EL PAÍS, Madrid, 30 de julio de 2017
ulta la primera página de EL PAÍS, Edición América, del domingo 30 de julio de 2017 »
LA PUNTA DE LA LENGUA
Curso para políticos
Alargar la expresión hace creer que se agranda la idea. Si la gente dice “hoy”, diga usted “a día de hoy”
Álex Grijelmo
Usted quiere ser político y no sabe cómo empezar. Siente la vocación de servir al pueblo y ha superado la barrera de entrada que constituye el desprestigio general del oficio; pero eso: que no sabe por dónde empezar.
No se preocupe. Lo primero que ha de hacer para convertirse en político es hablar como un político. Cuando se presente en la oficina de admisión de políticos, procure entrar hablando ya de manera distinta a como lo hacen el resto de los españoles.
Los políticos no deben parecer alguien del montón. Y, lamentablemente, ese toque peculiar que los diferencie no lo pueden alcanzar con la ropa, por ejemplo, porque ellos no llevan un uniforme como la Guardia Civil. Tampoco se hacen notar por el peinado, pues no se ha diseñado una línea de moda específica para ellos. Quizás más adelante.
Ahora bien, con el lenguaje es otra cosa. Ahí sí que se pueden establecer diferencias notorias. Por eso cuando usted se presente en la oficina de admisión debe decir cuanto antes “poner en valor”. Con eso le reconocerán sus aptitudes de inmediato.
La gente normal destaca algo, o lo resalta, o le da realce, o lo elogia, o lo revaloriza, o lo muestra con orgullo. Pero eso queda para el pueblo; usted es de otra clase y debe empezar por poner en valor alguna cosa.
El siguiente paso consiste en utilizar palabras largas cambiándoles el acento prosódico. Si oye que por la calle se habla de “la administración”, con acento en la última sílaba, déjese de vulgaridades. Los de su clase deben decir “la ádministracion”, con acento en la primera. Y aún quedará usted más elegante cuando hable de “la cónstitucionalidad”, de modo que el primer impulso de la voz en esa palabra llegue a lo más alto para atraer la atención, y luego decaiga con suavidad a fin de que se saboree cada sílaba de su prosodia.
Pero sólo con eso no aprobará el examen de ingreso. También debe esforzarse por colar cada poco tiempo la expresión “el conjunto”. No importa si el sustantivo que viene a continuación ya implica un conjunto. Esta simpleza expresiva es la de sus administrados, y usted debe distinguirse también en eso. Diga por ejemplo “el conjunto de los españoles”, “el conjunto de los ciudadanos”, “el conjunto de la sociedad”. Si no dice “el conjunto”, nadie le tomará por un político. No caiga en la vulgaridad de referirse a “los españoles”, “los ciudadanos”, “la sociedad”. Qué pobreza, por favor.
Y como conviene alargarlo todo, no diga posición, sino posicionamiento; no diga método, sino metodología; no diga obligación, sino obligatoriedad; no diga motivos, sino motivaciones. Y así hasta el infinito. Ah, y no diga “las fuerzas de seguridad” sino “las fuerzas y cuerpos de la seguridad del Estado”.
Alargar sus expresiones hará creer a los incautos votantes que se agrandan sus ideas. El común de los ciudadanos dice “hoy”, por ejemplo. Pero usted, para ser un buen político, debe decir “a día de hoy”. En vez de “eso hoy no es legal”, diga “eso a día de hoy no es legal”. Y no lo sustituya por “hasta la fecha”, “por el momento” o “hasta ahora”. “A día de hoy” es su única opción. No se descuide, esto es fundamental para su carrera, tanto si aspira a entrar en un partido veterano como si ha elegido uno emergente.
Hasta aquí le hemos ofrecido una simple muestra para el ingreso. El curso completo lo puede seguir por Internet con nuestro programa Cómo aprender politiqués en 30 días. Tiene todo agosto por delante.
Fuente:
https://elpais.com/elpais/2017/07/28/opinion/1501228287_063762.html
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domingo, 30 de julio de 2017
sábado, 11 de junio de 2016
REPALABRAR
EL PAIS, Madrid, 12 de junio de 2016
LA PUNTA DE LA LENGUA
Palabras reinventadas
El término “banquillo” nos recuerda que los significados cambian aunque los significantes permanezcan
Álex Grijelmo
Ciertas palabras entran en desuso porque aquello que nombran desaparece de nuestras vidas. En muchos casos, se agradece. Por ejemplo, ya no solemos preocuparnos de sabañones, bubas, landres o tabardillos, ante los cuales nuestros bisabuelos debían andarse con mucho tiento. Bien es verdad que, a cambio, han entrado en nuestro vocabulario términos como colesterol, estrés o triglicéridos.
Y mientras algunas palabras se iban, otras se anticiparon a los manuales de autoayuda y consiguieron adaptarse a los cambios. Hemos usado una de ellas estos días, gracias a que un juez decidió lo que cualquier entrenador evitaría: sentar a Messi en el banquillo.
Este diminutivo fosilizado con significado propio andaba ya por los diccionarios del siglo XVII con la lógica definición de “banco pequeño”. La Academia le incorporó en 1869 una nueva acepción: “Asiento donde se coloca el acusado ante el tribunal”. Hasta 1989 no añadirá que también se designa con esa palabra el “lugar donde esperan los jugadores suplentes y entrenadores, fuera del juego”.
Los banquillos de hoy en día nos traen a la memoria ese fenómeno curioso que se da con algunas palabras: sus significantes permanecen, los significados cambian.
Porque estos banquillos de ahora no son bancos pequeños. Messi declaró desde una silla; y los suplentes de un equipo se acomodan en confortables asientos individuales con respaldo y reposacabezas. Sin embargo, el significante “banquillo” no se ha alterado.
Ese empeño de algunas palabras por mantenerse incólumes mientras cambia la realidad que nombran alcanza a muchos términos. Las plumas con las que se firman los grandes acuerdos ya no son de ave (y por tanto no son plumas). Los caballos del coche no son caballos, ni el coche es ya aquel carruaje. La azafata que asistía a la reina con su azafate (o bandeja) viaja ahora en un avión. Aún decimos que hay que tirar de la cadena (incluso en sentido metafórico) cuando ya sólo accionamos una palanca; y que colgamos el teléfono cuando pulsamos una tecla virtual en la pantalla del móvil. (Una tecla que ya no es una tecla, por otro lado). Llamamos “correspondencia” a las cartas a las que no correspondemos; y “manuscrito” al original que un novelista elaboró en su computadora; la “pizarra” del aula ya no es de pizarra, y apagamos la luz sin echarle agua.
Todos percibimos con claridad esos nuevos sentidos cuando se han asentado, pero a veces corremos el riesgo de despistarnos mientras la transformación se produce ante nosotros. Por ejemplo, en días de estadísticas sobre el paro conviene recordar que, del mismo modo que el significante “banquillo” no ha cambiado pero su significado sí, eso también ha sucedido con “empleo”, “contrato” o “puesto de trabajo”. La carcasa prestigiosa se mantiene, pero lo que hay dentro se ha devaluado, tal vez para siempre.
Fuente: http://elpais.com/elpais/2016/06/10/opinion/1465557940_748998.html
LA PUNTA DE LA LENGUA
Palabras reinventadas
El término “banquillo” nos recuerda que los significados cambian aunque los significantes permanezcan
Álex Grijelmo
Ciertas palabras entran en desuso porque aquello que nombran desaparece de nuestras vidas. En muchos casos, se agradece. Por ejemplo, ya no solemos preocuparnos de sabañones, bubas, landres o tabardillos, ante los cuales nuestros bisabuelos debían andarse con mucho tiento. Bien es verdad que, a cambio, han entrado en nuestro vocabulario términos como colesterol, estrés o triglicéridos.
Y mientras algunas palabras se iban, otras se anticiparon a los manuales de autoayuda y consiguieron adaptarse a los cambios. Hemos usado una de ellas estos días, gracias a que un juez decidió lo que cualquier entrenador evitaría: sentar a Messi en el banquillo.
Este diminutivo fosilizado con significado propio andaba ya por los diccionarios del siglo XVII con la lógica definición de “banco pequeño”. La Academia le incorporó en 1869 una nueva acepción: “Asiento donde se coloca el acusado ante el tribunal”. Hasta 1989 no añadirá que también se designa con esa palabra el “lugar donde esperan los jugadores suplentes y entrenadores, fuera del juego”.
Los banquillos de hoy en día nos traen a la memoria ese fenómeno curioso que se da con algunas palabras: sus significantes permanecen, los significados cambian.
Porque estos banquillos de ahora no son bancos pequeños. Messi declaró desde una silla; y los suplentes de un equipo se acomodan en confortables asientos individuales con respaldo y reposacabezas. Sin embargo, el significante “banquillo” no se ha alterado.
Ese empeño de algunas palabras por mantenerse incólumes mientras cambia la realidad que nombran alcanza a muchos términos. Las plumas con las que se firman los grandes acuerdos ya no son de ave (y por tanto no son plumas). Los caballos del coche no son caballos, ni el coche es ya aquel carruaje. La azafata que asistía a la reina con su azafate (o bandeja) viaja ahora en un avión. Aún decimos que hay que tirar de la cadena (incluso en sentido metafórico) cuando ya sólo accionamos una palanca; y que colgamos el teléfono cuando pulsamos una tecla virtual en la pantalla del móvil. (Una tecla que ya no es una tecla, por otro lado). Llamamos “correspondencia” a las cartas a las que no correspondemos; y “manuscrito” al original que un novelista elaboró en su computadora; la “pizarra” del aula ya no es de pizarra, y apagamos la luz sin echarle agua.
Todos percibimos con claridad esos nuevos sentidos cuando se han asentado, pero a veces corremos el riesgo de despistarnos mientras la transformación se produce ante nosotros. Por ejemplo, en días de estadísticas sobre el paro conviene recordar que, del mismo modo que el significante “banquillo” no ha cambiado pero su significado sí, eso también ha sucedido con “empleo”, “contrato” o “puesto de trabajo”. La carcasa prestigiosa se mantiene, pero lo que hay dentro se ha devaluado, tal vez para siempre.
Fuente: http://elpais.com/elpais/2016/06/10/opinion/1465557940_748998.html
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domingo, 11 de octubre de 2015
SUFIJACIÓN
EL PAÍS, Madrid, 11 de octubre de 2015
LA PUNTA DE LA LENGUA »
Podemitas o podemistas
El sufijo ‘-ista’ refleja que alguien está a favor de una idea o una persona, mientras que ‘-ita’ nos sugiere una relación religiosa
Álex Grijelmo
Los miembros de Podemos reciben el nombre de “podemitas”, pese a que nadie ha acudido a ese mismo recurso derivativo del idioma para decir “ciudadanitas” o “upeyditas”. Y resulta curioso que se deseche la opción más productiva en español en estos casos: el sufijo -ista (en vez de -ita), que nos daría “podemistas”.
En efecto, el elemento -ista forma adjetivos que se refieren a los partidarios de alguien o de algo (“peronistas”, “anarquistas”, “peneuvistas”, “ugetistas”), si bien no todas las organizaciones han dado lugar a esa sufijación (no decimos ni “pepeístas” ni “ccooístas”). También construye términos que marcan a quienes muestran un aspecto cualitativo relacionado con la raíz (“vanguardista”, “machista”). Y produce sustantivos que nombran una profesión o práctica (“dentista”, “senderista”) y a los que forman parte de lo señalado en la base (“asambleísta”, “congresista”).
En cambio, -ita no ha dado mucho juego en español. Apenas unos raros gentilicios (“moscovita”, “vietnamita”, “sodomita”, “selenita”, “monclovita”...) –algo que -ista no tiene a su alcance–; contadas derivaciones de antropónimos (“semita”, de Sem; “amonita”, de Amón…), ciertos galicismos (“alauita” o “sefardita” en vez de alauí o sefardí, por ejemplo), y algunos vocablos de la química y la mineralogía (“trilita”, “magnetita”…; y también “amonita”, pero en este caso procedente de “amonio”). Poco o casi nada si se compara con la potencia reproductora de -ista.
Nótese por tanto que -ista refleja que alguien está a favor de una persona o una idea, mientras que los usos comparables de -ita nos sugerirán más bien una relación religiosa entre la idea o la persona y sus seguidores. No decimos “marxita”, ni “centrita”, por ejemplo, pero sí “cenobita” o “carmelita”.
Los fenómenos lingüísticos que se repiten suelen producir una gran fuerza analógica que afecta a los términos similares
El sufijo -ita se usó también para formar palabras que designaron algunas corrientes que en su día no le gustaban a la Iglesia, como “maronita” o “jesuita” (sin olvidar el influjo de “sodomita” en su significado sexual). En el caso de la Compañía de Jesús, el término nació ya con un tinte despectivo, en el siglo XVI, para descalificar a quienes se apropiaban del nombre del hijo de Dios.
Los fenómenos lingüísticos que se repiten suelen producir una gran fuerza analógica que afecta a los términos similares que vengan después. Esa relación se puede atisbar hoy al vincular “jesuita” con otras derivas igualmente poco gratas para el catolicismo: “ismaelita”, “husita”, “israelita” (no confundir con “israelí”).
A partir de todo eso, “podemita” (que también suele aparecer en contextos críticos y despectivos) no connota a Podemos como un grupo de ideas, sino de creencias; y quizás prospera ese adjetivo porque, gracias a la relación subliminal que nos provocan las palabras parecidas, se nos presenta así sutilmente a este partido como una nueva desviación de la fe verdadera.
LA PUNTA DE LA LENGUA »
Podemitas o podemistas
El sufijo ‘-ista’ refleja que alguien está a favor de una idea o una persona, mientras que ‘-ita’ nos sugiere una relación religiosa
Álex Grijelmo
Los miembros de Podemos reciben el nombre de “podemitas”, pese a que nadie ha acudido a ese mismo recurso derivativo del idioma para decir “ciudadanitas” o “upeyditas”. Y resulta curioso que se deseche la opción más productiva en español en estos casos: el sufijo -ista (en vez de -ita), que nos daría “podemistas”.
En efecto, el elemento -ista forma adjetivos que se refieren a los partidarios de alguien o de algo (“peronistas”, “anarquistas”, “peneuvistas”, “ugetistas”), si bien no todas las organizaciones han dado lugar a esa sufijación (no decimos ni “pepeístas” ni “ccooístas”). También construye términos que marcan a quienes muestran un aspecto cualitativo relacionado con la raíz (“vanguardista”, “machista”). Y produce sustantivos que nombran una profesión o práctica (“dentista”, “senderista”) y a los que forman parte de lo señalado en la base (“asambleísta”, “congresista”).
En cambio, -ita no ha dado mucho juego en español. Apenas unos raros gentilicios (“moscovita”, “vietnamita”, “sodomita”, “selenita”, “monclovita”...) –algo que -ista no tiene a su alcance–; contadas derivaciones de antropónimos (“semita”, de Sem; “amonita”, de Amón…), ciertos galicismos (“alauita” o “sefardita” en vez de alauí o sefardí, por ejemplo), y algunos vocablos de la química y la mineralogía (“trilita”, “magnetita”…; y también “amonita”, pero en este caso procedente de “amonio”). Poco o casi nada si se compara con la potencia reproductora de -ista.
Nótese por tanto que -ista refleja que alguien está a favor de una persona o una idea, mientras que los usos comparables de -ita nos sugerirán más bien una relación religiosa entre la idea o la persona y sus seguidores. No decimos “marxita”, ni “centrita”, por ejemplo, pero sí “cenobita” o “carmelita”.
Los fenómenos lingüísticos que se repiten suelen producir una gran fuerza analógica que afecta a los términos similares
El sufijo -ita se usó también para formar palabras que designaron algunas corrientes que en su día no le gustaban a la Iglesia, como “maronita” o “jesuita” (sin olvidar el influjo de “sodomita” en su significado sexual). En el caso de la Compañía de Jesús, el término nació ya con un tinte despectivo, en el siglo XVI, para descalificar a quienes se apropiaban del nombre del hijo de Dios.
Los fenómenos lingüísticos que se repiten suelen producir una gran fuerza analógica que afecta a los términos similares que vengan después. Esa relación se puede atisbar hoy al vincular “jesuita” con otras derivas igualmente poco gratas para el catolicismo: “ismaelita”, “husita”, “israelita” (no confundir con “israelí”).
A partir de todo eso, “podemita” (que también suele aparecer en contextos críticos y despectivos) no connota a Podemos como un grupo de ideas, sino de creencias; y quizás prospera ese adjetivo porque, gracias a la relación subliminal que nos provocan las palabras parecidas, se nos presenta así sutilmente a este partido como una nueva desviación de la fe verdadera.
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domingo, 24 de mayo de 2015
PATRIOTAS Y PATRIOTOS, COLEGAS Y COLEGOS, LICEOS Y LICEAS
EL PAÍS, Madrid, 24 de mayo de 2015
LA PUNTA DE LA LENGUA
Miembros y miembras
Hay dos tendencias en este asunto, pero ni la una merece la ridiculización ni la otra ser llamada machista
Álex Grijelmo
Me referí el domingo anterior, aunque de pasada, a la expresión “miembros y miembras” y la califiqué de “inconveniencia”. Lamento la simplificación. Como penitencia, me aventuraré aquí a adentrarme en tan espinoso tema.
Se dan a mi parecer dos tendencias en este asunto. Una corriente social pretende forzar el lenguaje (“ciudadanos y ciudadanas”...) para alentar así el cambio de una realidad discriminatoria. Y otro sector considera una pesadez tal empeño y cree que será el cambio de la realidad, por otros medios, lo que altere la percepción de las palabras.
La duplicación logra, en efecto, llamar la atención sobre la desigualdad. Pero al mismo tiempo es cierto que los contextos y la realidad influyen en cómo percibimos las palabras. Si oímos que en una detención intervinieron tres policías, nos imaginaremos a tres varones, aunque no haya atisbo de género en la frase. Si leemos “en el concurso de belleza participaron veinte jóvenes” pensaremos en veinte mujeres. En cambio, una expresión como “los universitarios españoles” nos remite a visualizar una colectividad de mujeres y hombres en igualdad.
La realidad altera los significados.
Muchos de quienes se encuadran en alguna de esas dos corrientes buscan sinceramente la igualdad entre sexos, y por tanto no merecen la ridiculización (lo cual sufren los primeros) ni la descalificación por machismo (como les pasa a los segundos).
Sin embargo, el caso de “miembros y miembras” forma parte de otro costal.
La palabra “miembro” procede de membrum, voz latina de género neutro que significaba “pieza”, “pedazo”, y se aplicaba a las partes del cuerpo
Gramática en mano, tiene sentido decir “vascos y vascas” o “gaditanos y gaditanas”. Pero no “brazos y brazas” o “dedos y dedas” –por hablar de miembros–, pues se trata de palabras sin flexión de género y con un significado propio de objetos que luego se proyecta metafóricamente sobre unas personas.
La palabra “miembro” procede de membrum, voz latina de género neutro que significaba “pieza”, “pedazo”, y se aplicaba a las partes del cuerpo. Y así como podemos decir “Gertrudis es el brazo derecho del presidente” y “Atanasio es la mano derecha de la vicepresidenta” (sin cambiar el género del brazo ni de la mano), hablamos también de “las partes de un juicio” (no hay partes y partos) o de “las piezas fundamentales de nuestro equipo” (no hay piezas y piezos).
Estas razones, y no otras, me llevaron a exponer (con torpeza) la inconveniencia gramatical de decir “miembras y miembros”.
Ahora bien: el revuelo formado hace unos años tras expresarse así la ministra Bibiana Aído y las descalificaciones machistas que después sufrió nos recordaron que aún queda mucho por andar en pro de la igualdad. Por ello, bien podemos plantearnos si no habrá valido la pena que se subvirtiera en algo la estructura de la lengua si a cambio se iluminaba el camino.
LA PUNTA DE LA LENGUA
Miembros y miembras
Hay dos tendencias en este asunto, pero ni la una merece la ridiculización ni la otra ser llamada machista
Álex Grijelmo
Me referí el domingo anterior, aunque de pasada, a la expresión “miembros y miembras” y la califiqué de “inconveniencia”. Lamento la simplificación. Como penitencia, me aventuraré aquí a adentrarme en tan espinoso tema.
Se dan a mi parecer dos tendencias en este asunto. Una corriente social pretende forzar el lenguaje (“ciudadanos y ciudadanas”...) para alentar así el cambio de una realidad discriminatoria. Y otro sector considera una pesadez tal empeño y cree que será el cambio de la realidad, por otros medios, lo que altere la percepción de las palabras.
La duplicación logra, en efecto, llamar la atención sobre la desigualdad. Pero al mismo tiempo es cierto que los contextos y la realidad influyen en cómo percibimos las palabras. Si oímos que en una detención intervinieron tres policías, nos imaginaremos a tres varones, aunque no haya atisbo de género en la frase. Si leemos “en el concurso de belleza participaron veinte jóvenes” pensaremos en veinte mujeres. En cambio, una expresión como “los universitarios españoles” nos remite a visualizar una colectividad de mujeres y hombres en igualdad.
La realidad altera los significados.
Muchos de quienes se encuadran en alguna de esas dos corrientes buscan sinceramente la igualdad entre sexos, y por tanto no merecen la ridiculización (lo cual sufren los primeros) ni la descalificación por machismo (como les pasa a los segundos).
Sin embargo, el caso de “miembros y miembras” forma parte de otro costal.
La palabra “miembro” procede de membrum, voz latina de género neutro que significaba “pieza”, “pedazo”, y se aplicaba a las partes del cuerpo
Gramática en mano, tiene sentido decir “vascos y vascas” o “gaditanos y gaditanas”. Pero no “brazos y brazas” o “dedos y dedas” –por hablar de miembros–, pues se trata de palabras sin flexión de género y con un significado propio de objetos que luego se proyecta metafóricamente sobre unas personas.
La palabra “miembro” procede de membrum, voz latina de género neutro que significaba “pieza”, “pedazo”, y se aplicaba a las partes del cuerpo. Y así como podemos decir “Gertrudis es el brazo derecho del presidente” y “Atanasio es la mano derecha de la vicepresidenta” (sin cambiar el género del brazo ni de la mano), hablamos también de “las partes de un juicio” (no hay partes y partos) o de “las piezas fundamentales de nuestro equipo” (no hay piezas y piezos).
Estas razones, y no otras, me llevaron a exponer (con torpeza) la inconveniencia gramatical de decir “miembras y miembros”.
Ahora bien: el revuelo formado hace unos años tras expresarse así la ministra Bibiana Aído y las descalificaciones machistas que después sufrió nos recordaron que aún queda mucho por andar en pro de la igualdad. Por ello, bien podemos plantearnos si no habrá valido la pena que se subvirtiera en algo la estructura de la lengua si a cambio se iluminaba el camino.
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lunes, 17 de febrero de 2014
¿Y "ADQUERER"?
EL PAÍS, Madrid, 16 de febrero de 2014
LA PUNTA DE LA LENGUA
Quiero declarar inaugurado este acto
El uso político del verbo “querer” con la idea de 'hacer' o de 'ordenar' nos proporciona algunas pistas
Álex Grijelmo
El lenguaje político sugiere mucho acerca de la clase dirigente que nos gobierna. Escribía José Antonio Marina (Elogio y refutación del ingenio, 1996) que las palabras tienen su propio inconsciente y, por tanto, se pueden psicoanalizar también.
Quienes emplean el discurso del poder se expresan con determinados movimientos convulsos del lenguaje que ellos mismos no controlan, un tic oratorio que los pone en el pedestal y los libera de tensión.
Esto se representa con frecuencia en un insistente uso del verbo “querer” con el sentido de tener una voluntad. Los demás mortales quieren muchas cosas (anhelan, desean, pretenden), pero entre su impulso y la consecución del logro median a menudo trechos que no tienen la capacidad de recorrer o que les suponen un gran sacrificio: tal vez el ahorro de años o meses, tal vez el estudio concienzudo. “Quiero comprarme una casa”, “quiero regalarle un televisor a mi madre”, “quiero encontrar trabajo”, “quiero estudiar una carrera”. Este verbo se remite comúnmente al esfuerzo que se interpone entre la voluntad y el éxito.
La misma palabra “voluntad” se transforma: significa una intención y, a la vez, la tenacidad precisa para que aquella se ejecute; y así debemos tener voluntad para lograr lo que buscamos; y una persona sin voluntad no es quien no desea algo, sino quien no pone el esfuerzo necesario.
Qué distinta la frase
“quiero un parque en este
barrio” si la dicen
un vecino o un concejal
Cómo se aleja de todo eso la "voluntad política".
En su lenguaje peculiar, los políticos saben que todo se ejecuta de inmediato cuando se da una “voluntad política” en quien tiene el poder: los obstáculos se disuelven como una pastilla efervescente y se genera una fuerza que evita cualquier ardor de estómago. Las pólizas, los interventores, los trámites, los impedimentos tienden a hacerse invisibles si la voluntad política se activa desde el lugar adecuado.
Y esto se manifiesta luego en las palabras, pues para un poderoso el verbo “querer” está en el terreno del hacer al decir; mientras que para los demás forma parte del decir para hacer. Nadie le suelta a un amigo “quiero expresarte mi agradecimiento”, sino que simplemente le decimos “gracias”. Y si alguien proclama “quiero un parque en este barrio” no está decidiendo, sino suplicando. Qué distinta esa misma frase en los labios de un concejal.
El lenguaje político está repleto del verbo “querer”, pero con la idea dentro de él de hacer, de decidir, de ordenar.
Esos insistentes desvíos respecto del lenguaje común nos dan siempre pistas.
Proclaman los personajes públicos: “Quiero felicitarles”, “quiero reconocer y agradecer”, “quiero transmitiros mi determinación de continuar estimulando la convivencia”… Y “quiero anunciarles” equivale a “les anuncio”, y “quiero declarar inaugurado este acto” equivale a “queda inaugurado”… Ahí se va viendo que querer significa para ellos, sobre todo, hacer.
Ejemplos del uso y abuso del verbo "querer" en la política.
Ese “quiero”, expresado casi siempre en un acto público, viene de lejos. Ya en el siglo XV escribían los reyes “nos plaze que” para mandar algo. Carlos III de Navarra usa varias veces la expresión “queremos e nos plaze” al redactar su testamento. Y más adelante identifica los dos verbos: “Ordenamos et queremos que de las rentas, provechos et hemolumentos…”. Fernando el Católico acude también al “queremos e nos plaze” para otorgar bienes y navíos en 1488. Los documentos del Tratado de Tordesillas (1494) muestran numerosos “otrosí queremos”, o “queremos e otorgamos”, y también un “porque mi merced e voluntad es (…) que se guarde y se cumpla”.
Casi todos los vocablos tienen su recorrido histórico, pero no solemos darnos cuenta de hasta qué punto las palabras y sus caminos pueden separarnos: si entre el “quiero” de un ciudadano y el logro de su anhelo media un tramo largo, apenas se aprecia distancia psicológica entre estos “quiero” tan repetidos por los poderosos y la ejecución de lo expresado.
Quizá por ello abunde ese verbo en el lenguaje del poder, y quizá por ello algunos otros lo copien para sí: porque las palabras tal vez les ayuden a identificar en su corazón los deseos con la realidad.
LA PUNTA DE LA LENGUA
Quiero declarar inaugurado este acto
El uso político del verbo “querer” con la idea de 'hacer' o de 'ordenar' nos proporciona algunas pistas
Álex Grijelmo
El lenguaje político sugiere mucho acerca de la clase dirigente que nos gobierna. Escribía José Antonio Marina (Elogio y refutación del ingenio, 1996) que las palabras tienen su propio inconsciente y, por tanto, se pueden psicoanalizar también.
Quienes emplean el discurso del poder se expresan con determinados movimientos convulsos del lenguaje que ellos mismos no controlan, un tic oratorio que los pone en el pedestal y los libera de tensión.
Esto se representa con frecuencia en un insistente uso del verbo “querer” con el sentido de tener una voluntad. Los demás mortales quieren muchas cosas (anhelan, desean, pretenden), pero entre su impulso y la consecución del logro median a menudo trechos que no tienen la capacidad de recorrer o que les suponen un gran sacrificio: tal vez el ahorro de años o meses, tal vez el estudio concienzudo. “Quiero comprarme una casa”, “quiero regalarle un televisor a mi madre”, “quiero encontrar trabajo”, “quiero estudiar una carrera”. Este verbo se remite comúnmente al esfuerzo que se interpone entre la voluntad y el éxito.
La misma palabra “voluntad” se transforma: significa una intención y, a la vez, la tenacidad precisa para que aquella se ejecute; y así debemos tener voluntad para lograr lo que buscamos; y una persona sin voluntad no es quien no desea algo, sino quien no pone el esfuerzo necesario.
Qué distinta la frase
“quiero un parque en este
barrio” si la dicen
un vecino o un concejal
Cómo se aleja de todo eso la "voluntad política".
En su lenguaje peculiar, los políticos saben que todo se ejecuta de inmediato cuando se da una “voluntad política” en quien tiene el poder: los obstáculos se disuelven como una pastilla efervescente y se genera una fuerza que evita cualquier ardor de estómago. Las pólizas, los interventores, los trámites, los impedimentos tienden a hacerse invisibles si la voluntad política se activa desde el lugar adecuado.
Y esto se manifiesta luego en las palabras, pues para un poderoso el verbo “querer” está en el terreno del hacer al decir; mientras que para los demás forma parte del decir para hacer. Nadie le suelta a un amigo “quiero expresarte mi agradecimiento”, sino que simplemente le decimos “gracias”. Y si alguien proclama “quiero un parque en este barrio” no está decidiendo, sino suplicando. Qué distinta esa misma frase en los labios de un concejal.
El lenguaje político está repleto del verbo “querer”, pero con la idea dentro de él de hacer, de decidir, de ordenar.
Esos insistentes desvíos respecto del lenguaje común nos dan siempre pistas.
Proclaman los personajes públicos: “Quiero felicitarles”, “quiero reconocer y agradecer”, “quiero transmitiros mi determinación de continuar estimulando la convivencia”… Y “quiero anunciarles” equivale a “les anuncio”, y “quiero declarar inaugurado este acto” equivale a “queda inaugurado”… Ahí se va viendo que querer significa para ellos, sobre todo, hacer.
Ejemplos del uso y abuso del verbo "querer" en la política.
Ese “quiero”, expresado casi siempre en un acto público, viene de lejos. Ya en el siglo XV escribían los reyes “nos plaze que” para mandar algo. Carlos III de Navarra usa varias veces la expresión “queremos e nos plaze” al redactar su testamento. Y más adelante identifica los dos verbos: “Ordenamos et queremos que de las rentas, provechos et hemolumentos…”. Fernando el Católico acude también al “queremos e nos plaze” para otorgar bienes y navíos en 1488. Los documentos del Tratado de Tordesillas (1494) muestran numerosos “otrosí queremos”, o “queremos e otorgamos”, y también un “porque mi merced e voluntad es (…) que se guarde y se cumpla”.
Casi todos los vocablos tienen su recorrido histórico, pero no solemos darnos cuenta de hasta qué punto las palabras y sus caminos pueden separarnos: si entre el “quiero” de un ciudadano y el logro de su anhelo media un tramo largo, apenas se aprecia distancia psicológica entre estos “quiero” tan repetidos por los poderosos y la ejecución de lo expresado.
Quizá por ello abunde ese verbo en el lenguaje del poder, y quizá por ello algunos otros lo copien para sí: porque las palabras tal vez les ayuden a identificar en su corazón los deseos con la realidad.
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sábado, 2 de noviembre de 2013
PLEONARSE
EL PAÍS, Madrid, 27 de octubre de 2013
LA PUNTA DE LA LENGUA
El cadáver estaba muerto
El genio del idioma no quiere que se diga con dos palabras lo que se expresa con una
Álex Grijelmo
Lo publicó un diario madrileño el 1 de junio: “Ayer por la mañana se practicó la autopsia al cadáver del fallecido”.
Realmente nos dejaba ya muy tranquilos saber por esa frase que las autopsias se les practican a los cadáveres, pero todavía nos quedamos más a gusto cuando supimos que esos cadáveres están muertos.
El genio del idioma no quiere que se diga con dos palabras (o más) lo que se expresa a la perfección con una. Y eso encuentra una explicación en la máxima de relevancia que definió el filósofo de la lengua inglés Paul Herbert Grice (1913-1988).
La máxima de relevancia constituye una de las reglas de cualquier conversación en la que dos interlocutores intentan entenderse. Y consiste en que todo lo que cuentan ha de ser relevante (adecuado, pertinente) para la idea que desean transmitir. Lo superfluo queda eliminado antes de pronunciarse, y así se añade significado a la individualidad de cada término. Si una palabra está presente, será por algo: tendrá un sentido propio, igual que las demás.
Y como el buen estilo y la buena comprensión tienden a la economía de vocablos, ningún término puede resultar gratuito. El receptor entenderá siempre que si una palabra figura en una oración, es porque añade significado. Y si no lo añade, dificulta el entendimiento o engaña (a menudo sin que exista esa intención).
Por ejemplo, el 28 de junio a las 8.42 se pudo oír en una emisora española que narraba el encarcelamiento de Luis Bárcenas: “Le tomaron las huellas dactilares de los dedos de sus manos”. Lo cual da a entender que a veces las huellas dactilares se toman de algún otro lugar del cuerpo.
Y si contásemos que las calles de la ciudad se hallaban cubiertas de “nieve blanca”, entonces la máxima de relevancia nos invitaría a pensar que existe nieve de cualquier otro color. Ahora bien, supongamos que estamos escribiendo un cuento infantil en el que deseamos transmitir la idea de que la acción se desarrolla en un mundo irreal: los trigales serían azules, los mares amarillos, el carbón rosa y los renuevos negros. En ese caso sí podríamos narrar a continuación que, una vez ocurrido determinado fenómeno (el beso de un príncipe, sin ir más lejos), todo se tornó real, y nos volvimos a ver rodeados de carbón negro, mares azules, trigales amarillos, nieve blanca y brotes verdes.
La redundancia de significado no relevante (es decir, con palabras prescindibles) se denomina “pleonasmo”, vocablo procedente del griego pleonasmós (“sobreabundancia” o “exageración”). Como sucede con el colesterol y con las amistades, hay pleonasmos buenos y pleonasmos poco recomendables. Los buenos añaden expresividad, ironía… algo: “Cállate la boca”, por ejemplo. Y los pleonasmos malos no suelen añadir nada: “El estadio estaba completamente abarrotado”, “es totalmente gratis”, “vio un falso espejismo”, “se aprobó con la unanimidad de todos los grupos” (ejemplos extraídos de los periódicos).
La política y el periodismo abundan en pleonasmos malos. Y queríamos llegar hasta aquí para preguntarnos si la abundancia de pleonasmos no implicará que algunas personas están dejando de creer en la fuerza de muchas palabras y en sus significados redondos; y si eso explicará tal vez el desmedido uso del adverbio “absolutamente” entre quienes hablan en público: estamos absolutamente felices, absolutamente decididos, absolutamente seguros. Quienes se expresan así imaginan acaso fisuras en las palabras más sólidas; o quizás esos vocablos se les han desgastado por su desempeño falso y artificial. Un político que dice “vamos a resolver este difícil reto” está dejando de creer en la palabra “reto”, de tanto manosearla. Quizás él tenga la impresión de que un reto puede ya parecernos fácil; pero en tal caso nos encontraremos todos dentro de un cuento donde nacen brotes por cualquier parte y donde la crisis se presenta como un desafío que se resuelve en un periquete.
Dentro de un cuento infantil o dentro de algún que otro programa electoral.
Fotografía: Pieza atribuida a ¿Latorraca?
LA PUNTA DE LA LENGUA
El cadáver estaba muerto
El genio del idioma no quiere que se diga con dos palabras lo que se expresa con una
Álex Grijelmo
Lo publicó un diario madrileño el 1 de junio: “Ayer por la mañana se practicó la autopsia al cadáver del fallecido”.
Realmente nos dejaba ya muy tranquilos saber por esa frase que las autopsias se les practican a los cadáveres, pero todavía nos quedamos más a gusto cuando supimos que esos cadáveres están muertos.
El genio del idioma no quiere que se diga con dos palabras (o más) lo que se expresa a la perfección con una. Y eso encuentra una explicación en la máxima de relevancia que definió el filósofo de la lengua inglés Paul Herbert Grice (1913-1988).
La máxima de relevancia constituye una de las reglas de cualquier conversación en la que dos interlocutores intentan entenderse. Y consiste en que todo lo que cuentan ha de ser relevante (adecuado, pertinente) para la idea que desean transmitir. Lo superfluo queda eliminado antes de pronunciarse, y así se añade significado a la individualidad de cada término. Si una palabra está presente, será por algo: tendrá un sentido propio, igual que las demás.
Y como el buen estilo y la buena comprensión tienden a la economía de vocablos, ningún término puede resultar gratuito. El receptor entenderá siempre que si una palabra figura en una oración, es porque añade significado. Y si no lo añade, dificulta el entendimiento o engaña (a menudo sin que exista esa intención).
Por ejemplo, el 28 de junio a las 8.42 se pudo oír en una emisora española que narraba el encarcelamiento de Luis Bárcenas: “Le tomaron las huellas dactilares de los dedos de sus manos”. Lo cual da a entender que a veces las huellas dactilares se toman de algún otro lugar del cuerpo.
Y si contásemos que las calles de la ciudad se hallaban cubiertas de “nieve blanca”, entonces la máxima de relevancia nos invitaría a pensar que existe nieve de cualquier otro color. Ahora bien, supongamos que estamos escribiendo un cuento infantil en el que deseamos transmitir la idea de que la acción se desarrolla en un mundo irreal: los trigales serían azules, los mares amarillos, el carbón rosa y los renuevos negros. En ese caso sí podríamos narrar a continuación que, una vez ocurrido determinado fenómeno (el beso de un príncipe, sin ir más lejos), todo se tornó real, y nos volvimos a ver rodeados de carbón negro, mares azules, trigales amarillos, nieve blanca y brotes verdes.
La redundancia de significado no relevante (es decir, con palabras prescindibles) se denomina “pleonasmo”, vocablo procedente del griego pleonasmós (“sobreabundancia” o “exageración”). Como sucede con el colesterol y con las amistades, hay pleonasmos buenos y pleonasmos poco recomendables. Los buenos añaden expresividad, ironía… algo: “Cállate la boca”, por ejemplo. Y los pleonasmos malos no suelen añadir nada: “El estadio estaba completamente abarrotado”, “es totalmente gratis”, “vio un falso espejismo”, “se aprobó con la unanimidad de todos los grupos” (ejemplos extraídos de los periódicos).
La política y el periodismo abundan en pleonasmos malos. Y queríamos llegar hasta aquí para preguntarnos si la abundancia de pleonasmos no implicará que algunas personas están dejando de creer en la fuerza de muchas palabras y en sus significados redondos; y si eso explicará tal vez el desmedido uso del adverbio “absolutamente” entre quienes hablan en público: estamos absolutamente felices, absolutamente decididos, absolutamente seguros. Quienes se expresan así imaginan acaso fisuras en las palabras más sólidas; o quizás esos vocablos se les han desgastado por su desempeño falso y artificial. Un político que dice “vamos a resolver este difícil reto” está dejando de creer en la palabra “reto”, de tanto manosearla. Quizás él tenga la impresión de que un reto puede ya parecernos fácil; pero en tal caso nos encontraremos todos dentro de un cuento donde nacen brotes por cualquier parte y donde la crisis se presenta como un desafío que se resuelve en un periquete.
Dentro de un cuento infantil o dentro de algún que otro programa electoral.
Fotografía: Pieza atribuida a ¿Latorraca?
lunes, 14 de marzo de 2011
PALABRERARIO

EL NACIONAL - Sábado 12 de Marzo de 2011 Papel Literario/3
"Todos tenemos una relación sentimental con las palabras"
Para Álex Grijelmo sus colegas deben contribuir con el dinamismo del idioma y, a la vez, mantenerse atentos al correcto uso de su lengua, en especial al emplear anglicismos
ENTREVISTA MICHELLE ROCHE
Ahora cuando las actividades públicas de la Real Academia de la Lengua Española han hecho del idioma la noticia frecuente en los diarios y que, por fin, se ha publicado en España la versión actualizada de la Ortografía de la lengua española --hecha de concierto con todas las academias de Hispanoamérica y cuyos cambios levantaron revuelo inédito entre escritores y hablantes en general-- una conversación con el periodista español Álex Grijelmo permite puntualizar ciertos aspectos de la manera en que hablan los herederos de Miguel de Cervantes y en especial los mercenarios de caracteres que son los reporteros.
Para este veterano del oficio, los reporteros deben contribuir al dinamismo de la lengua, porque están en la frontera que separa a la academia del uso popular del idioma. Pero también tienen la obligación de resguardarla, pues con cada barbarismo se pierde la importante herencia cultural que supone el castellano.
Grijelmo comenzó su carrera periodística a los 16 años en La Voz de Castilla, un diario de su ciudad, antes de terminar sus estudios de Ciencias de la Información. Fue a través de su vocación periodística que se estableció su estrecha relación con el idioma. Es el primero de su profesión en escribir un libro de gramática en castellano: La gramática descomplicada (Taurus, 2006). Como este, sus demás libros tratan de la correcta expresión en la lengua: Defensa apasionada del idioma español (1998), La seducción de las palabras (2000), La punta de la lengua (2004), El genio del idioma (2004) y el manual de periodismo que ha servido de inspiración a los principales diarios de habla hispana, El estilo del periodista (1997).
Además, las críticas con humor sobre le idioma castellano son la carne de sus columnas dominicales que ha sostenido en varios medios impresos.
Este autor nacido en 1956 inauguró su relación con la palabras desde la temprana infancia. Un episodio que recuerda con frecuencia en foros y entrevistas evidencia que esta obsesión es de larga data. La anécdota lo confronta con sus mayores por la correcta pronunciación en castellano.
"De niño ya yo era crítico", comienza sonriendo como quien anuncia que viene un chiste, "me extrañaba mucho lo mal que hablaban los adultos.
Hablaban especialmente mal cuando me increpaban a mí. Cuando venía mi tía a casa me decía: `¿Quieres tatamelos?’. Yo, por supuesto, me preguntaba porqué decía caramelos de una manera tan rara. A los niños se les habla como se supone que ellos hablan, sin reparar en que cuando un niño dice `tatamelos’ está pensando en caramelos. Probablemente sea fruto de esa esquizofrenia el hecho de que yo mismo empecé a inventar palabras, así que por alguna extraña razón yo a mis tías las llamaba `brunus’, es inexplicable pero quizá tenga que ver con que me parecía que hablaban mal".
En 2004 comenzó a dirigir la Agencia EFE y creó la Fundación de Español Urgente (Fundéu), con la que impulsa el uso correcto del lenguaje en los medios periodísticos.
Antes fue director editorial de proyectos de prensa del Grupo Prisa, luego de trabajar para El País, medio del que fue redactor en jefe y redactor del Libro de estilo.
Tiene tanta fuerza el genio del idioma, la historia de la lengua y todos los millones de libros que se han escrito en castellano que es muy difícil que cambie, yo creo que esto es un fenómeno pasajero
Hasta 1983 estuvo en la nómina de Europa Press. Hace más de una década ganó el Premio Nacional de Periodismo en España, Miguel Delibes.
¿Qué aporte pueden hacerle los periodistas al castellano, ahora que la Academia ha puesto de moda la discusión sobre las formas de hablar en España y sus antiguas colonias? En el terreno del idioma los periodistas estamos siempre en la frontera y utilizamos palabras que llegan a nosotros por primera vez. Los libros de estilo no dicen nada de las palabras mesa, suelo o casa. Eso está en el mero centro del idioma, nadie tiene problemas con esas palabras. En España utilizamos palabras como azerbaiyano, para las personas que vienen de Azerbayán, o trinitense para los que son de Trinidad y Tobago, o utilizamos palabras como hezbolá. Como los periodistas estamos en terrenos siempre fronterizos del idioma, tenemos un doble papel: por un lado hacemos que esa frontera se mueva y que entren en el idioma palabras que estaban afuera antes, pero también debemos ser los vigilantes en esa frontera y tenemos el deber de decidir si una palabra no pasará porque ya en el Diccionario hay una mejor que ésa.
Recientemente se ha impreso la nueva Ortografía de la Real Academia de la Lengua Espa- ñola y sus "sugerencias" han traído un revuelo, ¿qué opinión tiene usted del cambio de ciertas leyes ortográficas? Me parece que es muy normal ese revuelo, y muy positivo. Todos tenemos una relación sentimental con las palabras y con el idioma, esto se debe a que comenzamos a relacionarnos con las palabras cuando éramos niños. Todo lo que pasa en la infancia de uno, al final, influye en el resto de su vida.
Entonces, haber aprendido una ortografía y una acentuación determinada de las palabras de niño te genera esa reacción sentimental.
Ahora, ¿por qué se ha producido este debate? Porque la gente se ha preguntado qué le están haciendo a las palabras que considera de su familia... "¿Me están cambiando un primo por otro?, se preguntan y se responden: No, no. Mi primo es mi primo, no quiero que me lo cambien". Ha habido una reacción que tiene que ver más que lo sentimientos que con la ciencia, entonces allí puede ocurrir que alguien vea las palabras con un punto de vista científico y alguien las vea desde un punto de vista sentimental. Esas son las dos formas que estaban chocando: la sentimental y la científica. Alguien decía que se podía quitar la tilde por argumentos técnicos y muchos escritores le respondían que no tenían porqué quitarle la tilde al "solo", porque ya se apañaban muy bien antes.
Lo que salvará al periodismo impreso es que interprete a la realidad.
La crónica es una forma de enmarcarla, describirla e interpretarla
Por eso creo que la solución a la que se ha llegado, de dejarlo al gusto de cada quién, es buena.
Frente al avance de la revolución tecnológica y, en especial, de las redes sociales, ¿cuál debe de ser papel de la Academia de la Lengua y cuál el de los medios de comunicación impresos? La gente se pregunta si la tecnología va a transformar la escritura, pero no creo que sea así. Lo mismo ocurrió cuando se inventó la taquigrafía, que tenía más que una escritura un auténtico lenguaje configurado para tomar notas y una manera de expresar el lenguaje hablado en forma escrita que era la taquigrafía. Hubo quien decía que eso iba a transformar la escritura porque era más útil y económico. Al final, lo que ha pasado es que nadie se acuerda hoy de la taquigrafía porque tiene tanta fuerza el genio del idioma, la historia de la lengua y todos los millones de libros que se han escrito en castellano que es muy difícil que cambie, yo creo que esto es un fenómeno pasajero.
¿Cómo queda el periodismo impreso ante este avance tecnológico?
La crónica es la salvación del periodismo impreso.
Hoy en día todos conocemos las noticias a través del celular, de la radio y la televisión, entre otros medios de la inmediatez.
Cuando uno abre le periódico por la mañana es muy difícil que se encuentre con una noticia a la que no tuviera acceso varias horas antes. Lo que salvará al periodismo impreso es que interprete a la realidad. La crónica es una forma de enmarcarla, de describirla e de interpretarla.
Es importante señalar que esta interpretación no necesariamente se refiere a filtros de valor, sino favorecer que el público tenga los elementos suficientes como para formarse su propio juicio y en ese sentido la crónica tiene que ser el género más presente en los medios impresos.
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