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sábado, 14 de marzo de 2020

TEORÍA DEL MACHIRULO

TRIBUNA 
Un nuevo campo de batalla
Daniel Innerarity
 
La coherencia no es la virtud más extendida en el género humano. ¿Cómo es posible que en muchos países los trabajadores voten a la extrema derecha o que los varones se sientan agredidos, pese a la evidencia de su posición hegemónica? Podríamos citar otras incoherencias en el actual paisaje político que llaman la atención: elitistas que ganan elecciones con un discurso contra las élites, líderes que apelan a la religión al tiempo que desprecian los valores más elementales del humanismo, también hay quien ha ganado la batalla contra el terrorismo y se presenta como derrotado…
 
Reflexionemos un momento sobre la primera contradicción. ¿A qué se debe esa nostalgia por un tipo de liderazgo viril del estilo del que representan Trump, Salvini, Abascal o Putin? ¿Podríamos explicar su éxito si no fuera porque, además de que son votados por los tradicionales reaccionarios de la derecha, resultan políticamente atractivos para amplias capas de la población, incluidos aquellos trabajadores que en su momento pudieron votar a los comunistas?

La primera explicación que se me ocurre tiene que ver con un mecanismo de compensación ante el desconcierto que produce la nueva reconfiguración de los papeles masculinos y femeninos, así como el avance de la lucha por la igualdad. Estamos en un momento histórico en el que se están volviendo a definir lo público y lo privado, la autosuficiencia y la dependencia, la soberanía y la cooperación, los principios y la negociación. En este contexto, el retorno del macho alfa o del cotidiano machirulo respondería a un intento de clarificación y vuelta a los patrones tradicionales. La dominación masculina se resiste a ceder y encuentra el sustento de amplias capas de la población que no saben cómo transitar hacia el nuevo reparto del territorio. El intento de conservar antiguos privilegios cuenta con el beneplácito de quienes se sienten inseguros en la nueva redefinición. Unos no saben cuál debe ser su nueva posición y otros lo saben demasiado bien y se resisten a ello. Porque no se negocia un simple reparto de tareas domésticas sino la definición de la propia identidad, algo que está produciendo nuevos perdedores y gente desconcertada e insegura.
 
El clásico combate por la igualdad mantenía la identidad de los combatientes, por lo que no resultaba demasiado desconcertante; ahora se discute también qué significa la masculinidad, en torno a las variantes de feminismo y la diversidad sexual. No es un combate de estereotipos sino contra ellos, porque el modo como el género se traduce en un estilo hace ya mucho tiempo que explotó en una variedad inclasificable. La cuestión es cómo equilibramos valores como el cuidado, la eficacia o la protección cuando ya no están asociados a ningún género en exclusiva.

Explicar los comportamientos sociales apelando a una incoherencia de los actores resulta demasiado fácil; es un modo de renunciar a entenderlos y, en su caso, a combatirlos adecuadamente. El caso de los trabajadores que votan a la extrema derecha tiene que ver concretamente con categorías simbólicas que actúan en el trasfondo de ciertos comportamientos elementales del ser humano. En su magna obra La distinction el sociólogo francés Pierre Bourdieu estudiaba con detalle hasta qué punto las clases populares han sido más rigoristas en lo que atañe a la sexualidad y a la división del trabajo entre los sexos, mientras que ese tipo de diferencias tiende a atenuarse a medida que se asciende en la escala social. En la clase dominante —señala Bourdieu a partir de diversas encuestas sociológicas— las mujeres tienden a atribuirse las prerrogativas mas típicamente masculinas, como fumar o vestir de modo garçon, mientras que los hombres no dudan en reconocer intereses y disposiciones en materia de gusto que los expondrían a pasar por afeminados, como pudiera ser un interés por la moda y algunas manifestaciones culturales. En este contexto no tiene nada de extraño que los trabajadores hayan considerado a las élites como burguesas y afeminadas; sus modales, su cosmopolitismo y su diplomacia aparecían en claro contraste con la fuerza y virilidad de quienes, como los trabajadores del campo o industriales, tienen una experiencia concreta de confrontación con el mundo material. En buena medida este antagonismo se reproduce hoy en el que enfrenta a globalistas y nativistas, con todos los atributos que podemos asociar a sus respectivas culturas políticas, sus diferentes estilos de comunicación y protección. En Francia un liderazgo como el de Macron, aunque solo sea implícitamente, recuerda al tipo de cosmopolitismo feminizante de ciertas élites y la circunstancia de que esté casado con una mujer mucho mayor que él no hace sino reforzar la “sospecha” acerca de su virilidad. En contraposición, Marine Le Pen aparece con todos los atributos de la masculinidad y esta puede ser la razón de que obtenga tantos apoyos electorales en los barrios obreros.

El capitalismo financiarizado implica, por así decirlo, una desmasculinización del trabajo. El momento reaccionario que vive hoy la América de Trump puede entenderse como una reacción a este fenómeno y responde muy adecuadamente al deseo de recuperar el contacto con la cultura material. Así lo plantea un filósofo como Matthew Crawford, que reivindica, frente al capitalismo de casino y la economía especulativa, el mundo industrial e incluso artesanal, tan propio de cierta cultura americana. Él mismo se define como un filósofo y reparador de motos, al tiempo que defiende un estilo de vida que conecta con el imaginario popular de la sociedad americana, tal como es presentado, por ejemplo, en esos programas de la televisión protagonizados por tipos duros y generosos, que ensalzan el bricolaje, la solidaridad vecinal y la lucha por la supervivencia en medio de una naturaleza hostil.

Mi conclusión de esta pequeña teoría del machirulo es que nos encontramos en un nuevo campo de batalla que tenemos que diagnosticar adecuadamente; no es exactamente una lucha de géneros, tampoco se trata del clásico combate por la igualdad, sino la confrontación de tipos de poder y valores tradicionalmente asociados a los hombres y las mujeres. De ahí también que surjan combinaciones insólitas, incomprensibles desde nuestras viejas clasificaciones de la realidad. No estamos solo ante la tarea de luchar contra unos extremistas o convencer a electorados confusos sino también y fundamentalmente en medio de una gran transición en la que rivalizan culturas políticas diferentes, modos de concebir el gobierno, tipos de liderazgo, valores, maneras de comunicación y mando, estilos emocionales y formas de entender la protección. Aquí se libra una contienda que a mi juicio será más decisiva que la estereotipada contraposición entre la izquierda y la derecha.
(*) Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco. Acaba de publicar Una teoría de la democracia compleja (Galaxia Gutenberg).

Fuente:
Fotografía: Thomas Peter, mujeres locales junto a soldados rusos cerca de una base militar ucraniana en Perevalnoe.

jueves, 19 de septiembre de 2013

(HIPER) BÓLICOS Y BÓLICAS

EL PAÍS, Madrid, 19 de septiembre de 2013
TRIBUNA
Millones y “millonas”
Los dobletes de género son una epidemia que continúa y que causará un perjuicio notable a la lengua
Ignacio M. Roca 

La confusión entre el sexo y el género sigue rampante en algunas (quizá privilegiadas) cabezas. El problema no es puramente escolástico, ni menos aún personal suyo, sino que nos afecta a todos. Porque desde esas cabezas pasa a sus respectivas voces y escrituras, y de estas a los oídos y ojos de cualquiera que esté a su alcance. Desde ahí inexorablemente se mete en su cerebro, en el que irremediablemente se instala la misma confusión.
Quizá el lector recuerde el revuelo provocado por el neologismo puntual “miembra” salido hace unos pocos años de la boca (y por tanto del cerebro) de la entonces ministra española de Igualdad Bibiana Aído. El público manifestó en masa su desagrado y la señora ministra se vio obligada a rectificar.
Ahí más o menos acabó todo, al menos en España: el mundo hispanohablante es ancho, y en parte ajeno por la distancia. Ahora llegan noticias de Venezuela, el país de la constitución dobletista (“los venezolanos y las venezolanas”), de que en efecto hay un límite a lo que el hablante inocente puede tolerar y aguantar.
El detonante esta vez ha sido la expresión “millones y millonas” emitida por el presidente de aquella república en un discurso televisado al país. La respuesta en sus medios sociales no se hizo esperar: “Hay millonas de razonas para irsa de Venezuelo; pera iguala me quedo”, escribió en Twitter un usuario. Y millones (hiperbólico) más.
¿De dónde procede y a qué viene todo esto, muy vigente también en España, con dobletes de género y sus secuelas ahora presentes por doquier y algunas normas oficiales incluso imponiendo su uso en ciertos espacios?
La respuesta es sencilla, aunque quizá menos para las privilegiadas cabezas de las que salen los mencionados partos. El sexo (el aparato reproductor que se revela en la zona central baja del tronco y en las conductas y taxonomías que de él se derivan) ha pasado a confundirse en esas cabezas (no puede uno saber si de modo real o imaginario, en aras de sus intereses particulares) con el género de las palabras de la lengua. Hasta el punto de verse ya la misma palabra género utilizada por sexo en documentos oficiales o paraoficiales: se pregunta, por ejemplo, por el “género” del solicitante, cuando el solicitante (una persona, no una palabra) por definición no puede tener género, aunque sí tiene sexo, la información que la pregunta evidentemente (pero no explícitamente) busca obtener.
El sexo se confunde con el género de las palabras por cuestiones políticas
El género de las palabras castellanas (y el de las de otras lenguas que lo poseen) es un simple fenómeno gramatical de concordancia (es decir, encaje mutuo) entre palabras de ciertas clases en este aspecto subordinadas y sus palabras rectoras, los sustantivos. Se dice, por ejemplo, EL orden (de factores) pero LA orden (franciscana) ¿Por qué esta diferencia? Simplemente porque el castellano es así. No hay más: en castellano también decimos yo bebo pero tú bebes y nosotros bebemos, con concordancia de número y persona en el verbo con el sujeto, pero en inglés son respectivamente I drink, you drink, we drink, sin concordancia en el verbo drink. Tanto la concordancia del verbo como la de género en relación a los nombres (el cometa frente a la cometa) son así fenómenos lingüísticos, no políticos. Menos aún biológicos como lo es el sexo.
Hace unas pocas décadas, un feminismo a mi juicio muy mal inspirado y peor orientado concibió el género (gramatical) como panacea para la promoción de causas en sí tan loables como la justicia y la consiguiente igualdad de derechos, alegando monstruos donde no los había. Todo el mundo que habla español sabe que una castaña es un fruto, no un árbol, precisamente por hablarlo. También sabe que en los trabajadores recibirán un aumento de salario la palabra trabajador no lleva significado sexual, simplemente porque en castellano no lo posee (habría que decir los trabajadores varones para dárselo), como castaña no lo tiene arbóreo: aprendemos esto según vamos absorbiendo la lengua en la niñez, espontánea e inocentemente, sin políticas ni politiqueos. Pero ahora nos vienen con el camelo de que trabajador (¡y cientos de otras!) denota solo hombres, con las mujeres excluidas, reclamando por ello el uso de dobletes “los … y las …”, flagrantemente aberrantes para el hablante espontáneo de buena fe.
No solo aberrantes, sino en extremo perjudiciales. Porque, como puntualicé al inicio, las palabras (cada una con su sonido, su significado y su gramática específicos) pasan de unos cerebros a otros a través de la boca, el aire y el oído. La única interpretación que el hablante común del castellano puede dar a “los vascos y las vascas” es que los vascos incluye solo hombres: de no ser así, con decir precisamente los vascos llega y sobra, en efecto la realidad en el castellano auténtico de todos y de siempre.
El “miembra” de la entonces ministra Aído fue una estrella fugaz. Pero la epidemia continúa y se agrandará si no se la contiene: “millonas” ahora. Acabará cambiando el significado de cientos de palabras y causando así un perjuicio muy notable a la lengua de todos: constátese en la mismísima constitución venezolana (“los venezolanos y las venezolanas”, etc.). Estas acciones de “terrorismo lingüístico” (expresión atinada, por precisa, de Álvaro García Meseguer, un temprano abogado de la causa) no caen fuera de la ley, y así salen impunes. El único muro de contención y neutralización somos pues los hablantes. Todos y cada uno. Sin desmayo. A una, como Fuenteovejuna.
(*) Ignacio M. Roca es catedrático de lingüística.

Cfr. Roberto Hernández Montoya: http://www.analitica.com/bitblioteca/roberto/genero.asp