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domingo, 17 de mayo de 2020

LA ECONOMÍA INFORMAL EN CENIZAS

Fumar a las costillas de la pandemia, por ejemplo
Luis Barragán

Quienes todavía somos fumadores, esperando dejar por siempre el ya  pernicioso oficio, la  situación ha sido  muy apretada durante la cuarentena. Además de la escalada de los precios,  sin que sea fácil hallar un local que los expenda, por el reducido margen de ganancias que la oferta legal supone,  cada vez es más difícil el desempeño del humo en casa. No obstante, el asunto nos lleva por el momento a un detalle de la llamada economía informal.

En efecto, atrás quedaron los extraordinarios oferentes que fueron los buhoneros a los que sólo les faltó disponer de los locales adecuados para desenvolverse, compitiendo por ocupar los pequeños o grandes espacios físicos de una calle fundamentalmente hecha para transitar.  La propia noción de economía informal estuvo cuestionada,  porque – yendo más allá de un esfuerzo de supervivencia – contaron con extraordinarios recursos, incluso, crediticios, aventajados por la exención de los impuestos so pretexto de la pobreza alegada.

Por ahora, no conocemos de un estudio de las actividades del sector que estuvo asociado a los esplendores de la renta petrolera y sólo conjeturamos que corrió con un suerte parecida a la de los propietarios o avances de las unidades urbanas de transporte, afectados por la llamada incongruencia de estatus.  Quizá representativos, realmente fueron labores de real y diaria  supervivencia la del limpiabotas, el pregonero de la periódicos o el lavador callejero de los carros.

Definitivamente, apagada a promesa petrolera, surgieron los mototaxistas dependientes de la masiva importación de los vehículos chinos en el último lustro que los hizo artificialmente emprendedores junto a los quiosqueros de “oficina fija”  para pasar de la venta de magazines a la de lotería o detergentes. E, igualmente, los que alquilaban las llamadas telefónicas, temerosos de pasar de la analogía a la digitalización, por presión de la delincuencia, pero - ya en las vecindades de la pandemia – el asfalto tenía por dueño al vendedor de café colado o de cigarrillos al detal, dejando a los de caramelos para el transporte público.

Al tabaquero de ocasión,  le es casi imposible  sortear los espacios públicos durante la cuarentena, arriesgando la mercadería por las autoridades uniformadas capaces de expropiarla o de pedir algo a cambio por el uso de sus dominios, incapaces hasta de opinar por el contrabando: más de medio siglo atrás tuvimos numerosas marcas cigarrilleras legales, ahora debe haber un stock inmenso de una ilícita variedad, contrariada por el general Covid 19. ¿Y qué decir del humilde y móvil vendedor de café colado?

Reproducción: Publicidad. El Nacional, Caracas, 1954.
18/05/2020:
http://guayoyoenletras.net/2020/05/18/fumar-las-costillas-la-pandemia-ejemplo/

viernes, 16 de junio de 2017

DETRÁS DE LA OBSCURIDAD



Buhoneros de riesgo (y un grato descubrimiento)

Luis Barragán

La naturaleza y ritmo que ha adquirido la economía informal en una sociedad orientada a su mera supervivencia, demuestra – empleando los términos que se  presumen ajenos – una habilidosa conversión de la guerra de posiciones en otra guerra literalmente de movimientos, por no citar el caso de los medios digitales que la remiten a la que llaman de cuarta generación,  con numerosos  trámites que quizá pisan las fronteras del delito.  En un país quebrado por sus cuatro costados, añadido el quinto punto cardinal, no otro que Miraflores, intentamos deducir el origen de los bienes ofertados: conjeturamos sobre el subrepticio y eficaz lavado de divisas, un auge inadvertido del contrabando o, más modestamente, la elaboración masiva de productos caseros que, incluso, suelen escapar de todo control sanitario.

El buhonero ha dejado poco a poco el lugar acostumbrado en calles y avenidas, decepcionando a las autoridades que lo vacunan, para aventurarse en los medios públicos de transporte, desafiando a los motorizados que irrespetan el rayado - si lo hay - en las propias y riesgosas autopistas, y caminando largamente las calles con un termo de café o una cajetilla de cigarrillos al detal. No hay buseta ni autobús, por más repleto de pasajeros que se encuentre, condensando precauciones, sudores e incomodidades, que no comparta la voz del vendedor de creyones, caramelos, medicamentos naturales o helados, de corta o extensa charla que desafía las marchas y contramarchas, virajes y frenazos del conductor resignado a dejarlo unos metros más allá para recogerlo, luego, bajo protesta, unos metros más acá. Sin embargo, hay otra incursión que nos llama poderosamente la atención.

En efecto, tratando de mitigar el hambre del hogar que no espera, fuere el escenario de la protesta una autopista, avenida, calle o callejuela,  tardía o prontamente conmocionada por la ferocidad represiva del gobierno, el vendedor comparte el riesgo de perder la vida, pero también su mercancía.  Nos asombrosa que, algo cercanos a los sectores donde despunta el hocico de las tanquetas, se asoman los colmillos de las armas impredecibles, reñido el pavimento con los escuderos, también voceen un cigarrillo, una botella de agua mineral, alguna golosina.

Indiferentes los reporteros gráficos, incluyendo a quienes debemos sortear el destino de los gases y proyectiles, solemos correr compitiendo ventajosamente frente a quienes desesperan empujando un carrito de helados o de los que también hacen cotufas, sirviéndoles de escudos mientras procuran escapar. En una oportunidad, tuvimos que detenernos y, junto a otros marchistas, ayudar al humilde heladero que se le dañó una rueda del pequeño depósito ambulante.

Grata sorpresa

Fulminadas las vitrinas de las librerías venezolanas, crecientemente aislados de la oferta de novedades y también vejeces editoriales, solemos acudir a los catálogos de las grandes y pequeñas casas para enterarnos, al menos, de títulos y autores dignos de una paciente cacería en las redes. Por cierto, sobran los videos en los que se citan numerosos libros, frecuentemente por la gracia de jovencitos que, presentándose como devoradores de letras, mereciendo un ensayo actualizador de Víctor Bravo, a veces admiten olímpicamente no haber leído el ejemplar proveído por el patrocinante.

Ha sido grato descubrir una sección de la versión digital de El País de Madrid en la que distintos escritores reseñan sus más recientes lecturas ante una entrevistadora informada, generando un diálogo atractivo, sensato y espontáneo. Y, más grato aún, descubrir a un venezolano del que no sabíamos nada, como Juan Carlos Méndez Guédez (http://elpais.com/elpais/2017/05/24/opinion/1495625861_028615.html).

De una extraordinaria capacidad de síntesis, dejando constancia de una sensibilidad y posición que ha ganado la ciudadanía al afrontar los hechos más brutales, en escasos minutos reportó el drama que vive Venezuela, reseñando con habilidad los títulos que ayudan a una adecuada interpretación.  Y es después, aguijoneada por  Berna González Harbour, que habla de su propia labor narrativa: la que se ofrece como un continente en las redes, suscitando toda nuestra avidez. Valga acotar, informando sobre lo que acontece en nuestro país, lo haría mejor en la Asamblea Nacional que muchos de los oradores de oficio, incluyendo al suscrito.

martes, 30 de abril de 2013

CUADERNO DE BITÁCORA (1)

De la premodernidad laboral
Luis Barragán


Las pretendidas innovaciones laborales de la década, distan demasiado de los avances que otros países exhiben. No hacemos referencia a la normativa reciente que, por cierto, busca convertir al Estado en el único empleador, sino al forzado ingenio de los desempleados que le dan una diferente utilidad a los más elementales materiales que tienen a la mano.

En efecto, la economía informal expone sendos instrumentos de trabajo, antes impensables en medio de las remotas bonanzas petroleras. Apartando el hurto y  realización de las piezas de aluminio en una ciudad ya desdentada, el lícito comercio de los más variados y manejables productos en la calle y medios de transporte, se vale de las pequeñas cajas de cartón que el oferente empuña con sus discursos a veces agresivos y desesperados; una lámina de anime y el indispensable “teipe”, se transforma en el mejor y más liviano atril para los lentes o anteojos de imitación; rueda el liviano plegable de metal, tupido con los forros para los teléfonos celulares, como no lo hacen los carritos de helados;  desplegadas en las aceras, las bolsas impermeables de basura permiten una rápida recogida y huída del lugar, preservando los artículos y garantizando una ágil maniobra; o, con su apero natural, el ya familiar voceador de las paradas de bucetas, tiene el deber de llenarlas,  lidiando con los policías de tránsito.


Un instrumental que tiene por principal ventaja la movilidad de la que no gozan los cantantes y magos literalmente callejeros, arriesgando un acordeón o una corneta portátil, da cuenta del retroceso que hemos experimentado. Convertidos en centros de propaganda ideológica, no hay escuela de oficios que los ponga en sintonía con otros utensilios y les conceda la perspectiva confiable de un desempeño estable, y social como personalmente seguro.

Lo más lejos que la empobrecida economía les autoriza tecnológicamente, consiste en el uso de una motocicleta – propia o alquilada – para diligenciar las prisas de la población, o la elemental manipulación de los celulares que la comuniquen, junto a los caramelos y cigarrillos detallados que consuman. Acaso, las horas de navegación acumuladas al detal, genere la ilusión de un “cibercafé” propio, aunque la peluquería y el manicure aparecen como una notable promesa, sin sospecha alguna de los muchachos que ensamblaban una caja de madera y se convertían en limpiabotas tan dignos como los pregoneros de la prensa de las décadas ya remotas.

Fenómeno consolidado, facilitando el trabajo infantil, le confiere también una característica y una identidad a estos años de insólita revolución. Por cierto, alegrándonos, pues no tiene familiaridad alguna con las vicisitudes y vivencias que tristemente padecen las denominadas sociedades de la información y las economías del conocimiento estratégico.
http://opinionynoticias.com/opinionpolitica/14920-de-la-premodernidad-laboral

domingo, 11 de marzo de 2012

EL GRAN INFORMALIZADOR


El presidente como industria
Luis Barragán


Patrono de la economía informal, las vicisitudes de Chávez Frías dan ocasión a llevar desesperadamente el pan a la casa. Puede hablarse de dos niveles de aparente espontaneidad donde constatamos una serie de actividades que resultan rentables, sumados al más sobrio que tiene relación directa con el presupuesto público.

Los fabricantes de afiches, pendones, gorras, credenciales, bisuterías y demás prendas alusivas, orientados todos al culto de la personalidad presidencial, pueblan cualquier movilización masiva del oficialismo con una oferta que es la del gesto desesperado del desempleado que la aplaude. Desindustrializado el país, no hay otra que pueda competirles a aquellos que ordenan las gigantescas ediciones de afiches, incluyendo a empresarios privados y quizá la imprenta del Estado, para el – estructural – fortalecimiento de la economía de supervivencia: por ello, es desigual la manufacturación de pequeños muñecos del ocupante de Miraflores, útiles para los altares del sincretismo, frente a los pasquines de oportunidad.

Valga ocuparse también de esa intelectualidad rezagada que, a falta de argumentos, se esmera por las ofensas. La bondad industrializadora del miraflorino les permite ocupar espacios antes insospechados y llamar la atención de Farruco Sesto y sus agentes consulares, con la promesa realizada de las ediciones alusivas: los arribistas son los que mejor esfuerzo de descalificación hacen para el sesudo análisis del pasado, colocando su acento de cagatintas donde jamás hubo prueba alguna del rabo de paja que miran en el vecino detestado.

La afanosa actividad industrializadora y comercial del Comandante-Presidente nada haría sin el presupuesto público, porque las marchas, concentraciones y demás eventos reales y ficticios necesitan pagarse. Sobran los planes, las aspiraciones e ilusiones de realizar un gran espectáculo para el regreso de Chávez Frías, o de cualesquiera otras gestas que se le antojen, que incluyen vehículos, tarimas, sonidos, franelas, volantes, recursos audiovisuales, arreciando la competencia de los contratistas viejos y advenedizos, palanqueados y temerarios.

Se dirá, la presidencia de la República da empleo. Y también aquello del que parte y reparte….

Fuente: http://www.analitica.com/va/politica/opinion/2149672.asp