EL MUNDO, Barcelona, 8 de septiembre de 2018
CAFÉ STEINER
La tentación de los cuatro
José Ignacio Torreblanca
Cuatro líderes, cuatro candidatos a la presidencia del Gobierno. Pedro Sánchez, nacido en 1972; Pablo Iglesias en 1978, Albert Rivera en 1979 y Pablo Casado en 1981. Ninguno de ellos tiene la más mínima memoria personal del franquismo, ni siquiera de la transición a la democracia o del golpe de Estado de 1981. Alcanzan su mayoría de edad entre 1990 y 1999, cuando la democracia está consolidada y España ha superado el pasado y vuelto al mundo. Son la prueba del éxito colectivo del país. Pero andan enzarzados en un debate sobre la memoria del franquismo y la Guerra Civil.
Que la generación anterior alcanzara un gran acuerdo en los años 70, celebrado dentro y fuera de España, y que ellos no sólo sean incapaces de ponerse de acuerdo sobre las cuestiones clave que marcarán el futuro de este país sino siquiera de ofrecer una visión compartida del pasado transcurridos 40 de la aprobación de la Constitución es para preocuparse.
Se puede y se debe criticar lo logrado por las generaciones anteriores. Sin duda. Pero si uno todavía no ha logrado algo que se acerque mínimamente a la altura histórica de aquello que critica, lo aconsejable sería hacerlo honrando lo logrado, entendiendo las limitaciones que sus autores enfrentaron y aspirando, con mucha modestia, a retomar la tarea donde aquellos la dejaron.
Puede ser una ensoñación pero uno esperaría que transcurridos más de 40 años de la muerte de Franco y 80 de la Guerra Civil, esta generación de jóvenes, que tan bien representa todo lo logrado por los que pactaron la Constitución del 78, no tardara más de 10 minutos en, como ciudadanos educados en una democracia europea que son, mirar al pasado con la misma justicia y equidad que, por otra parte, la mayoría de la sociedad que aspiran a gobernar ya practica. No parece pedir mucho.
Pero como ironizaba Oscar Wilde: "Puedo resistir todo menos la tentación". Así que ante la sospecha de Sánchez e Iglesias de que Casado y Rivera podrían retratarse ante una conveniente utilización del franquismo por parte del PSOE y Podemos, ¿qué es lo que hacen éstos? Retratarse con un proyecto de ley de concordia que supura equidistancia, abstenciones que siembran la duda sobre el liberalismo que se predica y miradas nerviosas a las encuestas. ¡Qué previsible todo! Si cuando estamos a punto de conmemorar los 40 años de la Constitución de 1978, lo único que nos pueden ofrecer cuatro jóvenes líderes es un desacuerdo, precisamente, sobre el pasado, es que estamos haciendo algo muy mal.
Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2018/09/08/5b926863ca474165238b4653.html
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miércoles, 12 de septiembre de 2018
domingo, 29 de mayo de 2016
BAJO LA MIRADA MIRANDINA

Dientes
en la oscuridad
Luis
Barragán
Más
vale tarde que nunca, pues, la comunidad internacional ya reconoce el carácter
dictatorial de un gobierno que profusamente antes se publicitó como toda una
hazaña democrática para redimir a los pobres. No faltan sólo las libertades
públicas, sino el propio alimento y medicamento para mantenerse en pie por
estas peligrosas calles bajo pleno dominio del hampa.
En
un mismo día, hubo las visitas contrastantes del diputado español Albert Rivera
y del canciller cubano Bruno Rodríguez. El uno, amenazado con la consabida
prohibición gubernamental, tuvo por destacada actuación la de acudir a la
Asamblea Nacional para un acto libérrimo de confirmación de su solidaridad con
la causa democrática, generando expectativas y entusiasmos; y, el otro, no por
casualidad, celebró un encuentro con los médicos cubanos dependientes de la muy
aminorada alcaldía menor, dando ocasión para que la canciller Delcy Rodríguez
reincidiera en los consabidos halagos hacia Fidel, etc., etc. Por cierto, en
días cercanos, ya había ocurrido el incidente entre Antonio Tajani,
vicepresidente del Parlamento Europeo, y Darío Vivas, quien – allende la mar –
confortablemente acudió a pedir respeto y a defender la soberanía con su
habitual nota de envalentonamiento
(https://www.publico.pt/multimedia/video/discussao-sobre-venezuela-quase-chega-a-vias-de-facto-no-parlamento-2016518010143).
Supimos
del diputado Rivera, gracias al decidido gesto de solidaridad que tuvo con
Leopoldo López y todo el drama venezolano en el foro parlamentario,
reiterándolo en nuestra casa a pesar de la campaña que sus adversarios abrieron
en la suya. Algunos de esos adversarios, agazapada o abiertamente, fueron
beneficiarios del régimen petrolero por
el que ahora no arriesgaran siquiera una pestaña, privilegiada la agenda
ibérica de un aparente e irresistible ascenso al poder que debe mover a la
reflexión que es oír y dejarse oír, permitiendo que la oscuridad limpie la
dentadura.
Inevitable
consecuencia de la crisis española, muy distinta a la que brutalmente
padecemos, surgen movimientos y partidos emergentes que, por cierto, de un modo
u otro tienen por raíces la antipolítica. Y, ésta, convengamos, la que les
permite navegar realidades peninsulares tan difíciles a entidades encontradas
como Podemos y Ciudadano´s, cede un poco más por la sobriedad, consistencia y
trascendencia que la sola consideración de problemas como el de la Venezuela
sumergida en un proyecto totalitario, les impone impidiendo la sonrisa fácil de
una frívola posición política.
Obviamente,
desconocemos la vida cotidiana de una España que, al mirar hacia nuestro país,
puede hallar motivos para bregar por la libertad y la democracia, únicamente
capaces de garantizar los mejores niveles de vida con equidad, evitando la
banalización de sus más urgidos problemas. Una vez, fuimos referentes para la
nada fácil transición democrática que adelantó, como ahora lo somos para no
perder los logros alcanzados: no pasará mucho tiempo para coincidir en una
etapa de recuperación social y económica bajo el signo de la libertad que
dignifica.
sábado, 7 de mayo de 2016
SACUDIENDO EL POLVO
Emoción de redes
Luis Barragán
En días pasados, hubo uno en particular que nos llevó a las redes como una vivencia de la emoción, la legítima emoción de sentirnos – después de década y tanta – respaldados en la causa por la libertad. Antes y en el transcurso de la sesión ordinaria de la Asamblea Nacional, tuvimos ocasión de compartir un grato e interesante intercambio de opiniones con la secretaría nacional de Cultura del partido Acción Democrática, la que tuvo la amabilidad de invitarnos para ventilar el problema de la Ley Orgánica de Cultura, y de atender a dos alumnas del amigo y profesor Carlos Balladares, quienes nos interpelaron sobre la irrupción y vigencia del marxismo en este lado del mundo.
Por un momento, una tercera persona nos comentó de la visita dispensada por Pablo Iglesias a Felipe VI, añadido el desparpajo del retraso y la vestimenta del jefe del partido del lumpemproletariado que, por cierto, nada tiene que ver con su homónimo, el proletario fundador del PSOE en el siglo antepasado. Convinimos con aquello de “entre gustos y colores…”, observando que la impuntualidad e informalidad del atuendo expresan una determinada estrategia comunicacional y, recordando un poco la reunión partidista, agregamos que la península ibérica sabe ya de una cultura política kitsch, la misma que hemos padecido los venezolanos por obra de un gobierno grotesco, cultivador de los bajos instintos, cuya simplicidad aterra tanto como las pretendidas soluciones que nos tienen prisioneros de una perversa circularidad.
Concluida la interesante y no menos exigente entrevista con las bachilleres, encontramos de nuevo al amigo y, alrededor de un café, reflexionamos en voz alta sobre las diferencias entre los viejos líderes del marxismo venezolano y los que, vanidosamente, se dicen sus herederos. En horas de la noche, nos remitió un correo electrónico con algunas referencias que nos emocionaron.
En efecto, nos envío el video de la intervención del diputado español Albert Rivera en respaldo de la causa venezolana por la libertad y apoyo a la liberación de Leopoldo López, quien significativamente habló en nombre de los tres millones de compatriotas que representa, subrayó que una mayoría determinante de la cámara – independientemente de las capillas ideológicas – apoya los valores democráticos y, por ende, a nuestro pueblo, retando – en definitiva - a Pablo Iglesias que no asomó el menor gesto de solidaridad para no meterse en problemas con Nicolás Maduro. Libre de toda sospecha, el vocero de Ciudadanos citó finalmente a Manuel Azaña, autor de unas memorias políticas que nos marcaron profundamente por el drama de un itinerario que arroja todavía grandes lecciones (https://www.youtube.com/watch?v=aGJJDRlEeWM).
Y, por otra, nos envío el enlace de una célebre escena del film “Casablanca” de Michael Curtiz (1942), en la que la voz francesa se impone frente a la de los nazis (https://www.youtube.com/watch?v=aGJJDRlEeWM), magníficamente versionada en un concierto – celebrado en 2012 - de “Voces para la paz” (https://www.youtube.com/watch?v=VwBJPZrZzKc). Y, tiene razón, en lugar de teclado opositor de un radicalismo interesado y vil, en las redes corre un mensaje edificante que toca las fibras más genuinas de una postura que se desea por siempre limpia y transparente.
Luis Barragán
En días pasados, hubo uno en particular que nos llevó a las redes como una vivencia de la emoción, la legítima emoción de sentirnos – después de década y tanta – respaldados en la causa por la libertad. Antes y en el transcurso de la sesión ordinaria de la Asamblea Nacional, tuvimos ocasión de compartir un grato e interesante intercambio de opiniones con la secretaría nacional de Cultura del partido Acción Democrática, la que tuvo la amabilidad de invitarnos para ventilar el problema de la Ley Orgánica de Cultura, y de atender a dos alumnas del amigo y profesor Carlos Balladares, quienes nos interpelaron sobre la irrupción y vigencia del marxismo en este lado del mundo.
Por un momento, una tercera persona nos comentó de la visita dispensada por Pablo Iglesias a Felipe VI, añadido el desparpajo del retraso y la vestimenta del jefe del partido del lumpemproletariado que, por cierto, nada tiene que ver con su homónimo, el proletario fundador del PSOE en el siglo antepasado. Convinimos con aquello de “entre gustos y colores…”, observando que la impuntualidad e informalidad del atuendo expresan una determinada estrategia comunicacional y, recordando un poco la reunión partidista, agregamos que la península ibérica sabe ya de una cultura política kitsch, la misma que hemos padecido los venezolanos por obra de un gobierno grotesco, cultivador de los bajos instintos, cuya simplicidad aterra tanto como las pretendidas soluciones que nos tienen prisioneros de una perversa circularidad.
Concluida la interesante y no menos exigente entrevista con las bachilleres, encontramos de nuevo al amigo y, alrededor de un café, reflexionamos en voz alta sobre las diferencias entre los viejos líderes del marxismo venezolano y los que, vanidosamente, se dicen sus herederos. En horas de la noche, nos remitió un correo electrónico con algunas referencias que nos emocionaron.
En efecto, nos envío el video de la intervención del diputado español Albert Rivera en respaldo de la causa venezolana por la libertad y apoyo a la liberación de Leopoldo López, quien significativamente habló en nombre de los tres millones de compatriotas que representa, subrayó que una mayoría determinante de la cámara – independientemente de las capillas ideológicas – apoya los valores democráticos y, por ende, a nuestro pueblo, retando – en definitiva - a Pablo Iglesias que no asomó el menor gesto de solidaridad para no meterse en problemas con Nicolás Maduro. Libre de toda sospecha, el vocero de Ciudadanos citó finalmente a Manuel Azaña, autor de unas memorias políticas que nos marcaron profundamente por el drama de un itinerario que arroja todavía grandes lecciones (https://www.youtube.com/watch?v=aGJJDRlEeWM).
Y, por otra, nos envío el enlace de una célebre escena del film “Casablanca” de Michael Curtiz (1942), en la que la voz francesa se impone frente a la de los nazis (https://www.youtube.com/watch?v=aGJJDRlEeWM), magníficamente versionada en un concierto – celebrado en 2012 - de “Voces para la paz” (https://www.youtube.com/watch?v=VwBJPZrZzKc). Y, tiene razón, en lugar de teclado opositor de un radicalismo interesado y vil, en las redes corre un mensaje edificante que toca las fibras más genuinas de una postura que se desea por siempre limpia y transparente.
02/05/2016
viernes, 17 de abril de 2015
EMPRESA, EJÉRCITO E IGLESIA
EL PAÍS, Madrid, 11 de abril de 2015
TRIBUNA »
Podemos llegar a ser ciudadanos
Un partido político funciona como una mezcla de empresa, ejército e iglesia
José Lazaro
El programa La Tuerka emitido el 29 de noviembre de 2012 se abre con una presentación de Pablo Iglesias en la que, literalmente, dice: “¡Qué bonita es la palabra ‘paraíso’!, ¿verdad? Viene incluso en la letra de La internacional: ‘La Tierra será el paraíso, patria de la humanidad’. ¿Pues sabéis qué? Yo creo que a la izquierda le iría mejor si en lugar de prometer paraísos para los parias de la Tierra prometiera un buen infierno rojo para los ricos” (sic).
Cuarenta minutos después, Iglesias entrevista a Albert Rivera y le pregunta: “Vosotros ¿sois de izquierdas o de derechas?”. Rivera le responde: “Nosotros somos un partido progresista y no sectario, somos un partido que defiende la socialdemocracia y el liberalismo progresista; y un partido que nace en el siglo XXI, pues, evidentemente, no se rige por los criterios de hace dos siglos. Pero, en cualquier caso, somos un partido reformista, no nos gusta cómo está funcionando este país y venimos a cambiarlo”. “Parece que no se defiende mal”, concluye Iglesias al cerrar la entrevista. Y a la vista de lo que ha empezado últimamente a responder el propio Iglesias cuando le preguntan si Podemos es de izquierdas, habrá que concluir que él mismo parece que no disimula mal.
Un partido político, en la práctica, funciona como si fuese la mezcla de una empresa, un ejército y una Iglesia: necesita tener muy clara la diferencia entre sus clientes y los de la competencia, entre el soldado propio y el enemigo, entre los fieles y los paganos. Es lógico, pues de esa diferencia depende la cuenta de resultados, la victoria o la derrota, la salvación o la condena electoral.
Cuando un nuevo partido tiene éxito e inicia una trayectoria ascendente, empieza a recibir una catarata de nuevos militantes deseosos de combatir “altruistamente” por los intereses de la sociedad. Pero en cuanto se incorporan empiezan los navajazos para repartirse los puestos (imprescindibles para tan “noble” combate) de sargento, de capitán y de general. O de monaguillo, sacerdote, obispo, cardenal y, como haya ocasión, de Papa. O de recepcionista, secretario, jefe de sección, director general, presidente…
Del equilibrio que logre el nuevo partido entre la realización de sus ideales y las inevitables ambiciones personales de sus dirigentes y militantes dependerá el éxito del proyecto. El orgullo y el deseo, dos componentes básicos, nucleares, de todo ser humano (desde el origen de la especie hasta las sociedades más avanzadas del siglo XXI), son factores con los que ha de contar quien quiera entender algo de las dinámicas psicosociales. Pero orgullo y deseo tienen que ser cuidadosamente manejados, satisfechos, limitados y canalizados, si se pretende que una organización colectiva (como lo es cualquier ejército, Iglesia, empresa o partido político) ofrezca a la sociedad en la que se inserta más beneficios que daños, a la vez que satisface las legítimas aspiraciones de los seres humanos que la forman y reprime las ilegítimas. Cuando ese equilibrio se rompe, la institución fracasa por exceso de idealismo o, lo que es mucho más frecuente, por exceso de corrupción.
Quizá ahora tenga Ciudadanos la oportunidad de no hacer lo que ha hundido a sus predecesores y facilitar al máximo la unidad, la armonía y la colaboración entre todos los españoles que ya no esperan mucho de PP y PSOE (empeñados en seguir compitiendo por el papel de protagonista en la historia del increíble partido menguante) y que tampoco quieren un infierno rojo, que sería tan infernal para los pobres como para los ricos: lo demuestran claramente todos los intentos que recoge la historia del siglo XX a cualquiera que la lea sin anteojos leninistas. Incluso aunque se trate de un “leninismo dulce”, como el que proponían los chicos de Podemos cuando todavía decían algo de lo que pensaban. E incluso entonces ocultaban que “leninismo dulce” es como llaman a sus propias ideas los partidarios del totalitarismo amargo hasta el día en que logran tomar el poder.
Cuando un grupo ve la posibilidad del triunfo, reduce sus niveles de sinceridad
En la medida en que un grupo político empieza a ver la posibilidad del triunfo, va reduciendo sus niveles de sinceridad, va utilizando un lenguaje cada vez más ambiguo y va ocultando sus proyectos concretos para no espantar a los posibles votantes. Es lógico, pues cualquier decisión política suele beneficiar a unos y perjudicar a otros. Cuanto más explícitos y más concretos sean los programas políticos, más probabilidades hay de que los futuros perjudicados por ellos se vayan a dar el voto a la competencia.
Quizá una de las razones por las que Albert Rivera está triunfando en el año 2015 es porque aún dice cosas tan concretas como que piensa suprimir las Diputaciones (con lo que muchos miembros de la casta política —término que Rivera empleaba antes de que existiera Podemos— tendrían que “buscar oficios honestos”, como soñaba Borges que llegaría a ocurrirles a todos los políticos). O, más concretamente todavía: reducir el número de Ayuntamientos españoles desde los 8.115 actuales a no más de 1.000, fusionando obligatoriamente todos los que tienen menos de 5.000 habitantes. ¿Es posible imaginar la mejoría de prestaciones que eso supondría para sus habitantes, que dispondrían de servicios imposibles de financiar en un Ayuntamiento con 2.000 vecinos? Y además, suprimiendo de un golpe 7.000 puestos largos de alcaldes y otros tantos de concejales de urbanismo, con el espectacular ahorro que eso supondría en sueldos legales, sin mencionar siquiera el de las comisiones ilegales. (Por cierto, quizá no sería mala idea aplicar la misma argumentación también a la otra estructura territorial, haciendo que los 17 estaditos en que ahora se divide el llamado “Estado español” se redujeran a seis o siete).
¿Qué deberían hacer los dirigentes de Ciudadanos ahora que les ha llegado la época de vacas gordas? Lo primero es evitar que el orgullo y el deseo de dirigentes y militantes acaben corrompiendo los aspectos positivos de un proyecto que, por su carácter laico y posnacionalista, por la solidez intelectual de sus fundamentos originarios y por las circunstancias que le han allanado el camino, quizá tenga pronto la ocasión de llevar a la práctica lo que proponía su primer manifiesto en el año 2005: que un “partido identificado con la tradición ilustrada, la libertad de los ciudadanos, los valores laicos y los derechos sociales”, oponiéndose “a la destrucción del razonable pacto de la Transición que hace poco más de 25 años volvió a situar a España entre los países libres (…) contribuya al restablecimiento de la realidad”. Esta última frase del viejo manifiesto ha sido retocada por C’s en su ideario de 2015 como “restituir el principio de realidad en la política española”. Y para restituir el principio de realidad hay que hacer lo contrario de lo que es habitual entre los que procuran ocultar sus intenciones y se escurren entre palabras vagas sin concretar nunca sus proyectos.
(*) José Lázaro es profesor de Humanidades Médicas en la UAM. Coeditor del libro Ciudadanos. Sed realistas: decid lo indecible (Segunda edición, 2015).
TRIBUNA »
Podemos llegar a ser ciudadanos
Un partido político funciona como una mezcla de empresa, ejército e iglesia
José Lazaro
El programa La Tuerka emitido el 29 de noviembre de 2012 se abre con una presentación de Pablo Iglesias en la que, literalmente, dice: “¡Qué bonita es la palabra ‘paraíso’!, ¿verdad? Viene incluso en la letra de La internacional: ‘La Tierra será el paraíso, patria de la humanidad’. ¿Pues sabéis qué? Yo creo que a la izquierda le iría mejor si en lugar de prometer paraísos para los parias de la Tierra prometiera un buen infierno rojo para los ricos” (sic).
Cuarenta minutos después, Iglesias entrevista a Albert Rivera y le pregunta: “Vosotros ¿sois de izquierdas o de derechas?”. Rivera le responde: “Nosotros somos un partido progresista y no sectario, somos un partido que defiende la socialdemocracia y el liberalismo progresista; y un partido que nace en el siglo XXI, pues, evidentemente, no se rige por los criterios de hace dos siglos. Pero, en cualquier caso, somos un partido reformista, no nos gusta cómo está funcionando este país y venimos a cambiarlo”. “Parece que no se defiende mal”, concluye Iglesias al cerrar la entrevista. Y a la vista de lo que ha empezado últimamente a responder el propio Iglesias cuando le preguntan si Podemos es de izquierdas, habrá que concluir que él mismo parece que no disimula mal.
Un partido político, en la práctica, funciona como si fuese la mezcla de una empresa, un ejército y una Iglesia: necesita tener muy clara la diferencia entre sus clientes y los de la competencia, entre el soldado propio y el enemigo, entre los fieles y los paganos. Es lógico, pues de esa diferencia depende la cuenta de resultados, la victoria o la derrota, la salvación o la condena electoral.
Cuando un nuevo partido tiene éxito e inicia una trayectoria ascendente, empieza a recibir una catarata de nuevos militantes deseosos de combatir “altruistamente” por los intereses de la sociedad. Pero en cuanto se incorporan empiezan los navajazos para repartirse los puestos (imprescindibles para tan “noble” combate) de sargento, de capitán y de general. O de monaguillo, sacerdote, obispo, cardenal y, como haya ocasión, de Papa. O de recepcionista, secretario, jefe de sección, director general, presidente…
Del equilibrio que logre el nuevo partido entre la realización de sus ideales y las inevitables ambiciones personales de sus dirigentes y militantes dependerá el éxito del proyecto. El orgullo y el deseo, dos componentes básicos, nucleares, de todo ser humano (desde el origen de la especie hasta las sociedades más avanzadas del siglo XXI), son factores con los que ha de contar quien quiera entender algo de las dinámicas psicosociales. Pero orgullo y deseo tienen que ser cuidadosamente manejados, satisfechos, limitados y canalizados, si se pretende que una organización colectiva (como lo es cualquier ejército, Iglesia, empresa o partido político) ofrezca a la sociedad en la que se inserta más beneficios que daños, a la vez que satisface las legítimas aspiraciones de los seres humanos que la forman y reprime las ilegítimas. Cuando ese equilibrio se rompe, la institución fracasa por exceso de idealismo o, lo que es mucho más frecuente, por exceso de corrupción.
Quizá ahora tenga Ciudadanos la oportunidad de no hacer lo que ha hundido a sus predecesores y facilitar al máximo la unidad, la armonía y la colaboración entre todos los españoles que ya no esperan mucho de PP y PSOE (empeñados en seguir compitiendo por el papel de protagonista en la historia del increíble partido menguante) y que tampoco quieren un infierno rojo, que sería tan infernal para los pobres como para los ricos: lo demuestran claramente todos los intentos que recoge la historia del siglo XX a cualquiera que la lea sin anteojos leninistas. Incluso aunque se trate de un “leninismo dulce”, como el que proponían los chicos de Podemos cuando todavía decían algo de lo que pensaban. E incluso entonces ocultaban que “leninismo dulce” es como llaman a sus propias ideas los partidarios del totalitarismo amargo hasta el día en que logran tomar el poder.
Cuando un grupo ve la posibilidad del triunfo, reduce sus niveles de sinceridad
En la medida en que un grupo político empieza a ver la posibilidad del triunfo, va reduciendo sus niveles de sinceridad, va utilizando un lenguaje cada vez más ambiguo y va ocultando sus proyectos concretos para no espantar a los posibles votantes. Es lógico, pues cualquier decisión política suele beneficiar a unos y perjudicar a otros. Cuanto más explícitos y más concretos sean los programas políticos, más probabilidades hay de que los futuros perjudicados por ellos se vayan a dar el voto a la competencia.
Quizá una de las razones por las que Albert Rivera está triunfando en el año 2015 es porque aún dice cosas tan concretas como que piensa suprimir las Diputaciones (con lo que muchos miembros de la casta política —término que Rivera empleaba antes de que existiera Podemos— tendrían que “buscar oficios honestos”, como soñaba Borges que llegaría a ocurrirles a todos los políticos). O, más concretamente todavía: reducir el número de Ayuntamientos españoles desde los 8.115 actuales a no más de 1.000, fusionando obligatoriamente todos los que tienen menos de 5.000 habitantes. ¿Es posible imaginar la mejoría de prestaciones que eso supondría para sus habitantes, que dispondrían de servicios imposibles de financiar en un Ayuntamiento con 2.000 vecinos? Y además, suprimiendo de un golpe 7.000 puestos largos de alcaldes y otros tantos de concejales de urbanismo, con el espectacular ahorro que eso supondría en sueldos legales, sin mencionar siquiera el de las comisiones ilegales. (Por cierto, quizá no sería mala idea aplicar la misma argumentación también a la otra estructura territorial, haciendo que los 17 estaditos en que ahora se divide el llamado “Estado español” se redujeran a seis o siete).
¿Qué deberían hacer los dirigentes de Ciudadanos ahora que les ha llegado la época de vacas gordas? Lo primero es evitar que el orgullo y el deseo de dirigentes y militantes acaben corrompiendo los aspectos positivos de un proyecto que, por su carácter laico y posnacionalista, por la solidez intelectual de sus fundamentos originarios y por las circunstancias que le han allanado el camino, quizá tenga pronto la ocasión de llevar a la práctica lo que proponía su primer manifiesto en el año 2005: que un “partido identificado con la tradición ilustrada, la libertad de los ciudadanos, los valores laicos y los derechos sociales”, oponiéndose “a la destrucción del razonable pacto de la Transición que hace poco más de 25 años volvió a situar a España entre los países libres (…) contribuya al restablecimiento de la realidad”. Esta última frase del viejo manifiesto ha sido retocada por C’s en su ideario de 2015 como “restituir el principio de realidad en la política española”. Y para restituir el principio de realidad hay que hacer lo contrario de lo que es habitual entre los que procuran ocultar sus intenciones y se escurren entre palabras vagas sin concretar nunca sus proyectos.
(*) José Lázaro es profesor de Humanidades Médicas en la UAM. Coeditor del libro Ciudadanos. Sed realistas: decid lo indecible (Segunda edición, 2015).
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