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viernes, 26 de mayo de 2017

BREVÍSIMO TRATADO DEL ABSURDO



El miedo a la razón

Luis Barragán

Ya lo había advertido Juan Nuño en un viejo artículo de El Nacional de Caracas, después desarrollado en uno de sus más célebres ensayos: siempre es posible que los pueblos retrocedan e, incluso, añadimos, perdiendo la condición de ciudadanos. Condición que se supone universal, gracias a lo que llamó los codos de la historia, quedamos inermes y también sorprendidos frente a la barbarie del poder.

Lejos de dibujar una versión paradisíaca del pasado más o menos remoto, luce necesario reivindicarlo, pues, hubo un mínimo de racionalidad que garantizaba una pacífica convivencia y legitimaba cualesquiera iniciativas por salvaguardar las libertades indispensables. Y, con todos los tropiezos, obstáculos e incidentes que se recuerden,  más que una tribuna, existió el tribunal de la opinión pública al que debíamos responder y, por ello, nos convertimos en un referente para los países que intentaron  el tránsito de la dictadura a la democracia.

Razón, racionalidad y razonabilidad que pretende el poder establecido desterrar hoy de Venezuela,  desea empinar la más enfermiza arbitrariedad ante una sociedad irreprimiblemente plural y compleja que lucha literalmente por su supervivencia. Violentando las premisas fundamentales, recogidas en la Constitución, fracasa en la construcción misma de sus falacias   desequipado de los juristas que otras dictaduras anteriores exponían, porque el aparato judicial está compuesto de dóciles, temerosos y agradecidos magistrados que nunca se pensaron tales si es que alguna vez litigaron en buena lid por los más modestos tribunales, ahora enlistados por el Departamento de Estado del país que, sólo verbalmente latigueado, paradójicamente, ha sido la quimera de sus placeres.

Abominando de las realidades objetiva y palpablemente vividas y sufridas,  las que se permite falsificar,  el poder establecido se empeña en una constituyente que no es tal, rasga sus vestiduras por una conspiración que nunca prueba  o incurre en otras invenciones que redondean el absurdo, proclamando la paz que nunca ha dejado de traicionar. Experimentando un inmenso miedo por la razón que lo condena, prefiere dirimir sus diferencias a través de la pólvora y del tribunal militar.

En un plazo más corto que el empleado en 2014,  este año ha asesinado a más de cuarenta jóvenes que lo protestaron pacíficamente, siendo el más reciente caso el de Paúl Moreno, arrollado por una camioneta escoltada por motorizados. Expresión de una sociedad que lucha contra la irracionalidad, no es un hecho casual que Moreno perteneciera a la Cruz Verde, la que diligente y arriesgadamente procura salvar vidas en medio de las embestidas represivas del régimen.

21/05/2017:
http://guayoyoenletras.net/2017/05/21/miedo-la-razon/

sábado, 7 de noviembre de 2015

QUIEN LO NIEGUE, VA PRESO

La tierra es plana
Luis Barragán


Una sociedad libre, plural e informada, es difícil de engañar. Acaso, por momentos, sucumbirá, pero suele despertar inmediatamente y, al transitar la crítica,  restablecer los parámetros que ayudan a su normal desenvolvimiento.

Una mínima escolarización de la población, más el dinamismo de una opinión pública resistida al arrodillamiento, tiende a orientarla persistentemente hacia la sensatez. Y, por muy bulliciosas y reiteradas que sean las campañas, la propaganda y la publicidad encuentran severos límites.

A mayor sojuzgamiento, uniformidad y dogmatización, mayores posibilidades existen para la estafa política, profundizado aquello que llaman poder pastoral. La más modesta reacción instintiva, resulta perseguida, reprimida y censurada, entronizando la anormalidad.

Condicionada la opinión pública, simulando su existencia, y dedicadas las aulas a cultivar la sumisión, la fuerza parecerá siempre irresistible frente a la desprestigiada razón. Por más que contradiga las realidades, la versión que ofrezca el Estado habrá de aceptarse como el conveniente dato de supervivencia de las masas que lo soportan, mas no personas, mas no pueblo, mas no ciudadanía.

Décadas atrás, cualquier gobierno podía intentar la evasión o negación de los problemas, interpretándolos disparatadamente, pero la sola respuesta del parlamento o de los medios de comunicación, donde legos y especialistas confluían, constituía un riesgo para su credibilidad.  Empuñada una idea, argumento o postura evidentemente ilógica, rayana en la chifladura, le hubiese restado la mínima e indispensable sobriedad a los decisores públicos, con las consecuencias del caso.

Hasta finales del siglo pasado y principios del presente, lucía impensable que alguna sandez prosperara en la sociedad de una básica cultura democrática, como la nuestra. Por más improvisaciones e informalidades en las que incurrieran los nuevos elencos gubernamentales, hubo el pudor necesario de la congruencia. Empero, nuestra experiencia en el XXI, demuestra que es viable el retroceso.

Manipuladas las estadísticas, maniatada la prensa, bloqueada la disidencia y permeada la guerra psicológica, el señor Maduro puede muy bien asegurar que ha disminuido la pobreza. Poco importa que la adquisición y el consumo de los alimentos estratégicos sean una hazaña, conocido el costo mensual de la canasta, por no hablar  de las otras variables (vivienda, inflación, desescolarización, salud, etc.), pues – creyéndola irrefutable – la consigna ha de repetirse incansablemente, a pesar de las evidentes, interminables y frustrantes colas que quitan tiempo para la búsqueda de un empleo.

El problema no está en el eufemismo y la mentira, sino en el hábito capaz de entronizar el absurdo. El caso venezolano demuestra que si el régimen asegura que la tierra es plana o el universo gira teniéndola por centro, habrá quienes le crean ciegamente, aunque esa minoría, cada vez más angosta, genera una señal negativa y positiva a la vez: el virus totalitario puede afectar a las sociedades de una relativa o total tradición democrática, cuya mayoría puede reaccionar gracias a las reservas políticas y morales que subsisten.

Fuente:
http://www.lapatilla.com/site/2015/11/06/luis-barragan-la-tierra-es-plana/

domingo, 8 de junio de 2014

INSUFRIBLE MARADONA

EL NACIONAL, 8 de junio de 2914
Idioteces y exageraciones
Raúl Fuentes

En una de esas galas benéficas a las que asisten las estrellas porque es bueno para su imagen o porque no tienen nada mejor que hacer, la actriz  Brooke Shields, al referirse a los perjuicios ocasionados por el tabaco, dijo algo así  como que “fumar mata y, si mueres, pierdes una parte muy importante de tu vida”. En otro escenario, Giosue Cozzarelli, aspirante a Miss Panamá 2009, cobró notoriedad cuando sostuvo que “Confucio, además de ser uno de los chinos japoneses más antiguos”, había inventado la confusión. Ambos desatinos forman parte del repertorio de idioteces atribuidas a los famosos que circula por Internet y certifica que para ser una celebridad no se requiere de mucha perspicacia; para dirigir una nación, tampoco. Así, al menos, puede derivarse de lo que salió de la boca de un mandatario norteamericano que, para asentarse en la oficina oval, recurrió a trapacerías similares a las que licenciaron al CNE para proclamar presidente de Venezuela a quien hoy ejerce el cargo aunque él mismo dude de su legitimidad. “Un número bajo de votantes es indicativo de que menos personas están yendo a votar”, fue la perogrullada con la que George Bush trató de justificar su mediocre poder de convocatoria.
Aquí, la bobería emana del infructuoso esfuerzo del oficialismo por ocultar las costuras de su deshilvanada gestión para lo cual podría inventar, por ejemplo, que un súbito brote de gigantismo entre los enanos limita el desarrollo de las artes circenses; o, al revés, que una inesperada epidemia de enanismo afecta la práctica del baloncesto, y la culpa sería, por supuesto, de la oposición, el imperialismo, los medios y los sabios de Sion. De allí que cuando uno examina las frases inventariadas en el referido catálogo de necedades  se percata de que allí deberían figurar, con rango de sobresalientes, los argumentos con que eso que llaman Alto Mando Político-Militar de la Revolución  forja evidencias para desvelar planes enfilados a poner fin al gobierno y a la vida de Nicolás Maduro; planes inverosímiles, pero que llaman la atención por el abuso de una cierta dimensión  hiperbólica que confieren a las falsas conjuras un aire de exagerada suprarrealidad. Y es que la exageración es la esencia del discurso chavista.
Sobrecargado y narcisista, tal discurso gira alrededor de pocas y escuetas ideas orientadas a mantener a la población pendiente de las amenazas que estarían cerniéndose sobre el líder, cuya máxima expresión sería ese muy improbable atentado contra su vida que lo convierte en potencial mártir de la revolución por la cual estaría jugándose la vida y sería su pasaporte a la eternidad. Chávez no murió con las botas puestas ni a manos de enemigos que lo emboscaran; sin embargo, sus hagiógrafos se las han ingeniado para insinuar lo contrario. El asesinato político existe y la historia es pródiga en ejemplos, pero su conversión en cuña de intriga del tipo ahí viene el lobo es una vulgar estratagema propagandística, diseñada por los cubanos, que busca maximizar la significación histórica del supuesto objetivo, en este caso Nicolás Maduro. Sin obra que mostrar ni cualidades que lo  distingan, el heredero necesita de una tabla de salvación que le permita mantenerse a flote mientras se ejercita en la política en los términos de Groucho Marx, es decir, generando conflictos para hacer un diagnóstico equivocado y aplicar recetas inadecuadas en una cadena de desaciertos que ha disparado las alarmas de quienes se creían eran incondicionales aliados –Lula, Correa, Mujica– y suscitado el rechazo de gente a la que el exceso verbal del eterno iluminado de Sabaneta o, en su defecto, el barril sin fondo del tesoro público, logró cautivar y que ahora le dan la espalda, tal como lo ha hecho el insufrible Maradona.
Hay quienes opinan, y tal vez sea políticamente incorrecto sostener esta tesis que no compartimos –y, estamos seguros, es producto de la jodienda y no pasa de ser una humorada de gusto dudoso– que algunas personas están vivas solamente porque el asesinato es ilegal; quienes así piensan son los mismos que alegre o irresponsablemente trinan su descontento en las redes sociales y abonan el huerto de acusaciones que cultivan los cuerpos de seguridad del Estado y los agentes del G-2 que los asesoran. A ellos se debe la sucesión de fantasmales intentos de magnicidio (¿tiranicidio?) que cada tanto son desempolvados para distraer la atención de problemas reales con la convicción de que –como podría haber dicho Salvador Dalí– el mundo jamás se cansará de las exageraciones. Quién sabe si por eso Maduro tacha de asesina a María Corina y Arreaza presiente una inminente “tragedia nacional”. O quién sabe si solo se trata de ruido para acallar la furia del enemigo interno.