EL PAÍS, Madrid, 01 de abril de 2005
Tribuna:RELIGIÓN Y POLÍTICA
Mounier ha muerto, ¡viva Mounier!
El autor reivindica, en el centenario del nacimiento de Mounier, fundador de la revista 'Esprit', la calidad humanista de su cristianismo.
Carlos Díaz
Emmanuel Mounier es católico, pero la revista Esprit por él fundada no lo es. Algunos de sus colaboradores pertenecen a diversas iglesias; otros, a ninguna. Prodigio de ecumenismo exigente, allí colaboran católicos, protestantes, judíos, socialistas, libertarios... A un abonado increyente le escribe en 1934: "No se trata, señor, de saber si yo le invito, si yo le acojo a usted, pues partimos juntos y en plena igualdad humana. Si usted, no católico, está de acuerdo en nuestras posiciones fundamentales, tiene un lugar de primer orden en Esprit, tan esencial como el mío. Esprit faltaría a su misión si le diésemos motivos para dudar de eso". ¡Y qué decir de la lista de quienes escribieron en Esprit! Alain, Aron, Barth, Bataille, Benda, Bergamín, Bernanos, Cela, Congar, Danielou, Dolléans, Dufrenne, Duméry, Ellul, Gilson, Guitton, Gurvitch, Lévinas, Lévi-Strauss, De Lubac, Lukacs, Marcel, Maritain, Mauriac, Morin, Ricoeur, Teilhard de Chardin...
Si Mounier dialoga con el marxismo, es pensando en la liberación de los pobres
Mounier no sólo da conferencias, sino que pone los cimientos para el surgimiento de los grupos Esprit. No le lleva una agencia de viajes con ruta prediseñada, ni se desplaza en automóviles de lujo. Va abriendo hueco con su cuerpo, sin otro parabrisas que su propia maleta, y duerme en las casas de quienes le reciben. Hace misión minuto a minuto, atando cabos, anudando indicios, tejiendo la red, explorando el caos. Y poco a poco la malla se adensa en un tejido relacional, expansivo, personalista y comunitario. Los grupos Esprit no estaban destinados a servir de correa de transmisión entre los elegidos de la capital y los "provincianos"; por el contrario Esprit debería enriquecerse y nutrirse con aquella riqueza de las reflexiones, las vivencias y la información procedentes de las bases mismas, autogestionariamente.
Pocos como Mounier han luchado más denodada y testimonialmente contra el cáncer burgués, cuyas metástasis se reproducen en la derecha, la izquierda, el centro; dedica la mayor parte de su artillería pesada a bombardear semejantes posiciones, donde toda ruindad e iniquidad tienen su trinchera, haciendo imposible el cambio del corazón, es decir, el paso del individualismo al personalismo comunitario. El burgués es capaz de todo con tal de que su ego nadie se lo limite; está dispuesto a blindarse, y si hace falta, a partirse en dos, sus cuentas con el diablo, su espiritualidad con Dios, "lo malo -dice Mounier- es que una verdad dividida en dos no hace dos verdades, sino dos errores; y éstos, una vez desgajados del eje viviente, proliferan en todas las confusiones y en todos los engaños".
Frente al espíritu burgués, Mounier hace de la persona el centro de su reflexión filosófica: la persona como fin en sí misma, nunca como medio o instrumento. Una persona encarnada, comprometida con la justicia y la libertad, desde la fraternidad. Tan sólo eso basta para ser encarcelado. El comisario le anuncia que acaba de ser descubierto un importante movimiento clandestino, cuyo jefe de zona para la región de Lyón "soy yo". Un compañero de prisión testimonia: "Emmanuel Mounier era el rayo de sol de la celda, pues tenía siempre la palabra amable para calmar un enervamiento momentáneo, transmitiendo a su entorno la paz de su alma". Aprovecha la cárcel para seguir escribiendo y para formar un círculo de estudio con los otros reclusos, sin perder el sentido del humor: "Para luchar contra el debilitamiento, encaramado a la ventana con el torso desnudo para beneficiarse de los rayos de sol, se agarraba a un barrote del calabozo, y leía. Cuando sentía un calambre, cambiaba de lado. Y todos nosotros nos reíamos de esta gimnasia de mono". Los meses pasan y no se le comunica la causa de su reclusión, por lo que inicia una huelga de hambre, que Radio Londres noticia. Es un "acto frágil" llevado a cabo cuando cualquier otro medio de resistencia se ha impedido. Mounier, sabiendo como cristiano que no tiene ningún derecho de atentar contra su vida ni a comprometer gravemente su salud, ha pedido en secreto al médico amigo que le sigue darle la orden de cesar la huelga el día en que estime que se ha llegado a la zona de peligro grave, y el primer día de la huelga le ha escrito una nota confidencial en este sentido. El médico podrá así atestiguar, dado el caso, que la detención de la huelga en esas condiciones no es imputable a un momento de debilidad, sino a un límite que su paciente mismo había fijado con anterioridad, en nombre de sus convicciones.
A la cárcel le lleva también la crítica de un cristianismo que se presentaba como un espiritualismo desencarnado sólo preocupado por el "problema de la salvación del alma". A este código de conducta más burgués que evangélico contrapone el del creyente que asume plenamente la lógica de la Encarnación. Por eso mismo Mounier no se sustrae al difícil diálogo con los comunistas. Sus escritos muestran el drama de un creyente que sabe que en conciencia no puede dar su adhesión a una doctrina que tergiversa la vocación humana, pero al mismo tiempo comprende que en el partido comunista convergen las esperanzas de los pobres, a los que el cristiano debe permanecer fiel: "En este 1946 es difícil no ser comunista, y es aún más difícil serlo, si se quiere abarcar toda la complejidad de la época". Eso no impide su critica a las tesis del Manifeste des chrétiens progressistes, juzgando insostenible que "el partido comunista es el único medio para defender hoy la clase obrera y la esperanza de una democracia popular". En el número especial de mayo-junio de 1948 Mounier escribe que la "debilidad del marxismo" está "en elevar un sistema válido en ciertos límites del tiempo a voluntad de despliegue universal y totalitaria". Si dialoga con el marxismo es pensando en la liberación de los pobres. En fin, François Mauriac resume así: "He sido contemporáneo de auténticos santos de los que he desconfiado porque su posición política se prestaba a equívocos. Es necesario que ciertos seres mueran para poder acercarse a ellos. El ejemplo de Mounier ayuda a comprender que estar del lado de los pobres no tiene sentido en una vida aburguesada. Él había elegido desde el primer momento, sin ostentación, pero deliberadamente, la pobreza. Nació pobre. La pobreza es un estado del alma".
(*) Carlos Díaz, doctor en Filosofía y licenciado en Derecho, enseña Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid.
Las cartas de Emmanuel Mounier
agosto 27, 2007
Emmanuel Mounier (1905-1950), filósofo, escritor y devoto católico francés, padre de la revista Sprit y de la corriente filosófica del personalismo, que trataba de rechazar la modernidad no desde posiciones conservadoras; más bien, lo hacía proponiendo una nueva antropología y una ética cristiana dinámica. Selecciono aquí algunos memorables fragmentos de su correspondencia.
‘Es necesario a cualquier precio que hagamos algo por nuestra vida. No lo que los demás ven y admiran, sino la proeza que consiste en imprimir el infinito en ella’ (a Madeleine Mounier, 12 de enero de 1928).
‘La vida hace ascos a los que le ponen mala cara…’ (a Madeleine Mounier, 4 de noviembre de 1929.
‘Algunos días sabemos ser felices de una manera inconsciente y pueril: pero no somos de los que esperan la felicidad de los acontecimientos, como una receta; esto no es un sacrificio muy grande, pues sabemos muy bien que la felicidad no basta para ser felices’ (a Madeleine Mounier, 17 de abril de 1931).
‘[Charles] Péguy decía que la desesperación es el gran pecado porque la desesperación es la negativa a sacar partido de las fecundidades del infortunio’ (a Madeleine Mounier, 17 de abril de 1931).
‘El amor no puede ser ni toda mi vida ni un accidente en mi vida’ (Conversaciones VI, 25 de enero de 1933).
‘Aceptar la voluntad de Dios no es humanizar el amor sobrenatural por el sufrimiento y la renuncia, es aceptar esa voluntad, cualquiera que sea, incluso aunque deba estar conforme con mis deseos humanos; no prevenirla incluso por el sacrificio; estar indiferentemente dispuesto a todo, incluso a la felicidad. Es así como se santifica la felicidad’ (a Paulette Leclercq, 12 de febrero de 1933).
‘La angustia se vale de nosotros a veces: ya te he contado. Hay momentos en que hasta los santos dudan de todo, de su amor y de Dios. Ninguna luz se entrega sin esta noche. Cristo ha cargado en una sola noche de angustias y de dudas (“Padre, ¿por qué me has abandonado?”) todas nuestras noches oscuras…
…No se es decididamente grande… hasta que la vida no te ha puesto en la prueba de negarte rotundamente y sin apelación algo que deseabas con todas tus ganas’ (a Paulette Leclercq, 3 de enero de 1934).
‘Las horas mediocres son quizás la ofrenda propia que se nos pide a nosotros, los hombres del siglo XX’ (a Paulette Mounier, 13 de enero de 1940).
‘No se puede solamente escribir libros. Es preciso que la vida nos arranque periódicamente de la estafa del pensamiento que vive sobre los actos y los méritos de otro’ (Conversaciones X, 28 de agosto de 1940).
‘Sólo las cifras incomprensibles de nuestro destino forman un verdadero libro legible…’ (a Carmelle Dosse, 17 de julio de 1941).
‘¿Cómo llevar vivo lo que no hemos llevado cuando estaba muerto?
…No quiero tapar puerilmente el sufrimiento… No, la única desgracia verdadera es sufrir por separado, dándonos la espalda, cuando se deja de sentir en el mal común esta fraternidad cruel, esta intimidad desgraciada que le arranca su espina profunda’ (a Paulette Mounier, Pascua de 1943).
‘Deberíamos medir la profundidad de los afectos por las alegrías mutuas que nos damos, ciertamente, pero también, y no exagero, por las heridas que nos producimos. Hay heridas inútiles, las que proceden del choque de los egocentrismos; está claro que hablo de otras, de las que son necesarias para no vivir en la mentira y para despertarse mutuamente del sueño de la costumbre…
Lo que es grande es el deseo de amarse y la lucha por el amor. La transfiguración del amor, la beatitud del amor la concede un milagro de vez en cuando’ (a su padre, 28 de abril de 1943).
‘“Honrarás a tus padres”, es decir, que les ayudarás con tu juventud a vencer su vejez. No les dejarás hundirse detrás de la barrera de su debilitamiento, tú demolerás constantemente este muro que hay ante ellos, en la medida en que esto depende de tus fuerzas…’ (a su padre, 28 de abril de 1943).
Tomado de: Emmanuel Mounier, Cartas desde el dolor, México, Jus, 2005.
http://ululatus-sapiens.blogspot.com/2007/08/las-cartas-de-emmanuel-mounier.html
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viernes, 2 de mayo de 2014
lunes, 14 de abril de 2014
CAZA DE CITAS
"La ausencia de dolor es la dicha de las piedras."
Albert Camus
(Mariana Finochietto lo orbitó en Facebook, tomado del muro de Maria Belen Aguirre)
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domingo, 21 de julio de 2013
PERSPECTIVA
CIUDAD CARACAS, 20 de julio de 2013
Abordar el dolor desde una visión humanizadora
NUMA MOLINA
“El dolor es sacralidad salvaje. ¿Por qué sacralidad?: porque forzando al individuo a la prueba de la trascendencia lo proyecta fuera de sí mismo, le revela recursos en su interior cuya propia existencia ignoraba; y salvaje porque lo hace quebrando su identidad. No le deja elección, es la prueba de fuego donde el riesgo de quemadura es grande. Es propio del hombre que el sufrimiento sea para él una desgracia donde se pierde por entero, donde desaparece su dignidad o, por el contrario, que sea una oportunidad en que se revele en él otra dimensión: la del hombre sufriente, o que ha sufrido, pero que observa el mundo con claridad. O el hombre se abandona a las fieras del dolor, o intenta dominarlas. Si lo consigue, sale de la prueba siendo otro, nace a su existencia con mayor plenitud. Pero el dolor no es un continente en donde sea posible instalarse, tal metamorfosis exige alivio”. El texto anterior pertenece a David Le Breton, en Antropología del dolor.
Con estas líneas quisiera hacerme compañero de camino de quienes a esta hora me leen desde su dolor. A tantos seres que desde la soledad de un lecho o en la fría habitación de un hospital cuentan minuto a minuto el tiempo, desgranan sus horas como cuentas de un largo e interminable rosario con olor a fármacos. Es la vida del enfermo que transcurre así, sumisa, silenciosa, pobre.
Siempre digo que el enfermo es el pobre entre los pobres porque no hay mayor pobreza que no tener salud. ¡Y qué poco agradecemos la salud de cada día! Solo caemos en la cuenta de su valor cuando nos visita el sufrimiento.
Hoy quisiera aproximarme no solo al enfermo, también a quienes velan por él día y noche. A la enfermera o enfermero, médico o médica, ustedes son misioneros como Jesús de Nazaret, que pasó la mayor parte de su vida pública junto a los atribulados por el dolor. Para el enfermo tu cercanía y tu palabra cuenta tanto que se puede convertir en milagro de vida.
La dimensión espiritual del enfermo se agiganta, se crece místicamente, como dice Le Bretón: “Porque forzando al individuo a la prueba de la trascendencia, lo proyecta fuera de sí mismo, le revela recursos en su interior cuya propia existencia ignoraba”, son esos casos que hemos conocido en los que el amor se redimensiona, los seres más cercanos se tornan imprescindibles y la vida se hace poesía mística.
De una enfermedad siempre sale un hombre o una mujer más humanos. El dolor ensancha nuestra capacidad de humanidad, de solidaridad. Cuando has escuchado los gritos de tu prójimo una y otra noche en la cama vecina, cuando tres botellas que cuelgan a tu lado con cada medicamento no te permiten moverte para el baño, o cuando tu debilidad es tal que una mano amiga que te ayude a sentar en tu lecho ya es un regalo infinito de amor, entonces comienzas a sospechar que la vida es mucho más que las grandes hazañas que creías cuando estabas saludable y descubres que esta existencia está hecha de detalles, de pedazos de amor, de migas de cariño, de cercanía que se hace caricia eterna tal vez de un desconocido o desconocida que te consiente con su cercanía.
SIN SALUD Y SIN NOMBRE
Cuánta humanidad hemos perdido. Históricamente los modernos hospitales occidentales fueron obra de los cristianos. El relato evangélico de cómo Jesús pasó su vida junto a los enfermos inspiró a los cristianos de la época posconstantiniana a erigir hospitales para atender con sensibilidad evangélica al enfermo. “Dedicados enteramente al cuidado del enfermo, ellos acomodaron a los pacientes en edificaciones fuera de la propia iglesia. El decreto de Constantino de 335 dC clausuró el culto a Esculapio (dios romano de la medicina), y estimuló la construcción de hospitales cristianos que durante los siglos IV y V alcanzaron el punto más alto de su desarrollo. Muchos fueron erigidos por las normas del período o por romanos ricos convertidos al Cristianismo. Justiniano fue decisivo en construir el gran hospital de San Basilio en Cesarea en 369, una verdadera comunidad para los enfermos, los ancianos y huérfanos. El año siguiente vio la construcción de un hospital Cristiano en Constantinopla, donde dos ricas diaconisas cuidaban a los enfermos. Una prominente matrona romana, Fabiola, donó un hospital público en Roma en 390. En Edessa, Hippo y Éfeso todavía otros, todos grandes, fueron fundados por los cristianos. Alrededor del año 500, la mayoría de las grandes ciudades en el Imperio Romano tenían levantados edificios hospitalarios” –Doctor Antonio L. Turnes, Historia y evolución de los hospitales en las diferentes culturas.
Hoy el moderno hospital se ha tecnificado de tal modo que el paciente ha pasado a un segundo plano perdiendo hasta su identidad. Se trata a cada cual como una pieza más del engranaje y ello hace olvidar el trato cercano al enfermo. Ese trato humano ya de por sí es espiritualmente sanador, porque potencia los resortes más profundos de la inteligencia espiritual que tienen la particularidad de activar en el propio sistema inmunológico una capacidad casi misteriosa de autoayuda y autosanación.
Hemos oído seguramente en los pasillos de nuestros hospitales cómo el personal médico y paramédico deja oír expresiones como esta: “El paciente de la 45”, en vez de decir: “Felipe, el señor de la cama 45”. No imaginan los médicos y enfermeras el peso que tiene el que, en el momento de la nada, en un lecho de enfermo el médico te llame por tu nombre, pues nuestro nombre es la música más hermosa al oído del espíritu. Cuando alguien te llama por tu nombre te está llamando amigo, te está confesando que tú ya estás inscrito y retratado en una lista de seres que moran en el corazón de esa persona. Que un médico o una enfermera llame al paciente por su nombre es un acto de legitimación, de valía, en una etapa en la que el ser humano cree que ya no vale nada.
LA FORMACIÓN
En este campo del trato y los detalles en la atención asistencial tenemos un trabajo profundo y exigente por hacer, pues durante largos años la visión mercantilista de la medicina ha hecho que muchos profesionales –no todos, hay médicas y médicos muy abnegados– hayan convertido la misma en un negocio rentable y por lo tanto han terminado dando al ejercicio de sanar el mismo tratamiento que se le da a una tienda de computación o a un supermercado. Todo tiene una etiqueta, un número, un precio, un código sin el cual no te atienden, no te dan acceso. Son franquicias de la salud que generan ríos de dinero a costa del dolor.
El primero y único trabajo profundo y exigente es la formación en las escuelas de medicina. ¿Qué pasó que nuestros médicos han perdido tanto en humanidad? ¿Cuál es la columna vertebral de la carrera? Con tecnomedicina no vamos a salvar la vida plena de la gente. De ahí que hoy se hable de los médicos integrales comunitarios. En vez de criticar y subestimar este modo de ejercer, quienes la cuestionan deberían preguntarse: ¿Qué hemos hecho de nuestra profesión para que se haya llegado al punto de tener que crear un adjetivo nuevo del ejercicio médico que se llame “integral comunitario? Si la historia nos ha llevado hasta allá y las comunidades más vulnerables están de acuerdo con este nuevo modo de ejercer la medicina, es evidente que la profesión médica había perdido mucho en cuanto al talante humanitario. Es evidente que ya no era integral ni comunitaria sino atomizada, focalizada solo a un aspecto del paciente, elitista, había olvidado la complejidad que somos los seres humanos.
Creo que con una formación en valores humanos y cristianos sería suficiente para que tengamos médicos ejemplares como José Gregorio Hernández y tantos otros héroes y heroínas anónimos que han dejado su huella tatuada en los corazones de la gente, porque amaron apasionadamente su profesión, porque más allá de ser una profesión la entendieron como un apostolado, como una misión. Fueron y son muchos, misioneros y misioneras de la salud y de la vida.
Ilustración: Etten Carvallo
Abordar el dolor desde una visión humanizadora
NUMA MOLINA
“El dolor es sacralidad salvaje. ¿Por qué sacralidad?: porque forzando al individuo a la prueba de la trascendencia lo proyecta fuera de sí mismo, le revela recursos en su interior cuya propia existencia ignoraba; y salvaje porque lo hace quebrando su identidad. No le deja elección, es la prueba de fuego donde el riesgo de quemadura es grande. Es propio del hombre que el sufrimiento sea para él una desgracia donde se pierde por entero, donde desaparece su dignidad o, por el contrario, que sea una oportunidad en que se revele en él otra dimensión: la del hombre sufriente, o que ha sufrido, pero que observa el mundo con claridad. O el hombre se abandona a las fieras del dolor, o intenta dominarlas. Si lo consigue, sale de la prueba siendo otro, nace a su existencia con mayor plenitud. Pero el dolor no es un continente en donde sea posible instalarse, tal metamorfosis exige alivio”. El texto anterior pertenece a David Le Breton, en Antropología del dolor.
Con estas líneas quisiera hacerme compañero de camino de quienes a esta hora me leen desde su dolor. A tantos seres que desde la soledad de un lecho o en la fría habitación de un hospital cuentan minuto a minuto el tiempo, desgranan sus horas como cuentas de un largo e interminable rosario con olor a fármacos. Es la vida del enfermo que transcurre así, sumisa, silenciosa, pobre.
Siempre digo que el enfermo es el pobre entre los pobres porque no hay mayor pobreza que no tener salud. ¡Y qué poco agradecemos la salud de cada día! Solo caemos en la cuenta de su valor cuando nos visita el sufrimiento.
Hoy quisiera aproximarme no solo al enfermo, también a quienes velan por él día y noche. A la enfermera o enfermero, médico o médica, ustedes son misioneros como Jesús de Nazaret, que pasó la mayor parte de su vida pública junto a los atribulados por el dolor. Para el enfermo tu cercanía y tu palabra cuenta tanto que se puede convertir en milagro de vida.
La dimensión espiritual del enfermo se agiganta, se crece místicamente, como dice Le Bretón: “Porque forzando al individuo a la prueba de la trascendencia, lo proyecta fuera de sí mismo, le revela recursos en su interior cuya propia existencia ignoraba”, son esos casos que hemos conocido en los que el amor se redimensiona, los seres más cercanos se tornan imprescindibles y la vida se hace poesía mística.
De una enfermedad siempre sale un hombre o una mujer más humanos. El dolor ensancha nuestra capacidad de humanidad, de solidaridad. Cuando has escuchado los gritos de tu prójimo una y otra noche en la cama vecina, cuando tres botellas que cuelgan a tu lado con cada medicamento no te permiten moverte para el baño, o cuando tu debilidad es tal que una mano amiga que te ayude a sentar en tu lecho ya es un regalo infinito de amor, entonces comienzas a sospechar que la vida es mucho más que las grandes hazañas que creías cuando estabas saludable y descubres que esta existencia está hecha de detalles, de pedazos de amor, de migas de cariño, de cercanía que se hace caricia eterna tal vez de un desconocido o desconocida que te consiente con su cercanía.
SIN SALUD Y SIN NOMBRE
Cuánta humanidad hemos perdido. Históricamente los modernos hospitales occidentales fueron obra de los cristianos. El relato evangélico de cómo Jesús pasó su vida junto a los enfermos inspiró a los cristianos de la época posconstantiniana a erigir hospitales para atender con sensibilidad evangélica al enfermo. “Dedicados enteramente al cuidado del enfermo, ellos acomodaron a los pacientes en edificaciones fuera de la propia iglesia. El decreto de Constantino de 335 dC clausuró el culto a Esculapio (dios romano de la medicina), y estimuló la construcción de hospitales cristianos que durante los siglos IV y V alcanzaron el punto más alto de su desarrollo. Muchos fueron erigidos por las normas del período o por romanos ricos convertidos al Cristianismo. Justiniano fue decisivo en construir el gran hospital de San Basilio en Cesarea en 369, una verdadera comunidad para los enfermos, los ancianos y huérfanos. El año siguiente vio la construcción de un hospital Cristiano en Constantinopla, donde dos ricas diaconisas cuidaban a los enfermos. Una prominente matrona romana, Fabiola, donó un hospital público en Roma en 390. En Edessa, Hippo y Éfeso todavía otros, todos grandes, fueron fundados por los cristianos. Alrededor del año 500, la mayoría de las grandes ciudades en el Imperio Romano tenían levantados edificios hospitalarios” –Doctor Antonio L. Turnes, Historia y evolución de los hospitales en las diferentes culturas.
Hoy el moderno hospital se ha tecnificado de tal modo que el paciente ha pasado a un segundo plano perdiendo hasta su identidad. Se trata a cada cual como una pieza más del engranaje y ello hace olvidar el trato cercano al enfermo. Ese trato humano ya de por sí es espiritualmente sanador, porque potencia los resortes más profundos de la inteligencia espiritual que tienen la particularidad de activar en el propio sistema inmunológico una capacidad casi misteriosa de autoayuda y autosanación.
Hemos oído seguramente en los pasillos de nuestros hospitales cómo el personal médico y paramédico deja oír expresiones como esta: “El paciente de la 45”, en vez de decir: “Felipe, el señor de la cama 45”. No imaginan los médicos y enfermeras el peso que tiene el que, en el momento de la nada, en un lecho de enfermo el médico te llame por tu nombre, pues nuestro nombre es la música más hermosa al oído del espíritu. Cuando alguien te llama por tu nombre te está llamando amigo, te está confesando que tú ya estás inscrito y retratado en una lista de seres que moran en el corazón de esa persona. Que un médico o una enfermera llame al paciente por su nombre es un acto de legitimación, de valía, en una etapa en la que el ser humano cree que ya no vale nada.
LA FORMACIÓN
En este campo del trato y los detalles en la atención asistencial tenemos un trabajo profundo y exigente por hacer, pues durante largos años la visión mercantilista de la medicina ha hecho que muchos profesionales –no todos, hay médicas y médicos muy abnegados– hayan convertido la misma en un negocio rentable y por lo tanto han terminado dando al ejercicio de sanar el mismo tratamiento que se le da a una tienda de computación o a un supermercado. Todo tiene una etiqueta, un número, un precio, un código sin el cual no te atienden, no te dan acceso. Son franquicias de la salud que generan ríos de dinero a costa del dolor.
El primero y único trabajo profundo y exigente es la formación en las escuelas de medicina. ¿Qué pasó que nuestros médicos han perdido tanto en humanidad? ¿Cuál es la columna vertebral de la carrera? Con tecnomedicina no vamos a salvar la vida plena de la gente. De ahí que hoy se hable de los médicos integrales comunitarios. En vez de criticar y subestimar este modo de ejercer, quienes la cuestionan deberían preguntarse: ¿Qué hemos hecho de nuestra profesión para que se haya llegado al punto de tener que crear un adjetivo nuevo del ejercicio médico que se llame “integral comunitario? Si la historia nos ha llevado hasta allá y las comunidades más vulnerables están de acuerdo con este nuevo modo de ejercer la medicina, es evidente que la profesión médica había perdido mucho en cuanto al talante humanitario. Es evidente que ya no era integral ni comunitaria sino atomizada, focalizada solo a un aspecto del paciente, elitista, había olvidado la complejidad que somos los seres humanos.
Creo que con una formación en valores humanos y cristianos sería suficiente para que tengamos médicos ejemplares como José Gregorio Hernández y tantos otros héroes y heroínas anónimos que han dejado su huella tatuada en los corazones de la gente, porque amaron apasionadamente su profesión, porque más allá de ser una profesión la entendieron como un apostolado, como una misión. Fueron y son muchos, misioneros y misioneras de la salud y de la vida.
Ilustración: Etten Carvallo
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