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sábado, 5 de agosto de 2017

UNA VERSIÓN

La trampa antielectoral de Nicolás Mduro
Fernando Mires

Nunca dos personas relatan un mismo hecho de un modo exactamente igual. Uno acentúa lo uno, el otro lo otro. De ahí que me atreva a formular la siguiente frase: el relato de un hecho dice más sobre la persona que relata el hecho que sobre el hecho relatado. Con mayor razón ocurre así en los procesos colectivos en donde priman visiones ideológicas, experiencias contrapuestas, distintas biografías. Así se explica por qué las deducciones que surgen del relato del hecho no solamente son diferentes, sino, además, antagónicas entre sí. Esa es la razón por la cual el colosal fraude perpetrado por la CNE el 30 de Julio (30/J) ha sido interpretado de modo muy diferente por los diversos sectores que conforman la oposición, dentro y fuera de la MUD.
Resumo: hay tres grupos de opinión.
Según el primer grupo, el megafraude cometido por la dictadura el 30/J ha enterrado la vía electoral asumida por la mayoría de la oposición desde el 2006 (candidatura de Rosales) y el 2007 (plebiscito de Chávez), vía que interrumpió las alternativas voluntaristas (carmonismo, paro petrolero, abstencionismo) asumiendo la defensa de la Constitución liberal y chavista de 1999.
Según el segundo grupo, el grotesco fraude, evidenciado y probado por las revelaciones de Smartmatic, ha puesto de manifiesto que las elecciones son imposibles de ser realizadas bajo la tutela de la CNE dirigida por Tibisay Lucena (después de Diosdado y Maduro, la persona más detestada de Venezuela). El tenor predominante de ese grupo es: yo votaría, pero no con ese CNE.
Un tercer grupo considera necesario participar en las elecciones regionales que eventualmente tendrían lugar en diciembre, pues no hacerlo significaría regalar a Maduro 23 gobernaciones y, además, facilitar el cumplimiento de la utopía de todas las dictaduras, a saber: elecciones sí, pero sin participación de la oposición (al estilo cubano)
En el primer grupo hay muy débil comunicación con el segundo y casi ninguna con el tercero. Se trata de sectores más culturales que políticos, muy emocionales, reacios al debate, seguidores de líderes mesiánicos cuya retórica basada en códigos de honor los encandila. La presencia medial de este grupo es muy superior a su inserción real en la sociedad, razón por la cual logran en determinadas ocasiones ejercer una fuerte presión dentro de la MUD. Son los de La Salida, los del Maduro vete ya, los de la marcha sin retorno, los de la Hora Cero, los de con mis muertos no te metas, los de votar es traición, y los del gobierno de transición con embajadas en el exilio (¡!).
La discusión principal tiene lugar entonces entre el grupo dos y el tres. Aunque los del grupo dos coinciden con los del uno en que después del fraude del 30/J es imposible asistir a los comicios sin legitimar al régimen, muchos estarían de acuerdo con votar, siempre y cuando tenga lugar una reestructuración de la CNE (algo difícil que ocurra durante Maduro) Las revelaciones de Smartmatic confirmarían, aparentemente, esa posición. Los del grupo tres, sin embargo, han realizado una distinta lectura con respecto a los mismos hechos.
De acuerdo al grupo tres, esa CNE es exactamente la misma del 6D del 2015. Según los del dos es la misma pero bajo condiciones diferentes a las del 2015 pues hoy la dictadura es abierta y confesa. Los del grupo tres afirman que justamente por eso es necesario participar en las elecciones pues lo contrario significaría legitimar a la dictadura. Los del dos afirman que participar electoralmente significaría legitimar a la dictadura. Los del tres que participar significaría relegitimar la vía electoral en contra de una dictadura que intenta dinamitarla. La discusión parece no tener fin. No obstante, podría ser resuelta con una sola pregunta: ¿a quién interesa que la oposición no participe en las elecciones? La respuesta solo puede ser una: A Maduro y su mafia.
Si la oposición no participa en elecciones, Maduro no se vería impulsado a suprimirlas. Entonces, preguntarán lo del grupo dos ¿para qué participar en elecciones si Maduro las va a suprimir y si no es así las va a desconocer? Supongamos que sea así. En ese caso Maduro chocaría una vez más con la legalidad y con ello agregaría varios puntos más a su deslegitimación interna y externa. Sin embargo, en ese punto, el profesor Juan Carlos Soza Azpurúa apunta con buenas razones que a la dictadura de Maduro no le interesa tener legitimidad pues le basta con el uso de la fuerza.
El señor Soza Azpurúa tiene razón. Pero solo en parte. A ninguna dictadura, ni siquiera a la de Maduro, le conviene aumentar su grado de deslegitimación, mucho más si esa deslegitimación amenaza trizar sus filas. Gracias a esa desligitimación progresiva el chavismo se encuentra internamente deteriorado. Si ese proceso sigue aumentando –y un nuevo robo de elecciones lo aumentaría de modo considerable– puede consumarse el golpe de gracia que necesita la dictadura para irse de este mundo. Es una hipótesis. Tómese como tal. Lo importante es que Maduro no quiere que la oposición participe en las elecciones. Y bien, en este punto hay que recordar una de las premisas básicas de la política. Ella dice: Nunca hagas lo que tu enemigo quiere que hagas. Pero los del grupo uno y en parte los del dos, se empecinan en hacer lo que Maduro quiere que hagas. Están pisando la trampa. Esa es la trampa.
¿Dónde está la trampa?
Precisamente en el fraude del 30/J, reconfirmado por Smartmatic/Reuter.
¿Quién no sabía que después de los 7 millones y medio de votos obtenidos por la oposición, Maduro iba a ordenar a Lucena que inventara por lo menos ocho millones? La vara se la pusieron muy alta, pero igual la saltó haciendo un horroroso fraude. Al respecto hay dos lecturas. Una alegre y otra no tanto.
La lectura alegre dice: el fraude fue tan increíblemente obsceno que la dictadura se desligitimó definitivamente frente a la opinión mundial. En ese punto, y aunque parezca insólito, comparto mi opinión con la del profesor Soza Azpurúa. A la dictadura le interesa un carajo la opinión mundial. Lo importante para ella era sobrepasar la votación de la oposición fuera como fuera. Desde un punto de vista dictatorial no podía hacer otra cosa. Si yo hubiera sido dictador habría hecho lo mismo.
Pero hay otra lectura que no es tan alegre. Esa lectura dice: a la dictadura le interesaba mostrar abiertamente que es fraudulenta. Solo así la oposición no se atreverá a medirse. Pues bien; ahí yace precisamente la trampa. Mediante la amenaza del fraude, Maduro intenta desmoralizar a la oposición y con ello alejarla de todos los procesos electorales, justamente los únicos en los cuales esa oposición puede ganar. O en otras palabras: mientras más visible sea el fraude, mayor será el escepticismo de la ciudadanía para participar en procesos electorales. Así el dictador gana por partida doble. Por una parte, hace elecciones y se queda con todos los votos. Por otra, desprestigia al máximo la vía electoral sin que la oposición tenga otra alternativa de lucha. Negocio redondo.
La dictadura de Maduro y su mafia es, como toda dictadura, antielectoral. Pero entre suprimir las elecciones y hacer elecciones tipo Cuba, es decir, sin oposición, prefiere, obviamente, la segunda posibilidad. El problema es que realmente lo puede lograr gracias a la ayuda que le presta una parte de la propia oposición (primer y segundo grupo).
La tarea política de la oposición -si no quiere pisar la trampa tendida por la dictadura- es ir directamente a las elecciones regionales, ocupar sus espacios y dar ahí otra batalla. Pero ir a ganarlas como fueron ganadas las del 6-D. Los del grupo dos dirán: el tiempo es otro que el del 6D. No es vc. Es la misma dictadura, es el mismo Maduro, es la misma CNE y es la misma oposición (aún más amplia todavía que durante el 2015).
La posición del grupo tres se encuentra avalada por tres razones. Una práctica, otra histórica y otra política. La lógica de la razón práctica enseña que cada vez que la oposición va a elecciones, haciéndose presente en las mesas, cotejando voto tras voto desde la primera hasta la última hora, logra resultados favorables. La lógica de la razón histórica enseña que los más grandes éxitos de la oposición han sido obtenidos en el área electoral y en ninguna otra. La lógica de la razón política enseña que nunca las movilizaciones populares han sido más intensas que cuando aparecen articuladas en torno a un objetivo electoral. Sí, electoral.
¿No fue la lucha por el revocatorio una lucha electoral? ¿No fue la lucha por las regionales, antes de que Maduro las robara, una lucha electoral? ¿Nadie se acuerda de los grandes peregrinajes de recolección de firmas a los que sometió la sádica Lucena a la ciudadanía ansiosa de votar? ¿No fue el estallido popular que comenzó en abril de 2017 una demostración de que la ciudadanía estaba dispuesta a darlo todo para defender a la AN, elegida con sus votos? ¿No surgieron las grandes protestas callejeras en defensa del sufragio universal avasallado por una constituyente que inventaron los secuaces de Maduro con el único objetivo de evitar las elecciones regionales? ¿No diseñó la oposición su línea política como democrática, pacífica, constitucional y ELECTORAL? Y después de todo eso, ahora, cuando se abren las perspectivas para inundar a Venezuela con votos antidictatoriales, los de siempre, los del grupo uno y dos, intentan echar pie atrás, pisando la trampa tendida por la dictadura.
No. Desde una perspectiva histórica no se trata de cambiar de ruta como arguyen los del grupo uno y dos. Todo lo contrario, se trata de reafirmarla. La oposición –o su gran mayoría- es constitucional porque es electoral y es electoral porque es constitucional. Quienes intentan cambiar de ruta son los que quieren cerrar la vía electoral sin ofrecer ninguna otra, pisando así la trampa que Maduro les tendió.
Seamos francos de una vez por todas. La oposición tiene solo tres alternativas: 1) La lucha armada, para lo cual no está preparada 2) Soñar con un general divino, o con una invasión de marines comandados por Trump 3) La línea electoral, la que mejor conoce, la que más preocupa a Maduro.
Hay quizás una cuarta alternativa: ir a twitter y desde ahí insultar a los parlamentarios y candidatos de la MUD y a todos los que los apoyamos. No la recomiendo.

Fuente:
http://tururutururu.com/fernando-mires-la-trampa-antielectoral-de-nicolas-maduro-agosto-04-2017/
Composición gráfica: Julio Pacheco Rivas.

sábado, 24 de diciembre de 2016

APUNTES ANÓMICOS

Venezuela anómica
Fernando Mires
07/10/2014

La horrible muerte del joven diputado del PSUV, Robert Serra, ha causado impacto. Pero todos saben en Venezuela de que no se trata de un caso de excepción sino, aunque parezca pavoroso, de perfecta normalidad.

Cientos, miles de personas son asesinadas en calles y casas venezolanas. De vez en cuando el cuchillo artero o la bala mercenaria alcanza a algunos personajes públicos. Puede ser una Miss como Mónica Spear o un político popular como Robert Serra. Entonces el país se conmueve y llora. Dura poco. La cosa sigue igual, nadie hace nada en contra, el gobierno menos, y los cadáveres continúan atestando los patios de la morgue. Al comenzar cada día, los medios dan a conocer la cantidad de asesinados como si fueran los números de la quiniela.

Todos saben que el crimen se ha apoderado de las calles y de que hay territorios controlados por maleantes, dirigidos no pocas veces desde las mismas cárceles. Y todos saben también que Venezuela es un país socialmente desarticulado y políticamente polarizado, es decir, uno que padece dos alteraciones colectivas –disociación y polarización– que si fueran individuales, bastaría para encerrar a alguien en una clínica.

Naturalmente, el concepto “sociedad” no pasa de ser en Venezuela un significante vacío; o un simple recurso retórico. Como la palabra “hampa” que de tanto ser usada ya no dice nada. “A mi sobrino lo mató el hampa” ya es casi lo mismo que decir “el pobre se murió de una pulmonía”.

Una sociedad en estado de no-sociedad es una alteración diagnosticada por la sociología clásica con el término “anomia”. El termino fue acuñado por Emile Durkheim y ha hecho exitosa carrera en los institutos de sociología. Anomia, en su acepción más general, define un estadio de desintegración entre normas y leyes con respecto a las conductas de los habitantes de una nación.

Importante es destacar que anomia no es igual a pobreza. Por cierto, la anomia encuentra condiciones óptimas para desarrollarse allí donde impera la pobreza extrema, o miseria. Sin embargo, hay naciones pobres que no son anómicas. Bolivia, por ejemplo, es un país pobre, pero el complejo tejido de unidades étnicas, y el enorme peso del sindicalismo obrero, hacen imposible hablar de una nación anómica. Venezuela, caso opuesto, está lejos de ser, aún bajo el imperio del “socialismo del siglo XXl”, una de las naciones más pobres de la región. No obstante, es la más anómica de todas.

En sentido estricto tampoco la anomia es sinónimo de alta criminalidad. La criminalidad puede llegar a ser una de las consecuencias más visibles de la anomia, pero no es su condición necesaria. Criminales hay en todos los países del mundo y como tales son designados aquellos que viven al margen de la ley. La diferencia es que en los países anómicos los criminales no viven al margen pues en ellos cumplir la ley es la excepción y su no acatamiento es la regla. El caso de Venezuela es aún más grave. Allí las leyes son órdenes que emanan desde el gobierno, es decir, la anomia ya alcanzó al, y viene desde el, gobierno. Es un caso único en América Latina.

En la Venezuela de hoy alguien puede ir preso sin haber cometido ningún delito (caso López, entre tantos). Más todavía, Venezuela debe ser uno de los pocos países del mundo en el cual sus autoridades dictaminan sentencias sin que existan investigaciones y juicios previos.

“Te voy a meter preso” era una de las frases preferidas del presidente muerto, quien, además, las cumplía. Sus herederos continúan el ejemplo. El caso del capitán Cabello es prototípico. Cuando se refiere a Capriles lo llama “el asesino Capriles” y todos sus seguidores piensan que referirse así a un gobernador elegido por alta mayoría es lo más natural del mundo. En un país no anómico, en cambio, Cabello habría sido destituido por calumnia, difamación y uso indebido de poderes.

Si hubiera que comparar la anomia con un fenómeno biológico podría decirse (aunque con cuidado) que la anomia es lo más parecido a un cáncer con complejas ramificaciones. En ese sentido Venezuela representa un caso de anomia radical. Por una parte, su condición rentista determina que gran cantidad de personas profiten bajo el alero del “Estado Mágico” (Coronil) sin crear entre sí relaciones sociales. Así, Venezuela ya no es, como son la mayoría de los países del mundo, un “estado-nación”, sino exactamente lo contrario: una “nación-estado”.

Por otra parte, la anomia venezolana –hasta la llegada de Chávez, una característica social– se ha transformado bajo el chavismo en anomia política, fenómeno nunca imaginado por Durkheim. Esa es la razón por la cual el Parlamento, la Justicia, así como los organismos estatales, incluyendo al Ejército, no adecuan su funcionamiento a la Constitución sino a decisiones de la cúpula estatal. El gobierno, bajo estas condiciones, no gobierna; solo manda. El gobierno es una simple jefatura.

Podría pensarse que la radical anomia política que vive Venezuela es resultado del avance populista producido por el chavismo. Sin embargo, si analizamos al fenómeno populista venezolano, tendríamos que concluir en que eso no es así. La razón es que el populismo es una forma de integración (Laclau) y no de desintegración política.

El populismo es una forma de la política. Una entre otras. Luego, lo que hoy comprobamos al observar el modo de funcionamiento del gobierno Maduro, no es un avance del populismo, sino su misma desintegración. Maduro es un gobernante anómico que no sigue el llamado de masas organizadas sino a una camarilla (oligarquía estatal) que actúa de acuerdo a su propia lógica. En ese sentido el Estado termina por convertirse en una mafia entre otras. El concepto “Estado mafioso” sugerido por Moisés Naím, calza perfectamente con las características del Estado venezolano a partir de la era Cabello/Maduro.

El concepto de anomia tampoco se refiere a una ausencia de democracia. Hay países no democráticos que no son anómicos. La integración social destinada a conformar una sociedad políticamente constituida es solo una posibilidad. Dictaduras militares, teocracias, e incluso sistemas tribales, pueden fungir también como formas de organización anti-anómicas. No es el caso del régimen de Maduro.

Cierto es que la ausencia de integración social y política ha sido intentada superar por Maduro con la instauración de un culto idolátrico a Chávez, pero ese objetivo interpela, cuando más,  a los sectores más duros del chavismo, no a toda la nación.

Por último debe ser dicho que la anomia se refiere a un fenómeno de desintegración nacional, pero no a la de grupos particulares. Los colectivos armados, los para-militares y los grupos clientelísticos que rodean al gobierno de Maduro, se encuentran muy bien organizados en sus interiores. Cada uno posee sus normas, sus códigos y sus relaciones de lealtad. Para decirlo de modo simple, en el mundo de la anomia cada organización trabaja por su lado, sin atender a la totalidad. Que entre estos diferentes grupos hay rivalidades e incluso ajustes de cuentas, es una verdad inapelable.

Así como ocurre con los trastornos individuales en los cuales la desintegración del alma se expresa de modo sintáctico (pérdida de la relación entre significantes y significados vigentes), en el caso de la anomia también tiene lugar una pérdida de la relación entre las palabras y las cosas. Las frases, medios de la política, pierden coherencia; cualquiera afirmación puede ser verdadera o falsa; nadie puede confiar en lo que se dice. El ejemplo viene de arriba.

Sin seguir el lema “gobernar es educar”, lo cierto es que los personajes públicos, sobre todo los políticos, son un ejemplo para sus seguidores. De este modo, si un presidente miente e insulta sin continencia, su ejemplo tendrá imitadores. Como suele suceder, al ser insultados, algunos opositores responderán con la misma moneda. Llegará así el momento en que el clima estará tan enrarecido que la práctica política se convertirá en algo imposible. Eso es lo que busca, y con insistencia, el régimen de Maduro.

La política es antes que nada su discurso. Sin discurso político no hay política. El chavismo, pero sobre todo el post-chavismo, ha terminado por destruir a la gramática de la política.

Sin política, la sociedad no puede constituirse políticamente. Allí donde no hay política solo impera la violencia; allí donde hay violencia solo triunfa la muerte. Quién sabe si la muerte del joven Serra es el triunfo de la anti-política, es decir, de la anomia política impulsada por el propio gobierno militar. Solo si partimos desde esa premisa podemos entender la brutal agresión llevada a cabo por Maduro en contra de la persona de Jesús ‘Chuo’ Torrealba.

Torrealba es uno de los políticos más correctos y queridos de Venezuela. Pero Maduro, sin mediar ofensa alguna, más todavía, inmediatamente después de que el representante de la MUD hubiera extendido sus condolencias al PSUV por la muerte de Serra, lo insultó con el epíteto de “basura”. Así no mas. Como si nada.

Fue en ese momento cuando ‘Chuo’ Torrealba mostró toda su clase política. Podría haber calificado de cobarde a Maduro pues este lo insultó guarecido detrás de sus esbirros, no cara a cara como hacen los hombres de verdad. Muchos esperaban esa reacción. Pero Torrealba no contestó con otra agresión. Por el contrario: intentó entender, casi de un modo psicoanalítico, la indigna ofensa de quien ejerce el cargo presidencial. Dejó en claro, además, que Maduro está desesperado, muerto de miedo. Que mientras el país se hunde en una crisis económica sin parangón, el mandatario busca destruir la política con sus palabras de odio persiguiendo el objetivo de reemplazarla por una confrontación violenta, es decir, por la anomia total. Maduro es definitivamente una víctima de sí mismo. O de su propia anomia. O quizás de Cabello, digno sucesor, no de Hugo Chávez sino de Mario Silva, el injurioso de La Hojilla, el predicador de la anomia final.

La verdad, mirando desde lejos el panorama venezolano, uno termina por llegar a la conclusión de que derrotar políticamente al gobierno de Maduro será una tarea fácil comparada con la inmensa tarea que significará devolver al país el don del habla, el discurso político, el imperio de la ley y la práctica diaria de la decencia cívica.

Nota: Sobre el concepto de anomia ver:
Durkheim, Emile, La división del trabajo social, Ediciones Akal, Madrid 1987.
Durkheim, Emile, El Suicidio, Ediciones Akal, Madrid 1989.

Fuente:
http://prodavinci.com/blogs/venezuela-anomica-por-fernando-mires/

Anomia social bolivariana
Jorge Giordani
02/06/2016 

La sociedad venezolana, con una ciudadanía desconcertada ante la ausencia de un gobierno que no escucha, encerrado en sí mismo, sin dirección alguna, ha entrado en estos últimos años, particularmente luego de la siembra definitiva del Comandante Chávez, el 5 de marzo de 2013, en un estado de anomia, esto es, de forma más clara, en ¨un conjunto de situaciones que derivan de la carencia de normas sociales y su degradación¨.

Los graves problemas que aquejan a la población en general, conocidos y sentidos en la cotidianidad consumidora de energía, tiempo, disposición, han terminado en una angustia existencial por la consecución de alimentos y medicinas de primera necesidad, para no mencionar siquiera el riesgo de su propia vida en las condiciones de inseguridad a la que hemos llegado en Venezuela.

Múltiples causas originan este complicado problema. A nuestro aviso, la primera y determinante es la crisis de hegemonía que no le permite al gobierno convencer a sus aliados políticos y sociales de sus actuaciones, por demás erráticas, inconsistentes e insuficientes para superar los problemas que cada día que pasa se agravan más, máxime después del desastre electoral del 6 de diciembre del 2015. Y tampoco, poner en su debido lugar a una oposición cada vez más agresiva, desestabilizadora, que calificamos sin ambigüedad de fascista, y, además, apoyada por los intereses extranjeros de sus aliados en USA y en Europa, quienes pretenden intervenir cínicamente en el país como si este fuera su ¨patio trasero¨,  de acuerdo a sus intereses conservadores y reaccionarios, buscando desde el exterior aislar a Venezuela cueste lo que cueste.

Desde hace ya tiempo, primero ante el Presidente Chávez y, luego, desde el inicio de la presidencia de Nicolás Maduro, después de su triunfo electoral en abril de 2013, hemos venido repitiendo hasta la saciedad en escritos y en declaraciones la necesidad de ¨Asumir la crisis¨ con toda responsabilidad y atención, como cuando nos tocó hacerlo junto con el Comandante Chávez a raíz de lo ocurrido en el año 2008, cuando los precios de los hidrocarburos bajaron de unos 140 dólares el barril a mitad de ese año a menos de 40 a finales del mismo año.[1]

A dos años de nuestra salida del gobierno bolivariano continuamos lo que ha sido nuestra conducta de vida en pro de una sociedad socialista, desde nuestros tiempos de estudiante en la Universidad Central de Venezuela frente a la dictadura militar de Pérez Jiménez, y, luego, durante las cuatro décadas de los gobiernos de Acción Democrática y COPEI. Ha sido una trayectoria permanente, a través de la cual nos encontramos siempre decididos a seguir enfrentando a los adversarios de este proceso, como lo decíamos en un artículo anterior titulado ¨Son los mismos o peores¨ publicado en Aporrea el 14 de abril de este año 2016, en http://www.aporrea.org/actualidad/a226244.html.

Allí se afirmaba lo siguiente, que ahora ratificamos plenamente:

¨Igualmente es importante señalar en esta coyuntura, que asumiendo de manera firme e irrenunciable nuestra posición crítica por la depuración, el perfeccionamiento y fortalecimiento del proceso revolucionario, en ningún momento y bajo ninguna circunstancia nos prestaremos a ninguna componenda, maniobra, atajo, alianzas indirectas o en la sombra contra el actual gobierno legítimo y el desarrollo del proceso de transformación política y social en el marco de la legalidad democrática de derecho y de justicia que establece la Constitución Bolivariana¨.

Gobierno bolivariano que debe asumir la crisis, como igualmente lo decíamos en otro artículo del 14 de mayo de este mismo año, en Aporrea, http://www.aporrea.org/ideologia/a227804.html.

Con el agravamiento de la crisis de hegemonía y la ausencia de una direccionalidad adecuada para enfrentarla por parte del propio gobierno bolivariano, y de las organizaciones políticas y sociales que siguen apoyando el proceso revolucionario bolivariano, dicha anomia será cada vez más profunda y dolorosa. Es hora de reaccionar prontamente y defender lo avanzado, radicalizando el proceso y hablándole claro al país, antes de que sea demasiado tarde. Esto se está convirtiendo ya en un clamor popular con cada vez más voces que requieren y solicitan una modificación tanto en la conducta del gobierno como de parte de sus alianzas a nivel del pueblo y de su Fuerza Armada Nacional Bolivariana. Es necesario actuar antes de que la situación se haga más dramática e irreversible.

[1] Jorge A. Giordani C. Encuentros y desencuentros en una construcción bolivariana. (Caracas. Vadell Hermanos Editores. 2014).

Fuente:
https://www.aporrea.org/tiburon/a228885.html
Fotografías:
Audífonos en forma de bala: http://thecitylovesyou.com/urban/audifonos-bala
Casquillos de bala en forma de cruz: https://www.etsy.com/listing/130711031/bullet-casing-cross-pendant-necklace 

miércoles, 13 de enero de 2016

UNA NOTA ENTUSIASTA

EL NACIONAL, de enero de 2017. Papel Literario.
¿Por qué es tan buena la novela de Alberto Barrera Tyszka, Patria o Muerte?
Pablo Antillano 

Porque desde la primera hasta la última frase nos mantiene interesados, curiosos y preocupados por lo que viene. Destreza que revela un oficio bien cultivado, estudiado y bien entrenado en las artes del suspenso. Pero entrenada especialmente en los secretos de las palabras y en la sintonía con los acordes que resuenan en el corazón de los lectores.
Porque asombra su habilidad para crear un espacio poderosamente literario, que asociamos inevitablemente al Sanatorio Internacional Berghof de La Montaña Mágica, o al Dublín fatigosamente circular de Leopold Bloom, o al Pequod del perturbado Ahab. Se trata aquí de la alucinante “Sala de Espera” en las que unos pocos personajes, que representan 30 millones de almas, siguen con angustia los mínimos pormenores de la enfermedad y del  desenlace fatal de un líder totémico…
Porque a través de esa docena de personajes e igual número de episodios nos introduce en un paisaje de aventuras humanas que nos han sido familiares, más bien íntimas, en los últimos años en los que el chavismo ha copado todos los pliegues de la piel y todos los rincones de la casa.
Porque pocos, como él, conocen la versión televisiva de la realidad y saben develar sus misterios.  Demuestra que no otra cosa fue la que vivieron los venezolanos bajo el imperio carismático de Chávez. La realidad fue presentada en episodios insólitos como trasmisión, como sustancia “verosímil”, élan vital, gran embuste hipnótico.
Porque la interpretación de los hechos narrados en esta novela no queda solo en manos de la prudente omnisciencia del narrador. Como extraordinario periodista y observador de los hechos cotidianos permite a sus personajes brindarnos sus propias versiones: el hermano y el sobrino chavistas, la corresponsal americana, el periodista-escritor, los cubanos en sus diversas pieles, las “tierrúas” que han hecho de la ocupación una profesión. Nos provoca recordar al gran Paul Auster que habla a través de otros e incluso pone a hablar hasta al perro, Tumbuctú.
Porque les hace a los venezolanos un gran favor al colocar en clave de consecuencias personales, las grandes tropelías que cometió el imperio carismático que dominó por años la escena ciudadana. No queda nada por fuera: la división familiar, los escuálidos, las invasiones, los motorizados asesinos, los pobres, los corruptos, los jurunga muertos, los propietarios despojados, los arrendadores envilecidos, los periodistas desplazados, los matrimonios cubanos, los migrantes, pero sobre todos los vocablos estridentes, hiperbólicos, engañosos, del neo-lenguaje carismático, y de sus adoradores.
Porque sus sencillos aforismos y asertivas reflexiones acercan a los lectores a un intento de reinterpretación poética (o filosófica) de nuestra manera de entender, de la que hemos estado ausentes por siglos.
Porque no es una novela histórica, no es un ensayo político, es el cuento, absolutamente vívido, de cómo unos ciudadanos “corrientes” afrontaron las vicisitudes de una realidad prácticamente mágica, ahorcada por una suerte de demencia compartida. La asombrosa confeccionista de ojos artificiales, el periodista despedido, el oncólogo retirado y su familia, la propietaria, “las invasoras”, los funcionarios, la conserje, y especialmente unos niños cuya historia conmoverá –y hará lagrimear– al más “pecho peludo” de los lectores, son los sujetos, de terneza extrema, que habitaron –solo en silencio e indirectamente– las páginas de los periódicos y telediarios durante estos aciagos años que nos dejan una pregunta, la misma que se hacen los niños al final de todo:
–Y entonces,  ¿qué vamos a hacer? ¿A dónde vamos a ir?

Cfr. Fernando Mires: http://polisfmires.blogspot.com/2015/12/fernando-mires-la-patria-y-la-muerte.html

domingo, 12 de octubre de 2014

¿ANOMIA FINAL?

Venezuela anómica
Fernando Mires  
 
La horrible muerte del joven diputado del PSUV, Robert Serra, ha causado impacto. Pero todos saben en Venezuela de que no se trata de un caso de excepción sino, aunque parezca pavoroso, de perfecta normalidad.
Cientos, miles de personas son asesinadas en calles y casas venezolanas. De vez en cuando el cuchillo artero o la bala mercenaria alcanza a algunos personajes públicos. Puede ser una Miss como Mónica Spear o un político popular como Robert Serra. Entonces el país se conmueve y llora. Dura poco. La cosa sigue igual, nadie hace nada en contra, el gobierno menos, y los cadáveres continúan atestando los patios de la morgue. Al comenzar cada día, los medios dan a conocer la cantidad de asesinados como si fueran los números de la quiniela.
Todos saben que el crimen se ha apoderado de las calles y de que hay territorios controlados por maleantes, dirigidos no pocas veces desde las mismas cárceles. Y todos saben también que Venezuela es un país socialmente desarticulado y políticamente polarizado, es decir, uno que padece dos alteraciones colectivas –disociación y polarización– que si fueran individuales, bastaría para encerrar a alguien en una clínica.
Naturalmente, el concepto “sociedad” no pasa de ser en Venezuela un significante vacío; o un simple recurso retórico. Como la palabra “hampa” que de tanto ser usada ya no dice nada. “A mi sobrino lo mató el hampa” ya es casi lo mismo que decir “el pobre se murió de una pulmonía”.
Una sociedad en estado de no-sociedad es una alteración diagnosticada por la sociología clásica con el término “anomia”. El termino fue acuñado por Emile Durkheim y ha hecho exitosa carrera en los institutos de sociología. Anomia, en su acepción más general, define un estadio de desintegración entre normas y leyes con respecto a las conductas de los habitantes de una nación.
Importante es destacar que anomia no es igual a pobreza. Por cierto, la anomia encuentra condiciones óptimas para desarrollarse allí donde impera la pobreza extrema, o miseria. Sin embargo, hay naciones pobres que no son anómicas. Bolivia, por ejemplo, es un país pobre, pero el complejo tejido de unidades étnicas, y el enorme peso del sindicalismo obrero, hacen imposible hablar de una nación anómica. Venezuela, caso opuesto, está lejos de ser, aún bajo el imperio del “socialismo del siglo XXl”, una de las naciones más pobres de la región. No obstante, es la más anómica de todas.
En sentido estricto tampoco la anomia es sinónimo de alta criminalidad. La criminalidad puede llegar a ser una de las consecuencias más visibles de la anomia, pero no es su condición necesaria. Criminales hay en todos los países del mundo y como tales son designados aquellos que viven al margen de la ley. La diferencia es que en los países anómicos los criminales no viven al margen pues en ellos cumplir la ley es la excepción y su no acatamiento es la regla. El caso de Venezuela es aún más grave. Allí las leyes son órdenes que emanan desde el gobierno, es decir, la anomia ya alcanzó al, y viene desde el, gobierno. Es un caso único en América Latina.
En la Venezuela de hoy alguien puede ir preso sin haber cometido ningún delito (caso López, entre tantos). Más todavía, Venezuela debe ser uno de los pocos países del mundo en el cual sus autoridades dictaminan sentencias sin que existan investigaciones y juicios previos.
“Te voy a meter preso” era una de las frases preferidas del presidente muerto, quien, además, las cumplía. Sus herederos continúan el ejemplo. El caso del capitán Cabello es prototípico. Cuando se refiere a Capriles lo llama “el asesino Capriles” y todos sus seguidores piensan que referirse así a un gobernador elegido por alta mayoría es lo más natural del mundo. En un país no anómico, en cambio, Cabello habría sido destituido por calumnia, difamación y uso indebido de poderes.
Si hubiera que comparar la anomia con un fenómeno biológico podría decirse (aunque con cuidado) que la anomia es lo más parecido a un cáncer con complejas ramificaciones. En ese sentido Venezuela representa un caso de anomia radical. Por una parte, su condición rentista determina que gran cantidad de personas profiten bajo el alero del “Estado Mágico” (Coronil) sin crear entre sí relaciones sociales. Así, Venezuela ya no es, como son la mayoría de los países del mundo, un “estado-nación”, sino exactamente lo contrario: una “nación-estado”.
Por otra parte, la anomia venezolana –hasta la llegada de Chávez, una característica social– se ha transformado bajo el chavismo en anomia política, fenómeno nunca imaginado por Durkheim. Esa es la razón por la cual el Parlamento, la Justicia, así como los organismos estatales, incluyendo al Ejército, no adecuan su funcionamiento a la Constitución sino a decisiones de la cúpula estatal. El gobierno, bajo estas condiciones, no gobierna; solo manda. El gobierno es una simple jefatura.
Podría pensarse que la radical anomia política que vive Venezuela es resultado del avance populista producido por el chavismo. Sin embargo, si analizamos al fenómeno populista venezolano, tendríamos que concluir en que eso no es así. La razón es que el populismo es una forma de integración (Laclau) y no de desintegración política.
El populismo es una forma de la política. Una entre otras. Luego, lo que hoy comprobamos al observar el modo de funcionamiento del gobierno Maduro, no es un avance del populismo, sino su misma desintegración. Maduro es un gobernante anómico que no sigue el llamado de masas organizadas sino a una camarilla (oligarquía estatal) que actúa de acuerdo a su propia lógica. En ese sentido el Estado termina por convertirse en una mafia entre otras. El concepto “Estado mafioso” sugerido por Moisés Naím, calza perfectamente con las características del Estado venezolano a partir de la era Cabello/Maduro.
El concepto de anomia tampoco se refiere a una ausencia de democracia. Hay países no democráticos que no son anómicos. La integración social destinada a conformar una sociedad políticamente constituida es solo una posibilidad. Dictaduras militares, teocracias, e incluso sistemas tribales, pueden fungir también como formas de organización anti-anómicas. No es el caso del régimen de Maduro.
Cierto es que la ausencia de integración social y política ha sido intentada superar por Maduro con la instauración de un culto idolátrico a Chávez, pero ese objetivo interpela, cuando más,  a los sectores más duros del chavismo, no a toda la nación.
Por último debe ser dicho que la anomia se refiere a un fenómeno de desintegración nacional, pero no a la de grupos particulares. Los colectivos armados, los para-militares y los grupos clientelísticos que rodean al gobierno de Maduro, se encuentran muy bien organizados en sus interiores. Cada uno posee sus normas, sus códigos y sus relaciones de lealtad. Para decirlo de modo simple, en el mundo de la anomia cada organización trabaja por su lado, sin atender a la totalidad. Que entre estos diferentes grupos hay rivalidades e incluso ajustes de cuentas, es una verdad inapelable.
Así como ocurre con los trastornos individuales en los cuales la desintegración del alma se expresa de modo sintáctico (pérdida de la relación entre significantes y significados vigentes), en el caso de la anomia también tiene lugar una pérdida de la relación entre las palabras y las cosas. Las frases, medios de la política, pierden coherencia; cualquiera afirmación puede ser verdadera o falsa; nadie puede confiar en lo que se dice. El ejemplo viene de arriba.
Sin seguir el lema “gobernar es educar”, lo cierto es que los personajes públicos, sobre todo los políticos, son un ejemplo para sus seguidores. De este modo, si un presidente miente e insulta sin continencia, su ejemplo tendrá imitadores. Como suele suceder, al ser insultados, algunos opositores responderán con la misma moneda. Llegará así el momento en que el clima estará tan enrarecido que la práctica política se convertirá en algo imposible. Eso es lo que busca, y con insistencia, el régimen de Maduro.
La política es antes que nada su discurso. Sin discurso político no hay política. El chavismo, pero sobre todo el post-chavismo, ha terminado por destruir a la gramática de la política.
Sin política, la sociedad no puede constituirse políticamente. Allí donde no hay política solo impera la violencia; allí donde hay violencia solo triunfa la muerte. Quién sabe si la muerte del joven Serra es el triunfo de la anti-política, es decir, de la anomia política impulsada por el propio gobierno militar. Solo si partimos desde esa premisa podemos entender la brutal agresión llevada a cabo por Maduro en contra de la persona de Jesús ‘Chuo’ Torrealba.
Torrealba es uno de los políticos más correctos y queridos de Venezuela. Pero Maduro, sin mediar ofensa alguna, más todavía, inmediatamente después de que el representante de la MUD hubiera extendido sus condolencias al PSUV por la muerte de Serra, lo insultó con el epíteto de “basura”. Así no mas. Como si nada.
Fue en ese momento cuando ‘Chuo’ Torrealba mostró toda su clase política. Podría haber calificado de cobarde a Maduro pues este lo insultó guarecido detrás de sus esbirros, no cara a cara como hacen los hombres de verdad. Muchos esperaban esa reacción. Pero Torrealba no contestó con otra agresión. Por el contrario: intentó entender, casi de un modo psicoanalítico, la indigna ofensa de quien ejerce el cargo presidencial. Dejó en claro, además, que Maduro está desesperado, muerto de miedo. Que mientras el país se hunde en una crisis económica sin parangón, el mandatario busca destruir la política con sus palabras de odio persiguiendo el objetivo de reemplazarla por una confrontación violenta, es decir, por la anomia total. Maduro es definitivamente una víctima de sí mismo. O de su propia anomia. O quizás de Cabello, digno sucesor, no de Hugo Chávez sino de Mario Silva, el injurioso de La Hojilla, el predicador de la anomia final.
La verdad, mirando desde lejos el panorama venezolano, uno termina por llegar a la conclusión de que derrotar políticamente al gobierno de Maduro será una tarea fácil comparada con la inmensa tarea que significará devolver al país el don del habla, el discurso político, el imperio de la ley y la práctica diaria de la decencia cívica.
***
Nota: Sobre el concepto de anomia ver:
Durkheim, Emile, La división del trabajo social, Ediciones Akal, Madrid 1987
Durkheim, Emile, El Suicidio, Ediciones Akal, Madrid 1989

Fuente:

sábado, 16 de agosto de 2014

UNA OPINIÓN

La política de la división
Fernando Mires 

Las jornadas de protesta iniciadas en Venezuela el 12 de Febrero de 2014 tuvieron (por lo menos) un doble carácter. Desde un lado fueron entendidas como un llamado de un sector de la oposición, destinado a  mostrar en las calles el descontento frente a un gobierno incapaz de manejar la profunda crisis económica en la que ha sumido al país. Desde otro, una fracción opositora, la de La Salida (“Maduro vete ya”) intentó imprimir a la legítima protesta callejera una impronta frontal y maximalista sin consultar ni informar a la MUD, organización que hasta ese momento agrupaba a todos los partidos de la oposición. La Salida, en consecuencias, no solo partió dividida; además, nació dividiendo. La política del “salidismo” ha sido, hasta ahora, la política de la división.
Si agregamos que La Salida fue convocada poco tiempo después de la derrota de la oposición en las elecciones municipales, no hay que extrañarse de que hubiera sido entendida -y no solo por el chavismo- como un desconocimiento de la legitimidad electoral, es decir como un intento destinado a cambiar el curso adoptado, hasta ese momento, y de modo unánime, por la unidad opositora (incluyendo a los salidistas). En palabras directas, no pocos vieron en La Salida, y con razón, un golpe a la MUD, o como dijo en un momento de ira Capriles, “una cuchillada en mis espaldas”
Hoy conocemos los resultados. Jóvenes heridos y asesinados por el régimen. Dirigentes políticos en prisión, entre ellos, uno de los más valiosos, Leopoldo López. Desconcierto total en las filas opositoras. Rencores mal disimulados. La posibilidad de que a partir de un sostenido trabajo opositor entre los más pobres pudiese ser reestructurada la oposición en su conjunto, ha sido lamentablemente postergada.
El régimen, gracias al pretexto que otorgó La Salida, ha terminado por militarizarse por completo, creciendo en su interior las posiciones más “duras”. El gran triunfador de La Salida fue, sin duda, Diosdado Cabello.
Existen por cierto grupos que culpan a la MUD de haber traicionado a La Salida a través del fracasado diálogo con el gobierno (¿cómo se puede traicionar algo de lo cual no se forma parte?). Dicha explicación invierte los hechos. Si no hubiera aparecido La Salida, la oposición no habría tenido necesidad alguna de dialogar con Maduro. Por lo demás, el diálogo fue impuesto, tanto al gobierno como a la oposición, por una fuerte presión internacional, incluyendo la del propio Vaticano; un Papa no es poca cosa.
Si la oposición no hubiese asistido a dialogar, Maduro habría creado frente al mundo la imagen de un dialogante presidente enfrentando a una oposición que solo acepta la confrontación armada. Que el principal enemigo del diálogo dentro del gobierno hubiera sido Diosdado Cabello, es un hecho que habla por sí solo. De tal modo, si Maduro fue “desenmascarado” frente a la opinión internacional, no lo fue por la Salida –que en el momento del diálogo vivía su fase terminal, o guarimbera- sino por las palabras acusatorias que tuvo que escuchar en el llamado diálogo. Dichas palabras recorrieron el mundo.
Error sobre error. Después de la derrota de La Salida, una fracción de quienes la propiciaron hizo un llamado a formar una Asamblea Constituyente, como si ya hubiera derrotado al régimen y tuviera detrás de sí a la absoluta mayoría del pueblo y más aún, a todo el ejército. Pero además, llamaron  a derogar a la Constitución vigente, a esa misma por la cual la oposición unida se había batido en un triunfante plebiscito, hasta ahora, la derrota más grande propinada por la oposición al chavismo.
La práctica consecuente de la política de la división no tardaría en apoderarse de los propios convocadores. Llegó un momento en el cual, en un ejemplo de absoluto desorden e incapaces de diseñar algo parecido a un objetivo común, cada uno ofrecía al “pueblo” un objetivo diferente. Así, mientras unos llamaban a una asamblea constituyente, otra llamaba a un exótico congreso ciudadano (algo así como una junta de notables del siglo XlX) y el otro llamaba a una encerrona de la MUD consigo misma.
Ahora bien, todo esto tendría una explicación coherente si entre los tres convocadores y la MUD, y entre los tres entre sí, hubiese grandes diferencias programáticas. Pero, evidentemente, no las hay. Y si nos las hay, no queda otra alternativa sino pensar que lo que los une, y al mismo tiempo separa, son solo mezquinas luchas por el liderazgo. Si eso es así, alguna vez tendrán que convencerse de que el liderazgo no lo puede ejercer ninguno por sí solo, por muchas que sean las cualidades personales. Eso quiere decir, o hay liderazgo compartido en el marco de una oposición unida en sus diferencias, o no habrá liderazgo.
Henrique Capriles, quien ha sido atacado por los plumarios del divisionismo de una forma aún más brutal que por el chavismo, ha optado por retirarse al terreno donde mejor se mueve: entre los sectores más pobres, lejos de las disputas de dirigentes sin dirigidos y de fracciones conspirando en los grandes hoteles de Caracas. La prensa diaria, sobre todo la digital, lo muestra preocupado por la escasez que azota a cada hogar, distribuyendo títulos de viviendas, materiales de construcción, rodeado de amas de casa mirandinas a las que les interesa un carajo una asamblea constituyente o un congreso de ciudadanos y mucho menos las frases huecas de oradores rimbombantes que solo hablan para que los escuche la historia.
Hace bien Capriles. Quizás a través de su intensa práctica social ya ha aprendido que la siembra comienza no con la cosecha sino con el arado. La suya es una lucha que si bien requiere de la MUD, trasciende a la MUD. Por lo menos ya sabe que si alguien no es capaz de conquistar el apoyo de los que ayer creyeron en las promesas del chavismo, esto es, si no se ensucia en los caminos, pueblos y cerros, nunca va a haber un cambio importante en su país.
El tiempo trabaja a su favor. Cada día las elecciones parlamentarias estarán más cerca. Llegará el momento en el que no pocos tendrán que decidir si continúan realizando actos políticos de gala, escuchándose y aplaudiéndose entre sí, o se suman al trabajo gris de una campaña electoral donde cada candidato será un líder local en contra de un régimen política, social y económicamente destructivo.
Capriles, por lo visto, ya comenzó la campaña parlamentaria por su cuenta. De  algún modo parece haber intuido que no vale la pena sacrificar nada por una unidad sin objetivos. Y si es necesario romper con algunos de los que ayer lo acompañaron, deberá hacerlo.
Al fin, en la política, a diferencias de lo que ocurre en la vida íntima, no existen los matrimonios por amor.         

Fuente:
http://polisfmires.blogspot.com/2014/08/fernando-mires-la-politica-de-la.html

sábado, 26 de abril de 2014

POPULISMO

Ernesto Laclau, ¿el último teórico?
Fernando Mires

“Toda teoría es gris, querido amigo, y verde es el dorado árbol de la vida”
(Johann Wolfgang von Goethe)


Ernesto Laclau fue uno de los más importante teóricos políticos de la llamada post- modernidad.
Laclau fue un teórico como por ejemplo Habermas lo es, con la diferencia de que mientras este último fue un adaptador de la teoría política marxista al llamado periodo post-industrial, Laclau, ya desde la publicación de su clásico Hegemonía y Estrategia Socialista (escrito junto a Chantal Mouffe) desmontó, aunque él no lo hubiera querido, supuestos básicos de la teoría política marxista.
Estirando el hilo gramsciano y su concepto de hegemonía, cruzándolo con el psicoanálisis lacaniano y recursando nociones de pensadores “malditos” como Carl Schmitt, contradijo Laclau la idea de la masa informe (Marx), de la masa- magma (Canetti), de la masa hipnotizada (Freud), de la masa inculta (Ortega y Gasset), de la masa anómica (Durkheim). A esa masa confirió Laclau la identidad de actor, es decir la de masa-pueblo: objeto y sujeto a la vez, un pueblo y no una clase que no solo sigue al líder; además, construye al líder.
El pueblo según Laclau es pueblo en la medida que articula sus diferencias expresadas en distintas demandas en torno a símbolos que al serlo tales no pueden sino ser opacos como todas las representaciones políticas lo son.
El fenómeno Laclau significó un escándalo al interior de la escolástica marxista. Revisionista, neoliberal, reformista y otros epítetos, fueron disparados en su contra. No era para menos: Laclau había construido un sistema post-marxista de interpretación, pero sin lucha de clases, sin proletariado, sin base y superestructura, sin modos de producción, sin teoría del valor y sin fetichismo de la mercancía: un marxismo en fin, populista: un marxismo sin Marx.
Solo en un punto Laclau no rompió con el marxismo tradicional, y este fue el de su desprecio por el tema de las libertades políticas. Al igual que los marxistas ortodoxos siguió hasta el final pensando que la democracia era un fenómeno deducido de las luchas sociales a las que él llamaba, nunca explicó el porqué, democráticas. Fue esa una razón por la cual, al igual que Habermas, Laclau jamás pudo entender el sentido libertario de las revoluciones democráticas del Este europeo. Así se explica también por qué, del mismo modo que los marxistas más tradicionales, Laclau no hizo el menor esfuerzo para entender las ideas de Hannah Arendt para quien las luchas sociales desprovistas de la búsqueda por más libertad desembocaban en terribles dictaduras.
Ernesto Laclau, reitero, fue antes que nada un teórico. Si se quiere, un gran teórico. Pero ahí justamente comienzan los problemas. Pues al ser teórico tenía, como muchos teóricos, dificultades para pensar más allá de su teoría. En ese sentido, pese a que adscribía a Lacan, Laclau no lo siguió hasta el final. Mientras que Laclau pensaba a través de su propia teoría, Lacan fue un anti-teórico radical. Lacan, en efecto, pensaba que la realidad se inicia allí donde termina toda teoría, en ese “más allá” (teológico y filosófico a la vez) donde comienza a abrirse “lo real” (lo impensable, lo indecible, lo no teorizable). A ese Lacan no llegó Laclau.
No se trata por supuesto de adoptar gestos nihilistas y negar el valor o la utilidad del pensamiento teórico. Solamente quisiera subrayar el hecho de que ninguna teoría puede dar cuenta total de la realidad que intenta cubrir. Siempre hay “algo” que se escapa, y si pensamos con Lacan, ese “algo” es lo verdaderamente importante. En ese sentido cabe hacer la diferencia entre tres nociones que a veces se confunden entre sí: la ideología, la teoría y el pensamiento crítico.
Una ideología es un programa de pensamiento formado por ideas petrificadas. De tal modo quien cree pensar de modo ideológico, no piensa, más bien es pensado por su ideología. En una ideología se cree o no se cree, nunca se piensa. Una teoría en cambio, es un conjunto de ideas y principios destinados a explicar un determinado espacio de realidad. El pensamiento crítico, por último, si bien recurre a supuestos teóricos, los utiliza solo de modo parcial y limitado al objeto analizado.
La diferencia entre un teórico y un pensador crítico reside en que mientras el teórico cree que es imposible pensar sin una teoría, el pensador crítico piensa que es imposible pensar solo a través de una teoría. Para el pensador crítico las teorías son utilizables, pero también, como ocurre con los pañuelos de papel, desechables. Y bien, Laclau era un pensador teórico. No tan fanáticamente teórico como un Luhmann, para nombrar un caso extremo, pero teórico al fin.
Gran parte de su vida intelectual la pasó Laclau tratando de defender su teoría con respecto a cuestionamientos que provenían de la vida extra-teórica. Así se entiende por qué en las últimas entrevistas Laclau se vio obligado a contradecirse. Por ejemplo, mientras en su libro La Razón Populista había afirmado que populismo era no solo una forma de la política, sino la política propiamente tal, en sus últimas entrevistas afirma que no toda política es populista. Para salir del paso inventó una dicotomía (de origen schmittiano, aunque sin citar a Schmitt) entre populismo e institucionalismo, entendiendo por lo último una política puramente administrativa. Pero luego advirtió que la contradicción no existía pues ha habido regímenes populistas extremadamente institucionalistas, y viceversa (el caso del populismo nazi, entre otros).
Más tarde, quizás a la luz de acontecimientos ocurridos en América Latina, entendió Laclau al fin que no todas las demandas populistas eran democráticas y comenzó de repente a hablar de populismos autoritarios y populismos democráticos. En el primer caso ubicó al populismo de Mugabe en Zimbabue. Por alguna razón no nombró a Chávez pese a que el suyo era un populismo típicamente autoritario (y militar).
Muerto Chávez, continuó Laclau refiriéndose al populismo de Mugabe como a un “populismo degenerado”. Pero donde Laclau decía Mugabe se podía leer Maduro sin ninguna dificultad. ¿Por qué no lo dijo de modo explícito? ¿O no quería Laclau contradecir la posición del gobierno argentino del cual él –no es un secreto para nadie– había llegado a ser un “intelectual orgánico”? Si fue así, nos topamos aquí con un tema que trasciende a Laclau y sobre el cual ya se han escrito libros: el tema del compromiso político del intelectual.
Laclau al prestar servicios intelectuales a un gobierno ejercía su derecho ciudadano. Ha habido incluso sacerdotes que han asumido tareas de gobierno y es lógico y normal que así sea. Pero la mayoría ha cuidado precisar que cuando emiten opiniones de gobierno, no hablan en nombre de Dios. Algo parecido debería ocurrir con la misión intelectual. Si se da el caso de la adhesión orgánica de un intelectual a un determinado gobierno, el intelectual se encuentra obligado a precisar si las opiniones emitidas son las del gobierno que representa o las de sus teorías. García Linera, para poner otro ejemplo de “intelectual orgánico”, cuando habla o escribe sabemos que lo hace en nombre de la vicepresidencia de Bolivia. Todos los elementos teóricos que utiliza los pone al servicio de su gobierno y él no lo niega ni lo oculta. En el último Laclau en cambio, nunca estuvo muy claro si sus opiniones eran deducibles de su teoría o de la posición internacional del gobierno argentino.
De acuerdo a la propia teoría de Laclau, Chávez-Maduro deben ser ubicados sin ningún problema dentro de la categoría “populismo autoritario”, al lado del muy lejano Mugabe con el cual el gobierno argentino no tiene ningún vínculo.
Como sea, la teoría de Laclau solo tiene validez para el momento de ascenso del fenómeno populista. Para explicar los momentos de declive del populismo, Laclau no nos sirve mucho. Pero Laclau nunca reconoció los límites de su teoría. Quizás habría tenido que romper consigo mismo. Pero ¿qué es definitivamente pensar sino romper cada cierto tiempo consigo? Esa es la razón por la cual Kant siempre decía: “pensar es peligroso”.
Mi impresión es que ya durante los últimos momentos de su vida, los fundamentos de la teoría de Laclau sobre “la razón populista” estaban desconectados entre sí, es decir, la teoría como tal ya no existía; y si existía, estaba tan llena de parches que más valía no presentarla en público. La sombra de “el árbol de la vida” (Goethe) había arruinado a otra teoría. Pero hay ruinas y ruinas. Si una casa se derrumba, puede dejar solo polvo. Pero también existe la posibilidad de que haya algo que rescatar. Y bien, pienso que de la casa de Laclau hay mucho que rescatar. No a la teoría, pero sí, una buena cantidad de ideas con gran valor político.
Algunos ejemplos: En contra del pueblo étnico de los nacionalistas, Laclau redescubrió al pueblo-político. El populismo, hasta antes de Laclau solo un insulto, fue convertido por él en un concepto neutro, teóricamente operacional. Sus premisas relativas a las cadenas de equivalencias conformadas a través de símbolos representativos son fundamentales para cualquier análisis de los movimientos sociales. Su análisis de los significantes vacíos que mientras más vacíos más significan, es sencillamente brillante. Y no por último, el desmontaje radical de diversas categorías marxistas ya mencionado. Creo que nadie ha hecho más daño al marxismo ortodoxo que Ernesto Laclau. Lo digo en serio.
Conversar con Laclau era una experiencia interesante. Fuera de las barricadas, las tres o cuatro veces que dialogamos fueron, al menos para mí, muy productivas. Tenía Laclau un don difícil de encontrar entre los intelectuales: Sabía escuchar. Y, además, sabía preguntar. Preguntaba mucho, pero no para torpedear sino para entender lo que uno planteaba. Y cuando se sentía muy cuestionado, decía con su acento porteño algo suavizado: “Sabés, lo que vos decís voy a tener que pensarlo”.
No lo digo porque ha muerto, pero de verdad, pienso que el pensamiento político es más pobre sin Ernesto Laclau.

http://prodavinci.com/blogs/ernesto-laclau-el-ultimo-teorico-por-fernando-mires/

Entrevista a Ernesto Laclau [1935-2014]
“Todo populismo es un momento de ruptura”
Boris Muñoz

En el año 2009, el periodista venezolano Boris Muñoz entrevistó a Ernesto Laclau, fallecido el 13 de abril de 2014. Argentino radicado en Londres desde finales de los años sesenta, Laclau es una referencia internacional en lo concerniente al populismo como tema filosófico y político. En sus últimos años se le consideró como el pensador que inspiró el kirchnerismo. Acá publicamos la entrevista que Muñoz le hizo a Laclau donde hablan de Robert Mugabe, Fidel Castro y Hugo Chávez, justo en el año en que el expresidente Néstor Kirchner ganó una curul en la Cámara de Diputados por la provincia de Buenos Aires y fue electo presidente del Partido Justicialista, todo durante la primera presidencia de su esposa Cristina Fernández de Kirchner.
Boris Muñoz 

“No he encontrado ningún caso histórico en que la reconstitución de la identidad nacional
ocurra sin la figura de un líder”
Ernesto Laclau


Quizás el nombre de Ernesto Laclau no tenga una recordación instantánea como el de Noam Chomsky, pero sus credenciales lo presentan como uno de los más importantes teóricos políticos del presente. De hecho, su firma aparece con frecuencia vinculada a pensadores radicales (en el mejor sentido de la palabra) como la estadounidense Judith Butler y el esloveno Salvoj Zizek, quienes desde una perspectiva de izquierda llevan adelante una aguda crítica de la cultura contemporánea. Aunque cuando estuvo en Caracas Laclau prefirió no opinar sobre Venezuela, es innegable que forma parte de un pequeño pero influyente círculo de intelectuales internacionales que promueven la revolución bolivariana más allá de sus evidentes contradicciones.
Usted afirma que nadie asocia hoy el socialismo con la colectivización de los medios de producción, como planteó el marxismo clásico. ¿Qué es el socialismo hoy?
Actualmente, para definir el socialismo hay que entender necesariamente que la economía va a ser mixta en su carácter, pero también que va a tener una regulación estatal mucho más alta que la que se dio en las experiencias neoliberales. Todo el mundo se da cuenta de que ni el mercado como mecanismo regulador ni una burocracia estatal completa, como la de los regímenes de Europa del Este, son formas viables de organizar la economía. Lo que distingue al socialismo actual del socialismo del pasado es que en el pasado se creía que la socialización de los medios de producción y la regulación estatal iban a superar a los mecanismos de mercado. Hoy estamos más allá de eso.
Sin embargo, esta idea deja planteado el debate socialismo versus capitalismo. ¿Es posible convivencia de los dos sistemas?
No creo que ésa sea la forma de plantear el problema. El mercado internacional va a tener que avanzar hacia formas más amplias de globalización. Es necesario reformar las instituciones económicas internacionales y, también en la esfera internacional, la regulación de instancias estatales tendrá que incidir sobre las normas de acuerdos comerciales. Eso a cambio de no dejar sueltas a las fuerzas salvajes del mercado para que produzcan efectos dislocatorios, pues el capitalismo globalizado crea todo tipo de desajustes: ecológicos, económicos, sobre el empleo. Todo esto debe entrar en un proceso de regulaciones De modo que no se trata de que el mercado mundial vaya a ser capitalista y la economía interna vaya a ser planificada. Un elemento de mercado y otro de planificación.
Aunque suene muy tentadora esta compaginación, ¿es realmente posible dentro de una dinámica económica guiada por actores hegemónicos a quienes les interesa el juego salvaje? No sólo Estados Unidos, también China, India, la Unión Europea…
Lo que es posible es que ciertos elementos de regulación se establezcan a escala global, pero estoy de acuerdo en que es un proceso largo. Más bien se trata de un horizonte hacia donde debemos apuntar antes que esperar efectos inmediatos. En el caso latinoamericano, la redefinición de los acuerdos con el Fondo Monetario Internacional que han hecho Brasil, Argentina, Uruguay y Venezuela. Hoy los lazos con los organismos son más flojos y la capacidad de intervención del FMI se encuentra limitada.
Habría que añadir la recuperación de la soberanía nacional de estos pases. ¿Cuál es el papel de la soberanía en las nuevas dinámicas?
Hay que hacer distinciones. No se trata ya de las soberanías del Estado-Nación, sino de soberanías regionales. Iniciativas como el MERCOSUR expresan un punto de vista regional que el Estado-Nación no puede abarcar.
¿Cuáles son los nuevos términos? En América Latina vemos que, además de la demanda de cambios e inclusión, hay una desorganización social tremenda producto de la informalización económica y la marginación social.
Lo que se da en la escena latinoamericana es una sociedad civil con muy poca capacidad de autorregulación. O sea, que el momento de articulación política pasa a ser mucho más importante. En los últimos años ha habido en Argentina una organización social muy grande y de carácter horizontal como consecuencia de la crisis económica del menemismo. Sin embargo, esta movilización de tipo horizontal no ha producido efectos directos en el sistema político porque no era una movilización política. El lema de ellos era “Que se vayan todos”.
Bueno, ésa es una declaración política contra el statu quo.
Eliminar totalmente a la clase política es un arma de doble filo, porque siempre se va a quedar alguno. Y, sin la participación popular para determinar quién va a ser ese uno, pueden terminar dándole poder a alguien indeseable. En cambio, cuando se votaron las elecciones del 2003, el dilema se resolvió dentro de la partidocracia más tradicional. La cosa salió bien porque quien terminó elegido fue Néstor Kirchner, quien tiene como uno de los ejes de su proyecto político tratar de crear una integración entre la movilización horizontal y los canales verticales del sistema político. Si eso se produce, el resultado será una transformación democrática en la Argentina. Hay toda una generación política que está desapareciendo y hay actores nuevos y cuadros nuevos. Un futuro democrático, desde esta perspectiva, depende de esa ampliación de la esfera pública. Hay democracia siempre que actores que habían sido excluidos de la esfera pública comienzan a ser actores reales.
¿Cómo se produce esa articulación entre la participación horizontal y las instituciones políticas constituidas que son verticales?
Siempre va a existir una tensión, pero lo importante es que ésta no cristalice en ninguno de los dos polos. Una protesta social que no produce efectos en el sistema político se condena a la esterilidad y un sistema político que absorbe totalmente la protesta social sin darle autonomía genera burocratización. Ninguno de estos dos extremos son buenos.
Podría haber otro problema derivado: que el proceso de inclusión genere segregación, como ocurre en Venezuela.
No sé mucho de la situación de Venezuela de modo que no puedo contestar.
Pero como problema teórico está planteado.
Sin duda. Pero la política equivale a caminar entre precipicios: puede ladearse a un costado o al otro. ¿Qué pasa en otras áreas del mundo? Si piensas en un régimen como el de Zimbabwe, verás que Robert Mugabe, quien fue un líder populista y demócrata al comienzo, degeneró hacia un burocratismo que ya no refleja para nada las demandas iniciales de esa sociedad. Pero también puedes encontrar un líder como Julius Nyerere, en Tanzania, quien siempre pudo mantener un equilibrio entre el momento populista y la participación democrática. Insisto en que no hay ninguna ley histórica que implique que todo populismo tiene que degenerar en burocratismo.
¿Cuál es la posibilidad más estimulante?
Que entre el momento populista y el momento institucionalista se logre cierto equilibrio. Yo he hablado de una lógica de la equivalencia y una lógica de la diferencia. En la primera, las demandas sociales son absorbidas individualmente por un sistema político de partidos. El populismo divide a la sociedad en dos campos: el pueblo y la oligarquía o el Estado, al que siempre hay que construir como enemigo. Un populismo puro que destruye el momento institucional tiene todas las posibilidades de terminar en burocratismo. Pero un institucionalismo que elimina la participación política también lleva a la esclerosis del sistema. Muchos de los sistemas políticos latinoamericanos han sido destruidos no por el populismo, sino por procesos mucho más terribles como las grandes dictaduras militares, por un lado, o por el neoliberalismo, por el otro. Como resultado, la reconstrucción de los sistemas políticos va requerir en América Latina de una fuerte dimensión populista, por el hecho mismo que el antiguo institucionalismo está en crisis.
Hemos convertido al neoliberalismo en un gran otro (o un gran ogro) para justificar la instauración de una nueva hegemonía política, social y económica que tampoco funciona.
Hay que preguntarse si ese gran ogro es apenas una ficción, un chivo expiatorio o si, en realidad, es una amenaza al desenvolvimiento de la soberanía: un real gran otro.
Es inquietante y terrible que se deposite en el neoliberalismo toda la culpa de los fracasos latinoamericanos.
Bueno, hay una serie de fenómenos concomitantes y con eso estoy de acuerdo.
Usted ha dicho que el momento del populismo en nuestras sociedades latinoamericanas no puede prescindir de la figura del líder y que el avance de las reformas está atado al líder. Así que sin la articulación caudillo-pueblo el cambio social se frustra.
Una vez que se dan una serie de demandas insatisfechas, éstas deben cristalizar simbólicamente alrededor de un dirigente. ¿Por qué el líder? Mientras más institucionalizada se encuentre una sociedad la gente vive más inmanentemente dentro de un aparato impersonal. Pero mientras la gente se encuentre con las raíces sociales a la intemperie, más necesitará de una forma de identificación exterior a su experiencia cotidiana a través de la cual reconstituir un sentido de la propia identidad. Y en ese punto la figura del líder es central. Tenemos el caso de la crisis de la IV República en Francia. Allí hubo un proceso rápido de desinstitucionalización: el sistema parlamentario de partidos no funcionaba, la guerra de Argelia estaba en un punto álgido y había otros factores que demandaban un cambio radical. Sin la figura de De Gaulle ese cambio no se hubiese dado. No he encontrado ningún caso histórico en que esta reconstitución de la identidad nacional ocurra sin la personalidad ni la figura de un líder.
Es decir, que sin esta personalidad que arrastre y cree la cohesión entre la masa o el pueblo y un proyecto político encarnado en esta figura la sociedad no avanza.
Si nos remontamos a los orígenes del peronismo, al principio aparece la figura del descamisado, que tiene su equivalente en la Revolución Francesa. Es el desarraigado y excluido por el sistema. Esto era central en la identificación popular con su contrapartida, que era la figura de Perón. A medida que avanzaba la construcción de un nuevo Estado, el descamisado prácticamente desaparece del lenguaje político peronista y se pasa a una nueva imagen: la comunidad organizada. Es decir, la institucionalización pasa a ser más importante. Cualquier proceso de cambio lleva a esa centralidad del líder en el primer momento y luego, si el proceso es exitoso, a una institucionalización creciente de un nuevo Estado.
¿En qué momento deja el líder de ser relevante? Es algo que debería darse lógicamente a partir del éxito de la comunidad organizada.
Lo fundamental es que el populismo no es una ideología sino una forma de constitución de la política. Y eso puede darse en los discursos ideológicos más diversos. Si se da en un caso de institucionalización, pensemos en el caso de Turquía y Mustafa Kemal Ataturk. Es un caso de institucionalización relativamente exitoso. Al principio la figura material de Ataturk era central, pero después se fue desplazando hasta convertirse en un símbolo, una especie de dios ausente. Por otro lado, sus sucesores han creado una sociedad que es completamente distinta. Su figura no ha desaparecido, pero no tiene poder material porque no hay herederos, aunque Attatuk permanece como símbolo de la nación.
¿Hasta que punto el líder puede transformarse en un obstáculo para la institucionalización de la comunidad organizada?
Es una posibilidad que el líder de un proceso se convierta en un factor contraproducente, pero no es una fatalidad.
Históricamente hay muchos ejemplos de lo primero y pocos de lo segundo. Mugabe, por mencionar sólo uno.
También hay muchos otros cuyo resultado ha sido diferente. Perón tenía una clara conciencia de la situación a mediados de los años sesenta, pero todos los factores políticos organizados, fueran de izquierda o de derecha, pedían su regreso. Recuerdo que escribió una carta a una organización de izquierda a la que yo pertenecía en la cual decía, adaptándose al lenguaje que esta organización podía absorber, que las revoluciones pasaban por tres etapas. La primera es la preparación ideológica, es decir: Lenin. La segunda etapa es la toma del poder, es decir: Trotsky. Y la tercera es la institucionalización de la revolución, es decir: Stalin. Y añadía que la revolución peronista, para ser exitosa, tenía que pasar de la segunda a la tercera etapa. En otras palabras, Perón advertía en el horizonte los peligros de una pura movilización salvaje, pero no se daba cuenta que para institucionalizar algo él tenía que estar en el poder.
Como usted señala, al no ser el populismo una ideología, puede convocar todas estas facciones diferentes, sin que esto provoque una cohesión más allá del líder.
Cada facción tenía una imagen del líder que era contradictoria con las otras. No era un personalismo de poder el que soportaba las dificultades, sino un Perón imaginario que cada facción creía posible. Cuando el Perón real llega al poder encuentra que no puede controlar esas imágenes contradictorias.
Usted dice que, por suerte, el neoliberalismo no está hoy tan cerca de América Latina. ¿Cuáles son entonces los desafíos que debe afrontar la izquierda en la región?
Son varios los desafíos al modelo económico. En primer lugar, ningún Estado, librado a sí mismo, puede producir un modelo económico alternativo. Lo que puede suceder es que se den espacios económicos regionales más integrales, como el MERCOSUR en contraposición con el ALCA. Hay que tener una política solidaria en la cual el punto de vista de las pequeñas naciones sea respetado.
Usted afirma que la democracia siempre es populista. ¿Podría explicarlo?
Por democracia podemos entender dos cosas: bien el funcionamiento de las instituciones liberales, bien un tipo de actor democrático y colectivo que está inspirado en el concepto de la igualdad.
¿El socialismo?
El socialismo es un momento. La condición democrática empezó hace doscientos años con la Revolución Francesa cuando, por primera vez, el imaginario igualitario estuvo en el centro del espacio público. Pero estuvo restringido al principio de la ciudadanía. Con el discurso socialista se expande a la esfera económica. Después otra serie de discursos comienzan a expandir el discurso de la igualdad a la sociedad civil. Y ese es el proceso en que estamos comprometidos hoy.
¿Puede expandirse el socialismo como un ideario de la igualdad en un mundo dominado por la sociedad de consumo?
Si el mundo sólo fuera una sociedad de consumo, yo creo que el imaginario socialista estaría amenazado. Aunque evidentemente el consumismo es una de las amenazas a las reformas democráticas. Pero es ahí donde la movilización de masas sirve para crear ciertas formas de idealismo colectivo que puedan ir contra esa tendencia.
¿Dónde ocurre eso?
En Venezuela.
¡No me diga! Aquí lo más democrático es el consumismo. Uno de los desafíos de los cambios que hoy suceden en América Latina es mantener abierta la pluralidad y reivindicar a los excluidos sin excluir a quienes antes estaban incluidos. No es un trabalenguas.
Por pluralismo se pueden entender dos cosas distintas. Una implica participación y ampliación de la esfera pública. La otra niega el momento, necesario en mi opinión, de la integración populista. Cuando se habla de regímenes liberal-democráticos, lo que se olvida con frecuencia es que democracia y liberalismo, tal como se ofreció a principios del siglo XIX en Europa, no son la misma cosa. El liberalismo era una ideología completamente respetable, una forma de organización política prestigiosa. La democracia, en cambio, era un término peyorativo, algo vinculado al jacobinismo, gobierno de la turba y ese tipo de cosas. Se necesito el proceso torturado de revoluciones y reacciones durante todo el siglo XIX para poner juntos liberalismo y democracia. Esta fusión nunca se dio completamente en los países latinoamericanos. Los Estados latinoamericanos eran oligárquicos-liberales y caudillistas, pero no eran en absoluto democráticos. Había un clientelismo total con las bases de sustento. El resultado fue que, como consecuencia del desarrollo económico, empezaron a surgir sectores de clase media profesional, sectores populares de distinto tipo con demandas que los regímenes oligárquico-liberales son incapaces de resolver. Es ahí donde se produce un cortocircuito. En un momento, las demandas van más allá de la capacidad de absorción de los sistemas liberales y entonces empiezan a cristalizar dictaduras militares nacionalistas que son profundamente democráticas.
Perdón, ¿dictaduras democráticas?
Sí, es la idea de la dictadura del pueblo. Hacia 1910 hubo grandes esfuerzos reformadores del clase media que trataban de ampliar las bases sociales del sistema. Fue el caso de Irigoyen en Argentina, Suárez Ordoñez en Uruguay, Alexandri en Chile, Madero en México, Rui Barbosa en Brasil. Sin embargo, como resultado de la crisis económica de los años treinta, estos esfuerzos reformistas fracasaron y el resultado es que estas demandas insatisfechas se empiezan a expresar a través de regímenes que ponen en cuestión las bases de la organización liberal. En Argentina fue el peronismo, en Brasil el varguismo, el MNR en Bolivia y otros por el estilo. Es decir, reformas populares democráticas pero que se desarrollan en un cuadro institucional no-liberal. La tradición popular-nacional-democrática y la liberal-democrática siguieron separadas. Y yo pienso que sólo en los últimos treinta años, como resultado de las dictaduras más brutales que el continente haya experimentado y que golpearon a las dos tradiciones, es que éstas tienden a convergir pues ya no son incompatibles con el funcionamiento democrático-liberal de las instituciones. El imaginario global sigue siendo popular-nacionalista, pero las formas institucionales son perfectamente compatibles con la idea las instituciones liberal-democráticas.
En el caso venezolano, el proceso de reconocimiento de los sectores populares se ha desarrollado en medio de resistencias que no son sólo del establishment anterior, sino que atraviesan la sociedad de manera transversal. Esto tiene que ver con un acentuado temor a profundizar el personalismo y el conflicto que existe entre una tradición civilista, que ha tenido pocas oportunidades de actuar, y una tradición militarista y autoritaria presente también en la política venezolana. ¿Qué piensa usted del apoyo y rechazo que convoca la expansión populista?
Desde El Caracazo y a lo largo de todos los años noventa, Venezuela entró en un proceso de desinstitucionalización. Las instituciones no representaban mecanismos viables de las demandas. Todo el mundo percibía que algún cambio radical en la forma de Estado tenía que ocurrir. Cuando esta situación se da, según la lógica de equivalencia, la construcción de un pueblo como agente político y la emergencia de un líder son elementos casi inevitables.
De hecho, Chávez fue apoyado por la mayoría de la población.
Por eso es difícil que los sectores antiguamente institucionalizados puedan volver: simplemente porque esa institucionalidad ya estaba quebrada. Por lo tanto, la oposición venezolana no puede ser una oposición nostálgica del antiguo institucionalismo. No creo que pueda haber un populismo sin una ideologización del espacio político, porque el populismo siempre crea nuevas formas de legitimidad que van en contra de las que existían anteriormente. Todo populismo es un momento de ruptura. El desafío se encuentra en aceptar el cambio histórico que se ha producido en la sociedad venezolana y bregar por objetivos nuevos. El desafío al chavismo es crear un régimen nacional popular que sea compatible con las instituciones democráticas. Yo no tengo ninguna prueba de que el chavismo vaya a resolver mal este desafío. Puede haber un estado populista en el cual exista libertad de prensa y opinión y una oposición constituida.
Eso sí, bajo constante amenaza e intimidación.
En eso no quisiera entrar, pues estamos hablando del proceso.
Pero aquí no todo es color de rosa…
No veo este proceso color de rosa. Simplemente trato de entender lo que está ocurriendo. Y como visitante no me corresponde opinar.
También hay segregación política e ideológica.
Bueno, yo no creo que pueda haber un populismo sin una ideologización del espacio político, porque el populismo siempre crea nuevas formas de legitimidad que van en contra de las que existían anteriormente. Todo populismo es un momento de ruptura.
Lo importante es determinar cuándo la tensión producida por el populismo es productiva y cuándo se vuelve destructiva.
El populismo puede terminar muy mal. Pero no es forzoso que eso suceda.
Volvamos a una pregunta anterior. ¿Cuándo puede el caudillo sofocar el proceso de cambio?
El caso es el que representa Mugabe.
¿Dónde queda Castro?
No creo que se equiparen. Fidel Castro es el líder de una nación que ha estado sometida a un bloqueo de cincuenta años. El problema político de mantenerse en guardia contra el bloqueo y la agresión es una constante de la política cubana. Además, el grado de apoyo interno que tiene el régimen de Fidel Castro es formidable. Creo que si muriera en este momento la Revolución Cubana no desaparecería.
Pero está también el problema de la pluralidad democrática que no existe en Cuba.
Mi opinión es que la relación con Venezuela ha sido providencial para Cuba. Lo que puede pasar es que, a través de una serie de reformas, el proceso cubano se integre al proceso latinoamericano. Eso sería muy importante para América Latina porque la otra alternativa es que la mafia cubana de Miami entre a controlar la isla y la siembre de nuevo de casinos y burdeles.

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