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sábado, 25 de noviembre de 2017

ESCALERA AL CIELO

EL PAÍS, Madrid, 18 de noviembre de 2017
EN PORTADA
La utopía de las bibliotecas ideales
Jordi Llovet
 
Preguntarse hoy por una “biblioteca ideal” resulta casi una utopía, además de un anacronismo: este es el daño que le ha hecho a la producción literaria la mercadotecnia y la falta de un conocimiento consolidado por parte del lector común en materia de literatura.

Es posible que en la Grecia del siglo V existiera algo así como una “biblioteca ideal”, como lo atestigua la colección, perdida en buena parte pero documentada, de la biblioteca de Alejandría. Salvo en casos de pérdida irremisible de muchas obras de la antigüedad, aquella biblioteca helenística debió de poseer lo que la tradición había llegado a considerar la gran literatura en lengua griega. Sucedió lo mismo en Roma, cuyos “rollos” de escritura, aun cuando fuesen de una calidad literaria menos homogénea que la griega, demostrarían que los rétores, los gramáticos y los filósofos tuvieron claro qué era lo que podía considerarse ideal —de acuerdo con baremos religiosos, estéticos, políticos y didácticos—, y qué debía ser considerado non classicus, es decir, de poca categoría.

También en la Edad Media resultaron vigentes varios criterios, además del que concibió el de Aquino, tan aristotélico —ad pulchritudinem tria requirintur: integritas, consonantia, claritas—, para considerar qué era lo bueno, o lo ideal, y qué lo secundario, gracias a la autoridad de la compleja red de valores propia de los largos siglos tardorromanos, y luego neolatinos, basada primero en la teología cristiana, y luego en el no menos poderoso código —a partir del siglo XII—, de la sociedad caballeresca y feudal. La producción de literatura era entonces tan escasa, y se encontraba tan anclada en modelos que, directa o indirectamente, procedían del dogma cristiano, que era poco concebible la creación de poesía, teatro o épica contraria a una ideología y unos mitos que, como la realeza, se hallaban por fuerza impregnados de símbolos y argumentos predeterminados e ineludibles. Las bibliotecas medievales —dejando a un lado los clásicos conservados por las órdenes monásticas y las casas nobles— fueron casi siempre representaciones de un mundo simbólico en el que tenían un papel muy poco significativo las muestras “heréticas”, paganas o no canónicas, de expresión literaria.

Solo a partir del humanismo, o a partir de fenómenos como la invención de la imprenta, el redescubrimiento de la grandeza de las literaturas griega y latina, la consolidación de las lenguas vulgares, la labor de los traductores o el contacto frecuente entre hombres de letras de países muy diversos, solo entonces, y de un modo progresivo, la literatura proliferó de un modo extraordinario; y los marcos conceptuales, o los “campos” de lo literario se volvieron tan distintos, que surgió por vez primera, en nuestra civilización escrita, una enorme disparidad de criterios, de géneros literarios, de asuntos y de públicos lectores u oidores de lo que empezó a constituirse, con mucha entidad y cada vez mayor autonomía, el ámbito universal de lo literario.

A partir de los primeros siglos modernos, el panorama literario presentó tal variedad de formas, de recursos y de regulación estética, que ya entonces podría haberse iniciado la disputa —tan poderosa durante el siglo XVIII— acerca de lo clásico y lo moderno, lo bueno y lo malo, lo ideal y lo rechazable. Cada vez más, escribir se convirtió en un trabajo independiente de nuestra herencia clásica, y los libros, cuando ya eran propiamente los códices asequibles que seguimos usando, respondieron a criterios desgajados de todo dogmatismo, proclives a satisfacer gustos distintos, amigos de la novedad y la singularidad. No cabe duda de que los clásicos grecolatinos, o la propia Biblia, siguieron aquilatando una gran parte de las literaturas modernas y contemporáneas —véase Moby Dick, de Melville, por ejemplo, e incluso Ulysses, de Joyce—, pero esta influencia, en el seno de producciones enteramente libres, pasó a convertirse en solo una referencia de autoridad, un vestigio agradecido del acervo antiguo.

Más varió aún el panorama cuando, en la época posterior a la Ilustración, las literaturas conocieron un despliegue de una osadía fabulosa —así las literaturas del Romanticismo—, los índices de alfabetización se multiplicaron de manera exponencial, y la lectura se convirtió en un hábito cada vez más extendido, más “democrático” y menos sujeto a cualquier forma de mitología colectiva o de dogmatismo teológico. Si todavía en los siglos renacentistas o en el Grand Siècle francés se pudo hablar de una “biblioteca ideal” o de lo que podía ser idealmente la “buena literatura”, parece claro que, entre el siglo XIX y nuestros días, la literatura rebosó por completo los márgenes de la tradición y lo “canónico”; de modo que actualmente no hay casi ninguna instancia que pueda arrogarse el derecho a establecer el listado de lo que llamaríamos “la biblioteca ideal”.

Harold Bloom presentó uno, muy famoso, en su libro El canon occidental, en el que, sin disimulo alguno, privilegiaba a la literatura inglesa, y a Shakespeare en especial, con la más absoluta tranquilidad. Una tarea así resulta siempre inútil, por cuanto existen, en nuestro continente, muchos autores y libros hoy poco leídos, pero de gran categoría, que durante un tiempo ascendieron al canon literario o cayeron de él por razones que suelen ser circunstanciales, ideológicas o partidistas. No hay más que ver la lista de los autores premiados con el Nobel de literatura para darse cuenta de que muchos de ellos subieron al Parnaso del canon literario —como pasó con el parnaso cervantino— para caer de él al cabo de pocos decenios, si no años: véase el caso de nuestros Echegaray y Benavente, o los casos de R.C Eucken (Alemania), W. Reymond (Polonia), o E.A. Karlfeldt (Suecia).

La undécima edición de The Encyclopaedia Britannica (1911, con dos volúmenes complementarios de 1920), en opinión de Borges la mejor edición de cuantas se han estampado de esta enciclopedia ejemplar, apenas sabía en esa fecha quiénes eran Flaubert, Melville o Hölderlin, pero dedicaba a Alfred Lord Tennyson, un poeta de autoridad muy relativa, doce columnas.

Basten estos ejemplos para comprender que las listas de una “biblioteca ideal” pecan siempre de alguna arbitrariedad y suelen tener un valor epocal, refigurado con el paso de los años gracias al número de ediciones y de lectores que puede llegar a poseer un libro, por la entronización de determinados autores a cargo de la academia o de colectivos fanáticos, o por el reconocimiento tardío de ciertos valores que han pasado siglos en el desván del olvido.

La academia, y con ella los programas de enseñanza de la literatura en escuelas y universidades, serían desde hace tiempo la única garantía de conservación de un criterio estético en relación con el mercado y la difusión de productos literarios. Invisible e ineficaz, cada vez más, la autoridad de esas instancias, lo que corresponde es suponer que cada lector posee hoy su biblioteca de excelencias. Así lo apreciaba ya Paul Valéry en una entrada de sus Cahiers, bajo el epígrafe “Obras maestras”: “No es nunca el autor quien hace una obra maestra. La obra maestra se debe a los lectores, a la calidad del lector. Lector ceñido, con finura, con parsimonia, con tiempo y una ingenuidad armada [...] Solo él puede conseguir la obra maestra, exigir la particularidad, el cuidado, los efectos inagotables, el rigor, la elegancia, la perdurabilidad, la relectura de un libro”. Valéry se refería a lectores muy capaces, como él mismo, pero es posible que, en estos momentos, ni siquiera existan esos finos lectores en términos generales. Por consiguiente, quizá deberíamos suponer que, para el lector común de nuestros días, no exista mejor biblioteca ideal que aquella que él ha leído con placer y que, en el mejor de los casos, en un gesto nuevamente benedictino, conservará en su biblioteca hasta la muerte.
(*) JORDI LLOVET es catedrático de Literatura Comparada en la Universidad de Barcelona

Libros sobre libros
  • Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal. Nuccio Ordine. Acantilado.
  • Atlas de literatura universal. 35 obras para descubrir el mundo. Fernando Aramburu, Andrés Barba, Ana Garralón, Marta Sanz y otros. Nórdica.
  • Manual de remedios literarios. Cómo curarnos con libros. Ella Berthoud y Susan Elderlin. Siruela.
  • Trazado. Un atlas literario. Andre DeGraff y Daniwl Harmon. Impedimenta.
  • Leer contra la nada. Antonio Basanta. Siruela.
  • Libroterapia. Leer es vida. Jordi Nadal. Plataforma.
  • Mientras embalo mi biblioteca. Alberto Manguel. Alianza.
Fuente:
Ilustración: Dibujo de Tom Gauld para su libro 'En la cocina con Kafka', que la editorial Salamandra publicará en febrero de 2018.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

BIBLIÓSIS

De los lomos partidos (o léase en caso de emergencia)
Luis Barragán


Día algo particular, la agenda de actividades pautaba un par de reuniones en la sede administrativa de la Asamblea Nacional y, luego del mediodía, otra en la Universidad Metropolitana, las cuales cumplimos. En ésta, nos encontramos con José Alberto Olivar, quien nos obsequió con un recorrido comentado por las bibliotecas “Pedro Grases” y “Arturo Uslar Pietri”, pues, ya estaba cerrada la ”Ramón J. Velásquez” de la casa de estudios, finalizando la tarde con una visita a la embajada chilena, ocasión que no había tenido para compartir con los compatriotas que se refugiaron en ella, antes que el régimen les diera alcance.

Versamos sobre espacios extraordinariamente preservados, seguros y silenciosos, contentivos de las afortunadas donaciones que tuvieron a bien decidir los tres insignes venezolanos, como Sofía Imber lo hizo con la Universidad Católica Andrés Bello y, esperamos, lo haga Guillermo Morón con sus más de veinte mil ejemplares, a favor de una institución seria y confiable. Desafortunadamente, tamaño aporte no puede realizarse al Estado, porque – tan lesionado -  ni siquiera garantiza la preservación de un patrimonio invaluable, fundamentalmente destinado el   presupuesto público para el servicio de la deuda externa, la adquisición de armamentos y los excesos publicitarios que lo caracterizan.

Grato recorrido, no cesó el intercambio de ideas, la verificación de datos y la propia  admiración por los títulos que zurcen los anaqueles, hallando el que tuvimos la  suerte de concursar, editado por la Unimet, sobre el Esequibo. De la fotografía de un estante de la colección de Ruedo, periódico taurino que animaba a Grases, pasamos a la primera edición en español del más conocido libro de John Maynard Keynes, cuya página inicial registramos en las manos de Olivar, portador de las inquietudes de Uslar Pietri.

Léase en caso de emergencia

Pasamos de la cultura oral a la electrónica, sin agotar la escrita. A lo sumo, confiando en el  dispositivo que tenga un diccionario, nos hemos convertido en respondedores insignes de pocos caracteres y muchas imágenes.

El enorme salto tecnológico, con todo y sus retrasos, por lo menos, en este rincón del mundo,  nos orienta hacia una sociedad de ágrafos de interés para una dictadura interesada – precisamente – en que acatemos sus dictámenes. La profusa telegrafía electrónica, no resuelve todas nuestras inquietudes, e – incluso -  bajo la severísima era del control de cambio, nos fuerza aún más a los viejos impresos para cubrir nuestras emergencias, reconocidas y declaradas como tales.

Deterioradas y desmanteladas gran parte de nuestras bibliotecas públicas, quebradas las librerías, huérfanos de divisas para las versiones electrónicas, obstinados en una constante minería de datos para el hallazgo sorpresivo, recurrimos a las reservas domésticas. Y, consabido, son muchos los hogares en los que el libro es el gran ausente, salvo alguna vieja guía telefónica que pintaba de letras un estante escondido, incluyendo el legado de algún tomo pagado a plazos, cuando tocaban a la puerta los vendedores también de electrodomésticos o utensilios del hogar.

Además, aún antes de la hecatombe del siglo que ahora nos tiene por precarios inquilinos, las salas públicas constituyen una referencia para el tedio, obligado el joven estudiante a merodearla al lado de una minoría que se esfuerza – por añadidura – en fotocopiar lo que un móvil celular capturaría, arriesgando un robo. Philip Roth, observando los cambios experimentados por su natal Newark, exaltaba la biblioteca de la ciudad como modelador de conductas, referente civilizador que adiestraba al usuario (“Lecturas de mí mismo”, 2008), algo que no parecía – ni lo parece ya – en Venezuela.

Las mejores bibliotecas privadas, no necesariamente pertenecen a los escritores que, ante todo, son lectores profesionales. Siendo  una legítima afición, se encontrarán aquellas que, al cumplir con una sentencia atribuida a G. Mouravit, concluye que las mejores se constituyen con el menor número posible de obras sustanciales y sustanciosas, parte de la – a veces insospechada – degustación personal unida a algún género musical, como también ocurre para darle algún ritmo a la colección.

Las bibliotecas de Grases, Uslar Pietri y Velásquez nacen de una natural vocación por la lectura, agigantada con  el paso del tiempo por sus afanes de investigación, dándole o no continuidad a una herencia. Se dirá de viejos tiempos en los que el libro ya pasaba a complementar al aparato de radio o al fonógrafo para la íntima distracción, o de los casos que preveían o respetaban un espacio físico para  un solaz adentramiento en las páginas, dándole señorío al inmueble, pero lo cierto es que, como toda biblioteca que se respete, evidenciado en una imitación aproximada de su disposición, en la Unimet, es de uso, más allá de la vanidad – a veces, legítima y, otras, fatua – del propietario.

Nos parece,  una biblioteca doméstica de uso  expone áreas de aparente desorden, con una variedad de lomos, puntos de letra y colores, torres endebles, volúmenes abiertos, que contrastan o se rebelan frente  la armonía del cuerpo, aunque pocas cosas son tan placenteras como la dura tarea de ordenar y de reordenar los libros. Una biblioteca doméstica de desuso luce insoportablemente ordenada, cuidadosamente encuadernada para darle una uniformidad angustiosa y, a veces, compaginada con la decoración de todo el ambiente, con un número de ejemplares y de usuarios que no justifican la clasificación del bibliotecólogo.

Una y otra biblioteca doméstica de algún vigor, debe sorprender al visitante ajeno a las lides y, por ello, recordamos aquella respuesta de Manuel Caballero, ante la pregunta por siempre anecdótica que le formularon: ¿Te has leído todo esto? (“El orgullo de leer”, 1988). Cuestión que nos lleva a constatar que una biblioteca de uso contiene libros que perduran virginales, intactos y hasta de original envoltorio, pues, justamente los adquirieron para casos de urgencia, de una previsible y muy puntual lectura, añadido los obsequios – por lo general, autografiados – de las personas interesadas también en la influencia del receptor: hay momentos, en los remates de  las grandes bibliotecas detestadas tras una  herencia recibida a título de inventario, que los mesones están anegados de remotas ediciones con sendas dedicatorias sin destino.

Una biblioteca hogareña está hecha para  … deshacerse, si alguna institución no la rescata por la cuantía de sus títulos sustanciales y la importancia del coleccionista que deja un itinerario de sus recorridos y afanes. Solemos purgarla al cumplirse un período largo, deseando tener a  la mano una biblioteca pública para una segura donación, pues ocurre igualmente que una obra adquirida en un momento, ya no tiene razón para otros; el autor es de efímero interés o nos desencantó, siendo prescindible; o nunca hicimos el ensayo que cierta vez quisimos adivinar, agolpados por otros intereses.

 Está en constante mudanza, lenta, pero mudanza al fin y al cabo, sospechando de las bibliotecas paralíticas, inamovibles y sordas que sirven de pretexto para archivar recibos de gas o tintorería, portarretratos, pequeñas esculturas que sirven de pisa-papeles, lámparas y también bóvedas artesanales en   que se convierten en los pliegues cifrando algún documento, dinero, fotografía o recuerdo muy confidencial. Pueden  ostentar una edición príncipe,  aunque hoy no se sabe de ellas, con el lanzamiento simultáneo en varios países de una edición que la franquicia  imprime localmente, arrollados por la poderosa industria de la impresión que no distingue entre original y copia; u ostentar una vejez prematura, por la baratura de la tinta y del papel que un levísimo roce de humedad convierte en el semillero de hongos capaz de incendiar la pradera.

De los lomos partidos

Distinguimos entre los libros de uso efectivo en casa y los que forman parte de la reserva para atender cualquier eventualidad, corroborado  - a modo de ilustración – por la colección de Uslar Pietri. Humanamente no es posible devorar una biblioteca entera, ni juzgar al bibliotecario porque no lo haga, cuando se sabe de páginas sustanciosas muy distintas a las que indiscriminada y enfermizamente intoxica a un paciente aventajado del libródromo.

Palpar el lomo de un título relacionado con Simón Rodríguez, Bolívar, Lope de Vega, Keynes o Aron, es imaginar al escritor sumergido en la  investigación que los convertió en ensayos o novelas, cincelando sus propios aportes. Recorrer con la yema de los dedos, uno u otro referido a Garaudy, significa acuñar fechas para contextualizar los artículos de prensa que le dedicó al otear la crisis del movimiento comunista internacional alrededor de los ’70 del ‘XX.

Contar los ejemplares de Alejo Carpentier, amigo desde los remotos tiempos parisinos, significa que los autografiados o de más delicada condición, se encuentran bajo llave salvo que la familia Uslar los hubiese preservado.  Detenerse en el anaquel que expone tres de los cuatro tomos de Manuel Azaña de una insigne edición que tuvo suerte en Venezuela, sugiere una sosegada lectura de sus aleccionadores diarios de guerra y política.

En la presente etapa de los bytes, de la criminal sanforización de las grandes obras, de los audiolibros, de los esquemas que sobresimplifican al repetirse sobre otros esquemas, no hay más lomo partido que delate que la propia exposición del interesado: pildorizado, podrá convencer en sociedades cada vez  más funcionalmente analfabetizadas, mas no en aquellas que sepan de la vanguardia lectora. Públicas o privadas con vocación pública, las biblioteca distan demasiado de cancelarse y el libro no dejará de ser tal aunque varíe de formato, así sintamos nostalgia por la última página recorrida de un impreso, resignados a la indeseada participación del lomo.

La enorme ventaja está en saber dónde se encuentran las bibliotecas personales de Grases, Uslar Pietri y Velásquez, como la facilidad de accederlas en un ambiente disciplinador, seguro y confortable. Heredad que enorgullece y reivindica la virtud de tener algo más que una vieja guía telefónica en casa, sosteniendo en lo alto al reuter de nuestros tormentos.

Cfr. http://lbarragan.blogspot.com/2013/02/cuaderno-de-bitacora.html
Fotografías: LB (Unimet, Caracas, 02/09/2017).
Fuente:
http://www.opinionynoticias.com/opinioneducacion/30805-de-los-lomos-partidos-o-lease-en-caso-de-emergencia

domingo, 16 de agosto de 2015

EMPAPELAMIENTO

De una breve utopía bibliotecaria
Luis Barragán


Necesitamos una biblioteca pública cercana a la casa, una de las centenares del poblado, del municipio o de las grandes metrópolis, sobreviviente al deterioro que las devora. Capaz de recibir también en donación las obras que ya no caben en casa y que, dentro de diez, cincuenta y cien años, conservadas, pueda la tercera, quinta o décima generación pedirla y leerla.

Una biblioteca en la que no se pierdan las obras, por extravío, descomposición o hurto, hallados en cualquier momento los clásicos o festejadas las novedades. Susceptible de recibir y preservar hasta los documentos que trasciendan al propio ámbito familiar, porque le dicen o pueden decirle algo más a la comunidad.

Equipada de títulos que nos hagan dudar entre el préstamo circulante o la definitiva compra en una librería, acaso por la manía de subrayar, anotar, garabatear o sellarla con signos u otras claves. Equipada también con dispositivos electrónicos de reproducción o transmisión, como de aquellos que celen cada página con demasiado rigor frente a la humedad, los ácaros, u otros agentes de la subversión bibliográfica, aplaudiendo la coexistencia del papiro y los bytes.

Queremos saber de un autor favorito que haya donado sus libros harto trabajados y apuntados, localizable en ésta u otra biblioteca. Autor que confíe ciegamente su donación, como nosotros pudimos hacer con libros de frecuente apuntación personal al margen: los nuestros, incomparablemente inferiores al interés de aquél que permita una suerte de arqueología de sus aportes.

Urgimos de una biblioteca que sea tal, en la que el referencista compita con el librero por el dominio de las fuentes, reivindicando al bibliotecólogo de hecho y al de derecho. Igualmente, sede de ocasionales conciertos,  confortable, de un administrado silencio para la reflexión y el disfrute.

Un recinto respetable, por modesto que fuese, con un liderazgo cultural que supere la sola ansiedad y supervivencia burocrática. Toda una institución pública en la que el Estado justifique largamente los impuestos que cobra y en la que el sector privado de la economía también descubra la prestación de un servicio social de trascendencia.

Un sitio para escolares, aficionados, transeúntes, al igual que especialistas, monjes de las letras.  Por ejemplo, con todas sus imperfecciones, aspiramos a algo así como un puente que, en los tiempos no recordamos ya si con Virginia Betancourt, nos permitió – adolescentes – estrechar la mano de Fernando Paz Castillo en la Biblioteca Nacional, de generosa sonrisa desplegada bajo la blanca cabellera;  oir el primer movimiento del Aranjuez de Joaquín Rodrígo, trenzado por Alirio Díaz, en la Fonoteca de la Biblioteca Pública Central de Caracas;  apenas salido del horno, “El péndulo de Foucault” de Eco, novela devorada en dos tardes gracias al dato de la bibliotecóloga-jefe ya familiarizada con los lectores más asiduos; o, admirar al señor jubilado, que cumplimentaba sus tardíos ejercicios de las matemáticas que no entendió en el lejano bachillerato, recreándose inusualmente.

Días atrás, la Comisión Permanente de Cultura de la Asamblea Nacional introdujo y logró la aprobación en primera discusión del Proyecto de Ley del Sistema Nacional de Servicios Públicos de Redes de Bibliotecas. Por más rigor técnico que se quiera en la nomenclatura, hubiese preferido que llevase el nombre de Biblioteca Nacional, pues,  un hecho insólito en nuestro accidentado XIX, el siglo aportó una institución y una denominación  llena de significado histórico.

Mejor, hubiese preferido trabajar extensamente el proyecto, actualizando nuestras notas y preocupaciones, recobrando las denuncias y observaciones que hicimos en la aludida Comisión, añadido el borrador para la modernización jurídica del ejercicio del profesional de la archivología, pero – perteneciendo ahora a otra Comisión, como la de Administración y Servicios – nos ocupan leyes proyectadas como la de Comercio Electrónico o la del Correo Postal, a escasos meses de culminar nuestras responsabilidades parlamentarias del presente período constitucional.  Algunas e infructuosas diligencias personales hicimos, tras denunciar la actual situación de las bibliotecas de un Estado tan irresponsable, y esto porque nunca dejamos de ser el usuario que desde muchachos las empleamos, soñando con la contribución de un texto legal que, por cierto, ha de fijar definitivamente un porcentaje del presupuesto público anual para que abandonen esa condición de cenicientas que traiciona un misión tan importante.

Fuente:
http://www.opinionynoticias.com/opinionnacional/23442-de-una-breve-utopia-bibliotecaria

miércoles, 13 de febrero de 2013

CUADERNO DE BITÁCORA

Una biblioteca está hecha para … deshacerse. Nos referimos a la doméstica, pues, por razones profesionales, la de la oficina es eminentemente utilitaria.

Una biblioteca está en constante mudanza. Lenta, pero mudanza al fin y al cabo. Si alguna sospecha es válida, es la de las bibliotecas inamovibles, paralíticas. La de casa exige disciplina para reordenarla con frecuencia. Casi Un problema psicológico.

La biblioteca de casa tiene el orden de su usuario. Únicamente el exceso de ejemplares, admite la intervención de un bibliotecólogo. Y, siendo así,  casi que deja de ser, de casa. Porque la casa se convierte en oficina.

Admitimos que la biblioteca de casa puede ser de oficina, pero en forma equilibrada. Un rincón para el placer y para el trabajo eventual. Puede ser enteramente de casa, mas no completamente de oficina.

Imaginamos una biblioteca doméstica impecable, de perfección geométrica, pero dos cosas la traicionan: las nuevas adquisiciones que se acumulan, a la espera de nuestra decisión de preservarlas; o las viejas, que no decidimos aún purgar.  Habría una tercera, la recurrente o normal cuando decidimos tomar su periferia: leemos y tomamos notas de los libros de una materia y de otra, pero – febriles o perezosos – se mezclan en los rincones.

Al lado de los títulos cuidadosamente ordenados y vistosos, están esas mezclas dizque provisionales. Sin darnos cuenta,  la biblioteca de casa es realmente la de su extensión misma, a través de cualquier mesa o estante complementario, y no el mueble que decidimos un buen día llamar biblioteca.

Hay orgullo por la edición príncipe en casa, pero también nos entristece la biblioteca que envejece por la mala calidad de sus materiales. Por lo general, priva el papel efímero, la baratura del papel, porque una gran casa editora en un lado del mundo, autoriza la edición en el otro lado y, bajando costos, las franquicias o sucursales imprimen y comercializan. Ya no se sabe cuál es la edición príncipe con estos masivos y simultáneos lanzamientos mundiales en boga.

Lamentamos las páginas amarillentas, por más que prodiguemos toda suerte de medidas de preservación. Y, si gusta mucho el autor, esperamos refrescar el propio ambiente de la biblioteca casera con la compra de otras más recientes ediciones, así dudemos de la calidad de los ejemplares.

Hacemos y deshacemos la biblioteca casera. Hasta que llegan los días de una definitiva reducción. Engañosa, por cierto, ya que repetiremos el ciclo sin darnos cuenta….

sábado, 10 de noviembre de 2012