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domingo, 26 de julio de 2015
NOTICIERO RETROSPECTIVO
- Eva Layi, con fotografías de Carlos Flores y A.M. Quintero. “Las muñecas de Reverón”. Élite, Caracas, nr. 2038 del 17/10/64.
- S/a. "Pintores venezolanos: Héctor Poleo". Revista Shell, Caracas, nr. 18 de 03/56.
- Humberto Cuenca. “Página lírica: El sub-mar en tus ojos”. Élite, Caracas, nr. 517 del 10/08/35.
- RAS y los 90 años de Cabré. El Nacional, Caracas, 21/05/80.
Reproducción: Leo Matíz (“Campesino colombiano”). Shell Caracas, nr. 19 de 1956.
viernes, 10 de enero de 2014
NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Juan Calzadilla. "Etapas en la obra de Manuel Quintana Castillo". El Universal, Caracas, 29/08/95.
- Miguel Otero Silva. "La figuración poética de Héctor Poleo". Resumen, Caracas, nr. 39 del 04/08/74.
- Eduardo Arroyo Lameda. "El octavo arte". El Nacional, 03/12/65.
- Rafael Viloria. "De los exhibidores depende ahora el cine venezolano". Momento, Caracas, nr. 25 del 04/01/57.
Reproducciones: Rodrigo Rodríguez y su obra. Tomado de: David Pachano, con fotografías de Carlos Flores. "Rodrigo Rodríguez, nuevo valor del arte cinético". Élite, Caracas, nr. 2238 del 17/08/1968.
Post-data
Rodrigo Rodríguez, artista cinético: "Soy hacedor, un vago muy ocupado"
Rodrigo Rodríguez es un artista plástico que ha permanecido callado y apartado del mundo cultural, aunque trabajando sin parar. En el año 1970, en el XXVIII Salón Arturo Michelena obtuvo el segundo premio, el "Andrés Pérez Mujica", por una escultura que presentó, compleja y moderna, a la vez.
Su trabajo se encuentra dentro del cinetismo y sus obras, producto de una búsqueda muy suya, tienen la oportunidad de formar diferentes figuras porque las ha diseñado de tal forma que se puede mover una de las láminas con los dedos, sobre el panel fijo, produciéndose un desglose de miles de formas, que hacen un juego óptico, cargado de maravilla y exaltación.
Fue Saturno Rojas, dueño de la Galería Espacio Chroma, quien lo trajo a Valencia, después de mucho buscarlo. Resume su obra de la siguiente manera: "Rodrigo Rodríguez, ausente de salones y exposiciones, dedicado en su taller al estudio sistemático del comportamiento de las tramas; llevándolas al máximo de posibilidades ópticas y logrando incluso potenciar el "efecto moiré" al extremo de crear un disconfort visual, resultante de la vibración e interacción de dos planos paralelos, que se funden e intercambian posición. Esto se logra por movimiento del espectador y/o por manipulación del panel frontal de la obra, obligando al observador a dirigir la visión alternativamente de izquierda a derecha, movimiento en el cual se producen dos bandas horizontales paralelas en blanco y negro.
Rodrigo pertenece al numeroso grupo de artistas que al igual que la historiadora Anna Moszynska piensan que una vez más "El Arte tiende a ser más construido que creado".
¿Cómo logra usted llegar a esta producción cinética que próximamente presentará en Valencia?
Soy un poco irreverente con respecto al arte. El cinetismo lo aprendí en un taller que tenía en Barquisimeto donde pintaba sobre tela, pero un día vino un amigo mío, y me mostró unos documentales de Soto y un libro. Me gustó mucho e impresionó la obra de Soto, que hasta ese momento ignoraba que existía, porque yo sólo estudié un par de años en la Escuela de Barquisimeto. Con el proyecto de Soto me entusiasmé y le pedí al bodeguero que estaba cerca de la casa que me guardara las cajas de cartón. Empecé a pintar la parte lisa y la otra en forma de ranuras, lo cóncavo y convexo, y así fue como comencé. De esta manera me dedico cien por ciento a ello y fui abandonando las otras formas de expresión artística.
Luego vine a Caracas y comencé a comprarme materiales acrílicos. Del cinetismo puedo decir que soy autodidacta porque no tuve escuela. Me gustó y empecé a experimentar.
¿Cómo nacen las variaciones, esas piezas que son dos juegos y que juegan con el movimiento?
Tengo círculos y rombos que se mueven en una forma, pero hay diseños que son iguales, que completan diferentes. El nombre de "Variaciones sobre un mismo diseño", emulando un poco el término musical. Prácticamente soy autodidacta en el cinetismo, siempre investigando, con el objetivo de ir indagando e ir modificando mi obra.
Eso es un poco para no repetirse...
Sí, justamente. Yo duré, a raíz de la muerte de mi esposa, me quedé trabajando veinticinco años en el Instituto Nacional de Obras Sanitarias, antiguo Inos, ahora Hidrocapital. No asistí a galerías ni salas de exposiciones, iba del trabajo a mi casa. Pero como trabajaba en una estación de bombeo, al encenderlas, sólo tenía que estar pendiente, por lo cual esta labor me permitía diseñar e hice infinidad de bocetos que, ahora, ya jubilado, puedo llevarlos a la práctica. No tengo ahora necesidad de exprimirme el cerebro haciendo nuevos conceptos porque como hice tantos a lo largo de tantos años, lo que hago es copiarlos, apenas modificando el color.

Yo no estoy en una cueva, pero sí tiene razón porque yo trabajo muy calladamente, no voy a lugares culturales porque en esos lugares empiezan a compararme y a pedirme explicaciones que me cuestan mucho dar.
¿Cómo sobrevive si no se conoce su labor?
De la pensión y de los amigos. Hace como tres o cuatro años expuse en San Antonio de los Altos.
La obra suya además tiene otro ingrediente y es que todo lo hace usted en forma manual...
Sí. No sabría decir si es una ventaja o desventaja. Hago todas las líneas, haciendo las tiras, usando y cambiando colores. Soy un artesano del cinetismo.
¿Conoció al maestro Soto o algún otro maestro del cinetismo?
A ninguno conocí personalmente. Estudié la obra de Soto y Cruz Díez y eso me afianzó para desarrollar la mía. Aunque aparezco en un libro de Educación Artística de Millán, donde los mencionaban a ellos, a Juvenal Ravelo, Enrique Khron y yo. Hay gente que no me conoce porque la verdad es que he estado mucho tiempo trabajando, pero escondido.
¿Por qué es importante el arte, tener esa llama encendida?
A mí no me gusta que me digan artista. Soy un hacedor de cosas. Yo no puedo vivir sin otra profesión que no sea ésta. Soy un vago muy ocupado. Todo eso me llena. Cuando yo trabajaba, trabajaba poco. Me pagaban por descansar en el Inos, prácticamente, porque el resto del día, una vez encendidas las bombas de agua, lo pasaba realizando mis dibujos y mis proyectos. Me pagaban hasta las utilidades. Cuando me empecé a dedicar a la actividad plástica nadie me pagaba beneficios extras. No expongo en galerías porque me dan fobia, algunas. Algunas galerías se benefician de nosotros, enormemente.
¿Qué es lo que a usted no le gusta del mundo del arte: los halagos, la compraventa?
Le voy a contar una cosa. Tengo tres premios desde que comencé a trabajar. En el último salón nacional compartí el premio Sociedad Amigos del Museo. No me gusta siquiera ganarme premios porque yo sé como llegan ellos a uno. Siempre un amigo es el que influye para que a uno le den un premio.
¿Cómo siente el arte en Venezuela?
Siento muy mal la actividad plástica, se lo digo con mucha franqueza. Hay un ministerio de Cultura y sé que invirtieron en literatura porque el anterior ministro era poeta, según me dijeron. Debió de serlo por la buena inversión que sobre esa materia se hizo. Pero me pregunto: ¿por qué si el Estado es el gran garante de la cultura no vuelve a establecer un gran nacional, con ramificaciones en todos los estados, para que los artistas plásticos puedan participar y expresarse? Entiendo también que hay como una directriz pero yo no puedo estar toda la vida viendo retratos de Miranda, negritos tocando tambor... ¿y las demás tendencias? Abstractos, paisajistas y todas esas cosas... Entiendo que ellos tienen razón en culturizar... pero hay que darle al pueblo variación, más ahora que hasta las computadoras son guiadas por obras de arte. Por eso es que yo me retraigo.
Rodrigo Rodríguez nació en Carora, Edo. Lara, en 1932. Cursó estudios en la Escuela de Artes Plásticas Martín Tovar y Tovar. Barquisimeto, Lara. Ha participado en los Salones (1962) Salón Julio A. Arce. Barquisimeto. (1966) Joven Pintura del Pez Dorado. Caracas. Joven Pintura UCV. Caracas. (1967) Salón Anual Ateneo de Coro, Falcón. XXV Salón Arturo Michelena. Valencia. Salón Oficial de Aragua, Maracay. Salón D' Empaire de Pintura. (1968) XXIX Salón Oficial de Arte Venezolano. (1969) XXX Salón Anual de Arte Venezolano. (1970) XXVIII Salón Arturo Michelena. Valencia.
También realizó exposiciones individuales en diversas ciudades.
Ha obtenido los siguientes reconocimientos: Premio Museo de Bellas Artes en su último salón oficial en 1969. Premio Andrés Pérez Mujica XXVIII Salón Arturo Michelena en 1970 y el Premio Chevron Oil Co. Maracaibo.
Su obra está representada en el Museo de Arte Moderno, Mérida. El Museo Jesús Soto, Ciudad. Bolívar y en el Ateneo de Valencia (Notitarde, 06/12/2008, Confabulario).-
http://azulfortaleza.blogspot.com/2008/12/rodrigo-rodrguez-artista-cintico-soy.html
domingo, 3 de noviembre de 2013
DE UNO A OTRO
EL NACIONAL - Domingo 03 de Noviembre de 2013 Papel Literario/5
Renato Rodríguez: Del Equanil al infinito
CARLOS FLORES
"¡Claro que conocí a Merv Griffin!, a quien después sacaron del canal y substituyeron por David Frost, con quien también trabajé", una pausa. Se rasca la barbilla, luego frota su nuca, exhala: "Y, por cierto, ese inglés no me miraba con buenos ojos.
Una vez me llamaron para que fuera a su oficina porque el aire acondicionado no le funcionaba. Yo fui y me di cuenta que no estaba enchufado. Lo enchufé y funcionó. Frost me preguntó, con su tremendo acento británico, `¿cuál era el problema del aire acondicionado?’. Y yo le contesté que no había problema, sino que él no lo había conectado. Dos tipos que estaban acompañándolo en su oficina se murieron de la risa y Frost, que había quedado en ridículo, se puso feroz y me dijo, entre dientes: `¡Pero qué tipo tan brillante es usted!’.
Pero lo dijo con ironía, por supuesto".
Tras narrar semejante anécdota con la tranquilidad de quien echa un cuento normalito y corriente, Renato Rodríguez encendió un cigarrillo y soltó una bocanada de humo.
Su voz se apagó y acomodó su liviana anatomía en una vieja y crujiente silleta de madera. Eso fue hace ocho años. Un encuentro que hoy siento que ocurrió hace siglos. De hecho, a veces me he preguntado, ¿de verdad me senté a hablar con el autor de Al Sur del Equanil, por allá bien arriba, entre la fría bruma de una montaña de El Consejo, en el estado Aragua, o todo se trató de alguna alucinación post-beat-post-hippiepost-literatura; alguna fantasía típica de quien quiere ser escritor y espera que, en algún raro momento de su vida, pueda toparse con un gigante de las letras (al mismo tiempo casi anónimo), como Renato Rodríguez? Pero en este momento, durante la noche de un sábado casi erótico, mientras las estrellas están ocultas en la oscura cúpula estelar, recuerdo muchos detalles, casi todos, de cuando escuché las leyendas, cuentos épicos y barbaridades, pronunciadas con voz espesa y añeja, por Renato Rodríguez. Un tipo que vivió, jodió, lo contó... y luego, igual que otros tantos guerreros, se retiró a un descanso elegido en su Valhala personal, donde la inmortalidad es un poema cuyos versos persisten como una conciencia suprema.
Buscando, siempre buscando Al Sur del Equanil (1963), El bonche (1976), La noche escuece (1985), Viva la pasta: las enseñanzas de Don Giuseppe (1985), Ínsulas (1996) y Quanos (1997). En un puñado de obras se plasma el trabajo de una vida alborotada. De largos y tornasoles recorridos; personajes que buscan, sin rumbo fijo, el futuro y, tal vez, alguna explicación de su pasado. Recuerdo terminar el último párrafo de ese tesoro que es Al Sur del Equanil. Apenas tenía 21 años de edad y odié el libro tanto como lo envidié.
Si Hunter S. Thompson fue mi gigante americano, había encontrado otro titán literario, y esta vez criollo. Hay una formidable vitalidad en ese texto, en pequeñas grandes frases como: "Y aunque escribir a máquina no te gusta tienes que admitir que el tecleteo de la Olympia es tan sabroso".
Me daba rabia vivir en el futuro y escribir frente a una caja color crema iluminada y no golpear las teclas de una vieja máquina y ver, ahí mismo, cómo el papel se va llenando con esa mística esencia que es la literatura, así como el protagonista de Al Sur del Equanil, David, busca su identidad como escritor y como ser humano. Busca, busca... y sigue buscando.
Todos los viajes... el viaje "Vivo aquí desde el año 1997, porque es tranquilo", suspiró Renato, quien tenía, en ese entonces, 78 años. Cierto, aquel paraje era tan tranquilo como lejano, 12 kilómetros en ascenso montañoso. Siempre hacia arriba, buscando las nubes. Podía sentirse el clima cambiar; la temperatura bajar como las pantaletas de una joven en medio del bullir de sus hormonas: otro mundo extendiendo sus brazos frescos y suaves. "Todavía te falta para llegar donde el viejo Renato", eso es lo que le escuchaba decir a las pocas personas que encontraba en aquel camino inhóspito. Los lugareños sabían que se llamaba Renato Rodríguez y que estaba encargado de una pequeña granja de café (a pesar de que su verdadero nombre era René, pero ésa es otra historia).
Sin embargo, pocos tenían idea del "personaje". Ignoraban que era escritor, casi-rival de Garmendia; el Kerouac venezolano. Un zorro experto en cazar párrafos impregnados de vivencias que luego fundiría en papel.
Sobre una mesa construida con un grueso y estropeado tablón, se apilaba una buena cantidad de libros, en su mayoría clásicos. Páginas amarillas. Cubiertas rasgadas. Renato ya casi no podía ver. Estaba por perder un ojo a causa del glaucoma. Pero el alma del narrador permanecía íntegra.
"Nací el mismo día que Kafka, un 3 de julio, en Margarita. A los 40 días de nacido mi papá, que era como muy pata caliente, nos llevó a vivir a Cumaná.
A él le gustaba mudarse". Y se mudaron tanto que en 1929 la familia se instaló en La Guaira.
"Mi papá trabajaba en una casa de agentes aduanales. Vivíamos en el hotel La Mejor, que era de una martiniqueña, la señora Cecilia Sant-Laurent. Ahí todo fue muy confuso porque una pareja de alemanes, de avanzada edad, quería adoptarme, que mi mamá me regalara. `Señora’, le dijeron, `usted y su marido son jóvenes, pueden tener más hijos. Nosotros no podemos concebir’." La madre de Renato sintió tanto miedo que recogió maletas y se fue hasta Caracas con su muchacho. Ahí, en una humilde pensión, ocurriría otro encuentro que también marcó al futuro escritor: una noche tranquila, con brisa fresca y cielo despejado, se rompió el silencio dentro de la pieza donde Renato vivía con su mamá. Un ruido brusco despertó a madre e hijo. Algo estaba pasando. En medio de la habitación, y surgiendo entre las sombras, apareció una figura masculina cuya silueta se iba mostrando, paso a paso, al ser bañada por la luz de un faro callejero que se proyectaba a través del ventanal. "Señora, no se asuste que yo no le voy a hacer nada ni a usted ni al niño", dijo una voz elegante que salía de un cuerpo muy bien presentado, vestido con chaleco y corbata.
"Yo soy un ladrón. Y para no perder el trabajo, permítame robarle esta medalla que está aquí". Aquella aparición, delincuente pero al mismo tiempo distinguida y gentil, causó impacto en el joven Renato.
"¡Caramba!, me dije. Yo tengo que ser ladrón para ser tan elegante como este hombre". Pero nunca se atrevió a robar; jamás pudo llenar, con la prestancia requerida, los sigilosos zapatos de un criminal.
Pronto cambiaría el pecado por la santidad. Mientras cursaba bachillerato como interno en el liceo San José de Los Teques, sintió un llamado espiritual. "Un día fui a hablar con el director del colegio, que era un sacerdote llamado Isaías Ojeda, le dije: `Mire, padre Ojeda, yo le voy a pedir un favor.
Quiero entrar al seminario porque he sentido el llamado de Dios’". Pero el cura no estaba nada emocionado con la petición y fue tajante: "Tú no sirves para ser sacerdote, lo tuyo es escribir, ponte a escribir. Ya verás que podrás desarrollarlo".
Y desde aquella tarde eso fue lo que Renato Rodríguez hizo: escribió, escribió sentado, acostado, con hambre, comiendo, pecando y hasta rezando, pero en sus textos no brotaba nada trascendental, memorable. Solo palabras que se caían sobre sí mismas, como endebles casas hechas de barajas.
Tras finalizar el bachillerato en Venezuela, viaja a Colombia y se inscribe en una academia militar, para obtener el bachillerato superior. Al egresar, se topó con un joven cantante y se convirtió en su representante. Juntos recorrerían medio continente. "Eso fue porque me enteré y quedé fascinado al saber que un margariteño, Alfonso Asaab, fue el agente de Carlos Gardel. Pero mi cantante era muy rochelero y quería interpretar hasta ópera, así que nos separamos en Quito", recordó sonriente. De Quito se traslada a Lima, donde siguió su entrenamiento para ser escritor. "Faulkner le había dado un consejo a un muchacho que quería ser escritor: consígase un trabajo en un burdel, le dijo". Acto seguido, Renato colocó sus maletas en un catre del famoso burdel de doña Elvira.
Esa fue su residencia hasta que abandonó Perú para ir a Chile, donde por fin logró escribir.
"Escribía sobre cualquier cosa, día y noche. Eso fue en 1949 y después del cincuenta regresé a Venezuela porque mi papá me arrastró de una oreja". Y en su patria, entre Caracas y Cumaná, fue productor de leche, agricultor y oficinista, al tiempo que finalizaba la redacción de su desordenada primera novela, que terminó siendo un clásico.
Al Sur del Ecuador El cuento ya es leyenda popular: "Un día estábamos en un bar muy bueno, en la avenida Caroní de Bello Monte. Yo estaba ahí con una gente y entre ellos andaba Gonzalo Castellanos, quien era arquitecto y me preguntó a qué me dedicaba.
Le dije que era escritor y que tenía una novela lista. Cuando iba a decir que se llamaba Al Sur del Ecuador (ese era su título original) me equivoqué y le dije: Al Sur del Equanil, que era una pastilla calmante muy popular. Salvador Garmendia, que estaba presente y muy rascado, dijo: `Ah, pero qué cosa tan buena’. La gente se imaginó que él había leído mi novela y la había encontrado muy buena pero la verdad es que Garmendia se estaba refiriendo a la pastilla llamada Equanil, que era muy buena. Resulta que se corrió la voz de que yo tenía una novela que hasta Salvador Garmendia la había aprobado".
Meses después se publica Al sur del Equanil. "Cuando la publiqué me dijeron de todo. Se produjo un incidente porque la gente discutía cuál era mejor, si Los pequeños seres o Al sur del Equanil. Pero yo no estaba compitiendo con Garmendia porque nuestros estilos eran muy diferentes. Me acusaban de ser plagiario de Kerouac, de Henry Miller, del noveau romance francés". Escapó de su pequeña polémica literaria y dejó el país, otra vez, para instalarse en la vibrante New York.
Ahí trabajó en un restaurante italiano de la calle 33 y fue de los primeros en vivir en un loft de lo que hoy se conoce como Soho. Cuando se cansó, cogió un bus y atravesó el país, hasta Los Ángeles, donde recogía los platos sucios que dejaban los huéspedes del Hotel Billtmore y, tras esa breve estadía, se mudó a San Francisco. "¡Qué ciudad tan hermosa!", recuerda con los ojos brillando. "¡Dígame ese puente Golden Gate, la bahía y después el barrio chino!", suspira, "San Francisco a mediados de los sesenta fue un lugar muy especial". Después regresaría a New York, a trabajar en la Westinghouse Broadcasting Company, en el show de Merv Griffin. "Pero yo me la pasaba de baile en baile, me decían piernas de goma", y precisamente de esos bailes nace la idea de su obra El Bonche (Monte Ávila Editores, 1976).
La exagerada vida de Renato Rodríguez no se limita al continente americano. Viajó en buque hasta Francia. Desembarcó y tomó un tren hasta París, donde se topó con un viejo amigo chileno y consiguió un empleo en la Oficina de Cooperación a la Escuela del gobierno francés. "Si uno tiene paciencia y humor le va bien donde quiera. Estuve en Bélgica, Suiza, Italia y una larga temporada en Alemania, en Dusseldorf, trabajando en una fábrica de piezas para automóviles". Con los años el tanque de gasolina se fue secando. Los viajes se redujeron y una mañana fresca y soleada, yo estaba frente a Renato, el gran escritor venezolano y Premio Nacional de Literatura, en una pequeña granja cafetalera en Aragua, escuchando su gran relato de vida que, es al mismo tiempo, su máxima obra. Renato Rodríguez murió el 22 de junio de 2011, un miércoles.
Tenía 86 años.
Durante aquel memorable encuentro, Renato me dijo que sentía que la pólvora ya se le había mojado y que ya no quería escribir. "¿Para qué voy a escribir?, aquí nadie lee", murmuró melancólico.
Maestro: espero que estés en algún bus celestial, acompañado por Kerouac y el resto de la tropa, y vayan disparados a toda velocidad, la gran juerga de todas las juergas, la brisa fuerte, fría, entrando por las ventanillas, más allá del Golden Gate... más allá del Equanil.
Renato Rodríguez: Del Equanil al infinito
CARLOS FLORES
"¡Claro que conocí a Merv Griffin!, a quien después sacaron del canal y substituyeron por David Frost, con quien también trabajé", una pausa. Se rasca la barbilla, luego frota su nuca, exhala: "Y, por cierto, ese inglés no me miraba con buenos ojos.
Una vez me llamaron para que fuera a su oficina porque el aire acondicionado no le funcionaba. Yo fui y me di cuenta que no estaba enchufado. Lo enchufé y funcionó. Frost me preguntó, con su tremendo acento británico, `¿cuál era el problema del aire acondicionado?’. Y yo le contesté que no había problema, sino que él no lo había conectado. Dos tipos que estaban acompañándolo en su oficina se murieron de la risa y Frost, que había quedado en ridículo, se puso feroz y me dijo, entre dientes: `¡Pero qué tipo tan brillante es usted!’.
Pero lo dijo con ironía, por supuesto".
Tras narrar semejante anécdota con la tranquilidad de quien echa un cuento normalito y corriente, Renato Rodríguez encendió un cigarrillo y soltó una bocanada de humo.
Su voz se apagó y acomodó su liviana anatomía en una vieja y crujiente silleta de madera. Eso fue hace ocho años. Un encuentro que hoy siento que ocurrió hace siglos. De hecho, a veces me he preguntado, ¿de verdad me senté a hablar con el autor de Al Sur del Equanil, por allá bien arriba, entre la fría bruma de una montaña de El Consejo, en el estado Aragua, o todo se trató de alguna alucinación post-beat-post-hippiepost-literatura; alguna fantasía típica de quien quiere ser escritor y espera que, en algún raro momento de su vida, pueda toparse con un gigante de las letras (al mismo tiempo casi anónimo), como Renato Rodríguez? Pero en este momento, durante la noche de un sábado casi erótico, mientras las estrellas están ocultas en la oscura cúpula estelar, recuerdo muchos detalles, casi todos, de cuando escuché las leyendas, cuentos épicos y barbaridades, pronunciadas con voz espesa y añeja, por Renato Rodríguez. Un tipo que vivió, jodió, lo contó... y luego, igual que otros tantos guerreros, se retiró a un descanso elegido en su Valhala personal, donde la inmortalidad es un poema cuyos versos persisten como una conciencia suprema.
Buscando, siempre buscando Al Sur del Equanil (1963), El bonche (1976), La noche escuece (1985), Viva la pasta: las enseñanzas de Don Giuseppe (1985), Ínsulas (1996) y Quanos (1997). En un puñado de obras se plasma el trabajo de una vida alborotada. De largos y tornasoles recorridos; personajes que buscan, sin rumbo fijo, el futuro y, tal vez, alguna explicación de su pasado. Recuerdo terminar el último párrafo de ese tesoro que es Al Sur del Equanil. Apenas tenía 21 años de edad y odié el libro tanto como lo envidié.
Si Hunter S. Thompson fue mi gigante americano, había encontrado otro titán literario, y esta vez criollo. Hay una formidable vitalidad en ese texto, en pequeñas grandes frases como: "Y aunque escribir a máquina no te gusta tienes que admitir que el tecleteo de la Olympia es tan sabroso".
Me daba rabia vivir en el futuro y escribir frente a una caja color crema iluminada y no golpear las teclas de una vieja máquina y ver, ahí mismo, cómo el papel se va llenando con esa mística esencia que es la literatura, así como el protagonista de Al Sur del Equanil, David, busca su identidad como escritor y como ser humano. Busca, busca... y sigue buscando.
Todos los viajes... el viaje "Vivo aquí desde el año 1997, porque es tranquilo", suspiró Renato, quien tenía, en ese entonces, 78 años. Cierto, aquel paraje era tan tranquilo como lejano, 12 kilómetros en ascenso montañoso. Siempre hacia arriba, buscando las nubes. Podía sentirse el clima cambiar; la temperatura bajar como las pantaletas de una joven en medio del bullir de sus hormonas: otro mundo extendiendo sus brazos frescos y suaves. "Todavía te falta para llegar donde el viejo Renato", eso es lo que le escuchaba decir a las pocas personas que encontraba en aquel camino inhóspito. Los lugareños sabían que se llamaba Renato Rodríguez y que estaba encargado de una pequeña granja de café (a pesar de que su verdadero nombre era René, pero ésa es otra historia).
Sin embargo, pocos tenían idea del "personaje". Ignoraban que era escritor, casi-rival de Garmendia; el Kerouac venezolano. Un zorro experto en cazar párrafos impregnados de vivencias que luego fundiría en papel.
Sobre una mesa construida con un grueso y estropeado tablón, se apilaba una buena cantidad de libros, en su mayoría clásicos. Páginas amarillas. Cubiertas rasgadas. Renato ya casi no podía ver. Estaba por perder un ojo a causa del glaucoma. Pero el alma del narrador permanecía íntegra.
"Nací el mismo día que Kafka, un 3 de julio, en Margarita. A los 40 días de nacido mi papá, que era como muy pata caliente, nos llevó a vivir a Cumaná.
A él le gustaba mudarse". Y se mudaron tanto que en 1929 la familia se instaló en La Guaira.
"Mi papá trabajaba en una casa de agentes aduanales. Vivíamos en el hotel La Mejor, que era de una martiniqueña, la señora Cecilia Sant-Laurent. Ahí todo fue muy confuso porque una pareja de alemanes, de avanzada edad, quería adoptarme, que mi mamá me regalara. `Señora’, le dijeron, `usted y su marido son jóvenes, pueden tener más hijos. Nosotros no podemos concebir’." La madre de Renato sintió tanto miedo que recogió maletas y se fue hasta Caracas con su muchacho. Ahí, en una humilde pensión, ocurriría otro encuentro que también marcó al futuro escritor: una noche tranquila, con brisa fresca y cielo despejado, se rompió el silencio dentro de la pieza donde Renato vivía con su mamá. Un ruido brusco despertó a madre e hijo. Algo estaba pasando. En medio de la habitación, y surgiendo entre las sombras, apareció una figura masculina cuya silueta se iba mostrando, paso a paso, al ser bañada por la luz de un faro callejero que se proyectaba a través del ventanal. "Señora, no se asuste que yo no le voy a hacer nada ni a usted ni al niño", dijo una voz elegante que salía de un cuerpo muy bien presentado, vestido con chaleco y corbata.
"Yo soy un ladrón. Y para no perder el trabajo, permítame robarle esta medalla que está aquí". Aquella aparición, delincuente pero al mismo tiempo distinguida y gentil, causó impacto en el joven Renato.
"¡Caramba!, me dije. Yo tengo que ser ladrón para ser tan elegante como este hombre". Pero nunca se atrevió a robar; jamás pudo llenar, con la prestancia requerida, los sigilosos zapatos de un criminal.
Pronto cambiaría el pecado por la santidad. Mientras cursaba bachillerato como interno en el liceo San José de Los Teques, sintió un llamado espiritual. "Un día fui a hablar con el director del colegio, que era un sacerdote llamado Isaías Ojeda, le dije: `Mire, padre Ojeda, yo le voy a pedir un favor.
Quiero entrar al seminario porque he sentido el llamado de Dios’". Pero el cura no estaba nada emocionado con la petición y fue tajante: "Tú no sirves para ser sacerdote, lo tuyo es escribir, ponte a escribir. Ya verás que podrás desarrollarlo".
Y desde aquella tarde eso fue lo que Renato Rodríguez hizo: escribió, escribió sentado, acostado, con hambre, comiendo, pecando y hasta rezando, pero en sus textos no brotaba nada trascendental, memorable. Solo palabras que se caían sobre sí mismas, como endebles casas hechas de barajas.
Tras finalizar el bachillerato en Venezuela, viaja a Colombia y se inscribe en una academia militar, para obtener el bachillerato superior. Al egresar, se topó con un joven cantante y se convirtió en su representante. Juntos recorrerían medio continente. "Eso fue porque me enteré y quedé fascinado al saber que un margariteño, Alfonso Asaab, fue el agente de Carlos Gardel. Pero mi cantante era muy rochelero y quería interpretar hasta ópera, así que nos separamos en Quito", recordó sonriente. De Quito se traslada a Lima, donde siguió su entrenamiento para ser escritor. "Faulkner le había dado un consejo a un muchacho que quería ser escritor: consígase un trabajo en un burdel, le dijo". Acto seguido, Renato colocó sus maletas en un catre del famoso burdel de doña Elvira.
Esa fue su residencia hasta que abandonó Perú para ir a Chile, donde por fin logró escribir.
"Escribía sobre cualquier cosa, día y noche. Eso fue en 1949 y después del cincuenta regresé a Venezuela porque mi papá me arrastró de una oreja". Y en su patria, entre Caracas y Cumaná, fue productor de leche, agricultor y oficinista, al tiempo que finalizaba la redacción de su desordenada primera novela, que terminó siendo un clásico.
Al Sur del Ecuador El cuento ya es leyenda popular: "Un día estábamos en un bar muy bueno, en la avenida Caroní de Bello Monte. Yo estaba ahí con una gente y entre ellos andaba Gonzalo Castellanos, quien era arquitecto y me preguntó a qué me dedicaba.
Le dije que era escritor y que tenía una novela lista. Cuando iba a decir que se llamaba Al Sur del Ecuador (ese era su título original) me equivoqué y le dije: Al Sur del Equanil, que era una pastilla calmante muy popular. Salvador Garmendia, que estaba presente y muy rascado, dijo: `Ah, pero qué cosa tan buena’. La gente se imaginó que él había leído mi novela y la había encontrado muy buena pero la verdad es que Garmendia se estaba refiriendo a la pastilla llamada Equanil, que era muy buena. Resulta que se corrió la voz de que yo tenía una novela que hasta Salvador Garmendia la había aprobado".
Meses después se publica Al sur del Equanil. "Cuando la publiqué me dijeron de todo. Se produjo un incidente porque la gente discutía cuál era mejor, si Los pequeños seres o Al sur del Equanil. Pero yo no estaba compitiendo con Garmendia porque nuestros estilos eran muy diferentes. Me acusaban de ser plagiario de Kerouac, de Henry Miller, del noveau romance francés". Escapó de su pequeña polémica literaria y dejó el país, otra vez, para instalarse en la vibrante New York.
Ahí trabajó en un restaurante italiano de la calle 33 y fue de los primeros en vivir en un loft de lo que hoy se conoce como Soho. Cuando se cansó, cogió un bus y atravesó el país, hasta Los Ángeles, donde recogía los platos sucios que dejaban los huéspedes del Hotel Billtmore y, tras esa breve estadía, se mudó a San Francisco. "¡Qué ciudad tan hermosa!", recuerda con los ojos brillando. "¡Dígame ese puente Golden Gate, la bahía y después el barrio chino!", suspira, "San Francisco a mediados de los sesenta fue un lugar muy especial". Después regresaría a New York, a trabajar en la Westinghouse Broadcasting Company, en el show de Merv Griffin. "Pero yo me la pasaba de baile en baile, me decían piernas de goma", y precisamente de esos bailes nace la idea de su obra El Bonche (Monte Ávila Editores, 1976).
La exagerada vida de Renato Rodríguez no se limita al continente americano. Viajó en buque hasta Francia. Desembarcó y tomó un tren hasta París, donde se topó con un viejo amigo chileno y consiguió un empleo en la Oficina de Cooperación a la Escuela del gobierno francés. "Si uno tiene paciencia y humor le va bien donde quiera. Estuve en Bélgica, Suiza, Italia y una larga temporada en Alemania, en Dusseldorf, trabajando en una fábrica de piezas para automóviles". Con los años el tanque de gasolina se fue secando. Los viajes se redujeron y una mañana fresca y soleada, yo estaba frente a Renato, el gran escritor venezolano y Premio Nacional de Literatura, en una pequeña granja cafetalera en Aragua, escuchando su gran relato de vida que, es al mismo tiempo, su máxima obra. Renato Rodríguez murió el 22 de junio de 2011, un miércoles.
Tenía 86 años.
Durante aquel memorable encuentro, Renato me dijo que sentía que la pólvora ya se le había mojado y que ya no quería escribir. "¿Para qué voy a escribir?, aquí nadie lee", murmuró melancólico.
Maestro: espero que estés en algún bus celestial, acompañado por Kerouac y el resto de la tropa, y vayan disparados a toda velocidad, la gran juerga de todas las juergas, la brisa fuerte, fría, entrando por las ventanillas, más allá del Golden Gate... más allá del Equanil.
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Renato Rodríguez
miércoles, 25 de septiembre de 2013
INCONVENIENCIA
EL NACIONAL - Miércoles 25 de Septiembre de 2013 Nación/3
AN Carlos Flores sería el diputado 99
Denuncian a diputado "comprador de conciencias"
"Orangel López carga un maletín de Pdvsa", aseguró la diputada María Mercedes Aranguren
H. L-G
La oposición denunció ayer con nombres y apellidos quiénes serían el "virtual diputado 99" que apoyaría la ley habilitante anticorrupción y el ejecutor de la "compra de conciencias": el parlamentario suplente de Monagas, Carlos Flores, y el diputado y coordinador del PSUV-Monagas, Orangel López, respectivamente.
La parlamentaria de Mi Gato, María Mercedes Aranguren, reveló la información, acompañada de la bancada opositora en los pasillos de la Asamblea Nacional, luego de perder contacto con Flores y de obtener datos sobre cómo López le envió mensajes a cambio de mejorar su situación económica.
"Flores tiene un problema con una finca al Sur de Monagas, que le fue invadida, así como la enfermedad de su padre, lo que es aprovechado por la mafia que controla el país para que voten por ellos. Orangel López carga un maletín de Pdvsa con el que compra conciencias", aseguró Aranguren, quien dijo que trató de comunicarse con su suplente, pero desde hace dos semanas le ha sido imposible.
El PSUV necesita 99 votos para aprobar poderes especiales al presidente Nicolás Maduro y la fórmula para conseguirlos sería "neutralizar" a ex compañeros que ahora son disidentes, pero que tienen a suplentes allegados. Aranguren sostiene que se le pretende allanar la inmunidad parlamentaria para que Flores pase a ser principal. "El fiscal 53 consideró que había elementos para pedir mi antejuicio de mérito por la adquisición de unos títulos valores cuando estuve en la Gobernación de Monagas, en la gestión de José Gregorio Briceño, a pesar de que estos instrumentos eran válidos y permitidos por la Comisión Nacional de Valores en 2011. ¡Eran legales! El caso se activa por una retaliación política contra el ex gobernador Briceño".

Niegan debate. La Asamblea Nacional no debatió contenido y alcance de los acuerdos firmados en China por el presidente Nicolás Maduro por negativa del PSUV. El diputado José González (indep) pidió aclarar que entrega Venezuela para conseguir 5 millardos de dólares en préstamos y el oficialismo impuso mayoría y no pasó: "No sabemos a cambio de qué; sí es a cambio de más petróleo a futuro o de as menguadas reservas internacionales que escasamente no llegan a un mes de importaciones. En 2008 teníamos 42 mil 400 millones de dólares en reservas internacionales, de las cuales 32 mil millones eran líquidas, hoy apenas tenemos 850 millones líquidos".
Nota LB: Fue María Corina Machado, quien - curul por curul - invitó a la solidaridad con la parlamentaria monaguense, ahora víctima de la insolente maniobra habilitante. Tragicomedia para el inlocalizable Carlos Flores que subraya el suplicio de aparecer en el elenco del PSUV, dispuesto y expuesto al tronar autoritario. Dos de las veinte gráficas que tomamos ayer. Por cierto, hubo un diputado que me pidió que no lo fotografiara, pues, en el fondo, me dijo que no le convenía ...
AN Carlos Flores sería el diputado 99
Denuncian a diputado "comprador de conciencias"
"Orangel López carga un maletín de Pdvsa", aseguró la diputada María Mercedes Aranguren
H. L-G
La oposición denunció ayer con nombres y apellidos quiénes serían el "virtual diputado 99" que apoyaría la ley habilitante anticorrupción y el ejecutor de la "compra de conciencias": el parlamentario suplente de Monagas, Carlos Flores, y el diputado y coordinador del PSUV-Monagas, Orangel López, respectivamente.
La parlamentaria de Mi Gato, María Mercedes Aranguren, reveló la información, acompañada de la bancada opositora en los pasillos de la Asamblea Nacional, luego de perder contacto con Flores y de obtener datos sobre cómo López le envió mensajes a cambio de mejorar su situación económica.
"Flores tiene un problema con una finca al Sur de Monagas, que le fue invadida, así como la enfermedad de su padre, lo que es aprovechado por la mafia que controla el país para que voten por ellos. Orangel López carga un maletín de Pdvsa con el que compra conciencias", aseguró Aranguren, quien dijo que trató de comunicarse con su suplente, pero desde hace dos semanas le ha sido imposible.
El PSUV necesita 99 votos para aprobar poderes especiales al presidente Nicolás Maduro y la fórmula para conseguirlos sería "neutralizar" a ex compañeros que ahora son disidentes, pero que tienen a suplentes allegados. Aranguren sostiene que se le pretende allanar la inmunidad parlamentaria para que Flores pase a ser principal. "El fiscal 53 consideró que había elementos para pedir mi antejuicio de mérito por la adquisición de unos títulos valores cuando estuve en la Gobernación de Monagas, en la gestión de José Gregorio Briceño, a pesar de que estos instrumentos eran válidos y permitidos por la Comisión Nacional de Valores en 2011. ¡Eran legales! El caso se activa por una retaliación política contra el ex gobernador Briceño".

Niegan debate. La Asamblea Nacional no debatió contenido y alcance de los acuerdos firmados en China por el presidente Nicolás Maduro por negativa del PSUV. El diputado José González (indep) pidió aclarar que entrega Venezuela para conseguir 5 millardos de dólares en préstamos y el oficialismo impuso mayoría y no pasó: "No sabemos a cambio de qué; sí es a cambio de más petróleo a futuro o de as menguadas reservas internacionales que escasamente no llegan a un mes de importaciones. En 2008 teníamos 42 mil 400 millones de dólares en reservas internacionales, de las cuales 32 mil millones eran líquidas, hoy apenas tenemos 850 millones líquidos".
Nota LB: Fue María Corina Machado, quien - curul por curul - invitó a la solidaridad con la parlamentaria monaguense, ahora víctima de la insolente maniobra habilitante. Tragicomedia para el inlocalizable Carlos Flores que subraya el suplicio de aparecer en el elenco del PSUV, dispuesto y expuesto al tronar autoritario. Dos de las veinte gráficas que tomamos ayer. Por cierto, hubo un diputado que me pidió que no lo fotografiara, pues, en el fondo, me dijo que no le convenía ...
lunes, 23 de septiembre de 2013
CAZA DE CITAS
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Edna Estéves
("Domingo Alberto Rangel, político rebelde y apasionado escritor", Vadell Hermanos, Caracas-Valencia, 2007: 107 s.)
Fotografía: Carlos Flores, para un reportaje de Rosita Regalado sobre los legisladores, calificado Domingo Alberto Rangel como el más inelegantes. Venezuela Gráfica, Caracas, nr. 541 de 02/1962.
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domingo, 22 de septiembre de 2013
DESANONIMATO

Ox Armand
Le toca el turno a María Aranguren que es diputada independiente por el estado Monagas. Ese pretexto como el tal diputado 99 la saca del anonimato, como ocurre igual con su suplente Carlos Flores del PSUV. Es evidente que los analistas (para reforzar la obviedad: de inteligencia), después de tanto analizar el problema, paseándose por la historia de cada diputado de la oposición, pareen privilegiarlos hasta nuevo aviso. Pero el comentario que nos permitimos hoy, no apunta a la habilitante que el gobierno aspira y a la captura del voto que le es necesario, sino a la rarísima manera de lograr el reconocimiento como parlamentario en Venezuela. No a través del ruido que se haga, más que un carro nuevo, como sentenció humorísticamente Andrés Eloy Blanco, sino por la perfedia gubernamental.
En ningún país del mundo, el parlamentario nacional es automáticamente un referente … nacional. Son (como es lógico) muchos y hay un cogollito que procura monopolizar la atención del país. Ni siquiera en Estados Unidos que tiene cien senadores y todo lo que cuesta llegar a serlo, puede decirse que los hay más de diez con la debida atención nacional e internacional de los medios. Y no se diga de los numerosísimos representantes de períodos más cortos. En Venezuela, se sale del anonimato (o relativamente de él), cuando el gobierno le da la ocasión a sus partidarios de lucirse o de atreverse, y la oposición (a través de la gran prensa) hace algo parecido; mediante el trabajo personal e intenso de denuncia y de legislación que, sin embargo, debe sufrir la falta de reconocimiento de los medios públicos y privados; o mediante el allanamiento o la inhabilitación del diputado que permite los cinco minutos de fama a lo Warhol, para el principal y el suplente. Y es lo que ocurre ahora con la Aranguren y con el Flores.

http://opinionynoticias.com/opinionpolitica/16706-reconocimiento-parlamentario
Gráficas: El Nacional, Caracas, 22/09/2013.
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