que punitiva. Pero, por otra parte, los rusos estamos acostumbrados a afrontar todo tipo de situaciones con imaginación, es como parte de nuestro ADN".